La victoria de los caudillos del litoral en Cepeda el 1° de febrero de 1820 debilitó aún más el poder
central. La disolución del Congreso y del Directorio condujo a la formación de Estados provinciales
autónomos. La derrota del poder central por los gobernadores de Santa Fe y Entre Ríos causó una
crisis política en Buenos Aires, agravada por el Tratado del Pilar, que proponía una federación y un
congreso en San Lorenzo, que nunca se realizó. El tratado generó descontento en la elite porteña y
aumentó la agitación.
En 1820, la lucha entre centralistas y confederacionistas se intensificó, llevando a una disputa
entre ciudad y campo sobre la representación en el nuevo poder provincial. La lucha culminó en
octubre con la derrota de los confederacionistas porteños y la promulgación de la ley electoral de
1821, que redefinió la representación política. Este año de intensa lucha, conocido como el
"fatídico año '20", resultó en una depuración de la elite y la formación de un grupo dirigente que
buscaba ordenar la economía provincial y organizar la sociedad.
Este grupo, que incluía a figuras como Martín Rodríguez y sus ministros Bernardino Rivadavia y
Manuel García, impulsó reformas para modernizar la estructura administrativa y social. Aunque se
logró un período de "paz y progreso" en Buenos Aires, las divisiones resurgieron con propuestas
de un congreso constituyente para unificar el país. La situación internacional y la guerra contra
Brasil y la guerra civil interna terminaron con esta "feliz experiencia". A pesar de su corta duración,
las reformas de este período sentaron bases que influirían en el posterior gobierno de Rosas.
NUEVO REGIMEN REPRESENTATIVO
El nuevo gobierno bonaerense impulsó numerosas reformas sin sancionar una constitución
provincial, a pesar de la intención inicial de la Junta de Representantes reunida en 1821. A
diferencia de otros Estados provinciales, Buenos Aires no tuvo una carta orgánica hasta
1854. El poder político se organizó mediante leyes fundamentales y prácticas informales.
La ley electoral de 1821 y la ley para designar gobernador fueron esenciales. El gobernador
debía ser elegido por la Junta de Representantes cada tres años.
La Sala de Representantes, creada en 1820, se convirtió en el Poder Legislativo sin
mediación legal, asumiendo un papel central en la política provincial, eligiendo al
gobernador, aprobando reformas, votando presupuestos, creando impuestos, y evaluando al
Ejecutivo. Estas funciones se basaron en leyes específicas, prácticas formalizadas y un
Reglamento Interno influido por las ideas de Jeremías Bentham.
La ley de sufragio de 1821, otorgando voto activo a "todo hombre libre" mayor de 20 años
y estableciendo el voto directo, buscaba ampliar la participación electoral. Aunque
identificado como sufragio universal, no excluía socialmente, solo limitaba el voto pasivo a
propietarios. Esta ley pretendía disciplinar la movilización iniciada con la Revolución y
legitimar el nuevo poder provincial. La representación desigual entre ciudad y campo se
mantuvo, con la ciudad predominando en la política.
El nuevo régimen representativo incluyó a la campaña, permitiendo delinear el espacio
político provincial y acelerando la crisis del espacio urbano colonial basado en los cabildos.
La coexistencia del Cabildo y la Junta de Representantes, con diferentes tipos de
representación, no perduró. La nueva representación provincial eliminó antiguos
privilegios, consolidando la transformación política iniciada en 1821.
REFORMAS RIVADAVIANAS
La supresión de los cabildos en la provincia de Buenos Aires, llevada a cabo en diciembre de 1821
por propuesta de Bernardino Rivadavia, fue una de las reformas más significativas y controvertidas
de la época. Esta decisión no generó oposición notable entre los cabildantes ni en la prensa local,
debido en parte al desprestigio del Cabildo de Buenos Aires tras la derrota de los amotinados
contra el poder provincial en octubre de 1820. Algunos intentos de mantener o reformar el
Cabildo, como las propuestas de los diputados Anchorena y Valentín Gómez, fueron rechazados,
principalmente debido a la incompatibilidad entre las formas de representación política antigua y
moderna.
Rivadavia y sus seguidores consideraban que la coexistencia de las antiguas y nuevas formas de
representación solo llevaría a conflictos. La representación antigua, basada en la teoría
monárquica, reconocía a los cabildos como los únicos cuerpos representativos en América. En
contraste, la nueva representación, emergente tras la Revolución, se basaba en principios liberales
y un régimen representativo con voto directo. Para ellos, los cabildos eran símbolos de la
amenazante práctica asambleísta y su poder popular podía socavar a los futuros gobiernos
provinciales, por lo que su supresión era necesaria para evitar nuevas revueltas.
La abolición de los cabildos prometía la creación de una ley de municipalidades, que no se
materializó hasta 1854, cumpliendo el objetivo de modernizar y centralizar la estructura
administrativa del Estado provincial. Esto incluyó la eliminación del Consulado de Comercio y la
redistribución de funciones en nuevos órganos estatales. Se crearon los ministerios de Gobierno,
Hacienda y Guerra, y se reorganizó la administración pública para mejorar su eficiencia. En el
ámbito judicial, se estableció un sistema mixto con jueces letrados y jueces de paz, separando las
funciones de justicia de menor cuantía y policía, previamente monopolizadas por los cabildos.
La reforma militar redujo significativamente el ejército, recortando gastos y reorientando las
fuerzas hacia la defensa de la frontera y la campaña. La reforma eclesiástica buscaba centralizar el
poder político y controlar al clero, suprimiendo algunas órdenes religiosas y el diezmo, y
sometiendo al personal eclesiástico a las leyes civiles. Estas reformas generaron descontento en
algunos sectores, como el motín protagonizado por el doctor Tagle y algunos militares en 1823,
aunque fue rápidamente reprimido.
La experiencia rivadaviana también impulsó un cambio en el espacio público porteño, con la
aparición de nuevos periódicos y asociaciones civiles, promoviendo un debate público más amplio
y la creación de una nueva sociabilidad política. Aunque las reformas tuvieron un impacto limitado
y las jerarquías sociales tradicionales perduraron, la transformación del Estado bonaerense fue
notable, especialmente en el ámbito político, con mayor participación electoral y consolidación de
la legislatura.
Sin embargo, las divisiones dentro de la elite emergieron cuando intentaron liderar el proceso de
unificación nacional, con la convocatoria del Congreso Constituyente de 1824 marcando el fin de la
efímera experiencia iniciada tres años antes.
CONGRESO GENERAL CONSTITUYENTE
En mayo de 1824 terminó el mandato del gobernador Rodríguez, y la elección del general Las
Heras como sucesor mostró las primeras divisiones dentro del gobierno. Rivadavia se negó a
colaborar con Las Heras y viajó a Londres, mientras que García intentó reemplazarlo. Ese año llegó
a Buenos Aires el cónsul británico Woodbine Parish, con la intención de firmar un tratado de
reconocimiento de la independencia y de amistad y comercio. Sin embargo, la realidad política
local complicaba la firma del acuerdo debido a la autonomía de las provincias.
El Tratado de Benegas de 1820 había previsto la convocatoria de un Congreso Constituyente, pero
fue frustrado por la demora en la elección de diputados en Buenos Aires y la firma del Tratado del
Cuadrilátero en 1822. En 1824, Buenos Aires retomó la iniciativa invocando la situación en la
Banda Oriental, ocupada por Portugal desde 1817 y luego por Brasil desde 1822.
La convocatoria al Congreso de 1824 abordaba dos problemas de soberanía: la defensa de la
Banda Oriental y la definición del sujeto de soberanía para el tratado con Inglaterra, firmado en
1825. El Congreso, dominado por Buenos Aires, promulgó la Ley Fundamental, que delegaba el
Ejecutivo Nacional provisorio en Buenos Aires y evitaba intervenir en asuntos provinciales,
postergando la constitución nacional. En 1825 se creó un Ejército Nacional, aunque con
controversias sobre la soberanía.
El Congreso luego tomó medidas más radicales: la creación del Banco Nacional, la Ley de
Presidencia que instauraba un Ejecutivo Nacional con Rivadavia como presidente, y la Ley de
Capitalización que declaraba a Buenos Aires como capital nacional. Esto causó divisiones internas,
especialmente sobre la soberanía y la reorganización territorial de Buenos Aires.
La Constitución de 1826, aprobada en diciembre, atenuaba el unitarismo y establecía mecanismos
de elección directa e indirecta para diferentes órganos de gobierno. Sin embargo, fracasó debido a
disputas sobre la soberanía nacional versus provincial y el contexto de guerra contra Brasil y
conflictos interprovinciales. Las tensiones entre unitarios y federales y la inestabilidad política
culminaron en el fracaso de la constitución y mostraron las dificultades para consolidar un Estado
nacional centralizado.
GUERRA CONTRA BRASIL Y CAIDA DEL GOBIERNO CENTRAL
En 1824, la anexión de la Banda Oriental al Imperio del Brasil, tras el conflicto entre el rey Juan de
Portugal y su hijo Pedro, fue rechazada firmemente por el gobierno bonaerense bajo el mando del
general Rodríguez, aunque sin acciones inmediatas. La opinión pública en Buenos Aires se dividió
entre aquellos que preferían la diplomacia y quienes presionaban por una intervención militar. La
diplomacia se estancó en 1824 cuando el emperador brasileño rechazó la retirada de la Banda
Oriental, lo que exacerbó las tensiones internas en Buenos Aires.
En este contexto, se convocó al Congreso de 1824 y en abril de 1825, Juan Antonio Lavalleja lideró
la expedición de los 33 Orientales, obteniendo rápidos éxitos con el apoyo de Fructuoso Rivera. En
septiembre de 1825, un Congreso en la Florida declaró la reincorporación de la Banda Oriental a
las Provincias Unidas del Río de la Plata. Esta acción alentó las posturas belicistas en Buenos Aires
y aisló los intentos diplomáticos de García. La Ley Fundamental delegaba la guerra y relaciones
exteriores en Buenos Aires, lo que eventualmente llevó a la guerra con Brasil declarada a
principios de 1826.
El ejército, liderado por el general Alvear, ganó en Ituzaingó en 1827 pero no mantuvo el terreno
debido a errores estratégicos y deserciones. La guerra se convirtió en un conflicto de desgaste
combinado con el bloqueo naval brasileño, deteriorando la economía y política de las Provincias
Unidas. A pesar de los esfuerzos del almirante Brown, la flota argentina no pudo romper el
bloqueo.
Las presiones británicas, a través de Lord Ponsonby, llevaron a las primeras tratativas de paz en
1827. El emperador brasileño rechazó las soluciones propuestas, y las negociaciones fracasaron
cuando García admitió la devolución de la Banda Oriental al Imperio, lo que no fue aceptado por el
Congreso y Rivadavia. Rivadavia renunció y Vicente López y Planes fue nombrado presidente
provisional.
Las elecciones llevaron al triunfo de Manuel Dorrego, un opositor a la política del Congreso, ahora
identificado con la facción federal. La unidad de la elite bonaerense se había fracturado, y la
guerra civil en el interior continuaba. López renunció y el Congreso se disolvió, delegando la guerra
y relaciones exteriores a Buenos Aires. Dorrego, ahora gobernador, tuvo que negociar una paz con
Brasil, resultando en la creación de la República Oriental del Uruguay, influenciada por las
presiones británicas y las complejas dinámicas políticas del Río de la Plata.
SITUACION INTERPROVINCIAL
Durante la década de 1820, el proceso de formación de Estados provinciales autónomos en
Argentina, tras la disolución del poder central en 1820, llevó a una afirmación de soberanías
independientes a través de cartas orgánicas y leyes fundamentales en áreas como la justicia,
finanzas, política, educación y religión. Esta situación agudizó el debate sobre la soberanía,
especialmente tras la crisis de 1820.
El Litoral, agotado por las guerras de independencia y civiles, adoptó una actitud conciliadora,
firmando el Tratado de Cuadrilátero para asegurar la paz y defensa mutua con Buenos Aires.
Estanislao López, gobernador de Santa Fe, mantuvo relaciones armoniosas con Buenos Aires,
mientras Córdoba, bajo el liderazgo de Bustos, se opuso a la política porteña sin lograr apoyo
suficiente para formar un bloque opositor.
La situación en las provincias se complicó con el creciente poder de Facundo Quiroga, quien
inicialmente apoyó la solución unitaria propuesta en el Congreso Constituyente, pero luego se
alineó con Córdoba y formó un bloque con Cuyo, La Rioja, Córdoba y Santiago del Estero,
oponiéndose a Buenos Aires. Las provincias andinas, inicialmente alineadas con Quiroga,
comenzaron a cambiar de alianzas entre 1825 y 1826 debido a las tensiones generadas por el
Congreso.
La guerra civil en el interior estalló cuando el gobernador de Catamarca, Manuel Antonio
Gutiérrez, derrocado por Quiroga, se alió con el gobernador de Tucumán, Gregorio Aráoz de
Lamadrid, para recuperar el poder, resultando en la muerte del gobernador impuesto por Quiroga,
Figueroa. Esta guerra permitió a Quiroga consolidar su hegemonía mediante victorias militares y
nuevas alianzas.
El Litoral también se reacomodó en el nuevo contexto interprovincial. Santa Fe, bajo Estanislao
López, dejó de apoyar a Buenos Aires cuando la solución unitaria del Congreso dividió al Partido
del Orden, encontrando resistencias en Corrientes y Entre Ríos.
La crisis final del poder nacional llegó con la disolución del Congreso y la renuncia del presidente
provisorio, Vicente López y Planes. Se intentó convocar una Convención Nacional en Santa Fe para
discutir la organización del país, pero esta se frustró rápidamente debido a la compleja situación
interprovincial y la intervención de Buenos Aires. El gobierno de Dorrego, electo en 1827, fue
depuesto el 1 de diciembre de 1828 por una revolución armada dirigida por el general Lavalle,
apoyada por sectores unitarios de Buenos Aires. Esto provocó el fracaso de la Convención en Santa
Fe y una guerra civil en Buenos Aires, transformando el espectro político provincial y consolidando
un nuevo realineamiento interprovincial. El antagonismo entre unitarios y federales dividió al país
en dos bloques irreconciliables durante más de dos décadas.