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El Matrimonio

El documento narra la historia de Louis Martin y Zélie Guérin, padres de Santa Teresita del Niño Jesús, quienes vivieron un matrimonio ejemplar basado en la fe y el amor. A pesar de las adversidades, educaron a una familia numerosa y se dedicaron a servir a Dios y a los demás, convirtiéndose en el primer matrimonio santo de los últimos siglos. Su legado inspira a los matrimonios actuales a vivir en unidad, fidelidad y búsqueda de la felicidad mutua.

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El Matrimonio

El documento narra la historia de Louis Martin y Zélie Guérin, padres de Santa Teresita del Niño Jesús, quienes vivieron un matrimonio ejemplar basado en la fe y el amor. A pesar de las adversidades, educaron a una familia numerosa y se dedicaron a servir a Dios y a los demás, convirtiéndose en el primer matrimonio santo de los últimos siglos. Su legado inspira a los matrimonios actuales a vivir en unidad, fidelidad y búsqueda de la felicidad mutua.

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EL MATRIMONIO

Oración : Dios, Padre nuestro, te damos gracias por habernos dado a Luis Martin y a Celia Guerin. En la unidad y fidelidad del matrimonio nos
ofrecieron el testimonio de una vida cristiana ejemplar, cumpliendo las tareas cotidianas según el espíritu del Evangelio. Educando a una
familia numerosa, a través de pruebas, muertes y sufrimientos, manifestaron su confianza en Tí y aceptaron generosamente tu voluntad..

VER:¿Sabías que Louis Martin y Zélie Guérin son los padres de Santa Teresita del Niño Jesús? Además, son el primer matrimonio santo ¡de los
últimos siglos! ¡Toda una familia digna del cielo!
Acompáñame a conocer su historia, porque estoy segura de que te sorprenderá la cantidad de amor que un hogar es capaz de cultivar…
Louis Martin
Nació en Burdeos, Francia, el 22 de agosto de 1823. Fue el segundo de cinco hermanos.
Su padre Pierre, era capitán del ejército francés y su madre Marie Anne, una mujer completamente dedicada a su hogar y a la atención de sus
hijos.
Debido a la profesión militar del padre, la familia se mudaba constantemente de ciudad, hasta que finalmente, después de la jubilación de
Pierre se trasladaron a Alençon, Normandía.
Louis recibió una sólida formación católica tanto en la familia como en el colegio, al grado de que, a los veintidós años sintió el deseo de
consagrarse a Dios en la vida religiosa.
Para ello, se dirigió al monasterio del Gran San Bernardo, con intención de ingresar en esta Orden, pero no fue admitido porque no sabía latín.
Con gran valor se dedicó a estudiarlo durante más de un año, con clases particulares; pero, finalmente, renunció a ese proyecto.
¡Interesante! Si ya se había esforzado tanto en estudiar latín, ¿porqué renunciar?
En realidad, no se dio por vencido, si no que renunció a sí mismo, para con humildad y paciencia descubrir la voluntad de Dios para su vida.
Al contrario de la tradición familiar, no se inclinó hacia la vida militar, sino que quiso aprender el oficio de relojero y abrió su propio negocio en
la ciudad.
Tenía amigos y conocidos con los que le gustaba pescar y jugar al billar.
Seguro que tú también has disfrutado de un buen juego con tus amigos y has tomado tus propias decisiones respecto a tu oficio o profesión.
¿Ves lo común que es la vida de los santos?
Zélie Guérin
Nació en Normandía el 23 de diciembre de 1831.
Era hija de Isidore Guérin, un militar que a los 39 años decidió casarse con Louise-Jeanne, dieciséis años más joven que él.
De esta unión nacieron también Marie Louise, la primogénita, e Isidore, el más pequeño.
Para los padres de Zélie la vida había sido dura, lo que repercutía en su manera de ser: eran rudos, autoritarios y exigentes, pero también de
una fe firme que supieron inculcar a sus hijos.

Zélie describió su infancia y juventud tan tristes “como un sudario”. Afortunadamente encontró en su hermana un alma gemela y una segunda
madre.
Cuando se jubiló su padre, la familia se estableció en Alençon, 13 años más tarde que la familia de Louis Martin.
La madre de Zélie abrió un café y una sala de billar, pero su carácter intransigente no favoreció el desarrollo del negocio.
La familia salía adelante con dificultad, gracias a la pensión y a los trabajos de carpintería del padre.
En pocos años, la situación financiera se hizo muy precaria y no mejoró hasta que las hijas contribuyeron con su trabajo.
¡Vaya que es difícil, cuando como familia, vivimos momentos complicados a causa de la economía!
Zélie se educó en el internado de las religiosas de la Adoración perpetua y años más tarde se sintió atraída por la vida religiosa.
Acudió a la congregación de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, pero la superiora le respondió sin titubear que no era ésa la
voluntad de Dios.
¡Asombrosas todas las similitudes que hasta ese momento tenía con Louis!
Y todavía muchos se preguntan: ¿será cierto que Dios ya tiene planeado, quién será nuestro futuro(a) esposo(a)?
La joven no insistió más ante tal afirmación, y aunque sintió tristeza, un optimismo sobrenatural la hizo exclamar:
«Dios mío, accederé al estado de matrimonio para cumplir con tu santa voluntad. Te ruego, pues, que me concedas muchos hijos y que se
consagren a ti».
Zélie había aprendido en el colegio las bases para confeccionar uno de los encajes más famosos de la época, llamado punto de Alençon.
Así que después de mucha oración preguntando a Dios a qué debía dedicarse, ingresó a una escuela especial para perfeccionarse en la
elaboración de dicho encaje.
Con la ayuda de su hermana estableció su taller, que pronto fue reconocido y 7 años más tarde recibió una medalla de plata y Zélie una
mención honorífica.
Definitivamente ¡Era lo suyo!
Poco después, su hermana entró en el monasterio de la Visitación.
El encuentro que los unió
Al taller de encajes, acudía frecuentemente la madre de Louis, quien encontró en Zelié una buena candidata de esposa para su hijo.
Por lo cual, se puso a orar pidiendo a Dios que los uniera, pues le preocupaba que Louis tenía casi 35 años y había negado todas las propuestas
de jovencitas que ella le presentaba.
Imagínense, si en la época en la que vivimos no estar casado a los 35 años es criticado; con mayor razón en aquel entonces. La mamá de Louis
debió estar realmente preocupada.
Sus ruegos no se hicieron esperar, pues cierto día de abril, en el puente de San Leonardo…
Zelié se sintió por primera vez impresionada al encontrarse con un joven de noble fisonomía, semblante reservado y dignos modales, oyó
interiormente que ese era el hombre elegido para ella.
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La Señora Martin por supuesto, propició más encuentros entre ellos y en poco tiempo llegaron a apreciarse y amarse.
Tal fue su entendimiento en los ideales religiosos y morales que…
Contrajeron matrimonio el 13 de julio de 1858.
¡Wow! sólo tres meses después de su primer encuentro. Él tenía 35 años y ella 27.
Inicialmente Louis Martin y Zélie Guérin, se propusieron vivir como hermano y hermana, siguiendo el ejemplo de San José y de la Virgen María.
Diez meses en total continencia hicieron que sus almas se fundieran en una intensa comunión espiritual.

Pero una prudente intervención de su confesor y el deseo de proporcionar hijos al Señor, les movió a interrumpir aquella santa experiencia.
En menos de trece años tuvieron nueve hijos, tres de ellos fallecieron prematuramente; después sucedió la repentina muerte de María Elena,
de cinco años y medio.
Las cinco hijas que les sobrevivieron, fueron educadas de una manera alegre y tierna, pero a la vez exigente.
En cuanto tenían uso de razón, Louis Martin y Zélie Guérin les enseñaban con el ejemplo a ofrecer su corazón a Jesús cada mañana, y a aceptar
con sencillez las dificultades.
Acudían a misa diaria desde las 6 de la mañana, se confesaban frecuentemente y practicaban ayunos.
Participaban activamente en la vida parroquial, formando parte de la adoración nocturna y la tercera orden franciscana.
Los esposos Louis Martin y Zélie Guérin convirtieron en lema de su hogar las palabras de Santa Juana de Arco:
“Al Señor Dios es al primero que se ha de servir”.
Por ello su caridad era natural, dando limosnas discretas a las familias necesitadas y asistiendo enfermos. No por simple impulso de
generosidad ni por justicia social, sino simplemente porque el pobre es Jesús.
El día domingo, por ser día del Señor, ninguno trabajaba, se celebraba en familia; primero con los oficios de la parroquia y luego con largos
paseos; las niñas disfrutaban también de las fiestas del pueblo, las cabalgatas y fuegos artificiales.
La empresa de encajes de Zélie
Tuvo tanto éxito que Louis decidió abandonar la relojería para apoyar a su esposa.
Ella trabajaba en casa uniendo las piezas que sus trabajadoras hacían también en sus domicilios y Louis, que destacaba en el aspecto comercial
conseguía las ventas.
He ahí la muestra de que el matrimonio es un proyecto en común y no la unión de intereses egoístas.
La decisión fue claramente tomada con base a lo que sería mejor para la familia, sin necesidad de una competencia de género.
Seguro Zélie estaba dispuesta a ser ella la que renunciara, si esa fuera la mejor opción.
Louis Martin y Zélie Guérin
El camino al cielo de Louis Martin y Zélie Guérin
A los 45 años, Zélie recibió la noticia de que tenía un tumor en el pecho. Entonces pidió a la esposa de su hermano que cuando ella muriera,
ayudara a Louis en la educación de las más pequeñas.
Vivió la enfermedad con firme esperanza cristiana hasta la muerte, en agosto de 1877.
Luis se encontró solo para sacar adelante a su familia. La hija mayor tenía 17 años y la más pequeña (Santa Teresita del Niño Jesús) tenía
cuatro años y medio.
Aceptando la voluntad de su esposa, dejó todo para trasladarse a Lisieux, donde residía su cuñado.
Louis se esforzaba para que sus hijas estudiaran, pero también las distraía llevándolas al teatro, paseando en familia y con mucha lectura.

El padre cariñoso, fue entregando a sus hijas, una por una a la vida consagrada. Primero 3 de ellas como carmelitas, incluyendo a Santa
Teresita (quien tenía 15 años).
Después, la temperamental Leonor, quien tras varios intentos, logró ingresar con las religiosas de la Visitación.
Finalmente, al enterarse que Celina, la última que quedaba en casa, también se sentía llamada a la vocación religiosa, la reacción de Luis
Martin fue espléndida; le pidió que fueran juntos ante el Santísimo, donde dio gracias al Señor por concederle el honor de llevarse a todas sus
hijas.
¡Cuán cierto! Ni él ni su esposa habían sido aceptados como religiosos, porque su misión era entregar al mundo 5 vocaciones religiosas en
lugar de 2.
Al sentirse demasiado feliz, se ofreció como víctima, desde ese momento adquirió una enfermedad que lo fue invalidando hasta llegar a la
pérdida de sus facultades mentales.
Fue internado en el sanatorio de Caen, y murió en julio de 1894, asistido por su hija Celina, que había demorado su entrada en el Carmelo para
dedicarse a él.
Oración:
Queridos Santos Louis Martin y Zélie Guérin, les pedimos que intercedan por todos los matrimonios que están leyendo o escuchando este
post.
Para que, con su inspiración, sepamos ser ejemplo de amor y entrega en esta hermosa vocación, e inspirar a nuestros hijos a seguir con agrado
el estilo de vida que Sabiamente Dios elija para ellos.
Amén
En el matrimonio, los novios pronuncian estos votos:
Prometo serte fiel, tanto en la prosperidad como en la adversidad, en la salud como en la enfermedad, amándote y respetándote durante el
resto de mi vida
Lo importante es saber traducir ese “prometo serte fiel”. No nos referíamos solamente a la fidelidad en cuanto a que nunca comenzaríamos
una relación sentimental, seria o superficial con otra persona, por un momento o para toda la vida. Significa muchísimo más.
Prometo llevar bien puesta la camiseta del equipo, tirar en la misma dirección y defender nuestra portería. Lo nuestro.
A veces me he topado con un hombre o una mujer, que sólo viendo cómo se comporta con la persona a quien dice que ama, me dan ganas de
preguntarle: ¿tú, para dónde tiras?
Si los dos tuvieran puesta la camiseta del mismo color y “se pasaran el balón”, meterían goles, alcanzarían metas, jugarían en equipo y así
harían la vida más simple y tendrían la felicidad más a la mano.
Pero uno parece ser delantero de un equipo y el otro defensa del contrario: se estorban en las jugadas, se cometen frecuentes faltas, se
ignoran. Algunos parecen estar buscando la tarjeta roja ¡después de haber visto no una sino mil veces la amarilla!
Esto no debe suceder en el matrimonio. “Amarse no es mirarse uno al otro, sino mirar en la misma dirección”. Tirar en la misma dirección.
Amarse es tener una meta común y unos mismos ideales, y eso debe reflejarse en los acontecimientos de la vida diaria. Amarse es mirarse uno
al otro con comprensión, respeto y con capacidad incluso de diferir.
“Prometo no bajarme del burro”.
Te explico de qué se trata: en mis años de estudiante, paseaba en una ocasión por un pueblo de Santander, en el norte de España, y me
encontré a un pastor con quien entablé una conversación debajo de un cobertizo, pues llovía a cántaros. La recuerdo como una charla muy
interesante. En un determinado momento le pregunté cuántos años tenía de casado, a lo que respondió:
-“¿Cómo ve, Padre? Tenemos treinta años de casados y no nos hemos bajado del burro”.
La expresión realmente me encantó. Si él hubiese dicho, “no nos hemos bajado del tren... o del caballo”, hubiese sido diverso. El caballo
sugiere libertad, velocidad, crines al viento... En cambio dijo: “no nos hemos bajado del burro”.

En el burro, como en el matrimonio, a veces se va hacia adelante, a veces hacia atrás, a veces rebuznando… a veces, el animal, -me refiero al
burro- como que no se mueve. Así es en el matrimonio. A veces para atrás, a veces para adelante, a veces rebuznando... pero siempre los dos
en el burro. ¿Qué importa por dónde y cuánto haya costado mientras hayan ido juntos, en la misma dirección, apoyándose, acompañándose,
amándose?
“Prometo buscar tu realización, tu felicidad”.
Si prometiste serle fiel, te comprometiste a buscar su felicidad, ya que la fidelidad no puede reducirse a no fallarle en el sentido de nunca
enamorarte de otra persona. Eso es más que nada una obligación, un requisito y algo que deberían dar por supuesto.
“Prometo serte fiel”, es llenar las expectativas que tenían el uno sobre el otro cuando eran novios. “Desde que nos vimos y pensamos en
unirnos para toda la vida, pensamos que juntos seríamos felices y desparramaríamos esa felicidad en nuestros hijos. Si queremos sernos fieles,
tenemos que hacer realidad ese sueño que tuvimos desde el inicio”.

No voy a olvidar jamás esa escena de la película “Los puentes de Madison” en la que ya casi al final de la vida, el marido, muriendo en la cama,
llama a sus esposa y le dice más o menos lo siguiente:
-“Fanny, yo sé que tenías tus propios sueños e ilusiones en la vida, perdóname por no haberlas hecho realidad”.
La mujer simplemente lo besó en la frente e hizo un gesto de resignación.

Es tan fácil hacer felices a los demás cuando uno se lo propone, que sinceramente, honestamente, para no lograrlo, se necesita ser de verdad
egoísta.
Cuando prometieron ser fieles, entre otras cosas, prometieron buscar con tesón la felicidad del otro, pues la fidelidad no es sólo cuidar que no
haya engaños, sino que apunta a todo un proyecto de vida. De hecho, y aunque no es el ideal, hay matrimonios en los que, uno de los dos, por
descuido, ha caído en una infidelidad. Pero como siempre ha buscado hacer feliz al cónyuge, este error -por más grave que sea- no es más que
una mancha en una pared llena de luz. Desde luego que no es el caso de la persona descuidada, sensual, irresponsable, que frecuenta
ambientes inconvenientes y que trata con personas del sexo opuesto sin ningún pudor y sin respeto. En una persona así, la caída siempre será
inminente e injustificada. El derrumbe comenzó desde que se descuidó en su conducta ordinaria.

“Prometo serte fiel” es también cuidar el corazón.

No permitir que nada ni nadie le robe la paz inicial. Prometieron luchar especialmente cuando les vinieran a la cabeza “ideas rubias”. La
fidelidad no es no meterse con otra persona, sino sobre todo cuidar el corazón. Hay mucha gente que quizá jamás concretará una infidelidad
conyugal, sin embargo vive en una continua deslealtad al no cuidar el corazón de cualquier amor que no sea su único y verdadero amor.
“Prometo serte fiel”, es decir, también, “prometo hablar bien de ti”.

“Lo que tenga que decirte, te lo diré a ti, para ayudarte, con amor y por amor. No se lo diré a mi mamá ni a mis hijos, menos a mis amigas en
un desayuno. Prometo hacer crecer tu fama dentro de lo más íntimo que tenemos que son nuestros hijos, padres, hermanos y también
nuestros amigos. “Me esforzaré para que ellos siempre tengan una buena imagen de ti. Sólo escucharán cosas positivas acerca de quién y
cómo eres tú. Estarán orgullosos de nosotros”.
Finalmente, “prometo serte fiel”, ahora sí, significa “que no te cambiaré por nadie. No te quiero para un amor intermitente u ocasional, ni
como un amor de paso”.

Estas promesas que hicieron, además tienen dos especificaciones que deben considerar como muy importantes y darles su sentido propio,
porque de verdad, parece que no todos las han entendido. Cuando se da una infidelidad en el matrimonio por parte de quien sea, y el cónyuge
decide que “esto es lo único que no está dispuesto a perdonar”, y que “ahora sí se acabó todo”, es simplemente porque no ha entendido qué
fue lo que prometió. ¿Cuáles son esas dos especificaciones?
1. En lo próspero y en lo adverso.

Hay quienes creen que lo próspero es tener dinero mientras lo adverso se identifica con todo tipo de carencias económicas.
Muchas parejas tienen los recursos necesarios para vivir felices y sin embargo no alcanzan la felicidad porque ésta se compone de muchos
otros factores que ellos no han logrado completar.

Lo próspero es efectivamente cuando todo va bien. Como se suele decir: “viento en popa”. Hay algo de dinero, tienen su propia casa, no hay
grandes intromisiones de la suegra, siguen teniendo más o menos las mismas aficiones y casi idénticos gustos, no se han desgastado con el
tiempo, hay armonía, diálogo, intimidad… ¡Ah, lo próspero! ¿Por qué no todo en la vida es crecer? ¿Por qué no todo en este mundo camina
hacia adelante sin más complicaciones?
La respuesta es muy sencilla: los problemas y las dificultades existen desde que aparecieron hombre y mujer sobre la tierra, y esta vida
simplemente no sería la misma si quisiéramos quitarle esta contrapartida de la dificultad. Además no siempre está en nuestras manos evitar
algunas dificultades que se van suscitando en el camino, pues muchas de ellas nos las imponen la sociedad, la cultura, el entorno en el que nos
movemos… Pero es interesante que sepan partir de este presupuesto cuando piensan ya en el matrimonio y cuando están por emitir estas
promesas que los comprometen para siempre.

Cabe añadir que en el matrimonio, los problemas son una oportunidad maravillosa de crecimiento. Este debe ser un camino de crecimiento, y
para eso necesitan aprovechar todas las oportunidades.
En el matrimonio, lo adverso puede ser: dificultades en el campo económico, la pérdida del trabajo o el fracaso rotundo en el negocio, la
intromisión indeseada de algún familiar político en el propio hogar, la llegada de los niños quizá demasiado rápida, la enfermedad de uno de
ellos que acusa gravedad… Y, ¿por qué no? el hecho mismo de que el amor que sentían el uno por el otro ya no sea como era en el noviazgo, o
al inicio del matrimonio.

2. En la salud y en la enfermedad.

“Prometo que en la salud, te aplaudiré, te proyectaré, te acompañaré y apostaré por ti. No estaré celoso de tus triunfos, ni permitiré que me
afecte el que tú seas más que yo a los ojos de los demás”.

En la enfermedad, prometes que estarás a su lado. Pero cuando prometiste esto, no te referías a enfermedades que se arreglan con un suero
ni aun con una enfermera de cabecera. Te referías a enfermedades más profundas, más complicadas, con alcances más intensos, como el
alcoholismo, el desánimo, la pérdida del sentido de esta vida o enfermedades “del corazón” o del carácter.

Tú un día puedes llegar a dejar de amarlo (la) y es entonces cuando debes demostrarle que prometiste serle fiel. Es precisamente en estos
momentos –de enfermedad “del corazón”- cuando puedes probar tu fidelidad. Qué fácil era cuando todo marchaba bien, cuando parecían
competir en el darse cariño.
La fidelidad se demuestra en la prueba y en el dolor, y quizá no haya prueba más grande para una persona que ama de verdad, que el sentir
que no es correspondida y que no es amada con la misma intensidad. Ante un problema de esta naturaleza, se puede reaccionar de dos
maneras: pagar con la misma moneda, que no sería ni amor ni fidelidad, o luchar con todo el corazón por recuperar ese amor que se está
apagando o se ve casi perdido.
La fidelidad sólo acepta este segundo tipo de actitud. “Si te pierdo, lucharé por reconquistarte, ése será mi programa”.

“Si la enfermedad es grave y llego incluso a perderte definitivamente, seguiré siendo tuyo, y tú seguirás siendo parte de mi proyecto de vida”.
El hecho de que uno de los dos haya fallado, no implica que el otro deba fallar también. “Lucharé por reconquistarte”, como se ve en algunas
películas o novelas, sólo que aquí es de verdad: no hay actores ni música de fondo ni paisajes bonitos... sino sacrificio, humillación y mucho
valor para reconquistar el amor que una vez iluminó la vida y del que surgió la familia que ya existe.
Una anécdota aleccionadora

Recuerdo a ese general francés, que después de la segunda guerra mundial fue requerido en el partido comunista. Con el aumento de sueldo y
por participar de tantos beneficios que le ofrecieron, abandonó a su mujer de treinta y siete años, con siete hijos, y se marchó de la casa.

Lógicamente pronto encontró a otra y así continuaron sus vidas por separado. Pasaron veinte años y dicho partido nunca terminó de
consolidarse bien, hasta que finalmente se disolvió. Muchos que habían gozado de los beneficios de la organización, pronto se vieron en la
calle, sin dinero, sin familia y sin amantes, que son las primeras en irse cuando falta todo lo demás. Cansado, solo, ya acabado, vuelve un día a
su casa, toca la puerta y le abre su mujer. Una esposa también cansada, que había sacado adelante a todos sus hijos, sola. Una madre heroica.

- “Quiero hablar contigo”- le dice.


-“Pasa”- abre la puerta y dibuja en el aire con su mano el ademán de “adelante”.
Pero él se da cuenta de que está la mesa puesta con dos lugares, y titubeando le dice:
-“Perdona, no quiero importunar, ¿estás esperando a alguien?”
-“Sí -responde segura y sin dejar de mirarlo a los ojos- desde hace veinte años todos los días la mesa ha estado puesta para dos, porque te sigo
esperando”.

Lo más probable es que los sentimientos de esta mujer no fuesen tan favorables. Podemos incluso imaginar que ella hubiese querido golpearlo
o que debió azotarle la puerta al instante sin permitirle no sólo entrar a la casa, sino tampoco entrar a un hogar que comenzaron los dos pero
que sólo ella de verdad construyó. Este relato no tendría ningún valor si no fuera histórico.
Lo que lo hace grande es precisamente que sucedió. Es una mujer que sacó adelante sola a siete hijos y que se sobrepuso al orgullo y a un
explicable rencor. Una de esas personas que tienen muy claro que el matrimonio es para siempre. Ella quizás pensaba: “él me dejó, pero yo no
lo puedo dejar, porque Dios me lo dio, y por él tengo que responder”.

Ella sabía lo que era un compromiso con Dios, con un hombre y con unos hijos.

En una ocasión, una señora me vino a ver:

-“Padre, mi único pecado es que odio a mi marido".


Yo pensé: “pequeño detalle”.
- "Me dejó hace cinco años. Ni quiero, ni puedo verlo”.
Comprendí que la dificultad era muy grande y le ofrecí una solución más para ella misma que para su matrimonio:
-“Señora, lo que usted necesita es un cambio de mentalidad. Renueve el compromiso que hizo hace treinta años: rece por él, de vez en cuando
escríbale, preocúpese en la medida de sus posibilidades por él, aunque ya nunca puedan volver a reunirse. Usted será más feliz amando con un
amor realmente heroico, que dando rienda suelta a odios estériles. El amor siempre nos deja algo, nos lleva a algo, produce algo. Del odio sólo
germinan rencores, soberbia, impaciencias, insatisfacciones y un sin número de frustraciones, pues nuestro corazón fue hecho para amar. Ir en
contra del amor es luchar contra nosotros mismos”.
Desgraciadamente muchos matrimonios se romperán porque nunca se entendió que la fidelidad que se prometieron al inicio, debería ser,
como los mejores relojes, “a toda prueba”. Así es, a prueba de todo, incluidas la peor enfermedad, la más tremenda crisis y el más injusto
adulterio.
Prometo serte fiel, tanto en la prosperidad como en la adversidad, en la salud como en la enfermedad, amándote y respetándote durante el
resto de mi vida

¡Prometo serte fiel! ¿Sabes lo que significa esta promesa en el matrimonio?


Esta promesa significa muchísimo más que sólo no comenzar otra relación sentimental

En el matrimonio, los novios pronuncian estos votos:


Prometo serte fiel, tanto en la prosperidad como en la adversidad, en la salud como en la enfermedad, amándote y respetándote durante el
resto de mi vida
Lo importante es saber traducir ese “prometo serte fiel”. No nos referíamos solamente a la fidelidad en cuanto a que nunca comenzaríamos
una relación sentimental, seria o superficial con otra persona, por un momento o para toda la vida. Significa muchísimo más.
Prometo llevar bien puesta la camiseta del equipo, tirar en la misma dirección y defender nuestra portería. Lo nuestro.

A veces me he topado con un hombre o una mujer, que sólo viendo cómo se comporta con la persona a quien dice que ama, me dan ganas de
preguntarle: ¿tú, para dónde tiras?

Si los dos tuvieran puesta la camiseta del mismo color y “se pasaran el balón”, meterían goles, alcanzarían metas, jugarían en equipo y así
harían la vida más simple y tendrían la felicidad más a la mano.

Pero uno parece ser delantero de un equipo y el otro defensa del contrario: se estorban en las jugadas, se cometen frecuentes faltas, se
ignoran. Algunos parecen estar buscando la tarjeta roja ¡después de haber visto no una sino mil veces la amarilla!

Esto no debe suceder en el matrimonio. “Amarse no es mirarse uno al otro, sino mirar en la misma dirección”. Tirar en la misma dirección.
Amarse es tener una meta común y unos mismos ideales, y eso debe reflejarse en los acontecimientos de la vida diaria. Amarse es mirarse uno
al otro con comprensión, respeto y con capacidad incluso de diferir.

“Prometo no bajarme del burro”.

Te explico de qué se trata: en mis años de estudiante, paseaba en una ocasión por un pueblo de Santander, en el norte de España, y me
encontré a un pastor con quien entablé una conversación debajo de un cobertizo, pues llovía a cántaros. La recuerdo como una charla muy
interesante. En un determinado momento le pregunté cuántos años tenía de casado, a lo que respondió:

-“¿Cómo ve, Padre? Tenemos treinta años de casados y no nos hemos bajado del burro”.

La expresión realmente me encantó. Si él hubiese dicho, “no nos hemos bajado del tren... o del caballo”, hubiese sido diverso. El caballo
sugiere libertad, velocidad, crines al viento... En cambio dijo: “no nos hemos bajado del burro”.

En el burro, como en el matrimonio, a veces se va hacia adelante, a veces hacia atrás, a veces rebuznando… a veces, el animal, -me refiero al
burro- como que no se mueve. Así es en el matrimonio. A veces para atrás, a veces para adelante, a veces rebuznando... pero siempre los dos
en el burro. ¿Qué importa por dónde y cuánto haya costado mientras hayan ido juntos, en la misma dirección, apoyándose, acompañándose,
amándose?

“Prometo buscar tu realización, tu felicidad”.

Si prometiste serle fiel, te comprometiste a buscar su felicidad, ya que la fidelidad no puede reducirse a no fallarle en el sentido de nunca
enamorarte de otra persona. Eso es más que nada una obligación, un requisito y algo que deberían dar por supuesto.

“Prometo serte fiel”, es llenar las expectativas que tenían el uno sobre el otro cuando eran novios. “Desde que nos vimos y pensamos en
unirnos para toda la vida, pensamos que juntos seríamos felices y desparramaríamos esa felicidad en nuestros hijos. Si queremos sernos fieles,
tenemos que hacer realidad ese sueño que tuvimos desde el inicio”.

No voy a olvidar jamás esa escena de la película “Los puentes de Madison” en la que ya casi al final de la vida, el marido, muriendo en la cama,
llama a sus esposa y le dice más o menos lo siguiente:
-“Fanny, yo sé que tenías tus propios sueños e ilusiones en la vida, perdóname por no haberlas hecho realidad”.
La mujer simplemente lo besó en la frente e hizo un gesto de resignación.

Es tan fácil hacer felices a los demás cuando uno se lo propone, que sinceramente, honestamente, para no lograrlo, se necesita ser de verdad
egoísta.

Cuando prometieron ser fieles, entre otras cosas, prometieron buscar con tesón la felicidad del otro, pues la fidelidad no es sólo cuidar que no
haya engaños, sino que apunta a todo un proyecto de vida. De hecho, y aunque no es el ideal, hay matrimonios en los que, uno de los dos, por
descuido, ha caído en una infidelidad. Pero como siempre ha buscado hacer feliz al cónyuge, este error -por más grave que sea- no es más que
una mancha en una pared llena de luz. Desde luego que no es el caso de la persona descuidada, sensual, irresponsable, que frecuenta
ambientes inconvenientes y que trata con personas del sexo opuesto sin ningún pudor y sin respeto. En una persona así, la caída siempre será
inminente e injustificada. El derrumbe comenzó desde que se descuidó en su conducta ordinaria.

“Prometo serte fiel” es también cuidar el corazón.


No permitir que nada ni nadie le robe la paz inicial. Prometieron luchar especialmente cuando les vinieran a la cabeza “ideas rubias”. La
fidelidad no es no meterse con otra persona, sino sobre todo cuidar el corazón. Hay mucha gente que quizá jamás concretará una infidelidad
conyugal, sin embargo vive en una continua deslealtad al no cuidar el corazón de cualquier amor que no sea su único y verdadero amor.
“Prometo serte fiel”, es decir, también, “prometo hablar bien de ti”.

“Lo que tenga que decirte, te lo diré a ti, para ayudarte, con amor y por amor. No se lo diré a mi mamá ni a mis hijos, menos a mis amigas en
un desayuno. Prometo hacer crecer tu fama dentro de lo más íntimo que tenemos que son nuestros hijos, padres, hermanos y también
nuestros amigos. “Me esforzaré para que ellos siempre tengan una buena imagen de ti. Sólo escucharán cosas positivas acerca de quién y
cómo eres tú. Estarán orgullosos de nosotros”.

Finalmente, “prometo serte fiel”, ahora sí, significa “que no te cambiaré por nadie. No te quiero para un amor intermitente u ocasional, ni
como un amor de paso”.

Estas promesas que hicieron, además tienen dos especificaciones que deben considerar como muy importantes y darles su sentido propio,
porque de verdad, parece que no todos las han entendido. Cuando se da una infidelidad en el matrimonio por parte de quien sea, y el cónyuge
decide que “esto es lo único que no está dispuesto a perdonar”, y que “ahora sí se acabó todo”, es simplemente porque no ha entendido qué
fue lo que prometió. ¿Cuáles son esas dos especificaciones?

1. En lo próspero y en lo adverso.

Hay quienes creen que lo próspero es tener dinero mientras lo adverso se identifica con todo tipo de carencias económicas.

Muchas parejas tienen los recursos necesarios para vivir felices y sin embargo no alcanzan la felicidad porque ésta se compone de muchos
otros factores que ellos no han logrado completar.

Lo próspero es efectivamente cuando todo va bien. Como se suele decir: “viento en popa”. Hay algo de dinero, tienen su propia casa, no hay
grandes intromisiones de la suegra, siguen teniendo más o menos las mismas aficiones y casi idénticos gustos, no se han desgastado con el
tiempo, hay armonía, diálogo, intimidad… ¡Ah, lo próspero! ¿Por qué no todo en la vida es crecer? ¿Por qué no todo en este mundo camina
hacia adelante sin más complicaciones?

La respuesta es muy sencilla: los problemas y las dificultades existen desde que aparecieron hombre y mujer sobre la tierra, y esta vida
simplemente no sería la misma si quisiéramos quitarle esta contrapartida de la dificultad. Además no siempre está en nuestras manos evitar
algunas dificultades que se van suscitando en el camino, pues muchas de ellas nos las imponen la sociedad, la cultura, el entorno en el que nos
movemos… Pero es interesante que sepan partir de este presupuesto cuando piensan ya en el matrimonio y cuando están por emitir estas
promesas que los comprometen para siempre.

Cabe añadir que en el matrimonio, los problemas son una oportunidad maravillosa de crecimiento. Este debe ser un camino de crecimiento, y
para eso necesitan aprovechar todas las oportunidades.

En el matrimonio, lo adverso puede ser: dificultades en el campo económico, la pérdida del trabajo o el fracaso rotundo en el negocio, la
intromisión indeseada de algún familiar político en el propio hogar, la llegada de los niños quizá demasiado rápida, la enfermedad de uno de
ellos que acusa gravedad… Y, ¿por qué no? el hecho mismo de que el amor que sentían el uno por el otro ya no sea como era en el noviazgo, o
al inicio del matrimonio.

2. En la salud y en la enfermedad.

“Prometo que en la salud, te aplaudiré, te proyectaré, te acompañaré y apostaré por ti. No estaré celoso de tus triunfos, ni permitiré que me
afecte el que tú seas más que yo a los ojos de los demás”.

En la enfermedad, prometes que estarás a su lado. Pero cuando prometiste esto, no te referías a enfermedades que se arreglan con un suero
ni aun con una enfermera de cabecera. Te referías a enfermedades más profundas, más complicadas, con alcances más intensos, como el
alcoholismo, el desánimo, la pérdida del sentido de esta vida o enfermedades “del corazón” o del carácter.

Tú un día puedes llegar a dejar de amarlo (la) y es entonces cuando debes demostrarle que prometiste serle fiel. Es precisamente en estos
momentos –de enfermedad “del corazón”- cuando puedes probar tu fidelidad. Qué fácil era cuando todo marchaba bien, cuando parecían
competir en el darse cariño.

La fidelidad se demuestra en la prueba y en el dolor, y quizá no haya prueba más grande para una persona que ama de verdad, que el sentir
que no es correspondida y que no es amada con la misma intensidad. Ante un problema de esta naturaleza, se puede reaccionar de dos
maneras: pagar con la misma moneda, que no sería ni amor ni fidelidad, o luchar con todo el corazón por recuperar ese amor que se está
apagando o se ve casi perdido.

La fidelidad sólo acepta este segundo tipo de actitud. “Si te pierdo, lucharé por reconquistarte, ése será mi programa”.

“Si la enfermedad es grave y llego incluso a perderte definitivamente, seguiré siendo tuyo, y tú seguirás siendo parte de mi proyecto de vida”.
El hecho de que uno de los dos haya fallado, no implica que el otro deba fallar también. “Lucharé por reconquistarte”, como se ve en algunas
películas o novelas, sólo que aquí es de verdad: no hay actores ni música de fondo ni paisajes bonitos... sino sacrificio, humillación y mucho
valor para reconquistar el amor que una vez iluminó la vida y del que surgió la familia que ya existe.
Una anécdota aleccionadora

Recuerdo a ese general francés, que después de la segunda guerra mundial fue requerido en el partido comunista. Con el aumento de sueldo y
por participar de tantos beneficios que le ofrecieron, abandonó a su mujer de treinta y siete años, con siete hijos, y se marchó de la casa.

Lógicamente pronto encontró a otra y así continuaron sus vidas por separado. Pasaron veinte años y dicho partido nunca terminó de
consolidarse bien, hasta que finalmente se disolvió. Muchos que habían gozado de los beneficios de la organización, pronto se vieron en la
calle, sin dinero, sin familia y sin amantes, que son las primeras en irse cuando falta todo lo demás. Cansado, solo, ya acabado, vuelve un día a
su casa, toca la puerta y le abre su mujer. Una esposa también cansada, que había sacado adelante a todos sus hijos, sola. Una madre heroica.

- “Quiero hablar contigo”- le dice.


-“Pasa”- abre la puerta y dibuja en el aire con su mano el ademán de “adelante”.
Pero él se da cuenta de que está la mesa puesta con dos lugares, y titubeando le dice:
-“Perdona, no quiero importunar, ¿estás esperando a alguien?”
-“Sí -responde segura y sin dejar de mirarlo a los ojos- desde hace veinte años todos los días la mesa ha estado puesta para dos, porque te sigo
esperando”.
Lo más probable es que los sentimientos de esta mujer no fuesen tan favorables. Podemos incluso imaginar que ella hubiese querido golpearlo
o que debió azotarle la puerta al instante sin permitirle no sólo entrar a la casa, sino tampoco entrar a un hogar que comenzaron los dos pero
que sólo ella de verdad construyó. Este relato no tendría ningún valor si no fuera histórico.

Lo que lo hace grande es precisamente que sucedió. Es una mujer que sacó adelante sola a siete hijos y que se sobrepuso al orgullo y a un
explicable rencor. Una de esas personas que tienen muy claro que el matrimonio es para siempre. Ella quizás pensaba: “él me dejó, pero yo no
lo puedo dejar, porque Dios me lo dio, y por él tengo que responder”.
Ella sabía lo que era un compromiso con Dios, con un hombre y con unos hijos.

En una ocasión, una señora me vino a ver:


-“Padre, mi único pecado es que odio a mi marido".
Yo pensé: “pequeño detalle”.
- "Me dejó hace cinco años. Ni quiero, ni puedo verlo”.
Comprendí que la dificultad era muy grande y le ofrecí una solución más para ella misma que para su matrimonio:
-“Señora, lo que usted necesita es un cambio de mentalidad. Renueve el compromiso que hizo hace treinta años: rece por él, de vez en cuando
escríbale, preocúpese en la medida de sus posibilidades por él, aunque ya nunca puedan volver a reunirse. Usted será más feliz amando con un
amor realmente heroico, que dando rienda suelta a odios estériles. El amor siempre nos deja algo, nos lleva a algo, produce algo. Del odio sólo
germinan rencores, soberbia, impaciencias, insatisfacciones y un sin número de frustraciones, pues nuestro corazón fue hecho para amar. Ir en
contra del amor es luchar contra nosotros mismos”.

Desgraciadamente muchos matrimonios se romperán porque nunca se entendió que la fidelidad que se prometieron al inicio, debería ser,
como los mejores relojes, “a toda prueba”. Así es, a prueba de todo, incluidas la peor enfermedad, la más tremenda crisis y el más injusto
adulterio.

Prometo serte fiel, tanto en la prosperidad como en la adversidad, en la salud como en la enfermedad, amándote y respetándote durante el
resto de mi vida

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