Gonzalo Musitu Capítulo I Surgimiento y desarrollo de la PC
Capítulo I
Surgimiento y desarrollo de la Psicología comunitaria
Gonzalo Musitu Ochoa
La delimitación del objeto de estudio de una disciplina es una tarea compleja, y en el caso
particular de la Psicología comunitaria esta labor resulta especialmente difícil. Por este motivo, es
frecuente que su definición se acompañe de alguna alusión a sus orígenes y, sobre todo, que ésta
sea sustituida por su descripción. De esta forma, resulta habitual la enumeración de sus
principales características: su acercamiento ecológico al análisis de la realidad, los procesos
sociales y los individuos; el hecho de ser una disciplina más centrada en desarrollar recursos o
potencialidades que en subsanar déficits; su orientación eminentemente aplicada; y su clara
vocación preventiva.
También se alude a sus ámbitos de aplicación para intentar ofrecer una imagen más precisa
de "qué es la Psicología comunitaria".
Ahora bien, ¿por qué resulta tan difícil su definición? Sin duda, intentar dar respuesta a esta
pregunta obliga a considerar varias causas. Probablemente, las más significativas sean su
juventud, la amplitud de campos de aplicación que incluye y la carencia de modelos teóricos
propios. A estas razones podríamos añadir una cuarta: el hecho de que esta disciplina se
encuentra fuertemente enraizada en la realidad sociopolítica del país en el que se desarrolla, lo
que explica, en parte, su diversidad de enfoques y supuestos.
La psicología comunitaria surge a partir de las demandas y déficits específicos de una
realidad social, política y cultural concreta que impregna todos sus espacios teóricos,
metodológicos, de intervención y, obviamente, ideológicos.
Esto implica que lo que los psicólogos comunitarios entienden por Psicología comunitaria,
sus referentes teóricos y, especialmente, el tipo de intervenciones que llevan a cabo no sean
coincidentes e, incluso, que discrepen radicalmente en contextos como el anglosajón o el
latinoamericano. Es más, dentro de este último podemos también constatar la existencia de
diferencias entre Brasil y Argentina, por poner sólo un ejemplo.
La capacidad que tiene la Psicología comunitaria de adaptarse a cada realidad concreta, o
quizás la capacidad de la realidad de cada país para desarrollar un determinado tipo de Psicología
comunitaria, es probablemente una de las mayores riquezas de esta disciplina. Por tanto, aunque
es importante que ésta busque modelos teóricos propios y capaces de dar coherencia y unidad a la
gran diversidad de intervenciones y aplicaciones prácticas que incluye, también debe considerar
las particularidades de cada realidad social, e incorporarlas a su desarrollo teórico y
metodológico.
La Psicología comunitaria es una disciplina que podría concebirse metafóricamente como
"cuasi camaleónica", en el sentido de que se adapta y se transforma en función de la realidad
sociopolítica. Por otra parte, esta necesaria adaptación a la realidad más cercana tampoco debe
hacer caer a la disciplina en la autarquía. Nada resulta tan enriquecedor como conocer y
relacionar los desarrollos teóricos, las aplicaciones prácticas y las realidades sociales de
diferentes ámbitos culturales. Precisamente, en el gran espacio de la globalización es importante
conjugar hábilmente los elementos generales y la continua transferencia de información entre
ámbitos culturales muy diversos con la capacidad de concretar y operar la realidad más próxima.
Con la finalidad de articular estos componentes, describiremos a continuación el desarrollo de la
Psicología comunitaria en los contextos anglosajón, latinoamericano y español.
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1. Principios de la Psicología comunitaria
La Psicología comunitaria es una disciplina que trata de analizar e intervenir en los
contextos en los que se desarrolla la persona, intentando comprender cómo percibe ésta los
contextos y tratando de identificar recursos, tanto de la propia persona como de los contextos en
los que interacciona, con el objeto de potenciar su desarrollo. A esta definición, necesariamente
intuitiva y preliminar, se le unen unos supuestos teóricos que Sánchez y su equipo (1988) han
sintetizado en:
• Las fuerzas y sistemas sociales desempeñan un papel relevante (no necesariamente único o
excluyente) en la determinación de la conducta humana. Aunque la Psicología comunitaria centra
gran parte de sus esfuerzos en identificar elementos del ambiente con efectos sobre el
comportamiento de la persona, no olvida otros factores que pueden influir en dicho
comportamiento (por ejemplo, los factores personales). Además, como veremos a lo largo de esta
asignatura, la Psicología comunitaria se centra especialmente en los elementos socioculturales del
ambiente, complementando otras disciplinas que se ocupan también del ambiente, como la
Psicología ambiental.
• El entorno social no es algo necesario o únicamente negativo y fuente de problemas y conflictos
para individuos y grupos, sino también fuente de recursos y potencialidades positivas. La
Psicología comunitaria mantiene que el entorno social y cultural es fuente tanto de conflictos
como de soluciones. Esto es, impone limitaciones pero también aporta recursos. Así, incluso en
los entornos más deprivados (marginación, por ejemplo) el enfoque comunitario sostiene que es
posible encontrar recursos (solidaridad, por ejemplo) con los que iniciar un proceso de
intervención.
• La localización de los problemas de salud mental y psicosociales (y de su origen) reside, en
gran parte al menos, en los sistemas sociales y en la relación del individuo con ellos, no tanto en
los individuos. Una premisa fundamental de la orientación comunitaria consiste en señalar las
características y procesos de los sistemas sociales como uno de los factores que explican los
problemas de salud mental, evitando de esta manera vincular estos problemas exclusivamente a la
naturaleza del individuo.
• La prevención se relaciona directamente con la potenciación o desarrollo comunitario. El
incremento de la competencia tiene un efecto de prevención en el desarrollo de los problemas
psicosociales. En tanto que los factores que inciden en la salud mental residen en gran parte en el
entorno social, la potenciación y desarrollo de entornos sociales constituye una de las vías
principales de intervención. Desarrollar y potenciar estos entornos supone desarrollar
competencias en los individuos que participan en ellos, a la vez que promover transformaciones
estructurales de esos entornos con el objeto de mejorar el desarrollo de estas mismas personas.
• Las necesidades individuales y los intereses sociales son general y básicamente compatibles,
aunque en ocasiones pueden entrar en conflicto. La Psicología comunitaria mantiene que, aunque
intereses individuales, grupales y sociales puedan entrar en conflicto, siempre existen vías de
negociación que permiten restablecer el equilibrio. La participación, el consenso, el pensamiento
crítico, el respeto a la diversidad, la tolerancia, etc., son algunos de los mecanismos que se
proponen para restaurar los desequilibrios que puedan producirse en los entornos sociales.
• El rediseño del entorno y el cambio social producen un efecto significativo en la reducción de
las disfunciones psicosociales de los individuos y grupos, en tanto que la no-modificación de esos
entornos mantendría esas disfunciones. En concordancia con los supuestos anteriores, se
considera que los desajustes personales tienen una correlación con los desequilibrios del entorno.
Por tanto, la mejora de la situación personal pasa también por la modificación de los entornos,
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con el objeto de que éstos alcancen un nuevo equilibrio, quizás en otro nivel diferente al que
existía previo a la intervención. En todo caso, la no-modificación de los entornos sociales y el
trabajo centrado exclusivamente en la persona no es una vía adecuada para resolver los
problemas, desde el punto de vista de la Psicología comunitaria, ya que probablemente la fuente
de tensiones y problemas quede intacta.
• Para desarrollar o alcanzar el sentido psicológico de comunidad, es preciso que todos los
miembros de la comunidad tengan acceso a los recursos y servicios que ésta proporciona. La
comunidad psicológica tiene, por tanto, un importante componente material y social que puede
concretarse en una redistribución o creación y potenciación de recursos psicológicos y sociales.
Una de las principales características que definen el ajuste de la persona a su entorno es la
percepción de sentimiento de comunidad, un estado psicológico que, no obstante, está
fuertemente vinculado a procesos participativos democráticos, en el sentido de capacidad para
expresar las opiniones, apertura hacia los otros, vías de comunicación, etc. En sociedades
dinámicas, este sentimiento de comunidad también se obtiene de los sistemas sociales en los que
la persona interactúa (familia, grupos de autoayuda, relaciones de confianza, etc.), ya que el
contacto con la comunidad en general no es posible. Como veremos más adelante, éste es uno de
los conceptos clave que permite analizar los procesos de ajuste psicosocial de la persona, por
ejemplo, en el caso de los grupos de apoyo y autoayuda.
2. La Psicología comunitaria en el contexto anglosajón
2.1. E1 nacimiento oficial de la Psicología comunitaria: la Conferencia de Swampscott
Los primeros antecedentes de la Psicología comunitaria en Estados Unidos pueden situarse
en los estudios epidemiológicos realizados a finales del siglo XIX y principios del siglo XX,
realizados principalmente por sociólogos de la Escuela de Chicago, y en los que se relaciona el
desorden mental con factores sociales tales como una falta de integración social. En este lado del
Atlántico no se puede olvidar la figura de Durkheim, cuyas ideas sobre los problemas generados
por la emigración mantienen hoy la vigencia de hace cien años. No obstante, cuando se trata de
situar un momento concreto y decisivo en el origen de la disciplina, se alude, de forma reiterada,
a la Conferencia celebrada en Swampscott (Boston) en 1965.
De hecho, es en esta conferencia, organizada con la finalidad de analizar la formación de los
psicólogos que trabajan en la comunidad, donde se utiliza por primera vez el término psicología
comunitaria y donde se sitúan las bases de esta disciplina en Estados Unidos.
En la Conferencia de Swampscott se reúnen psicólogos y profesionales de la salud mental
que ya trabajan en la comunidad, como consecuencia de la creación en 1963 de los centros de
salud mental comunitaria.
La decisión política de crear estos centros tuvo mucho que ver con el origen de la disciplina
y da cuenta de la importante conexión existente entre la Psicología comunitaria y su entorno
social. La decisión de su creación es, a su vez, consecuencia de ciertos acontecimientos previos y
del espíritu de esta época. Así, el desarrollo y las conclusiones de esta Conferencia son, también,
en términos más amplios, fruto del movimiento social existente en los años sesenta en Estados
Unidos.
Durante la década de los sesenta, la sociedad norteamericana se encuentra más receptiva a
nuevas orientaciones y parece más consciente de las profundas desigualdades existentes entre la
población (desigualdades tanto económicas como en el acceso a los recursos sanitarios,
asistenciales y educativos). Igualmente, es relevante el cambio que se produce en la concepción
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de la salud, que ya no se define como la ausencia de enfermedad, sino como un estado de
bienestar físico, psicológico y social. Las alusiones a este momento histórico y a los factores que
lo originan son frecuentes y, en cierto modo, obligados, al analizar el origen de esta disciplina, al
menos en el ámbito norteamericano.
En este contexto social comienza a gestarse entre los profesionales de la salud mental una
insatisfacción con el modelo médico tradicional, que atribuye al paciente un rol pasivo en la
interacción y al profesional una actitud de espera ante los problemas de salud mental. Este
modelo tradicional defiende un acercamiento individual que desatiende la influencia que en el
origen y desarrollo de estos problemas tienen los factores sociales y ambientales. Un
acercamiento que, por otra parte, se muestra insuficiente para alcanzar a toda la población que
requiere de algún tipo de tratamiento o intervención.
Esta insatisfacción cristaliza en Swampscott en una búsqueda de un acercamiento más social
a la salud mental y, como hemos indicado, en la creación de la Psicología comunitaria como
disciplina, que representaría este acercamiento. Así, en un primer momento, psicología
comunitaria y salud mental comunitaria son términos similares en Estados Unidos. Esta
vinculación inicial de la Psicología comunitaria con la salud mental se refleja en las primeras
investigaciones que se realizan.
2.2. El desarrollo de la Psicología comunitaria en Estados Unidos
En una revisión de los artículos publicados en American Journal of Commnity Psychology y
en el Journal of Community Psychology durante el período comprendido entre 1973 y 1982
realizada por Lounsbury y sus colaboradores (1985) puede apreciarse que durante este período
existe un importante predominio de los estudios centrados en la salud mental, y son muy pocos
los trabajos relacionados con las características óptimas del ambiente, el desarrollo normal o el
funcionamiento saludable de los individuos.
Posteriormente, en el período comprendido entre 1984 y 1988 se aprecia, no obstante, un
incremento en los temas relacionados con factores sociales (Speer y cols.,1992). Comienzan a
proliferar en esta etapa las investigaciones que analizan la influencia de los estresores sociales y
del apoyo social en el ajuste psicosocial. Son relevantes, como referentes teóricos, algunos
modelos como el de Albee (1982) que incluye en su conocida ecuación respecto de la incidencia
de los desórdenes mentales dos factores sociales, el estrés y el apoyo social, que contribuyen a
ellos de forma positiva y negativa, respectivamente. La investigación sobre apoyo social,
consolidada a mediados de los años setenta, da lugar en la década de los ochenta a una importante
eclosión de trabajos que analizan su estructura, sus funciones, su medición y su relación con el
ajuste psicosocial del sujeto. Este tema, además, se convierte en recurrente en las posteriores
revisiones sobre intervenciones sociales y comunitarias en Estados Unidos.
Gesten y Jasón (1987) citan también como estrategias interventivas de los psicólogos
comunitarios el desarrollo de competencias individuales que facilitan el acceso a recursos
(incluido el apoyo social), propiciar el sentido de control de las personas sobre su destino
(empowerment), contribuir a la creación de grupos de autoayuda y modificar estilos de vida poco
saludables, como el consumo de tabaco y alcohol. El desarrollo de intervenciones preventivas
constituye ya en este período un elemento distintivo de la disciplina.
No obstante, la Psicología comunitaria permanece todavía en la década de los ochenta
bastante ligada a la salud mental y, sobre todo, a una perspectiva demasiado individualista en las
propuestas de intervención. Esta característica supone, además, una importante divergencia entre
la teoría y la práctica, es decir, entre las bases conceptuales de la disciplina establecidas en la
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Conferencia de Swampscott y las intervenciones realizadas por investigadores y profesionales.
Así, aunque en la citada conferencia se planteó la relevancia de los factores sociales, la
necesidad de analizar la relación entre individuo y comunidad y un nuevo acercamiento
interventivo que incluya a la comunidad, la realidad es que algo más de veinte años después,
Gesten y Jason consideran que el camino recorrido está todavía muy alejado de los ideales de
Swampscott. De hecho, la mayoría de las intervenciones tienen un enfoque centrado en el
individuo y, aunque algunas de las áreas de investigación más relevantes son la prevención o el
apoyo social, este último es considerado en algunas ocasiones como una variable personal.
El sesgo individualista de la psicología americana se refleja también en el hecho de que gran
parte de las intervenciones preventivas se dirigen al desarrollo de competencias personales
(habilidades cognitivas, de comunicación y de solución de problemas) en lugar de intentar
modificar aspectos relaciónales y organizacionales.
Este sesgo individualista se ve reforzado con la noción de responsabilidad individual,
ampliamente extendida y apreciada por la sociedad norteamericana. En consecuencia, no nos
debería sorprender que durante la década de los ochenta una gran parte del apoyo federal para
programas de prevención se destinara a intervenciones individuales en lugar de dedicarse a
intervenciones sociales, y que la mayor parte de la literatura sobre prevención esté más
relacionada con esfuerzos para ayudar a los individuos a desarrollar habilidades que les permitan
manejar con éxito los estresores ambientales que con esfuerzos dirigidos directamente a las
condiciones sociales. De hecho, el desarrollo de este tipo de competencias personales ha sido un
componente importante en campañas antitabaco y en programas encaminados a prevenir el abuso
de sustancias, las enfermedades cardiovasculares o los embarazos en adolescentes. En
determinadas ocasiones, estos programas de entrenamiento en habilidades no son suficientes para
contrarrestar normas culturales fuertemente asentadas o condiciones económicas negativas que
pueden estar incidiendo en el surgimiento y mantenimiento de determinadas conductas de riesgo.
Por otra parte, y a pesar del citado sesgo individualista, durante la década de los ochenta y
los noventa se han realizado algunos esfuerzos encaminados a movilizar a la comunidad y a
facilitar la creación de agrupaciones y asociaciones. En esta misma línea, se confiere cada vez
mayor relevancia al hecho de facilitar a enfermos mentales y grupos desfavorecidos el acceso a
los recursos sociales, al tiempo que se reconoce el importante papel desempeñado por los grupos
de autoayuda y los grupos de apoyo integrados por pacientes y por familiares.
A lo largo de estas tres décadas y media de Psicología comunitaria en Estados Unidos, la
influencia del contexto social y político ha continuado ejerciendo su influencia. En concreto, los
distintos ciclos políticos (alternancia entre gobiernos demócratas y republicanos) han marcado el
predominio de unas u otras teorías sobre la salud mental. Durante los períodos más progresistas
los determinantes ambientales tienen más peso en la explicación del comportamiento humano,
mientras que en los periodos de conservadurismo político y social se acentúa la importancia de
las variables personales. Además, esta influencia política no se reduce únicamente a las
perspectivas teóricas predominantes, sino que, sobre todo, incide en el tipo de intervenciones que
se promueven y desarrollan.
De modo específico, Heller y Goddard (1998) aluden a determinados programas que se
crearon durante los años sesenta con fondos federales (por ejemplo, "War on Poverty" y "Great
Society"), que llegaron a desaparecer o reducirse considerablemente durante el posterior ciclo
conservador de los años setenta. Esta dependencia política dificulta y bloquea la continuidad y
desarrollo de numerosos programas de intervención, incluso en aquellos cuya eficacia se ha
comprobado rigurosamente. Éste es el caso del programa dirigido a adolescentes embarazadas y
con escasos recursos elaborado por Olds (1988). Tal programa demostró su eficacia en la
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disminución del porcentaje de bebés con bajo peso, en la prevención del maltrato infantil y en la
participación y permanencia en el sistema educativo de los padres. No obstante, este programa no
se pudo mantener cuando el departamento de salud local tuvo que asumir su coste. Según Heller
y Goddard (1998) una forma de conseguir que los programas que son efectivos puedan continuar
es involucrar a la comunidad local. Un ejemplo de este segundo caso es el programa "Head
Start", el cual se ha mantenido desde 1965 al conseguir la implicación en el mismo tanto de los
padres como de diferentes líderes y miembros de la comunidad.
Finalmente, durante la década de los noventa cabe señalar la importante consolidación que
se ha producido de los programas de prevención. Importantes instituciones americanas, como el
National Institute of Mental Health y el Institute of Medicine, reconocen en sendos informes la
viabilidad e importancia de este tipo de intervenciones. Su reconocimiento es, sin duda,
importante, pero la consideración que hacen de la prevención es sumamente restrictiva. De
hecho, Albe (1996) ha llegado a considerar estos informes como contrarevolucionarios.
Según Reppucci y sus colaboradores, (1999) a pesar de estas importantes divergencias, el
gran número de intervenciones preventivas desarrolladas en Estados Unidos durante la última
década es altamente positivo. Se han realizado numerosos programas de intervención
relacionados con la prevención de aspectos tales como la violencia contra las mujeres, la
violencia juvenil o el maltrato infantil. Estas intervenciones intentan, cada vez en mayor medida,
contar con la comunidad a la que se dirigen y disponer del mayor apoyo local posible.
Otra característica que está adquiriendo una creciente importancia en el diseño de programas
de prevención es la diversidad étnica y cultural. Los programas de intervención deberían respetar
los valores culturales de la comunidad a la que se dirigen (por ejemplo, comunidades de origen
hispano o afroamericanos), o al menos tenerlos en cuenta si desean que la intervención sea
efectiva. Entre los elementos fundamentales de estos programas se incluyen la disminución de los
factores de riesgo y el desarrollo de los factores protectores. Entre estos últimos, el apoyo social,
la facilitación del acceso a los recursos sanitarios, educativos y sociales de grupos desfavorecidos
y la potenciación de las competencias sociales se encuentran entre las estrategias más utilizadas
en estas intervenciones.
Por otra parte, también existen organizaciones y agrupaciones comunitarias, en ocasiones
creadas por los propios ciudadanos sobre la base de un problema común, que han demostrado su
capacidad para producir cambios en la comunidad. Estas organizaciones resultan positivas tanto
para sus integrantes como para la comunidad hacia la que dirigen sus esfuerzos y, además, su
apoyo a determinados programas de prevención puede resultar decisivo y comienza a ser
considerado. En los próximos años, los aspectos que según Reppucci y sus colaboradores (1999)
deben ocupar a los interventores comunitarios son la mayor adaptación de sus programas a las
características concretas de la comunidad a la que se dirigen, la mejora en la evaluación de la
efectividad de las intervenciones y la preocupación por una adecuada difusión de las mismas.
En resumen, podríamos señalar como principales características definitorias de la Psicología
comunitaria en Estados Unidos, las siguientes:
• un origen muy vinculado a la salud mental,
• una evolución parcialmente condicionada por las características culturales americanas (cierto
etnocentrismo y énfasis en la responsabilidad individual) y
• una escasez de acercamientos realmente comunitarios en las intervenciones.
Entre los principales referentes teóricos, podemos citar los modelos de estrés psicosocial, las
investigaciones sobre apoyo social y grupos de autoayuda y la teoría de la potenciación o
empowerment. Desde el punto de vista metodológico, se reconocen las limitaciones de los
diseños experimentales para evaluar la efectividad de las intervenciones, pero los métodos
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cualitativos y etnográficos apenas son utilizados (Lipsey y Cordray, 2000).
2 2.3. El caso de Canadá y Reino Unido
En Canadá y en el Reino Unido, países situados también dentro del contexto anglosajón por
cuestiones culturales, el desarrollo y la situación actual de la Psicología comunitaria es bastante
diferente. En Canadá existe una larga tradición de programas de intervención en salud mental,
educación y servicios sociales. Sin embargo, esta tradición de la Psicología aplicada canadiense
fue minusvalorada durante la década de los cincuenta y sesenta, para resurgir nuevamente durante
los años setenta, como consecuencia de la influencia de la Psicología comunitaria
norteamericana. En este proceso influyó también la escasez de recursos humanos y la demanda de
servicios en el área de salud mental, así como una política gubernamental más centrada en la
salud que en la enfermedad. A lo largo de la década de los setenta se introduce la Psicología
comunitaria en la formación universitaria, y actualmente esta disciplina está presente en el 50 de
las universidades. La creación en 1982 del Canadian Journal of Community Mental Health, de
carácter interdisciplinar, ha facilitado, en gran medida, el intercambio de información entre
investigadores y profesionales. En las últimas décadas se observa un considerable desarrollo de
esta disciplina, tanto en el ámbito académico como en el profesional. La influencia
norteamericana se refleja en la conexión que la disciplina mantiene con la salud mental, así como
en su énfasis en la promoción de competencias psicosociales y en el desarrollo de programas de
prevención.
Por el contrario, el desarrollo de la Psicología comunitaria en el Reino Unido es bastante
reciente y limitado. En este sentido, los escasos libros referidos a la Psicología comunitaria
publicados en este país han sido escritos por psicólogos clínicos, como es el caso de Jim Oxford
(1992) y la única revista británica de Psicología Comunitaria, el Journal of Community and
Applied Social Psychology, apareció en 1991, dirigida también por Oxford (1998). Este autor
indica, no obstante, la existencia de cierta insatisfacción de los profesionales de la salud mental
con los modelos de tratamiento que no consideran los factores sociales y la existencia de algunas
experiencias de investigación comunitarias. En todo caso, las intervenciones son mínimas y la
mayoría de los trabajos son de tipo descriptivo, analizando, por ejemplo, la influencia del
desempleo, la inmigración o los nuevos asentamientos en la depresión.
3. La Psicología comunitaria en el contexto latinoamericano
El origen de la Psicología comunitaria latinoamericana suele situarse a principios de los años
setenta, aunque durante los años cincuenta y sesenta se llevaron a cabo numerosas intervenciones
en diferentes comunidades. Estas primeras intervenciones tuvieron como principales referentes
teóricos la pedagogía del oprimido de Paulo Freiré (1979) y los escritos del sociólogo
colombiano Orlando Fals Borda (1959) sobre la investigación-acción. La Psicología comunitaria
en Latinoamérica, al igual que comentábamos respecto del contexto anglosajón, o quizás todavía
más en este caso, surge estrechamente vinculada a la realidad social y política de los diversos
países que la integran.
En este sentido, si bien es cierto que existen importantes similitudes entre estos países,
también lo es que nos estamos refiriendo a más de veinte países distintos, que, sin duda,
comparten características significativas tales como la existencia de profundas desigualdades
sociales, grandes bolsas de pobreza, o el sinsentido de intentar realizar intervenciones dirigidas a
facilitar el acceso a recursos sanitarios, sociales o educativos a la población más desfavorecida
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cuando en estos países, con demasiada frecuencia, estos recursos son sumamente precarios, o
incluso inexistentes. No obstante, cada uno de estos países plantea, a su vez, ciertas necesidades
sociales que le son propias, una trayectoria política particular, y un desarrollo de la Psicología, en
general, y de la Psicología comunitaria, en particular, que en ocasiones es bastante divergente.
Así, por ejemplo, la Psicología comunitaria ha tenido un importante desarrollo en Brasil,
mientras que en Argentina éste ha sido mucho menor. Este hecho se debe, en parte, a la ruptura
que la dictadura impuso a ciertas iniciativas comunitarias que estaban surgiendo en este país y, en
parte, a la fuerte influencia del psicoanálisis en Argentina. No obstante, también en Argentina
existen algunas universidades, como la Nacional de Córdoba, en las que se están iniciando
investigaciones con marcado carácter comunitario. (Barrault y Vázquez (1999).
En todo caso, y a pesar de reconocer la existencia de importantes diferencias entre los
distintos países latinoamericanos, durante los años setenta se produce, en general, una
agudización de las situaciones de pobreza y miseria, y en muchos de estos países se instauran
regímenes totalitarios. Ante esta situación, gran número de profesionales, incluidos psicólogos
comienzan a acercarse a las comunidades más desfavorecidas. (Serrano-García y Vargas-Molina
(1992), Freitas (1996, 1998).
En un primer momento, la presión de la realidad social conduce más a la acción que a la
reflexión y a generarse una preocupación por una necesaria reflexión teórica acerca del quehacer
cotidiano de las y los psicólogos que trabajan en la comunidad. Según Sánchez (1998) y su
equipo, un momento relevante en la Psicología comunitaria latinoamericana es el XVII Congreso
Interamericano de Psicología celebrado en Perú en 1979. En este Congreso se reunieron
psicólogos y psicólogas de diversos países latinoamericanos que descubrieron que estaban
trabajando con modelos comunitarios similares, aunque sin tener conocimiento de ello. En este
sentido, cabe señalar que uno de los obstáculos para el desarrollo de una Psicología social
comunitaria en Latinoamérica lo constituyen las grandes dificultades existentes para transmitir
experiencias de un país a otro, como consecuencia de las grandes distancias e importantes
dificultades en la comunicación. Gracias a Internet se contribuye en gran medida a facilitar el
intercambio y la comunicación. La reciente creación de la Redepsi agrupa a psicólogos
comunitarios de diferentes países de América Latina y España.
Actualmente, la Psicología comunitaria en Latinoamérica, después de una primera fase
eminentemente activa, se encuentra inmersa en el proceso de intentar desarrollar modelos
teóricos propios, proceso más evidente en países como Venezuela, Brasil o Puerto Rico. Se trata,
en general, de una disciplina que tiene cada vez mayor presencia en las distintas universidades y
en las que comienzan a ser reconocidas importantes figuras como, por ejemplo, Maritza Montero,
Fátima Quintal de Freitas, Silvia Lañe, Israel Brandao o Irma Serrano-García entre otros muchos
(20 Montero (1987a; 1987b; 1991; 1994), Quintal de Freitas (1996; 1998a, 1998b), Lañe (1991)
Por otra parte, al hablar de la Psicología comunitaria en Latinoamérica es necesario señalar
la coexistencia de una Psicología social comunitaria, más ligada a los procesos de autogestión,
desarrollo comunitario y participación social, y una Psicología comunitaria más próxima a la
salud mental. En países como Argentina y Chile, la Psicología comunitaria vinculada a la Salud
Mental predomina, aunque no de forma exclusiva (Olave y Zambrano, 1993) mientras que en
Venezuela la Psicología Comunitaria se encuentra más cercana a planteamientos ideológicos,
políticos y de concientización (Montero, 1987b; 1991). De hecho, en este país se ha dedicado un
gran esfuerzo al análisis de las relaciones existentes entre la ideología y el desarrollo de procesos
de acción y cambio social.
Igualmente, el concepto de comunidad ha merecido una considerable atención por parte de
los psicólogos comunitarios venezolanos. Próximos a la Psicología comunitaria venezolana, en el
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sentido de compartir como referente teórico la Psicología social crítica y el construccionismo
social, se encuentran los psicólogos comunitarios puertorriqueños (Serrano-García y Vargas
Molina, 1992). Por otra parte, en Colombia son numerosas las intervenciones comunitarias
relacionadas con los procesos de participación y de investigación-acción (Aguedelo, 1993;
Arango, 1993).
Asimismo, y como ya hemos comentado anteriormente, el desarrollo de la Psicología social
comunitaria en Brasil es muy significativo. Freitas (1996, 1998) realiza un excelente recorrido
por el devenir histórico de esta disciplina en su país, desde sus comienzos casi clandestinos y
centrados en la movilización de comunidades altamente desfavorecidas durante los años sesenta y
setenta, hasta el momento actual.
Las primeras intervenciones se centraban, básicamente, en el desarrollo de una conciencia
crítica en la población y se sitúan, sobre todo, en la zona nordeste del país. En los años ochenta
comenzará la preocupación por sistematizar y reflexionar sobre estas intervenciones y sobre el
trabajo de los psicólogos comunitarios.
A finales de los ochenta y principios de los noventa, el desarrollo de esta disciplina ha sido
muy importante subrayando la diferencia entre la Psicología comunitaria, próxima a la Salud
Mental, y la Psicología social comunitaria con referentes teóricos de la Psicología social crítica y
dialéctica. Esta última se sitúa, principalmente, en la Universidad Católica de Sao Paulo.
Actualmente, la Psicología social comunitaria existe como disciplina en la mayor parte de las
universidades brasileñas. 1
A pesar de la diversidad que estamos señalando, estos países comparten algunos elementos
comunes. Se trata, básicamente, de rasgos similares en la mayor parte de ellos, que además se
hacen más visibles al compararlos con el contexto anglosajón.
La Psicología social comunitaria en Latinoamérica se ha centrado, de manera fundamental y casi
exclusiva, en la acción. De este modo, el desarrollo de referentes teóricos propios ha quedado
relegado a un segundo plano.
Hoy, sin embargo, este desplazamiento de los referentes teóricos es objeto de preocupación
de numerosos investigadores comunitarios en América Latina. En cuanto a los aspectos
metodológicos, la Psicología social comunitaria en Latinoamérica difiere, en gran medida, de la
desarrollada en el contexto anglosajón, puesto que la investigación-acción participativa -IAP- es
el modelo metodológico predominante. En este sentido, es importante la influencia de Fals Borda
(1959) y su modelo de investigación-activa. Igualmente, la metodología etnográfica y cualitativa
(entrevistas, observación participante) es mucho mejor acogida en este contexto que en el
anglosajón, donde se las considera atractivas y sugerentes pero poco científicas.
Por último, también el objeto de sus intervenciones es diferente, ya que el proceso más
estudiado e investigado por la Psicología social comunitaria en Latinoamérica es la participación.
Ésta hace referencia a la implicación activa de la gente en la planificación y desarrollo de las
etapas de solución de un problema que les afecta.
Asimismo, son relevantes los procesos de concienciación y desarrollo del sentimiento de
comunidad. Se trata, por tanto, de un enfoque mucho más social y comunitario que el existente en
el contexto anglosajón.
Estas diferencias podrían explicarse, al menos en parte, por diferencias culturales y de
valores entre estos dos contextos. Por otro lado, es probable que la realidad social tan acuciante
de los países latinoamericanos exija este tipo de intervenciones que, sin duda, difieren en su
1
La creación de la ABRAPSO (Asociación Brasileña de Psicología Social) ha contribuido en gran medida a
promover encuentros científicos.
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referente teórico, en sus objetivos y en su metodología. Además, a diferencia de la Psicología
comunitaria surgida en el contexto anglosajón, su origen no está vinculado a la salud mental
comunitaria, como erróneamente se nos transmite en numerosas ocasiones.
Finalmente, no hay que olvidar la contribución que movimientos como el de la Teología de la
Liberación han tenido en el desarrollo de la Psicología comunitaria latinoamericana. En concreto,
el movimiento de la Teología de la Liberación surge a finales de los sesenta, y su labor principal
se desarrolla en las comunidades eclesiásticas de base. Sus ideas fundamentales son recogidas en
los trabajos de Cámara, Sobrino, Ellacuría y Martín-Baró, cuyos textos han ejercido y ejercen una
fuerte influencia en la Psicología Social Comunitaria de América Latina y, creemos, también en
España. Cámara (1970; 1972), Sobrino (1984), Ellacuría (1984) y Martín-Baró (1987).
4. La Psicología comunitaria en el contexto español
4.1. Orígenes de la Psicología comunitaria en España
El desarrollo de la Psicología comunitaria en España es bastante reciente y, al igual que
comentábamos en los apartados previos respecto del contexto anglosajón y el latinoamericano, se
ha visto propiciado por los cambios sociales y políticos que se producen en este país. En
concreto, las transformaciones políticas que tienen lugar en España en los años setenta
contribuyen en gran medida a su desarrollo. Así, la Constitución de 1978, la descentralización del
poder central hacia las comunidades autónomas y la puesta en marcha de ampliaciones
importantes en la cobertura de prestación de los Servicios Sociales, junto con algunas iniciativas
privadas, propiciaron el que un gran número de profesionales se encontrara trabajando, ya por los
años setenta y, fundamentalmente, por los ochenta, en la comunidad: trabajadores sociales,
psicólogos, animadores socio-culturales, educadores de calle, asistentes sociales y voluntarios.
Durante los años ochenta, ayuntamientos y diputaciones crearon gabinetes
psicopedagógicos, centros de salud mental y servicios sociales comunitarios. En estos centros
surgieron equipos en muchos casos interdisciplinares, que intentaron, en mayor o menor medida,
dar una orientación comunitaria a su trabajo. Sin embargo, de forma progresiva serán los
servicios sociales comunitarios, incluyendo los gabinetes psicopedagógicos, los que ya en la
década de los noventa se convertirán en el escenario más frecuente de las intervenciones
comunitarias.
No hay que olvidar que la creación de estos centros se anticipó a la existencia de una
formación académica en Psicología comunitaria en las universidades españolas, que por los
primeros años ochenta estaba dando todavía sus primeros pasos, aún titubeantes, en el ámbito de
la Psicología social. Ésta es, justamente, una característica fundamental de la disciplina en
España con relación a los países anglosajones y otros países europeos, incluyendo Italia y
Portugal, en los que su nacimiento y desarrollo tiene lugar en los departamentos de personalidad
y clínica.
Un hito en el ámbito de la Psicología comunitaria en España es la publicación de los
primeros manuales relacionados específicamente con la disciplina, que tiene lugar a finales de la
década de los ochenta y principios de la de los noventa, convirtiéndose rápidamente en referentes
obligados en los ámbitos académico y profesional. En concreto, el primero de estos libros es el de
Intervención Psicosocial de Barriga, León y Martínez en 1987, al que siguieron Psicología
Comunitaria de Martín, Chacón y Martínez en 1988 y Psicología Comunitaria. Bases
conceptuales y métodos de intervención, del mismo año, de Sánchez (en 1991 publicará una
nueva edición revisada y ampliada). En estas fechas también ven la luz los resultados del
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