Tres Ensayos
Tres Ensayos
● La inversión:
- Invertidos absolutos: el objeto sexual tiene que ser de su mismo sexo, mientras que
el sexo opuesto nunca es para ellos o que toda añoranza sexual. El sexo opuesto
les provoca repugnancia, lo que los incapacita para ejecutar el acto sexual normal
Degeneración: Varios hechos hacen ver que los invertidos no son degenerados en el
sentido legítimo del término:
lo igual en cuanto al sexo, sino que reúne los caracteres de ambos sexos, acaso
como un compromiso entre una moción que aspira al hombre y otra que aspira a la
mujer, siempre bajo la condición de la virilidad del cuerpo (de los genitales): por así
decir, el espejamiento de la propia naturaleza bisexual.
Comprobamos que las personas después invertidas atravesaron en los primeros años de su
infancia una fase muy intensa, pero también muy breve, de fijación a la mujer (casi siempre
a la madre), tras cuya superación se identificaron con la mujer y se tomaron a sí mismos
como objeto sexual, vale decir, a partir del narcisismo buscaron a hombres jóvenes, y
parecidos a su propia persona, que deberían amarlos como la madre los había amado.
Cabe destacar que la conducta sexual definitiva se decide solo tras la pubertad, y es el
resultado de una serie de factores en parte constitucional, en parte accidental.
- Meta sexual de los invertidos: De ningún modo puede hablarse de meta sexual
única en el caso de la inversión.
La unión de los genitales es considerada la meta sexual normal en el acto que se designa
como coito y que lleva al alivio de la atención sexual y a la extinción temporaria de la pulsión
sexual. Empero, ya en el acto sexual más normal se anuncian los esbozos de aquello que,
si se desarrolla plenamente, lleva a las aberraciones que han sido caracterizadas como
perversiones. En efecto, ciertas maneras intermedias de relacionarse con lo sexual como, el
palparlo y mirarlo, se reconocen como metas sexuales preliminares. Esto nos ofrece,
entonces, aspectos que enlazan las perversiones a la vida sexual normal, aplicables aún a
la clasificación de aquellas. Las perversiones son, o bien:
A. Transgresiones anatómicas
Sobreestimación del objeto sexual: La estima psíquica de que se hace partícipe al objeto
sexual como meta deseada de la pulsión sexual solo en los casos más raros se circunscribe
a sus genitales. Más bien abarca todo su cuerpo y tiende a incluir todas las sensaciones
que parten del objeto sexual. Esta sobreestimación sexual es la que apenas tolera la
restricción de la meta sexual a la unión de los genitales propiamente dichos y contribuye
elevar quehaceres relativos a otras partes del cuerpo a la condición de metas sexuales.
● El sustituto del objeto sexual es, en general, una parte del cuerpo que es muy poco
apropiada a un fin sexual (el pie, los cabellos) o un objeto inanimado que mantiene una
relación demostrable con la persona sexual, preferiblemente con la sexualidad esta
(prenda de vestir o ropa interior).
el objeto por asociación. Por tanto, cierto grado este tipo de fetichismo pertenece
regularmente al amor normal, en particular en los estadios del enamoramiento en que la
meta sexual normal es inalcanzable o parece postergado.
Surgimiento de nuevos propósitos: Todas las condiciones externas e internas que dificultan
el logro de la meta sexual normal o la posponen (impotencia, alto precio del objeto sexual,
peligros del acto sexual) refuerzan, como es lógico que acontezca, inclinación a demorarse
en los actos preliminares y constituir a partir de ellos nuevas metas sexuales que pueden
reemplazar a las normales.
● Tocar y mirar: Al menos para los seres humanos, un cierto grado de uso del tacto
parece indispensable para el logro de la meta sexual normal. Por tanto, el demorarse
en el tocar, siempre que el acto sexual siga adelante, difícilmente puede contarse
entre las perversiones. Algo semejante ocurre con el mirar, la impresión óptica sigue
siendo el camino más frecuente por el cual se despierta la excitación libidinosa.
La designación ‘masoquismo’ abarca todas las actitudes pasivas hacia la vida y el objeto
sexual, la más extrema de las cuales es el condicionamiento de la satisfacción al hecho de
padecer un dolor físico o anímico infligido por el objeto sexual. En cuanto a perversión, el
masoquismo parece alejarse de la meta sexual normal más que su contraparte.
El masoquismo no es otra cosa que una prosecución del sadismo ha vuelto hacia la
persona propia, la cual en un principio hace las veces de objeto sexual. Un sádico es
siempre también al mismo tiempo un masoquista.
Por ‘pulsión’ podemos entender que es la agencia representante psíquica de una fuente de
estímulos intrasomática en continuo fluir; ello a diferencia del ‘estímulo’ que es producido
por excitaciones singulares provenientes de fuera. Así, ‘pulsión’ es uno de los conceptos del
deslinde de lo anímico respecto de lo corporal. Las pulsiones serían una medida de
exigencias de trabajo para la vida anímica. Lo que distingue a las pulsiones una de otras y
las dota de propiedades específicas es su relación con sus fuentes somáticas y con sus
metas. La fuente de la pulsión es un proceso excitador en el interior de un órgano, y su
meta inmediata consiste en cancelar ese estímulo de órgano.
Los órganos del cuerpo brindan excitaciones de dos clases, basadas en diferencias de
naturaleza química. A una de estas clases de excitación la designamos como la
específicamente sexual, y al órgano afectado, como la 《zona erógena》 de la pulsión parcial
sexual que arranca de él. En el caso de las inclinaciones perversas que reclaman valor
sexual, el papel de la zona erógena es visible sin más. En todo respecto se comporta como
una parte del aparato genital. En el caso se la histeria, estos lugares del cuerpo (cavidad
bucal…) se convierten en la sede de nuevas sensaciones y alteraciones de inervación, en
un todo similares a las de los genitales verdaderos bajo las excitaciones de los procesos
sexuales normales.
Amnesia infantil: es la amnesia que en la mayoría de los seres humanos cubre los primeros
años de su infancia, hasta el sexto o el octavo año de vida. Aquellas impresiones que
hemos olvidado dejaron, no obstante, las más profundas huellas en nuestra vida anímica y
pasaron a ser determinantes para todo nuestro desarrollo posterior. No puedo tratarse,
pues, de una desaparición real de las impresiones infantiles, sino consiste en un mero
apartamiento de la conciencia (represión). Sin amnesia infantil no habría amnesia histérica.
Las inhibiciones sexuales: Durante este periodo de latencia total o meramente parcial se
edifican los poderes anímicos que más tarde se presentarán como inhibiciones en el camino
de la pulsión sexual y angostarán su curso a la manera de unos diques (el asco, el
sentimiento de vergüenza, los reclamos ideales en lo estético y en lo moral). En el niño
civilizado se tiene la impresión de que el establecimiento de esos diques es obra de la
educación, y sin duda alguna ella contribuye mucho. Pero en realidad este desarrollo es de
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Formación reactiva y sublimación: Las mociones sexuales infantiles mismas, cuyo aflujo no
ha cesado, pues, ni siquiera en este periodo de latencia, pero cuya energía es desviada del
uso sexual y aplicado a otros fines. Mediante esa desviación de las fuerzas pulsionales
sexuales de sus metas, y su orientación hacia metas nuevas (un proceso que merece el
nombre de sublimación) se quieren poderosos componentes para todos los logros
culturales. Las mociones sexuales de estos años infantiles serían, por una parte,
inaplicables, pues las funciones de la reproducción están diferidas, lo cual constituye el
carácter principal del período de latencia; por otra parte, serían en sí perversas, esto es,
partirían de zonas erógenas y se sustentarían en pulsiones que dada la dirección del
desarrollo del individuo sólo provocarían sensaciones de displacer. Por eso suscitan fuerzas
anímicas contrarias (mociones reactivas) que construyen, para la eficaz sofocación de ese
displacer, los mencionados diques psíquicos: asco, vergüenza y moral.
Los labios del niño se comportaron como una zona erógena, y la estimulación por el cálido
flujo de leche fue causa de la sensación placentera. La satisfacción de la zona erógena se
asoció con la satisfacción de la necesidad de alimentarse.
El quehacer sexual se apuntala primero en una de las funciones de la vida y solo más tarde
se independiza de ella. Se divorcia de la necesidad de buscar alimento, y que se vuelve
inevitable cuando aparecen los dientes y la alimentación ya no es exclusivamente
mamando, sino masticando. El niño no se sirve de un objeto ajeno para mamar; prefiere una
parte de su propia piel, porque le resulta más cómodo y así se independiza del mundo
exterior al que no puede dominar, y de esa forma también procura tener una segunda zona
erógena, aunque sea de menor valor.
Entonces, en el chupeteo o el mamar con fruición hemos observado ya los tres caracteres
esenciales de una exteriorización sexual infantil. Esta nace apuntalándose en una de las
funciones corporales importantes para la vida. Todavía no conoce un objeto sexual, pues es
auto-erótica, y su eta sexual se encuentra bajo el imperio de una zona erógena.
Anticipemos que estos caracteres son válidos también para la mayoría de las otras
prácticas de la pulsión sexual infantil.
Este estimulo externo consistirá la mayoría de las veces en una manipulación análogo al
mamar.
Las diferencias más notables refieren a los pasos que se necesitan dar para obtener la
satisfacción, que en el caso de la zona labial consistían en el mamar y que tendrán que
sustituirse por otra acción muscular acorde con la posición y la complexión de las otras
zonas.
Evidentemente, lo trata como a una parte de su propio cuerpo; representa el primer regalo
por medio del cual el pequeño ser puede expresar su obediencia hacia el medio circundante
exteriorizándolo. A partir de este significado de regalo, más tarde cobra el de hijo, el cual,
según una de las teorías sexuales infantiles, se adquiere por la comida y es dado a luz por
los intestinos.
picazón, condicionado centralmente, que reclama una satisfacción sin ayuda de ninguna
acción.
PULSIONES PARCIALES: tenemos que admitir que tanto la vida sexual infantil a pesar del
imperio que ejercen las zonas erógenas, muestra componentes que envuelven a otras
personas en calidad de objetos sexuales.
Con independencia aun mayor respecto de las otras prácticas sexuales ligadas a las zonas
erógenas, se desarrollan en el niño los componentes crueles de la pulsión sexual. La
crueldad es cosa enteramente natural en el carácter infantil, en efecto, la inhibición en virtud
de la cual la pulsión de apoderamiento se detiene ate el dolor del otro, la capacidad de
complacerse, se desarrolla relativamente tarde. Niños que se distinguen por una particular
crueldad hacia los animales y los compañeros de juego despiertan la sospecha, por lo
común confirmada, de una práctica sexual prematura e intensa proveniente de las zonas
erógenas; y en casos de madurez anticipada y simultanea de todas las pulsiones sexuales,
la práctica sexual erógena parece ser primaria.
● PULSION DEL SABER: a la par que la vida sexual del niño alcanza su primer
florecimiento, entre los tres y cinco años, se inicia en él también aquella actividad
que se adscribe a la pulsión de saber o investigar. La pulsión de saber no puede
computarse entre los componentes pulsionales elementales ni subordinarse de
manera exclusiva a la sexualidad.
El primer problema con esta Génesis del despertar de esta pulsión del saber de dónde
vienen los niños.
Para el varoncito es natural suponer que todos poseen un genital como el suyo y le resulta
imposible unir su falta a la representación que tiene de ellas.
El supuesto de que todos los seres humanos poseen idéntico genital (masculino) es la
primera de las sombrosas teorías sexuales infantiles.
Investigación que corresponde a los primeros años de infancia. Los hijos se conciben por
haber comido algo determinado (como en algunos cuentos tradicionales) y se da a luz por
los intestinos, como materia fecal.
Llamemos pre genitales a los organismos de la vía sexual en que las zonas genitales
todavía no han alcanzado su papel hegemónico.
1. La primera se inicia entre los dos y los cinco años, y el período de latencia la detiene o la
hace retroceder; se caracteriza por la naturaleza infantil de sus metas sexuales.
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Los hechos relativos al doble tiempo de la elección de objeto, que en lo esencial se reducen al
efecto del período de latencia, cobran suma importancia en cuanto a la perturbación de ese
estado final. La elección de objeto de la época de la pubertad tiene que renunciar a los
objetos infantiles y empezar de nuevo como corriente sensual.
· y las que lo hacen sobre las partes profundas (músculos, aparato articular).
ACTIVIDAD MUSCULAR: es sabido que una intensa actividad muscular constituye para el
niño una necesidad de cuya satisfacción extrae un placer extraordinario.
Respecto de estas fuentes de la excitación sexual, la cualidad del estímulo es sin duda lo
decisivo, aunque el factor de intensidad no es del todo indiferente. Además, preexisten en el
organismo dispositivos a consecuencia de los cuales la excitación sexual se genera como
efecto colateral, a raíz de una gran serie de procesos internos, para lo cual basta que la
intensidad de estos rebase ciertos límites cuantitativos. Lo que hemos llamado pulsiones
parciales de la sexualidad, o bien deriva directamente de esas fuentes internas de la
excitación sexual o se compone de aportes de esas fuentes y esas zonas erógenas.
Con el advenimiento de la pubertad se introducen los cambios que llevan la vida sexual
infantil a su conformación normal definitiva.
La pulsión sexual era hasta entonces predominantemente auto-erótica; ahora halla al objeto
sexual. Hasta ese momento actuaba partiendo de pulsiones y zonas erógenas singulares
que, independientemente unas de otras, buscaban un cierto placer en calidad de una única
meta sexual. Ahora es dada una nueva meta sexual; para alcanzarla, todas las pulsiones
parciales cooperan, al par que las zonas erógenas, se subordinan al primado de la zona
genital. Puesto que la nueva meta sexual asigna a los dos sexos funciones muy diferentes.
La nueva meta sexual consiste para el varón en descarga de los productos genésicos, a
este acto final del proceso sexual va unido el monto máximo de placer. La pulsión sexual se
pone ahora al servicio de la función de reproducción.
Se ha escogido como lo esencial de los procesos de la pubertad lo más llamativo que ellos
presentan: el crecimiento manifiesto de los genitales externos, que durante el periodo de
latencia de la niñez habían mostrado una relativa inhibición.
Este aparato debe ser puesto en marcha mediante estímulos, los estímulos pueden
alcanzarlo por tres caminos:
Por los tres caminos se provoca lo mismo; un estado que se define como de “excitación
sexual” y se da a conocer por dos clases de signos, anímico si somáticos el signo anímicos
y somáticos.
alteraciones en los genitales: la preparación, el apronte para el acto sexual (la erección del
miembro masculino, la humectación de la vagina).
La tensión sexual: El estado de excitación sexual presente, pues, el carácter de una tensión;
sentimiento de tensión tiene que conllevar un carácter de displacer. Un sentimiento de esa
clase entraña el esfuerzo a alterar la situación psíquica: opera pulsionalmente, lo cual es por
completo extraño a la naturaleza del placer sentido. Pero si la tensión del estado de
excitación sexual se computa entre los sentimientos de displacer, se tropieza con el hecho
de que es experimentada inequívocamente como placentera.
¿Cómo coinciden entre sí esta tensión displacentera y esté sentimiento de placer? Con esta
excitación se conecta ya, por una parte, un placer; por la otra, tiene como consecuencia
aumentar el estado de excitación sexual, o provocarlo cuando todavía falta.
Una sensación de placer que pronto se refuerza con el que proviene de las alteraciones
preparatorias [de los genitales], por un lado y, por el otro, un aumento de la tensión sexual
que pronto se convierte en el más nítido displacer si no se le permite procurarse un placer
ulterior, es decir un contacto provoca ya un sentimiento de placer, pero al mismo tiempo es
apto, como ninguna otra cosa, para despertar la excitación sexual que reclama un placer
mayor.
El placer previo es, entonces, lo mismo que ya podía ofrecer, aunque en escala reducida, la
pulsión sexual infantil; el placer final es nuevo, y por tanto probablemente depende de
condiciones que solo se instalan con la pubertad. La fórmula para la nueva función de las
zonas erógenas sería; son empleadas para posibilitar, por medio del placer previo que ellas
ganan como en la vida infantil, la producción del placer de satisfacción mayor. Es decir, se
alcanza un efecto de placer mayor en virtud de una sensación placentera menor, qué opera,
así como una prima de incentivación.
Peligros del placer previo: Del mecanismo en qué es incluido el placer previo deriva,
evidentemente, un peligro para el logro de la meta sexual normal: ese peligro se presenta
cuando, en cualquier punto de los procesos sexuales preparatorios, el placer previo
demuestra ser demasiado grande, y demasiado escasa su contribución a la tensión. Falta
entonces la fuerza pulsional para que el proceso sexual siga adelante, todo el camino se
abrevia, y la acción preparatoria correspondiente reemplaza a la meta sexual normal. De
esta clase es, en efecto, el mecanismo de muchas perversiones, que consisten en una
demora en actos preparatorios del proceso sexual.
marcan solamente el destino de las desviaciones respecto de la vida sexual normal, sino el
de su conformación normal.
La tensión resulta de algún modo del placer mismo, no solo es en sí muy improbable, queda
invalidada por el hecho de que el placer máximo, unido a la expulsión de los productos
genésicos, no produce tensión alguna, al contrario, suprime toda la tensión. Por lo tanto,
placer y tensión sexual solo pueden estar relacionados de manera indirecta.
Ahora bien, está libido yoica solo se vuelve cómodamente accesible al estudio analítico
cuando ha encontrado empleo psíquico en la investidura de objetos sexuales, cuando se ha
convertido en libido de objeto. La vemos concentrarse en objetos, fijarse a ellos o bien
abandonarlos, pasar de unos a otros y, a partir de estas posiciones, guiar el quehacer
sexual del individuo, el cual lleva a la satisfacción, o sea, a la extinción parcial y temporaria
de la libido.
Relación entre ambas: la libido narcisista o libido yoica se nos aparece como el gran
reservorio desde el cual son emitidas las investiduras de objeto y al cual vuelven a
replegarse, y la investidura libidinal narcisista del yo, como el estado originario realizado, en
la primera infancia, que es solo ocultado por los envíos posteriores de la libido, pero se
conserva en el fondo tras ellos.
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Zonas rectoras en el hombre y en la mujer: En la niña la zona erógena rectora se sitúa sin
duda en el clítoris, y por lo tanto homóloga a la zona genital masculina, el glande.
La pubertad, que en el varón trae aparejado a que el gran empuje de la libido, se caracteriza
para la muchacha por una nueva oleada de represión, qué afecta justamente a la
sexualidad del clítoris. El refuerzo de las inhibiciones sexuales, creado por esta represión
que sobreviene a la mujer en la pubertad, proporciona después un estímulo a la libido del
hombre, que se ve forzada a intensificar sus operaciones, y junto con la altitud de su libido
aumenta su sobreestimación sexual, que en su cabal medida solo tiene validamiento para la
mujer que se rehúsa, que desmiente su sexualidad. Y más tarde, cuando por fin el acto
sexual es permitido, el clítoris mismo es excitado, y sobre él recae el papel de retransmitir
esa excitación a las partes femeninas vecinas.
Durante ese lapso la joven es anestésica. Esta anestesia puede ser duradera cuando la
zona del clítoris rehúsa a ceder a su excitabilidad. La anestesia de las mujeres no es a
menudo sino aparente, local. Son anestésicas en la vagina, pero en modo alguno son
inexcitables desde el clítoris. Y después, a estas ocasiones erógenas de la anestesia vienen
a sumarse todavía las psíquicas, igualmente condicionadas por represión.
Toda vez que logra transferir la estimulabilidad erógena del clítoris a la vagina, la mujer ha
mudado la zona rectora para su práctica sexual posterior. En cambio, el hombre la conserva
desde la infancia.
Objeto sexual del periodo de latencia: Luego de que la actividad sexual se divorció de la
nutrición, una parte considerable, que ayuda a preparar la elección de objeto y, así, a
restaurar la dicha pérdida. A lo largo de todo el periodo de latencia, el niño aprende a amar
a otras personas que remedian su desvalidamiento y satisfacen sus necesidades.
El trato del niño con la persona que lo cuida es para él una fuente continua de excitación y
de satisfacción sexuales a partir de las zonas erógenas, y tanto más por el hecho de que
esa persona dirige sobre el niño sentimientos que brotan de su vida sexual, lo acaricia, lo
besa y lo mece, y claramente lo toma como sustituto de un objeto sexual de pleno derecho.
Estas muestras de ternura despiertan la pulsión sexual del niño y prepara su posterior
intensidad. Ya sabemos que la pulsión sexual no es despertada solo por excitación de la
zona genital, lo que llamamos ternura infaliblemente ejercerá su efecto un día también sobre
las zonas genitales.
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● La Barrera del incesto: El respeto de esta barrera es sobre todo una exigencia
cultural de la sociedad, tiene que impedir que la familia absorba unos intereses que
le hacen falta establecer unidades sociales superiores, y por eso en todos los
individuos, pero especialmente en los adolescentes, echa mano a todos los recursos
para aflojar los lazos que mantienen con su familia, los únicos decisivos en la
infancia.