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Admin Fuesp,+14 RaulRodriguezAzor

El documento aborda el sufrimiento humano y las respuestas que la sociedad moderna ofrece, como la eugenesia y la eutanasia, para evitarlo. Desde una perspectiva de bioética personalista, se propone redescubrir el valor y el sentido del sufrimiento, sugiriendo que este puede ser superado por el amor. Se critica la tendencia contemporánea a eliminar el sufrimiento sin considerar su dimensión trascendental y humanizadora.

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Admin Fuesp,+14 RaulRodriguezAzor

El documento aborda el sufrimiento humano y las respuestas que la sociedad moderna ofrece, como la eugenesia y la eutanasia, para evitarlo. Desde una perspectiva de bioética personalista, se propone redescubrir el valor y el sentido del sufrimiento, sugiriendo que este puede ser superado por el amor. Se critica la tendencia contemporánea a eliminar el sufrimiento sin considerar su dimensión trascendental y humanizadora.

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Nº 36 / vol.

2 / 2023
[Link]/cpe
ISSN: 0214-0284
ISSN-e: 2660-6070
Cuadernos de pensamiento 36
CUADERNOS DE PENSAMIENTO
REVISTA DEL SEMINARIO ÁNGEL GONZÁLEZ ÁLVAREZ / Nº 36
Publicación del Seminario “Ángel González Álvarez”
Número monográfico sobre
de la Fundación Universitaria Española
Número monográfico sobre Humanismo, técnica,
Humanismo, técnica,
y transformación digital

Nueva sección miscelánea

ANCOS MORALES, Beatriz de JIMÉNEZ GONZÁLEZ, Lydia


ANTÓN-SANCHO, Álvaro JIMÉNEZ REDONDO, Juan Carlos
BAVIERA PUIG, Tomás LÓPEZ-PÉREZ, Sheila

y transformación digital
BONET-SÁNCHEZ, José V. MARTÍNEZ-DOMÍNGUEZ, Luis Manuel
CASTRO, Patrick Paul de MIRÓ I COMAS, Abel
CAYUELA CAYUELA, Aquilino MORET MOLINER, Blanca
CEBRIÁN GUINOVART, Elena MUÑOZ ALCÓN, Ana Isabel
GARCÍA DOMÍNGUEZ, Manuel ORDÓÑEZ-OLMEDO, Eva
GONZÁLEZ CASTRO, Claudia PARRA BERNAL, Lina Rosa
GONZÁLEZ TEODORO, Jorge Rafael PEÑACOBA ARRIBAS, Alejandra

Año 2023
GUTIÉRREZ MARTÍN, Noelia RÍOS SÁNCHEZ, Nuria María
HEREDERO CAMPO, Martín RODRÍGUEZ AZOR, Raúl
IRIAS ALFARO, Bryan Jesús TOLONE, Oreste

El sufrimiento vencido por el amor:


redescubrir el sentido del sufrimiento

Suffering Conquered by Love:


Rediscovering the Meaning of Suffering

Raúl Rodríguez Azor 1


Universidad Católica de Valencia (España)
ID ORCID 0000-0003-0271-1941

Recibido: 09/10/2023| Revisado: 30/10/2023


Aceptado: 30/10/2023| Publicado: 30/12/2023
DOI: [Link]

Resumen: La presente reflexión pretende ofrecer posibles opciones frente a las


diferentes soluciones que presenta la sociedad tecnificada para acabar con el sufrimiento
y el dolor humano: eugenesia, eutanasia, en definitiva, la muerte como única
posibilidad. Desde la bioética personalista, con su perspectiva cristiana se pretende dar
elementos que generen un debate sobre el valor y la fuerza creativa del sufrimiento,
donde poder redescubrir el sentido del sufrimiento que es vencido por el Amor.

Palabras clave: biomédica, cuidados paliativos, eugenesia, eutanasia, investigación,


sufrimiento.

1
(raulrguezazor@[Link]) Es Máster en Bioética (Universidad Católica de Valencia San
Vicente Mártir) y Bachiller en Teología (Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valen-
cia), y alumno de Doctorado en el programa: “Los retos de las Ciencias Sociales y Humanas
en la sociedad del siglo XXI”.

ISSN: 0214-0284 / ISSN-e: 2660-6070 Cuadernos de pensamiento 36 (2023): pp. 321-342


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322 Raúl Rodríguez Azor

Abstract: This reflection aims to offer options to take into account in the face of the
different solutions that modernized society presents to end human suffering and pain:
eugenics, euthanasia, in short, death as the only possibility. From personalist bioethics,
with its Christian perspective, it is intended to provide elements that generate a debate
about the value and creative force of suffering, where we can rediscover the meaning
of suffering that is overcome by Love.

Keywords: biomedical research, care, eugenics, euthanasia, palliative, suffering.

1. El sufrimiento como experiencia humana inevitable

E l sufrimiento es un tema universal que acompaña y coexiste con el ser


humano en el mundo y por ello se hace necesaria una reflexión actual
sobre el sentido del mismo. El problema del sufrimiento “parece pertenecer a
la trascendencia del hombre; es uno de esos puntos en los que el hombre está
en cierto sentido «destinado» a superarse a sí mismo, y de manera misteriosa
es llamado a hacerlo” (Juan Pablo II, 1984).
El hombre conoce y tiene presentes los sufrimientos del mundo animal,
sin embargo, lo que expresamos con la palabra sufrimiento pertenece a la
esencia del hombre, ya que el hombre manifiesta a su manera la profundidad
propia que le es inherente. El sufrimiento en el pueblo creyente en la pregunta
planteada desde la antigüedad por el pueblo creyente y materializada en Job
10, 18-19: “¿Por qué entonces me sacaste del vientre? Habría muerto sin que
nadie me viese. Sería como si no hubiera existido, arrastrado del vientre a la
tumba” (Conferencia Episcopal Española, 2011).
Así pues, la preocupación por el dolor es de vital importancia, dado que
hoy día han disminuido los niveles de tolerancia y se ha creado un miedo pa-
tológico al dolor y al sufrimiento. Se identifica el sufrimiento como una mal-
dición o un absurdo. Se advierte una pérdida del sentido humanizante y tras-
cendente del sufrimiento derivado del dolor, sentido que urge recuperar,
porque se olvida que el sufrimiento posee una dimensión de superación y tiene
carácter transcendente. Se considera el sufrimiento cual intruso que desmiente
la bondad del Creador y hunde en la desesperación al hombre al que le genera
mayor sufrimiento.

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El sufrimiento vencido por el amor 323

La sociedad moderna oculta la cuestión sobre el sufrimiento, la silencia o


la suprime. Concentra sus esfuerzos en evitar y disminuir el sufrimiento, de
manera directa o indirecta. Existe una actitud que incapacita al hombre para
soportar el dolor y aumenta con ello el sufrimiento, pero somos cuerpos que
enferman, limitados y frágiles, es el cuerpo quien hace del hombre un ser li-
mitado en su naturaleza, aunque infinito en sus deseos (Poisson, 2009, p. 242).
No se enseña a sufrir, como tampoco se enseña a morir (Lucero, 2010), cuan-
do es la realidad de la muerte la que nos sitúa frente a lo que constitutivamen-
te somos: seres limitados, finitos, débiles y frágiles.
Junto al silenciamiento actual del sufrimiento, se puede llegar incluso
a negar la propia mortalidad humana como una defensa simbólica contra el
conocimiento empírico de nuestra mortalidad, que a su vez actúa como la
respuesta emocional e intelectual a nuestro mecanismo de supervivencia
básica, el cual genera una fuerte necesidad psicológica de proclamar que el
ser humano no es un animal (Marino & Mountain, 2015). Ya Clive S.
Lewis, tras la muerte consecuencia de un cáncer de Helen Joy Davidson,
con quien mantuvo una breve e intensa relación amorosa afirmará desde su
dolor:

Hace falta mucha paciencia para aguantar a esa gente que te dice: «La muer-
te no existe» o «la muerte no importa». La muerte claro que existe, y sea su
existencia del tipo que sea, importa (Lewis, 1994a, p. 24).

Lewis nos devuelve a la realidad de que, tanto la enfermedad como la


muerte son escenarios incuestionables importantes que nos confrontan con
nuestra realidad vulnerable con todas las características que enfermedad y
muerte conllevan: vacío, soledad, amor, recuerdo, fe y esperanza, que necesi-
tan encontrar una respuesta sincera. Realidad a la que pocas décadas antes los
maestros de la sospecha del siglo XIX, K. Marx, F. Nietzsche y S. Freud, ha-
bían sembrado la duda sobre la calidad de la conciencia del hombre y su capa-
cidad para la libertad, sospecha que hoy dirige su mirada al cuerpo, ultimo
culpable de los sufrimientos del tiempo y el único de los ámbitos de la vida
humana que no había sufrido manipulaciones (Poisson, 2009, p. 242). En este

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sentido, se advierte, y se ha de afirmar de forma categórica, que para todo ser


vivo es tan natural nacer como morir, (Germán Zurriaráin, 2019) aunque solo
el ser humano sea consciente de ello.
El hedonismo y los beneficios aportados por la ciencia médica (anestesia
y analgesia) son las fuentes primarias por las que el hombre está menos fami-
liarizado con el dolor que generaciones pasadas, por eso le teme mucho más.
Surge la algofobia que constituye una verdadera plaga social. Nuestra socie-
dad no solo procura abaratar, sino liquidar, el mal y el sufrimiento, “estamos
en una cultura en la que el sufrir tiene mala prensa. El dolor es hoy un disva-
lor”, (Polaino, 1993, p. 302) no asumimos razones para soportarlo ya que
poseemos medios técnicos para combatirlo. Se ha caído en un grave engaño:
el sufrimiento puede y debe ser erradicado, y desde esta ilusoria afirmación el
hombre moderno acaricia la esperanza de convertirse en su propio creador, y
de vencer de una vez por todas el sufrimiento, lo cual es imposible (Poisson,
2009, p. 243).
En épocas pretéritas el sufrimiento desarrollaba su rol: hacía posible
transformar, hasta cierto punto, el sufrimiento en actividad. Un mendigo, por
ejemplo, no es simplemente un fracasado social, sino que desempeña un pa-
pel: no es un mero receptor de lo que le dan, sino que posee algo que dar a
cambio: el mendigo prometía orar por quien lo socorre. Por ello, es importan-
te deducir que el sufrimiento no es una pura condena a la pasividad (Lucero,
2010).
Sobre el sufrimiento deben afirmarse cinco realidades esenciales: Nadie
escapa del sufrimiento, es inevitable en nuestra vida, viene provocado por
nuestras propias experiencias vitales, y se le puede dar respuesta y sentido
desde la realidad de la cruz de Jesucristo; en último lugar, que es necesaria la
reflexión sobre el mal que provoca (Tracy, 2016).
Si bien es cierto que la fe no capacita que podamos evitar sufrir, ni impide
la queja inmediata, la existencia del sufrimiento proporciona un reto a la razón
y a la propia fe (Lucero, 2010). Desde esta dicotomía comenzaremos expo-
niendo las respuestas que, dadas desde la interpretación dialéctica, se adoptan
en las sociedades modernas y que vienen proporcionadas principalmente por
la ciencia médica.

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El sufrimiento vencido por el amor 325

2. “Vencer” el sufrimiento desde la sociedad moderna

Partiendo de una interpretación dialéctica, se considera que el dolor es un mal


que debe ser evitado a toda costa, pero a su vez es un mal que resulta necesario
para el incremento y la constitución del bien, y por ello es, en último término,
un bien (Lucero, 2010). Así para alcanzar el mencionado bien, dicho mal exi-
ge ser extirpado, de modo que se pueda conseguir en plenitud ese bien “alcan-
zable”.
Aunque es cierto que, en ocasiones, el sufrimiento ennoblece y nos hace
más dignos, también sufrir desgasta; el dolor hace daño porque supone poner
en juego energías vitales que consumen: “la primera y más humilde opera-
ción del dolor destroza la ilusión de que todo marcha bien” (Lewis C. S.,
1994b, p. 99).
Entre las experiencias de sufrimiento derivadas del dolor nos hallamos
con la enfermedad y la discapacidad, e incluso con el descarte de personas, en
tanto en cuanto vienen a este mundo a sufrir una enfermedad diagnosticada
durante su gestación, como los padecimientos acaecidos y agudizados por el
avance de la enfermedad o por la edad avanzada.
Es por ello, que, para “erradicar” el sufrimiento propio, o el que puede
generar su entorno, la sociedad moderna ha buscado, por así llamarlas, sus
soluciones desde la farmacopea y técnica: analgesia y sedación, diagnóstico
preimplantatorio como descarte de un sufrimiento futuro en el nasciturus o su
entorno, o la promoción de la llamada “muerte digna”, que es provocada me-
diante técnicas eutanásicas.

3. Respuestas de la sociedad moderna al sufrimiento

La sociedad moderna ofrece respuestas para acabar o paliar el dolor; la más


extendida ya ha sido enunciada: la analgesia farmacológica. Pero junto a ésta,
en las fases de inicio y fin de la vida se dan otras respuestas que enmascaran o
pretenden dar una respuesta al sufrimiento, cuando en la realidad no es así.
Para dar respuesta ordenada, vamos seguir el orden natural de la vida: la con-

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cepción y el fin de la vida humana de forma natural, atravesando la discapaci-


dad y la enfermedad.

3.1. Inicio de la vida

Con el inicio de la vida la sociedad moderna da sus respuestas: el aborto y los


diagnósticos prenacimiento del ser humano: el diagnóstico prenatal y el diag-
nóstico genético preimplantatorio (DGP en adelante). Estas soluciones, enca-
minadas a erradicar el sufrimiento, se entrecruzan dando una sola respuesta: la
erradicación del ser en gestación por medio del aborto; ésta es la primera de
las propuestas modernas.
En primer lugar, definamos las técnicas que la sociedad moderna ofrece
como respuesta para el fin del sufrimiento; se define como aborto “la interrup-
ción del embarazo por causas naturales o deliberadamente provocadas” (Mo-
reno Ortega, Aborto, 2013). Dejando de lado el aborto espontáneo, nos centra-
remos en la respuesta deliberada de la expulsión del feto en gestación, por
cualquiera de los métodos por el que se practique.
Respecto a los diagnósticos pre nacimiento del nuevo ser, en primer lugar,
tenemos el diagnóstico prenatal, el cual es definido como el conjunto de técni-
cas que se llevan a cabo en el intraútero para recabar información morfológi-
ca, bioquímica o genética del embrión o del feto, con la finalidad de detectar
posibles anomalías cromosomáticas o patologías, ambas susceptibles de una
curación genética (Moreno Ortega, Diagnóstico prenatal, 2013). Este tipo de
diagnóstico prenatal entraría dentro de los controles deseables en un embarazo
en sus primeros estadios, ya que es útil para prevenir ciertas anomalías del
niño que puede recibir tratamiento de forma precoz (Comissão Nacional da
Pastoral Familiar - CNPF, 2013).
Entendemos por DGP a la técnica de selección de embriones, generados
por métodos de reproducción asistida, utilizada por parejas fértiles afectadas
por una enfermedad genética hereditaria, con la finalidad de generar un bebé
que no padezca ninguna patología o posea una característica genética determi-
nada. Generados estos embriones se descartan los portadores de la enferme-

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dad o los que no posean la característica genética deseada (Comissão Nacional


da Pastoral Familiar-CNPF, 2013).
Así, la práctica de las pruebas genéticas prenatales, identifican los genes o
marcadores genéticos no deseados, lo que hace posible diagnosticar algunas
de las enfermedades genéticamente inducidas. Se trata tanto de enfermedades
que abarcan el defecto en un solo gen, como aquellas en las que intervienen
varios genes. La detección de anomalías genéticas es un proceso relativamen-
te simple, basado en un perfil genético, información genética que puede afec-
tar la elección de una pareja para el matrimonio y el control del embarazo. Las
decisiones tomadas sobre estas bases, poseen implicaciones eugenésicas, pues
aunque sus objetivos pueden ser aceptables, sus métodos son discutibles (Mo-
reno Ortega, Genética, 2013).
El aborto es, pues, la solución rápida que se ofrece a la mujer en angustia
por diversas situaciones que causan sufrimiento: violación, situación social
precaria, embarazo prematuro, etc. Si bien es cierto que una mujer embaraza-
da puede verse angustiada y sentirse sobrepasada por los acontecimientos,
proponer el aborto como la solución a todos sus problemas es una falacia, ya
que es bien sabido que el aborto conlleva secuelas psicológicas en la mujer.
El diagnóstico prenatal no es en sí mismo, malo o bueno; depende de su
finalidad: será nefasto si se utiliza para seleccionar y eliminar la vida del que
no supera los “estándares de calidad”, lo que da paso a hablar de eugenesia, lo
que recuerda métodos criminales de épocas pasadas que eliminaban o utiliza-
ban a discapacitados mentales para sus técnicas. (Congregación para la Doc-
trina de la Fe, 2008). Tal es el caso que para los niños afectados de trisomía en
el par 21 el 96% de los casos acaban en aborto. (Comissão Nacional da Pasto-
ral Familiar - CNPF, 2013). Las pruebas prenatales seguidas del aborto selec-
tivo y el diagnostico preimplantatorio envían un mensaje negativo, que puede
ser gravemente nocivo para la sociedad: “Es mejor no existir que tener una
discapacidad”. (Sfetcu, The new (liberal) eugenics, 2019).
Y si bien los fines de las pruebas genéticas prenatales buscan acabar con
enfermedades no deseadas, también sorprenden casos como el del matrimonio
londinense de Paula Garfield y Tomato Lichy. Al haber superado los cuarenta,
Paula Garfield no quiere correr los riesgos propios de un embarazo tardío y
piensan en la fecundación in vitro, algo que puede parecer lógico en parejas de

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su edad, pero el matrimonio desea aprovechar las posibilidades de la genética


y el diagnóstico preimplantatorio solicitado al personal médico para que se
seleccione un embrión sordo, como ellos y su hija. Esta petición causó estu-
por, cuando exhibían como un triunfo, y no como una preocupación, el hecho
de que su primogénita Molly hubiera nacido tan sorda como ellos (Navas,
2008).

3.2. Transcurso y final de la vida: enfermedad y muerte

En el devenir de la vida humana nos encontramos con la enfermedad, con la


posibilidad de vivir con una o varias discapacidades, y con la inevitable reali-
dad de la muerte. La sociedad moderna viene a nuestra “ayuda” para acabar o
paliar el dolor en la fase final de la vida: la eutanasia como única solución
posible.
Entendemos por eutanasia, causar la muerte a otra persona, con o sin su
consentimiento, para evitarle dolores o padecimientos físicos o morales, que
se estiman insoportables. Se puede matar por acción o por omisión, activa o
pasiva: mediante la inyección al enfermo en coma de una sustancia letal, o
absteniéndose de alimentarlo (Germán Zurriaráin, 2019).
La respuesta ofrecida a la enfermedad terminal o irreversible de la eutana-
sia implica resolver ciertos motivos morales: el valor de la vida humana y el
valor del morir como alternativa mejor aquí y ahora frente al vivir (Moreno
Ortega, Eutanasia, 2013).
La reflexión del creyente respecto a la vida, incluso aquella que se ve des-
esperada por el dolor y el sufrimiento, viene expresada en el numeral 2258 del
Catecismo de la Iglesia Católica:

La vida humana ha de ser tenida como sagrada, porque desde su inicio es


fruto de la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial
relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su
comienzo hasta su término; nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse
el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente. (Iglesia Ca-
tólica, 1997).

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Es por ello por lo que no podemos ofrecer al sufriente o al enfermo termi-


nal la respuesta rápida y simple de la eutanasia sin realizar un mínimo análisis
respecto a cómo nos enfrentamos a la incomprensión del sufrimiento que le
ocasiona la incertidumbre de su enfermedad o a cómo nos acercamos al mo-
mento final de la vida, o si la medicina actual puede ofrecer y garantizar una
muerte indolora. No se puede proporcionar pues, la simple alternativa antité-
tica de la vida, con la eliminación de la misma, por breve que sea el tiempo
que falte para el fallecimiento natural.
Dado que el dolor, en abstracto, no existe, sino que existen “personas do-
lientes”. Estas reclaman no padecer dolor, ser valoradas, consoladas, escucha-
das, estar acompañadas, tener seguridad ante la incertidumbre de la muerte,
ser tratadas y cuidadas con profesionalidad, si no con excelencia (Germán
Zurriaráin, 2019).
Es así como surge el binomio sufrimiento-amor que elimina las visio-
nes simplistas de eliminar el sufrimiento con el sinsentido de la muerte. el
sufrimiento es quien pone al hombre frente a su limitación y, conocedor de
su indigencia, lo lleva a descubrir la fuerza purificadora y redentora que
posee. A través del sufrimiento se puede plantear la realización un bien
mayor y que nos traza alternativas que hacen bien al que sufre: la medicina
es, en cuanto ciencia y a su vez arte de curar, el campo para explorar alter-
nativas que transformen la cultura de la muerte y del sufrimiento, en cultu-
ra de vida que da carácter creador por medio de alternativas a la elimina-
ción de la vida del que sufre, o del que no “merece vivir” porque va a
sufrir.
Desde esta perspectiva, se afirma que, cuando la calidad de vida es mer-
mada, ante un sufrimiento calificado de “insoportable”, la sociedad actual jus-
tifica, en nombre de la “compasión” el fin de la vida: para no sufrir es mejor
morir: es la llamada eutanasia “compasiva” (Congregación para la Doctrina
de la Fe, 2020) ya que es una vida que no merece ser vivida, anulando todo
reconocimiento de que la vida humana tiene un valor por sí misma.
Se hace necesaria una profundización en la dignidad y respeto de la vida
humana y de la persona desde la visión creyente, la cual nos dará su respuesta
a partir del sufrimiento vencido por el Amor.

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4. El sufrimiento vencido por el Amor: la visión


cristiana del sufrimiento

Ante estas “soluciones” modernas al sufrimiento surgido del dolor, se hace


necesario preguntarnos sobre el sentido transcendente y transformador del su-
frimiento, como la capacidad de aceptar lo imprevisto. Es una llamada a supe-
rar la desesperación y la impotencia que destroza. Necesitamos responder con
franqueza a ¿cómo podemos lidiar con la ansiedad existencial que engendra la
conciencia de nuestra propia mortalidad?, pregunta planteada y nunca respon-
dida por Ernest Becker (Marino & Mountain, 2015).
La pregunta enunciada por Becker exige la búsqueda de nuestra respuesta
personal, y para ello es necesaria la alteridad, el otro, para entablar un dialogo
honesto frente al sufrimiento. Es por ello que ante el proceso de morir y la
muerte se ha de evitar que se despierten en los cuidadores reacciones psicoló-
gicas que conducen directa o indirectamente a evitar la comunicación con el
enfermo y su familia evitando una fluida y honesta comunicación. Una comu-
nicación, como herramienta terapéutica, que se hace necesaria y en la que se
ha de vencer el miedo a provocar en el interlocutor reacciones emocionales no
controlables generadas al comunicar malas noticias, o la ansiedad ante el des-
conocimiento a algunas respuestas a cuestiones licitas del enfermo o su fami-
lia como son: ¿cuánto me queda de vida?, ¿cómo voy a morir? o ¿por qué a
mí? (Sociedad Española de Cuidados Paliativos, 2014, p. 33).
Se hace necesario responder con franqueza al problema del sufrimiento,
sin victimizarse, y sin actitud de culpabilizar a terceros; ya que no resuelve
nada, sino que transfiere el problema. No podemos, pues, perder el sentido
transcendente y noble del sufrimiento para caer en el endiosamiento de la téc-
nica para la que todo vale con tal de esconder y enmascarar, que no erradicar,
el sufrimiento derivado del dolor. En contraposición a esta visión dialéctica
Juan Pablo II afirma:

El dolor, sobre todo el físico, está ampliamente difundido en el mundo de los


animales. Pero solamente el hombre, cuando sufre, sabe que sufre y se pre-
gunta por qué; y sufre de manera humanamente aún más profunda, si no
encuentra una respuesta satisfactoria (Juan Pablo II, 1984).

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El sufrimiento vencido por el amor 331

Por esa razón, el hombre lleno de asombro e inquietud se pregunta por la


finalidad del sufrimiento. (Monge, 1984). Partiendo de la Sagrada Escritura,
Juan Pablo II, en el tercer capítulo de la Carta Apostólica Salvifici doloris nos
ofrece un análisis del libro de Job, donde el autor sagrado da como respuesta
al mal del pecado un castigo, y hace que el sufrimiento aparezca como un
“mal justificado”, pero Job es inocente. (Monge, 1984). Por eso, señala Juan
Pablo II, que el sufrimiento derivado de la culpa, no tiene solo un sentido pu-
nitivo, además posee “carácter de prueba” (Juan Pablo II, 1984).
El Antiguo Testamento, además, pone de relieve el valor educativo y co-
rrectivo del sufrimiento con el que se facilita la posibilidad de reconstruir el
bien en el mismo sujeto que sufre; es una llamada a la conversión, por la cual
se puede reconocer la misericordia divina en esta llamada a la penitencia, cuya
finalidad es superar el mal y consolidar el bien (Monge, 1984).
Escribe san Pablo en la Carta a los Colosenses 1, 24 las palabras que cons-
tituyen casi la última etapa del itinerario espiritual respecto del sufrimiento:
“Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: asi completo en mi carne
lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la
Iglesia”. Por ello franciscanos medievales, san Juan de la Cruz, santa Teresa
de Jesús, o mártires del régimen neopagano nazi como Maximiliano de Kolbe
o Edith Stein, junto a muchos otros cristianos de todos los tiempos, se han
centrado con acierto en la cruz como el modo cristiano de abordar tanto el
sufrimiento como la alegría, vividos con fe, esperanza y amor (Tracy, 2016).
El sufrimiento comienza con la vida, influye profundamente en su desa-
rrollo y solo concluye con la muerte; no podemos ser ajenos a esta realidad del
ser humano, como intuyó Escrivá de Balaguer en Es Cristo quien pasa, núm.
168: “El dolor entra en los planes de Dios. Esta es la realidad, aunque nos
cueste entenderla” (Escrivá de Balaguer, 1973). El dolor posee un valor trans-
formador y creador: nos moldea, nos hace únicos, más humanos. Lo único que
consigue no romper a la persona es que sea capaz de amar de verdad. El amor
es un fuerte apoyo del sentido del sufrimiento (Lucero, 2010). Encontramos
en Juan 3, 16-17 la gran afirmación vocacional del Dios Amor:

Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo
el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no en-

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vió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se
salve por él.

Por el escándalo y el tropiezo de la cruz y del propio sufrimiento de Dios


por quien sufrimos, la cruz de Jesús revela de forma irrevocable al Dios que es
amor infinito como el Dios crucificado (Tracy, 2016).
Esta idea impensable desde la filosofía y el sentido común sobre el Dios
que ama como el Dios crucificado es a la vez el verdadero escándalo del cris-
tianismo, y, más allá de todas las inútiles teodiceas, la verdadera respuesta
cristiana práctica al sufrimiento en la que todo cristiano puede participar cuan-
do acepta el amor de Cristo, no con una actitud propia del agnosticismo que
reclama una aceptación estoica del sufrimiento inevitable de la vida, ya que,
cuando el hombre está enfermo, cae en la cuenta que cuando estaba sano había
descuidado lo esencial prefiriendo lo accesorio a lo esencial (Monge, 1984).
Con todo, hay que estar alerta con que no se fomente una exaltación enfer-
miza del dolor, como encontramos en algunas formas de espiritualidad cristia-
na, sino fijar la atención en el escándalo de la cruz de Cristo como lo que nos
da esperanza, ya que la respuesta a nuestro sufrimiento y nuestro mal es el
sufrimiento de Jesús de Nazaret, que es, al mismo tiempo, Dios mismo que
ama y que sufre (Tracy, 2016).

5. Propuestas de la bioética personalista

Como se ha anticipado, el dolor es el gran revulsivo para la conversión de la


vida no solo en quien lo padece, sino también en quien lo contempla y decide
ejercer la virtud evangélica de la misericordia con los innumerables sufrientes
de la tierra. De ahí que surja la necesidad de anunciar el Evangelio del sufri-
miento a la luz de la Redención de Cristo. Ya que el mismo Jesús, en Mt 16,
24, no oculta a sus oyentes la necesidad del sufrimiento: “Si alguno quiere
venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.”
En el Evangelio del sufrimiento vislumbramos que es una llamada, una
vocación nada abstracta: ven toma parte de esta obra redentora con tu sufri-
miento, y llenarás así tu sufrimiento de sentido, esperanza y alegría. Con esta

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visión se supera la sensación deprimente de quien se considera a sí mismo


inútil, condenado a ser atendido por los demás. Basados en esta fe en la parti-
cipación de la cruz de Cristo, se concibe que el sufrimiento de un hombre
“sirve”, como Cristo, para la salvación del otro.
En contraposición a la mirada personalista del hombre y del sufrimiento,
la ciencia ha preferido el uso de embriones humanos como material para obte-
ner células madre antes que utilizar células que no comprometieran la vida y
la dignidad de seres humanos, en estado embrionario o no. Se da publicidad y
autoridad al debate sobre la eutanasia y el aborto, y en cambio, se dejan per-
durar situaciones y practicas equivocas frente al tratamiento multidisciplinar
del sufrimiento ocasionado por el dolor, desincentivando el desarrollo y pues-
ta en valor de los cuidados paliativos. Se ha privilegiado a la técnica y la
ciencia en menoscabo de lo que habría generado un total respeto a la vida
humana y su dignidad (Poisson, 2009, p. 242).
A partir de esta realidad, la medicina, en cuanto ciencia y a la vez arte de
curar, ha de redescubrir en el sufrimiento del hombre que ha de reaccionar,
que ha de aspirar a ser una medicina terapéutica, redescubriendo con ello la
dignidad que reside en cada persona, como enseñara Hipócrates de Cos a sus
discípulos del arte médico y consignara en el clásico Juramento Hipocrático:

No daré a nadie, aunque me lo pida, ningún fármaco letal, ni haré semejante


sugerencia. Igualmente, tampoco proporcionaré a mujer alguna un pesario
abortivo. En pureza y santidad mantendré mi vida y mi arte (Borghi, 2018,
p. 42).

Así como el texto de Hipócrates realiza una clara condena del aborto y la
eutanasia, en el siglo XIX, la primera mujer en alcanzar un título médico en
Estados Unidos: Elisabeth Blackwell reconoce respecto a su vocación médica
que es motivada por su oposición a la creencia de que ser “medica” implica ser
abortista (Boyd, 2009).

La basta perversión y destrucción de la maternidad por parte de los abortistas


me llenó de indignación y despertó en mí una activa oposición. Que la hono-
rable expresión «mujer médico» tuviera que aplicarse exclusivamente a las
mujeres que practicaban ese impresionante comercio me parecía algo horri-

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ble. Era la total degradación de lo que habría podido y debido convertirse en


una noble posición para las mujeres. (Borghi, 2018, p. 220).

Es por ello que, al igual que el sufrimiento es diverso, y que, la medicina


es un campo más vasto, variado y pluridimensional: (Monge, 1984) desde ese
amplio campo del saber que es la medicina se ha de propiciar que la dignidad
de todo ser humano y la inviolabilidad de la vida en todas las fases y facetas
de su vida sean redescubiertas, estudiadas y valoradas.
Al comentar la parábola del buen samaritano, el papa san Juan Pablo II
subraya que también ante el sufrimiento del prójimo, “el hombre debe sentirse
llamado personalmente a testimoniar el amor”, a salir con diversas iniciativas
al encuentro del dolor ajeno. “Cristo al mismo tiempo ha enseñado al hombre
a hacer bien con el sufrimiento y a hacer bien a quien sufre. Bajo este doble
aspecto ha manifestado cabalmente el sentido del sufrimiento” (Monge, 1984).

5.1. Inicio de la vida

Como se ha visto, las técnicas diagnósticas: prenatal y genética preimplanta-


toria, con frecuencia son la respuesta utilizada para revisar la “calidad” del
niño, hecho que daba como solución el aborto. La presión social lleva a los
médicos, hoy día, a emplear menos el diagnóstico prenatal para curar al niño
frente a la propuesta de la práctica de un aborto. El facultativo tiene miedo de
estar frente a una anomalía que se le reprochará no haber detectado, lo que da
como resultado una multiplicación abortos (Comissão Nacional da Pastoral
Familiar - CNPF, 2013).
Una mirada especial merece la aplicación del DGP por medio del cual se
generan nuevos seres, tras la correspondiente selección e implantación del
deseado, se elimina la vida de los no implantados y se genera un “bebé medi-
camento” con la finalidad terapéutica hacia un hermano del mismo. (Comissão
Nacional da Pastoral Familiar - CNPF, 2013) Por ello, cabría preguntarse si el
DGP es una práctica eugenésica, debido a que se busca al ser perfecto genéti-
camente y se favorece la eliminación de determinados sujetos (embriones).
Jacques Testan afirma: “el diagnostico preimplantatorio, es una promesa de

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El sufrimiento vencido por el amor 335

eugenesia discreta, consensuada y a gran escala.” Augurando un gran aumen-


to del número de abortos (Comissão Nacional da Pastoral Familiar - CNPF,
2013).
Incluso en el caso de comprender el sufrimiento de los padres por la enfer-
medad de su hijo, por mucho amor que reciba el bebé generado por técnicas
de reproducción asistida y DGP cabría preguntarse: ¿es ético generar un hijo
para salvar a otro?, ¿cuantos embriones hay que generar y congelar con la fi-
nalidad de que uno de ellos viva? Aunque reciba mucho amor de los padres, es
lícito preguntarse con objetividad por la razón del que vive: es elegido por lo
que va a aportar a un enfermo. Así, se trata al embrión humano como un sim-
ple “material de laboratorio”, produciendo una alteración y discriminación en
lo referente a la dignidad humana. Una dignidad única y personal, que no de-
pende de proyectos familiares, condicionamientos sociales, desarrollo cultu-
ral, etc. (Congregación para la Doctrina de la Fe, 2008).
Con esta técnica se abre paso la corriente transhumanista, con la búsqueda
del mejor ser humano posible, tanto en características físicas como en carac-
teres genéticos, reivindicando la aparición de una nueva especie. Hay que
hacer recordar que la minusvalía previsible de un niño no puede ser un motivo
para interrumpir un embarazo, puesto que la vida con minusvalía es igualmen-
te valiosa y afirmada por Dios. Otro de sus por qué es claro: nadie tiene la
garantía de una vida sin limitaciones corporales, espirituales o intelectuales.
Con todas estas premisas, se hace preciso el ejemplo del buen samaritano
propuesto por Juan Pablo II, se necesita en primer lugar la capacidad de ofre-
cer una escucha, sin dar rodeos ante el sufrimiento de la madre, subirla en la
propia cabalgadura, y darle un sostenimiento, llevar a la posada al sufriente, y
por qué no, incluso proporcionarle una ayuda material una vez en la posada,
ya que, de llegar a la elección del aborto, se sabe que surgen nuevos sufrimien-
tos y desórdenes psicológicos: sentimiento de culpabilidad, depresión, deseos
suicidas, ansiedad, insomnio, ira, pesadillas con el bebé que la odia, que la
llama… aunque no siempre están relacionados con el aborto, sí pueden ser
debidos al estrés post-traumático producido por el aborto (Comissão Nacional
da Pastoral Familiar - CNPF, 2013). Y, por ende, la mejor manera de ayudar a
una madre en dificultades no es contribuir a eliminar una vida indefensa e
inocente, porque se piensa que con ello se acaba su sufrimiento, sino que hay

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que ayudarla a resolver sus dificultades; un ejemplo de ayuda a la madre es la


entrega en adopción del bebé. Ya que el bebé en adopción, aunque pierde a su
madre conserva su vida y gana unos nuevos padres.
Si bien es cierto que, los movimientos feministas reivindican el aborto
como la liberación de la maternidad y como el “derecho a disponer del propio
cuerpo”, el bebé no es, biológicamente, una parte del cuerpo de su madre, es
su “inquilino”, por tanto, no puede la madre disponer de él de forma delibera-
da (Comissão Nacional da Pastoral Familiar - CNPF, 2013) De hecho, el abor-
to atenta contra la propia naturaleza de la mujer, en la que está la posibilidad
de ser madre, ya que la esterilidad, sufrimiento inmenso para algunas perso-
nas, pone de manifiesto cómo la maternidad es parte de la identidad femenina.
Por esa razón, la escucha, el acompañamiento y las soluciones objetivas res-
pecto a los sufrimientos de la mujer pueden liberarla de matar a su propio hijo,
lo cual no es fuente de liberación de sus problemas, sino fuente de nuevos
sufrimientos.
Se hace necesario contribuir al redescubrimiento del amor que vence al
dolor y al sufrimiento que éste ocasiona, y aportar una respuesta cierta, obje-
tiva y real frente a las respuestas que ofrece la sociedad moderna. En conse-
cuencia, el aborto directo, es decir, querido como medio o como fin, es un
desorden moral grave, ya que es la eliminación deliberada de un ser humano
inocente (Juan Pablo II, 1995).

5.2. Transcurso y final de la vida: enfermedad y muerte

Como se ha anticipado en la respuesta que da la sociedad moderna, se hace


necesaria una profundización en la dignidad y respeto de la vida humana, una
dignidad incuestionable, ya que es la esencia misma del ser humano: morir en
dignidad implica, por tanto, ser respetado y no eutanasiado, por lo que nuestra
respuesta solo puede ir de la mano de los cuidados paliativos que atienden de
forma integral todas las necesidades del enfermo terminal.
La sociedad actual niega o esconde la realidad de la muerte; no se quiere
pensar en ella, ya que es considerada como un fracaso. Sin embargo, mirar de
frente a la misma nos prepara a ella con paz y libertad. Volvamos al evangelio

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del amor propuesto por Lucas 10, 25-37 con la parábola del buen samaritano:
“un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él (el sufriente) y, al verlo,
se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino,
y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó.” Son
los cuidados proporcionados por el buen samaritano unos cuidados paliativos
que, lógicamente, no tienen como finalidad la muerte del enfermo, sino el
cuidado de su vida mientras a éste puede llegarle su final.
Pero no se queda con unos cuidados paliativos que mitiguen el dolor como
primera y única instancia: “Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio
al posadero y le dijo: «Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré
cuando vuelva».” (Lc 10,35) El buen samaritano y la medicina con los cuida-
dos paliativos afirman requerir el respeto a la dignidad del enfermo como ser
humano hasta el momento de la muerte y el respeto a sus creencias y valores;
la eutanasia, por su parte, olvida al paciente: lo omite y lo elimina, no lo acom-
paña en el proceso de morir, lo mata.
Como es bien sabido, el ser humano es por constitución un ser social, se
realiza solo si entra en relación con los demás. Por eso, un ser humano enfer-
mo nos interpela e interroga, pero también a la sociedad. Como ya se había
insinuado, es esencialmente necesaria la comunicación como una herramienta
terapéutica que da acceso al principio de autonomía, al consentimiento infor-
mado, a entablar una relación de confianza mutua, que facilita la seguridad e
información que el enfermo necesita para ser ayudado y ayudarse a sí mismo.
(Sociedad Española de Cuidados Paliativos, 2014, p. 33).
Esta comunicación siempre supone un reto y desafío para el enfermo, la
familia y el equipo médico, a la vez que para nosotros y para la sociedad; pero
con la información veraz, la orientación honesta y el apoyo integral de los
cuidados paliativos se reduce ostensiblemente el estrés generado en la activi-
dad diaria, otorgando valor y dignidad a la vida que se acaba.
El buen samaritano, cual medicina paliativa, considera que morir con dig-
nidad supone vivir de una manera digna hasta el último momento, y por eso le
da al posadero lo necesario para que esté cuidado con dignidad hasta que
“vuelva” a visitarlo en la posada. Ya que, como recuerda el núm. 29 de Salvi-
fici doloris:

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No puede el hombre «prójimo» pasar con desinterés ante el sufrimiento aje-


no, en nombre de la fundamental solidaridad humana; y mucho menos en
nombre del amor al prójimo. Debe «pararse», «conmoverse», actuando
como el Samaritano de la parábola evangélica (Juan Pablo II, 1984).

La elocuencia de la parábola del buen samaritano, como también la de


todo el Evangelio, es concretamente ésta: el hombre debe sentirse llamado
personalmente a testimoniar el amor en el sufrimiento. Las instituciones, las
posadas, son importantes e indispensables; sin embargo, ninguna institución
puede de suyo sustituir el corazón humano, la compasión humana, el amor
humano, la iniciativa humana, cuando se trata de salir al encuentro del sufri-
miento ajeno. Esto se refiere a los sufrimientos físicos, pero vale todavía más
si se trata de los múltiples sufrimientos morales, y cuando la que sufre es ante
todo el alma (Monge, 1984).
Paliar es mitigar el sufrimiento y reafirmar la importancia de la vida, pero
si se acepta que la muerte es una realidad humana; es por ello por lo que los
cuidados paliativos alivian su sufrimiento y proporcionan los medios para una
muerte tolerable (Germán Zurriaráin, 2019).
Así, pretender que el paciente muera de forma natural hace necesaria una
apuesta por la implantación de cuidados paliativos, los cuales rescatan lo hu-
mano en el paciente terminal. Los cuidados paliativos responden, de forma
íntegra, a la situación humana inevitable de morir, y manifiestan, a la vez,
nuestra humanidad, (Germán Zurriaráin, 2019) ya que en palabras de Robert
Spaemann:

El movimiento hospitalario, (cuidados paliativos) y no el movimiento pro


eutanasia, constituye la respuesta humanamente digna a nuestra situación.
Cuando el morir ya no se entiende ni se asume como una parte del vivir,
entonces se abre paso la cultura de la muerte (Spaemann, 2007).

Por tanto, no es la eutanasia lo que se ha de fomentar y promocionar, sino


una formación integral del personal que trata con el enfermo: desde los profe-
sionales sanitarios (médicos, enfermería, trabajadores sociales, terapeutas
ocupacionales, auxiliares de enfermería, psicólogos, etc.), a los expertos en
bioética, los asesores espirituales, abogados y voluntarios, con el fin de capa-
citarlos en su lucha contra el sufrimiento.

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El sufrimiento vencido por el amor 339

Con estas herramientas, la aceptación de la muerte por la sociedad permi-


tiría, con mayor facilidad, al paciente morir en su hogar, rodeado del cariño de
los suyos y del amor familiar, dado que cuidar y acompañar es parte de la
atención integral del enfermo, incluso cuando no se puede curar, (Germán
Zurriaráin, 2019) tratando no solo al enfermo, con dignidad y promocionando
su autonomía, sino teniendo también a la familia en el centro como una unidad
con el enfermo, ya que es el núcleo fundamental de apoyo del enfermo. (So-
ciedad Española de Cuidados Paliativos, 2014, p. 5)
Urge, pues, garantizar una respuesta global a las necesidades de los enfer-
mos al final de la vida que, si bien no elimina su sufrimiento, que al menos lo
mitigue. No se debe ofrecer la mera alternativa eugenésica de la eutanasia para
acabar con los enfermos. Así, ofrecer la eutanasia cuando no está resuelto el
acceso universal a los cuidados paliativos, es una irresponsabilidad social y
política, además de una negligencia contraria a la justicia social.

6. Conclusiones

El dolor nos hace ver la verdad esencial de la vida, ya que es una realidad in-
eludible, todo hombre alguna vez en la vida lo experimenta, es por ello que se
hace necesario redescubrir el valor salvífico del sufrimiento: “para poder per-
cibir la verdadera respuesta al ‘porqué’ del sufrimiento tenemos que volver
nuestra mirada a la revelación del amor divino, fuente última del sentido de
todo lo existente. El amor es también la fuente más rica sobre el sentido del
sufrimiento, que es siempre un misterio”. (Juan Pablo II, 1984).
“Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si
muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24). El sufrimiento, aceptado con fe, hace
morir a muchas cosas y morir a uno mismo, y da lugar dentro de nosotros a un
nuevo ser por la crisis espiritual que se ha experimentado. Esa experiencia
dolor y enfermedad tiene factores desencadenantes en la construcción de la
personalidad, puesto que a través de ellos el hombre se vuelve consciente de
lo que tiene que superar (Lucero, 2010).
El que ha estado en contacto con el sufrimiento, como el buen samaritano,
puede señalar que la persona que sufre, no pide tanto explicaciones racionales,

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como una actitud empática. Lo mismo puede suceder con las consideraciones
teológicas: se lamentan porque no encuentran sentido. Se necesita darle senti-
do porque esa situación forma parte de la vida. (Lucero, 2010) Y como señala
Salvifici doloris, el dolor no es un castigo inmerecido, sino un inagotable e
inmerecido tesoro que se puede compartir con los demás, revalorizando las
relaciones humanas frente al individualismo creciente. La unión con el sufri-
miento de Cristo, para el creyente que se encuentra enfermo o terminal, cons-
tituye el culmen de nuestra actitud de fe que da sentido a todo sufrimiento.
Así, recordando la parábola del buen samaritano, se hacen necesarios un
buen acompañamiento al enfermo sufriente y un correcto discernimiento tera-
péutico de las diferentes situaciones como elementos indispensables evitan el
riesgo del ensañamiento terapéutico y de una opción única e ineludible enca-
minada a la muerte, como es la eutanasia.
Se requiere impulsar una educación médica multidisciplinar en la que se
tenga en cuenta que el sufrimiento humano y el proceso de morir implica múl-
tiples factores con los que el hombre afronta la vida y la muerte: culturales,
espirituales y emocionales. Solo así la muerte puede dejar de ser el tabú social
actual, y que los enfermos terminales, o de larga enfermedad, dejen de ser los
grandes olvidados de la medicina.
Junto a una honesta comunicación entre todos los implicados: pacientes,
familias, profesionales sanitarios y sociedad en general, han de ser los cuida-
dos paliativos quienes cuiden, alivien y palíen el sufrimiento, para proporcio-
nar los medios para una muerte verdaderamente digna que, aunque mitigan el
sufrimiento, reafirman la importancia y la dignidad de la vida de toda persona,
aceptando que la muerte es una realidad natural e ineludible de todo individuo.

7. Referencias bibliográficas

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