¿Qué es una lengua?
Clasificación de las lenguas
La lengua es un sistema de comunicación que sirve para transmitir
información, dependiendo de un contexto determinado y de una normativa muy
concreta para producir los mensajes.
El lenguaje humano es el único que establece una comunicación verbal, es
decir, a través de palabras. Los animales también pueden comunicarse, claro,
pero su sistema se basa en el uso de señales no-verbales (olfativas, sonoras o
visuales, como los ladridos, el vuelo de las abejas, el canto de las ballenas,
etc.).
A la lengua que se habla en una sociedad humana determinada se le llama
idioma (inglés, francés, húngaro…).
¿Conoces la diferencia entre LENGUA y LENGUAJE? ¡Búscalo en
Internet!
Hay una parte de la ciencia lingüística que estudia la historia de cómo se
conformaron las lenguas: la lingüística histórica. A partir de la indagación de
documentos y testimonios del pasado, los científicos han establecido que las
lenguas actuales pueden clasificarse atendiendo a su origen. Es decir, que
podemos agrupar las lenguas en distintas clases por sus rasgos en común para
descubrir de qué lengua madre proceden.
Como ves, el español forma parte de la familia de las lenguas romances (en la
leyenda del mapa, tiene el número 1). Todas estas lenguas provienen del latín,
como el francés, el portugués, el italiano, el catalán o el rumano. Se han
denominado lenguas romances porque se hablan en un territorio que se
conoce con el nombre de Romania, que cubre mayoritariamente los territorios
del sur del antiguo Imperio romano en la Europa actual. Las palabras romance
y Romania, asimismo, proceden del adverbio latino romanice (hablar en
romano). Así, los romanos anteponían su habla a la de aquellas personas que
habitaban los territorios que anexionaban al Imperio o quedaban fuera de él, de
habla barbárica (por provenir de los bárbaros).
El español en el mundo
Aunque las lenguas romances surgieron en Europa, se distribuyeron de
manera global más adelante. Sobre todo, a partir de dos sucesos históricos
fundamentales: la expedición a América de Cristóbal Colón (y las expediciones
de quienes siguieron su camino posteriormente), así como el imperialismo del
siglo XIX.
Por este tipo de acontecimientos, especialmente por los siglos de peso de la
época imperial de España en la historia, el español se considera lengua
oficial o cooficial en 21 países de Europa (España), América (México,
Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Colombia,
Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Venezuela, Puerto
Rico, República Dominicana, Cuba) y África (Guinea Ecuatorial).
En el caso del Sáhara Occidental, también en África, el español saharaui está
reconocido como lengua oficial del Estado junto con el árabe, aunque es este
último el que se recoge en la Constitución del país. En este caso, el español
tiene un reconocimiento limitado y suele utilizarse como segunda lengua.
Por otro lado, en Filipinas, el español es reconocido constitucionalmente como
una lengua opcional, hablada por el 0,5% de la población. Se garantizan ciertos
derechos para estos hablantes, como el de proporcionar traducciones oficiales
de documentos estatales, así como la obligatoriedad de ofertar cursos y
asignaturas en español en las escuelas que impartan idiomas extranjeros. A
partir de 2009, se ha impulsado su estudio en la ESO de Filipinas, por un apoyo
de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo
(AECID).
Observa la infografía de abajo. ¿Qué significa que haya usuarios de
competencia limitada en una lengua? ¿En qué se diferencian con un
hablante nativo? ¡Lo has visto en clase!
¿Qué opinas sobre el uso del español en la cultura (editorial, cine,
música, etc.)? ¿Tú prefieres consumir cultura en español o en otras
lenguas?
Las lenguas de España
El artículo 3 de la Constitución Española reconoce que la riqueza de las
distintas lenguas y variedades lingüísticas (dialectos) de España es un
patrimonio cultural que merece especial respeto y protección, a la vez que
establece que el castellano es la lengua oficial del Estado y que todos los
españoles tienen el deber de conocerlo y el derecho a usarlo (¡por eso
estudiáis obligatoriamente la asignatura de Lengua Castellana y Literatura!).
Este mismo artículo indica que las demás lenguas españolas podrán también
ser oficiales en las Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos o
Leyes. En este apartado, se contemplan lenguas como el euskera (País Vasco
y parte de la Comunidad Foral de Navarra), el gallego (Galicia), el catalán y el
valenciano (Cataluña, Illes Balears y Comunitat Valenciana), el aranés (al
noroeste de Cataluña). Estas lenguas son conocidas como lenguas
cooficiales.
Otras lenguas, como el llionés (en parte de León, Salamanca y Zamora), el
asturianu (Principado de Asturias y parte de Cantabria) o el aragonés (norte de
Aragón) se denominan lenguas protegidas, pero no están amparadas por
Estatutos, aunque se hace todo lo posible por que no se pierdan. Se las
considera como parte de la pluralidad lingüística de España, es decir, como un
elemento generador de riqueza cultural y social.
¿Qué pasa con el andaluz, el extremeño o el murciano, por ejemplo? No pueden ser
consideradas lenguas cooficiales o protegidas porque no tienen ese estatus de lengua. Es
decir, no poseen una gramática (unas normas lingüísticas, formales) propia. Sí que se
distinguen del castellano en su tonalidad (acento) y en el léxico (vocabulario), por ejemplo, pero
no en cómo se construye la lengua (conjugación verbal, componentes oracionales, etc.). A este
tipo de fenómenos se los denomina dialectos o variedades lingüísticas. En este caso, del
español. También son variedades lingüísticas todas las que pertenecen a Latinoamérica: el
colombiano, el venezolano, el cubano, y un largo etcétera (¡menos el brasileño, claro!).
Historia del español
Páginas 230, 231, 232 y 233 del Libro III de 2º ESO.
La verdadera historia del castellano, y de todas las lenguas romances, no
empieza realmente hasta bien entrada la Edad Media. En algún momento
imposible de determinar, entre los siglos VIII y IX, los habitantes del norte de la
Península Ibérica hablaban ya unos dialectos del latín lo suficientemente
distintos como para considerarlos lenguas diferenciadas, pero aún no lo
bastante diferenciados entre sí como para que sus hablantes no se
comprendiesen entre ellos. No obstante, aunque nuestra verdadera historia
empieza hace apenas once o doce siglos, sus raíces se remontan a mucho
antes, incluso a miles de años antes. Empezaremos pues, no desde el
principio, sino desde mucho antes del principio.
Antes de que el latín llegara a la Península Ibérica, los lingüistas han estudiado
dos fenómenos interesantísimos:
La hipótesis del pueblo indoeuropeo y de su lengua. Se supone que
vivieron, hace unos 5000 años, en los alrededores del Mar Negro y que,
desde allí, se extendieron hacia este (Oriente Medio e India) y oeste
(Europa). De esta supuesta lengua primitiva indoeuropea proceden
lenguas tan distintas como el griego, el latín, el persa, el sánscrito o el
romaní, la lengua de los gitanos. En realidad, no se tiene ninguna
constancia real de su existencia, pero los lingüistas observaron
coincidencias entre las lenguas que consideramos derivadas del
indoeuropeo. Y, de hecho, en base a la comparación de dichas lenguas,
se ha llegado a reconstruir parte del vocabulario y de la gramática del
indoeuropeo.
Las lenguas prerromanas, es decir, las que hablaban los pobladores de
la Península Ibérica antes de la llegada de los romanos. Estos pueblos
estaban muy dispersos y fragmentados. Entre todos ellos, podemos
destacar tres culturas
predominantes, que actuaron
lingüísticamente como sustrato
(como abono, igual que sucede en
las plantas) del latín: los celtas
(mitad noroeste peninsular; origen
indoeuropeo; palabras actuales:
cerveza, camisa, Segovia); los
iberos (sur y levante peninsular; no
origen indoeuropeo, sino
norteafricano, con su propia
escritura, adaptada de los fenicios; palabras actuales: páramo, jarra,
cerro) y los vascos (no se conoce el origen de su lengua ni del pueblo;
norte peninsular; palabras actuales: boina, izquierda).
La romanización (siglos III a.C.-V d.C.)
El latín es la "lengua madre" del castellano. De origen indoeuropeo, los
romanos procedían de una zona de la Península Italiana llamada Lacio.
Desembarcaron en la Península Ibérica el año 218 a.C., con motivo de la
segunda Guerra Púnica, contra los cartagineses. Tras su victoria, descubrieron
las riquezas y ventajas de la Península Ibérica y, de esta manera, Hispania se
convirtió en la primera provincia romana fuera de Italia
La romanización (adquisición de la lengua y cultura romanas) no fue rápida, ni
fácil, ni homogénea. Las zonas íberas, mediterráneas y sureñas, que ya
llevaban años en contacto con los romanos aceptaron enseguida la cultura
romana y adoptaron el latín con relativa rapidez. Sin embargo, a medida que
avanzaban hacia el oeste y hacia el norte, los romanos encontraban mayor
resistencia, como muestran las luchas de Viriato o la resistencia de la ciudad
de Numancia. Hasta el 19 a.C. no se logró la rendición total de astures y
cántabros, debido a lo cual estos pueblos asimilaron la cultura romana de
forma mucho más superficial.
Por otro lado, la lengua de Roma no se imponía de forma radical a los pueblos
conquistados, sino que estos la empleaban en la vida pública mientras
mantenían al mismo tiempo, en la vida privada, su lengua propia. Esta situación
de bilingüismo fue dando paso al abandono de la lengua nativa antigua y al
uso del latín como único medio de comunicación. Y este latín no era tampoco el
elegante latín literario o clásico que aún hoy estudiamos, sino el denominado
latín vulgar, la lengua popular que usaban en su vida cotidiana los
campesinos, los soldados, los comerciantes, los esclavos…Debido a este
proceso, entre dos tercios y tres cuartas partes del actual vocabulario
castellano es de origen latino (terra > tierra; plenu > lleno; collocare > colgar;
dominum > dueño).
No obstante, a partir del siglo III, el Imperio Romano entró en una profunda
crisis, que se agudizó durante el IV. El Emperador Diocleciano intentó
remediarla dividiendo el Imperio en dos partes: Oriente (con capital en
Constantinopla) y Occidente (con capital en Roma y, posteriormente, en
Rávena). Esta división se convertiría en ruptura definitiva a partir del emperador
Teodosio. Esta decadencia culminaría en 476 (siglo V), cuando el bárbaro
Odoacro depuso al emperador niño Rómulo Augusto, poniendo fin así al
Imperio Romano de Occidente, que se dividió en multitud de reinos bárbaros.
Durante todo este tiempo, Roma había sido incapaz de defender sus fronteras
y se había visto obligada a recurrir a mercenarios bárbaros para mantener su
ejército.
Los reinos visigodos (siglos V-VIII)
Por esta crisis, la frontera norte se derrumbó y numerosos pueblos germánicos
(suevos, vándalos, francos, alamanes, hérulos, burgundios, lombardos…) se
adentraron en el Imperio. Todos estos pueblos eran también de origen celta, es
decir, también tenían una lengua indoeuropea. Además, muchos de ellos ya
habían abandonado sus propias lenguas y adoptado el latín, y se habían
convertido al cristianismo (la religión oficial romana) y aceptado sus leyes.
Por lo que respecta a la Península Ibérica, los suevos se establecieron en el
Noroeste (la actual Galicia, por lo que a partir de entonces una cierta
diferenciación lingüística y cultural), donde fundaron un reino que resistió casi
dos siglos. Vándalos y alanos se establecieron en distintas zonas de las
actuales Portugal, Andalucía y Castilla, pero fueron pronto expulsados por los
visigodos. La mayor parte de la Península, de este modo, fue dominada por los
visigodos que, expulsados de la Galia por los francos, crearon un reino con
capital en Toledo.
Los visigodos ya habían adoptado el latín como lengua, se habían convertido
al cristianismo, aceptado el derecho romano y mantuvieron las instituciones
romanas, aunque conservaron algunas costumbres y leyes tribales, como la
elección de rey. Su número era muy escaso. Los historiadores hablan de un
máximo de 100.000 visigodos frente a entre cuatro y cinco millones de hispano-
romanos. Tampoco tuvieron mucho contacto con la población nativa. Al
principio incluso prohibieron los matrimonios mixtos entre visigodos e hispanos,
aunque más adelante relajaron un poco estas leyes de separación. De todos
modos, los visigodos formaron una élite guerrera, separada de la población
nativa autóctona.
De este modo, su influencia en nuestra lengua fue, por tanto, muy escasa,
aunque muy importante en otros sentidos. Los factores más influyentes en la
lengua durante esta época fueron la pérdida de la unidad del Imperio y la grave
decadencia cultural que se vivió en estos siglos, en los que la Iglesia se
convertiría en la heredera y conservadora de la cultura romana, en una
sociedad casi completamente analfabeta. Sin embargo, dejaron unas cuantas
palabras, sobre todo en la toponimia, o relacionados con la guerra o con
herramientas cotidianas, como, por ejemplo, yelmo, tregua, guerra, espía,
jabón, ropa, falda, cofia, parra, apacentar, sala... Y muchos nombres propios de
persona como Alfonso, Adolfo, Rodrigo, Gonzalo, Elvira, Fernando, Federico…
Al-Ándalus y repoblación cristiana. Surgimiento del
castellano y otras lenguas romances (siglos VIII-XIV)
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