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Pascual

San Pascual Bailón nació el 17 de mayo de 1540 en Aragón y desde niño mostró una profunda devoción religiosa, dedicándose a la vida de pastor mientras cultivaba su espiritualidad. A los 20 años, decidió convertirse en religioso franciscano, renunciando a las comodidades del mundo y dedicándose a la oración, la mortificación y el servicio a los demás. Su vida estuvo marcada por la humildad, la caridad y una notable sabiduría teológica, lo que le permitió guiar a muchos hacia una vida de fe y penitencia.
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San Pascual Bailón nació el 17 de mayo de 1540 en Aragón y desde niño mostró una profunda devoción religiosa, dedicándose a la vida de pastor mientras cultivaba su espiritualidad. A los 20 años, decidió convertirse en religioso franciscano, renunciando a las comodidades del mundo y dedicándose a la oración, la mortificación y el servicio a los demás. Su vida estuvo marcada por la humildad, la caridad y una notable sabiduría teológica, lo que le permitió guiar a muchos hacia una vida de fe y penitencia.
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1

SAN PASCUAL BAILÓN, CONFESOR

Día 17 de mayo

P. Juan Croisset, S.J.

P
or los años del Señor de 1540, reinando Carlos V, y
presidiendo la Silla de San Pedro el papa Paulo III, nació San
Pascual Bailón, día 17 de Mayo, y primero de la Pascua de
Pentecostés, para gloria de España y ornamento de la
religión de San Francisco. El lugar de su nacimiento fue una
pequeña aldea del reino de Aragón, llamada Torre-
Hermosa, obispado de Sigüenza. Sus padres fueron Martín
Bailón é Isabel Jubera, honrados labradores de escasa
fortuna, pero ilustres por la piedad de sus costumbres.
Siendo todavía niño y sin saber andar, comenzó la gracia á
dirigir sus operaciones, como preludios que eran de la
sublime santidad á que había de subir en la edad provecta.
Si alguna vez le dejaba su madre solo, se iba á la iglesia á
gatas, en donde le encontraba con los ojos fijos con tal
intensidad en las imágenes de Jesús y de María, que la
costaba trabajo separarle de ellas. Ya joven, le dedicaron
sus padres al oficio de pastor; y aunque este solitario
ejercicio parece que le cerraba las puertas para aprender á
leer y escribir, pudo tanto su diligencia que aprendió uno y
otro, ya preguntando á los que sabían, y ya ilustrándole
Dios para que venciese la gracia los impedimentos
terrenos. Su zurrón, en lugar de contener el ordinario
alimento, era una pequeña biblioteca, en donde se
encontraban varios libros piadosos, y el Oficio de la Virgen,
que rezaba diariamente con suma devoción y consuelo de
su alma. Por esta causa se separaba de los demás pastores,
aborrecía sus juegos y entretenimientos, y vivía en aquel
oficio como el ermitaño más aprovechado. Su conversación
era santa y agradable, sus modales apacibles y dulcísimos,
su genio manso y templado; de modo, que los demás
2

pastores admiraban en él la madurez y prudencia de un


anciano, y la pureza é inocencia de un ángel. Hablábales
muchas veces de la grandeza de las virtudes, de la santidad
de la vida cristiana y de la fealdad de los vicios; y esto lo
hacía con tanta gracia y con tan fervoroso espíritu, que los
demás pastores, con ser ya algunos hombres ancianos, se
movían á compunción, corriendo las lágrimas por sus
rostros. Con singularidad les inspiraba una tierna devoción
á la Madre de Dios, á quien él amaba y servía con todo el
ahínco de su corazón. Si alguna vez advertía que sus
compañeros se desazonaban y prorrumpían en juramentos
ó blasfemias, los corregía amorosamente y los suplicaba
que pusiesen sus ojos en María Santísima; y de este modo
logró apaciguar sus rencillas, y muchas veces libertarlos de
peligros.

No se olvidaba al mismo tiempo de añadir á los duros


trabajos de pastor otras varias mortificaciones, entre ellas
el andar descalzo por lugares escabrosos y llenos de
espinas, procurando de este modo imitar al Pastor divino,
que tanto había padecido por sus ovejas. Divulgándose la
fama de sus amables prendas, entró en ganas Martín
García, hombre poderoso á quien el Santo servía, de tenerle
por hijo, estimando en más esta gloria que todas sus
riquezas. Llamó á Pascual, y, cuando lo tuvo en su
presencia, le propuso cómo quería adoptarle por hijo,
haciéndole dueño de muchas posesiones y grandes
riquezas que le había dado el Cielo. Pero el santo joven, que
había ya elegido en su corazón á Jesucristo por su heredad
y toda su riqueza, le respondió que distaba tanto de admitir
su generosidad, que antes bien pensaba en hacerse
religioso, abandonando no solamente los bienes
temporales, sino la posibilidad de obtenerlos. Que, por lo
demás, le daba rendidas gracias y le sería agradecido,
encomendándole á Dios en sus oraciones.

Con este pensamiento procuraba Pascual estrechar su


vida con nuevas mortificaciones, ensayándose para la vida
austera que debía emprender. Siendo ya de edad de veinte
años, le fue preciso deliberar de la ejecución de sus santos
deseos, para cuyo efecto pasó al reino de Valencia. Quiso
despedirse de su hermana, que habitaba en un lugar
3

intermedio, y, habiendo ido á su casa, le recibió con sumo


amor, y quiso regalarle según sus facultades le permitían.
Dispúsole una abundante cena, cual, convenía á quien
consideraba fatigado del camino, y necesitado de recuperar
las perdidas fuerzas; pero el santo mancebo, por más
instancias y súplicas que le hizo su hermana, jamás
condescendió en tomar otra cosa que un poco de pan y
agua. Admiróse la hermana de tanta abstinencia, y,
conjeturando que á esta mortificación acompañarían otras
mayores, con curiosidad femenil quiso averiguarlo viéndolo
por sus ojos. Tenía ésta una compañera llamada Juana
García, á quien encomendó que dispusiese una cama bien
mullida para que descansase su hermano; y, haciéndolo así,
introdujeron al Santo en su cuarto, y, cerrada la puerta, se
pusieron las dos á acechar por un agujero lo que el Santo
hacía. Pasado un poco de tiempo, advirtieron que se
desnudaba, y, sacando unas disciplinas, se azotaba con
tanta crueldad, que tuvieron que apartarse de allí, no
pudiendo contener las lágrimas que sacaba de sus ojos
aquel sangriento espectáculo. A la mañana siguiente,
habiendo tomado pan y agua por desayuno, encargó mucho
á su hermana que viviese en el santo temor de Dios, y,
despedido de ella, prosiguió su viaje.

Como éste se dirigía á poner por obra las inspiraciones


de la gracia, no tenía otro fin que renunciar el mundo y las
comodidades que éste le ofrecía en su patria, y servir á
Dios en dondequiera que viviese. Sus deseos eran
principalmente de ser religioso; pero, no proporcionándose
ocasión oportuna para ello, tuvo que volver á su ejercicio de
pastor.

Las mutuas rencillas que tenían entre sí los pastores,


creían éstos que se vencían ó que se apaciguaban con
maldiciones y juramentos; de lo cual ofendido grandemente
el santo joven, determinó escapar cuanto antes de tan
multiplicados peligros. Significólo á un amigo suyo, que era
de los más moderados entre aquellos pastores, el cual le
respondió: Si piensas entrar en religión, ¿por qué no te vas
al monasterio de Nuestra Señora del Huerto, que es
monasterio rico, y está en tu tierra?—Por eso mismo,
respondió el Santo, yo he dejado mi patria, mis padres y
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parientes, para vivir en este mundo como en un destierro,


sin más pensamiento que buscar el camino derecho para la
Patria Celestial; yo he renunciado el rico patrimonio y
adopción que me ofrecía mi amo, por la pobreza de
Jesucristo ; y así nada me puedes proponer más opuesto á
mis intentos que la entrada en un monasterio rico y que
está en mi patria.

Aunque hasta entonces no tenía Pascual


determinación fija del sitio y religión en que haría sacrificio
á Dios de sí mismo, con todo eso, la Divina Providencia,
como que le iba adjudicando á la religión franciscana en su
nueva reforma. Esto daba á entender aquel fervor particular
con que la gracia había encendido su espíritu con la
devoción de Nuestra Señora de Loreto y un afecto particular
que á los religiosos de aquel convento profesaba. Una
visión celestial aseguró á Pascual del verdadero norte que
debía seguir, y calmó las turbaciones de su espíritu. Cuando
éste se hallaba enajenado con soberanas dulzuras, le
pareció ver un religioso y una religiosa que vestían un
hábito de penitencia muy semejante al que usaban los
religiosos del referido convento. Vuelto en sí, entendió que
la voluntad de Dios era que tomase allí el hábito, y sin más
dilación se fue al guardián y se le pidió con humildad. Como
eran bien conocidas las virtudes del zagal entre todos los
religiosos, accedieron con gusto á sus súplicas y le dieron el
hábito con suma complacencia, persuadidos á que Dios los
enriquecía con un tesoro tal de santidad: Experimentada su
perfecta vocación y reconocida por el Cielo, le dieron la
profesión el día de la Purificación de Nuestra Señora el año
1565.

Viéndose Pascual libre de los lazos del mundo y


dedicado para siempre al servicio de Dios, atada su
voluntad con los tres votos de pobreza, obediencia y
castidad, dio gracias al Todopoderoso y comenzó de nuevo
la carrera de la perfección con tanto fervor como si hasta
entonces no la hubiera comenzado. Ejercitábase de
continuo en los oficios más humildes y despreciables, con
una alegría que manifestaba la tranquilidad de su alma y el
gusto que tenía en asemejarse á aquel Señor que se
humilló hasta la muerte. Nunca jamás se le vio ocioso. La
5

oración, la mortificación y las ocupaciones de la obediencia


dividían su tiempo y sus obras. Siendo portero, llamaron
unas mujeres solicitando que el guardián bajase á
confesarlas; llevó el Santo el recado, y respondiéndole el
superior que le excusase, diciendo que no estaba en casa,
respondió el Santo: Perdonadme, Padre, no diré tal, porque
eso seria pecado venial. Sabía que Jesucristo es verdad por
esencia, teníale en su corazón y no podía ofender ni con la
más ligera palabra los privilegios de la caridad con que le
amaba.

No se contentaba con aliviar la miseria temporal de


sus prójimos pidiendo limosna para darla después á los
necesitados. Su caridad se extendía á más altos fines, y sus
limosnas eran acompañadas de discursos patéticos sobre la
fealdad del pecado, sobre las penas del Infierno y sobre la
grandeza de Dios. Esta invención feliz redujo á muchas
almas de un estado de perdición á una vida fervorosa,
contándose entre ellas muchas mujeres perdidas, muchos
pecadores endurecidos y obstinados en sus vicios, que,
acobardados de su enormidad, llegaban á desconfiar de la
divina Misericordia. Con el mismo espíritu de caridad
reprendía las faltas que advertía, no solamente en sus
hermanos, sino aun en los mismos superiores. Tenía en esto
tanta gracia y era tan dulce el artificio que le sugería su
celo, que jamás su corrección produjo disgustos ni
desazones, sino reconocimiento y enmienda.

El continuo empleo de su tiempo en las obligaciones


de portero, limosnero y otros tales ejercicios, le alejaban de
las conversaciones de los religiosos instruidos en materias
teológicas. Sin embargo, los sabios religiosos que le
trataron depusieron con juramento que hablaba de los
dogmas más sublimes de la religión con una precisión,
exactitud y alteza que los dejaba asombrados. Proponíanle
las cuestiones más difíciles acerca de la Trinidad, de la
Encarnación y divinos atributos, y á todas satisfacía con tan
sublime doctrina y tan acertadas respuestas, que se veía
claramente ser el Divino Maestro quien le enseñaba. En
efecto, en la oración era donde Dios le manifestaba
aquellos arcanos que no le es dado al hombre comprender,
ni mucho menos explicar con palabras. Importunábanle los
6

religiosos con las preguntas más arduas y argumentos más


difíciles que tiene la teología, deseosos de alimentar sus
almas con aquella ciencia no aprendida que salía de sus
labios. Pero el Santo, temeroso de los perjuicios que podría
ocasionar á su humildad esta prueba, inventó un artificio
para ocultar su milagrosa sabiduría. Procuróse varios libros
teológicos, leía en ellos y de ellos daba á entender que
sacaba las respuestas que le oían. Para este efecto escribió
dos libros en donde se trataba de la unión hipostática del
Verbo divino y de otras materias igualmente dificultosas. Y
para dar á entender que nada de lo que allí había era
producción suya, puso en la portada esta inscripción: En el
nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu
Santo, tres Personas y un Dios verdadero, Criador de todas
las cosas visibles é invisibles, á quien sea dada la gloria y el
imperio por todos los siglos de los siglos. Amén. Yo fray
Pascual Bailón, natural de Torre-Hermosa de Santa María de
Horta, escribí este fárrago para mi espiritual recreo,
habiéndole recogido fielmente de muchos libros santos. No
obstante esto, estando en cierta ocasión enfermo, pidió con
suma eficacia al guardián que quemase estos libros, para
que no quedase en el mundo cosa alguna de donde le
pudiese resultar honor y gloria.

La virtud de la humildad, la de la paciencia y la de la


obediencia están tan íntimamente unidas, que con
dificultad se encuentra la una sin la otra. En los ejercicios
de la obediencia hallaba Pascual mucho que sufrir, y
ocasiones de humillarse; y, de la misma manera, en la
paciencia y en la humillación encontraba el mérito de la
obediencia. Su espíritu fervoroso en nada encontraba
dificultad ni temía peligro, con tal que pudiese conducir
para este efecto. Vióse esto en la difícil peregrinación que
hizo á Francia en el año de 1570. Ofrecióse al custodio de
su provincia un caso arduo, que necesitaba consultarse con
el General. Residía éste á la sazón en París, para donde la
escasez de los correos en aquel tiempo hacía necesario
enviar un religioso. Habiendo meditado el custodio quién
sería más oportuno rara una expedición en que peligraba la
vida, por causa de estar infestadas las provincias de Francia
de herejes hugonotes, que odiaban mortalmente á los
frailes, halló que sólo Fr. Pascual aceptaría un cargo tan
7

arriesgado. Llamóle, y le mandó que emprendiese este


viaje; y el Santo, con suma alegría, se puso al instante en
camino, confiando en que la obediencia le sacaría salvo de
todos los peligros. ¿Llegó al primer convento que tenía su
religión en Francia; y habiendo examinado los sabios Padres
de aquella comunidad la comisión que llevaba, y
conociendo, por otra parte, que peligraba su vida, se
pusieron á disputar si era lícito obedecer con semejante
peligro. Resolvieron que sí, y dejáronle seguir su camino.
Iba el Santo descalzo de pie y pierna, con hábito andrajoso
y un rostro de penitencia que llevaba tras sí los ojos de
todos. Por cuantos lugares pasaba, en otros tantos recibía
muchas molestias y persecuciones del pueblo, que gritaba
con furor: Al papista, al papista, acompañando estas
insultantes palabras con malos tratamientos, y
apedreándole muchas veces. En un pueblo le rodearon una
porción de herejes, creyendo que un fraile, en la apariencia
sin letras, podría fácilmente ser convencido é imbuido de
sus errores. Preguntáronle si creía que en la hostia
consagrada se contenía el cuerpo de Cristo; y habiendo
respondido que sí, comenzaron á argüirle con sofismas
capciosos para apartarle de la verdadera creencia. El Santo
respondió á todo con tanta copia de doctrina y solidez de
fundamentos, que tuvieron los herejes que dejarle,
confusos y avergonzados. Pero con rabia infernal
comenzaron á despicarse apedreándole de manera que le
hubieran quitado la vida, si Dios milagrosamente no hubiera
torcido la dirección de las piedras. Prosiguiendo su camino,
y hallándose molestado del hambre, llegó á pedir limosna á
la puerta de un poderoso. Mandóle éste entrar, púsole á su
mesa, y mientras comía le dijo que sus trazas eran de un
espía español, y como á tal, en levantándose de la mesa,
estuviese seguro de que iba á mandar darle muerte. Calló
el Santo, quedándose con una serenidad admirable; de la
cual movida la señora á compasión, hizo echarle de casa sin
que lo viese su marido. A este tenor padeció otros muchos
peligros y trabajos; pero, como obraba por obediencia, Dios
premió esta heroica virtud, haciendo que concluyese su
expedición y volviese á Almansa bien despachado, como el
custodio se lo había prometido. Sin embargo de que su
vestido ni le daba abrigo, ni le libertaba de las injurias del
tiempo, todavía juzgaba Pascual que era un regalo. Ponía
8

debajo de él varias suertes de cilicios que con piadosos


artificios formaba, unas veces de cerdas, otras de espinas
de cardos y otras de puntas de hierro. Su cama era el duro
suelo ó una porción de leña, que más bien servía para
atormentar el cuerpo cansado que para tomar alivio.
Pasaba lo más de la noche en continua oración, tal vez
puesto de rodillas, y tal vez postrado en tierra con los
brazos extendidos, para que á la meditación acompañase el
mérito de la penitencia. Dábase crueles disciplinas casi
todos los días del año, particularmente en las fiestas de los
mártires, deseando experimentar en sí de alguna manera
los dolores del martirio.

A virtudes tan sublimes acompañaba una oración


continua y una altísima contemplación de los divinos
misterios, en la cual gustaba su alma de tan soberanas
dulzuras, que recompensaban abundantemente todos sus
rigores, ayunos y penitencias. Tal vez, enajenado y fuera de
sí mismo, se daba contra las paredes, y rodaba las
escaleras hasta que el dolor le volvía á su ser y le hacía
cortar el ímpetu de la contemplación. De sus escritos en
esta materia se deduce la alteza y perfección á que llegó
este siervo de Dios. Ellos contienen lo más puro, lo más
acendrado y sublime de cuanto escribieron los santos. Allí
se ven unos coloquios tan tiernos y afectuosos, que
prueban el ardiente fuego en que fueron engendrados. A la
Madre de Dios tenía una devoción tierna y afectuosa;
veneraba sus imágenes con una humillación y respeto que
infundía devoción en cuantos lo veían. Rezaba su santo
Rosario con tanta frecuencia, que tenía las cuentas
gastadas; y en sus pláticas y conversaciones jamás trataba
otra cosa que la Vida y Pasión de Jesucristo y las grandezas
de su Madre Santísima.

Unas virtudes tan heroicas quiso Dios que estuviesen


adornadas en su siervo con aquellas gracias que se llaman
gratis datas, las cuales las suele conceder Dios
misericordiosamente para manifestar la virtud de los que le
sirven con sencillez de corazón. Tuvo el don de profecía, el
de penetrar los corazones y el de hacer milagros. En todos
ellos fue admirable, juntando al mismo tiempo la exaltación
de la gloria de Dios y el provecho de sus prójimos. Una de
9

las cosas que predijo fue el día y hora de su muerte. Quería


Dios dar el premio debido á sus prodigiosas virtudes; y el
Santo notaba en la efervescencia de su espíritu que quería
desasirse de las cosas terrenas y de los lazos de la carne,
para unirse eternamente á Aquel á quien había amado toda
su vida. Notó esto también una mujer piadosa, que, viendo
al Santo ayudar á Misa, advirtió en su semblante una
alegría y sonrisa tan extraordinarias, que la pareció ver á
un bienaventurado. Estando, pues, en el convento de
Villarreal, y presintiendo que estaba cercana su muerte, le
dijo á un religioso que le lavase los pies. Extrañó éste
semejante diligencia en un hermano qué tan poco cuidaba
del aseo de su persona, y mucho más sabiendo la profunda
humildad que caracterizaba sus acciones y pensamientos.
Significó al Santo su extrañeza, y éste le respondió con una
paz y sencillez admirables: No os admiréis, hermano, que
quiero tener los pies limpios para recibir el santo
sacramento de la Extremaunción, si acaso Dios quisiese
que me sea necesario recibirle.

El suceso manifestó que hablaba con espíritu profético,


pues de allí á pocos días cayó gravemente enfermo de la
última enfermedad. Sufrió con suma paciencia los dolores y
congojas de una dolencia que las tiene tan mortales, como
es el tabardillo y dolor de costado. Nunca le oyeron
quejarse, ni pedir medicina ni alimento, ni volverse de un
lado á otro en la cama; antes bien, el rostro alegre y
tranquilo manifestaba el deseo que tenía de ser desatado
de los lazos de la carne, para vivir eternamente con Cristo.
En el discurso de la enfermedad, que duró sólo ocho días,
se levantó una vez á dar limosna á los pobres, dándole la
caridad y la gracia las fuerzas que le faltaban al cuerpo. En
esta ocasión avisó á una pobre mujer que estaba enferma,
de que en un mismo día saldrían los dos de este mundo, lo
cual se verificó. Agravóse la dolencia; y habiendo recibido
los sacramentos de la Eucaristía y Extremaunción con
devoción suma, pidió que para morir le sacasen de la cama
y le pusiesen en el suelo, queriendo imitar en esto á su
santo patriarca. No se le concedió, y así, contento de todos
modos con la voluntad de Dios y de sus superiores,
teniendo un Crucifijo en las manos, los ojos clavados en él,
y el dulce nombre de Jesús en la boca, expiró, dando su
10

espíritu al Señor el día 17 de Mayo del ano de 1592, primer


día de la Pascua de Pentecostés, y á la misma hora que
elevaba el sacerdote la sagrada Hostia en la Misa Mayor. Su
cuerpo quedó hermoso, flexible, y con un semblante que
movía á un mismo tiempo á veneración y a ternura. Las
gentes se conmovieron, y venían de todas partes á venerar
el sagrado cadáver, publicándole por santo. Teníase por
dichoso el que podía lograr la parte más mínima de un
remiendo de su hábito, ó cualquiera otra cosa, por
despreciable que fuese. El Cielo glorificaba á este siervo de
Dios con infinitos prodigios, pues ningún doliente tocó al
Santo, en los tres días que estuvo expuesto á la veneración
de los fieles, que no recibiese el remedio de su enfermedad.
Ya habían dejado casi desnudo el santo cuerpo, y de hora
en hora, crecía la multitud del pueblo que venía movida de
la fama de su santidad y de sus milagros. Pensaron en
enterrarle, y para lograrlo tuvieron que valerse de la astucia
y de la autoridad de la justicia. Pusieron el cadáver en una
caja con suficiente porción de cal viva para que se
consumiese la carne, y depositóse todo debajo del altar
dedicado á la Purísima Concepción de María. El año de 1611
se hizo por el comisionado obispo de Segorbe la inspección
del cadáver, el cual fue hallado entero é incorrupto, sin
embargo de haber sido cubierto de cal al tiempo que se
hizo su entierro. Justificado esto y una portentosa multitud
de milagros, que sería largo referir, concurrieron los
solícitos oficios de reyes, príncipes, grandes, entre ellos el
duque de Gandía, que dedicó al Santo un magnífico
sepulcro; y últimamente, á solicitud de su religión, beatificó
Paulo V á este siervo de Dios el día 19 de Octubre de 1618.
Alejandro VIII le canonizó después en el año de 1690;
continuando Dios sus prodigios por la intercesión de este
Santo con todos aquellos que para ser oídos procuran ser
imitadores de sus santas obras. Recientemente nuestro
romano pontífice León XIII, en su Breve de 28 de Noviembre
de 1897, declaró á San Pascual Patrono Celestial de los
Congresos Eucarísticos y de las cofradías del Santísimo
Sacramento.

La Misa es en honor de San Pascual, y la oración


la que signe:
11

¡Oh Dios, que adornaste á tu bienaventurado confesor


Pascual con un amor maravilloso acerca de los sagrados
misterios de tu Cuerpo y Sangre! Concédenos,
misericordioso Señor, que merezcamos percibir aquella
dulzura que el Santo percibía en este divino convite del
espíritu. Tú que vives y reinas...

La Epístola es del cap. 31 del libro de la


Sabiduría, y la misma del día 13.

REFLEXIONES

Aun más que las riquezas, desean los hombres el


honor, la fama y la gloria. Habiéndose apoderado de
nuestros primeros padres tan profundamente el vicio de la
soberbia, se ha propagado en nosotros esta herencia
criminal con tal fuerza, que, por lo común, ella es la que
inficiona nuestras acciones. Por eso el Sabio no encontraba
ninguna en toda la vida que no tuviese el sello de la
vanidad, clamando en todas las cosas vanidad de
vanidades, y todo vanidad. El hombre más bien provisto de
bienes de fortuna, piensa que nada tiene cuando le faltan
los oropeles del honor. Y aun éste se desprecia en
comparación de un hombre ruidoso que acarree mucha
fama y mucha gloria. Por este bien imaginario se sacrifican
con gusto el reposo, las riquezas y hasta la misma vida; sin
que haya peligro tan horroroso ni muerte tan aciaga que
pueda retraer á los hombres, cuando una vez se han
embriagado de la pasión de la gloria. Al paso que esto es
verdad, no lo es menos que yerran los hombres el camino
por donde pueden lograr seguramente el objeto que
desean. Es un engaño creer que ha de haber para los
cristianos otra ley y otra regla que la que ha habido para
Jesucristo. Este Hombre-Dios llegó á toda la exaltación que
le pudo dar su Eterno Padre por medio del cumplimiento de
la ley y de las mayores humillaciones. He aquí el sendero
derecho que guía á la inmortalidad y á la gloria verdadera;
y he aquí el mismo que propone el Espíritu Santo en la
Epístola de este día. El que despreció las riquezas, el que no
permitió que deslumbrase sus ojos el brillo seductor del oro,
12

ni puso en él sus esperanzas, éste será eternamente


glorioso. Estas palabras de eterna verdad se ven
comprobadas con una experiencia tan constante, que causa
maravilla cómo han podido los hombres buscar otro camino
para llegar á hacerse famosos en el mundo.

Todos los héroes que nos presenta la historia llevan


consigo la idea del desprecio, y aun de la execración,
cuando sus acciones no han estado selladas con el sello de
la virtud. Un Alejandro subyugando al universo, un Julio
César usurpándose el poder de la mayor de las repúblicas
del mundo, y otros semejantes personajes podrán
conciliarse una vana admiración; pero sus obras
sanguinarias cubrirán de una eterna ignominia su memoria.
¡Qué locura, pues, es la tuya, oh cristiano, cuando con
semejante experiencias andas todavía tan solícito para
procurar conseguir la gloria de este mundo! ¿Piensas que
éste mudará contigo sus antiguas máximas de confundir y
llenar de desprecio á aquellos que más le han servido?,
¿Crees que se puede mudar la misma verdad, ni que
podrán faltar jamás sus divinas palabras? No es posible que
quepan en tu corazón ideas tan quiméricas. Luego, si
deseas gloria, debes estar persuadido á que no podrás
jamás conseguirla sino por el camino que la alcanzaron los
santos.
El Evangelio es del cap. 12 de San Lucas, y el mismo que el
día 12.

MEDITACIÓN

Sobre los bienes de la humildad.

PUNTO PRIMERO.—Considera que la humildad es un


manantial de bienes verdaderos para el alma que en ella se
ejercita, los cuales huyen perpetuamente de los soberbios.

Estos miserables andan vagando, hechos presa de sus


soberbios pensamientos, para encontrarla paz y
tranquilidad de su alma, que, á manera de sombra, huye de
ellos cuanto más la persiguen. La soberbia, la ambición y el
deseo de ensalzarse sobre sus semejantes llenan el corazón
13

del hombre de tales cuidados y fatigas, que le traen en un


perpetuo desasosiego y en un circulo de inquietudes. Por
más que se adelanten sus pasos hacia el objeto deseado;
por más que consiga una gran parte de aquellas
distinciones y autoridad que apetece, siempre se le
presenta á los ojos un camino interminable y una multitud
de objetos que ponen á su soberbia en nuevo y continuo
movimiento. Por eso dice el Espíritu Santo que la soberbia
está siempre en un continuo ascenso. ¡Y cuántos dolores,
cuántas amarguras tiranizan el corazón humano, cuando no
corresponde á sus deseos el éxito de sus pretensiones! El
soberbio está continuamente formando proyectos que
desvanecen las casualidades; inventando artes y astucias
que salen vanas; haciendo pretensiones ineficaces en el
efecto, sacrificando sus riquezas para comprar los medios
de su exaltación.

El humilde, por el contrario, ¡de qué gozo, de qué


tranquilidad verdadera no tiene inundado el corazón! Con
todo está contento, todo le satisface; mira los bienes de
este mundo como impedimentos para ser feliz; las
dignidades, como el centro de la inquietud y de las
amarguras; y el ser más que los demás, como un motivo de
mayor responsabilidad y de mayor peligro para su alma.
Desde el abatido lugar en que habita, ve con ojo tranquilo
derrocarse las torres altas de soberbia; y los grandes
acaecimientos que espantan al mundo, apenas logran en él
una ojeada desdeñosa. Sólo ve grandeza, riqueza y poder
en Dios; y, contento con servirle, coloca en esto toda su
gloria. Nada le turba el sueño, porque sus pensamientos
son pensamientos de paz. Ninguna cosa le da pesadumbre,
porque en nada de este mundo coloca su interés. Nada
turba la tranquilidad de su alma, porque todo lo que no es
Dios lo mira con indiferencia.

PUNTO SEGUNDO.—Considera que la humildad, además


de la tranquilidad que produce en el alma, es un imán que
atrae hacia sí las divinas gracias y misericordias.

El apóstol Santiago explicó en pocas palabras las


prerrogativas singulares de la humildad, diciendo: que Dios
resiste á los soberbios, y da su gracia á los humildes. En
14

efecto, así como de un modo admirable hace que no tengan


efecto todas las maquinaciones de los soberbios, de la
misma manera por caminos escondidos ensalza á los
humildes, llenándolos de gracias y honores mayores que
sus esperanzas. ¿Quién no se pasma al ver al soberbio
Aman estarse gozando con la próxima muerte y
abatimiento del infeliz Mardoqueo? ¿Quién no admira la
turbación, el disgusto, la consternación que le causaba, en
medio de toda su gloria, el que un hombre despreciable no
le hiciese cortesía? ¿Y quién no admira sobre todo los
consejos de Dios, que á un hombre tan soberbio le abatió
hasta el extremo de ocupar el cadalso que él mismo tenía
preparado á aquel que le despreciaba?' Por el contrario,
vemos á un José salir de los horrores de una cárcel, y del
laberinto de una vergonzosa calumnia, á mandar el reino de
Faraón, y á tener en su mano el corazón del monarca y la
suerte de sus vasallos. Estos espectáculos con que ha
querido Dios manifestar al mundo el horror con que mira la
soberbia, prueban al mismo tiempo la generosidad con que
ha derramado sus gracias sobre las almas humildes. El
verdaderamente humilde está libre de contaminarse con los
hábitos venenosos de la soberbia, de la vanagloria y de la
confianza en sus propios merecimientos. Nada se atribuye á
sí, de ninguna acción buena se reconoce autor; por más que
en sus obras brillen los influjos de la divina gracia, siempre
tributa á ésta todo el mérito y valor. De consiguiente, se
reconoce delante de Dios por pecador, por indigno y
despreciable. Esta humilde confesión excita la bondad
divina á derramar sobre él las gracias en más abundante
copia; estas gracias le hacen de cada vez más perfecto, y le
colocan en un estado más seguro; y de todo resulta, que el
verdadero humilde llega á ser un tesoro que encierra en sí
todos los bienes celestiales. Esta consideración sola
bastaría para ahuyentar de los hombres aun la sombra de
soberbia, y enamorarles de la preciosa virtud de la
humildad.

JACULATORIAS

Mi Redentor Jesucristo vino á este mundo á salvar los


pecadores, entre los cuales mi conciencia me certifica de
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que por mi ingratitud soy el primero y el más digno de


castigo.—Tim., cap. 1.°

Pero Vos, Dios mío, por pecador que yo sea, tenéis


dada palabra de no despreciarme, siempre que llegue á
vuestros pies con un corazón contrito y humillado.—Ps. 50.

PROPÓSITOS

Si Dios se humilló, dice el gran Padre San Agustín,


avergüéncese el hombre de ser soberbio. Y con muchísima
razón; porque ¿qué títulos puede ostentar el hombre para
hacer excusable su soberbia, después que el mismo Dios se
humilló y, como dice el Apóstol, se anonadó, obedeciendo
hasta padecer muerte de cruz? ¿Eres poderoso? Jesucristo
era el Verbo y él poder eterno con que sacó de la nada
todas las cosas. ¿Eres príncipe, eres grande en el mundo?
Jesucristo era el Príncipe de paz, el Rey pacífico, el que
tiene su imperio sobre su hombro, el Monarca de los
monarcas y el Señor de los señores. ¿Eres abundante en
riquezas? Jesucristo poseía todos los tesoros del Eterno
Padre; á El le dio Este toda la potestad sobre los Cielos y la
Tierra. ¿Eres sabio? Jesucristo era la misma Sabiduría por
esencia. ¿Eres noble? ¿Haces ostentación de una
prolongada serie de ascendientes gloriosos? Jesucristo era
de la sangre real de Santo Rey y Profeta David en cuanto
hombre, y, en cuanto Dios, es Hijo del Eterno Padre. ¿Te
ensoberbece esa hermosura de cuerpo que posees sin
haber hecho diligencia alguna para adquirirla? Jesucristo es
el más hermoso y agraciado entre todos los hijos de los
hombres, como dice el real Profeta. Sin embargo de todo
esto, Jesucristo se humilla, y se humilla hasta morir; ¿qué
deberás tú hacer? Avergonzarte de haber sido soberbio, y
proponerte para lo sucesivo al mismo Hijo de Dios por
ejemplar. Cuanto más ensalzado te halles sobre los demás
hombres, dice San Agustín (Sermo. 215), otro tanto más
debes humillarte; la gloria del honor consiste en la virtud de
la humildad. Sin esta virtud no puedes decir que eres
cristiano; y así dice el mismo Santo Padre: Si me preguntas
qué es lo primero en la religión y ciencia de Cristo,
respondo: La humildad es lo primero. Si preguntas qué es lo
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segundo, respondo: La humildad. ¿Cuál es lo tercero? La


humildad. Así da á entender la necesidad de esta virtud
para la vida cristiana, y así hace ver que sin ella no puede
subsistir el edificio de la gracia, ni llamarse ninguno
verdadero cristiano.

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