Destino
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y figuras. “Niño” era una palabra que nadie más se atrevía
a decírsela ya que él, con su conducta salvaje hacia los
peones de la hacienda, se había ganado el titulo de "Patrón
Mauricio" título que ostentaba igual que su padre y repre-
sentaba, para ambos, el rango de su clase social. Ningún
peón quería estar cerca por temor a sufrir sus arrebatos.
–Anoche soñé cosas extrañas –dijo reparando en un ga-
to negro acomodado en un rincón–. Soñé desgracias.
La vieja movió la cabeza negativamente. Tenía fama re-
putada de poder predecir el futuro, de curar sortilegios y
de hacer "daño". La gente decía que era una bruja, que era
inmortal, que hablaba con demonios, que la seguían duen-
des, que tenía más de cien años y que su choza nunca era
afectada por las inundaciones. Cuando la medicina moder-
na no curaba alguna enfermedad, la gente acudía a ella pa-
ra curarse. Sobre la única mesa se podían observar cuencos
vacíos, calaveras, frascos con contenidos viscosos, aguijo-
nes de insectos, dientes de leche, lenguas de serpientes,
plumas negras, minerales y hierbas. Un enorme caldero de
forma bulbosa, en el que podía caber una persona, se apo-
yaba sobre piedras ennegrecidas por el humo. Era lo más
notorio en medio de aquel lúgubre ambiente. Cerca, un cu-
charon pendía de un gancho. Mauricio recordó los comen-
tarios acerca de que las placentas, la sangre menstrual y
los niños también se utilizaban en la brujería.
Pecha vocalizó unas palabras en silencio, luego cogió
un poco de ceniza del fogón y la colocó sobre la palma de
Mauricio en donde comenzó a distribuirla hasta lograr
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ocultar totalmente los surcos horizontales y paralelos de
las líneas de la mano. Después de un instante de observa-
ción, con el entrecejo fruncido, ella murmuró:
–Tenía razón, niño. El corazón del patrón pronto dejará
de latir. Lo dicen las líneas –dijo con tono frío y firme.
Durante las últimas noches se había despertado angus-
tiado, evocando escenas de ese sueño repetido que le resul-
taba inquietante y tan difícil de comprender: una fiesta,
sangre, gente corriendo, caballos,... Temía que todo eso
fuera indicio de algún mal, por eso acudió a Pecha.
A pesar de haber heredado la fortaleza física y emocio-
nal de su padre, la predicción lo estremeció. No había ima-
ginado que el final de su progenitor pudiera estar tan cerca.
Su frente se perló de profuso sudor. Sin su padre no sería
capaz de dirigir la hacienda, no sabría cómo evitar perder-
la, ni cómo hacer frente a don Fausto, su mayor competi-
dor azucarero. ¡No! ¡Su padre no podía morir aún!
–Maldita bruja. ¡Eso no es verdad! –refunfuñó enfada-
do sacudiendo la ceniza blanca que estaba encima de su
mano y levantando una especie de niebla a su alrededor.
–El patrón morirá –repitió ella con indiferencia exaspe-
rante mientras le daba la espalda y sacudía la cabeza como
si quisiera borrar la visión obtenida.
–¡Dime cómo sucederá! –reclamó furioso.
–Dos caballos correrán, uno traerá la muerte.
Sabido era por todos que cuando la vieja Pecha predecía
el futuro, lo hacía en forma retórica ya que los espíritus no
le permitían ser explícita con sus designios.
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–¡Mientes! –exclamó Mauricio, molesto por la terrible
noticia recibida. Tomó el látigo y lo elevó con vigor con
la intención de hacerlo caer sobre la espalda curva de Pe-
cha, tal como solía hacerlo de forma despiadada sobre las
espaldas de los peones para obligarlos a trabajar pero ella,
girando la cabeza, le clavó sus ojos estrechos y duros y
Mauricio bajó lentamente el brazo sin golpearla. Salió de
la choza dando un fuerte tirón a la endeble puerta.
Afuera el sol era esplendoroso y las altas cañas verdes
que abundaban, brillaban alegres. Las risas alegres de unas
mujeres que fregaban ropa en el río lo distrajo. En verdad
era un día bastante hermoso para estar triste.
Un recuerdo asaltó a Mauricio: ¡La fiesta! Su padre no
sólo gustaba de criar caballos sino que también los hacía
correr, ya que los caballos eran un signo visible del poder
económico de su familia. Era probable que la carrera fuera
el punto inaugural de la fiesta en el pueblo y su padre, para
mostrar que aún se mantenía joven, participaría en ella.
Montó sobre su yegua y golpeándola en los ijares, arrancó
con veloz trote hacia el pueblo. Debía impedir la carrera.
Su caballo partió al galope, alzando polvo con sus cas-
cos al alejarse y haciéndose inaudible a los pocos minutos.
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partida, bufando con impaciencia, listo para correr.
Mauricio llegaba a todo galope a la hacienda, tratando
de que su padre no participara en la carrera, cuando lo vio
partir entre los vítores de los peones y otros presentes. Sin
frenar su marcha siguió a su padre profiriendo grandes vo-
ces hasta que éste se detuvo a esperarlo, apoyado en el ar-
zón de su montura. Estando cerca, de pronto, una culebra
surgió de entre las nudosas cañas, hizo que los caballos en-
traran en pánico y quedó entre ellos quieta, expectante.
Como curtido jinete, don Riquelme soltó las riendas, se
cogió de las crines y golpeando suavemente las ancas al
inquieto caballo que corcoveaba, le fue hablando con cari-
ño hasta lograr que este se calmara. Conseguido ésto se a-
peó y, cogiendo un machete, se dirigió rápido al peligroso
reptil para, de un solo golpe, cercenarle la cabeza.
Todo lo contrario a su padre, la inexperiencia de Mauri-
cio ante el repentino trance hizo que su encabritada yegua
no hiciera caso a las tirantes riendas, piafara, moviera las
ancas de un lado a otro y lo sacudiera varias veces en la si-
lla antes de arrojarlo violentamente hacia atrás. En los se-
gundos que estuvo suspendido en el aire, comparó su sue-
ño con la realidad que estaba viviendo, ¡eran idénticas!
Cayó con violencia al piso y supo en el acto que moriría.
Había sido un tonto al pensar que con tantos años de expe-
riencia su padre pudiera caerse de un caballo. En sus últi-
mos instantes una gran confusión de gente corría a su alre-
dedor. El sonido final que llegó a sus oídos fue el temblor
del suelo siendo golpeado por las patas de los caballos.
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En la choza de Pecha, el fuego estaba encendido y el
caldero bullía elevando una nube de vapor blanco.
–Pobre niño –repetía una y otra vez la anciana mujer,
apoyando su encorvado cuerpo en un largo palo torcido de
cabeza nudosa que le servía para poder andar.
Observó la ceniza blanquecina regada en el piso, como
si fueran estrellas opacas, en donde aún se podía ver el ros-
tro delineado de Mauricio; removiéndola con la base del
palo, selló el augurio que no había sido entendido:
–El patrón ha muerto.
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