1 Discurso: La Ceiba, Árbol de la Vida y de la Memoria
Damas y caballeros, estimados oyentes:
Me presento hoy ante ustedes para hablar no solamente de un árbol, sino de un símbolo, de
una memoria viva, de un puente entre mundos, entre el cielo y la tierra, entre el pasado y el
futuro. Hablar de la ceiba es hablar de raíces que atraviesan la tierra como las venas de la
historia misma. Es, en muchos sentidos, hablar de nosotros.
I. La Ceiba: Gigante de la Botánica
La ceiba, conocida científicamente como Ceiba pentandra, es un árbol majestuoso, un
coloso natural que puede alcanzar alturas de hasta 70 metros y un diámetro de tronco que
supera los tres metros. Su tronco es recto, macizo, a menudo cubierto de espinas, y su copa
se extiende en forma de paraguas, como si quisiera abrazar el cielo entero. Es originaria de
las regiones tropicales de América, aunque se ha extendido a lo largo y ancho del mundo,
desde África hasta el sudeste asiático, adaptándose con una resiliencia admirable.
La ceiba pertenece a la familia de las malváceas, y se la conoce por producir una fibra
ligera y sedosa conocida como kapok, usada durante siglos para rellenar colchones,
chalecos salvavidas y almohadas. Su madera, aunque liviana y no especialmente duradera,
se ha utilizado en la construcción de canoas y estructuras temporales. Pero más allá de su
utilidad física, la ceiba trasciende su condición botánica para convertirse en un emblema
espiritual y cultural.
II. La Ceiba en las Cosmogonías Ancestrales
En la cosmovisión maya, la ceiba no es sólo un árbol; es el eje del mundo, el Yaxché, el
árbol sagrado que conecta el inframundo, el mundo terrenal y el cielo. Su raíz se hunde en
el Xibalbá, su tronco sostiene al mundo humano, y sus ramas se elevan al reino de los
dioses. Esta visión, poderosa y poética, no es un simple mito: es una forma de entender la
vida como un todo interconectado. Para los antiguos mayas, sembrar una ceiba era honrar
el orden sagrado del universo.
No es casualidad que muchas comunidades indígenas en Mesoamérica y en otras partes de
América Latina hayan considerado sagrada a la ceiba. Es el lugar donde se hacen ofrendas,
donde se consulta a los ancestros, donde se reza y se medita. Se cree que los espíritus
habitan en sus ramas, que los sueños reposan bajo su sombra.
III. La Ceiba como Testigo de la Historia
La ceiba también ha sido testigo silenciosa del paso del tiempo, de la colonización, de las
guerras, de los cambios sociales y de los levantamientos populares. Se cuentan historias,
por ejemplo, de que bajo ceibas milenarias se celebraron rituales de iniciación, pactos de
libertad o se refugió un esclavo fugitivo. Hay ceibas en América Latina que son tan
antiguas que superan los 500 años, como la ceiba de Palenque en Colombia o la famosa
ceiba de Baracoa en Cuba, plantada presuntamente por Diego Velázquez en 1511, donde se
ofició la primera misa cristiana en la isla.
En muchas plazas centrales de pueblos latinoamericanos, aún puede encontrarse una ceiba,
erguiéndose como un recordatorio permanente del vínculo entre el hombre y la naturaleza,
entre el ayer y el hoy. Es un monumento vivo que no se esculpe, sino que se cultiva.
IV. La Ceiba en la Cultura y la Literatura
El simbolismo de la ceiba ha cruzado fronteras y ha sido recogido en la literatura, la
música, la pintura. En la poesía afrocaribeña, la ceiba es símbolo de raíz, de origen
africano, de identidad resistente. En los cuentos populares, es refugio de duendes, casa de
espíritus, o centro de portales mágicos. Es presencia, personaje, escenario.
Muchos escritores latinoamericanos han mencionado la ceiba en sus obras, utilizándola
como metáfora de lo eterno, de lo sabio, de lo inamovible en medio del caos. La ceiba es,
para muchos, la imagen literaria del equilibrio: robusta pero flexible, poderosa pero
silenciosa.
V. La Ceiba y la Ecología Contemporánea
Hoy más que nunca, hablar de la ceiba es hablar también de ecología. Este árbol no es sólo
un gigante solitario. Es un ecosistema en sí mismo. Alberga aves, insectos, epífitas,
murciélagos y hasta pequeños mamíferos. Su floración atrae a innumerables polinizadores,
su tronco almacena agua durante las temporadas secas, y sus raíces estabilizan el suelo y
protegen contra la erosión.
En tiempos de crisis climática, sembrar ceibas no es sólo un acto simbólico, es una acción
concreta. Reforestar con especies nativas como la ceiba ayuda a restaurar los equilibrios
naturales, a devolver vida a los paisajes, a reencontrarnos con prácticas agrícolas
sostenibles. La ceiba es un ejemplo claro de cómo la sabiduría ancestral y la ciencia
moderna pueden converger en favor de la vida.
VI. La Ceiba como Símbolo de Resistencia y Esperanza
La ceiba no se doblega. Resiste tormentas, sobrevive a los incendios, y se mantiene en pie
incluso cuando todo alrededor parece colapsar. En esta época de incertidumbres, su figura
serena y monumental nos recuerda que aún hay raíces profundas que sostienen la
esperanza. Nos recuerda que el ser humano, al igual que la ceiba, tiene la capacidad de
reconectarse con su esencia, de estirar los brazos hacia la luz y, al mismo tiempo,
profundizar sus raíces en la memoria.
VII. Un Llamado Final
Por todo esto, y por mucho más que las palabras no alcanzan a contener, invito a cada uno
de ustedes a mirar una ceiba con otros ojos. No como un simple árbol, sino como un
espejo. Un espejo que nos muestra lo que podríamos ser si tan solo recordáramos nuestras
raíces y respetáramos nuestra conexión con la tierra.
Plantemos ceibas, cuidemos ceibas, contemos historias a su sombra. Hagamos que nuestras
generaciones futuras puedan, al ver una ceiba, recordar quiénes fueron, quiénes somos y
quiénes podríamos ser.
Porque mientras haya una ceiba en pie, habrá memoria. Y mientras haya memoria, habrá
futuro.
Muchas gracias.