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Nora Glickman

El relato narra la experiencia de una casamentera que intenta unir a personas solteras, reflexionando sobre las conexiones y desilusiones que surgen en el proceso. A través de la historia de Richler, quien tras un divorcio encuentra el amor nuevamente, se exploran los sentimientos no correspondidos de Raquel hacia él, revelando la complejidad de las relaciones humanas. La protagonista se siente culpable por no haber previsto la conexión entre Richler y Raquel, lo que provoca tensiones y reflexiones sobre el amor y la soledad.
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Nora Glickman

El relato narra la experiencia de una casamentera que intenta unir a personas solteras, reflexionando sobre las conexiones y desilusiones que surgen en el proceso. A través de la historia de Richler, quien tras un divorcio encuentra el amor nuevamente, se exploran los sentimientos no correspondidos de Raquel hacia él, revelando la complejidad de las relaciones humanas. La protagonista se siente culpable por no haber previsto la conexión entre Richler y Raquel, lo que provoca tensiones y reflexiones sobre el amor y la soledad.
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Nora Glickman

Casi un Shiduj
DE HABERL0 SABIDO… hubiera sido el shiduj perfecto. Lo digo yo, que sé de shidujim.
Veo un hombre solo, culto, refinado. Y enseguida pienso en alguna mujer sola, culta,
refinada, con algún pequeño vicio que mantendrá, como él, discretamente guardado. Los
conectados; juntos se encontrarán bien: armonizan en su estilo de vida, se mueven en un
mismo ambiente. Dos almas en armonía.

Ellos podrán insistir, si quieren, que están perfectamente satisfechos de seguir


solteros; pero yo no los creo. Somos animales sociales; macho y hembra necesitamos el
calor de nuestro sexo y del opuesto; para mí, que unidos oficialmente como pareja
casada, tendrán más oportunidades. Separados, digo, no saben lo que se pierden; la voz
de ella desde el aeropuerto para tranquilizarlo, avisándole que ya está de vuelta a casa;
un comentario gracioso de él, que ella le celebre, aunque lo haya oído antes más de una
vez.

De todos modos, los junto sin que nadie los pida. Instinto de shadjente , digo yo,
Manía de casamentera. A veces, claro, me equivoco, como con Ema y Julio, la pareja
perfecta. El pelo caprichosamente rizado de ambos, el de Ema más clara y sedoso; la
mirada pícara de Julio, que ella festeja a cada paso. Los dos aficionados a la música
clásica, los dos locos por el cine y por hacer largas caminatas en la costanera. ¿Quién
hubiera podido adivinar que eran, en efecto, hermanos sanguíneos, distanciados al
nacer? Eso era digno de una telenovela. Cleopatra, o Calígula, de enterarse que tenían
un hermano por esposo, me hubieran nombrado embajadora por haber urgido su
matrimonio. Ema y Julio, en cambio, lejos de agradecerme, se sienten culpables de
haberse enamorados y me reprochan por haber propiciado un amor incestuoso.

Sin embargo, yo persevero aunque no doy siempre con la tecla. Aun al mejor cazador
se le escapa el libre. ¡Qué fracaso, mi último intento! Cuando a Richler lo abandonó su
esposa por otra mujer, convinimos que, en las primeras semanas, no lo agobiaríamos con
llamadas, pero que Beatriz se ocuparía por él para aliviar su depresión, tal vez su
vergüenza, porque Richler no podía comprender lo que le había pasado. Mientras tanto yo
le iba preparando candidatas para cuando se sintiera repuesto. Luego de treinta y cinco
años de casado, Richler no sabía arreglárselas solo. Ese primer año le costó mucha
salud, física y mental: una pulmonía lo dejó postrado por semanas enteras. Su cuñada lo
atendió en el hospital, y sus hijos, solteros que vivían cerca de su casa, lo visitaban
seguido.
Nos alarmó verlo cuando al comenzar el semestre Richler llegó a la universidad
desaliñado y más encorvado que nunca. Pobre Richler. Para reanimarlo, Beatriz y yo, y
sus colegas, le planeamos una dieta macrobiótica y caminatas vigorosas en el parque. Lo
invitamos a ver una obra de Calderón de la Barca que él había enseñado durante varios
años. Aunque la representación era de aficionados, a él le pareció muy educativa. Luego
de notar los olvidos y las pausas innecesarias de algunos actores, aprovechó la ocasión
para opinar con elocuencia sobre la intención del dramaturgo y la interpretación
desmesurada del director de la obra. Richler salió entusiasmado del espectáculo, así que
cuando nos despedimos en la estación del subte, nos prometió que la próxima vez, él nos
llevaría a ver <<Il Travatore>>. Aceptamos encantados.
Aunque últimamente Beatriz estaba más y más ocupada con David, un novio antipático
que la tenía dominada, y no tenía tiempo para Richler. Yo pasé un par de meses fuera de
Nueva York, por lo que tuve que interrumpir la rutina de llamarlo cada semana . A mi
regreso, me encontré con una invitación de Tita, para celebrar en su casa la jubilación de
Richler, y también su compromiso, el martes 14 de octubre. Me quedé pasmada.

–¿Cómo tan pronto? ¿Cuándo decidió jubilarse? ¿Y con quién se compromete?

–Con una maestra dominicana de Arizona, amiga de su cuñada. En un mes se casan


y se van a vivir a Phoenix—me explicó Beatriz.

Para un judío gringo—neoyorquino—de sesenta y cinco años, casarse con una latina
de cuarenta y pico y mudarse a un estado tan remoto como Arizona debe ser una odisea.
Llamo a Rita y ella me explica que el clima seco y templado de Arizona es ideal para
aliviar el asma de Richler. Con Beatriz luego comentamos mientras nosotras todavía nos
condolíamos el estado miserable de Richler, él había conseguido rehacer su vida. Solito,
sin nuestra ayuda, había encontrado a su pareja: <<Entonces—nos dijimos,–misión
cumplida>>.
Para la fiesta de Rita me toca llevar a varios colegas en el auto. Raquel viene también. Se
sienta adelante conmigo, así podemos conversar. No nos vemos desde hace más de
quince años cuando Raquel dejó de enseñar en la secundaria para hacerse cargo de una
biblioteca en Bronxville. El cambio le favorece; Raquel había perdido peso y se ve más
sofisticada. Sabía que Richler se jubilaba, pero solo ahora, camino a Nueva Jersey, viene
a enterarse de su compromiso.

–¿Qué estás diciendo? —me susurra, incrédula–. ¿Acaso Richler no está casado y
tiene dos hijos?

–Estaba casado, pero hace meses que está solo. Su hijo menor vive en el dormitorio
de la universidad y el mayor consiguió empleo en Boston. ¿Pero cómo no enteraste,
Raquel, que su mujer lo abandonó, y él se pescó una pulmonía, y que Beatriz y yo lo
ayudamos a reponerse?
Raquel esconde la cara bajo la solapa de su saco para ocultar su reacción, Suspira
como si le faltaba aire; le salió un hipo entrecortado. Sin duda quiere hacerme más
preguntas y no sabe por dónde empezar. Menea lentamente la cabeza como si pasara
lista de lo que ella había estado en el interín, mientras Richler se enamoraba de la
dominicana y decidía dar el gran paso. Me duele ver a Raquel sufrir así, y también me
fastidiaba. Pero, al fin, ya es demasiado tarde para cambiar las cosas.
–Simplemente, Raquel, se me pasó por alto. Mil perdones.

¡Qué imbécil fui! ¿Cómo pude olvidarme durante todo este tiempo del gran metejón
que Raquel había sentido por Richler cuando las dos estudiábamos juntas en la
universidad? Nos leíamos las cartas apasionadas que escribíamos a amantes ficticios y
reales y nos reíamos para cubrir el rubor de comportarnos como colegiales pavotas.

Por lo visto, el amor de Raquel por Richler costó mucho más de la cuenta. En esos
días fantaseaba con raptarlo; Planeaba formas de alejarlo de su mujer, de seducirlo con
su profundo conocimiento de Calderón, y con otras estratagemas para que me llegaron a
parecer tediosas. Y Richler, naturalmente, inmerso en sus teorías y dedicado a su materia,
nunca sospechó que Raquel planeara seducirlo ni que su mujer pensara abandonarlo.

La voz grave y sorda de Raquel revela todo su rencor:

–No te lo puedo perdonar, Tere. ¡¿Cómo no me avistaste al instante?!—y más bajita


todavía agrega–: Lo siento como una traición.
–Te juro que con tanto trajín se me olvidó, Raquelita. Como Beatriz fue la primera en
ayudarme a salir de su crisis, en parte me despreocupé del asunto, ¿comprendes? Claro,
de haberme acordado te habría llamado, no me quepa la menor duda, pero no me acordé.
Lo siento.

–¿Tuvo algo con Beatriz?

–Que yo sepa, nada. ¡No! ¡Qué ocurrencia la tuya, si Beatriz está loca por David, ese
novio tan creído que la tiene atrapada!

–Contigo tampoco, supongo…


–¡Por Dios, Raquel! Lo quiero como un tío.

El viaje a Nueva Jersey se me hace interminable. De cuando en cuando los pasajeros


de atrás nos interrumpen para darnos nuevas instrucciones para el camino, y enseguida
resumen su charla animosa sobre las próximas elecciones.

–Por favor, Teresa, déjame bajar en la próxima salida. No quiero ir a la fiesta.

No te pongas melodramática, Raquel, y cálmate. En Nueva Jersey no hay más que


carreteras para autos y camiones. El servicio público no funciona por aquí y estamos
demasiado lejos de todo para que busques un taxi.
Le paso la botellita de colonia que guardo en la gaveta, con mi cosmética.

–Échate unas gotas encima. Es muy suave. Te sentirás mejor.

Por las dudas, aseguro las puertas y aminoro la marcha. Los de atrás viajan
apretados, seguramente incómodos pero contentos de poder reponerse del largo intervalo
sin haber visto. Ahora discuten la huelga universitaria:

–La harán durante la primavera, como siempre, así vale la pena interrumpir las clases
y echarse a dormir sobre el césped.

–Pero tú, Ricardo, serás el que toca la alarma, y todos saldremos echando la culpa a
algún estudiante díscolo… jajajá…

Raquel se aguanta el resto del camino sin decir palabra. En cuanto llegamos a la
casa de Rita, Raquel se baja del auto y se encierra en el baño. La sigo y al rato llamo a la
puerta.

–Déjame en paz, Tere. No me siento bien.


Se demora más de media hora. Por fin sale con los ojos hinchados y demasiado
maquillados. No entra al salón sino que va directo al dormitorio, desde donde llama a un
taxi. Se disculpa ante Rita, y le encarga que felicite a Richler y su novia cuando lleguen a
su casa. Y a mí me previene:
Cuidadito, Tere, con abrir la boca.

Me siento culpable y traicionera, como ella quiere que me siente,

–¿Me perdonas, Raquel? ¿Quién sabe si Richler te habría aceptado todavía, después
de tanto tiempo? Se ve muy ajado, ¿sabes? Supongo que estos días estarás saliendo con
gente mucho más joven que él.

Cuanto más hablo, más la empeoro. Mejor me callo. Raquel sabe y yo sé que hubiera
sido el shiduj perfecto. Richler se había quedado en Manhattan, su ciudad favorita. Al
principio, al menos, Raquel le hubiera celebrado cada una de sus pedanterías, lo hubiera
llamado desde el aeropuerto tan solo para oír su voz, de regreso de una conferencia…
¡De haberlo previsto!
A la vuelta de la fiesta llamo a Raquel varias veces. Su máquina contestadora repite
siempre lo mismo: <<Disculpe, no puedo atenderle en este momento>>. Pero no dice lo
que temo oír: <<Me estoy cortando las venas; esto metiendo la cabeza en el horno; me
estoy tragando el frasco de somníferos>>. Cada vez le dejo el mismo mensaje: <<Por
favor, Raquel, dame una llamadita para que me quede tranquila>>. La llamo desde Miami,
demasiado lejos para ir a verla. Beatriz no está en Nueva York y no sé a quién más
recurrir. Consigo el número del super de su edificio, pero este me dice que si no contesta
es que no está en casa y se niega a forzar la puerta. Se me ocurre que debería avisar a la
policía para cerciorarme de que todo está en orden.

A la mañana siguiente Raquel devuelve mis llamadas.

–Acabo de llegar a casa… Lamento que te hayas preocupado tanto por mí. Me fui a
casa de Ben, mi novio, por unos días.

–Disculpa, Raquel…, como te había afectado tanto, temí que…

–¡Que me iba a suicidar por una infatuación tan antigua! ¡Que iba a hacer una escena
de película! ¡Vamos, Tere! ¿No comentas nada en la fiesta, verdad? Dime que no dijiste
nada.
–Te lo juro. Nadie se enteró. Tuviste una simple jaqueca decimonónica. De haberte visto,
Richler te hubiera comparado con una heroína de Echegaray. ¡Ah¡, casi me olvido. Me
recordé que fuiste una de sus mejores estudiantes; te envía un gran abrazo y me pide que
le escribas.
–Gracias, pero no, gracias… Y no se toque más el tema. ¿Estamos?

–Estamos.

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