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El traje en Colombia, lejos de ser un elemento superficial, refleja procesos políticos, económicos y sociales a lo largo de la historia, desde la época precolombina hasta el siglo XIX. A través del estudio del traje femenino, se evidencia la adaptación de influencias europeas y la continuidad de tradiciones textiles indígenas, así como el papel de la mujer en la manufactura y la cultura del vestido. La evolución del traje también revela las dinámicas sociales y las tensiones entre la tradición y la modernidad en la sociedad colombiana.

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El traje en Colombia, lejos de ser un elemento superficial, refleja procesos políticos, económicos y sociales a lo largo de la historia, desde la época precolombina hasta el siglo XIX. A través del estudio del traje femenino, se evidencia la adaptación de influencias europeas y la continuidad de tradiciones textiles indígenas, así como el papel de la mujer en la manufactura y la cultura del vestido. La evolución del traje también revela las dinámicas sociales y las tensiones entre la tradición y la modernidad en la sociedad colombiana.

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Historia Crítica

09 | 1994
Manos que no descansan

EL TRAJE Y LA OTRA HISTORIA DE LA MUJER


Juana María Rey Alvarez

Edición electrónica
URL: [Link]
ISSN: 1900-6152

Editor
Universidad de los Andes

Edición impresa
Fecha de publicación: 1 de enero de 1994
Paginación: 37-42
ISSN: 0121-1617

Referencia electrónica
Juana María Rey Alvarez, «EL TRAJE Y LA OTRA HISTORIA DE LA MUJER», Historia Crítica [En línea],
09 | 1994, Publicado el 01 enero 1994, consultado el 05 agosto 2024. URL: http://
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reservados".
EL TRAJE Y LA OTRA HISTORIA DE LA
MUJER
Juana María Rey Alvarez

Investigadora y profesora Programa de Textiles, Universidad de los Andes

El traje, considerado por muchos un elemento banal de la sociedad occidental, refleja los procesos políticos,
económicos y sociales de las diferentes civilizaciones. El traje no puede desligarse del entorno cultural al
cual pertenece, pues sus formas básicas se atienen a unos cánones o normas impuestas por la cultura.
Colombia, caracterizado por una localización geográfica privilegiada, con una enorme diversidad de clima,
topografía y recursos naturales, así como por la pluralidad de pueblos, lenguas y culturas durante el período
precolombino, se convirtió, después de la conquista, en un territorio eminentemente mestizo. A través del
estudio histórico del traje comprobamos que dentro del convulsionado proceso histórico que incidió en toda
la cultura, el traje también se vio afectado. La historia del traje en Colombia es la historia de adopciones y
adaptaciones del traje europeo. El vestido, además de contar su propia historia, nos confirma la tradición
textil en Colombia, existente desde el período precolombino hasta nuestros días. El traje femenino, por su
parte, ha jugado un papel notable pues a través de él, hemos podido conocer las más íntimas expresiones de
su historia y a través de él, la del país.
Es muy probable que durante el período prehispánico, la indumentaria de los indígenas no tuviera grandes
variaciones pues, como anota Gilíes Lipovestsky, a lo largo de la historia ha existido entre los aborígenes un
respeto por el pasado colectivo que fija la utilización de prendas y ornamentos, elementos culturales
heredados del pasado, de generación en generación, sin cuestionarse su estética 1. Son escasos los estudios en
los cuales se analizan los cambios que pudo haber sufrido el traje durante el período prehispánico en nuestro
territorio pero, a través de la orfebrería y la alfarería, podemos conocer generalidades de la indumentaria de
los diferentes grupos y a partir de los escritos de los cronistas, acercarnos a una posible realidad del traje
precolombino.
Los textos de Juan de Castellanos, Fray Pedro de Aguado, Antonio de Herrera, entre otros, hacen referencia
al asombro de los españoles al ver a su llegada a las indígenas semidesnudas, pintadas y adornadas. De
acuerdo a las condiciones climáticas de los territorios que habitaban, las mujeres llevaron dos tipos de
indumentaria: en los climas cálidos, una faldilla o delantal y en los climas fríos, a manera de falda, una
manta alrededor de la cintura y una líquira que se anudaba a un hombro o se sujetaba en el pecho por medio
de un alfiler. La desnudez del cuerpo femenino provocó que en 1574, la Iglesia dictara una ley ordenando a
las indígenas cubrir por completo el cuerpo con una “camiseta de mangas largas y una manta de la cintura
para abajo ” 2
El estudio del traje permite fijar una relación entre las condiciones geográficas y culturales, las formas del
traje y su manufactura textil, donde la mujer ha sido protagonista. En la Colombia prehispánica, los tejidos
fueron parte importante de la economía de culturas como la Muisca, Guane y Nariño. De acuerdo a los
textos algunos cronistas, las mujeres prehispánicas eran las encargadas de hilar las fibras de algodón y por lo
general, eran los hombres quienes se dedicaban al tejido de mantas. Para el proceso de hilado, los indígenas
utilizaron el huso, vara de madera o caña de 40 cms de longitud aproximadamente, que llevaba en uno de
sus extremos una entalladura en forma de gancho y en el otro, un tortero de pizarra que facilitaba el

1 Lipovetsky, Gilles. El imperio de lo efímero. Barcelona, Anagrama, 1990, pág. 27.


2 Rojas de Perdomo, Lucía. Manual de arqueología colombiana. Bogotá, Carlos Valencia, 1985, pág. 121
movimiento de torsión que, con los dedos de la mano derecha se le imprimía mientras que la izquierda
sujetaba el hilo que se iba formando y a la vez, adelgazaba los nudos que pudieran aparecer, obteniendo un
hilo de grosor uniforme. Una vez hiladas las fibras, las mujeres teñían los hilos con tintes naturales extraídos
de plantas y minerales. Los colores más usados fueron el violeta, rojo, naranja, amarillo, marrón y negro.
Estos por lo general, eran destinados a las mantas de los caciques, sacerdotes y guerreros. Las mantas del
común de la gente eran blancas y la calidad del tejido era inferior.
Los españoles, además de un idioma, una religión y una cultura de vida, trajeron a América una nueva forma
de vestirse, a la usanza de los países europeos. Los nativos tomaron rasgos de estos trajes, los cuales
sirvieron como base para la formación de trajes regionales; los colonizadores, por su parte, adaptaron su
indumentaria a las condiciones del Nuevo Mundo. Los escasos grupos de mujeres que llegaron a nuestro
territorio impusieron progresivamente entre las nativas, tareas propias de la vida doméstica y oficios como
coser y bordar. Un gran porcentaje de la población femenina europea tenía conocimientos de costura; eran
ellas quienes cosían sus vestidos o por lo menos, sus prendas íntimas puesto que no estaba permitido que los
hombres dedicados al oficio de la confección, les probaran los trajes. En muchos casos, ellos cortaban las
prendas y las mujeres las armaban y cosían. Socialmente, en el Viejo Mundo era mal visto el trabajo
remunerado pues estaba en contra del concepto de feminidad. Las mujeres de clases privilegiadas buscaron,
entonces, desarrollar actividades que permitieran su realización dentro de la vida doméstica. Estas labores
fueron transmitidas a las jóvenes indígenas y mestizas al servicio de las europeas.
LITOGRAFÏA FRANCOIS DELAVRE, PARÍS.

Vendedora de café, Bogotá.

Durante el período colonial, la producción textil del Nuevo Reino de Granada se vió afectada por las
políticas borbónicas. Cataluña había desarrollado una importante industria textil y exportaba sus
manufacturas a las colonias. Los comerciantes catalanes, queriendo proteger su industria, solicitaron a la
Corona expedir decretos para destruir las fábricas de tejido establecidas en las colonias. Se ordenó
determinar el número de fábricas existentes y procurar su destrucción 3. A partir de la segunda mitad del
siglo XVIII, los gobernadores hicieron cumplir los decretos y argumentaban que las colonias debían proveer
de materia prima a España y ésta las retribuía con productos terminados. Los talleres de tejido que
sobrevivieron en la Nueva Granada producían telas de regular calidad y a muy bajos costos. Según relatos de
los viajeros, el tejido era una actividad doméstica ejercida por mujeres y niños agricultores e indígenas de

3 Lynch, John. Hispanoamérica 1750-1850. Ensayos sobre sociedad y estado. Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 1987, pág. 22
Boyacá, Cundinamarca, así como por mestizos y blancos de Santander. Hilanderos y tejedores adquirían las
materias primas y una vez terminados los productos, los artesanos los vendían en los mercados locales
donde eran adquiridos por comerciantes, quienes los revendían a lo largo del territorio nacional. Antioquia y
Cauca fueron los departamentos con mayor índice de consumo de tejidos Indígenas y campesinos adquirían
los géneros de bayeta, batán y pañetes 4 para confeccionar sus trajes, mientras que colonos y criollos vestían
finos lienzos europeos. La baja productividad de los textiles, consecuencia de una tecnología precaria, no
permitía a los artesanos competir con la calidad y los precips de los tejidos europeos.
Habiendo desaparecido las estructuras de la indumentaria precolombina, las nuevas formas del traje, traídas
por las mujeres provenientes de la península ibérica, se establecieron rápidamente en las colonias. En una
confusa situación social bajo las nuevas relaciones de poder, indígenas y mestizos procurarían imitar estas
formas con el fin de lograr una aceptación de las clases altas. Los estratos superiores, a su vez, modificaron
su apariencia. “De este doble movimiento de imitación y de distinción nace la mutabilidad de la moda” 5. En
Europa, el traje no podrá separarse de la feminidad. A través de él, las mujeres mostrarán la estética de la
seducción. Es interesante anotar que, mientras en América se aplicaban leyes y decretos ordenando cubrir el
cuerpo de la mujer, el traje europeo exaltaba los atributos femeninos. A diferencia del Viejo Continente, el
conservatismo impuesto al traje desde la Conquista por la Iglesia y la fé cristiana, no permitió que el
erotismo y la sensualidad del traje europeo -que modelaba el talle, destacaba caderas, pecho y hombros-
fuera mostrado con tanto rigor por las damas coloniales. Las mujeres debían mostrar recato y castidad, tanto
en su comportamiento como en su apariencia física durante todo el período colonial y republicano.
A lo largo de los siglos XVII y XVIII, nuestros nativos continuaron adaptando como propios elementos de la
nueva cultura. Las mujeres indias y mestizas que trabajaban en oficios domésticos como amas de compañía,
niñeras y cocineras en casas de españoles y criollos, constituyeron uno de los grupos locales que perdieron
sus valores culturales por el continuo contacto con los patronos. El traje reflejará una situación de
sometimiento y una clara diferenciación social, pues sus formas y elementos decorativos fueron tomados de
los corpiños y enaguas de sus señoras. Cabe anotar que la idea de usar un traje de dos piezas surgió en
Europa durante el siglo XVI dentro de las clases sociales más bajas. Esta nueva organización del traje dio la
posibilidad de conjugar diferentes telas, colores y tallas.
Para abordar el estudio del traje en Colombia durante el siglo XIX, las referencias que nos ofrece la pintura
costumbrista son de enorme utilidad, pues en ella se representan con gran realismo, escenas cotidianas de
todos los sectores que conforman la sociedad neogranadina. A través de la pintura, la acuarela, el dibujo, la
caricatura y el grabado, el traje fue descrito y magnificado como puede verse en las obras de Ramón Torres
Méndez, José María Espinosa y José Manuel Groot.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, la Comisión Corográfica, llevada a cabo con el fin de explorar los
diferentes territorios nacionales, contará con un nutrido grupo de dibujantes y acuarelistas, quienes
representaron los diferentes tipos étnicos y las costumbres de las gentes encontradas a los largo de los viajes.
A través de esta información pictórica y escrita, dejada en los informes de Agustín Codazzi, hoy podemos
conocer con exactitud el traje usado por las damas notables en diferentes situaciones de la vida doméstica y
por las campesinas, indias y mestizas, en días festivos o desempeñando labores como el hilado y el tejido
que, una vez más, confirman la presencia femenina en la actividad textil nacional.
De acuerdo a las descripciones que se han podido recuperar, el traje de los sectores populares no tuvo
grandes variaciones desde la colonia hasta el siglo XIX. Las mujeres santandereanas, por ejemplo, llevaban
“el limpio vestido compuesto de camisa profusamente bordada de colores, enaguas de bayeta, alpargatas y

4 Durante la Colonia y República se denominaba bayeta a las telas de algodón anchas y finas y zaraza a las telas de lana poco tupidas
5 Lipovetsky, Gilles. El imperio de lo efímero. Barcelona, Anagrama, 1990, pág. 57
sombrero de jipijapa con ancha cinta negra, el cual sujeta la mantellina de paño que llevan flotante para lucir
la camisa y el rosario de oro...” 6 vestimenta con rasgos similares a las usadas en más fríos como Bogotá:
“(...) la mantellina de paño, abundantes enaguas de bayeta fina y la patita encerrada en blanca alpargata” 7.
Los relatos costumbristas de José María Vergara y Vergara y José María Cordovez Moure, entre otros,
describen con sutileza diferentes situaciones, en las que el traje es protagonista. A partir de ellos podemos
concluir que las mujeres de mayor alcurnia seguían, con austeridad, una moda similar a la europea, que
reflejaba la elegancia y recato de su portadora. Era frecuente que las mujeres adultas usaran trajes oscuros,
mientras que las más jóvenes se decidían por “el color amarillo si eran morenas; las rubias, por el azul; las
pálidas, por el negro; las sonrosadas, por el blanco; las altas, por los telas rayadas que las hagan ver altas; las
medianas de estatura, por el escote, para hacer lucir las bellas formas...” 8. Así mismo podemos reconfirmar
la importancia de las labores de costura y bordado dentro del marco de la vida doméstica, las cuales eran
enseñadas a las niñas desde edad temprana o, a partir de 1850, en centros de educación femenina, donde por
la suma de $2 pesos mensuales, enseñaban a las jóvenes “dentro del mayor orden, moralidad y aseo, a leer,
escribir, doctrina cristiana, elementos de aritmética, coser, bordar en blanco y en colores, calar y labrar” 9. La
educación se encaminaba hacia la preparación de una buena ama de casa; ella debía encargarse
personalmente del aseo del hogar, de la dirección de los asuntos culinarios, del vestido de la familia y de los
deberes religiosos. La costura y el bordado fueron tareas practicadas por los diferentes sectores sociales del
siglo XIX; para las más privilegiadas, constituían una sana distracción y para las menos favorecidas,
ingresos adicionales para el sustento familiar.
La industria textil nacional continuó siendo a lo largo del siglo XIX afectada por la importación de
muselinas, terciopelos, organdí, paños, etc., que se vendían en las diferentes plazas de mercado o en los
distinguidos almacenes de capital. Sin embargo, los textiles nacionales contaban con un amplio mercado
constituido por los sectores populares, quienes continuaban usando para la confección, los géneros de bayeta
y zaraza. El auge de la industria textil se iniciará hacia 1886, aproximadamente, con la llegada a Antioquia
de los primeros telares modernos.

6 Ancízar, Manuel. Peregrinaciones de Alpha. Tomo 1. Bogotá, Banco Popular, 1984. pág.99
7 Ibid, pág. 49
8 Cordovez Moure, José María. Reminiscencias de Santafé y Bogotá, “El hogar doméstico”.- Bogotá, Primer festival del libro colombiano, 1850 (?), pág. 151.
9 Sánchez Cabrera, Efraín. Ramón Torres Méndez, pintor de la Nueva Granada 1809-1885. Bogotá, Fondo Cultural Cafetero, 1987, pág. 27.
Soto: tejedoras y mercaderes de sombreros de nacuma en Bucaramanga, 1851. Acuarela de Carmelo Fernández

Dibujo hipotético, mujer Sinú. Ilustración de Yuvanca Ferrater.

El traje femenino en Colombia ha surgido como resultado de factores sociales, religiosos, económicos y
estéticos. Su historia ha sido a su vez, reflejo de la historia de la mujer, de su quehacer cotidiano y de su
profunda identificación con las labores textiles en nuestro medio.
Bibliografía:
ARDILA, Jaime. Lleras, Camilo. Batalla contra el olvido. Bogotá: Jaime Ardua, Camilo Lleras, 1985.
BERMUDEZ, Suzy. Hijas, esposas y amantes. Bogotá, Uniandes, 1992.
DE LA VEGA, Eulalia. La mujer en la historia. Madrid, Anaya, 1992.
VERGARA VERGARA, José María. Las tres tazas. Cali, Carvajal, 1969.

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