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LEYENDAS

Siete breves leyendas sencillas y de fácil comprensión para primaria . De Argentina. lectura a partir de ocho años

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Siete breves leyendas sencillas y de fácil comprensión para primaria . De Argentina. lectura a partir de ocho años

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Cuenta la leyenda que, en un pequeño pueblito de la Provincia de Jujuy, llamado Purmamarca,

rodeado de grandes cerros iguales a todos los que se conocen en el mundo, a un grupo de niños
que se habían cansado de que todos los habitantes y los paisajes siempre se vieran tristes y
aburridos, se les ocurrió hacer algo para alegrar a su pequeño pueblo. Les preguntaron a sus
padres qué podrían hacer, pero ellos no supieron que responder, pensando que sus hijos se
terminarían acostumbrando; pero los niños no se dieron por vencidos y decidieron que juntos
solucionarían el problema. Juntaron toda la pintura de color que encontraron y cada noche salían
de la cama y subían a pintar el cerro. Siete noches repitieron eso y aunque les avisaron a sus
padres que estaban saliendo para colorear el cerro, ellos no les creyeron y pensaron que sólo
estaban soñando.

Los niños pintaron el cerro con todos los colores que habían conseguido ¡Mientras más colores
encontraran, más bello y alegre sería el cerro! Una noche, uno de los mayores se despertó y no
encontró a su hijo en la cama; se lo dijo a los demás padres y entonces se dieron cuenta de que
¡estaban todos desaparecidos! Preocupados, decidieron entonces salir a buscarlos. Cuando ya
no sabían en donde buscar, se acordaron de lo que los niños habían dicho y levantaron la vista al
cerro. Asombrados vieron que el cerro aburrido y triste que rodeaba a su pueblo ¡Estaba pintado
en siete hermosos colores! Vieron a todos los niños bajar del mismo, llenos de pintura, corriendo,
riendo y llenos de felicidad.

Desde ese día se festeja cada año el día de los siete colores en el pueblo de Purmamarca y
desde ese día el cerro que está rodeando el pueblo, alegra a sus habitantes y da vida al paisaje
con sus siete hermosos colores.
Cuenta la leyenda que en las riberas del Paraná, vivía una indiecita llamada Anahí. En las
tardecitas veraniegas deleitaba a toda la gente de su tribu con canciones inspiradas en los dioses
del fuego, del aire, del agua y de la tierra que habitaban. Pero un día llegaron los invasores,
hombres de piel blanca provenientes de tierras muy lejanas, más allá del horizonte, que arrasaron
las tribus y les arrebataron las tierras y su libertad.

Anahí fue aprisionada junto con otros indígenas. Pasó muchos días llorando, varias noches
meditando y planeando una forma de escapar para pedir ayuda a las tribus vecinas, hasta que un
día el guardia que la vigilaba se quedó dormido y la indiecita se dio a la fuga. Corrió rápido y sin
mirar atrás, pero hizo demasiado ruido y despertó a los invasores, que salieron a perseguirla con
antorchas hasta alcanzarla. Enfurecidos por la desobediencia de la indiecita, prendieron fuego a
su alrededor, dejándola sin escapatoria; pero el dios fuego no quería lastimar a Anahí, el quería
protegerla, así que comenzó a crecer, haciéndose más poderoso y creó una barrera que separó
cada vez más a la indiecita de los invasores.

Cuando las llamas cesaron, los españoles descubrieron que Anahí se había convirtiendo en un
árbol, que hoy conocemos como árbol del ceibo, y al siguiente amanecer, se encontraron ante el
espectáculo de un hermoso florecer de verdes hojas relucientes y flores rojas aterciopeladas, que
se mostraban en todo su esplendor, como símbolo de la valentía y la fortaleza de Anahí.
Cuenta la leyenda que, desde hace mucho tiempo, la Luna Yasí, como la llamaban los guaraníes,
alumbra de noche el cielo misionero. Yací no conocía la tierra, veía el mundo desde arriba porque
no se animaba a bajar a descubrirla, aunque era muy curiosa y ansiaba ver por sí misma las
maravillas de las que le hablaba su amiga Araí, la nube. Un día, venció su temor y bajó a la tierra
acompañada de la nube, y convertidas en niñas de blanca piel y cabellera, se pusieron a recorrer
y descubrir las maravillas de la selva.

Era mediodía y los colores, los olores y los ruidos de la gran selva no dejaron que escucharan los
pasos sigilosos de un yaguareté que se acercaba agazapado para atacarlas. En ese mismo
instante, antes de que pudiera lastimar a Yasí y Araí, una flecha disparada por un viejo cazador
guaraní que venía siguiendo al tigre se clavó en el costado del animal y salvó a las dos niñas que
estaban arrinconadas, muy asustadas. Ellas no pudieron agradecer al anciano ya que volvieron lo
más rápido posible al cielo, temblando de miedo por lo que había sucedido.

Esa noche, acostado en su hamaca, sin saber que había salvado a la tierra de quedarse sin Luna
que alumbrara en la oscuridad, el viejo tuvo una extraordinaria visión: la Luna, en todo su
esplendor, desde el cielo le decía: Yo soy Yací, la niña que hoy salvaste del yaguareté y quiero
darte las gracias ya que fuiste muy valiente. Por eso quiero darte un regalo y un secreto. Mañana,
cuando despiertes, vas a encontrar frente a tu casa una planta nueva llamada caá; con sus hojas
tostadas y molidas se prepara una infusión que acerca los corazones y ahuyenta la soledad. Es
mi regalo para vos, tus hijos y los hijos de tus hijos.

Al día siguiente, el viejo descubrió frente a su casa, una planta de hojas brillantes y ovaladas que
crecía de la tierra. El cazador siguió las instrucciones de la Luna: no se olvidó de tostar las hojas
y, una vez molidas, las colocó dentro de una calabacita hueca, vertió agua, probó de una caña
fina y luego convidó a todos los miembros de su tribu ¡Había nacido el mate!
Cuenta la leyenda que hace muchos años el heredero del trono del Imperio Inca tenía una
extraña y misteriosa enfermedad y poco a poco estaba muriendo. Las curas, rezos y recursos de
los hechiceros nada lograban y desesperaban por no poder devolverle la salud al príncipe al que
querían tanto. Fueron convocados los más grandes sabios del reino, quienes afirmaron que sólo
podría sanarlo el maravilloso poder del agua de una vertiente, ubicada al sur, en una muy lejana
tierra. Decidieron entonces viajar hasta allí en numerosa caravana, superaron muchas
dificultades, marcharon durante meses sobre valles y montañas, con frío y con calor hasta que un
día se detuvieron ante una quebrada, en cuyo fondo corrían las aguas de un profundo río. Al
frente, en el lado opuesto, estaba el manantial, pero… ¿cómo iban a hacer para cruzar?

Todos trataron de buscar una forma de llegar hasta las milagrosas aguas, pero no lo lograron.
Mientras tanto el Sol, que ya se estaba por ocultar en el horizonte, vio lo que estaba ocurriendo.
La hazaña que los incas habían sido capaces de realizar por amor a su príncipe, no escapó a la
vista del Dios y quiso premiarlos. Consultó con la luna, Mama Quilla, y entre los dos decidieron
ayudarlos.

Al amanecer del día siguiente, los incas, entre dormidos y despiertos, vieron sorprendidos que
frente a ellos, había un ancho puente de piedra y tierra que les habían construido los Dioses de la
Luna y el Sol para que pudieran llegar al manantial. Llenos de alegría pudieron conseguir curar a
su emperador, quién volvió a gobernar su Imperio durante muchos, muchos años.

Desde entonces al noroeste de la provincia de Mendoza, donde pasa el río Las Cuevas, el mismo
que interrumpiera el paso del emperador y sus súbditos, se levanta el Puente del Inca uniendo las
dos orillas y bajo su arco siguen pasando torrencialmente las aguas del río.
Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo, a orillas del río Iguazú tenían sus poblados los
guaraníes, que vivían felices en las fértiles tierras dónde también habitaba el dios Boi quién era el
protector de la tribu.

Un día Boi se enamoró de la hija de Igobi, el cacique de la aldea, una hermosa joven llamada
Naipí. Pidió su mano ante el cacique, quien eternamente agradecido con su protector, no dudó en
aceptar sin siquiera consultar con su hija.

El día de la ceremonia, invitaron a todas las tribus vecinas. Tarobá, un joven de la tribu del sur se
enamoró perdidamente de Naipí apenas la vio, hasta el punto que decidió hablar con el cacique
para pedir la mano de la joven, que también se había enamorado de él; pero el cacique no se lo
permitió.Tarobá no se rindió, así que planificó escapar con Naipí antes de la ceremonia, en una
canoa que tendría preparada kilómetros adelante.

Naipí esperó a que todos se distrajeran y se escapó para encontrarse con su amado. Nadie se dio
cuenta excepto Boi quien, furioso por no ser correspondido, la persiguió y justo antes de que los
jóvenes se encontraran, elevó la tierra y una parte del río se levantó por sobre otra, haciendo que
se formara una gran catarata que separó a los dos enamorados, dejando a Naipí en la cima y a
Tarobá debajo, sin poder alcanzarla. Pero esto no bastó para él, así que transformó a Tarobá en
un árbol, con sus ramas inclinadas hacia arriba como queriendo alcanzar a Naipí, a quién
convirtió en una piedra ubicada justo en centro del río, en la parte más alta dónde comenzaba a
caer la catarata. Luego él se adentró en una gran cueva para poder vigilarlos e impedir que se
unieran de alguna manera.

Por eso, en días en que el sol sale con intensidad, surge un arco iris que enlaza al árbol con la
roca permitiendo que durante un momento los jóvenes enamorados se encuentren a pesar de la
oposición de Boi.
Cuenta la leyenda, que en lo que hoy es la provincia de Buenos Aires, hace mucho tiempo
cuando la tierra recién había nacido, vivían el Sol y la Luna. El Sol era el dueño de toda la luz y la
fuerza del mundo; la Luna, blanca y hermosa, era dueña de la sabiduría y de la paz. Un día, se
cansaron de estar solos y, andando por la tierra, crearon las llanuras, las lagunas y los ríos.
Poblaron de peces las aguas y de otros animales la tierra ¡Qué felices se sentían de verlos saltar
y correr por sus dominios! Satisfechos de su obra decidieron regresar al cielo, pero antes crearon
a los hombres y a las mujeres, para que cuidaran de sus tierras y animales.

Así pasó el tiempo, los días y las noches. Los hombres y mujeres se sentían protegidos por sus
dioses, adoraban al Sol y la Luna y les ofrecían sus cantos y sus danzas. Un día vieron que el Sol
dejaba poco a poco de brillar y sus tierras ya no eran tan verdes ¿Qué pasaba? Pronto se dieron
cuenta que un Dios celoso en forma de puma con alas molestaba y atacaba al bondadoso Sol,
queriendo destruirlo para quedarse con su lugar en los cielos. Los hombres no lo pensaron y se
prepararon para defenderlo. Empezaron a arrojar sus flechas al intruso hasta que por fin uno dio
en el blanco y el animal cayó lastimado a tierra, estremeciéndola con sus rugidos. Tan enorme era
que nadie se atrevía a acercarse y lo miraban, asustados, desde lejos.

El sol recuperó su brillo y los pastos volvieron a su hermoso color verde. Cuando salió la Luna vio
al puma allá abajo, tendido y rugiendo. Ella no le tuvo miedo, pero sí mucha lástima al ver que no
había dejado de envidiar el poder del Sol y cada vez que lo veía se estremecía más de la envidia.
Compadecida quiso acabar con su sufrimiento y desató una lluvia de piedras para que lo
cubrieran y no dejaran que viera más al Sol para así dejarlo descansar en paz. Tantas eran las
piedras que lo cubrieron y tan enormes que formaron sobre el puma una sierra: la Sierra de
Tandil. La última piedra cayó sobre la punta de la flecha que todavía asomaba del puma y allí se
quedó clavada. Allí quedó descansando para siempre, el puma. Pero cuando el Sol paseaba por
los cielos, despertaba y se estremecía de celos por su poder y al moverse hacía que la piedra
suspendida en la punta de la sierra también se moviera. Es por eso que le pusieron el nombre de
la piedra “movediza” de Tandil.
Cuando las naciones del sur de América vivían florecientes, reinando a ambos lados de la
cordillera, una ciudad ubicada en lo que hoy es la Patagonia Argentina, proyectaba su luz. Su
esplendor era tal, que hasta cruzando los mares, personas de otras razas y colores habían oído
hablar de ella como una creación fantástica de las hadas. Los conquistadores llegaron a las
costas de América en busca de aquella ciudad, ubicada en una pequeña isla sobre un gran lago,
rodeada por jardines y por muros cubiertos de esmeraldas, en la que se decía que encontrarían
mucho oro, plata y diamantes.

Avisados sus habitantes de la proximidad de los conquistadores, y temerosos de que su ciudad


mítica fuera invadida, un hechicero propuso protegerla, haciendo que desapareciera la ciudad
intacta, sin dejar huellas, hasta que se alejaran los invasores. Y así en un mágico hechizo, la isla,
junto a todos sus habitantes, desapareció. La isla comenzó a hundirse lentamente en las aguas
del lago, que eran claras y profundas.

Hasta hoy en día, permanece sumergida en el río la brillante y hermosa ciudad, inaccesible a los
invasores que tratan de alcanzarla, hasta que desaparezcan los intrusos para emerger triunfante
con sus collares maravillosos, sus palacios de oro y plata y sus jardines encantados, rodeados de
resplandecientes muros de esmeraldas que hoy le dan ese particular brillo y luz a nuestro lago
Nahuel Huapi.

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