0% encontró este documento útil (0 votos)
40 vistas18 páginas

Epi Logo

El epílogo del libro de José Félix Tezanos aborda la relación entre exclusión social, democracia y ciudadanía económica, destacando la necesidad de avanzar hacia una democracia más inclusiva que garantice la igualdad y la dignidad de todos los ciudadanos. Se argumenta que la historia de la democracia ha estado marcada por etapas que han buscado superar la desigualdad y que la actual revolución tecnológica presenta tanto desafíos como oportunidades para mejorar las condiciones de vida. Tezanos concluye que la libertad y la igualdad deben ser el objetivo central de las democracias contemporáneas para evitar la exclusión social y la dualización ciudadana.

Cargado por

Vanesa Selas
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
40 vistas18 páginas

Epi Logo

El epílogo del libro de José Félix Tezanos aborda la relación entre exclusión social, democracia y ciudadanía económica, destacando la necesidad de avanzar hacia una democracia más inclusiva que garantice la igualdad y la dignidad de todos los ciudadanos. Se argumenta que la historia de la democracia ha estado marcada por etapas que han buscado superar la desigualdad y que la actual revolución tecnológica presenta tanto desafíos como oportunidades para mejorar las condiciones de vida. Tezanos concluye que la libertad y la igualdad deben ser el objetivo central de las democracias contemporáneas para evitar la exclusión social y la dualización ciudadana.

Cargado por

Vanesa Selas
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Epílogo

Exclusión social, democracia


y ciudadanía económica.
La libertad de los iguales*
José Félix Tezanos

Como hemos podido verificar a lo largo de las páginas de este libro,


una comprensión cabal del concepto de exclusión social nos remite al
concepto paralelo de ciudadanía. Y, por ello, también a la propia cues-
tión central de la democracia en su sentido más básico. Esta es la ra-
zón por la que en mi trilogía sobre la desigualdad, el trabajo y la de-
mocracia he intentado conectar estas tres cuestiones básicas a la dinámica
· de las sociedades avanzadas en los inicios del siglo XXI1• De ahí, pues,
que no resulte sorprendente que concluyamos este libro con una breve
consideración sobre la democracia y la necesidad de avanzar hacia una
nueva fase de su desarrollo que permita superar el riesgo de la exclusión
social: la etapa de la ciudadanía económica.
La democracia se ha desarrollado en una serie de etapas que han co-
rrido paralelas a la propia evolución de nuestras sociedades. Desde
que la Revolución Francesa, y otros procesos políticos concurrentes, pu-
sieron en pie los basamentos de una nueva época se ha venido avanzando
778 Tendencias en desigualdad y exclusión social

en el reconocimiento práctico de los ideales de la emancipación hu- 1


mana, como superación de las condiciones de desigualdad y subyuga-
ción social y política existentes durante el ciclo de las sociedades agra-
rias tradicionales.
El complejo proceso de progreso civilizador que ha seguido la hu-
manidad durante los dos últimos siglos, en esta línea democratizado-
ra, ha implicado tanto aspectos económicos, como sociales y políti-
cos, en una interrelación mutua.

l. DEMOCRACIA Y CIUDADANIA

Desde la perspectiva política de los países occidentales, la conquis-


ta de la democracia no puede ser vista como una dinámica circunscrita
er;i exclusiva a la esfera de las instituciones, el equilibrio de poderes y las
prácticas políticas de delegación de la representación, sino que la con-
quista de la democracia ha sido un episodio mucho más complejo, que
ha implicado procesos vitales y man~ras de estar y de formar parte de la
sociedad que se han ido alejando progresivamente de las pautas asimé-
tricas y jerarquizantes propias de las monarquías agrarias absolutistas.
De hecho, para el común de los mortales, las conquistas de la de-
mocracia han sido básicamente conquistas igualitarias. En el plano vi-
tal, más directo y sentido por todos, la democracia ha sido experimen-
tada por la mayor parte de la gente, no solamente como el derecho de
participar en la elección de los gobernantes, sino, sobre todo, como la
oportunidad de no vivir subyugados ni dominados. En la medida que en
las sociedades actuales la democracia es, en el fondo y en las formas,
una cuestión de poder, su más directa referencia es la igualdad. Como
he explicado con más detalle en otro lugar, en su sentido más profun-
do la democracia connota igualdad2•
Si nos atenemos a los procesos sociales concretos y a la experiencia
de la mayor parte de los ciudadanos, el significado de la democracia ha
sido básicamente no tener que ponerse de rodillas ante nadie, no vivir
atemorizado o humillado, poder actuar y comportarse con dignidad, ser
una persona en toda la extensión de las posibilidades, tener "segurida-
des" en la vida, no estar forzado a decir a todo "amén". En suma, ser un
señor y no un siervo. La democracia inaugura un nuevo modelo de so-
ciedad en la que todos somos señores. Esa, pues, es la dirección en la
que hay que continuar profundizando, contribuyendo a establecer las
condiciones sociales adecuadas para que todos sean ciudadanos de pri-
mera y puedan ejercer su libertad de manera más plena y segura.

/
Epllogo 779

Para lograr este objetivo hay que tener presente que la libertad tie-
ne unas dimensiones sociológicas que se conectan con la existencia de
pautas democráticas y simétricas en diferentes ámbitos de la vida so-
cial: en las organizaciones civiles, en el trabajo, en las instituciones y
hasta en la misma calle. Por lo tanto, este talante igualador está presente
--o debe estarlo- en las más diversas actividades sociales y relacio-
nes interpersonales, conformando una microdemocracia de la vida co-
tidiana, que se encuentra en las antípodas de los modelos jerarquizan·-
tes, reverenciosos y asimétricos propios de las sociedades del pasado.
Modelos cuya influencia aún persiste, como residuo de otras épocas, en
ciertos espacios de las sociedades actuales.
Para muchas personas esta compleja malla de pautas y prácticas so-
ciales de carácter democrático e igualitario tiene un carácter inmediato
y vivido, constituyendo uno de los elementos que más se valoran en la
experiencia de vida societaria en un régimen de libertad y, en definitiva,
de copertenencia simétrica recíproca.
En este sentido general cobran pleno significado las famosas refle-
xiones de Marshall sobre la expansión de la ciudadanía, como un pro-
ceso de conquista de diferentes estadios de progreso democrático que,
desde la perspectiva de finales de los años cuarenta del siglo pasado, se
contemplaba en tres grandes etapas: la ciudadanía civil, la ciudadanía
política y la ciudadanía social.
En sus célebres conferencias de Cambridge de 1949, después del pe-
ríodo especialmente conflictivo y convulso que siguió a la Gran De-
presión y que condujo a las inestabilidades sociales, los fascismos y la
Segunda Guerra Mundial, las consideraciones de Marshall explicitaban
la necesidad de completar las dos primeras etapas de conquista de la
ciudadanía (la civil y la política), con una tercera etapa de ciudadanía
social, que se entendía --como ya hemos reseñado- como una fonna
de enriquecer "la sustancia concreta de la vida civilizada", mediante una
"reducción general de los riesgos y la inseguridad", median~ una "igua- .
lación a todos los niveles -decía Marsh~l- entre los más y los me-
nos afortunados, los sanos y los enfennos, los empleados y los parados,
los jubilados y los activos". Es decir, se trataba de avanzar hacia el re-
conocimiento práctico del derecho a unos mínimos de bienestar eco-
nómico y seguridad para todos, el "derecho a participar plenamente del
patrimonio social y a vivir la vida de un ser civilizado de acuerdo a los
estándares predominantes en la sociedad"3•
Una faceta importante que está implicita en teorizaciones como las
de Marshall es la constatación de que todas las grandes etapas de avan-
780 Tendencias en desigualdad y exclusión social

ce de la ciudadanía se han. correspondido con diferentes fases de evo- (


lución de las sociedades industriales y con distintos grados de madu-
ración política y de explicitación de nuevas necesidades sociales y exi-
gencias políticas.
La primera etapa se correspondió con la transición desde las so-
ciedades agrarias tradicionales a las sociedades industriales capitalis- ·
tas, cuando las necesidades jurídicas y económicas del nuevo orden y
su mayor complejidad y movilidad evidenciaron la necesidad de un
marco más amplio de derechos de naturaleza eminentemente jurídi-
ca: es decir, la capacidad funcional de actuar y "contratar" sin trabas
feudales. En esta etapa, las necesidades de legitimación y articula-
ción del nuevo régimen llevaron a la proclamación de los "derechos
fundamentales" de la persona y al establecimiento de mecanismos de
voto censitario, en una democracia incipiente que se articulaba en
tomo a partidos de "notables".
En una segunda etapa, la mayor complejidad de las sociedades in-
dustriales suscitó nuevas exigencias jurídicas y poñticas, que vinieron
urgidas por las demandas de pujantes movimientos sociales y de ideas
que se habían desarrollado al calor de las nuevas condiciones de liber-
tad: sindicatos, partidos de masas, corrientes culturales e ideologías de-
mocráticas, etc. En este contexto se desarrolló la noción de ciudadanía
política, se conquistó el sufragio universal, surgieron los grandes parti-
dos de masas y se conformaron los.Estados de Derecho modernos.
En la tercera etapa, la mayor sensibilización existente ante los pro-
blemas sociales y el protagonismo ascendente de los sindicatos y los gran-
des partidos de raíz obrera explicitaron la necesidad de completar-y
equilibrar- la democracia liberal establecida, en un sentido más social,
que permitiera una distribución razonablemente equitativa de los recur-
sos y de las oportunidades vitales, en contextos políticos que se intenta-
ba que fueran menos conflictivos que aquellos que se conocieron en el
período que precedió a la Segunda Guerra Mundial. Esta fue la etapa de
evolución hacia lo que Marshall calificó como la "ciudadanía social" y
que, a nivel práctico, tomó cuerpo en el modelo de Estado de Bienestar,
en una dirección de avance hacia una democracia social más completa
e igualitaria --en el sentido que antes indiqué-. Esta etapa implicó un
significativo contraste superador respecto al anterior modelo de demo-
cracia liberal, al que quieren retomar --con mayor o menor éxito--
los políticos neoliberales de finales del siglo xx y principios del XXI.
De acuerdo con esta misma lógica evolutiva, la actual revolución tec-
nológica y la correspondiente emergencia de un nuevo tipo de paradig-
Epüogo 781

ma social -las sociedades tecnológicas avanzadas- hacen necesarios


nuevos desarrollos de la democracia que puedan dar respuesta a los re-
tos y exigencias de la etapa histórica emergente, tanto para hacer frente
a los problemas de la exclusión social, la precarización, la crisis del
trabajo, la dualización y las fracturas sociales como para propiciar los
avances que las nuevas condiciones técnicas y culturales penniten.

2. LIBERTAD E IGUALDAD

El grado óptimo de libertad alcanzable es aquel que se puede lograr


entre ciudadanos que sean lo más iguales entre sí que resulte factible en
un contexto compatible con el propio mantenimiento de un régimen
de libertades; es decir, un régimen en el que las intervenciones públicas
compensatorias no lleguen a ser incompatibles con el propio sentido
profundo y el ejercicio práctico de la libertad.
Desde la perspectiva de principios del siglo XXI, debemos pregun-
tarnos: ¿cuánto es posible -y necesario- expandir aún en nuestras so-
ciedades el grado de libertad e igualdad alcanzadas? La experiencia his-
tórica demuestra que aún es mucho lo que se puede progresar en esta
dirección y que en las democracias avanzadas pueden adoptarse bas-
tantes medidas que conduzcan a niveles mayores de igualdad entre los
ciudadanos. No sólo en la dirección de todas aquellas garantías que per-
mitan lograr una igualdad real en el disfrute de derechos, sino también
en la línea de una equiparación razonable de niveles de vida, a partir de
unos estándares mínimos garantizados, así como de una más efectiva
igualdad de oportunidades educativas, de posibilidades laborales -en
un marco compatible con el reconocimiento de los méritos, los esfuer-
zos y el espíritu de iniciativa- y, en definitiva, en una optimización ge-
neral de las perspectivas vitales.
Por ello, la libertad práctica a la que debe aspirarse en una demo-
cracia madura es una libertad entre seres razonablemente iguales, tan-
to cultural como socialmente, seres que no se encuentren ante situacio-
nes agudas de desigualdad, de carencia, o de taponamiento y/o limitación
de perspectivas vitales que sean una cortapisa para el ejercicio práctico
de su libertad, para su forma de ejercer la condición ciudadana y, en úl-
tima instancia, para la puesta en práctica de sus capacidades efectivas
de influir en el curso social.
En realidad, quien padece una situación de exclusión social, quien se
ve retraído a una condición laboral o económica de segunda clase, o quien
se encuentra en condiciones sociales precarias, acaba siendo también un
782 Tendencias en desigualdad y exclusión social

ciudadano de segunda clase, cuyas oportunidades de participación y de


I
influencia cívica se ven sometidas a una secuencia paralela de secun-
darización política, de pérdida de importancia y hasta de motivaciones.
Los procesos de exclusión y de dualización social que tienen lugar en
nuestras sociedades en el plano económico y laboral tienen su correla-
to correspondiente en la exclusión política y en la dualización ciudada-
na; sobre todo a medida que las riquezas· y el poder tienden a concen-
trarse en pocas manos, en una deriva que suscita indudables riesgos de
declive democrático y de mermas en la condición ciudadana.
La evolución que se está siguien~o en muchas sociedades en los ini-
cios del siglo XXI perfila un punto de inflexión negativa en el curso del
progreso político y social al que se había llegado en las décadas poste-
riores a la Segunda Guerra Mundial. Tal regresión está dando lugar a pro-
blemas de articulación social y de funcionalidad económica y política
que, desde influyentes esferas del poder establecido, se intenta que que-
den oscurecidos y minimizados ante la opinión pública Pero estos pro-
.blemas se están traduciendo ya a diferentes planos, en una dinámica que
puede afectar a la misma médula profunda de nuestras sociedades.

3. LA ESPIRAL DESIGUALITARIA

En mi trilogía sobre "la desigualdad, el trabajo y la democracia',.i he


analizado con algún detalle, y con abundante información empírica, cuá-
les son los principales problemas que se plantean en el actual ciclo his-
tórico, en el que, a su vez, se están abriendo grandes oportunidades
derivadas de la revolución tecnológica; una revolución de carácter glo-
bal y muy profundo que nos puede permitir hacer frente en mejores con-
diciones a retos inveterados de nuestra especie: la lucha contra las en-
fermedades y el dolor, la posibilidad de acabar con el hambre, con las
necesidades y con las grandes carencias, la superación de las fatigas y
las largas jornadas laborales, la eliminación de muchas incomodida-
des e inseguridades, etc.
Sin embargo, en contraste con estas potencialidades, las vivencias y
las impresiones de muchos ciudadanos no son, precisamente, que es-
tamos avanzando hacia el mejor de los mundos posibles. Las encuestas
de opinión revelan que la mayoría de la población está muy preocupa-
da por el problema del trabajo, por las dificultades para encontrar em-
pleos decentes y de calidad, sobre todo las nuevas generaciones. En par-
ticular, en todas las encuestas que se hacen en España más del 60%
menciona el paro como el principal problema actual, seguido por un ro-
Epflogo 783

sario de cuestiones sociales (aumento de las desigualdades, inseguridad


ciudadana, carestía de la vivienda, déficit de servicios, etc.), que con-
trastan radicalmente con el exultante mensaje de optimismo que se pro-
\ clama desde las altas esferas del poder establecido y que se repite ma-
chaconamente, como un eco hueco, desde los más diferentes resortes
del poder comunicacional. El resultado, en España y en muchos otros
lugares, no puede ser más "choc~te". "España va bien", "los indica-
dores económicos son excelentes" -se dice-, pero la mayoría de la
gente piensa que "a los españoles no les va tan bien", incluso a "algu-
nos les empieza a ir mal". ¿Los asuntos van bien para las "cosas", pe-
ro mal para las "personas"? ¡Menudo lío interpretativo!
Los que sostienen que "todo va bien" se apoyan en detenninados da-
tos estadísticos -algunos de ellos cada vez más manipulados y retor-
cidos- y arguyen que el PIB crece y aumentan espectacularmente cier-
tos niveles de consumo -a veces los más ostentosos-. A todos aquellos .
afortunados a los que les va bien, es cierto -hasta ahora- que cada
vez les va mejor. Pero no es menos cierto que sectores de población muy
amplios constatan como se están taponando sus oportunidades vitales,
o las de sus hijos.
El recurso a retrasar, ocultar y manipular las estadísticas (sobre to-
do las de empleo, rentas y bienestar social) y Jos esfuerzos de control
de la difusión de los análisis que ofrecen imágenes de la realidad dife-
rentes a las que presenta la propaganda oficialista, no pueden impedir
que un número creciente de libros e informes den cuenta precisa del cur-
so regresivo de evolución que siguen nuestras sociedades en muchos as-
pectos y, sobre todo, de las tendencias que apuntan hacia algunas di-
námicas críticas. Por eso, cada vez más personas entienden que, si no
se rectifican a tiempo determinadas perspectivas de evolución negati-
vas, nuestras sociedades podrán entrar en un ciclo de tensiones y desa-
justes que acabarán estallando por algún lado.
Los indicadores de desigualdad internacional que ofrecen los In-
formes sobre Desarrollo Humano de la ONU (PNUD)5 tienen su co-
rrelato, a nivel nacional, en los datos que muestran un aumento de las
desigualdades de renta, sobre todo en los países más ricos, especial-
mente en Estados Unidos y el Reino Unido.
En España, en particular, casi el 20% de la población tiene ingresos
por debajo del nivel de pobreza, mientras los casos de exclusión social
tienden a aumentar6• El problema no estriba sólo e~ la extensión de la
pobreza y la exclusión social, sino que sectores bastante amplios de po-
blación están sufriendo ~a merma en sus niveles de vida, que se ve
784 Tendencias en desigualdad y exclusión social

agravada por una dinámica dualizadora que se encuentra afectada, a (


su vez, por políticas económicas y fiscales regresivas. El encarecimiento ;
i

de la cesta de la compra y la incidencia de unos niveles de inflación que


tienden a situarse por encima del aumento real de ingresos (salarios o I
pensiones) de una parte de la población vienen a unir sus efectos a las
regresiones tarifarías en los impuestos sobre la renta, sobre el capital y
sobre el patrimonio, que dan lugar a que la carga fiscal caiga cada vez
en mayor grado sobre los impuestos indirectos y, en última instancia,
sobre las rentas más bajas.
El clima de deterioro social se ve influido especialmente por los pro-
cesos de precarización laboral, que están poniendo en cuestión los cri-
terios de igualdad de.todos ante las leyes (laborales en este caso). De es-
ta forma, los jóvenes, las mujeres, las personas con cualificaciones más
bajas (y menos demandadas), los emigrantes y otros sectores socialmente
infraposicionados, se están viendo sometidos a peores condiciones la-
borales y a niveles de ingresos y de estatus más deteriorados, que les
sitúan en unas posiciones objetivas de ciudadanía devaluada, respecto al
nivel al que se había llegado en las sociedades avanzadas, a partir de
las conquistas propias de la ciudadanía social, de la que habló Marshall.
El problema no es solamente que, según las "discutibles" estadísti-
cas oficiales (EPA, cuarto trimestre 2003), la tasa de actividad entre las
mujeres apenas supere en España al 40%, o que el paro entre los jóve-
nes sea dos veces y media superior que entre los mayores de 55 años y
el subempleo cuatro veces y media superior, o que el 53% de los jóve-
nes "afortunados" que han encontrado un trabajo tengan contratos tem-
porales, o que cerca del 60% de los empleados en empresas de trabajo
temporal sean menores de 30 años, sino que el problema adquiere una
dimensión más global, cuando se constata que en países como España
los datos oficiales muestran que más del 50% de la población activa se
encuentra en paro o en condiciones laborales precarias: bien por ser ocu-
pados con "bajos salarios" (o "trabajadores pobres", como dice sin eu-
femismos la OIT), bien por tener empleos temporales, bien por trabajar
sólo a media jornada7 •
Los trabajadores temporales, según los datos del Ministerio de Tra-
bajo, han llegado a representar un tercio de la población activa ocupada
y, teniendo en cuenta que estos trabajadores tienen unos contratos con una
duración media de 82,6 días en el caso de los contratos por obra y servi-
cio, y de 54,4 jornadas en el caso de los eventuales8, se puede colegir que
estamos ante un problema de empleados sumamente temporales; tan tem-
porales que son parados "efectivos" durante buena parte del año.
Epilogo 785

A partir de estos datos -y de muchos otros que se analizan en este


libro y en la ya referida trilogía sobre "la desigualdad, el trabajo y la de-
mocracia"-, parece evidente que nos encontramos ante una dinámica de
precarización socio-laboral que está conduciendo a un aumento de la ex-
clusión social, a medida que determinadas prácticas regresivas tienden a
extenderse y que más personas se ven atrapadas en las redes de la vul-
nerabilidad social, mientras que los gastos sociales tienden a decaer año
tras año (en España, por ejemplo, hemos descendido desde un 24,7% del
PIB en gastos sociales en 1993 a un 19% en los inicios del siglo XXI).

4. DUALIZACION SOCIAL Y FRACTURAS POLITTCAS

Mientras bastantes personas se encuentran ante un curso deteriora-


do en sus perspectivas vitales y en sus oportunidades de autonomía (con
el precio de las viviendas cada vez más disparado) y mientras aumen-
tan los indicadores de desigualdad y de exclusión social, el sector de po-
blación al que le ''va bien" está entrando en una dinámica de consumos
cada vez más ostentosos y más insostenibles, desde el punto de vista de
una lógica democrática y razonablemente distributiva, como aquella ha-
cia la que parecía que estábamos encaminándonos los seres civiliza-
dos después de la revolución francesa y las tres etapas de desarrollo
de la ciudadanía a las que se refirió Marshall.
Pero, si las desigualdades y la exclusión social son graves proble-
mas que afectan a muchas sociedades desarrolladas, a nivel interna-
cional la situación es bastante peor. Como ya resaltamos en el capítulo
introductorio, en el Informe sobre Desarrollo Humano de la ONU de
2002 se subrayaba que solamente el 10% de la población más rica del
país más rico del Planeta (Estados Unidos) concentra en sus manos tan-
ta riqueza como el 43% de toda la humanidad (es decir, 25 millones
de norteamericanos tienen tantos ingresos como 2.000 millones de per-
sonas), al tiempo que sólo el 1% de la población más rica del mundo
"tiene una renta equivalente a lo que recibe el 57% más pobre,,9•
Un caso extremo de desigualdad es el que está implícito en las con-
diciones de hambre y desnutrición que afectan a 842 millones de seres
humanos, como recuerda la FA010, mientras en los países desarrollados
sobran alimentos y aumentan los casos de obesidad y los niveles de co-
lesterol. Al mismo tiempo, las aportaciones al desarrollo se reducen, ale-
jándose cada vez más de ese modesto O,7 del PNB de los países más ri-
cos, habiéndose reducido desde 1990 a 2001 las contribuciones de los
24 países del Comité para la Asistencia al Desarrollo (CAD) del 0,33%
786 Tendencias en desigualdad y exclusión social

del PIB al 0,22%, con sólo cinco países cumpliendo el compromiso del
O,7% (Dinamarca, Noruega, Luxemburgo, Países Bajos y Suecia), y ca-
sos extremos como el de la nación más rica y poderosa del Planeta,
los Estados Unidos, que han bajado del modesto 0,21 % de 1990, al
0,11%de2001 (la contribución más baja de todas) 11 •
Las muertes por hambre, la pobreza extrema y la mortandad por SI-
DA y otras enfermedades resultan hechos especialmente agraviantes en
un mundo, como el actual, en el que tenemos suficientes medios de
información para saber qué está ocurriendo en cualquier lugar, y en el
que contamos con una medicina avanzada y unos medios ·técnicos que
nos pemutirían -si quisiéramos- atajar el problema del hambre y ha-
cer frente con mayor dignidad y eficacia a las enfermedades y epide-
mias. Pero, tal como se hacen las cosas, los datos de la FAO revelan que
el número de hambrientos tiende incluso a aumentar, habiéndose pa-
sado de los 815 millones del Informe sobre inseguridad alimentaria de
2001alos842 del Informe de 2003. Es decir~ 27 millones más, con 17
países en los que ha cambiado la moderada tendencia a la reducción ex-
perimentada durante la primera mitad de los años noventa. Entre los paí-
ses que ahora están en retroceso se encuentran naciones muy populosas
como la India, Indonesia, Pakistán, Nigeria y Sudán, en las que viven
cerca de 1.600 millones de personas. El contraste que a veces se pro-
duce entre los avances científicos y las enfermedades y la muerte es tre-
mendo. En los mismos años en los que se logró secuenciar el Genoma
Humano, se clonaron seres vivos y se situaron fuera de la atmósfera pro-
digiosas estaciones espaciales, mucha gente moría en Africa sin aten-
ción médica suficiente, mientras grandes empresas multinacionales far-
macéuticas estaban pleiteando por cobrar los royalties de las medicinas
contra el SIDA.
La cuestión de fondo es que, si en estos momentos -aun obvian-
do el problema de las desigualdades internas en los países- el nivel de
consumo de un norteamericano medio, o de un canadiense, se intenta-
ra extender al conjunto de la población mundial nos encontraríamos que,
debido a la huella ecológica que requiere este consumo, se necesitaría
una extensión de territorios equivalentes a seis Planetas como la Tie-
rra12. ¿Qué significa esto? Significa que, en las condiciones actuales,
para mantener los niveles de consumo de una pequeña parte de la po-
blación es necesario que persista una estructura social bastante desi-
gualitaria. Es decir, la prosperidad y los consumos excesivos de unos
cuantos se mantienen porque existen desigualdades. Y las posibilidades
de persistencia de esta situación, e incluso su acentuación, como esta-
Epílogo 787

mos viendo, dependen de que nuestros sistemas políticos no avancen en


una dirección orientada a lograr más participación, más distribución y
más progreso social. O lo que es lo mismo, dependen de que no haya
una democracia más avanzada y más completa.
La grave contradicción de fondo que se plantea entre los intereses y
las ambiciones -y también la extrema codicia- de una parte minori-
taria de la sociedad, por un lado, y las necesidades de muchas personas,
y las mismas exigencias de equilibrio y progreso de los sistemas so-·
ciales como tales, por otro lado, explican buena parte de lo que está ocu-
rriendo en las sociedades de principios del siglo XXI. De ahí los empe-
ños de las élites económicas más privilegiadas por controlar las redes
culturales y de información y los esfuerzos por vicariar la vida políti-
ca, con todas las tendencias que a ello están conectadas en una pers-
pectiva en la que se apuntan serios riesgos de fragilización, desauten-
tificación y oligarquización de la democracia, tal como he mostrado con
detalle en mi libro La democracia incompleta.
El precio que las sociedades en su conjunto están pagando por esta
dinámica de apropiación económica y de vicarización política es muy
grande, y sus efectos se están manifestando en forma de deterioro de
instituciones sociales básicas, como la familia (cada vez menos jóvenes
se podrán casar o emparejarse establemente si no tienen trabajos de-
centes y razonablemente seguros y si las viviendas no tienen precios
asequibles), de tendencias demográficas inquietantes (cada vez nacen
menos niños y las pirámides de población envejecen peligrosamente),
de deterioro de la política (crisis de credibilidad de los partidos, control
y empobrecimiento de la información, aumento de la abstención y de la
desimplicación ciudadana, etc.) y de otras derivas sociales erosivas (es-
pirales de violencia y delincuencia, difusión de climas de inseguridad,
crisis educativas, aumento de los grupos marginados y excluidos, etc.).
En nuestras sociedades estamos aún en una fase en la que las valo-
raciones cáticas sobre mucho de lo que ocurre se manifiestan latente-
mente en forma de "distanciamientos,,, "anomias", "pasotismos" y sín-
tomas "mórbidos" (quejas sordas, protestas genéricas, etc.). Sin embargo,
empiezan a darse fenómenos más netos de "contestaci6n" explícita, a
través de los movimientos sociales -sobre todo el movimiento alter-
mundista-, de las protestas juveniles, de diferentes tipos de "resistencias,,
y de la difusión de análisis críticos y alternativos.
Posiblemente, para que las primeras etapas de "distanciamiento" y
"contestación" den paso a nuevas fases en las que se formulen "pro-
puestas" más concretas y articuladas se necesitarán previamente pro-
788 Tendencias en desigualdad y exclusi6n social

cesos más amplios de contestación crítica a lo que ocurre, en una for-


ma similar a la que se produjo con el movimiento sindical durante el ci-
clo de despegue de las sociedades industriales, antes de que se desa-
rrollaran y adquirieran suficieñte fuerza política los partidos
socialdemócratas. Ahora, lo más verosímil es que los movimientos de
contestación se refuercen cuando surjan elementos potenciales de "pre-
cipitación", como ocurre en ciertos procesos químicos. Quizás las gue-
rras internacionales que son sentidas como "injustas" e "inhumanas"
por mucha gente -y sus terribles secuelas en forma de destrucción y
torturas- puedan desempeñar este papel de factor "precipitante".
En cualquier caso, ninguna de estas consideraciones nos eximen
de completar nuestros análisis críticos sobre el hoy, con algunas valo-
raciones sobre aquello que es necesario hacer en nuestras sociedades
para superar los niveles de regresión y de problematización conviven-
cial en el que se encuentran sumidas.

S. UNA CUARTA ETAPA EN EL DESARROLLO


DE LA CIUDADANIA Y LA DEMOCRACIA

Para continuar avanzando en el desarrollo de nuestros sistemas so-


cio-políticos y en la conquista de nuevos estadios de progreso para la
humanidad (para todos), es prec•so entender que la democrac•a no es un
proceso cerrado y concluido, y que tenemos por delante nuevas etapas
y conquistas. Al igual que ocurrió en el pasado, con la evolución del ab-
solutismo a la democracia censitaria, y de ésta al sufragio universal y
después a la democracia social, debemos comprender que el progreso
va a continuar y que existen nuevos capítulos de la historia de la de-
mocracia por escribir, en una perspectiva de equiparación social e igual-
dad como la que señalábamos al principio.
El objetivo de armonizar y ajustar en mayor grado los ideales de
libertad y de igualdad no debe verse como una cuestión teórica, o un
asunto que sólo interese a profesores e intelectuales. Actualmente esta
armonización --que en el fondo es el gran reto de la democracia- es
un asunto eminente~ente práctico que se conecta directamente con
las experiencias cotidianas de millones de seres humanos que padecen
los efectos de las desigualdades y las precarizaciones. Para enfrentar-
nos a este reto se necesita corregir la actuál deriva desigualihµia, aco-
metiendo las refonnas políticas que son necesarias para restablecer las
condiciones de una ciudadanía igual en derechos y oportunidades en las
coordenadas socio-económicas concretas en las que nos encontramos.
Epilogo 789

Las reformas que es necesario emprender apuntan hacia nuevos pa-


sos en el desarrollo de la democracia, en una perspectiva de enriqueci-
miento institucional que permita profundizar y extender las oportuni-
dades participativas de una manera bien articulada, en el sentido que he
explicado en La democracia incompleta. Sobre todo en la perspectiva
que se indica en el subtítulo de dicho libro, cuando se hace referencia
al "futuro de la democracia post-liberal". .
Ahora bien, para avanzar con las debidas garantías en esta dirección
es imprescindible el concurso de una ciudadanía activa y verdadera-
mente libre, que no esté constreñida por graves límites o carencias eco-
nómicas y laborales. Y esto, en las condiciones socioeconómicas ac-
tuales, exige como requisito previo avanzar nuevos pasos en el
desenvolvimiento de la noción de ciudadanía, añadiendo una etapa adi-
cional a las tres que refirió Marshall.
Si queremos que el proceso humanizador y equiparador emprendi-
do con la Revolución Francesa no se detenga -y lo que es más in-
quietante, que no se retroceda- resulta necesario caminar hacia el es-
tablecimiento de las condiciones jurídicas, políticas y socioeconómicas
que afiancen también la noción de una ciudadanta econ6mica.
Hasta ahora se había entendido que los derechos de propiedad, el
respeto y reconocimiento de la iniciativa privada y/o la lógica del sala-
rio eran razonablemente suficientes para garantizar a los ciudadanos un
cierto nivel de ingresos, que podían ser mayores o menores, pero que
permitían sobrevivir, aunque sólo fuera a unos niveles mínimos. La idea
de ciudadanía social añadió a estas apreciaciones un criterio compen-
satorio de calidad de vida para todos, garantizando un conjunto de de-
rechos sociales que tendían a equiparar las oportunidades sociales y a
neutralizar las inseguridades que resultaban más perturbadoras para una
vida normal y digna.
Ahora, sin embargo, se está constatando en la práctica que este plan-
teamiento no es suficiente -por sí solo-- y que, pese a todo lo que se
proclama solemnemente en los textos de nuestras Constituciones, hay
muchas personas -sobre todo entre las nuevas generaciones y entre los
peor situados socialmente-- que no tienen suficientemente garantiza-
dos sus derechos sociales, ni sus oportunidades laborales y vitales, no
tienen trabajos seguros y razonables, no pueden acceder a la vivienda,
no disfrutan del nivel de vida que otros tienen a su alrededor. Y esto im-
plica que viven una condición de ciudadanía devaluada, de una clase in-
ferior a aquella que disfrutan los ciudadanos de primera, que cuentan
con un buen trabajo o un buen negoció, unos buenos ingresos, una ca-
790 Tendencias en desigualdad y exclusión social

sa propia, un entorno social gratificante y un acceso a los bienes y ser-


vicios que caracterizan una vida digna, al nivel que permite el progre-
so técnico de la civilización.
Esto es, precisamente, lo que no pueden alcanzar -hasta el pre-
J
sente- los precarizados, los vulnerables, los inestables, los parados,
los excluidos, los que se ven obligados a depender durante años de sus
progenitores... Por ello, de la misma manera que en la segunda mitad
del siglo xx, después de un período de agudas tensiones y conflictos so-
ciales, se entendió que era necesario completar y garantizar el ejerci-
cio de la ciudadanía mediante el afianzamiento de un conjunto de de-
rechos sociales, de igual manera en los inicios del siglo XXI se hacen
precisas intervenciones públicas compensatorias -y equilibradoras-
que restablezcan las apropiadas condiciones económicas de pertenen-
cia para todos aquellos a los que la falta de ingresos, de vivienda y de
oportunidades laborales de calidad les sitúan en unas posiciones que
constituyen un grave hándicap personal y ciudadano.

6. LA CIUDADANIA ECONOMICA

La superación de los riesgos de las exclusiones y de las precari-


zaciones que se están dando exigen medidas complementarias que res-
tablezcan las condiciones imprescindibles de unicidad social, de for-
ma que todos los ciudadanos puedan alcanzar un sentido equiparable
de pertenencia a la comunidad y de dignidad en sus modos de vida.
Es decir, la solución al actual curso social fragmentador no debe plan-
tearse solamente en términos de intentar ofrecer unos "ingresos ga-
rantizados" (de manera pasivizadora), sino en términos de proporcio-
nar una "actividad socialmente útil" (de manera activadora). La
alternativa al problema de una "ciudadanía decaída" y/o "precariza-
da" no es -no debe ser- una "ciudadanía subvencionada" (que tie-
ne que estar circunscrita a los jubilados, los enfermos, las viuda~ y
huérfanos y los casos extremos de necesidad), sino una iniciativa po-
lítica tendente a generar las condiciones propicias para que todos los
miembros de una sociedad tengan unas oportunidades razonables de
acceder al desempeño de una tarea en su sociedad, para la que pue-
dan prepararse con suficiente motivación durante sus años de estudio,
y que proporcione niveles de ingresos en concordancia con el nivel de
riqueza y desarrollo alcanzado en su sociedad y con el esfuerzo per-
sonal desplegado en su realización. Es decir, basada tanto en criterios
de equidad como de reciprocidad.
Epflogo 791

Los aspectos centrales a considerar en la conquista de la "ciudadanía


económica" son las garantías y oportunidades que existen -que se pro-
porcionen- para tener una actividad laboral, bien en el sistema pro-
ductivo (como asalariado o autónomo o empleador), bien en el sector pú-
blico (que hay que potenciar y racionalizar y no destruir), bien en el
ámbito de las nuevas actividades que va a propiciar la revolución tec-
nológica y las enormes oportunidades de crear riqueza que genera (nue-
vas actividades en los servicios, en salud, cultura, ocio, calidad de vida,
seguridad, educación permanente, etc.), así como las nuevas actividades
que se pueden generar en la esfera social y política como consecuencia
del desarro~lo de la democracia postliberal (las que se requieren para el
mantenimiento y buen funcionamiento de todas las instituciones y me-
canismos permanentes que se pongan en marcha a tal fin).
Una cuestión clave en la buena organización futura de las activida-
des económicas y sociales es la que se relaciona con la necesidad de
ajustar los tiempos laborales "requeridos" a las posibilidades y las exi-
gencias del sistema productivo, que en nuestros días son bastante dife-
rentes a las que existían en los períodos previos a la robotización y la
automatización avanzada; de la misma manera que en los inicios de la
revolución industrial también fueron diferentes a los parámetros que se
alcanzaron en las sociedades industriales maduras de finales del siglo
xx, en las que el número de horas laborales al año llegó a ser práctica-
mente la mitad de aquellas que se trabajaban a finales del siglo anterior.
Ahora que la revolución tecnológica avanza a gran velocidad cuesta
trabajo entender cómo es posible que en determinados círculos políticos
y empresariales no se entienda algo tan obvio como la tendencia a la
reducción drástica de la jornada laboral media, dándose la paradoja de
que mientras entre la opinión pública en España predomina ampliamente
el criterio de que es necesaria una "reducción de la jornada laboral" (más
del 67% y aumentando)1 3, en cambio pocos de los grandes partidos ha-
cen propuestas suficientemente concretas y claras en este sentido.
Aparte del elemento nuclear del trabajo-que desde la perspectiva de
los tiempos de Marshall se contemplaba más bien en ténninos de "obli-
gación" de trabajar- la noción de ciudadanía económica se deberá de-
sarrollar también en base a la puesta en funcionamiento de servicios so-
ciales más amplios y universales (como cuarto pilar efectivo del Estado
de Bienestar), de políticas que hagan accesibles las viviendas (tanto en
acceso como en alquiler, con créditos subvencionados, con suelo públi-
co, etc.), de salarios sociales (o "rentas de inserción") para casos extre-
mos de necesidad, de lucha contra la exclusión social (tanto con medidas
792 Tendencias en desigualdad y exclusión social

paliativas como de inserción y motivación, etc.), así como mediante un


conjunto de iniciativas que tiendan a extender la democracia en el ámbi-
to de las actividades económicas (democratización del trabajo, presu-
puestos participativos, fiscalidad con bonos de participación, iniciativas
comunitarias, etc.).
En definitiva, el objetivo que debemos planteamos es una resociali-
zación general de lo económico, que permita superar equilibradamente
las tendencias actuales hacia la privatización y la apropiación extrema,
que están dando lugar a sociedades cada vez más dualizadas y a un nú-
mero ascendente de subciudadanos alienados de la economía. O, si que-
remos decirlo de otra manera, a personas des-economizadas, cuando no
empobrecidas, en un contexto de creciente opulencia de una minorías.
Para lograr todo esto, lógicamente, se requieren recursos y garantías.
De la misma manera que en las sociedades avanzadas de finales del si-
glo xx y principios del siglo XXI nos hemos acostumbrado a gastar una
parte apreciable del PIB en Sanidad, Educación Pública, Pensiones y
otros servicios, de igual modo hay que entender que en el nuevo tipo de
sociedades que se están configurando habrá que gastar también recur-
sos públicos suficientes para garantizar el derecho social a la vivienda
o el estatus de pertenencia a la sociedad, mediante actividades sociales
útiles que reporten los ingresos adecuados para alcanzar una posición
de suficiente autonomía personal. Y esto, como es evidente, en un or-
den civilizado no puede dejarse al mero albur de la lógica del mercado
o de las alternancias políticas. Se trata de algo tan básico e insustituible
que debe fonnar parte del contrato social democrático, de las reglas bá-
sicas que regulan la vida social y política. Reglas y procedimientos que
lógicamente tienen que ajustarse a las circunstancias de cada momen-
to. Por ello, de la misma manera que la transición desde las socieda-
des agrarias a las sociedades industriales condujo a una nueva formu-
lación del contrato social y político -que fue perfeccionándose en
sucesivas fases-, ahora la transición hacia las sociedades tecnológicas
avanzadas plantea la necesidad de una nueva actualización del contra-
to social y político básico, de acuerdo a las necesidades y a las posibi-
lidades c~ncretas de la nueva etapa histórica. Y en esta nueva definición
sociopolítica, la noción de ciudadanía econ6mica debe jugar un papel
similar al que desempeñó en el anterior ciclo de evolución la idea de
ciudadanía social. Obviamente, el nuevo avance requiere una madura-
ción suficiente de las condiciones y de las percepciones públicas que
permita alcanzar un grado razonable de consenso socio-político, como
ocurrió antes con la noción de ciudadanía social.
Epilogo 793

La cuestión, ahora, estriba en saber si en las sociedades de los prime-


ros años del siglo XXI seremos capaces de establecer los fun~entos de
este nuevo consenso social necesario con suficiente inteligencia y capa-
cidad de anticipación, antes de vemos forzados a sufrir la eventual expe-
riencia de un ciclo altamente erosionador y conflictivo, cuyas tensiones y
disfunciones pennitan ver a todos con claridad que es necesario continuar
perfeccionando y desarrollando nuestros sistemas socio-políticos.
En definitiva, hay que entender que la democracia es el resultado de
un proceso complejo de construcciones y reelaboraciones sociales y po-
líticas, que requieren esfuerzo y voluntad constante. No es algo que haya
surgido por sí solo en el curso espontáneo de la evolución social, o al me-
ro dictado de los intereses económicos privados. Si queremos decirlo de
otra manera, la democracia no es una flor salvaje nacida de la lógica del
mercado, sino el resultado del despliegue práctico de una voluntad polí-
tica explícita que no puede decaer. Como una flor de invernadero, la de-
mocracia tiene que ser cuidada con esmero, con mimo, atendida día a día,
plantada y replantada, esqueje a esqueje, con imaginación redoblada, de
acuerdo a las necesidades que surgen en cada momento histórico, en esa
gran perspectiva general de humanización que inspira el ideal -armoni-
zado y annonizador- de la libertad de los iguales. En definitiva, el ideal
de la dignidad humana socialmente reconocida y garantizada.

NOTAS

• Una primera versión de este texto se publicó en la revista Sistema, nº 173, mar-
zo 2003, págs. 3-14.
1
Vui. José Félix Tezanos, IA sociedad dividida. Estructuras de clases y desi-
gualdades en las sociedades tecnol6gicas, Biblioteca Nueva, Madrid, 2001; El
trabajo perdido. ¿Hacia una civilizaci6n postlaboral?, Biblioteca Nueva, Madrid,
2001; y La democracia incompleta. El futuro de la democracia postliberal, Biblio-
teca Nueva, Madrid, 2002.
2
José Félix Tezanos, IA democracia incompleta. Elfuturo de la democracia
postliberal, op.cit., Vid, en particular, el capítulo 17.
3
Vid. en T. H. Marshall y Tom Bottomore, Citizenship and social class, Pluto
Press, Londres, 1992, págs. 8, 12, 28.
4
Vid. José Félix Tezanos, IA sociedad dividida, El trabajo perdido y IA de-
mocracia incompleta, op.cit.
5
Vid., por ejemplo, PNUD, Informe sobre Desarrollo Humano 2003, Mundi
Prensa, Madrid, 2003. La serie se inició en 1990.
794 Tendencias en desigualdad y exclusión social

6
. Vid., por ejemplo, Lene Mejer, Social exclusi6n in the UE members States,
Eurostat, Statistics in FOCUS, Theme 3, 1/2000.
7
Vid., en tal sentido, José Félix Tezanos, El trabajo perdido, op.cit., pág. 99.
8
Vid. Consejo Económico y Social, España 2001, Memoria sobre la situa-
ci6n socioecon6mica y laboral, CES, Madrid, 2002, págs. 282- 283. En el caso de I
los contratos a tiempo parcial, el número de jornadas realizadas es, igualmente, de
sólo 70,8 (/bid., pág. 284).
9
PNUD, Informe sobre Desarrollo Humano 2002, op.cit., págs. 2 y 19.
1
° FAO, The State o/Food Insecurity in the World 2001, Roma, 2001; y /bid., 2003.
11
PNUD, Informe sobre Desarrollo Humano 2003, op.cit., pág. 290.
12
Vul. Emst U. Von Weizsiicker, "El siglo del medio ambiente", Temas para
el debate, nº 62, enero de 2000, pág. 26.
13
Datos del GE'l'S, Encuesta sobre Tendencias Sociales 2003, &litorial Sistema. ·,'
,1

También podría gustarte