I - DEL FUTURO UTÓPICO A LA ESPERANZA ESCATOLÓGICA
¿Por qué la teología cuenta con una doctrina escatológica? La respuesta está en
la naturaleza humana, apertura al futuro y en el modo específico como el
cristiano la vive (esperanza). La gracia asume la naturaleza. El ser humano está
inclinado e interesado por el futuro que vive planteando teorías futurológicas
(“el día de mañana…”). La teología sigue indagando en su propia concepción
sobre el futuro en permanente diálogo con las futurologías laicas, pero
partiendo siempre de algo tan específico de la vida cristiana y de la actitud del
cristiano respecto al futuro como es la esperanza.
La vivencia humana del tiempo: El hombre es ahora por algo (por lo que ha
sido) y para algo (para lo que será).
El futuro como continuidad y novedad: El hombre está abierto al futuro, pero
no cualquier comprensión del futuro coincide con el futuro genuinamente
humano. Para que esto se de tienen que darse dos elementos conjugados:
continuidad (no inmovilismo ni detención) y novedad.
Pero no debemos olvidar que el elemento novedad es posible porque hay un
factor capaz de producirlo. Lo inédito y novedoso del futuro obedece a un
mayor o menor desarrollo de lo antiguo. De lo contrario estaríamos negando la
continuidad.
El futuro utópico: Ernst Bloch con su propuesta de la utopía y del futuro
utópico dirá que la realidad es capaz de autotrascenderse hacia la novedad. La
totalidad de lo real abierta a un futuro siempre mayor por obra de la
trascendencia surgida de la historia.
El presente ¿mera función del futuro?: Las utopías suelen presentarse como
ideologías en las que la salvación se centra exclusivamente en el todavía no, en
el que el “ya” no se considera como espació de la salvación. Es decir, el
presente se sacrifica al futuro. Sólo en el después, en el mañana se operará la
salvación. El “ya”, al decir de Bloch, es simplemente el “laboratorio de la
posible salvación”. La escatología, en cambio, considera que no hay que esperar
al fin de la historia para alcanzar la salvación. Todo es ya kairos, espacio de
gracia. Y puede pensar así porque cree que la salvación es un don de Dios, no
manufactura humana.
La cuestionable novedad del futuro utópico: La utopía habla de un futuro que
contiene novedad en función de la cual se habla de trascendencia (idea tomada
de la teología) pero de una trascendencia “remodelada” porque es una
trascendencia intramundana, “trascender sin trascendencia”, con lo cual se
hace difícil no ver en el resultado algo ya latente en el presente.
ESPERANZA Y ESCATOLOGÍA
La escatología diseña y elabora sistemáticamente los contenidos de la
esperanza cristiana.
Idea bíblica de esperanza: El Dios de la creación es el Dios de la salvación. Esta
firme convicción presente en la Sagrada Escritura hace que la historia de la
salvación, movida por la promesa, esté toda ella en tensión hacia un futuro
humano plenificador y, por eso, cargado de esperanza.
En el NT encontramos también diversos términos y las referencias al futuro de
los creyentes se señala con verbos como: “esperar” (elpidsein), “vigilar.
Todo lo cual es posible en Cristo. porque en él Dios ha cumplido ya sus
promesas y nos ha mostrado su amor y fidelidad. Por eso el fundamento de la
esperanza del NT es la persona y la historia personal de Jesús y no ya una
palabra o una promesa. Porque en su resurrección quedan confirmados el
poder y la fidelidad de Dios y el cumplimiento de su promesa. A partir de él
sólo hay que acentuar lo que se ha abierto en ese proceso sin necesidad de
tener que aguardar algo nuevo que sustente lo que ya tenemos en él y por él.
El hombre sólo espera si confía y sólo confía si alguien cree en él y le espera.
Ese alguien es Dios que, de esa manera es reconocido no sólo como el Ser en
quien se espera, sino también como aquel que espera en el hombre.
El concepto de escatología: Clarificado todo esto (temporalidad, futuro,
esperanza) podemos precisar mejor el perfil de la escatología y afirmar que
es el “sector de la teología que reflexiona sobre el futuro de la promesa
aguardado por la esperanza cristiana”. Se ubica en la intersección de la
antropología, de la creación y de la cristología. La relación con la antropología
es entendible por el carácter temporal y la apertura al futuro, propios de la
existencia humana. En cuanto la relación con la creación lo entendemos
bíblicamente y en relación (dialéctica) con el pensamiento mítico. Porque
para este el futuro y lo que se aguarda se concibe como un regreso al proton,
al principio, como una restitución de omega a alfa. La Biblia en cambio
concibe la creación en función de la consumación escatológica; alfa es para
omega y no viceversa. Dios crea por amor y el amor promete perennidad y,
por eso, la vida surgida del amor llega a la existencia con cierta carga de
definitividad, es vida eterna.
Al ser Cristo nuestro eschaton y nuestro reino se comprende fácilmente que
la cristología ilumina permanentemente el discurso escatológico, el
fundamento de nuestra esperanza y el contenido de la misma. En él se han
cumplido todas las promesas de Dios. Por eso se ha
afirmado que la escatología no es sino “una cristología desarrollada”. Eso
hace que la escatología no quede reducida a una futurología; porque estas
versan exclusivamente sobre el todavía no (Bloch) mientras que la
escatología habla del ya y del todavía no. La cristología le impone plantear
que hay un ya escatológico (el reino está ya presente) porque Cristo ha
venido y habrá un todavía no (el reino será consumado) porque Cristo
vendrá.
II - EL MENSAJE ESCATOLÓGICO DEL ANTIGUO TESTAMENTO
En todo caso nos invita a mirar el origen y la historia del Pueblo de Dios en el
horizonte de la historia de todos los pueblos. Los relatos de la creación
pretenden mostrarnos qué quiere Dios para el mundo y para el hombre y cómo
ha respondido este a ese querer divino.
Con Abraham se inicia el tiempo de la promesa y se confirma el propósito
salvador de Dios. Lo llama a “salir” y “caminar” hacia otro lugar. Es el momento
de “esperar contra toda esperanza”. Dios es el único fundamento y la garantía
de esta esperanza.
El primer relato de la creación, al mostrarnos que la creación entera, no sólo el
hombre, se ordena desde su origen al sábado ensancha al plano cosmológico el
beneficio de la promesa. De esa manera manifiesta que también el mundo está
llamado a participar del descanso de Dios. Por su parte el hombre, como
imagen y semejanza de Dios recibe el encargo de conducir la creación hacia esa
meta final (Gn 1,26-28) ya que Dios no le entrega un mundo acabado, sino un
mundo en el que el hombre tendrá que desplegar su misión concreadora. Con
ello se muestra que ya desde el origen el cosmos apunta a una escatología
salvífica en la que el hombre y el mundo, emparentados por su raíz común,
desembocarán juntos en el gran descanso del sábado, es decir en la gloriosa
felicidad de Dios (hay un principio y hay un fin).
Surge así la posibilidad de aguardar lo nuevo y no lo antiguo repetido; se
impone también el primado del futuro y no del presente o del pasado. Este
cambio viene impuesto por dos factores fundamentales: la fe en la creación y la
esperanza en la promesa.
PROMESA EN EL PROFETISMO Y LITERATURA APOCALÍPTICA: Puede decirse
que en determinados textos proféticos se hace referencia a lo escatológico si
por esta realidad entendemos no necesariamente lo que está más allá de la
historia, sino lo que supone el cumplimiento definitivo de la promesa y que,
por eso mismo, es lo último al consumar el curso de los tiempos.
RECAPITULACIÓN
¿Cómo se explica que en una historia donde abundó más el desengaño de las
infidelidades que la euforia de los triunfos, haya podido mantenerse la
esperanza? Sólo se comprende reconociendo que entre los objetivos de la
promesa estaba Dios mismo y no sólo bienes o realidades intramundanas
(tierra, descendencia) y el elemento más importante de lo que se prometía
apuntaba a la relación religiosa entre Dios y el hombre. Lo medular pasaba, no
por llegar y habitar una tierra sino por entrar en alianza con el Dios vivo. Y eso
tendrá su palabra mayor y más autorizada con la llegada de Jesucristo, Dios y
hombre que cumple la promesa hecha por Dios, sellando la alianza definitiva
entre ambos términos e invitándonos a llegar a la Patria definitiva que es Él
mismo, “aquí” y “allí”.
III - VIDA, MUERTE Y RESURRECCIÓN EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
VIDA: El israelita se esfuerza por preservar y prolongar la vida: Dt ,16; 16,20.
En la base de este amor y cuidado por la vida no se encuentra una mirada
“materialista” de la existencia. Es más bien la idea de que es un don de Dios lo
que la sostiene, es decir, tiene el mismo origen que la promesa. Por eso puede
darse la vida incluso en medio de penurias, dificultades y sinsabores porque
está radicada en Dios.
MUERTE: si la vida es la suma de todos los bienes la muerte se presenta como
el compendio de todas las desdichas.
Job y Eclesiastés plantean a la conciencia religiosa de Israel la necesidad de
abrir su esperanza a una dimensión trascendente si no se quiere correr el
riesgo de condenar la existencia a un absurdo o de hacer a Dios responsable de
una injusticia universal.
Salmo 73: A partir de ese momento comienza a oponer al bienestar de los
impíos otra felicidad, fundada en la comunión con Dios. Existe la verdadera
felicidad que llega como fruto de la vida compartida con Yahveh y reservada a
sus fieles. El salmo lleva a preguntarse por qué la muerte puede llegar a tener
más poder que el amor indestructible de Dios al cual se sabe unido el creyente
¿cómo podría romper esa relación tan firme? A la fidelidad del creyente ha
respondido la fidelidad de Dios que tiene poder sobre la vida y la muerte.
La fe en la resurrección: Los localizamos en ciertos pasajes de algunos libros
proféticos donde se habla del poder de Dios sobre la muerte y el retorno de los
muertos a la vida por intervención de él.
B. Ez 37,1-14 en el que se nos muestra la conocida visión de los huesos secos.
Dios le pregunta al profeta sí podrán “revivir” estos huesos y el profeta le
responde: “Señor tú lo sabes” Aunque el profeta se mostró algo dudoso
finalmente los huesos revivieron y se levantaron (v.10). Esto hizo reflexionar a
Israel sobre el poder del Dios que, no sólo da la vida (creación), sino que
también es capaz de rescatarla de la muerte.
LA INMORTALIDAD DEL ALMA
En el libro de la Sabiduría (escrito originalmente en griego) aparecen dos
términos desconocidos en la Biblia hebrea: inmortalidad e incorruptibilidad.
Esta inmortalidad no tiene nada que ver con la afirmación filosófica del alma
naturalmente inmortal. En el libro es más bien fruto de la justicia o de la
sabiduría (= santidad). De allí que la noción de muerte (thánatos) no se utiliza
exclusivamente para significar la muerte física, sino que aparece como una
realidad ético-religiosa porque la encuentran los impíos con la mentira o con su
vida extraviada.
Puede decirse como conclusión de todo este recorrido que el elemento
esencial y que anima toda esta evolución es el del ideal de la comunión con
Dios. Todo gira en torno a la relación vital con él. Esa relación no es algo que se
da exclusivamente en el futuro, sino algo experimentado en el tiempo y que
sobrevive por la esperanza que sabe mirar más allá de la existencia terrena.
IV - LA ESCATOLOGÍA DEL NUEVO TESTAMENTO
Un reino ya presente: Jesús señala desde el comienzo que en él hay un “más”
que en el período anterior: “Más que Juan” (Mt 1,11), “más que Jonás” (Mt
12,41), “más que Moisés” (Mt 5,21), “más que el templo o el sábado” (Mt
12,6.8) En esta idea que se reitera ya hay una insinuación escatológica porque
Jesús muestra que está traspasando el límite de la expectación y colocándose
más del lado del cumplimiento. De hecho, también el Señor hace referencia a
esa realidad: “El tiempo se ha cumplido”.
La mayoría del uso de la expresión, casi todas en boca de Jesús, se localiza en
los tres evangelios sinópticos (más de noventa veces). Eso permite deducir y
descubrir que si Jesús vuelve una y otra vez a esa idea es porque el Reino es ya
una realidad. Es ahora y coincide con la presencia física y tangible de Jesús. En
realidad, él es el reino.
El futuro de Reino en Cristo el Señor: No se agota porque esa realidad presente
y operante contiene una dimensión futura, que es la consumación, y que aún
no ha ocurrido. Es decir que la venida del Hijo del hombre profetizada por
Daniel se desdobla, mostrando una manifestación de humillación (“Kénosis”)
pero apuntando también a una manifestación en majestad. Esa consumación
futura del reino abarca el juicio y los elementos que integran la salvación en su
condición definitiva: resurrección y retribución eterna. De todas estas cosas
habló Jesús en su vida pública.
La bipolaridad presente – futuro: Jesús predicó un reino que es a la vez
presente y futuro. Ambas dimensiones componen un cuadro escatológico
coherente e inédito. Son dos los momentos de la irrupción del éschaton y entre
ellos se da y juega una tensión. Y esto está basado en la manera en que el Jesús
histórico hablo del reino (presente y futuro. “el reino “ha llegado” de Mt 4,17 y
“está cerca” de Mc 1,15). Las parábolas hablan de un crecimiento (tiempo)
pero también de un final y relacionan lo que ocurrirá al final con lo que está
sucediendo ahora.
La escatología paulina: Para Pablo está claro que con Cristo se ha hecho
presente “la plenitud del tiempo” (Gal 4,4). Esta convicción se pone también de
manifiesto en el uso contrapuesto del “antes” o “en otro tiempo” con el
“ahora”: “En otro tiempo cuando no conocían a Dios…ahora que han conocido
a Dios”.
Esta insistencia en el planteo paulino no quiere decir que en él la esperanza ya
no tiene razón de ser. Al contrario, ya en la primera de sus cartas dice que el
cristiano es el que sirve al Dios vivo y espera a su Hijo Jesús que ha de venir de
los cielos”. De esta espera participan no sólo los hombres sino también el
universo material.
El “presentismo” en Juan: El cuarto evangelio parece romper el equilibrio
observado hasta aquí porque el “ahora” ocupa un lugar esencial y
fundamental: la vida eterna se posee ahora por la fe (3,15-16; 5,21) y también
los acontecimientos típicos del término de la historia parecen darse cita ahora:
la parusía (14,3. 18-20), la resurrección (5,25) y el juicio (3,18-19).
En síntesis, podemos decir que en Juan la acentuación prevalente del “ya” no
debe llevarnos a la supresión del “todavía no”. En todo caso puede decirse,
como muy bien se ha afirmado, que “para Juan el fin es ya presente pero este
presente no es el fin”.
La espera próxima de la parusía: Lo que no resulta tan fácil de interpretar es
qué significaba la cercanía del fin en la mente de Jesús y qué lugar ocupaba
dentro de todo su mensaje escatológico. De esa manera comprendemos mejor
por qué cada vez que le preguntaron sobre la fecha de la parusía Jesús rechazó
la fijación cronológica del término y desvió la atención hacia la actitud de
vigilancia que hay que mantener en medio de ese clima de incerteza.
El problema en la primera comunidad:
A. Espera de la parusía en un plazo breve. 1 Tes 4,15-17
B. Relativización del tiempo en cuanto a los cálculos y estimaciones realizadas.
1 Tes 5,1
C. Cuando iba desapareciendo la primera generación cristiana aparecen textos
que dejan poco espacio para pensar que el fin iba a tener lugar dentro de esa
generación. De todos modos, se sigue predicando la esperanza en la parusía. (2
Tim 3,1.
Además, hay que tener en cuenta que la comunidad espera no a un ausente,
sino a alguien presente en medio de ella (en la celebración eucarística, en el
hermano, en la palabra). El esperado está cerca, no lejos.
Consideraciones finales: A fin de cuentas, no esperamos algo sino a Alguien; al
Absoluto personal, al que es consustancial con Dios, pero también con
nosotros, eterno pero temporalizado, espiritual pero encarnado. Este es el
acontecimiento escatológico que ha perforado la historia para madurarla desde
dentro y conducirla hacia su término. Aquí se encuentra la originalidad de la
doctrina escatológica del NT.
V – PARUSÍA, PASCUA DE LA CREACIÓN
En el credo decimos que creemos que “Cristo vendrá (con gloria) a juzgar
a vivos y muertos”. Con esa afirmación estamos abarcando dos cosas: la
parusía y el juicio. De esa manera Cristo vendrá a consumar lo que se inició en
la creación a la que se refiere el primer artículo del credo (puntos alfa y omega
de la historia). Será entonces cuando Cristo lleve el Reino de Dios a su plenitud
con el juicio escatológico, la resurrección de los muertos y los cielos y la tierra
nuevos. Toda la creación conocerá su pascua, paso de una existencia
transitoria, a una existencia definitiva. Hay que considerar la parusía, no sólo en
lo que significa para el futuro sino también en su relación con la historia que
está aconteciendo. En lo que respecta al juicio habrá que atender a la doble
acepción que sugiere y señala la Escritura y en qué sentido está ligado a la
parusía.
Los datos del Nuevo Testamento: Destacamos en primer lugar la palabra
(griega) parousía (de páreimi: “llegar” o “estar presente”) que no es de origen
estrictamente bíblico, sino que era utilizada por los griegos para referirse a
manifestaciones especiales y destacadas de personas divinas en la tierra, como
a las visitas que realizaban reyes.
En el AT no se usa la palabra. Recién lo vemos usado en el NT con cierta
frecuencia y siempre para referirlo a la venida gloriosa de Cristo al final de los
tiempos.
Es la venida de Cristo que pone término y concluye la historia de
salvación y que implica la derrota de los enemigos, la glorificación de los que
pertenecen a Cristo, el juicio, el fin del mundo actual y la renovación del
cosmos.
En el NT encontramos también otros modos de hacer referencia a este
acontecimiento escatológico: “día del Señor”.
Otra expresión usada para hablar de la parousía en el NT es la de
“epifanía” (manifestación), término utilizado especialmente en las cartas
pastorales en las que el término reemplaza al de parousía.
Existencia cristiana y parusía: Se consideraba a la celebración de la
Eucaristía una anticipación sacramental del Reino de Dios. Así como el Señor
“venía” respondiendo a la oración de la Iglesia, así vendrá al término de la
historia respondiendo también a la invocación de su Iglesia que anhela su
presencia gloriosa.
La idea de la parusía suele estar asociada con las exhortaciones a la
alegría y al arrojo cristiano para encarar las tribulaciones actuales.
La parusía en la tradición eclesial: Fue San Justino el primero en usar las
expresiones “primera/segunda venida” o también “venida sin gloria/en gloria”.
La fe en la venida gloriosa de Cristo está también, como las otras
realidades escatológicas que hemos analizado, registrada en los símbolos de la
Iglesia desde los primeros tiempos (Dz 5). La fórmula “ha de venir a juzgar”, sin
embargo, con el paso de los años pudo dar lugar a confusión haciendo pensar
que la parusía está en función exclusiva del juicio y que sólo estamos
esperando al Señor para que se siente como juez y empiece a realizar el
“reparto” de sentencias. Pero “juicio” en sentido bíblico apunta ante todo a
una manifestación de poder y no tanto a una acción judicial. Por eso es que
cuando se perdió esa dimensión triunfal de la idea de juicio se hizo necesario
intercalar la expresión con gloria: “ha de venir con gloria a juzgar” (Dz 86:
Niceno-Constantinopolitano)
De la patrística a nuestros días: Un testimonio muy presente desde los
primeros siglos sobre la esperanza en la segunda y definitiva manifestación del
Señor lo encontramos en la liturgia. En toda celebración eucarística la
comunidad se autodefine (no “se autopercibe”) como comunidad de
esperantes en la venida gloriosa del Señor, a la vez que confiesa su actual
presencia bajo las especies sacramentales.
Teología de la parusía: puede decirse que hoy la situación ha cambiado y
el interés por la escatología se ha reactivado. Se han podido profundizar las
enseñanzas teológicas derivadas del artículo de fe que nos habla de la venida
última del Señor. Entre ellas figuran: la parusía como fin de la historia; la
parusía como pascua de la creación y la parusía y sus consecuencias para la
vida cristiana.
[Link]ía y fin de la historia: El devenir histórico es un proceso limitado,
no indefinido, no interminable.
Hay que tener presente que afirmar el término de la historia no equivale
a hablar de una suerte de catástrofe cósmica. Porque no es un eventual fin del
mundo por envejecimiento, desgaste, consumo del mundo o por una catástrofe
producida en él lo que precipita la parusía, sino que es la parusía lo que finaliza
el mundo, no destruyéndolo, sino consumándolo.
[Link]ía y pascua de la creación: Vista desde Cristo la parusía puede
ser sólo desvelamiento de algo ya actual: que él es el Señor. La resurrección no
produjo un vacío cristológico en la historia. La fe confiesa una presencia real y
actual de Cristo en el mundo, manifestada especialmente en los sacramentos y
en la comunidad.
[Link]ía y vida cristiana: Los signos de la parusía a los que alude con
frecuencia el NT y que no tienen la intención de brindarnos indicaciones
cronológicas debieran favorecer en nosotros una actitud de mayor expectación
porque, en realidad, todas las épocas podrían rastrear y detectar la presencia
de esas señales. Lo que confirma una vez más que vivimos ya en un estadio
escatológico de la historia de la salvación. Esperar la parusía es creer que Cristo
ha vencido la injusticia, el dolor, el pecado, la muerte y por eso implica no
resignarse ante la presencia de esos fenómenos. Y esto no es un mero
enunciado teórico. Hay que hacerlo vida y ponerlo en obra porque así se
muestra la veracidad de lo que creemos y esperamos.
EL JUICIO
Una cosa es el juicio escatológico que menciona el artículo del credo
relacionándolo con la parusía y otra es el juicio (“juicio-crisis”) por el que cada
persona determina su destino último.
[Link] escatológico: Cuando Dios interviene en la historia su
intervención tiene una finalidad doble: salvar y juzgar. Por supuesto que la
prioridad la tiene el salvar, porque el juicio divino es fundamentalmente para la
salvación. Si la parusía nos indica que ella significa la consumación del reino de
Dios implica a su vez que en ella se da el juicio por antonomasia.
Se hace necesario recuperar la comprensión original del juicio
escatológico como intervención decisiva del Cristo Salvador, como aquello que
pone fin y justifica esta historia cargada de sucesos tan diversos y
contradictorios. Dios ha creado al mundo no sólo como naturaleza sino como
historia. Una historia que tiene su fin y su sentido en cuanto tiene como
referencia en el Cristo salvador.
[Link] juicio crisis: El significado del juicio escatológico que va aparejado a la
parusía ha sido mal entendido y empañado por otra realidad que aparece en la
Biblia como el “juicio-crisis”, que es la fijación de la suerte definitiva que nos
espera a cada uno en virtud de nuestro comportamiento ético-religioso. En
este sentido el NT es muy claro: la crisis tiene lugar durante la propia existencia
del hombre.
Así entonces, la posibilidad de ser reconocidos por Cristo en el juicio futuro
depende de que ya ahora reconozcamos a Cristo presente en los hermanos. En
última instancia, los hombres estamos llamados a responder de nuestras
opciones, pero no ante una norma impersonal, sino ante la persona de Cristo.
La idea del juicio nos confirma la idea del hombre como capaz de
responsabilidad y, por eso también, capaz de culpabilidad como de conversión.
El juicio es un acontecimiento dialógico entre Dios y el hombre.
A la luz de lo dicho sobre el juicio-crisis, hemos de evitar la confusión
entre los dos significados del “juicio” y recuperar la idea de la parusía como
meta de la esperanza cristiana.
VI - LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS
La resurrección de los muertos en la fe cristiana tiene su punto de
arranque en la resurrección de Jesucristo.
EVANGELIOS Y HECHOS: En sinópticos argumentando desde las escrituras
admitidas por sus cuestionadores y antagonistas el Señor les hace ver que el
Dios en el que creían no era “un Dios de muertos sino de vivos”.
SAN PABLO: El de la resurrección es un tema central de la predicación
paulina. En el primero de ellos el punto de partida es la muerte y resurrección
de Cristo, La fe en esta resurrección debe hacerse extensiva a “los que
murieron en Jesús”.
En definitiva, Pablo dice que si toda la vida cristiana fue un proceso de
asimilación, conformación y transformación, en, a, con Cristo, la resurrección
nos confiere el último y definitivo rasgo de ese proceso.
Algo más podemos agregar desde lo afirmado por Pablo en 1 Cor 6,
14-15: Cristo resucita como cabeza del cuerpo, nosotros como miembros suyos.
O sea que nadie -tampoco Cristo- resucita a título meramente individual.
Cristo resucitado no está completo hasta que no resuciten todos los que
integran su cuerpo. De ahí que se comprenda mejor por qué la resurrección
tenga que ser un evento escatológico.
En resumen, los testimonios del Nuevo Testamento dejan en claro que
no se tratará de una resurrección (= salvación) desencarnada (del alma sola)
sino del hombre entero. Tampoco de una resurrección privatizada (del
individuo solo) sino de la comunidad entera. Ni tampoco, y como se verá más
adelante en forma detallada, de una resurrección desmundanizada (de la
humanidad sola) sino de una salvación de la realidad entera (toda la creación
aguarda ser liberada).
LA FE DE LA IGLESIA
Tanto en el conocido como Credo Apostólico como en el Niceno
Constantinopolitano. Este último dice esperamos la resurrección de la carne, lo
cual ayuda a entender que se cree en algo que sucederá en un futuro. Además,
se afirmó claramente que la resurrección es un hecho universal porque
resucitarán todos los hombres o todos los muertos (Dz 531) porque será una
resurrección de justos y pecadores.
REFLEXIONES TEOLÓGICAS: Por el lado de la antropología la Biblia y la fe
cristiana sostienen una antropología unitaria en el sentido que si el hombre
tiene un porvenir más allá de la muerte este no puede ser subjetivo, ni sólo
espiritual, ni acósmico, sino el de un espíritu encarnado para el que cuerpo y
mundo son factores constitutivos de su ser.
La resurrección es como una verificación de la seriedad del propósito
creador, al crearlo para la vida y no para la muerte. Aquí también arraiga la idea
de una resurrección que es universal, que comprende a justos y pecadores.
Desde la perspectiva cristológica hay que decir que la resurrección es la
respuesta divina al interrogante de la muerte humana. La realidad de la muerte
pone a prueba a la misma fidelidad y amor de Dios. Pero el amor auténtico es
siempre incondicionado e ilimitado. Un amor así supone una promesa de
perennidad. La resurrección cumple esa promesa y nos muestra que el amor es
más fuerte que la muerte. La resurrección confirma la identidad del hombre,
pero también la de Dios, que se revela como dice que es: amor fiel y veraz.
La resurrección es una afirmación que brota de esta revelación divina del
amor más fuerte que la muerte y no del instinto o del anhelo humano de
supervivencia.
La resurrección está centrada en Cristo en tres aspectos fundamentales:
a) resucitamos porque Cristo resucitó; b) resucitamos a imagen de Cristo
resucitado; c) resucitamos como miembros del cuerpo resucitado de Cristo.
VII – LA NUEVA CREACIÓN
El hombre no puede ser concebido fuera del marco de lo mundano. El hombre
no puede haber nacido al margen del mundo, sino en el mundo; la historia del
hombre es prehistoria del mundo.
Testimonio de la Escritura: De ahí que podamos afirmar y concluir que toda la
creación es para la salvación y que todo lo creado será salvado. Todo, no sólo
los hombres.
Doctrina del Vaticano II: Se habla de la restauración de todas las cosas; de la
perfecta instauración en Cristo del universo mundo, tras afirmar la estrecha
solidaridad que existe entre el hombre y el cosmos.
Problemática teológica: Una pregunta que nos podemos hacer frente a todo
esto, es si el mundo de la nueva creación será este mismo transformado o se
tratará de otro mundo que reemplace a este.
Desde el punto de vista de la teología bíblica de la creación afirmamos que el
designio creador divino se confunde con el designio salvador, de donde se
deduce que todo lo creado va a ser salvado. Además, el hombre es solidario de
este mundo, no de otro y Cristo es creador, salvador y cabeza de este mundo,
no de otro.
Compromiso histórico y esperanza escatológica: La esperanza escatológica
cristiana representa un justo medio entre dos extremos: el espiritualismo
dualista para el cual el mundo es malo y debe ser destruido y el materialismo
monista que ve en el mundo una fuente de progreso permanente e inmanente
y sueña con una humanidad ideal.