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Apuntes Filosofía Social

El documento explora la evolución del pensamiento filosófico desde la concepción clásica de un orden natural y armonioso en Platón y Aristóteles, hasta la interioridad cristiana de San Agustín y el giro moderno con Descartes, quien establece que el sentido reside en el individuo. Se discuten conceptos como lo humano, la justicia, y la búsqueda de la verdad, cuestionando si son inherentes o construidos socialmente. La filosofía se presenta como un medio para reflexionar sobre la existencia y la naturaleza del ser humano en relación con el mundo.

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Apuntes Filosofía Social

El documento explora la evolución del pensamiento filosófico desde la concepción clásica de un orden natural y armonioso en Platón y Aristóteles, hasta la interioridad cristiana de San Agustín y el giro moderno con Descartes, quien establece que el sentido reside en el individuo. Se discuten conceptos como lo humano, la justicia, y la búsqueda de la verdad, cuestionando si son inherentes o construidos socialmente. La filosofía se presenta como un medio para reflexionar sobre la existencia y la naturaleza del ser humano en relación con el mundo.

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APUNTES FILOSOFÍA SOCIAL

1. ¿Lo humano es natural o construido?​ 3


2. El mundo tiene sentido: el orden clásico en Platón y Aristóteles​ 5
3. La interioridad cristiana: Agustín y la búsqueda del alma​ 8
4. El giro moderno: la caída del orden cósmico​ 10
5. El miedo como fundamento: Hobbes y el Leviatán​ 12
6. La razón como cálculo: Locke, el consentimiento y la propiedad​ 14
7. El cuerpo y el deseo: Bentham y la utilidad​ 16
8. De la armonía al cálculo: el legado moderno​ 18
9. Reflexión personal y existencial​ 20
10. Super resumen​ 22
1. ¿Lo humano es natural o construido?
Esto que estás leyendo no es un resumen académico.​
No es para que te sientas menos si no entendiste a Platón o no sabes qué cresta significa
“ontología”.​
Este documento lo hice para ti y para cualquiera que alguna vez haya estado a las 5 de la
mañana en un carrete, con un pedazo de pizza frío en la mano, preguntándose cosas como:

¿Y si todo esto fuera un experimento?​


¿Soy yo el raro o todos están actuando?​
¿Y si nacía en otro lugar, seguiría siendo yo?​
¿Y si mi mamá nunca me hubiese dicho que ser ordenada es “ser buena”... me
daría lo mismo el desorden?

A eso le llaman filosofía.

Yo le llamo existencialismo con caña.

Porque, si lo piensas, los filósofos no hacen nada tan distinto: se hacen preguntas
profundas sobre la vida, el sentido, el bien, la verdad... solo que lo hacen sobrios (algunos),
en griego (otros), y escribiendo libros eternos en vez de mandar audios de tres minutos a
las 6 a. m.

Pero vamos al grano:

¿Lo humano viene de fábrica o se instala como WhatsApp?

La gran pelea de la historia del pensamiento es esta:

🟢 Physis: lo natural
●​ Esta idea dice que nacemos con ciertas cosas que son parte de ser humanos.​

●​ Que todos tenemos miedo, risa, ganas de sobrevivir, sueños raros, y una especie de
brújula interna que nos dice “esto no está bien” incluso cuando nadie lo ve.​

●​ Que hay algo en nosotros que es, sin importar dónde ni cuándo nacimos.

Ejemplo: cuando ves a alguien patear a un perro y sientes rabia, aunque nunca nadie te
enseñó a hacer una clase de ética sobre eso. Simplemente lo sabes.
🔵 Nomos: lo inventado
●​ Esta otra idea dice que todo lo que crees que eres es un invento social.​

●​ Que si naciste católica o feminista o hincha del Colo, es porque te metieron eso
desde chica.​

●​ Que tus gustos, tus miedos, tu forma de hablar y hasta lo que consideras “bueno” o
“malo” viene del entorno.​

●​ Que incluso eso de sentir culpa, puede ser aprendido.

Ejemplo: si nacías en Japón, probablemente no comerías pan con palta, sino sopa de miso.
Y verías a los profes como casi dioses. Y si alguien se va de la casa a los 30 no sería un
“problema”, sino un hijo ejemplar.

¿Entonces? ¿Hay algo realmente humano? ¿O todo depende?

Eso discutían los antiguos.

●​ Platón y Aristóteles eran team Physis: decían que lo humano tiene esencia, que
vinimos a este mundo para vivir juntos y buscar la verdad.​

●​ Protágoras y los sofistas eran team Nomos: pensaban que cada cultura inventa sus
reglas y lo que para ti es justo, para otro puede ser una aberración.​

Spoiler: esta discusión nunca se resolvió.

🤯 Pequeña actividad reflexiva:


Tómate un minuto. No te hagas la académica. Sé tú.

1.​ ¿Crees que hay cosas que todos los humanos compartimos, pase lo que pase?​

2.​ ¿O todo lo que crees y sientes podría haber sido distinto si te criaban en otro país,
en otra familia o en otro cuerpo?​

3.​ ¿Y si fuiste tú la que inventó lo que crees que eres para sobrevivir?

Piénsalo. Escríbelo.​
Spoiler: acabas de filosofar.
2. El mundo tiene sentido: el orden clásico en Platón y
Aristóteles
Antes de que todo se volviera existencialismo, contratos sociales y teorías modernas, hubo
un tiempo donde los filósofos creían que el mundo tenía sentido. Literalmente. Un orden.
Una armonía. Como cuando limpias tu pieza, ordenas tus playlists y sientes que por fin
estás haciendo algo bien con tu vida.

En ese mundo, la sociedad no era una pelea de todos contra todos, ni una colección de
individuos con ansiedad. Era más como una orquesta: cada uno tocando su instrumento,
siguiendo una partitura invisible, buscando la sinfonía de la vida buena.

2.1. Platón: el alma y la ciudad deben estar en armonía

Platón —él más filosofo de los griegos, discípulo de Sócrates, autor de La República— tenía
una idea clara:

La justicia no es que todos hagan lo que quieran, sino que cada uno haga bien
lo que le corresponde.

Y esto aplica tanto a tu alma como a la ciudad.

¿Cómo funciona esto?

Tu alma, según Platón, tiene tres partes:

●​ Razón → la que piensa, reflexiona, dice “espera, no tomemos esa decisión


borrachos”.​

●​ Pasión (o voluntad) → la que se enoja, se levanta, lucha, dice “¡basta!”.​

●​ Deseo → la que quiere cosas: pan con palta, sexo, dormir 10 horas, fama, TikTok.

Cuando la razón manda y las otras dos la obedecen, hay justicia. Cuando el deseo se
vuelve el jefe, ya sabes cómo termina eso (spoiler: llorando frente al espejo diciendo “yo no
soy así”).

Ahora bien, la ciudad también tiene tres partes:

●​ Gobernantes (filósofos) → los que piensan y planifican (sí, según Platón, los
filósofos deberían mandar… egocéntrico el caballero).​

●​ Guerreros → los que protegen, cuidan, defienden.​

●​ Productores (artesanos, comerciantes) → los que trabajan, fabrican, cultivan.​


La ciudad está sana cuando cada grupo hace lo suyo y no se mete en lo de los
demás.​
Y lo mismo pasa en tu cabeza.

Platón incluso dice que una alma justa es como un cuerpo sano: cuando cada parte hace
lo suyo sin invadir el rol de las otras. ¿Te suena familiar? Sí, como cuando tus
pensamientos, emociones y deseos no se sabotean entre sí y puedes dormir en paz.

💡 Pero, ¿de dónde saca Platón todo esto?


¿Quién le dijo que hay roles naturales? ¿Que hay una armonía escondida? ¿Que existe
algo como “el bien”?

Bienvenida al Mundo de las Ideas.

Según Platón, lo que vemos en el mundo real es solo una copia imperfecta de algo más
real, más puro, más perfecto.​
Todo lo que existe —una silla, una canción, una persona justa— participa de una idea
superior, eterna, invisible.

Por ejemplo: hay miles de tipos de sillas, pero todas comparten “silleidad”.​
Hay millones de formas de amar, pero todos intuitivamente sabemos cuándo
hay “amor de verdad”.​
Eso que está “más allá” de las cosas concretas es lo que Platón llama Ideas.

Y hay una Idea suprema: la Idea del Bien.​


Todo lo que es justo, bello, verdadero… participa de ella.

Entonces...

Cuando Platón dice que cada parte del alma tiene que cumplir su función,​
cuando habla de justicia como armonía,​
cuando dice que los gobernantes deben ser filósofos…

...lo dice porque cree que existe un orden invisible, perfecto, que hay que imitar.

🕳️ La metáfora de la caverna
Ah, y si alguna vez sentiste que la vida es una mentira, que todo es una pantalla, que hay
algo más allá que no estás viendo… ya estás en la caverna de Platón.

La metáfora dice: vivimos como prisioneros encadenados en una cueva, mirando sombras
en una pared, creyendo que eso es la realidad.​
Salir de la caverna —es decir, buscar la verdad— duele, cansa, da miedo…​
Pero también es necesario si quieres dejar de vivir atrapado en lo que “parece” pero no es.

Moraleja platónica: la ignorancia es cómoda, pero la verdad te libera (aunque duela).


2.2. Aristóteles: el ser humano florece en comunidad

Ahora viene Aristóteles, el alumno más aplicado de Platón, pero también el más realista.​
Platón era más de ideales, Aristóteles era más de observar el mundo real y decir: “Ya, esto
funciona así, vamos viendo cómo mejorar la cosa”.

Para Aristóteles:

●​ No vinimos al mundo para sobrevivir a solas.​

●​ Vinimos para florecer. No como cactus, sino como humanos que piensan, sienten,
hablan y hacen comunidad.

Y ese florecimiento solo se da en la polis —la ciudad—, porque ahí es donde vivimos con
otros, aprendemos, discutimos, nos educamos y tratamos de ser mejores personas.

¿Por qué?

Porque hablamos.​
Pero no solo para pedir pan.​
Hablamos para debatir lo justo, lo bueno, lo importante.​
El lenguaje, dice Aristóteles, es prueba de que somos seres sociales por naturaleza.

Los animales gruñen, chillan o maúllan.​


Nosotros discutimos si subir o no el sueldo mínimo, si es justo comer carne, o si
el reggaetón empodera o degrada.​
O sea, somos bichos raros: animales políticos.

Y no, no quiere decir que todos tengamos que ser diputados.​


“Político” aquí significa que solo con otros podemos vivir una vida verdaderamente
humana.

Si alguien dijera “yo no necesito a nadie”, Aristóteles le habría respondido:​


“O eres un dios… o una bestia”.
3. La interioridad cristiana: Agustín y la búsqueda del
alma
Hasta ahora veníamos hablando de que el orden está afuera.​
Platón lo buscaba en el cielo de las Ideas, Aristóteles en la polis.​
Pero San Agustín llega y dice:

“¿Y si el orden no está afuera, sino adentro?”

Y con eso, boom: cambia todo el eje.

“En el alma habita la verdad”

San Agustín es como ese amigo que después de muchas fiestas, decepciones y búsquedas
fallidas, se mete en su pieza, se apaga la luz, se pone a pensar en silencio y dice:

“Ya, ¿quién soy yo realmente?”

Y lo hace en serio.​
Nada de horóscopos ni tests de personalidad.​
El tipo se mete profundo. Reflexiona, duda, llora, se pelea con Dios, vuelve a creer, y al
final dice algo potente:

“La verdad no está afuera, está en el alma.”

No en los libros, no en la fama, no en el aplauso.​


La verdad está dentro tuyo, pero no la vas a encontrar si vives para afuera todo el rato.​
Hay que mirar hacia adentro con honestidad. Y duele.​
San Agustín lo llama interioridad.

El mal no existe (pero se siente como si sí)

Otra frase potente de Agustín es esta:

“El mal no es algo real, sino la ausencia del bien.”

Y aunque suene raro, tiene sentido si lo piensas como la oscuridad:​


La oscuridad no es una cosa en sí, sino lo que pasa cuando falta luz.

Según Agustín, el mal no es una fuerza demoníaca con cuernos que te habla; es lo que
pasa cuando te alejás del bien.​
Cuando actuás desde el ego, la rabia, la desesperación... no es que el mal te poseyó, es
que simplemente te desconectaste del bien.

Ejemplo cotidiano: cuando peleas con alguien que quieres, dices cosas
horribles y después piensas “eso no era yo”. Claro. Era tú vacío de bien. O sea,
estabas oscuro.
¿Necesito ayuda divina o puedo hacerlo sola?

Acá entra la polémica con Pelagio, un tipo que era como el coach motivacional de la época.​
Pelagio decía que podías llegar al bien por tu propia voluntad. Que con fuerza, disciplina y
buenas decisiones, lo lograbas.

San Agustín le responde:

“Bro, si fuera por voluntad, no habría tanto cagazo en el mundo. La voluntad


humana está rota. Necesitamos ayuda. Necesitamos gracia.”

Y ahí se arma el conflicto:

●​ ¿Somos libres de elegir el bien?​

●​ ¿O necesitamos algo más allá de nosotros para lograrlo?​

Es como cuando dices “mañana me levanto temprano y ordeno toda la pieza”, pero el
despertador suena y tú lo pospones siete veces seguidas.

Agustín diría:

“¿Ves? Tu voluntad no basta.”

Pelagio diría:

“¡Vamos! ¡Motívate! ¡Tú puedes!”

Y tú dirías:

“¿Puedo dormir cinco minutos más… y luego tener una epifanía?

Entonces… ¿la verdad está en mí?

Sí, dice Agustín.​


Pero no la vas a encontrar en el espejo ni en las redes sociales.​
Está en tu alma.​
Y tu alma no es cualquier cosa. Es donde vive Dios, donde se esconde la verdad, donde
está lo más profundo de lo que eres.

Buscar la verdad no es un viaje hacia las estrellas, es un viaje hacia ti.


4. El giro moderno: la caída del orden cósmico
Hasta aquí, todo bien ordenadito.

●​ Platón creía que hay un mundo perfecto de Ideas allá arriba.​

●​ Aristóteles decía que vinimos a florecer en comunidad.​

●​ Agustín te invitaba a mirar hacia adentro porque ahí vive la verdad (y Dios,
probablemente tomando tecito).

Pero un día el cielo se cayó. Literalmente.​


Y con él, también el orden cósmico.

Copérnico y Galileo: ya no somos el centro del universo

Antes, se pensaba que la Tierra era el centro de todo.​


No solo físicamente, sino simbólicamente:

El ser humano era especial. Elegido. El protagonista.

Y entonces viene Copérnico y dice:

“Chicos, en realidad giramos alrededor del Sol.”

Y después llega Galileo, lo comprueba con un telescopio y nos remata:

“Y no solo eso, el universo es enorme, casi infinito… y probablemente no le


importamos tanto como creemos.”

¡Pum! Crisis.

Es como cuando pensabas que eras el personaje principal y descubres que en realidad eras
NPC #3: el que pasa con una bandeja al fondo.

Entonces, ¿si no somos el centro del universo... qué somos?

Ahí empieza una nueva época: la modernidad.​


Y con ella, una nueva pregunta:

“¿Dónde está el sentido?”

Ya no está en Dios, ni en el cielo, ni en el orden natural.​


Ahora, está en uno mismo.​
Nace el sujeto moderno.

Y aquí aparece el señor de la frase más citada en todas las carreras que no entienden nada
de filosofía pero quieren sonar profundos:
Descartes: “Pienso, luego existo”

René Descartes, francés, hiperracional, probablemente con problemas de insomnio y


ansiedad, se puso a dudar de todo.

¿Y si todo lo que creo saber es falso?​


¿Y si estoy soñando?​
¿Y si hay un genio maligno burlándose de mí?​
¿Y si la vida es una simulación? (sí, Descartes fue el primer fan de Matrix sin
saberlo)

Y entre tanta duda, encuentra una sola certeza:

“Estoy dudando. Y para dudar, tengo que estar pensando. Y si pienso...


entonces existo.”

Boom. Nace el yo moderno.​


Ya no necesito a Dios ni al cosmos ni a la comunidad para saber que existo.​
Solo necesito mi conciencia.

¿Y qué cambia con esto?

Cambia todo.

El ser humano ya no es parte de un gran sistema armonioso.​


Ahora es una mente separada, enfrentada al mundo, tratando de entenderlo con lógica,
fórmulas y análisis.

La realidad ya no es algo que contemplo con asombro...​


es algo que puedo medir, controlar y transformar.

Y así pasamos de la pregunta “¿Cómo vivir bien?”​


a la pregunta “¿Cómo dominar el mundo?”
5. El miedo como fundamento: Hobbes y el Leviatán
Ya vimos cómo Descartes puso el foco en el “yo”.​
Pero mientras Descartes estaba en su escritorio pensando en la existencia, Hobbes estaba
mirando por la ventana cómo su país se iba a la mierda en una guerra civil.

Y ahí dijo algo como:

“La gente no quiere ser buena. Quiere sobrevivir.”

El hombre no nace para la virtud, sino para evitar que lo maten

Thomas Hobbes no cree que nacemos buenos.​


Ni con un alma elevada.​
Ni con un llamado a la armonía cósmica.

Él cree que si dejas a los humanos sueltos, sin reglas ni ley, se matan entre ellos.​
Literal.

En su estado natural, el ser humano no es un filósofo...​


es un animal cagado de miedo que hace lo que sea para sobrevivir.

Y lo resume en su frase más famosa:

“El hombre es lobo para el hombre.”

O sea, si no hay reglas, tú y tu vecino terminarían compitiendo por la última pizza, el último
rollo de papel higiénico o el cargador del iPhone... y probablemente uno de los dos no sale
vivo.

El Estado como monstruo necesario

Para evitar ese caos permanente, Hobbes propone una solución:

Crear un poder tan grande, tan fuerte, tan indiscutible...​


que todos le tengamos más miedo a él que al otro.

Ese poder se llama el Leviatán.​


Y no es un dragón ni un dios, sino el Estado.​
Una especie de máquina gigante construida por los humanos,​
a la que le cedemos parte de nuestra libertad a cambio de seguridad.

¿Quieres vivir tranquilo, sin que te apuñalen por pan?​


Entonces obedeces al Leviatán.

¿Y qué tipo de Estado propone Hobbes?


Uno con poder absoluto.​
Nada de votaciones, nada de cuestionar al gobierno en Twitter.​
El Leviatán tiene que tener tanto poder que nadie se atreva a romper el pacto.

“Prefiero un soberano mandón... que una sociedad donde me apuñalan por


mirar feo.”

Para Hobbes, el Estado no es un espacio de participación ni un proyecto moral.​


Es una máquina técnica, creada para una sola cosa:​
evitar que nos matemos.

Entonces... ¿el miedo nos civiliza?

Sí.​
Según Hobbes, el miedo es el pegamento de la sociedad.​
No la amistad, no el amor, no la virtud.​
Sino el temor mutuo.​
Y gracias a eso, podemos tener algo parecido a la paz.

Hobbes no quiere un mundo justo.​


Quiere un mundo controlado, donde podamos dormir sin cuchillo bajo la
almohada.
6. La razón como cálculo: Locke, el consentimiento y la
propiedad
Después de Hobbes, que básicamente veía al ser humano como un animal paranoico con
patas, viene John Locke, que es como el primo optimista del mismo siglo.

Mientras Hobbes decía “obedeces o te matan”, Locke se sienta y dice:

“Calma, no somos tan bestias. Somos racionales. Y si hacemos un contrato, es


para vivir mejor, no solo para no morir.”

El ser humano tiene derechos antes del Estado

Lo primero que dice Locke es fuerte:

Los derechos no los da el Estado. Nacemos con ellos.

Sí, incluso antes de que exista una constitución, una policía o una bandera, ya tienes tres
cosas que nadie te puede quitar:

1.​ Vida
2.​ Libertad
3.​ Propiedad

¿Y qué es “propiedad”? No solo tu terreno o tu bicicleta. Para Locke, también incluye tu


cuerpo, tus ideas, tu trabajo, lo que creaste tú mismo.

Ejemplo: si tú inventas escribes una canción y alguien te la roba para TikTok,


Locke estaría indignado.​
“¡Esa es su propiedad intelectual!”, gritaría desde su tumba.

Entonces... ¿para qué creamos el Estado?

No por miedo, como decía Hobbes.​


Sino para proteger esos derechos.

El Estado no está por encima de ti.​


Está a tu servicio.

Y no puede hacer lo que quiera.​


Porque tú, como ciudadana racional, le diste permiso.

El consentimiento no es un momento mágico, es una actitud constante

Aquí viene una diferencia clave con Hobbes.

Para Hobbes, tú haces un pacto una vez, te entregas al Leviatán y listo.​


Fin del cuento.
Pero Locke dice:

“No, no, no. El consentimiento es permanente.​


Si el gobierno rompe el trato —si deja de proteger tus derechos—, tú tienes
derecho a rebelarte.”

¡Exacto!​
Locke justifica las revoluciones.

Ejemplo: si un gobierno te quita tu libertad, censura tus ideas, se mete en tu


casa y decide qué puedes decir o pensar... Locke estaría armando barricadas
contigo.

Y así nace el liberalismo

No confundir con lo que algunos llaman “liberalismo” en redes sociales hoy.

El liberalismo clásico (el de Locke) es esta idea:

El Estado existe para proteger lo que tú ya tienes por el simple hecho de ser
persona:​
tu vida, tu libertad, tu propiedad.

Y si el Estado no lo hace, pierde su legitimidad.


7. El cuerpo y el deseo: Bentham y la utilidad
Ya pasamos por el miedo (Hobbes), la razón (Locke)…​
Y ahora entramos a una nueva fase: el placer.

No el placer místico. No el de los poetas.​


El placer cuantificable. El que se mide.

Acá aparece Jeremy Bentham, un tipo que básicamente dijo:

“Olvídense de la virtud, del alma, del deber moral... ¿Qué nos mueve
realmente?​
El deseo de pasarlo bien y evitar el sufrimiento.”

Y de ahí nace el utilitarismo.

Lo justo ya no es lo virtuoso, sino lo útil

Para Bentham, no hay una idea universal de “lo bueno” o “lo correcto”.​
No existe una “Justicia” con mayúscula flotando en el cielo.​
Hay una sola regla:

Lo justo es lo que genera el mayor placer para el mayor número de


personas.

Así de simple. Y así de brutal.

Ejemplo: ¿Hacer una fiesta en la azotea es justo o injusto?​


Si 50 personas gozan y solo 3 vecinos no duermen... Bentham te dice: “Hazla”.

El placer se mide. Literal.

Bentham estaba tan obsesionado con esta idea que quiso hacer una especie de tabla de
Excel moral.​
Cada decisión se puede evaluar con dos criterios:

1.​ ¿Cuánto placer o dolor genera?​

2.​ ¿Cuánto tiempo dura ese placer o dolor?

Ejemplo real:​
Ver 3 capítulos seguidos de tu serie favorita → placer leve, duración media.​
Terminar la carrera → dolor intenso, placer diferido, pero duradero.​
Bentham estaría tratando de sacar promedio y hacer una fórmula.

Este sistema se conoce como el principio de utilidad.​


Y aunque suene frío, es la base de muchas decisiones políticas actuales.

La ética se vuelve estadística, la política una suma de individuos


Con Bentham ya no hablamos de comunidades, ni de vínculos, ni de almas armoniosas.​
Hablamos de individuos sueltos, como pelotitas de pinball, buscando placer y evitando
dolor.

Y si quieres gobernar bien, suma placeres y resta sufrimientos.​


No necesitas una teoría del bien. Solo necesitas una calculadora.

Ejemplo: ¿Hay que poner más buses? No preguntes si es “noble” o “digno”.​


Pregunta: ¿a cuántas personas hará la vida más fácil? ¿Cuánto malestar
ahorra?

Crítica a la moral clásica: chao nobleza, hola deseo

Los antiguos hablaban de virtud, de excelencia moral, de buscar lo mejor de ti.​


Bentham dice:

“Lo siento, pero nadie vive para ser sabio. La gente quiere estar bien.”

Se elimina la noción de lo “alto” o “elevado”.​


No importa si tu placer es tocar Bach o ver TikTok. Si te da gusto y no daña a nadie: ¡válido!

La moral ya no es una escalera espiritual.​


Es un mapa de calor: zonas donde se goza más, zonas donde se sufre menos.
8. De la armonía al cálculo: el legado moderno
Hemos recorrido harto.

Partimos en un mundo donde todo tenía sentido —el alma, la polis, el cosmos—​
y terminamos en un mundo donde todo se mide, se negocia o se programa.

La modernidad, con sus avances, también nos dejó una sensación extraña:

¿En qué momento pasamos de buscar la verdad... a optimizar procesos?

De virtud a eficiencia

Antes, lo ideal era ser bueno: virtuoso, sabio, justo.​


Ahora lo ideal es ser eficiente: rápido, útil, productivo.

Ejemplo: antes, un sabio era alguien que meditaba sobre el alma.​


Hoy, un “sabio” es quien sabe usar Excel, automatizar tareas o ganar
seguidores con una frase de Paulo Coelho mal citada.

Y no es que esté mal querer ser más eficiente.​


Pero algo se perdió en el camino: la pregunta por el sentido.

De comunidad a cálculo de intereses

Platón pensaba en la polis como un cuerpo con alma.​


Aristóteles creía que solo vivimos plenamente en comunidad.​
Agustín buscaba en el alma una verdad interior.

Pero en la modernidad...

La sociedad ya no es un coro que busca armonía.​


Es una especie de feria libre de intereses individuales.

Cada quien buscando su beneficio, su oportunidad, su nicho.

Ejemplo: antes se hablaba de “formar ciudadanos”.​


Hoy hablamos de “capital humano”.​
Y suena igual de técnico que frío.

Fragmentación del sujeto: ¿quién soy yo ahora?

En todo este proceso, el sujeto se rompe.

Ya no somos parte de un orden natural.​


Ya no estamos anclados en una comunidad moral compartida.​
Ni siquiera nos entendemos como una unidad sólida.
Ahora somos más bien un collage:​
un poco de razón, un poco de deseo, una historia de trauma no resuelta, una
playlist emocional, y varios intentos de armar un yo coherente con stickers y
filtros de Instagram.

Y lo peor: a veces creemos que eso es lo normal.

Lo humano como objeto técnico

Hoy, lo humano se estudia como se estudia una máquina:

●​ ¿Qué lo motiva?​

●​ ¿Cómo responde a estímulos?​

●​ ¿Qué datos produce?​

●​ ¿Cómo se puede gestionar mejor?​

Ejemplo: en vez de preguntarnos si una escuela forma personas plenas...​


preguntamos cuántos puntos subió en las pruebas estandarizadas.

Lo humano se volvió una variable manipulable,​


no una realidad espiritual o existencial.​
9. Reflexión personal y existencial
Llegamos al final del viaje.

Pasamos por griegos que creían en el orden cósmico, por santos que miraban hacia el
alma, por modernos que rompieron todo para volver a armarlo desde cero… y por tipos que
convirtieron la ética en tablas de Excel.

Y ahora, después de todo eso, me quedo pensando:

¿Qué significa ser humano hoy?

¿Lo humano es algo fijo… o algo que se construye?

¿Nacemos con algo que nos hace humanos? ¿O todo lo que somos —nuestra forma de
pensar, amar, enojarnos, vestirnos o incluso sufrir— es producto de la cultura?

¿Serías tú misma si hubieras crecido en otra familia, en otro país, con otro
idioma y otra historia?

La filosofía no te va a dar una respuesta clara.​


Pero te deja la pregunta pegada como post-it mental.

¿Preferimos un mundo con sentido… o con control?

En la antigüedad, lo importante era vivir en armonía con un orden superior.​


Ahora, lo importante es tener todo bajo control: emociones, finanzas, tiempo, productividad,
redes.

Pero a veces, tanto control nos deja vacíos.​


Y nos preguntamos si no extrañamos algo de ese viejo mundo con sentido,
aunque fuera más incierto.

¿Estamos mejor guiándonos por la armonía… o por la utilidad?

¿Hacemos lo correcto porque sentimos que está bien?​


¿O porque es lo que da más resultados?

¿Ayudamos a alguien porque “es lo justo”?​


¿O porque “es conveniente”?

¿Vivimos como una sinfonía… o como una hoja de cálculo?

En fin…

Si después de todo esto no tienes respuestas, está bien.​


La filosofía no es para dar certezas, sino para acompañarte en las preguntas.

Y si estás leyendo esto un martes en la tarde o un sábado con caña, recuerda:


Estás pensando.​
Estás dudando.​
Estás sintiendo que hay algo más.​
Eso —aunque no lo creas— ya es filosofar.

Y si alguna vez te vuelve la pregunta de “¿qué cresta estoy haciendo con mi vida?”,​
tal vez lo único que te está pasando es que estás empezando a entender que ser humano
nunca fue tenerlo claro, sino atreverse a preguntar
10. Super resumen
Platón​
→ El alma y la ciudad tienen partes que deben estar en armonía​
→ La justicia es que cada parte cumpla su función​
→ Pero vivimos atrapados en apariencias (la caverna)​
→ Filosofar es salir y ver el orden verdadero.

Aristóteles​
→ Ese orden se realiza en la polis, donde vivimos según nuestra naturaleza​
→ El lenguaje y la comunidad son clave para desarrollar virtud​
→ La vida buena solo ocurre entre otros.

San Agustín​
→ Ya no miramos el mundo, sino el alma: ahí habita la verdad​
→ El mal no es una fuerza, es ausencia de bien​
→ Necesitamos gracia, no solo voluntad, para encontrar sentido.

Copérnico y Galileo​
→ Rompen la idea de un universo con centro y propósito​
→ El cosmos ya no gira en torno a nosotros​
→ Se abre una crisis: ¿dónde está el sentido ahora?

Descartes​
→ Lo único seguro es que pienso → luego existo​
→ El yo se convierte en el nuevo centro​
→ Separamos mente y mundo: nace el sujeto moderno.

Hobbes​
→ Sin orden, el ser humano es caos y miedo​
→ Creamos el Estado (Leviatán) para sobrevivir​
→ Pagamos libertad a cambio de seguridad.

Locke​
→ Pero tenemos derechos antes del Estado​
→ Solo aceptamos su poder si protege vida, libertad y propiedad​
→ Si rompe el pacto, podemos resistir.

Bentham​
→ Olvida la virtud: lo importante es el placer y evitar el dolor​
→ Lo bueno es lo que beneficia al mayor número​
→ Todo se mide: intensidad, duración, consecuencias.

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