Obra Poética
(1983-2011)
Rafael Arráiz Lucca
1
BALIZAJE (1983)
A Manonoy
2
Mi Casa
En ella era posible
el Quijote/recitado como un cuento
¿no es acaso?
y cierta postura de trovador para lanzarlo
en el corredor donde las sillas
eran mecedoras para hablar después de almuerzo
sin apuro y con silencio
para verlos mejor y distinguirles cada vez
las plumas verdes al perico
el negro cadillac del tordo
y las reinitas,
pero los gatos acechaban y las palomas
estorbaban como siempre,
era un minuto nada más
como ese entre las seis y las siete cuando la luz
se hace bella y da vértigo.
En ella Bolívar y su gente
se me hacían familiares,
él esta moribundo en el comedor
acompañado y sin remedio colgado en la pared.
En un escaparate había una espada
que sólo en ocasiones de júbilo
cuando mi abuela se prendía heroica
la sacábamos juntos para tocarla
con el cuidado de los mitos.
En sus paredes hablaba una historia
que yo reconocía con paciencia,
una señora de negro y con cara
de jamás antes y de nunca después
y la casa del pintor que fue otra casa
donde crecieron otros fallecidos y cercanos.
Había libros para hacer mundos
de noche
cuando el nuestro reposaba
y los sapos del jardín eran el coro
de un universo prohibido,
libros para hacer el cuento del corsario
de Sir Francis Drake o de un cohete
de un largo viaje sin regreso y una isla
para inventar un tiempo de mar
3
de casas en los árboles y viento
de alguna amiga para besarla
y tener playa con su cuerpo.
En ella estaban ellas
a quienes quise tanto por los agujeros
de las puertas,
las vi bañarse con el relente de mi cuerpo
y las vi quererse para otro en el espejo
y las sentí mías
en la comida
en la cama tendida
en la risa abierta del pellizco
que felices aceptaban
y tanto nos quisimos/en el miedo
porque el poder era de otros.
A ella venían ellos
mis amigos de carreras y otros saltos
como aquel que dábamos entre las ramas
para verlo todo desde arriba
y moverlas para correr las sombras del patio
con la alegría de rodar el sol
y hacerlo nuestro.
Vivíamos para unos peces rojos y una casita
que era una patria libre
nuestra
justa
(sólo se importaban los recuerdos).
Tenía un garaje para guardar
los corotos de los de antes:
un baúl que dejó mi abuelo antes del viaje,
una casa de muñecas
con la que ellas divertían
las tardes de tamarindo
y cristofué,
un taburete para dar discursos de estudiante,
un grillo de siete años en el pie,
un ajedrez de pan hecho en Palenque
y una cama vieja donde dos hace cien años
convocaron al sudor y a los mordiscos
con la perversión de los pintores.
Ella vio cuando fui
esmerado torero de mi perro
4
con el capote y la muleta sin estoque
yo lo quería un toro inmortal
(murió luego de tristeza),
fui el príncipe amantísimo
de una ventana vacía y rodeada de hiedra,
el Zorro justiciero de las perras sin amo,
el soldado de Corea con un casco
sin saber por quién era la lucha,
un guerrero romano y sibarita
sin la respuesta adecuada a mi lascivia precoz.
Hubo siempre por Agosto una piscina
armada sobre las lajas del patio.
Toda su agua fue un tranvía
para mirarnos el cuerpo
para darle al aire un obsequio
desnudos de timbres de colegio
impúdicos de picardía bajo el agua.
Desde entonces
un granizo cae sobre el capó
(serán muchos, ya lo sé)
pero el sudor brillante de la luz
hará siempre la utopía del cemento
la lengua de tus ojos
el ron de tus miserias
que querré siempre sin saberlo
sin quererlo,
será tu boca la razón de los tableros
el motor vaginal de mi discurso.
Seré cauto para la campana de la reja
seré frenético al mensaje de la grama
seré tuyo no me importa
para ser pródigo al llamado del bolero
que sonó presuroso y fragmentario
en la autopista
cuando nos fuimos.
5
Y Tú
Y tú que creaste
la calma angustia de mis brazos/cruzados
y mis manos de espera
en los bolsillos
o mi cabeza reclinada
antes del derrumbe que espero
desde aquella tarde
cuando supe de ti/de la membrana rota
con la que pasas los años
sin ruido solita
con la voz tinta de los rusos
en los libros.
Y tú que creaste en mí
la facilidad del habla
con el cariaquito y las petunias,
que me diste la mirada
para entender la divagación inútil
de los peces.
Y tú furiosa de la vida que te dio
la muerte solita
la goleta para el mar
que quieres y nunca visitas.
Y tú que me entregaste
el mundo como una soga templada
para sonar sin que las oigas.
Y tú a ti que te quiero tanto.
6
Libre
¿Hay algo que sea
y no se haya hecho
con esa paciencia tuya de prologar
toda ira todo odio
con el crédito bondadoso
de tu justicia griega
y la sonrisa de manos francas
con que destrozas la violencia?
¿Hay algo en esta casa
que no haya tenido en su piel
la cirugía de tus argumentos
de jurista que fue poeta y toma
las decisiones sin la fuerza
de los ingenuos?
¿Habrá alguna gloria tonta
que no haya recibido tu espalda,
el humor disparo de la renuencia
con que castigas los mitos?
¿Habrá un pasado más sin cuentas
por saldar?
¿Habrá alguien que haya podido
estornudar las mañanas
con tanta euforia de nuevo mundo
y cruzar los años con la guacharaca
con quien compartes la duda
siempre?
¿Habrá un camino más hermoso
que el de tus pasos cortos en la grama
cuando vas rojo
chiquito
libre?
7
Brindis
Levanto el vaso como nunca lo he hecho
(no conozco la grama del verdadero sentido
siempre he quedado preso en la alambrada del rito)
por las tardes de lluvia y almohada
cuando reía
con el capitán Haddock en Moulinsart
furioso y tierno con su botella de vino,
por mi abuela bolivariana
que me enseñó los rigores del honor
al morirse sola con las delicias de la locura,
por Alexis que nunca será torero
atareado en los márgenes de la contabilidad,
por Sergio que aún joven
ha visto la partida de todos
y sigue en el paraíso con la sola fuerza del recuerdo,
por los mediodías de playa
que me han dado la sensación de un futuro,
por las meriendas cuando hemos hablado
bajo la sombra de un chocolate
de las casas de antes donde vivía mucha gente,
de aquel indio hermoso que fue Telésforo
que tuvo la prudencia de morir de infarto
a los pies de un jabillo,
por el glorioso viaje que hago
entre tus piernas cuando te haces única,
por ustedes que me oyen sin conocerme
sin entender lo que digo
en esta plaza de Turquía.
8
El Callejón
Fui sabio en aceras
al punto de recorrer de un vistazo
el carácter de sus filos
donde nos sentamos diversos
retados audaces
por las excusas del juego.
Supe mucho de los rastros que dejamos
en los muros y cercas
que nos dieron el sitio
para celebrar un proyecto.
Cuánta biografía imaginaria.
Conocí luego las bondades del caucho
del metal que nos entregó las avenidas
y la metástasis del valle,
comenzó la realidad del hombre libre
que soñamos en la acera
y fue creciendo la costra en el semáforo.
9
Hoy
Ladraron los perros
subieron motos con escape libre
el aseo recogió nuestra basura
frenaron
se oyeron gritos
algunos bailaban en el piso 6
sonó el teléfono
hablé
oí
el periódico dijo algo sobre las Malvinas
Pound nos regalaba el mundo entero
comimos pan con queso y jugo de naranja
bailaste con Caetano
cerré todo
dejé una luz
se hizo el relente de tu cuerpo
reímos
gritamos juntos la pasión por el orgasmo
nos bañamos
fumamos un cigarro con la luz de la calle
dormimos.
10
Díptico Zodiacal
Cuando la puerta está cerrada
y la llave se pierde
(en quién sabe cuál grito temprano
que retumba
o cual afecto que nunca llegó
y siempre se quiso)
tomas el periódico y me dices
Capricornio: Por su ojo de águila y por su naturaleza más bien reservada,
a veces puede expresar sus afectos criticando y corrigiendo a la otra
persona a cada rato. Y no es la mejor forma. Mejor acaríciela.
te dijiste
Aries: Si un carro se recalienta conviene dejarlo enfriar antes de seguirlo
corriendo. Igualmente, si ud se enoja, deje pasar los minutos o los días
necesarios para enfrentar serenamente el problema.
II
Te imaginé jugando cartas
con la falda abierta
te vi con la ruleta en Estambul
leí tu nombre en una lista de voluntarias
para la guerra
escuché tu voz
sobre las tablas
“Así me dijo, y yo me sentí en el Kamasutra del inmenso Petit, y lo amé
todas las noches de cuarto en cuarto de hora, como Athalie, como Fedra,
como Jimena, como Clitemnestra y siempre con las mismas uñas de aquel
eterno orden conyungal… ¡Qué viudez! ¡Qué desamparo! Peor que una muerte fue
una
afonía su ausencia…
Más que una soledad, me dejó un ocio!
seguí afanoso
el vacío que dejas cuando pasas
y como un perro respiré tu rastro
te acaricié sobre mí
con tus brazos en alto y la cadera batiente
supe que estarías siempre
11
busqué mi ascendente
Géminis: Para cualquier persona, pero mucho más para la gente
creativa, como los geminianos, el éxito depende de la cantidad de
experiencias nuevas y emocionantes que logre vivir. Búsquelas.
En la mesa de noche La Armonía pasional del nuevo
mundo de Fourier.
12
El Cartógrafo
Yo soy el cartógrafo de tu cuerpo
el espeleólogo frenético de tus entradas.
Tengo en la bitácora
todo el trazado de tus cosas amorosas
para cualquier humor del mar,
los montes y las cimas que arreglo
con el ahínco del viento
para que sean perversas,
las penínsulas hospitalarias
con las que abrazas el golfo
que a veces soy.
Ya no emprendo el viaje de Colón
soy un navegante con mapas
para gozarte como si fueses un parlamento que repito
y nunca es igual
tengo la exuberancia de tus fauces
sirenas de una miseria que escondes y quiero
y la tropicalidad de tus aguas
como bebida para el invierno que vivimos
resistiendo.
Eres un delta que recorro
como un laberinto donde sólo importan los caminos.
13
2020
Nos leeremos
sabré del color que rodea tus pupilas
siempre negras
serán inéditas tus manos
el aguafuerte de tus piernas será otro
un lunar que estuvo y nunca vi
se revelará narciso en el agua
estrenarás la fuerza de mis huesos
que tenías por blandos
y mi boca será otra
seca
más segura.
Llegará por cielo tu equipaje
mi maleta vendrá en olas
tú serás un verso recio
que apelará a la pasión
(te veo jurarme un mundo nuevo
y champaña fría para siempre)
yo seré atinado
un poco grueso
(el tiempo es ancho y merecerá mi estorbo)
dirás todo lo que sabes de Leonardo
y te veré en silencio sin asombro
luego mostraré entusiasmo por Assis
y dirás que mis gatos son inútiles.
Tomarás tu avión
y yo algún barco
sabremos entonces
que nada ha pasado.
14
Las llaves
No siempre se pierden las llaves
para dejar las puertas cerradas
(yo perdí la llave de mi lancha blanca
rodante
cuando el último puerto no fue puerto
y se hizo casa
con los brazos abiertos del desayuno
que reinventaron el inicio
con la humedad de la fiesta
y sellaron en archivo la torpeza
de las primeras horas
cuando sólo tenía puertos
ahora
tengo el universo de tus aspas
tantas como la Hidra
pero a la obsesión le han mostrado
la boca oceánica de la alegría
y yo soy para ellas
un San Francisco sensual
que quiere conocerlas)
también se pierden
para ganar un espacio.
15
Poema
Hoy quisiera para hablar una terraza
donde Caracas nos tratase con afecto
y alcanzásemos un sitio
(dos mecedoras tal vez)
donde el viento se manejase leve
y lo viésemos todo
con la pretensión afable de los mapas.
Una terraza con el ruido lejos
y el sólo bolero de tu boca.
Hoy quisiera sentarme contigo
a hacerle tierra a los océanos.
Quiero la elocuencia del whisky
y sentirme total entre tus piernas.
16
Mujer sentada
Qué miras
con las manos entrelazadas sobre el centro de tu falda,
qué relacionas
con cuello de ave sigilosa,
qué esperas
apoyada sobre el último borde de tus nalgas,
qué aguardan las piernas en abanico
o es una simple costumbre de tu oficio.
Volverás al depósito
a conversar con tu familia muda
o abrirás en la sala
un nuevo delta de acertijos.
17
Historia
¿Te acuerdas Cristina
la primera vez que nos besamos
y tu lengua
para mi boca entre la mía,
aquel susto lúbrico
y tus piernas
por la carretera en el Toyota
dando brincos con el mar,
luego tus senos
en el Pozo del Cura
y Choroní con sus 6 de la tarde
el agua
tu pelo entre mi barba
la lluvia que hicimos desde entonces,
nuestro sofá
tantas cosas sin fuerza te dije
me seguías
con tus ojos verde claro?
Tú no sabes Graciela
que lo recuerdo
bajando los ojos por tu espalda,
tus cartas
la pasión epistolar que te hizo eterna
en la gaveta
como mía
aunque tus labios se me hacen borrosos.
La primera vez
contigo Elena piel de Brandy
mi “no me importa”
sólo valemos los dos
el mundo sobra.
Mariela por dónde andas
con tus piernas de amazona urbana
y tus discursos al oído
18
en medio de tanta tierra por cambiar,
tu nariz ahogada
en la laguna de estos años.
Catalina
la paz sin prisa en el susurro
solidaridad de los 20 con todo,
venga tu cuerpo
tus palabras
El sonido cóncavo te trajo
te dejó María ranita
sopa del cansancio que mataste
año 2000
que llegas tan temprano.
19
?
Cómo se bañará,
cómo tendrá las olas en su ombligo,
a quién llama
cuando le roza la angustia
a quién grita
cuando el colmo la posee,
tomará café negro,
fumará en la cama
con el cuerpo cansado y feliz,
usará anteojos para leer
habrá leído a Artaud,
qué pensará de las gaitas,
preferirá como yo las manuales
a las eléctricas,
vivirá con un gordo,
tendrá “unos locos bajitos”
robándole las seis de la mañana.
El esmero de la sonrisa que me dio
aquella tarde
será mejor de noche con un ron,
la intimidad de sus manos
será infinita entre las sábanas,
el acierto de sus ojos a mi voz
servirá de puesto a mis monólogos,
llorará conmigo en Novecento,
sabrá que la busco
que le dibujo
que le armo las tablas con el lápiz
sabrá que espero Enero
que cuento los días
aguardando una sentencia.
20
La Maleta
Hace cinco años que dejé por olvido y sin saberlo
la maleta que fui llenando hasta ese entonces,
de cazador de avispas solitario
a tarzán del ébano en la tarde,
todas las horas fueron buenas para las faldas
del colegio en que vivía,
la moto que me dio la calle tan temprano,
aquella zona El Paraíso
la ofrenda simple de la acera para hablar,
las rendijas caoba de las puertas:
ese cine mío de los cuerpos aptos
para todo el amor que yo soñaba,
la rabia franca del encierro
cuando el patio llamaba con sus peces,
la alegría rotunda de papá llegando
encaramado en su ternura oculta.
Diecisiete años y el cohete que uno era
los llevas en el respiro de la ingle sin saberlo,
tantas veces te lo he dicho bajo el agua,
con la voz rudimentaria del teléfono
en las madrugadas cuando insisto
en reclamarte mi memoria sin horarios,
fracturado en lo mejor de mi esperado arreglo
vuelvo siempre a la fatalidad de hacerme el loco
a la convocatoria de tus senos
al viento de las piernas playeras
que arman el zaperoco de tu presencia.
Hace cinco años que perdí el papelito de la respuesta,
ya no sé en cual rincón del cerro que figuras
está
pero pasas con apuro los pasillos
y me veo
y te persigo
y te hablo sin eco
y ya es tonto decir que no eres la misma
yo tampoco lo soy
yo sólo me construyo de nuevo
en el auxilio de fragmentos que te robo
para dejarte a ti
para llevarme yo
por una calle artesana donde hago
la maleta nueva de mis años.
21
Viaje
Vas metiendo tus cosas en la maleta
(un suetercito porque allá hace frío
el último enjuague
unas direcciones en New York)
emocionada bailas
te vas y los viajes hacen bien
se come rico
se camina
se puede.
Te haces otra en el asiento reclinable
y aceptas las colas con paciencia
de obrero,
tomas las horas con fruición
y gozas cómo gozas.
Te vas poniendo triste
quedan pocos días y compras.
Esta vez el asiento reclinable te resulta
la silla de Saco
y Vanzetti,
luchas por la vida muriendo
hasta el próximo viaje.
22
De nuevo ella
Qué habilidad la mía para encontrarte
cretina
nunca te espero y siempre estás
conversándote el ayuno en un pasillo
o junto al teléfono
que ve como pasas con tu sólo eco
negándote.
Qué fácil te resulta un memorandum
de despido
y un no
porque a quién le importa
un señor que escribe versos y no cumple
con el horario y la sonrisa.
Siempre sentada en el sillón
del afecto imposible
siempre
con la voz de un tribunal disciplinario
y la jeringa del edicto entre los dedos.
Nunca has sabido de la curva de las mesas
cuando el almuerzo es risa
y la razón hastío,
qué sabes del país de los acuerdos
nacidos del primer ojo
y del botón final,
qué sabes ¿ah?
Cartera tonta del piso cuarenta
qué sabes.
23
Ya sé que tiene sentido acompañarte
Ya sé que las ausencias te rompen los pies
cuando al mareo respondes caminando
y encuentras el pie de ese otro animal
que te contempla sobre él
con tus gestos risas y un beso florido
cursi porque deliras y el refinamiento se acaba
Ya sé que si no estoy me pagarás
con la urgencia de mi brazo
y tus manos largas sobre el hombro
que supo de su oficio un tiempo atrás
Ya sé y quiero que sepas
que la silla donde te sientas
a verme sentado en la otra
y oscilas con el movimiento de mis labios
no se ha movido con su copa en la mesita de té
porque siempre hay un fondito que nos podemos beber.
24
Carta para Fernanda
10:00 AM
Vivo en el piso quinto de una torre
con treinta y cinco más que nunca he visto,
sólo sé de los hogares por el carro que tienen
me divierto imaginando sus comidas
sus mañanas
de los vecinos de abajo conozco
sus dos voces nocturnas
haciendo una ópera de pieles sudadas y libres,
la calle de ¿mi casa? es un revólver
para que las puertas clausuren su abrazo,
la única vereda de mi recorrido diario:
un viaducto camarada de la urgencia
inflada nuestra,
a esta ciudad la atestigua un cerro
bravo por los cables que le clavan en su falda
pero que todavía conserva
(no se sabe si por mucho tiempo)
una ternura de merienda y seis de la tarde
que nos hace la fiesta de la luz,
aquí los días cambian su nombre
el lunes se llama trámite el martes soborno
y los años un aire grueso
que ocupa los cuerpos.
Especialistas en circuitos y botones
que nos hacen la vida mejor:
esbozamos el tiempo como el pentagrama de un éxito
y todo margen nos resulta fracaso,
abnegados amantes de la mayor liquidez
del imperio del norte
de las cosas/desechables
de cuanta falsa carencia tengamos
hacemos causa para entregarle las horas,
con la alambrada de ritos que creamos
llegamos a viejos
y acaso algunos murmuran
“Cuanto he tomado por victoria es sólo humo”.
4:00 PM
Buscamos la alegría nos hacemos tristes
tontos nos entregamos
caricaturas de paz en las jubilaciones
y muecas de risa en las aceras,
25
enterramos a los muertos y nos dicen
“sus cementerios están llenos de suicidas
que no dejaron ni una carta”.
Somos un “País mal hecho
cuya única tradición
son los errores”,
un arrebato por el desarreglo
que nos lanzó a caballo por los montes
hirsutos y hermosos
como jugando metras sobre el pantano.
Hoy, gozamos de la costumbre por los derrumbes
sus fechas
y las máquinas que usaron para provocarlos
hoy, participan algunos del afecto
por las matas de mango
por la playa
por algunos amigos que insisten
hablando haciendo
como lo harían los monos
en un centro comercial.
11:00 PM
Así. Fernanda
por el sofá tenemos baba y asientos,
vamos haciendo el inventario de nada
para llenar un hueco de ausencias,
cruzamos como balas sin muertos
ridículas ante el ojo del cañón sonriente.
La ciudad a veces acepta la invitación
de la utopía,
sentados con el pretexto del whisky
dibujamos nuestros márgenes en la mesa
y como quien canta un dominó
lanzamos al círculo de manos los fragmentos
(vamos construyendo la historia con los otros),
hacemos énfasis en la nueva estética del sol
entre los edificios
a la que apenas el mundo se adecúa,
recordamos las hazañas posibles
que este tiempo nos niega,
conversamos
para llevarnos los ecos
a la cama.
26
Conversar
Con un buen café y poco ruido
(si acaso las ramas de un jabillo
para distraer la mirada)
recordando “la locura del otro”
y los epigramas de Catulo
pensando en los griegos con voz mediana
llegará Pound
José Emilio
Juan Gustavo
con Salustio rozaremos la sífilis
un Nietsche fugaz pasará por la memoria
(sonará quizás el timbre
y la vecina exigirá sonriente algunos hielos)
los sesenta sonando en cuatro voces
y ya Liverpool no será un puerto cualquiera
hablaremos en la merienda
en el espacio nuestro de la tarde
antes del ron
después de la luz
despidiéndola
nos diremos (mientras mi hermana compra
y el Avila sigue haciendo el texto de sus pliegues)
la ternura invicta del poema.
27
TERRENOS (1985)
A Rafael-Clemente Arráiz
A Anita Lucca de Arráiz
28
Casa del Paraíso
"No hay otros paraísos que los
paraísos perdidos".
Jorge Luis Borges
"Fueron, posiblemente,
los años más felices de mi vida,
y no es extraño, puesto que a fin de cuentas
no tenía los diez".
Jaime Gil de Biedma
“y para todos los que observaban parecía
que no danzaba Salomé, sino el recuerdo de
ella, pues sólo en el recuerdo tienen lugar
las cosas bellas".
Leszek Kolakoswki
29
I
Era el sitio del perdón,
del amplio jardín y sus delicias,
de la campana en la puerta
llamando a la liturgia de la risa,
de un perro -Balín- a quien enseñé a ser toro.
Fueron los años cuando sentí de cerca
la respiración de una familia
sentada a la mesa, dadora del orden,
bendita por los usos de la caridad
y de otras prácticas no menos redentoras.
La casa en el paraíso
de cuando a éste se llegaba cruzando el Guaire
y dejando atrás al viejo mundo.
La casa del paraíso:
una oración que escucha mi mujer
cuando sudo sin sueño por las noches.
Mi casa, mala compañía
como una carta donde aseguran que existe
algo mejor.
II
¿Cuándo comenzó mi vida?
¿Sería bajo el agua ante tu cuerpo
cuando supe por primera vez
de la piel y de tu boca?
¿Fue por el ojo de la cerradura
cuando entendí que tus piernas estaban
para abrirse con la llamada del deseo?
III
Los platos son espejos que vamos limpiando
30
para luego vernos y saber que no nos basta,
por eso alzamos los ojos hacia los otros
y encontramos una boca modulando callada
porque comer es cantar para sí mismo.
La mesa es una tregua
donada por los días
a sus huéspedes involuntarios.
IV
En un día podían ocurrir tranquilamente
las muchas cosas que se juntan
en un salón de clases, pluralista,
donde había un portugués con el dedo
hinchado de tanto chuparlo,
la virgen maría de los cuadros vivos
a quien profesé amor sin ser correspondido,
la camioneta del transporte donde al fin
quedaba atrás la distancia del pupitre
y podía darse el juego torpe y hermoso
de las manos, tocando, reconociendo
los cuerpos que nos entregaría el futuro.
Ese mismo día era capaz de ofrecer
no sólo el delirio de una merienda
bajo el ébano, sobre la grama
sino también, la calle y sus aceras
para las tardes de dos ruedas
y de los hechos consumados,
de los proyectos a inmediato plazo,
por eso los días tenían tanta holgura:
la vida gastándose tan rápido
se hace eterna y alegre.
La luz de mis ocho años fue
el sol del mediodía en la piscina:
aquella ruda victoria de vencer el agua,
el terror de sumergirse y no salir
(sólo te visito, infierno,
31
si estoy seguro de poder dejarte).
VI
Siempre la lluvia fue una oportunidad
para levantar la tapa
de la caja de pandora que es una familia,
sus cosas guardadas por años
con olvido y con celo.
Cuántas veces nos hizo la tormenta
prender la luz y hacer menos oscuro
el mundo que vamos develando
cuando las fotos tienen una capa amarillenta
como los libros en sus páginas abiertas.
Siempre la lluvia trajo consigo
mis manos nuevas por la piel
de la memoria.
VII
La generosidad abriendo sus alas
más por verse en el espejo
que por la fertilidad de sus dones.
Ser efectivo al reclamar el orden
no a favor del arreglo común sino buscando
la vieja paz personal.
(El Paraíso vive de humores distintos)
Olvidar sin pasar el trago del perdón
para saber después de las cuentas
nunca saldadas.
Quedarse sólo en la vida grata
ahuyentando cualquier perro que venga
a ensuciar la ropa con sus patas.
VIII
Si los días hubiesen pesado
como cuando el vecino no me deja
32
otra salida que la tolerancia
y las horas dibujan el clima cerrado
de nuestros últimos encuentros,
si el tiempo general hubiese alcanzado
a colocarnos un golpe seco por la nuca,
si en el Paraíso presintiésemos
la crónica que nos relata la vida
seguramente habríamos bailado
rompiendo todos los pronósticos.
IX
El tiempo me dejó sin casa
y a cambio me sitúa en el recuerdo,
me dice que ya estuvo,
que le deje espacio al desengaño.
Los días van abriendo las heridas
que en los primeros años ignoré,
los quistes que cultivo sin querer
entiendo ahora
(cómo duele comprenderlo)
que nacieron bajo aquellos techos,
cerca de las cayenas y la trinitaria,
en las lajas del patio, en la cocina.
Ya mi piel enseña cicatrices
(otras heridas las llevo abiertas)
que más adelante formaran el mapa
de la historia mía, menuda
como todas las historias.
Cuando se levante el terreno
para repartir las parcelas
seguramente me será asignado
el lote donde estuvo el ébano,
la tierra de Balín y los enseres
frágiles como a su futuro dueño corresponde.
Cuando terminen por tumbar
la vieja casa
yo estaré de constructor del Paraiso
para otros residentes
nuevos, alistándose para entrar
33
por la boca rancia
y a veces mentolada
de la vida.
34
Casa de mar
“como la ola que es un temblor del tiempo
tú y yo sobre la playa
frente a las olas
en el tiempo que nos destruye y nos repite"
Juan Liscano
"Devuélvanme el crujido
de los árboles verdes
y el noble mar de siempre"
Heberto Padilla
35
I
Los almendrones del asfalto
ya casi hablaban del aire
salado y viento de las tardes
y del piso amable de la arena
que siempre recibe nuestros cuerpos.
Cuando cerramos la puerta
es sólo el agua la que invita
con un peñero firme y un anzuelo
para verle los ojos al carite
y suponer la vida doble de los meros.
Funche, tocineta, café
empieza rápido la fiesta del sudor
con las pieles de ungüento
bajo el refugio de las palmas.
Las tres de la tarde
y la fertilidad de las hamacas
donde nos hacemos abundantes
en modorra y besos.
¿Quién en el reino de sus noches
no quiere un ron,
no quiere a Toña,
no quiere estar bajo el chubasco
entre tus brazos
sabiendo que pasa y queriendo que quede?
II
Si alguna vez la libertad
nos dio una cita
para conocer sus dominios
fue aquel día en Manzanillo
cuando el mar rezaba bajo tus senos
y escondía con sus olas
nuestro definitivo suceso.
36
III
Suenan las ollas porque la música empieza
la voz turquesa del sartén entona su salsa.
La mesa está poblada
con el mapa damero del blanco y el rojo,
llegan las cervezas
y todos los instrumentos.
Vienen del cielo bajando los aromas.
Las cosas del alma requieren silencio
sólo se oye el acuerdo de los platos
y el espíritu.
IV
En esta playa tan larga
como la historia minuciosa
de mis manos sobre tu cuerpo
pasan de un extremo a otro
los cargueros de petróleo,
donde si cabe el sol entero
es cuando va lenta
con las velas azules abiertas
la nave que viene de lejos
hasta la Itaca del poema.
El oro no es otro
que el mar lejano
con el sol detrás,
la plata es el brillo
de un pez vela que salta,
el amor será para siempre
una muñeca de lona que mira,
la noche sólo se hace
cuando cierra sus ojos,
en Macuto nacen los días
cuando Reverón los pinta.
37
VI
Hay un calor de rabia en el Caribe
y un Rastafar que redime con su ritmo,
Bob Marley murmura como una raíz
que se niega a florecer para los otros,
por eso llueve tanto en estas islas:
pasa el huracán y vive el charco.
VII
Desde hace muchos años
la tierra firme es un bar y su rockola
con una mesa donde se deja el sol
y la conducta indescifrable de los peces.
Desde hace tanto tiempo
el mediodía cae y nos entrega una botella
para matar con ella la vida
que la vida nos niega.
Por tantos años será así,
tan así son estas costas
que sólo el viento ejerce un mandato:
nos da el mar y el puerto.
Desde hace muchos años
una íngrima noticia tenemos:
Penélope y Ulises
cambiaron sus nombres.
VIII
Si alguien se sienta
en un banco de la plaza
no espera a nadie,
si camina por las calles
es para que algo lo detenga,
38
los sucesos llegan seguros
sin el concurso del esfuerzo,
también así llega el tambor
(al malecón sereno que nos toma como un templo)
y los cuerpos presagiando la noche
con la rutina tenue del ventilador
cuando termina la fiesta.
IX
Para cuando estos peñeros hagan agua
ya habrá un sitio de los dos
con algún muelle para resistir el viento
y dos vasos que llenaremos
a ver si la vida se hace más nuestra.
Para ese tiempo quizás
un loquito histriónico correrá por los pasillos
hablando incoherente de crespos y alegría.
Para cuando llegue
el velero que nos lleva hacia otras playas
ya habremos matado a la muerte.
Para ese entonces que puede ser ya
estaremos más desnudos.
39
Casa de montaña
“Guárdate de las cumbres...
Colosales, enhiestas y sombrías
las montañas serán eternamente
la brumosa pantalla de tus días.”
Francisco Lazo Martí
40
I
En estos cerros
la voluptuosidad de las olas no está,
un eco va jugando billar
por los muros altos que nos cercan,
el río flaco lame las piedras
sembrando su musgo,
un silencio cómplice
susurra la vida de los hombres
que luchan la tierra
buscando romper su intransigencia.
Yo desconfío de esta calma
no creo del todo en la serenidad que nos brinda,
¿cuánta miseria no esconde
este orden genuflexo?
¿cuánto monólogo obligado
sólo comprenden las nubes?
Por estas lomas prosperan las costras,
los fusiles,
la muda paciencia de la gente de tierra
y uno que otro poeta
que murmura su canto.
II
Y somos libres cuando dejamos la ropa,
por eso las noches de fuego y estrellas
nos dan la puerta para salirnos del mundo.
Benditas cobijas que presencian el viaje,
bendita leña que interrumpes el frío,
bendito tu cuerpo
que me deja desnudo.
III
En ella está la tierra y sus frutos:
unión de verduras y granos para el sabor
41
que sólo el agua hecha logra devolvernos.
El calor en la garganta
nos regresa al territorio del respiro leve
donde recogemos los huesos brindando al paladar.
Más que una sopa
es la infusión que nos otorga el sueño.
IV
Esa luz que ves en la neblina
llega de un sol que nunca se deja ver,
marca indicios
por las faldas largas de los montes,
imprime su rastro
para saber si las horas
han cambiado su número.
No hay agujas que valgan:
el paso de la luz dicta tu espíritu.
¿Cuántos tonos logrará la bruma?
¿Este contrapunteo del paisaje
abierto y cerrado mil veces
qué querrá decirnos?
¿Este movimiento que nos roba el horizonte
no es igual al humor abrupto de tus días?
¿Por qué esta maldita niebla
no se queda en su sitio?
VI
Un día largo ha sentado su cuerpo,
la caoba resalta perenne sobre las paredes,
hemos comido y bebido,
hablamos bajito para dejar al agua su música,
cómo ha llovido este martes, Guadalupe,
¿así será la muerte,
convincente,
42
leve para irnos rindiendo?
¿estaremos en esta casa cuando llegue el diluvio?
VII
Hay poemas que no se dan,
se niegan a pesar del oficio,
nos gritan que es preferible el silencio,
hay diálogos nunca ocurridos
que tus gestos indican:
“así fue mejor".
¿Será que los sabios son mudos?
¿A quién pertenece este énfasis
en la palabra ausente:
a la vida o a la muerte?
Un buey sigue dibujando surcos
mientras la tierra acepta
callada.
VIII
Seremos otros al dejar lo que somos
allá colgado lejos de esta casa,
habrá fiesta cuando dejemos las botas
olvidadas en el río
para que se las coman las piedras,
juntaremos los cuerpos,
cantando sin fecha,
sin héroes epónimos ni santos
sino porque sí.
IX
Alguna vez te oí decir
que la única patria es el afecto,
el lago Atitlan celebraba
el mejor de sus días,
los volcanes cumplían el pacto
de estar hermosos como un león dormido.
Recuerdo a aquella amiga
que conoce todas las miserias
y sigue ganando terreno en la ternura,
43
recuerdo a la muerte caminando por la calle
con fusiles, machetes y banderas,
recuerdo que bailamos
sin atender a la tristeza,
recuerdo cuando nos dimos el cuerpo
despreciando el horror
que no sabíamos cuando tocaba la puerta.
Desde esta casa que no nos pertenece,
desde estos montes que nos tapan el mar
quiero oírte decir de nuevo:
la única patria es el afecto.
44
Casa de ciudad
“Toda ciudad se funda en la violencia”
José Emilio Pacheco
“Espléndida ciudad bendice las alcantarillas
y las cicatrices de tus muertos acércame el cuchillo
soy tu reo”
Juan Calzadilla
“Ciudadano:
ahora tan sólo puedes escoger
entre tu vida con los demás hombres
compartiendo con ellos trabajo y esperanza
o dedicarte a hacer la guerra por tu cuenta
cazador solitario
cuyo único refugio es la nada o el sueño”
José Agustín Goytisolo
45
I
Al fin termino por entender
que yo amo esta ciudad hasta la rabia:
es tierra y abono para la nostalgia.
Benditos constructores que no dejan ni una casa,
amadísimos urbanistas paisajistas
que siempre cambian los bancos de las plazas
(nada conserva su nombre
y lo agradezco de todo corazón)
que nada se acerque a la eternidad,
que la ciudad que yo conozco
no la conozcan mis hijos,
que nunca rodemos por la misma calle,
que la nostalgia se construya todas las quincenas.
II
Así como Caracas es
un forzoso ejercicio del recuerdo
donde sólo es permanente
lo que falta y lo que fue,
así también tu cuerpo
es una vuelta a empezar
todas las noches.
III
La vida se hace debajo de las mesas,
nada como las piernas para ser protagonistas
ni Jack Nicholson logra un papel tan estelar
y mucho menos Hollywood alcanza
a la otra historia de los restaurantes
la verdadera
la de la mirada fija
y el lenguaje de tus gestos,
la historia al margen donde somos detectives
que se acercan
al cuerpo del delito.
46
IV
Pasó un día,
llegó el periódico con sus hechos de sangre
en la última página donde nos habla la muerte,
llegó el papel que nos ensucia las manos
con su vieja costumbre de decirnos
lo que también es viejo,
superamos un día
sin saber
si nuestra foto aparece mañana
en la última página.
Mi muy querido Manuel Cabré
que inventaste un cerro,
que tuviste la paciencia de vivir
noventa y cuatro años haciendo lo mismo
sin otro hallazgo que la noble rutina
de retocar tu invento.
Queridísimo Cabré que lograste la mudanza
del Avila a las paredes de las casas
para que nosotros
(ocupados en cosas más importantes)
volteáramos a verlo.
VI
Va a llover,
Caracas lo sabe desde la mañana
porque una capota gris como la del Packard
no ha dejado de taparla,
va a llover
¿nadie ha tenido la cautela
de construir un barco?
va a llover
y los autos no flotan,
va a llover
47
y los bunkers se llenarán de agua,
va a llover
y ni siquiera te tengo a ti
para nadar en la autopista.
VII
No es cierto que las ciudades sean sus hombres,
es falso, aquí viven mis amigos:
entre quienes se cuentan las almas
menos ruines, más esplendorosas
y muy a pesar de ellos
(y de todas las mujeres que me amaron)
esta ciudad es un fracaso,
una oficina de seres abyectos,
un largo campamento donde nos reunimos
los ciudadanos,
los que a veces nos damos la mano
y un beso.
VIII
Que no venza la abulia
y mucho menos esa fuerza que nos hace
dejar al mundo inmaculado.
Hoy, por favor
vamos a ponernos de acuerdo
para actividades distintas al sueño.
Que los convidados vengan sonrientes
como quien hace un largo paréntesis
para estar alegre.
No le hagamos caso a la tristeza.
Pongan el disco de Vinido y Ornella,
pónganlo alto
que voy a llorar de futuro
aunque no llegue.
IX
Ya que me exijo hacer un poema del encuentro
48
el itinerario es lo primero que me viene a la memoria:
una mil veces rodada autopista,
unos pinos de media altura
y la puerta de hierro
donde guardamos el carro con vergüenza,
el perfume barato
que tanto nos gusta
y todo lo demás, la añeja historia
(¿hay otra?)
de creer que estamos juntos,
el antiguo simulacro en el que pierde la tristeza,
el acto por el que Dios
da su brazo a torcer
y nosotros la vida.
49
ALMACEN (1988)
a Guadalupe
a Eugenia y Cristóbal
50
Cabo verde
Hacia el Atlántico por el Orinoco
fuimos dejando atrás el agua dulce
donde el Almirante aseguró
haber hallado el Paraíso.
Varios meses navegamos
hasta que la tierra estuvo a la distancia.
Las Islas de Cabo Verde,
áridas como un viejo desengaño,
supieron de nuestra sed y allí quedamos
viendo el mar desde la playa.
Por casa tuvimos
el destierro del sol en su trayecto
y por lenguaje
el silencio.
Creció entre nosotros la costumbre de observarnos:
la causa que nos trajo a este archipiélago
fue hundiendo de nuevo sus raíces,
pero no hubo árboles para astillar
un nuevo viaje.
51
Aventura en Caracas
Sale en las mañanas en busca del destino.
Limpio, se despide de sus hijos,
después de haberse visto en el espejo
donde se confirman sus virtudes.
Toma asiento en el mismo lugar
de todas las mañanas cuando sale
en busca del destino y llega saludando,
concluido el recorrido,
al escritorio donde descifra la conducta
del mercado paralelo.
Almuerza con otros que aseguran,
como él,
que la felicidad asalta de improviso
y sólo se trata de esperarla.
Cayendo el sol toma el asiento
donde vino en la mañana en busca del destino
y, aunque se le ve un poco contrariado,
sonríe, saluda a sus hijos
y consulta el espejo que a estas horas
siempre le dice que mañana
será otro día.
52
Autorretrato de un líder
Vengo de una tierra donde la ciudad
es un ejercicio especulativo.
Llegué joven a estas calles
con la ingenuidad mítica del mundo en un baúl.
La comprensión me dio la fiesta de querer
un país justo y tolerante,
para alcanzar el paraíso
desacaté la ortodoxia,
le di mi cuerpo a la causa de la patria digna
y obtuve, junto a otros,
el poder.
Lo ejerzo con pasión transformadora,
el universo cambia bajo mi sombra fértil:
no acepto disidencias.
Soy la paz unánime del orden.
53
Retrato hablado
Llevaba la ropa como si estuviera desnudo,
la barba de días y los ojos sucios provocaban
más asistencia que repudio,
el tono de su voz iba
de la autoridad a la ternura.
Nos hizo saber que los hombres
(incapaces de tolerancia)
lo perseguían sin tregua,
todo él pedía auxilio
y lo recibía en abundancia,
pasaba de entregarlo todo por cualquiera
a ser indiferente como una sentencia;
sin embargo,
nadie le cargaba a cuenta sus desmanes,
prevalecían el talento y su locura:
un regalo de los dioses.
Mientras estuvo entre nosotros
no hubo quien resistiera al encanto de su palabra,
nadie se atrevió a contradecirle
y hay quienes aún veneran su memoria.
Pero ha pasado el tiempo,
señor,
y van quedando tan pocas huellas de su paso
que puedo
humildemente decir:
era un farsante.
54
Orbis Novus
Quinientos años bastan
para que el mundo deje de ser nuevo
y sin embargo
la confusión no deja de azotarnos,
como la primera vez que pisamos estas tierras
o como la vez primera que llegaron
los hombres en sus carabelas.
Todos los desmanes han ocurrido
y todas las especies han gozado de inventario,
las mil máscaras de la palabra asesinato
han paseado su faz de norte a sur
y quién se atreve a dudar que poseemos
los mismos usos de mundos anteriores:
la quiebra y el brillo han encontrado
el espacio necesario.
Quinientos años bastan
pura que el mundo deje de ser nuevo
y sin embargo...
55
Cavafy para las masas
No llegan los bárbaros
porque nunca se han ido.
Desde siempre comparten la cena
de quienes aceptan razones,
pasean por la vida pública
y reciben halagos y gloria,
provocan la felicidad y la náusea,
conservan intacta su más antigua costumbre:
el atropello.
56
Poema hiperrealista
“Huir, huir
estas tierras sólo provocan el exilio”
dijo un guerrero en 1830.
Ciento cincuenta y seis años de estulticia
no presentan ninguna esperanza.
Más allá del bochinche
que atormentó al Generalísimo
el saldo de la historia es un bostezo
porque ya ni Sísifo insiste en su tarea.
Cuando leo en Borges
la palabra patria,
cuando veo un documental
sobre las costumbres de Islandia,
cuando constato los esfuerzos de un pueblo
por ganarle terreno al desierto,
cuando escucho las historias de mis amigos
que tuvieron todo el talento y hoy lanzan los dados invocando a Neptuno, me
pregunto:
¿qué jugada sucia del azar
nos dejó esta tierra seca
donde crecen tanto los insectos?
57
Hispanoamerican clips
Un viejo ciego y sabio diserta sobre Stevenson
en un barrio de Buenos Aires,
se apoya en un bastón,
usa corbatas amarillas,
y lo lleva del brazo una japonesa
a quien dobla en edad.
Junto a ellos unos hombres de uniforme
en voz baja rinden informes
sobre los últimos decesos.
Un marinero danés y su mujer tailandesa
han formado familia
ea la cordillera de los Andes.
Su hijo mayor tiene amores
con una bisnieta del General Araujo
y recientemente han emigrado
hacia las multitudes de Sao Paulo,
donde atienden una venta de comida rápida
y escriben cartas confesando que en sus noches
los acompañan el alcohol
y los poemas de Murilo Mendes.
La habitación de un niño
que murió hace cincuenta años
sigue intacta.
Su madre afirma que juega por las noches
desde que se fue y no se ha ido,
los vecinos preguntan por él
todas las mañanas.
Las palmeras de una isla en las Antillas
58
fueron la columnata de Bernini
y el mar el lecho de un amor posible
como todos los que estas playas permiten.
Allí, sobre la arena de una tarjeta postal,
Bob y Nancy llegaron a creer
que los ascensores de Cincinatti
dejarían de moverse.
Las vacaciones de verano en el Caribe:
dulces como una torta en la nariz.
El cajero pulsa los botones de un teclado
y aparece tu nombre en la pantalla:
lee en ella que no figuras en la lista,
no tributas desde hace años
y hay que buscarte en el programa
de ciudadanos al margen.
En la radio del cajero se escucha un merengue.
En los edificios de un barrio de Caracas
engordan tanto los cochinos en los baños
que un buen día no pueden salir.
Allí los matan y los vecinos
han aprendido a distinguir
entre el llanto de los niños
y la agonía de los cerdos.
59
Proverbio gitano
Todo aquel que busque un país
donde nunca ha habido uno
termina por no encontrarlo.
60
Urbanización
Están organizando el mundo
más allá de mi ventana:
calles y aceras sembradas,
hileras de postes para la luz,
el laberinto de tubos
para el destino de las aguas
y una redoma bordeada
por el carácter de los chaguaramos.
Aún no ha surgido el primer edificio
y me detengo a observar los tractores
haciendo de los relieves de una loma
una parecía de cinco mil metros.
Intuyo los empalmes de unas vías
con otras de urbanizaciones anteriores.
Tanto me gustan estos comienzos
que quisiera dejarlos así:
con la casa que imaginé en aquella punta,
sus tejas, sus patios
y la fila de trinitarias.
Las gentes por las tardes
vienen a recorrer estas retículas
y les veo en los ojos su pregunta:
¿por qué no dejan estas calles sin propósito?
Donde haya un movimiento de tierra
estaré yo,
mirando los tractores.
61
Junta de Condominio
Como en el foro romano en estas reuniones
hay bostezos y diálogos con el vecino,
largas intervenciones sobre nudos domésticos.
Como en cualquier ejercicio de la democracia
en estas reuniones se requiere de paciencia:
pormenorizadas historias
sobre la conducta impropia del conserje,
alegatos a favor de un techo para los automóviles,
imposición de horarios al pianista del 4-A
urgencias de rejas y alarmas en la planta baja,
indicaciones sobre la colocación de la basura
y otras razones de estado que llevan
varias horas de voces y votos para sancionarse.
Como en cualquier congreso, en estas reuniones
las señoras cuidan de sus uñas y buscan
junto a sus maridos al culpable:
es sabido que las comunidades
viven de sus víctimas.
62
70 años
A las cinco de la tarde de hoy,
3 de Enero del 2029,
el sol cae oblicuo sobre la calle
y yo estoy apoyado sobre el mármol de la mesa
comprada en un almacén después del incendio de 1984,
tomo café mientras un negro incólume
limpia la piscina del edificio de enfrente,
mis hijos llegaron al patio del desengaño
y luchan por lograr la puerta
de la segunda inocencia,
en esta tarde vaga
adolezco de los mismas certezas de siempre
y sigo sospechando sin alcanzar respuesta.
Sólo espero ver
la victoria de la noche
y el sol humilde construyendo su venganza.
63
Eugenia
Además de tener dispuesto para el momento de tu aparición
el viejo moisés que usó la abuela,
el dibujo de un perrito en la pared,
una despensa de ungüento
para hacerte las cosas menos ásperas
y escarpines de muchos colores
para que vayas reconociendo la pluralidad,
se me ocurre que, si hubieses podido,
me habrías exigido un pequeño manual,
algunas instrucciones que indicasen
las precauciones necesarias.
Por lo pronto, es apropiado
que vayas sola e irresponsable
por el imperio de tu mundo;
con el tiempo irás sabiendo
que la impunidad no existe,
que sólo hablan los hechos,
que, si te creíste segura,
estabas totalmente equivocada.
Para cuando aquellos que te trajeron
estén ansiosos de conocer tus habilidades,
para cuando termines por comprender
que los muchos aviones que pasan, pasan
si no te calificas para subir sus escaleras,
para cuando sepas que el asunto eres tú
frente a la molicie de las cosas
estarás -con toda razón- aterrada,
entonces, podrán presentarse muchas rutas:
que optes por una certeza universal
y enfrentes el mundo con la verticalidad de los imbéciles,
que te hagas de una coherencia unívoca
hasta terminar indemne,
pero sin entender los acontecimientos que se dan
por los cuatro puntos cardinales
o, también, que no quieras saber nada de nada
y te dé por coleccionar arañas, manchas en el techo
e inveteradas rutinas que te mantengan absorta,
aunque para nada así parezca.
Tantas avenidas puedes tomar.
Yo, pocas cosas puedo decirte
salvo que la alegría ayuda como pocas
64
a seguir en la cubierta del barco, respirando;
que si alguna de las virtudes es indispensable,
la tolerancia es la primera:
ella te regalará la lucidez
y algo que todos dicen buscar sin descanso:
la paciente y esquiva justicia,
siempre hábil para escaparse
como los peces babosos de los ríos.
Guadalupe te dirá
de las infinitas bondades que prodiga la observación;
ella podrá abrirte las ventanas de la sensualidad:
no dejes de entregarte a las pasiones que despierta,
no te niegues al tacto y al olor
que los cuerpos y las cosas despiden
para que nazcan los diálogos,
así, tus inclinaciones hallarán
los interlocutores propicios
y cualesquiera que ellos sean,
disponte al intercambio, porque allí,
en el sitio de recibir y entregar,
están las claves pasionales del mundo.
Ya que el regreso al sitio de donde saliste es imposible,
hazte algunas casas parecidas:
la casa larga del afecto
es una vieja certeza en esta tierra;
la casa donde se apuesta porque las cosas no sean así,
sino algo parecido a tu primera inocencia,
es incómoda y hermosa como las grandes montañas;
en fin, Eugenia,
hay casas que vale la pena construir.
Si crees encontrar en mis palabras alguna claridad,
no te engañes; hablo desde la confusión.
En esta eventualidad
probablemente viva un secreto:
la vieja clave de no dejarse llevar
por el juicio final;
deja a los mediocres el ínfimo acierto
de creerse dueños de la veracidad
y busca la trastienda,
ama la duda y, más que a ella,
ama a quienes la ejercen con nobleza:
no creas en las respuestas primeras
si no vienen del rayo de la intuición
65
de quienes comparten tu precariedad
afinca tus pasos en las calles largas
y, cuando te venza la fatiga,
convérsales a tus compañeros de ruta, para encontrar
el eco de tu cansancio y la fuerza,
la terquedad de la ternura.
Arráncale el sentido al lugar común:
estamos solos en el mundo
porque, más allá de escucharlo mil veces,
es tan cierto como la fragilidad de estas letras
y tan preciso como que la capital del paraíso
es la fiesta de tus primeros años.
66
Eugenia,
de cinco meses,
cuando tiene mucho sueño
llora y se resiste a dormir.
¿Por qué,
tan mínima,
sabe que morir y dormir
son la misma cosa?
67
El viaje
La gasolina es abundante como también lo
fue el viento contra las velas de la nao de Ulises.
Eugenia va en su cuna mirando el cielo
y nosotros buscamos lo que ella posee:
cada cuatro horas la cena
(en el intervalo el llanto)
y el aro rojo que tiene en sus manos
como si fuera el tiempo.
Hemos pasado el túnel,
y el valle de Caracas
confía en nuestra capacidad para imaginarlo.
Las cosas van quedando atrás
sólo porque otras se acercan.
Llegaremos sin piel a nuestro destino
y, como otras veces, recogeremos los rostros
abandonados en la ida, cuando volvamos.
¿Y si no regresamos?
¿En cuánto tiempo crearemos nuevas costras?
¿O serán las mismas?
68
Meditación en el ascensor
Eugenia nació hace un mes
y ya tiene la mirada fija,
la señora del edificio de enfrente
todas las tardes riega sus helechos,
el negro incólume de un poema anterior
continúa limpiando la piscina,
el timbre suena
y la puerta se abre para las visitas.
Yo sigo tomando el carro en las mañanas
y regreso entrando la noche
con algunas historias,
las chifleras que cultivo en el balcón
han crecido lentamente.
No quiero saber nada de la esperanza
por el mundo mejor
de mis amigos marxistas,
no entiendo a los teóricos y su pasión
por las camisas de fuerza.
Ayer pasé la noche hablando
con mi vecino reaccionario,
me relató sus viajes y su amor
por unas pizzas que venden
en Ocumare de la Costa,
tomamos varios whiskies
y me atreví a hablarle del orgullo
que siento por la fabricadora de hielo
de mi nevera.
Eugenia nació hace seis meses
y ya se ríe a carcajadas
con las muecas de su padre.
La señora riega,
el negro incólume limpia
y el timbre suena.
La revolución viene por los lados de Oriente,
dicen mis amigos,
mientras los teóricos descubren
que el individualismo tiene
revolucionarias
posibilidades.
69
Servicio completo
En los controles de la lavadora
seleccioné el programa B lento
para algodón, lino y cáñamo,
esperé la conclusión de los pasos de la máquina.
Dispuse luego la secadora
en su programa rápido,
planché con atención todos los dobleces
como repasando su cuerpo entero con el hierro,
coloqué sus cosas blancas
en la misma maleta que trajo hace diez años.
Horas después apareció por la puerta,
le ofrecí las últimas palabras de mi amor
entregándole la ropa limpia en la maleta,
le dije adiós
para siempre.
70
Carta de Mercedes (1972)
Yo te quiero como se quiere a un amigo,
el primero que tengo y el más grande
el único que recuerdo cuando me ataca el sentimiento.
Sin embargo, Rafael, debo decirte,
con todo el dolor de mis quince años a cuestas,
que no imagino la intimidad contigo.
Comprendo tu desencanto y te juro,
con toda mi alma,
jamás olvidar tus palabras de ayer.
No te arrepientas,
pero te ruego que no insistas.
Piensa, simplemente, que no se cruzaron
tu tormenta y la mía.
71
Adiós
Te cansaste,
supiste que la vida
es una tarde fría de enero
igual a otra calurosa de agosto,
conociste la simple dificultad
de ver morir el deseo.
Te cansaste,
preséntale a tus años por venir
un libro con menos esperanzas
o muéstrale tus ansias a alguien
mejor dotado para el viaje.
Vete pronto,
sin explicaciones,
no quiero tener de ti otro recuerdo
que esta casa
sola.
72
Las mujeres rigurosas
Las mujeres rigurosas mueren solas.
Sus padres las miran crecer
y cautelosos pronostican la tragedia:
una abultada línea de cosméticos
acompaña las noches de diciembre
frente a un pino encendido.
De tanto esperar a un hombre fuerte,
sus cuerpos blandos les quitan el sueño
y vagan por las tardes buscando el azar
en las vitrinas de las tiendas.
Cuando los hombres quieren amarlas,
como lo hacen los niños,
ellas respiran profundo y se guardan
para mejores conquistas.
Las mujeres rigurosas mueren solas,
abrazadas a sus muñecas.
73
La Petit morte
No hay dicha mayor
que el jadeo ansioso
de una mujer feliz.
Si la vida tiene sentido,
es tu cuerpo quien se lo otorga
cuando lo roza la muerte
para seguir viviendo.
74
G
Asísteme, cubre con tus manos
todos los dolores de mi cuerpo,
no dejes que crezca el lumbago
que cultivo desde tu último abandono.
Bésame como cuando no habían nacido
estos óxidos del alma.
Recoge este cuerpo minado por el hastío
y dale el soplo de las primeras canciones
Tiéndete a mi lado y acompaña
los ires y venires de mi respiración,
devuélveme los enérgicos pasos que di
en el estreno de nuestra historia.
75
Juntos
Nada puede explicar que dos personas insistan
en matar el olvido todas las mañanas,
como dos eucaliptos rozándose
por el viento de las noches.
Saber que estás allí
desatendiendo los reclamos
de otras pasiones posibles,
esculpiendo el barro
de la casa frágil
donde viven los afectos.
Pensar que el corazón
puede obviar los infinitos estorbos
que los días colocan
como trampas para cazar onzas
en la selva de los años.
Insistir sin tener otro motivo
que ver tus manos
llevando una taza de café
hasta tus labios.
Ver cómo los hijos reproducen
nuestras opacas costumbres
o mirar cómo publican
unos gestos inéditos del alma.
Correr los años y sentir
que las cosas no han podido ser
más luminosas
que tus ojos mirando las tortugas.
Seguir pasando
por sobre los restos de las puertas
que tantas veces dejamos cerradas,
seguir, seguir
hasta que la geografía de nuestros cuerpos
sea otra
y no haya corrido el agua
sin ser vista.
76
Sepan nuestros hijos
que de las alfombras de esta casa
nacieron sus instintos
y la gloria de volar sobre los mares.
77
Homenaje a Edgar Lee Masters
Testamento de J. K. Smith
Es mi última voluntad legarle a la dulce Sally,
por cuarenta años de vida común,
unos ángeles de porcelana con diamantes incrustados
que obtuve en La Habana en el año 45, aún soltero.
A mi hija Patty y su marido Frank
la liquidación adquirida
por cuatro décadas de servicios prestados
a Williamson & Johnson LTD.
A mi hijo Fred la colección de postales
enviadas por Mr. Williamson desde
todos los puntos comerciales del planeta.
A mi hermano Ed el diploma
firmado por el presidente Nixon
donde halaga mi honradez y patriotismo.
Entrego a Missis Jones el cuidado
de Pick & Nick, el par de poodles
que alegraron mis años.
Dejo a la administración del condado
los álbumes de fotos donde constan
mis momentos felices
como testimonio de un ciudadano agradecido.
Nombro, por último,
albacea a mi amigo Bob,
presidente del club de ex-alumnos del college,
para que haga cumplir mi voluntad
más allá de la muerte.
Testamento de Sally Smith
Son mis últimos deseos dejarle a Johnny
el brillante obsequiado por él mismo
el día de nuestras bodas de plata.
A mi hija Patty el abrigo de mink
de mis cincuenta años.
a Fred, mi hijo,
las fotos del crucero por el Caribe,
especialmente aquella
78
donde le damos la mano al Capitán
la noche de la fiesta inolvidable.
A mis amigas Lucy, Sissy y Hortense
la mesa que aceptó por treinta años
nuestras cartas de bridge.
A la Junta Directiva del Club
la maleta de los Spalding
con los que logré el memorable Hoyo en uno.
A Nancy, mi peluquera de siempre,
el broche entregado por Missis Nixon
con motivo de las campañas benéficas
que nunca dejé de emprender.
Al igual que Johnny
nombro a Bob
albacea de mis legados.
79
Epitafio a mi abuela
De lo que fue nuestra relación
(interrumpida ahora por la muerte)
tengo dichosos recuerdos.
Fuiste espléndida por tu gracia
en prodigarte sin reparos
como si lodo fuese posible.
No creas que olvido la paciencia
que tuviste al recorrer de nuevo
las viejas postales de tu historia
(la vida del país, al fin y al cabo).
Nada soy capaz de reclamarte,
salvo la deuda que dejas con otros
y de la cual soy solidario.
Toda avenida larga
vive de sus calles ciegas.
80
Fortuna
Dirige tu timón hacia mí:
no dejes que pasen los años
sin haber ido al Brasil,
que está tan cerca;
ofréceme la dicha de una renta
para ver el paso de las tijeretas
en una casa junto al mar;
alíviame del sueño recurrente de desearte,
quítame el peso de vivir
esperando tu llegada,
deja que gaste el tiempo
en los azares del ocio.
¿Es mucho lo que pido?
No atiendas otros ruegos
antes de conocer la urgencia de los míos,
diosa ingrata.
81
Odio
Odio el horario del mundo.
Soy incapaz de aceptar el rigor de las mañanas,
y torpe, muy torpe, para hacer negocios con el sueño:
jamás logro imponer mis condiciones.
Amo los amaneceres cuando me entregan
la sensación de una victoria
efímera,
porque, al buscar a la derrota para presentarle mis respetos,
no la encuentro y se presenta
la triste intuición de ser yo mismo.
Voy dibujando los humores del insomnio
y me da rabia advertir en mí
los tics de los malditos.
Odio el horario del mundo.
Estas madrugadas sin lluvia
cuando sudo sin oficio,
solo.
82
Lento
Mi aprendizaje ha sido lento:
comencé por chupar el agua directamente del grifo
y así lo hice por años hasta descubrir
que, con las manos juntas, formando un cuenco,
era más fácil;
tardé veintiséis años en darme cuenta
de la poquísima pasta que hace falta
para lavarse los dientes
y lo saludable de pasarse el cepillo
por la lengua para limpiarla.
Mi aprendizaje ha sido lento:
hasta hoy ignoraba lo desacertado de ser
amable y discreto,
lo vano de esperar una ínfima atención
sin reclamarla.
A los que me acusan de correcto:
que tan sólo revisen el fondo
de mis mesas de noche.
83
La mariposa en el baño
Negra y como las mariposas nocturnas:
con las alas siempre abiertas.
Tomo un periódico para matarla,
pero ella no acusa mis golpes
y tampoco se oculta;
queda enorme,
fatua.
Muere ahogada
y yo tengo taquicardia.
¿Por qué el asco y el miedo?
Diez días después comprendí:
no era un murciélago.
El mal y sus símbolos
se parecen tanto al bien
que logran estas bochornosas batallas.
84
Dios no es nada claro
Si cierro los ojos,
veo luciérnagas flotando.
Si los abro,
las paredes de mi casa y el piso
aceptan la disposición de un mobiliario.
Si salgo a la terraza y miro el sol,
buscando una respuesta,
regreso al cuarto a mirar luciérnagas.
El que canta y el que escucha:
¿ a quién prefiere el sosiego?.
85
Tranquilo
Todos los espacios se crearon sin mí
y así seguirá siendo,
nada nos concierne absolutamente
salvo nuestra propia miseria,
ella da vida a los afanes
que nos dibujan el rostro.
Como enamorados que reciben
la humillación y la indiferencia,
vamos gesticulando
y la risa compasiva hacia el payaso
nos es más cercana
de lo que nuestra vanidad supone.
Todos los sitios seguirán siendo
aunque los ignore,
si me propongo destruirlos
ya habrá quien se empeñe
en levantarlos de nuevo.
Colaboro con pagar la entrada,
soy justo con prestar atención
al espectáculo de las hormigas
y a la mole definitiva de los elefantes.
Todos los espacios se crearon sin mí
y así seguirá siendo.
86
Cristóbal
Hace casi tres años le escribí a tu hermana
que estaba por nacer
un largo texto donde, a pesar de las dudas,
logré alcanzar algunas certezas.
Hoy, estando cerca tu llegada,
la incertidumbre ha crecido tanto
que casi no tengo palabras para ti.
No me reclames, piensa tan sólo
que vamos creciendo y, con nosotros,
no deja de hacerlo el desconcierto.
Si alguna vez vencemos el silencio,
lo hacemos con tanta torpeza
que gana la discreción
y el cesto de la basura.
¿Cómo hacer con el miedo?
Trae contigo un mapa
para esta familia extraviada.
87
Deseo
A nadie le falta dios,
dice mi madre.
Y yo soy alguien
empeñado en seguir
llamando a su puerta.
Sueño con sentarme una noche
o quedarme de pie, como el eléctrico Pessoa
o el atlético Hemingway,
y que me sea dado, diría Borges,
el don de la palabra. y escribir,
escribir largo y sin pausa
como quien dicta un testamento.
Una voz cuyo origen ignoro
habrá de susurrarme un poema
alguna vez
a mi,
doméstico, incrédulo y opaco.
88
Almacén
Abrigué durante años la esperanza
de hacer un poema que fuera un fresco
de todas las cosas que me afectan;
pensé admitir algunos hechos
que me hicieron extrañamente feliz;
quise hacer un texto largo
donde la enumeración estuviera sustentada
por cuatro o cinco observaciones inteligentes,
una estructura de secuencias,
como si mis ojos fueran una cámara
repasando un galpón, deteniéndose, formando
un discurso que resaltara un trasto viejo,
como el par de zapatos de tap de mi tía bailarina
y una lavadora que motivó un poema anterior.
Vi los versos como cuando entro a una casa
y gozo con los cuadros y los muebles
porque ellos definen a sus dueños;
vi los versos hablando de mí
como hablan los objetos,
supuse la aparición de las cosas en el almacén
como fueron llegando a mi vida,
desde siempre o adquiridas por mi suerte.
Tantos años estuve gestando este poema
que sus cosas ya no existen:
han desaparecido en mi memoria
por el infinito beneficio del olvido.
89
LITORAL (1991)
90
«Soy lo que me rodea.
Las mujeres comprenden esto.
No se puede ser duquesa
a cien metros de un carruaje».
Wallace Stevens
91
LA AEROMOZA
El cuerpo, como los árboles,
busca una tierra para quedarse.
No son del aire nuestros huesos
ni del mar,
aunque de éste vengamos.
La piel de la aeromoza tiene surcos
como si unas raíces sin objeto
blandieran su venganza.
Pocos años en el aire bastan
para perder el piso,
eternamente.
92
LUIS
Apenas llegó al mundo fue abandonado
a la suerte de ser protegido,
malamente.
Sin embargo fue creciendo,
adquirió un oficio
viajó y formó familia:
en nada se distingue de cualquiera,
salvo en pulcritud y honradez.
A mediana edad fue de nuevo dejado
y aún puede hallársele amistoso
en los cafés de su barrio.
La mujer con quien tuvo sus hijos
confesó antes de morir
que quien fue su marido jamás
amó a nadie,
que ese hombre afable
desconocía tal sentimiento,
que lo dejaran así,
con sus costumbres,
porque ya era tarde para quererlo,
que lo dejaran allí,
bajo los toldos,
mirando los manteles.
93
PEDRO
Una mujer y tres hijos amables
caminando sobre los discos
de su columna vertebral.
94
IRAIDA
Odia el sosiego que requiere
el uso del lápiz y el papel,
suyos son el movimiento
y la rapidez de las frases cortas.
Huye de todo aquello que la sitúe
al filo de delatar su ignorancia:
gesticula, hace énfasis,
duerme abrazada al sobresalto.
Esta mujer asciende con velocidad:
halago y simulación
hacia sus superiores,
humillación e indiferencia
para sus subalternos.
Amiga de lo ajeno,
requiere del oficio de los otros
para presentarlo como propio.
Sólo a veces algo parecido al vacío
la oprime, miserable, como un gas
entre las costillas.
95
MOTORIZADOS
Moverse, con alguna encomienda
es la causa por la que cualquiera
puede verlos esquivar,
eléctricos,
los acorazados del camino.
Porque saben que, si son tocados,
los daños pueden ser irreparables,
sus nervios van tensos:
listos para el improperio
o la desobediencia.
Aunque sus diligencias sean distintas,
sólo el día comienza
cuando van juntos y veloces
invadiendo una avenida.
96
LAS NUEVAS REINAS
Vienen de otras tierras,
sin equipaje,
a imperar en nuestras casas:
estrujan con sus manos
las prendas menos públicas,
delinean con la plancha
los ángulos de un cuello;
cuando alisan las sábanas,
huelen el rastro
que de nosotros queda
en las almohadas;
eligen la comida y el picante
de los platos que ofrecen.
Absortos ante la urgencia que provocan,
les aumentamos el salario
y los días de asueto.
Las recibimos como quien mira
por un caleidoscopio hasta encantarse
y ellas
nos entregan el doméstico calor
de una relación precisa
para luego dejarnos,
de nuevo,
entre el jabón y la reja.
Cómo odiamos los súbditos
que las reinas sean efímeras,
cómo solicitamos un yugo
que sepa ser estable.
97
LAS CUATRO MAXIMAS DE HERNANDEZ
Antes de morir pudo dejar inscritas
cuatro máximas que ahora yo,
hijo de su hijo, transcribo:
Muchas veces un saludo puede ser
empujar a alguien que mira el mar
desde un acantilado.
Una oferta,
casi siempre,
lleva oculta una estafa
en el reverso.
Si no hay sitio para ti
es porque todo está lleno de rufianes.
Todo se olvida,
menos aquello que nos espera en el poniente.
98
ANTONIO GONZALEZ
Yo soy Antonio González, fiscal.
Certifico el precio justo de los alimentos
y clausuro una venta de licores o un abasto
cuando van más allá de lo tolerable
en el precio de las cosas.
A los cuarenta años
perdí un oído y el equilibrio.
Estuve cerca del suicidio
porque el silencio de un oído roto
es más insoportable que el de los páramos.
Para dar pasos sin caerme empuñé un bastón
y sin embargo hubo calles que no logré cruzar.
Harto, un jueves por la tarde,
le dije a Ramón García:
«toma mi bastón,
ya no lo necesito».
Y hasta hoy, a mis setenta años,
no he perdido el equilibrio.
Yo soy Antonio González,
me repito,
y no sé muy bien si es cierto
porque ya no soy fiscal
ni oigo el ruido de los páramos.
99
HENRI LECOURT
Si además de saber que fue
el mayor verdugo de los topos de su comarca
y un buen padre de familia,
hubiésemos sabido que respetaba los horarios,
cumplía con las ofertas que proclamaba
y ejecutaba, como un rey,
una suerte de ideario;
si hubiésemos sabido que su esposa
le acariciaba el cuello
y le llamaba Henri entre las sábanas;
si hubiésemos sabido que era feliz
cuando almorzaba con un mantel
sobre la hierba,
¿habríamos sospechado su suicidio?
100
LUCIO, NEL MEZZO DEL CAMMIN
Señor, no dejes que hagan suyos
todos los asientos.
Impide el crecimiento de sus granjas
y tíñeles las ramas a sus árboles.
Señor, quítale las sombras
al alero de sus capas.
Mira los ojos de tus hijos
y advierte en ellos a los que aún
quema la brisa y el agua.
Convoca a los santos y revélales
el lugar del paraíso.
Asísteme, señor,
antes de ser vencido,
pero antes dime por qué tanto
y para qué resisto.
101
LOS EUCALIPTOS
Monsieur L' Héritier los llevó
de Australia al viejo continente.
Desde allí hasta las afueras de Quito
no han dejado de ser flexibles.
Tan rápido crecen
que en dos siglos habitan,
inmunes a las termitas,
esto que llaman el nuevo mundo.
De sus entrañas algunos extraen
la esencia de un perfume,
y otros el remedio contra la fiebre.
Poco exigentes con las condiciones del terreno,
maduran, sin mayores remilgos,
con la esbeltez de una palma.
Nadie entiende cómo,
siendo veloces y elásticos,
provocan tanto sosiego.
102
EL JABILLO
De este árbol de veloz crecimiento se sabe
que sufre de muerte prematura.
La juventud que adolece de por vida
lo lleva a protegerse tras una trama de espinas.
Un conocedor de la longevidad de las plantas, dijo:
«nada más efímero que un bosque de jabillos».
Tal es la debilidad que lo mina
que busca hacerse pasar por samán.
Sería vano negar que da sombra
y una injusticia obviar su belleza.
A este molino frondoso
pueden hacerlo madera
el vendaval o la tromba.
103
EL MATAPALO
A los turistas que acuden a Tikal
(para ver cómo año tras año despejan
el manto de jungla que cubre los templos)
les sugieren los guías imaginar
el porte del Mijao que ahora es tronco seco
cubierto por matapalo.
Luego, ante el estupor de un canadiense,
comprueban la tesis según la cual
el ficus dendrocida sólo asfixia
a los árboles que quieren morir.
104
LA HIEDRA
Hace de los muros de las casas
regiones menos ásperas.
Permite a los ratones alcanzar sus destinos
sin mayores contratiempos.
Vista desde lejos crea un espejismo:
la grama subiendo hacia el tejado.
Una vez que los niños la miran
la guardan para siempre en la memoria.
Trepar y tapizar
son sus verbos,
y juventud el vocablo
que más le pertenece.
Es difícil que la desgracia o la tristeza
sobrevivan a su abrazo.
105
MERVEILLES DE LA NATURE
En los márgenes de la autopista
progresan unas trinitarias,
frondosas.
Poco les importa si llueve o escampa:
igual dan muchísimas flores,
todo el año.
En las riberas del río
crecen unas ceibas enormes,
a sus troncos se plegan
unas matas de orquídeas
que una vez al año
ofrecen una flor
diminuta.
II
Entre las rocas crece
un cactus coronado
por un punto rojo.
Entre las mismas rocas crece
otro cactus coronado
por un punto azul.
No atienden a su vecindad,
ni a sus idénticas penurias.
Afilan espinas y engordan
solos
como reyes.
III
Un sapo grande y viejo
respira al borde del estanque.
Agazapado entre la bora un saltamontes
106
aguarda la decisión del batracio.
Al sapo lo paraliza un infarto
y el saltamonte espera,
espera.
IV
Tengo un acuario en casa.
Ya sólo lo habita un pez
fuerte y hermoso.
Los otros han ido muriendo
aturdidos por el hostigamiento
de sus atributos.
El acuario se fue arruinando
al tiempo que iba creciendo
su imperio.
Ahora que está solo
y nadie discute su preeminencia
¿a quién le importa su belleza?
V
Un ramo enorme de rosas rojas,
como un nuevo amor,
alegra impetuoso el centro de la mesa.
Un ramo enorme de rosas marchitas y pestilentes,
como un amor avanzado
en sus imposibles acuerdos,
abruma, también impetuoso,
a la misma pareja que lo mira
en el centro de la mesa.
107
DiEZ MIL PIES
Cuántas veces siento que a mi casa
le son insuficientes las ventanas
y que su sola puerta no basta
para dejar salir el vapor,
recuerdo las veces
que la he visto desde arriba:
es tan sólo un punto junto a otros
a la orilla de una de las curvas
del río.
108
IRLANDA
Quien sobrevuele esta isla sabrá
que en pocos segundos se puede pasar
de la verde placidez de un rebaño de ovejas
a la elocuencia de un acantilado.
Quien ande a pie por sus praderas
podrá mirar, algún día,
cómo una vaca ciega pace
al borde del abismo.
109
EL CIELO DE EUROPA
El infinito con distintos tonos de azul
cruzado por rayas blancas
en muchas direcciones.
Cada avión deja tras de sí
una estela de nubes.
Dos columnas grises
ascienden desde los conos
de una central nuclear.
Es el mismo cielo de Byron
de Turner y del primer viaje
en vapor
que hicieron mis padres.
¿Por qué me cuesta tanto
reconocerlo?
110
MALECON
Lejos, a la derecha,
unas velas blancas remontan las olas.
Cerca, un hombre saborea
unos calamares en su tinta.
Mira el mar y recuerda
las muchas veces que lo ha visto
desde la costa.
Las gaviotas bajan, aleteando,
para posarse sobre las rocas.
El hombre sigue mirando el mar,
el hombre no olvida,
unas gotas saladas caen sobre los calamares.
Lejos, a la izquierda,
unas velas blancas remontan las olas.
111
LA PAZ
Ver caer las hojas del calendario
en este definitivo barranco
es algo parecido a la cuerda
del equilibrista: cualquier traspié
lo tira al suelo.
Entre seguir el viaje del aire
de la nariz a los pulmones
e ignorarlo,
está la pieza perdida.
El sitio del planeta más parecido a su satélite:
cuanto más alto
más despacio deben funcionar
nuestros resortes,
para no vencerse.
112
LENINGRADO
El Neva se desplaza majestuoso
a los pies del Palacio de Invierno.
Las grullas suben y bajan
con su canto melancólico.
La nieve cae
mientras un bote insiste
entre las aguas del río.
¿Hará falta pintar,
en un rincón de este lienzo,
a un hombre herido
por el insomnio y la ausencia?
113
UN POETA (DESCONCERTADO) SE PREGUNTA
Si ya hemos pasado años recibiendo al despertar
el mismo sol entrando por la ventana.
Si ya el pan ha sido compartido
tantas veces como ocurren
las seguras faenas de un ingenio.
Si ya somos lo que quisimos
cuando éramos muy jóvenes
y posábamos nuestras cabezas
sobre las almohadas.
Si ya los sobresaltos de la novedad
son desconocidos para el imperio
de nuestras certezas.
Si ya nos es difícil distinguir
dónde empiezan y terminan
nuestros cuerpos.
Si ya está todo este camino andando
¿por qué querer volver atrás?
II
Un hombre,
en su sano juicio,
va haciéndose sabio
con el paso del tiempo.
Ese hombre crece:
114
cada día que pasa
está más vivo que el anterior.
Un hombre,
en su sano juicio,
va haciéndose viejo
con el paso del tiempo.
Ese hombre crece:
cada día que pasa
está menos vivo que el anterior.
III
¿Por qué se le entrega el ímpetu
a algo que una vez que se tiene
ya es imposible
(con un cuerpo tan maltrecho)
disfrutarlo?
IV
Una mujer,
poseída por la mirada de un hombre
entrega su destino a los brazos de su amor.
Pasan los días y aquel frenesí
viaja hasta la playa
de la postración.
Días después
la dulzura del embeleso
se ha convertido en tragedia:
la mujer no respira.
V
Una mujer y un hombre
cruzan sus miradas
en una tarde de invierno.
Aceptan asomarse por la ventana
buscando, cada uno, secretamente,
que el otro se entregue a sus encantos.
Pasan los días y ambos,
sin abandonarse,
115
comienzan a dibujar la mueca
del hastío y del odio.
Ya no se ven más
ni se frecuentan
ni se recuerdan.
Respiran.
116
LAS COSAS
Las cosas son
lo que de ellas persiste
en la memoria.
Las cosas también son
lo que de ellas queda
cuando la memoria falla.
Las cosas incluso son
lo que de ellas queda,
colgado en la pared,
cuando ya no existen.
Las cosas nada son
hasta tanto alguien
no las mire de reojo.
117
LA CORBATA
Recorre con los ojos
desde el nudo
hasta la punta de la flecha:
nada salta a la vista.
Enfoca el hombro izquierdo,
baja hasta sus zapatos,
obsérvale las manos.
¿Viste ahora la mancha
en la mitad de la corbata?
118
OBLICUAS
El cerro está detrás de mí,
pero no me vuelvo a mirarlo:
es más claro su reflejo
sobre el cristal.
La claridad del mediodía
sólo puede verse desde la sombra,
con anteojos oscuros.
He visto el mar desde la montaña
porque, cuando estoy entre sus olas,
me esmero en distinguir el relieve
de los montes.
119
TEDIO
Sé que del hastío,
de la laxitud de su gobierno,
no vendrá a la página nada del dolor
ni de la zozobra.
Sé que después del mediodía
de las primeras horas
muertas
de la tarde,
no vendrán a la cita del poema
nada de la fuerza
ni de la felicidad de tus manos
entre mis cabellos.
Sé que del tedio
sólo puede llegar a la página
la mueca,
el diario fracaso que todos
convocamos.
120
GIMNASIA
Diez símiles con la naturaleza en dos minutos;
ocho metáforas animadas;
cuatro versos sin adjetivos;
veinte respiraciones al trote
para ahuyentar la elocuencia;
brazos en alto llamando a la historia,
mas no demasiado;
ejercicios de la memoria
que traen imágenes de la infancia,
manos extendidas sin prejuicios;
campo libre, campo libre,
correr y detenerse, correr y respirar;
suelta la mano y mira al cielo,
pero el poema
no llega.
121
SABIDURÍA
La cabeza en la almohada
y una cobija hasta el cuello.
Las manos tomadas
y los ojos fijos en el techo.
Quedarse así,
como quien abre un paréntesis
y muere antes de cerrarlo.
Quedarse así, en Alaska,
hasta que llegue el verano.
Las piernas juntas
y una mano por la frente
mientras se tose.
Quedarse así:
bajo, invisible,
mientras pasa la jauría.
122
LA POESIE
Como una voz que cubre
los espacios más amplios
sin que nadie la escuche.
Como las muchas cartas selladas
dirigidas a una actriz
que ha fallecido en secreto.
Como el inútil soplo de Dios
sobre una costilla falsa.
123
LA CABRA
La terquedad le ha otorgado
a este sediento animal
un puesto en el cielo y otro en la historia:
amamantar a Júpiter y acompañar a Baco
son dos de sus hábitos.
Otros, no menos ilustres,
le han valido tres adjetivos:
tímida, precavida y ágil.
No se conoce ladera (o desierto)
que la haya hecho flaquear en su empeño.
Tampoco se sabe con precisión
si al menos un día del año
descansa.
Sin la cabra
el mundo
habría desaparecido.
124
LOS TOPOS
Se consumen en hacer la vida imposible
a las lombrices y a los insectos.
Hacen galerías absurdas
a las que llaman fortalezas.
De estar en el sótano por años
es viene la ceguera
y la agudeza del oído.
Nada los detiene en su empeño
hasta que, de tanto abrir caminos por debajo,
todo lo de arriba se les viene encima.
Se sabe que detestan las lluvias
porque arruinan sus laberintos.
Sus manos son grandes y planas
al tiempo que sus patas traseras minúsculas.
En el campo se los tiene como ejemplo
de lo que oculto puede ocurrir
mientras brillan como un mar las hortalizas.
En sus oscuras memorias conservan
el nombre de Henri Lecourt
como el mayor de sus verdugos.
125
LA DANTA
Entre el rinoceronte y el cerdo,
en la constelación de los mamíferos,
la danta ocupa un lugar incómodo:
nocturna e inteligente.
Durante horas se sumerge
en las aguas de los ríos
o en los charcos
a la sombra de un caobo.
Detesta los rayos del sol,
los campos abiertos
y la compañía.
A todo enemigo le responde huyendo,
aunque algunas veces decide enfrentarlo.
Su voz es un silbido incoherente
en medio del silencio al que acostumbra.
Es feliz en la espesura de los bosques
y cuando lleva en el lomo
a la diosa que venera.
126
EL PAVO REAL
Fue obsequiado como manjar
en las bacanales de Heliogábalo
y no faltaron quienes por siglos
comprendieron sus graznidos
como presagios funestos.
En una península de Oriente,
matarlo es un crimen sin perdón.
Los bardos fueron coronados con sus plumas
cuando lograron hacer llegar sus voces
hasta el cielo.
Se lo tuvo por emblema de la nobleza:
desde la retaguardia de su cola abierta
atisbaba el futuro con prudencia.
En Java tuvo por encargo
guardar del mal al Paraíso.
En el zoológico de hoy puede vérselo
altivo, dominante, insoportable.
127
EL CRISTOFUE
No teme a los gavilanes:
picotea sus cabezas hasta llevarlos
a sitios lejanos.
Duerme, sin especial acento,
en las copas de los árboles.
Aunque es posible creer que es libre,
en verdad, lo domina la desesperación:
llama a alguien que no responde
y, sin embargo, insiste.
128
LA CASCABEL
Mientras llueve
se enrosca entre las piedras
o en las guaridas de las ratas.
Puede vivir en pequeños espacios
y aletargarse
por muchísimo tiempo.
Cuando trae a tierra a un hijo,
lo deja reptar
entregado a su suerte.
Dicen, quienes la han sentido cerca,
que después de haber comido
despide un olor imposible.
Tan confiada de sus dotes está
que no recurre al silencio
cuando se aproxima a su presa.
Para los cerdos el ruido que la presagia
es el sonido de la muerte.
129
LA MAPANARE
Prefiere la muerte a vivir en cautiverio.
Inflexible,
como una japonesa herida,
disfruta del viento que corre
entre las ramas altas de los árboles.
Profesa el arte de atacar
sin anunciarse.
Por sus bajos modales y sus vicios
hay quienes la dibujan riendo
mientras afinca los colmillos
en la espalda de sus víctimas.
Quienes la conocen afirman
que es capaz de convivir con los ángeles
y de jurar amor por muchos años
antes de hincar el diente final.
130
LA SALAMANDRA
En los montes helados del Japón,
donde nacen los ríos,
crece la mayor de todas;
de ella descienden las que viven
en el musgo y las rocas
de regiones menos elevadas del mundo.
Todas se cubren con unas manchas amarillas
que certifican su paso por el fuego
sin mayores trastornos.
A pesar de sus dones, son humildes.
Si un maltrato llega a mutilarlas,
no es fatal,
sus patas crecen de nuevo
como las flores de las plantas.
Un rey las tuvo por emblema
pero ellas permanecieron indiferentes.
Son lentas y gozan de paciencia,
pero no soportan el mal gusto
de quien pretenda ofenderlas.
Se manifiestan de una sola vez
contra quienes las agreden:
el veneno que despiden es mortal.
131
LOS CARACOLES
De todos los moluscos son éstos
los más extremistas:
la nada o la abundancia
son sus estados conocidos,
los demás les son indiferentes.
Con frecuencia, cansados de moverse,
se mueren por tres días
y luego continúan trajinando.
La soledad en ellos es un imposible remediable:
se autofecundan sin problema.
Pueden ser muchos y similares:
les es difícil reconocerse y, más aún, quererse.
132
HIPOCAMPOS
Un taxidermista alemán
baña de oro los animales que diseca.
Luego los encapsula
junto a unas semillas de maíz
y los dispone para la venta.
Así llegó hasta mis manos
el que ahora observo.
Sé que los romanos los pintaban
halando el carro de Neptuno.
Sé que Plinio recomendaba pulverizarlos
para ser usados en la lucha
contra la calvicie.
Es sabido que en Adícora los adolescentes
llevan uno en el bolsillo
porque trae suerte en el amor.
Conozco las colonias que forman
y sus costumbres sedentarias.
No ignoro que las hembras
fecundan a los machos y éstos
incuban a sus hijos hasta el desove.
Pero, honestamente, ignoraba
su parentesco con el camaleón,
y ahora descubro
que todo lo fantástico que he visto
(bajo el agua)
no era más que hipocampos viajando,
sin ser vistos,
como verdaderos ladrones.
133
LAS BALLENAS
Se las ha visto en Groenlandia,
en la Isla de Pascua y en el Polo Sur;
de un frío a otro
los años han sido crucero y peso.
Crecer es su destino.
Tomar el sol y arrojar agua
como una fuente en el océano
es su gracia.
Guardar en las entrañas
a quien pide asilo,
su mayor cortesía.
A veces se convocan a través de sus cantos
y juntas
enfilan hacia la costa.
Les gusta morir
cuando se cansan de pasear por los mares
sus nobles vestiduras.
134
LAS SARDINAS
Se consiguen tan fácilmente
que los hombres pagan poco por ellas.
Por ser muchas y exactas
hacen formaciones simétricas
como cualquier ejército.
Creen defenderse al ir juntas
pero en verdad propician la tarea
de sus enemigos naturales:
el delfín, el atún y especialmente
El Rey de las Sardinas,
quien, más que gobernarlas,
las devora inclemente.
Sus rutas dependen de los vientos
y de la temperatura de las aguas.
Aunque sus colonias son enormes
las corrientes las mudan a su antojo.
Algunas mañanas me inspiran afecto,
pero otros días creo
que son tontas y crueles
como un imperio.
135
PESADUMBRE EN BRIDGETOWN (1992)
136
Un perro que seguramente es negro
ladra en el jardín del edificio vecino.
La guerra concluyó hace pocos meses
y aún se desconoce la cifra precisa
de los muertos.
En mi país no hay ley.
Las luces de los autos a lo lejos
sugieren que hay destinos
inmediatos por ser cumplidos.
Hay luna llena y la silueta del cerro
abarca todo el horizonte.
Más allá de sí misma la montaña
infunde en mi la alegría
por lo que está detrás:
todas las direcciones posibles
con tan sólo apuntar la voluntad
sin el artificio de la brújula.
¿Hay algo, además del miedo,
que impide poner el punto final?
Un hombre viejo y sanguíneo
me pregunta en una tarde de Enero,
entre sorbos de café,
“qué va a pasar con todo esto”.
Luego, llegando la noche en que esperamos el tren,
comenta: “cuantas veces la tristeza
amenaza con hacerse naufragio,
miro al cielo y trastoco mis monólogos,
exageradamente lúcidos,
en un diálogo conmigo mismo
mientras ato el trazado de las constelaciones”.
Una vez que dejamos el andén
va tomando cuerpo la monotonía
de los vagones sobre los durmientes
y nuestro silencio:
no pensamos en nada
estamos allí
absortos
como si ni siquiera nuestras vidas
fuesen materia
137
para la displicencia del olvido.
La foto debe ser del año sesenta y dos,
le digo a mi hija.
Son tus abuelos que apenas van
más allá de los cuarenta.
Mi padre está de pie sobre el muelle
con las manos detrás y risueño.
Mi madre también ríe
desde una silla de aluminio plegable.
Dos botes vacíos descansan atados
a las piedras más cercanas.
Ambos miran algo
que jamás sabremos qué fue.
Ese viento sabroso que nos invade el ánimo
viene de las cosas que suponemos
a partir de otras.
Para ellos vivir ha sido
reducir las mayores distancias.
Daban brazadas largas en el agua;
nosotros avanzamos poco a poco
buscando los mismos dioses,
nos multiplicamos,
y cada vez más nuestras caras
llevan el sello del mismo trastorno.
No logro discernir lo que dice
el vuelo solitario de la golondrina.
Pero sé que hay algo
en el recuerdo que conservo de un caballo
espantándose las moscas con la cola
y tolerando gustoso el peso
de dos golondrinas.
-Esta es tu ciudad,
esto, tu país,
la zona más grande aún
es América.
Toda esta cosa redonda es la tierra
que junto a otras
da vueltas alrededor del sol.
Muchos soles van juntos
138
divagando en el espacio.
El universo es infinito,
no termina nunca.
-¿y dónde empieza?
Per omnia secula seculorum
entona con eco el sacerdote
y nosotros respondemos amén.
¿Habrá escuchado alguien
nuestras oraciones?
¿Acaso a alguien más que a mí
van dirigidas mis plegarias?
Las voces pueblan la capilla
como si las aguas inundaran el cuenco
y de una sola vez apaciguaran
y lo llenaran todo con su sosiego.
¿Acaso no es suficiente la paz
que nos toma desde la garganta
y termina por hacernos livianos,
acústicos,
otros?
No es el dios de la cruz,
el que le sangran las manos,
es éste que se ilumina
en la respiración acompasada de mis vecinos,
es éste que suda en las manos
de la mujer a mi lado.
Quiero saber si hoy vive en mí
aquel que ataba las ratas por el cuello
o si estoy colonizado por el temeroso, el taciturno,
el que jamás pudo alcanzar la otra costa del río.
Quiero escuchar mis latidos
a ver si en ellos anida el soplo de los arrojados.
¿Estará impartiendo instrucciones el eficaz,
el persistente,
ése que tan cansado me deja,
ése que me trae como un perro automático
por entre las latas que refulgen
con las primeras luces de la noche?
¿Cuál de ellos alzará la voz
con mayor elocuencia?
¿A quién obedecerá este cuerpo
que no sabe a cuál de todos pertenece?
¿Dónde estará el que se arrobaba a los quince
139
con la sonrisa de las mujeres
recién dispuestas para el amor?
¿Vivirán todos siempre en mí
o algunos comenzarán a irse?
En el piso cuarenta y dos un hombre respira
y trata de distinguir entre el sonido del aire,
mientras sube y baja por entre sus entrañas,
y el del ir y venir de su corazón.
Este hombre además se mira las manos
e incluso examina con pruebas de movimiento
la flexibilidad de sus piernas.
Se observa en el espejo y se encuentra demasiado lívido.
Regresa a la cama y ya los ruidos de su cuerpo
están por llevarlo al colapso.
Lanza bramidos, resopla, tomado por el mayor temblor
ruega a dios que le devuelva
el paso natural de la respiración.
En esto que avanza hacia no se sabe dónde
el corazón no halla su sitio
y desde el punto más alto de su humanidad
bajan unas gotas de sudor, heladas.
No había nadie a su lado cuando quiso precisar
dónde nace cada uno de los ruidos
que el agua va hilando cuando corre
entre las piedras del lecho.
-¿Qué es lo que más te gusta?
-Los mares de abajo.
-No son muchos. Es uno sólo. Es el Caribe.
-Bueno, el Caribe.
-¿Por qué te gusta tanto?
-Porque es libre.
-¿Cómo es eso?
-Es libre porque hay muchos barcos
y es frío y puedo bañarme en calzoncillos,
pero no lo quiero cuando anda muy rápido
y se lleva las palas y los tobos.
El primero de Mayo de 1988
Gorbachov saludaba desde el mausoleo de Lenin.
Larguísimas filas de gente
alzaban unas lonas muy grandes
140
con el rostro de Engels,
Marx y Vladimir Ilich.
Lo que el deseo y la fuerza
de los zares fue uniendo,
lo que Stalin, implacable,
hizo aún más grande,
regresa ahora como en una dulce venganza
al decoro, ilustre,
de las comunidades pequeñas.
El poder en un solo punto concentrado
explota como una estrella avara.
“Repartir, compartir”
dos verbos que voceaba mi madre
cuando sus hijos aún salvajes
acumulaban para sí todos los tesoros.
“Cada cosa en su lugar,
todo es de todos”
decía en el límite
entre la angustia y la furia.
No hay fuerza que sobreviva
al tino de las piedras de David.
Tres días bastan
para que el cuerpo embalsamado de Lenin
viaje en un camión
hacia una plaza modesta.
En San Petersburgo, el mismo Mayo,
mientras caía la nieve
Vartam veía el “Aurora” desde el cuarto del hotel
y decía en voz muy baja:
“no puede ser,
no es suficiente”.
La tierra negra aunque fértil
es tierra de cemento en el estómago,
de cuervos volando a ciegas
entre los pulmones y el corazón.
Es esto que cada día pesa más
sobre los párpados.
Es esta marea que crece
y no me deja ver más allá
de mis paredes
y de un aparato revelador
de la incalculable mediocridad del mundo.
El vidrio de imágenes
parece afirmar con su estulticia
141
que más allá de nosotros
abundan los ojos que no saben leer,
la rapacidad y la miseria,
las frutas podridas,
los árboles secos.
Veo una tierra negra y húmeda
que nos suprime
y pienso en la pulida semilla
que orgullosa ostenta su lumbre.
Es el deseo,
es la luz
que así como nos dona
el rayo del entendimiento
nos abandona,
nos pudre
e invita al fuego a rendir cenizas
con nuestros huesos.
A quienes los anima una costa
van joviales hacia su destino.
La tierra negra de nuestro sitio
es un bozal atado a las orejas.
La vejez debe ser este dolor aterido
a los pies,
esta densidad del cielo
como si por dentro de los huesos
morase plomo y cobalto.
En la tierra negra una estaca
y sobre la estaca un cuervo
satisfecho
pétreo
estúpido.
142
BATALLAS (1995)
Para Mariana, Elisa y Leonor,
mis hermanas.
143
Fundos
I
Si olvidas las palabras más cercanas
y tratas de escuchar las lejanas,
oirás un murmullo que sólo termina
cuando ya no hay nadie.
Son todas las lenguas
que van y vienen y buscan
ardorosamente
ser vertidas de un tonel a otro
sin que una gota se pierda,
sin que el más remoto sabor
se quede en una arista del viaje.
Babel está allí
condena e invitación:
saber de los otros tanto
como de nosotros mismos.
II
-¿Adónde vamos?
-Deja que el viento decida.
-No hay viento.
-Entonces, no vamos a ninguna parte.
-No puede ser.
-¿Por qué?
-Siempre vamos en alguna dirección.
-Quedarse es nuestra dirección.
-No lo soporto.
-Si lograses soportarlo
llegarías lejos.
III
El viento sopla
y la palma obedece.
El viento calma
y la palma se yergue.
El viento sólo derriba
lo que se le resiste.
La calma sólo desarma
lo que insiste con el movimiento.
Las palmas se hacen ancianas
144
y los robles caen,
estrepitosamente.
IV
Harry Keene logra que encajen las piedras
como si hubiesen sido hechas para casarse.
La cerca va siendo cada día más alta
pero siempre habrá cielo por cercar.
¿Por qué Harry Keene parte en dos
lo que puede seguir siendo uno?
El gorrión lo observa
desde la rama más alta
laborioso
alzando la cerca de piedras.
El gorrión va de un lado a otro
sin comprender lo que ocurre.
Dos hermanas que han crecido juntas
se entregan a hombres disímiles.
Uno compra y vende bienes inmuebles,
el otro zarpa del puerto
y sólo regresa tres meses después.
Cada quien se va alejando,
todo lo que puede,
de su lugar de origen.
Quien no lo hace
mira crecer la maleza
y respira los varios tonos
de la pestilencia.
Pasan los años y las hermanas
ya casi no se reconocen.
Olvidadas han avanzado en su camino.
Cuando se juntan
doloridas
cada una percibe en la otra
lo que odia y mantiene lejos
en la memoria.
Sólo por ser contrarias
intentan afanosamente conversar
inútilmente.
Una llama viaja entre sus venas.
El más remoto pasado,
cuando las dos eran una sola,
145
aún no llega.
Muy pronto se abandonarán
a la tierra,
inertes.
VI
Los asiduos del palacio,
con las juntas más recientes,
han podido hallar la espina
de la incomodidad que los perturba:
el rey oye poco.
Los honestos ya saben
que sus opiniones
no anidan en el tímpano del rey:
la mayoría de ellos ya no habla
y los más duros no asisten.
Las ratas, los obsecuentes,
saben a ciencia cierta
con qué tono de voz
y con cuáles tópicos el rey
oye y sonríe.
Es obvio, el rey cuenta con pocos
a quien puede llamar sus fieles.
Mientras el palacio arde
las ratas, los obsecuentes
hablan del humo
que asciende de un pastel
que se quema en el horno.
Los rudos, los honestos
ven las llamas ondear
como banderas al viento
por entre las ventanas del palacio.
VII
¿Por qué asciendo con tanto afán
si me duelen las piernas
y respiro escasamente?
Quiero ver desde aquí
el valle estrecho de La Paz,
me anima acompañar a la bruma
en su descenso.
Mientras más me acerco al final
146
menos corre el aire por mí.
Me repugnan la carroña
y el trato cruel que se dispensan
los hombres.
Hasta un avión no llega
el vaho de nuestras pestes.
Es como si mi corazón se hiciese mínimo
y así fuese suficiente.
Nada más que eso:
un latido escueto
para moverse.
¿Por qué quieres llegar arriba
si allí no hay aire para ti?
En lo alto sólo se sienten cómodos
los que en el sitio del alma
han sembrado un cerdo,
satisfecho.
VIII
Una nube blanca
ha ido creciendo en el sitio
impreciso
que ocupa mi alma.
Es como un vapor
informe
que impide abrirse
a la flor de la cayena
y a las alas del cuervo.
Esa mi nube blanca
entre el pecho y la garganta
no es plácida
ni melancólica
ni desesperada
tampoco anuncia la vastedad
del desasosiego.
Es, digamos,
una nube blanca
en el sitio
impreciso
del alma.
IX
147
El viejo todos los días
emprende un viaje
de consecuencias imposibles
de sospechar.
En su trayectoria
enfrenta los más terribles espantos
que su memoria
le brinda.
Quiere en su peligrosísima batalla
dar cuenta de todos los custodios
que resguardan de sus ojos
el rostro
íngrimo
de sí mismo.
Sabe que está dando sus últimos combates
y tan sólo acepta la compañía
de la foto de su madre
viejísima
sobre el escritorio.
Dos
con saña
me hacen cosquillas
en la planta de los pies.
Dos
Propicios
juntan sus cachetes
con los míos
y me abrazan
Dos
hundidos entre almohadas
me aplastan.
Como ríen mis hijos.
Soy feliz.
XI
Mi hermano rico es muy fuerte.
No tiene dermatitis en la frente
ni le sobreviene un vértigo
a las diez de la mañana.
148
Mi hermano rico vuela mucho.
Siempre que se mira en el espejo del avión
imagina los números de mi cuenta corriente.
A sombrerazos despeja sus hombros
del hálito de mi pobreza.
Mi hermano rico está sentado
sobre sus posiciones y sus rendimientos.
Ríe a todo pulmón
cuando se olvida de la piedra
que lleva en el zapato.
Mi hermano rico.
Lo quiero
lo quiero
pero se olvida de mí
todas las tardes.
XII
La noche antes del día de su muerte
cantaba baladas de Rocío Durcal
y respondía un rosario que le pacificaba
entre los tubos y las bombonas de oxígeno.
Ya casi no había aire para ella
pero el poco que quedaba
se iba al cielo
desde los salmos que su boca modulaba.
Mi tía María y los mariachis
festejándola en el cementerio.
Tres caballos hurgaban con sus hocicos
el pasto que crece entre el mármol y las cruces.
XIII
Pude volar.
Mis alas fueron tan livianas
como los años que contaba.
Muchas veces me dijeron
que de tanto emprender vuelo
algún día
149
ya no podría volver.
Ante las ansias de mis alas
fervorosas
y el miedo a no poder regresar,
fui atándoles piezas de plomo,
cobre y latón.
Ahora están dobladas por el peso
y los dedos de mis pies
han adquirido la destreza
de las raíces.
Es cierto,
ya no corro el riesgo
de perderme entre las nubes.
Estoy atado a mí mismo
y sufro
como una cabra entre estacas
días antes de morir.
XIV
Los hombres pequeños casi gritan
cuando hay otros a su alrededor
y susurran y murmuran
cuando están solos.
Jamás hacen dieta,
nunca se asumen como vegetarianos
y fruncen el ceño ante las mujeres
demasiado hermosas.
Un mínimo desplante
pueden llevarlo como una herida
sangrante
antes del día dichoso de la venganza.
Los hombres pequeños a veces
miden casi dos metros
y otras, uno y medio.
XV
Un camello apura el paso hacia las palmas
y me ignora.
El pájaro azul hace piruetas sobre mi cabeza
y luego alza vuelo hacia el sur.
No hay cielo para mí,
digo entre dientes,
150
y abro los ojos y oigo
las gotas de la lluvia
golpeando la canal.
He sudado mucho.
Estoy sobre la arena de mi cama
en Caracas.
XVI
La noche del desierto es impía:
las estrellas parpadean mejor
y los planetas brillan sólidos.
Allí, tendido,
no puede dejarse de mirar el cielo
que no nos pertenece.
XVII
No insistas.
Eso que sabes,
íntimamente,
que no está dicho
en lo dicho
no depende de ti.
Eso sólo se revela
en el caso fortuito,
en el infortunio,
en el milagro.
XVIII
Cómo encuentro una metáfora
más explícita que las palabras
desastre
odio
amargura
tragedia
si ellas no me dejan
hallarla.
XIX
151
Cinco letras bastan para nombrarlo,
pero yo he sido su esclavo.
No son las cinco de dolor
ni las de libre.
Un perro te muerde el tobillo
y no lo suelta.
XX
Te beso,
te estrujo,
te lamo,
te volteo,
te tomo por la nuca
y te vuelvo a besar.
Te tengo
para no volverme
íntegramente
loco.
XXI
No le discutas a un calvo
las gotas de lluvia
ni a una noruega
los rayos del sol.
Acepta sus certezas
con la misma natural
serenidad
con que las hormigas ven
el cadáver de sus hermanas
pasar.
152
Batallas
El galgo sin la liebre
no es el galgo.
La liebre
sin el perro atrás
no sabe qué hacer
con su vida.
Uno desea
el otro teme.
No forman pareja
pero van juntos por el mundo,
sin abandonarse.
153
Amarse es estar en guerra.
Quien se rinde ante las armas
del enemigo
es el victorioso.
154
Dos corazones ardiendo
y la casa es un infierno.
Fuego y agua:
uno sufre
y el otro sofoca.
Dos hielos
y la calma de los frigoríficos.
155
El que suplica
y el que concede.
Súbdito y Rey
¿Quién ama más?
156
Una noche te abandonaste en mis brazos.
y yo en los tuyos,
estuvimos en paz
como las aguas de un lago.
Ni la fuerza del que somete
ni la del que ansía someterse.
Fuimos iguales.
No conocimos la felicidad.
157
A.L.
I
El 5 de abril de 1919 un zamuro
pasó el día viendo el cielo
posado en el pararrayos de su casa,
llovía.
Era tan liviana
y sus pies tan diminutos
que mi abuela al verla
quiso arroparía de nuevo
y dejarla para siempre
en su regazo.
II
A mi madre y a mí nos enardecen
los jactanciosos y los charlatanes
y cómo nos gusta el señor
sentado
absurdo
en el tope de su columna.
III
Y el Dios tolerante ante su inedia dijo:
que oiga poco,
que vea mucho.
Así precisará bien
las trampas del diablo,
pero no oirá sus pasos.
IV
Somos de la misma raza.
En el agua del estanque buscamos
lo que queda al fondo
sin reparar en nuestro rostro
que se dibuja ondulante
sobre la superficie.
158
Lo primero que aprendí:
rescatar al pan duro
de su inservible fortaleza,
mojado y triturado vuelve a ser pan
para el vuelo del cristofué.
VI
Nunca cortes los tréboles de tres hojas
sin ellos jamás podrá darse la alegría
de uno de cuatro
solo
imperioso y amargo en el bosque incómodo
de los otros.
VII
Toma mis manos y cuenta mis dedos,
están completos
pero a ella siempre le falta uno
y empieza otra vez
y antes de terminar con el décimo
se le pierde el cuarto
o el quinto
y empieza de nuevo
y así
y así
vamos gastando la tarde
hasta que impetuosamente pregunta:
¿dónde están mis llaves?
VIII
A los quince flaca y con un cántaro en los brazos.
De diez y nueve recostada en la baranda
de la Tour Eiffel con las nubes detrás.
Con mi padre el año cuarenta y siete
a orillas del Hudson comiendo dulce.
Feliz con mi hermana en el pecho
sin una sola arruga en las sábanas.
A los tres años con su hermano menor
corriendo detrás de unas gallinas.
159
IX
El río trae entre las piedras
dando tumbos
el cuerpo informe de una vaca.
Bajan luego pedazos
de artefactos eléctricos.
Acentúa el estruendo la puerta
deshecha
de un camión.
Una monja va como levitando
inerme sobre las rocas
en un kayac.
Todo va a saltar
y ella está hincada en la orilla
viendo como el agua en el litoral
no va más allá de sus límites.
Irá cerrando las puertas de la casa.
Los más recientes nos iremos antes,
los primeros, después.
Desde una poltrona
girará instrucciones a los caleteros.
Las cenefas de Herrera,
la década del cuarenta,
la jarra de plata del Perú,
el día del primer nieto,
las travesías por el Atlántico,
los cólicos nefríticos,
la araña,
el dolor en los huesos,
medio siglo de vida conyugal,
los hijos.
Adiós, adiós
vayan desalojando.
Esta casa está siendo tomada,
sólo hay sitio para mí
para lo poco,
casi nada,
de mí.
160
POEMAS INGLESES (1997)
A Rafael-Clemente y Anita, mis padres,
en la paz de sus nuevas vidas.
161
Las bombas
Pero Günter sabía que en cualquier momento
la orden de despegar sería para él
y ya no habría otro horizonte que alzar vuelo
y lanzar las bombas.
Allí estaba en la sala de espera de los pilotos
sin saber cómo ni cuándo sus días grises
lo habían encallado en este oficio económico
de lanzar una bomba
y darle muerte a cuatrocientos.
Veintitrés años tenía y le gustaba remar
en el río que pasaba por la parte de atrás
de las casas de su pueblo.
En invierno era de los que hacían un hueco en el hielo
y lanzaba una línea con su anzuelo
y se sentaba a esperar la mordida del incauto.
Era galante y musculoso y siempre pensaba en su madre
cuando cortejaba a las mujeres,
les ofrecía el trato que él habría querido para sus hermanas.
Hace pocos años hacia paseos en bicicleta con sus amigos
por los alrededores de Postdam y se maravillaba
con el ángel dorado de la columna de Berlin.
Como Günter sabía que en cualquier momento
la orden sería suya, fumaba
y en cada bocanada el mundo se le iba de los pies:
tenía miedo.
Sabía que matar no era cosa de niños,
pero él mismo había escogido la gloria de ser piloto.
Nadie le había puesto un volante entre las manos
y tampoco nadie lo enroló en el ejército.
Él solo había dado sus pasos hasta allí,
hasta aquella sala de espera donde cada vez
van quedando menos aviadores por alzar vuelo
hacia la muerte.
M fin se oyó su nombre por los parlantes
y Günter pisó la colilla del cigarro con el tacón
de su negra bota brillante.
Caminó hasta el bombardero,
hizo girar sus hélices y se fue
a dejar en escombros la ciudad del enemigo.
Estamos en guerra
murmuró entre dientes mientras subía la escalerilla
de aquel pájaro mensajero de las peores noticias.
162
Al apenas tomar altura vio la luna menguante
pero la noche era clara como las que regala el desierto.
El volante del avión no era el mismo manubrio de su bicicleta
ni sus vueltas por los lagos de Berlin se parecían
a la misión que recaía en él como una sentencia.
A pocos minutos del objetivo señalado
recordó la muerte de sus padres.
Con seis meses de diferencia se los llevó el Señor
hacia cielo desconocido.
Había seguido sus agonías como un escudero fiel,
a los pies de sus camas los había visto extinguirse.
Ambos fueron respirando cada vez con mayor ahogo
y sonándole más el aíre por las entrañas.
Ambos tenían los ojos abiertos pero no miraban:
ya la vida se les iba haciendo pequeña
y les iba quedando entre el pecho y la garganta.
Sus partes más lejanas fueron muriendo primero:
los pies que los llevaron por el mundo
y las manos con que asieron los cuerpos amados
fueron cambiando de colores.
Las piernas y los brazos
que antes fueron el lujo de la flexibilidad
en su hora última
fueron enterizos y rígidos como un dictado.
A las insuficiencias de la nariz los dos
le sumaron sus bocas abiertas
muy abiertas
como aferrados a la vida hasta en el último aliento.
Quien ha visto morir a sus padres lo ha visto todo, pensó,
cuando ya el objetivo era inminente
y tan sólo se esperaba de él apretar un botón.
Entonces recordó cómo habían sido sus estertores
cada inhalación se había vuelto un esfuerzo notable
y parecía que el viaje de una nueva no era posible
pero ocurría
para que la muerte se les fuera aclimatando en el cuerpo.
Hubo un soplo que ya no anduvo su camino
y un sacudimiento selló la pujanza.
Las ventanas de sus cuartos estaban abiertas
y corría el viento y hacía frío
y ya sus almas podrían irse en paz
y abandonar aquellos templos que habitaron.
Sus padres habían tenido un privilegio:
163
sabían que estaban muriendo.
¿Por qué él ni siquiera iba a concederles
a sus bombardeados
aquella ínfima hidalguía?
Su botón no sólo los hacía pedazos
sino que morirían sin saberlo y esto
ya era demasiado.
Cómo privarlos de la más grande noticia:
no habrían de despertarse mañana
a desarrollar su personaje,
todo habría terminado,
la incomodidad más llevadera
y la pesadilla y la estulticia
y el caos.
No pudo Günter oprimir el botón,
quería para ellos la muerte de sus padres
ya viejos
y casi sin deseos por cumplir.
Se fue al mar y descargó las bombas
sin estropicio.
Alzó vuelo y regresó a su base
como si hubiera cumplido la faena.
Murieron igual
pero no fue él el homicida.
La guerra continúa y Günter ya sabe
que puede ser parte de ella sin matar ni a una mosca.
El pisa las colillas con el tacón
de su bota negra brillante
y recuerda sus paseos por Postdam
y el día en que sus padres se fueron
para siempre.
164
La cueva
A Helena algo la llamaba desde allá
y no quiso ni pudo sustraerse
al canto que desde el hueco llegaba.
Todos la previnimos del error que cometía
adentrándose por una de las bocas del abismo,
pero Helena no hizo caso de nuestros ruegos
y se ató a la cintura una soga
de más de cien metros de largo
y nos ordenó que la fuésemos bajando.
Fuimos dándole cuerda cuantas veces
nos lo pedía hasta que no la oímos más,
pero seguimos estirando el mecate
hasta que tuvimos el cabo en nuestras manos
y ya sí estaba claro que había bajado
hasta donde no hay luz
ni aire ni sirven la vista ni el gusto,
mucho el oído y el tacto,
reino del que sólo emergen los serenos,
los que ven el rostro de sus demonios
y no les tiemblan los labios para saludarlos.
Atado el cabo a una gran roca
nos hemos sentado al acecho de alguna noticia,
un templón, un grito o la cuerda quieta
como ya ocurría desde hace una hora.
A nuestra paciencia la venció la angustia
y pensamos lo peor del descendimiento:
había muerto sin luz, por asfixia,
ahogada en un río subterráneo,
un vampiro había chupado su yugular
hasta dejarla seca.
Los tres subimos la soga sin peso
y por nuestras mentes no dejaron de correr
las crueles escenas de su final anunciado.
Cuando ya faltaban pocos metros de cuerda
sentimos el peso muerto de su cuerpo
y lo subimos a pulso hasta la boca:
Helena había vuelto al mundo sin sentido
pero el corazón no dejaba de latirle.
Al fin despertó y nos miró como un pájaro satisfecho
y nos recriminó por su regreso.
Vengo de un campo verde donde el sol y el cielo
165
son limpios como el amanecer en las islas,
corre un río de aguas claras y en la cima de un monte
una casa blanca de ventanas abiertas
custodia el paso de las nubes y el vuelo de las tijeretas.
Allí estuve toda yo dentro de mí
como si nada de lo mío se fuese de su centro.
Si veía lo hacía con deleite, si comía, el paladar
atendía a mis regalos, si escuchaba, distinguía
la caída del agua sobre las piedras planas
y el estrépito sobre las rugosas.
Con el hombre que hablé lo hice mirándole a los ojos
como si sus palabras fueran el ungüento de su cuerpo
a los niños que conocí los quise sin medida
y de ellos recibí las mayores lecciones.
Los animales que pacían allí fueron espejo
donde reconocí mis rasgos.
Los días y las noches que allí estuve fui feliz:
no quise otro mundo ni otra cosa
que estar donde estaba.
¿Por qué me han quitado el paraíso
que vine a hallarlo donde no se le halla
y vine a vivirlo cuando no lo buscaba?
Si ya sabes cómo es y qué ocurre
bien puedes enseñarnos a vivirlo:
dicen que es más un estado que una situación
y si buscando el fondo como creíamos que estabas
has vuelto con la noticia de la dicha
somos nosotros los primeros en querer
ser dueños de tus secretos.
Nada puedo hacer yo por ustedes
que no puedan hacerlo ustedes mismos.
Ya les relaté qué vi y cómo me sentí
más allá de eso ningún mensaje puedo darles.
Respondí a una voz que me llamaba
y sin razón
me fui tras ella sin otro bastimento que mi fe
y mi locura.
Ni una sola vez más en mi vida bajaría
por ese hueco oscuro:
ya no es para mi, lo fue solo hoy
cuando para tocar la luz, ahora comprendo,
tuve que bajar por el túnel de las tinieblas.
Así es Dios:
cuando crees que has descubierto
el sistema de sus paradojas
166
le da por ir al grano sin espejos ni ironías,
y cuando crees haber entendido
su lenguaje llano, se pone con oscuridades
que ya nadie comprende.
No deja un segundo de trabajar sobre ti
y de ir modelando tu espíritu
para ver hasta dónde eres capaz de avanzar
o si te deja solo a la mitad del camino.
Más que esto qué puedo decirles,
detrás de una puerta siempre hay algo
que nos espera.
167
El sitio
Y la muerte le trajo de nuevo a casa.
no habla quien fuese detrás de los bueyes
abriendo los surcos para las semillas,
ni quien se sentara al lado de las ubres
a apretarles sus dedos colgantes para vaciarlas.
Los años no hablan corrido en vano
desde que se fue sin jurar el retorno:
el tiempo se esmeró en indicarle los caminos del demonio
y se acostumbró tanto a su olor a azufre
que se le habla hecho un perfume en la nariz.
Habla visto demasiado y como siempre
las obras de la pesadumbre eran más vistosas
que las conquistas de la alegría.
Las vías de la razón le habían llevado
a una calle sin salida en la que no ponía
el punto definitivo y final por falta de coraje.
Uno a uno caían ante sus pies los alegatos
a favor del sentido de estar vivo y celebrarlo,
una a una se venían abajo las cartas
que apostaban por la esperanza
y quedaba íngrima y victoriosa
la del mundo como una tierra estéril.
Su alma poco a poco había sido educada
para caminar viendo hacia abajo
mientras los árboles perdían el tiempo
ofreciendo la alegría de sus ramas.
Este es el hombre que regresa a las faenas
que no quería desempeñar,
este fue el hombre que tomó el arado
hace cuarenta años y no lo abandonó
hasta el sol de hoy cuando cierra sus ojos.
Sin saber cómo ni por qué el desagrado,
la espina, la rabia fue trocándose
en un dejo sereno mientras esparcía las semillas
y hasta en un canto satisfecho y delgado
cuando asomaban las luces de la primavera.
Si alguien lo hubiese visto hace cuatro décadas
y lo viese ahora moviendo el heno de su establo
habría visto un milagro,
pero fue la obra tenaz de las repeticiones
y no el relámpago de una revelación.
Aquel hombre fue paso a paso erigiéndose
sin ni siquiera proponérselo
168
sobre la convicción de su derrota,
y de tanto haber visto los frutos de la desolación
le fueron llegando por gotas las flores del jardín.
De no verlas y negarlas
pasó a recogerlas y regarías y hablarles
para tener él también un milagro en sus haberes.
Y hasta el amor llegó a su dintel
cuando ya tampoco lo esperaba
ni parecía hacerle falta a su piel seca
ni a sus uñas rotas.
El desierto que había sido su cama
fue haciéndose día a día
una ensenada de aguas calientes y limpias
al pie de una hilera de palmas.
Y al ser su lecho una costa
la vida pudo ser viaje,
y del buscar otros puertos juntos
llegaron a casa unos hijos
que jamás habrían imaginado
que aquel viejo sonriente había sido el triste
el desengañado,
uno de los que pasa por las noches con luna
y no alza la cabeza para mirarla.
Algún día volverían sus hijos a encargarse
de lo que su muerte había dejado suelto.
¿Acaso no sembraba él la semilla
de lo que después comía?
¿Y el otoño?
¿Y la nieve?
¿No echaban por tierra lo que sus manos
levantaban en primavera y verano
y sin embargo, vencía la terca,
la invencible?
Cuando repasaba sus años iniciales se enardecía
pensando que estuvo sobre el terruño
sin advertir sus triunfos.
Ahora comprendía que de tanto vencer
la naturaleza en sus trabajos
pasaban como moneda común
y no como victoria.
Pero ya viejo le había sido revelado
que todo pende de un botón
y que si a las maravillas del campo
se les hace una fiesta,
169
los frutos que deja estarán perdidos,
y que si a las maravillas del campo se les ignora,
los frutos que deja estarán perdidos.
Ahora sabía que la felicidad
era una fuerza de adentro
que se anunciaba en los ojos
y en la temperatura de las manos
y en el glorioso aderezo de las comidas
y en los besos silenciosos
que se prodigaban tan sólo
en las noches de lluvia.
Aquel hombre que hizo de su vida buena
comenzó por creer que la tierra toda
era ingrata y estéril.
Ahora sabe que a todos nos pertenece un camino
pero es menester oír entre las voces
la que apunta nuestro viento.
Ahora sabe que el sitio de un hombre
es aquel donde se está
como si no hubiese otro lugar en el mundo
para envejecer a sus anchas,
como si el destino más sereno fuese
el que nos es dado por la humilde aceptación
de unos designios.
170
El Faro
Si cuando llegué al mundo en Caracas
hubiera sabido que éste era mi destino
no lo habría creído.
Ningún puente hay entre aquellas calles en sombra
donde me arrullaban las mujeres con esmero
y esta casa de piedras sobre un peñasco
junto a un faro
con el mar como testigo
y la violencia de un viento que no cesa.
Aquí estoy sin un alma que respire junto a mí
y sin otros ruidos que los estruendos
de mis estornudos.
Espero un barco que no llega
y ha de llevarme a mis costas,
pues estas me son ajenas
y el frío no permite el acomodo de mis carnes y mis huesos
Espero la vuelta del mismo buque que me ha dejado aquí
bajo el engaño de unas flores que al no más llegar
ya estaban marchitas.
Lo he visto pasar de largo con sus velas abiertas
pero no es el mío ni se le parece.
De tanto estar frente al mar
con el alma sostenida por una oferta
me ha dado por soñar con la arena
que golpeaba mis ojos en aquellos años
en que hacía la travesía del desierto.
Con todo y aquellas desgracias mi encomienda
comenzaba en un muro y terminaba en otro
y el desierto no era otro que la pista de mi camello.
Nada consume tanto como la espera.
Daría todos mis años de sed
a cambio de no tener esperanzas.
No habría envejecido tanto
si desde un principio hubiese sabido
que fui abandonado.
Quizás mis músculos se habrían aclimatado
a la temperatura de mis batallas interiores
y no se habrían hecho tan laxos
que parecen unas cortinas mojadas sobre un paraván.
A veces pienso que sería mejor procurarme un bote
171
y unos remos e irme hasta aquella isla
y abandonar el faro
y dejar así que los barcos dieran contra 1os arrecifes
instituyendo el naufragio
y el crujir de los maderos contra las piedras
y verlo todo desde allá
como una dulce venganza.
Pero no puedo,
nada saco en claro dañando a los otros tanto
como se me ha dañado a mí.
No está hecha de venganza la espesura de mi sangre.
Mientras mi corazón lata habré de ir al atardecer
a encender la luz que impide la tragedia
y salva del oscuro final.
Siempre que lo hago imploro por mí:
¿quién me salva de esta soledad
donde la única empresa soy yo
que trato de no tirarlo todo por el acantilado
hacia el precipicio
como un saco de papas podridas?
Cuando desespero, una voz me habla en la nuca
para sosegarme
allí, detrás de la oreja, se me dice que la felicidad
será tanta que todos estos años
encendiendo la luz al anochecer
quedarán bajo el peso del olvido
como sellados con cola de zapatero
o bajo una de estas rocas que me son tan familiares.
Esa voz al borde del abismo
ha ahuyentado de mi el propósito del vuelo
y me ha serenado hasta el próximo arrebato.
De tanto prender la luz con la llegada del crepúsculo
y apagarla al amanecer
ya casi olvido que los míos me esperan
y deben abrigar el calor de mi regreso
cuando apagan las luces
y se entregan a la oscuridad itinerante de los sueños.
¿Dónde estará?
Y nadie puede darles respuesta.
Saben que fui a prender la luz
y a enseñarles a otros cómo hacerlo
para regresar pronto
con el encargo cumplido.
Pero han pasado diez años
172
según he tenido la prudencia de marcarlos
en aquella roca en la que ya casi
no caben más rayas.
A veces creo que he muerto y este oficio
al que estoy condenado
no es más que una de las pruebas del infierno.
A veces creo que estoy en el ojo del huracán
de una de mis pesadillas y corro hasta el espejo
y veo que no soy el mismo que llegó a este farallón
hace una década.
Esta soledad forzada,
estas meditaciones,
estas oraciones que no encuentran respuesta
algún día terminarán por enloquecerme
y así concluirá el capítulo de mis sufrimientos
y seré el que anide en el corazón
de mis desvaríos.
Al fin y al cabo,
¿cómo me ayuda ver las cosas tal cual son?
¿Acaso me alivia en algo la cordura?
¿Sería menos real, menos posible,
un planeta creado por mí
fruto de mis caprichos?
La fuente de mi desdicha es saber
que todo discurre a mis espaldas,
pero ahora sé que el país puede ser sólo
el que yo decrete desde mi imperio.
Nada impide que las cosas
sean muy distintas a lo que son.
La adversidad quedaría de un plumazo
abolida por mis dictámenes.
Mi mujer amantísima será esa poltrona,
mis felices hijos las escobas,
mis eficientes empleados las piedras
y el escenario de mis batallas el camino que va
de esta casa de rocas al faro,
que ya no serán lo que son sino castillo y torre
desde donde emprender mis guerras.
Yo seré todas las voces y todas las máscaras
y podré darme las respuestas que ansío
y no habrá contrariedad
que mi fuerza creadora no modifique a su favor.
Al fin, el mundo terminará por pertenecerme.
Que ya no vuelvan,
que no se les ocurra venir a buscarme
porque ya el que fui no soy
173
y no quedan ni las costras de aquel otro
que esperaba en el desespero.
No vuelvan a buscarme
que ya no sabrían a quién llevan
en sus bodegas
hacia un sitio ajeno, agreste
y ya totalmente desconocido.
174
La mínima luz de los amantes
Y todo comienza un día sin especial designio
cuando por los ojos nos llega un disparo
y a partir de allí
el mundo se hace un juego de espejos
en una cámara oscura
con puntos encendidos por la gracia de las velas.
Como un circo donde no hay espacio para el desperdicio
la danza de aproximaciones
se teje con la impronta de nuestros deseos
más que con las fichas de la verdad.
Nuestras almas están dispuestas a mentirse,
a ver en la cesta del otro
todo lo que en la nuestra falta.
Nuestras horas se agotan imantadas
por el influjo del astro de la complacencia
y vamos tocados por las ramas de un árbol
que luminoso nos señala el camino
y la incertidumbre es una palabra lejana
y nuestros besos y nuestros cuerpos
y nuestros ojos que no se cansan de buscar
la causa súbita de la felicidad
no aceptan otro espacio que el caleidoscopio
del juego que Dios nos ha puesto en las manos
y queremos eterno.
La maravilla de tanto repetirse va perdiendo su lumbre
y las luces que antes fueron prodigio
van haciéndose tenues por el efecto del tedio.
Y un día nos descubrimos en el mismo cuarto oscuro
que fue el reino de nuestro feudo intransferible
con la mirada perdida,
con las manos tomadas como si asiéramos un alijo
o la maleta con que nos tienta el destino.
La tenacidad del fastidio va horadando
lo que antes fue piedra y se creía invulnerable,
y de tanto hacer cóncavo lo que fue liso
el vacío va haciendo su morada
y en nosotros va creciendo la añoranza
del tiempo que vivimos bajo el dicterio de un mago
y una tarde sentimos un hechizo similar
y agigantado por la fuerza del recuerdo,
que no le ha dado chance a los trabajos del olvido,
nos vamos tras la caravana que levanta la carpa
175
y somos los primeros que aplauden
cuando la mujer alada va por los aires
entre cuerda y cuerda y el crecimiento de nuestra bandera
y el pulimento de nuestras armas.
Sin embargo, la llaga que el nuevo disparo
ha dejado abierta en nuestro pecho hambriento
es menor y la sangre derramada no es tan roja
como la de aquella primera vez que estuvimos
postrados ante aquel altar.
Incluso antes de que el circo levantara la carpa
ya yo había abandonado el parque
y algo mohíno sentí que la concavidad
de aquello que fue liso
se había hecho más grande.
Regresé al camerino del primer amor
y sospeché con justicia que a mi actriz
alguna vez ya le había ocurrido lo mismo:
los espejos, las luces, las cartas
se habían ido lejos de nosotros
y a brazo partido nos enfrentábamos
cada uno por su lado
a las siete culebras que estrangulan
la flor íngrima de la plenitud.
Y un día dejamos de oponernos a la terquedad del vacío
y nos rendimos derrotados en sus brazos.
Durante mucho tiempo llevamos como Atlas en los hombros
el peso de nuestro desasosiego.
Fuimos entrando al laberinto de la ingrimitud
y de nuestras almas se adueñó la piedra,
la mínima piedra de la humildad.
Los hijos, la costumbre, la lejana promesa
de un cielo común nos habían mantenido cerca,
dolorosamente cerca:
no es fácil ver cómo el paraíso languidece
y se extingue
a' lado de quien nos lo dio con sus besos
y sus ojos y sus manos y su cuerpo.
Muchos años habían pasado
desde que nos expulsaron del reino
y las llamas devoraron las lonas
y los animales ardieron en el holocausto.
Ya casi no recordábamos que fuimos protagonistas
leí sueño que sobrevino al disparo
176
y de la abolición del mundo por el poder de tus ojos.
La concavidad se hizo tan grande en nosotros
que el olvido fue esparciendo su ungüento
nuestras heridas sanaron por completo.
Al entrar el sol por la ventana de una mañana de enero
los dos nos vimos viendo un cactus ínfimo
que había crecido entre ambos
en la arena de nuestra cama.
Su flor era tan pequeña que buscamos
un espejo que la reflejara en su futuro.
Allí estaba ella roja y muy espesa
Y había crecido en el abandono.
Creímos que nuestras almas habían andado
dándose la espalda y hasta negándose
pero ya sabíamos que no,
que estábamos atados por lazos menos frágiles
que el juego de los espejos.
Nuestras almas ni siquiera querían verse
la una en la otra,
ni las aguas de una mitigaban
la sequía de la otra.
Habían crecido sólidas
con sus raíces bien profundas
sobre lo único que nos es dado crecer:
el peso había vencido al vacío,
el centro a la erosión de las orillas,
ya podíamos vernos a los ojos y querernos
como dicen que Dios ha reservado para los elegidos
la única, extraña y deslumbrante luz
de los amantes.
177
La ardilla de mi jardín
Atrás han quedado los años iniciales
cuando me empeñaba en remar
en contra de la corriente y en mala compañía.
Ahora no remonto las aguas del río
solo y con traidores a bordo.
Bajo con las aguas veloces que van hacia el mar.
La naturaleza tiene sus leyes
y no soy yo quien pueda enfrentársele.
He ido aprendiendo a proteger mis manos
cuando cae nieve y el frío se hace espeso
y se afana por alojarse en mis hombros.
También sé que ni siquiera en la naturaleza
crecen fácilmente las hierbas del entendimiento
ni las flores de la tolerancia.
Estos son anhelos que hemos imaginado
para detener la matanza.
La propensión nuestra es hacia el infierno:
el cielo es una tarea de la voluntad
o el rayo súbito de la iluminación.
No encuentra quien busca,
parece decirnos el destino,
encuentra el inocente o el idiota.
Las muchachas pasan frente a mi ventana
viendo el futuro de sus huellas en la nieve.
Ven hacia abajo y piensan,
nadie sabe qué imaginan
mientras aprisionan sus cuadernos contra el pecho
protegiéndose del frío.
El silencio es el sonido de Dios,
me digo mientras oigo deslizarse la pluma
sobre las hojas blancas que la soportan.
Hace años debí venirme:
mi vida habría sido otra,
no habría malgastado mis días
oyendo por los auriculares,
me habría ahorrado el erizo del caos,
la comedia
y las incontables máscaras del diálogo
de los sordos.
Pero no lo hice a tiempo y aquí estoy
como el casco de un barco viejo
178
al que le han crecido las algas
sobre sus antiguas heridas.
No está todo perdido, murmuro,
los mares habrán de ver mi flota nueva
y los colores brillantes de mis velas.
Verán mi insignia, también,
y no sabrán a lo lejos si se trata
del emblema de un pirata atroz
o las señas de un imbécil.
Ya de cerca comprenderán que mis banderas
no son otras que las de un hombre que quiere ser feliz
y no lo dejan sus anteojos defectuosos.
Habría que ir buscando una ensenada
donde anclar estos barcos.
No puede ser que nos pasemos la vida navegando
y no haya un sitio
mínimo
para detener los trabajos del viento sobre las velas.
Quiero un sitio donde mis días no tengan objeto
y no haya otro ruido
que el de la maquinaria de mi pecho.
Tengo ocho años y pronto va a ocurrir
el terremoto de Caracas.
Mi madre teje en su poltrona de siempre.
Le pregunto si los tejidos
no pueden adquirirse ya hechos.
Ella sonríe y me dice que nunca serían igual:
uno es el fruto de sus manos a diario
con el crucigrama de las agujas
y otro un suéter que no se sabe quién lo urdió.
Entre estos hilos se me van los años
y si los compro ya hechos
ya no tengo donde gastar mis ojos
ni sé cuántos años he vivido.
Dicen los místicos y los anacoretas
que en la sucesión diaria de los mismos actos
durante muchísimo tiempo
se esconde un tesoro incierto
que sólo a algunos les es revelado.
Buda se cansó de meditar
y se abandonó a su impaciencia.
Mi madre no lo hizo y tejió
hasta que su cabeza se perdió
179
en el mar de los sargazos.
Lo único cierto parece ser
la inutilidad de los caminos de la razón
para llegar hasta la casa de Dios.
Desnudos, carentes de otro deseo
que no sea la beatitud
es como debemos tocar las campanas de su reino.
Cuentan que un hombre dispuesto
para las glorias de la providencia
siguió los pasos de la vida santa
y cuando tocó la puerta le abrió el diablo.
Aterrado salió corriendo:
ignoraba que Dios se sienta a la mesa
hasta con su peor enemigo.
No era digno, aún, del reino de los cielos.
Me llegan noticias del futuro a diario
y son siempre las mismas.
Todo parece girar sobre su propio eje
sin detenerse y sin rumbo. Estamos perdidos,
acaso estamos perdidos
le pregunto a los lamas y ellos sonríen.
Callan y sonríen:
no entienden por qué los marineros preguntan
ni por qué imploran
ni qué buscan más allá de sus casas
donde todo está:
el fuego, el agua, el silencio
y los mismos pájaros en bandadas
al atardecer.
El mundo, más allá de estas montañas,
es igual a estas montañas, dicen.
Pero a nadie ofendo con mis divagaciones,
a nadie hiero con mis mudanzas inútiles
porque tampoco sé silo que busco
es la sonrisa plácida de los lamas.
El correo ha llegado puntual:
desde hace siglos ocurre lo mismo en Inglaterra.
Ya no espero cartas ni oprobios ni alegrías.
Soy como la ardilla de mi jardín
que todos los días busca su alimento
y regresa satisfecha a casa.
Soy esa ardilla, me digo,
no anhelo otro viaje que el necesario
180
para mis fiestas estomacales,
no quiero otro jadeo que el de mis carreras
por no perder los trenes, indispensables.
Silencio, silencio
que en sus improperios y en sus vindictas
alguien asegura que pueden descifrarse
los mensajes de otros lares,
de otras maneras de girar.
Silencio, silencio
que voy a acostarme sobre el lado derecho
y miraré al poniente
y no escribiré más
y dejaré de preguntar.
Ya todo lo sé:
no hay nada más allá de mi mano
a treinta centímetros de mis ojos.
181
REVERÓN:
25 POEMAS
Para Eugenia y Cristóbal,
mis hijos
182
La familia Rodríguez Zocca
Aquí está la familia sustituta.
Su propio padre fue devorado
por los dientes del azar
y las sustancias que insuflan
el fuego de los paraísos artificiales.
Su madre leal compañera seguía
atónita y lúcida
los pasos del padre
por entre las calles oscuras.
Aquí está la familia sustituta:
valenciana y católica.
De entre todos Josefina,
la hermana de leche,
anidó en su corazón.
Se fue temprano,
al cumplir la trentena
sin decir adiós.
La Cueva
¿Adónde quieren llevarme?
Soy Armando Reverón
y tengo miedo.
¿Quién es la tercera
que no se distingue
detrás?
Yo las pinté
pero no sé cómo
llegaron hasta mis dedos.
¿A dónde quieren llevarme?
Vivo en la orilla
porque no puedo
con los precipicios.
Soy Armando Reverón
y tengo miedo.
Una sola luz las alumbró
pero no veo más allá.
Es el principio y no puedo
continuar.
183
Juanita
Desde aquel carnaval,
toda la vida con Armando.
Desde aquel disfraz,
a los veinte años,
toda la vida con Armando.
Desde estos collares y este sombrero
hasta unos pocos trastos
y Armando que no sé lo que pretende.
Mi vida toda con Armando.
Fiesta en Caraballeda
Todos acuden a la iglesia
y aseguran que está en el altar
o que pervive en la imagen
que llevan a paso lento
sobre sus hombros.
Todos rezan con el anhelo
de hallar oídos para sus plegarias.
Confiesan sus pecados
y los donan como una ofrenda
absolutoria.
Celebran su resurrección
para vivir de nuevo entre los hombres.
Un niño lleva una rana entre sus manos
y es feliz.
“¿A quién buscan?”,
se pregunta.
184
Luz tras mi enramada
Si no hubiese algo
entre la luz y yo,
nada
mis ojos
podrían ver.
Sin mi enramada
no habrían sombras
ni colores.
El sol es la forma más clara
de quedarse ciego.
Rancho
El viento pasa libremente
por entre las cosas.
Las paredes y el techo
tan sólo crean unas sombras
entreveradas.
Dentro y fuera
soy el mismo que batalla con el lienzo
y apacigua el furor
de sus demonios intestinos.
Así es mi alma:
una rama que crece hacia la luz,
una serpiente que se despereza
frente al sol.
185
El Árbol
¿Acaso son copos de nieve
suspendidos
en las ramas de un árbol
mientras llegan al piso definitivo?
La nieve de Reverón
son los destellos de luz
y éstos no caen,
suben
como el humillo falso
del espejismo.
El blanco puede ser frío
o caliente.
Mujer desnuda leyendo
Es una mujer, sí.
También es un rompecabezas
de volúmenes blancos,
de curvas amables.
No hay filos, ni picos
y hasta las líneas
pareciera
que no quieren serlo.
Entre almohadas y cojines
una mujer lee,
desnuda.
¿A quién llama?
¿Qué espera?
¿Habrá alguna noticia
en las palabras?
186
Desnudo en el paisaje
¿Cuál paisaje?
Un cuerpo desnudo
no admite compañía,
no hay nada más allá
de los relieves del vientre,
del río de la entrepierna,
de la dulce ensenada
de la clavícula.
¿Cuál paisaje?
El cuerpo está solo
detrás de un ramillete que oculta
el lugar
donde comienza el mundo.
La Hamaca
Un hilo tenso
va de una estaca a otra.
Un hombre crispado se propone
caminar.
Es el mismo que en su ínfimo
equilibro
vence los demonios que se oponen
a revelar la luz
del lienzo.
Es el mismo hombre que se pinta
como sabe que jamás estará.
Hay un hombre tranquilo
que se mece en la hamaca
con una mujer al lado.
187
La pajarera
Aseguramos que el ave está presa
cuando está en la pajarera.
¿Y si es más libre
en su pequeño reino
que nadie discute?
Me gusta deambular
con un mazo de llaves en la mano:
soy el dueño de mi castillo,
aunque a veces creo que soy
el carcelero
de mí mismo.
Dunas de Catia La Mar
Una tarde en Caracas me revelaste
que nada podría ver
si primero no oía los ruidos
que llevo por dentro.
Años después en Catia La Mar hablaste
por los ojos de Juanita y dijiste:
para ver hay que podar las sombras
y dejar al sol en su riqueza.
Ahora que llevo la luz por dentro,
la luz que me dispensas,
ahora que soy ciego
es cuando más veo.
Teléfono
¿Juguete?
¿Sarcasmo?
¿Instrumento de monólogos
imposibles?
¿Puente?
¿Anhelo?
¿Fin de las islas?
¿Abolición de los secretos?
188
Paisaje blanco
¿Por qué dejaste abierta la ventana?
¿Por qué me diste el veneno
de ver por ella hacia lo lejos?
¿Por qué luego me dejaste solo
sin otra cosa que estos dedos
con los que trato de llamarte?
Retrato de Domingo Lucca
Este es Domingo Lucca mi abuelo.
Murió el 14 de marzo de 1935.
Somos amigos.
Reverón y él también lo fueron.
Gastaron muchas tardes
en Macuto,
buscando el camino.
Por eso el pintor supo ver en su nariz
que tenía el corazón encendido,
como una cayena.
Amanecer en el Pozo Ramiro
¿Quién puede asegurar
que algo existe
antes de que la luz
lo revele?
Los que no esperan el amanecer
avanzan entre las tinieblas.
Pero hay noches en las que Dios
tiene una linterna en la mano.
Serafina
Serafina, dime.
Llevo años esperando tus canciones.
Quiero que me lleves
189
en tus brazos como la diosa que rapta
al mejor de sus hijos.
Serafina mía-
No me laceres más
con tu silencio.
Cálmame con tus besos.
Alivia la rutina de mi corazón
con el tesoro que me niegas.
Hazme como un sol
que muere
tras la ola más lejana.
Serafina dime.
La Maja criolla
Son los dos lados
de un ángulo.
Uno es recato
sentado
en un taburete.
Otro es lujuria
en un catre,
sinuosa.
En el centro unos manchones
blancos,
a lo lejos.
No es el sol,
esta vez no.
¿Será tu alma confundida
entre dos mujeres?
Dos Indias
Recogida
como una culebra que reposa
y se solaza
sobre sí misma.
Expectante
como la flor de la cayena
que espera el beso
del colibrí.
190
Cinco figuras
No son cinco sacos cosidos
pintados y rellenos de trapos.
No son cinco muñecas desnudas
y muertas.
Todas responden a un nombre
y fueron bautizadas,
las muy culebras,
las desobedientes.
Cuando no posan para mí
andan por los caneyes
haciéndose las locas
como si los males de este mundo
no fuera obra
de tus pecados.
El Puerto de La Guaira
El viaje de Reverón es otro.
El trecho imposible de salvar que hay
entre uno
y uno mismo.
El Playón
El sol apenas está saliendo
tras la montaña.
Hay sombras.
Aún se ve el perfil
de los cocoteros
y las uvas de playa.
Si volviese a esta costa
al mediodía
no habría nada:
esto mismo ondearía
a lo lejos
como un espejismo.
Cocotero
Una palma frente al mar
una palma
191
sola.
El trazo blanco de las olas
y el trazo blanco de las nubes.
Una palma como una cruz
esperando la redención
y la gloria.
Autorretrato con muñecas
Yo quise ver más allá
de lo que veían mis ojos.
Me acompañan una mujer y un eco
en el que puedo verme.
Yo quise ver más allá
y aquí estoy
de espaldas a las mujeres que hice
y sin cesar
absuelvo.
Máscara (autorretrato)
No la hice para cubrirme.
La concebí para imaginar la cara
de quien no está detrás de ella.
La hice para verla de lejos
y suponer el alma
de quien quisiera ponérsela.
Nadie la ha usado:
nada es,
más puede serlo
todo.
192
Post-Scriptum
He escrito el último poema de este libro. Estoy en el Wetswood Campus de
la Universidad de Warwick, en Inglaterra, pero la historia comienza en
Caracas, en una de las salas que circundan el patio de la Galería de Arte
Nacional. Allí se expuso el mismo conjunto de obras de Reverón que
aplaudieron los madrileños en el Centro de Arte Reina Sofía del Palacio de
Velásquez. Estamos en 1992 y hace apenas tres años que se cumplieron los
cien del nacimiento del pintor, cuando recibo una llamada del músico
Eduardo Marturet. Me invita a ver la muestra y allí, in situ, me describe el
proyecto que lo anima. La idea es que escojamos entre los dos una docena
de obras del maestro y con toda calma, vayamos escribiendo los poemas y
componiendo la música. Por supuesto, acepto la invitación y durante el
recorrido fuimos conviniendo la docena, las doce piezas escogidas.
A lo largo de un año nos comunicamos nuestros respectivos avances. Los
poemas que yo sentía terminados se los enviaba por fax y Eduardo me había
llegar un casete con sus piezas grabadas. Alguna vez, incluso, nos fuimos en
lancha a ver desde el mar la costa reveroniana. Trabajamos con mucho
gusto, con alegría, hasta que concluimos nuestra empresa y le propusimos a
un museo, que no voy a nombrar, el conjunto de nuestro homenaje al pintor.
Consistía en proyectar las obras sobre la pared en un cuarto completamente
oscuro, mientras sonaba la música y se leía, proyectado, el poema. A todas
luces se trataba de una proposición sencillísima a la que habíamos llegado
después de soñar con un espectáculo multimedia y una orquesta. A Dios
gracias el hipermontaje no prosperó, pero, lamentablemente, la proposición
minimalista tampoco. Marturet y yo nos entristecimos y pensamos que no
había llegado el momento para este trabajo conjunto. Quedamos en
continuar, cada quien, con su pasión reveroniana y nos juramos ver nuestra
obra realizada, en el momento en que los dioses lo indicaran.
Los poemas escritos me dejaron con la sensación de haber comenzado a
navegar y de no haber llegado a puerto. Me sentía en alta mar con unos
193
tripulantes que me decían “rema”, “sigue remando”. Les hice caso y seguí
hasta el otoño de 1996, cuando las hojas de los árboles tienen unos colores
que habrían seducido a Reverón. Así fue como los doce textos iniciales
trabajados con Marturet encontraron compañía de trece más que, ahora sí,
tengo la sensación de haber cumplido con las peticiones de los tripulantes.
Aunque debo aclarar, en descargo de ellos, que me instaban a seguir, pero
no me urgían en lo más mínimo. Sus estrategias fueron sutiles: cuantas
veces me fui de viaje en estos cuatro años, ellos incluían el libro de Reverón
en el maletín y, cuando estaba en casa, estaba colocado en una silla sin uso
del comedor. Cuatro años juntos no es poca cosa, ya veré cómo hago para
dejarlo dormir en un anaquel de mi biblioteca.
Quiero comentar ahora los métodos que se me fueron imponiendo a medida
que avanzaba el trabajo. El primero que me viene a la memoria es el de
contemplar la obra hasta que brotara el poema. Esto podía ocurrir
rápidamente o llevarse todos los minutos necesarios. En cierto sentido
aplicaba el método del dibujante chino que espera ante el papel en blanco
hasta que el dibujo se le forma adentro y luego lo ejecuta velozmente. Así
hice en varias oportunidades, pero con una variable significativa: al pintor
chino no se le es dado corregir sus gestos, a mí sí. Por más que el poema se
me impusiera aparentemente listo, siempre hubo que enmendarle algo, por
nimio que fuese. Muy pocas veces llega al papel un texto íntegro e
impecable, como si fuese dictado.
El segundo método consistió en ver la obra por largo rato a la espera de la
llegada del poema, pero esto no ocurría. Con cierto pesar me levantaba de
la silla y me iba, dejando el libro abierto en la página vista. Y de pronto, ya
en otro sitio, otro día, incluso otro mes, se me iba iluminando una imagen y
nacía, a tientas el poema. La obra se me había fijado en la memoria y ésta
activaba el mecanismo del poema. Esto, ocurrió mientras iba manejando por
entre el endemoniado tráfico caraqueño o mientras campaneaba un whisky
194
en un cocktail de la burocracia cultural. En el subconsciente afloraba la
imagen que había contemplado y el tejido del poema comenzaba a
intrincarse.
El tercer y último proceder fue fruto de la mayor resistencia. Veía la obra
tanto tiempo como el pintor chino y, sin embargo, no llegaba de lo profundo
mi voz. Cansado, abandonaba. Tiempo después volvía a la contemplación y,
de nuevo, nada se imponía. Meses y hasta años después regresaba a la obra
y no llegaba el poema. Las imágenes que me ofrecían esta resistencia las fui
dejando para después. Eran tres y no había manera de que se me
entregaran hasta que, una por una, fueron cayendo en la soledad y el
silencio de mi sitio en Inglaterra. Había algo en ellas que se me resistía, que
no se daba fácilmente. Al indagar, una por una, en las razones por las que
se me formaba este nudo fueron por sí solas dejándose desatar. Por
supuesto, son las que más quiero, las que me costó más pescar, pero
revelarles cuáles son sería una desconsideración con las demás. Como pasa
con los amores secretos: La discreción se impone.
Desde la primera imagen contemplada hasta la última estuve sostenido por
los entusiasmos de un diálogo. A estas conversaciones con el pintor fueron
invitados unos terceros: Ustedes, los lectores. Por eso es que en algunos
poemas me dirijo a un lector hipotético, como si ante el entrevistado me
voltease a hablarle a las cámaras, a la anonimia de las cámaras. En otras
oportunidades el pintor dijo lo suyo, porque así se me impuso su voz y, en
una tercera voz me dirigí a él, acosándolo a preguntas. Las voces son tres,
como es fácil constatar. Era difícil que fuese de otra manera si, en el fondo,
todo el conjunto no es sino un diálogo con la obra reveroniana.
No creo haber dicho hasta ahora que todas estas operaciones ocurrieron en
silencio, sin música, en el silencio más blanco o más negro. La música habría
sido la interposición de un extraño que en nada habría contribuido a la
195
limpieza del diálogo. El silencio, por el contrario, es indispensable para oír la
voz de Dios. Si me proponía poner los pies en el recinto sagrado de Reverón,
tenía que ir descalzo, desnudo y en absoluto silencio. Eso hice.
196
PLEXO SOLAR ( 2002)
A mis muertos
Uno
197
El destino es una semilla encapsulada en un tubo de ensayo:
nadie sabe qué brotará de aquel botón oscuro.
Pero si la incertidumbre va minando
la solidez de las columnas de piedra,
cada veneno engendra su antídoto:
lo que no hay manera de prever,
sólo merece la espalda,
lo que escapa a nuestras manos,
sigue su curso corriente arriba,
como los salmones que regresan a desovar en sus lugares de origen.
No está solo el vértigo en su trabajo de orfebre.
A su lado caminan dos impostores
que horadan nuestras entrañas en su propósito:
son mineros en afán por las piedras preciosas.
El odio y la furia:
nos alzan en vilo hasta abandonarnos
sobre el pasto de los cementerios.
¿Por qué he comenzado este viaje largo dibujando
los rostros de mis fantasmas más temidos?
He podido guardarlos para un final concluyente,
pero creo haberme librado de ellos pronunciando sus nombres.
¿Me equivoco? Seguramente,
pero no habría podido zarpar sin determinar
para mis compañeros de viaje
las ruines alimañas que llevo en la bodega.
Dos
198
Veo el largo rastrillo juntar las hojas
que el otoño esparce sobre la grama.
Por el ruido de las hojas en fuga
puede intuirse el estado de su desprendimiento:
las más rojas acaban de morir,
las amarillas han fallecido hace días,
las ocres son cadáveres beneficiados por el olvido.
Sobre la cresta ensombrerada del jardinero
ha pasado veloz en su vuelo un cuervo,
que no es el cuervo de Poe,
es el de estos cerezos de la campiña inglesa
que de tanto amarlos se han adherido a mi piel
como el musgo sobre las piedras del río,
aquel río caudaloso de mi adolescencia caribeña.
Veo al hombre del jardín ordenar las hojas sueltas
con el furor de los primeros habitantes,
y después de tres horas de parcelar el mundo
no hallo ni un ápice de cansancio en sus traslados
sobre el césped ya despejado del paso del tiempo.
Ni el vuelo del cuervo sobre su cabeza
lo ha sustraído de su oficio unívoco.
Un extraño poder sobre el periplo de su dilatada respiración,
ha ido acompasando los movimientos de sus brazos y el rastrillo.
El aire subiendo y bajando desde las dos ventanas
de su nariz de durazno a punto,
también se acompasa,
y la columna de su paciencia frente al goteo interminable de los árboles,
refulge en la partitura
con la armonía inveterada de las mañanas de invierno.
Tres
199
El animal de peltre que desde hace años me acompaña
resopla sobre la hornilla como un silbato de tren.
Voy en su auxilio: soy un devoto en pos de sus iconos.
Mientras vierto el liquido del amanecer,
sobre el herido pocillo de barro,
recuerdo la máxima recurrida y utópica:
"El mayor trabajo del hombre
es la búsqueda de la felicidad."
Me asomo en la ventana del espejo
para ver mi sonrisa pronunciarse
sobre el crepúsculo que me refleja.
¿Quién esplende en mi mirada?
Veo los ojos de mi madre en los míos:
sus cejas levemente protuberantes,
como unas discretas cordilleras,
cayendo sobre los párpados.
Ahora vislumbro la sonrisa de mi padre en la mía:
su rictus para desenvalnar el brote perspicaz de la ironía.
Creo ver en el mentón partido
la misma división que llevaba mi abuelo
desconocido y rescatado en el desván de las fotografías.
¿Qué hay de mi en esta pieza cubista
en que se me convierte la cara,
cuando logro separar sus partes
y brilla la autonomía de sus causantes?
Algo debe haber,
pero lo distinguirán mejor mis herederos,
los que llevan en sus maletas el compás medido
de los trayectos y los puntos equidistantes.
Cuatro
200
He muerto.
Desde que el desvarío de mis pupilas
anunciaba el estado de coma,
mis hijos han permanecido como canoas
en los costados del lecho.
Hilda, la enfermera que me asiste en el tránsito,
cata las intermitencias del pulso cada vez más lejano,
oye los murmullos de un gato agonizante sobre los rieles del tren.
Mis ojos abiertos están en blanco
y mi boca se abre aspirando las ultimas bocanadas
del aíre dichoso.
Un latigazo eléctrico sacude mis piernas
como el estertor del toro después de la puntilla:
mi corazón ha dejado de latir.
He muerto.
La sangre ha dejado de recorrer mi cuerpo en su frenesí.
Lo que sustentaba mi piel como una vieja promesa
le ha cedido el espacio al color amarillento de los papeles
decrépitos.
Soy una suerte de hoja ocre plagada de hongos,
un papiro abandonado sobre el tope de una nevera
inservible.
Mi sangre, que durante años fue fiel en su periplo rutinario,
no recibe el impulso para su itinerario retórico.
Soy una casa olvidada por la suerte del fuego
que le ha dejado su reino al hielo más seco.
He muerto.
Una sola instrucción he dejado a mis deudos:
al apoderarse de mi la tiesura,
abran las ventanas para que mi alma encuentre su rumbo,
déjenla ir,
no interpongan ningún obstáculo a su vuelo,
el aleteo de las palomas que se anuncian
con el carraspeo de sus gargantas
les anunciará la ascensión del espíritu que encontró en mí
la hospitalidad de un cuerpo romo,
poco filoso, naturalmente tibio, herbívoro,
proclive al regazo de las hembras.
201
He muerto.
Las campanas de la iglesia vecina han propagado su eco
a la misma hora de mi nacimiento:
son las doce y treinta del mediodía de una fecha imprevista.
No recuerdo cuántos años han pasado desde mi llegada,
pero sé que la misma luz que me recibió me despide.
He muerto.
Asciendo en volandas hacia un espacio de luz
más blanco que las volutas de algodón,
pero nada hay en mi vuelo que perturbe la paz
de creer que he concluido todas mis batallas.
Atrás queda la ventana de mi apartamento
y más lejos aún la cama donde he rendido mis últimas fuerzas.
Ya Caracas es un paisaje abstracto que se divisa
entre el fragor de las nubes quiméricas.
Ya América se escruta entre la bruma
con su figura de trompo alargado y difuso.
Ya la tierra es una sola esfera azul que se achica
como una fortuna majestuosa que se pierde en el tiempo.
He muerto.
Asciendo hacia el punto donde todas las preguntas
adquieren respuesta.
Voy entrando en un túnel que acelera mi vuelo,
soy lo que siempre he sido:
una mínima partícula amada por un Dios memorioso.
Mis fragmentos de pronto han sido tocados
por el rayo de la totalidad:
todo en un segundo lo comprendo.
Las escenas centrales de mi tiempo terreno,
de las que ignoraba su carácter principal,
han salido al damero del entendimiento ejecutando su danza.
Todos los puntos que no advertía cercanos
han revelado ahora sus conexiones ocultas:
una araña teje su tela en la penumbra,
tengo en mis manos el Aleph de Carlos Argentino Danerí.
He muerto.
Cinco
202
Llueve en la selva tropical de Madagascar,
ocurre lo mismo en las laderas tupidas de la cordillera de la costa.
La sabana de Santa Fe de Bogotá es verde como el fieltro
de una mesa de billar sin desperdicio.
Si la garúa no esparce su receta fértil
lo hace el sereno de la madrugada:
tan preciso como la cita fatal que nos aguarda.
Llueve en Macondo y en las cabeceras del Orinoco,
lo mismo ocurre en el París invernal de Cioran
y en la Venecia laberíntica de Joseph Brodsky.
Las bromelias y las epífitas han recobrado su brillo:
el sol las había emparentado con el cactus y la cabra.
Los ríos experimentan una crecida inusual
en algunos pueblos preteridos de Italia.
Más de seis meses sin dejar de llover
han hecho de Bangladesh un pantano intransitable.
Dos samurais conversan,
haciendo el énfasis de los largos silencios,
al alero de una casa rodeada por flores de loto.
Más de treinta días lleva la lluvia cayendo,
la evidencia de la catástrofe me obliga:
soy anfibio.
Me hago al agua para alcanzar otras costas
que no hayan sido abatidas por la creciente.
A mi lado surcan el caimán y el perro de agua:
todos hemos abandonado nuestras funciones precisas,
ni el cocodrilo busca tragarse las moscas
ni el león devorarse a los venados.
Somos hermanos en éxodo que buscan los lugares más altos,
nadamos contra la corriente con un solo norte en las pupilas:
la loma, la cabeza de un cerro, el copo de una araucaria.
Pero lo que ahora desemboca en el mar
con la furia de un torrente que ha vencido los caños del delta,
comenzó como una tormenta del trópico
que limpia la atmósfera con su poder bautizante.
Si alguna vez celebramos el agua bajo la santidad de la lluvia,
ahora maldecimos los hechos como quien se revela
frente a las artimañas del diablo.
Hemos sido engañados,
nadie nos advirtió del exceso
cuando se inició la vaguada sobre las colinas.
203
Es tiempo de alzar los brazos y pedir clemencia
al mismo Dios que prescribe estas tragedias.
¿Qué podemos hacer frente a la elocuencia del poder absoluto?
Protegernos de su furia en el escampadero,
alimentar la paciencia como quien achica un buque
con una taza de té,
azuzar el fuego de las astucias ante el atropello de los tanques
y hacernos una coraza de hielo que confunda
la lectura térmica de los misiles.
No está en ninguno de nosotros detener la salva destructora
de las lluvias sin término,
si es de nuestro dominio ajustar el punto para que el placer
no invada la parcela vecina y queme, hiera, lacere
o finalmente mate.
Los que han alcanzado la colina más alta anuncian
que en el gris de la tempestad se ha abierto un boquete:
el azul del cielo asoma ondulante como una bandera lejana,
allí está el color de la esperanza esgrimiendo sus promesas.
Seis
204
Soy la cabra
que íngrima
mira el alba
entre las ramas
del cují.
Estoy seco:
he perdido
la elocuencia
de los versos largos
y el lujo
de las estrofas dilatadas.
Casi no veo más allá
de las tunas
y del espejismo
de la carretera.
Volteo hacia arriba
y miro pasar al gavilán
confiado
hacia los esteros.
Casi no articulo palabra
y he perdido la gracia
de la gramática extendida
y melódica.
Mis versos son ahora
cortos
y tienen el mismo rigor mortis
de los telegramas.
Entre oquedades y miopía
me detengo a leer
absorto
un poema de Lezama Lima,
y comienzo a creer que en las islas
la sintaxis barroca es la piedra
desde donde alzar el vuelo.
La idea de abandonar el desierto me ilumina:
retomo el curso musical de mis versos cadenciosos.
Ya estoy en otra parte, me he mudado.
205
Los palacios abren sus puertas al no más escucharse
el ruido de los cascos de mis caballos austríacos.
Las mesas son largas y estrechas
como las quería Neruda.
Frente a mi, la mujer de las esferas perfectas
humedece el faisán en la salsa.
Mientras muele parece atarearse, también,
con la carnosidad de sus labios.
Toda ella es una noticia, una oferta.
Atrás han quedado los tiempos de sequía,
ahora soy un pez que merodea los corales
acechando a sus víctimas.
El deseo traquetea en mis entrañas como un reloj perfecto.
Quiero, anhelo, añoro, sueño
son los verbos que insuflan mis danzas de cazador hambriento.
Una llama enciende en mi las praderas del horizonte:
lentamente despierto a la invitación de los astros,
he dejado de considerar al oasis como un espejismo.
Voy saliendo del verano al que fui reducido
después de aquella larga estación lluviosa.
Dicen los ancianos de un pueblo suspendido en el pretérito,
en la garganta de las montañas más agrestes,
que el tiempo pasa como el badajo de una campana:
de un lado a otro anunciando su estancia efímera.
Siete
206
La ciudad amurallada me expulsa,
no me quiere más en el perímetro de sus fueros.
He sido condenado por hereje,
no hubo manera de hacerme cantar al son
de los tambores marciales,
tampoco hubo forma de hacerme sumar al coro de los puros
que sentencian a los criminales.
A ratos creí equivocarme:
llegué a pensar que verdaderamente los impolutos,
los honestos, los honrados
eran los que vociferaban el himno de la revolución.
Me sentí solo, muy solo,
como aquel perico que bajaba hasta las lajas del patio
de mi casa de infancia
a discutirle el alpiste a la multitud de los tordos.
Creí enloquecer al sentirme abandonado
en mis percepciones de cuervo,
pero la mirada silenciosa de una mujer morena
me llevó a comprender que para mi había sido reservado
otro reino.
El tiempo de alejarme de los muros de aquella ciudad,
tomada por la peste de la unanimidad,
tocaba mi puerta.
Mis alforjas serán livianas, me dije,
y no tendré otro escucha que los oídos del camello.
¿Mi destino?
El que queda en sentido inverso al de las caravanas
que se afanan en abrir los portones de aquel reino excluyente
Cae la tarde y el muro blanco de la ciudad maldita
es como una ola lejana que se precipita en el poniente.
Si la providencia reserva algo para mi
será porque habré emulado la estrategia de mi camello:
si él almacena grasa en sus jorobas
como quien guarda nueces y combustible,
yo haré lo mismo con mis conservas de atún;
si él dispone del agua por gotas
yo imaginaré que mis líquidos son un suero
que cae como una lágrima desde las alturas.
Si él rumia mientras salva los imperios de arena,
yo iré silbando para mis adentros
como quien se canta a sí mismo
recordando las canciones de cuna de sus primeros momentos.
Silbaré para mí,
pero lo haré con un tono tan leve
207
que no despierte a las moscas que viajan conmigo
aclimatadas sobre la joroba.
Más que un silbato será un susurro de nada
como quien no transige con las aspiraciones del aire.
Voltearé queriendo mirar la estela de mis mensajes labiales
y ni siquiera veré las huellas del dromedario sobre la arena:
mi cabalgadura y yo podemos desaparecer sin dejar
otro rastro que el de los ecos perdidos.
El mar y el desierto cubren a sus víctimas
con el manto de filigrana de sus elementos.
Si alguna vez creímos que significábamos al menos un rasguño sobre la
superficie blanca de las máscaras de yeso,
el tránsito por las vastas arenas nos ha arrebatado
todo engreimiento.
Sobrevivir es un milagro.
Alcanzar un punto blanco o verde
entre las sinuosidades del horizonte
es la plegaria atendida por un Dios tolerante.
Tengo el sol en la espalda y el silencio me ha crecido en el pecho
como una ausencia.
Susurro para recordarme que estoy vivo
y entre las jorobas de mi transporte voy como dando pasos
entre las nubes.
El peso de todo es tan grande
que voy tomado por la levedad de los mártires.
Digo entre dientes:
Padre mío que estás en el cielo,
mira a tu hijo en la travesía del desierto
y díctale al oído la ruta precisa del oasis.
No dejes, padre, que mi destino sea
la senda flagrante de la arena íngrima
ni el desolado amor de los fallecientes de sed.
Tú conoces mejor que nadie el fervor
con que te amé mientras estuviste entre nosotros:
manifiéstate ahora cuando mis fuerzas
comienzan a doblegarse por los rayos del sol.
Voy doblado sobre las jorobas y susurro, padre,
mis labios claman por el mismo ungüento que imploro
en esta plegaria definitiva, escúchame.
Condúceme hacia las aguas
a salvar mi piel y mi garganta de la sequía total.
Ocho
208
La luz del verano caraqueño es blanca y seca como la cal:
el cielo ha perdido la lucidez de las tardes de enero.
Sobre las antenas de los edificios vecinos
duermen la siesta los zamuros más negros.
La silueta del Ávila permanece velada por la incandescencia,
el vaho bochornoso de la tarde que comienza
alegra a los insectos.
En estos tiempos de fuego espero la noche como un salmo:
desde las alturas las luces van despejando las sombras
y todo el valle iluminado parece una constelación
que se expande hacia los confines del universo.
Los caraqueños regresan a sus casas
o salen en busca de la felicidad:
cómo saber dónde el alma encuentra sosiego
y el espíritu se extiende como una mesa servida.
Entrar y salir son nuestros verbos
y la moneda de dos caras de nuestra libertad.
Si en los pueblos pequeños las casas pueden ser
la esfera donde se ordena y se acata,
en las ciudades grandes el espacio doméstico
puede inaugurar el tiempo de las disensiones.
La democracia nació en una cuadrícula urbana
donde los ciudadanos se vieron en el trance de comprenderse.
Los terratenientes, los conuqueros, mandan
y sus hijos y sus bestias, obedecen.
La paz no está en nosotros como si lo está la guerra:
siglos de cortezas que se domeñan unas a otras
van atemperando nuestros instintos de muerte.
La razón ha ido deteniendo el zarpazo inmediato
y la cadencia del cuerpo educado para otros placeres
va aletargando su mecánica feroz.
Educarse es hacer cada vez más fino el bagazo de la molienda,
aguzar el oído, aligerar el peso de la espalda
asistidos por las alas de los ángeles.
Hilar delgado y estremecer el punto con una piedra preciosa
que resalta como un brillo pero no anula la trama,
así hemos ido uniendo los puntos distantes y tensos
que se niegan a ser juntados bajo el canto de la convivencia.
Si fuésemos a buscar el espejo donde mirar
la réplica de la violencia aún innata del mundo,
lo hallaríamos en nosotros mismos.
La batalla de afuera que nos sacude y aturde,
también está dentro de nosotros sembrando su infierno.
“Nada que no esté dentro de mí,
habré de hallar afuera”
209
decía el barbado maestro que oficiaba sus misas
desde un bote rumbo hacia alta mar,
con los dedos dispuestos
frente al lienzo.
Ya la noche caraqueña desconoce otro imperio.
Las fuerzas laborales de mi cuerpo tendido
encuentran el segundo aire del ocio lunar.
Clausuro las puertas de mis reinos contables
y me entrego al banquete de los sueños aéreos.
Ya olvidé quien soy y cuáles son mis obligaciones,
soy un balón que da tumbos en un no encrespado
y nada detiene mis ráfagas de contento
El mundo es apenas una costa brumosa que diviso
entre los rápidos y los saltos de agua de mi desafuero.
Voy río abajo imaginando el lago donde hallaré la calma
añorada desde mis años de estreno.
Hacia allá voy y sé que no hay otro puerto final
que el pozo calmo o el lago inmóvil
o el océano simbólico de la amplitud de mis horizontes.
Me asiste la certidumbre y soy feliz:
a las cabriolas alegres del río que desciende
le seguirán los espejos de agua donde susurra el viento
en mis oídos dispuestos para la quietud del vacío.
Voy hacia la nada de mi mismo,
hacia la desintegración,
hacia la unidad en un solo átomo
que me hará recordar la cifra de mis tiempos prenatales.
Seré nadie sobre las aguas quietas:
ni yo mismo llegaré a recordar quien fui,
cuáles muros levanté con mis manos,
cuántas puertas cerré cortando la brisa
ni a dónde fueron a parar las semillas de almendro
que guardé en mis baúles de infancia.
Nueve
210
Los libros que tallaron mi espíritu con la inquietud de los viajeros
permanecerán en sus estantes esperando la mirada precisa
que les levante su manto de bruma.
Los aviones de papel que catapultaba desde las ventanas
hacia el ébano frondoso del final del jardín
quedan esparcidos por la topografía de la memoria.
La Olivetti con que emprendí mis primeros poemas
sobre las teclas duras del comando
reposa en el último recodo de los desvanes.
Voy aligerándome de todo como quien lanza las cargas
desde un globo en trance de caer.
Lo sé: para mirar la luz encandilante de tu rostro
no puede haber ni una sombra que me ate
al universo que abandono en señal de compromiso.
Lo sé: el amor que me ofreces no tiene otro precio
que el mismo que exigimos a quienes queremos confinar
a la cárcel exclusiva de nuestros furores.
Aquí van mis botas hacia el fondo del acantilado
y mi camisa que ondeará como una insignia
mientras descienda por entre el cañón de los tepuyes.
Nada cuelga de mi pecho,
nada se enrosca en mis muñecas.
El dolor que me sujeta por el tobillo y me ruega permanecer
es menor que la gloria de iniciar el ascenso.
No temo: estoy suspendido por el fragor de los enamorados
y no habrá otra luz que la que seguirán mis ojos
hacia el corazón de tus fuerzas creadoras.
La verdad de los místicos será mía:
no habrá luz mayor que la tuya esclareciendo
el laberinto de las oquedades.
Al fin veré la incandescencia en su estado absoluto
y cerraré los ojos y esperaré dormir entre tus brazos.
El mundo será un globo azul que lejano continuará
su divagación sin norte ni sur ni este ni oeste.
El valle de lágrimas se irá haciendo un punto mínimo
que buscaré con una lupa desde mi recámara azul.
Diez
211
Tengo nueve años y corro por el pasillo hacia el lugar del acuario:
los rayos del sol refulgen entre las paredes de vidrio.
Mis peces rojos deambulan por sus parques acuáticos
y las burbujas de oxígeno establecen el movimiento perpetuo.
El prodigio de agua que tanto cuidé se viene abajo ante mis ojos.
Todo ha estallado sobre los ladrillos del piso,
pero el que recoge el estropicio es el de ahora,
en la mitad del camino, estremecido.
Los peces no saltan sobre la superficie dura,
he mudado el accidente a la alfombra de grama.
Intento devolverlos al agua de un tobo,
pero al acercar mi mano desaparecen entre el césped.
Algunos se han transformado en unos seres mínimos e imposibles:
monos, lagartijas, camaleones, calamares,
se dejan ver en su juego de surgir y ocultarse.
Van quedando cada vez menos cabezas que salen y se esconden
y el hombre que ahora soy mira la grama anegada,
el de nueve años insiste en su tarea de Sísifo.
Estoy solo, nadie ha acudido a ayudarme,
mi vida ha sido un reino solitario, pienso,
quizás por eso me acostumbré a hablar y a responder
como si en mi se congregaran las voces de un templo.
Somos muchos, murmuro,
quizás tantos como las cabezas de monos-calamares
que sonríen en sus salidas a la superficie.
Un tercero (¿será un relator?) aporta su voz distante.
Un timbre sacude mis oídos y vuelvo yo también a mi piel:
puedo narrar con detalle las cosas que ví
y los hechos de los que fui testigo,
pero tardaré años en desentrañar su gramática.
Creo venir de mi hacia mi mismo
y de la multitud hacia mi ingrimitud.
Creo haber distinguido en la tercera voz
a mi ángel de la guarda entonando un salmo
y recogiendo las piezas sueltas esparcidas sobre la grama.
¿Me equivoco?
Once
212
Al extender lo que fueron mis brazos
alcanzo más de dos metros de largo:
tengo alas.
Lo que alguna vez fue mi nariz ahora es un pico:
soy Horus
Atrás queda la ventana desde dónde miré las luces del atardecer
y supe del tedio y sus volcanes inertes.
Voy hacia mis años perdidos,
vuelo hacia el oeste del valle donde nací:
allí me esperan los días en que fui feliz
como un caimán sin deseos.
El árbol enorme que me brindó sus ramas
para sentir la liviandad de mi primera ascensión
se desplomó como un piano sobre el pavimento.
Los pájaros mayores me han referido el suceso:
una tarde de agosto oyeron abrirse las ramas
como si la piel del ébano hubiese sufrido una herida,
como si un hacha invisible castigara con sus latigazos metálicos
la vieja y recia corteza que abrigaba el esqueleto.
Lo que los años y los trabajos habían alzado
como una fortaleza inexpugnable,
se vino abajo con la misma fuerza súbita
con que ocurren los soplos de Dios.
La casa estaba en pie y sobre sus pararrayos
descansaban los mismos zamuros que recibieron a mi madre
el 5 de abril de 1919.
Descanso sobre el muro de hiedra y recuerdo ver pasar
a un helicóptero como un elefante herido
sobre mi cabeza:
dos calles más allá también se precipita al suelo
sembrando otro estruendo.
En los codos de mi memoria frágil
el ruido del estropicio se aviene con ánimo,
pero también veo poblarse mi mente de luces azules:
voy sobre mi potro de hierro salvando las distancias
y el viento lava mi cara como inventándola de nuevo,
puedo recuperar el latido de mis desplazamientos
y sentir cómo entonces la velocidad más que un vértigo
es la promesa de los días de pascua.
Desde el muro cubierto por hiedra veo ahora
la danza del guante y la pelota,
las alegrías de la precisión
y los cuerpos elásticos buscando expandirse
más allá de sus limites hacia el confín de la hazaña.
213
Veo mi quijotesca lucha contra las avispas:
armado de un arco y una flecha con una ventosa en la punta
treinta y seis cayeron, una por una, tendidas sobre la grama.
Alzo vuelo de nuevo y doy vueltas
sobre el castillo de mis primeros años,
allí está la azotea donde tuve entre mis brazos
un conejo bautizado Jai Alai
y el repollo cobró ante mis ojos un sentido inadvertido.
En aquel mismo techo una llama se hacía grande
o se tornaba discreta como las semillas sin tierra,
protegida por un cilindro de acero donde el agua hervía
o se establecía lironda esperando el mandato.
Atrás queda mi castillo primero:
amplio y abandonado como una costa en invierno.
Voy a husmear el recorrido insalvable de mi primera mudanza:
la ciudad murmura a mis pies como un campo de brasas.
El cerro cobra toda su magnitud ante el estupor de mis oídos,
tengo ahora la impresión de haber vivido al margen
de su largura, su grandeza, su ritmo, su imperio.
Soy un feligrés de sus perfiles vespertinos
y un sirviente de sus amaneceres solventes.
No me detengo sobre la baranda del mirador que fue mío
durante los años de la caravana ardiente.
Me elevo con rumbo al norte para sentir
los vientos cruzados que bendicen el valle.
Me dejo llevar por las ráfagas y recuerdo entonces
los episodios lejanos de mi plenitud irresponsable.
Creo ir hacia el norte, pero si el viento decide otro rumbo
no me opondré a sus designios exactos.
No tengo gobierno ni propósito
ni me anima la gesta heroica de las banderas izadas.
Asciendo con mis alas abiertas y doy vueltas
trazando una elipse de curvas erráticas.
Subo, bajo, caigo en barrena,
avanzo hacia los cúmulo nimbos y los traspaso,
distingo las nubes más negras
y oigo los truenos estremecer los cimientos
después del latigazo del relámpago.
Nada me hará caer sobre los dominios de mis semejantes
mientras estas alas extendidas respondan al viento.
Doce
214
Mi madre y yo hemos descendido del auto.
El mar bate su cabellera contra las piedras inermes.
Mi padre queda ya casi imperceptible detrás de nosotros.
Un adolescente se nos acerca ofreciendo su guía
y nos dejamos llevar por entre las callejuelas.
Los elefantes avanzan sin remordimiento
y un caballo vestido con su mejor traje
lleva raudo en la silla a una mujer cubierta.
El baquiano señala hacia las profundidades de un hueco:
en el fondo se divisan unos cuerpos amontonados y verdes
a los que nadie ha dado concierto.
Mi madre ha visto en una pared escarapelada
extremidades mezcladas con barro.
Restos de árboles han quedado varados
en las riberas de las calles centrales.
Un mar de almas en movimiento plena el espacio
hasta los confines del horizonte.
Si las bicicletas no se detienen en sus peregrinajes incógnitos,
las vacas no se mueven del sitio escogido:
reinas irresponsables
que ignoran a un ejército de súbditos.
Entre los trastos y la gente en su movimiento perpetuo
las especias refulgen en sus colores primarios.
Son montones de granos finos que ascienden en cono
al igual que las manos que saludan juntándose y diciendo:
Namaste.
Si las vacas imperan desdeñosas
los camellos soportan su carga y mueven el cuello
como si hicieran viajar a una nuez por un conducto
en cada paso que reduce al horizonte.
Dando saltos al pie de un nim espeso
los monos blanden su recordatorio.
Algunos llevan una lagartija en la mano, descabezada,
que aún se estremece como una flor al viento.
Veo el rastro de la cobra afanosa
y la caligrafía inexplicable que deja
el paso del escarabajo en la arena.
Mi madre y yo vamos tomados de la mano sin miedo
ante un mundo que se abre para nosotros
en la hora más sagrada de la tarde.
Nada tememos, aunque todo nos es ajeno.
215
No pertenecemos, pero nada nos espanta.
Una flauta sube y baja gobernando a una cobra
mientras una bandada de pericos gira sobre nuestras cabezas
como anunciando la llegada de un rey.
El guía nos señala las escaleras que salvan el precipicio.
Abajo entre las paredes tatuadas por el agua
como una piel que ha resistido noventa inviernos
una jirafa da brincos montada por un jinete fatuo.
Mi madre y yo buscamos una manzana que no hallamos
mientras la jirafa nos muerde las manos creyendo
que son el fruto que apacigua el hambre
y difunde la calma.
Los jardines escoltan el sendero que lleva
hacia el mausoleo imponente.
Ahora recuerdo la Itaca cavafyana
y me detengo en los contornos de los árboles
y distingo el paso nervioso de las perdices sobre la grama
e inhalo el vaho embriagador de las máquinas
que rebajan la rebeldía del césped silvestre
y no hace frío ni calor ni es seco ni húmedo
el ámbito ignoto de la otra cara del mundo
y el cielo es un lienzo donde los pájaros trazan
las hipérboles de sus vuelos celebratorios
y los pavos reales se desplazan inconscientes
del abanico que les sucede:
ignoran que han sido destinados
para guardar las puertas del paraíso
de la pretensión de los intrusos.
Custodian, pero no lo saben.
Son admirados por su belleza,
pero trasladan su melancolía y su repentina furia
como si hubiesen sido ofendidos al amanecer.
Más que el paseo de la mansedumbre
su parsimonia esconde sus heridas abiertas.
Mi madre y yo hemos vuelto a la orilla.
El mar bate su incesante cabellera contra las piedras.
Mi padre ha estado en la arena esperando por nosotros
y ahora abre el mazo de cartas y pregunta.
Nosotros vemos en la línea del horizonte
de las aguas revueltas
el cuello de la jirafa gobernada por el jinete fatuo
que viene hacia la costa a comernos las manos.
Otra vez buscamos una manzana que aplaque su hambre,
216
pero erramos.
Trece
217
Ni la distancia que el océano intermediaba imperioso,
ni los años en que estuviste ausente
y los pájaros no dejaron por ello de trazar su elipse,
ni el inveterado amor que puntual esperaba el cruce
de la llave en el ojal de la cerradura,
ni la costumbre de tu felicidad plana,
ni sentirte ya inmune a los vértigos,
pudo.
El día en que tus dedos se cruzaron
sobre las teclas de piano del alfabeto
y lanzaron su botella al mar de los Atlantes
con la partitura de tus plenitudes y tus faltas
y por tus ojos cruzó un ángel diminuto
como el mordisco de una luciérnaga,
ni tu ni yo sospechamos que esa tarde
un arrendajo avistó su presa más deseada
y la araña dispuso su tela más brillante.
¿Quién puede siquiera intuir la gramática oculta
de las almas en vuelo
hacia sus correspondencias perdidas?
Entonces los silencios polvorientos
fueron obviados por la llegada de los habitantes:
cada quien fue trayendo lo suyo
y la casa fue poblándose sin prisa
por el convoy de gitanos e ínfimos objetos
de un lienzo de Richard Dadd.
Lo que era vastedad y bochorno
fue bendito por la brisa fresca de la tarde.
Lo que fue frontera entre el hastío y la indolencia
experimentó el gozo del agua cayendo sobre los cristales.
Aquellos espacios mustios fueron como abriéndose
a la beneficencia de los abonos
y otra llana tarde de marzo los hechos desconocían el revés:
eran de una sola faz, extrañamente unívocos,
tan precisos como el embrujo de tus palabras
y tan certeros como el ardor de tu centro
y tan rectos como el obelisco por donde asciende mi savia.
¿Qué podíamos hacer ahora que las palabras
habían tendido los puentes que el olfato y la vista
no habían podido trazar?
218
Estábamos cautivos de la incandescencia de nuestros verbos
y ya la realidad de la visión no sería más precisa
que los fuegos que tejieron nuestros sueños.
Ni la realidad seria capaz de convencernos
de no ser los regentes de un reino olvidado.
Así los pasadizos de tu cuello oliesen a cidra
y no a la madera ahumada que yo pensé para ellos,
no me daría cuenta.
Si la temperatura de tus manantiales fuese fría
y no templada como estoy seguro que es,
tampoco me daría por enterado.
Darle voz al deseo es hacerse su esclavo,
pero: ¿ querer ser esclavo y tener amo no es, acaso,
llevarse el pan a la boca
y el agua clara a los ojos turbios del amanecer?
El sol pasó por encima de nosotros
hacia su caída fatal.
Duermo sobre la hospitalidad de tus nalgas
y despierto moroso sobre la maternidad de tu vientre.
Las palmas se agitan en su frenesí generoso
y nuestras pieles ya han compartido sus propios rocíos
y nuestros labios ociosos no saben qué hacer
como custodios de la vivacidad de las lenguas.
La serpiente que esconden tus dientes
ha salido en pos de su fuente
y ya nada la detiene en sus rondas inquietas:
pasa por sobre los valles mínimos de mi ínsula
y lame las cortezas del árbol de su plenitud
y se esmera con el copo desde donde irrumpe y cae
el abundante semillero de sus fragores.
Baja hacia las redondeces que enervan el tronco
para trepar de nuevo hasta el punto más alto:
ágil y volátil y dúctil y diligente,
se hace acompañar por los ritmos del corazón
y el asentimiento de compás de la cabeza.
Ahora mis dedos van recorriendo los accidentes de tu topografía
y juegan con los promontorios y palpan las riberas
y se detienen dichosos en el timbre oscuro
donde la historia se hace trizas y el mundo inexistente.
Ya tus piernas y las mías se han atado en su danza de aspas
y se mueven emulando la misma alegría de los dedos
cuando penetran el guante.
Tus oídos y los míos están anegados por el jugo
de nuestras confesiones de abismo,
219
ya no oyen.
Ahora mi serpiente busca su fuente
y baja hacia un sitio exacto al del 3 de enero de 1959,
cuando la luz fue un destello en mis ojos desprevenidos
y mi madre me hizo saber que había llegado al mundo.
Ya no hay una mínima comarca de tus costas
que no hayan registrado mis ojos.
Ya no hay un mínimo puerto de mi geografía
en el que no haya encallado tu nave.
La noche va a hacerse unánime
y el tronco y su penacho de ramas
llenarán el vacío para el que han sido llamados.
Entonces moriremos sin temor:
nada habrá en nuestras almas después del ayuntamiento,
nada de nosotros quedará en nosotros.
Un rescoldo de la dicha de Dios,
mínimo,
se nos habrá, entonces,
sólo entonces,
entregado.
Catorce
220
No es mía la divagación de los lamas
ni se amolda a mi mano el pocillo mendicante que aguarda
la dádiva del transeúnte.
No espero ver los ojos de Buda
en la mirada inerte de las bestias sacrificadas
a la vera de los caminos.
Tampoco subo a una columna a esperar la voz
reveladora que desciende de las alturas,
ni me adentro en la selva de arena del desierto
con los ojos absortos en el espejismo del oasis,
y la paciencia como bastimento íngrimo.
Subiré a esa palma como trepan los monos
y encajaré como la pieza de un rompecabezas
entre los relieves de los cocos.
Mi único horizonte será el mar
por donde alguna vez llegaron mis antepasados
en sus fulgurantes carabelas,
jamás miraré los montes sobre los que se posan las nubes.
Mientras haya luz,
mi cuello estará alerta y mi mirada fija
en las oscilaciones del agua más remota:
intentaré distinguir la cresta de la ola más lejana.
Obedeceré los dictados del viento
y celebraré con los pájaros la bendición de la lluvia.
Los días irán pasando y mi cuerpo acusará sus faltas:
se irá secando.
Los atardeceres que tanto me alegraron
con sus promesas nocturnas
serán catados a lo lejos con los párpados rendidos
por el abatimiento de la fatiga y el sueño.
Pasaré imperceptib1emente de ser un vigía presto
a un saco de huesos doblado sobre las curvas
de los cocos más verdes.
Sentiré el revoloteo de los pájaros sobre mi cabeza,
auscultando con sus picos el nido de mi cabello.
Mi cuerpo ya sin importancia ni peso
claudicará ante el fuego de mi conciencia:
ella será lo único que quede,
aunque ya confundida con los vapores del mito.
No espero oír una voz
y si la escucho me niego a registrarla:
seré la mínima concha que encuentra un niño
221
en sus primeras rondas por la infinitud de la playa.
Ahora que he entregado mis armas al sueño
sé que no estuve ni vivo ni muerto,
ni fui un soplo ni no lo fui,
olvidé si tuve un nombre,
tampoco sé si me colonizó un género.
Ahora que tengo el recuerdo de la primera explosión
que ocurrió ayer, hoy, mañana, hace millones de lunas,
también tengo entre mis manos las huellas de su negación:
lo que se dilató volvió a contraerse,
lo que se contrajo se sumió en la nada, oscura,
y luego volvió a explotar, resplandeciente.
Pero aún ignoro si fui testigo del surgimiento de un día
o del nacimiento del universo.
Quince
222
Esa es la luna
que vieron mis padres
y la que miran
mis hijos.
Se ocultaba
cuando nací,
quizás brille
cuando me vaya.
Dieciseis
223
Esa colina palaciega que vislumbras ahora,
antes fue la cima que escogió el santo
para entregarse a su Dios.
Se llamaba Salim y era sufí y bailaba
girando con los brazos abiertos
hasta que exhausto y derrotado por su dicha
se rendía sobre la tierra.
A aquella colina llegó Akbar, el emperador,
imantado por la santidad de su habitante.
En recuerdo de su gloria hizo levantar una ciudad,
donde en su honor se depusieron las armas
y se abrazó el cáliz del entendimiento.
Budistas, jainistas, islamistas, hinduistas y hebreos
condescendieron con la sensatez del amor,
e hicieron de la comprensión un reino.
Entonces Akbar quiso que aquellas construcciones
se llamaran Fatehpur Sikri
y desde allí gobernó catorce años sin tregua,
luego tomó la senda de Agra y no regresó jamás.
Si ahora que has franqueado sus puertas aguzas el oído
escucharás en su abandono el eco de los parlamentarios.
Esa bandada de pericos es la misma que en 1580
volaba en círculos por entre las columnas.
Esos pavos reales que se pasean son los mismos
que adornaban con sus colas el lujo de las cortes.
Los leopardos que rumian enjaulados:
¿no son acaso los que vimos hace cinco siglos
merodear por entre los barrotes de sus celdas?
¿Y esos halcones que se avienen al brazo del entrenador:
cómo dudar de que son los que los hijos de Akbar
adiestraban antes de la caída del sol?
Allí está el elefante de la justicia,
el encargado de ejecutar las sentencias
dejando caer sus patas delanteras
sobre el pecho inerme de los infractores.
Las buganvilias han prosperado en estos siglos de ausencia,
pero ya no se escucha el diálogo de las ochocientas concubinas.
Los cuadrúpedos han sido fieles,
las aves también,
las luces y las sombras no han cesado en su juego,
pero la gente se fue,
se cansó de intentar el concilio,
224
retomó sus argumentos y siguió su camino.
Cada quien volvió a adorar a sus dioses
y a elevar sus plegarias.
Esto que ahora visitamos,
con sus espacios abiertos y cerrados,
sus jardines y palacios,
son como será el interior de tu cuerpo
el día que el alma fatigada
lo abandone para siempre.
Diecisiete
225
Los días en que la luz refulgía ardiente
y el bochorno doblegaba el ánimo
y los insectos herían el aire
y un vaho ascendía desde las piedras del camino,
ya son banquete para el olvido.
Los árboles avanzan hacia la condición insolente
de los huesos sin piel
y la grama del parque se confunde
con la panoplia de las hojas caídas.
Ahora el cielo de Oxford es más azul
y el sol que antes laceraba
ha pactado con las nubes del poniente un armisticio
y sobre las agujas de los colegios,
que se elevan hacia las alturas,
el dorado juega como un diamante iluminado.
Las hiedras se marchitan de súbito
mientras la noche va despojando al día
de su horas crepusculares.
La tristeza de los cerezos señala
el cubrimiento de nuestros cuerpos:
la naturaleza y nosotros llevamos rumbos contrarios.
Vamos hacia otro blanco,
el de los dominios del hielo,
la cuerda tensa del silencio,
el espejo de la nieve,
esa otra desnudez que nos encuentra
con el cuello vestido y las manos ocultas.
Si el verano es dilatación del afuera
su contrario lo es del adentro:
allá el corazón se confunde con el ruido del mundo,
aquí, en la nada acústica de mi pecho,
halla su ingrimitud y su centro.
Dieciocho
226
¿Acaso no son tres las dimensiones
que salvan al plano de su opacidad
y causan el prodigio del volumen?
¿No son tres las personas del verbo
y la trinidad un misterio divino?
¿No fueron tres las veces que negaron a Cristo
y no fue el tercero el día de su resurrección?
¿No son tres los poderes de la república
y un tercero el fruto de dos?
¿No empuña Poseidón un tridente
y tres los sujetos de un engaño?
¿No son tres los lados del tallo de un papiro
y triangulares los cuatro planos de la pirámide
y el trébol de cuatro hojas la excepción más infrecuente?
Último
227
He franqueado las puertas de la casa por el punto más extremo:
allí llegan tenues los latidos del corazón.
Soy huésped del dedo rector de tu pie derecho,
el de la gota, el de los excesos,
el que te recuerda las copas de la víspera,
pero he seguido hacia el mecanismo de tus pies.
No me han parecido suficientes sus anchuras
para ser las piezas que te anclan
y el arco de la huella se pronuncia más allá
de lo que prescriben mis consejeros.
Pero con todo y sus insuficiencias,
te han llevado por el mundo
y han cumplido sus encargos
y han catado la minucia de los granos de arena
y la superficie plana y helada del mármol
y han sido fieles al paso de ganso
y han sabido devolverte la verticalidad
cuando has regresado de tus itinerarios aéreos.
Subo ahora por las columnas de tus piernas
y me detengo a pulsar el traqueteo de las rodillas:
si no señalé tu talón de Aquiles cuando estuve
en su comarca es porque está aquí, se ha mudado.
Subir y bajar laderas agrestes sembradas de piedras,
asomarse por la baranda inexistente de los abismos,
enredarse en pleitos imaginarios con las espinas del cactus
son afanes que han terminado por mellarte y reducirte
la espesura de los huesos en sus casamientos.
Te cobrarán las faltas de tus ascensos y descensos
y un día no querrán llevarte más por los caminos
sin que las ayude un bastón, prepárate.
Y si el punto más débil de tu geografía,
por el que los enemigos podrían penetrar y vencerte
es esta playa desolada de tus rodillas,
el otro es más extenso y desguarnecido
ante la arremetida de los adversarios de ultramar:
la piel, esa capa elástica resentida
por el sol directo de tus años irresponsables.
No bastará con que intentes mitigar su venganza
consintiéndole con películas de ungüentos,
ni será suficiente que le procures la compañía
de pieles mejor dotadas para las astucias del amor,
tendrás que protegerla de los rayos
y guardarla en la penumbra de los prisioneros
228
como si la intemperie fuese un ardimiento
y la sequedad de las estufas un hierro hirviente.
Gracias a ellas te detienes y te inclinas
sobre la criptografía de los manuscritos
y frente a la luz de las pantallas
y ellas no son más que curvas que se amoldan
sobre el asiento.
Custodian el conducto por donde lo que sobra se va
y callan ante el hedor de las alcantarillas.
En su envés crece como un obelisco memorioso
el tronco que esparce la savia que te reproduce
como un espejo,
cetro del placer e instrumento de la dicha en su colmo.
He querido pernoctar en el laberinto de tus intestinos
y he hecho el viaje por entre sus conductos indómitos:
negados a la línea recta,
diestros en llegar al punto más lejano
por el camino menos resuelto:
serpiente de duda que cabecea ante la luz.
He visto la molienda de tu estómago
en sus labores reductoras e incesantes:
siempre dispuesto a hacer de lo sólido papilla,
de lo agrio y lo dulce y lo amargo y lo salado
una bola de nada, efímera.
He auscultado la tarea del hígado en su afán
por hacer puro lo que es abyecto,
y he visto a las almendras oscuras de tus riñones
hacer el milagro de la metamorfosis.
Subo hacia las esponjas de tus pulmones
y recuerdo el fragor de las selvas tropicales
y las madrugadas en las que queda el vestigio
de las operaciones nocturnas de los árboles.
Desde el delgado borde de las esponjas
miro el temblor de estrépito de tu corazón.
Al centro de las dos alas pulmonares
que le prometen el vuelo,
la esfera imperfecta como un puño
se expande y se encoge:
parece que explota y parece que se extingue
y no cesa en la inquietud
de sus extremos renacientes.
Voy hacia la zona de la garganta,
229
esa oquedad donde algunos ubican el domicilio del alma,
pero antes sonrío ante la delgadez del esófago:
vara, vehículo, puente
entre la bolsa de la molienda
y la entrada más expresa de tus dominios precarios.
Ahora si vibro con la cuerdas tensas:
milagro de la voz, inflexión del carácter,
caverna donde la virilidad tiene su horma,
piano desde donde decimos lo propio,
órgano que le da cuerpo a las variaciones del canto.
Exploro el mapa de la papilas como quien posa su lupa
sobre la taxidermia de los insectos
y descubro allí la clave de la irritación de la pimienta
y la inexplicable satisfacción del chocolate
y las censoras del paso del alcohol
ebrias sobre el respaldar de una poltrona,
y las detectoras del romero
y las celebratorias de la piel de la pera.
Asciendo inhalado por un suspiro de tus fosas nasales
y ahora sé donde se avienen los aromas y los recuerdos
y donde palpitan los que advierten la embriaguez
de los cuellos memorables.
Sigo en volandas hacia el cerebro y callo:
repaso en silencio sus circunvoluciones
y no se cómo articular una ofrenda,
sólo logro convocar el recuerdo de las tormentas de otoño
cuando la luz del verano fenece
y el rigor del invierno aún no lo cubre todo
con sus manteles de nieve.
Voy de vuelta hacia el sur de tus puntos cardinales
y hago equilibrios en una pestaña
desde donde intento observar,
como un astrónomo,
las constelaciones errantes del iris
y el hueco negro de tus pupilas
por donde la tierra en su vastedad
se pierde hacia el reino de las dimensiones ocultas.
He estado al mediodía y en el atardecer
viendo si algo se revela en estos mínimos espejos,
pero estoy tan cerca de ti que no me asiste la distancia y abdico.
Entro en el teatro de tus oídos y escuchó
los sonidos de un ensayo de orquesta:
platillos, tambores, violines, cellos
230
y el trazo en el aire de un director invisible.
Ya basta, me digo,
no hallo nada de lo que busco en estos fragmentos,
voy a huir por el único punto en el que todo converge
y guardo la esperanza de ver allí
el cruce de los tendidos,
el remolino de las aguas,
la estrella sobre la que giran los cuerpos
y algo que no tiene nombre
y te recorre sin muelle,
voy como quien lanza su último dado
hacia el plexo solar.
231
UN BONZO SOBRE LA NIEVE (2001)
232
Primero
Y yace desnudo sobre la nieve sin que el hielo le maltrate.
Su corazón canta en coro con los rigores del clima:
es una palma que se mueve frente al viento
sin que las ráfagas puedan sacarla de raíz.
Yace sobre la nieve en Escandinavia un martes de carnaval
y distrae los trabajos del hielo por quemarle la piel
extrayendo de la memoria más lejana sus balbuceos príncipes:
el mundo entonces era un pentagrama de pocas palabras
y la primera fue “agua”, “agua”,
que fue erigiéndose en un salmo, en su imperio balbuciente,
en un tótem de la lengua que lo salvaba de la aspereza
y le acariciaba la garganta como una película de ungüento.
Desde entonces tuvo entre sus labios un vocablo salvador
que le reveló el universo:
pronunciar un verbo y que pasara algo
era una carta que había recibido respuesta.
A aquel vocablo que lo rescató de los rigores del desierto
se le sumó otro que trazó un puente con unos ojos atentos:
“mamá”, y unas manos que habían sido hechas para la certidumbre,
pasaban siempre por su brevísima humanidad y le restituían el vínculo.
Más allá del aro que ahora recuerda manotear desde la cuna,
aquel mínimo cuartel donde se detenía el tiempo,
sabía que unos rostros iban en su auxilio
y que unas palabras abrían y cerraban puertas
y que era atendido por unos seres que asomaban sus caras gigantescas
por entre los lienzos etéreos que cubrían su ámbito.
Después, supo que sus piernas podían ampliar el periplo
de sus investigaciones,
y que su casa era un laberinto en el que todos los conductos,
a la hora del anochecer,
conducían a un íngrimo centro donde no bramaba un minotauro:
su cama.
Entre sus sábanas, un instrumento le entregaba la inmensidad:
soñaba, soñaba, enmendaba al mundo,
tomaba vidas prestadas, se iba, regresaba,
tenía entre sus manos una posibilidad que era todas,
un método que era todos los métodos,
un sistema que era todos los sistemas.
Tan sólo el hastío de abusar de sus poderes
le hacía abandonar sus operaciones demiúrgicas,
y entonces volvía a su espacio preciso, a sus trapos
233
a sus muñecos silentes, al olor de su almohada.
Estreno, novedad, lozanía, ímpetu
son palabras que retumban en su mente cuando recuerda
aquel tiempo novísimo en el que la experiencia iba acopiando
sus primeros registros.
Y el hielo cuece bajo su piel,
y sus recuerdos no han ocupado más que una mínima partícula de tiempo
de sus diálogos con el frío y la soledad.
Las nubes pasan raudas por sobre su cabeza
tamizando el azul de un cielo invernal:
pulcro, luminoso, aromático.
A lo lejos oye el canto de un pájaro que anuncia la primavera,
adelantado que intuye antes que su pares que el sol emergerá
a derretir el hielo y a dejar la hierba en su verdor elocuente.
El canto se escucha cada vez más cerca,
pero para él no hay ventana distinta a los ojos fijos
en el paso de las nubes por encima de su cabeza.
Voltear es perderse.
Ahora se le presenta la bandada de tordos sobre las lajas del patio,
y el ébano frondoso que se llegó a temer que tapizara el cielo
y todo se hiciese sombra y fulgor bajo sus ramas,
y la hiedra subiendo por las paredes hacia el techo,
y el terremoto que estremeció la casa
mientras cuatro rezaban un padre nuestro en el jardín rogando
que no se viniera abajo,
y de pronto surge en su imaginario
el Jardín de las Delicias en su detalle y magnitud,
y ya todo es el Bosco, el Bosco, el Bosco:
jardín e infierno, luz y sombra, vacío y plenitud.
El helicóptero pasa por encima de nuestras cabezas
mientras los grillos se estremecen en la grama,
y los pájaros combaten por sus migas de pan.
Ahora mi madre escarba en la tierra haciéndole sitio
a unas petunias que ha mudado de lugar.
Mi abuela la ve trabajar con el sol en la espalda,
y se balancea en su mecedora con la mente en otra parte,
en otro espacio, en otro tiempo.
Mi abuela está con sus vacas,
en el Tuy,
girando instrucciones:
pasa revista a sus hombres y sus bestias
y se prepara para el verano.
234
Entonces vivía su marido y el horizonte se salpicaba de nubarrones
con tan poca frecuencia como el anuncio de la tristeza.
Mi abuela está allí como casi nunca se deja ver:
con sus cabellos blancos largos, larguísimos,
que le caen sobre un paño índigo,
secándose al viento.
Por su mente pasa un río de aguas claras y otro de turbias
que no se juntan en ninguna parte:
sólo la realidad es caótica, se dice mi abuela como fustigándose
hacia sus adentros.
Sobre el filo del mediodía veo a mi padre en el pretil, saludando:
su paso puntual por este imperio está signado por unas recurrencias.
Entra, sale, saluda, se despide, lee y duerme,
mientras las regentas del palacio dialogan y siguen su curso.
Ya mi reino onírico tiene su correlato:
mí jardín, mis taxonomías, el musgo y el árbol,
aquella desproporción a la que me trepaba siempre.
Sabía que la vida no se agotaba en la cárcel de mi cuerpo,
y que la experiencia ajena era tan mía como de cualquier otro.
Me sentaba a comulgar con mis amigos sobre la tierra:
nos repartíamos los recursos y hacíamos la guerra y luego la paz.
Ignoro cuántas nubes han pasado veloces sobre el fondo azul,
tampoco sé cuánto tiempo ha pasado mientras yazgo aquí,
sobre el hielo,
espaciando los latidos de mi corazón.
235
Segundo
Y Balín estaba viejo y daba tumbos entre los muebles:
sus patas extrañaban la tierra y patinaban sobre la superficie lisa
de la madera.
No se avenía con aquel recinto pequeño sin árboles,
ni pájaros que espantar.
El sobrepeso y la molicie anunciaban que sus días
estaban por llegar a su fin.
Cierta mansedumbre se había venido apoderando de su espíritu eléctrico
y de su proverbial velocidad.
De lo que había sido, quedaba poco en sus gestos:
el reflejo ante un estímulo móvil,
la alegría ante un hueso por limpiar,
el impulso de embestir un trapo rojo
como si fuera un toro.
Entre el reumatismo y la ceguera,
Balín recordaba el día en que llegó a El Paraíso.
El jardín era tan grande como pequeño su tamaño,
y sus patas ansiosas respondieron al timbre de su deseo
y recorrió aquella inmensidad en siete vueltas
y el mundo anunció sus delicias
y supo que había un reino que estaba para él.
236
Tercero
Seguí a un conejo por una senda
y llegué a un claro en los jardines:
oí la voz de Platón a lo lejos,
intentando hacer de la realidad una horma
para la medida de sus ideas.
Ignoraba que urdía para algunos
la semilla de otras utopías,
ignoraba que muchos de sus hijos
queriendo hacer de sus sueños materia
dejarían a su paso una ristra de cadáveres.
Y luego escuché la voz de Aristóteles
inventariando la grandeza y la minucia del mundo,
humildemente.
Buscaba extraer de la realidad
algunas pocas respuestas.
Una polvareda nubló el horizonte
y determiné la figura de Alonso Quijano
y la de Sancho Panza.
La vida se allanó sobre la superficie de una carcajada
y el corazón se redujo sobre sí mismo,
entre la mansedumbre y la voluntad de ver estrellas
donde el polvo tomaba para sí todo el espacio.
Otra nube de polvo se impuso:
una carreta halada por caballos avanza
por la orilla de una autopista en Iowa.
Son los amish que se resisten
a catar la temperatura del tiempo que transcurre.
Hacen de la teoría de la simultaneidad de los tiempos históricos
una verdad tan vasta como el océano
o tan pequeña como los círculos de una mosca
sobre el centro del deseo.
Siento el polvo entre mis dientes
y mis labios secos son humedecidos
por la compasión de mi lengua.
Abro los ojos.
237
Cuarto
Ignoro cuántas horas pasaron desde que cerré los ojos,
pero los abrí porque el ruido de una avalancha lejana
crecía como una sinfonía que se precipita hacia el final.
Recordé aquella tarde en Casablanca
cuando desde la baranda de la mezquita imponente
vimos el mar avanzando hacia la corniza.
Era un mar de olas largas que en cada embate
parecía ir más allá del malecón,
pero las piedras lo detenían y se escuchaba el estruendo.
Aldaba que clama y sorda clausura.
En una lengua tan extraña como seductora
escuchábamos por altoparlantes desde la cúspide del minarete
unos rezos recurrentes,
y veía el mar e imaginaba los fieles postrados
implorando el perdón de Alá.
Aquel crepúsculo me sorprendía en tierras lejanas
de feligreses que adoraban a otro Dios.
Yo venía de las vastedades politeístas
donde la libertad de amar a los dioses era tan doméstica
como arbitraria.
Marruecos no es Jaipur,
tampoco las costas de Rhode Island
donde el amor al dinero es una devoción hirviente.
El ruido de la avalancha había cesado,
más yo no iba a incorporarme para ver
la cresta rota de una montaña.
Las nubes corrían sin descanso
como el saltamontes de mi memoria,
azarosa.
238
Quinto
Cierro los ojos y mis oídos se rebelan:
escucho un crescendo de sonidos retenidos en sus memorias.
No oyen, cantan; no reciben, envían.
Cada uno aporta lo suyo, sin que un director les paute:
oigo el coro de fondo de los grillos equinocciales,
los latigazos demenciales de las paraulatas,
el canto solar del Cristofué en El Paraíso,
los cascos al galope de unos caballos sin freno,
el radio lejano con el tintineo de las noticias,
el placer jadeante de la habitación de al lado.
Son muchos los sonidos que van juntándose
hasta que reina el tono príncipe de la chicharra
que se extiende hacia el horizonte alejándose,
como si fuera uno, íngrimo,
como si no hubiese oído la pluralidad de la selva.
Aquellos segundos cuando los instrumentos de la orquesta se ejercitan,
solistas, antes de la batuta ordenadora, así fue.
He vuelto al silencio,
abro los ojos para recordar que es blanco, blanco,
frío y hermoso.
239
Sexto
Hemos llegado a la abadía de Tintern, en Gales
y el río que pasa a su lado va iracundo, desapacible.
Avanzamos hacia las ruinas y el furor del agua
contra las castigadas paredes de su cauce
va mitigando su estruendo.
Y ya en la nave central, sin techo,
con un gramado consentido por la garúa incesante,
el silencio impone su espesura, su dignidad.
Una bandada de pájaros nuevos
hace trazos de pintor sobre la tela azul del cielo.
Todavía ignoro por qué aquella tarde de otoño
anida en mi memoria reclamando explicación,
pero han pasado doce años y desconozco el mensaje
encriptado en aquellas horas de contemplación.
Unas veces creo que me fue aclarado el enigma de la soledad:
incomprensible sin su alianza con el silencio.
Otras, que la dialéctica es la cifra que abre las puertas del reino:
furia y serenidad; vuelo y columna.
Alguna vez pensé que la nuez era la ruina:
suerte de tecla del piano del alma,
tan hecha de recuerdos, erosiones,
rayos de fuego y desolación.
Todo está condenado a perderse,
musito con el recuerdo en los labios.
240
Séptimo
El caimán abre sus fauces con los ojos cerrados
y deja la boca abierta durante horas, a mi lado.
Su estampa infunde terror,
pero está dormido como un hipocampo exhausto.
Un ciervo pasa veloz por entre los pinos nevados,
es una bailarina sobre brasas encendidas,
lista para volar.
El zorro husmea por entre las piedras
el rastro de almizcle de su próxima víctima.
Un fogonazo de la memoria vasta
me trae a la estirpe de la cabra afanosa:
siempre hallando algo donde no hay nada.
Un cuervo, mi inveterado cuervo,
me observa sin gesto desde la rama de un sauce.
Allá va el unicornio, entre brumas y luces
como un espejismo que se precipita hacia la materialización.
El viejo camello que mastica y parece burlarse
estornuda y sonríe, con el fulgor de un pandillero.
Ahora se ven los ojos del búho en la noche inédita:
mínimas linternas en la penumbra invernal.
Estos son los míos.
241
Penúltimo
Y cerró los ojos y no quiso ver más
el paso vertiginoso de las nubes.
Su cuerpo fue quedándose atrás,
ante la caballería impetuosa del sueño.
Sus ventanas al mundo se cerraron
y se entregó a un espacio sin marco
al que llegaban imágenes en tropel.
Un enano batallaba con un alacrán
enfundado en una escafandra.
Un obeso altísimo sonreía con un ojo íngrimo
que le iluminaba la frente,
como el ojo crístico que se abría a diario
al meditante fervor de Paramahansa Yogananda.
Con los brazos abiertos alzó vuelo sobre Londres,
y se fue divagando hacia la arcadia de Oxford.
Miró absorto el espectáculo de un día luminoso
que convivía con la noche más oscura,
y de allí pasó a las galerías acuáticas
de una ciudad tallada en las entrañas de las montañas andinas.
El rugido de una multitud en el estadium
le trajo a las manos un pájaro azul
por cuyos ojos vio la mirada de su madre.
Y cerró los ojos como si profundizara aún más
lo que ya había cerrado y abierto la primera vez.
Pasó a un segundo ámbito de su descenso
hacia las zonas ignotas,
y sin dejar de ser él se vio a sí mismo
sentado en el poyo de una ventana, ya viejo,
con una cabellera de nieve que le caía
sobre su cuerpo desnudo.
Y aquel viejo nevado miró su pasado y advirtió
a un hombre avanzando hacia los sesenta
que llevaba de la mano a un niño.
En el centro de la rotonda bullía un hogar
y las llamas dibujaban una selva de sombras
sobre las paredes blancas:
los tres rodearon la hoguera y cerraron los ojos,
seducidos por las pequeñas lenguas de fuego.
Tomados de la mano la trinidad penetró hacia otro tiempo,
pero en un mundo remoto un cuervo se detuvo sobre sus pies:
242
¿dónde estaba? ¿Quién era?
¿En cuál recodo del tiempo amanecía?
243
Último
Sacudí mis pies bruscamente
y el cuervo voló hacia el árbol más cercano.
La nieve quemaba mi espalda
y laceraba mis piernas con su fuego helado.
Comprendí que la experiencia de la nieve había llegado a su fin.
Me levanté, desnudo.
Estuve allí acostado no sé cuánto tiempo.
Busqué vestido y una vara larga:
sabía que detrás de las últimas montañas
la nieve se deshacía por completo,
y la arena imperaba más allá del horizonte,
pero si tomaba el sentido contrario
la selva tupida, la lluvia, y la fiereza de los grandes ríos,
serían mi destino.
¿Cuál rumbo tomar?
¿Las tormentas de arena y la ingrimitud?
¿La lluvia y las multitudes de la selva?
¿Y si permanecía allí sobre la nieve e iniciaba otro viaje?
¿Y si no iba a ninguna parte?
Me vestí y emprendí un camino;
le rendía homenaje a los míos:
el mundo es el mundo porque unos permanecieron
y otros buscaron otros sitios donde, también,
permanecer.
Nuestras vidas cambiaron cuando supimos
que además de ir detrás de las bestias
para cazarlas y cocerlas y comerlas,
también podíamos estar y sembrar,
con paciencia y voluntad.
Y muy pronto juntamos piedras,
unas sobre otras,
y levantamos muros y los techamos
e hicimos rutas por entre las casas,
y nuestras familias fueron enlazándose unas con otras
y parieron y parieron
y las ciudades fueron entretejiéndose
y la obra colectiva fue izando sus banderas.
En algún lugar habría espacio para mí:
primero sería un forastero
y luego uno de los suyos,
el tiempo haría su tarea.
244
Índice
Balizaje (1983)
Mi casa
Y tú
Libre
El callejón
Hoy
Díptico zodiacal
El cartógrafo
2020
Las llaves
Poema
Mujer sentada
Historia
?
La maleta
Viaje
De nuevo ella
Ya sé
Carta para Fernanda
Conversar
Terrenos (1985)
Casa del Paraíso
Casa de mar
Casa de montaña
Casa de ciudad
Almacén (1988)
Cabo verde
Tercer milenio
Austria
Rosa da Fonseca
Hotel Ocean View
Los aeropuertos
España y Japón
Aventura en Caracas
Autorretrato de un líder
245
Retrato hablado
Orbis Novus
Cavafy para las masas
Poema hiperrealista
Hispanoaamerican clips
Proverbio gitano
Urbanización
Junta de condominio
70 años
Eugenia
El viaje
Meditación en el ascensor
Servicio completo
Carta de Mercedes (1972)
Adiós
Las mujeres rigurosas
La petite mort
G
Juntos
Homenaje a Edgar Lee Masters
Epitafio a mi abuela
Fortuna
Odio
Lento
La mariposa en el baño
Dios no es nada claro
Tranquilo
Cristóbal
Deseo
Almacén
Litoral (1991)
La aeromoza
Luis
Pedro
Iraida
Motorizados
Las nuevas reinas
Las cuatro máximas de Hernández
Antonio González
Henri Lecourt
Lucio, nel mezzo del cammin
Los eucaliptos
El jabillo
El matapalo
246
La hiedra
Merveilles de la nature
Diez mil pies
Irlanda
El cielo de Europa
Malecón
La paz
Leningrado
Un poeta (desconcertado) se pregunta
Las cosas
La corbata
Oblicuas
Tedio
Gimnasia
Sabiduría
La poesie
La cabra
Los topos
La danta
El pavo real
El cristofué
La cascabel
La mapanare
La salamandra
Los caracoles
Hipocampos
Las ballenas
Las sardinas
Pesadumbre en Bridgetown (1992)
Batallas (1995)
Fundos
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
247
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
Batallas
A.L.
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
Poemas ingleses (1997)
Las bombas
La cueva
El sitio
El faro
La mínima luz de los amantes
La ardilla de mi jardín
Reverón. 25 poemas (1997)
La familia Rodríguez Zocca
La cueva
Juanita
Fiesta en Caraballeda
Luz tras mi enramada
Rancho
El árbol
Mujer desnuda leyendo
Desnudo en el paisaje
La hamaca
La pajarera
Dunas en Catia La Mar
Teléfono
248
Paisaje blanco
Retrato de Domingo Lucca
Amanecer en pozo Ramiro
Serafina
La maja criolla
Dos indias
Cinco figuras
El puerto de La Guaira
El playón
Cocotero
Autorretrato con muñecas
Máscara (autorretrato)
Post-Scriptum
Plexo solar (2002)
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Once
Doce
Trece
Catorce
Quince
Dieciséis
Diecisiete
Dieciocho
Último
Un bonzo sobre la nieve (2011)
Primero
Segundo
Tercero
Cuarto
Quinto
Sexto
249
Séptimo
Penúltimo
Último
250