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Estudios Públicos: N 162 OTOÑO 2021

Estudios Públicos es una revista trimestral multidisciplinaria que aborda problemas relevantes del espacio público en sociedades democráticas, ofreciendo un foro para investigaciones de calidad. Publica artículos evaluados por especialistas y está indexada en múltiples bases académicas. El número 162 incluye artículos sobre ciencias de la complejidad, derechos sociales en Chile, y críticas a la razón cínica, entre otros temas.

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Estudios Públicos: N 162 OTOÑO 2021

Estudios Públicos es una revista trimestral multidisciplinaria que aborda problemas relevantes del espacio público en sociedades democráticas, ofreciendo un foro para investigaciones de calidad. Publica artículos evaluados por especialistas y está indexada en múltiples bases académicas. El número 162 incluye artículos sobre ciencias de la complejidad, derechos sociales en Chile, y críticas a la razón cínica, entre otros temas.

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ESTUDIOS PÚBLICOS

No 162 OTOÑO 2021


ESTUDIOS PÚBLICOS
www.estudiospublicos.cl

Estudios Públicos es una revista trimestral, arbitrada, de carácter multidisciplinar y con


foco en los problemas más relevantes que enfrenta el espacio público en una socie-
dad libre y democrática. Provee de un foro de alto nivel a intelectuales y académicos
interesados en publicar investigaciones de calidad que aborden las transformaciones,
debilidades y oportunidades del ámbito público contemporáneo, bajo una perspectiva
técnica, histórica o conceptual. La revista promueve el intercambio de ideas, experien-
cias y evaluaciones críticas que tengan interés público.
La revista aparece trimestralmente en forma impresa y digital. Los trabajos pu-
blicados en Estudios Públicos han sido previamente evaluados por especialistas en un
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Teléfono: +56 2 2328 2400

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ISSN 0718-3089 (edición en línea)

Edición gráfica y digital: Pedro Sepúlveda V.

Impreso en Andros Productora Gráfica


Hecho en Chile / Printed in Chile, 2021
Aldo Mascareño
Editor en Jefe, Centro de Estudios Públicos, Chile

Nicole Gardella
Editora Ejecutiva, Centro de Estudios Públicos, Chile

Adelaida Neira
Editora de Estilo, Centro de Estudios Públicos, Chile

Comité Editorial

Enrique Barros Sonia Montecino


Universidad de Chile, Chile Universidad de Chile, Chile

Antonio Bascuñán Leonidas Montes


Universidad Adolfo Ibáñez, Chile Centro de Estudios Públicos, Chile

José Joaquín Brunner Eric Nelson


Universidad Diego Portales, Chile Harvard University, Estados Unidos

Sofía Correa Sutil Eric Schliesser


Universidad de Chile, Chile Universidad de Amsterdam, Países Bajos

Sebastián Edwards John Thompson


UCLA, Los Ángeles, Estados Unidos Cambridge University, Reino Unido

Francisco Gallego Florencia Torche


Pontificia Universidad Católica de Chile, Chile Stanford University, Estados Unidos

James Heckman Sergio Urzúa


Chicago University, Estados Unidos University of Maryland, Estados Unidos

Deirdre McCloskey
University of Illinois at Chicago,
Estados Unidos
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mons: Atribucion-NoComercial-CompartirIgual (BY-NC-SA).
ESTUDIOS
PÚBLICOS
No 162
Otoño
2021

CONTENIDOS

Artículos
7 ¿Qué pueden enseñarnos las ciencias de la complejidad sobre política y
democracia?
Patricia Palacios y David García

31 Los derechos sociales y la reforma constitucional en Chile: hacia una


implementación híbrida, legislativa y judicial
Rosalind Dixon y Sergio Verdugo

75 ¿Condenados a la repetición? La Habana, Washington, Miami y Moscú,


de la Guerra Fría hasta hoy
Radoslav Yordanov

Simposio
105 Crítica a la Crítica de la razón cínica: en defensa de una kinicología recursiva
Hugo Cadenas

125 Sobre el desgaste de la ‘crítica’. Repercusiones de un texto de Peter Sloterdijk


Niklas Bornhauser

137 ¿Kinismo o cinismo? Un comentario al programa de recursividad kínica de


Hugo Cadenas
Francisco Salinas

145 Contra la melancolía del pensamiento académico


Andrea Kottow

153 El temor de Diógenes: respuesta a los comentarios


Hugo Cadenas

Reseñas
163 The Rules of Contagion: Why Things Spread – And Why They Stop, de Adam
Kucharski
Mauricio Salgado

171 Corporate Social Responsibility, Human Rights and the Law,


de Stéphanie Bijlmakers
Ricardo Valenzuela
179 Women on Corporate Boards. An International Perspective, de María Aluchna y
Güler Aras (eds.)
Alejandra Sepúlveda

187 Global Think Tanks. Policy Networks and Governance, de James G. McGann y
Laura C. Whelan
Juan Jesús Morales
Estudios Públicos 162 (2021), 7-29
DOI: https://doi.org/10.38178/07183089/1717201115

Artículo

¿Qué pueden enseñarnos las ciencias


de la complejidad sobre política y
democracia?
Patricia Palaciosa y David Garcíab
a University of Salzburg, Austria
b Graz University of Technology, Austria

Resumen: En este artículo revisamos distintos modelos que usan herra-


mientas de las ciencias de la complejidad para explicar fenómenos
sociopolíticos y sugerimos que estos modelos deben ser interpretados
como ‘modelos mínimos’ (Weisberg 2007; Batterman y Rice 2014).
Concluimos que estos modelos altamente idealizados pueden no solo
ayudarnos a distinguir los factores causales relevantes que dan origen
a ciertos fenómenos sociopolíticos, sino que además en algunos casos
pueden ayudarnos a visualizar políticas de intervención.
Palabras clave: modelos mínimos, Twitter, emociones, contagio social,
ciencias de la complejidad, política, democracia
Recibido: noviembre 2020 / Aceptado: enero 2021

Patricia Palacios es PhD en Filosofía por la Ludwig-Maximilians-University, Alemania. Es Pro-


fesora Asistente en filosofía de la ciencia en la Universidad de Salzburg, Austria y miembro
externa del Munich Center for Mathematical Philosophy, Alemania. Dirección: Franziskaner-
gasse 1, 5020, Salzburg, Austria. Email: [email protected].
David García es PhD por la Eidgenössische Technische Hochschule (ETH), Zurich, Suiza.
Actualmente es Profesor de ciencias sociales computaciones en el Institute of Interactive
Systems and Data Science, Faculty of Computer Science and Biomedical Engineering, Graz
University of Technology, Austria; es también líder de grupo en el Complexity Science Hub
Vienna. Dirección: Inffeldgasse 16c/I, 8010 Graz, Austria. Email: [email protected].
8 PATRICIA PALACIOS Y DAVID GARCÍA / Complejidad y democracia

¿What Can Complexity Sciences Teach Us About Politics


and Democracy?
Abstract: In this article, we revise different models that use tools from
the complexity sciences to explain sociopolitical phenomena. We
suggest that these models should be interpreted as ‘minimal models’
(Weisberg 2007; Batterman and Rice 2014). We conclude that these
highly idealized models can not only help us distinguish the relevant
causal factors that give rise to certain sociopolitical phenomena, but
also in some cases can help us visualize intervention policies.
Keywords: Minimal models, Twitter, emotions, social contagion, com-
plexity sciences, politics, democracy
Received: November 2020 / Accepted: January 2021

E l éxito de los métodos formales para explicar fenómenos naturales


en física sugiere la siguiente pregunta: ¿se pueden usar métodos
similares en el contexto de las ciencias sociales? Más específicamente,
¿se pueden usar las mismas matemáticas que se emplean en física para
explicar y predecir fenómenos en las ciencias sociales, en particular en
economía y política? Lo que sugiere que esto es posible son las evocati-
vas analogías entre fenómenos físicos y socioeconómicos. Por ejemplo,
existe una analogía interesante entre el comportamiento del mercado
de valores y la transición del paramagnetismo al ferromagnetismo en
materiales magnéticos. Más en detalle, a cierta temperatura, llamada
temperatura crítica, materiales magnéticos pueden pasar de una fase
paramagnética, en la cual los espines apuntan en todas las direcciones,
a una fase ferromagnética, en la que los espines se alinean simultánea y
espontáneamente. De manera análoga, la caída de la bolsa parece ser el
resultado de la coordinación de muchos comerciantes que espontánea y
simultáneamente deciden vender sus acciones.
En las últimas décadas, algunos físicos han sospechado que estas
analogías no son solo metáforas, sino que pueden jugar un rol más im-
portante en la construcción de modelos socioeconómicos. De hecho,
en los últimos treinta años ha habido un progreso notable en disciplinas
llamadas ‘econofísica’ y ‘sociofísica’, que respectivamente son la aplica-
ción de métodos y fórmulas de la física a la economía y a los fenómenos
sociales. Además de modelar la ocurrencia de la caída de la bolsa usando
la física de las transiciones de fase (e.g. Sornette 2017; Johansen, Ledoit
Estudios Públicos 162 (2021), 7-29 9

y Sornette 2000), se ha intentado modelar el proceso de huelgas en


grandes compañías usando el modelo Ising de ferromagnetismo (Ga-
lam, Gefen y Shapir 1982). También se ha modelado el tráfico vehicular
usando las técnicas numéricas y analíticas de la física estadística (e.g.
Chowdhury, Santen y Schadschneider 2000) y, recientemente, se ha
intentado incluso modelar el llamado estallido social en Chile usando he-
rramientas de la física del caos (Caroca et al. 2020). Una clase importante
de modelos en sociofísica y econofísica se basa en las ciencias de la com-
plejidad, que es una colección de conceptos y métodos que une distintas
disciplinas para el estudio de ciertos procesos a lo largo del tiempo y en
distintas escalas (Wiesner et al. 2018). Un sistema complejo se puede
interpretar como una colección de muchos elementos con repetidas
interacciones entre ellos que exhibe autoorganización, esto es, un sis-
tema que genera ciertos patrones sin ser controlado por parámetros o
elementos externos (Ladyman, Lambert y Wiesner 2013). Ejemplos de
sistemas complejos se pueden encontrar tanto en física como en otras
ciencias naturales y ciencias sociales. El comportamiento adaptativo en
organizaciones jerárquicas de abejas, termitas y hormigas son ejemplos
prototípicos de sistemas complejos.
Instancias en las que la función representacional de un modelo se
cambia radicalmente para permitir su aplicación a una nueva disciplina,
son llamadas ‘migración de modelos’ (Bradley y Thébault 2019) y una
pregunta que ha comenzado a llamar la atención de los filósofos de la
ciencia es cuál es el rol epistémico de estos modelos altamente idealiza-
dos que resultan de un proceso de ‘migración de modelos’. En otras pala-
bras, ¿cuál es la utilidad de estos modelos altamente idealizados? En este
artículo, vamos a sugerir una respuesta para esta pregunta analizando
tres tipos de modelos que usan métodos de las ciencias de la compleji-
dad para explicar fenómenos sociopolíticos: (i) el modelo de emociones
colectivas en redes sociales, (ii) el modelo estándar de dinámica de votos
y (iii) los modelos de Galam para el conteo de votos en sistemas jerár-
quicos. Vamos a defender que estos modelos se deben interpretar como
modelos mínimos que tienen las siguientes funciones: primero, permiten
obtener información sobre los efectos de ciertos fenómenos sociales, in-
cluyendo el estado anímico de los agentes. Segundo, nos ayudan a crear
un puente entre nuestros datos observacionales y los modelos físicos
asociados al comportamiento colectivo de los agentes. Tercero, nos pue-
10 PATRICIA PALACIOS Y DAVID GARCÍA / Complejidad y democracia

den ayudar a visualizar los factores causales fundamentales que generan


un evento sociopolítico. Finalmente, nos pueden ayudar a sugerir posi-
bles políticas de intervención.
El artículo se organiza de la siguiente manera. En la próxima sección,
vamos a discutir el rol de las idealizaciones en los así llamados ‘modelos
mínimos’. En la segunda sección vamos a discutir el modelo de emo-
ciones colectivas y su calibración con datos de Twitter. En una tercera
sección analizaremos el modelo de dinámica de votación estándar. En
la cuarta sección analizamos los modelos de Galam. Finalmente, en la
quinta sección, vamos a discutir brevemente posibles intervenciones su-
geridas por algunos modelos basados en las ciencias de la complejidad.

1. Modelos mínimos

En la práctica científica es común el uso de idealizaciones; estas implican


una representación distorsionada o ‘modificada’ de la realidad en los
modelos científicos. La representación en física de planos reales como
planos sin fricción en los que los objetos se mueven uniformemente y
perpetuamente, es un ejemplo prototípico de esta práctica. Tradicio-
nalmente, se pensaba que las idealizaciones tenían principalmente un
rol pragmático, y que eran introducidas en la práctica científica con el
objetivo de simplificar los modelos científicos para hacerlos matemá-
ticamente abordables. Esta concepción de idealizaciones se remonta a
Galileo y ha sido defendida, entre otros, por McMullin (1985). Según esta
arraigada concepción, con el avance de la ciencia, los modelos científicos
van a tender a una ‘de-idealización’ y, con esto, a una representación más
precisa y completa del fenómeno que se quiere estudiar. Recientemente,
algunos filósofos de la ciencia han identificado un tipo de idealización
diferente, que Weisberg (2007) llamó ‘modelo minimalista’, y que Batter-
man y Rice (2014) llamaron ‘modelo mínimo’, en el que las idealizaciones
juegan un rol más importante. Aunque hay distintas teorías acerca de los
modelos mínimos, todas ellas coinciden en que los modelos mínimos
son ‘caricaturas de sistemas reales’ que tienen el objetivo de producir
explicaciones científicas en las que se omiten deliberadamente detalles
que se consideran irrelevantes para la ocurrencia del fenómeno; en otras
palabras, serían detalles que no ‘hacen la diferencia’ para la ocurrencia de
cierto fenómeno.
Estudios Públicos 162 (2021), 7-29 11

Más importante que eso, todas estas teorías coinciden en que


agregar detalles al modelo, esto es, ‘de-idealizar’, no lo mejora necesaria-
mente. De hecho, en algunos casos ello puede incluso bloquear la expli-
cación (Weisberg 2007). Algunos filósofos (e.g. Batterman y Rice 2014)
enfatizan que los modelos mínimos pueden demostrar cómo se generan
propiedades estructurales fundamentales comunes en fenómenos diver-
sos. Sin embargo, no hay consenso entre los filósofos de la ciencia con
respecto a qué aspectos del modelo le dan un carácter explicativo. Algu-
nos piensan (Weisberg 2007; Strevens 2007) que estos modelos explican
porque nos dicen cuáles son los factores causales relevantes que dan ori-
gen a un fenómeno. Otros (e.g. Batterman y Rice 2014) piensan que estos
modelos explican porque hay una historia de fondo [background story]
que nos demuestra que los detalles que distinguen los modelos idealiza-
dos y los fenómenos reales son irrelevantes.
Jhun, Palacios y Weatherall (2018) sugieren que estas dos visiones
acerca de modelos mínimos pueden reconciliarse. Según ellos, el tipo de
explicación que otorga un modelo mínimo depende del uso del modelo.
En algunos casos, el modelo mínimo puede ser usado para dar una ex-
plicación causal del fenómeno, mientras que, en otros, el modelo puede
usarse para producir explicaciones no-causales del tipo que describen
Batterman y Rice (2014). Jhun et al. (2018) también defienden que un rol
importante de los modelos mínimos es que en algunos casos pueden
ayudarnos a visualizar políticas de intervención. Estas intervenciones
pueden ser endógenas (i.e. involucran cambios estructurales, es decir,
cambios en la topología de la red) o exógenas (i.e. involucran una ma-
nipulación de los parámetros externos). Es importante notar que ellos
interpretan estas intervenciones en un sentido causal, de la misma forma
como lo sugiere la teoría causal de Woodward (2005), que nos dice que
las causas son variables manipulables que uno puede intervenir con el
objetivo de ejercer una influencia en el sistema. Este conocimiento cau-
sal puede parafrasearse de la siguiente manera: A causa B, si (dados algu-
nos supuestos iniciales) existe un condicional de la forma ‘Si A, entonces
(probablemente) B’, donde A puede interpretarse con una variable única
que en principio se puede manipular. En otras palabras, A causa B, si una
intervención en el valor de la variable A, puede cambiar el valor de la
variable B.
12 PATRICIA PALACIOS Y DAVID GARCÍA / Complejidad y democracia

Mientras que Jhun et al. (2018) se enfocan en el estudio del mer-


cado de valores, nosotros creemos que esta interpretación de modelos
mínimos se puede extender a la esfera política. Esto es, interpretamos
modelos de votación y de crisis sociales como modelos mínimos que
pueden ayudarnos a distinguir los factores causales relevantes que dan
origen a fenómenos socioeconómicos, y en algunos casos pueden ayu-
darnos a hacer visibles ciertas políticas de intervención.

2. Modelo Twitter para estudiar el efecto de emociones:


el caso de Chile

Un ejemplo de la aplicación de modelos mínimos al comportamiento


social es el modelado de emociones colectivas. Las emociones colectivas
son estados emocionales compartidos por grandes grupos de personas
al mismo tiempo (von Scheve y Salmella 2014). La interacción entre in-
dividuos genera comportamientos colectivos que se diferencian de las
emociones puramente individuales; es por eso que las emociones colec-
tivas pueden ser más intensas, durar más o mostrar combinaciones de
sentimientos que no se suelen observar cuando los individuos están ais-
lados (Goldenberg et al. 2020a). Los modelos basados en agentes brow-
nianos son una forma de unificar el modelado de emociones colectivas,
sobre todo cuando tienen lugar a través de interacción online que gene-
ra datos empíricos (Schweitzer y García 2010). Estos modelos conectan
el nivel de emoción individual con el nivel de emoción colectiva a través
del modelado de interacción emocional entre individuos.
Los modelos de emociones colectivas pueden ser mínimos, in-
cluyendo solo los mecanismos necesarios para entender el comporta-
miento colectivo, a la vez que adaptables para incorporar conocimien-
to empírico tanto de estudios observacionales como de experimentos
a nivel individual (García et al. 2016). La gran cantidad de datos gene-
rados por los medios sociales online tales como Twitter, Facebook y
otros, ofrecen la oportunidad de calibrar estos modelos con métodos
de las ciencias sociales computacionales. En esta sección examinare-
mos el ejemplo de las emociones colectivas identificado en Chile du-
rante el año 2019, y veremos cómo las emociones colectivas se pueden
analizar empíricamente a través del procesado de datos de la red social
Twitter.
Estudios Públicos 162 (2021), 7-29 13

Emociones colectivas después del ‘estallido social’ en Chile

Diversos análisis lingüísticos basados en el uso de redes sociales han


revelado cómo los patrones lingüísticos cambian en reacción a recesio-
nes económicas, guerras, atentados y crisis políticas. Por ejemplo, tras
los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, el análisis del
lenguaje emocional en blogs de Estados Unidos reveló cambios consi-
derables en emociones negativas durante varios días tras los atentados
(Cohn, Mehl y Pennebaker 2004). Efectos a más largo plazo también se
pueden observar en Twitter, por ejemplo, los incrementos de ansiedad
tras el tiroteo ocurrido en la escuela de Sandy Hook (Doré et al. 2015) o
las emociones colectivas y la resiliencia social tras los atentados terroris-
tas de París en noviembre de 2015 (García y Rimé 2019). Por lo general, el
lenguaje emocional en redes sociales es informativo de procesos políti-
cos como protestas populares, por ejemplo, sobre las cascadas de activi-
dad en el movimiento 15M (Alvarez et al. 2015) y durante las protestas de
Ferguson en 2014 (Goldenberg et al. 2020b). En particular, Twitter se ha
convertido en un punto de referencia para estudiar el cambio de emo-
ciones colectivas que resulta de cambios sociopolíticos. Esta es la razón
por la que se han usado datos de la red social Twitter para estudiar el
efecto en emociones colectivas del llamado ‘estallido social chileno’ que
comenzó en octubre de 2019.
Para analizar las emociones colectivas identificadas durante el ‘esta-
llido social’, recopilamos datos de Twitter en Chile utilizando la platafor-
ma Crimson Hexagon, la cual permite analizar grandes cantidades de da-
tos históricos de Twitter. También se utilizó el mismo método que Pellert
et al. (2020) usan para Austria, en el cual se procesan todos los tweets
escritos después de descartar retweets y tweets escritos por usuarios con
menos de 100 seguidores o más de 100 mil seguidores. De esta manera,
nos centramos en la expresión de cada persona en lugar de la propaga-
ción de tweets a través del mecanismo de retweets; también, eliminamos
datos de spammers con pocos seguidores, y de medios de información o
de instituciones con muchos seguidores. En total, nuestro análisis abarca
158.580.421 tweets durante los años 2018 y 2019.
Para medir la expresión emocional en Chile, se utilizó el método
LIWC (Linguistic Inquiry and Word Count), desarrollado por Pennebaker
et al. (2015) y adaptado al español por Ramírez-Esparza et al. (2007). Este
método ayuda a detectar tweets que contienen al menos una palabra de
14 PATRICIA PALACIOS Y DAVID GARCÍA / Complejidad y democracia

una serie de listas correspondientes a distintas emociones colectivas. Las


listas son diccionarios establecidos que relacionan diferentes términos
a cada emoción, y con emociones positivas y negativas en general. El
diccionario de palabras positivas y negativas de LIWC ha sido diseñado
por psicólogos, siguiendo el método de efectividad probada para otros
idiomas. Otros diccionarios cuentan con anotaciones de valencia para
listas de palabras (Redondo et al. 2007) o aplican reglas del lenguaje para
calcular indicadores de positividad o negatividad (Alvarez et al. 2015;
Vilares, Thelwall y Alonso 2015). Elegimos LIWC debido al respaldo em-
pírico que tiene y para mantener los resultados comparables con otros
análisis en inglés (Cohn, Mehl y Pennebaker 2004; Doré et al. 2015), fran-
cés (García y Rimé 2019) y alemán (Pellert et al. 2020).
Procesamos el texto de cada tweet con las herramientas de Crimson
Hexagon, usando un separador de palabras especial para Twitter que
elimina términos que puedan aparecer en URLs o nombres de usuario,
pero respetando las ocurrencias que aparezcan en hashtags. No se eli-
minaron stopwords porque el modelo utilizado se basa en la presencia
de términos en tweets, lo que significa que la presencia de stopwords no
afecta al resultado. En particular, nos centramos en cuatro emociones
para las cuales contamos con una lista de palabras en LIWC: ira, ansiedad,
tristeza y emociones positivas en general. Ejemplos de palabras asociadas
a ira son amargura, amenaza, antagónico, antipático, bastardo, etcétera.
Palabras asociadas a ansiedad son, por ejemplo, temor, tensión, tímido/a,
vergüenza o vulnerable. Combinando los recursos de LIWC con Crimson
Hexagon, pudimos medir el porcentaje diario de tweets en Chile que
contienen al menos una palabra para cada emoción. De esta manera pu-
dimos generar una serie temporal de expresiones emocionales a gran es-
cala con la frecuencia suficiente para analizar la reacción de los usuarios
de Twitter a los eventos políticos de Chile en 2019 (ver Figura 1).
La Figura 1 muestra las series temporales del porcentaje de tweets
que contienen al menos una palabra asociada a cada emoción. El co-
mienzo de las protestas en Chile en octubre de 2019 marca una clara
diferencia en la expresión emocional en Twitter. Los tweets positivos
decaen de un 40% hasta aproximadamente un 32%. El salto en ira es
considerable y está cerca de doblar la frecuencia anterior a las protestas.
La expresión de ansiedad y tristeza es similar, con aumentos moderados
pero notables en las series temporales. Además de estos cambios, las
Estudios Públicos 162 (2021), 7-29 15

Figura 1. SERIES TEMPORALES DE LOS PORCENTAJES DE TWEETS DIARIOS EN CHILE QUE CON-
TIENEN AL MENOS UN TÉRMINO DE LAS LISTAS DE PALABRAS EN LIWC RELACIONADAS CON
LAS EMOCIONES POSITIVAS, LA IRA, LA ANSIEDAD Y LA TRISTEZA. LA LÍNEA DISCONTINUA
VERTICAL MARCA EL 18 DE OCTUBRE DE 2019

Emociones positivas
44
% tweets

40

36

32
2018−01 2018−07 2019−01 2019−0
2019−07 2020−01

20
Ira
% tweets

15

10

2018−01 2018−07 2019−01 2019−07 2020−01


10
Ansiedad
8
% tweets

2018−01 2018−07 2019−01 2019−07 2020−01


9
Tristeza
8
7
%tweets

6
5

2018−01 2018−07 2019−01 2019−07 2020−01


Fecha
Fuente: Elaboración propia.

series temporales se mantienen a estos niveles nuevos durante varias


semanas. Esto indica la presencia de una emoción colectiva en la que el
proceso de difusión de las emociones las hace permanecer más tiempo
activas en la sociedad chilena. Estos resultados son similares a los obser-
vados en Francia tras los atentados terroristas de París, en noviembre de
16 PATRICIA PALACIOS Y DAVID GARCÍA / Complejidad y democracia

2015 (García y Rimé 2019). En ese trabajo, comparamos las series tem-
porales con un modelo mínimo para explicar cómo la interacción social
puede explicar la emergencia de una emoción colectiva visible en este
tipo de análisis.
El modelo es un ajuste de un modelo mínimo con datos empíricos;
sin embargo, se dejan fuera muchos detalles que se consideran irrele-
vantes, por ejemplo, con respecto a distintas manifestaciones de ira y
distintos tipos de emociones positivas. También se omiten diferencias
lingüísticas entre diversos países de habla hispana. Sin embargo, a pesar
de su carácter altamente idealizado, el modelo nos permite dar una in-
terpretación causal en relación al efecto de un cambio político-social en
emociones colectivas.

3. El modelo de dinámica de votación estándar

Otro ejemplo de modelo mínimo basado en las ciencias de la compleji-


dad es el modelo de dinámica de votación estándar. En los últimos años,
el estudio del comportamiento electoral ha ganado más atención, sobre
todo después del Brexit y la sorpresiva elección de Trump en el año 2016.
La mayoría de los estudios de dinámicas de votación ven el proceso elec-
toral como el resultado de diversos factores actitudinales y sociales, y se
han hecho esfuerzos importantes para construir modelos que sean capa-
ces de diferenciar los distintos tipos de factores sociales que influencian
el comportamiento electoral (Beck et al. 2002; Kenny y McBurnett 1992).
En particular, los cientistas políticos se han interesado en dos clases de
influencia: (i) externa (o exógena), que se refiere a factores de largo plazo
que persisten más allá de una elección particular, tales como lealtades a
partidos, orientaciones ideológicas, y características sociales tales como
raza y religión, e internos (o endógenos), que se refiere a fluctuaciones a
corto plazo asociadas al contagio social (imitación) entre pares, evalua-
ción de las cualidades personales de los candidatos y del desempeño
del gobierno. Mientras la primera clase de factores es independiente del
contexto social, la segunda no lo es.
En este contexto, el modelo de contagio de votos presentado por
Braha y De Aguiar (2017) parece prometedor, ya que ofrece una meto-
dología general para cuantificar el grado de influencia social sobre la
base de datos observacionales: las elecciones presidenciales en Estados
Estudios Públicos 162 (2021), 7-29 17

Unidos desde 1920 hasta 2012. El modelo está basado en una versión
extendida del modelo de votación desarrollado en el contexto de mecá-
nica estadística (Chinellato et al. 2015) y representa influencias externas
a través de ‘nodos fijos’ o fanáticos, que son agentes que no se dejan
influenciar por otros.

Modelo de contagio social de Braha y De Aguiar

El modelo de contagio social de Braha y De Aguiar es un modelo que


consiste en una población de votantes, representados por nodos en una
red social, y que tienen solo dos posibles opiniones, 0 o 1, que pueden
representar voto a favor o en contra de un candidato (reforma, otros). Las
características principales del modelo de Braha y De Aguiar para el con-
tagio social son las siguientes:

• N nodos ‘libres’, que representan a votantes no comprometidos;


pueden tomar los valores ‘1’ y ‘0’ (que representan el voto a favor o
en contra de cierto candidato).
• Enlaces entre pares que representan la influencia de pares.
• N0 nodos ‘fijos’ (fanáticos), sesgados a favor del primer candidato ‘0’.
Tales candidatos nunca cambian de opinión.
• N1 nodos ‘fijos’ (fanáticos), sesgados a favor del segundo candidato
‘1’.

En este modelo, los votantes ‘libres’ pueden cambiar su opinión en


la medida en que interactúan con otros miembros de su comunidad.
Las reglas para la toma de decisión de los agentes son las siguientes: los
votantes libres N cambian su estado interno siguiendo el modelo de ma-
yoría con ruido, que significa que en cada paso (cada momento), un vo-
tante libre elegido al azar es seleccionado y su estado es actualizado con
probabilidad 1 − p de que copie el estado de uno de sus vecinos conec-
tados, que es escogido al azar entre todos los nodos, y con probabilidad
p de que se mantenga en el mismo estado. Cada votante no comprome-
tido tiene la misma probabilidad de interactuar con los votantes libres y
votantes fijos (fanáticos), pero los votantes fijos no se dejan influenciar
por los votantes libres; en otras palabras, no cambian su estado. Los pa-
rámetros N0 y N1 dan la ‘fuerza efectiva’ del sesgo constante transmitido
por los votantes fijos (también puede representar una amplia clase de
18 PATRICIA PALACIOS Y DAVID GARCÍA / Complejidad y democracia

factores externos como, por ejemplo, exposición a televisión, periódicos


o campañas de persuasión).
Con estas reglas, se define la probabilidad p(k) de encontrar la red
en el estado global 1, que está definida por la siguiente expresión:

,, (1)

donde N es el número de votantes libres, k es el número de votantes li-


bres en estado 1 y son coeficientes binomiales. Es importante notar
que esta distribución estacionaria de votos no depende del voto inicial
de los votantes libres.
Las distintas curvas de las distribuciones estacionarias dependen de
la magnitud de los parámetros externos N0 y N1 comparado con el valor
de imitación social en la red de votantes no comprometidos, y el sesgo
producido por fanáticos y otras influencias externas (e.g., televisión o
periódicos) hacia cada uno de los candidatos. En el límite N →∞, N0 = N1
= 1 marca el punto crítico o de transición entre estados ordenados y des-
ordenados, que son análogos al comportamiento de un material magné-
,
, respectivamente.
tico a baja y alta temperatura,
Ya que, en general, uno se interesa en la fracción de votantes que
votan por un candidato en lugar del número actual de votantes, Braha y
µ = N1/(N0 +N1De
) Aguiar (2017) redefinen v = k/N.
El promedio de v está dado por:

(2)

Y la varianza de v:
)

(3)

El segundo término es lo que Braha y De Aguiar (2017) llaman ‘ín-


dice de influencia social’ y puede ayudarnos a obtener un método para
detectar el efecto aislado de imitación social, también llamado ‘contagio
µ = N1/(N0 +N1)
/(N0 +N1) social’. El contagio social es la influencia de pares (votantes libres) en la
opinión de los votantes libres a través de interacciones sociales.
Estudios Públicos 162 (2021), 7-29 19

Como soporte empírico, Braha y De Aguiar estimaron la influencia


social a partir de datos de votaciones a larga escala en las elecciones pre-
sidenciales estadounidenses durante un período de 92 años y buscaron
señales que pudieran indicar patrones particulares en los datos. La tarea
más importante fue estimar los valores de N0 y N1 desde los datos empí-
ricos. Para lograr esto, infirieron el valor de vi, que es la fracción de votan-
tes en el condado i que votó por el candidato 1, y el valor µ = N1/(N0 +N1),
que es el promedio simple de votos en los n condados. Con estos datos,
Braha y De Aguiar (2017) llegaron a resultados notables con respecto a la
distribución estacionaria de votos a nivel de condado. Por ejemplo, esti-
maron que en las elecciones presidenciales estadounidenses desde 1920
hasta 2012, el valor de los parámetros externos N0 y N1 es mucho mayor
que 1 para todos los estados y en todos los años que hubo elecciones, lo
que significa que las influencias externas son importantes. Finalmente,
encontraron que a nivel global hay una tendencia creciente monótona
en el índice de influencia social, lo que significa que la influencia social
aumentó con el tiempo, con la excepción de Nueva Inglaterra, que tuvo
una democracia directa hasta la década de 1960 (las regiones con menos
de diez condados fueron excluidos del análisis). También hicieron un
análisis empírico estudiando el resultado de las votaciones presidencia-
les en los distintos estados, lo que permitió distinguir entre estados con
mayor índice de influencia social [hotspots], que son más susceptibles
a cambiar su voto, y estados más polarizados [coldspots], esto es, con
mayor grado de identificación de partidos y fuertes ideologías. En este
sentido, el modelo nos indica cuáles son los estados que tienen más pro-
babilidad de ser persuadidos por las campañas. De hecho, los hotspots
tienen más probabilidad de ser influenciados por las campañas que los
así llamados coldspots.

¿Qué podemos aprender del modelo de votación?

Lo que parece más peculiar del modelo de Braha y De Aguiar (2017) es


que este simple modelo altamente idealizado nos ayuda a contradecir
ciertas intuiciones políticas. Por ejemplo, típicamente se piensa que re-
gímenes democráticos estables (i.e. sin cambios radicales en las políticas
institucionales y/o con evolución predecible) son más deseables que
sistemas democráticos inestables. Sin embargo, este modelo asocia un
20 PATRICIA PALACIOS Y DAVID GARCÍA / Complejidad y democracia

alto índice en contagio social a más inestabilidad en el sistema. Esto es,


que el modelo de votos asocia el aumento en volatilidad y variabilidad
de las distribuciones de votos a un alto nivel de interacción social, que
asumimos es una característica deseable en sistemas democráticos. En
otras palabras, a mayor diversidad social, hay mayor contagio, y al haber
más contagio, hay mayor inestabilidad (i.e. volatilidad del voto). Entre los
años 1932 y 1984, hay globalmente en Estados Unidos una fase electoral
estable, que significa que los factores externos (e.g., identificación de
partidos, fuertes ideologías) son grandes comparados con la influencia
social de pares. Desde 1984, en cambio, comienza a haber un gran nivel
de contagio social, lo que puede indicar un aumento en la independen-
cia del comportamiento de los votantes. Uno podría especular que las re-
giones con alto nivel de contagio social son más educadas y étnicamente
más diversas que las regiones con menor índice de contagio social. Por
ejemplo, en el análisis de modelo se ve que regiones culturalmente más
diversas, tales como Nueva York y California, tienen un índice de conta-
gio social más alto que otros estados más homogéneos. En este sentido,
el modelo revela una tensión entre estabilidad y decisión democrática, y
nos explica por qué esa tensión existe.
También podemos vincular estos resultados al debate sobre expli-
cación e idealización en filosofía de la ciencia. De hecho, este modelo
parece satisfacer la lista de propiedades que caracteriza a los ‘modelos mí-
nimos’: primero que todo, es la caricatura de un sistema real que incluye
un sinnúmero de idealizaciones; por ejemplo, los agentes se representan
como puntos en una red que se deja influenciar por la mayoría de sus ve-
cinos más cercanos. Sin embargo, el modelo tiene poder explicativo, en el
sentido de que nos sugiere por qué puede haber una tensión entre esta-
bilidad política y procesos democráticos. Este modelo también deja fuera
detalles que parecen irrelevantes para la ocurrencia del fenómeno y no
necesariamente se mejora al añadir esos detalles. Por ejemplo, no se dis-
tingue entre distintos tipos de influencia social (imitación, diálogo, otros).
Como Braha y De Aguiar (2017, 17) señalan: “Los votantes individuales son
influenciados por una variedad de factores sociales y psicológicos, pero
tomar todos esos factores en cuanta no sólo sería imposible, sino innece-
sario para entender el comportamiento del sistema a gran escala”.
Más importante es que el modelo también nos puede servir para
elaborar medidas políticas. De hecho, aunque el modelo de votación
Estudios Públicos 162 (2021), 7-29 21

estándar no nos dice nada acerca del mecanismo que subyace al proceso
de votación, ni tampoco acerca de las redes que subyacen al contagio
de votantes (es robusto con respecto a diferentes clases de redes), nos
puede ayudar a identificar posibles vías de intervención exógena. Por
ejemplo, puede ayudar a guiar estrategias de campaña, porque nos
indica cuáles son las regiones con más grado de contagio social [hots-
pots]. De acuerdo al modelo, los hotspots son más susceptibles a dejarse
influenciar por campañas que los así llamados coldspots, que tienen un
bajo índice de contagio social y son altamente polarizados. Aparte de
esto, el modelo atribuye a distintos distritos una cierta cantidad de ‘fa-
náticos’. Esto nos puede servir como guía para aplicar distintas políticas
particulares que disminuyan el grado de fanatismo e ideología en un
distrito electoral, aumentando el índice de contagio social. Una posible
política consistiría en reorganizar los distritos de votación para aumentar
la conectividad entre regiones altamente polarizadas y regiones con alto
nivel de contagio social (Abramowitz y McCoy 2019).

4. Modelos de Galam para el conteo de votos

Ahora vamos a considerar otros modelos de votación que intentan expli-


car el proceso de conteo de votos, en lugar de la dinámica de votación.
Más específicamente, estos modelos analizan de qué manera la agrupa-
ción de votos en distintos niveles en el conteo electoral afecta el resul-
tado de la votación. Los modelos paradigmáticos de conteo de votos en
sistemas jerárquicos (con distintos niveles) son los modelos de Galam,
que importan técnicas de grupos de renormalización de la física (Galam
2008).

El modelo de Galam

Las características principales del modelo de Galam son las siguientes:


• N nodos ‘libres’, que representan a votantes no comprometidos;
pueden tomar los valores ‘1’ y ‘0’ (que representan el voto a favor o
en contra de cierto candidato).
• Una población con dos especies A y B, que puede representar a dos
candidatos, cuyas proporciones son p0 y 1 − p0.
22 PATRICIA PALACIOS Y DAVID GARCÍA / Complejidad y democracia

• Se construye una jerarquía en el conteo de los votos, usando la regla


de la mayoría Rr, con la posibilidad de un ‘sesgo inercial’. Esto se con-
sigue dividiendo los votos iniciales en grupos de determinado nú-
mero y sumando los votos de cada grupo de acuerdo a la regla de
la mayoría. Este proceso resulta en un nivel de votos más abstracto
que el nivel inicial.
• El esquema adopta las técnicas de grupos de renormalización para
construir una estructura política y social.
• Generalmente, el proceso se ,repite varias veces, lo que genera dis-
tintos niveles de abstracción [coarse graining]. La proporción de vo-
tos a favor del candidato A después de n repeticiones del proceso,
está dada por: pn = Rr(pn−1). En cada nivel de abstracción, los votos
del candidato con menor representación inicial van a tender a desa-
parecer.

Las características básicas de este modelo se pueden entender de la


siguiente manera. Consideremos un grupo de tres votos elegidos al azar
sin usar ‘sesgos’ [bias]. Si el resultado del grupo es ‘A, B, A’, usando la regla
de la mayoría vamos a otorgar un valor de grupo ‘A’. La idea básica del
modelo consiste en aplicar esta transformación a toda población inicial
de votos que dividimos en grupos de tres. El resultado es una abstrac-
ción del nivel anterior, en la cual cada grupo va a tener un valor de voto
único, i.e. A o B. La idea entonces es repetir este proceso de abstracción
varias veces, generando niveles más y más abstractos, y disminuyendo
µ = N /(N +N consecutivamente
1 0 1
) el número de votos hasta que la transformación no se
pueda usar nuevamente, lo que significa que hemos llegado a un punto
fijo. Esto ocurre, por ejemplo, cuando queda una población de votos
igual a 1. La probabilidad de que A sea elegido en el nivel (n+1) está
dada por:

) (4)

Después de repetidas iteraciones del proceso de agrupación usando


la regla de la mayoría, se pueden encontrar tres puntos fijos: pd = 0,pc =
1/2,pt = 1, donde pd y pt son puntos estables, y pc es un punto crítico ines-
table, que representa el umbral de acceso al poder. Si no existen sesgos,
como en el caso anterior, el umbral de acceso al poder es 1/2 o 50%, lo
Estudios Públicos 162 (2021), 7-29 , 23

que quiere decir que si se parte con una proporción de votos a favor
del candidato A menor que 50%, esto es p0 < 1/2, después de repetidas
aplicaciones de la transformación ,correspondiente, se llega a un punto
fijo pt = 0, que significa que en el último nivel de abstracción no habrá
representación de votos a favor del candidato A. En otras palabras, el
candidato A (o partido A) va a perder las elecciones. Si se parte con una
proporción de votos mayor al 50%, se llega a un punto fijo p0 = 1, que
significa que el candidato va a ganar las elecciones. Aunque el proceso
de agrupación de votos elimina consecutivamente los votos iniciales del
candidato que originariamente tiene menor votación, se mantiene como
un proceso democrático, ya que nos dice que el candidato o partido que
inicialmente tenga más del 50% de los votos va a ganar las elecciones.
Sin embargo, la situación es completamente diferente cuando se
µ =usan 1 0 +N1)[bias] al sumar los votos. Por ejemplo, un sesgo muy común
‘sesgos’
N /(N
es el ‘sesgo inercial’ que se usa para favorecer el statu quo. Supongamos
que se divide la población de votos en grupos de cuatro en lugar de
µ = N1/(N0 +N1)
tres. Si existe un empate (e.g. dos votos a favor de un candidato, dos
votos a favor de otro), se puede asumir un sesgo inercial a favor del
candidato o partido que está en el poder. En otras palabras, si B está en
el poder, en caso de empate, se favorecerá al )candidato o partido B. Esto
corresponde a la idea de que, para cambiar una política, se necesita una
amplia mayoría. )
Utilizando este ‘sesgo inercial’ se obtienen los siguientes resultados.
Si asumimos que B está en el poder, para que A sea elegido en el nivel n
+ 1, la probabilidad resulta:

, (5)

que es considerablemente menor que la probabilidad de que B sea elegi-


do, esto es:

(6)

Notablemente, el modelo muestra que el umbral para que A acceda


al poder cuando existe sesgo inercial puede llegar a ser 0,77 (punto fijo
inestable), lo que significa que A requiere más del 77% de los votos ini-
ciales para ganar la elección.
24 PATRICIA PALACIOS Y DAVID GARCÍA / Complejidad y democracia

¿Qué podemos aprender del modelo de Galam?

Hemos visto que al aplicar un sesgo aparentemente inocente a favor del


statu quo, la situación se vuelve considerablemente antidemocrática,
sobre todo si creemos que una característica central de la democracia es
que el voto de cada ciudadano vale lo mismo. De hecho, en el ejemplo
anterior, los votos para el candidato B valen más que los votos para el
candidato A. Este modelo mínimo (caricatura de sistemas electorales)
puede ser usado para entender el efecto cualitativo de distintos sesgos
en el proceso de conteo y agrupación de votos (Galam 2008). Como
caso de estudio, consideremos el sistema electoral chileno. El antiguo
sistema binominal chileno que se mantuvo desde 1989 hasta 2015 fue
considerado un ejemplo emblemático de diseño institucional creado
originalmente para dar estabilidad al sistema electoral y preservar las
medidas económicas y políticas del régimen de Pinochet (Gamboa y Mo-
rales 2016). En el sistema binominal, cada distrito electoral podía elegir a
dos miembros parlamentarios. El aspecto más peculiar de este sistema
era que se imponía un sesgo electoral que consistía en requerir que para
que una lista ganara dos cupos en el Parlamento, debía doblar el número
de votos de la lista que constituía la segunda mayoría. Ya que en gene-
ral la primera mayoría no doblaba el número de votos de la segunda
mayoría, esto aseguraba que el partido de oposición podía elegir a un
miembro parlamentario por distrito. Otro efecto del sistema binominal
era que tendía a sobrerrepresentar a las dos principales coaliciones y a
discriminar partidos pequeños (Gamboa y Morales 2016). Esta situación
se puede modelar de manera simple usando el modelo de Galam, que
muestra cualitativamente cuáles son los efectos del sesgo involucrado
en el sistema binominal.
Al igual que el modelo de votación estándar, el modelo de Galam se
puede interpretar como un modelo mínimo, que no da una descripción
detallada de la distribución de votos iniciales, ni de la dinámica de vota-
ción. Más importante en este modelo son los detalles de mesoescala; por
ejemplo, las reglas para agrupar los votos, ya que los resultados van a va-
riar dependiendo de la forma en que se cuentan los votos. A pesar de ser
un modelo mínimo, altamente idealizado, este modelo nos puede ayu-
dar a revelar el efecto cualitativo de sesgos [bias] en el conteo electoral.
En particular, el estudio del efecto de sesgo inercial nos ayuda a revelar
una tensión entre estabilidad y democracia. Ello, en el sentido de que las
Estudios Públicos 162 (2021), 7-29 25

democracias más estables —que favorecen el statu quo y las institucio-


nes políticas actuales— pueden requerir métodos antidemocráticos que
restringen la libertad y la igualdad del voto. Además de esto, este mode-
lo, al revelar los efectos de sesgos electorales, nos puede ayudar a hacer
visibles ciertas políticas de intervención. Posibles intervenciones pueden
incluir diferentes estrategias de agrupación de votos como, por ejemplo:
(i) gerrymandering, (ii) votación directa en lugar de representación pro-
porcional y (iii) uso de diferentes tie-breakers.

5. Posibles políticas de intervención

Hasta ahora hemos revisado tres ejemplos de ‘modelos mínimos’ que


usan herramientas de las ciencias de la complejidad para explicar fe-
nómenos sociopolíticos. En particular, hemos visto que los últimos dos
ejemplos de modelos mínimos, esto es, el modelo de votación estándar
y el modelo de Galam, nos permiten además visualizar posibles políticas
de intervención. En dos artículos publicados recientemente, Wiesner
et al. (2018) y Eliassi-Rad et al. (2020) analizan otros ejemplos de mo-
delos similares y sugieren que estos modelos nos permiten distinguir
una serie de posibles intervenciones que pueden ayudar a aumentar la
resiliencia de sistemas democráticos. Estas intervenciones se pueden
clasificar en intervenciones exógenas, que requieren una intervención
top-down a nivel gubernamental e intervenciones endógenas, que
consisten en intervenciones bottom-up por parte de los grupos autoor-
ganizados. Ejemplos de intervenciones exógenas son las siguientes: (i)
afianzar la diversidad por regulación: se necesita un aumento en diver-
sidad de opinión para revertir la polarización de opiniones políticas.
Modelos como el modelo de votación estándar, por ejemplo, nos pue-
den ayudar a distinguir zonas polarizadas de otras zonas más volátiles
y esto nos puede servir de guía para aumentar la diversidad política en
esas zonas. Como ejemplo, la República de Irlanda ha utilizado las asam-
bleas de ciudadanos para diseñar y apoyar una serie de referendos, que
finalmente llevaron a la aceptación del matrimonio homosexual y a la
anulación de la prohibición del aborto en el país (Farrell, Suiter y Harris
2018). Es más probable que tales procesos de asambleas, en lugar de la
dependencia de las elites políticas, capten la diversidad del conocimien-
to público. (ii) Un segundo ejemplo de intervención exógena es invertir
26 PATRICIA PALACIOS Y DAVID GARCÍA / Complejidad y democracia

el ciclo de retroalimentación entre la desigualdad económica y el poder


político, por ejemplo, limitando drásticamente el gasto político. (iii) Un
tercer ejemplo de este tipo de intervenciones es asegurar la conectivi-
dad, aumentando la comunicación entre los distintos miembros de la
red, que se encuentran en zonas centrales y periféricas. Un ejemplo es el
uso mejorado de la web por parte del gobierno islandés para fortalecer
la participación democrática y la democracia directa (World Wide Web
Foundation 2014).
Ejemplos de intervenciones endógenas, esto es, intervenciones
provenientes de los mismos miembros de la red, son las siguientes: (i)
modelos basados en las ciencias de la complejidad nos sugieren que los
grupos autoorganizados deben considerar no solo los hechos y los argu-
mentos que pretenden introducir en la esfera pública más amplia, sino
también desarrollar estrategias para expandirse en múltiples subredes.
Un ejemplo de esto fue el intento de justificar los amplios costos sociales
del sistema penitenciario de EEUU, considerando la opinión de las elites
conservadoras que habían sido encarceladas (Dagan y Teles 2016). (ii)
Otro tipo de intervención endógena es reconocer límites de mensajes
de control. Esto es, los grupos autoorganizados deben preidentificar
cómo sus mensajes pueden mutar y ser reinterpretados por personas
inicialmente en desacuerdo. Por ejemplo, el modelo para la difusión de
minorías de Galam (2008) es un modelo mínimo que nos permite ver
de qué manera la opinión de la minoría puede mutar hasta convertirse
en la opinión popular. (iii) Finalmente, estos modelos nos sugieren que
para aumentar la resiliencia en sistemas democráticos se debe evitar la
‘falsificación de preferencias’, que consiste en ocultar públicamente el
disgusto hacia sistemas y políticas actuales. El modelo de ‘falsificación de
preferencias’ de Kuran (1997) ofrece una explicación de la persistencia de
estructuras sociales indeseadas en base a la falsificación de preferencias
y nos explica por qué esto puede conducir a cambios repentinos no anti-
cipados.
El análisis de Wiesner et al. (2018) y Eliassi-Rad et al. (2020) nos su-
giere, entonces, que el uso de modelos mínimos para visualizar políticas
de intervención no se limita a los modelos revisados en este artículo, sino
que puede extenderse a otros modelos que se basan en las ciencias de la
complejidad para explicar fenómenos sociopolíticos.
Estudios Públicos 162 (2021), 7-29 27

6. Conclusiones

A lo largo de este artículo hemos examinado distintos ejemplos de


modelos que usan herramientas de las ciencias de la complejidad para
explicar fenómenos sociopolíticos. Hemos sugerido que estos mode-
los deben interpretarse como ‘modelos mínimos’, que omiten detalles
irrelevantes para el fenómeno que se quiere explicar y pueden revelar
los factores causales centrales involucrados en la ocurrencia de ciertos
fenómenos.
Además, hemos visto que estos modelos altamente idealizados
pueden ayudarnos a descubrir ciertas ‘paradojas sociales’; por ejemplo,
nos muestran que en algunos casos existe una tensión entre democracia
y estabilidad. Finalmente, hemos visto también que algunos modelos
mínimos nos ayudan a visualizar políticas de intervención y también nos
ofrecen herramientas de diagnóstico para la evaluación de las políticas
actuales. Esto último ilustra un rol epistémico fundamental de los ‘mode-
los mínimos’ y nos invita a considerarlos como una herramienta útil para
entender la naturaleza de fenómenos sociopolíticos.
El esfuerzo por predecir y explicar fenómenos socioeconómicos
requiere la integración de muchas disciplinas diversas en ciencias so-
ciales, ciencias naturales y humanidades, y no se limita al uso de mo-
delos idealizados como los revisados en este artículo. Sin embargo, las
ciencias de la complejidad ofrecen una perspectiva única en el estudio
de estos fenómenos al integrar métodos provenientes de diversas disci-
plinas. En este sentido y sumado a lo que se ha defendido en este artí-
culo, podemos concluir que la aplicación de las ideas y los métodos de
las ciencias de la complejidad al estudio de fenómenos sociales es una
empresa prometedora y merece más atención en el área de las ciencias
sociales.

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Estudios Públicos 162 (2021), 31-73
DOI: https://doi.org/10.38178/07183089/1334201218

Artículo

Los derechos sociales y la reforma


constitucional en Chile: hacia una
implementación híbrida, legislativa y
judicial
Rosalind Dixona y Sergio Verdugob
a University of New South Wales, Australia
b Universidad del Desarrollo, Chile

Resumen: Este artículo sugiere que el proceso constituyente chileno


no debe predeterminar las políticas sociales que las instituciones po-
líticas han de implementar para responder a las demandas sociales
existentes. En cambio, los autores argumentan que los constituyen-
tes debieran tener por objetivo diseñar una constitución que guíe y
facilite la aprobación de dichas políticas. La propuesta de los autores
entrega una alternativa a la idea de adoptar un modelo de derechos
sociales justiciables robusto al sugerir un modelo de derechos sociales
‘débil-fuerte’. Dicho modelo incluye la existencia de cláusulas obliga-

Rosalind Dixon es Doctora (JSD) y Máster (LL.M) en derecho por la Universidad de Harvard, y
Licenciada (B.A. y LL.B) por la University of New South Wales, Australia. Profesora de dere-
cho en la University of New South Wales, Australia. Dirección: The Law Building, UNSW Law
& Justice, Building F8, Union Road, UNSW Kensington Campus, UNSW Sydney NSW 2052,
Australia. Email: [email protected].
Sergio Verdugo es Doctor en derecho (JSD) por la Universidad de Nueva York; Máster en dere-
cho por la Universidad de California, Berkeley; Magíster en Derecho Público por la Pontificia
Universidad Católica de Chile, y Licenciado en ciencias jurídicas por la Universidad del De-
sarrollo, Chile. Profesor Asociado de derecho en la Universidad del Desarrollo, Chile. Direc-
ción: Avenida Plaza 680, San Carlos de Apoquindo, Las Condes, Santiago, Chile, CP 7610658.
Email: [email protected].
Agradecemos al editor y a los revisores anónimos de Estudios Públicos por sus útiles y deta-
llados comentarios a una versión previa de este artículo. Esta es una versión traducida del
artículo original escrito en inglés, también disponible online en www.estudiospublicos.cl.
Agradecemos a Adelaida Neira, Felipe Padilla y al Centro de Estudios Públicos por la traduc-
ción.
32 ROSALIND DIXON Y SERGIO VERDUGO / Derechos sociales y reforma constitucional

torias para que el legislador regule; un sistema de plazos específicos


para aprobar la legislación respectiva; el reconocimiento de principios
constitucionales que orienten las reformas políticas sociales, y el esta-
blecimiento de un mecanismo específico de revisión judicial.
Palabras clave: derechos sociales, proceso constituyente, constituciona-
lismo débil, reforma constitucional, Chile
Recibido: diciembre 2020 / Aceptado: abril 2021

Social Rights and Constitutional Reform in Chile:Towards


Hybrid Legislative and Judicial Enforcement
Abstract: This article suggests that the Chilean constitution-making
process should not pre-determine the social policies that political
institutions should implement to respond to existing social demands.
Instead, the authors argue that constitutional designers should aim
to guide and facilitate those policies’ approval. The authors’ proposal
provides an alternative to adopting a strong model of social rights
enforcement by suggesting a ‘weak-strong’ social rights model. The
model includes a mandatory ‘by law’ clause, a specific timeframe for
adopting legislation, constitutional principles guiding the social policy
reforms, and providing for the possibility of a particular form of judi-
cial review.
Keywords: social rights, constitution-making process, weak judicial re-
view, constitutional reform, Chile
Received: December 2020 / Accepted: April 2021

Art X. Nueva Cláusula de los Derechos Sociales


(1) Todos deben tener el derecho a la dignidad, incluyendo el derecho a la alimentación, la
vivienda, la salud y a los beneficios de la seguridad social necesarios para una vida digna.
(2) El Estado, por medio del poder legislativo y el poder ejecutivo, deberá tomar, dentro de
sus capacidades, las medidas legislativas necesarias y razonables a fin de alcanzar la con-
secución progresiva de estos derechos.
(3) El Congreso deberá, en un plazo de tres años desde la adopción de esta Constitución,
aprobar legislación que proteja y promueva cada uno de estos derechos. Y, al hacerlo, de-
berá guiarse por un compromiso con:
a. la libertad individual, la dignidad y la igualdad;
b. la naturaleza indivisible e interdependiente de todos los derechos;
c. la protección de todos los derechos al nivel de un ’mínimo vital’;
d. la razonabilidad, la realización progresiva y el principio de no regresividad;
e. los principios de igualdad sustantiva y de la no discriminación, incluida la no discrimi-
nación sobre la base del género;
f. las necesidades y desafíos distintivos que enfrentan los pueblos indígenas en el disfrute
de estos derechos, y con su derecho a la cultura y la autodeterminación
g. el compromiso con la transformación social y económica; y
h. la necesidad de asegurar políticas gubernamentales fiscalmente sustentables.
Estudios Públicos 162 (2021), 31-73 33

Durante el periodo de revisión, un comité parlamentario especializado supervisará la


implementación de toda la legislación correspondiente y de las políticas adoptadas por
el gobierno, y podrá proponer modificaciones para llenar los vacíos que pueda identificar.
(4) Si, después de doce meses, el Congreso no ha aprobado las leyes respectivas en con-
formidad con la sección 2 de este artículo, y el poder ejecutivo no ha tomado las medidas
para implementar estos derechos de modo efectivo por medio de las políticas pertinentes,
la Corte puede hacer cumplir la sección 1 de este artículo mediante las acciones judiciales
individuales apropiadas. Si el Congreso aprueba la legislación correspondiente previo a la
fecha en que esta Constitución entre en vigencia o antes del plazo límite de doce meses, los
tribunales limitarán su jurisdicción al cumplimiento de dichos estatutos.
(5) El congreso deberá, cada diez años con posterioridad a la adopción de esta Constitu-
ción, revisar toda la legislación que proteja y promueva cada uno de estos derechos. Al
hacerlo, deberá guiarse por el compromiso con los mismos principios expresados en la
sección 3.
(6) Si después de transcurridos doce meses del período de revisión pertinente, el Congreso
no ha aprobado legislación en conformidad con la sección 4, o legislación que no cumpla
con los principios establecidos en la subsección (3), la Corte puede hacer cumplir la subsec-
ción (1) mediante las acciones judiciales individuales apropiadas.

La hipotética nueva Constitución chilena, 2022

C hile se encuentra en un importante punto de inflexión. Posee un


mandato claro y democrático para reemplazar su Constitución. El
25 de octubre del 2020, un 78,3% de los votantes aprobó la convocatoria
a un cambio constitucional y el 79% estuvo de acuerdo en que la nueva
constitución debería ser dictada por una Convención Constitucional
totalmente elegida.1 Hay también un deseo claro entre los votantes de
generar un gran cambio en la política económica y social, incluyendo
áreas como la salud y las pensiones. Como sugería una encuesta, el 69%
de las personas que votaron en favor del ‘Apruebo’ justificaba su posición
a fin de garantizar los derechos a salud, seguridad social y educación
(Cadem 2020). La tentación por seguir un modelo constitucional trans-
formador, que incluya fuertes derechos sociales judicialmente exigibles
para responder a las demandas que inspiraron las masivas protestas
de octubre de 2019, ya está presente en los debates públicos de Chile.
Existe también una tendencia transformadora en América Latina y el Sur
Global que puede influenciar el modo en que va a operar la Convención
(von Bogdandy et al. 2017; Vilhena, Baxi y Viljoen 2013).

1 Ver los resultados oficiales en el Servicio Electoral de Chile. Disponible en: www.servele-
lecciones.cl.
34 ROSALIND DIXON Y SERGIO VERDUGO / Derechos sociales y reforma constitucional

El presente artículo, sin embargo, plantea que el proceso consti-


tuyente debiera buscar facilitar y empujar o incentivar [nudge], en vez
de predeterminar, el curso de la futura reforma de la política económi-
ca en Chile. Propone, asimismo, que tanto el Congreso como la Corte
Suprema, el Tribunal Constitucional u otros tribunales,2 deberían ser
alentados a jugar un rol central en la creación de esta reforma de mayor
alcance. Nosotros sugerimos que, para conseguir esto, los constituyen-
tes deberían tener en consideración dos tipos de reformas, en lugar de
la adopción de garantías justiciables ‘fuertes’ para los derechos sociales:
primero, reformas estructurales a los mecanismos de elección del pre-
sidente y del Congreso, que alineen más estrechamente la agenda de
las dos ramas del gobierno —incluida una reforma que pueda alcanzar
arreglos institucionales significativos en tres dimensiones: el régimen
electoral, el sistema de partidos y el régimen presidencial—, y reformas
al modelo de financiamiento nacional vs. local de servicios clave, a fin de
promover una aproximación más reactiva al diseño democrático de po-
líticas públicas. Segundo, un conjunto específico de garantías ‘débiles-
fuertes’ de derechos sociales que consista en (a) mandatos al legislador
[by law clause]; (b) un marco temporal específico para la adopción de
la legislación relevante; (c) principios constitucionales que dirijan el
alcance de las reformas a las políticas sociales y económicas; y (d) la po-
sibilidad de revisión judicial de fallas legislativas en la implementación
de los mandatos constitucionales. Si bien reconocemos la importancia
de ambos conjuntos de reformas, el presente artículo se enfocará en el
segundo grupo.
El reconocimiento de un rango específico de derechos sociales en
una nueva Constitución para Chile posee varias ventajas: puede servir

2 Muchos académicos y políticos chilenos han criticado las designaciones y sentencias del
Tribunal Constitucional, y es probable que la Convención decida reformarlo, reemplazarlo
por uno nuevo o, tal vez, eliminarlo y empoderar a la Corte Suprema. Incluso el programa
del presidente Piñera había propuesto modificaciones específicas al Tribunal. Este artículo
no discute las opciones disponibles en lo que respecta al diseño institucional del tribunal,
aunque somos conscientes de que nuestra propuesta podrá operar correctamente en la
medida en que legisladores de diversos partidos rivales pueden confiar en el Tribunal y
el Tribunal actúe cumpliendo una función de ‘doble seguro’ [double-sided insurance]. Con
respecto a la idea de un doble seguro, véase Dixon y Ginsburg (2018). Un par de ejemplos
en referencia a las críticas en contra del Tribunal Constitucional chileno se pueden ver en
Bassa (2015); Atria, Salgado y Wilenmann (2017). Véase también la propuesta firmada por
un conjunto de académicos constitucionalistas de diversos partidos en Grupo de Estudio
de Reforma al Tribunal Constitucional (2019).
Estudios Públicos 162 (2021), 31-73 35

para expresar la demanda popular de transformación social y económica


y, con ello, ayudar a crear una constitución que apele al conjunto de as-
piraciones colectivas y acuerdos del pueblo chileno. Junto a las reformas
estructurales, también puede ser una herramienta valiosa para ayudar a
superar el actual ‘peso de la inercia legislativa’ en la consecución de dere-
chos sociales y económicos (cfr. Dixon 2007, 2017). Esto, sin embargo, no
significa que la decisión de constitucionalizar derechos sociales debiera
necesariamente establecer un modelo de garantía judicial ‘fuerte’ (Tus-
hnet 2008; Dixon 2019a; Landau 2012; Bilchitz 2002). Las constituciones
también pueden reconocer derechos sociales de variadas otras formas,
incluyendo la adopción de deberes legislativos, principios rectores de la
política estatal o garantías justiciables débiles (Tushnet 2008; Weis 2017;
Khaitan 2019).
Existen claras ventajas al involucrar las legislaturas en los procesos
de reforma de las políticas sociales y económicas, especialmente debido
a la naturaleza de los debates sobre la reforma a la salud y las pensiones
en Chile; al hacerlo, se puede reconocer la complejidad y el alcance del
desacuerdo por sobre el direccionamiento preciso de la reforma y la
necesidad de ingresos fiscales adicionales o de fuentes alternativas de
ingresos para financiar tales cambios. Evita, además, el peligro de que
formas fuertes de protección judicial de los derechos sociales favorezcan
solamente a los chilenos de clase alta o media, cuando las necesidades
más acuciantes de reforma deben apuntar a abordar la posición de los
pobres, los marginalizados y las clases medias bajas.
Por ello, este artículo propone un modelo distintivo de protección
judicial débil a los derechos, incluyendo el deber legislativo de imple-
mentar los derechos sociales y económicos mediante reformas sociales
relevantes, y un enfoque ‘fuerte-débil’ o de ‘barrera’ [backstop] para su
cumplimiento judicial. Un enfoque de este tipo, sugerimos, reconoce
los derechos sociales como derechos constitucionales, y entrega a las
cortes un importante rol de respaldo al ‘catalizar’ la concretización de
derechos sociales que pueden tratar el persistente problema de la inercia
legislativa.3 Pero este también reconoce los objetivos redistributivos y
de reforma, así como la inherente complejidad y alcance del desacuerdo
respecto de la naturaleza de una reforma de este tipo.

3 Sobre la función catalizadora de la revisión judicial, ver Young (2012).


36 ROSALIND DIXON Y SERGIO VERDUGO / Derechos sociales y reforma constitucional

El artículo se enfoca de modo específico en los debates chilenos


actuales y en las posibilidades de reforma. Pero también se basa, en gran
medida, en la experiencia comparada —incluyendo los casos de Brasil,
Colombia y Sudáfrica en la adopción e implementación de garantías de
derechos sociales, y en un grupo más extenso de países, como Estados
Unidos y Australia, en el diseño de diferentes políticas económicas.
El resto del artículo se divide en cuatro secciones. La sección 1 da
cuenta del estado actual y reciente de la opinión pública en Chile en rela-
ción a la necesidad de una reforma constitucional y social, y respecto de
los problemas específicos que se encuentran en el centro de las deman-
das sociales. Explica también cómo surgen estas demandas, en parte, a
partir de las persistentes cargas de inercia [burdens of inertia] de Chile al
abordar las brechas en los principales ámbitos de la política económica,
como la salud y la reforma a las pensiones. La sección 2 bosqueja el argu-
mento para una reforma basada en derechos y las ventajas de la revisión
judicial como medio de promoción de esta reforma. Pero también desta-
ca los potenciales peligros del modelo de derechos sociales justiciables
fuerte en atención a los cambios que Chile necesita realizar al nivel de las
políticas públicas. La sección 3 sugiere una nueva propuesta para un tipo
de mandato constitucional al legislador, respaldada por la posibilidad de
intervención judicial [judicial enforcement] como una respuesta de de-
rechos débil-fuerte distintiva para los desafíos de las reformas constitu-
cionales y económicas en Chile. Finalmente, extraemos las conclusiones
(sección 4) de nuestro análisis.

1. La opinión democrática chilena y la demanda por


reformas
El cambio constitucional y la opinión pública
Aunque no ha sido siempre medido por las encuestas, los chilenos han
abogado durante mucho tiempo por reformas constitucionales. De
acuerdo a CERC, desde 1995 hasta 2011 el apoyo a una reforma consti-
tucional subió desde 63% a un 75% (PNUD 2015); esto, a pesar de que
en 2005 tuvo lugar una importante reforma constitucional. El apoyo por
una nueva constitución se mantuvo alto desde 2011 hasta 2015,4 y fue
fluctuando entre el 70% y el 80% de la aprobación ciudadana, según la

4 Ver una revisión de las encuestas realizadas en este período en PNUD (2015).
Estudios Públicos 162 (2021), 31-73 37

encuesta Cadem.5 Esta tendencia no varió incluso después de que Chile,


a fines de 2017, eligiera a un presidente que se oponía al cambio cons-
titucional. En octubre de 2020, el 78% de los votantes acordó abrir un
proceso constituyente. Sin embargo, aun cuando los chilenos estaban de
acuerdo con el cambio constitucional, las encuestas del CEP no evalua-
ron si ellos priorizaban esta demanda por sobre otras.6 A pesar de ello, y
como se planteó en la introducción, hoy en día una gran mayoría de los
chilenos conecta la demanda por una nueva constitución con la necesi-
dad de fortalecer derechos sociales, los que se relacionan con áreas de
especial preocupación para los chilenos, como lo son la salud, la educa-
ción y la seguridad social. Las protestas estudiantiles de 2011, junto con
la campaña y programa presidencial de Bachelet, así como el proceso
de elaboración de una constitución podrían haber tenido un rol en la
conexión de ambos problemas. También hubo otros movimientos que
contribuyeron a hacer más visibles las demandas sociales en conexión
con otras áreas, como las protestas en contra del sistema de seguridad
social promovido por el movimiento No Más AFP, que comenzaron en
2016 (Rozas y Maillet 2019).
Tanto la demanda por un fortalecimiento de los derechos sociales
como la demanda por un reemplazo constitucional, no son algo nuevo
en Chile. Por ejemplo, la demanda por el reconocimiento de los pue-
blos indígenas ha sido una promesa de larga data —al menos desde las
campañas presidenciales de 2005—, pero los políticos han sido consis-
tentemente incapaces de cumplir estas promesas (Navia y Verdugo s/f ).
En 2009, y a pesar de la reforma de 2005, al menos dos candidatos presi-
denciales abogaron por una nueva constitución. En 2011, el movimiento
estudiantil vinculó su demanda por el fortalecimiento del sistema educa-
tivo con la necesidad de un cambio constitucional.7 En 2012, los reportes
del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) se comenzaron a
vincular con la necesidad de un cambio constitucional e identificaron las

5 Comparar con las encuestas CADEM. Disponibles en: https://www.cadem.cl/encuestas/.


6 Según los resultados de la encuesta CEP, entre 1996 y 2005, menos del 7% de los chilenos
mencionó las reformas constitucionales cuando se les pidió que ordenaran distintas prio-
ridades políticas. Ver las encuestas disponibles en: https://www.cepchile.cl/cep/site/edic/
base/port/encuestasCEP.html.
7 Las protestas estudiantiles politizaron los debates chilenos en torno a la democracia, los

derechos y la ciudadanía (Grugel y Singh 2015). Respecto de la forma en que las protestas
estudiantiles ayudaron a provocar la discusión sobre las reformas políticas, ver Donoso
(2016).
38 ROSALIND DIXON Y SERGIO VERDUGO / Derechos sociales y reforma constitucional

oportunidades de expansión de los derechos humanos. En 2013, el pro-


grama de la candidata presidencial Michelle Bachelet, ofreció la opción
de una nueva constitución basada, en parte, en derechos sociales, y fue
electa por una gran mayoría de los chilenos. Si bien su proceso de elabo-
ración constitucional falló al no ser capaz de movilizar a su coalición y a
los partidos políticos (Verdugo y Contesse 2018), la naturaleza participa-
tiva del proceso probablemente contribuyó a consolidar una narrativa
constituyente en la opinión pública, la que, según las encuestas, consis-
tentemente se mostró a favor de un cambio constitucional. Entre 2014 y
2017, todos los discursos presidenciales frente al Congreso mencionaron
la necesidad de una nueva constitución —entre 1990 y 2013 solo se
mencionaron agendas de reforma constitucional. Posteriormente, otros
movimientos, como aquellos que rechazan un sistema de pensiones ma-
nejado por privados y que abogan por la igualdad de género, también se
expresaron a favor de la expansión de derechos.
Se podría argumentar que la demanda por una nueva constitución
no estaba suficientemente justificada, en tanto los enclaves autoritarios
creados por la Constitución de Pinochet habían sido gradualmente re-
movidos a partir de las significativas reformas de 1989 y 2005, y que la re-
forma de 2015 al régimen electoral puso fin a las dinámicas consensuales
que la dictadura había planificado para el sistema político. Sin embargo,
es probable que la conexión entre derechos sociales y la demanda de
reemplazo constitucional explique cómo la eliminación de los enclaves
autoritarios fue incapaz de satisfacer a la opinión pública. Aunque toda-
vía se mantienen algunas reglas controvertidas, como las reglas supra-
mayoritarias para la aprobación de las leyes orgánicas constitucionales,
y a pesar de que el Tribunal Constitucional ha sido duramente criticado
por su rol al limitar la agenda reformista de Bachelet —incluyendo las
sentencias sobre reforma laboral, parte de la agenda de reforma educati-
va y la modificación al Servicio Nacional del Consumidor—, muchos ven
la actual Constitución como un obstáculo para el avance de importantes
políticas en el ámbito de los derechos sociales.

El problema de la inercia legislativa

En el pasado, los legisladores han acordado mejorar algunos aspectos


de las regulaciones sociales. Por ejemplo, el financiamiento para el siste-
ma de salud público fue elevado en 2005, durante la administración de
Estudios Públicos 162 (2021), 31-73 39

Lagos,8 y Bachelet negoció una reforma que fortaleció el financiamiento


público para una parte del sistema de seguridad social. Sin embargo, a
pesar de que se han conseguido algunos logros —por ejemplo, la dismi-
nución en las tasas de mortalidad—, aún se necesita hacer mucho más
para promover soluciones estructurales. Los tiempos de espera en el
sistema público de salud son demasiado altos, los costos farmacéuticos
son muy elevados9 y la desigualdad en el acceso a servicios de salud es
profunda. Las pensiones de jubilación siguen siendo exiguas y dependen
sobremanera de ahorros individuales en cuentas obligatorias adminis-
tradas por las Administradoras de Fondos de Pensiones. En la medida
en que el mercado laboral está lejos de ser perfecto, el trabajo informal
abunda —el sistema omite a aquellos que se mantienen en empleos
informales— y las personas no pueden ahorrar lo suficiente antes de su
jubilación,10 por lo que muchos reciben pensiones bajo el salario mínimo
—en la actualidad, el salario mínimo en Chile se encuentra en torno a los
400 USD. El Estado contribuye con una pensión básica y con una pensión
solidaria suplementaria que tiene un objetivo redistributivo, pero el gas-
to público no es suficiente. Tal como establece un reporte de la OCDE, el
gasto público de Chile en pensiones es equivalente al 2,9% de PIB —el
promedio de los países de la OCDE es de 8% (OECD 2019). El sistema de
salud es altamente desigual. El 75% de la población tiene acceso a un se-
guro público de salud llamado Fonasa (Fondo Nacional de Salud), mien-
tras que el 18% puede permitirse seguros privados en el sistema de isa-
pres (Institución de Salud Previsional) —el cual cubre a las personas con

8 Se podría decir que la reforma del presidente Lagos fue posible porque se realizó en un
contexto distinto, el que incluía un período presidencial de seis años y la posible conti-
nuación de una administración socialista con la presidenta Bachelet. Estas condiciones
difieren del contexto actual, en el que los presidentes tienen un período de cuatro años sin
renovación y la posibilidad de alteración en poder es alta. La primera administración de Ba-
chelet fue el fin de los años de la coalición de la Concertación, la que gobernó el país desde
1990 hasta 2010, aunque la coalición de derecha tuvo un importante poder de veto. En la
actualidad, resulta difícil conseguir reformas de gran escala debido a la fragmentación de
la legislatura producto de la reforma electoral de 2015, la corta duración de los mandatos
presidenciales y la frecuente rotación en el poder, lo que disminuye las posibilidades de
que las administraciones en ejercicio alcancen acuerdos con los gobiernos que vendrán.
9 Ver, por ejemplo, un artículo en el que se explica cómo el mercado chileno ha sido incapaz

de proporcionar medicamentos y se hace una propuesta para reinterpretar el derecho so-


cial a la atención en salud, en Alvear (2013).
10 La falta de consistencia de las contribuciones hechas al sistema de pensiones y el empleo

informal han afectado, particularmente, a las personas con menos estudios y a las mujeres
(Madero-Cabib et al. 2019).
40 ROSALIND DIXON Y SERGIO VERDUGO / Derechos sociales y reforma constitucional

mayores ingresos—, mientras que el resto se encuentra sin seguro o cu-


bierto por esquemas alternativos. Asimismo, el sistema de salud requiere
de mayor financiamiento. En 2019, el Estado chileno gastó 1.281 USD per
cápita, ubicándose en los puestos más bajos de los países de la OCDE
(OECD 2020). Por ejemplo, solo por mencionar algunos de los países con
los cuales los chilenos habitualmente se comparan, Nueva Zelanda gastó
3.343 USD, Irlanda 3.919 USD y España 2.560 USD. Los tribunales han
abierto la puerta a la litigación de derechos sociales en el ámbito privado
en contra del alza unilateral en los costos de los seguros de salud que
realizan las isapres. Estos litigios han beneficiado, principalmente, al 18%
de la población afiliada a las isapres, provocando un impacto económico
regresivo —los costos del sistema judicial, que en este ámbito beneficia
a los ricos, son financiados por todos los contribuyentes.11
Soluciones estructurales a estos problemas requieren de legisla-
ción, pero la aprobación de proyectos de ley en estos temas ha sido difí-
cil debido a que el proceso político chileno ha estado sujeto a una clara
inercia.12 Por ejemplo, las mesas técnicas de 2010 y de 2014 entregaron
recomendaciones respecto del sistema de salud que se mantienen,
en su mayor parte, ignoradas, y se pueden observar importantes des-
acuerdos entre los expertos en áreas cruciales (Villalobos 2019). Entre
las elites políticas también existen estos desacuerdos. Mientras que mu-
chos parlamentarios de izquierda generalmente abogan por soluciones
universales que fortalezcan el rol del Estado, varios parlamentarios de
derecha promueven soluciones focalizadas. La discusión de una reforma
al sistema de pensiones también se ha mantenido detenida por algunos
años, aunque las protestas de 2019 convirtieron el tema en una priori-
dad de la agenda pública.13 El sistema de seguridad social también es

11 Alejandra Zúñiga (2014), no obstante, ha planteado que la litigación en salud aún puede
ser de utilidad para promover las reformas en Chile al poner presión sobre el Congreso para
que apruebe un seguro nacional de salud. Desafortunadamente, esta presión no ha sido
suficiente para interrumpir la inercia legislativa.
12 Peter Siavelis (2016), por ejemplo, ha planteado que las instituciones políticas chilenas no

han podido responder a los problemas de desigualdad de Chile. Varios académicos consti-
tucionalistas sostienen que los estancamientos se han convertido en uno de los mayores
problemas del esquema constitucional actual (e.g. Heiss 2017; Marshall y Charney 2021;
Madariaga y Rovira 2019).
13 Como han dicho algunos académicos que han estudiado las reformas fallidas: “es justo

decir que había un consenso sobre la necesidad de una reforma; desafortunadamente, no


hubo acuerdo sobre el por qué se necesitaba, qué debía hacerse, o cómo debiera imple-
mentarse” (Bossert y Villalobos 2020, 142).
Estudios Públicos 162 (2021), 31-73 41

un ejemplo importante. Mientras muchos parlamentarios parecen creer


que los ahorros individuales administrados por las AFP (Administradoras
de Fondos de Pensiones) son fundamentales para la mantención del di-
namismo de la economía chilena —después de todo, estas administran
e invierten los fondos acumulados, los que representan un equivalente
al 80% del producto interno bruto— y se preocupan por el hecho de
que ahorros obligatorios no son suficientes, en la actualidad el siste-
ma tiene una tasa del 10% por sobre los salarios —otros promueven
aumentos impositivos para elevar el financiamiento público y algunos
incluso abogan por la eliminación de las AFP.14
Los académicos parecen disentir respecto de las causas precisas
que explican la inercia legislativa. Una explicación evidente es el fin de la
democracia de los consensos en Chile, y la creciente polarización política
entre las elites (Fábrega, González y Lindh 2018; Cruz y Varetto 2019). Es
probable que la estructura del sistema de partidos, modificada después
de la reforma electoral del año 2015, haya exacerbado o sea causa del
problema.
Mientras que el sistema electoral anterior incentivaba la formación
de coaliciones estables (Siavelis 1997), el nuevo sistema electoral ha ve-
nido acompañado de importantes niveles de polarización política y de
la fragmentación del sistema de partidos (Bunker 2018; Cruz y Varetto
2019). Las últimas elecciones han mostrado que la combinación de los
arreglos que organizan el sistema de partidos, el régimen electoral y el
corto mandato presidencial de cuatro años sin posibilidad de reelec-
ción inmediata,15 así como el modelo presidencialista, combinado con
una alternancia frecuente en el poder, pudo haber estimulado pactos
electorales de corto plazo y reducido las posibilidades de generar coali-
ciones gobernantes mayoritarias que cuenten con programas compar-

14 Las propuestas más frecuentes van desde la creación de una AFP estatal, elevar el por-
centaje del salario que cada empleado paga para financiar sus cuentas individuales o para
financiar un fondo solidario, hasta la impopular idea de elevar la edad de retiro, que hoy
en día es de 65 años para los hombres y 60 para las mujeres, y regular los beneficios que
obtienen las empresas.
15 “[E]l proceso de reforma del 2014 muestra la necesidad de acuerdo, particularmente a

nivel político, a fin de asegurar la adopción de una reforma que para su realización requiere
de más de una administración. Un proceso que pretenda producir cambios estructurales
en el sistema de salud requiere del suficiente soporte como para sobrevivir al ciclo político”
(Villalobos 2019, 142).
42 ROSALIND DIXON Y SERGIO VERDUGO / Derechos sociales y reforma constitucional

tidos.16 Combinado esto con la existencia de reglas de supramayorías


legislativas en algunas áreas y con el modo en que el Tribunal Constitu-
cional ha comprendido sus poderes en algunos casos,17 las dinámicas
políticas creadas por estos distintos arreglos institucionales probable-
mente han contribuido a la falta de respuesta política y legislativa ante
las demandas sociales de cambio.18
Es en parte debido a esto, creemos, que los ciudadanos parecen
estar demandando la protección constitucional explícita de derechos
sociales. El uso del lenguaje de los derechos puede ser útil para el trata-
miento de este problema. Aun así, debiésemos también ser conscientes
de los peligros de concentrarnos exclusivamente en el reconocimiento
de derechos sociales, sin prestar la atención necesaria al modo en que
el proceso y la nueva estructura de poder organiza las instituciones.
Además, como uno de nosotros ha planteado en el pasado, los derechos
pueden ser usados como ‘soborno’ a cambio de la erosión de acuerdos
democráticos clave (Dixon 2018), y los chilenos debieran evitar ese ries-
go, de entre otros que identificamos más abajo. Más importante todavía
es que el reconocimiento de derechos puede crear expectativas que

16 Claramente, somos conscientes de que hay aspectos sociológicos que resultan relevan-
tes para explicar la inercia legislativa, pero examinar ese tipo de trabajos es algo que está
por fuera del alcance de este artículo. Véase un interesante ejemplo en el trabajo de Mada-
riaga y Rovira (2019), quienes plantean que la colusión entre las coaliciones de derecha e
izquierda es un factor relevante al respecto. Para una explicación enfocada en la resiliencia
producida por las dinámicas neoliberales, ver Madariaga (2020).
17 De acuerdo al Artículo 19, Nº 18 de la Constitución de Chile, las reformas al sistema de

seguridad social requieren, por lo general, la mayoría absoluta de todos los legisladores.
El umbral de la mayoría legislativa es más bajo en relación a la reforma al sistema de salud,
ya que no se requieren mayorías especiales. Reformas a importantes partes del sistema
educativo requieren de supramayorías de 4/7 en el Congreso, según el Artículo 19, Nº 10
de la Constitución. En todas estas áreas, una minoría legislativa puede también desafiar la
constitucionalidad de los proyectos al someterlas al Tribunal Constitucional, tal como ha
ocurrido en ocasiones en relación a la reforma de Bachelet al sistema educativo. Por cierto,
el eventual poder de veto del Tribunal dependerá, finalmente, de la interpretación que el
mismo hace de sus propios poderes y del contenido de los derechos. En materia de dere-
chos sociales, existen desacuerdos académicos en torno a su contenido. Por ejemplo, el
derecho constitucional a la salud puede entenderse como la protección de la existencia de
un sector privado, pero existen también otras interpretaciones que no riñen, en principio
con la Constitución. Ver, por ejemplo, Salgado (2015).
18 Para un argumento que explique la crisis política chilena como una conexión entre el

modelo macroeconómico y la Constitución, véase Cardoso (2020); comparar con Peña


(2020).
Estudios Públicos 162 (2021), 31-73 43

serán difíciles de cumplir en el corto plazo.19 Las constituciones debieran


ser proyectos de largo plazo planificados cuidadosamente para permitir
a la política ordinaria hacerse cargo de los problemas sociales más im-
portantes. Por esta razón, mientras la Convención discute la nueva cons-
titución, el Congreso debiera seguir intentando avanzar en una agenda
social multipartidista que permita responder a las principales demandas
que provocaron que los chilenos salieran a las calles en el último año.

2. Inercia legislativa y reforma basada en derechos


Por qué constitucionalizar derechos sociales

El derecho internacional de los derechos humanos reconoce un conjunto


de derechos sociales, económicos y culturales, incluidos el acceso a la
alimentación, a la vivienda, a la salud y a la seguridad social. Al firmar
y ratificar el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y
Culturales (ICESCR, por su sigla en inglés), Chile se ha comprometido a
asegurar estos derechos.20 Y como observábamos más arriba, parte de la
presión por una reforma constitucional proviene de la demanda de ver
estos derechos satisfechos en la práctica —por ejemplo, que estén pro-
tegidos de un modo tal que den lugar a la aparición de nuevas reformas
en la política económica, incluso en áreas clave como pensiones y salud.
Además, una de las percepciones de la Constitución era que esta
había sido impuesta por una dictadura y que solo podría ser enmenda-
da por los acuerdos alcanzados por una elite gobernante que incluía el
poder de veto de los herederos del régimen de Pinochet (Fuentes 2015;
Tsebelis 2018). Cuando en 2005, el presidente Lagos removió la firma
de Pinochet de la Constitución y presentó la reforma de ese año como
‘una nueva Constitución’, la mayor parte de los políticos no aceptó el
simbolismo del acto. Incluso el expresidente Lagos ha afirmado que la
agenda de democratización, que siguió una estrategia de enmiendas

19 Como plantea Lisa Hilbink (2020, 101): “la Constitución en sí misma es incapaz de resolver
los problemas estructurales que generaron el levantamiento. Solo puede proveer un marco
legal que haga posibles las políticas públicas deseadas en el mediano plazo. Si los políticos
no reconocen y actúan prontamente para incorporar las preocupaciones de la población
con respecto a pensiones, salud, educación, transporte, etc., es probable que la agitación
continúe y la paciencia hacia el proceso constituyente se vea afectada”.
20 Chile ratificó en ICESCR en 1972.
44 ROSALIND DIXON Y SERGIO VERDUGO / Derechos sociales y reforma constitucional

parciales por treinta años, fue insuficiente para legitimar la Constitución


de Pinochet. Así, el llamado a un cambio constitucional es, en parte, un
llamado a democratizar el constitucionalismo en Chile y a hacerlo un
proyecto más inclusivo. El reconocimiento de derechos sociales en una
nueva constitución, por tanto, permitiría mejorar tanto su legitimidad
actual como la percepción que los chilenos tienen de esta. Ello enviaría
la señal de que la constitución es capaz de responder a las preocupacio-
nes y aspiraciones políticas, y de que responde de forma específica a las
preocupaciones de aquellos que han quedado fuera de los arreglos de la
elite gobernante y que fueron dejados atrás por las políticas económicas
del período de Pinochet.
Un argumento similar se planteó en Sudáfrica en la década de 1990,
en el contexto de las discusiones en torno a la inclusión de garantías a
los derechos sociales y económicos en la Constitución de 1996. Un con-
junto de reconocidos académicos sudafricanos presentó sus reparos a la
inclusión de derechos sociales en una nueva constitución democrática
(Davis 1992, 2008). Temían que estos derechos no pudieran ser efecti-
vamente garantizados por las cortes, que generaran sobreexpectativas
sobre el cambio constitucional, y, con ello, se pudieran socavar el valor y
la seriedad de otros compromisos democráticos contenidos en la cons-
titución (cfr. Davis 1992). Pero algunos académicos como Etienne Mure-
inik (1992) argumentaron a favor de la inclusión de estos derechos en la
Constitución sudafricana de 1996, en parte con el objeto de contrarrestar
una percepción de la nueva constitución democrática como un conjunto
de ‘lujos y no de derechos‘. Parte del desafío de una transición desde el
Apartheid a una Sudáfrica totalmente democrática era político: implicaba
dar derecho a voto a la mayoría negra y crear elecciones multipartidarias
verdaderamente libres. Pero parte del desafío transformador era tam-
bién económico: el Apartheid era tan económico como político, y dejó
a grandes grupos de sudafricanos sin trabajos o viviendas seguras, o sin
acceso a servicios básicos como la salud. Por ello, planteaba Mureinik, la
inclusión de derechos sociales en una nueva y democrática constitución
sudafricana era una forma de asegurar tanto la legitimidad actual como
la legitimidad percibida de los nuevos arreglos constitucionales de Sudá-
frica (Mureinik 1992). Este argumento prevaleció por sobre los argumen-
tos contrarios de modos que en la actualidad se reflejan en las secciones
25-27 de la Constitución sudafricana (cfr. Davis 1992).
Estudios Públicos 162 (2021), 31-73 45

Sin embargo, plantear que los derechos sociales deberían constitu-


cionalizarse no es lo mismo que sugerir la forma específica o contenido
que debieran tener. Las constituciones pueden reconocer derechos so-
ciales de al menos tres maneras (Tushnet 2008).
Primero, una constitución puede imponer deberes sobre los poderes
políticos a fin de hacer cumplir los derechos sociales. Este es un enfoque
que habitualmente se asocia con las Constituciones de Irlanda e India.21
La parte IV de la Constitución india contiene un conjunto de principios
rectores para la política estatal [directive principles]. Algunos son par-
ticularmente específicos al contexto indio, pero hay otros que reflejan
compromisos más universales, como el deber del Estado por “elevar el
nivel de nutrición y el estándar de vida de su pueblo” y mejorar “la salud
pública” (Art. 47). La Corte Suprema india ha dotado de un amplio efecto
indirecto a estos principios en su interpretación del derecho a la vida en
el Art. 21 de la Constitución,22 aunque en la literatura se sigue entendien-
do que un enfoque de principios rectores proporciona, principalmente,
una alternativa no justiciable a la protección de derechos sociales (Tush-
net 2008).
Un segundo modelo de protección constitucional de derechos so-
cioeconómicos es que la constitución adopte derechos sociales justicia-
bles, los que contienen un rango de limitaciones o calificaciones internas
que restringen el alcance de su aplicación inmediata e individual. Por
ejemplo, las secciones 26 (1) y (2) de la Constitución sudafricana estable-
cen que “Toda persona tiene el derecho a tener acceso a una vivienda
adecuada”, pero también que el contenido de este derecho debiera
entenderse en el sentido de que “El Estado debe tomar las medidas legis-
lativas y de otro tipo razonables, dentro de sus recursos disponibles, para

21 Ver,por ejemplo, el Artículo 45 de la Constitución de Irlanda de 1937 y la Constitución de


India de 1949. Khaitan (2019, 604) consigna los siguientes ejemplos adicionales: “La consti-
tución provisional de Qatar (1970), Bangladesh (1972), Panamá (1972), Pakistán (1973), Pa-
púa Nueva Guinea (1975), Portugal (1976), España (1978), Sri Lanka (1978), Nigeria (1979),
Tanzania (agregada en 1984 por la enmienda a la Constitución de 1977), Zanzíbar (1984),
Nepal (1990), Namibia (1990), Sierra Leona (1991), Zambia (1991), Tíbet (constitución del
gobierno en el exilio, 1991), Ghana (1992), Andorra (1993), Lesoto (1993), Uganda (1995),
Etiopía (1995), Gambia (1996), Eritrea (1997), Tailandia (1997), Sudán (1998), Nigeria (1999),
Swazilandia (2005), Tailandia (2007), Nepal (constitución provisional, 2007), Bután (2008),
Angola (2010), Sudán del Sur (2011), Nepal (2015) y Tailandia (2017)”.
22 Comparar con Olga Tellis v. Bombay Municipal Corporation (1986 AIR 180, 1985 SCR Supl.

(2) 51).
46 ROSALIND DIXON Y SERGIO VERDUGO / Derechos sociales y reforma constitucional

conseguir la realización progresiva de este derecho”.23 De igual forma,


las secciones 27 (1) y (2) establecen que “toda persona tiene el derecho
a tener acceso a: (a) servicios de salud, incluyendo servicios de salud re-
productiva; (b) suficiente comida y agua; y (c) seguridad social, incluida,
si ellos no son capaces de mantenerse a sí mismos y a quienes de ellos
dependen, una asistencia social apropiada”, pero que esto significa que
“el Estado debe tomar las medidas legislativas y de otro tipo razonables,
dentro de sus recursos disponibles, para conseguir la realización progre-
siva de cada uno de estos derechos”. Este lenguaje también sugiere que
los tribunales no harán cumplir inmediatamente los derechos individua-
les, sociales y económicos, sino que más bien revisarán la razonabilidad
de las políticas gubernamentales, de modo de alentar a los gobiernos
a mejorar y actualizar sus políticas para abordar las necesidades de sus
ciudadanos.24
En contraste, el tercer modelo de protección de derechos sociales
implica la exigibilidad de garantías más fuertes e inmediatas de acceso a
derechos sociales para los individuos. En Brasil y Colombia, por ejemplo,
las constituciones establecen el derecho a la salud.25 También, tanto la
Corte Suprema de Brasil como la Corte Constitucional de Colombia han
sostenido que, en determinadas circunstancias, estas provisiones dan
lugar al derecho individual de acceso a la salud, exigible mediante el pro-
cedimiento de amparo o tutela.26
Hay también significativos argumentos, tanto a favor como en con-
tra, respecto de una protección judicial fuerte a derechos sociales de este
tipo, algunos de los cuales ya han sido utilizados por algunos de los aca-
démicos constitucionalistas chilenos.27

23 Algunos académicos chilenos ya han prestado atención al modelo sudafricano e, incluso,


han defendido la idea de utilizar test judiciales parecidos en Chile. Ver, por ejemplo, Figue-
roa (2009).
24 Ver, por ejemplo, Soobramoney v. Minister of Health, Kwazulu-Natal 1998 (1) SA 765 (CC)

(S. Afr.); Government of the Republic of South Africa v. Grootboom 2000 (11) BCLR 1169 (CC)
(S. Afr.).
25 Ver los Artículos 6, 169-168 de la Constitución brasileña de 1988 y el Artículo 49 de la

Constitución colombiana de 1991.


26 Para una revisión general de los modelos de exigibilidad [enforcement] de América Lati-

na, ver Bernal (2017) y Couso (2017).


27 Para una visión escéptica de un enfoque de exigibilidad judicial de los derechos sociales

en Chile, ver, por ejemplo, Martínez (2010), Alvear (2014), Soto (2014). Para una defensa de
derechos sociales exigibles, ver, por ejemplo, Bustos (2015), Bassa (2008), Lovera (2010).
Estudios Públicos 162 (2021), 31-73 47

¿Por qué la revisión judicial?

¿Por qué dar poderes a los tribunales para interpretar y aplicar las garan-
tías de derechos sociales? Chile cuenta con una tradición relativamente
contenida de revisión judicial, en especial en el contexto de derechos
económicos y sociales (Couso y Hilbink 2011). Pero, tanto a nivel del
Tribunal Constitucional28 como de la Corte Suprema,29 esta tradición ha
comenzado a cambiar durante las últimas décadas, particularmente en
relación al derecho a la salud30 y también, en cierto grado, al derecho
al trabajo.31 Sin embargo, durante el período de Bachelet, el Tribunal
Constitucional adoptó un enfoque cada vez más activo en la revisión de
legislación en importantes reformas sociales promovidas por ese gobier-
no.32 Por ejemplo, el Tribunal previno la aprobación de elementos centra-
les de la reforma laboral, por medio del uso de una especie de enfoque
libertario sobre el derecho a la sindicalización,33 y la modificación del
Servicio Nacional del Consumidor.34 El Tribunal limitó también la forma
en que Bachelet podría proporcionar un sistema de educación superior
gratuito, al forzar a su administración a dar financiamiento a estudiantes
que asistían a instituciones que no estaban inicialmente cubiertas por el

28 Hay varias decisiones que podrían citarse. Quizás la más importante de ellas es el hito
STC 1710 de 2010.
29 Por ejemplo, Miriam Henríquez (2010) observa que algunos tribunales han desarrollado

una especie de ‘activismo moderado’ para obligar a las aseguradoras privadas a pagar por
los costos de enfermedades catastróficas utilizando la cláusula de propiedad e, indirecta-
mente, la protección constitucional a la salud.
30 Por ejemplo, Alejandra Zúñiga (2011) plantea que con posterioridad a la implementación

a la reforma del AUGE por el expresidente Lagos, algunas decisiones judiciales conllevaron
un enfoque más igualitario.
31 Algunos académicos plantean que el modo en que las decisiones judiciales han tratado

el derecho a la salud y el derecho al trabajo han modificado la comprensión original de la


Constitución, al punto de que se ha invertido la dimensión económica del principio de sub-
sidiariedad. En parte, gracias a disposiciones de textura abierta [open-textured provisions],
un conjunto de decisiones ha privilegiado la protección de derechos sociales por sobre
principios como la libertad contractual (Bassa y Aste 2015). Ellos afirman que una ‘mutación’
ha cambiado el significado de estos derechos en la Constitución chilena. La ‘mutación’ es
un tipo de cambio constitucional informal. Sobre la idea de mutación, ver, entre otros, Sán-
chez (2000), Bernal (2016).
32 Muchos académicos han criticado este tipo de decisiones judiciales. Es probable que las

críticas de Fernando Atria (2020a, 2020b) y Atria, Salgado y Wilenmann (2017) sean las más
famosas.
33 STC 3016 y 3026 de 2016.
34 STC 4012 de 2018.
48 ROSALIND DIXON Y SERGIO VERDUGO / Derechos sociales y reforma constitucional

plan.35 Otro ejemplo es la decisión del Tribunal de expandir el derecho


de los objetores de conciencia en los casos de aborto, de modo que ins-
tituciones como las clínicas católicas —y no solo los individuos— pudie-
ran objetar la práctica de abortos.36 Nuestra propuesta no toma partido
en el debate respecto del futuro del Tribunal Constitucional, pero, como
planteamos más arriba —véase la nota 2—, estamos conscientes de que
este es un debate relevante para la propuesta, ya que esta incorpora la
creación de un rol judicial débil-fuerte que podría beneficiarse de tener
un Tribunal que pueda generar confianza entre los actores políticos.
El sendero a futuro de la revisión judicial en Chile se mantiene abier-
to: sus énfasis sobre distintos derechos sociales y económicos podría ser
limitado o robusto, progresista o conservador; y ser practicado ya sea por
el actual Tribunal Constitucional, o bien, mediante un nuevo enfoque, en
el cual la Corte Suprema sea la única o principal entidad responsable de
la interpretación y de hacer cumplir la nueva constitución. En cualquier
caso, la reforma constitucional ofrece una oportunidad para ‘transformar’
o dar nueva forma a los patrones de revisión judicial en Chile de un modo
que sea democráticamente productivo. La pregunta que esto plantea es
cómo debiera lucir este sendero democráticamente productivo.
Tal como uno de nosotros ha planteado previamente (Dixon, en
prensa), habitualmente los procesos democráticos se encuentran sujetos
a una serie de ‘bloqueos’. Pueden estar sujetos a monopolios electorales
o institucionales, los que erosionan la verdadera competitividad de un
sistema democrático y constitucional y su demanda básica por legitimi-
dad (Dixon, en prensa). De modo aún más frecuente, estos pueden estar
sujetos a puntos ciegos [blind spots] y a cargas de inercia [burdens of iner-
tia] que causan que las garantías constitucionales sean rutinariamente
pasadas por alto, o sean sencillamente ignoradas debido a que la legisla-
tura no presta atención a un problema, no considera opciones relevantes
para la protección de garantías constitucionales, o no actúa para actuali-
zar la ley a la luz de entendimientos cambiantes.37

35 STC 2935 de 2015.


36 STC 3729 de 2017.
37 En ocasiones, estos tipos de falta de respuesta pueden estar conectados a ciclos políticos

de polarización y descomposición constitucional. Nosotros no adoptamos este enfoque


aquí, aunque estos pueden tener cierto poder explicativo en el caso de Chile. Respecto del
modo en que la polarización y la descomposición constitucional podrían derivar en en-
trampamiento y la inercia legislativa, ver Balkin (2020).
Estudios Públicos 162 (2021), 31-73 49

Podría decirse que Chile también ha experimentado poderosas car-


gas de inercia en una serie de áreas clave de la política pública, incluso
en el contexto de los llamados a responder y actualizar la política en
salud y pensiones. Como indicábamos más arriba, estas políticas resultan
subinclusivas y no logran abordar adecuadamente las necesidades de los
pobres y parte de la clase media. Ha habido múltiples llamados a actuali-
zar y mejorar estas políticas. Y, aun así, los legisladores, consistentemen-
te, no han podido llegar a los acuerdos legislativos necesarios de modo
de cerrar esta brecha. Esta es una clásica instancia de cargas de inercia
legislativa.
Al hacer cumplir derechos constitucionales, incluidos los derechos
sociales, los tribunales también pueden avanzar sustantivamente en
la tarea de hacer frente a esta forma de inercia. Al emitir órdenes coer-
citivas, y por medio de su autoridad y capacidad persuasiva, los tribu-
nales pueden hacer más visibles los problemas, de manera de llamar la
atención de la opinión pública y legislativa o, en su defecto, crear una
nueva solución de política legislativa que pueda operar por defecto. Por
supuesto, esto no significa decir que los tribunales son la única solución
para hacer frente a la inercia legislativa en el caso chileno. Como se ex-
plicó más arriba, la combinación de presidentes con mandatos de cuatro
años sin renovación, de un Congreso fragmentado producto del sistema
electoral, y de elecciones parlamentarias simultáneas a la primera vuelta
presidencial, no ayuda a estimular la creación de coaliciones guberna-
mentales que pudiesen construir acuerdos legislativos amplios. La refor-
ma del régimen político podría ser una condición significativa, aunque
tal vez insuficiente, para detener la inercia legislativa. En cualquier caso,
los tribunales aún pueden jugar un rol significativo.
Los tribunales también pueden imponer parámetros relevantes
sobre los procesos de reforma en la política social y económica. Pue-
den, por ejemplo, insistir en que las nuevas políticas respeten com-
promisos básicos con la dignidad y la igualdad, o que estas adopten
enfoques de alcance no discriminatorio.38 Pueden insistir, también, en
que las políticas sean razonables y diseñadas de un modo que consiga
sus objetivos. En Sudáfrica, por ejemplo, la Corte Constitucional ha

38 Comparar con Government of the Republic of South Africa v. Grootboom 2000 (11) BCLR
1169 (CC) (S. Afr.); Khosa v. Minister of Social Development, 2004 (6) BCLR 569 (CC); Minister
of Health v. Treatment Action Campaign (TAC) (2002) 5 SA 721 (CC).
50 ROSALIND DIXON Y SERGIO VERDUGO / Derechos sociales y reforma constitucional

implementado un test de ‘razonabilidad’ para la revisión de deman-


das de derechos sociales. Y la Corte ha aplicado este test de un modo
que promueve políticas de vivienda más inclusivas, las que cubren
necesidades de corto plazo para los sin casa y, también, la escasez de
viviendas en un mediano y largo plazo, así como políticas de salud más
inclusivas, las que permiten que mujeres de todas las zonas del país
puedan acceder a antirretrovirales que previenen la transmisión de VIH
entre madres e hijos.39
En algunos casos, los tribunales pueden hacer esto mediante accio-
nes basadas en un modelo judicial 'débil' —no coercitivas e insensibles
al tiempo (Dixon 2019a). Pero en otros, ellos también necesitarán de
poderes correctivos fuertes, los que les permitan, dentro de un marco de
tiempo determinado, direccionar ciertas acciones por parte del gobier-
no. En Grootboom, por ejemplo, el Tribunal Constitucional sudafricano
implementó una orden débil, declaratoria, en la que exigía al gobierno
actualizar sus planes de vivienda y hacerlos más inclusivos. Al hacerlo,
contribuía a contrarrestar la inercia de largo plazo en el desarrollo de
un plan nacional de vivienda más comprensivo (Dixon 2007). Pero tomó
al menos tres años para que el gobierno lo hiciera y, entretanto, el de-
mandante murió sin conseguir un adecuado acceso a la vivienda (Dixon
2007; Sunstein 2000; Pillay 2002). Esto, a su vez, contrasta con los cam-
bios más inmediatos que se produjeron con posterioridad al caso TAC, en
donde la Corte instruyó un recurso fuerte al ordenar al gobierno levantar
las restricciones al acceso a nevirapina en los lugares en donde ya exis-
tía el apoyo para la realización de pruebas y el suministro del fármaco
(Dixon 2007).
Tal como sugerimos más arriba, en el caso chileno la litigación en
torno a derechos sociales no ha contribuido con el avance de solucio-
nes estructurales. Sin embargo, algunas medidas individuales han sido
útiles para expandir derechos sociales individuales en algunos casos
específicos referentes al ámbito de la salud y del trabajo. La litigación con
respecto al sistema de pensiones aún se encuentra en proceso. Hasta el
momento, los casos más significativos en este ámbito muestran que tan-
to la Corte Suprema como el Tribunal Constitucional han sostenido que
no le está permitido a los individuos retirar la totalidad de sus ahorros

39Ver Government of the Republic of South Africa v. Grootboom 2000 (11) BCLR 1169 (CC) (S.
Afr.); Minister of Health v. Treatment Action Campaign (TAC) (2002) 5 SA 721 (CC).
Estudios Públicos 162 (2021), 31-73 51

de retiro, aun cuando ellos tienen derechos de propiedad sobre los mis-
mos, debido a que estos ahorros tienen un propósito exclusivo: financiar
las pensiones de retiro que se entregan periódicamente.40 Estos casos
podrían ser relevantes, ya que fortalecen los principios del sistema —el
que es financiado principalmente por ahorros individuales tomados de
los salarios de los trabajadores—, aunque no ha habido más desafíos
significativos en contra de estos principios. Si bien es posible aducir que
la litigación en los ámbitos de los derechos sociales puede presionar la
legislación sobre problemas específicos (Zúñiga 2014), la litigación no
ha provocado las reformas estructurales que los chilenos demandan. Al
contrario, los ejemplos disponibles —como los litigios en contra de las
isapres— parecen sugerir que los legisladores tendrían menos incentivos
para legislar en las áreas que han sido tratadas por los tribunales, lo cual
confirma lo que uno de nosotros ha planteado de modo más general
(Dixon, en prensa).

¿Por qué una revisión judicial débil?

Hay una serie de argumentos en contra de modelos de revisión judicial


fuertes y a favor de un enfoque más débil en la exigibilidad judicial de los
derechos sociales.

El razonable desacuerdo respecto de la dirección de la reforma económica

Primero, es importante reconocer que existe un espacio razonable de


desacuerdo con respecto a la dirección más deseable para la reforma en
áreas clave de la política social y económica en Chile. Es probable que
sean pocos los chilenos que dudan de que la reforma sea necesaria en
áreas como la salud y las pensiones. Pero existe un debate legítimo en
relación a cómo exactamente se debiera proceder con esta reforma.
Un enfoque sería reemplazar los sistemas de salud y pensiones
actuales con un modelo totalmente estatal de provisión de salud y pen-
siones. Se han realizado propuestas similares en Estados Unidos de parte
de ‘socialistas democráticos’ como Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-
Cortez (Modhin 2016), y por mucho tiempo este tipo de ideas ha tenido

40 Decisión de la Corte Suprema, rol 31,789-2019; STC 7442/7548 de 2020.


52 ROSALIND DIXON Y SERGIO VERDUGO / Derechos sociales y reforma constitucional

el apoyo de sectores de la izquierda chilena.41 Estas propuestas podrían


también implicar la eliminación de los seguros privados de salud, y al-
gunos pueden temer que los fondos de pensiones sean nacionalizados,
lo que genera importantes preocupaciones entre los inversores, como
ocurrió en 2008 en Argentina, cuando la presidenta Cristina Fernández
promulgó una ley que eliminaba las compañías privadas que administra-
ban los ahorros de retiro.42
Un segundo enfoque, no obstante, sería remediar las brechas y de-
ficiencias actuales en el modelo actual de provisión pública y privada de
estos bienes clave, o derechos sociales. Un enfoque de este tipo podría
denominarse enfoque ‘democrático liberal’ o de ‘mercado justo’, en oposi-
ción a un enfoque de ‘libre mercado’.
A diferencia de las ideas neoliberales habitualmente asociadas a los
economistas formados en la tradición de Chicago (como los conocidos
‘Chicago boys’), un enfoque democrático liberal plantea que los mer-
cados deben ser apoyados y regulados para que estén a la altura de las
verdaderas ideas liberales —las de libertad, dignidad e igualdad para
todos los ciudadanos. Así, un enfoque democrático liberal propone que
el Estado juegue un rol clave en (i) la provisión de acceso universal a
un ‘generoso mínimo social’, incluyendo el acceso a derechos sociales y
económicos relevantes; (ii) la regulación de mercados a fin de proteger a
los consumidores ante la amenaza del poder monopólico o el abuso de
poder del mercado; y (iii) la regulación y la respuesta a los costos sociales
o externalidades que, de otro modo, amenazan con socavar la eficiencia
y justicia [fairness] (Holden y Dixon 2018) de los procesos de mercado.
Pero un enfoque democrático liberal es también profundamente liberal,

41 Por ejemplo, el programa presidencial de 2017 de Beatriz Sánchez, del Frente Amplio,
proponía terminar con las AFP. Ella también propuso la creación de un seguro de salud
universal y exclusivo, terminando con el aseguramiento individual que las personas pue-
den obtener de parte de los aseguradores privados. El programa presidencial de 2017 del
excandidato presidencial Alejandro Guillier, apoyado por los expartidos de la Concertación,
proponía un enfoque más moderado: cobrar un impuesto adicional del 5% para crear un
fondo administrado por una institución estatal para ayudar a mejorar las jubilaciones. Sin
embargo, el programa de Guillier también ofrecía, por ejemplo, la creación de farmacias
estatales. Existían propuestas similares en el programa de Marco Enríquez-Ominami. Los
programas presidenciales citados en esta nota se pueden encontrar en el sitio del Servicio
Electoral. Disponible en: https://www.servel.cl/programas-de-candidaturas-a-presidente-
de-la-republica/.
42 Para un análisis de los riesgos políticos involucrados en esta reforma, ver Arza (2012) y

Kay (2009).
Estudios Públicos 162 (2021), 31-73 53

en el sentido de que enfatiza el valioso rol que formas de ordenamiento


basadas en el mercado pueden jugar en la promoción de la elección
individual y el bienestar, y en la eficiencia y sustentabilidad general del
sistema económico.
Por tanto, en un enfoque democrático liberal resulta esencial que
todos los ciudadanos tengan acceso a la salud y a un nivel de ingresos en
sus retiros que les permita vivir una vida digna. Pero esto no significa que
un modelo de provisión estatal completa sea, necesariamente, el modo
óptimo de alcanzar este objetivo. Comúnmente, sugiere un enfoque
democrático liberal: el modo más efectivo de alcanzar este objetivo será
adoptar un enfoque público-privado de dos vías, en el que se incentive a
los individuos de mayores ingresos a contribuir con sus propias atencio-
nes médicas y jubilaciones a cambio de acceso a estándares de vida más
elevados en el retiro y, potencialmente, un sistema de salud más con-
fortable, más allá de las áreas centrales de acceso al tratamiento médico
básico.
Este tipo de enfoque de dos vías resulta complejo de conseguir por
medios que resulten eficientes, justos y que logren sus objetivos. Sin em-
bargo, tenemos confianza en que un modelo de este tipo es alcanzable,
en parte porque uno de nosotros ha estudiado por largos períodos el
funcionamiento de los modelos de provisión privada en Estados Uni-
dos y Australia, y ha visto las diferencias en su funcionamiento (Dixon
y Holden 2020). En Estados Unidos, la atención médica y las pensiones
son en gran medida neoliberales en su diseño: estas se diseñan sobre la
base de seguros y contribuciones privadas, con niveles muy modestos de
protección para los pobres vía Medicaid. La Affordable Care Act expandió
la cobertura de Medicaid y de los subsidios para que quienes recibían los
ingresos más bajos pudieran acceder a aseguradores privados de salud.
Y el seguro social siempre ha tenido incorporado algún grado de redis-
tribución económica. Pero ambos esquemas dejan brechas sustantivas
en el acceso a salud y a los ahorros para los seguros de jubilación de los
estadounidenses de bajos ingresos.
En contraste, en Australia el Estado garantiza el acceso universal a
la atención médica y las pensiones públicas para todos los ciudadanos:
la atención en salud de emergencia y preventiva es gratuita y de alta
calidad, y toda persona con activos bajo un determinado nivel puede
acceder a una pensión adecuada para un estándar de vida básico. Pero
54 ROSALIND DIXON Y SERGIO VERDUGO / Derechos sociales y reforma constitucional

también incentiva a los individuos de altos ingresos a pagar y adquirir


prestaciones de salud y a contribuir con los planes de pensión privados
de formas que reducen sustancialmente los costos para el Estado (y el
contribuyente) de la opción pública de base. Esto también lo hace por
medio de un esquema de ‘zanahorias y garrotes’ [carrots and sticks]. El
garrote produce que quienes tienen altos ingresos se ven forzados a
contribuir con un porcentaje determinado de los salarios a sus cuentas
de jubilación privadas, y enfrentan importantes sanciones tributarias si
no obtienen un seguro privado. La zanahoria es que, al hacerlo, ellos por
lo general obtienen acceso a mayores ingresos en su jubilación y a una
mayor conveniencia y comodidad en la atención médica (aunque no a
un mejor acceso a los tratamientos que puedan salvarles la vida) (Dixon y
Holden 2020).
Este tipo de propuestas podría ser útil para identificar un punto de
encuentro entre aquellos que defienden la provisión estatal de solu-
ciones universales y aquellos que prefieren que el Estado priorice pro-
gramas focalizados y de mayor espacio para las iniciativas privadas. Sin
embargo, el modo en que se podrían combinar las iniciativas manejadas
por el Estado y las privadas podría cambiar entre un sector y otro. Las
soluciones en salud, educación y pensiones pueden —y debieran— ser
distintas, y la Constitución debiera permitir estos tipos de diferencias. En
los ejemplos que damos, tomados del sistema australiano, las soluciones
universales y las focalizadas difieren.
Cuál de estos dos enfoques debiera buscar Chile es algo que tam-
bién está abierto a un razonable desacuerdo. Algunos en la izquierda po-
drían insistir en que solo un modelo totalmente público será el adecuado
para asegurar un compromiso político genuino con un mínimo social
decente o una línea de base generosa para todos los ciudadanos. Otros,
en la derecha, podrán enfatizar el daño que implicaría para la economía
chilena la nacionalización de las compañías privadas o de los fondos
existentes. Esta, por ejemplo, es una lectura legítima que la experiencia
argentina, que siguió esfuerzos similares por nacionalizar, podría dejar
como lección. Nuestra propia visión es que el mejor camino es uno que
evita ese resultado, pero insiste en un financiamiento público mucho
mayor para un modelo democrático liberal —por ejemplo, una combina-
ción pública y privada de provisiones en salud y pensiones que asegure
un verdadero acceso universal a un mínimo social generoso.
Estudios Públicos 162 (2021), 31-73 55

En última instancia, sin embargo, estas son preguntas que, en una


democracia, debieran ser resueltas por los ciudadanos y sus represen-
tantes electos. No son preguntas que nosotros debamos resolver aquí,
ni definitivamente tampoco las deben responder los redactores de la
nueva Constitución. La abrumante votación a favor de una nueva cons-
titución no es un voto por un modelo o reforma económica específica.
Fue una mayoría negativa en contra de un sistema que ha fallado en
proveer acceso a necesidades sociales básicas, pero no necesariamente
una mayoría positiva a favor de un modo específico de satisfacer tales
necesidades. Y los expertos en derecho constitucional no son necesa-
riamente expertos en política económica. Ni tampoco los encargados
de redactar una constitución —o incluso los mismos tribunales— tie-
nen la capacidad de calcular y establecer los impuestos necesarios para
alcanzar una reforma democrática significativa, sea socialista o liberal
democrática.
Cualquier cambio significativo en los sistemas de salud o de pen-
siones chileno probablemente requerirá de más financiamiento estatal,
respaldado por ingresos tributarios adicionales, o por el aumento de los
ahorros o seguros individuales obligatorios. Mejorar la opción pública de
base, en ambos casos, no es simplemente una cuestión de redireccionar
los recursos existentes; necesariamente involucrará también un mayor
financiamiento en salud y jubilaciones para los ciudadanos de bajos in-
gresos.
En esta sección hemos mostrado que existe un razonable desacuer-
do respecto de cómo avanzar en reformas sociales para áreas como la
salud o la seguridad social, y hemos planteado que los constituyentes
no debieran predeterminar los detalles específicos de estas políticas,
sino que deben guiar el debate para los futuros legisladores de estas
políticas. Además de ofrecer un conjunto de principios que pueden
guiar la discusión, quienes elaboren la constitución también deberían
considerar que otras partes de la nueva constitución pueden ser uti-
lizadas para limitar las posibilidades de dar forma e implementar la
legislación. Por tanto, los redactores deberían evitar utilizar un lenguaje
robusto que pudiera, en el futuro, ser usado para impedir la aprobación
de reformas razonables y bien diseñadas que respeten los márgenes e
implementen los principios directivos correspondientes. Por ejemplo,
al elaborar la cláusula sobre la propiedad, el lenguaje utilizado para esa
56 ROSALIND DIXON Y SERGIO VERDUGO / Derechos sociales y reforma constitucional

provisión debiera ser lo suficientemente abierto como para dar cabida a


las reformas sociales mencionadas.43

Redistribución económica

Una segunda razón para evitar constitucionalizar la revisión judicial fuer-


te, es que esta tiene el potencial de conducir a una redistribución econó-
mica de características totalmente opuestas a la que es demandada por
quienes apoyan la reforma constitucional y económica. Uno de los im-
pulsores centrales de las demandas actuales por reforma constitucional
y económica en Chile, es un deseo por ver un mayor acceso a derechos
sociales como la salud y las jubilaciones para los pobres, para las clases
medias bajas y para los socialmente excluidos.
Aun así, pareciera no haber una conexión causal entre el recono-
cimiento de derechos sociales y su satisfacción. Por ejemplo, investiga-
ciones han mostrado que los países que reconocen el derecho a salud y
a educación no necesariamente incrementan el gasto público en estas
áreas (Chilton y Versteeg 2017, 2020; Ben-Bassat y Dahan 2008). Además,
los derechos fuertes y judicialmente exigibles habitualmente son hechos
valer por quienes son más privilegiados económicamente. En Brasil,
por ejemplo, la litigación de derechos sociales ha sido utilizada para
reafirmar derechos individuales de acceso a la salud en modos que han
redistribuido recursos estatales alejándolos del cuidado preventivo de
los pobres y destinándolos en costosos tratamientos de preservación o
prolongación de la vida para las clases medias (Hoffman y Bentes 2008;
Ferraz 2011; Brinks y Gauri 2014). En Colombia, la historia de la litigación
de derechos sociales ha sido más variada.44 La Corte colombiana ha
instruido un grupo de medidas estructurales que buscan incrementar la
igualdad de acceso para los pobres en el contexto general del sistema
nacional de salud, y en el contexto específico del acceso de personas
internamente desplazadas a variados servicios —incluyendo tratamien-

43Los ejemplos abundan. Ver, por ejemplo, el Artículo 25 de la Constitución sudafricana.


44Para una visión más matizada de la regresiva historia sobre cómo han sido judicializados
los derechos sociales en Colombia, ver Uprimny y Durán (2014). Algunos académicos han
planteado que la litigación en Colombia no ha sido exitosa en relación a la construcción de
movimientos que puedan beneficiar a aquellos que no tienen acceso al sistema jurídico:
“En general, el caso colombiano muestra que la combinación de activismo judicial con la
movilización social puede hacer una diferencia —pero incluso bajo esas circunstancias, el
progreso es lento” (Chilton y Versteeg 2020, 206).
Estudios Públicos 162 (2021), 31-73 57

tos de salud, pero también vivienda y educación.45 Pero los individuos


también han recurrido a la tutela para conseguir acceso directo a deter-
minados servicios médicos de una forma tal que se puede decir que ha
promovido los intereses de la clase media por sobre los pobres (Cepeda-
Espinosa 2004; Landau 2012). En general, la evidencia proveniente de
distintos países es mixta46 y, aun cuando muchos de estos trabajos en-
frentan desafíos metodológicos y problemas de diseño de investigación
(Andia y Lampera 2019), el riesgo de terminar por no beneficiar —o in-
cluso dañar— a los más pobres es algo que los constituyentes debieran
considerar.
Debido a la presencia de garantías de derechos sociales fuertes y
justiciables en una constitución, a menudo resulta difícil para los tribu-
nales rechazar demandas de acceso individual a tratamientos de pre-
servación de la vida, aun cuando estos son extremadamente caros. Los
casos individuales de este tipo son tremendamente desgarradores.47
Y habitualmente es difícil para un tribunal rechazar a las personas el
acceso a tratamientos de salud que podrían prolongar sus vidas y, a la
vez, continuar reafirmando la dignidad fundamental del demandante.
Sin embargo, el efecto de decisiones judiciales de este tipo, tal como
muchos cientistas sociales lo han descrito, inevitablemente desvía la
distribución de recursos dentro del sistema de salud, alejándola de los
cuidados preventivos y de los pobres, y acercándola a las necesidades
de las clases medias y de quienes reciben los ingresos más altos (Brinks y
Gauri 2014; Ferraz 2011).
Si bien un resultado de este tipo sería entendible y tendría claras
ventajas al salvar algunas vidas, sería profundamente problemático en
términos generales en el contexto chileno. La principal queja respecto
de la atención en salud en Chile no es que el sistema falle en entregar
acceso a tratamientos vitales para los chilenos más ricos. Más bien es que
la atención de base que se ofrece a los chilenos más pobres y de clase
media resulta claramente inadecuada. Todo enfoque que promueva

45 Ver, por ejemplo, C.C. 22 de enero, 2004, M.P: M. Espinosa, Sentencia T-025/04, y C.C.,
31 de julio, 2008, M.P.: M. Espinosa, Sentencia T-760/08. Ver la discusión en Landau (2012,
2014) y Bilchitz (2002).
46 Por ejemplo, ver un trabajo en donde se discute la evidencia de Brasil, Sudáfrica, Indone-

sia e India (Brinks y Gauri 2014).


47 Comparar con Soobramoney v. Minister of Health, Kwazulu-Natal 1998 (1) SA 765 (CC) (S.

Afr.).
58 ROSALIND DIXON Y SERGIO VERDUGO / Derechos sociales y reforma constitucional

un mayor acceso a costosas atenciones vitales en salud a ciudadanos


privilegiados resultaría, por tanto, directamente contraproducente a las
demandas democráticas actuales. En vez de ello, lo que se requiere es un
marco constitucional que pueda tanto facilitar como empujar cambios
estructurales diseñados para proteger los derechos e intereses de los po-
bres y de la clase media.

Reforzando la capacidad legislativa en vez de debilitarla

Tercero, todo intento por constitucionalizar derechos sociales debe ser


consciente del deseo por reforzar el rol de la legislatura en la respuesta
a las legítimas demandas de los ciudadanos. Uno de los objetivos de la
reforma constitucional es alcanzar una reforma constitucional que incite
y empodere a los legisladores a actuar. Resultaría perverso que las garan-
tías de derechos sociales socavasen estas reformas de mayor alcance.
Stephen Holmes tuvo un razonamiento similar en Europa del Este
durante las décadas de 1980 y 1990 (Holmes 1993; Sunstein 1993; Holmes
y Sunstein 2002). Holmes y otros plantearon que una tradición de gober-
nanza legislativa relativamente débil en los antiguos sistemas socialistas
hacía que fuera acuciante e importante para estos sistemas construir una
cultura de responsabilidad y respuesta legislativa. Esto, aducían, significa-
ba también el dotar a las legislaturas de un mayor alcance y responsabili-
dad para dar respuesta a variados problemas constitucionales, incluyendo
la satisfacción de los derechos. Y esto implicaba evitar la adopción de un
modelo de revisión judicial que diera a los tribunales un rol demasiado
central en el aseguramiento de los derechos, de modo que pudiera soca-
var tanto el incentivo como la oportunidad de la intervención legislativa
sobre estos problemas. David Landau (2019) ha hecho observaciones
similares en el contexto colombiano, las que también podrían hacerse en
Chile. Si parte del objetivo del proceso constituyente es estimular proce-
sos legislativos eficaces, sería contraproducente debilitar el rejuveneci-
miento estructural en el diseño de garantías de derechos sociales.
En conexión con estas visiones, también resulta importante tomar
en cuenta que se ha planteado que modelos de derechos sociales judi-
cialmente exigibles podrían desincentivar protestas sociales en contra de
los gobiernos y reemplazarlas por litigios organizados. De ser esto cierto,
entonces los modelos de derechos sociales podrían reducir la accounta-
bility electoral (Chilton y Versteeg 2018).
Estudios Públicos 162 (2021), 31-73 59

3. Hacia un modelo de protección débil-fuerte para los


derechos sociales

Teniendo en mente estas consideraciones, sugerimos que el modo más


prometedor para Chile sería desarrollar un nuevo y distintivo modelo de
protección de derechos sociales, el que deberá basarse en una perspecti-
va híbrida que considere mandatos legislativos y protecciones judiciales
débiles. Este modelo solo debiera incluir el tipo de derechos sociales que
han servido para justificar importantes demandas, las que (1) no han
sido satisfechas debido a la inercia legislativa y (2) permiten explicar el
elevado apoyo popular al reemplazo constitucional. La salud y la segu-
ridad social son candidatos obvios. La lista también puede incluir otros
derechos como el acceso a alimentación, vivienda y educación. El mode-
lo no debiera contar con derechos individuales que pueden ser protegi-
dos en otra parte de la constitución, como una declaración de derechos
más clásica que reconozca los derechos de libertad de expresión y de
propiedad. Sin embargo, al diseñar este tipo de derechos individuales
—particularmente la propiedad y la libertad económica—, los constitu-
yentes deberían utilizar un lenguaje que no sea demasiado fuerte como
para que limite el modo en que los futuros legisladores y diseñadores
de políticas públicas puedan diseñar políticas razonables para satisfacer
derechos sociales.
Un modelo híbrido de este tipo podría adoptar variadas formas. Sin
embargo, en esta sección proponemos un modelo nuevo y distintivo, el
que cuenta de cuatro partes: (a) un mandato obligatorio al legislador; (b)
un marco de tiempo específico para la adopción de las leyes relevantes;
(c) principios constitucionales que guíen las reformas sociales y econó-
micas; y (d) la posibilidad de revisión judicial de las fallas legislativas en
la implementación de los mandatos que la constitución le ha dirigido al
legislador.

Mandatos constitucionales al legislador [by-law clause]

Para comprender el modelo es útil analizar cada uno de sus cuatro


elementos clave. El primer elemento es la adopción de un mandato
constitucional dirigido al legislador. Estos mandatos son cláusulas cons-
titucionales que ordenan o empoderan al legislador a implementar un
60 ROSALIND DIXON Y SERGIO VERDUGO / Derechos sociales y reforma constitucional

principio específico, a establecer políticas dirigidas a un objetivo, o a de-


tallar el contenido de una norma constitucional. Este tipo de mandatos
al legislador pueden ser implícitos, por ejemplo, cuando la constitución
establece, de modo general, que una materia será regulada por ley; o
explícitas, cuando la cláusula se refiere a una ley particular que necesita
ser promulgada para complementar o detallar la norma constitucional.
Cláusulas de este tipo, como observan Dixon y Ginsburg (2011; también
Weiss 2017), son cada vez más comunes en las constituciones a lo largo
del mundo.
Los mandatos al legislador también se encuentran en múltiples for-
mas: ellas pueden proporcionar principios guía o pueden mantener las
cosas abiertas para que sea el legislador quien decida. Pueden proveer
estándares específicos que necesitan alcanzarse o pueden ser de con-
tenido abierto (o incluso vagas o ambiguas) en el lenguaje que utilizan,
dando lugar a una serie de alternativas que el legislador puede luego
elegir.
Ellas pueden también tener una forma débil o permisiva, o fuerte u
obligatoria. Un mandato permisivo simplemente admite que las legisla-
turas adopten una determinada acción, pero al hacerlo sugieren que esa
legislación pueda ser deseable y esté justificada o protegida constitucio-
nalmente. Por ejemplo, el Artículo 13 de la Constitución chilena reconoce
los derechos políticos clásicos (el derecho a sufragio y a postular a cargos
públicos) y establece que la ley puede crear otros. En este caso, la Consti-
tución empodera al legislador a crear más derechos políticos, pero no lo
obliga a hacerlo.
Los mandatos fuertes u obligatorios, en contraste, ordenan a que el
legislador adopte determinadas acciones a fin de implementar objetivos
constitucionales más precisos. El Artículo 19, numeral 11, de la Constitu-
ción de Chile, por ejemplo, señala que la ley orgánica debe establecer los
requerimientos para el reconocimiento oficial de las instituciones educa-
cionales en todos los niveles.
Nosotros proponemos un mandato constitucional obligatorio para el
legislador en la regulación de los derechos sociales. Dicho mandato debe
incluir estándares específicos que puedan guiar al legislador para que las
políticas aprobadas puedan estar respaldadas por principios razonables
y ampliamente compartidos. De hecho, esto significaría que la constitu-
ción establecería que la legislatura debe tomar cursos de acción para la
Estudios Públicos 162 (2021), 31-73 61

implementación de los derechos a la salud, la vivienda, la alimentación y


la seguridad social, mientras que, al mismo tiempo, reduciría el grado de
discreción que poseen los legisladores para elegir el modo de implemen-
tarlos. Estos aún tendrían opciones a escoger y detalles que agregar, pero
tendrían que descartar las opciones que puedan violar los principios clave.

Límites de tiempo precisos

Segundo, nosotros proponemos que el mandato al legislador contenga


un marco de tiempo específico. En principio, los mandatos al legislador
no necesitan entregar plazos límite para la aprobación e implementación
de la legislación requerida. En ninguno de los ejemplos que dimos antes
respecto de la posibilidad de entregar derechos políticos adicionales o
sobre la obligación de regular los requerimientos para el reconocimiento
de las instituciones educacionales, la Constitución chilena actual entregó
marcos de tiempo específicos. Sin embargo, nuestro modelo propone
límites de tiempo precisos.
Tal como ha mostrado Dixon en otro trabajo, los mandatos al le-
gislador a menudo pueden conducir a una implementación legislativa
oportuna, pero existen varios ejemplos en que ello no ocurre así (Dixon y
Ginsburg 2018; Lerner 2011). Incluir un marco de tiempo específico y ex-
plícito ayuda a hacer visible la infracción del mandato y a prevenir dicha
infracción.
Esto es algo que nos parece especialmente importante en el contex-
to chileno, tanto a fin de contrarrestar una inercia significativa como para
mostrar a los ciudadanos un compromiso serio con la reforma económi-
ca. Así, por ejemplo, el mandato al legislador podría incluir un marco de
tiempo (dos o cuatro años con posterioridad a la adopción de la nueva
constitución) para la promulgación de reformas legislativas clave en el
ámbito económico. El número exacto de años para el límite de tiempo
dependerá de variados factores, los que deben ser sopesados por los
constituyentes, incluyendo consideraciones como los tiempos de pro-
cesamiento legislativo previstos para el Congreso y los ciclos electorales
respectivos.
Ellos tendrán que decidir el marco de tiempo exacto, sopesando
la necesidad de señalar que la aprobación de reformas en estas áreas
—por ejemplo, la salud y la seguridad social— es urgente —por lo que
62 ROSALIND DIXON Y SERGIO VERDUGO / Derechos sociales y reforma constitucional

es deseable plazos más cortos—, y que esto permita a los futuros legis-
ladores tener el tiempo suficiente para negociar y acordar una reforma
técnicamente apropiada y políticamente sustentable —la que podría de-
mandar un tiempo adicional. Como explicamos antes, una de las razones
asociadas a la inercia legislativa en Chile, en parte tiene que ver con los
incentivos institucionales provenientes del régimen político, los cuales
previenen la construcción de coaliciones y la cooperación. Debido a que
la nueva constitución debería abordar este problema, y a que ello podría
provocar una reforma considerable del régimen político, los distintos ac-
tores del nuevo sistema constitucional van a requerir de algo de tiempo
para acomodar y, tal vez, adaptar el sistema de partidos. Por esta razón,
el marco de tiempo también debería ser diseñado teniendo en conside-
ración el nuevo ciclo electoral.

Principios rectores explícitos

Tercero, en el contexto chileno, el mandato al legislador debería con-


tener principios rectores que guíen el trabajo legislativo. No se debería
simplemente dejar que la legislatura determine cómo y en qué grado se
implementan los derechos sociales. Los constituyentes podrían aportar
valiosa orientación sobre aspectos como la razonabilidad y la inclusivi-
dad de las políticas que persigan satisfacer los derechos sociales.
Por ejemplo, un mandato al legislador podría determinar expresa-
mente que las reformas económicas deben asegurar el acceso universal
a los derechos sociales para los ciudadanos, incluyendo a aquellos margi-
nalizados, en consonancia con un compromiso con la dignidad humana
universal. Esto también podría ser detallado en el texto de la constitu-
ción o indicado por un compromiso con ‘la inclusión’ como el que es
enfatizado por el Tribunal Constitucional sudafricano en Grootboom.48
De igual forma, los redactores podrían exigir que todas las políticas sean
razonables y estén diseñadas de un modo idóneo para conseguir sus
objetivos.
De igual forma, aquellos redactores preocupados por preservar la
actual combinación entre provisión pública y privada de Chile, los mer-
cados y la regulación gubernamental de la economía, podrían insistir en
que los principios de este tipo enfatizan la importancia actual de la liber-

48 Government of the Republic of South Africa v. Grootboom, 2000 (11) BCLR 1169 (CC) (S. Afr.).
Estudios Públicos 162 (2021), 31-73 63

tad (de elección) individual y los principios generales de sustentabilidad


fiscal.
España y Colombia han experimentado con principios de esta índo-
49
le. En Colombia, por ejemplo, por medio de la adopción de la reforma
de 2011, la que exigía que la consecución de los derechos sociales sea
consistente con un principio de sustentabilidad fiscal, incluye una me-
dida tendiente a controlar el impacto financiero que podrían provocar
las decisiones judiciales.50 Aunque los resultados de ese experimento
son variados (Roa 2017) y no han estado exentos de críticas (se ha di-
cho, por ejemplo, que el mismo puede dañar la independencia judicial)
los chilenos podrían aprender de la experiencia colombiana y diseñar
una medida eficaz y equilibrada. Y los conservadores en Chile podrían
proponer principios similares como parte de un acuerdo para apoyar la
constitucionalización de un modelo híbrido —legislativo-judicial— de
implementación de derechos sociales.
Los principios exactos que se adopten deberán ser negociados por
los constituyentes. Solo enfatizamos que sería perfectamente posible
que los redactores constitucionales exijan a los legisladores una orien-
tación clara, en base a principios, al implementar el deber de promulgar
una legislación económica reformadora. Ejemplos de principios adicio-
nales que podrían adoptarse son los mencionados en nuestra propuesta
al inicio de este trabajo. Estos incluyen el establecimiento de un nivel
‘mínimo vital’ que debe ser garantizado. La idea de un mínimo central
o vital podría ser útil para determinar un contenido para el nivel de sa-
tisfacción exigido, de otro modo indeterminado, de los derechos socia-
les. Al establecer contenidos mínimos, esta idea podría ayudar a evitar
interpretaciones judiciales maximalistas y a entregar certeza sobre las
protecciones, aunque ello también implica algunos riesgos (ver Young
2008). Podría existir desacuerdo respecto de qué es lo que implica un
mínimo vital o básico, y cuál es el lenguaje más apropiado. Los debates
al respecto en México y Colombia pueden ser tan iluminadores como
confusos. En Chile, a pesar de que el concepto ha sido utilizado para
criticar el sistema de seguridad social (Monteiro 2019), algunos autores

49 Ver la enmienda constitucional española del 27 de septiembre de 2011, la que modificó


el Artículo 135 de la Constitución española.
50 Ver el Acto Legislativo 3 de 2011, el cual modifica el artículo 334 de la Constitución co-

lombiana. La ley 1695, de 2013, estableció un procedimiento específico y la decisión de la


Corte Constitucional limitó la aplicación de la medida.
64 ROSALIND DIXON Y SERGIO VERDUGO / Derechos sociales y reforma constitucional

se mantienen escépticos. Por ejemplo, algunos podrían oponerse a este


lenguaje aduciendo que los derechos sociales deben conectarse con una
idea de ciudadanía democrática e igualitaria (Atria 2020c).
Otros ejemplos de principios rectores que pueden ser incluidos son
un criterio de no-discriminación, la necesidad de tomar en consideración
las necesidades particulares de los pueblos indígenas, la idea de un test
de razonabilidad —el que también podría ser útil para conducir la revi-
sión administrativa de las políticas adoptadas— y un principio de reali-
zación progresiva —que podría ayudar a asegurar que Chile no infrinja el
ICESCR. Si bien podría haber desacuerdo respecto de cómo exactamente
debiera ocurrir esto, existe un amplio acuerdo respecto de que toda
nueva constitución democrática debería hacerse cargo de la historia y de
las demandas particulares de los pueblos indígenas. Precedentes com-
parados, particularmente en Sudáfrica, señalan el valor y la viabilidad de
requerir que los gobiernos adopten políticas que ellos pueden justificar
como razonables de acuerdo, en lo general, a principios o estándares
políticos, y en lo particular, a principios constitucionales.51 El derecho in-
ternacional rechaza la regresión, reconoce el principio de realización pro-
gresiva en la protección de derechos sociales, aunque el mismo principio
no debe ser entendido como un absoluto.52

La revisión judicial débil-fuerte (o la revisión judicial como


respaldo/barrera, backstop)

Cuarto, nos parece que un mandato al legislador debería combinarse


con un mandato explícito de revisión judicial. En algunos contextos
se entiende que los mandatos al legislador tienen una aplicabilidad
puramente política, o que son ‘principios rectores’ de la política estatal
aplicados únicamente por la vía de medios políticos en lugar de legales
(Tushnet 2008). Pero incluso en India, en donde este es nominalmente el
caso, la Corte Suprema ha participado en una amplia variedad de formas

51 Comparar con South Africa v. Grootboom, 2001 (1) SA 46 (Constitutional Court of South
Africa). Para una discusión, ver, por ejemplo, Dixon (2007).
52 Committee on Economic, Social and Cultural Rights, General Comment 3, Note by the

Secretariat, Compilation of General Comments and General Recommendations Adopted by


Human Rights Treaty Bodies, May 27, 2008, UN Doc HRI/GEN/1/Rev9 (Vol. 1), para 9. Ver, por
ejemplo, la discusión en Nolan, Lusiani y Courts (2014).
Estudios Públicos 162 (2021), 31-73 65

de aplicación indirecta de estos principios.53 Y hay varios otros países en


los que las cortes han jugado un rol aún más directo en la aplicación de
estas cláusulas. En Kenia, por ejemplo, ha habido casos recientes en los
que el Parlamento no ha logrado legislar a fin de conseguir la paridad
de género en el poder legislativo dentro del marco de tiempo específico
que entrega la Constitución. Y esto ha conducido a litigios ante la Corte
Suprema de Kenia y a producir órdenes de la misma para que la legisla-
tura adopte acciones que remedien la situación.54
Sin embargo, del establecimiento de una revisión judicial de este
tipo puede ser más o menos explícita en el texto de una constitución.
Nuestra sugerencia es que, en el contexto chileno, la posibilidad de revi-
sión judicial como un respaldo debiera estar señalada de forma explícita.
Esto parece fundamental para asegurar un modelo verdaderamente
híbrido de protección de derechos sociales, en el que los derechos se ha-
gan cumplir por medio de una combinación de mecanismos legislativos
y judiciales.
Además, proponemos que el texto de toda garantía de derechos
sociales vuelva explícita la naturaleza del respaldo de cualquier poder de
revisión judicial de este tipo. En este sentido, la nueva constitución per-
mitiría una forma de lo que uno de nosotros (Dixon) ha denominado re-
visión débil-fuerte. Se trata de una revisión judicial que parte débil, pero
que, frente a la persistente inercia legislativa en curso, se va haciendo
más robusta con el tiempo, y de otro modo se mantendría débil o defe-
rente (Dixon 2019b, en prensa). En otras palabras, es importante distin-
guir entre diferentes tipos de poderes judiciales. Primero, antes del plazo
que tienen quienes diseñan las políticas públicas para implementar las
políticas correspondientes, los jueces tendrán una función modesta: no
se les permitirá invalidar la legislación y solo podrían ordenar medidas
individuales para el cumplimiento de las leyes y políticas existentes, de
existir estas. Segundo, suponiendo que los legisladores aprueben las po-

53 Ver,por ejemplo, Olga Tellis v. Bomba Municipal Corporation, 1985 SCC (3) 545.
54 Advisory Opinion No 2 of 2012, [2012]. Ver Kenyan Women Organisations to Petition
Courts Over the 2/3 Gender Rule, CONSTITUTONNET, Sep. 5, 2016. Disponible en: http://
www.constitutionnet.org/news/kenyanwomen-organisations-petition-courts-over-23-gen-
der-rule. Ver también, National Women’s Steering Committee, Implementing the Constitu-
tional Two-Thirds Principles: The Cost of Representation 12 (May 2015); As Kenya Election
Approaches, Two-Thirds Gender Rule Hangs over Parliament, THE EAST AFRICAN, Abr. 28,
2017. Disponible en: http://www.theeastafrican.co.ke/news/Two-thirds-gender-rule-hangs-
over-Kenyaparliament--/2558-3907756-1t1dumz/index.html.
66 ROSALIND DIXON Y SERGIO VERDUGO / Derechos sociales y reforma constitucional

Tabla 1. COMPONENTES DEL MODELO PROPUESTO

Componente Función Efectos legales Efectos políticos es-


constitucional perados
Mandatos al legis- Exige al legislador la Obligación legal po- Crea un argumento
lador implementación de sitiva sobre el legis- con el que presio-
derechos sociales lador nar a los legislado-
res para alcanzar un
acuerdo
Límites de tiempo Asigna plazos a la Entrega certeza res- Vuelve visible una
obligación impuesta pecto de cuándo se posible infracción,
por la cláusula por debe ejercer la obli- asignando un costo
ley gación legal a la inercia legislati-
va; y/o crea un punto
focal de cooperación,
diseñado para ge-
nerar una respuesta
legislativa.
Principios rectores Exigen la considera- Entrega estándares Incentiva a los legis-
ción de compromi- para evaluar la le- ladores a abogar por
sos sustantivos gislación estatutaria políticas basadas en
creada a tal efecto principios comunes y
razonables
Atribuciones judicia- Instruye medidas Hace efectivos los Guía a los legisla-
les antes del plazo individuales, hace principios rectores dores, protege a los
cumplir las políticas en casos específicos, individuos, denuncia
existentes, identifica haciendo visibles las los puntos sensibles
los puntos de inercia brechas y abordán-
dolas a medida que
estas afectan a indi-
viduos
Revisión judicial si se Vela por la aplica- Identifica y llena los Completa la legisla-
promulga el estatuto ción de la legislación vacíos y puntos cie- ción, incentiva a los
de acuerdo a princi- gos en la legislación, legisladores a perfec-
pios constituciona- explica los principios cionar las leyes, y/o
les, sentencias inter- rectores a suplementar actos
pretativas legislativos
Atribuciones judicia- Instruye medidas in- Efectos temporales Incentiva a los legis-
les si las leyes no son dividuales y estruc- hasta que se dicta la ladores a aprobar
aprobadas después turales legislación leyes.
del plazo dado
Fuente: Elaboración propia.

líticas correspondientes, los jueces no podrán invalidar las leyes ni orde-


nar medidas estructurales, aunque podrán dictar sentencias interpreta-
tivas para llenar los vacíos o los puntos ciegos que identifiquen, además
de hacer cumplir las políticas establecidas. Finalmente, si se mantiene
la inercia legislativa con posterioridad a que se haya alcanzado el plazo
Estudios Públicos 162 (2021), 31-73 67

—es decir, los legisladores no han aprobado las leyes correspondientes


dentro del plazo establecido— se le permitirá a la corte ordenar medidas
individuales y estructurales.
El propósito de este modelo es proporcionar incentivos a los legisla-
dores para que detengan la inercia legislativa. Idealmente, el paso final,
aquel que permite a los jueces instruir medidas estructurales, nunca
debería ser utilizado aunque su existencia es útil para promover la adop-
ción de las leyes correspondientes. Para que este modelo tenga éxito, los
políticos necesitan incentivos para cooperar y legislar, y es por ello que,
como ya planteamos, la estrategia que acompaña esta propuesta, de
revisión del régimen político, podría resultar de utilidad. La Tabla 1 sinte-
tiza los componentes del modelo que proponemos.

4. Conclusiones

Una de las preguntas a las que se enfrentan quienes elaborarán la cons-


titución en Chile es cómo llegar a nuevas y creativas formas de acuerdos
políticos en materia de derechos sociales. Existen experiencias en otros
países que muestran cómo técnicas, por ejemplo los principios rectores,
pueden ser útiles para acomodar visiones divergentes (Khaitan 2018), y
Chile debiera encontrar su propio camino. Una abrumadora mayoría de
chilenos estuvo a favor de reemplazar la Constitución vigente. El proceso
mismo deja en claro que cada norma constitucional nueva debe obtener
un apoyo supramayoritario a fin de que sea aprobada en la convención
constitucional. Esta estructura procedimental crea un claro imperativo
por los acuerdos políticos transversales y multipartidistas. Lo que noso-
tros proponemos en este artículo es cómo se podría conseguir una for-
ma de acuerdo mediante una combinación creativa de la revisión judicial
débil y fuerte, y de un constitucionalismo político-legislativo en el diseño
y aprobación de reformas sociales.
Con todo, un modelo de este tipo resulta bastante complejo. No pro-
porciona derechos individuales inmediatamente exigibles y tiene variados
componentes, los que pueden ser difíciles de comprender para algunos
votantes. Sin embargo, el modelo tiene claros precedentes en otros siste-
mas constitucionales: toma rasgos de su diseño de varios sistemas cons-
titucionales en el mundo, incluidos Alemania y Kenia (Dixon 2019b). In-
cluimos en este artículo, con la misma eficacia, un modelo que combina la
aplicación legislativa con la aplicación judicial débil-fuerte como respaldo.
68 ROSALIND DIXON Y SERGIO VERDUGO / Derechos sociales y reforma constitucional

En este modelo, se demanda que los tribunales y las legislaturas


colaboren para la consecución de los objetivos constitucionales, inclu-
yendo la realización de los derechos sociales constitucionales (Kavanagh
2021). Pero también deja en claro que, en el contexto de reforma econó-
mica, la responsabilidad principal sobre la misma recae en la legislatura,
aunque los tribunales pueden intervenir si la legislatura no toma las
medidas requeridas por la constitución dentro del plazo pertinente y de
conformidad con las orientaciones del caso.
Este es un enfoque nuevo que requiere de acuerdos pragmáticos
que reconozcan los argumentos de peso tanto a favor de la constitucio-
nalización de derechos sociales y de una revisión judicial fuerte como
los de importantes argumentos en Chile contrarios a este enfoque, junto
con una revisión de los acuerdos del régimen político que estimulan la
inercia en áreas clave que se conectan directamente con las demandas
sociales que estuvieron presentes en las masivas protestas de octubre
de 2019. Como ya dijimos, nuestra propuesta es útil, en parte, porque
puede hacer que los constituyentes señalicen un compromiso con la
promoción de soluciones a largo plazo sin por ello utilizar la Constitución
para regular los detalles de las políticas públicas. También es importante
que el compromiso de los constituyentes con la promoción de reformas
sociales no dañe los esfuerzos de los actuales legisladores por continuar
negociando y, de ser posible, aprobar reformas relevantes en impor-
tantes áreas. Más aún, es deseable que el Congreso continúe haciendo
progresos en la agenda social mientras avanza el proceso de elaboración
constitucional, aun cuando se podría decir que es poco probable que
tengan éxito en el logro de acuerdos en todas las áreas sensitivas. Por
ello, es posible que existan brechas y puntos ciegos incluso si los legisla-
dores han conseguido avances en las reformas sociales.

Traducción desde el inglés de Felipe Padilla

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Artículo

¿Condenados a la repetición?
La Habana, Washington, Miami y
Moscú, de la Guerra Fría hasta hoy
Radoslav Yordanov
Harvard University, Estados Unidos

Resumen: Este artículo ofrece una amplia revisión histórica de las san-
ciones económicas aplicadas por Estados Unidos en contra de Cuba,
partiendo por la imposición del embargo parcial al comercio del 19 de
octubre de 1960, continuando con un recuento histórico hasta la ac-
tualidad. Además, se hace una revisión comprehensiva de los variados
debates académicos y políticos que siguieron de cerca los cambios
pos-Guerra Fría en las actitudes y acciones de Estados Unidos hacia su
vecino sureño, y que dan cuenta del pensamiento existente detrás de
los centros de poder ubicados en Washington y Miami con respecto a
las políticas estadounidenses hacia Cuba. El artículo también revisa los
últimos desarrollos identificados, llevados a cabo bajo el presidente
de Cuba Miguel Díaz-Canel, y durante el llamativo retorno de la dura
retórica de la Guerra Fría, la que trasciende los límites del eje Wash-
ington-Miami-La Habana durante los últimos treinta años. Haciendo
referencia a patrones históricos, el artículo concluye que la conjetura
entre las recientes complicaciones de las relaciones EEUU-Cuba y la
ambición de Moscú por reinstalar su posición previa como un factor
internacional inevitable, permitirían a La Habana la oportunidad de
recuperar, una vez más, el dudoso honor de convertirse en uno de los

Radoslav Yordanov es PhD en Historia en la Universidad de Oxford. Actualmente es investi-


gador en Davis Center for Russian and Eurasian Studies, Harvard University. Dirección: 1730
Cambridge Street, 3rd Floor, Cambridge, MA 02138. Email: [email protected].
net.
76 RADOSLAV YORDANOV / ¿Condenados a la repetición?

puntos centrales de la renovada coexistencia competitiva entre Esta-


dos Unidos y Rusia.
Palabras clave: Cuba, Unión Soviética, Rusia, Estados Unidos, Guerra
Fría, sanciones económicas
Recibido: enero 2020 / Aceptado: junio 2020

Doomed to Repetition? Havana, Washington, Miami, and


Moscow, from the Cold War to Today
Abstract: This paper offers a broad historical overview of US economic
sanctions against Cuba, starting with the imposition of the partial
trade embargo on 19 October 1960, taking the story up to the present
day. Additionally, it develops a comprehensive survey of the numer-
ous scholarly and policy debates which closely follow the changes in
United States’ post-Cold War attitudes and actions towards its south-
ern neighbor and which demonstrate the thinking behind centers
of power in Washington and Miami related to US’ Cuba policies. The
paper also glances over the latest developments under Cuba’s new
President Miguel Díaz-Canel and the notable return to the harsh Cold
War rhetoric, which transcends the boundaries of the localized Wash-
ington-Miami-Havana axis of the past thirty years. Referring to historic
patterns, the paper concludes that the conjecture between the recent
complication in the US-Cuba relations and Moscow’s ambition to
reinstate its erstwhile position as an unavoidable international factor
would afford Havana with the opportunity to reclaim once again the
dubious honor of becoming one of the focal points in the renewed
competitive coexistence between the United States and Russia.
Keywords: Cuba, Soviet Union, Russia, United States, Cold War, econom-
ic sanctions
Received: January 2020 / Accepted: June 2020

D urante el siglo XXI, las sanciones económicas internacionales se


han convertido en uno de los instrumentos centrales para la go-
bernanza global, y de modo creciente Washington las ha comenzado a
entender como una forma sencilla y casi instantánea de promover los
intereses de Estados Unidos en el desafiante escenario global pos-Guerra
Fría (Lanvin 1996, 153). En consecuencia, el número de regímenes san-
cionados ha aumentado considerablemente. Si durante la década de
1950 solo cinco países estaban sujetos a sanciones, para el año 2000 casi
cincuenta Estados se encontraban sancionados (Hufbauer et al. 2007,
17). El largo embargo económico impuesto por Estados Unidos contra
Estudios Públicos 162 (2021), 75-103 77

Cuba representa un ejemplo de la persistente creencia de parte de los


políticos en Washington de la utilidad de las sanciones económicas.
Ello, independientemente de la falta de evidencia que dé cuenta de
su efectividad durante su imposición en los últimos sesenta años (Fisk
2000, 65). El embargo de Washington contra Cuba consistentemente ha
demostrado ser fallido en tanto medida coercitiva, ya que el Estado ob-
jeto del mismo ha dado mayor importancia a otras prioridades, distintas
de la prosperidad económica, como la ideología o el nacionalismo. En
cambio, la continua resiliencia por parte de La Habana ha provocado que
Washington lance medidas unilaterales de aplicación extraterritorial de
su legislación nacional. Este enfoque representa un desafío a la igualdad
jurídica de los Estados en las relaciones internacionales y los principios
del respeto de la soberanía nacional y la no-intervención en la política
local de un país extranjero.
Las sanciones de Estados Unidos contra Cuba son únicas en tér-
minos de su larga duración, minuciosidad y sofisticación. Tal como re-
conoce el mismo gobierno estadounidense, “[e]l embargo a Cuba es el
conjunto de sanciones más extensivo que Estados Unidos ha impuesto
sobre otro país” (Lamrani 2013, 13). Si bien el régimen objeto del em-
bargo se ha mantenido intacto desde 1960, las dinámicas detrás de las
políticas hacia Cuba por parte de Washington han cambiado en variadas
ocasiones a lo largo de los años. Como resultado, las sanciones económi-
cas han evolucionado desde una herramienta para generar un cambio
de régimen hacia un instrumento para promover la democracia y fomen-
tar la transición democrática en busca de ejercer presión económica y
aislar a la isla (Badella 2014, 64). Debido a su historial en derechos huma-
nos, las administraciones estadounidenses han retratado por décadas
al régimen cubano como aislado y marginal por parte de la comunidad
internacional. Sin embargo, si bien Washington y sus aliados europeos
parecen tener intereses comunes en Cuba, los segundos han escogido
otros medios para alcanzarlos. Mientras Estados Unidos ha impuesto un
embargo económico estricto y absoluto, la Unión Europea ha buscado
vincularse con Cuba a través de la entrega de ayuda humanitaria y del
desarrollo de vínculos comerciales. Como resultado, parece ser que en
la comunidad internacional se ha asentado la impresión, casi unánime,
de que es Estados Unidos, y no Cuba, el que ha mostrado poco respeto
hacia el derecho internacional y la gobernanza global (Dobson y Marsh
78 RADOSLAV YORDANOV / ¿Condenados a la repetición?

2005, 79; Gordon 2012, 75). Consecuentemente, durante el curso de seis


décadas, la política de sanciones económicas por parte de Estados Uni-
dos hacia Cuba no ha conseguido alcanzar sus objetivos, sino que, cada
vez más, ha logrado hacer ver impotente a Washington en su cometido.
Las políticas emergidas desde la Casa Blanca hacia Cuba establecen,
además, marcados contrastes con sus políticas hacia China y otros países
acusados de violaciones a los derechos humanos, demostrando el doble
estándar de las políticas estadounidense y de su implementación. De
igual forma, los actores antiestadounidenses a lo largo del mundo han
utilizado el embargo de Estados Unidos en contra de su vecino sureño
para exponer la “hipocresía de un súper-poder [que] castiga una peque-
ña isla a la vez que intima con dictadores de otros lugares” (Naim 2009;
Schwab 1999, 17).
Con posterioridad al deshielo iniciado por el presidente Obama y
el líder cubano Raúl Castro en 2014, durante la presidencia de Trump
ha existido un considerable deterioro de las relaciones EEUU-Cuba. Por
ello, este artículo ofrece una amplia revisión histórica de las sanciones
económicas aplicadas por Estados Unidos en contra de Cuba, partiendo
por la imposición del embargo de comercio parcial ocurrida el 19 de
octubre de 1960, presentando un recuento histórico hasta la actualidad.
También utiliza un amplio rango de fuentes primarias referentes a la aco-
metida del bloque soviético para ayudar a Cuba en contra del punitivo
movimiento económico de Estados Unidos, lo que fue instrumental para
permitir y prolongar el desafiante posicionamiento de Cuba en contra de
su poderoso adversario, muy en la línea de que, en la era pos-Guerra Fría,
Europa occidental, América Latina y China intervinieron para reemplazar
las conexiones comerciales y de ayuda del bloque socialista que se ha-
bían perdido. Además, proporciona una revisión comprehensiva de los
variados debates académicos y políticos que siguieron de cerca los cam-
bios, pos-Guerra Fría, en las actitudes y acciones de Estados Unidos hacia
su vecino del sur, lo que demuestra el pensamiento existente detrás de
los centros de poder de Washington y Miami. Por último, revisa los últi-
mos desarrollos identificados, llevados a cabo bajo el nuevo presidente
de Cuba Díaz-Canel y el retorno de la áspera retórica de la Guerra Fría, la
cual trasciende la tensión a lo largo del eje Washington-Miami-Cuba de
los últimos treinta años, permitiendo a La Habana recuperar la dudosa
reputación de convertirse, una vez más, en un punto de atención de la
Estudios Públicos 162 (2021), 75-103 79

renovada y competitiva coexistencia entre Estados Unidos y Rusia. Fi-


nalmente, al revisar los últimos endurecimientos del embargo a Cuba, y
siguiendo el trazado de la compleja historia del régimen de sanciones de
Estados Unidos contra la nación caribeña, este artículo busca entender
por qué los políticos conservadores en Estados Unidos, quienes dirigen
la política de la Casa Blanca hacia Cuba, no han logrado aprender de las
numerosas e importantes lecciones históricas del último medio siglo y
continúan utilizando en la política internacional una herramienta coac-
tiva cuya efectividad ha sido comprometida en los últimos sesenta años.
Con ello, el artículo busca revigorizar discusiones prácticas y teóricas
para la formulación de políticas internacionales extraterritoriales unilate-
rales, particularmente en un momento de reconfiguraciones geopolíticas
sísmicas y de la erosión de variados regímenes democráticos que obser-
vamos en la actualidad.
En la sección inicial, trazamos la evolución del embargo comercial
de Estados Unidos contra Cuba desde su inicio hasta el final de la Guerra
Fría. A continuación, analizamos los cambios en la política exterior esta-
dounidense en el mundo de la pos-Guerra Fría y presentamos la Funda-
ción Nacional Cubano-Americana. La siguiente sección aborda las políti-
cas dinámicamente cambiantes hacia la isla bajo las administraciones de
Clinton, Obama y Trump. Luego, esbozamos las respuestas de reforma
de Cuba a la dinámica fluctuante del embargo estadounidense bajo Raúl
Castro y Miguel Díaz-Canel, y, finalmente, analizamos el resurgimiento de
las relaciones cubano-rusas tras el nuevo endurecimiento del embargo
estadounidense en junio de 2019. En la Adenda, señalamos los efectos
inmediatos de la pandemia del coronavirus en la isla y su impulso sin
precedentes de las reformas económicas internas.

1. Guerra Fría, océanos cálidos

Con anterioridad a la Revolución cubana, el 70% del intercambio co-


mercial de la isla era con Estados Unidos, de modo que, al momento
del ascenso de Castro al poder, las principales ramas de la economía del
país dependían totalmente de equipamiento estadounidense (CGED/
MINREX 1981, 4). Seguido de la modesta apertura de las relaciones co-
merciales con Unión Soviética en 1959 y principios de 1960, la situación
experimentó un marcado cambio producto de la severa guerra econó-
80 RADOSLAV YORDANOV / ¿Condenados a la repetición?

mica que estalló entre Cuba y Estados Unidos el verano de 1960. Los
esfuerzos para convertir la economía cubana en una economía socialista
requerían de parte de Unión Soviética de asistencia moral, política y, es-
pecialmente, económica (AJ 1960, 3). A su vez, las relaciones con Estados
Unidos empeoraron dramáticamente. El 2 de enero de 1961, Cuba exigió
a Washington reducir su personal diplomático en Cuba a once. Al día si-
guiente, y luego de consultarlo con el presidente electo John F. Kennedy,
el presidente Dwight D. Eisenhower rompió las relaciones diplomáticas
con Cuba (Yaffe 2009, 28; Martínez-Fernández 2014, 70-71).
En la sección inicial, trazamos la evolución del embargo comercial
de Estados Unidos contra Cuba desde su inicio hasta el final de la Guerra
Fría. A continuación, analizamos los cambios en la política exterior esta-
dounidense en el mundo de la pos-Guerra Fría y presentamos la Funda-
ción Nacional Cubano-Americana. La siguiente sección aborda las políti-
cas dinámicamente cambiantes hacia la isla bajo las administraciones de
Clinton, Obama y Trump. Luego, esbozamos las respuestas de reforma
de Cuba a la dinámica fluctuante del embargo estadounidense bajo Raúl
Castro y Miguel Díaz-Canel, y, finalmente, analizamos el resurgimiento de
las relaciones cubano-rusas tras el nuevo endurecimiento del embargo
estadounidense en junio de 2019. En la Adenda, señalamos los efectos
inmediatos de la pandemia del coronavirus en la isla y su impulso sin
precedentes de las reformas económicas internas.
Más que el azúcar cubana, el principal motivo que impulsó a Wash-
ington a emprender acciones económicas en contra de la isla fue el pe-
tróleo soviético (Huberman y Sweezy 1969, 68-69; LeoGrande y Kornbluh
2014, 36). Como parte del acuerdo comercial firmado en febrero de 1960
por el viceprimer ministro soviético Anastas Mikoyan y Fidel Castro, los
soviéticos vendían a Cuba petróleo a cambio de azúcar. Como observó la
CIA, Unión Soviética cambió algunos de sus compromisos de larga data
con Estados no-socialistas a fin de liberar buques petroleros para pro-
veer a Cuba de las cantidades que necesitara (CIA 1960, 1). En respuesta,
después del arribo del primer buque petrolero a Cuba el 19 de abril de
1960, el 3 de julio el Congreso autorizó al gobierno estadounidense a
cortar la cuota de azúcar de Cuba. Dos días después, el Consejo de Mi-
nistros de Cuba anunciaba que las operaciones industriales, banqueras y
comerciales estadounidenses en Cuba serían expropiadas, compensando
a los propietarios a largo plazo con bonos del gobierno en pesos. Al día
Estudios Públicos 162 (2021), 75-103 81

siguiente, el presidente Eisenhower presentó las sanciones económicas


en contra de Cuba, cancelando las restantes 700 mil toneladas de impor-
taciones de azúcar de la cuota de 1960. Moscú respondió rápidamente y
el 20 de julio ofreció comprar el azúcar que Washington había rechazado
adquirir. En respuesta, los cubanos confiscaron los tres más grandes mo-
linos de azúcar estadounidenses de la isla, extendiendo las crecientes
tensiones con su vecino del norte.
Para finales de julio, el Instituto Nacional de Reforma Agraria de
Cuba (INRA) ya había tomado millones de acres de tierra y, sin dema-
siada fanfarria, Che Guevara anunciaba que la Revolución cubana era
‘marxista’ (LeoGrande y Kornbluh 2014, 36; Coltman 2003, 172-173).
El 17 de septiembre, tres bancos estadounidenses junto a sus ramas
y dependencias fueron confiscados. Estados Unidos respondió a esto
el 19 de octubre con un embargo parcial al comercio, lo que impuso
altos costos económicos para el pueblo cubano. Días después, Cuba
respondía confiscando los restantes 166 negocios de propiedad esta-
dounidense. Las nacionalizaciones de septiembre y octubre de 1960
transfirieron a manos del Estado todos los molinos de azúcar, el 83,6%
de la industria, el 42,5% de la tierra y la mayor parte del comercio, los
bancos y las redes de comunicación. Según el Ministerio de Comercio
Exterior cubano (MINCEX), la nacionalización de los principales medios
de producción industrial y bancarios junto a los cambios en el agro, eli-
minaron el dominio económico estadounidense y sirvieron como base
económica para el nuevo régimen y sus reformas socialistas (CGED/
MINREX 1981, 5). Estos cambios abrieron también camino para el apo-
yo por parte de los Estados socialistas de Europa del Este, como reco-
mendaba el reporte de un ministro de Relaciones Exteriores húngaro
(MNL 1960, 1).
La imposición del embargo estadounidense vino, en este sentido,
a fortalecer la legitimidad de Castro y acercó a Cuba aún más al bloque
soviético. En el análisis del ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, el
“bloqueo criminal” impuesto por Estados Unidos forzaba a La Habana a
buscar nuevos mercados para sus productos y nuevas fuentes de abas-
tecimiento. Al mismo tiempo, guiada por los principios del “internacio-
nalismo proletario”, Unión Soviética y el resto de los Estados socialistas
ofrecían a Cuba su “fraternal y desinteresada ayuda” (CGED/MINREX 1981,
4). Como una década más tarde haría ver uno de los especialistas econó-
82 RADOSLAV YORDANOV / ¿Condenados a la repetición?

micos más reputados del nuevo régimen, Carlos Rafael Rodríguez, el ‘blo-
queo económico’ sirvió, en última instancia, para orientar la economía de
la isla hacia el eje socialista; el país se dedicaba a sobrevivir heroicamente
en contra de los “brutales actos del imperialismo estadounidense en los
ámbitos económico, militar y político” (CGED/MINREX 1972, 4-5). Según
análisis polacos, al no querer aceptar la trayectoria independiente del
desarrollo de Cuba, Estados Unidos tendió a imponer su voluntad a
través del ‘bloqueo’ y la fuerza, en “flagrante violación de la Carta de las
Naciones Unidas”, la que es la base de la coexistencia pacífica entre los
pueblos (CGED/MINREX 1962, 1). La presión económica de Washington
sobre Cuba permitió que la nación caribeña se hiciese más cercana a los
Estados socialistas. A pesar del embargo y de la proximidad de Estados
Unidos, el apoyo de los Estados socialistas ayudó a Cuba a construir una
nueva forma de vida para sus ciudadanos y sirvió de ejemplo para la lu-
cha por la liberación nacional de los países latinoamericanos. El embargo
estadounidense también contribuyó a la creación de “un concepto de so-
cialismo romántico y utópico” en Cuba. Se esperaba que Cuba creara un
“tipo ideal de socialismo”, desarrollado bajo las condiciones de “lo que en
la práctica [era] un bloqueo de tiempos de guerra”. Según un reporte yu-
goslavo, el socialismo cubano adoptó algunos rasgos del “comunismo de
guerra”, ya que se tenía que defender a sí mismo de la presión de Estados
Unidos y superar el aislamiento latinoamericano (AJ 1974, 1-2).
A mediados de la década de 1970, sin embargo, el potencial para
mitigar el embargo terminó por aumentar la presión hemisférica en
contra de Estados Unidos, lo que culminó en la decisión por parte de
otros miembros de la Organización de Estados Americanos (OEA) de
levantar sus sanciones contra Cuba el 29 de julio de 1975. En agosto de
1974, Henry Kissinger, consejero de Seguridad Nacional, recomendó al
presidente Gerald Ford que la Casa Blanca debería “aflojar” el embargo
si no quería “aislarse a sí mismo”, en tanto “el aislamiento de Cuba en
el hemisferio se estaba acabando rápidamente” (Schoultz 2009, 262).
Para ese entonces, La Habana se encontraba firmando nuevos acuerdos
comerciales con cuatro de los más grandes aliados de Estados Unidos
en la OTAN —España, Francia, Canadá y Gran Bretaña (Schoultz 2009,
262). De modo similar, Robert M. Gates, director adjunto en Inteligencia
de la CIA, reconocía que parte de los impactos iniciales del embargo se
erosionaron a medida que las relaciones comerciales de Cuba se fueron
Estudios Públicos 162 (2021), 75-103 83

estabilizando, con más de cuatro-quintos del comercio cubano pasando


a través del bloque soviético. En conjunto con Europa del Este y Japón,
Unión Soviética y los Estados de Europa del Este se volvieron cada vez
más efectivos en la provisión a Cuba de equipamiento industrial moder-
no. Asimismo, la mayor parte de los Estados latinoamericanos retomó
sus relaciones políticas y económicas con Cuba (CIA 1986, 6). “El muro
que Estados Unidos intentó construir en torno a Cuba se ha derrumba-
do”, expresaba el senador Frank Church, a la vez que el gobierno cubano
mantenía relaciones comerciales y diplomáticas regulares con 86 países.
La economía de Cuba no colapsó bajo el embargo. Al contrario, Castro
había consolidado su posición, tanto local como internacionalmente,
como un ‘líder reconocido’. La oposición americana “lo había catapultado
a una prominencia legendaria, como el David que se enfrentaba al pode-
roso Goliat” (CIA 1977, 5-8).
En agosto de 1975, el presidente Ford levantó el embargo sobre
el comercio con Cuba de parte de las filiales corporativas estadouni-
denses en el extranjero. Más tarde, el presidente levantó la prohibición
de viajes desde Estados Unidos hacia Cuba y detuvo los sobrevuelos
de aviones estadounidenses de vigilancia, estableciendo así las bases
para mejorar las relaciones bilaterales. Sin embargo, en marzo de 1975,
Fidel Castro decía al diario Izvestiya que, a pesar del interés económico
de Cuba en levantar el ‘bloqueo’, La Habana no estaba lista para hacer
concesiones políticas a Washington (CSDB 1975a). La opinión de Castro
era que el levantamiento beneficiaría primariamente a Estados Unidos.
La Casa Blanca probablemente levantaría “la inmoral e injusta medida,
poco a poco”, de lo cual se beneficiaría “desde un punto de vista moral y
financiero” (CSDB 1975b). Él reconocía que Cuba “no tenía apuro” y que,
aunque el “bloqueo” era dañino para el país, este podía esperar por otros
“diez o veinte años” (CIA 1974, 7). Para el líder cubano, si bien el levanta-
miento del embargo era importante, no era más que un gesto amistoso.
En palabras de Fidel, para Cuba estaba fuera de la cuestión escoger entre
el levantamiento del “bloqueo” y la continuación del comercio cubano
con la Unión Soviética, a pesar de que la calidad de sus mercancías fuese
inferior a las de Estados Unidos (Levine 2001, 100; CGED/MINREX 1984,
4). Con todo, desde mediados de la década de 1980 en adelante, las rela-
ciones económicas de Cuba con Unión Soviética y con todos los Estados
europeos miembros del Consejo de Asistencia Económica Mutua (CMEA,
84 RADOSLAV YORDANOV / ¿Condenados a la repetición?

por su sigla en inglés) se comenzaron a deteriorar debido a las convulsio-


nes políticas internas y externas en el bloque socialista. Aunque el CMEA
no fue formalmente disuelto hasta 1991, ya para 1989 sus naciones
miembros de Europa del Este, a pesar de su cercana relación productiva
con Cuba, habían reducido su comercio con La Habana, con un gran cos-
to para la isla. Para intentar compensar las deterioradas relaciones con el
este, Cuba buscó desarrollar sus relaciones con los Estados capitalistas
desarrollados en un intento por expandir su espacio de maniobra políti-
ca internacional y socavar el ‘bloqueo’ económico estadounidense (PAAA
1989, 10). A pesar de esto, un crítico reporte polaco de febrero de 1990
predecía que las convulsiones políticas dentro de la CMEA causarían el
colapso de la economía cubana en pocos meses (IPN 1990, 1). Aunque
esta no colapsó, la contracción que sufrió la economía cubana producto
de la pérdida de acceso al bloque soviético la llevó a una de las crisis eco-
nómicas más profundas en su historia reciente. Mientras que su vecino
del norte veía esto como una oportunidad para incrementar su presión
sobre la isla caribeña.

2. Entra la Fundación Nacional Cubano-Americana (FNCA)

La tensa relación entre La Habana y Washington se extendió más allá de


la Guerra Fría entre Estados Unidos y Unión Soviética (Pérez-Stable 2011,
1; Nieto 1999). Las dinámicas entre el poder global y su mucho más débil
vecino anteceden a la Guerra Fría. Ya a fines del siglo XIX, los legítimos
intereses nacionales de sus vecinos más pequeños, como Cuba, eran ra-
ramente considerados por Estados Unidos. No obstante, la nación isleña
esperaba desarrollar relaciones con la Casa Blanca en igualdad de con-
diciones. En consecuencia, Estados Unidos y Cuba nunca consiguieron
desarrollar relaciones normales y amistosas. Washington siempre ha in-
tentado prevenir que sus rivales extranjeros se establezcan en su vecino
caribeño, tomando medidas a través de las cuales traducir su objetivo
a la práctica política. El conflicto entre estas dos hebras en la política
exterior estadounidense hacia Cuba encontró expresión en dos enmien-
das aprobadas por el Congreso dentro de tres años entre sí. En 1989, la
Enmienda de Teller a la Declaración de Guerra contra España ratificó la
intención estadounidense de anexar Cuba. Sin embargo, la Enmienda
de Platt, de 1901, garantizó a Washington el derecho a intervenir en los
Estudios Públicos 162 (2021), 75-103 85

asuntos internos de Cuba a fin de proteger las vidas y la propiedad, y de


preservar la independencia de La Habana (Pastor 1994, 22). A fines del
siglo XX, como en el siglo anterior, Estados Unidos consideró viable exi-
gir su derecho a establecer los límites del régimen político local que se
toleraría en Cuba. Por tanto, una explicación, fuertemente asentada en el
redescubrimiento de temas históricos en la política regional de Estados
Unidos, proporciona una explicación parcial de los cambios en el com-
portamiento pos-Guerra Fría por parte de Washington con sus vecinos
cercanos, en particular con Cuba (Domínguez 1997, 58-60).
El mundo de pos-Guerra Fría cambió también el carácter de las
prioridades de la política exterior estadounidense y afectó la relación
entre Washington y Cuba. El poder ejecutivo se fragmentó y el Congreso
emergió más comprometido, y también más expuesto, a fuerzas políticas
de la política exterior que se volvieron más diversas y complejas. El inter-
cambio, el comercio, las finanzas y la economía asumieron un rol mucho
más independiente en la política exterior estadounidense de la que
habían tenido en los años de la Guerra Fría (Haney y Vanderbush 2005,
8; Rockman 1997, 36). El fracturado escenario político que rodeaba las re-
laciones entre Washington y La Habana luego del fin de la Guerra Fría si-
guió los cambios más generales en la política exterior estadounidense, y
que tuvieron lugar con posterioridad al colapso de Unión Soviética. Estos
no solo afectaron los intereses de Washington en un mundo multipolar,
sino que también el rol de los intereses económicos y étnicos dentro de
la política doméstica estadounidense. En última instancia, las realidades
internacionales pos-Guerra Fría tuvieron efectos contradictorios sobre
Washington y La Habana. Mientras la Casa Blanca veía el fin de la Guerra
Fría como una oportunidad para incrementar su presión sobre la Revolu-
ción cubana, privada ahora del auspicio de Unión Soviética, Cuba era in-
capaz de continuar su política exterior de largo alcance y exportadora de
la revolución. Como resultado, sus líderes reorientaron las políticas exte-
riores económicas de Cuba hacia América Latina y Europa, construyendo
vínculos amistosos con los que previamente habían sido sus rivales.
Con el fin de la Guerra Fría, las relaciones estadounidenses con Cuba
se convirtieron tanto en un problema de política exterior económica
como en uno de seguridad nacional. En mayo de 1998, un reporte ema-
nado de la Agencia de Inteligencia de Defensa estadounidense concluía
que “Cuba no representa una amenaza militar significativa para EEUU y
86 RADOSLAV YORDANOV / ¿Condenados a la repetición?

otros países en la región”. El reporte declaraba que las fuerzas militares


de Cuba eran “residuales” y “esencialmente defensivas en naturaleza” (DIA
1998). A pesar de esta conclusión, los generalistas de la política exterior
siguieron apuntando a la importancia de Cuba, independientemente
de su pequeño tamaño y de su carencia de poderío económico y militar.
En tanto tópico de política exterior, Cuba tocaba un amplio espectro de
intereses nacionales estadounidenses clave, incluyendo la inmigración y
la seguridad limítrofe de Estados Unidos. Una nueva oleada de migración
sin control desde Cuba tendría efectos negativos sobre Florida. Además,
la isla seguía manteniendo una ubicación estratégica importante en la
cuenca del Caribe al supervisar líneas marítimas de comunicación crucia-
les. Una Habana inestable podía convertirse en una nueva y contagiosa
fuente de volatilidad en el patio trasero de Washington, ya fuera en la
forma de emigración cubana o de intrusiones antigubernamentales en
Cuba desde las islas a su alrededor y Florida (Huntington 1997, 40-42;
Muravchik 1992, xiii; LeoGrande 1998, 67).
Debido a la borrosa línea divisora entre la política exterior e interior
y a un Congreso y a grupos de interés más comprometidos (Haass 1997,
114), la teoría de Robert Putnam (1988) de la negociación internacional
(theory of international bargaining) como un juego en dos niveles, ofrece
una explicación adecuada de los cambios en la conducta de la política
exterior estadounidense pos-Guerra Fría en relación a Cuba (LeoGrande
1998, 67). Para finales de la Guerra Fría, a través de una serie de cana-
les institucionales, los cubano-estadounidenses habían alcanzado una
importante influencia dentro del establishment político de Estados Uni-
dos (Kaplowitz 1998, 206). A partir de la década de 1980, el embargo
estadounidense sobre Cuba se había convertido, mayormente, en una
herramienta de política interior, más utilizada para satisfacer el ‘potente
y en ocasiones temible’ (Castro 1997, 101-102) lobby cubano que para
producir un verdadero cambio político en Cuba. De ser un mero instru-
mento político de Estados Unidos en los años sesenta, los exiliados cuba-
nos en Miami, y en menor medida en New Jersey, comenzaron a ayudar
a dar forma a la política de Washington con Cuba a partir de los ochenta).
El veterano de la CIA Richard V. Allen, entonces asesor de Seguridad
Nacional del presidente Reagan, tuvo la idea de que los cubanos en Es-
tados Unidos podían organizarse de modo efectivo a fin de promover los
agresivos planes de la Casa Blanca para América Latina. Esto proveyó de
Estudios Públicos 162 (2021), 75-103 87

un ímpetu para la creación de la Fundación Nacional Cubano-Americana


(FNCA) (Chardy 1997, A-11). En Miami, su fundador, Jorge Mas Canosa,
justificaba su origen citando la necesidad “de sacar la lucha más de la
Calle Ocho y el Miami Stadium […] y llevarla al centro del poder” (Fonzi
1993, 121). En Washington, Allen afirmaba que la FNCA y las políticas de
Reagan respecto de Cuba habían producido la necesaria unión de la polí-
tica y las medidas políticas en un momento en que la administración pre-
sidencial buscaba el apoyo de grupos bien organizados para presionar al
Congreso, controlado por los demócratas, y al público. Como resultado,
Reagan transfirió las políticas para Cuba desde la Casa Blanca a la Funda-
ción Nacional Cubano-Americana en Miami (Landau 2009).
La comunidad cubano-americana nunca fue tan uniforme como la
FNCA afirmaba que era, y en la década de 1990 aparecieron importantes
divisiones cuando el colapso de la Unión Soviética engendró una ca-
tástrofe humanitaria en Cuba. La FNCA cometió el mismo error de otras
comunidades de exiliados al sobreestimar su importancia y la relevancia
del embargo en la vida en Cuba, a la vez que subestimaban el interés de
los cubanos que vivían en la isla. Una de las debilidades más serias era la
preocupación de los emigrados por la reunificación familiar, lo que dio
a La Habana una potente arma en contra de Washington (Vanderbush
2009, 303; Skoug Jr 1996, 210). Dentro de los círculos del exilio cubano, la
influencia de los cubano-americanos conservadores declinó rápidamen-
te, mientras que la voz de los opositores al embargo seguía creciendo,
impulsada por la comunidad de negocios, granjeros, grupos religiosos y
la generación más joven de cubano-americanos (LeoGrande 2019, 8-9).
Como resultado, el año 2000, el Congreso aprobó un modesto aligera-
miento del embargo a través del Acta de Reforma a las Sanciones Comer-
ciales y Mejoramiento de la Exportación, la que permitía ventas, solo en
efectivo, de productos agrícolas estadounidenses y de suministros médi-
cos para Cuba. Debido a que los inmigrantes cubanos recientes tenían la-
zos familiares más fuertes, ellos respondieron a la apertura aumentando
la ayuda en especies y en remesas de dinero para sus familias. Aunque
los cubanos que llegaron a Estados Unidos después de 1980 podían ha-
ber rechazado las políticas de La Habana, al igual que lo hacían los que
alcanzaron las costas de Florida en los años sesenta, estos anteponían
el bienestar de sus familias en la creencia de que las políticas sanciona-
torias de Washington en contra de La Habana resultaban más dañinas
88 RADOSLAV YORDANOV / ¿Condenados a la repetición?

para sus familias que para el gobierno (Diaz-Briquets y Perez-Lopez 1997,


417). Si alguna vez fue vista como una prerrogativa exclusiva de la pre-
sidencia, las relaciones de Washington con La Habana adquirieron una
dimensión extra, en la cual la diáspora cubano-americana del sur de Flo-
rida y New Jersey vino a jugar un rol instrumental en el complejo cálculo
que yacía detrás de la política estadounidense en relación a Cuba.

3. De Clinton a Trump

Con el colapso de la Unión Soviética en 1991, Cuba perdió a su socio co-


mercial y proveedor financiero número uno. Las calamitosas condiciones
en Cuba durante el denominado período especial, llevó a varios en Wash-
ington y Miami a la conclusión de que era el momento adecuado para
dar el golpe de gracia al batallador gobierno cubano. Estados Unidos bus-
có aplicar presión directa al pueblo cubano a fin de generar descontento
popular en contra del régimen. Al no caer Fidel, el Congreso endureció
aún más las sanciones en 1992, aprobando el Acta de la Democracia Cu-
bana (CDA, por su sigla en inglés), la que prohibía a subsidiarias de com-
pañías estadounidenses ubicadas en el extranjero comerciar con Cuba y
reintroducía provisiones de embargo que habían sido revocadas por la
administración de Ford en 1975 en relación con el transporte de bienes
y el comercio de filiales estadounidenses en ultramar con Cuba (Petras y
Morley 1996, 269). A mediados de octubre de 1992, el autor del proyecto,
el congresista Robert Torricelli (demócrata por New Jersey), según infor-
mes, dijo en una reunión sobre Cuba en la Universidad de Georgetown
que quería “causar estragos en la isla” (Bardach 1994, 271). Una vez que el
proyecto se convirtió en ley, el secretario de Estado Warren Christopher
llamó a la CDA “uno de los más severos conjuntos de sanciones alguna
vez presente en los libros” (Petras y Morley 1996, 271).
A pesar de su severidad, el proyecto de Torricelli fue seguido por
un conjunto aún más riguroso de normas legislativas en contra de
Cuba. El 24 de febrero de 1996, un avión de guerra cubano MiG-29
derribó dos aviones civiles pertenecientes al grupo cubano-americano
de exiliados Hermanos al Rescate, los que según La Habana estaban
violando su espacio aéreo. Hasta el derribo de los aviones, el presidente
Clinton parecía haber resistido exitosamente los intentos del Congreso
por endurecer la política del embargo a Cuba. Sin embargo, el 5 de mar-
Estudios Públicos 162 (2021), 75-103 89

zo, el Senado aprobó la Cuban Liberty and Democratic Solidarity Act


(Ley Libertad), proyecto también conocido como ‘Ley Helms-Burton’,
llamada así por el nombre de sus promotores: el senador Jesse Helms
(republicano por Carolina del Norte) y el representante Dan Burton (re-
publicano por Indiana). La ley ordenaba al ejecutivo imponer sanciones
extraterritoriales sobre empresas extranjeras e individuos que estuvie-
ran implicados en acuerdos de negocios que involucraran propiedades
confiscadas a estadounidenses por el gobierno cubano. Aunque la
fiscal general Janet Reno aconsejó a Clinton vetar la ley, en tanto esta
quebrantaba las prerrogativas constitucionales presidenciales (Brenner
et al. 2015, 26), prevalecieron los consejeros políticos de la Casa Blanca,
más preocupados por el efecto que el potencial veto tendría en la re-
elección del presidente. El 12 de marzo, Clinton firmó la Cuban Liberty
and Democratic Solidarity Act, la que implicaba variados esfuerzos por
desestabilizar al régimen revolucionario en Cuba.
En última instancia, la política de Clinton hacia Cuba dejó a Estados
Unidos más aislado que nunca. Un ‘triunfo de la política [politics] por so-
bre las políticas [policy]’, la Ley Helms-Burton era, básicamente, un inten-
to por internacionalizar el embargo. Como tal, esta no hirió en sí mismo
al régimen de Castro, sino que a algunos de los más cercanos aliados co-
merciales de Washington. Los aliados clave no solo se rehusaron a apo-
yar el alcance global de las leyes nacionales estadounidenses, sino que
respondieron activamente con medidas locales de contrapeso (Morley y
McGillion 2002, 182; Petras y Morley 1996, 272). El 26 de agosto de 1996,
los restantes 34 miembros de la OEA aprobaron una resolución según la
cual la Ley Helms-Burton ‘no se ajusta al derecho internacional’. El 1 de
octubre, el Congreso mexicano aprobó por aplastante mayoría una ley
‘antídoto’ a la Ley Libertad, la que imponía multas de hasta $301.000 USD
a las compañías mexicanas que acataran la legislación estadounidense.
A fines de octubre, el Consejo de Ministros de la UE votó una legislación
antiboicot, prohibiendo acatar la Ley Helms-Burton. Un mes más tarde,
el Parlamento canadiense aprobó una legislación que penalizaba a las
compañías que obedecieran la ley estadounidense. La reacción interna-
cional al carácter extraterritorial de la ley demostró que en el comercio,
en donde la globalización opera de modo distinto que en los campos
político y militar, Estados Unidos no era omnipotente (Sanchez 2003,
353; Martínez 1997, 291).
90 RADOSLAV YORDANOV / ¿Condenados a la repetición?

El 4 de noviembre de 2008, el presidente Barack Obama ganó en


Florida sin los votos de los cubano-americanos más duros (Sweig 2008,
241). De modo similar, cuatro años más tarde ganó casi la mitad del voto
cubano-americano en Florida, lo que lo hizo más adecuado que cual-
quiera de sus predecesores para comenzar a evaluar un fin al embargo
(Sweig y Bustamante 2013, 112). A diferencia del presidente George W.
Bush, cuyas políticas hacia Cuba apuntaban casi por completo a atraer
a los exiliados anticastristas del sur de Florida, el objetivo final de la po-
lítica de Obama era la democracia hecha en Cuba por el pueblo cubano,
según su propio diseño, y no una democracia exportada desde Washing-
ton o Miami (Erikson 2011, 101). Al otro lado del estrecho de Florida, en
repetidas ocasiones, Raúl Castro dejó en claro que Cuba estaba dispuesta
a negociar con Estados Unidos todos los asuntos de interés. Sin embar-
go, en un discurso frente a la Asamblea Nacional de Poder Popular, en di-
ciembre de 2009, él insistía en que la vinculación con Estados Unidos se
tenía que “basar en un diálogo respetuoso entre iguales, sobre cualquier
tema, sin prejuicios hacia nuestra independencia, soberanía y autodeter-
minación” (Brenner y Castro Mariño 2015, 279).
El acercamiento entre Washington y La Habana culminó en el des-
congelamiento iniciado por el presidente Obama y su contraparte cuba-
na el 17 de diciembre de 2014, lo que representó el cambio más grande
en la política hacia Cuba desde la presidencia de Carter. Con ello, el pre-
sidente estadounidense iniciaba una nueva era en las relaciones EEUU-
Cuba, la que podía ser considerada como el comienzo de un largo cami-
no hacia la ‘normalización’. El plan de Obama contemplaba la reapertura
de la embajada estadounidense en La Habana, una mayor relajación de
los viajes y las remesas a Cuba, y la oposición al Congreso respecto de las
últimas legislaciones sobre el embargo. “En Cuba, estamos acabando con
una política que se ha extendido más allá de su fecha de vencimiento”,
decía Obama en su discurso del Estado de la Unión de 2015. A principios
de 2016, emprendió otro importante paso al visitar La Habana, siendo el
primer viaje a Cuba por un presidente estadounidense en ejercicio desde
Calvin Coolidge en 1928 (LeoGrande 2015, 939). Sin embargo, el acerca-
miento enfrentó una férrea oposición por parte de elementos de línea
dura entre los cubano-americanos. Según el senador Marco Rubio (repu-
blicano por Florida), “[a]paciguar a los hermanos Castro solo causará que
otros tiranos, desde Caracas a Teherán y Pyongyang, vean que pueden
Estudios Públicos 162 (2021), 75-103 91

sacar ventajas de la ingenuidad del presidente Obama durante sus últi-


mos dos años en el cargo” (Jaffe y Labott 2014).
Desde su toma de posesión en enero del 2017, el presidente Trump
ha ido gradualmente dando un importante giro al curso de su predece-
sor. Desde que Obama emprendió los cambios para restaurar las relacio-
nes con la nación isleña en diciembre de 2014, el tono de las relaciones
EEUU-Cuba ha empeorado, aumentando el apoyo al embargo. Impulsa-
dos por viejos cubano-americanos y por aquellos que llegaron a Estados
Unidos con posterioridad a 1980, la comunidad cubano-americana se
encuentra “dividida respecto del embargo, mientras que aún desea man-
tener, e incluso expandir, las relaciones de negocios establecidas como
resultado de las iniciativas de Obama”, decía el profesor Guillermo Grei-
ner de la Universidad Internacional de Florida al comentar los recientes
cambios en las percepciones de la comunidad (Ellis 2019). Las políticas
de Trump hacia la isla adquirieron un tono cada vez más hostil, menos
motivado por razones ideológicas que por un deseo de atraer el apoyo
por parte de la considerable, y predominantemente conservadora, po-
blación cubano-americana y a expensas de los intereses nacionales de
Estados Unidos (Huddleston 2019, 286). El 16 de junio de 2017, la Casa
Blanca emitió un Memorandum Presidencial de Seguridad Nacional, el
que buscaba “promover un país estable, próspero y libre para el pueblo
cubano” (NSPM 2017), prohibiendo el comercio con negocios propiedad
del Ejército y los servicios de seguridad cubanos e impidiendo los viajes
a la isla. Como resultado, el espíritu de la tentativa de buena voluntad
establecida luego de que Barack Obama y Raúl Castro retomaran las
relaciones diplomáticas, se evaporó casi por completo (Anderson 2019).
Meses más tarde, para empeorar las cosas, la administración de Trump
anunció que retiraría a dos tercios de su personal en la embajada de
La Habana luego de que varios diplomáticos estadounidenses y cana-
dienses sufrieran de pérdida auditiva y el deterioro cognitivo, lo que se
creía que había sido causado por dispositivos auditivos instalados en la
embajada. La Habana inmediatamente negó cualquier involucramiento,
instando a Washington a no cortar los vínculos diplomáticos.
La hostilidad se hizo aún más patente en abril de 2018, cuando
Trump nombró al conservador John Bolton como cabeza del Consejo de
Seguridad Nacional. Esto fue seguido por el nombramiento, en septiem-
bre, del lobbista cubano-americano de derecha Mauricio Claver-Carone,
92 RADOSLAV YORDANOV / ¿Condenados a la repetición?

para que dirigiera la Oficina de Asuntos del Hemisferio Occidental del


Consejo de Seguridad Nacional. Incondicional defensor del embargo
estadounidense contra Cuba, Claver-Carone anteriormente había dirigi-
do el U.S. Cuba Democracy PAC, que había tomado de la CANF el rol del
grupo de lobby de exiliados cubanos más poderoso en Washington. En
línea con sus credenciales, a principios de noviembre Bolton pronunció
un mordaz discurso en el Miami Dade College, delineando la estrategia
hemisférica de Trump. Atacando los gobiernos de izquierda de Cuba,
Venezuela y Nicaragua como una ‘Troika de la Tiranía’, Bolton afirmó que
el hemisferio occidental una vez más se enfrentaba “con las destructivas
fuerzas de la opresión, el socialismo y el totalitarismo”, juramentando la
ambición de Estados Unidos por “defender la independencia y libertad”
de sus vecinos (White House 2018).
A partir de las crecientes tensiones, a principios de junio de 2019, la
administración de Trump decretó nuevas restricciones a los ciudadanos es-
tadunidenses que buscaban ir a Cuba. Entre otras cosas, estas prohibían los
viajes a la isla en cruceros y suspendía visitas grupales educacionales o cultu-
rales. Las restricciones buscaban castigar a Cuba por su apoyo al asediado ré-
gimen de Maduro en Venezuela. El secretario del Tesoro de Estados Unidos,
Steven Mnuchin, explicaba el movimiento afirmando que:

Cuba sigue jugando un rol desestabilizador en el hemisferio occidental,


proporcionando un soporte comunista en la región y apoyando a adversa-
rios de Estados Unidos en lugares como Venezuela y Nicaragua al fomen-
tar la inestabilidad, socavar el Estado de derecho y suprimir los procesos
democráticos. (U.S. Department of the Treasure 2019)

De hecho, el lenguaje de Mnuchin y la intención de la emergente


doctrina de Trump en América Latina recordaba bastante los tiempos de
la Guerra Fría. En respuesta, economistas de la región observaron que el
desplome de la ayuda a Venezuela, junto con el endurecimiento del em-
bargo comercial estadounidense, habían creado la peor crisis que Cuba
hubiese visto desde el período especial en los años noventa (Anderson
2019; Radu 2019).

4. Reformar o hundirse

Apenas asumió el poder provisional en 2006, Raúl Castro habló con


franqueza sobre los problemas de Cuba, llegando a declarar en 2010: “O
Estudios Públicos 162 (2021), 75-103 93

reformamos o nos hundimos“ (Sweig y Bustamante 2013, 103). De cara


a una población envejecida, una creciente deuda externa y persistentes
dificultades económicas en un momento de recesión global, Raúl Castro
inició un proceso de liberalización de partes de la estatizada economía
de Cuba, incluyendo la descentralización del sector agrícola, el relaja-
miento de las restricciones a los pequeños negocios, la liberalización
de los mercados de bienes raíces, el facilitar la posibilidad de obtener
permisos para viajar al exterior para los cubanos y el expandir el acceso a
bienes de consumo. En 2014, según informes, el sector privado en Cuba
extendió en torno al 20% la fuerza de trabajo del país. Bajo la iniciativa
de reforma de Raúl Castro, ya fuese designada oficialmente como ‘social
democracia’, ‘socialismo de mercado’ o ‘capitalismo estatal’, los cubanos
se embarcaron en un largo camino de ingeniería de un sistema socioeco-
nómico “bajo sus propios términos” (Sweig y Bustamante 2013, 103). En
sus relaciones económicas internacionales, Cuba parecía menos inclina-
da a abrirse a los negocios estadounidenses, a pesar de las declaraciones
oficiales de sus líderes a lo largo de los años. En el punto más alto de la
Guerra Fría, Cuba se sintió cómoda con el comercio subsidiado con el
bloque soviético. Con posterioridad al colapso de Unión Soviética, la
supervivencia económica de Cuba se hizo cada vez más dependiente del
turismo y la extracción de níquel, financiados principalmente por capita-
les españoles y canadienses, el comercio con China y la exportación de
servicios profesionales a Venezuela a cambio de petróleo (Farber 2011,
125; LeoGrande 2000, 1000).
Al mismo tiempo, las sanciones estadounidenses incentivaron a
Cuba a colaborar con actores internacionales que resultaban menos
amistosos a los intereses de Estados Unidos. Como parte de los esfuerzos
por diversificar su portafolio diplomático y comercial, Cuba fue reempla-
zando gradualmente la ayuda soviética por relaciones cada vez más cer-
canas con Venezuela. En 2000, un acuerdo de cooperación firmado entre
Fidel Castro y Hugo Chávez proporcionó la exportación de 53 mil barriles
de petróleo venezolanos a un precio subsidiado a cambio de servicios de
salud y educación cubanos. Cuba también buscó reenlistar la ayuda de
Moscú. Casi inmediatamente después de que el proyecto de Torricelli se
convirtiera en ley, en noviembre de 1992, La Habana concluyó una serie
de acuerdos comerciales con Moscú, incluyendo un nuevo acuerdo de
intercambio de petróleo por azúcar, seguido de un acuerdo similar en
94 RADOSLAV YORDANOV / ¿Condenados a la repetición?

octubre de 1995. El 30 de enero de 2009, Rusia y Cuba firmaron una aso-


ciación estratégica como parte del impulso de Rusia por asegurar nuevos
mercados en América Latina. El entonces presidente ruso Dmitri Medve-
dev también prometió 354 mil millones de dólares en ayuda y consideró
la expansión de la cooperación en agricultura, manufactura, ciencia y
turismo. En julio de 2014, bajo el presidente Vladimir Putin, Rusia acordó
cancelar el 90% de las deudas pendientes que Cuba mantenía de la era
soviética. En lo que respecta a Beijing, Cuba representaba una pequeña
pieza de un rompecabezas latinoamericano mucho más grande de inver-
sión, commodities, energía y acumulación de recursos naturales para la
poderosa economía China. Bajo Raúl Castro, Beijing se convirtió en el se-
gundo socio comercial más grande de La Habana, exportando productos
electrónicos, buses, trenes, bienes manufacturados ligeros y también tu-
ristas. Disputando la posición de liderazgo de Venezuela como socio co-
mercial de Cuba, Brasil extendió una línea de crédito por 600 millones de
dólares para importaciones de alimentos y maquinaria agrícola. En enero
de 2014, las inversiones más emblemáticas de Brasil, las renovaciones del
puerto de Mariel, por 900 millones de dólares, permitieron a Cuba bene-
ficiarse del boom del tráfico marítimo del Caribe a partir de la ampliación
del canal de Panamá. Adicionalmente, disfruta de significativos negocios
turísticos desde Canadá, América Latina y también Europa (Hanson, Bat-
ten y Ealey 2013; Sweig 2008, 252, 264; Drury 2005, 112).
El endurecimiento del embargo del 4 de junio de 2019 tuvo como
objetivo apuntar al reconocido auge turístico de Cuba. Este ayudó al país
a compensar la debilidad de sus exportaciones de azúcar y la reducción
de la ayuda económica de Venezuela, la que cayó desde cerca de 7,2
billones de dólares en 2014 a 2,3 billones en 2017. En consecuencia, el
turismo se convirtió en el principal activo en la apuesta de los líderes
cubanos por la diversificación económica y el crecimiento. Para intentar
limitar los efectos negativos de las sanciones más recientes de Estados
Unidos, el 11 de julio de 2019, Manuel Marrero, director del Ministerio
Cubano de Turismo (MINTUR), dijo a la Asamblea Nacional del Poder
Popular que la industria del turismo necesitaba ser reformada. Marrero
también explicó al Parlamento cubano que, en comparación con 2018,
las nuevas prohibiciones a los viajes de parte de Estados Unidos reduci-
rían las ganancias del país por turismo en un 20% para el año 2019. Ha-
blando a sus colegas, Marrero afirmó que el ‘resurgimiento del bloqueo’
Estudios Públicos 162 (2021), 75-103 95

es una razón para perfeccionar los mecanismos de marketing del turismo


en Cuba (XinhuaEspañol 2019; Pedromo et al. 2019). En otras palabras, la
industria del turismo cubana tenía que utilizar esta oportunidad para
resolver sus deficiencias, adoptando estrategias de comunicación más
efectivas, incrementando su presencia en internet y estimulando el flujo
de visitantes desde otros países.

5. Conclusiones: ¿condenada a la repetición?

Habitualmente se cita la siguiente expresión de Edmund Burke —fun-


dador filosófico del conservadurismo moderno—: ‘Aquellos que no co-
nocen la historia están condenados a repetirla’. Si bien este artículo está
lejos de ofrecer algún tipo de predicción sobre el éxito o el fracaso de las
nuevas sanciones contra Cuba impulsadas por la administración Trump,
la expresión de Burke nos proporciona un potente esbozo a través del
cual podríamos objetar la falta de perspectiva histórica de parte de la
actual administración de Trump al abordar la espinosa cuestión cubana.
Si bien vivimos en un escenario internacional radicalmente distinto al de
los tiempos de las administraciones de Kennedy, Reagan o Clinton, toda-
vía uno puede preguntarse cómo los políticos estadounidenses de dere-
cha de hoy en día, quienes dirigen la política de Washington hacia Cuba,
han pasado por alto las variadas e importantes lecciones de historia del
último medio siglo. Si bien libres de aquello a lo que el presidente Carter
llamó “excesivo miedo al comunismo” (Pastor 1987, 50) y que guio la con-
ducta exterior de Estados Unidos durante la Guerra Fría, ellos demues-
tran que hay más de un único temor detrás del diseño de las políticas
exteriores de Washington hacia su problemático vecino. La amenaza co-
munista puede que esté pasada de moda, pero la del colegio electoral se
mantiene intacta, tal como sugieren las últimas nominaciones políticas y
acciones hemisféricas de Trump. Durante el último medio siglo, Cuba se
ha convertido en el principal ejemplo de por qué las sanciones no son
efectivas, especialmente cuando estas penalizan a la población mientras
apuntan a la clase gobernante.
Las dos leyes de la década de 1990, la Torricelli y la Helms-Burton,
que estimularon la retórica nacionalista cubana, legitimando así al régi-
men en tiempos de dificultades económicas, no han logrado obtener el
apoyo de los socios tradicionales de Washington en Europa occidental
96 RADOSLAV YORDANOV / ¿Condenados a la repetición?

y proporcionaron a La Habana el respaldo simbólico, aunque política-


mente significativo y unánime, de la Asamblea General de las Naciones
Unidas. Consecuentemente, la continua resiliencia del régimen ayudó
a hacer de la pequeña nación isleña el único país que ha transgredido,
simultáneamente, tanto la doctrina Monroe como la Truman (Eyler 2007,
32; Sanchez 2003, 357; Castro 1997, 105). Como sugiere la historia de
sesenta años de sanciones del régimen, cada vez que Washington apretó
los cerrojos del embargo, esto incitó a que La Habana consolidara desde
dentro a sus cuadros y buscara en otro lugar una forma de compensar la
oportunidad económica perdida. En 1960, el embargo parcial introdu-
cido por Eisenhower y continuado por Kennedy impulsó a los jóvenes
revolucionarios cubanos hacia el bloque soviético. En los noventa, la
disolución de la Unión Soviética y la disolución del Consejo de Asistencia
Económica Mutua llevaron al borde del colapso a la economía cubana.
Luego de que Washington incrementara su presión sobre La Habana
con la Cuban Democracy Act de 1992 y la Cuban Liberty and Democratic
Solidarity Act de 1996, esperando con ello el fin del régimen de Fidel
Castro, Cuba encontró un amplio espectro de socios comerciales extran-
jeros, que iban desde América Latina pasando por Europa occidental y
llegando hasta China, listos para apoyarla económica y financieramente
a lo largo de su difícil camino hacia la supervivencia al socavar las coerci-
tivas tácticas unilaterales de Washington.
En Cuba, los comentaristas ven que el marco regulatorio de la le-
gislación estadounidense hacia su país no toma en cuenta los deseos
locales del pueblo cubano. Si para la mayoría de los cubanos en la isla
la soberanía y la independencia son valores básicos, el intento por rees-
tablecer la dominación estadounidense sobre Cuba iba en contra de un
interés nacional fundamental cubano (Castro Mariño 2002, 73; Mastan-
duno 2002, 305-311). A medida que Bolton justificaba nuevas y más es-
trictas sanciones sobre la ‘Troika de la Tiranía’ de Cuba y Venezuela en el
hemisferio occidental, el nuevo presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel,
respondía desafiantemente, en línea con la bien probada fórmula de sus
antecesores. El 8 de junio de 2019, al final de la visita a la isla de Diosda-
do Cabello, el líder de la Asamblea Nacional Constituyente de Venezuela,
Díaz-Canel expresaba la preparación de La Habana junto a Caracas para
derrotar “las amenazas, las sanciones injustas y el bloqueo” (XinhuaNet
2019). Un mes más tarde, reiteraba el apoyo de Cuba a Venezuela, pos-
Estudios Públicos 162 (2021), 75-103 97

teando en redes sociales eslóganes en apoyo a la ‘Revolución bolivariana’


de Maduro para así reprender las medidas unilaterales de Washington en
violación del derecho internacional (Prensa Latina 2019).
Siguiendo el reendurecimiento del embargo en junio de 2019, es
probable que La Habana refuerce, como en la década de 1960, las relacio-
nes con su antiguo patrono, Moscú. El 3 de junio, durante el cumpleaños
88 de Raúl Castro, el primer ministro ruso Dmitri Medvedev elogió “la
gran contribución personal” de Raúl para estrechar las relaciones ruso-
cubanas, las que se estaban desarrollando dinámicamente en el “espíritu
de la asociación estratégica” (TASS 2019). A fines de julio de 2019, el minis-
tro de Asuntos Exteriores de Rusia, Sergei Lavrov, viajó a Cuba a reunirse
con su contraparte, Bruno Rodríguez Parrilla. Frente al endurecimiento
de los movimientos de la Casa Blanca, Moscú y Cuba podrían considerar
conveniente regresar a sus relaciones de la era de la Guerra Fría. Critican-
do fuertemente a Trump por el endurecimiento de las restricciones sobre
Cuba, el ministro de Asuntos Exteriores ruso declaró que el enfoque de
Washington era “inaceptable” y equivalía a “coerción económica ilegal”
(O’Connor 2019). Más importante aún, el incremento de la presión esta-
dounidense contra Cuba y Venezuela pareció exasperar a las facciones
más duras dentro del establishment político-militar ruso. En una reciente
conferencia sobre seguridad internacional realizada en Moscú, la cabeza
de la Dirección Central del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas Rusas, el
vicealmirante Igor Kostyukov, declaró que Washington estaba realizando
esfuerzos considerables por establecer control total sobre América Latina,
desconociendo las normas del derecho internacional y sin tomar en con-
sideración las negativas consecuencias de sus acciones en la estabilidad
regional y de sus aliados más cercanos. El jefe de la inteligencia militar
rusa llegó a sostener que Estados Unidos podría fomentar también “revo-
luciones de colores en Cuba y Nicaragua” (RIA Novosti 2019). Así, las ramas
abiertas y encubiertas de la política exterior rusa parecen estar aguzando
sus críticas al rol regional de Estados Unidos, el que retorna a las viejas
líneas divisorias. En consecuencia, una vez más, tal como hace sesenta
años, el actual reendurecimiento de las sanciones del régimen estadou-
nidense contra Cuba podría poner en peligro sus reformas internas. Esto
podría impulsar a La Habana a buscar recuperar su posición como punto
central de la renovada existencia competitiva entre los mayores poderes
del mundo, Estados Unidos y Rusia, dentro de un orden mundial pos-
Guerra Fría cada vez más complejo y multipolar.
98 RADOSLAV YORDANOV / ¿Condenados a la repetición?

6. Adenda

La toma de posesión del cuadragésimo sexto presidente de Estados Uni-


dos, Joe Biden, el 20 de enero de 2021, representa una prueba más para
las relaciones entre Cuba y Estados Unidos en el esperado mundo pos-Co-
vid-19. El regreso de Cuba a la lista de naciones designadas como ‘Estados
patrocinadores del terrorismo’ el 12 de enero de 2021, informado por la
Administración Trump (U.S. Department of State 2021), constituye una difi-
cultad de última hora que podría complicar la agenda de la Administración
Biden con respecto a Cuba. Al mismo tiempo, las restricciones adicionales
en el tráfico aéreo y la disminución del flujo de turistas causados por la
pandemia del Covid-19, exacerbaron la necesidad de reformas económicas
en Cuba. La respuesta de La Habana fue una ‘compleja’ reforma monetaria
(Deutsche Welle 2021) y “un probable paso irreversible hacia la expansión
masiva del sector privado de la isla” (Oppmann 2021), que parecía menos
probable hace un año. Queda por ver, sin embargo, si los acontecimientos
de 2020 conducirán a un nuevo deshielo en las relaciones entre Washing-
ton y Miami. De cualquier modo, con su acertada vacuna Soberana 02 y la
capacidad de reunir “ciencia de vanguardia” (Grant 2021), Cuba envió una
fuerte señal a su poderoso adversario de que, sean cuales sean los cambios
que se avecinen, es poco probable que diga adiós a su autosuficiencia.
Mientras Moscú observa desde la distancia, los conservadores cubano-
americanos de Miami recalculan sus movimientos y los cubanos de la isla
aprenden apresuradamente a abrazar sus recién acuñadas reformas de
mercado. Todas las miradas se dirigen ahora a Biden.

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Yaffe, H. 2009. Che Guevara: The Economics of Revolution. Basingstoke: Palgrave
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Simposio
Artículo original

La sección Simposio de la revista Estudios Públicos es un espacio de debate académico público en


torno a ideas de alcance sustantivo. Se compone de un artículo original, sometido previamente
a revisión de pares, que es críticamente analizado en contribuciones cortas por tres académicos
desde distintos ángulos y disciplinas. El simposio cierra con una respuesta del autor del artículo
original a los comentarios realizados.
Estudios Públicos 162 (2021), 107-123
DOI: https://doi.org/10.38178/07183089/1349200323

Artículo

Crítica a la Crítica de la razón cínica:


en defensa de una kinicología recursiva

Hugo Cadenas
Universidad de Chile, Chile

Resumen: El presente artículo contiene una crítica a las ideas de la Crítica


de la razón cínica de Peter Sloterdijk y también una propuesta inspirada
en las ideas del filósofo alemán. Teniendo como trasfondo la propuesta
de Sloterdijk y las teorías críticas en general, en el artículo se propone
una nueva perspectiva denominada kinicología recursiva, mediante la
cual se busca avanzar con tareas que las premisas actuales de las teo-
rías críticas impiden. El escrito concluye con perspectivas para futuras
indagaciones basadas en las ideas previamente discutidas.
Palabras clave: Peter Sloterdijk, crítica, kinismo, cinismo, recursividad,
teoría de sistemas sociales
Recibido: marzo 2020 / Aceptado: octubre 2020

Critique of the Critique of Cynical Reason:


In Defense of a Recursive Kynicology
Abstract: This article comprises a critique of the ideas of Peter Sloterdijk’s
critique of cynical reason and also a proposal inspired by the ideas
of this German philosopher. Against the background of Sloterdijk’s
proposal, and of critical theories in general, the article proposes a new
perspective called recursive kynicology, which seeks to complete tasks
currently prevented by the premises of critical theories. The writing

Hugo Cadenas es PhD en Sociología por la Universidad Ludwig Maximilian de Múnich, Ale-
mania. Es Profesor Asociado de los departamentos de Antropología y de Trabajo Social,
Universidad de Chile. Dirección: Av. Capitán Ignacio Carrera Pinto 1045, Ñuñoa, Santiago,
Chile, CP 7800284. Email: [email protected].
108 HUGO CADENAS / Crítica a la Crítica de la razón cínica

concludes with perspectives for future inquiries based on the ideas


previously discussed.
Keywords: Peter Sloterdijk, critique, kynicism, cynicism, recursiveness,
social systems theory
Received: March 2020 / Accepted: October 2020

P eter Sloterdijk1 ofreció a fines del siglo pasado una nueva perspec-
tiva para la teoría crítica, intentando revolver viejos conceptos, vol-
tear algunas premisas y escandalizar a varios de sus portadores. Si bien
la crítica ha sido capaz de añadir novedad temática (feminismo, colonia-
lismo, racismo), sus conceptos y teorías se han vuelto, cuando menos,
predecibles. La ‘aceleración’ de Hartmut Rosa (2005) o el supuesto nuevo
espíritu del capitalismo de Boltanski y Chiapello (2002) no alcanzan para
romper la inercia.
En este panorama, la apuesta de Sloterdijk (2003) fue la Crítica de
la razón cínica. Traducido al español veinte años después de su edición
original en alemán, la CRC —como la llamaremos en adelante— ubicó
al cinismo en el panteón de la pretérita empresa de la crítica de la ideolo-
gía, justo por encima de los polvorientos bustos de Marx y de Freud, ya
que sus objetivos eran mucho más ambiciosos que los heredados en la
tradición.
La razón cínica es, para Sloterdijk, algo más que un rol o una cos-
tumbre, no es meramente una institución, sino que es una cosmovisión
y una praxis, una manera de vivir compatible —aunque sea solo superfi-
cialmente— con otros modos de vida y adaptable situacionalmente. Su
importancia reside en que se hace necesaria su comprensión para enten-
der y criticar la sociedad de nuestros tiempos.
Con lucidez, Sloterdijk sostiene que la sociedad moderna se ha
complejizado a tal punto que la crítica se volvió ingenua e inofensiva.
Nadie tiene de qué avergonzarse en una sociedad funcionalmente dife-
renciada, con una multiplicidad de perspectivas, una diversidad de los

1 Peter Sloterdijk es un pensador polémico. Entre sus ‘víctimas’, la más conocida es quizá
Jürgen Habermas, a quien acusó en 1997 de orquestar una contrapropaganda contra
sus ideas, generando un gran escándalo en la opinión pública alemana. Ver ‘Un filósofo
alemán remueve fantasmas’. Disponible en: https://elpais.com/diario/1999/10/10/cultu-
ra/939506401_850215.html [1 de febrero 2020].
Estudios Públicos 162 (2021), 107-123 109

mundos de vida y ausencia de centro político o moral. La acusación de la


falsa conciencia (mentira, error o ideología) encuentra rápidamente una
pregunta imposible de responder: ¿y quién sabe dónde está la conciencia
verdadera? La teoría crítica —y el posestructuralismo por añadidura—
pueden todavía explicar el cómo, dónde y cuándo del engaño, pero ape-
nas pueden individualizar un quién. Sloterdijk intentará un nuevo desen-
mascaramiento, pero nosotros aprovecharemos el impulso para avanzar
mucho más lejos.
A continuación, intentaré lo que denomino una kinicología recursiva
que se motiva en la hipótesis de un feliz maridaje entre la perspectiva de
Sloterdijk y la teoría de sistemas sociales. El neologismo amerita eviden-
temente explicaciones. Por el momento —ya que el argumento central
vendrá dosificado en el texto— se puede adelantar que el término ki-
nicología se deriva del concepto de cínico, más específicamente kínico,
que adopta Sloterdijk para su postura crítica, y de un intento por hacer
de este un estudio sistemático. La recursividad, por su parte, se debe a la
tradición sistémica y cibernética, cuya síntesis sociológica más elaborada
se encuentra en las ideas del sociólogo Niklas Luhmann.
La cuestión central que aspiro a resolver es si es posible seguir
pensando la crítica sin recursividad. La pregunta ya ha tenido algunas
respuestas (Amstutz y Fischer-Lescano 2013; Fuchs y Hofkirchner 2009;
Cordero, Mascareño y Chernilo 2016; Slaymaker y Meltzer 2010, Wagner
2005), sin embargo, la idea de kinismo aparece como apropiada para in-
tentar un camino alternativo que puede ser inclusive más radical que las
propuestas existentes.
El texto está dividido en tres secciones. La primera de ellas describe
a grandes rasgos los planteamientos centrales de la postura cínica del
modo en que es tratada por Sloterdijk. La segunda sección presenta el
desarrollo del argumento teórico de la recursividad en relación con lo
discutido en la sección primera. Finalmente, la tercera sección establece
el cierre de las reflexiones e indica posibles nuevos caminos.

1. Los perros: auténticos y falsos

Cuenta la famosa anécdota de Diógenes de Sinope —o Diógenes el cíni-


co— que este se hallaba una mañana sentado en la calle tomando el sol,
cuando hizo su aparición ante él Alejandro Magno, el gran emperador.
110 HUGO CADENAS / Crítica a la Crítica de la razón cínica

Alejandro quería conocerlo personalmente; había escuchado historias


sobre él en sus numerosos viajes y los actos de desfachatez de Diógenes
eran comentados por todos en la ciudad.2 Luego de un ingenioso y bre-
ve diálogo, y frente a una multitud que los observaba, Alejandro ofreció
a Diógenes como regalo cumplir el deseo que este le pidiera. Diógenes,
como siempre imperturbable, replicó: ‘Deseo que te muevas de donde es-
tás, pues me estás tapando el sol’. La insolencia de Diógenes dejó boquia-
biertos a los espectadores, pero causó tanta gracia al monarca que se dice
que exclamó ante todos: ‘Si yo pudiese ser otra persona, sería Diógenes’.
El espíritu vital y desenfadado de personajes como Diógenes, y de
otros como él, es lo que quiere rescatar Sloterdijk en su CRC y confrontar
su cinismo con lo que este considera su moderna deformación. La jovia-
lidad de Diógenes y su crítica social pantomímica, sostiene Sloterdijk,
habría dado paso paulatinamente a otro tipo de cinismo, uno opresivo y
despiadado, alejándose de la penetrante y subversiva mirada original, y
adhiriéndose a la hegemonía total de los dominadores.
La CRC de Sloterdijk se estiliza como una crítica de la ilustración,
en la vena original de la Escuela de Frankfurt, aunque pronto se harán
patentes las diferencias. Para Sloterdijk (2003, 28), la crítica como “triste
ciencia”,3 la negatividad dialéctica y el crónico pesimismo de represen-
tantes de Frankfurt como T.W. Adorno no habrían hecho otra cosa que
alimentar el cinismo moderno, desesperanzado y acaso compasivo. Por
lo tanto, al filósofo que crea todavía en los ascensos, no le queda enton-
ces más que condenar la caída en espiral de dicha dialéctica y contrarres-
tar con vigor esa triste ciencia con los medios de una ciencia alegre (gaya
ciencia).
Sloterdijk nos recuerda que la filosofía cínica obtuvo su nombre de
un cinismo. Llamada así en parte por el lugar en Grecia donde se origi-
nó, el Cinosargo, que se puede traducir como lugar del perro blanco, y
porque a sus cultores se les denominaba peyorativamente perros, por su
doctrina del descaro, autarquía, renuncia a bienes materiales y actitud
ofensiva hacia los demás, los cínicos (del griego kyon, perro) decidieron
adoptar con orgullo la afrenta y usarla para beneficio propio.

2De acuerdo con algunos relatos, esta leyenda se sitúa en Atenas y, con otros, en Corinto.
3El término de ciencia ‘triste’ o ‘melancólica’ [traurige Wissenschaft], en oposición a la ciencia
alegre o gaya ciencia [fröhliche Wissenschaft] de Nietzsche, aparece en la dedicatoria de la
Minima moralia de Theodor W. Adorno (1998).
Estudios Públicos 162 (2021), 107-123 111

El cinismo se irguió como rechazo al diálogo socrático y al idealismo


de Platón. Su alternativa fue un modo de vida, una filosofía que increpa-
ba con el ejemplo vivo. Por eso no hay escritos de Diógenes y sabemos
de él solo por historias y anécdotas —contradictorias en algunos casos.
El cinismo se animó del convencimiento de que la “verdad desnuda”
(Sloterdijk 2003, 30) era una síntesis entre lo ideal y lo material. El cínico
vestía solamente con una capa y un báculo, se alimentaba de lo que en-
contraba y agraviaba de buena gana a quien se le acercara.
Esta doctrina original se habría perdido con el paso del tiempo o,
mejor dicho, se corrompió, al punto de hacerse casi irreconocible en la
actualidad. El aliento de Diógenes perdió fuerza paulatinamente en la
Europa medieval. Solo hizo apariciones esporádicas posteriores bajo el
mito folclórico de Eulenspiegel o tardíamente, y de manera elitista, con el
romanticismo alemán, gracias a que hubo instituciones allí que mantu-
vieron la insolencia en algún tipo de marginalidad urbana: universitaria,
bohemia o carnavalesca.
Esta transformación del cinismo es representada por Sloterdijk
mediante la distinción entre kinismo [kynismus]4 y cinismo [zynismus].
El kinismo refiere a la escuela griega, a Diógenes. El kínico es una figura
sincera y moralmente autorizada para subvertir normas y costumbres;
un personaje que usa primariamente su cuerpo como medio de comuni-
cación y que se vale de la observación y reprobación de los demás como
señal de autoafirmación. Es crítica encarnada en cuerpo vivo —jamás
cosificado— y lo que salga de su boca no buscará echar raíces, ya que el
kínico es un cosmopolita que no se identifica con una patria ni se reco-
noce como un igual a los otros.
El cínico, en cambio, es la figura moderna (ilustrada, en el lenguaje
de Sloterdijk) que tiene que ser desenmascarada, y su razón, criticada,
pues es quien ha sembrado el mundo con espejismos que ocultan sus
conspiraciones y jugarretas. Su influencia se ha propagado por todas
las capas sociales y solo se diferencian unos cinismos de otros por sus
oficios o acentos locales: “[el kinismo] fue una fuente plebeya contra el
idealismo. El cinismo moderno, por el contrario, es la antítesis contra el

4He preferido usar el término kínico, en lugar de quínico, que se usa en la traducción de la
obra. Evito así una confusión entre los parónimos quínico y químico, manteniendo las reglas
de traducción de palabras griegas iniciadas con k, las que en ocasiones se traducen con c, q
o k (ej. cine, quiropráctica, kinesiología).
112 HUGO CADENAS / Crítica a la Crítica de la razón cínica

idealismo propio como ideología o mascarada […] es una insolencia que


ha cambiado de bando” (Sloterdijk 2003, 188). Mientras el kinismo es re-
sistencia, el cinismo es represión.
El cínico moderno es un personaje urbano, anónimo, omnipresente
y realista. Su inteligencia, dice Sloterdijk, radica en que son conscientes
de que “ellos no son los tontos” y “que tienen claro que los tiempos de
la ingenuidad han pasado” (Sloterdijk 2003, 40). Sin embargo, el precio
que deben pagar es alto. Son pesimistas y melancólicos, depresivos fun-
cionales que ocupan puestos estratégicos en todas las modernas buro-
cracias. Nihilistas cuando reflexionan un poco, se encuentran cómodos
e integrados en la sociedad, pues no pierden el tiempo buscando ver-
dades, sino solo su propia supervivencia. Si es que no son burgueses en
pleno derecho, adoptan al menos la esquizofrenia moral de un burgués:
víctima inocente de día y autojustificado predador por la noche. Su
refugio es el espacio privado para sus opiniones sin consecuencias y su
protesta es, a lo sumo, un tibio descontento que se expresa a la par que
se calculan opciones de riesgo. El cinismo estabiliza la sociedad, pues
“es nuestro statu quo moral” (Sloterdijk 2003, 192). ¿Es el cinismo un
enemigo tan grande para la crítica que se debe denunciar su antipatía
del modo más antipático posible? ¿Qué se puede aprender de todo
esto?
Cinismo es, en palabras e itálicas del mismo Sloterdijk (2003, 40), “la
falsa conciencia ilustrada”, lo que resultaría una paradoja, pues falsedad
e ilustración serían términos opuestos. El engaño, el error o la ideología
deberían salir a la luz ante el llamado de la ilustración y no permanecer
ocultos o ser sacados con aplausos de ironía. La verdad, en tanto, segui-
ría esperando en algún lado a ser descubierta y aún hay intentos por al-
canzarla, aunque estos sean meras idealizaciones, como la acción comu-
nicativa que Sloterdijk (2003, 52) apunta todavía como maniobra válida:
“Conservar intacta la saludable ficción del diálogo libre es la última tarea
de la filosofía”. Pero si el aludido se niega al diálogo, hay que motivarlo
con algo más que argumentos positivos. La violencia como instrumento
(Arendt) para encontrar la verdad se debiera descartar a priori, pues sería
lanzar la Ilustración por la borda. La estrategia agresiva tiene que ser la
de la crítica. Nuevamente en itálicas, Sloterdijk (2003, 54) subraya: “La crí-
tica de la ideología significa la continuación polémica con otros medios del
diálogo fracasado”.
Estudios Públicos 162 (2021), 107-123 113

Si el cinismo se ha hecho inmune al enemigo, al discurso soberbio


y severo de los críticos, la denuncia de su razón tiene que ser capaz de
borrar la sonrisa sardónica de su rostro y, si es necesario, escupirle las
verdades o defecar sobre sus fines. La crítica tiene que desarticular sus
prepotencias con las antipotencias que se niegan a ser sometidas por el
discurso o la fuerza física.5 El conjunto sistemático de herramientas para
combatir el cinismo moderno —parece escribirse entre líneas— sería
una Ilustración kínica.
Sin embargo, las estrategias usadas a la fecha no han dado resul-
tado. Sloterdijk pasa revista a lo que él considera son las ocho maneras
en que la crítica ha tratado de desenmascarar la ideología: (1) la crítica
del saber revelado: religiosa, en mayor medida; (2) la crítica del engaño
religioso: más amplia y refinada que la revelación, pues contiene el saber
cínico de que la religión es un mal social necesario; (3) la crítica de la apa-
riencia metafísica: o la crítica a la imperiosa necesidad de fundar el saber
en una trascendencia imposible; (4) la crítica de la superestructura idea-
lista: la crítica marxista, fundamentalmente; (5) la crítica de la apariencia
moral: como el desenmascaramiento que hace Jesús de los fariseos e
hipócritas o la crítica moral de Nietzsche; (6) la crítica de la transparencia:
el descubrimiento de la radical diferenciación de la conciencia y sus au-
toengaños, popularizado por el psicoanálisis; (7) la crítica de la aparien-
cia natural: como la idealización que hace Rousseau de un estado huma-
no original y su posterior victimización en manos de la sociedad; y la (8)
crítica de la apariencia privada: como las cosmovisiones de clase que se
autoafirman en sus propias negaciones, ya sea la de una burguesía que
se presenta como desfavorecida o la de un proletariado que abraza su
propia miseria. Todas estas estrategias se pueden declarar en bancarrota,
ya que el cinismo apenas se interesa en los llamados a despertar y tomar
partido:

Si alguien quiere empezar a ‘agitarme’ ilustradamente, lo primero que se


me ocurre es efectivamente un cinismo: el interesado debe preocuparse
primeramente de su propia mierda […] la buena voluntad (del ilustrado)
podría tranquilamente ser un poco más inteligente y ahorrarme la incó-

5 Los conceptos de prepotencia y antipotencia se encuentran difusamente explicados en la


obra. Lo que tratan de enseñar es una especie de relación dialéctico-newtoniana de acción
y reacción en el ejercicio del poder. Así, la antipotencia sería el lado revolucionario de una
prepotencia de naturaleza reaccionaria.
114 HUGO CADENAS / Crítica a la Crítica de la razón cínica

moda situación de tener que decir ‘ya lo sé’. Pues no me gusta que me pre-
gunten: ‘Y entonces, ¿por qué no haces nada?’ (Sloterdijk 2003, 157)

El estudio de Sloterdijk lo lleva a analizar luego sus (a) manifestacio-


nes corporales, (b) a realizar el bestiario de tipos ideales humanos histó-
ricamente identificables e (c) identificar las coordenadas institucionales
y la génesis del cinismo moderno. Esta extensa revisión le permitirá al
autor demostrar la persistencia de esta racionalidad y su centralidad en
la historia moderna de Occidente.
Respecto del cuerpo (a): miradas, bocas, senos y genitales. La visión
del filósofo se eleva entonces con lucidez constructivista: “su enigma (los
ojos) estriba en que no solo pueden ver, sino que también son capaces
de ver al ver” (Sloterdijk 2003, 233). Sobre cosas más prosaicas, como
culos y sus productos, el autor nos enfrenta con una sátira hegeliana:
“El culo es, pues, de todos los órganos del cuerpo, el más cercano a la
relación dialéctica de libertad y necesidad” (Sloterdijk 2003, 239-240). Por
su parte, en el gabinete de los cínicos (b) desfilan personajes históricos y
literarios. Diógenes, Luciano, Mefistófeles, El Gran Inquisidor y Heidegger.
Mencionados solamente: Maquiavelo, El Marqués de Sade, Nietzsche, Na-
poleón, Sancho Panza y otros tantos. Cada uno ejemplifica una versión
particular y un matiz de tal o cual aspecto de racionalidad. Finalmente
(c), las instituciones cínicas, los cinismos cardinales: militares, estatales,
sexuales, médicos, religiosos y del conocimiento, y sus respectivas mani-
festaciones subordinadas.
Si bien el cinismo se abrió paso gracias a la retirada del kinismo, en
la actualidad, en tiempos que Sloterdijk diagnostica como catastróficos
y catastrofílicos, se hace necesario volver a la antigua doctrina de Dióge-
nes. El kinismo, “que no es más que la filosofía de la vida para tiempos de
crisis” (Sloterdijk 2003, 209), es el antídoto contra el cinismo y el camino
para aspirar a ese valor —políticamente incorrecto— que es la felicidad.
Si bien actualmente Sloterdijk se dice lejano de la teoría críti-
ca —especialmente después de su conato con Habermas (ver nota al
pie 1)—, en la CRC resuenan con intensidad los ecos de Frankfurt. Así,
Sloterdijk, al igual que Marcuse, Adorno, Horkheimer o Benjamin, teme
también al fascismo, por lo que su bosquejo del cinismo es una alerta
ante una nueva versión del sempiterno espíritu humano autoritario. La
crítica de Sloterdijk, que se ha formateado como sátira, adopta de pron-
to un adusto contenido moral. Se debe desenmascarar al cínico para ver
Estudios Públicos 162 (2021), 107-123 115

su verdadero rostro y desnudar sus intenciones. Detrás de la mascarada


está lo real.
Por otro lado, la añosa terminología marxista que utiliza Sloterdijk
deja un amplio espacio de indeterminación para cada uno de sus análi-
sis. Resulta desconcertante observar entonces que un burgués moderno
sería típicamente el mismo que describió Marx en su siglo y que el pro-
blema terminológico actual dependería más bien del fracaso político
que significó tratar de elevar al proletariado al poder en el siglo XX. Es
decir, la teoría ni siquiera se plantea el problema de tener que asumir sus
propias premisas. Esto explica el que los marxistas suelan argumentar
—en una vena muy cercana a Hegel—, a la luz de la evidencia histórica
reciente, que si la realidad finalmente no confirmó las profecías de Marx,
en algún momento lo hará y, si no, mal por la realidad.
Este pesado lastre no permite a las llamativas intuiciones de Sloter-
dijk elevarse más y el autor tampoco parece querer un viaje con sobre-
saltos, prefiriendo el aforismo perspicaz a los análisis sistemáticos. Los
reproches o ironías con los que el autor tacha mucho del legado marxista
son, así, a lo sumo, malestares pasajeros, llevaderos o sencillamente gra-
ciosos.

Los marxistas fantasean con gusto en esta penumbra con un gran demiur-
go secreto, un trucador supercínico, miembro de la asociación de indus-
triales alemanes o, incluso, ministro sin cartera en la cancillería que hace
bailar al compás de las grandes industrias al Estado. Esta proyectiva estra-
tegia de simplificación es tan infantilmente ingenua como infantilmente
refinada. (Sloterdijk 2003, 194)

A pesar de que Sloterdijk dice admirar la actitud kínica, el apego


minimalista a lo material de Diógenes y su reivindicación del cuerpo
como argumento, la CRC adolece de referencias a lo que vendría a ser la
infraestructura orgánica de la razón. Mientras, digamos, la neurociencia
actual examina el cerebro humano y hace correlaciones sobre él ignoran-
do por completo la pregunta por la razón, Sloterdijk piensa la razón sin
cerebro, neuronas, dendritas o axones.
Por último, el modelo del kínico que plantea Sloterdijk posee espa-
cios reconocidos socialmente desde hace mucho tiempo. La irreverencia
y la desfachatez se institucionalizaron temprano en la cultura moderna.
Así, por ejemplo, la sátira existía en Grecia antes que la escuela cínica,
haciéndose de un lugar reconocido hasta el día de hoy entre los géneros
artísticos.
116 HUGO CADENAS / Crítica a la Crítica de la razón cínica

En suma, las virtudes y deficiencias del proyecto de la CRC ameritan


que se tomen sus recomendaciones con cautela. Asumiremos que los
defectos que hemos subrayado pueden ser superados si se avanza en el
camino original de Sloterdijk, pero se complementan sus ideas con ma-
yor radicalidad. Llamaremos a esto: kinicología recursiva.

2. Una kinicología recursiva

Intitular un escrito con la fórmula: crítica de la razón + adjetivo, es, luego


de Kant, casi un género literario. En la filosofía del siglo XX destacan los
clásicos de Sartre, Horkheimer, Habermas o Hartman, pero en el catálo-
go de críticas de… hay más que filosofía. Poscolonialismo, feminismo,
periodismo, humor, gastronomía y un sinfín de temas aparecen bajo el
mismo encabezado. Se podría decir que el título mismo contiene un ci-
nismo: después de Kant, rara vez se trata de una crítica de alguna razón.
La CRC de Sloterdijk no es una excepción en el género. No nos ofrece una
investigación filosófica convencional, pero tampoco una crítica de la cul-
tura fácilmente encasillable. Quizá quepa catalogarla como una síntesis
entre una antropología del cinismo y una apología del kinismo escrita en
un atractivo formato. Sloterdijk mismo ha sostenido recientemente que
esta, su obra más conocida, fue para él: “un libro de filosofía divertido de
más de 900 páginas […], un libro con sentido del humor y, si se me per-
mite, con un buen estilo”.6
En ningún caso lo anterior significa que sus argumentos no deban
tomarse en serio. La CRC es una invitación programática para observar la
sociedad (y tomar partido). En este sentido, vale una lectura crítica y una
lección que aprender. Para avanzar en lo anterior, someteremos la pro-
posición de Sloterdijk a lo que llamaremos provisoriamente test de recur-
sividad o examen de completitud de una proposición teórica. En nuestro
caso, resultará útil para discernir una pretensión contenida en la postura
de Sloterdijk, esto es, su capacidad crítica.
Nuestra estrategia se puede explicar de un modo relativamente
simple, usando un par de ejemplos asociados con el teorema de la in-
completitud de Gödel. Una antigua paradoja, señalada por Epiménides el
cretense, reza: todos los cretenses son unos mentirosos. La aseveración de

6 Ver Peter Sloterdijk, ‘La vida actual no invita a pensar’. Disponible en: https://elpais.com/
elpais/2019/05/03/ideas/1556893746_612400.html [1 de enero 2020].
Estudios Públicos 162 (2021), 107-123 117

Epiménides el cretense, entonces, ¿es verdadera o falsa? Un problema


similar se postula en la matemática paradoja de Rusell que sostiene que
los conjuntos no son miembros de sí mismos, es decir, que el conjunto de,
digamos, naranjas, no es una naranja, o que el conjunto de todos los
perros no es un perro. Ni la aseveración de Epiménides ni la teoría de los
conjuntos contienen todas sus premisas; están incompletas. La afirma-
ción siguiente es falsa; la afirmación anterior es verdadera.
Existen también conjuntos que contienen conjuntos, en lugar de
naranjas o perros. Estos son conjuntos “de segundo orden” (Foerster
1991). Son distinciones que se contienen a sí mismas, por lo tanto, asu-
men su incapacidad con desenfado. Por ejemplo: la sociedad es comuni-
cación es una comunicación en la sociedad sobre la sociedad. Las distincio-
nes recursivas son imperfectamente completas y de este modo pueden
dar cuenta de aquello que observan de un modo más preciso que una
distinción perfectamente incompleta, como describir la sociedad como
un conjunto de todas las personas (vivas, muertas y nonatas). Al incluirse
dentro de su propia descripción, estas distinciones reconocen a priori sus
limitaciones y las usan para su propio provecho.
Siguiendo estos lineamientos, ¿qué podríamos señalar de la pro-
puesta de Sloterdijk?
En primer término, no cuesta ver que el kinismo no es una posición
contraria al cinismo, y que la dualidad o ’forma’ (Spencer-Brown 1979) ci-
nismo/kinismo describe un falso dilema. Cinismo y kinismo no son figuras
enteramente opuestas, sino que ambas son llanamente alternativas. No
se trata tampoco de fases dentro de un mismo proceso dialéctico y no se
requieren mutuamente para su autoafirmación. La realidad de la forma
cinismo/kinismo está condicionada en otros puntos y además es perfec-
tamente incompleta en cualquiera de sus dos lados. Esto le hace perder
capacidad descriptiva y, por supuesto, crítica.
La distinción kinismo/cinismo de Sloterdijk nos indica que se puede
estar en un lado o en el otro, pero no nos dice que cada uno de ellos nos
lleva a una paradoja que anula su propia verdad y se aleja de su preten-
dida contraparte. Así, el cínico que observa el cinismo desde el mundo
—incompleto— del cinismo, solamente puede observar como un cínico
y constatar que el cinismo es un cinismo. El kínico, por su parte, puede
abrazar su paradoja, pero al precio de tener que distanciarse de su propia
observación, pues esta anularía la validez de su postura. Si su descarada
118 HUGO CADENAS / Crítica a la Crítica de la razón cínica

pantomima es una descarada pantomima de una descarada pantomi-


ma —suponiendo al observador que observa el mundo como desca-
rada pantomima—, entonces el observador mismo aparece como una
descarada pantomima y debiera observar su observación como tal. Por
supuesto, si es que cínicos o kínicos fuesen incapaces de observar que
están observando, no serían en efecto observadores, sino solo máquinas
triviales de —acaso— registro.
Lo anterior significa que, por individualistas que nos parezcan, cíni-
cos y kínicos, siguiendo y contradiciendo a Sloterdijk, han de estar dis-
puestos a reflejarse en aquellos escogidos para ser negados, pues tanto
el exagerado rechazo de los kínicos como el disimulado desdén de los
cínicos no pueden concretarse solo con sus propios medios. Su expec-
tativa de realidad es inasible desde su propia esquematización. Llevados
cada uno a sus mundos de sentido, kínicos y cínicos no podrían operar
con sus propios códigos de observación, pues estos necesitan de aquello
que creen mantener oculto o que dicen anular; deben entregar algo de
sí, aunque sea solo un gesto temporal como prestar atención, y depen-
der de prestar atención al prestar atención de los demás.
Esta distinción representa bien lo que Luhmann (2007) denominó
una ‘ontología véteroeuropea’ y por eso parece tan a la mano del pen-
samiento crítico, heredero de dicha tradición. Es aquella ontología que
separa al observador del mundo que este observa, es la demanda de ob-
servación sin observador. Es la empresa imposible de la objetividad, y si
se le exige demasiado suele conducir a la anulación de aquello que pre-
tende describir. Así, por ejemplo, un lector atento se dará cuenta pronto
de que no nos costaría mucho llamar cínica a la crítica de la ideología y
usar sus propios argumentos en su contra.
En la lectura de Sloterdijk, cínicos y kínicos aspiran a entender un
mundo del que creen no ser parte. Aspiran a una verdad inalcanzable
desde sus propios axiomas, pero omnipresente en sus aspiraciones.
Demandan una distancia para observar sin contaminarse con aquello
que observan y piden capacidades similares en sus observados para
establecer la crítica. Pero ¿basta con esto para desechar la propuesta de
la CRC?, ¿es posible llegar más lejos con esta estrategia aparentemente
equivocada?
La respuesta a la pregunta anterior es un sí, pero. Sí, pero el kinismo
debe ser sometido a las duras pruebas de la recursividad. Si se desea
Estudios Públicos 162 (2021), 107-123 119

mantener viva su crítica profunda y multidimensional, si se quiere asumir


el riesgo de caer en el lado equivocado de la codificación moral genera-
lizada, si no se teme al fracaso o al frío, entonces la crítica debe abando-
nar su autopresentación como portadora de una luz que encuentra la
realidad inmanente a la ficción transcendente, debe hacer algo más que
aumentar el número de ideologías (naranjas, perros) registrables en su
conjunto que no es un conjunto.
El cínico y el kínico de Sloterdijk pueden, por supuesto, si es que les
interesa momentáneamente, mirar este diagnóstico a la pasada y seguir
sus respectivos caminos. Dado que el crítico no ha estado dispuesto
hasta ahora a reconocerse en su propio diagnóstico, el cínico y el kínico
se han reservado el mismo derecho. La indiferencia recíproca ha evitado
que los reproches escalen.
La kinicología recursiva aparece como alternativa a la desgastada
crítica de la ideología y sus incontables variantes temáticas. Esta man-
tiene el espíritu kínico y busca mejorar sus prestaciones por medio de la
recursividad. Kinismo y recursividad pueden encontrarse; así como tam-
bién dialéctica y cibernética comparten la tarea de disolver unidades y
convertirlas en procesos. Sabemos que los caminos divergirán cuando se
trate de cerrar los procedimientos. Mientras la dialéctica nos pedirá uni-
dad, la cibernética encontrará diferencia (Luhmann 1998). Así, en lugar
de concluir con la unidad de lo diverso o la yuxtaposición resultante de
la confrontación de opuestos, la recursividad se animará de su kinismo
para continuar inconmovible la búsqueda de una diferencia ulterior. Si el
proyecto de la ilustración es finalista, la kinicología recursiva es autopoié-
tica; su fin es irrealizable o, dicho de un modo paradójico, su fin es evitar
su fin.
Seguir el camino que hemos abierto pide mucho más que la de-
manda recursiva de observar la propia observación, pues el kinismo nos
presiona a tomar en consideración además una (1) epistemología, una
(2) ética y una (3) erótica.7
1) La epistemología celebra la autologicidad, como la de los cuadros
de Escher, la matemática de Gödel, las composiciones de Bach (Hofstad-
ter 1982), la sociología de Luhmann (2007), la cibernética de segundo

7 Intuiciones cercanas a nuestra exigencia de epistemología, ética y erótica las vemos en


Durkheim (2001), en los antropólogos funcionalistas británicos Malinowski (1984) y Radcli-
ffe-Brown (1986), claramente en Parsons (1976), Habermas (1992) y Luhmann (1998).
120 HUGO CADENAS / Crítica a la Crítica de la razón cínica

orden (Foerster 1991) o la biología de la cognición (Maturana y Varela


1973). La epistemología no pierde la cabeza ante las paradojas ni las
oculta, sino que las asume, así como los kínicos asumen que son perros.
Pierden sentido entonces distinciones como ideología/realidad, pues no
pasan el test de la recursividad: si la distinción entre lo ideológico y lo real
se realiza en la realidad, entonces la ideología es parte de las realidades
de ese mundo y, por tanto, podría llamarse ideología, naranja o perro,
sin contener en sí un problema ontológico severo; por el contrario, si la
distinción se marca desde el lado de la ideología, entonces ella misma es
una mera ideología, no solo como ideología, sino también como reali-
dad.
Más problemática es la pregunta acerca del modo en que los ob-
servadores pueden ser capaces de distinguir en qué lado están, a pesar
de que pueden —y lo han hecho— motivar a los otros observadores a
ubicarse en el lado correcto.
2) La ética es la autoimposición de reconocer los resultados de las
propias pruebas de recursividad. Acá se lee: todo lo que digas sobre el
mundo, lo dices de ti mismo. Esto es más complicado de lo que parece,
no es simplemente un cargar con las faltas de los demás como propias,
sino aplicar la distinción con la que se observa al observador. Si el cono-
cimiento es poder (Foucault) y con él nace la dominación de los otros,
entonces mi propio conocimiento (o el de las ideas de Foucault) es poder
que da a luz a la dominación de otros más; luego, ¿cómo podría emanci-
parme de esa dominación sin tener que usar la dominación que me con-
duce a más dominación?
La ética se reconoce en el mundo que describe: ve la paja en el ojo
ajeno y la viga en el propio; asume que no puede observar el mundo con
asepsia u objetividad, sino que está siempre implicada, como la eterna
trenza dorada que observó Douglas Hofstadter (1982) a propósito de la
experiencia de la recursividad en el arte y las matemáticas.
3) La erótica es la permanente ansiedad hacia el mundo, para re-
conocer el propio límite y entender su severidad, para molestar al do-
minador y al dominado, y empatizar a la vez con ambos. Denunciar la
denuncia, criticar la crítica, desnudar el argumento propio ante el de los
demás, reconocer en los otros a observadores como observadores mejor
capacitados que uno mismo.
Nada satisface la catexis de la recursividad, su búsqueda de ovejas
en otros rebaños, atraer las distinciones que no se posee, pero que se
Estudios Públicos 162 (2021), 107-123 121

desea representar. Se viste de polémica para hacer salir de sus trincheras


a los amigos y enemigos, sin buscar iluminarlos, sino pedir de ellos las
luces. No opone a conservadores, estancos y en descomposición, frente a
críticos, joviales y despiertos, pues entiende que este juicio implica fe en
un progreso que luego no podrá justificar, sino solo mistificar.
En suma, la kinicología recursiva parece estar en mejor pie que la
vieja crítica para vivir un siglo en que crisis y normalidad se han vuelto
intercambiables. Con ella se puede atacar el cinismo de los medios y la
utopía de los fines. Puede hacer su nido en cualquier sistema funcional,
organización, interacción, grupo o red, acomodándose a cualquier pers-
pectiva e incorporando una multiplicidad de distinciones, simétricas y
asimétricas, y se ofrece a sí misma como objeto para descubrir sus pro-
pias contradicciones.

3. Conclusiones

Luego de dos décadas de nuevo siglo, todas las escalas de los problemas
globales han tenido que ser recalibradas. El cambio climático comienza
a generar catástrofes cada vez mayores, el terrorismo aumenta su glo-
balización, la corrupción llega a las raíces de cada institución, con cada
nueva crisis financiera se produce más pobreza y, con casi un siglo de
distancia (1918-2020), la gripe vuelve a ser pandemia y nos obliga a
usar nuestras viviendas como ‘sistemas de inmunidad’ (Sloterdijk 2006).
Las crisis se viven ahora en tiempo real; se sincronizan (Sloterdijk 2018;
Nassehi 2008). Si es que vamos a recuperar algo del pasado, habrá que
ajustarlo al correr de nuestros tiempos.
Los viejos críticos pueden todavía sentirse seguros en su nomen-
clatura aséptica y bonachona. Los kínicos-recursivos hablan en cambio
con vergüenza propia y ajena. Conocen sus fallas y las muestran. No pre-
tenden conocer el mundo mejor que quienes lo padecen desde tantas
perspectivas que es imposible catastrarlas todas. La suya es también una
perspectiva, y si es que se indignarán con todo, lo harán también consi-
go mismos.
El programa de investigación se hace entonces más demandante
que el de la vieja crítica de la ideología. Si bien las tradiciones con las
cuales hemos establecido vinculaciones pueden parecer demasiado ape-
gadas a la ontología véteroeuropea que distingue sujeto y objeto como
122 HUGO CADENAS / Crítica a la Crítica de la razón cínica

realidades absolutas, nos distanciamos de un modo radical de ellas. Los


parecidos son entonces solamente nominales. Así, los tres requerimien-
tos antes señalados (epistemología, ética y erótica) aparecen como un
complejo de factores teóricos que se ponen en juego en propuestas y
no como atributo de actores. Es decir, la acción puede emerger como
atribución que se entrelaza en el sistema científico, pero puede ser tam-
bién vivencia latente en la praxis de dicha comunicación. El kinismo nos
empuja a explorar las distinciones en estas dimensiones, a entender la
multiplicidad de lados de cada factor y a ceder espacio a la recursividad
como aliciente a nuevas exploraciones.
El futuro de la crítica de la sociedad no parece molestar en demasía
a los viejos críticos, y es comprensible que así sea. No solo han sido ca-
paces de persistir entre las telarañas de las burocracias que los cobijan,
sino de crear sus propias burocracias para nuevas telarañas. Con ellos
ni siquiera hay que molestarse en invitarlos al juego. Los teóricos que
parecen entender la severidad de sus propias reglas, en cambio, pueden
avanzar en estas rutas o servir de compañía en los caminos que de pron-
to se nos abren. Peter Sloterdijk nos parece un buen compañero para
este viaje.

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DOI: https://doi.org/10.38178/07183089/1226210301

Comentario 1

Sobre el desgaste de la ‘crítica’.


Repercusiones de un texto de
Peter Sloterdijk
Niklas Bornhauser
Universidad Andrés Bello, Chile

E n el ámbito de las ciencias sociales —aunque no exclusivamente en


este— se ha convertido en parte del buen tono académico (auto)
calificar el propio quehacer como crítico,1 suscribir, sin necesariamente
entrar en mayores precisiones o detalles, un proyecto crítico (en ocasio-
nes, general, con pretensiones universales, inespecífico en cuanto a su
‘objeto’), o incluso presentarse a sí mismo como crítico de ‘algo’ (las prác-
ticas dominantes, los saberes hegemónicos, el heteropatriarcado, etcéte-
ra). Este concepto —cuyas genealogías modernas apuntan, entre otros,
al Dictionnaire historique et critique de Pierre Bayle, aparecido en 1697,
en el que su autor definía la crítica como aquello que separa la razón de

Niklas Bornhauser es Licenciado en Psicología por la Universidad Diego Portales y Doctor en


Filosofía por la Universidad de Madrid. Actualmente se desempeña como Profesor Asocia-
do de la Facultad de Educación y Ciencias Sociales, Universidad Andrés Bello. Dirección:
Fernández Concha 700, Las Condes, Santiago, Chile, CP 7591538. Email: nbornhauser@
unab.cl.
1 Por ejemplo, con tal de remitir a una traducción al castellano reciente, Nikolas Rose (2019),
sobre la base de la apropiación de ciertos pasajes de Michel Foucault, en La invención del
sí mismo. Poder, ética y subjetivación, ha propuesto como alternativa a las historias tradicio-
nales o convencionales, la idea de historia crítica (en su caso, de la psicología). A su vez, en
la sucesión de la geografía radical, que emprendería el relevo de la geografía tradicional,
avalada por la fundación de una sociedad y de al menos dos órganos de publicaciones, en
el ámbito angloamericano en los alrededores del cambio de siglo se estableció lo que se
conoce como critical geography. Por último, está el caso de la criminología crítica, que en la
década de 1960 se estableció en oposición a la criminología tradicional, calificada por ella
como ‘ciencia legitimatoria’ [Legitimationswissenschaft].
126 NIKLAS BORNHAUSER / Comentario 1 a Kinicología recursiva, de H. Cadenas

la iluminación, y con ello realiza el paso decisivo hacia un concepto de


crítica orientado a la práctica—, lejos de remitir a un significado acotado,
concreto y establecido, hoy en día es más bien un desafío.
La crítica actualmente se ha convertido en una especie de muleti-
lla, palabra-valija, buzzword o cantinela (intelectual o no): ya sea como
sustantivo o como adjetivo, el vocablo se extiende rizomáticamente
—proyectándose más allá del debate académico, alcanzando prácticas
discursivas diversas, no necesariamente restringidas al canon universita-
rio— por títulos2 o subtítulos3 de libros, nombres de revistas.4 Sirve para
identificar prácticas discursivas enteras5 e incluso le ha dado el nombre
a enfoques teóricos completos; en este caso, la teoría crítica. Esta expre-
sión, históricamente asociada, aunque no sea un atributo o propiedad
exclusivo de esta, a la —bien o mal llamada— Escuela de Frankfurt6 y al
Instituto de Investigación Social (relacionado, a su vez, a la Universidad
de Frankfurt), debe su nombre a Max Horkheimer que con esta expre-
sión, encontrándose ya en el exilio, se propuso designar “un proyecto
científico del Instituto”, un “proyecto de investigación de un materialismo
interdisciplinar” (Schweppenhäuser 2000, 188). Es en Traditionelle und
kritische Theorie, publicado el año 1937, en el que discute el ideal y el
quehacer de la ciencia poscopernicana, donde el adjetivo ‘crítico’, según
Horkheimer aclara en una nota al pie, “se entiende aquí no tanto en el
sentido de la crítica idealista de la razón pura, como en el de la crítica
dialéctica de la economía política. Se refiere a una característica esencial
de la teoría dialéctica de la sociedad” (Horkheimer 2003, 239).
Contrariamente a este linaje reciente, establecido nada menos que
por uno de los founding fathers de la mentada Escuela de Frankfurt,

2 Entre los múltiples ejemplos posibles quizá valga la pena mencionar los siguientes:
Horkheimer (1988), Eribon (2016).
3 Probablemente, el más conocido de todos ellos sea Kritik der klassischen Ökonomie, que

constituye, a la vez, el subtítulo de Das Kapital de Karl Marx; así como, con el prefijo ‘Zur’,
una publicación independiente del año 1959.
4 Entre las revistas ‘clásicas’ figuran, entre otras: Critique, fundada en 1946 por Georges Ba-

taille; Critique: Journal of Socialist Theory, editado desde 1975 por H. Tickin; así como revistas
más contemporáneas como Kritische Justiz, Kritische Sozialwissenschaft, Zeitschrift für kritis-
che Sozialtheorie und Philosophie.
5 La Kulturkritik o, más bien, las críticas culturales, que se remontan, entre otros a Jean-

Jacques Rousseau, Friedrich Nietzsche y Sigmund Freud, es quizás uno de los ejemplos más
destacados.
6 A propósito de la relación entre la teoría, la escuela y el lugar geográfico (y su más allá),

véase Winter (2015).


Estudios Públicos 162 (2021), 125-136 127

ciertos ejercicios de lectura (ya no tan) flamantes, a saber el cruce que


se produjo entre los respectivos textos de Michel Foucault7 y de Judith
Butler,8 destaca justamente el antecedente que había sido descartado
por Horkheimer: a saber, Immanuel Kant, en particular sus tres Críti-
cas y su ensayo ‘Respuesta a la pregunta ¿qué es la Ilustración?’, al que
tanto Foucault (1990) como Butler (2002) hacen alusión. De manera
congruente con lo anterior, la incontenible expansión epidémica del
término ‘crítico’ y su creciente popularidad no ha ido de la mano con
la correspondiente precisión del respectivo campo semántico al que
remite, de manera que en ocasiones se ha visto privado, justamente, de
todo potencial crítico en el sentido del krínein, convirtiéndose en una
palabra hueca, vacía, o incluso, parafraseando a Raymond Williams (1976,
75-76) corriendo el riesgo de pasar a ser mera Krittelei (en español, algo
así como ‘critiquería’), uno de los conceptos de los que la crítica propia-
mente tal en sus orígenes se esforzaba por desprenderse hasta llegar
a oponerse a él. En el debate público actual incluso se ha visto cómo la
autodenominación de un determinado pensamiento como ‘crítico’ pa-
reciera ser suficiente para blindarse efectivamente contra toda crítica,
situándose más allá de toda cuestionabilidad y, en virtud de su presunto
impulso crítico, ubicando al mismo tiempo a sus detractores en el polo
más conservador o reaccionario. De este modo, el concepto de crítica,
antaño —es decir, en la Grecia clásica— el pivote por antonomasia del
pensamiento, se ha convertido, en el mejor de los casos, en un(a palabra)
comodín o una palabra depredadora, una expresión nichtssagend, vacua,
insignificante, literalmente: que no dice nada, y un Füllwort, una palabra-
relleno, o en un tic de langage.
Dado este estado de cosas, no se puede sino aplaudir toda tentativa
de contribuir a la más que necesaria discusión tanto del concepto como
de sus usos, quizás, incluso, de recuperar su potencial genuinamente
crítico, ligado a los orígenes del pensar, actualmente diluido como re-
sultado del abuso acéfalo y del sobreempleo irreflexivo del vocablo. El

7 Se refiere a la conferencia “Qu’est-ce que la critique?”, pronunciada por Foucault el 27


de mayo 1978, ante la Société Française de Philosophie, publicada posteriormente como
“Qu’est-ce que la critique? Critique et Aufklärung” (Foucault 1990).
8 Hace alusión al ensayo “What is critique? An Essay on Foucault’s Virtue”, que originalmente

fue entregado, en un formato más breve, como Raymond Williams Lecture en la Cambrid-
ge University en mayo de 2000, luego publicado, en una versión más extensa. Ver Butler
(2002).
128 NIKLAS BORNHAUSER / Comentario 1 a Kinicología recursiva, de H. Cadenas

artículo de Hugo Cadenas (2021), titulado “Crítica a la Crítica de la razón


cínica: en defensa de una kinicología recursiva” constituye un excelente
ejemplo de semejante intento. Se trata de un texto lúcido, agudo, en el
que, como respuesta a la crisis contemporánea del concepto de crítica
—y, por defecto, del pensamiento crítico—, se propone, como “cuestión
central […] resolver si es posible seguir pensando la crítica sin recursivi-
dad” (Cadenas 2021, 103).
Ante el horizonte conformado por ciertas respuestas ya formuladas
respecto de esta pregunta,9 Cadenas sugiere que “la idea de kinismo
aparece como apropiada para intentar un camino alternativo que pue-
de ser inclusive más radical que las propuestas existentes”. Esta idea, tal
como ya sugiere elocuentemente el título, remite, por un lado, al texto
de Peter Sloterdijk Crítica de la razón cínica, publicado originalmente
en 1983, en el que, a lo largo de casi mil páginas, sobre la base de la
distinción entre kinismo y cinismo,10 se postula la hipótesis de que una
Ilustración propiamente tal —en el sentido kantiano del término— no
habría ocurrido, al menos no se habría consumado plenamente tal como
lo exigía el mismo proyecto de Enlightenment.11 Sloterdijk, más bien, ha-

9 Concretamente, se nombra, sin desarrollarlos en detalle, a Amstutz y Fischer-Lescano


(2013); Fuchs y Hofkirchner (2009); Cordero, Mascareño y Chernilo (2016); Slaymaker y Melt-
zer (2010), Wagner (2005).
10 En el texto en alemán figuran las siguientes variantes: Kyniker, Zyniker y Cyniker. La prin-

cipal novedad de Crítica de la razón cínica, a saber, como oportunamente recuerda Cadenas,
la distinción entre cinismo y kinismo, se refleja en estas diferencias a nivel de la letralidad.
En esta distinción el espíritu vital y desenfadado de personajes como Diógenes representa
el ‘verdadero’ kinismo, el kinismo jovial, de su variante (deformada, degenerada, contami-
nada) moderna, opresiva y despiadada. Más allá de que esta idea sea un acierto original de
Sloterdijk —o, como ha señalado, no sin acierto, Klaus Laermann en un texto de 1988, titu-
lado ‘Von der Apo zur Apokalypse’, un hallazgo de Klaus Heinrich—, el cínico se alza como
“la figura moderna [ilustrada, en el lenguaje de Sloterdijk], que tiene que ser desenmasca-
rada y su razón criticada, pues es quien ha sembrado el mundo con espejismos que ocultan
sus conspiraciones y jugarretas” (Cadenas 2021, 105).
11 Es precisamente la época de la Aufklärung tanto en su versión filosófica como en aquella

atribuible a la educación sexual, la responsable de haber propulsado la dialéctica del en-


tendimiento y la sensibilidad hasta su —¿irreversible?— desgarro. En consecuencia, en la
senda inaugurada por Nietzsche es calificada como “triste ciencia” (Sloterdijk 1999, 28), que
provoca, a pesar suyo, “una petrificación melancólica” (Sloterdijk 1999, 28). El trazo de esta
tristeza se proyecta a lo largo de todo el libro, ya que los cínicos modernos son caracteri-
zados, en palabras de Cadenas, como “pesimistas y melancólicos; depresivos funcionales
ocupando puestos estratégicos en todas las modernas burocracias. Nihilistas cuando re-
flexionan un poco, se encuentran cómodos e integrados en la sociedad, pues no pierden
el tiempo buscando verdades, sino solo su propia supervivencia” (Cadenas 2021, 106) —en
suma, se asemejan a unos estilosos hípsters neoyorquinos debidamente anestesiados con
Prozac o cualquiera sea el antidepresivo de moda. Abundan los diagnósticos psicopatoló-
Estudios Públicos 162 (2021), 125-136 129

bla de un trabajo “al mismo tiempo con éxito y en vano” (Sloterdijk 2003,
40), una “Ilustración malograda” (Sloterdijk 2003, 47), cuyas “fuerzas […]
estaban demasiado debilitadas por razones diversas” (Sloterdijk 2003, 48)
y una “Ilustración insatisfecha” [unbefriedigt]12 (Sloterdijk 2003, 49).
Por otro lado, el assamblage conceptual propuesto por Cadenas
remite a la noción de recursividad, un concepto arraigado en la teoría
de sistemas en general y en el pensamiento de Niklas Luhmann en
particular. Como es consabido, este concepto hace alusión, a grandes
rasgos, a tres cosas: uno, al hecho de que los procesos básicamente son
encadenamientos de acontecimientos que se implican a sí mismos; dos,
presupone que la recursividad consiste en la anticipación comprensiva
al pre-captar, al pre-asir [Vorgriff] estados ulteriores del sistema; y tres, al
mismo tiempo, el concepto enfatiza la dependencia de (las propiedades
de un determinado sistema) de las operaciones u procesos anteriores
(de ese mismo sistema). Cadenas propone aplicar a la propuesta de
Sloterdijk lo que él identifica, en sus palabras, provisoriamente, como
test de recursividad o examen de completitud de una proposición teó-
rica. Esto, según declara el mismo autor, con el objetivo de “discernir una
pretensión contenida en la postura de Sloterdijk, esto es, su capacidad
crítica” (Cadenas 2021, 110). Recurre, para esto, a Epiménides, Gödel,
Russel, Foerster, Spencer-Brown, entre otros, pero, sobre todo, a Niklas
Luhmann. La intención es meritoria, incluso loable: someter la crítica, res-
pectivamente, sus pretensiones, a las pruebas de la recursividad. Como
resultado de dicha prueba, “la crítica debe abandonar su autopresenta-
ción como portadora de una luz que encuentra la realidad inmanente a
la ficción transcendente, debe hacer algo más que aumentar el número
de ideologías (naranjas, perros) registrables en su conjunto que no es un
conjunto” (Cadenas 2021, 119).
Ya este objetivo, a saber, despojar la crítica de su autocomplacencia,
sus fatuas pretensiones de irrebasabilidad [Unhintergehbarkeit] y autono-

gicos, las etiquetas psiquiátricas —“esquizofrenia moral” (Cadenas 2021, 112)—, algo que
llama la atención si recordamos que el propio Sloterdijk, en un arco que se extiende desde
Sigmund Freud, pasando por Wilhelm Reich, hasta Donald Laing y David Cooper, y que
interpreta como el enredo resultante del hecho de que a la crítica de la ideología no se le
permita ser sátira y se vea obligada a presentarse como ciencia, califica como “su llamativa
tendencia a buscar refugio en la psicopatología” (Sloterdijk 1983, 60).
12 Según aclara Miguel Ángel Vega, el traductor de la Crítica de la razón cínica al castellano,

supuestamente una alusión a la carta de Lutero ‘Über die Freiheit eines Christenmenschen‘.
130 NIKLAS BORNHAUSER / Comentario 1 a Kinicología recursiva, de H. Cadenas

mía —que la vuelve a ella y a sus voceros prácticamente en intocables,


convirtiendo a estos últimos en garantes de la verdad y reserva moral en
tiempos de miseria y corruptibilidad— justifica con creces el ambicioso
proyecto propuesto en este trabajo. En efecto, la kinicología recursiva se
perfila como alternativa a las corroídas variantes de la crítica, desgasta-
das en su uso descriteriado y abusivo, necesitadas a su vez de una revi-
sión crítica que sea capaz de volver a sacarle el filo necesario para que
puedan realizar, como si de un incisivo bisturí se tratara, su tarea de dis-
tinguir, separar —y, last but not least, decidir. Cadenas aprovecha una de
las propiedades de la cibernética —que él, siguiendo al propio Luhmann
(1984), opone a la dialéctica—,13 concretamente, su tendencia a encon-
trar (o hasta producir) diferencias, lo que ha llevado a calificarlo incluso
como un “pensamiento de la diferencia” (Descombes 1981, 81), para
concluir lo siguiente: “Si el proyecto de la ilustración es finalista, la kinico-
logía recursiva es autopoiética; su fin es irrealizable o, dicho de un modo
paradójico, su fin es evitar su fin” (Cadenas 2021, 113). Con esto, se con-
trapone el proyecto —inconcluso, en palabras de Habermas; detenido a
medio camino, según Nietzsche; fracasado, en opinión de algunos— de
las Lumières, a la apertura radical de la kinicología, su inexpugnable con-
dición de abierto.
Cadenas concluye su contundente argumentación señalando tres
dimensiones —epistemológica, ética y erótica—14 a ser tomadas en

13 Sin embargo, esta posición ha sido criticada por adherir a sus propios presupuestos me-
tafísicos, entre ellos por el mismo Gerhard Wagner (1994), mencionado al comienzo de su
artículo ‘Am Ende der systemtheoretischen Soziologie‘.
14 Quizá sea precisamente la adherencia a esta escena primordial paradisiaca, el diálogo

libre entre interlocutores libres, despojado de toda coerción, sujeción o compulsión [Zwang],
junto a la presuposición de que la verdad “seguiría esperando en algún lado a ser descubier-
ta” (Cadenas 2020, 106), la que impida sumar —eventualmente por el desvío por los textos
de Michel Foucault y Judith Butler que señalamos de entrada— a los tres ejes distinguidos
por Cadenas, un cuarto eje, genealógico, en el que el concepto de Macht, cuya presencia
se insinúa en Crítica de la razón cínica, se convierta en pivote de una crítica radical de la
crítica. Al mismo tiempo, se da por supuesto que entre los diversos intentos por alcanzar la
verdad estaría “la acción comunicativa que Sloterdijk apunta todavía como una maniobra
válida” (Cadenas 2021, 106). Esta conclusión está basada en la siguiente cita de Crítica de la
razón cínica: “Conservar intacta la saludable ficción del diálogo libre es la última tarea de la
filosofía” (Sloterdijk 1999, 52). Dicha sentencia se encuentra en el segundo apartado de la
primera parte del libro, titulado ‘2. Ilustración como diálogo – Crítica de la ideología como
continuación con otros medios del diálogo fracasado‘. Lo que Sloterdijk interroga es el carác-
ter libre —según la interpretación de Cadenas, desprovisto de violencia— de dicho diálogo.
En palabras de Sloterdijk, el consenso voluntario [freiwillig] es el núcleo metódico y su ideal
moral, se trata de un “acaecer sublimemente pacífico”, la Ilustración porta en sí “una primi-
Estudios Públicos 162 (2021), 125-136 131

cuenta en futuros debates, abriendo así un espacio de discusión para


ulteriores indagaciones críticas. Transcribimos, a continuación, un pasaje
del artículo que resume las ventajas del ejercicio propuesto:

En suma, la kinicología recursiva parece estar en mejor pie que la vieja


crítica para vivir un siglo en que crisis y normalidad se han vuelto inter-
cambiables. Con ella se puede atacar el cinismo de los medios y la utopía
de los fines. Puede hacer su nido en cualquier sistema funcional, organi-
zación, interacción, grupo o red, acomodándose a cualquier perspectiva e
incorporando una multiplicidad de distinciones, simétricas y asimétricas, y
se ofrece a sí misma como objeto para descubrir sus propias contradiccio-
nes. (Cadenas 2021, 121)

‘Crítica a la Crítica de la razón cínica: en defensa de una kinicología


recursiva‘ se presenta, entonces, como un abordaje ilustrado, prolijo, al
mismo tiempo que original, de una problemática contemporánea acu-
ciante, profundamente arraigada en el Zeitgeist de nuestra época.
Sin embargo, recogiendo el mismo ánimo crítico (recursivo) del
propio texto, con el objetivo de poner a prueba si es posible aguzar aún
más sus cantos críticos, a continuación quisiera aprovechar ciertas coin-
cidencias de fechas, producto de la plasticidad del pensar y de la tempo-
ralidad inherentes a los procesos de traducción, y releer algunos de los
pasajes que invitan precisamente al debate constructivo. En primer lugar,
abordar el pensamiento de un autor tan prolífico, tan productivo y exu-
berante como Peter Sloterdijk15 —para ni siquiera hablar de Niklas Luh-

genia escena pacífica, un pacífico idilio de teoría del conocimiento” (Sloterdijk 1999, 50). La
conclusión de que el diálogo libre equivale a la acción comunicativa es al menos apresurada,
por no decir arriesgada, y no es avalada por el texto de Sloterdijk, en el que dicha acción
asociada a la correspondiente teoría (de la acción comunicativa), no aparece sino hacia el
final de la ‘Consideración fundamental lógica‘: “El que nosotros apostemos, en la filosofía de
la conciencia, por la autorreflexión; en la filosofía del lenguaje, por la acción comunicativa;
en lo metarreligioso, por la fusión meditativa; o estéticamente, por la trascendencia lúdica, la
decisión al respecto nos la sacará sin esfuerzo una razón racional, es decir, una razón fisonó-
mico-simpatética, de las inclinaciones de nuestro cuerpo” (Sloterdijk 2003, 550).
15 Doscientos años después de la primera edición de la Crítica de la razón pura, se escri-

bió —para ser publicada dos años después en la editorial alemana Suhrkamp— el opus
Kritik der zynischen Vernunft, dos tomos de casi mil páginas, escrito por Peter Sloterdijk,
que en aquel entonces tenía 35 años. El libro se convirtió en un bestseller —en cinco años
se vendieron nada menos que 50 mil ejemplares—, recibió numerosas reseñas elogiosas
que celebraban la originalidad de la argumentación y Sloterdijk fue declarado un autor de
la talla de un Arthur Schopenhauer. A partir de entonces, los libros de Sloterdijk, a poco de
su publicación en alemán, serían traducidos al inglés, al francés, al castellano, entre otros
idiomas; sus libros se distribuirían en prácticamente todas las librerías del mundo y diver-
132 NIKLAS BORNHAUSER / Comentario 1 a Kinicología recursiva, de H. Cadenas

mann, que por razones de extensión deberá quedar relegado para otra
ocasión— es un desafío hercúleo, no solo por los quiebres o giros acon-
tecidos históricamente en el pensamiento de este y las correspondien-
tes contraposiciones o contradicciones resultantes, sino por el carácter
sobredeterminado y poliestratificado de sus escritos, caracterizados por
un despliegue retórico colosal que se traduce en un poderoso torrente
asociativo, en ocasiones irreducible a posiciones fijas únicas. Aquel estilo,
cultivado con esmero en sus numerosos textos y apariciones, debido a su
tendencia inherente al exceso y a la transgresión, no siempre está al ser-
vicio de la comprensibilidad o claridad argumentativa. En este sentido,
en 1999, Manfred Frank calificaría el polémico discurso de Elmau (o ‘Las
reglas para el parque humano’ de Sloterdijk, pronunciado en el castillo
de Elmau en Baviera en 1999) como “una extraña conformación retórica:
un dejar rienda suelta a los pensamientos y un sulfurar murmurantes,
un coqueteo, carente de pointe, con materiales capciosos”, e incluso
compara el intento de extraer del discurso una tesis clara o incluso una
recomendación racional de la acción, al “esfuerzo de clavar un budín a
la pared” (Frank 1999). Ernst Tugendhat (1999), en esa misma línea, en
un artículo titulado ‘No hay genes para la moral’, como resultado de la
polémica, constata que la exaltación sobre la conferencia de Sloterdijk
hizo que esta incluso haya sido publicada en Die Zeit —inmerecidamen-
te, en su opinión, pues él considera que el texto es asociativo y no es ni
reflexivo ni argumentativo. Sin embargo, la crítica más fuerte, con la que
concluye el texto, es la siguiente: “Debo confesar que no entendí cuál es
el punto del autor. ¿Qué es lo que quiere? Y, ¿hay algo en este ensayo,
que ahora comprendemos mejor que antes? ¿Algo que haya aclarado?
No encontré nada” (Tugendhat 1999). Si bien dicha crítica fue formulada
en el contexto de una polémica bien conocida y a la que el propio Cade-
nas hace alusión como el “conato con Habermas” (Cadenas 2021, 108),
mi hipótesis es que la ácida crítica formulada en aquella ocasión ya se deja
aplicar al texto de 1983, lo que ciertamente no facilita la tarea propuesta.

sos medios no dudarían en proclamarlo como el más importante —y, sin lugar a dudas, el
más espectacular— filósofo de Alemania después de Martin Heidegger. El éxito mediático
de su programa ‘Das philosophische Quartett’, moderado por él junto a Rüdiger Safranski,
transmitido mensualmente entre 2002 y 2012 por el segundo canal público de la televisión
alemana (ZDF), lo catapultaría a convertirse en uno de los personajes más presentes e influ-
yentes en el debate público en Alemania.
Estudios Públicos 162 (2021), 125-136 133

Ahora, si extendemos la metáfora empleada por Hugo Cadenas


a propósito de uno de los principales presupuestos subyacentes al ar-
gumento expuesto, aquel de “un feliz maridaje entre la perspectiva de
Sloterdijk y la teoría de sistemas sociales” (Cadenas 2021, 109), a la rela-
ción entre el pensamiento de Sloterdijk y la teoría crítica —que no solo
ronda por los pasillos del texto como un espectro, sino que es explícita-
mente aludida cuando Cadenas dice que “Sloterdijk ofreció a fines del
siglo pasado [el autor se está refiriendo a la fecha de la publicación de
la traducción al castellano] una nueva perspectiva para la teoría crítica”
(Cadenas 2021, 108) e incluso llega a nombrarlo en una misma oración
con Hartmut Rosa, Luc Boltanski e Ève Chiapello—, la situación se com-
plica. Si bien Sloterdijk en sus inicios hunde sus raíces en los teóricos
de la llamada Escuela de Frankfurt, en lo progresivo ha desarrollado sus
ideas principalmente al alero de Nietzsche y Heidegger, que se encuen-
tran nada menos en las antípodas de aquel proyecto, llegando incluso a
calificar la teoría crítica16 —en una entrevista concedida a Die Weltwoche,
titulada ‘Es gibt lediglich Dividuen‘ [Tan solo hay dividuos]— como ‘secta‘
(Sloterdijk 2014). Es decir, se trata de un maridaje cualquier cosa menos
evidente, que, lejos de darse de manera natural, acaso como resultado
de una confluencia natural, es, más bien, un emparejamiento tan original
como forzado —que es precisamente la gracia de la propuesta. Ahora,
mientras la teoría crítica ha sido considerada una teoría autorreflexiva
(Knapp 2004), no-conformista (Demirović 1999) y basada en el estableci-
miento de distinciones (Grimm 2017), y el pensamiento de Luhmann ha
sido calificado como una lógica o un pensamiento de la diferencia (Wag-
ner 1994) sobre la base de ciertas diferencias fundantes o incluso proce-
sos de diferenciación, en el caso de Sloterdijk el diagnóstico es cualquier
cosa menos evidente. Si recurrimos nuevamente al texto de Frank, nos
encontramos con el reproche de la creciente tendencia a la desdife-
renciación de objetos o situaciones complejas, la inclinación al uso del

16 En todo caso, podría argumentarse, el asunto que atraviesa la Crítica de la razón cínica,
más que la teoría crítica —si bien el término aparece aproximadamente unas veinte veces
en el texto, no siempre de manera protagónica, ya en la introducción Sloterdijk declara
no albergar la ambición de “ampliar este digno hospital de campaña de teorías críticas”
(Sloterdijk 1999, 28)—, es aquel de la Ilustración, la principal responsable, según Sloterdijk,
de haber extinguido incluso los últimos destellos del impulso o vuelo que (se) eleva [Au-
fschwung] de los conceptos y de los éxtasis del comprender: “Nosotros somos ilustrados,
estamos apáticos, ya no se habla de un amor a la sabiduría” (Sloterdijk 2003, 13-14).
134 NIKLAS BORNHAUSER / Comentario 1 a Kinicología recursiva, de H. Cadenas

singlar colectivo: la razón, el americanismo, etcétera. Como consecuencia


del apareamiento entre la inclinación hacia los matices y la tendencia
hacia la visión panorámica, general o de conjunto [Übersicht], se produjo
un discurso generalizado que si bien produce narraciones encantadoras,
nunca fue capaz de entregar monedas argumentativas sencillas. En pala-
bras de Frank, “esta desdiferenciación produjo una noche conceptual, en
la que todas las vacas se volvieron negras, tan negras como la noche, en
cuyo ‘ruido silencioso como la muerte’ Nietzsche veía ‘descender hacia sí
un signo desde la más remota lejanía, una constelación brillante’” (Frank
1999). Pareciera ser que el principal rendimiento de la crítica, la separa-
ción, la elaboración de las diferencias significantes, característica de todo
pensamiento, en el caso de Sloterdijk se ve traicionado por la potencia
lingüística de su discurso que rebasa sus trazos diferenciadores y lo ex-
pone al riesgo de extraviar su potencial crítico.
El mentado (wine and food) pairing entre la perspectiva de Sloterdijk
y la teoría crítica —sin que quede claro cuál sería el vino y cuál el plato
de comida— se sigue complejizando si realizamos el siguiente ejercicio.
El mismo año en que aparece la traducción de Crítica de la razón cínica en
la editorial Siruela, es decir, en 1999, Sloterdijk escribe —desde el sur de
Francia, quizá de ahí la metáfora del mari(d)age— una carta abierta que
es publicada en Die Zeit —al año reproducida, traducida al castellano, en
el N° 228 de la Revista de Occidente—, integrada por dos partes: la prime-
ra de ellas dirigida a Thomas Assheuer, el editor de Die Zeit; la segunda,
a Jürgen Habermas, acusado de ser el “maquinador tras bambalinas“
[Drahtzieher] de este affaire, de haber hablado con otros sobre él, de
haber reproducido, sin autorización alguna, copias privadas del discurso
de Elmau, acompañado de instrucciones para su lectura (tendenciosa,
equivocada) y la interpelación a actuar e incluso a haber encargado en
Der Spiegel y en Die Zeit artículos que hacen sonar las alarmas de la con-
ciencia democrática. En dicha carta concluye diciendo nada menos que
lo siguiente: “La teoría crítica murió este 2 de septiembre. Hace mucho
tiempo que estaba postrada, esta vieja señora malhumorada, ahora falle-
ció del todo. Nos reuniremos en la tumba de una época con tal de hacer
el balance, pero también con tal de rememorar el fin de una hipocresía.
Pensar significa agradecer, dijo Heidegger. Yo opino, más bien, que pen-
sar significa dar un suspiro de alivio” (Sloterdijk 1999).
Estudios Públicos 162 (2021), 125-136 135

Es decir, como resultado del desfase, producto de la traducción,


pero también de ciertos acontecimientos que incidieron no solo en el
pensamiento de Sloterdijk —la reorientación hacia Nietzsche y Heide-
gger—, sino, también, en su relación con (los representantes de) la teoría
crítica —resumidos en la querella desatada por las polémicas Regeln für
den Menschenpark—, coinciden en el tiempo un texto afín a la teoría
crítica y otro que lleva al divorcio definitivo de sus representantes. Otro
detalle: también el texto sobre la razón cínica arranca si bien no con una
declaración de muerte, sí con un diagnóstico terminal: “Desde hace un
siglo, la filosofía se está muriendo y no puede hacerlo porque todavía
no ha cumplido su misión. Por eso, su atormentadora agonía tiene que
prolongarse indefinidamente” (Sloterdijk 2003, 13). Es decir, una lectura
intertextual de los textos en cuestión revela que el supuesto matrimo-
nio, incluso antes de desatarse esta verdadera Guerra de las dos Rosas,
siempre estuvo construido sobre arena movediza o, si se prefiere, sobre
un campo minado. Haber sabido atravesar ese campo con hidalguía es el
mérito de Hugo Cadenas.

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Comentario 2

¿Kinismo o cinismo? Un comentario


al programa de recursividad kínica de
Hugo Cadenas
Francisco Salinas
Universidad Adolfo Ibáñez, Chile

A l plantear una ‘kinicología recursiva’, Hugo Cadenas (2021) propo-


ne volver al ethos de la resistencia cínica premoderna de quienes
—como Diógenes— ponían el cuerpo para subvertir las costumbres y
expresar sinceramente su reprobación hacia los demás; para Peter Sloter-
dijk, de quien Cadenas lee atentamente su Crítica de la razón cínica, esta
es la base de una filosofía vitalista e insolente, adecuada para tiempos de
crisis. Al agregar ‘recursividad’ a este kinismo, Cadenas propone que el
concepto es traducible a términos sistémico-luhmannianos que reintro-
ducen los resultados de sus operaciones en sí mismos. No cabe la menor
duda de que la indicación de esta heterorreferencia opera como ‘re-entry’
válida para un practicante de la teoría de sistemas. En efecto, la plastici-
dad de esta última permite indefinidas tematizaciones o, como mejor lo
dice Cadenas (2021, 114): “Nada satisface la catexis de la recursividad, su
búsqueda de ovejas en otros rebaños, atraer las distinciones que no se
posee, pero que se desea representar”. Ahora bien, mi pregunta es si la
propuesta resiste y tiene rendimientos dentro y fuera de la comunidad
epistémica a la que interpela el elemento recursivo del concepto.

Francisco Salinas es posdoctorante de la Escuela de Gobierno, Universidad Adolfo Ibáñez.


PhD en Sociología del Conocimiento por la University College London. Dirección: Diagonal
Las Torres 2640, Peñalolén, Santiago, Chile, CP 7941169. Email: [email protected].
cl. El autor agradece a Dusan Cotoras, Rodrigo González y Aldo Mascareño por sus comen-
tarios y sugerencias a versiones anteriores de este escrito.
138 FRANCISCO SALINAS / Comentario 2 a Kinicología recursiva, de H. Cadenas

Mi lectura es que la propuesta de Cadenas parece ser, antes que una


kinicología recursiva, un proyecto de recursividad kínica. Con lo anterior
quiero resaltar el que su observación se hace desde las operaciones de
la teoría de sistemas y el ‘kinismo’ parece limitarse a un elemento externo
que la teoría de sistemas lee desde dentro de los límites de su programa
de autoproducción (vale decir, lo ve como una oveja de otro rebaño). A
mi parecer, el problema de lo anterior es que Cadenas, más que indicar,
‘performa’ el lado kínico del término y, con ello, obstaculiza el compo-
nente vitalista que parece hacer atrayente al kinismo en primer lugar.
Ahora bien, para mayor dificultad, existe el riesgo constante de caer en
el lado de la distinción que nadie quiere indicar performativamente, esto
es, el cinismo moderno que Sloterdijk (en Cotoras, Isola y Sloterdijk 2016,
90-91) ve como una “perversión del realismo” y cuya “actitud fundamen-
tal es colaborar con una realidad moralmente inaceptable” que posee
“un componente sádico en tanto huye de la sumisión masoquista bajo la
facticidad hacia la amoralidad abierta y agresiva”.
En este comentario parto por complementar la propuesta de Ca-
denas atendiendo a un espacio relevante pero no explorado en su pro-
puesta de kinismo recursivo: la lectura que Sloterdijk hace de Luhmann.
Una vez indicado esto, se harán evidentes algunos recursos adicionales
que me permiten establecer algunas notas críticas con respecto a los
límites, posibilidades y desafíos implicados al pensar en términos kínico-
recursivos.

1. El Luhmann de Sloterdijk: moderación, represión y ambición

Cadenas propone que entre el kinismo defendido por Sloterdijk y la teoría


de sistemas derivada de Luhmann existiría un “feliz maridaje” (Cadenas
2021, 109). Ahora bien, para que un matrimonio funcione es normalmente
esperable que haya afinidad y compromiso entre ambas partes, y tanto
más para que sean felices —sea lo que aquello signifique en cada circuns-
tancia. Al respecto, la relación Sloterdijk-Luhmann parece ser menos cere-
moniosa y comprometida y, a lo sumo, parece posible catalogarla como un
affaire. Si bien en varios textos Sloterdijk parece mostrar cierta fascinación
por la arquitectura conceptual y lógicas de la teoría de sistemas de Luh-
mann, en esos mismos escritos resaltan los reparos que el autor no duda
en hacerle a la cibernética de segundo orden aplicada a la sociedad.
Estudios Públicos 162 (2021), 137-144 139

En la Crítica de la razón cínica, Luhmann solo es mencionado en una


ocasión; es ubicado junto a los dadaístas como propulsor de una “se-
mántica cínica” (Sloterdijk 2003, 686), donde el orden se sitúa sobre un
trasfondo de caos e hipercomplejidad. Cabe recordar que, para Sloterdi-
jk, el cínico moderno se diferencia del kínico en tanto se presenta como
un insolente reprimido que sirve al poder mientras fluctúa entre el pesi-
mismo, el nihilismo y la depresión (Cadenas 2021). Pese a ello, destaca
Sloterdijk, el cínico moderno es además ambicioso: “Allí donde Diógenes
exteriorizaba el ‘deseo’ con el ‘no me quites el sol’, los adeptos del cinis-
mo moderno aspiran incluso a ‘un lugar en el sol’” (Sloterdijk 2003, 351).
Considerando su moderación, represión y ambición, Sloterdijk posiciona
la ‘semántica cínica’ de Luhmann dentro del cinismo moderno.
Sloterdijk (2011) dedica el texto ‘Luhmann, abogado del diablo
(Del pecado original, el egoísmo de los sistemas y las nuevas ironías)‘ a
su interpretación del proyecto de Luhmann. La ‘moderación’ de la obra
de Luhmann se expresa en que, como conjunto, ella operaría como una
“confesión terapéutica contra la tentación de los intelectuales de quitar
de en medio lo que se les opone mediante la violencia” (Sloterdijk 2011,
68). Así, la teoría de sistemas promulga la tolerancia intersistémica y una
defensa de la observación de sistemas proliferando frente a los críticos
que quieren ver desaparecer el sistema entendido como totalidad:

Luhmann tuvo que hacer valer en un largo proceso su intuición primaria


de que, para estudiar de verdad los sistemas, es preciso tener con ellos la
tolerancia de permitirles aparecer tal como son, sin reprocharles su forma
de ser o de funcionar y sin objetarles que no son lo que no pueden ser. En
este sentido, Luhmann es, a mi juicio, un advocatus diaboli de una cualidad
hasta ahora desconocida. (Sloterdijk 2011, 71)

Ahora bien, la existencia de un observador que reniega de sus facul-


tades normativas lleva a la cuestión de la ‘represión’. En efecto, Sloterdijk
(2011, 83) destaca cómo el observador cibernético hace fuertes esfuer-
zos por “ignorarse a sí mismo” para luego encontrarse en una posición
irónica tras la perplejidad que le produce “ser un sujeto desmentido
como sujeto”. Aquí, obviamente viene a la mente la propuesta de Luh-
mann por superar la epistemología sujeto-objeto de la Ilustración. Al
retomarla desde la óptica de la auto y heterorreferencia no puede sino
indicarla como la inspiración que debe renegar (ver Luhmann 2007, 688
y ss). De hecho, en este mismo sentido, agrega Sloterdijk (2011, 92): “Pro-
140 FRANCISCO SALINAS / Comentario 2 a Kinicología recursiva, de H. Cadenas

bablemente no haya habido ninguna otra forma de teoría que de modo


tan explícito reconozca su dependencia del clima protector de su nicho
cultural, en este caso del reservorio [Reservat] académico”. Algo así ocurre
también en el texto de Cadenas (2021), donde el autor parece un tanto
complicado en relación a presentar sus ideas como propias —pese al
rescate que hace de una perspectiva tan corpórea y expresiva como es el
kinismo— y solo alza la voz en primera persona durante la introducción,
para marcar autoría por su proyecto y objetivo. La paradoja del cínico
moderno parece ser que, si bien el sujeto se reprime a sí mismo, este
bien puede tener ‘ambición’. Esto, claramente podría verse en la aspira-
ción (¡y sorprendente logro!) que tuvo Luhmann (2007, 1) al proponer
una teoría de la sociedad en treinta años y con costo cero.
Ahora bien, lo que Sloterdijk (2011) resalta es cómo Luhmann pre-
senta una teoría con pretensiones de expandirse en un ‘nuevo mundo
lógico’ que supere los obstáculos de perspectivas anteriores. Aquí se
expresaría cierta emocionalidad en la defensa de sus conceptos clave
orientados a la colonización de un nuevo territorio, un mundo domesti-
cable por la actitud ascética de la repetición conceptual:

No es nada accidental que, estando así las cosas, los primeros desembar-
cos en la nueva costa —entre los que se cuentan la teoría de la obser-
vación de segundo orden, el teorema de la autopoiesis y la doctrina de
las paradojas sistémicas— del por lo general tan apatético Luhmann los
defienda éste con cierto pathos de colonizador. El pathos del teórico de
sistemas es la repetición. (Sloterdijk 2011, 91)

Para Sloterdijk, en la teoría de sistemas de Luhmann convergen mo-


deración, represión y ambición, todos atributos de lo que entiende como
cinismo moderno. Se modera la crítica, se tapa el sujeto y se plantea una
teoría de la sociedad que repite sus formas efectivamente mientras el
mundo cambia: “la protesta impotente contra el cinismo del poder es
reemplazada por una clarificación sistémica, es decir, una clarificación
de la tarea de instrucción” (Sloterdijk 2013, 547). Dicha clarificación, en
términos de Sloterdijk (2003, 31), sería cínica debido a que “el agotamien-
to manifiesto de la crítica de la ideología tiene en [ella] su base real”. La
indicación sistémico-descriptiva toma protagonismo a condición de una
deflación de los planteamientos normativos. La teoría de sistemas parece
ser, para Sloterdijk, una de las muchas expresiones contemporáneas de
un compromiso con la realidad; uno que hacia afuera cultiva sus bucles
Estudios Públicos 162 (2021), 137-144 141

mientras que hacia adentro utiliza el constructivismo radical para ironizar


sobre su contingencia y plasticidad.

2. Kinicología y recursividad

Un programa sistémico de kinicología bien podría clamar indiferencia


frente a la selección de planteamientos de Sloterdijk sobre Luhmann pre-
sentados en la sección anterior y, haciendo la vista gorda, atrincherarse
en selecciones previas declaradas funcionales para la elaboración del
programa. No obstante, la pregunta es si tras leerlas puede seguir obser-
vando de la misma manera lo que antes veía de una forma determinada.
Si las críticas de Sloterdijk a Luhmann tienen algo de sentido, estas bien
podrían estar anunciando algunos de los riesgos asociados a formular
una kinicología recursiva. Por ejemplo, si el componente recursivo del
concepto fuese cínico, la composición resultante podría leerse como una
‘kinicología cínica’ sin capacidad heurística para identificar ningún lado
de la (in)distinción expuesta. A su vez, si la ambición es una fuerza que
explica la expansión de dominios en la teoría de sistemas, cabe pregun-
tarse si es que este proyecto tiene alguna justificación o criterio que lo
fundamente más allá de un trabajo limítrofe de avanzada (Gieryn 1983).
Esto último plantea también la interrogante sobre el orden de los
factores que adelantaba comenzando este escrito. ¿Por qué hablar de
una ‘kinicología recursiva’ en lugar de una ‘recursividad kínica’? La expre-
sión de Cadenas (2021, 112) dice enfatizar lo kínico, pero las “duras prue-
bas” de limpieza del concepto las termina imponiendo la recursividad. Es
la recursividad y no la kinicología la que pone las reglas del juego en la
propuesta de Cadenas. En dicho sentido, pareciera más apropiado pen-
sar el proyecto de Cadenas como una ‘recursividad kínica’ que, partiendo
de las propias lógicas operativas que la teoría de sistemas plantea, ob-
serva lo kínico como una de sus tantas selecciones posibles. Aun hecho
esto, y con independencia del nombre que se le dé, estimo que queda
un largo y desafiante camino para lograr identificar qué es lo que aporta-
ría exactamente la teoría de sistemas al kinismo y viceversa. A continua-
ción, me limitaré a trazar algunas líneas.
Una primera cuestión radica en lo que lega la teoría de sistemas al
kinismo. Cadenas (2021, 112) indica que, para Sloterdijk, cínicos y kínicos
“aspiran a entender un mundo del que creen no ser parte”. Ahora bien,
142 FRANCISCO SALINAS / Comentario 2 a Kinicología recursiva, de H. Cadenas

el propio Sloterdijk (2001, 13) expresa la imposibilidad de pensar y ob-


servar sin ‘escenificar’ dentro del mundo. Sea lo que piense Sloterdijk al
respecto, me parece que tampoco aportan mucho en este punto las he-
rramientas autorreferentes luhmannianas obsesionadas por incorporarlo
todo a su maquinaria sistémica. No requerimos de nada de esto para
dar cuenta de que, por ejemplo, el insolente Diógenes era un ser astuto,
inmerso en relaciones y situaciones sociales en las que dramatizaba su
personaje kínico. Sin necesidad de más recursos, un par de anécdotas lo
hacen evidente: “Cuenta Dionisio el estoico que, apresado tras la batalla
de Queronea, [Diógenes] fue conducido a presencia de Filipo. Entonces
le preguntó este quién era, y contestó: ‘Un observador de tu ambición
insaciable’. Así suscitó su admiración y quedó en libertad”. Otra cuenta:
“Al invitarle uno a una mansión muy lujosa y prohibirle escupir, después
de aclararse la garganta [Diógenes] le escupió en la cara, alegando que
no había encontrado otro lugar más sucio para hacerlo” (Laercio 2007,
293, 298). Asimismo, basta revisar una biografía intelectual para notar
que incluso el agrio Adorno —el cínico per excellance para Sloterdijk y
Cadenas— tenía una extensa vida social y que en el exilio en EEUU in-
cluso entabló amistad y festejaba con Charles Chaplin y otras estrellas
de Hollywood (Jeffries 2017, 227-228). No queda claro qué aportaría la
recursividad a una actitud vital bastante autovalente en estos personajes.
Menos obvio y más arbitrario parece ser el que una investigación
en el kinismo o cinismo demande una exploración epistemológica, ética
y erótica, dimensiones que, por cierto, se asemejan más a la demanda
ilustrada de las tres críticas de Kant antes que a cualquier solicitud kínica.
Más bien, a lo que parece empujar el kinismo es hacia un constante en-
sayo fuera de los límites de lo convencional, recodificando lo codificado,
interviniendo como trixter en lo políticamente asentado. Tal vez, una
kinicología recursiva sería aquella que establece un repertorio de exce-
sos, siempre en construcción, siempre incompletos, cuyo horizonte es el
próximo insulto, el próximo despropósito, la próxima lección no solicita-
da, la próxima impertinencia o la próxima parrehsia (Foucault 2011). En
este sentido, el mayor aporte de Cadenas es la tematización: obligarnos a
pensar con y contra Diógenes y Sloterdijk.
Ahora bien, ¿qué aporta lo kínico a la recursividad? Si el problema
según Sloterdijk es que la semántica cínica de la teoría de sistemas pa-
dece de moderación (aversión a la crítica), represión (autoocultamiento)
Estudios Públicos 162 (2021), 137-144 143

y ambición (repetición de operaciones), una posible respuesta sería


ofrecer parches para subsanar algunos de estos desafíos. Aquí me parece
que Cadenas ofrece algunas pistas para por lo menos remediar el segun-
do problema y dar voz al sistémico:

Los viejos críticos pueden todavía sentirse seguros en su nomenclatura


aséptica y bonachona. Los kínicos-recursivos hablan en cambio con ver-
güenza propia y ajena. Conocen sus fallas y las muestran. No pretenden
conocer el mundo mejor que quienes lo padecen desde tantas perspecti-
vas que es imposible catastrarlas todas. (Cadenas 2021, 115)

No obstante, pese a que en la cita y en la propuesta se identifica un


bienvenido avance hacia el desocultamiento del sujeto sistémico, este
aún se ve aprisionado en una repetición dogmática de las críticas gre-
miales que, de antaño, los sistémicos hacen a los críticos. El componente
kínico posibilita que el poscrítico Cadenas, amparado en una ‘crítica de
la crítica’, pueda continuar ensayando formas de crítica más propicias
para su ontología dinámica. Paradójicamente, esta recursividad crítica
no elimina a la crítica, sino que simplemente la desafía hacía semánticas
no simplistas —complejidad que la propia crítica de avanzada ya ha in-
tegrado tras décadas de ensayos de integración entre marxismo, psicoa-
nálisis y posestructuralismo (ver, por ejemplo, Fraser 2013, 2014). Por el
contrario, habría que ver si la teoría de sistemas está a la altura, pues una
kinicología realmente recursiva tendría que integrar como propia y cons-
tante una actitud de asco a la pleitesía y, con desdén, pedir repetidamen-
te a Sloterdijk, Luhmann, Diógenes o quien quiera tomar su lugar, que se
corra cuando tape el sol. Esto parece no ejercerse de manera dramática
en la propuesta de Cadenas; falta aún mover a autores para alcanzar un
cuerpo tostado y cínico.
En consideración de esto, un desafío de observación para la teoría
de sistemas consiste en movilizar sus horizontes para actualizar su en-
torno crítico y dejar de repetir críticas añejas a la TAC de Habermas o a
algún pasaje poco feliz de Marx.1 Posiblemente, si es que los colegas no
son indiferentes y llegan a integrar la diferencia, el kínico podría llegar a

1 En efecto, aquí se podría aprender del gesto de Habermas (1987) cuando actualiza su an-
tiguo esquema trabajo/interacción por el de sistema/mundo de la vida, en consideración y
reconocimiento de los avances de la cibernética. En el mismo sentido, la teoría de sistemas
podría beneficiarse de reconocer los avances intelectuales de la teoría crítica contemporá-
nea (ver, por ejemplo, Cordero 2017).
144 FRANCISCO SALINAS / Comentario 2 a Kinicología recursiva, de H. Cadenas

ser un buen coach para fomentar este aprendizaje organizacional y com-


batir las ocasiones en las que el cinismo se asoma al interior de la teoría
de sistemas.

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Comentario 3

Contra la melancolía del pensamiento


académico
Andrea Kottow
Universidad Adolfo Ibáñez, Chile

E l asunto que atraviesa el señero ensayo que Max Horkheimer (1988)


publicó en 1937 (‘Teoría tradicional y teoría crítica‘) y que funge
como acto de bautizo para la Escuela de Frankfurt, dice relación precisa-
mente con el término crítico. Lo fundamental para ellos era la manten-
ción de un espíritu verdaderamente crítico en una reflexión teórica. Lo
crítico tendría que hacerse eco de una especie de mirada metateórica,
una que pudiera cuestionar las premisas mismas desde las cuales se eri-
ge un pensamiento. Solo este tipo de visión crítica sobre la constitución
del conocimiento garantizaría que este no se naturalice y se vuelva —tal
como planteó Horkheimer, en conjunto con Adorno, en su Dialéctica de
la Ilustración (1947)— totalitaria. Lo crítico tendría que ver, así, con un
llamado a la continua revisión del punto de partida de cualquier proble-
matización, en aras de no dar por sentado nada, ni de volver verdad in-
discutible ningún punto de vista. Lo crítico debe impedir que se genere
un ángulo ciego, uno que no pueda entrar a ser revisado o discutido.
No está demás hacer presente, hoy, lo que la Teoría Crítica de la
Escuela de Frankfurt pretendía asentar en contra de la funcionalización
del pensamiento y su utilización para cimentar un determinado estado

Andrea Kottow es Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas, Magíster en Literatura Gene-


ral y Comparada de la Universidad de Chile, y Doctora en Historia de la Medicina de la Freie
Universität Berlin. Actualmente es Profesora Investigadora de la Facultad de Artes Liberales,
Universidad Adolfo Ibáñez, Chile. Dirección: Diagonal Las Torres 2640, Peñalolén, Santiago,
Chile, CP 7941169. Email: [email protected].
146 ANDREA KOTTOW / Comentario 3 a Kinicología recursiva, de H. Cadenas

de las cosas. Sobre todo, en tiempos durante los cuales el término crítico
amenaza con perder, dado su uso inflacionario, su potencial significativo.
Todo programa universitario y cada objetivo de cualquier curso académi-
co parecieran hoy en día estar incompletos si no se visten con el ropaje
de lo crítico. El así llamado pensamiento crítico se ha convertido en una
valiosa moneda de intercambio, en una mercancía que se transa en el
mercado de lo políticamente correcto, es decir, justamente en aquello
que los pensadores de Frankfurt querían desmantelar.
Este es, a mi parecer, uno de los primeros méritos del artículo de
Hugo Cadenas (2021). Se trata de un aporte que se encuentra más allá
de ser solamente una discusión, a la que habrá que entrar, por supuesto,
desde la propuesta que Sloterdijk (1983) hiciera en su Crítica de la razón
cínica. Se trataría, en primer término, de volver a pensar, y así lo explicita
Cadenas en su texto, las posibilidades de plantearse una teoría crítica y
de volver a poner sobre la palestra las condiciones desde las cuales pen-
sar críticamente. Serían condiciones tanto materiales como simbólicas,
que involucran estructuras económicas y sociales, pero también el esta-
do del pensamiento, así como sus lugares y contextos de producción y
circulación.
En esta vuelta a la pregunta por las posibilidades de una crítica, el
término central que debe retomarse es el de la ‘razón’. La razón en tanto
capacidad reflexiva y cuestionadora del ser humano, es decir, aquella ra-
zón que el pensamiento ilustrado constituyera en el garante para luchar
contra el pensamiento mítico, supersticioso, impulsado por el miedo,
por la autoridad o por la mera pereza. Pero también la razón entendida
como el mecanismo de un pensar, una forma de fungir el conocer y el sa-
ber; razón, entonces, como racionalidad. Si es esta razón la que se volvió
fundamental para el pensamiento moderno, es asimismo la que debe ser
repensada tras el convulso siglo XX, que la ha cuestionado, impulsado
por las ideas puestas en circulación por los tres grandes pensadores de
la así llamada ‘escuela de la sospecha’ (Ricoeur 1965): Nietzsche, Marx y
Freud. Este es uno de los puntos de partida de la magna obra de Sloterdi-
jk, Crítica de la razón cínica, que se plantea desde un lugar donde ya no es
solo Dios el que ha muerto, sino la filosofía misma. Esta ha devenido en
mera estrategia; en palabras de Sloterdijk (2003, 16) “[e]n un sensible en-
cogerse en hombros ante el gélido hálito de una realidad en la que saber
es poder y poder, saber”.
Estudios Públicos 162 (2021), 145-151 147

El planteamiento de Sloterdijk se origina, como toda teoría crítica


y como he apuntado más arriba, en la interrogante por las condiciones
de posibilidad de pensar críticamente. Y, como en ocasiones anteriores,
surge de un malestar en relación a un diagnóstico frente al estado de
las cosas: el pensar se ha vuelto funcional, estratégico, desilusionado o
ilusionado ciegamente con su propio insignificante éxito en el mercado
de las ideas.
¿Cómo recuperar una postura filosófica que pueda significar un
aporte en este sombrío panorama?
Es ese el acometido de las cuantiosas páginas de la Crítica de la
razón cínica de Sloterdijk y, así me parece, lo que también impulsa a Ca-
denas (2021) a discutir con Sloterdijk y proponer lo que llama ‘una kinico-
logía recursiva’. Cadenas concuerda con el filósofo alemán en la mirada
que este último posa sobre el pensar teórico hoy en día, en sus maneras
de materializarse y en sus condiciones de producción. A la depresión hay
que hacerle frente, hay que ofrecer algo para combatirla. Este es, creo,
otro crédito que hay que darle al texto de Cadenas. En un ambiente aca-
démico e intelectual muchas veces embargado por la melancolía, que
tiende a la queja frente a una contemporaneidad que no parece ofrecer
alternativas, acá se ve un esfuerzo por buscar una vía de escape. Una
salida que no tiene que ver con la práctica misma, sino más bien con la
posición desde la cual establecer ciertas prácticas. Es decir, no se trata,
según Cadenas (2021), de establecer una crítica a las universidades, a la
neoliberalización del saber, al ‘paperismo’ y a los ranking —si bien todo
eso podría estar involucrado en el arranque de su propuesta—, sino más
bien de una actitud de quienes pretenden pensar desde dónde, cómo y
en qué tono filosofar de manera crítica, de forma inconformista, sin caer
en la desazón.
Para Sloterdijk (2003), la posibilidad de combatir una especie de
punto cero al cual habría arribado el pensamiento crítico y el vacío al
cual estaría condenada la filosofía hoy, se encuentra en retomar la tradi-
ción cínica. Se trata de imaginar, una vez más, el rescate de la crítica, una
que se plantea desde un cierto antiiluminismo, un modelo que “se coloca
primera y totalmente bajo la protección de la ironía” (Sloterdijk 2003, 22).
La posición irónica, para Sloterdijk (2003), tiene la ventaja de estar des-
provista de ilusiones falsas, de grandes expectativas, de un tono gran-
dilocuente. Lo que se pretende recuperar es la sátira, la risa, el cuerpo.
148 ANDREA KOTTOW / Comentario 3 a Kinicología recursiva, de H. Cadenas

Esta postura, que parte de la ironía como actitud fundamental, no solo


ante el pensar sino también ante la vida en términos más generales, es la
que posibilita la fundación de la razón cínica. Tal como explica Cadenas
(2021, 102) al comienzo de su artículo, la razón cínica es “algo más que
un rol o una costumbre, no es meramente una institución, sino que es
una cosmovisión y una praxis, una manera de vivir compatible […] con
otros modos de vida, y adaptable situacionalmente”.
Como argumenta Cadenas (2021) de manera lúcida, esa es en el fon-
do la propuesta de Sloterdijk, a saber: una razón kínica.
En un ejercicio admirable de síntesis argumentativa, el artículo de
Hugo Cadenas logra dar cuenta de los planteamientos y las formas de
su despliegue de la obra de Sloterdijk. Al cinismo moderno —de tinte
rencoroso y deprimido, y con efectos opresivos y despiadados que bus-
can aniquilar al otro—, Sloterdijk le opone el rescate del kinismo de la
tradición de Diógenes. Se trata de una postura frente a la vida que se
encarna en el cuerpo y que se opone al diálogo socrático y al idealismo
platónico. El kínico se ríe de los otros, es capaz de mirarse en su risa. Más
que asociado a un determinado pensamiento o ideas de contenidos fijos,
el kinismo es una actitud vital. Esto es lo que permite a Sloterdijk ofrecer
una galería de personajes kínicos, donde aparecen figuras tan disímiles
entre sí como Heidegger y Sancho Panza, puestas una al lado de la otra.
Este último, anclado en sus necesidades físicas, gordo gozador y siempre
dispuesto a adaptarse a lo que las circunstancias requieran para su mejor
aprovechamiento, contrasta con la gravedad del idealista Don Quijote,
que en su altura y flacura aspira al mundo puro de las ideas. La mezcla de
figuras reales con figuras literarias para pensar el kinismo y su potencial
aporte al panorama teórico contemporáneo, es uno de los tantos gestos
interesantes, imaginativos y liberadores de la Crítica de la razón cínica.
Cito a Cadenas (2021, 108) comentando a Sloterdijk: “El kinismo: ‘que no
es más que la filosofía de la vida para tiempos de crisis’, es el antídoto
contra el cinismo y el camino para aspirar a ese valor —políticamente
incorrecto— que es la felicidad”.
Esto muestra que para Sloterdijk se trata de pensar la filosofía no
como una disciplina o la demostración de una capacidad sobresaliente
de abstracción, sino como una forma de plantarse frente al mundo. Es
también un gesto cultivado por Sloterdijk en otras obras suyas y que,
posiblemente, lo han situado como uno de los filósofos contemporáneos
Estudios Públicos 162 (2021), 145-151 149

más agudos. A la figura del especialista acá se le opone la del pensador


y el texto como programa se ve relevado por el ensayo: uno que pone a
Mefistófeles en una línea con Maquiavelo y que fue capaz, en su proyec-
to de las Esferas (Sloterdijk 1998, 1999, 2004), de incluir en sus observa-
ciones miradas provenientes de la sociología, la antropología, la poesía y
el psicoanálisis, sumando, por supuesto, la tradición filosófica.
Concuerdo con una de las críticas que Cadenas formula en relación
a Sloterdijk: este se parece más de lo que quisiera a los pensadores de la
Escuela de Frankfurt. Se trata de huir del absolutismo, de rescatar la razón
a pesar de su instrumentalización ilustrada, de pensar críticamente en pos
de una mejor vida. No olvidemos que la Escuela de Frankfurt parte de la
idea de convocar diversas disciplinas a este acometido de pensar crítica-
mente la realidad para poder transformarla. La filosofía debe estar al servi-
cio del hombre y su habitar en el mundo. No puede renunciar a esta tarea
—profundamente presente en sus orígenes en la antigua Grecia—, trans-
formándose en un saber más que se negocia en el mercado de las ideas.
Hasta acá, Cadenas (2021) retoma a Sloterdijk, concordando en gran
medida con su propuesta. Sus críticas se articulan más bien en torno a
qué hacer con este diagnóstico en el que ambos, Sloterdijk y Cadenas,
coinciden. Y es aquí donde Cadenas (2021) introduce, de la mano de
Luhmann, la formulación de la ‘kinicología recursiva’. Lo recursivo es un
método que Cadenas propone aplicar a la reflexión de Sloterdijk para
examinar si se sostiene teóricamente. Para ello, Cadenas fija su atención
en la distinción que el filósofo alemán hace entre cinismo y kinismo. Para
Cadenas, esta diferencia no lograría, finalmente, pasar el examen de
recursividad, pues ambas posturas caen en un mismo error inicial: obser-
van el mundo pretendiendo que no forman parte de él. La distancia que
tanto cínico como kínico toman en su mirada sobre el mundo en relación
a lo observado, sería una posición insostenible. No obstante, Cadenas
(2021) propone seguir por el camino abierto por Sloterdijk para aden-
trarse más allá: por ello une la kinicología —un saber o conocimiento
sobre lo kínico— con la recursividad. Esta última debe asegurar que no
se caiga en la paradoja de adoptar una postura que repita la “desgastada
crítica de la ideología y sus incontables variantes” (Cadenas 2021, 113). La
recursividad asume de manera radical que indefectiblemente el observa-
dor forma parte de lo observado, que no puede haber una distancia real
entre quien critica y lo criticado.
150 ANDREA KOTTOW / Comentario 3 a Kinicología recursiva, de H. Cadenas

Cadenas (2021) propone tres elementos para salvar la postura kínica


de sus paradojas: la primera es una epistemología, la segunda una ética y
la tercera una erótica. Quisiera detenerme en esta última para discutir un
punto que me parece que el autor destaca insuficientemente respecto
de las propuestas de Sloterdijk y que acaso mengua la fuerza de su crí-
tica al kinismo de Sloterdijk. Con lo erótico, Cadenas (2021, 114) quiere
señalar una cierta postura frente a lo real, una “permanente ansiedad
hacia el mundo, para reconocer el propio límite y entender su severidad,
molestar al dominador y al dominado, y empatizar a la vez con ambos”.
Dada su definición, no queda explicitado en qué se diferencia de
la postura que Sloterdijk rescata de los kínicos. Pues para Sloterdijk, así
como para Cadenas, se trata de enfrentarse al mundo de cierta manera,
de enredarse con ese mundo; tal como explicita Sloterdijk (2003, 28) en
la introducción a su obra: “Esta crítica no consiste tanto en un trabajo
cuanto en una relación del mismo”. Es decir, no habría tal distancia que
Cadenas acusa en esta forma de vincularse con el trabajo y el mundo.
Una de las dimensiones centrales de la Crítica de la razón cínica —por
decirlo de otra forma, una de sus temporalidades— tiene que ver con lo
que en alemán se denomina el Zeitgeist, el espíritu de nuestro tiempo,
su tono, su clima. En este sentido, creo importante recordar que el libro
de Sloterdijk vio la luz en 1983 y tal como el mismo filósofo señaló en su
momento, intentaba captar, al vuelo y de forma acelerada, el ritmo de
su tiempo. Es, así, un libro ‘actualista’, que trata de percibir la manera de
lo que Sloterdijk denominó en una entrevista realizada sobre su texto,
la composición del espíritu contemporáneo [gegenwärtige Geistesverfas-
sung].
Me parece, en primer lugar, que esta dimensión se vincula con la
erótica demandada por Cadenas. Es un texto que en cierto sentido está
lleno de ese mundo y de lo que puede aprehender en un cierto momen-
to de él. Lo que, usando palabras que podrían provenir del propio Sloter-
dijk, flota en el aire, lo que se respira del mundo. Hubiera sido interesante
que Cadenas reflexionara acerca de este carácter de la Crítica de la razón
crítica, pues, mal que mal, su publicación data de hace casi cuarenta años
y la crisis del pensamiento no ha hecho más que profundizarse. Algo de
las transformaciones de nuestra realidad se toma en cuenta en las con-
clusiones del artículo de Cadenas, pero habría podido involucrarse más
esta erótica, que sí me parece estar en el proyecto de Sloterdijk. Es más,
Estudios Públicos 162 (2021), 145-151 151

creo que hay pocos filósofos tan ‘eróticos’ como Sloterdijk, quien recorre
con sinuosidad y con frescura —acaso incluso a ratos excesiva y fanfa-
rronamente— múltiples dimensiones de lo real. La mirada de Cadenas
termina por soslayar este aspecto de la propuesta del filósofo alemán.
El artículo de Cadenas, de todas formas, me parece un aporte a la
discusión no solo de la Crítica de la razón cínica de Sloterdijk —un autor,
si bien conocido, poco discutido en el ámbito académico chileno—, sino
también una contribución al diálogo acerca de las posibilidades de pen-
sar nuestra realidad. Una vuelta de tuerca más a la pregunta que se diri-
ge a las potencialidades de una crítica, a la posición desde la cual pensar
teóricamente. En un ambiente académico que en muchos sentidos se ha
vuelto extremadamente especializado, sin apertura a diálogos interdis-
ciplinarios, este texto de Cadenas ofrece una alternativa atractiva, pues
vuelve a las viejas preguntas que se encuentran a la base de toda teoría
que se pretenda crítica. Es un texto que invita a la conversación acadé-
mica, al intercambio de ideas, a pensar conjuntamente prácticas que,
lamentablemente, se han vuelto escasas en la academia contemporánea.

Bibliografía

Cadenas, H. 2021. Crítica a la Crítica de la razón cínica: en defensa de una kinicología


recursiva. Estudios Públicos 162, 107-123.
Horkheimer, M. 1988. Traditionelle und kritische Theorie. En Horkheimer, M.,
Gesammelte Schriften, Bd. 4, Schriften 1936-1941. Frankfurt aM: S. Fischer.
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Madrid: Trotta.
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castellana en Sloterdijk, P. 2006. Esferas III. Espumas. Madrid: Siruela.]
Ricoeur, P. 1965. De l’interprétation. Essais sur Freud. Paris: Éditions du Seuil.
Ricoeur, P. 2004. Freud: una interpretación de la cultura. México DF: Siglo XXI. EP
Estudios Públicos 162 (2021), 153-159
DOI: https://doi.org/10.38178/07183089/1826210311

Respuesta a comentarios

El temor de Diógenes: respuesta a los


comentadores
Hugo Cadenas
Universidad de Chile, Chile

A gradezco a mis distinguidos colegas por su paciente lectura de mi


escrito y me siento muy honrado de contar con sus apreciaciones.
Espero sinceramente poder dar respuestas que estén a la altura de tan
valiosas observaciones. Procederé sin un orden intencional, sino tratan-
do solamente de establecer relaciones entre preguntas y dudas que per-
mitan una mejor síntesis.
Comenzaré con los comentarios de Bornhauser (2021, 126) sobre la
crítica, con los cuales no puedo sino converger. Sería muy difícil no asen-
tir con su acertado y lapidario diagnóstico: “La crítica actualmente se ha
convertido en una especie de muletilla, palabra-valija, buzzword o can-
tinela (intelectual o no)”, pues describe, con una agudeza que no podría
imitar, el paulatino vaciamiento de un término que, como él señala, en el
siglo XVII iba a comenzar su prometedora carrera filosófica de la mano
de la Ilustración, la razón y Kant, hasta hacer cumbre con las lecciones
de Foucault hacia finales de la década de 1970. Entremedio, vinieron la
fundación del Institut für Sozialforschung (IfS) en Frankfurt, el exilio en
EUA, la dialéctica de la ilustración, el regreso y la refundación. Como se-
ñala Bornhauser, hoy en día hemos llegado a un estado de cosas en que

Hugo Cadenas es PhD en Sociología por la Universidad Ludwig Maximilian de Múnich, Ale-
mania. Es Profesor Asociado de los departamentos de Antropología y de Trabajo Social,
Universidad de Chile. Dirección: Av. Capitán Ignacio Carrera Pinto 1045, Ñuñoa, Santiago,
Chile, CP 7800284. Email: [email protected].
154 HUGO CADENAS / El temor de Diógenes: respuesta a los comentadores

la cornucopia conceptual original de la crítica se ha desvanecido en un


pobre God-term, cuyo valor es más moral que intelectual. Es contraseña
universal para la entrada al cielo de la political correctness. ¿Cómo no va
a ser entonces atractiva su inmunidad moral para espíritus jóvenes relati-
vamente inmaculados y para otros no tan jóvenes que preferirían no dar
cuenta de sus actos?
Si bien Peter Sloterdijk hizo sus primeras armas filosóficas con la
teoría crítica de Frankfurt, se habría ido distanciando de dicha escuela,
señala correctamente Bornhauser, y este alejamiento conjuraría contra
la dignitas connubii que propongo entre kinismo y recursividad. Si bien
lo segundo no me parece justificado, sí es muy cierto que en la Crítica de
la razón cínica (CRC en adelante) ya se observa un primer apartamiento
con la herencia del IfS. El retrato que nos dibuja Sloterdijk en dicha obra
de Theodor W. Adorno como un académico anticuado y sobrepasado por
los movimientos estudiantiles que en sus albores celebró, y de Habermas
como un optimista algo naïf de la modernidad, son muestra de ello.
Bornhauser amplía este cisma con enriquecedores detalles de los
muchos efectos mediáticos de eventos como la charla de Múnich sobre
el ‘parque humano’ (Sloterdijk 2000) o las polémicas respecto de la ‘fis-
calidad voluntaria’ (Sloterdijk 2014) con los simpatizantes del Estado de
Bienestar alemán, a quienes ha acusado de ahuyentar con impuestos a
los más talentosos y acaudalados de la República Federal.
Se podría hipotetizar que el ánimo polémico del filósofo ha sido
también una excelente estrategia de defensa al temprano estigma cau-
sado por haber seguido como maestro espiritual en India a Bhagwan
Shree Rajneesh, conocido más tarde mundialmente como Osho, famoso
por su secta en Oregon (EUA), plena de excesos sexuales y materiales.
Desde entonces y para siempre, el pensador de Karlsruhe ha tenido que
dar explicaciones sobre su pasado en India, al igual que antes que él Hei-
degger y Gehlen, de quienes se declara admirador. Una buena manera
de desviar los reproches de la adusta Alemania —“ese país sin verano y
sin oposición” (Sloterdijk 2003a, 113)— ha sido provocar con arrogancia
y erudición sobre los temas más incómodos para la conciencia de sus
interlocutores. Su afinidad de pensamiento con Nietzsche y Heidegger,
que también menciona Bornhauser (2021), además de su simpatía con la
cuarta fuerza parlamentaria alemana, el partido liberal (FDP), lo han con-
vertido en un incómodo personaje político.
Estudios Públicos 162 (2021), 153-159 155

Si bien debo admitir que lo anterior hace que la relación teórica que
he propuesto entre crítica, cinismo, kinismo y recursividad no sea nada
sencilla, no veo razones suficientes para abandonarla. Francisco Salinas
(2021) ahonda en este reproche y reconozco que su crítica a los facto-
res kinismo y recursividad me parece atendible. Trataré esto en detalle,
pero antes debo despejar un par de confusiones que me han llamado la
atención de su lectura y que espero permitan aclarar un poco mejor mi
propia argumentación.
De acuerdo con la lectura de Salinas (2021), Sloterdijk tendría una
apreciación no tan receptiva del trabajo de Luhmann, inclusive en su
laudatio ‘Luhmann: abogado del diablo’ (Sloterdijk 2011). La conclusión
de Salinas es que la pretendida cercanía entre ambos autores sería, con
fortuna, poco más que un affaire o una relación forzada. Esto es incorrec-
to, ya que no considera que prácticamente todas las obras mayores del
filósofo buscan establecer relaciones con quien ha llamado “el maestro
de Bielefeld” (Sloterdijk 2006, 623). El proyecto antropotécnico de las
esferas I, II y III (Sloterdijk 2003b, 2004, 2006) es quizás el ejemplo más
incontestable (muy especialmente el tercer volumen), en lo relativo a la
comunicación y los sistemas de inmunidad, pero también lo son Los hijos
terribles de la Edad Moderna, donde las propuestas de Sloterdijk (2015,
66) “complementan la tesis de Niklas Luhmann sobre la diferenciación
de subsistemas sociales en la modernidad, añadiéndole una dimensión
histórico-sistémica”; Muerte aparente en el pensar y el reconocimiento
a la observación de segundo orden como posición de “testigo” (Sloter-
dijk 2013, 237); El desprecio de las masas, donde se asevera, junto con
Luhmann, la pérdida de centralidad de las jerarquías “en el seno de una
sociedad surgida en torno a diferencias funcionales” (Sloterdijk 2002,
72); El sol y la muerte, conversación entre Peter Sloterdijk y Hans-Jürgen
Heinrichs, en la que el primero reconoce en Luhmann a uno de los pocos
intelectuales que han tomado en serio la religión en la modernidad y a
un pensador “de la vanguardia teórica occidental” (Sloterdijk y Heinrichs
2014, 22); ¿Qué sucedió en el siglo 20?, y el “espíritu inquieto” innovador e
inspirador del sociólogo de Bielefeld (Sloterdijk 2018, 115); Has de cam-
biar tu vida, donde otra vez aparece lo inmunológico: “Solamente la teo-
ría de sistemas de Luhmann ha integrado en sus fundamentos […] el im-
perativo inmunológico (Sloterdijk 2012, 423), por mencionar solamente
algunas de sus obras más conocidas traducidas al español (lamentable-
156 HUGO CADENAS / El temor de Diógenes: respuesta a los comentadores

mente ninguna de ellas mencionada por Salinas). Con lo anterior quiero


simplemente subrayar que, si bien —como señala Salinas (2021)— Slo-
terdijk posiblemente incluyera hoy a Luhmann en su catálogo de cínicos
y no obstante él ha indicado sus diferencias con determinados aspectos
teóricos del sociólogo de Bielefeld, un análisis más cuidadoso de la obra
de Sloterdijk nos evidencia la enorme influencia que ha tenido Luhmann
en las ideas posteriores del filósofo de Karlsruhe, así como las muchas
afinidades en temas sustantivos. Incluso me parece plausible sostener la
hipótesis de que la antropotécnica de Sloterdijk guarda relación directa
con la teoría institucionalista que subyace en los trabajos tempranos del
sociólogo (Luhmann 1970). En suma, si es que se puede hablar de un
affaire, entonces es uno bastante serio.
Más curiosa es, sin embargo, la defensa de Salinas (2021, 137) de
una ‘nueva’ teoría crítica. Viejos los odres y el vino, es difícil convencerse
de que sería un novel maridaje el de la “crítica de avanzada” que señala
y que, en autores como Nancy Fraser, se habría vuelto más compleja
“tras décadas de ensayos de integración entre marxismo, psicoanálisis
y posestructuralismo”. Lo único novedoso de este menú sería el poses-
tructuralismo, pues el primer ingrediente ya lo propuso el Institut prác-
ticamente desde su fundación como think tank privado en la década
de 1920 —baste recordar solamente el debate entre Marcuse y Fromm.
Pero además es debatible la novedad que traería Fraser, quien, luego de
su conocido intercambio epistolar con el neohegeliano Axel Honneth,
hasta 2018 director del IfS (Fraser y Honneth 2006), haya terminado por
mantener básicamente las mismas premisas filosóficas anteriores a su
acercamiento. Esto no es para nada sorprendente, pues los programas
teórico-ideológicos de Frankfurt y del posestructuralismo no han estado
nunca en radical oposición, como cree Fraser. De otro modo no existiría
ese espacio Schengen que tiene hace años la teoría crítica entre Francia,
Alemania y Estados Unidos. Por lo que, finalmente, si es que estos son los
nuevos avances en la teoría crítica, no se ha hecho sino afirmar mi argu-
mento en su contra.
A pesar de lo anterior, la sugerencia de revisión que hace Salinas
de la relación entre recursividad y kinismo es, a mi juicio, plausible. Sin
embargo, si bien es cierto que en mi propuesta parece haber más de re-
cursividad que de kinismo, y que no he asegurado el aporte que pudiera
hacer la recursividad a la actitud kínica, vital y autárquica, no está total-
Estudios Públicos 162 (2021), 153-159 157

mente claro, empero, que el kinismo de este siglo tenga que rechazarla,
adoptando las conocidas malas maneras de Diógenes de Sínope. No es
necesario imitarlo. El kinismo contemporáneo posee muchas más versio-
nes: artistas de vanguardia, stand up comedians, políticos emergentes y,
por supuesto, anacoretas de todo el mundo han sido todos tanto o más
ocurrentes que el misántropo griego. Por otro lado, tampoco creo que el
kinismo contemporáneo deba bastarse con una nueva ocurrencia, un re-
novado ‘repertorio de excesos’, la parrehsia, o más impertinencias, como
se sugiere. La cuestión debe pasar de lo cuantitativo a lo cualitativo. Por
esto la crítica como kinismo, la crítica kínico-recursiva. Lo que mantene-
mos de Diógenes y los kínicos es la crítica radical, la moral escéptica y el
optimismo. He escogido la recursividad como método para desplegar
una no tan nueva ‘racionalidad’ (Luhmann 1977) que se autoexige au-
toaplicación, re-entry (Spencer-Brown 1979). Crítica radical es acusar al
acusador, acusarse a sí mismo, abogar por el diablo, y se debe estar dis-
puesto a perder. “El problema de la sociología crítica es que nunca puede
dejar de estar en lo cierto”, sostiene Bruno Latour (2008, 348) y es uno de
los lastres que hay que soltar.
El primer perro, el crítico de críticos, no temía ni a Alejandro ni a los
dioses. ¿Quién habría podido ser el temor de Diógenes? La sociedad es
un enemigo demasiado dócil y ni con la ayuda de una lámpara encuen-
tra Diógenes a los verdaderos hombres. ¿Hay que buscarse a sí mismo
entonces? ¿No sería acaso ese el gesto más radical de crítica, el ser in-
solente con la insolencia? La crítica kínico-recursiva quizá parezca poco
atractiva cuando se la estiliza en un texto académico, pero si hay que ser
insolente con quienes llevan años presentándose como los verdaderos
rebeldes, subversivos y preclaros, si hay que infectar su crítica con la
ascesis de la recursividad y el espíritu del kinismo, entonces habrá que
entrometerse en sus asuntos. Porque, además, como sabemos bien, nin-
guno de ellos hizo caso realmente a la onceava tesis contra Feuerbach.
Este esfuerzo me lleva a la brillante lectura de Kottow (2021), quien,
compartiendo el pesimismo de Bornhauser y el mío, nos evidencia la
dolorosa paradoja de la cosificación de la crítica que hoy en día se ha
convertido en “moneda de intercambio, en una mercancía” (Kottow 2021,
140), contraviniendo el espíritu emancipatorio de la crítica, tal como
Max Horkheimer la imaginó a inicios del siglo XX. Siguiendo la metáfora,
Kottow nos evidencia que la palabra ‘crítica’ ha experimentado una soste-
158 HUGO CADENAS / El temor de Diógenes: respuesta a los comentadores

nida ‘inflación’ y una consecuente pérdida de significado (o de valor). Es


difícil no estar de acuerdo con su diagnóstico epigramático del currículo
actual de las humanidades y ciencias sociales, en el que “[t]odo programa
universitario y cada objetivo de cualquier curso académico parecieran
hoy en día estar incompletos si no se visten con el ropaje de lo crítico”
(Kottow 2021, 146).
Kottow (2021, 144) me reprocha no tener un diagnóstico “lleno de
ese mundo” que Sloterdijk sí refleja en su CRC y que no se asoma, en
cambio, en mi propuesta. Efectivamente, la evocadora expresión ‘lleno
de mundo’ no sería justa para ningún pasaje de mi texto y no tengo mu-
niciones para devolver un tiro tan certero. A lo que sí puedo contestar
es al uso que hago de lo erótico en la propuesta teórica. La búsqueda
trinitaria que propongo de erótica, ética y epistemología (que adeuda
más al pathos, ethos y logos de Aristóteles que a la crítica kantiana, como
atribuye Salinas [2021]), estaría extraviada en lo erótico, sostiene Kottow
(2021), pues no habría una distancia importante entre objeto y catexis,
ya que ambos serían parte del entramado inconsútil de la realidad que
trae al mundo la praxis de conocer y criticar. Respecto de esto hay quizás
un prejuicio constructivista o idealista en una concepción que reconoz-
co tomar de Talcott Parsons (1951) (quien la adquiere de Freud) y que
se ajustaría mejor al vitalismo de lo kínico cuando se aproxima con una
ontología distinta al mundo en el que se vive y actúa. Francisco J. Vare-
la (2005, 87ss.) ha aconsejado el concepto de ‘enacción’ para referirse a
un involucramiento de este tipo de un sistema con su entorno y es una
manera que me parece plausible para recortar las distancias que Kottow
considera exageradas.
Finalmente, no me queda más que agradecer a mis escrutadores
por invitarme a pensar —como reza el conocido aforismo de Heidegger,
pensar es agradecer [Denken ist danken]. Lo quieran o no, cómodos o no
tanto, los he embarcado a todos (incluido el paciente lector) en la recur-
sividad de esta crítica a la crítica de la crítica y espero sinceramente que
el viaje no haya decepcionado mucho. El kínico a veces hace ridículos
como este para demostrar un punto y espero que me crean que solo
hay detrás la mejor de las intenciones. Inclusive el maltratado crítico
puede a estas alturas sacar una lección de esto y quizá también encon-
trar un motivo para acometer a futuro con un mejor, y ojalá novedoso,
argumento.
Estudios Públicos 162 (2021), 153-159 159

Bibliografía

Bornhauser, N. 2021. Sobre el desgaste de la ‘crítica’. Repercusiones de un texto de


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Reseñas
Estudios Públicos 162 (2021), 163-169
DOI: https://doi.org/10.38178/07183089/2000201013

Reseña

Adam Kucharski. The Rules of Contagion: Why Things Spread – And Why They Stop.
London: Profile Books, 2020. US$18 (ISBN: 9781788160193), 353 pp.

Mauricio Salgado
Universidad Andrés Bello, Chile

D esde que el SARS-CoV-2 devino en pandemia mundial, hemos es-


tado cautivados por los modelos y conceptos de la epidemiología.
Nociones como número reproductivo, segunda ola, inmunidad de reba-
ño y distanciamiento social ya son de uso común en el espacio público.
Sin embargo, poco sabemos sobre los orígenes e implicancias que estas
nociones han tenido para estudiar fenómenos tan disímiles como los
virus informáticos, la caída de la confianza en los ecosistemas bancarios,
la difusión de información falsa en redes sociales o los brotes de crimina-
lidad en centros urbanos. El libro de Adam Kucharski, publicado el año
2020 por Profile Books en Inglaterra, intenta precisamente mostrar que
las reglas del contagio son aplicables tanto a las infecciones biológicas
como a cualquier fenómeno de transmisión en los sistemas sociales y
tecnológicos.
Experimentado epidemiólogo, Kucharski es profesor asociado de
la London School of Hygiene and Tropical Medicine, donde trabaja en el
análisis matemático de enfermedades infecciosas. En este libro —escrito
antes de la pandemia de la Covid-19—, Kucharski aborda los procesos
de contagio, los que ocurren cuando un estado, elemento o información
se propaga entre una población de agentes autónomos y conectados
entre sí.

Mauricio Salgado es PhD en Sociología Computacional, Universidad de Surrey, Inglaterra.


Profesor asociado y director de la carrera de Sociología de la Facultad de Educación y Cien-
cias Sociales, Universidad Andrés Bello, Chile. Es también investigador principal del Centro
de Investigación para la Educación Inclusiva (CIE 160009), Chile. Dirección: Avda. República
256, Santiago Centro, Santiago, Chile, CP 8370035. Email: [email protected].
164 MAURICIO SALGADO / Reseña

Para Kucharski, se trata de una verdadera revolución científica, que


tuvo su origen a fines del siglo XIX con los estudios del médico británico
Ronald Ross sobre la transmisión de la malaria. Aunque Ross llegaría a
obtener el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1902 por descubrir
que los mosquitos son el vector de transmisión de la malaria, para Ku-
charski (y para el mismo Ross) sus aportes más importantes fueron dos:
primero, formalizar matemáticamente las dinámicas de contagio de la
malaria y, sobre la base de este modelo abstracto, articular después una
teoría general que llamó ‘teoría de los sucesos’ [theory of happenings].
En el recuento que nos presenta Kucharski, después de descubrir
cómo se transmite la malaria, Ross propuso que esta podía combatirse
reduciendo la población de mosquitos. En una época en que la malaria
era una enfermedad endémica en varias regiones del planeta, la pro-
puesta de Ross fue considerada absurda. Se pensaba que, puesto que es
imposible eliminar a todos los mosquitos en un área geográfica, siem-
pre quedarán suficientes insectos que propaguen la enfermedad. Ross
creía, en cambio, que aunque algunos mosquitos pudieran sobrevivir,
la transmisión de la malaria podía detenerse llevando su número por
debajo de cierto umbral. Para demostrar su intuición, Ross recurrió a las
matemáticas, proponiendo un modelo analítico en que la transmisión
se separa en dos elementos: infección y recuperación. Cuando una en-
fermedad infecciosa es endémica en la población, ambos componentes
se contrabalancean. En cambio, si el número de recuperados sobrepasa
a los nuevos infectados, la enfermedad tiende a desaparecer. Puesto
que en la malaria el vector de transmisión es el mosquito, la tasa de
infección depende de su población. Así, manteniendo la tasa de recupe-
ración constante, con el modelo de Ross se puede determinar el umbral
poblacional de mosquitos bajo el cual la malaria deja de ser endémica.
Kucharski destaca que “este análisis mostró cómo la malaria podía ser
controlada, pero incorporó también una comprensión mucho más pro-
funda que revolucionaría la manera en que vemos el contagio” (24). Este
modelo de enfermedades infecciosas fue extendido por William Ker-
mack y Anderson McKendrick (1927) en otro más general que represen-
ta los tres estados posibles que un individuo en una población puede
tener en cualquier momento: susceptible (S), infectado (I) y recuperado
(R). Este modelo —conocido como SIR— está a la base de los utilizados
hoy en día para estudiar enfermedades infecciosas como la Covid-19.
Estudios Públicos 162 (2021), 163-169 165

Kucharski nos muestra que la ambición teórica de Ross era mucho


mayor. Convencido de que las infecciones son solo uno de los muchos
sucesos que nos pueden ocurrir, en que el número de personas afecta-
das por algo cambia a lo largo del tiempo, propuso una teoría general
del contagio. En ella distinguió los ‘sucesos dependientes’ [dependent
happenings], donde lo que le ocurre a una persona susceptible depende
de cuántos otros ya están afectados. En el más simple de estos sucesos,
una persona afectada pasa el evento a otra susceptible, y todos quienes
son afectados permanecen así. Ross demostró que cuando un suceso
dependiente tiene esta característica, el brote a lo largo del tiempo des-
cribe la forma de una función sigmoidea. La visión teórica de Ross, que
eventualmente transformaría la manera en que entendemos el contagio,
tuvo que esperar varias décadas para que se hiciera popular en la inves-
tigación de enfermedades infecciosas, y otras más para que resonara en
áreas como la sociología, las finanzas o la sicología. De hecho, Kucharski
cita el trabajo de Everett Rogers, quien en la década de 1960 mostró que
la difusión de innovaciones sigue trayectorias con forma de ‘S’, con unos
pocos innovadores y usuarios tempranos que gatillan un proceso de
bola de nieve, en que más y más personas adoptan la innovación.
Kucharski no lo menciona, pero unos años antes que Rogers, el
sociólogo James Coleman (junto a Elihu Katz y Herbert Menzel) había
mostrado que la adopción de una nueva droga (la tetraciclina) entre un
grupo de médicos siguió una función sigmoidea a lo largo del tiempo.
Además, Coleman demostró que esta trayectoria de adopción a lo largo
del tiempo se producía entre los médicos altamente integrados en redes
profesionales (Coleman, Katz y Menzel 1957). Así, los ‘sucesos dependien-
tes’ de Ross expresan una característica distintiva del contagio social, en
que la decisión de cada actor se ve influida por las decisiones tomadas
previamente por otros actores.
Pese a que la investigación de Coleman demostró la importancia
que tienen las redes para las dinámicas de contagio, los modelos epi-
demiológicos canónicos asumen que los contagios son dicotómicos,
es decir, un contacto efectivo es suficiente para generar la adopción. El
problema es que mientras todos los contagios (biológicos y sociales)
son gatillados por un contacto mínimo igual a uno, el rango de conta-
gios que requieren más de un contacto puede ser enorme. Kucharski
señala que
166 MAURICIO SALGADO / Reseña

durante un brote de una enfermedad infecciosa, la infección típicamente


se propaga a través de una serie de encuentros individuales. Si adquieres
la infección, usualmente provendrá de una sola persona. Las cosas no son
siempre tan simples para la conducta social. (104)

El contagio social tiene así atributos específicos, que lo diferencian


del contagio de enfermedades.
Para explicar esta diferencia, Kucharski recurre a la distinción entre
contagios simples y contagios complejos. En los contagios simples, el nú-
mero de contactos necesarios para cambiar de estado es casi siempre
uno. Ejemplos de contagios simples son la mayoría de las enfermedades
infecciosas, ciertas informaciones que pasan de un sujeto a otro (como
el resultado de un partido de fútbol o la disponibilidad de puestos de
trabajo) o rumores dichos por una fuente creíble. En el contagio simple,
una vez transmitida la información, los restantes contactos son redun-
dantes. Contagios complejos, en cambio, son aquellos que requieren dos
o más contactos para que la adopción sea exitosa. Para Damon Centola y
Michael Macy (2007), quienes propusieron esta distinción, los contagios
complejos aparecen cuando la adopción es costosa, riesgosa o con-
troversial. Ejemplos de contagios complejos son la adquisición de una
nueva tecnología, un diagnóstico médico sobre una enfermedad grave,
una idea o postura política, o la participación en movimientos de acción
colectiva como huelgas, protestas o revoluciones. En estas situaciones,
la decisión de adoptar el estado requiere el refuerzo independiente de
múltiples fuentes.
La diferencia entre contagio simple y complejo tiene implicancias
relevantes para los fenómenos de difusión en redes sociales. La difusión
mediante contagio complejo, a diferencia del contagio simple, es más
frágil y susceptible a pequeñas perturbaciones. Por ejemplo, en redes
sociales como Facebook o Twitter, que tienden a estructurarse en torno a
conglomerados o agrupamientos de usuarios, la ruptura o supresión de
uno de tres vínculos conectando a dos conglomerados puede no tener
mayor efecto sobre procesos de contagio simple, pero puede impedir la
difusión de un contagio que requiera más de dos fuentes distintas. A su
vez, la estructura de interacciones en redes sociales tiende a favorecer la
generación de contenido sencillo, fácil de digerir. Por ello, usualmente
compartimos ‘memes’ sin mucha incitación de otros, pero no difundimos
contenido político o controversial hasta que verificamos que más perso-
Estudios Públicos 162 (2021), 163-169 167

nas lo están haciendo. Kucharski recuerda que cuando los usuarios de


Facebook cambiaron su fotografía de perfil por un símbolo ‘=’ en apoyo
del matrimonio igualitario el año 2013, lo hicieron cuando en promedio
ocho de sus contactos ya lo habían hecho.
La difusión de información falsa en redes sociales también es abor-
dada en el libro de Kucharski, un tema que ha sido muy debatido desde
la elección de Donald Trump en Estados Unidos y el referéndum sobre la
permanencia de Reino Unido en la Unión Europea —ambos el 2016. Des-
pués de ambas elecciones, se ha especulado mucho sobre la posible in-
fluencia que la difusión de información falsa en redes sociales —origina-
da por agentes rusos o grupos de extrema derecha— pudo haber tenido
en el electorado. Sin embargo, al mirar de cerca la evidencia, esta historia
no se sostiene del todo. Kucharski señala que aunque unos 700 mil usua-
rios de Twitter en Estados Unidos habrían sido expuestos a propaganda
difundida por 50 mil cuentas falsas [bots] vinculada a Rusia, menos del
0,75% de los tweets relacionados con la elección presidencial de 2016 se
originaron en esas cuentas. Además, se ha demostrado que quienes en-
tonces consumieron información falsa en internet eran una porción más
bien menor del electorado (y una altamente ideologizada): el 65% del
tráfico hacia sitios web que difundían información falsa se explicó por el
10% más conservador (Guess, Nyhan y Reifler 2020).
Es cierto que la información falsa tiende a difundirse más rápido y
llegar más lejos en redes sociales (principalmente porque es novedosa,
señala Kucharski), pero en general su difusión se sostiene en cuentas o
perfiles que tienen menos, no más seguidores. Así, el alcance de la infor-
mación falsa en redes sociales es amplio pero poco profundo.
¿Qué puede explicar entonces la difusión de información falsa en
redes sociales como Twitter o Facebook? Kucharski recurre a otro símil
con las enfermedades infecciosas, las que pueden ser clasificadas en un
continuo entre dos condiciones polares. En un extremo, la transmisión
de una infección puede ocurrir por una fuente común, en que todos los
afectados adquieren la enfermedad desde la misma fuente, como en
una intoxicación por alimentos; en el otro extremo, la transmisión es de
persona a persona. Para Kucharski, aunque las llamadas ‘cascadas online’
describen una diversidad similar, en la mayoría de los casos estas casca-
das se explican por la presencia de alguna fuente común que emite o ac-
túa como caja de resonancia, amplificando el alcance de la información
168 MAURICIO SALGADO / Reseña

(Kucharski las llama broadcast event). Estas fuentes pueden ser cuentas
populares con muchos seguidores o medios de comunicación tradicio-
nales, como agencias de noticias. Respecto del papel que estos medios
tradicionales juegan en la propagación de información falsa, Kucharski
concluye que

un argumento común para presentar visiones extremas es que ellas se


difundirían de todas maneras, incluso sin la amplificación de los medios.
Pero los estudios del contagio online muestran lo contrario: el contenido
casi nunca llega lejos sin broadcast events que lo amplifiquen. Si una idea
se hace popular es porque generalmente hay personalidades muy conoci-
das o medios de comunicación de masas que ayudaron a difundirla, ya sea
deliberada o inadvertidamente. (198)

En el libro, Kucharski presenta varias recomendaciones para comba-


tir la difusión de información falsa en redes sociales.
El autor cierra su libro señalando que gracias al conocimiento acu-
mulado sobre el contagio de enfermedades infecciosas hemos reducido
a la mitad la tasa de mortalidad a causa de ellas. En la medida en que
las enfermedades infecciosas han declinado, la atención se ha dirigido
a otros males, muchos de los cuales también pueden ser comprendidos
con las reglas del contagio. Mientras que en la Inglaterra de 1950 la tu-
berculosis era la principal causa de muerte entre los hombres de treinta
años, desde 1980 lo es el suicidio. En otras regiones del mundo, los homi-
cidios o el uso de drogas como la metanfetamina encabezan las causas
de muerte entre grupos específicos de la población. Hoy ha llegado a ser
común tratar estos fenómenos como epidemias: el resultado de fuerzas
invisibles de transmisión (Fine et al. 2013). Amenazas como la difusión
de información falsa en redes sociales o las crisis financieras también son
estudiadas hoy como procesos de contagio.
Kucharski señala que con el conocimiento acumulado sobre las
dinámicas de contagio “estamos encontrando nuevas formas para ace-
lerar ideas beneficiosas y ralentizar las dañinas” (249). Esto es más fácil
decirlo que hacerlo. Aún está por verse si acaso el éxito en la reducción
de enfermedades infecciosas que han tenido las nociones y modelos de
la epidemiología se podrá replicar respecto de otras amenazas sociales o
tecnológicas. El libro de Kucharski nos da al menos buenas razones para
estar optimistas.
Estudios Públicos 162 (2021), 163-169 169

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Reseña

Stéphanie Bijlmakers. Corporate Social Responsibility, Human Rights and the Law.
New York, London: Routledge. US$39.96 (ISBN: 9780815399230), 208 pp.

Ricardo Valenzuela
Universidad Adolfo Ibáñez, Chile

E l marco normativo de las empresas multinacionales se encuentra


en el centro de una nueva gran transformación. Mientras que entre
1980 y 1990 la regulación económica garantizó altos grados de autono-
mía a las operaciones comerciales de las entidades empresariales (Rug-
gie 2020), durante los últimos años es posible identificar la consolidación
de un ciclo regulatorio orientado principalmente a disciplinar el ejercicio
arbitrario del poder empresarial transnacional (Zumbansen 2012).
Diferentes factores explican este movimiento. Por un lado, tras la
liberalización de los mercados, el poder estructural de las empresas
multinacionales ha experimentado un crecimiento sin precedentes,
situación que les ha permitido avanzar sin mayores contrapesos en la
realización efectiva de sus intereses posicionales (Ferreras 2017). Solo
en términos monetarios algunas empresas multinacionales ya han su-
perado con creces los ingresos de algunos países desarrollados, lo que
a su vez se ha traducido en un incremento significativo en su capacidad
para influenciar en el desenvolvimiento autónomo de las instituciones
democráticas de los países donde operan (Ruggie 2018). En la actuali-
dad, las multinacionales ejercen esta influencia, por ejemplo, a través
del derecho privado de los contratos o mediante disposiciones vincu-
lantes de arbitraje internacional vehiculizadas a través de los acuerdos
de inversión (Robé 2019). En este último caso, las empresas cuentan con
herramientas legales no solo para enfrentar casos de expropiación di-

Ricardo Valenzuela es PhD en Procesos e Instituciones Políticas de la Escuela de Gobierno,


Universidad Adolfo Ibáñez, Chile, y profesor de la Facultad de Artes Liberales de la misma
universidad. Dirección: Diagonal Las Torres 2640, Peñalolén, Santiago, Chile, CP 8320000.
Email: [email protected].
172 RICARDO VALENZUELA / Reseña

recta, sino también para situaciones en que el equilibrio económico que


existía cuando se realizó una determinada inversión se viera afectado
por medidas regulatorias que un panel de arbitraje podría interpretar
como ‘expropiaciones regulatorias no compensadas’; estas pueden
incluir desde regulaciones laborales progresivas, hasta estándares de
derechos humanos medioambientales (Ruggie 2016). Por otro lado, la
participación directa e indirecta de estas organizaciones en diferentes
casos de violaciones de derechos humanos ha intensificado el debate
público sobre el estatus legal de las empresas multinacionales en la are-
na internacional.1 Aun así, la atención continúa recayendo sobre los Es-
tados como sujetos primarios del derecho internacional, situación que
ha promovido la proliferación de diferentes mecanismos regulatorios,
tanto privados como públicos, que presionan a las empresas para que
asuman las responsabilidades de los riesgos sociales y ambientales que
derivan de sus operaciones.
Bajo este escenario, el estatus legal de estos instrumentos se ha
posicionado en el centro de la discusión contemporánea sobre regula-
ción empresarial. ¿Hasta qué punto el desarrollo de estos mecanismos
regulatorios ha logrado influir en el estatus jurídico de las empresas en
el ámbito internacional? ¿En qué medida la convergencia entre estos
instrumentos con las leyes nacionales está contribuyendo a la progresiva
consolidación de la responsabilidad empresarial en materia de derechos
humanos? El reciente libro de Stéphanie Bijlmakers, Corporate Social
Responsibility, Human Rights, and the Law, aborda estas problemáticas
a partir de un enfoque innovador que toma como punto de partida el
complejo régimen regulatorio de la esfera empresarial. Tal como lo
describe su autora, el objetivo del libro es examinar la evolución de la
responsabilidad empresarial en materia de derechos humanos, consi-
derando el amplio y heterogéneo contexto de la gobernanza global.
Central en este análisis son los efectos jurídicos de los Principios Rectores
sobre las Empresas y los Derechos Humanos de las Naciones Unidas (en

1 Según un informe realizado conjuntamente por la OIT, la OCDE, la OIM y UNICEF, en 2018
existían 40,3 millones de personas viviendo bajo condiciones de esclavitud moderna; de es-
tas, 24,9 millones están sometidas a trabajo forzoso. Buena parte de estas prácticas ocurre
en empresas que operan en países con marcos regulatorios débiles, las cuales, a su vez, son
parte de las cadenas de suministros de grandes conglomerados empresariales. Para más
información, véase: https://www.ilo.org/wcmsp5/groups/public/@ed_norm/@ipec/docu-
ments/publication/wcms_596485.pdf [19 de septiembre 2017].
Estudios Públicos 162 (2021), 171-178 173

adelante, PR). Pese a su carácter no vinculante, Bijlmakers sostiene que


los PR tienen efectos legales que pueden impulsar transformaciones im-
portantes en la evolución de la responsabilidad empresarial en materia
de derechos humanos. El supuesto básico de esta afirmación es que la
responsabilidad empresarial de respetar los derechos humanos, tal como
se concibe en la actualidad, debería evolucionar y adquirir mayores nive-
les de obligatoriedad en el transcurso de su adopción e implementación
práctica en las legislaciones nacionales y supranacionales, por ejemplo, a
través de reformas legislativas relativas al concepto de debida diligencia
en materia de derechos humanos.
El libro se estructura en seis capítulos. En los primeros cuatro, Bijl-
makers desarrolla un análisis descriptivo altamente detallado sobre el
contexto regulatorio que antecedió la promulgación de los PR, el año
2011. El primer capítulo inicia con un análisis histórico sobre el surgi-
miento del discurso de la responsabilidad empresarial y su relación con
los derechos humanos. La autora toma como punto de partida la década
de 1970, período en el que se desarrollaron los primeros intentos inter-
nacionales orientados a regular la conducta de las empresas en el plano
transnacional. Uno de los principales temas que promovieron este pri-
mer impulso regulatorio fue la creciente preocupación que comenzaron
a mostrar los países en desarrollo ante la permanente injerencia de las
empresas multinacionales en su vida política interna (13-45).
En efecto, las multinacionales se convirtieron en un tema impor-
tante para la agenda regulatoria del Consejo Económico y Social de las
Naciones Unidas (ECOSOC) en 1972, luego de que el presidente de Chile,
Salvador Allende, denunciara ante dicha institución la existencia de una
campaña de intervención política, orquestada por la Compañía Interna-
cional de Teléfonos y Telégrafos de los Estados Unidos (ITTC), orientada
a desestabilizar el gobierno de la Unidad Popular. Dos años después,
el Consejo Económico ordenó la creación de la Comisión de Empresas
Transnacionales, foro intergubernamental que funcionaría como el
principal órgano asesor de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre
Comercio y Desarrollo (en inglés, UNCTAD). En 1979, la Comisión presen-
tó el primer draft del Código de Conducta de las Naciones Unidas. Sin
embargo, luego de un largo y costoso proceso, las negociaciones fueron
suspendidas en 1992, principalmente debido a la oposición conjunta de
los Estados centrales y al lobby de las empresas transnacionales.
174 RICARDO VALENZUELA / Reseña

Durante la década de 1980, junto a la irrupción de las reformas


neoliberales, la valorización social de las empresas privadas comenzó
a mejorar gradualmente, y con ello la cuestión regulatoria tomó una
nueva dirección. En reemplazo de las fórmulas de regulación directa,
comenzaron a tomar preponderancia enfoques autorregulatorios de
responsabilidad empresarial, llegando incluso a influenciar el desarrollo
de reformas legislativas nacionales que terminaron cristalizando mode-
los indirectos de regulación. De acuerdo con esta lógica, la responsabi-
lidad social de las empresas sería mejor promovida mediante la persua-
sión, la educación y el desarrollo de códigos voluntarios de conducta,
antes que por métodos de intervención directa entendidos en términos
de comando y control. Dadas las limitaciones de la autorregulación y
los recurrentes escándalos corporativos, desde 1990 en adelante este
modelo comenzó a ser ampliamente criticado, abriendo paso al surgi-
miento de enfoques regulatorios que otorgaban un mayor protagonis-
mo a la regulación civil y al desarrollo de iniciativas multi-stakeholders.
Mediante el desarrollo de sistemas de monitoreo y modelos integrales
de divulgación de información, estas iniciativas buscaban colaborar
con las empresas en la institucionalización efectiva de sus políticas y
prácticas de Responsabilidad Social Empresarial (RSE).
En paralelo, las Naciones Unidas continuó perseverando en la crea-
ción de estándares jurídicos internacionales vinculantes sobre empresas
y derechos humanos, aunque sin mayores éxitos. Un ejemplo de ello
fueron las Normas sobre Responsabilidades de las Empresas Transna-
cionales y otras Empresas Comerciales en la Esfera de los Derechos Hu-
manos (Las Normas), aprobadas por unanimidad por la Subcomisión de
Promoción y Protección de los Derechos Humanos de las Naciones Uni-
das, pero luego rechazadas por la oposición de la mayoría de los Estados
miembros y grupos empresariales. Este contexto marcó el preámbulo
de lo que sería la creación de los Principios Rectores sobre las Empresas
y los Derechos Humanos (PR), presentados el 2011. El gestor de estos
principios fue el entonces Representante Especial del Secretario General
de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos y Empresa (RESG), el
profesor de la Universidad de Harvard, John Ruggie.
Bijlmakers observa en la propuesta del RESG un carácter novedoso
y pragmático que permitió avances importantes a la hora de promover la
responsabilidad empresarial en materia de derechos humanos. En primer
Estudios Públicos 162 (2021), 171-178 175

lugar, el enfoque del RESG se basó en la idea de gobernanza policéntrica,


la cual no se centra en la acción de los Estados y el sistema de derecho
público para lograr sus objetivos, sino que también reconoce el papel de
la sociedad civil, las empresas y los sistemas privados de gobernanza em-
presarial. En este sentido, las responsabilidades de los actores no estata-
les son diferenciadas y complementarias a los deberes del Estado, dando
como resultado una ‘combinación inteligente’ de medidas nacionales,
internacionales, obligatorias y voluntarias. Por lo demás, los PR no crean
nuevas obligaciones internacionales ni alteran las obligaciones que
tienen los Estados en virtud del derecho internacional de los derechos
humanos. En estos términos, se trata de un tipo de derecho blando [soft
law], de carácter no vinculante, aunque no por ello neutral en términos
de efectos legales.
Un elemento clave de los PR que permite a la autora avanzar en su
demostración, es el concepto de debida diligencia. En términos genera-
les, la noción de debida diligencia requiere que las empresas evalúen los
impactos adversos, reales y potenciales que pueden tener sus operacio-
nes sobre todos los derechos humanos reconocidos internacionalmente.
En este sentido, las empresas deben optar por un enfoque integral y no
selectivo de los derechos humanos al momento de implementar las polí-
ticas y procedimientos pertinentes orientados a identificar, prevenir, miti-
gar y responder (frente a) las consecuencias negativas de sus actividades
sobre los derechos humanos. No basta con el compromiso político: el
concepto de debida diligencia demanda que las empresas implementen
sistemas y procedimientos concretos mediante los cuales puedan saber
y demostrar lo que hacen con el fin de alcanzar estos objetivos (Ruggie
2020). Al respecto, Bijlmakers nota que el potencial de esta noción radica
no solo en la familiaridad que tiene con la cultura corporativa en materia
de gestión de riesgos financieros, sino también en que otorga a los Esta-
dos la obligación legal de adoptar las medidas reglamentarias necesarias
para garantizar que las empresas comerciales cumplan con su responsa-
bilidad en esta materia. En este sentido, la flexibilidad de este principio
ha permitido un mayor consenso político por parte de las empresas a la
hora de optar por su reconocimiento, lo que a su vez se traduce en una
mayor discreción a la hora de llevar sus exigencias normativas a la prác-
tica. Ahora bien, si esta flexibilidad permite una mayor variabilidad en su
implementación, al mismo tiempo abre nuevas fuentes de incertidum-
176 RICARDO VALENZUELA / Reseña

bre respecto de su cumplimiento concreto. Sobre esta base, la autora


sostiene que son los Estados los que deberían contribuir a la clarificación
de este concepto a través de su legislación y regulación doméstica (125).
Para dar plausibilidad empírica a estas hipótesis, en los últimos dos
capítulos de su libro, Bijlmakers desarrolla un detallado análisis sobre
los esfuerzos de la Unión Europea (UE) a la hora de integrar el concepto
de debida diligencia en su marco jurídico (capítulos 5 y 6). En particular,
la autora examina cómo y en qué medida se han codificado los PR en la
legislación de la UE, y hasta qué punto esta codificación ha contribuido a
la implementación efectiva de la responsabilidad empresarial en materia
de derechos humanos. Para ello, la autora examina el rol de la Comisión
Europea en el desarrollo de su política general de RSE y los efectos de
la Directiva Europea de información no financiera, promulgada por
el mismo organismo el año 2014. Interesantes en este punto son las
conclusiones que derivan de la experiencia de la Directiva Europea en
esta materia. Si bien la implementación de estas normas representa un
avance significativo en la medida en que establecen obligatoriedad en
la elaboración y divulgación de informes no financieros —dado que su
contenido se estructura a partir de la modalidad cumple o explica—, no
resulta claro hasta qué punto esta normativa podría estar contribuyendo,
por ejemplo, en la promoción de los derechos de las partes interesadas.
Similar al modelo regulatorio chileno en materia de gobierno corpora-
tivo, la Directiva establece que los Estados miembros de la UE deben
obligar a las empresas a informar sobre su política de derechos humanos
y, en el caso de no seguirla, a proporcionar en su declaración no finan-
ciera una explicación ‘clara y razonable’ de por qué no lo han hecho. El
problema con este mecanismo es que las explicaciones que proveen
las empresas no siempre cumplen con este criterio, lo que termina mer-
mando de forma significativa la obligación de las empresas de indagar e
investigar sobre sus potenciales impactos sobre los derechos humanos.
Como resultado, las empresas tienden a mostrar un compromiso más
bien ceremonial al momento de adoptar las prácticas recomendadas por
el regulador.
Sin desconocer las importantes contribuciones de este trabajo, es
posible señalar algunas objeciones de corte conceptual que, en mi pers-
pectiva, limitan el alcance de sus observaciones. Primero, el análisis de
Bijlmakers está cruzado por la distinción entre derecho blando [soft law]
Estudios Públicos 162 (2021), 171-178 177

y derecho duro [hard law]. Aunque a primera vista parezca un aspecto


trivial, me parece que esta decisión teórica influye en gran parte en el
curso de la reflexión que desarrolla la autora respecto de la evolución del
régimen regulatorio empresarial. Esto se refleja, por ejemplo, en su ex-
cesiva preocupación por el ‘estatus legal’ de los derechos humanos en el
ámbito empresarial, cuestión que intenta abordar bajo el concepto de le-
galización. En su visión, la responsabilidad de las empresas en materia de
derechos humanos solo puede avanzar hacia mayores niveles de efectivi-
dad mediante un ‘mix inteligente’ de medidas vinculantes y voluntarias,
cuya dinámica puede promover la evolución de esta responsabilidad,
“de una norma blanda a una norma más dura” (77). Ahora bien, si esto
efectivamente es así, entonces el problema de la regulación empresarial
en el ámbito transnacional ya no es tanto su estatus legal, sino más bien
la pregunta por las condiciones y arreglos institucionales que podrían
proveer mayores niveles de efectividad y legitimidad en la realización de
sus objetivos. Esta interesante intuición se pierde, no obstante, cuando
el centro del análisis se articula a través de la distinción entre soft y hard
law, dicotomía que poco ayuda a la comprensión sobre los rendimientos
evolutivos que ofrece el carácter híbrido y policéntrico de la gobernanza
empresarial (Mascareño y Mereminskaya 2013).
Otro aspecto relevante que la autora no desarrolla hace alusión al
complejo problema relativo al concepto jurídico de empresa. De hecho,
Bijlmakers cae en el error común de usar los términos de empresa y
corporación como sinónimos, cuando en el fondo se trata de términos
completamente diferentes (Robé 2019). Aunque parezca inocuo, el uso
indeterminado de estos conceptos lleva al error categorial de subsumir
la complejidad de la empresa en cuanto organización a la noción de
corporación (o sociedad anónima), que no es más que el instrumento
jurídico que organiza a los inversionistas de capital. Al articular su pro-
blematización de esta manera, la autora practica lo que Ferreras (2017)
llama reductio at corporationem, un tipo de reduccionismo que tiende
a subsumir la complejidad de la empresa en cuanto organización a una
estructura legal específica, confundiendo así el gobierno de la empresa
con el gobierno de la corporación. Similar a lo que ocurre en Chile, don-
de el interés social de las empresas suele ser igualado al interés de las
sociedades anónimas, es decir, al de los accionistas. Aunque esta concep-
ción continúa siendo la gran iglesia en el mundo del derecho corporati-
178 RICARDO VALENZUELA / Reseña

vo, diferentes reformas legislativas en los últimos años han comenzado


a cuestionar su estabilidad (Blanche, Hatchuel y Levi 2020). Casos como
la ley francesa sobre diligencia debida para empresas, cuyo texto final
fue aprobado por la Asamblea Nacional el 21 de febrero de 2017, o la
reciente promulgación de la ley PACTE (2019), que redefine el papel de la
empresa en la sociedad, representan claras tendencias en esta dirección.
Con todo, Corporate Social Responsibility es un libro que refleja bien
las particularidades del contexto sobre el cual están tomando forma los
nuevos contornos normativos de la regulación empresarial. Como ob-
serva su autora, para comprender en mayor profundidad los alcances de
esta transformación, es preciso ampliar el margen de observación para
incluir en el análisis los diferentes fragmentos normativos que coexisten
y confluyen en su desarrollo. En este sentido, Corporate Social Responsibi-
lity es un libro altamente vigente y estimulante, que nos invita a conocer
las implicancias que este nuevo ciclo regulatorio está ejerciendo sobre la
vida normativa de la esfera empresarial.

Bibliografía

Blanche, S., Hatchuel, A. y Levi, K. 2020. When the Law Distinguishes between the
Enterprise and the Corporation: The Case of the New French Law on Corporate
Purpose. Journal of Business Ethics. DOI: https://doi.org/10.1007/s10551-020-
04439-y.
Ferreras, I. 2017. Firms as Political Entities: Saving Democracy through Economic
Bicameralism. Cambridge: Cambridge University Press.
Mascareño, A. y Mereminskaya, E. 2013. The Making of World Society through Private
Commercial Law: The Case of the UNIDROIT Principles. Uniform Law Review 18(3-
4), 447-472.
Robé, J.P. 2019. The Shareholder Value Mess (And How to Clean it Up). Accounting,
Economics, and Law: A Convivium 9(3), 1-27.
Ruggie, J. 2016. Foreword: Constitutionalization and the Regulation of Transnational
Firms (xii). En Robé, J.P., Lyon-Caen, A. y Vernac, S., Multinationals and the
Constitutionalization of the World Power System. London: Routledge.
Ruggie, J. 2018. Multinationals as Global Institution: Power, Authority and Relative
Autonomy. Regulation & Governance 12(3), 317-333.
Ruggie, J. 2020. The Paradox of Corporate Globalization: Disembedding and
Reembedding Governing Norms. M-RCBG Faculty Working Paper Series.
Zumbansen, P. 2012. Defining the Space of Transnational Law: Legal Theory, Global
Governance, and Legal Pluralism. Transnational Law and Contemporary Problems
21(2), 305-336. EP
Estudios Públicos 162 (2021), 179-186
DOI: https://doi.org/10.38178/07183089/1752201110

Reseña

María Aluchna y Güler Aras (eds.). Women on Corporate Boards. An International


Perspective. London: Routledge, Taylor & Francis Group, 2020. US$48.95 (ISBN:
9780367591366), 249 pp.

Alejandra Sepúlveda Peñaranda


ComunidadMujer, Chile

L a participación femenina en los negocios inevitablemente debe


referirse a su presencia en los directorios corporativos. Este es un
asunto que ha sido investigado y debatido con intensidad en la última
década, tanto en las economías desarrolladas como en aquellas emer-
gentes, para llegar a responder preguntas simples y a la vez complejas.
¿Qué explica la notoria subrepresentación de las mujeres en los niveles
más altos de la toma de decisiones, en las principales compañías listadas
en la bolsa y también en las públicas? ¿Cómo es posible que la verda-
dera revolución que ha significado el acceso masivo de las mujeres al
mundo del trabajo en el último cuarto de siglo no se haya traducido en
su mayor poder e influencia en las empresas? ¿Qué hacer para impulsar
su presencia en la cúpula corporativa? ¿Cuáles han sido las estrategias y
tácticas diseñadas y utilizadas en los distintos países para avanzar en esa
dirección? ¿Qué revela la evidencia respecto de la aplicación de cuotas
de género vs. la autorregulación, para lograr esta transformación? ¿Qué
países están a la vanguardia de una u otra estrategia?
María Aluncha y Güler Aras son las editoras de Women on Corporate
Boards. An International Perspective, un completo y exhaustivo libro en-
sayo que reúne artículos escritos por 26 especialistas provenientes de
todos los continentes. Ellos describen y analizan, a través de un enfoque
interdisciplinario, la teoría y práctica existente detrás de los patrones de
decisión acerca de la participación femenina en la gobernanza y gestión

Alejandra Sepúlveda Peñaranda es periodista y Licenciada en Comunicación Social por la Uni-


versidad Diego Portales, Chile; diplomada en marketing por la Universidad Adolfo Ibáñez,
con estudios de Magíster en Relaciones Internacionales, Fundación Ortega y Gasset, Espa-
ña. Directora ejecutiva de ComunidadMujer, Chile. Dirección: Bustamante 26, piso 6, Provi-
dencia, Santiago, Chile, CP 7500776. Email: [email protected].
180 ALEJANDRA SEPÚLVEDA / Reseña

de las empresas en la última década. Se trata de un recorrido que iden-


tifica los principales nudos de la argumentación teórica y conceptual, la
implicación política y regulatoria, los factores culturales e institucionales
que inciden en el escenario actual, registrando experiencias y avances
disímiles y dignos de contar. Como señalan las autoras:

Debido al rol estratégico del directorio, los temas de su trabajo, composi-


ción y estructura se ubican entre los de mayor investigación y dinamismo
[…] Hoy en día, las juntas directivas han evolucionado para involucrar a
más directores independientes, revelar una mayor transparencia y tener
una composición más diversa. Esto da como resultado la oportunidad de
una mayor representación de mujeres. La diversidad también es un indi-
cador confiable del avance de la igualdad de género y la política adoptada
por países y empresas. (3)

El libro se divide en tres partes, precedidas de una visión general


del tema, que enumera los principales antecedentes, impulsores y me-
canismos utilizados para la promoción de la diversidad de género en la
gestión y gobernanza empresarial. En concreto, se muestra el creciente
desarrollo de estudios teóricos y empíricos, la formulación de códigos de
conducta y los lineamientos adoptados internamente tanto por las com-
pañías como por la administración pública. Asimismo, se hace hincapié
en cómo la complejidad, multidimensionalidad e interdependencia del
tema de la diversidad de género y su vínculo con el poder, hacen que los
esfuerzos de solución escalen a la esfera política, desencadenando la im-
plementación de normativas y recomendaciones en diversos ámbitos de
la vida económica y social de los países.
Numerosos estudios muestran que la participación activa de las
mujeres en las empresas es limitada por obstáculos estructurales e ins-
titucionales que se cruzan en sus carreras a medida que avanzan hacia
los niveles más altos de la organización, truncando, a menudo, esas po-
sibilidades. Las razones son múltiples y trazan un camino más complejo
de lo esperado, debido a diferentes factores que se interrelacionan y que
pueden explicar la prevalencia de la cultura del privilegio y el poder (22).
Entre ellas, el libro recorre en sus páginas las siguientes.
En primer lugar, están los factores estructurales: la desigual distri-
bución del trabajo y las responsabilidades familiares (división sexual del
trabajo), que impacta fuertemente en las perspectivas socioeconómicas
de las mujeres y su desarrollo en el mundo laboral. En el caso de Chile,
Estudios Públicos 162 (2021), 179-186 181

por ejemplo, ellas destinan en promedio 5,9 horas diarias a los quehace-
res del hogar, y a la crianza de los hijos y/o al cuidado de otras personas
dependientes, mientras que los hombres solo lo hacen 2,7 horas (INE
2016) y solo 1 de cada 10 parejas distribuye equitativamente las labores
del hogar (ComunidadMujer 2017).
En segundo lugar se identifican los factores institucionales y nor-
mativos que pueden tornarse en barreras para el acceso, permanencia y
ascenso de las mujeres en el mundo laboral. En tercer lugar se encuentra
el contexto organizacional con un modelo de carrera empresarial tradi-
cional, que exige una movilidad geográfica significativa y una disponibi-
lidad de tiempo 24/7, que entra en conflicto con los planes para formar
una familia —durante la etapa de vida reproductiva de las mujeres,
justamente cuando son consideradas ‘talento’—, y puede provocar una
constante tensión por lograr un equilibrio entre la vida laboral y la perso-
nal. Ese modelo de carrera con disponibilidad total, es decir, ‘en cualquier
momento y en cualquier lugar’, por las razones antes mencionadas de la
carga del trabajo no remunerado, es más problemático para las mujeres.
En cuarto lugar, en el contexto sociocultural, ellas enfrentan también la
falta de autoconfianza en sus logros y su valía, lo que puede debilitar el
impulso de su carrera al momento de estimar o más bien desestimar sus
habilidades para un cargo, por ejemplo, y/o descuidar o no poder dedi-
car más tiempo al trabajo en red, dejando de construir conexiones, alian-
zas profesionales y relaciones de mentoría y sponsorship, que las podrían
ayudar a avanzar profesionalmente y a ser promovidas.
Además, el rol de género socialmente aceptado obstaculiza el as-
censo de las mujeres en la escala organizativa. Sobre ello, abundan en el
libro reseñado metáforas explicativas: pisos pegajosos, techos de cristal,
muros de cemento y el efecto tubería con filtraciones, para explicar la
fuga de talento femenino a lo largo de la jerarquía organizacional.
Hay prejuicios y estereotipos tradicionales de género enraizados en
los esquemas mentales de hombres y mujeres, adquiridos en el sistema
educativo y a través del proceso de socialización temprana. Estos son re-
currentes y se activan automáticamente en la toma de decisiones como
una suerte de atajo cognitivo del que muchas veces las mujeres no logran
tener conciencia absoluta. Este es uno de los factores que influye en los
procesos de selección y promoción, cuyo efecto más negativo es que las
mujeres suelen estar excluidas de los departamentos estratégicos de las
182 ALEJANDRA SEPÚLVEDA / Reseña

compañías, tales como administración, finanzas, contabilidad y operacio-


nes, concentrándose una mayor presencia de ellas en áreas como gestión
de personas y comunicaciones, relacionadas con habilidades tradicio-
nalmente atribuidas a su género, como el escuchar, la empatía y la con-
ciliación. Este fenómeno de segmentación vertical es común a todos los
países y para avanzar en su solución es que se han desplegado distintas
estrategias en las últimas décadas, las que el libro aborda ampliamente.
Identificar los espacios e instancias de toma de decisiones en que
los sesgos de género se transforman en situaciones de discriminación y
exclusión de las mujeres, es muy importante. Requiere un alto nivel de
compromiso y sensibilización dentro de las empresas, especialmente de
los liderazgos. También exige un trabajo riguroso y metódico, sustentado
en un diagnóstico robusto, en mediciones periódicas, y en el diseño y
puesta en marcha de planes de acción desafiantes.
El trabajo de identificar los patrones que están detrás de la presen-
cia de mujeres en los directorios corporativos supone revisar, en primera
instancia, los modelos conceptuales más utilizados, que se desarrollan en
la segunda parte del libro, para sentar los argumentos que respaldan la
importancia de aumentar y asegurar la representación de las mujeres en
directorios. De los nueve descritos (15-19) y que, sin lugar a dudas, son
interseccionales, a continuación se explican tres de ellos, que han sido
los más usados en nuestro país para ilustrar el desafío: el modelo de ges-
tión de la diversidad, la perspectiva político-social y la teoría del capital
humano.
El primero indica que la diversidad enriquece la discusión, suma a la
resolución de los problemas, permite una mayor flexibilidad y proporcio-
na una perspectiva diversa de opciones estratégicas. La diversidad, por
lo tanto, es un valor en sí mismo, ya que la heterogeneidad estimula la
comunicación y es una potencial oportunidad para crear valor, a medida
que los miembros del equipo con diferentes experiencias y backgrounds
aumentan el desempeño del conjunto y de la organización.
El segundo se aproxima al enfoque de la justicia social y a la teoría
de la no discriminación. Se basa en el principio fundamental subyacente
de una sociedad igualitaria, lo que lo lleva a afirmar que la mitad de la
sociedad que representan las mujeres merece tener una representación
equitativa y proporcional en la toma de decisiones y en los consejos
de administración corporativa, y no solo en los niveles de entrada de la
Estudios Públicos 162 (2021), 179-186 183

organización. Por lo tanto, el uso de políticas de acción afirmativa, que


emana como respuesta, no solo debería compensar la desequilibrada
distribución del poder, los recursos y las oportunidades, sino que hacer-
lo, a su vez, mejora la gestión y la gobernanza en las empresas.
El tercer modelo, o teoría de capital humano, aborda los argumen-
tos detrás de la mayor participación femenina en los consejos de ad-
ministración y la necesidad de cerrar la brecha de género, como un im-
pulsor del uso efectivo de talento de personas capacitadas y educadas,
tomando en cuenta que ellas hoy se gradúan en mayor medida de las
universidades y han accedido en mayor proporción a estudios de magís-
ter y doctorados.
Todos los modelos conceptuales descritos llevan inevitablemente
a una conclusión basada en la evidencia. Las mujeres no sustituyen a
los hombres como directores con igual capacidad y calificaciones, sino
que tienen atributos únicos que aumentan el desempeño del directorio
y, en última instancia, el desempeño de la empresa (11). Por cierto, más
mujeres participando en el mundo del trabajo y en la toma de decisiones
aporta al desarrollo y crecimiento de los países.
Un escenario en el que todas las naciones igualan la tasa de mejora
en indicadores de igualdad de género del país que más rápido avanza
en su región, podría agregar hasta USD 12 billones, o un 11% al PIB
mundial de 2025 y USD 2,1 billones al PIB de Europa occidental en el
mismo año (20).
La inclusión de las mujeres en los directorios puede ser apoyada por
la regulación. Es el caso emblemático de Noruega, donde se establecie-
ron cuotas obligatorias con una sanción por su incumplimiento. Este me-
canismo fue luego adoptado por la Comisión Europea y con recomenda-
ciones e implementaciones particulares en los distintos países de la UE
(leyes duras o blandas) como Italia, Francia, España, Finlandia, Bélgica y
Alemania. Esto, a través de leyes de cuotas obligatorias o voluntarias con
o sin sanciones de cumplimiento (o las llamadas leyes duras o blandas),
que además se han adoptado en otros países fuera de Europa. O bien, a
través de códigos de conducta a asumir voluntariamente y mediante la
autorregulación, con el establecimiento de metas de cumplimiento de
las empresas, cuyo caso más conocido es Reino Unido.
Con todo, incrementar la diversidad de género en las empresas es
un proceso lento. El porcentaje más alto de mujeres en directorios se da
184 ALEJANDRA SEPÚLVEDA / Reseña

en el país nórdico, que actuó como catalizador del cambio y es un ejem-


plo a seguir para otros países, especialmente de la Europa central. Ello,
luego de que el gobierno noruego legislara para promover la diversidad
de género en las empresas públicas listadas (PLCs) en 2008 —después
de un proceso de promoción del balance de género vía reglamentos,
iniciado en 1999—, con una cuota obligatoria de 40%, aunque la repre-
sentación luego ha fluctuado entre el 35% y 38% (33). En Reino Unido, si-
guiendo el enfoque liberal de gobernanza de cumplir o explicar [comply
or explain] en caso de incumplimiento, según el código corporativo de
diversidad (The Code-FRC 2016), se obtiene que las empresas del FTSE
100, el índice bursátil de la bolsa de valores de Londres, han logrado el
objetivo voluntario propuesto por el gobierno en 2011, a través de Lord
Davies, de un 25% de diversidad de género en sus directorios (33). No
obstante, en ese país hoy existe un clamor creciente por asumir cuotas
obligatorias, para acelerar el proceso frente a la evidencia de una clara
desaceleración, desde un 21% de mujeres en directorios en 2016, a un
19% en 2017 (42).
Un estudio de Terjesen y Singh (2008) citado en el libro (37) sugiere
que las estructuras institucionales predominantes en un país juegan un
papel importante para lograr el cambio social y la equidad económica.
Así, los entornos legales, culturales, de las políticas públicas y ocupacio-
nales influyen de manera considerable en la determinación de la parti-
cipación de las mujeres en la toma de decisiones (la llamada ruta de la
dependencia). Eso explica, por ejemplo, el caso chileno, donde las cifras
del Ranking de Mujeres en Alta Dirección 2018, elaborado por Virtus
Partners y ComunidadMujer (2018), muestra solo un 6,4% de directoras
titulares en las empresas IPSA (las más transadas en la bolsa de Santia-
go); esto es, 21 de 327 puestos y ninguna mujer presidenta. Mientras,
un 42,1% de mujeres ocupa los directorios de las empresas públicas
SEP (Sistema de Empresas) y 4 mujeres son presidentas, gracias a una
meta presidencial del gobierno de Michelle Bachelet (2014-2017), que
se mantuvo en la actual administración de Sebastián Piñera (2017-2021).
En tanto, y según el mismo ranking de 2018, hay un 15% de directoras
en otras empresas públicas y 1 mujer presidenta. En el caso de ejecutivas
principales, las empresas IPSA (Índice de Precio Selectivo de Acciones)
cuentan con un 9,2%, las empresas SEP con 16,9% y las otras empresas
públicas con un 8%. Se observa, entonces, que las realidades son muy
Estudios Públicos 162 (2021), 179-186 185

disímiles entre los grupos de empresas analizados y en general se ve que


Chile está atrasado en materia de diversidad de género en la alta direc-
ción. La experiencia de las empresas SEP es un ejemplo práctico de cómo
se avanza con medidas de acción afirmativas y voluntad política a través
de la fijación de metas de cumplimiento, lo cual se puede dar en mayor
medida cuando el Estado es parte de la propiedad de tales empresas, y
por lo tanto incide en la estructura de gobernanza más diversa.
Women on Corporate Boards. An International Perspective recorre
ampliamente la evidencia de los efectos positivos de las mujeres, cuan-
do logran al menos una masa crítica de tres en las juntas directivas (22),
minimizando el efecto homogéneo en la toma de decisiones que se da
por el fenómeno del pensamiento de grupo [group thinking]. Asimismo,
la investigación recogida en sus páginas refiere a la creciente presión
de las partes interesadas [stakeholders], los cambios en la legislación y
la evidencia en la eficiencia de grupos heterogéneos, que alientan a las
empresas a adoptar políticas de no discriminación y a aumentar la di-
versidad de género en directorios; esto, aparejado con un cambio en los
patrones de liderazgo y de comunicación (27).
El ensayo termina preguntándose cuáles serán los siguientes pasos
en esta carrera de fondo y concluye lo siguiente:

si bien la diversidad de género tiene un efecto crucial en el logro de un


alto desempeño corporativo, la eficiencia de la presencia de las mujeres
en los directorios, también depende de la eficiencia estructural de las
empresas. La evidencia internacional indica que el ecosistema en el que se
ubican las instituciones, los principios y estándares regulatorios dan forma
al estatus de la mujer en los directorios corporativos […] Las prácticas dis-
criminatorias en el reclutamiento de directores/as debe atraer el escrutinio
de las regulaciones. (240)

Ello, dada la evidencia de sesgos inconscientes en estos procesos y


de las construcciones de género tradicionales predominantes (133), lo
cual respaldaría la necesidad de establecer cuotas temporales obligato-
rias hasta equiparar las oportunidades. El argumento en contra, o más
‘cauteloso’, es que estas medidas podrían causar una desviación de la
optimización de la gestión de la empresa y un efecto adverso en su valor.
Sin embargo, la demostración de sus efectos positivos es contundente y
ampliamente analizada. Así, los cambios en las dinámicas de género de
las juntas directivas introducen una gama más amplia de perspectivas,
186 ALEJANDRA SEPÚLVEDA / Reseña

atributos y habilidades en las discusiones, todas las cuales mejoran el


desempeño, el comportamiento en la toma de riesgo de las empresas,
incrementan la calidad de control y gestión, y, en definitiva, su mayor
valor (239).
María Aluchna y Güler Aras concluyen que

[l]a representación equitativa de mujeres y hombres a todo nivel en la vida


económica, política y social, es vital para un crecimiento inclusivo y para el
desarrollo sostenible. Porque la igualdad de género tiene un efecto mul-
tiplicador en todas las áreas de desarrollo. Uno de los objetivos globales
para el desarrollo sostenible: la ‘igualdad de género’ (ODS5) se ha converti-
do en un tema clave para el desarrollo humano, los mercados laborales y,
por tanto, el crecimiento del PIB. (239)

Bibliografía

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Disponible en: https://www.comunidadmujer.cl/biblioteca-publicaciones/wp-
content/uploads/2019/01/Ranking-Mujeres-en-la-Alta-Direccio%CC%81n-2018.
pdf [ 5 de noviembre 2020]. EP
Estudios Públicos 162 (2021), 187-194
DOI: https://doi.org/10.38178/07183089/0854201102

Reseña

James G. McGann y Laura C. Whelan. Global Think Tanks. Policy Networks and
Governance. London, New York: Routledge. US$35.96 (ISBN 9780367278557),
163 pp.

Juan Jesús Morales


Universidad Católica Silva Henríquez, Chile

E l último libro de James G. McGann, escrito en coautoría con Laura


C. Whelan, es una sugerente invitación a comprender la expansión
global de los think tanks y su repercusión en el proceso actual de glo-
balización. De hecho, tiene como principal objetivo ilustrar y mapear el
exponencial crecimiento que este tipo de instituciones de la sociedad
civil ha tenido en el mundo en los últimos años (1). Escrito en un formato
de guía o manual para lectores interesados en las políticas públicas y las
relaciones internacionales, los autores ofrecen un interesante mapeo de
cómo los think tanks han emergido como un fenómeno social global y de
cómo muchos de ellos, además, han adquirido una dimensión global en
cuanto a pensar los problemas y tener la capacidad de actuar e intervenir
a la vez en distintas partes del mundo (6). El libro cuenta con recurrentes
ejemplos y casos prácticos que ilustran el funcionamiento de estas insti-
tuciones en cuanto partícipes y productoras de una nueva arquitectura e
infraestructura global, permitiendo así una mejor comprensión del papel
de estos actores en la llamada ‘gobernanza global’ y en sus políticas pú-
blicas globales (Ocampo 2015). Esta perspectiva práctica es apreciable a
la hora de permitir comprender el funcionamiento global de estas insti-
tuciones.
El libro también descuella por combinar otra perspectiva organizacio-
nal que posibilita entender el funcionamiento operativo de los think tanks,
las visiones de sociedad que manejan, sus estructuras internas y sus princi-

Juan Jesús Morales es Doctor en Sociología, Universidad Complutense de Madrid. Académico


de la Escuela de Sociología, Universidad Católica Silva Henríquez, Chile. Actualmente es
investigador responsable del Proyecto Fondecyt Regular Nº 1200421, dedicado al análisis
sociológico de los centros de estudio y think tanks en Chile. Dirección: General Jofré 462,
Santiago Centro, Santiago, Chile, CP 8330225. Email: [email protected].
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pios operacionales. Esto se debe, sin duda alguna, a que James G. McGann
es probablemente el mayor estudioso de think tanks en el mundo. Con
una vasta experiencia como asesor en más de cien países del mundo y
como director del Think Tanks and Civil Societies Program (TTCSP), en la
Universidad de Pennsylvania (Estados Unidos), McGann es reconocido in-
ternacionalmente por sus investigaciones, su conocimiento acumulado y
por su influyente ranking “Global Go To Think Tanks Index Report”.
El libro está estructurado en seis capítulos que se ordenan en fun-
ción de ejes temáticos, y que son nutridos con cuadros de ejemplos,
gráficos explicativos y un buen número de referencias bibliográficas
actuales. Además, contiene unos breves apartados para la introducción y
las conclusiones.
Los tres primeros capítulos desarrollan algunas ideas ya elaboradas
por McGann en anteriores trabajos, aunque aquí es conveniente volver
sobre ellas (McGann y Weaver 2009; McGann 2018). De manera espe-
cífica, el primer capítulo presenta definiciones y marcos conceptuales
de los think tanks como instituciones de la sociedad civil, sus diversos
tipos, su estructura organizativa, su nueva dimensión global y las redes
nacionales e internacionales que tejen. Aquí destaca, sobre todo, la con-
ceptualización de los think tanks como catalizadores entre la academia y
la política. Son instituciones mediadoras entre el mundo de la reflexión
(la ciencia) y el mundo de la acción (la política). Pero, además, es opor-
tuno recordar las principales funciones que estas instituciones, según
McGann y Whelan (16-17), deben cumplir en toda sociedad: 1) función
investigativa (porque investigan problemas sociales, económicos, po-
líticos, medioambientales o de relaciones internacionales); 2) función
asesora (porque proporcionan asesoría a gobiernos, administraciones,
organismos públicos y privados); 3) función evaluativa (porque evalúan
programas del gobierno y de políticas públicas); 4) función comunicati-
va (porque difunden sus investigaciones y colaboran con los medios de
comunicación); y 5) función mediadora (porque tejen redes sociales e
institucionales entre gobiernos, partidos políticos, universidades, medios
de comunicación y otras organizaciones de la sociedad civil).
El segundo capítulo repasa, principalmente, los orígenes históricos
de los think tanks en Estados Unidos y de cómo fueron constituyéndose
durante el siglo XX en actores independientes en la formulación de polí-
ticas públicas. El desarrollo que tuvieron estas instituciones permitió que
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fueran ganando cada vez más autonomía en la sociedad civil estadouni-


dense y, a la vez, mayor reconocimiento y prestigio social por la calidad
de su investigación (Medvetz 2012).
La difusión, exportación y promoción de la idea de think tank como
una institución propiamente estadounidense, a otras partes del mundo,
ocupa las páginas del tercer capítulo. De manera específica, se ponen
en valor las experiencias de colaboración y de trabajo en red de estas
instituciones con organismos públicos y privados de Estados Unidos. Ese
aprendizaje previo permitió que los think tanks fueran extendiendo su
foco de acción a un ámbito transnacional y establecieran, además, redes
de conocimiento con otros centros de estudios en países extranjeros. El
papel de las fundaciones filantrópicas estadounidenses, como la Fun-
dación Ford o la Carnegie, entre otras, ha sido clave para el apoyo insti-
tucional y financiero de estas redes transnacionales y también para que
los mismos think tanks fueran adquiriendo una dimensión más global
en sus agendas de investigación y abrieran sedes en el extranjero. Como
caso típico, McGann y Whelan destacan la Brookings Institution, fundada
en 1916, con larga tradición de vincular lo académico y lo político desde
una orientación profesional o experta, y que hoy en día puede ser consi-
derada como un think tank global. Además, las páginas de ese capítulo
contienen interesantes estudios de caso sobre el rol y la utilidad de las
redes transnacionales de think tanks. Así, por ejemplo, se señala el papel
de la Atlas Network en coordinar y extender el llamado ‘movimiento li-
bertario’ a una escala global (76). Fundada en 1981, hoy cuenta con 500
think tanks miembros alrededor de mundo.
Por su parte, el cuarto capítulo analiza el impacto que han tenido
las nuevas tecnologías de la comunicación en posibilitar una difusión a
escala global de la investigación realizada por los think tanks. También
estas nuevas tecnologías han permitido vehicular redes transnacionales
de colaboración y cooperación entre think tanks de distintas partes del
mundo en torno a temas y preocupaciones globales, como pueden ser
el cambio climático, el desarrollo sustentable, la ciberseguridad, el narco-
tráfico, el terrorismo internacional o la trata ilegal de personas. Por cierto,
resultan interesantes los desafíos abiertos que apuntan los autores en
relación a los avances de la inteligencia artificial y su aplicación en tecno-
logías y comunicaciones emergentes.
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El quinto capítulo continúa con el análisis de esta dimensión global


de los think tanks, presentando interesantes estudios de caso y su impac-
to en políticas regionales y globales como son el European Council on
Foreign Relations, el International Crisis Group o la Carnegie Endowment
for International Peace.
En el sexto y último capítulo, los autores del libro se detienen a ob-
servar las oportunidades regionales y globales que tienen los think tanks
de impactar o ‘dejar huella’ gracias al avance en las nuevas tecnologías
de la comunicación y gracias también a la posibilidad de participar en la
arquitectura o estructura global de políticas públicas (128). La mirada de
los autores descansa aquí en una valoración positiva del fenómeno de la
globalización y de su gobernanza, con posibilidades para los think tanks
de participar en el diseño, formulación o implementación de las políticas
públicas globales, en colaboración, por supuesto, con otras instituciones
regionales e internacionales. Sin embargo, el capítulo también alerta
sobre los peligros globales que enfrentan nuestras sociedades, sobre
todo en asuntos relacionados con los efectos de la desinformación, la
infoxicación comunicativa, el aumento del populismo y la proliferación
del nacionalismo.
Después de esta apretada síntesis sobre el contenido de los capítu-
los, es pertinente ofrecer a continuación algunos comentarios sobre los
desafíos que atraviesan distintos pasajes del libro y que se relacionan
sucintamente con los roles que, según la experiencia estadounidense y
la evidencia internacional que manejan McGann y Whelan, deben tener
los think tanks en toda sociedad concreta, independientemente de que
su aspiración sea local, regional o global. Los roles de estas instituciones
tienen que ver, sobre todo, con su capacidad de actuar socialmente y con
asumir aspectos más simbólicos demandados por la propia sociedad.
Para ello identificamos cinco importantes roles —podemos decir incluso
que sociales o sociológicos— para estas instituciones: 1) la necesidad de
que participen con conocimiento e información veraz en el debate pú-
blico; 2) la legitimidad y credibilidad socialmente reconocida que deben
obtener los think tanks a partir del escrutinio de la investigación; 3) el
que sean instituciones que deben aportar a la estabilidad democrática;
4) el que sean instituciones que deben cuidar su autonomía e indepen-
dencia con respecto a los organismos, fundaciones, empresas o donan-
tes particulares que los financian; y 5) el que sean espacios de socializa-
ción y de construcción de acuerdos y consensos sociales.
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En efecto, los think tanks son instituciones puente entre la acade-


mia y la política; pero, además de producir conocimiento y entregar
conocimiento para que este sea aplicado, por lo general, en las políticas
públicas, deben entregar a su sociedad ese conocimiento (Lamo de Espi-
nosa 2018). No solamente los gobiernos y las administraciones públicas
necesitan ese conocimiento: también la propia sociedad lo necesita para
saber más de sí misma y así poder autoobservarse. Los think tanks deben
pues filtrar el conocimiento en información veraz y confiable para su
sociedad y compartirlo en la esfera pública. Aquí lo fundamental es que
este conocimiento —traducido a la sociedad en información— sea resul-
tado de la investigación científica. En este sentido, los autores identifican
algunos dilemas que podemos sintetizar en las siguientes preguntas:
¿cómo pueden los think tanks construir imparcialidad y hacer investiga-
ción de calidad en unas sociedades con tanta abundancia informativa? y
¿cómo deben comunicar sus investigaciones para que estas sean efecti-
vas? (51, 54). Las recomendaciones que los autores presentan apuntan a
que los think tanks mantengan, si es posible, equipos de investigación a
tiempo completo y, sobre todo, forjen alianzas con otros centros de estu-
dios y colaboren estrechamente con las universidades. Las instituciones
universitarias no deben verse como competidoras, sino todo lo contrario:
son socios en la producción de conocimiento, aportan en la obtención
de credibilidad y legitimidad investigativa a partir del escrutinio de la
ciencia, y, al mismo tiempo, influyen en el reconocimiento social ante
audiencias y sociedades que demandan cada vez más conocimiento (56,
62, 104).
Por lo que respecta al desafío comunicativo, ambos autores reco-
miendan que los think tanks deben invertir en la mejora de sus propios
canales de comunicación, como también deben colaborar con los me-
dios de comunicación establecidos para así ser partícipes activos en la
esfera pública. Esta participación activa de los think tanks en la esfera
pública, compartiendo conocimiento e información confiable, es la que
les otorga legitimación social. Además suelen, por lo general, tener una
“orientación a pensar el futuro” (48), lo que ayuda también a hacer más
nítidos los órdenes sociales en sociedades cada vez más complejas. Ello,
pues son instituciones flexibles y adaptables a los tiempos y contextos,
capaces de combinar la mirada estratégica del mediano o largo plazo
con el ofrecer investigaciones para la toma de decisiones en el corto
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plazo (34-35). La combinación de esos tiempos y miradas es la que les


ha conferido una legitimidad política, sobre todo en el caso estadouni-
dense, donde son instituciones reconocidas por aportar a la estabilidad
democrática del país, en cuanto son parte del proceso de rendición de
cuentas de la misma política, de sus actores y respectivas administra-
ciones (60). Sin embargo, y como bien reconocen los autores en su libro,
una de las mayores tensiones, sin duda, tiene que ver con su autonomía
e independencia respecto de los distintos poderes de una sociedad.
Si los think tanks son instituciones que investigan y son actores de la
sociedad civil, deben poseer, por tanto, suficiente autonomía en relación
al sistema político y también en relación a las empresas, corporaciones o
privados que los financian. En el caso de Estados Unidos, esa autonomía
está más asegurada por la regulación jurídica existente. Además, hay
reglamentos claros sobre el papel de la filantropía y sus donaciones a los
think tanks (15, 59). No ocurre lo mismo en América Latina y en otras par-
tes del mundo, donde frecuentemente no hay normativas con respecto
a la organización, funcionamiento y, sobre todo, financiación de estas
instituciones. Uno de los mayores problemas de los think tanks, como
fenómeno global, es por tanto su autonomía y la falta de transparencia
en cuanto a su financiación. Ello repercute en la viabilidad de los proyec-
tos institucionales, en su dependencia respecto de recursos financieros
y en el peligro de ser coaptados por distintos grupos de interés, lobbies,
empresas o grupos de medios de comunicación (47, 86). Justamente,
los autores señalan una tendencia preocupante, sobre todo a nivel lati-
noamericano, como ha sido la proliferación en los últimos años de think
tanks de abogacía defensores del liberalismo más ortodoxo (43). Aquí,
sin embargo, al libro le faltó incursionar en cómo estas instituciones en
defensa a ultranza o abogacía de esas ideas también pueden llegar a
desinformar a la sociedad, debilitando el debate público, limitando la
pluralidad y diversidad de puntos de vista, como también pueden ser
instituciones desestabilizadoras de la vida en democracia.
Aunque no sea uno de los propósitos principales del texto, es inte-
resante la forma como los autores relacionan la aspiración de imparciali-
dad que todo think tank debe perseguir en el debate público a partir del
resguardo de su autonomía e independencia. Se interpreta, entonces
—y como decíamos anteriormente—, lo fundamental que es para ello la
transparencia de su financiamiento (86), pues las sociedades avanzadas
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no solamente demandan más conocimiento y mejor información, sino


también solicitan claridad en los procesos y rendición de cuentas a sus
instituciones y autoridades. Precisamente, uno de los desafíos que de-
ben de acometer los think tanks, en cuanto fenómeno global, es estirar
y cuidar también su rol como espacios de deliberación, socialización y
generación de vínculos y redes sociales (14). Estas instituciones aportan
al interés público general, trasladando la investigación aplicada y básica
a un formato entendible, realizable y accesible. Pero, también, son insti-
tuciones mediadoras en la deliberación pública, no solamente tejiendo
lazos entre la academia y las comunidades políticas, sino, sobre todo,
por actuar como puentes de diálogo entre distintos grupos y actores
sociales (25).
Este desafío mediador o de diplomacia social es muy relevante,
según la perspectiva de estos autores, para sociedades fragmentadas o
fracturadas por crisis económicas, sociales o políticas, donde es funda-
mental la reconstrucción de la esfera pública a la hora de generar marcos
de confianza y de consenso social. Los think tanks aportan, en este caso
y según McGann y Whelan, a “un proceso social, no técnico” (60). Ahora
bien, reconocen igualmente que una falta recurrente para estas institu-
ciones es su desconexión con su comunidad o sociedad, reproduciendo
muchas de ellas lógicas elitarias, manteniendo el statu quo o desaten-
diendo la inmediatez de los problemas locales a favor de temáticas y
debates más globales. Atender agendas locales o nacionales y estar al
mismo tiempo conectados a los debates regionales o mundiales, es un
tremendo desafío que enfrentan los think tanks en la actualidad, sobre
todo en la región latinoamericana. Asimismo, McGann y Whelan (43, 116)
añaden que varios de los principales inconvenientes para el funciona-
miento de los think tanks en América Latina son su falta de autonomía,
como vimos anteriormente, su desempeño en democracias incompletas
o híbridas, además de no haber un hábito generalizado de colaboración
sostenida con gobiernos, Estados, entes privados, sector público y otros
actores de la sociedad civil.
Es muy recomendable la lectura del libro de McGann y Whelan
por todo lo resumido anteriormente y, sobre todo, por dos importantes
aprendizajes que pueden ser útiles para reflexionar la situación chilena
y sus oportunidades futuras. En primer lugar y desde una perspectiva
regional, Chile, a diferencia de otros países latinoamericanos, cuenta
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con tradición y riqueza de su sociedad civil, con un campo de think tanks


establecido, con un espacio universitario consolidado y con un buen de-
sarrollo de sus ciencias económicas, sociales y políticas, además de que
organismos regionales e internacionales como, entre otros, el BID, CEPAL,
FAO, FLACSO o PNUD, cuenten con oficinas y sedes en el país. Estas con-
diciones institucionales son más que favorables para que los think tanks
actúen como mediadores y establezcan colaboraciones multilaterales
de manera sostenida y realicen trabajos conjuntos en políticas públicas
regionales y en agendas de problemáticas globales. Ante las nuevas
estructuras emergentes de la globalización y de la sociedad civil global,
Chile y sus instituciones tienen la oportunidad de ser centro latinoameri-
cano de referencia de estas redes de cooperación regional.
En segundo lugar y desde una perspectiva local, los think tanks tie-
nen por delante la responsabilidad de aportar a la deliberación pública
y al debate racional sobre el proceso constitucional abierto en el país.
Ante una crisis generalizada de confianza hacia las instituciones, los think
tanks y los centros de estudios están ante la oportunidad de escuchar,
mediar y vincular a distintos grupos sociales, así como de generar es-
pacios de diálogo y de favorecer la construcción de un bien común. Su
papel seguramente va a ser fundamental en la discusión técnica, pero
más relevante será su aporte al debate público y a la vida democrática.
Su credibilidad está en juego y, para ello, como recomiendan McGann y
Whelan (151) en Global Think Tanks. Policy Networks and Governance, de-
berán guiarse por los valores de rigor, relevancia y veracidad.

Bibliografía

Lamo de Espinosa, E. 2018. Think tanks y universidades. ¿Complementarios o


competidores? Revista Española de Sociología 27(2), 305-312.
McGann, J.G. (ed.) 2018. Think Tanks and Emerging Policy Networks. London: Palgrave
Macmillan.
McGann, J.G. y Weaver, R.K. (eds.) 2009. Think Tanks and Civil Societies. Catalyst for Ideas
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Medvetz, T. 2012. Think Tanks in America. Chicago, London: The University of Chicago
Press.
Ocampo, J.A. (ed.) 2015. Gobernanza global y desarrollo. Nuevos desafíos y prioridades
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