Tema 6: La crisis del Antiguo Régimen (1788-1833)
A partir de la toma del poder de Napoleón Bonaparte, la corte española no fue sino una
mera comparsa de la política expansionista de Francia. Además, la delicada situación de
Godoy favoreció el asalto al poder del príncipe Fernando. Soldados, campesinos y
servidumbre, alentados por los adeptos del heredero, organizaron un motín en Aranjuez (19
de marzo de 1808). El resultado fue la caída de Godoy y la forzada abdicación de Carlos IV
en su hijo Fernando VII.
Los desastres bélicos, el arrinconamiento político de la alta nobleza y el disgusto del clero a
causa de las medidas desamortizadoras, unieron a la oposición en torno al Príncipe de
Asturias, el futuro rey Fernando VII. El impulso de los conservadores fue el Tratado de
Fontainebleau, por el que Godoy autorizaba el acantonamiento de tropas francesas en
España con el objetivo de conquista y de reparto de Portugal.
Napoleón Bonaparte no reconoció a Fernando, y Carlos IV pronto se arrepintió de su
abdicación, en tanto las tropas francesas, al mando del general Murat, entraron en Madrid.
El emperador intervino en la disputa de la Corona forzando a padre e hijo a arreglar sus
diferencias en Bayona. Napoléon no esperó más, y obligó a ambos a traspasarle el trono,
que a su vez, entregaría a su hermano José Bonaparte en las “abdicaciones de Bayona”.
Los herederos de la Revolución Francesa consiguieron la Corona española y se dispusieron
a enterrar el Antiguo Régimen con la ayuda de un grupo de ilustrados españoles. El rey
José I hizo publicar el Estatuto de Bayona, una especie de constitución que ofrecía un
renovado aire liberal que cuestionaba los fundamentos del Antiguo Régimen. José I
promulgó la Ley y la guerra impidió su puesta en práctica.
La salida de la familia real española en dirección a Francia, donde se debía reunir con
Napoleón, enfureció tanto a los madrileños que el 2 de mayo de 1808 se levantaron contra
las fuerzas francesas ocupantes de la capital. El general Murat reprimía la revuelta fusilando
a centenares de personas como escarmiento, mientras que la Junta de Gobierno, dejada
tras su marcha por Fernando VII, no hacía nada.
Los levantamientos de mayo de 1808 degeneraron en guerra (1808-1814), dejando un
trágico balance de pérdidas humanas - más de 300.000 muertos -, destrucciones y
saqueos. Fue una guerra nacional y popular, pero no revolucionaria; guerra española y al
mismo tiempo conflicto internacional. La lucha contra los franceses acrecentó el sentimiento
de pertenencia a una misma comunidad, por encima de las adscripciones regionales o de
reinos. Sin embargo, el ideario que hizo posible el levantamiento partía de la defensa de la
religión y de la monarquía.
El bajo clero, convenció al pueblo de que, mediante la guerrilla o el acatamiento a las
autoridades provisionales de resistencia, colaboraba en una verdadera cruzada. Solo la
Iglesia disponía de una organización centralizada, capaz de llegar a todos los rincones del
país y erigirse en motor del levantamiento con su influencia doctrinal. Lo que la Iglesia no
pudo evitar fue que una minoría progresista, concentrada en Cádiz por causa de la guerra,
estableciese los fundamentos de la futura revolución liberal.
Así como el clero movilizó al campesinado contra los franceses, José Bonaparte no logró
apoyo suficiente de las minorías ilustradas. José I trató vanamente de emprender las
reformas que el Estatuto de Bayona había proyectado contando con el apoyo de los
afrancesados, partidarios del reformismo ilustrado pero enemigos de medidas
revolucionarias. Al igual que otros ilustrados, el pintor Francisco de Goya confió en los
Bonaparte, mientras, retrataba la violencia desatada en su serie de grabados “Los desastres
de la guerra”.
José I nunca tuvo las manos libres para implantar su política de reformas. Su preocupación
por la educación, plasmada en la fundación de la Junta de Instrucción Pública, quedó en
nada. Además, no consiguió el afecto de un pueblo que lo vio como una marioneta a las
órdenes del emperador francés.
Muchos afrancesados eran funcionarios del Estado que, en su pragmatismo, prefirieron
seguir fieles a quien ejercía el poder; aunque otros eran eclesiásticos ilustrados. La mayoría
de los afrancesados fueron convencidos porque quisieron realizar reformas en el ámbito de
la enseñanza, el derecho o la religión, de acuerdo con un ideario compartido por algunos
españoles, a los que la lucha contra el invasor reunió en las Cortes de Cádiz. La minoría
afrancesada pagó caro su colaboracionismo y acabó siendo víctima de las venganzas
domésticas que toda guerra genera, y más tarde, del exilio. Entre los afrancesados más
destacados a señalar son Francisco de Goya o Leandro Fernández de Moratín, ambos
exiliados a Francia. Este fue el primero de muchos exilios de la élite cultural española, que
se produjeron en la edad contemporánea de España.
Con el estallido de los levantamientos y las abdicaciones de Bayona, se produjo un gran
vacío de poder y la ruptura del territorio español. Para ocupar la situación en las regiones no
ocupadas por el ejército francés, los ciudadanos más prestigiosos establecieron las juntas
provinciales, que asumían su soberanía y legitimaban su autoridad en nombre del rey
ausente. En 1808, se constituyó en Aranjuez la Junta Central Suprema, con delegados de
las juntas provinciales, entre los que estaba Jovellanos, bajo la presidencia del conde de
Floridablanca que tomó los poderes soberanos y se erigió en el máximo órgano
gubernativo.
Con el objetivo de reprimir los levantamientos populares e instaurar el régimen de José I, un
ejército de 170.000 hombres se adentró en España. La inesperada resistencia de los
españoles desbarató, en un primer momento, los proyectos de Napoleón. Zaragoza resistió,
supliendo su falta de fortificaciones con barricadas espontáneas, mientras los franceses se
debilitaban, al no poder recibir refuerzos de Cataluña, pues habían sido frenados en el
desfiladero del Bruch. Girona aguantó el ataque y rompió las vías de abastecimiento con
Francia. El ejército Dupont, encargado de dominar Andalucía, se estrelló contra las milicias
del general Castaños y tuvo que rendirse en Bailén.
Esta fue la primera gran derrota en tierra de un ejército napoleónico. José I, se retiró
rápidamente a Vitoria-Gasteiz y las tropas retrocedieron hasta el Ebro. En Portugal, la
llegada del ejército de Wellington obligó a los franceses al abandono del país (Tratado de
Sintra). En octubre de 1808 la presencia francesa en España se reducía a Navarra, País
Vasco y norte de Girona.
A partir de entonces, la guerra adquirió una nueva dimensión. Napoléon acompañado de
sus más prestigiosos generales, entró en España al frente de un ejército de 250.000
hombres. Napoléon dirigió personalmente operaciones militares que buscaban derrotar al
cuerpo expedicionario inglés que actuaba desde Portugal y controlar política y militarmente
España. Los ejércitos franceses vencieron en Espinosa y Gamonal y en Tudela, culminando
el avance en la batalla victoriosa de Somosierra.
El avance francés fue tan contundente que en pocas semanas José Bonaparte volvía a
Madrid. La Junta Central abandonó la Meseta para refugiarse en Sevilla y luego en Cádiz.
El ejército de Moore fue destrozado y obligado a desembarcarse en A Coruña. Napoleón
regresó en 1809 a París. Solo algunas zonas de la periferia y las áreas montañosas del
centro permanecían libres tras un año de guerra.
Los españoles adoptaron una novedosa forma de combate, la guerrilla: grupos de antiguos
soldados, civiles y hasta bandoleros, atacaban por sorpresa y en acciones rápidas,
valiéndose de su conocimiento del terreno y de la complicidad de la población civil. Fueron
muy prestigiosos El Empecinado, Julián Sánchez el Charro, Pedro Villacampa, Espoz y
Mina. Los franceses dominaban las ciudades, pero las partidas guerrilleras, dominaban el
campo. Solían atacar pequeñas guarniciones de retaguardia, caravanas de abastecimiento
y soldados rezagados por cansancio o heridas. Los franceses no consiguieron liquidar las
guerrillas, pues se dispersaban después de cada ataque en medio de la población civil,
cuya represión indiscriminada solo hizo aumentar su apoyo.
A medida que la guerra se alargaba, José se sentía más identificado con el ideario pacifista
y reformista de sus súbditos afrancesados. Napoleón, en 1810 transfirió las provincias al
norte del Ebro a la autoridad militar para preparar su anexión a Francia.
En la primavera de 1812, la guerra dio un giro definitivo. Lo que en un principio pareció un
paseo militar, se había convertido en un atolladero que obligaba a Napoleón a mantener en
España un importante conjunto de tropas, cada vez más necesarias en el frente de Rusia.
El general Wellington, al frente de tropas británicas, portuguesas y españolas, y ayudado
por las partidas guerrilleras, derrotó a los franceses del mariscal Marmont en Arapiles, cerca
de Salamanca y llegó hasta Madrid. Mientras el rey José abandonaba Madrid.
El ejército francés restableció sus posiciones. A finales de 1812 la sensación de derrota de
José I era clara. En 1813, el general británico lanzaba de nuevo su acometida, sin que los
franceses consiguieran parar su avance. Abandonaron Madrid y llegaron hasta
Vitoria-Gasteiz donde sufrieron una grave derrota, que se repitió en la batalla de San
Marcial. Vencido también en Alemania, Napoleón se apresuró a llegar a un acuerdo con
Fernando VII, al que devolvió la Corona de España por el Tratado de Valençay (diciembre
de 1813).