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Ushanam Jampi-1

En la plaza de Chupán, la comunidad se reúne para juzgar a Cunce Maille, un ladrón reincidente que ha robado una vaca, lo que provoca la indignación del pueblo. A pesar de las advertencias del consejo de los yayas, Maille muestra desdén por la justicia y es finalmente expulsado de la comunidad, enfrentando una muerte civil que lo condena al ostracismo. Sin embargo, su amor por su madre y su hogar lo impulsan a regresar, desafiando la autoridad de la comunidad que lo ha desterrado.
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Ushanam Jampi-1

En la plaza de Chupán, la comunidad se reúne para juzgar a Cunce Maille, un ladrón reincidente que ha robado una vaca, lo que provoca la indignación del pueblo. A pesar de las advertencias del consejo de los yayas, Maille muestra desdén por la justicia y es finalmente expulsado de la comunidad, enfrentando una muerte civil que lo condena al ostracismo. Sin embargo, su amor por su madre y su hogar lo impulsan a regresar, desafiando la autoridad de la comunidad que lo ha desterrado.
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“Año de la recuperación y consolidación de la economía peruana”

“Jubileo 2025 - Peregrinos de la esperanza”

“USHANAM JAMPI”
La plaza de Chupán hervía de gente. El pueblo entero, ávido de curiosidad, se
había congregado en ella desde las primeras horas de la mañana, en espera del gran
acto de justicia a que se le había convocado la víspera, solemnemente.
Se habían suspendido todos los quehaceres particulares y todos los servicios
públicos. Allí estaba el jornalero, poncho al hombro, sonriendo, con sonrisa idiota, ante
las frases intencionadas de los coros; el pastor greñudo, de pantorrillas bronceadas y
musculosas, serpenteadas de venas, como lianas en torno de un tronco; el viejo
silencioso y taimado, mascador de coca sempiterno; la mozuela tímida y pulcra, de pies
limpios y bruñidos como acero pavonado, y uñas desconchadas y roídas y faldas
negras y esponjosas como repollo; la vieja regañosa, haciendo perinolear al aire el
huso mientras barbotea un rosario interminable de conjuros, y el chiquillo, con su
clásico sombrero de falda gacha y copa cónica —sombrero de payaso— tiritando al
abrigo de un ilusorio ponchito, que apenas le llega al vértice de los codos.
Y por entre esa multitud, los perros, unos perros color de ámbar sucio, hoscos,
héticos, de cabezas angulosas y largas como cajas de violín, costillas transparentes,
pelos hirsutos, mirada de lobo, cola de zorro y patas largas, nervudas y nudosas —
verdaderas patas de arácnido— yendo y viniendo incesantemente, olfateando a las
gentes con descaro, interrogándoles con miradas de ferocidad contenida, lanzando
ladridos impacientes, de bestias que reclamaran su pitanza.
Se trataba de hacerle justicia a un agraviado de la comunidad, a quien uno de
sus miembros, Cunce Maille, ladrón incorregible, le había robado días antes una vaca.
Un delito que había alarmado a todos profundamente, no tanto por el hecho en sí
cuanto por la circunstancia de ser la tercera vez que un mismo individuo cometía igual
crimen. Algo inaudito en la comunidad. Aquello significaba un reto, una burla a la
justicia severa e inflexible de los yayas, merecedora de un castigo pronto y ejemplar.
Al pleno sol, frente a la casa comunal y en torno de una mesa rústica y maciza,
con macicez de mueble incaico, el gran consejo de los yayas, constituido en tribunal,
presidía el acto, solemne, impasible, impenetrable, sin más señales de vida que el
movimiento acompasado y leve de las bocas chacchadoras, que parecían tascar un
freno invisible.
De pronto los yayas dejaron de chacchar, arrojaron de un escupitajo la papilla
verdusca de la masticación, limpiáronse en un pase de manos las bocas espumosas y
el viejo Marcos Huacachino, que presidía el consejo, exclamó:
—Ya hemos chacchado bastante. La coca nos aconsejará en el momento de la justicia.
Ahora bebamos para hacerlo mejor.
Y todos, servidos por un decurión, fueron vaciando a grandes tragos un enorme vaso
de chacta.
—Que traigan a Cunce Maille —ordenó Huacachino una vez que todos terminaron de
beber.
Y, repentinamente, maniatado y conducido por cuatro mozos corpulentos,
apareció ante el tribunal .un indio de edad incalculable, alto, fornido, ceñudo y que
parecía desdeñar las injurias y amenazas de la muchedumbre. En esa actitud, con la
ropa ensangrentada y desgarrada por las manos de sus perseguidores y las
dentelladas de los perros ganaderos, el indio más parecía la estatua de la rebeldía que
la del abatimiento. Era tal la regularidad de sus facciones de indio puro, la gallardía de
su cuerpo, la altivez de su mirada, su porte señorial, que, a pesar de sus ojos
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sanguinolentos, fluía de su persona una gran simpatía, la simpatía que despiertan los
hombres que poseen la hermosura y la fuerza.
— ¡Suéltenlo! —exclamó la misma voz que había ordenado traerlo.
Una vez libre Maille, se cruzó de brazos, irguió la desnuda y revuelta cabeza,
desparramó sobre el consejo una mirada sutilmente desdeñosa y esperó.
—José Ponciano te acusa de que el miércoles pasado le robaste una vaca mulinera y
que has ido a vendérsela a los de Obas. ¿Tú qué dices?
— ¡Verdad! Pero Ponciano me robó el año pasado un toro. Estamos pagados.
— ¿Por qué entonces no te quejaste?
—Porque yo no necesito de que nadie me haga justicia. Yo mismo sé hacérmela.
—Los yayas no consentimos que aquí nadie se haga justicia. El que se la hace pierde
su derecho.
Ponciano, al verse aludido, intervino:
—Maille está mintiendo, taita. El toro que dice que yo se lo robé, se lo compré a
Natividad Huaylas. Que lo diga; está presente.
—Verdad, taita —contestó un indio, adelantándose hasta la mesa del consejo.
— ¡Perro! —Gritó Maille, encarándose ferozmente a Huaylas—. Tan ladrón tú como
Ponciano. Todo lo que tú vendes es robado. Aquí todos se roban.
Ante tal imputación, los yayas, que al parecer dormitaban, hicieron un movimiento de
impaciencia al mismo tiempo que muchos individuos del pueblo levantaban sus
garrotes en son de protesta y los blandían gruñendo rabiosamente. Pero el jefe del
tribunal, más inalterable que nunca, después de imponer silencio con gesto imperioso,
dijo:
—Cunce Maille, has dicho una brutalidad que ha ofendido a todos. Podríamos
castigarte entregándote a la justicia del pueblo, pero sería abusar de nuestro poder.
Y dirigiéndose al agraviado José Ponciano, que, desde uno de los extremos de la
mesa, miraba torvamente a Maille, añadió:
— ¿En cuánto estimas tu vaca, Ponciano? —Treinta soles, taita. Estaba para parir,
taita.
En vista de esta respuesta, el presidente se dirigió al público en esta forma:
— ¿Quién conoce la vaca de Ponciano? ¿Cuánto podrá costar la vaca de Ponciano?
Muchas voces contestaron a un tiempo que la conocían y que podría costar realmente
los treinta soles que le había fijado su dueño.
— ¿Has oído, Maille? —dijo el presidente al aludido.
—He oído, pero no tengo dinero para pagar.
—Tienes ganados, tienes tierras, tienes casa. Se te embargará uno de tus ganados, y
como tú no puedes seguir aquí porque es la tercera vez que compareces ante nosotros
por ladrón, saldrás de Chupan inmediatamente y para siempre. La primera vez te
aconsejamos lo que debías hacer para que te enmendaras y volvieras a ser hombre de
bien. No has querido. Te burlaste del yaachischum. La segunda vez tratamos de
ponerte bien con Felipe Tacuche, a quien le robaste diez carneros. Tampoco hiciste
caso del alli-achishum, pues no has querido reconciliarte con tu agraviado y vives
amenazándole constantemente... Hoy le ha tocado a Ponciano ser el perjudicado y
mañana quién sabe a quién le tocará. Eres un peligro para todos. Ha llegado el
momento de botarte y aplicarte el jitarishum. Vas a irte para no volver más. Si vuelves,
ya sabes lo que te espera: te cogemos y te aplicamos ushanan-jampi. ¿Has oído bien,
Cunce Maille?
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Maille se encogió de hombros, miró al tribunal con indiferencia, echó mano al


huallqui, que por milagro había conservado en la persecución, y sacando un poco de
coca se puso a chacchar lentamente.
El presidente de los yayas, que tampoco se inmutó por esta especie de desafío
del acusado, dirigiéndose a sus colegas, volvió a decir:
—Compañeros, este hombre que está delante de nosotros es Cunce Maille, acusado
por tercera vez de robo en nuestra comunidad. El robo es notorio; no lo ha desmentido;
no ha probado su inocencia. ¿Qué debemos hacer con él?
—Botarlo de aquí: aplicarle jitarishum —contestaron a una voz los yayas, volviendo a
quedar mudos e impasibles.
— ¿Has oído, Maille? Hemos procurado hacerte un hombre de bien, pero no lo has
querido. Caiga sobre ti jitarishum.
Después, levantándose y dirigiéndose al pueblo, añadió con voz solemne y más alta
que la empleada hasta entonces:
—Este hombre que ven aquí es Cunce Maille, a quien vamos a botar de la comunidad
por ladrón. Si alguna vez se atreve a volver a nuestras tierras, cualquiera de los
presentes (podrá matarle. No lo olviden. Decuriones, cojan a ese hombre y sígannos.
Y los yayas, seguidos del acusado y de la muchedumbre, abandonaron la plaza,
atravesaron el pueblo y comenzaron a descender por una escarpada senda, en medio
de un imponente silencio, turbado sólo por el tableteo de los shucuyes. Aquello era una
procesión de mudos bajo un nimbo de recogimiento. Hasta los perros, momentos antes
inquietos, bulliciosos, marchaban en silencio, gachas las orejas y las colas, como
percatados de la solemnidad del acto.
Después de un cuarto de hora de marcha por senderos abruptos, sembrados de
piedras y cactos tentaculares y amenazadores como pulpos rabiosos —senderos de
pastores y cabras—, el jefe de los yayas levantó su vara de alcalde, adornada de
cintajos multicolores y de flores de planta de manufactura infantil, y la extraña
procesión se detuvo al borde del riachuelo que separa las tierras de Chupán de las
Obas.
— ¡Suelten a ese hombre! —exclamó el yaya de la vara.
Y dirigiéndose al reo:
— Cunce Maille: desde este momento tus pies no pueden seguir pisando nuestras
tierras porque nuestros jircas se enojarían, y su enojo causaría la pérdida de las
cosechas, y se secarían las quebradas y vendría la peste. Pasa el río y aléjate para
siempre de aquí.
Maille volvió la cara hacia la multitud, que con gesto de asco e indignación, más fingido
que real, acababa de acompañar las palabras sentenciosas del yaya, y, después de
lanzar al suelo un escupitajo enormemente despreciativo, con ese desprecio que sólo
el rostro de un indio es capaz de expresar, exclamó:
— ¡Ysmayta-micuy!
Y de cuatro saltos salvó las aguas del Chillán y desapareció entre los matorrales
de la banda opuesta, mientras los perros, alarmados de ver a un hombre que huía y
excitados por el largo silencio, se desquitaban ladrando furiosamente, sin atreverse a
penetrar en las cristalinas y bulliciosas aguas del riachuelo.
Si para cualquier hombre la expulsión es una afrenta, para un indio, y un indio como
Cunce Maille, la expulsión de la comunidad significa todas las afrentas posibles, el
resumen de todos los dolores frente a la pérdida de todos los bienes: la choza, la tierra,
el ganado, el jirca y la familia. Sobre todo, la choza.
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El jitarishum es la muerte civil del condenado, una muerte de la que jamás se


vuelve a la rehabilitación; que condena al indio al ostracismo perpetuo y parece
marcarle con un signo que le cierra para siempre las puertas de la comunidad. Se le
deja solamente la vida para que vague con ella a cuestas por quebradas, cerros, punas
y bosques, o para que baje a vivir en las ciudades bajo la férula del misti; lo que para
un indio altivo y amante de las alturas es un suplicio y una vergüenza.
Y Cunce Maille, dada su naturaleza rebelde y combativa, jamás podría
resignarse a la expulsión que acababa de sufrir. Sobre todo, había dos fuerzas que le
atraían constantemente a la tierra perdida: su madre y su choza. ¿Qué iba a ser de su
madre sin él? Este pensamiento le irritaba y le hacía concebir los más inauditos
proyectos. Y exaltado por los recuerdos, nostálgico y cargado su corazón de odio,
como una nube de electricidad, harto en pocos días de la vida de azar y merodeo que
se le obligaba a llevar, volvió a repasar, en las postrimerías de una noche, el mismo
riachuelo que un mes antes cruzara a pleno sol, bajo el silencio de una poblada hostil y
los ladridos de una jauría famélica y feroz.
A pesar de su valentía comprobada cien veces. Maille, al pisar la tierra prohibida,
sintió como una mano que le apretaba el corazón, y tuvo miedo. ¿Miedo de qué? ¿De
la muerte? ¿Pero qué podría importarle la muerte a él, acostumbrado a jugarse la vida
por nada? ¿Y no tenía para eso su carabina y sus cien tiros? Lo suficiente para batirse
con Chupán entero y escapar cuando se le antojara.
Y el indio, con el arma preparada, avanzó cauteloso auscultando tolos los ruidos,
oteando los matorrales, por la misma senda de los despeñaderos y de los cactos
tentaculares y ''amenazadores como pulpos, especie de vía crucis, por donde
solamente se atrevían a bajar, pero nunca a subir, los chupanes, por estar reservada
para los grandes momentos de su feroz justicia. Aquello era como la roca Tarpeya del
pueblo.
Maille salvó todas las dificultades de la ascensión y, una vez en el pueblo, se
detuvo frente a una casucha y lanzó un grito breve y gutural, lúgubre, como el gruñido
de un cerdo dentro de un cántaro. La puerta se abrió y dos brazos se enroscaron al
cuello del proscrito, al mismo tiempo que una voz decía:
—Entra, guagua-yau, entra. Hace muchas noches que tu madre no duerme
esperándote. ¿Te habrán visto?
Maille, por toda respuesta, se encogió de hombros y entró.
Para el gran consejo de los yayas, sabedor por experiencia propia de lo que el
indio ama su hogar, del gran dolor que siente cuando se ve obligado a vivir fuera de él,
de la rabia que se adhiere a todo lo suyo, hasta el punto de morirse de tristeza cuando
le falta poder para recuperarlo, pensaba: "Maille volverá cualquier noche de éstas;
Maille es audaz, no nos teme, nos desprecia, y cuando él siente el deseo de chacchar
bajo su techo y al lado de la vieja Nastasia, no habrá nada que lo detenga".
Y los yayas pensaban bien. La choza sería la trampa en que habría de caer
alguna vez el condenado. Y resolvieron vigilarla día y noche, por turno, con disimulo y
tenacidad verdaderamente indios.
Por eso aquella noche, apenas Cunce Maille penetró a su casa, un espía corrió a
comunicar la noticia al jefe de los yayas.
—Cunce Maille ha entrado a su casa, taita. Nastasia le ha abierto la puerta —exclamó
palpitante, emocionado, estremecido aún por el temor, con la cara de un perro que
viera a un león de repente.
— ¿Estás seguro, Santos?
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—Sí, taita. Nastasia lo abrazó. ¿A quién podrá abrazar la vieja Nastasia, taita? Es
Cunce...
— ¿Está armado?
—Con carabina, taita. Si vamos a sacarlo, iremos todos armados. Cunee es malo y. tira
bien.
Y la noticia se esparció por el pueblo eléctricamente... "¡Ha llegado Cunee Maille!
¡Ha llegado Cunee Maille!" era la frase que repetían todos estremeciéndose.
Inmediatamente se formaron grupos. Los hombres sacaron a relucir sus grandes
garrotes —los garrotes de los momentos trágicos—; las mujeres, en cuclillas,
comenzaron a formar ruedas frente a la puerta de sus casas, y los perros, inquietos,
sacudidos por el instinto, a llamarse y dialogar a la distancia.
— ¿Oyes, Cunce? —Murmuró la vieja Nastasia, que, recelosa y con el oído pegado a
la puerta, no perdía el menor ruido, mientras aquél, sentado sobre un banco,
chacchaba impasible, como olvidado de las cosas del mundo—. Siento pasos de que
se acercan, y los perros se están preguntando quién ha venido de fuera. ¿No oyes? Te
habrán visto. ¡Para qué habrás venido, guagua-yau!
Cunce hizo un gesto desdeñoso y se limitó a decir:
—Ya te he visto, mi vieja, y me he dado el gusto de saborear una chacchada en mi
casa. Voime ya. Volveré otro día.
Y el indio, levantándose y fingiendo una brusquedad que no sentía, esquivó el
abrazo de su madre y, sin volverse, abrió la puerta, asomó la cabeza a ras del suelo y
atisbó. Ni ruidos, ni bultos sospechosos; sólo una leve y rosada claridad comenzaba a
teñir la cumbre de los cerros.
Pero Maille era demasiado receloso y astuto, como buen indio, para fiarse de
este silencio. Ordenóle a su madre pasar a la otra habitación y tenderse boca abajo; dio
en seguido un paso atrás, para tomar impulso, y de un gran salto al sesgo salvó la
puerta y echó a correr como una exhalación. Sonó una descarga y una lluvia de plomo
acribilló la puerta de la choza, al mismo tiempo que innumerables grupos de indios
armados de todas armas, aparecían por todas partes gritando:
— ¡Muera Cunce Maille! ¡Ushanan-jarnpi! ¡Ushanan-jampi!
Maille apenas logró correr unos cien pasos, pues otra descarga, que recibió de
frente, le obligó a retroceder y escalar de cuatro saltos felinos el aislado campanario de
la iglesia, desde donde, resuelto y feroz, empezó a disparar certeramente sobre los
primeros que intentaron alcanzarle.
Entonces comenzó algo jamás visto por esos hombres rudos y acostumbrados a
todos los horrores y ferocidades; algo que, iniciado con un reto, llevaba trazas de
acabar en una heroicidad monstruosa, épica, digna de la grandeza de un canto.
A cada diez tiros de los sitiadores, tiros inútiles, de rifles anticuados, de
escopetas inválidas, hechos por manos temblorosas, el sitiado respondía con uno
invariablemente certero, que arrancaba un lamento y cien alaridos. A las dos horas
había puesto fuera de combate a una docena de asaltantes, entre ellos a un yaya, lo
que había enfurecido al pueblo entero.
— ¡Tomen, perros! —gritaba Maille a cada indio que derribaba—. Antes que me cojan
mataré cincuenta. Cunee Maille vale cincuenta- perros chupanes. ¿Dónde está Marcos
Huacachino? ¿Quiere un poquito de cal para su boca con esta shipina?
Y la shipina era el cañón del arma, que amenazadora y mortífera, apuntaba en
todo sentido.
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Ante tanto horror, que parecía no tener término, los yayas, después de larga
deliberación, resolvieron tratar con el rebelde. El comisionado debería comenzar por
ofrecerle todo, hasta la vida, que, una vez abajo y entre ellos, ya se vería cómo eludir la
palabra empeñada. Para esto era necesario un hombre animoso y astuto como Maille,
y de palabra capaz de convencer al más desconfiado.
Alguien señaló a José Facundo. "Verdad —exclamaron los demás—. Facundo
engaña al zorro cuando quiere y hace bailar al jirca más furioso".
Y Facundo, después de aceptar tranquilamente la honrosa comisión, recostó su
escopeta en la tapia en que estaba parapetado, sentóse, sacó un puñado de coca y se
puso a catipar religiosamente por espacio de diez minutos largos. Hecha la catipa y
satisfecho del sabor de la coca, saltó la tapia y emprendió una vertiginosa carrera, llena
de saltos y zigzags, en dirección al campanario gritando:
— ¡Amigo Cunce!, ¡amigo Cunce! Facundo quiere hablarte.
Cunce Maille le dejó llegar y una vez que lo vio sentarse en el primer escalón de
la gradería le preguntó:
— ¿Qué quieres, Facundo?
— Pedirte que bajes y te vayas.
— ¿Quién te manda?
— ¡Yayas!
—Yayas son unos supaypa-huachasgan, que cuando huelen sangre quieren beberla.
¿No querrán beber la mía?
—No; yayas me encargan decirte que si quieres te abrazarán y beberán contigo un
trago de chacta en el mismo jarro y te dejarán salir con la condición de que no vuelvas
más.
—Han querido matarme.
—Ellos no; ushanan-jampi, nuestra ley. Ushanan-jampi igual para todos; pero se
olvidará esta vez para ti. Están asombrados de tu valentía. Flan preguntado a nuestro
gran jirca-yayag y él ha dicho que no te toquen. También han catipado y la coca les ha
dicho lo mismo. Están pesarosos.
Cunce Maille vaciló, pero comprendiendo que la situación en que se encontraba
no podía continuar indefinidamente, que, al fin, llegaría el instante en que habría de
agotársele la munición y vendría el hambre, acabó por decir, al mismo tiempo que
bajaba:
—No quiero abrazos ni chacta. Que vengan aquí todas las yayas desarmadas y, a
veinte pasos de distancia, juren por nuestro jirca que me dejarán partir sin molestarme.
Lo que pedía Maille era una enormidad, una enormidad que Facundo no podía
prometer, no sólo porque no estaba autorizado para ello sino porque ante el poder del
ushanan-jampi no había juramento posible.
Facundo vaciló también, pero su vacilación fue cosa de un instante. Y, después
de reír con gesto de perro a quien le hubiesen pisado la cola, replicó:
—He venido a ofrecerte lo que pides. Eres como mi hermano y yo le ofrezco lo que
quiera a mi hermano.
Y, abriendo los brazos, añadió:
—Cunce, ¿no habrá para tu hermano Facundo un abrazo? Yo no soy yaya. Quiero
tener el orgullo de decirle mañana a todo Chupán que me he abrazado con un valiente
como tú.
Maille desarrugó el ceño, sonrió ante la frase aduladora y, dejando su carabina a
un lado, se precipitó en los brazos de Facundo. El choque fue terrible. En vez de un
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estrechón efusivo y breve, lo que sintió Maille fue el enroscamiento de dos brazos
musculosos, que amenazaban ahogarle. Maille comprendió instantáneamente el lazo
que se le había tendido, y, rápido corno el tigre, estrechó más fuerte a su adversario,
levantóle en peso e intentó escalar con él el campanario. Pero al poner el pie en el
primer escalón, Facundo, que no había perdido la serenidad, con un brusco movimiento
de riñones hizo perder a Maille el equilibrio, y ambos rodaron por el suelo,
escupiéndose injurias y amenazas. Después de un violento forcejeo, en que los huesos
crujían y los pechos jadeaban, Maille logró quedar encima de su contendor.
— ¡Perro, más perro que los yayas! —Exclamó Maille, trémulo de ira—; te voy a
retacear allá arriba, después de comerte la lengua.
— ¡Ya está!, ¡ya está!, ¡ya está! ¡Ushanan-jampi!
— ¡Calla, traidor!—, volvió a rugir Maille, dándole un puñetazo feroz en la boca, y
cogiendo a Facundo por la garganta se la apretó tan profundamente que le hizo saltar
la lengua lívida, viscosa, enorme, vibrante como la cola de un pez cogido por la cabeza,
a la vez que entornaba los ojos y una gran conmoción se deslizaba por su cuerpo como
una onda.
Maille sonrió satánicamente; desenvainó el cuchillo, cortó de un tajo la lengua de
su víctima y se levantó con intención de volver al campanario. Pero los sitiadores, que
aprovechando el tiempo que había durado la lucha, lo habían estrechamente rodeado,
se lo impidieron. Un garrotazo en la cabeza lo aturdió; una puñalada en la espalda lo
hizo tambalear; una pedrada en el pecho obligóle a soltar el cuchillo y llevarse las
manos a la herida. Sin embargo, aún pudo reaccionar y abrirse paso a puñadas y
puntapiés y llegar, batiéndose en retirada, hasta su casa. Pero la turba que lo seguía
de cerca, penetró tras él en el momento en que el infeliz caía en los brazos de su
madre. Diez puñales se le hundieron en el cuerpo.
— ¡No le hagan así, taitas, que el corazón me duele! —gritó la vieja Nastasia, mientras,
salpicado el rostro de sangre, caía de bruces, arrastrada por el desmadejado cuerpo de
su hijo y por el choque de la feroz acometida. Entonces desarrollóse una escena
horripilante, canibalesca. Los cuchillos, cansados de punzar, comenzaron a tajar, a
partir, descuartizar. Mientras una mano arrancaba el corazón y otra los ojos, ésta
cortaba la lengua y aquélla vaciaba el vientre de la víctima. Y todo esto acompañado de
gritos, risotadas, insultos e imprecaciones, coreados por los feroces ladridos de los
perros, que, a través de las piernas de los asesinos, daban grandes tarascadas al
cadáver y sumergían ansiosamente los puntiagudos hocicos en el charco sangriento.
— ¡A arrastrarlo! —Gritó una voz—.
— ¡A arrastrarlo! —Respondieron cien más—.
— ¡A la quebrada con él!
— ¡A la quebrada!
Inmediatamente se le anudó una soga al cuello y comenzó el arrastre. Primero
por el pueblo, para que, según los yayas, todos vieran cómo se cumplía el ushanan-
jampi, después por la senda de los cactos.
Cuando los arrastradores llegaron al fondo de la quebrada, a las orillas del Chillán, sólo
quedaba de Cunce Maille la cabeza y un resto de espina dorsal. Lo demás quedóse
entre los cactos, las puntas de las rocas y las quijadas insaciables de los perros.
Seis meses después, todavía podía verse sobre el dintel de la puerta de la
abandonada y siniestra casa de los Maille, unos colgajos secos, retorcidos,
amarillentos, grasos, a manera de guirnaldas; eran los intestinos de Cunce Maille,
puestos allí por mandato de la justicia implacable de los yayas.

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