One shot 1
Sometida por mis hijos
¿En dónde estoy? Es mi casa, pero la siento extraña. ¿Qué estoy haciendo? Acabo de
salir del baño, mi cuerpo aún está húmedo. Me miro en el espejo. Mis treinta y cuatro
años están muy bien llevados. Mi pelo rubio, platinado, cae sobre mi espalda como una
cortina de seda. Giro levemente y miro mi trasero. Siempre me pareció enorme, pero a
todos los hombres les encanta. Y yo, a puro ejercicio, lo mantengo firme. Mis senos son
también grandes, y aún tienen una firmeza que me hace sentir joven. Soy vanidosa, no
me avergüenza decirlo. Miro mi reflejo y me admiro.
Abro el cajón del placard. Agarro una tanga blanca, de encaje, y me la pongo.
¿Por qué lo estoy haciendo? No es que sea algo inusual elegir una tanga, pero me siento
rara al hacerlo. No enferma, ni mareada. Ni siquiera me duele la cabeza. Solo rara, y
algo incómoda. Es como si estuviera en un sueño.
Busco un lindo vestido. Uno blanco, con la espalda desnuda, la falda corta y
acampanada. Me lo pongo, y veo cómo me queda. ¿A dónde tengo que ir? No recuerdo
haber hecho planes, y en casa siempre me visto con algo simple. Hago memoria, pero
nada. Lo único que tengo que hacer es cenar con mis hijos. Y aún así me dejo el vestido.
Me gusta cómo me queda.
Salgo del dormitorio. Tobi y Ciro están en el living. Me miran de manera
extraña. Se codean. Ciro, el menor, le dice algo a Tobi. Parecen discutir sobre algo.
Están nerviosos. Debieron hacer alguna travesura y temen que yo lo sepa.
—Chicos… vamos a cenar.
—Pero si ya cenamos, mami —dice Ciro.
Es un chico de doce años, rubio, de ojos marrones, con el rostro muy bello,
labios gruesos.
—¿Ya cenamos? —pregunto, tratando de hacer memoria.
Es cierto, esa noche les había cocinado milanesas con puré, la comida preferida
de ambos.
—Sí, mami, ya son las doce de la noche —dice Tobi.
Él salió a su padre. Morocho, de ojos verdes. A sus trece años ya tuvo varias
noviecitas, cosa que no me extrañaba.
—¿Las doce? —pregunto—. Qué raro. No sé qué me pasa. Ni siquiera tomé…
—A ver, mami —me dice Tobi—. Da una vueltita. A ver cómo te queda el
vestido.
Antes de que pueda decir algo, giro sobre mí misma. El vestido se levanta
levemente mientras lo hago. ¿Qué me está pasando?
—Bueno, chicos, yo…
—A ver, mami, mostranos tu bombacha —dice Ciro de pronto.
—¿Qué? —pregunto.
1
Pero mis manos van a la parte inferior del vestido, y lo levanto. Mis hijos se
miran. Parecen eufóricos. Ahora me miran a mí. En sus ojos veo algo que conozco bien,
pero que jamás vi en ellos, o al menos eso creía: lujuria.
—Chicos… ¿qué está pasando? —pregunto, inquieta.
—Dale, empecemos —le dice Ciro a Tobi, como si no me hubiera oído o, peor,
como si mi palabras no valiera nada.
Se acercan a mí. Siento un escalofrío en todo mi cuerpo. ¿Por qué siento eso? No
es exactamente miedo. Es algo extraño.
Se acomodan, uno a cada lado mío. El corazón me late más rápido, como si
supiera lo que está por venir., aunque mi mente no termina de manifestarlo con un
pensamiento claro.
De repente, siento la mano de Tobi. Va directo, sin rodeos, a mi trasero. Su
palma se apoya con descaro sobre una de mis nalgas y la aprieta, con fuerza, con una
seguridad que me desarma, como si ya hubiese hecho eso muchas veces. Me giro para
mirarlo, incrédula, con los ojos bien abiertos. Estoy estupefacta. Pero no me muevo. No
hago nada para frenarlo. ¿Por qué no? ¿Por qué no me aparto? ¿Por qué, en el fondo,
siento ese calor en el pecho y entre las piernas?
Mientras me pierdo en esa pregunta, siento otra mano. Esta vez es Ciro. Va
despacio, con suavidad, como si jugara a que no lo descubra. Sus dedos me rozan la piel
descubierta de la pierna, apenas por debajo del borde del vestido. Me acaricia en
círculos lentos, como si quisiera memorizar cada centímetro. Y entonces sube.
Lentamente. El vestido empieza a levantarse mientras sus dedos se deslizan más
adentro, trazando un camino que me deja sin aliento. Cuando finalmente sus dedos
llegan a mi muslo, siento un escalofrío.
—Chicos… ¿qué están haciendo?
—No te preocupes, mami, ya hicimos varias veces esto —dice Tobi—. Mañana
no te vas a acordar de nada. Nos vas a retar porque no ordenamos el cuarto, vas a revisar
que hagamos la tarea de la escuela, nos vas a mandar a hacer las compras al almacén, y
todas esas cosas que hacen las madres.
—Pero ahora vas a hacer lo que queramos —dice Ciro.
—¿Ya hicimos esto antes? —pregunto.
De repente, siento que la mano de Tobi también se aventura bajo el vestido. Sus
dedos se deslizan por mi piel, y en cuestión de segundos están en el mismo lugar de
antes, solo que ahora sin la tela de por medio. Empieza a explorar mi culo con una
fruición descarada, como si lo hubiera estado deseando desde hace tiempo y ahora se
permitiera disfrutarlo sin restricciones. Aunque, ellos me había dicho que ya lo
habíamos hecho antes, ¿no?
La tela del vestido se levanta aún más, y entonces recuerdo lo que llevo puesto.
Esa tanga diminuta que elegí sin saber por qué. Esa prenda mínima que apenas cubre lo
necesario y deja al descubierto la mayor parte de la piel de mis nalgas. La palma roza
directamente mi piel desnuda, caliente, expuesta, vulnerable. Sus dedos se cierran en los
glúteos, hundiendo los dedos en la carne, con un deleite que nunca imaginé que sentiría
mi propio hijo.
2
Siento cada movimiento suyo como una corriente eléctrica. Mi cuerpo reacciona,
se tensa, se rinde. Y yo sigo sin decir nada. Solo respiro hondo, con los labios
entreabiertos.
—Sí, ya lo hicimos antes. Aunque no llegamos a tanto. Nunca. Pero hoy sí —
dice Ciro.
—Hoy sí… ¿qué? —pregunto, aunque, a pesar de mi peculiar estado, sé muy
bien cuál va a ser su respuesta.
—Hoy te vamos a coger, mami —dice Tobi, apretando más mi culo.
Ciro lleva la mano a mi entrepierna, y empieza a acariciar mi sexo a través de la
fina tela de la tanga.
—¿Le quitamos el vestido? —pregunta.
—No, si le queda muy bien. Además, la podemos coger sin que se lo quite.
—Bueno, pero primero que nos la chupe. Habíamos quedado en eso.
—Sí, obvio —dice Tobi.
Hablan como si yo no estuviera presente. No entiendo qué pasa. Si es un sueño,
´¿por qué estoy soñando esto? Tengo que despertarme, tengo que salir de esta situación.
—Dale, mami, vení a chuparnos la pija.
No puede ser que Tobi haya dicho esas palabras. Es mi niño. Son mis niños. Yo
los parí. Los vi crecer. Los eduqué. No puede ser que me quieran coger. Es algo
antinatural. Debo estar soñando, no puede haber otra explicación. Pero no puedo
despertarme.
Ambos caminan hacia el sofá, y se sientan. Y yo… yo camino hacia ellos. Me
arrodillo. ¿Qué estoy haciendo?
Noto que los dos ya tienen una potente erección. Las marcas en sus pantalones
son evidentes, las telas tensas, incapaces de contener el volumen que se ha formado
entre sus piernas. La escena se vuelve aún más explícita cuando, como si hubieran
ensayado el movimiento, ambos se bajan el cierre al mismo tiempo. El sonido metálico
se mezcla con mi respiración entrecortada.
Y entonces sucede. Sus vergas se liberan. Aparecen frente a mí con una rigidez
desafiante, marcados por las venas, calientes, palpitantes. Parecen advertirme que todo
lo que pasó hasta ahora fue apenas un juego previo.
No puedo evitar observarlas. Brillan. Tienen ese brillo húmedo, inconfundible,
por las gotas de presemen que coronan sus puntas.
Me quedo ahí. Una parte de mí me dice que no debo hacerlo. Tengo un mínimo
control sobre mi voluntad. Tengo una esperanza.
—Chupala. Hacemos gozar, mami —dice Ciro.
Sin más, como si mi cuerpo se moviera solo, estiro levemente el torso hacia
adelante. Mis labios se entreabren, húmedos, expectantes, y en ese mismo instante
siento cómo un mechón de mi pelo se desliza sobre mi rostro, sacudiéndose con el
movimiento, como si también participara del momento. Siento el calor que emana su
miembro, la tensión de su dureza.
Entonces saco la lengua. La deslizo con lentitud, con deliberada suavidad, sobre
el glande de mi hijo. Apenas un roce al principio, como si quisiera tantear el terreno,
3
saborear la ansiedad. ¿Por qué lo hago? No tengo una respuesta racional. Y no es solo
que lo esté haciendo, sino que me dispongo a hacerlo bien.
El sabor del presemen se hace presente al instante. Es cálido, espeso,
ligeramente salado. Ese líquido brillante y pegajoso se adhiere a mi lengua como una
confesión, y lo trago con un gesto natural, casi instintivo. Luego, sin dudar, doy otra
lengüetada, más atrevida, más intensa.
Levanto la mirada y me encuentro con los ojos de Ciro. Su rostro está
completamente transformado por el placer. Los párpados entrecerrados, la boca
entreabierta, una expresión que parece rozar el límite entre el éxtasis y la perversión.
No entiendo nada. ¿Qué me hicieron? Y, sin embargo, sigo arrodillada, a los pies
de mis hijos, haciéndole una mamada a uno de ellos.
—Hacelo un rato a cada uno —dice Tobi—. Y cuando se la chupás a uno, pajeá
al otro.
Obedezco. Mi boca va al encuentro del miembro de Tobi, y llevo la mano al de
Ciro. Lo masajeo suavemente, sintiendo la dureza húmeda en mi mano. Mientras,
succiono con fruición a Tobi. Sigo sin entender, sigo tratando de despertarme, pero
también sigo chupándoles la pija a mis hijos.
Mis movimientos se vuelven casi automáticos, como si mi cuerpo supiera
exactamente qué hacer. Voy alternando entre uno y otro, dejando que el ritmo lo
marquen sus jadeos, sus temblores, la tensión en sus músculos. En una mano, siento una
verga resbaladiza, caliente, que se desliza entre mis dedos como si tuviera vida propia.
El glande está cubierto de presemen, y cada vez que lo aprieto un poco más, siento
cómo fluye, húmedo, tibio, llenándome la palma.
Mientras tanto, mi boca se ocupa de la otra verga. La siento invadirme,
profunda, firme, pulsando contra mi lengua. El líquido espeso y salado se acumula
rápido, pero no dudo: lo trago sin pensarlo, con hambre, con deseo. Mi lengua lo
envuelve, lo lame, lo acaricia con devoción. Todo mi cuerpo vibra con esa mezcla de
calor, humedad y tensión.
Los escucho jadear, uno a cada lado. Son sonidos crudos, desordenados,
prohibidos. Ningún chico debería soltar esos gemidos por su madre, y, sin embargo, ahí
están esos dos.
Levanto la vista cada tanto, entre una succión y una caricia. En sus rostros hay
una expresión oscura, intensa. Una sonrisa torcida, diabólica. Un gesto malvado que me
hace estremecer. No sé si me asusta o me excita más. Por qué sí, ahora estoy excitada. Y
no me detengo.
Ahora, mientras sigo arrodillada a sus pies, reconozco algunas cosas que antes
me negué a ver. Varias veces los descubrí escrutándome el culo. Otras veces me
sorprendí al recibir abrazos efusivos de ellos. En esos momentos mis tetas se apretaban
en ellos. ¿Y acaso Ciro no acostumbraba a rozar mis nalgas cuando encontraba la menor
oportunidad? Lo hacía de manera sutil, como cuando yo estaba en la cocina, limpiando,
y él tenía que sacar algo del cajón de la mesada. Aprovechaba para rozarme con su
brazo, sí. ¿Y acaso no había escuchado ruidos una vez en la que estaba cogiendo con
Marcos? Casi nunca llevaba hombres a casa, pero se suponía que con Marcos la cosa se
4
había puesto seria. Les había presentado a los chicos, y se quedó a dormir. Y, en pleno
momento sexual, la puerta de mi cuarto crujió. Marcos ni lo notó, pero yo estaba segura
de que mis hijos tenían las orejas contra la madera, oyendo cada uno de mis gemidos.
No le di mucha importancia. Solo se lo atribuí a la curiosidad natural de chicos de su
edad, ni loca hubiera imaginado que estaban excitados mientras oían cómo me cogían.
Pero hubo más pistas, sí. Una tarde me estaba bañando. Estaba excitada. Mis
senos hinchados, mi entrepierna húmeda, los pezones duros. A veces me pasaba, sobre
todo cuando tenía meses de no tener sexo. Empecé a acariciarme las tetas, me pellizqué
los pezones, y llevé mi mano a la entrepierna. Los gemidos no tardaron en hacer eco
dentro del pequeño cubículo donde estaba la bañera.
Y entonces escuché un ruido. Giré, alarmada. Miré hacía el ventilú. Siempre
estaba abierto, para que ventilara el baño. Se suponía que no tenía por qué preocuparme
por esa pequeña abertura. Estaba muy alta, y en casa solo vivía con mis hijos. Y sin
embargo ahí estaba Tobi, mirando mi desnudez con los ojos bien abiertos.
Evidentemente estaba subido en una escalera, que había puesto en la parte
trasera de la casa. Ese día lo encaré. Me dijo, sonrojado, que en realidad había subido al
techo para buscar una pelota que había quedado ahí del día anterior, cuando estaba
jugando con Ciro. Yo fingí que le creí. Fingí que no notaba la erección que tenía en ese
mismo momento, mientras trataba de explicar lo que pasó. Fingí que no había visto que
tuviera ninguna pelota en la mano. Lo dejé pasar.
Pero ahora estoy acá y es obvio. Comprendo que mis hijos me quieren coger. Y
comprendo que lo van a hacer, aunque no entiendo por qué estoy tan resignada, por qué
ni siquiera atino a rebelarme ante semejante aberración, y, sobre todo, no entiendo por
qué no me siento asqueada por lo que estoy haciendo. Más bien hay una parte de mí que
lo disfruta de una manera enfermiza.
—Escupila —dice Tobi—. Como en las películas porno. Largá saliva sobre la
pija, y seguí chupando.
Acumulo saliva abundante en la boca. Luego la largo sobre la verga de Tobi. Un
hilo grueso de baba cae sobre el blande, y se desliza en cámara lenta sobre el tronco.
Luego me la meto en la boca, y empiezo a succionar esa verga que está repleta de mi
propia saliva, mientras se la pajeo a Ciro.
No necesito que me ordenen que me trague todo el semen cuando acaban. Ciro
larga un potente chorro de líquido viscoso cuando aún tengo su miembro en mi boca.
Pero Tobi se corre mientras lo masturbo, fascinado por cómo me tome la leche de su
hermano. El semen cae en parte en mi propia mano, y otro tanto en su pubis, ahí donde
apenas tiene pelo.
—Yo también quiero que te tragues mi leche —dice.
Lo miro, en apenas un instante de resistencia. Pero no tardo en agacharme y
empezar a lamer sobre su piel algo rasposa por el escaso vello. Parezco una gatita
bebiendo de un plato de leche. Cuando lo dejo completamente limpio, lamo mi mano,
hasta que queda limpia.
Tobi me agarra del mentón y me hace mirarlo a los ojos. Un gesto de
dominación que no coincide con su corta edad. Su rostro aniñado me mira con una
5
expresión que suelo ver en los malos amantes. En esos que solo me ven como un objeto,
esos que solo piensan en su placer, como si yo no fuera nada más que una muñeca con
unos cuantos orificios en donde meter sus vergas.
—Yo me la quiero coger por el culo —dice Ciro de repente.
—Ya hablamos de esto —dice Tobi, aún sosteniendo mi rostro—. Si se la
metemos por ahí, mañana puede darse cuenta de que hoy pasó algo raro. ¿No entendés?
—Sí, pero capaz que ya está acostumbrada. ¿Vos qué decís, mami? —me
pregunta Ciro, y yo siento un escalofrío en todo mi cuerpo—. Mañana no te vas a
acordar nada de esto. Pero… ¿pensás que si te cogemos por el culo te va a quedar
adolorido?
Suspiro. Esto solo puede ser una pesadilla. Aunque no siento la desesperación
que se supone que debería sentir. Me embarga una calma perversa. Una parte de mí sabe
que todo esto está muy mal, pero esa parte está en un lugar oscuro y pequeño, incapaz
de escapar. Así que no logro sentir lo que sé que tengo que sentir.
—Puede ser —digo, incapaz de mentir—. Ustedes… no la tienen tan grande, así
que… si no son brutos. Si usan algún lubricante y tienen mucho cuidado, quizás mañana
apenas note una tirantez en el ano.
—¿Viste? —dice Ciro, triunfal.
—Bueno, entonces cogétela por el culo —dice Tobi—. Pero la próxima vez yo
lo hago por ahí.
Pienso en qué cosas habré hecho mal como madre para que mis hijos me traten
así. Pero en realidad, la que piensa en eso es la Tamara que está atrapada en ese lugar
oscuro, sin poder decidir. La mayor parte de mi ser ahora les está indicando en qué parte
de mi cuarto guardo el gel lubricante. Tobi aparece unos segundos después con él en la
mano.
—A ver, mami, desnudate —dice, mientras se vuelve a sentar al lado de su
hermano.
Me pongo frente a ellos. Llevo las manos al extremo inferior del vestido, y me lo
quito. Lo dejo sobre uno de los sofás individuales. Siento el viento frío del aire
acondicionado en mis pezones, y me estremezco. Los chicos murmuran algo que no
escucho. Seguramente están decidiendo de qué manera me van a coger. Ya determinaron
en dónde me la meterá cada uno, pero, ¿en qué posición? ¿En dónde? Yo me limito a
llevar las mano a mi tanga, y la bajo.
—Da una vueltita para nosotros —dice Tobi.
Lo obedezco, claro. Giro como si fuera una modelo que está mostrando su ropa,
aunque yo solo muestro mi desnudez. Particularmente, mi culo desnudo. Cuando vuelvo
a mi posición original, Ciro me da la siguiente orden.
—Agitá las tetas —dice.
Llevo las manos a mis senos, y los sacudo. Quedan temblando por algunos
segundos. Los chicos parecen contentos. Creo que la última vez que los vi tan contentos
fue cuando les compré la PlayStation 5. Son como niños con juguete nuevo.
6
Ahora veo que se paran. Ambos tienen ya una erección. Se ponen cada uno a un
lado mío. Las dos manos van directo a mis nalgas. Parecen más pequeñas de lo que son
en comparación con los enormes glúteos que tengo.
Arriman sus labios a mis tetas, y empiezan a chuparlas. ¿Había pasado tanto
tiempo desde que los amamantaba? Ahora, mientras ellos magrean mi culo con
desesperación, pienso en ellos, cuando eran más pequeños. Pero ahora me están
devorando las tetas con un hambre muy diferente al de un bebé.
Estamos un rato así, pero no tardan en abrir el paquete de gel lubricante.
—¿Cómo se usa? —pregunta Tobi.
—Ponete bastante en el dedo índice —le explico, sin poder evitarlo—. Ahora
aplicalo a la entrada anal. Y masajeá. Pero hacelo suave. Después de un rato, podés
meter el dedo, para que el esfínter se acostumbre. Y después, Tobi… —Giro para
dirigirme a mi otro hijo—, antes de cogerme, ponete también en el pene.
Tobi lo deja caer en su dedo, y luego lo lleva a mi trasero. Lo hace con torpeza, y
no espera mucho para hundir su dedo en mi culo.
—Qué fácil se mete —dice, fascinado.
—Bueno, bueno, pero esa parte es para mí —le recuerda Ciro.
—Ya sé. No seas maricón. Solo le estoy metiendo un poco el dedo.
Me penetra varias veces más, y me suelta. Me doy cuenta de que mi sexo ya está
lubricado. Mi cuerpo me traiciona, y siente la excitación por tantos estímulos.
Se desnudan. Sus vergas ya están erectas, y siento el olor que largan, pues no se
lavaron después del primer polvo. Intentan cogerme de parado, pero no pueden hacerlo
con la facilidad que esperaban. Son principiantes. De hecho, comprendo que son
vírgenes, y les cuesta hacer algo tan simple como encontrar la hendidura que pretenden
invadir. Pero al final, Tobi me dice que les indique cómo hacerlo.
Y lo hago.
—Primero recostate vos en el sofá —le digo a Tobi.
Él lo hace. Extiende su cuerpo a lo largo del sofá. Apoya la cabeza en el
apoyabrazo, aunque igual es tan pequeño que no necesita hacerlo. Me subo encima de
él. Dejo caer mi peso y la verga se entierra en mi sexo. Tobi larga un gemido, y yo
también. No puedo evitarlo. Pienso que en parte es mejor. Si voy a experimentar algo
tan demencial como esto, es mejor que al menos mi cuerpo lo goce.
Giro para ver a Ciro. Está ansioso. Parece algo asustado, seguramente por temor
a no hacerlo bien. Por un instante parece el chiquillo que yo llevaba a la escuela de la
mano. Su piel clara ahora está sonrojada. Es pequeño, pero hermoso. ¿Cuándo se había
convertido en un perverso, en un violador? ¿Su hermano lo había influenciado? Siempre
había sido el más tierno de los dos.
Pero lo que hago a continuación no tiene nada que ver con esos pensamientos
maternales que me asaltan.
—Vení —le digo, con la verga de Tobi enterrada por completo en mi interior.
Ciro se sube al sofá—. Primero buscá ponerte cómodo. Buscá la posición que te parezca
mejor para meterme la pija una y otra vez. —No puedo creer que esas palabras salgan
de mi boca. Ciro Se acomoda detrás de mi trasero. Luego se arrodilla. Las piernas
7
extendidas de su hermano lo estorban. Tobi, en un acto de solidaridad, las contrae.
Siempre discuten por todo, pero, a la hora de cogerse a su madre, parecen muy unidos.
Ciro me agarra de las caderas. Parece listo—. Bien, ahora, metémela acá. Al principio,
hacelo despacito. Solo meté el glande.
Llevo una mano a mi nalga, y la separo de la otra, haciendo que el agujero de mi
culo quede totalmente expuesto ante él.
—¿El glande? —me pregunta, con una sonrisa nerviosa.
—Sí, la cabeza del pene, se llama glande.
Ciro apunta. Siento su dureza recorrer la raya de mi culo. Luego se ayuda con
una mano, y por fin siento la presión en la entrada de mi ano.
—Bien, ahora…
No termino la frase, porque Ciro me la mete. Siento que me está metiendo algo
más que el glande, pero no lo hizo a propósito. El lubricante hace que la verga se deslice
con facilidad en mi ano.
—Bien. Ahora metela y sacala una y otra vez. Despacito. Y a medida que va
pasando el tiempo, metela un poco más adentro. —Ciro empieza a moverse. La
sensación de su verga dentro mío me hace largar gemidos. Entonces me dirijo a Tobi—:
Vos quedate así. No hace falta que hagas mucho. A medida que tu hermano me penetre,
me voy a menear, y vas a sentir la fricción de mi sexo. ¿Ves? Así. Se siente bien, ¿no?
—le digo.
—Sí —dice Tobi, jadeante.
Entonces lleva las manos a mis tetas. Las estruja, y cada tanto lleva su boca a
ellas, para chuparlas.
Me miro en el reflejo del televisor apagado de la sala de estar. No soy
especialmente alta, pero sí muy voluptuosa, y ellos sí que son pequeños, con los cuerpos
esbeltos. El contraste es notable. Los dos están abajo y arriba mío, penetrándome,
violándome, pero la que parece tener el control de la situación soy yo.
—¿Te gusta esto, mami? —me pregunta Ciro—. ¿Te gusta cómo te la meto por
el orto?
—Sí. Lo estás haciendo muy bien. Los dos lo están haciendo muy bien.
Ya siento sus testículos chocando contra mis nalgas. Y sus embestidas son
mucho más potentes. Pero no me duele. Y sí, lo estoy gozando. Estoy disfrutando de
cómo mis hijos me hacen una doble penetración.
Me veo de nuevo en el reflejo de la tale, jadeante, marcando el ritmo de esa
copula prohibida, con mis dos niños encastrados en mí. Tobi cierra los dientes en mis
pezones, y me produce un placer que me hace avergonzarme. Ciro, ya acostumbrado a
montarme por detrás, lleva las manos a mis nalgas, y las estruja mientras me la mete
con toda la fuerza que tiene, ya dejando de lado mi advertencia de hacerlo con cuidado.
Y ahí estoy yo, en el sofá de la sala de estar, atrapada entre esos dos cuerpos que
parecen tener energías interminables. La piel me arde, no de dolor, sino de esa mezcla
de deseo desbordado y tensión eléctrica que solo aparece cuando el cuerpo se rinde por
completo. Estoy totalmente abierta, entregada, sostenida entre ambos como si mis
límites no fueran más que un recuerdo.
8
Me aferro al pecho de Tobi, a sus hombros, mientras mis caderas responden
solas, encajando con él en una danza caliente que no parece tener fin.
Y Ciro detrás de mí, penetrándome con una intensidad casi animal, ya
convertido en algo completamente diferente al pequeño hijo que había criado.
Siento cómo mi cuerpo se arquea sin poder evitarlo, ante sus penetraciones.
Estoy completamente llena. Tobi invadiendo mi sexo, Ciro hundiéndose en mi culo. Mis
sentidos están todos encendidos. No hay rincón que no esté vibrando. ¿Por qué me pasa
esto? ¿Por qué estoy disfrutando?
Ciro se mueve con violencia. Sus manos ahora agarradas de mi cintura, mientras
su pelvis choca con mis glúteos en un vaivén descontrolado, profundo. Lo siento
empujar con más decisión cada vez, como si mi esfinter se abriera un poco más con
cada embestida. No hay resistencia.
Uno me besa el cuello, me acaricia los muslos, me chupa las tetas. El otro me
aprieta la cintura, me dice obscenidades, me penetra en lo más íntimo. Y yo, en el
medio, con la espalda arqueada y los dedos crispados, siento cómo mi cuerpo se
transforma en otra cosa: una especie de campo magnético, un epicentro de sensaciones,
un lugar donde no hay espacio para el pensamiento.
Todo es calor, fricción, humedad. Todo es ese vaivén que me sacude por dentro y
por fuera. Mis piernas tiemblan, mi espalda se curva por reflejo, y apenas puedo
distinguir cuál de los dos me provoca cada espasmo.
De pronto caigo en la cuenta de que estoy gimiendo como una desquiciada. Casi
largo un grito de placer cuando me la meten entera. Siento que estoy por explotar de
placer. Y lo hago. Mi cuerpo se enciende, se tensa, y mi alma se quiebra en mil pedazos.
Un placer inefable me atraviesa de pies a cabeza.
—¿Eso fue un orgasmo, mami? —pregunta Ciro, jadeante.
—Sí —respondo, tratando de controlar mi respiración.
—¿Qué se siente coger con tus hijos? —pregunta Tobi.
—Bien —digo—. Es decir, es algo aberrante. Pero… no sé por qué siento placer.
—No te preocupes, mami, mañana te vas a olvidar de todo —asegura Tobi.
—¿En serio? Mejor así, porque si no, me volvería loca.
—Nosotros te cuidamos, mami —dice Ciro, hundiendo la verga en mi culo una
vez más, cosa que de alguna manera contradice con lo que me acaba de decir.
Los dos acaban casi al mismo tiempo, llenando mis entrañas y mi útero de
semen. Siento cómo ambas vergas se ablandan en mi interior. Los dos quedan agitados,
abrazados a mí. Estamos más unidos que nunca.
—Ya tenemos que dejarla —dice Tobi, de repente.
—Sí. Al menos ahora sabemos cómo controlarla. Vamos a poder hacerlo más de
seguido —dice Ciro.
—Chicos… ¿cómo hacen que haga esto? —pregunto.
—No importa, mami. Igual mañana no te vas a acordar de esto —repite Tobi—.
No te preocupes.
Ciro retira la verga lentamente de mi ano. Luego me levanto yo, separándome de
Tobi.
9
—Bañate, y después volvé a dormir —dice mi hijo mayor—. Ah, y guardá el
vestido. Doblalo bien, que no se note que lo usaste.
Agarro el vestido, y no me molesto en ponérmelo. Camino desnuda hacia mi
cuarto, mientras escucho cómo hablan entre ellos, planeando cómo me violarán la
próxima vez. Cuando llego al baño, ya siento el semen corriendo por mis nalgas.
Me baño a consciencia. Tobi me dejó marcas en las tetas, y siento una tirantez en
el ano, pero sé que al día siguiente no sentiré prácticamente nada. Me meto a la cama.
Me despierto demasiado tarde. Siento el cuerpo mucho más cansado de lo normal. Pero
recuerdo que es sábado, así que no tengo que preocuparme porque los chicos vayan a la
escuela.
Me desperezo, me levanto y me visto. Voy a la cocina. El desayuno ya está
preparado.
—¿Lo hicieron ustedes? —pregunto, gratamente sorprendida.
—Sí, mami, sentate —dice Ciro.
Me siento a desayunar con ellos. Me miran raro, y se miran entre ellos, como si
hubieran estado haciendo una travesura. Pero no creo que fuera nada grave. Son buenos
chicos.
10