Pestaña 1
HISLI II
VI. EL MANIERISMO
1. El concepto de Manierismo
2. La época de la política realista
3. La segunda derrota de la caballería
VII. EL BARROCO
1. El concepto de Barroco
2. El Barroco de las Cortes católicas
3. El Barroco protestante y burgués
VIII. ROCOCÓ, CLASICISMO
Y ROMANTICISMO
1. La disolución del arte cortesano
2. El nuevo público lector
3. -í(¡El origen del drama burgués
4. Alemania y la Ilustración
5. Revolución y arte
6. El Romanticismo alemán y el de Europa occi-
dental
El Manierismo ha sido objeto de juicio peyorativo en la historia del arte, lo que dificulta su
comprensión como una categoría histórica sin connotaciones negativas. A diferencia de
otros estilos como el Gótico o el Renacimiento, el Manierismo aún enfrenta resistencia al ser
asociado con grandes [Link] término "maniera" en el contexto original de Vasari se
refería a "estilo" en un sentido positivo, pero en el siglo XVII, se asoció con la imitación y la
rutina de los grandes maestros. Esta transición se relaciona con la crisis del Renacimiento,
que, aunque alcanzó un alto nivel artístico, comenzó a mostrar elementos de disolución en
obras como las de Miguel Ángel y Rafael. El arte del Manierismo surge como respuesta a
una inestabilidad social y cultural. La búsqueda de equilibrio en el Renacimiento resultó ser
más un ideal que una realidad, y el contexto de crisis posterior a eventos como el saqueo de
Roma llevó a un arte que se distanció de los principios clá[Link] Manierismo se
caracteriza por la ruptura de la unidad espacial del Renacimiento, disolviendo la coherencia
de las composiciones y creando un espacio irracional. Esta disolución se asemeja a la
experiencia onírica, donde los elementos se combinan de manera [Link] estilo no es
solo temporal, ya que se confunde con tendencias barrocas y refleja un estrato cultural
internacional y aristocrático. En las cortes europeas, el Manierismo se convierte en el primer
estilo verdaderamente internacional desde el Gótico, impulsado por el absolutismo y la
moda [Link] Manierismo comparte con el Gótico una "gotificación" en sus
proporciones alargadas y una nueva mística que busca lo espiritual. Aunque no renuncia a
la belleza corporal, representa el cuerpo en tensión, reflejando la lucha entre lo espiritual y
lo fí[Link] conclusión, el Manierismo marca una evolución en el arte que enfatiza la
experiencia personal del artista y del espectador, rompiendo con el objetivismo del
Renacimiento y sentando las bases para el desarrollo del arte moderno.
La Época de la Política Realista
El Manierismo se presenta como la expresión artística de una profunda crisis que afecta a
todo el Occidente en el siglo XVI, abarcando los ámbitos político, económico y espiritual.
Esta crisis política comienza con la invasión de Italia por Francia y España, dos de las
primeras potencias imperialistas de la Edad Moderna. Francia, emergiendo tras la liberación
de la monarquía frente al feudalismo y el éxito en la Guerra de los Cien Años, se establece
como un actor clave. Por su parte, España, bajo Carlos V, se convierte en una potencia sin
precedentes desde Carlomagno, al unirse con Alemania y los Países Bajos.
La unificación territorial que Carlos V logra en su imperio se asemeja al Imperio Franco,
siendo considerada un intento de restaurar la unidad de la Iglesia y el Imperio, aunque esta
visión carecía de fundamento real desde el final de la Edad Media. En lugar de la deseada
unión, surge un antagonismo político que dominará la historia europea durante más de
cuatrocientos años.
Francia y España devastan Italia, llevando al país al borde de la desesperación. Cuando
Carlos V inicia su campaña en Italia, ha pasado mucho tiempo desde que los italianos
experimentaron la dominación de un poder extranjero. Aunque los italianos luchaban entre
sí, se ven sorprendidos por la invasión y jamás logran recuperarse completamente del
impacto. Los franceses ocupan Nápoles, Milán y Florencia. Aunque son expulsados de
Nápoles, la Lombardía sigue siendo un campo de batalla entre ambas potencias hasta
1525, cuando Francisco I es derrotado en Pavía y llevado a España. Carlos V, ahora en
control de Italia, elimina las intrigas del Papa y, en 1527, las tropas imperiales saquean
Roma, marcando un punto crítico para la cultura renacentista.
La conquista de Italia por Carlos V, apoyada por capital alemán e italiano, marca el inicio del
dominio del capital financiero en el mundo. A medida que Carlos V organiza su dominio, se
desplaza el centro del comercio mundial del Mediterráneo hacia el Occidente debido al
peligro turco y a descubrimientos de nuevas rutas marítimas. Este cambio culmina en el
surgimiento del capitalismo moderno, donde el Estado y el capital se entrelazan,
asegurando el dominio del capitalismo a pesar de las crisis económicas que surgen, como
las quiebras estatales en Francia y España.
El absolutismo se convierte en la forma de gobierno predominante, facilitado por la
disminución de la nobleza feudal y la creciente centralización del poder. La riqueza de la
Corona depende en gran medida de los tributos de la población no noble, lo que lleva al
Estado a fomentar la prosperidad de estas clases. Sin embargo, en momentos críticos, los
intereses del gran capital prevalecen sobre los de las clases medias y bajas.
La Revolución de los campesinos en Alemania, combinada con el movimiento religioso de
masas, refleja el descontento social. Aunque el protestantismo comienza como un
movimiento popular, pronto se alía con los señores territoriales y elementos burgueses,
traicionando las esperanzas de las clases oprimidas. Lutero, al alinearse con los príncipes,
abandona a las masas y apoya la autoridad, lo que genera desilusión entre aquellos que
buscaban una transformación social.
La Contrarreforma, impulsada por el Concilio de Trento, busca restaurar la unidad de la
Iglesia, pero también impone un control más estricto sobre el arte, limitando la libertad
creativa de los artistas. La Inquisición y la censura se introducen para eliminar
representaciones que se desvíen de la ortodoxia. Artistas como Gilio critican el virtuosismo
de los pintores que se alejan del contenido religioso.
A pesar de la presión, el Manierismo se convierte en un medio para expresar una nueva
visión del mundo, reflejando la tensión entre la tradición y la modernidad. Miguel Ángel y
Tintoretto representan esta lucha, con obras que desafían las normas clásicas. El Greco,
aunque influenciado por el Manierismo, se eleva por encima de lo cortesano y busca una
espiritualidad más profunda en su [Link] relación entre el arte y la política se complica aún
más con el surgimiento de academias de arte, que, aunque inicialmente liberadoras, se
convierten en instituciones rígidas que imponen un canon artístico. El Manierismo, en su
primera fase, se presenta como una reacción contra el academicismo del Renacimiento,
mientras que, en su segunda fase, se establece como un estilo cortesano y acadé[Link]
arte del Manierismo refleja una profunda división entre lo espiritual y lo terrenal, con un
énfasis en la subjetividad y la experiencia personal del artista. A medida que el Manierismo
se convierte en un estilo internacional, se enfrenta a la nueva realidad del Barroco, que
busca un arte más popular y accesible.
En resumen, la época de la política realista se caracteriza por el conflicto entre la tradición y
la modernidad, la lucha por el poder político y la transformación del arte, donde el
Manierismo emerge como una respuesta a una crisis cultural y espiritual en Europa.
La segunda derrota de la caballería
El renacimiento del romanticismo caballeresco, que comienza a finales del siglo XV en Italia
y Flandes y alcanza su clímax en el siglo XVI en Francia y España, es un fenómeno que
refleja el auge de un Estado autoritario y la degeneración de la democracia burguesa. Este
renacer se manifiesta a través de un renovado interés por la vida heroica y las novelas de
caballerías, que se convierten en la ideología de una nueva nobleza y príncipes que buscan
el absolutismo. El emperador Maximiliano es considerado el "último caballero", pero su
legado es seguido por otros que aspiran a este título, como Ignacio de Loyola, quien
organiza su Compañía con principios caballerescos.
Sin embargo, la caballería se enfrenta a una derrota en su relevancia, ya que sus ideales
son incompatibles con la estructura racionalista de la política y la sociedad de la época. Este
desajuste se vuelve evidente tras un siglo de entusiasmo por los caballeros andantes.
Autores como Cervantes y Shakespeare se convierten en portavoces de un tiempo que
señala el fin de la caballería, mostrando que su fuerza vital ha mutado en mera ficción.
En España, el culto a la caballería alcanza su mayor intensidad, especialmente durante la
lucha contra los árabes y las guerras de conquista en Italia. Sin embargo, esta glorificación
es profundamente irónica; a pesar de las victorias militares y los tesoros obtenidos, la
nobleza se ve superada por la economía emergente de comerciantes holandeses y piratas
ingleses. La figura del caballero ideal se convierte en una caricatura, especialmente en la
biografía de Cervantes, quien refleja la transición del romanticismo caballeresco al realismo.
La obra "Don Quijote" es fundamental en este contexto. Cervantes retrata a su héroe como
un idealista que no puede reconciliar su mundo de sueños con la dura realidad. La parodia
de las novelas de caballería que realiza Cervantes revela un dualismo entre los ideales
románticos y la realidad histórica. Don Quijote, al perseguir su idealismo, representa la
lucha de un caballero cuya visión está desfasada en un mundo que ha cambiado.
Además, la literatura de la época introduce una ambigüedad en la representación de los
héroes. Estos personajes son mostrados como dignos y ridículos a la vez, lo que marca un
cambio significativo en la narrativa literaria. Este nuevo sentido del humor resalta las
contradicciones en la naturaleza humana y en la moralidad de los personajes. A través de
estas complejidades, Cervantes y Shakespeare ofrecen una crítica profunda de la sociedad
de su tiempo, cuestionando los valores establecidos y reflejando las tensiones entre la
antigua nobleza y los nuevos valores [Link] resumen, el renacimiento del
romanticismo caballeresco es un fenómeno que simboliza el conflicto entre ideales pasados
y realidades emergentes, con autores como Cervantes y Shakespeare a la vanguardia de
esta transición hacia nuevas formas de expresión literaria y social.
VII. EL BARROCO
El concepto de Barroco
El Barroco es un estilo artístico que se caracteriza por su diversidad y complejidad, a
diferencia del Manierismo, que era más limitado. Aunque el Barroco tiene una mentalidad
homogénea, se manifiesta de diferentes maneras en Europa, influenciado por las
condiciones culturales y sociales de cada región. Se distingue entre el Barroco cortesano y
católico, que es monumental y decorativo, y un estilo clasicista que se vuelve predominante
en Francia a partir de 1660. A medida que se desarrolla el Barroco, la estructura de los
estilos artísticos se vuelve más complicada, y coexisten tendencias opuestas, como el
naturalismo y el clasicismo. La denominación "Barroco" es moderna y se usó en el siglo
XVIII para describir un arte considerado desmesurado y confuso desde una perspectiva
clasicista. Críticos de la época, como Winckelmann y Goethe, rechazaban el Barroco por su
falta de [Link] interpretación del Barroco ha cambiado, especialmente con pensadores
como Wolfflin, quien lo analizó a través de pares contrastantes de conceptos. Este estilo se
caracteriza por su búsqueda de lo ilimitado y lo caprichoso, con una preferencia por formas
abiertas y atectónicas. También refleja la nueva visión del mundo derivada de
descubrimientos científicos, como la teoría copernicana, que transformó la percepción del
hombre en el universo. El Barroco, por ende, se convierte en un símbolo de la interconexión
de todas las cosas, donde cada parte refleja una fuerza común. Aunque hay rasgos
unificadores en el Barroco, la diversidad social y cultural de la época complica la afirmación
de una unidad estilística.
El Barroco de las Cortes Católicas
Hacia finales del siglo XVI, el arte italiano experimenta un cambio significativo al pasar del
Manierismo frío y complicado a un estilo más sensual y accesible: el Barroco. Este nuevo
enfoque artístico se caracteriza por su conexión con las masas populares y se aleja del
exclusivismo aristocrático del periodo anterior. El naturalismo de Caravaggio y el
emocionalismo de los Carracci representan dos direcciones clave de este cambio.
Los Carracci, aunque solo Agostino es realmente "culto", transforman el simbolismo
complicado de los manieristas en alegorías más simples y firmes. Ellos marcan el inicio del
arte eclesiástico moderno, estableciendo iconografías fijas para escenas religiosas como la
Anunciación y el Nacimiento de Cristo. Con esto, el arte sagrado se diferencia claramente
del profano, adquiriendo un carácter oficial que busca evitar interpretaciones subjetivas, en
respuesta a las amenazas del subjetivismo promovido por la Reforma.
Caravaggio, aunque inicialmente exitoso, enfrenta rechazo por su estilo innovador, que los
clientes eclesiásticos consideran carente de la "grandeza" necesaria para representaciones
religiosas. Su rechazo marca un cambio en la relación entre arte y público, señalando el fin
de la "cultura estética" renacentista y la separación entre contenido y forma.
La Iglesia, a pesar de querer influir en el amplio público, busca crear un "arte popular" que
evite la plebeyez. Las obras deben ser efectivas pero mantener un lenguaje elevado.
Aunque la piedad ocupa más espacio en la vida cotidiana, se convierte en una rutina
exterior, perdiendo su carácter trascendental.
Durante este periodo, el Vaticano aspira a ser la capital de la Cristiandad católica. El arte
barroco, caracterizado por su exuberancia y riqueza, refleja la seguridad de la Iglesia en los
territorios que ha mantenido tras las guerras de religión. La producción artística se expande,
abarcando no solo obras eclesiásticas, sino también grandiosos palacios y jardines.
El Barroco se ve como un periodo de esplendor artístico y cultural, donde Roma se
convierte en el centro del arte occidental. Sin embargo, a medida que avanza el siglo XVII,
la influencia de la Corte francesa se hace más prominente. Francia emerge como una
potencia cultural y política, desplazando a Italia como el centro artístico de Europa.
El absolutismo se consolida en Francia, con un cambio en las relaciones entre el rey y la
nobleza. La nobleza pierde poder militar y debe adaptarse a un nuevo orden que favorece a
la burguesía. A pesar de esto, los nobles siguen siendo considerados la "médula" de la
nación, manteniendo ciertos privilegios.
El arte de la época se convierte en un instrumento del absolutismo, reflejando los ideales
del Estado. La Academia de Bellas Artes, bajo el control del rey, regula la producción
artística, estableciendo un modelo de arte que prioriza la forma sobre el contenido.
La tensión entre el arte oficial y el gusto popular se intensifica, creando un conflicto moderno
entre fuerzas conservadoras y progresistas. La lucha entre los seguidores de Poussin y
Rubens ejemplifica esta división. Con el tiempo, el arte comienza a alejarse de las estrictas
reglas del academicismo, dando paso a nuevas corrientes que valoran la individualidad y la
creatividad.
En resumen, el Barroco de las Cortes Católicas representa un periodo de transformación en
el arte y la cultura, marcado por la tensión entre lo oficial y lo popular, el absolutismo y la
búsqueda de una identidad artística que refleje la complejidad de la sociedad de su tiempo.
Barroco protestante y burgués:
El dominio español en Flandes y su aceptación por la aristocracia crearon circunstancias
similares a las de la Francia contemporánea. La aristocracia en Flandes se convirtió en una
nobleza cortesana dependiente del Estado, y la burguesía comenzó a ennoblecerse,
abandonando la vida activa de los negocios. La Iglesia adquirió una posición dominante,
pero se convirtió en un instrumento del Gobierno, y la cultura de las clases altas adoptó un
carácter cortesano, alejándose de las tradiciones populares.
El arte en Flandes, influido por la religión y el catolicismo restaurado, tenía un sello oficial,
pero otorgó a los artistas más libertad que en otros lugares, resultando en un arte más
accesible y menos prejuiciado. Rubens se destacó en este contexto, encontrando en el
ambiente cortesano y eclesiástico la forma adecuada para su arte. La Iglesia católica, aliada
con el Estado, promovía un arte que unía la idea católica con la monarquía, a diferencia del
protestantismo, que era esencialmente antiautoritario.
La oposición cultural entre el norte y el sur de los Países Bajos no se debió solo a razones
religiosas, sino a factores económicos y sociales. Tras la lucha contra España, las
provincias del norte desarrollaron un Estado de ciudades, mientras que el sur, dominado por
la cultura cortesana, perdió su autonomía. La burguesía en el norte se convirtió en la clase
dominante, promoviendo una cultura distinta a la de los nobles en el sur.
El arte holandés se centró en la representación de la vida cotidiana y los temas profanos, a
diferencia del arte religioso que predominaba en otras regiones. La pintura se caracterizó
por un naturalismo que se apartó de las normas del Barroco general, enfocándose en la
representación honesta de la realidad. Esto dio lugar a una producción artística que era
menos formal y más accesible, reflejando la vida cotidiana de la burguesía.
Aunque el arte burgués era predominantemente naturalista, también existía un gusto por el
clasicismo entre la alta burguesía. La tensión entre estas corrientes se evidenció en la
producción artística, donde los temas de género y naturaleza se volvieron tan importantes
como los históricos.
La revolución en la producción artística se debió al comercio de arte, que permitió a los
artistas trabajar de manera más libre. Sin embargo, esto también llevó a una
superproducción y a la desvalorización de obras originales. Artistas como Rembrandt y Hals
enfrentaron dificultades económicas a medida que el mercado se saturaba.
La historia del arte en los Países Bajos muestra cómo las condiciones sociopolíticas
influyeron en la producción artística. Mientras que en el norte se promovía una cultura
burguesa vibrante, en el sur el arte se convirtió en un reflejo de la aristocracia y la Iglesia.
La producción artística se diversificó, pero también se enfrentó a desafíos significativos,
resultando en una crisis que afectó a muchos artistas, incluidos los más destacados.
En resumen, el Barroco protestante y burgués refleja una compleja interacción entre la
aristocracia, la burguesía y la Iglesia, donde el arte se convierte en un medio de expresión
de la vida cotidiana y las tensiones sociales de la época.
VIII. ROCOCÓ, CLASICISMO
Y ROMANTICISMO
La disolución del arte cortesano
Rococó, Clasicismo y Romanticismo
La clase media, a pesar de su riqueza y conexiones con la nobleza, se caracteriza
por un pensamiento burgués que se manifiesta en un clasicismo sobrio y una crítica
al misticismo y al romanticismo. Su enfoque racional y su confianza en la capacidad
de resolver problemas a través de la razón reflejan un espíritu burgués, aunque este
no agota la complejidad de la burguesía, ya que el subjetivismo y el
sentimentalismo, anunciados por Rousseau, también son importantes.
La burguesía francesa del siglo XVIII no es uniforme; aunque se habla de un "tercer
estado" en lucha por la libertad, esta clase está dividida en estratos con intereses
económicos opuestos. La burguesía desea una democracia política, pero se opone
a reformas que busquen la igualdad económica. La sociedad está llena de
contradicciones, con una monarquía que intenta representar tanto a la nobleza
como a la burguesía, creando tensiones que afectan la vida cultural y artística.
Durante la Regencia, hay un florecimiento intelectual que critica el pasado y plantea
nuevas preguntas. La crítica a la doctrina académica y la disolución del "gran estilo"
ceremonial marcan el inicio de un arte más humano y accesible, que se aleja de los
ideales de grandeza y poder hacia la belleza y la gracia de la vida cotidiana.
A medida que la Corte de Luis XIV enfrenta dificultades, nuevos círculos en la
aristocracia, como los del duque de Orleáns, surgen como protectores de artistas
que buscan un estilo más ligero y sensual. La pintura devota y los grandes cuadros
de historia pierden relevancia, mientras que el retrato se convierte en un género
popular accesible a la burguesía.
Watteau se destaca en este contexto, pintando escenas de la vida social que
reflejan un ideal de libertad, aunque él mismo solo puede observar la sociedad
desde fuera. Su arte captura una melancolía subyacente, expresando deseos y
anhelos de un "paraíso perdido". Las "fêtes galantes" que representa muestran un
ideal de vida que fusiona naturaleza y civilización, pero también revelan una ficticia
idealización de la vida pastoral.
La poesía pastoril, con una historia de más de dos mil años, ha sido un tema
persistente en la literatura occidental, reflejando un anhelo de simplicidad y felicidad
que surge no del pueblo, sino de las clases superiores. Desde Teócrito hasta
Virgilio, la poesía pastoral ha evolucionado, convirtiéndose en una forma alegórica
que refleja un deseo de escapar de la vida urbana y cortesana.
En la Edad Media, la poesía pastoril se vincula con las alegorías de Virgilio, y
aunque la tradición se interrumpe, la influencia de este género persiste en la
literatura renacentista, donde se mezcla con la novela caballeresca. Sin embargo, la
novela pastoril mantiene un enfoque de vida burguesa, mientras que la poesía
pastoril se asocia más con la aristocracia.
El Rococó, como arte predominante en el siglo XVIII, se caracteriza por su
sensualidad y su enfoque en el placer, alejándose del formalismo del Barroco. La
pintura de este período, representada por artistas como Boucher, se centra en la
belleza y el deleite, mientras que la novela comienza a reflejar una nueva realidad
más burguesa.
A medida que la novela evoluciona, se convierte en un medio para explorar
cuestiones psicológicas y sociales, con autores como Marivaux y Prévost que
analizan las complejidades de los sentimientos humanos. La novela pastoral,
aunque en decadencia, sigue siendo un género importante que conecta la literatura
con las experiencias de la vida cotidiana.
En resumen, el Rococó y su contexto reflejan un cambio significativo en la cultura,
donde el arte se vuelve un medio de expresión más accesible y centrado en el
individuo, marcando el inicio de una nueva era que se aleja de las tradiciones
aristocráticas hacia un enfoque más burgués y personal en la literatura y el arte
¿Qué es la literatura? Terry Eagleton
El texto explora la dificultad de definir la literatura, comenzando con la pregunta
fundamental: ¿qué es literatura? Se critica la idea simplista de que la literatura se limita a la
obra de imaginación o ficción. A lo largo de la historia, se han incluido bajo este término una
variedad de géneros y formas, desde ensayos y sermones hasta obras filosóficas y
autobiografías, lo que sugiere que la literatura no puede ser estrictamente categorizada.
También distinción entre "hecho" y "ficción" es problemática. Generalmente, los textos que
hoy leemos como literarios fueron considerados hechos en su contexto original. Además, no
todos los escritos que son ficticios se consideran literatura. Por ejemplo, las novelas de
entretenimiento (como las de Marvel) suelen quedar fuera de esta categoría.
Un enfoque alternativo sugiere que la literatura se define por su uso distintivo del lenguaje.
Según Roman Jakobson, la literatura transforma y intensifica el lenguaje cotidiano,
alejándose de la forma en que se habla en la vida diaria. Esta idea fue desarrollada por los
formalistas rusos, quienes argumentaron que la literatura debe ser analizada en términos de su
forma y funcionamiento, separándola de la psicología o la sociología. Para ellos, la obra
literaria es un hecho material, compuesto de palabras, y no debe considerarse meramente
como una expresión de las ideas del autor.
Los formalistas sostienen que lo literario se caracteriza por desviaciones de las normas del
lenguaje cotidiano. Estas desviaciones crean un efecto de "extrañeza", permitiendo que el
lector vea el mundo de manera renovada. Al obligar al lector a prestar atención al lenguaje, la
literatura reaviva percepciones que, en la vida diaria, se han vuelto automáticas y rutinarias.
Entonces los formalistas consideraban que la “rarefacción” era la esencia de lo literario, de
alguna manera asi relativizaban este empleo del lenguaje, lo veian como contraste en dos
formas de expresarse una clase “especial” que contrasta con el lenguaje “ordinario.
Pero hay un pequeño problema en esta teoría, según Terry Eagleton, si nosotros escuchamos
decir en un bar: “ Esto no es escribir, esto es hacer garabatos” muy probablemente
pensaríamos que no tiene un carácter literario, ya que a fin de cuentas no llama la atención
por su calidad verbal, sin embargo, se reconoce su carácter literario cuando se sabe que
proviene de una novela de Knut Hamsun, forma parte de un texto novelístico.
El contexto me hace ver el caracter literario, pero el lenguaje en si mismo carece de calidad o
propiedades que permitan contrastarlo con un lenguaje cotidiano. Entonces, el considerar la
literatura como lo hacen lor formalistas equivale realmente a pensar que toda literatura es
poesía.
Otro problema de esta rarificación radica en que cualquier texto puede adquirir un carácter de
“raro” con el suficiente ingenio, un ejemplo utilizado, es un aviso del metro londinense que,
aunque parece claro, encierra ambigüedades. Esto invita a reflexionar sobre cómo lo
cotidiano puede convertirse en algo literario.
Además, se señala que la literatura se caracteriza por su naturaleza "no pragmática". A
diferencia de textos con fines específicos, como manuales, la literatura se ocupa de
experiencias generales y universales, esto sugiere que la literatura habla de la condición
humana de una manera más abstracta. Pero, la literatura puede considerarse un lenguaje
autorreferente, donde el significado trasciende lo literal, invitando a una interpretación más
profunda sobre la vida y las emociones. Así, lo que se lee puede afectar cómo se percibe el
mundo y las propias experiencias.
Pero esta forma de definir a la literatura también encierra problemas ya que aunque algunos
textos que parecen diseñados para ser literarios, muchos no lo son en su concepción original.
Por ejemplo, ensayos como los de George Orwell pueden leerse de manera diferente según el
enfoque del lector. Esto sugiere que la literatura no se puede definir de manera objetiva; más
bien, depende de cómo cada persona decide interpretarla. También nuestras experiencias y
contextos afectan nuestra percepción de las obras literarias. Por ejemplo, un texto puede ser
leído como literatura o simplemente como un hecho, dependiendo de la intención del lector.
Esto implica que la literatura es más sobre la relación entre el lector y el texto que sobre
características inherentes del texto mismo.
Finalmente, se concluye que la literatura es una construcción social, que puede cambiar con
el tiempo y que refleja las preocupaciones y valores de las sociedades. La interpretación de
las obras literarias siempre está influenciada por el contexto en el que se leen, lo que hace que
su significado sea dinámico y variable.
La historiografía literaria: Una aproximación
sistémica.
Consideraciones previas
El texto aborda la idea de que la historiografía literaria es una disciplina que estudia
la literatura desde diferentes perspectivas. Se distinguen tres áreas principales:
historiografía, que analiza la evolución de la literatura a lo largo del tiempo; crítica
literaria, que se enfoca en obras específicas en un momento determinado; y teoría
literaria, que establece conceptos y categorías para guiar estos estudios.
El autor destaca que estas disciplinas están interconectadas y no deben verse como
independientes. La literatura es un fenómeno social que cambia según las
circunstancias históricas y culturales, por lo que su estudio debe considerar no solo los
textos, sino también a los autores, lectores y el contexto en el que se desarrollan.
Así, la historiografía literaria no solo se ocupa de los textos, sino de cómo se
producen, transmiten y reciben, reconociendo la literatura como algo dinámico y en
constante evolución.
● Historiografía literaria: Se encarga del estudio de la evolución de la literatura
a lo largo del tiempo. Analiza cómo los textos y fenómenos literarios han
cambiado y se han desarrollado históricamente, organizando la información de
manera cronológica y considerando las circunstancias sociales y culturales de
cada época. (estudio diacronico)
● Crítica literaria: Se centra en el análisis y la evaluación de obras específicas
en un momento determinado. Examina aspectos como el estilo, el contenido y
la estructura de los textos, así como su impacto en los lectores y su contexto.
La crítica puede ser sincrónica, es decir, enfocarse en un período específico, o
puede comparar obras a través del tiempo.
● Teoría literaria: Se ocupa de establecer categorías, conceptos y criterios que
guían el estudio de la literatura. Desarrolla marcos teóricos que ayudan a
interpretar y analizar los textos literarios, abordando cuestiones sobre qué es la
literatura y cómo debe ser estudiada. Esta rama ayuda a fundamentar tanto la
crítica como la historiografía.
Problemas de la historiografía
Resumen historia política
Fechas importantes:
1810: Revolución de mayo
1816: Independencia
1853: Primera constitución
Generación del 37
La Generación del 37, integrada por figuras clave como Echeverría, Alberdi,
Sarmiento y Mármol, representó el primer movimiento intelectual argentino con
un proyecto de transformación cultural totalizador, enfocado en la construcción
de una identidad nacional. Este grupo, cohesionado a través de instituciones
como el Salón Literario y la Asociación de Mayo, se concibió como un
"partido" literario capaz de influir en la política. Su producción abarcó diversos
géneros, pero todos convergían en la problemática de la "nación", intensificada
en Argentina por su reciente creación como Estado. El "estudio de lo nacional",
proclamado por Alberdi, se convirtió en el leitmotiv de la generación. Al
considerarse herederos de la Revolución de Mayo, se atribuyeron la misión de
desarrollar una segunda fase revolucionaria, centrada en la renovación de las
ideas y la definición de una identidad nacional basada en los valores
revolucionarios.
La Generación del 37 marcó el inicio del Romanticismo en América Latina.
Durante décadas, sus miembros se consideraron los intelectuales más modernos
y radicales del continente. El exilio forzado por el gobierno de Rosas se
transformó en una oportunidad para difundir las nuevas doctrinas románticas y
socialistas, así como las filosofías de la historia y del derecho, y las posturas
liberales y conservadoras. A pesar de la diversidad ideológica de sus
integrantes, compartían un valor supremo por la novedad y la actualización
constante respecto a las tendencias europeas y norteamericanas.
Orígenes de la nueva generación
La Generación del 37 surgió en un contexto cultural rioplatense relativamente
"vacío" tras la Revolución de Mayo, a diferencia de otras regiones con fuertes
tradiciones coloniales, esta ausencia de una tradición intelectual arraigada les
permitió ocupar rápidamente posiciones de visibilidad. Su formación se dio en
el marco de un Estado "institucionalizador" bajo las reformas rivadavianas, que
promovieron una educación laica y nacional. Instituciones como el Colegio de
Ciencias Morales y la Universidad de Buenos Aires reunieron a jóvenes de
diversas provincias, creando una élite intelectual con conciencia nacional, esta
formación secularizada marcó una ruptura con la tradición católica, influyendo
en sus ideas y en su concepción del rol del intelectual en la sociedad. Se
distanciaron del "letrado" colonial o del "clerc" medieval, buscando autonomía
frente al Estado y la Iglesia. Sin embargo, esta generación también se benefició
de un Estado "desinstitucionalizador" durante el régimen rosista, ya que la
debilidad de las instituciones académicas les permitió ascender rápidamente en
el ámbito cultural. Aunque la vieja guardia intelectual intentó oponerse, la
nueva corriente romántica se impuso con relativa facilidad, gracias a la prensa
como medio de debate. A pesar de la represión política que sufrieron, los
románticos lograron consolidar su igualdad de méritos intelectuales frente a la
generación anterior, convirtiéndose en referentes alternativos en la opinión
pública porteña de los años 1830. Su éxito se debió a la combinación de una
formación moderna, un contexto cultural favorable y la utilización estratégica
de la prensa como herramienta de difusión y debate.
El periplo de una corriente intelectual: el movimiento
romántico de la «Nueva Generación» de 1830 hasta su
apogeo después de 1852
1. Formación y Programa (1830-1838/39): Los jóvenes románticos se
organizan, publican sus primeros trabajos y definen un programa
intelectual centrado en problemáticas nacionales.
2. Romanticismo Revolucionario (1838/39-1842/44): El exilio radicaliza a
la generación, enfocándose en la lucha contra Rosas y adoptando un
discurso violento.
3. Exilio y Consolidación Intelectual (1842/44-1852/54): En Chile, moderan
su discurso y producen obras fundamentales como Facundo y Las Bases,
consolidando su proyecto intelectual.
4. Disolución Política y Hegemonía Cultural (1852/54-Muerte): Tras la
caída de Rosas, la generación se divide en facciones políticas, pero su
ideario romántico domina la cultura argentina.
5. Madurez, Consenso y Declive (1852/54-Declive): En una primera
instancia, los miembros alcanzan madurez intelectual y logran un amplio
consenso. Sin embargo, la aparición de la Generación del 80 marca el
inicio de un lento declive, con la pérdida de protagonismo y la
obsolescencia de su ideología romántica.
Las últimas dos etapas, también se pueden considerar juntas
En esencia, la Generación del 37 experimentó una evolución desde la
formulación de un proyecto intelectual y político, pasando por la radicalización
y el exilio, hasta la consolidación de su legado cultural y su eventual
desplazamiento por nuevas corrientes de pensamiento.
La organización del movimiento
El Romanticismo irrumpió en Argentina en 1830 de la mano de Esteban
Echeverría, quien, tras su estancia en Francia, se convirtió en la figura
emblemática del poeta romántico argentino. Su llegada catalizó una corriente
que ya se venía gestando gracias a la difusión de nuevas tendencias literarias y
filosóficas en periódicos como los de Pedro de Angelis. Echeverría, más que un
iniciador ex nihilo, permitió que el Romanticismo latente tomara estado público.
Su obra fue bien recibida, y Echeverría se convirtió en la figura central de la
renovación romántica. La "Generación del 37" emergió entre 1837 y 1838,
encontrando su primera cohesión en el "Salón Literario" de Marcos Sastre, que
buscaba fomentar la sociabilidad literaria y la creación de saberes originales a
partir del debate de ideas europeas. A diferencia de iniciativas estatales
anteriores, el Salón surgió de la propia sociedad, marcando una distancia con el
régimen de Rosas.
En el Salón, figuras como Echeverría, Alberdi y Gutiérrez lideraron un
movimiento romántico y juvenilista. La transformación del Salón en la
"Asociación de la Joven Argentina", inspirada en modelos europeos como la
"Giovine Italia", buscaba unificar a la "juventud argentina" en un proyecto de
regeneración nacional. Con rituales y un carácter secreto, la Asociación, a través
de figuras como Echeverría y Alberdi, y del periódico El Iniciador, expandió su
influencia hacia el interior del país y hacia Uruguay y Chile.
La primera etapa del Romanticismo argentino terminó con un proyecto de
institucionalización que buscaba expandirse territorialmente y unir a "Federales"
y "Unitarios" en una misma recusación. Sin embargo, el exilio obligó a suavizar
la crítica hacia los Unitarios, presentándolos como aliados contra Rosas, una
actitud que algunos consideraron "oportunismo".
El romanticismo convertido en facción
Entre 1839 y 1843/44, la acción política absorbió a los románticos
emigrados, diluyendo su identidad colectiva en la de los unitarios en
Montevideo. Alberdi desplazó a Echeverría como líder político,
definiendo una política antirrosista implacable, a veces violenta, como
se evidencia en el acercamiento de Gutiérrez a Rivera Indarte. La
presión de la política facciosa llevó a la acción urgente, priorizando la
política sobre el pensamiento.
Los años de hegemonía alberdiana se caracterizaron por la aventura
política, con decisiones como el apoyo a la intervención francesa y la
alianza entre románticos, unitarios y federales "disidentes" bajo el
liderazgo militar de Lavalle. Alberdi, apoyado por Andrés Lamas, buscó
el liderazgo político de la lucha antirrosista, convirtiéndose en "consejero
del Príncipe" Lavalle.
Sin embargo, las derrotas del movimiento antirrosista, la "Convención
Mackau-Arana" y las maniobras de Rivera llevaron al desaliento y al
retiro de la política activa de muchos románticos. El alejamiento de
Alberdi y Gutiérrez, quienes abandonaron Montevideo para un viaje a
Europa, evidenció su desprecio por la política activa del Río de la Plata.
La flotante provincia Argentina en Montevideo
La Generación del 37, ese grupo de jóvenes idealistas que marcaron el
pulso cultural argentino, vivió una odisea romántica marcada por el exilio
y la búsqueda de una identidad nacional. Todo comenzó con la figura
carismática de Esteban Echeverría, quien, impregnado del espíritu
romántico europeo, encendió la chispa en una Buenos Aires ávida de
renovación. El "Salón Literario" fue su crisol, un espacio donde las ideas
bullían y se forjaba un proyecto colectivo.
Pero la política, implacable, los arrastró al exilio. En Montevideo, la
lucha contra Rosas los consumió, diluyendo su esencia en la vorágine
de las facciones. Algunos, como el talentoso Alberdi, buscaron liderar la
resistencia, pero las derrotas y las traiciones dejaron una profunda
cicatriz. Otros, como Echeverría, se hundieron en la melancolía, viendo
cómo su sueño se desvanecía.
Chile se convirtió en su refugio, un oasis de relativa estabilidad. Allí,
lejos del fragor de la batalla, encontraron un espacio para la reflexión y
la creación. Sarmiento, con su energía desbordante, se convirtió en un
puente entre la comunidad argentina y la sociedad chilena. Sin
embargo, la integración no fue fácil. Los argentinos, con su fervor y sus
ideas "modernas", chocaron con una sociedad más conservadora y
apegada a las tradiciones.
En ese crisol de culturas, paradójicamente, se forjó una identidad
argentina más definida. La distancia y la comparación con "el otro"
chileno les permitieron tomar conciencia de lo propio, de aquello que los
distinguía y los unía como nación. A pesar de las diferencias y los
desencuentros, la experiencia chilena dejó una huella imborrable en su
pensamiento.
De vuelta en Argentina, tras la caída de Rosas, la Generación del 37 se
dispersó. Algunos abrazaron la política, otros se dedicaron a la
enseñanza y la escritura. Pero su legado perduró. Su visión de una
nación moderna, basada en la educación, el progreso y la libertad,
inspiró a las generaciones futuras. Aunque el Romanticismo, como
movimiento artístico, quedó atrás, su espíritu de rebeldía, su pasión por
la identidad nacional y su compromiso con la transformación social
siguen resonando en el alma argentina.
La construcción de un nuevo universo intelectual: las ideas
de la «Nueva Generación» entre Echeverría y Sarmiento
Parafraseando a Carlos Real de Azúa, el romanticismo argentino bebió
del caudal europeo, pero no agotó todas sus ideas. Su experiencia fue
menos profunda y completa, influenciada por la revolución, la herencia
española y el filtro francés. A diferencia de los romanticismos europeos,
nacidos en el Antiguo Régimen, el argentino surgió en una sociedad
republicana revolucionaria.
Este romanticismo sufrió una triple transformación: la cultura española,
la influencia francesa y la república revolucionaria actuaron como filtros.
Por ello, la filosofía alemana y el folklore germano no tuvieron una
presencia real en el pensamiento de la "Nueva Generación Argentina".
Tampoco resonaron las voces más violentas o las celebraciones de lo
humilde, sometidas al decoro y la politesse latinas.
El canon romántico argentino fue eminentemente francés, con figuras
como Byron y Hugo a la cabeza. Sin embargo, más que un movimiento
literario, fue un movimiento de pensamiento social, con historiadores,
filósofos y reformadores políticos como referentes. Victor Cousin y
Pierre Leroux, hoy olvidados, ocuparon un lugar central, junto con
Lamennais, Guizot y Tocqueville. La ficción se leía como obra de
pensamiento, donde la imaginación cedía ante el aporte constructivo.
Inicialmente, el romanticismo argentino se definió por sus rechazos:
neoclasicismo, influencia literaria española y filosofía "materialista". La
nueva escritura debía ser original, rechazando la imitación y la función
social del neoclasicismo. Se despreciaba la literatura latina y se exigía
una literatura que expresara la nueva nacionalidad, rompiendo con el
legado español.
La filosofía "materialista" de la época rivadaviana también fue
rechazada, no por su oposición a lo teocéntrico, sino por su visión
calculadora y cínica del mundo. Los románticos no recusaban la
revolución, sino el egoísmo de los "utilitarios", proponiendo el Ideal y la
generosidad revolucionaria.
Este conjunto de definiciones "por oposición" dio inicio a una
elaboración doctrinaria más sistemática a fines de los años 30,
especialmente en los escritos de Alberdi y Echeverría. El programa
romántico de Alberdi resumía los temas centrales de la Nueva
Generación:
● El movimiento se concebía como portador de un pensamiento
revolucionario, vinculado a la Revolución de Independencia y
extendido a toda la experiencia colectiva argentina. La revolución
de las ideas estaba por comenzar, y la Nueva Generación debía
formular un pensamiento revolucionario que acompañara la nueva
sociedad.
● La revolución no se circunscribía al Río de la Plata, sino que era
una manifestación local de la Revolución universal, iniciada con la
Reforma Protestante y continuada por la Revolución Francesa. La
revolución argentina debía liberar su sentido en función de la
relación entre lo local y lo universal.
● La "nacionalidad" se articulaba en clave revolucionaria. La nación
era objeto de estudio no por su valor intrínseco, sino como parte
de la tarea de continuar y profundizar la Revolución. La identidad
nacional era una creación nueva, reñida con el legado de España
y la vida colonial.
● La nación era una entidad móvil, cambiante, cuyo sentido
permanecía suspendido en la teleología de la revolución. Se debía
"interrogar a la filosofía la senda de la nación argentina",
articulando su sentido sobre la base de la experiencia del Nuevo
Mundo y su relación con valores universales, como la
"democracia".
Echeverría, Cañé y Alberdi precisaron el significado de este ideal
democrático, que distaba del liberalismo clásico. Entre 1830 y 1840, la
Nueva Generación vivió sus años "socialistas", influenciados por
Saint-Simon, Lamennais y Leroux. En consonancia con estas
concepciones, privilegiaron la existencia colectiva sobre la individual,
presuponiendo la mutua necesidad de "igualdad" y "libertad".
Su "socialismo" aceptaba las libertades individuales, pero no era
"liberal" porque el individualismo estaba ausente de su reflexión.
Siguiendo a Leroux y Lamennais, la igualdad debía realizarse mediante
la derrota del "individualismo", cuyo aspecto "moral" era el "egoísmo".
La solidaridad colectiva era primordial, y los intereses del grupo
superaban a los del individuo.
Este ideario "socialista" se caracterizó por:
1. Una interpretación crítica centrada en la sociedad.
2. La defensa de la igualdad como valor social supremo.
3. La esperanza en una revolución que impulsara una "regeneración"
moral e intelectual de la sociedad argentina.
Sin embargo, la "igualdad" de la que hablaban era imprecisa, oscilando
entre la igualdad ante la ley, la igualdad de derechos políticos y la
igualdad social. La anécdota de Villafañe en San Juan ilustra la
dificultad de conciliar la teoría igualitaria con la práctica.
La revolución podía ser concebida de forma semejante desde una
perspectiva republicana o "liberal-radical". La impronta del
republicanismo se superpuso al "socialismo" de la Nueva Generación,
otorgando un lugar de privilegio al ideal revolucionario.
Tras las revoluciones europeas de 1848, se produjo un franco repudio
de esta postura. Alberdi, que no compartía el ideario "socialista", afirmó
que nunca había existido, sino que era fruto de un equívoco. Sin
embargo, esta interpretación ha desdibujado los contornos originales del
pensamiento de la Nueva Generación.
El romanticismo, definido por su postura estética, reveló con mayor
claridad el sentido de la opción "socialista". En los artículos de El
Iniciador y El Nacional, se contrapuso el arte "socialista" al arte
"romántico". Siguiendo a Leroux, el arte ya no era pura expresión
estética, sino eminentemente expresión social, colaborando en la
regeneración de la humanidad.
El arte era "social" en un doble sentido: expresaba a la sociedad y debía
colaborar en su transformación. La creación artística se reinterpretaba
en términos de militancia. En el contexto argentino, la misión del arte era
servir a la Revolución, expresando la "nación" y el "pueblo".
Esta concepción fusionaba el imperativo estético y el revolucionario. La
literatura debía expresar "la individualidad nacional" para alcanzar su
plenitud artística y avanzar la causa de la revolución. La tarea literaria
se subordinaba a este segundo imperativo. El artista debía atizar el
fuego de la igualdad y atacar las preocupaciones que se oponían al
progreso democrático.
En la práctica, se privilegiaron géneros de difusión pública como el
teatro y la poesía cívica. Obras como Cuatro épocas, de Mitre,
tematizaban el conflicto entre el amor pasional y el deber patriótico, con
una fuerte intencionalidad propagandística. Los múltiples ensayos en el
arte dramático fueron acompañados de una teoría que enfatizaba el
carácter social del arte y la necesidad de que toda obra se convirtiera en
un instrumento de comunicación pública.
La poesía tendió a privilegiar las formas dramáticas antes que las líricas,
abandonando la temática sentimental por otra esencialmente cívica.
Poemas como "El Avellaneda" y "La insurrección del Sud" construían un
imaginario antirrosista, donde los valores revolucionarios primaban
sobre los personajes y la trama.
El concepto central que permitió integrar la voluntad de transformación
"socialista" con la actividad literaria fue el historicismo. Presente en
diversas corrientes intelectuales, el historicismo ofreció un instrumento
conceptual para dar cuenta del significado presente y el devenir de la
sociedad argentina. Este instrumento recibió el nombre de "filosofía de
la historia", articulada sobre la base de un "utilaje" conceptual difundido
por los sansimonianos, los "socialistas" y "humanitaristas", y aun por
ciertos escritores de la reacción.
Los aspectos centrales de la "filosofía de la historia" fueron:
1. La creencia en leyes generales que gobernaban el desarrollo
histórico.
2. La aceptación de una teoría del progreso rudimentaria.
3. La utilización de un esquema tripartito de "etapas" históricas.
4. El deslizamiento de esta visión "triádica" hacia una concepción
holista.
5. La identificación de este holismo con alguna noción de "espíritu de
la época".
6. La condensación de los procesos históricos generales en un
sujeto histórico particular, la "nación".
Aplicado al estudio de la realidad argentina, el desarrollo más
sistemático del dispositivo historicista apareció en los escritos
"socialistas" de la Nueva Generación. En Chile, los emigrados
argentinos defendieron la "filosofía de la historia" contra la historia
fáctica o narrativa, argumentando que la posibilidad de desentrañar el
sentido del pasado nacional quedaba descartada sin la acción
interpretativa.
En este contexto, el Facundo de Sarmiento se erigió como la gran obra
que demostró los beneficios de la "filosofía de la historia". Síntesis
brillante de las corrientes de reflexión románticas, combinatoria ecléctica
de elementos conceptuales y unidad estilística, la obra de Sarmiento
constituyó una réplica argentina al ensayo de Lastarria.
Sarmiento explicó la historia argentina en términos de una constante
interacción de los hombres con el medio geográfico y con el proceso de
cambio desencadenado por la Revolución de Mayo. Sin embargo, su
interpretación, influenciada por Tocqueville, representó un giro
fundamental en la perspectiva intelectual del movimiento romántico: el
pasaje de un proyecto "socialista" a otro liberal o republicano cívico.
Al reinterpretar las nociones de la "filosofía de la historia" en términos de
una dialéctica entre igualdad y libertad, Tocqueville daba por tierra con
el presupuesto central del "socialismo" de Leroux. La presencia
enigmática de la dictadura de Rosas parecía ahora hallar una
explicación demasiado verosímil. Sarmiento, al aplicar el modelo
tocquevilleano al estudio de la historia argentina, terminó de enterrar el
momento "socialista" de la Nueva Generación.
A partir de entonces, los caminos intelectuales de cada miembro de la
Nueva Generación se separaron. Alberdi enfatizó la conclusión "liberal"
de la dialéctica histórica, mientras que López prosiguió por una senda
también liberal, pero más sistemáticamente "conservadora". Sarmiento y
Mitre realizaron un periplo intelectual y político en el que la voluntad
republicana sirvió para morigerar las consecuencias de un ideario liberal
en estado puro.
Gutiérrez, por su parte, se centró en las actividades literarias y la
historia de la literatura, desarrollando la ideología de la "libertad de los
intelectuales". En su obra, la libertad se refería a la actividad intelectual
y a la creación artística, transformándose en "autonomía del arte". Este
liberalismo literario, apoyado en las exigencias individuales del artista,
propendió a restaurar al individuo como centro de la reflexión social.
Estas nociones ejercieron una influencia importante en la recomposición
del campo literario argentino tras la caída de Rosas. La presión
permanente de la política facciosa contrarrestaría esta nueva dinámica,
pero el cambio en las formas de concebir y hacer literatura es evidente.
Escritores como Mansilla y Quesada manifestaron una mayor voluntad
estetizante, deudores de Gutiérrez.
Sin embargo, esta vía alternativa revelaría pronto sus tensiones internas
y sería abandonada. Con ello, el derrotero de la Nueva Generación
también llegaría a su fin.
La organización nacional y la construcción del estado
La derrota de la Confederación en 1861, a manos del ejército de Buenos
Aires, marcó un momento crucial en la historia de Argentina, ya que
abrió el camino para la organización nacional. Este episodio permitió a
los sectores porteños "nacionalizar" la revolución liberal y comenzar a
estructurar el Estado. Sin embargo, la consolidación del Estado nación
tomó casi dos décadas más. Este proceso se inició en medio de guerras
civiles y fracasos políticos. Durante el interregno, el país enfrentó una
falta de gobierno y autoridad, dividido entre los unitarios y los federales.
La debilidad de la nacionalidad en Argentina se debió a la diversidad de
intereses económicos regionales, lo que dificultó la formación de
alianzas políticas estables. Además, la fragilidad de las instituciones y
los recursos existentes complicó la extensión del poder del Estado sobre
el territorio. Esta falta de unidad impidió unificarlas bajo un mismo
proyecto, debilitando así la capacidad del Estado para consolidarse y
ejercer su autoridad de manera efectiva.
La Confederación Argentina, compuesta por provincias como Santa Fe,
Entre Ríos, Corrientes, Tucumán, Salta, Jujuy, Santiago del Estero,
Catamarca, Córdoba, La Rioja, San Juan, San Luis y Mendoza,
representó el esfuerzo más orgánico por establecer un Estado nacional
tras la independencia. Sin embargo, fracasó cuando las divisiones
sociales ya no podían resumirse en la oposición entre "unitarios" y
"federales". Este fracaso revela que, además de las guerras civiles, es
esencial considerar otros factores, como los diferentes significados de la
cuestión nacional en las diversas regiones, los cambios en la actividad
económica, y la debilidad de los recursos administrativos y fiscales.
Estos elementos fueron cruciales para entender la dificultad de construir
un Estado nacional sólido y las alianzas que, finalmente, sentaron las
bases de la política e instituciones argentinas.
Emancipación y Organización nacional
La Revolución de Mayo y las luchas de emancipación de 1810 marcaron el
inicio de la nación argentina. Sin embargo, la ruptura con la corona española no
significó automáticamente la creación de un Estado nacional. Roto el vínculo
colonial, pronto se hizo evidente que la dominación española no había creado
aberturas para el desarrollo de una clase dirigente criolla capaz de suplantar con
su liderazgo y legitimidad el control político o territorial ejercido por la corona.
La secesión de las provincias del Paraguay, el Alto Perú y la Banda Oriental
acentuó un tanto los débiles sentimientos nacionales y creó conciencia en los
líderes revolucionarios sobre la necesidad de defender la integridad del territorio
heredado de la colonia. Si las luchas de independencia creaban una forma de
identidad colectiva y de sentimiento común, estos se diluían en la materialidad
de una existencia reducida a un ámbito localista, con tradiciones, intereses y
liderazgos propios.
El origen local del movimiento independentista, y su asociación con
los intereses de [Link], era un obstáculo para lograr una adhesión
subordinada de los pueblos del interior al nuevo esquema de dominación
que aquella proponía. Bs. As se convirtió en capital de la nueva
organización política (luego del movimiento revolucionario), y en
“nación”. Separados por la distancia, la geografía o las franjas
territoriales bajo dominio indígena, los centros de poder se integraron en
torno a la figura de caudillos locales. Los intentos de organización
republicana fueron sustituidos por la autocracia y el personalismo. El
acceso al poder pasó a depender del control de las milicias, y los
“partidos” surgieron como pantalla para legitimar la renovación de
autoridades.
La provincia (unidad política formal traspasada por la colonia), paso a
constituirse en símbolo de resistencia frente a los esfuerzos de [Link] por
concentrar y heredar el poder político al gobierno imperial. La Nación
Argentina, dio forma y personalidad a las provincias, siendo anterior a
estas. Las provincias pactaron entre sí, y organizaron la nación, no la
formaron.
Ahora bien, el localismo, respondía a la modalidad que había adquirido
las relaciones de producción y los circuitos económicos en el territorio
de las Provincias Unidas. Los sentimientos localistas se teñían por el
carácter de los intereses materiales de las fuerzas sociales en la diversas
regiones del territorio.
La expansión económica de la región pampeano-litoraleña durante la
primera mitad del siglo XIX estuvo ligada a su inserción en el mercado
internacional como exportadora de bienes pecuarios e importadora de
productos industrializados.
Los intereses del sector mercantil-portuario y de los terratenientes
exportadores se homogeneizaron en torno al fortalecimiento del circuito
económico y a la consolidación del sistema de instituciones de la provincia,
que garantizaba la estabilidad política interna. (La homogenización era
relativa, dado que variaba según las alternativas que presentaba la relación
politico y economica de Buenos Aires y las provincias) La concentración
del intercambio externo en el puerto de [Link] y el progresivo incremento de
la exportación de bienes pecuarios, permitieron que la provincia de [Link] se
diferenciara como unidad político – económica respecto al resto del
territorio.
Los intereses del sector mercantil – portuario y de los terratenientes
exportadores se homogeneizaron en torno al fortalecimiento del circuito
económico y a la consolidación del sistema de instituciones de la provincia,
que garantizaba la estabilidad política interna.
El desarrollo de la producción pecuaria se basó en:
● Uso extensivo de la tierra y en la racionalización de la
explotación en las estancias.
● Consistió en el disciplinamiento de la fuerza de trabajo y el
aprovechamiento integral del ganado
● Estancia = unidad productiva y unidad político-social, núcleo
organizado de la vida en la campaña. Abarcaba desde la
organización militar para defenderse de los indios y actuar
como policía rural, hasta la producción de la mayor parte de
insumos de consumo interno. Definida por la producción para
el mercado y la difusión de relaciones salariales.
Para los terratenientes, el fortalecimiento del circuito se centraba en
garantizar las condiciones de producción de bienes pecuarios a través del
control de la frontera con los indios y desarrollar las vías de
comunicación entre el puerto y las unidades productivas. La
organización nacional, significaba para ellos, perder el control local de
las rentas aduaneras y destinar recursos e instituciones provinciales a la
unificación político – económica de un vasto territorio.
El interés del sector mercantil-portuario en el fortalecimiento del circuito
económico Buenos Aires-mercado externo se combinaba con el propósito de
expandir el mercado para las importaciones hacia el interior del territorio.
La apertura de todo el territorio como mercado para las importaciones y el
incremento de las exportaciones requerían:
● Uniformar el sistema monetario.
● Abolir las barreras aduaneras internas.
● Crear vías de comunicación y garantizar el tráfico interprovincial, a
partir del desarrollo de un sistema de instituciones nacionales basado
en los recursos de la provincia de Buenos Aires
REGION MEDITERRANEA (Provincias del centro, norte y oeste)
Zona central y norteña: Proveedora de carretas, tejidos y animales de carga
Zona cuyana: Lo mismo que la anterior, pero incorpora vinculaciones con la
economía chilena y mayor desarrollo de agricultura
Catamarca y La rioja: marginales a los circuitos económicos, formaban la zona
económicamente más atrasada de la región
La posibilidad de expansión de sus sistemas Económicos dependían de una
instancia institucional que:
· Dejara de lado a Bs As en el control de la aduana.
· Limitará exportaciones, y destinará porción de rentas aduaneras
a gob. Provinciales
· Creará condiciones político – económicas para vinculación entre
interior y región pampeano - litoreña
REGION DEL LITORAL
· Desarrollo ganadero anterior al de Bs As
· Participó de los impulsos de exportación de productos pecuarios
y del comercio de importación
· Relegada por la supremacía del puerto de Bs As, y el acceso de su
producción al mismo
Teniendo la posibilidad de establecer comercio directo con el mercado
internacional, la organización de la nación, significaba para el
litoral,terminar con el exclusivismo portuario de Buenos Aires, mediante la
navegación de los ríos interiores.
Nacionalizada la aduana de Bs As, abiertos los ríos interiores a la
libre navegación y organizado el tráfico de comercio en todo el
territorio, con participación importante de las provincias del litoral, era
posible naturalizar la actividad política de Bs As y reducir su control en
la centralización del intercambio externo en el puerto.
La guerra civil que sobrevino algunos años después de Caseros debe
entenderse como la manifestación político- militar de un enfrentamiento
entre proyectos alternativos de unidad nacional, conformes a intereses
económicos opuestos. Por eso también el triunfo sobre Rosas debe
entenderse como la creación de nuevas condiciones para la articulación
de los intereses de los sectores dominantes del interior al circuito
económico que tenia por eje el puerto de Bs As.
La cuestión del progreso
La gradual apertura externa de la economía originaba nuevas
necesidades, nuevas relaciones, nuevos intereses, marcos de referencia,
entre los sectores ligados al mercado mundial. Una inserción en este
mercado implicaba dinamizar los circuitos de producción y
comercialización.
La continuada expansión de la economía exportadora durante la primera
mitad del siglo comenzó a acelerar su ritmo partir de la caída de Rosas,
debido a la confluencia de favorables condiciones domésticas y externas. La
eliminación de las restricciones al comercio y la exportación de oro, por
una parte, y los efectos de la llamada segunda revolución industrial, por
otra, produjeron un fuerte incremento de la producción y el
intercambio. Con la apertura de nuevas oportunidades generadas por la
revolución tecnológica, el constante aumento de la demanda y los cambios
en las condiciones de las políticas internas, se inició un doble proceso
impulsado por la experiencia de otros países, que sirvió como guía y meta.
Así, la Generación del 37´, apoyaba un proyecto basado en la idea del
“progreso”, que en su visión representaba la condición de existencia misma
de la sociedad. Tierra, trabajo y capital(clásicos factores de producción),
pondrían en marcha el progreso, siendo el Estado el único en condiciones de
construir pilares del nuevo orden social anticipado.
Hasta entonces, el país no contaba con ferrocarriles, la inversión extranjera,
reducida al comercio y las finanzas, permaneció estacionaria durante mucho
tiempo, muchas extensiones de tierra permanecían en manos de indígenas, y
la frontera se había estrechado peligrosamente, sumado a la inmigración
escasa. Sin embargo, la libre navegación de los ríos y la eliminación de
las aduanas interiores generaron nuevas posibilidades de intercambio
comercial y formación de mercados. Ello contribuyó a producir una
paulatina transformación de la estructura social del país:
● Los intereses del sector mercantil – importador comenzaron a
estrecharse con los del sector agro – exportador y financiero.
● Las posibilidades de importación, dependían de la capacidad de
exportar, es decir, del aumento de la producción agropecuaria y su
colocación en el mercado mundial.
Haber terminado con Rosas no significó acabar con la política
“federalista” de Bs As, que desde la independencia fue la manera más de
mantener la posición privilegiada de la provincia, evitando la adopción
de un a nueva política de alcances nacionales, que hubiese permitido una
gradual integración de la economía nacional y una distribución más
equitativa de los ingresos fiscales.
La cuestión del orden
La distancia entre proyecto y concreción, entre la utopía del
“progreso” y la realidad del atraso y el caos, era la distancia entre la
constitución formal de la nación y la efectiva existencia de un Estado
nacional.
Roto el orden colonial, el proceso emancipador había desatado fuerzas
centrifugas que desarticulaban la sociedad sin que las diversas fórmulas
consiguieran establecer un nuevo orden. El orden aparecía así, ante una
elite, como condición de posibilidad de progreso. Por definición,
entonces, el “orden”:
● Excluía a todos los elementos que obstruían el progreso y el avance de la
civilización, fueran éstos indios o montoneras.
● Contenía implícita una definición de ciudadanía, de quienes eran
considerados legítimos miembros de la nueva sociedad, quienes
tenían cabida en la nueva trama de relaciones sociales.
● Tenía proyecciones externas. Su instauración permitiría obtener la
confianza del extranjero en la estabilidad del país y sus instituciones,
con ello se atraerían capitales e inmigrantes.
● Su instauración, significaba dar vida real a un estado nacional.
Dar vida al Estado implicaba, que un sector o alianza de sectores
sociales, estuviera en condiciones de movilizar recursos para instituir un
sistema de dominación capaz de resolver las manifestaciones de
desorden. La Confederación Argentina compartía con Bs As el
reconocimiento externo de su soberanía política. Este “duopolio” en la
externalización de poder de estado se hacía “competencia oligopólica”,
cuando se trataba de institucionalización de la autoridad, o del control
sobre los medios organizados de violencia. La confederación fracaso en
la organización de la nación y la viabilidad del estado
Aparato institucional y organización nacional
Después de la batalla de Caseros, Urquiza se enfocó en crear un gobierno
nacional para unificar a la Argentina y evitar conflictos entre provincias La
alianza de fuerzas litoraleñas que depuso a Rosas con el auxilio de efectivos
extranjeros, asumió objetivos de organización nacional cuya consecuencia no se
basó en extender la guerra hacia el interior luego del triunfo de Caseros, sino de
incorporar los poderes locales a la organización del gobierno nacional mediante
acuerdos interprovinciales, de esta forma se respetaba la autonomía de las
provincias y no se afectaba la estabilidad política. Dada su situación peculiar
luego de la batalla de Caseros, Buenos Aires habría de permanecer bajo control
militar.
Urquiza promovió la unidad política del territorio mediante un sistema
institucional nacido de acuerdos interprovinciales. La concurrencia de las
provincias a la organización de la nación ocurrió sin dificultades, salvo en el
caso de Buenos Aires, que no reconoció los pactos preliminares conducentes
a la organización nacional, ya que se negó a integrar a la Confederación
Argentina. La autoexclusión de Buenos Aires privó a las autoridades de la
Confederación de la única fuente significativa de recursos fiscales que
existía en el territorio.
En mayo de 1852, mediante el Acuerdo de San Nicolás, las provincias
otorgaron a Urquiza el cargo de Director Provisorio de la Confederación
Argentina, quien debía reglamentar la navegación de los ríos interiores,
organizar la administración general de los correos y todo lo referido a
transportes y comunicaciones, intervenir en cualquier lugar del territorio
nacional, al mismo tiempo que se disponía que las fuerzas del ejército
nacional quedaran bajo el mando del Director Provisorio. Asimismo, las
provincias debían contribuir a los gastos del gobierno nacional
proporcionalmente a sus recursos. Al comienzo, casi todos los recursos del
Director Provisorio (desde el pacto de San Nicolás) provinieron de la
federalizada Entre Ríos.
Uno de los principales problemas que enfrentó el gobierno de la
Confederación fue la organización de un aparato recaudador, un medio de
circulación uniforme, de rentas y crédito, de un banco, de una organización
aduanera y portuaria. Sin la centralización de la recaudación aduanera, no se
podía organizar el sistema de rentas nacionales. No era posible controlar la
recaudación, ni los gastos de cada oficina receptora, ni formular un cálculo
aproximativo de los recursos con que contar en el futuro.
Las provincias, por su parte, al ser abolidas las aduanas internas y
nacionalizadas las externas, se vieron privadas de los recursos necesarios
para atender los gastos de las exiguas administraciones locales.
Al finalizar la década del 50, la Confederación se hallaba estrangulada
económicamente. Además de los ejércitos de línea destinados a cuestionar
las fronteras interiores, los gobiernos provinciales contaban con milicias
locales denominadas “guardias nacionales”. En cuanto a la organización
militar, la Confederación no llego a contar con un ejército nacional en
sentido propio. La única fuerza militar a disposición del gobierno nacional
fue el ejército de Entre Ríos
En 1854 se dispuso la creación de la Inspección General del Ejército y
Guardias Nacionales, con el objeto de centralizar la conducción del ejército
y reglamentar el funcionamiento de las milicias de cada provincia.
A pesar de las vicisitudes de la guerra civil y del asedio que le impusieron
las tropas confederadas luego de la secesión, Bs As dispuso en todo
momento del control de su Aduana y el apoyo de su Banco, pilares de la
viabilidad institucional del Estado Provincial.
Alianzas políticas y organización
nacional
Cuando el federalismo litoreño puso fin a la alianza con Rosas, contaba
con la pasividad del interior mediterráneo y el apoyo de los unitarios y
segmentos del federalismo porteño. Tambien contribuyeron Brasil y
Uruguay.
La alianza de sectores políticos de Buenos Aires con el Litoral había
agotado sus objetivos con la deposición de Rosas. Caseros y, el Acuerdo
de San Nicolás, inauguraban un nuevo capítulo de la lucha por la
organización nacional, signado por la unión de los diversos sectores
porteños para enfrentar a la Confederación Argentina liderada por
Urquiza.
Las resoluciones de San Nicolás, que otorgaban a Urquiza funciones
nacionales, adjudicaba a cada provincia el mismo número de diputados
haciendo caso omiso de diferencias en la cantidad de habitantes,
produciendo el primer conflicto abierto entre Buenos Aires y Urquiza,
con posterioridad a Caseros. Poco más tarde, cuando ese había perdido
la posibilidad de controlar la provincia por medio de un gobierno elegido
localmente, debió asumir personalmente el poder, interviniendo en
virtud de sus atribuciones como Director Provisorio de la
Confederación.
Inicialmente, Urquiza se había apoyado en el sector unitario liderado por
Valentín Alsina para neutralizar la oposición de los restos del federalismo
rosista porteño. Pero como no obtuvo el apoyo unitario para llevar a cabo
sus planes de organización nacional, buscó más tarde reconciliarse con los
federales para ganar a través de ellos el control directo de la provincia.
Lejos de servir como nexo de la política urquicista en Buenos Aires,
estas fuerzas se aliaron frente a los intentos de Urquiza de controlar la
provincia, y finalmente se apoderaron del gobierno provincial en
septiembre de 1852, a solo siete meses de la batalla de Caseros.
A lo largo de la lucha por el predominio interno, que se dio en el marco
del conflicto con la Confederación, se fue configurando una nueva fuerza
política. El partido unitario, que pasó a llamarse liberal, permaneció unido y
en el control del gobierno provincial a lo largo de casi todo el periodo que
duró ese conflicto. Pero al mismo tiempo se fue desprendiendo la fracción
liberal-nacionalista conducida por Mitre, opuesta al sector liberal que
posteriormente se denominaría autonomismo. El liberal-nacionalismo, si
bien postulaba la defensa y fortalecimiento de los intereses locales de la
provincia, tenía como objetivo central crear condiciones para iniciar un
nuevo proceso de organización nacional que, en vez de ser conducido por el
Litoral, fuera liderado por Buenos Aires. La otra facción liberal optó por
seguir una política de conflicto abierto con la Confederación. Finalmente, el
gobierno de Buenos Aires logró, a mediados de julio, el levantamiento del
sitio, el fortalecimiento de su soberanía y el retiro de las fuerzas de la
Confederación que se hallaban en su territorio.
Ø En 1854 se sancionó la constitución provincial, declarando a Buenos
Aires, al menos provisoriamente, Estado independiente.
Ø En diciembre de 1854 y enero de 1855, Buenos Aires y la
Confederación firmaron dos convenios que, más allá de las promesas de
reunificación nacional, reafirmaban la situación autónoma de la provincia.
Ø Entre 1856 y 1859 el gobierno de la Confederación fue endureciendo
progresivamente su política hacia Buenos Aires.
Ø Entre 1858 y 1859 el Litoral consiguió cierta unidad de los gobiernos
provinciales en contra de la política secesionista de Buenos Aires y en
torno a la figura de Urquiza, cuya gravitación provenía
fundamentalmente de ser jefe del partido federal del interior. Luego de
la batalla de Cepeda, Buenos Aires se comprometió a revisar la
Constitución de 1853 mediante una convención provincial.
Ø A principios de 1860, Mitre inició una ofensiva política contra el
sector radicalizado de la revolución de septiembre, que ocupaba la mayor
parte de los cargos políticos y predominaba en la legislatura provincial.
Ø En las elecciones de marzo de 1860 para la renovación de esta
legislatura la fracción mitrista obtuvo mayoría en ambas cámaras,
posteriormente Mitre fue elegido gobernador. De inmediato anunció su
propósito de incorporar la provincia a la Confederación.
Por su parte, Urquiza seguía siendo la figura política clave de la
Confederación como gobernador de Entre Ríos, jefe del partido Federal
y comandante en jefe del ejército. A pesar de su apoyo a Derqui para que
accediera a la presidencia, Urquiza era partidario de una política más
flexible con respecto a Buenos Aires y seguía viendo en la posibilidad
de una alianza del Litoral con la provincia disidente la base fundamental
para la organización definitiva del gobierno nacional.
Consideraciones finales
Las condiciones en que se arribó a la instauración de un nuevo gobierno
nacional en 1862 sintetizaban diez años de lucha, a través de los cuales ni el
proceso de organización nacional, iniciado en San Nicolás, pudo
materializarse en un efectivo aparato institucional, ni la provincia de Bs As
pudo resolver el conflicto entre sus funciones internas en torno al problema
de la organización nacional. Las circunstancias que rodearon el
enfrentamiento armado no cambian un hecho esencial: sin Buenos Aires, la
Confederación habría continuado siendo un conglomerado acéfalo; pero con
Buenos Aires, el gobierno nacional difícilmente podría haberle impuesto
una política que contrariara sus poderosos intereses.
Educación para el desierto argentino
La relación entre la escuela y la ciudadanía, o más específicamente, la
convicción de que la escuela debe formar ciudadanos, persiste aún hoy en
día en las carteleras y discursos oficiales. Esta idea, aunque generalmente
puede, ocultar la diversidad de significados que se la ha otorgado al
sistema educativo formal desde su creación.
Desde las primeras etapas de la revolución de independencia rioplatense,
existía una preocupación por organizar un sistema educativo público y
extenso. La política y la pedagogía iluministas concebían la igualdad como
una meta a alcanzar, y para ello, pretendían ofrecer un dispositivo escolar
que sirviera de puente de la ignorancia al conocimiento, de la oscuridad a
la luz, de la condición de súbdito a la de ciudadano. Mariano Moreno
afirmaba que, si los pueblos no se ilustran y no conocen sus derechos,
podrían caer en nuevas ilusiones y cambiar de tiranos sin acabar con la
tiranía. El pueblo hallaría en el conocimiento su emancipación a través de
la razón, y la escuela se veía como una herramienta política fundamental
para garantizar la igualdad y la [Link] embargo, la generación
iluminista tuvo pocas oportunidades de plasmar su ideario debido a las
guerras de independencia y civiles. En cambio, la generación romántica
introdujo el problema educativo como parte de la agenda política desde el
exilio en tiempos de Rosas. Esta generación, marcada por el temor a un
"pueblo inculto", veía en la educación una herramienta de previsión, ya
que el pueblo podía ser peligroso si seguía a caudillos locales.
A medida que avanzaba el siglo XIX, se inició una nueva etapa con la
institucionalización del Estado nacional y una creciente centralización del
poder. La educación fue cobrando un protagonismo en la agenda política,
enfrentando el desafío de "educar al soberano". Alberdi, desde el exilio,
planteó que no habría un sistema representativo sin un poder ejecutivo
fuerte. Consideraba que la educación debía conducir a un cambio
económico, pero también temía que una instrucción excesiva pudiera
generar aspiraciones peligrosas en los pobres.
Alberdi se presenta asi, como un enunciado clásico de las posturas
conservadoras que se opusieron a la expansión de la educación pública,
estos temores demuestran de alguna manera como la educación puede
actuar como un arma de doble filo: podía someter o liberar, y estas
tensiones han perdurado en nuestras prácticas educativas actuales. La
historia de la educación en Argentina refleja la lucha entre la necesidad de
formar ciudadanos críticos y el temor de las élites a un pueblo que
cuestione el orden establecido.
Civilizar a los bárbaros
La tarea pedagógica de "civilizar a los bárbaros", lema emblemático de
Sarmiento, tuvo un impacto significativo en las políticas del nuevo Estado.
Pero, ¿qué implica realmente el concepto de "civilización"? Este término ha
variado en su significado a lo largo del tiempo, originando diferentes políticas
educativas. Femand Braudel indica que "civilización" surge en 1766 como un
ideal de progreso intelectual, técnico, moral y social. Con el tiempo, hacia 1850,
el término se pluraliza, reflejando un cambio importante en la concepción
cultural, donde se empiezan a reconocer diversas experiencias humanas.
En el contexto de crisis del liberalismo en Europa, la élite intelectual del Río de
la Plata, tras la derrota del rosismo, se percibe ajena a esta pluralidad. Con una
visión crítica, observan un país sumido en el atraso cultural, que debía ser
superado a través de la educación.
Para Sarmiento, "civilización" estaba vinculada a lo europeo y despreciaba lo
americano, asociándose con la democracia, la alfabetización y el
antidogmatismo. En contraste, la "barbarie" representaba lo autóctono, el
analfabetismo y el autoritarismo. Su mirada se centraba en las influencias que
provenían de Estados Unidos, ya que el sistema educativo de Massachusset
fascino al sanjuanino mientras que veía la herencia hispánica como un obstáculo
para el [Link] objetivo de Sarmiento era doble: por un lado, organizar la
Nación-Estado y revitalizar las ciudades; por otro, "organizar" a los pobladores
para aumentar su capacidad de acción, moralizando la "superabundancia vital"
del gaucho. Esta tarea de "civilizar a los bárbaros" abarcaba tanto la
instauración de nuevas instituciones como la formación de un nuevo sujeto en
Argentina.
Además, Sarmiento advertía la lucha entre dos civilizaciones en el país: una que
intentaba emular la civilización europea y otra que se aferraba a tradiciones más
primitivas, esto se refleja en su obra El Facundo.
Pocos años después, en “Educación popular”, Sarmiento manifiesta su
preocupación por la herencia indígena, sugiriendo que el progreso requería un
cambio de razas. Este enfoque revela su creencia de que las tradiciones
indígenas eran un obstáculo insuperable para el desarrollo y la modernización.
La tarea civilizadora del nuevo Estado, entonces, no solo implicaba la
educación, sino también la expropiación de tierras a los indígenas y gauchos, a
quienes consideraba un estorbo, el otro aparece como un sujeto irredimible, un
legado maldito de la colonización española.
La perspectiva de Sarmiento se tornaba cada vez más dura hacia aquellos que se
oponían a su proyecto. Su visión de civilización incluía una operación
pedagógica que no solo buscaba educar, sino también disciplinar a la población.
Dardo Scavino argumenta que términos como "civilizarse" y "moralizarse"
estaban relacionados con la imposición de una disciplina similar a la militar,
reflejando una concepción de la educación como un medio para establecer un
orden social.
Hacia 1880, el Estado argentino se había vuelto más fuerte y estable, pero el
desafío de construir una nación unificada permanecía. Las secuelas de las
guerras civiles habían dejado un legado de fragmentación cultural. En este
contexto, la educación se convirtió en un tema central en los debates políticos,
lo que llevó a la convocatoria de un Congreso Pedagógico Internacional en 1882
y a la aprobación de la Ley 1420 de Educación Común en 1884, que
incorporaba las ideas sarmientinas. La civilización, entonces, se presenta como
una posibilidad de provisión y expropiación. Sarmiento, figura controvertida en
la historia educativa de América, es recordado tanto por su impulso a la
educación pública como por su violencia hacia los opositores. Su legado es
complejo; aunque contribuyó a la creación de un sistema educativo público y
gratuito, su enfoque a menudo se tradujo en la represión de aquellos que no
encajaban en su visión de progreso. Así, el éxito de la escuela se convierte en
una gloria amarga, reflejando la continuación de la guerra por otros medios,
donde la civilización se impone a costa de la exclusión y la violencia
Asimilar al extranjero
El proyecto civilizatorio en Argentina, impulsado por figuras como
Sarmiento y Alberdi, promovió la inmigración europea como solución al
atraso cultural del país. Durante la segunda mitad del siglo XIX, las
políticas para atraer migrantes se intensificaron, generando un impacto
demográfico significativo. Sin embargo, quienes llegaban no eran los
representantes de los países más poderosos de Europa sino que ocurrió la
llegada masiva de inmigrantes, del sur de Europa. Por lo que rápidamente
se diluyo la expectativa de que la moralización del gauchaje dependiera de
ellos y se percibió rápidamente el flujo de inmigrantes como una amenaza
para la identidad nacional, generando temores sobre la mezcla cultural y la
pérdida de la lengua y costumbres argentinas.
La élite local comenzó a preocuparse por la influencia de las culturas de
origen de los inmigrantes, especialmente la italiana, que buscaba mantener
la identidad cultural en sus colonias. Esto llevó a un debate entre
"nacionalistas" y "cosmopolitas" sobre cómo integrar a los inmigrantes en
la sociedad argentina. Mientras los cosmopolitas abogaban por una
apertura hacia la diversidad, los nacionalistas exigían una educación que
reforzara la identidad nacional y la enseñanza de la historia y lengua
argentinas.
La creciente influencia del nacionalismo se hizo evidente en las decisiones
del Consejo Nacional de Educación, que buscaba restablecer la enseñanza
de contenidos nacionales que habían sido postergados. Las prácticas
escolares comenzaron a centrarse en la creación de una identidad nacional
sólida, un elemento clave en el proceso de nacionalización fueron los actos
patrios. Por su parte El "cosmopolitismo" fue visto como una debilidad
peligrosa, y la educación se convirtió en una herramienta crucial para
asimilar a los inmigrantes. Se promovió la idea de un "crisol de razas",
donde las tradiciones y costumbres de los inmigrantes eran consideradas
inferiores y debían ser despojadas para lograr una homogeneización
cultural.
El debate sobre la educación se intensificó. A medida que la clase
dirigente se preocupaba por la identidad nacional, se impulsaron políticas
educativas que promovían un fervor patriótico. En 1894, se propuso la
formación de batallones en las escuelas para inculcar disciplina y
patriotismo, aunque algunos educadores se opusieron, argumentando que
esto era incompatible con la educación primaria. La educación se convirtió
en un vehículo para la construcción de una identidad nacional fuerte. Se
buscaba eliminar el carácter cosmopolita de las escuelas y reemplazarlo
con una enseñanza que enfatizara la historia y los valores argentinos. La
figura de Ramos Mejía, nombrado Presidente del Consejo Nacional de
Educación en 1908, simboliza este giro hacia un enfoque más nacionalista.
El cosmopolitismo, que había sido visto como una riqueza cultural,
comenzó a ser percibido como un peligro. La llegada de inmigrantes se
veía como una amenaza a la cohesión social, y la diversidad cultural se
interpretaba como una debilidad que podría desestabilizar el orden
nacional. Este temor llevó a la creación de una narrativa que posicionaba a
los inmigrantes como el "otro" peligroso, en contraste con un ideal de
argentinidad que debía ser defendido. Ricardo Rojas, en su obra, abogó por
una integración cultural que permitiera a los inmigrantes adoptar una
identidad argentina, pero lo hacía desde una perspectiva que requería la
renuncia a sus raíces. Este enfoque reflejaba una lucha por definir qué
significaba ser argentino en un país en rápida transformación.
La asimilación de los inmigrantes se entendía como un proceso necesario
para alcanzar la unidad nacional. La escuela se erigió como un espacio
donde se debía combatir la diversidad en favor de un "crisol de razas",
donde las tradiciones de las familias inmigrantes eran consideradas
inferiores. Esta homogeneización se extendía más allá de la educación,
involucrando organizaciones públicas como hospitales y servicios sociales,
que también buscaban integrar a la población en un modelo nacional
común
Normalizar al diferente
En el contexto del surgimiento del nacionalismo oligárquico, el desarrollo
del higienismo se vinculó a la reafirmación de la autoridad central del
Estado. Este higienismo surgió como respuesta a los peligros percibidos
para el orden social, inicialmente ubicados en las zonas rurales, que con el
tiempo se trasladaron a las ciudades. Allí, la mezcla de extranjeros dio
paso a una primera generación de nativos hijos de inmigrantes, lo que
complicaba las tipificaciones existentes.
Las políticas identitarias requerían nuevos estudios que respaldaran de
manera firme las decisiones institucionales. En este clima de temor y
prevención, la vertiente higienista del pensamiento social comenzó a tomar
forma. En Argentina, la disciplina y el discurso de la higiene, así como la
medicina legal y la criminología, fueron fundamentales para la
organización del Estado a fines del siglo XIX y principios del XX. Los
médicos higienistas reconstruyeron la ciudad, promoviendo y vigilando las
corrientes de población que proveían mano de obra para integrar al país en
la economía mundial.
Figuras como Ramos Mejía y José Ingenieros fueron clave en esta vertiente,
buscando continuar los propósitos de generaciones anteriores pero con nuevas
metodologías. El cosmopolitismo sarmientino dio paso a un nacionalismo más
explícito, mientras que definiciones médicas ofrecieron herramientas para una
creciente biologización de las políticas identitarias.
Alberdi y Sarmiento caracterizaron a las masas populares como "bárbaras",
descalificando su origen racial y minimizando la influencia del medio en su
desarrollo. Influenciados por el positivismo, los pedagogos argentinos de finales
del XIX y principios del XX consideraron el origen latino de la población
inmigrante como un factor para descalificar su cultura, aunque no negaban
totalmente sus posibilidades educativas. Estas posibilidades estaban
subordinadas al ritmo y las aptitudes heredadas, interpretadas bajo las leyes de
la evolución.
Figuras como Víctor Mercante y Rodolfo Senet representaron el higienismo
positivista en la educación. Ambos participaron en la creación de carreras
universitarias de pedagogía y en la confección de planes de estudio. Mercante
defendía una pedagogía experimental que buscaba medir las aptitudes de los
estudiantes de manera matemática, sostenía que se debía estudiar al niño para
atrapar sus regularidades e intervenir sobre ellas, para caracterizar claramente al
niño normal y distinguirlo de aquellos que no lo son. Para estos niños
“anormales” la tarea pedagógica solo incluía dos opciones: La normalización o
la expulsión al desierto. Mientras que Senet enfatizaba la importancia de la
investigación psicopedagógica para construir un sujeto individual, aunque su
enfoque no buscaba la libertad, sino un mejor control social. Este autor instaba a
los padres a ejercer un control sobre sus hijos, sugiriendo que debían conocer
las costumbres de sus amigos, esta idea de vigilancia se concretó con la figura
de los visitadores escolares, cuyo rol era supervisar el cumplimiento de la
obligatoriedad escolar, pero que también representaban un control estatal sobre
la sociedad civil.
Las estrategias de normalización en la sociedad argentina no pueden entenderse
sin considerar las políticas de género del siglo XX, que definieron modos de ser
para hombres y mujeres. El discurso de médicos y criminólogos se centraba en
las prácticas sexuales, identificando espacios donde se congregaban personas de
un mismo sexo como peligrosos para la moralidad. Estos espacios eran vistos
como críticos para la integración de los hijos de inmigrantes en la familia
"argentina".
Ramos Mejía y José Ingenieros fueron figuras prominentes en esta corriente,su
trabajo reflejó un cambio en las metodologías, donde el cosmopolitismo de
Sarmiento cedía lugar a un enfoque nacionalista más marcado. Las nuevas
definiciones médicas proporcionaron herramientas para una biologización
creciente de las políticas identitarias, donde la salud y la higiene se entrelazaban
con la noción de lo que significaba ser argentino. Las estrategias de
normalización en la sociedad argentina estaban íntimamente ligadas a las
políticas de género de las primeras décadas del siglo XX. Estas políticas
definieron roles claros para hombres y mujeres. El discurso de médicos y
criminólogos se centraba en la sexualidad y las prácticas consideradas
desviadas, identificando espacios donde se congregaban personas de un mismo
sexo como focos de peligro para la moral social. Estos espacios eran vistos
como cruciales para la integración de hijos de inmigrantes en la familia
"argentina".La labor educativa se desarrollaba en consonancia con el sistema
sanitario y la asistencia social, promoviendo un discurso hegemónico sobre la
normalidad. La diversidad comenzó a ser vista no solo como peligrosa, sino
como un desvío de lo que se consideraba correcto. La escuela y el hospital
asumieron un criterio único sobre cómo debía vivirse la vida, transmitiendo esta
visión de manera efectiva y reforzando así un modelo de control social.
Y la banda siguio tocando
Los estudios sobre la historia educacional argentina indican que el sistema
de instrucción pública se basó en una concepción pedagógica progresista y
accesible, pero también en un enfoque restrictivo que excluía a ciertos
sectores, como los pueblos originarios y grupos rurales, considerados
"ineducables". Aunque existieron voces disidentes y experiencias
alternativas, las prácticas hegemónicas han dejado una huella en las
escuelas actuales, si esa escuela logro atraer de alguna manera a los
“bárbaros” para que se dejaran civilizar, a los extranjeros para que
perdieran sus marcas de origen a los diferentes para que dejaran de serlo,
fue por una promesa de que la inclusión y el progreso a través de la
educación era [Link] Estado, tras consolidarse por la fuerza, ofreció
oportunidades a cambio de disciplina y conformidad con sus normas
morales y cívicas. La escuela se convirtió en un espacio que debía
equilibrar la legitimación de un orden social con la posibilidad de
emancipación. La homogeneidad se presentó como la vía para incluir a
todos en una identidad común, aunque aquellos que afirmaban su
diversidad eran vistos como peligrosos o inferiores.
Hoy en día, los principios de inclusión a través de la homogeneización han
perdido legitimidad y eficacia. La discriminación ya no es tolerada, y la
figura del Estado como soporte de la educación ha disminuido. Esto ha
llevado a una crisis en la que los docentes enfrentan el desafío de adaptar
su labor a un entorno cambiante, mientras aún persisten vestigios de viejas
ideologías. Las experiencias de los estudiantes en las aulas reflejan la
persistencia de los discursos discriminatorios, se observan actitudes de
exclusión hacia inmigrantes y estudiantes con dificultades, así como una
jerarquización basada en el origen social. Estas dinámicas muestran que, a
pesar de los avances, las estructuras de poder y control social continúan
presentes en la educación.
¿Y ahora qué incluir y reconocer?
El texto destaca la importancia de revisar los fundamentos de la educación
política en Argentina, especialmente en un contexto de creciente
desigualdad y diversidad. A lo largo del tiempo, el sistema educativo ha
perdido su capacidad de ofrecer un verdadero progreso y ahora se enfrenta
a una diversidad que exige respuestas efectivas.
El desafío no es volver a respuestas antiguas sino formular nuevamente las
preguntas fundantes, ya que la educación actual requiere preguntas más
sensibles y efectivas.
La escuela debe funcionar hoy como un espacio inclusivo, donde se
reconozca la singularidad de cada estudiante. Esto implica no solo aceptar
las diferencias, sino también fomentar la participación activa de todos en
la construcción de una comunidad educativa enriquecedora. Se critica la
noción de que ciertos estudiantes son "ineducables" o que la escuela no
tiene valor que ofrecerles. La educabilidad y la educatividad se presentan
como principios fundamentales, destacando el derecho de cada estudiante
a ser visto como capaz de aprender y crecer.
La organización del sistema educativo nacional
La Constitución de 1853 refleja las ideas expuestas por Juan Bautista
Alberdi en su obra Bases y puntos de partida para la organización política
de la República Argentina. Este programa, influenciado por el liberalismo
de la época, proponía transformar Argentina en una nación moderna a
través del establecimiento de un sistema económico liberal y un Estado
republicano. Alberdi creía que la inmigración europea transformaría la
sociedad, eliminando las influencias indígenas e hispánicas. Promovía la
libertad en el comercio, la industria, la expresión y el trabajo, así como el
respeto a la propiedad, la paz interior y el ejercicio de los derechos
ciudadanos.
La educación ocupó un lugar fundamental en el texto constitucional. El
artículo 5 establece que las provincias deben garantizar la educación
primaria, mientras que el inciso 16 del artículo 67 otorga al Congreso la
responsabilidad de dictar planes de instrucción general y universitaria. Sin
embargo, este inciso generó debates sobre qué significaba exactamente
"instrucción general", ya que el nivel medio no estaba bien definido y era
solo una extensión de la enseñanza primaria.
Una cuestión de prioridades
La política educativa en Argentina, después de la caída de Rosas, experimentó
transformaciones significativas que sentaron las bases para el sistema educativo
nacional en las décadas siguientes. Con el restablecimiento del presupuesto para
la educación en Buenos Aires, se creó el Ministerio de Instrucción Pública,
inicialmente bajo Vicente Fidel López. Sin embargo, este ministerio fue disuelto
y reemplazado por un Departamento de Primeras Letras, lo que evidenció la
falta de consenso sobre el modelo educativo a seguir.
Finalmente, en 1856, se optó por establecer un Departamento de Escuelas
dirigido por Domingo Faustino Sarmiento. Este cambio buscaba otorgar
autonomía al sistema educativo respecto a la universidad y responder a la
necesidad de una educación pública que fuera práctica y democrática. Sarmiento
tenía un interés particular en abrir las escuelas a una educación más accesible,
alejándose de la exclusividad de la formación universitaria que predominaba en
el Colegio de Ciencias Morales, que atendía principalmente a las élites.
La política educativa de este período estuvo marcada por tensiones entre los
sectores que abogaban por una Nación centralizada en Buenos Aires y aquellos
que defendían una distribución más federal del poder. Sarmiento promovía la
educación básica para todos, mientras que Bartolomé Mitre prefería centrar los
esfuerzos educativos en formar a la clase dirigente. A pesar de sus diferencias,
ambos reconocían la importancia de un sistema educativo estatal que
respondiera a las necesidades del país.
Sarmiento, en su rol como jefe del Departamento de Escuelas, impulsó la
creación de nuevas escuelas, la construcción de edificios modernos y la
publicación de textos educativos. También fundó la primera revista pedagógica
del país, Anales de la Educación Común, que se dedicó a la formación docente
y a la difusión de ideas educativas modernas, inspiradas en pedagogos como
Pestalozzi y Froebel.
La batalla de Pavón, que consolidó la unidad nacional, permitió avanzar en un
proyecto educativo centralizado que reflejaba los intereses de la oligarquía
liberal. Mitre asume la presidencia en 1862, y nombró a Sarmiento ministro de
gobierno, sin embargo el poder de la oligarquía aún se veía amenazado por la
autonomía económica regional. Durante su gobernación, Mitre vence al caudillo
riojano Chacho Peñaloza, lo que llevó a críticas nacionales por la campaña
contra dicho líder provincial lo que desembocó en la renuncia de Sarmiento a la
gobernación.
En 1868 accede a la gobernación Domingo Faustino Sarmiento, durante su
presidencia, Sarmiento enfrentó el desafío del analfabetismo, que afectaba a
más de un millón de personas en el país, en este contexto, fundó la Escuela
Normal de Paraná y promovió la llegada de maestras norteamericanas para
enriquecer la educación.
Mitre, por su parte, consideraba la educación como un servicio esencial
que debía ofrecer el Estado, y estaba interesado en desarrollar una
enseñanza secundaria que formara a la elite gobernante. A través de un
censo educativo, buscó diagnosticar el estado de la educación en el país y
proyectó medidas para mejorarla, aunque muchas de estas iniciativas se
vieron afectadas por las restricciones económicas derivadas de la Guerra
del Paraguay. En 1863, Mitre y su ministro de Justicia, Eduardo Costa,
comenzaron a implementar reformas educativas, creando colegios
nacionales y estableciendo normas uniformes para la educación en todo el
país. Estas reformas buscaban garantizar un acceso equitativo a la
educación y formar una inteligencia capaz de enfrentar los desafíos de la
"barbarie" que, según ellos, amenazaba la civilización.
La república conservadora
Entre 1880 y 1916, la política nacional argentina fue dominada por
diversas facciones de la oligarquía, que consolidaron su control sobre la
tierra, los frigoríficos y el comercio exterior. Bartolomé Mitre y Julio
Argentino Roca representaron diferentes sectores de las fuerzas
conservadoras, aunque no lograron unificarse en un partido político fuerte.
A pesar de haber convocado a inmigrantes para promover la prosperidad,
la élite se mostró reacia a realizar las reformas agrarias necesarias. Esto
resultó en una economía dependiente, donde Argentina importaba
manufacturas y exportaba materias primas, quedando así atada a la deuda
externa.
La década de 1880, bajo el gobierno de Roca, estuvo marcada por una
disociación cultural en la que se intentó mantener el modelo económico
agroexportador mientras se impulsaban reformas para colocar al país en la
senda del progreso como, como la secularización de cementerios y la
implementación del matrimonio civil y la educación laica. Sin embargo,
estas reformas no lograron una separación efectiva de la Iglesia y el
Estado, ni se profundizó suficiente en la reforma como en Uruguay, donde
se llego a establecer la ley de divorcio, en pocas palabras la modernización
del estado quedo a medio camino.
Durante este período, se fundaron instituciones clave, como la Universidad
de La Plata en 1897, dirigida por Joaquín V. González. La universidad fue
influenciada por positivistas y promovió el desarrollo científico y cultural.
Sin embargo la educación en Argentina carecía de una legislación
unificada, lo que dificultó la implementación de políticas educativas
coherentes. La Ley de Subvenciones Escolares de 1871 buscó sistematizar
la ayuda económica del Estado a las provincias, pero la necesidad de una
ley de educación común era evidente. En 1881, se creó el Consejo
Nacional de Educación bajo la presidencia de Sarmiento, pero las
tensiones con la jerarquía eclesiástica llevaron a conflictos internos.
Se instalaron los primeros frigoríficos argentinos que al poco tiempo
fueron sobrepasados por los britanicos, se prolongó el ferrocarril, se
intensificó la exportación de ganado y se intensificó la de granos hubo una
gran acumulacion privado y aumento de manera considerable el gasto
público, el desequilibrio y la inflación, de manera que se ofrecieron
empréstitos y argentina los acepto engrosando la deuda externa.
En el ámbito cultural, se dio un auge de ideas modernas influenciadas por
el positivismo y el darwinismo, que se discutían en círculos intelectuales
como el Club del Progreso. La literatura y la ciencia comenzaron a
desarrollarse, con la creación de la Sociedad Científica Argentina y la
publicación de obras significativas que buscaban posicionar a Argentina
como un país progresista.
Sin embargo, la concepción de progreso era a menudo superficial y se
centraba más en la modernización estética que en un cambio estructural
que beneficiara a la población en general. Intelectuales como Florentino
Ameghino y Francisco P. Moreno promovieron la idea de que Argentina
tenía un papel central en la historia de la humanidad, lo que reflejaba un
sentimiento de superioridad cultural.
La oposición nacionalista católica
Uno de los principales puntos de conflicto en Argentina durante el siglo XIX
fue la garantía constitucional de la libertad de cultos, así como la libertad de
enseñar y aprender, sin embargo, la Iglesia Católica sostenía que tenía el
derecho exclusivo de ejercer su autoridad tanto en el ámbito religioso como en
el educativo.
En la segunda mitad del siglo XIX, particularmente en Córdoba, comenzó a
formarse un nacionalismo católico que aspiraba a establecer un protopartido
político con influencia a nivel nacional. Este grupo creía que el orden cultural
solo sería legítimo si se alineaba con los principios del derecho canónico según
el Concilio de Trento. Para ellos, la Iglesia era la única entidad con legitimidad
en el ámbito educativo, representando la civilización, la moral y el orden social.
Su principal objetivo era combatir diversas ideologías que consideraban
amenazas, como el ateísmo, el protestantismo, el liberalismo, el positivismo y el
socialismo, este formalismo laicista encarnaba lo que ellos veían como males
sociales.
Desde 1862, con la fundación del diario El Eco de Córdoba, el nacionalismo
católico fortaleció su presencia en los medios, esta corriente se consolidó
especialmente en el Noroeste del país, donde el aislamiento y la falta de
desarrollo industrial hicieron que la tradición católica se afianzara. En este
contexto, la Iglesia, junto con grupos como los jesuitas, tuvo una influencia
significativa en la educación y la cultura. A pesar de los avances liberales en
otras áreas, la Iglesia logró mantener la obligatoriedad de la enseñanza religiosa
en las constituciones provinciales. Durante el Congreso Pedagógico de 1882, la
Iglesia propuso una ley de educación obligatoria a nivel nacional, pero tras no
alcanzar su objetivo, se conformó con que la ley se aplicara solo en la Capital y
los territorios nacionales, esto permitió que las provincias mantuvieran
relaciones estrechas con la Iglesia en el ámbito educativo. Los católicos no
estaban unificados en su pensamiento. La Voz de la Iglesia representaba a la
jerarquía conservadora, mientras que La Unión, liderada por José Manuel
Estrada, se alineaba con una visión más liberal. La jerarquía eclesiástica
defendía la unión entre Iglesia y Estado, apoyándose en encíclicas que
condenaban el liberalismo y otros movimientos como el socialismo, aunque
algunos grupos católicos establecieron vínculos con este último.
El congreso pedagógico y la legislación educativa
En el Congreso Pedagógico Sudamericano de 1882, se debatió intensamente
sobre el papel de la educación en Argentina. Un grupo de conservadores y
liberales católicos coincidió en que la educación debía proteger la religión como
base de la moral y la paz social, afirmaron que la laicidad en la enseñanza
podría dañar la conexión con Dios.
A pesar de algunas diferencias, los delegados discutieron varios temas
importantes, como la centralización y descentralización de la educación, la
formación docente y la regulación estatal. Miguel Navarro Viola, un católico
liberal, propuso crear un Consejo General de Educación para administrar los
fondos escolares, defendiendo un equilibrio entre centralización y autonomía
local.
Aunque la posición católica fue derrotada, la religión continuó influyendo en la
educación pública, a menudo incorporándose en los discursos y materiales
escolares. En 1884, se aprobó la Ley 1.420, que estableció una educación laica,
gratuita y obligatoria en la Capital y territorios nacionales. Esta ley creó un
sistema educativo con consejos escolares, pero también centralizó el control en
el Estado, limitando la participación de la sociedad civil. Durante este tiempo, la
educación media no recibió la atención adecuada, y se hicieron pocos avances
en la legislación. Sin embargo, a principios del siglo XX, voces como la de
Alfredo Palacios comenzaron a exigir derechos educativos para mujeres y
trabajadores, destacando que el sistema educativo había evolucionado más por
falta de legislación que por decisiones políticas conscientes.
Resumen Perspectivas acerca de los sujetos de la educación
La maquinaria escolar
Los autores comparan la escuela con una maquinaria, donde cada engranaje ha
sido cuidadosamente colocado con un propósito específico. Plantean que los
“poderosos” han llevado a cabo diversos estudios históricos sobre la educación
que ocultan las funciones reales de las instituciones educativas. Concebir la
escuela como algo que siempre ha existido naturaliza su presencia y la hace
parecer universal, haciendo que cualquier cuestionamiento a su existencia sea
considerado antinatural. La arqueología de la escuela revela que esta es un lugar
privilegiado de socialización y obligatoriedad para los niños de las clases
populares, y es, en esencia, una institución reciente. Se instituyó en el siglo XX,
convirtiendo a los maestros en funcionarios del Estado y haciendo efectiva la
prohibición del trabajo infantil. Los autores argumentan que la “maquinaria de
gobierno de la infancia” no emergió de manera repentina, sino que fue
ensamblando dispositivos que comenzaron a configurarse en el siglo XVI. A
través de esta genealogía, se puede examinar cómo se fueron montando estos
dispositivos mediante la sociología histórica, permitiendo abordar el pasado y, a
su vez, descifrar el presente. Es fundamental entender el propósito de la escuela,
a quién beneficia, a qué sistema de poder está vinculada, cómo se transforma y
se disfraza, y, en última instancia, cómo contribuye a nuestra existencia actual.
Para ello, se analizan las condiciones sociales que favorecieron la aparición de
la escuela nacional, estas condiciones son:
● la definición de un estatuto de la infancia
● la emergencia de un espacio específico destinado a la educación de los
niños
● la aparición de un cuerpo de especialistas en la infancia, dotados de
tecnologías específicas y de elaborados códigos teóricos
● la destrucción de otros modos de educación
● la institucionalización propiamente dicha de la escuela, que incluye la
imposición de la obligatoriedad escolar decretada por los poderes
públicos.
Definición del estatuto de infancia
Al igual que la escuela, el niño no es un concepto natural, sino una institución
social ligada a las prácticas familiares, a los modos de educación y a la clase
social. En este sentido, la infancia surge como una construcción social
específicamente vinculada a la Iglesia durante el Renacimiento, particularmente
a partir del Concilio de Trento, en el contexto del movimiento de contrarreforma
de los siglos XV y XVI.
Los moralistas, al comenzar a configurarse los Estados modernos,
implementaron un conjunto de tácticas que van desde la manipulación sutil e
individualizada hasta los gestos masivos y públicos con el fin de que la Iglesia
no perdiera su poder y prestigio. Los jóvenes, considerados débiles
biológicamente y en proceso de socialización, eran vistos como los receptores
ideales para inculcarles la fe. Europa se encontraba, así, en un territorio de
misión entre dos bloques: católicos y protestantes.
Los jesuitas desempeñaron un papel crucial en la educación de los herederos de
reyes y nobles en sus colegios. A su vez, los niños pobres eran objeto de
“paternal protección” ejercida por instituciones caritativas, donde se les
adoctrinaba.
A los moralistas se les atribuye el nacimiento del término "infancia",
introduciendo programas educativos para jóvenes en los que la educación se
convirtió en el instrumento para naturalizar los estamentos sociales. Esto llevó a
la implementación de diferentes programas para distintas infancias:
1. Infancia angélica y nobilísima de los príncipes.
2. Infancia de calidad de los hijos de las clases privilegiadas.
3. Infancia ruda de los hijos de las clases populares.
Los eclesiásticos hicieron hincapié en las dos primeras infancias, ya que de ellas
dependía el futuro de la fe y sus propios intereses. En el siglo XVI, la infancia
no estaba definida cronológicamente, sino que se caracterizaba por su
maleabilidad—es decir, su capacidad de ser moldeada—, su debilidad, que
justificaba su tutela, y su rudeza, que requería civilización. Además, se
consideraba que los niños poseían una debilidad de juicio que exigía el
desarrollo de la razón, entendida como la habilidad del alma que distingue al ser
humano de los animales. Esta percepción justificaba la necesidad de moldear a
los niños y de establecer instituciones emergentes para su educación.
El proceso de definición de la infancia fue largo y complejo, y tres aspectos
fueron decisivos: la acción educativa familiar, la influencia difusa vinculada a la
recristianización, y la creciente alianza entre la familia y el colegio, que se
implementó en las clases altas durante el siglo XVIII. Esta alianza implicó una
doble tutela pero solo para los pequeños de las clases pudientes. Para los pobres,
la atención provenía únicamente de las instituciones de caridad, cuyo objetivo
era crear individuos sumisos. A esto se suma una imposición religiosa, dotada
de un lenguaje puro y casto, de prohibiciones, de imágenes de Jesús niño, el
ángel de la guarda, los niños modelos e inocentes, los niños santos, y la creación
de fiestas religiosas relacionadas a esta etapa como la comunión. Así se llega al
siglo XVIII con una infancia inocente para las clases distinguidas. Donde el
niño noble comienza a ser considerado diferente a los adultos, vestido de forma
diferenciada, mientras que el niño pobre seguirá frecuentando lugares de adultos
y vistiendo como tal hasta el siglo XIX. De esta forma la infancia “rica” es
gobernada, siendo su sumisión a la autoridad pedagógica necesaria para asumir
funciones del gobierno. La infancia pobre no recibirá tantas atenciones, siendo
los hospitales, hospicios y otros centros de corrección los centros destinados a
moldearla
Emergencia de un dispositivo institucional: El espacio cerrado
Institucionalización de la escuela