X. ¿EN QUE SENTIDO ES JESUCRISTO EL AUTOR DE LOS SACRAMENTOS?
El nuevo rostro de la Iglesia ha quedado indiscutiblemente ligado a la figura del buen Papa
Juan. El concilio Vaticano II, que estableció los marcos teológicos, orientadores de la reforma
de la Iglesia, fue fruto de su esfuerzo y actuación. Los historiadores futuros hablarán
ciertamente de la era del Papa Juan XXIII. Lo señalarán como el autor de un nuevo, grandioso y
valiente ensayo de encarnación de la fe cristiana en el espíritu del mundo moderno. Es autor
verdadero, en el sentido riguroso de la palabra. No de cada acción llevada a cabo después de
él, pero sí del horizonte que hizo posible la nueva orientación de la Iglesia. Así es el autor del
espíritu ecuménico, del diálogo abierto entre la Iglesia y el Mundo, del espíritu de servicio
simple y jovial y desnudo de todo triunfalismo, de la revalorización religiosa de todo cuanto de
auténtico y verdadero ha producido la civilización moderna, etc.
De forma semejante el Papa Pablo VI es autor de la famosa encíclica «Populorum Progressio»,
no porque haya escrito de propio puño y letra este decisivo documento. Posiblemente no
tendría la preparación técnica suficiente. El autor literario es conocido, el P. Lebret y su grupo. Y
sin embargo, decimos, con justa razón, que el Papa Pablo es el autor de la encíclica; lleva su
firma y el signo de su suprema autoridad. Es el autor porque es el origen último de todo el
proceso que desembocó en la encíclica social. Es autor porque asumió y confirió autoridad
oficial al mensaje contenido en el documento.
El Presidente Vargas fue el autor de la revolución del 30, autor de la nueva era de la historia
patria caracterizada por la industrialización, por el nacionalismo, por el populismo, por la
conquista de los derechos fundamentales de los obreros, del salario mínimo, del sindicalismo,
de la seguridad social, etcétera... Vargas es autor, no porque haya hecho o realizado todas las
acciones revolucionarias, sino porque fue el creador de aquella atmósfera y de aquel camino
que llevaron a profundas modificaciones en la fisonomía política y social del Brasil.
1. «Los sacramentos fueron instituidos por Jesucristo Nuestro Señor»
El concilio de Trento definió solemnemente que los sacramentos cristianos fueron instituidos
por Jesucristo Nuestro Señor (DS 1601; cfr. 1804, 2536). Esta afirmación es fundamentalmente
cierta, y sin embargo debe ser correctamente comprendida en el sentido que Trento le confirió.
Hubo épocas en la reflexión teológica, todavía ampliamente reflejadas en los manuales, en las
que se tomó esta afirmación de Trento en el sentido exclusivamente sintáctico, sin intentar
entender más profundamente su exacto significado semántico y pragmático. Se buscaba
entonces en las páginas del NT una palabra de Cristo a favor de la institución de cada uno de
los siete sacramentos. Los textos eran violentados y las inteligencias no se aclaraban más, a
pesar de la agudeza y sutilezas de la razón teológica.
La teología moderna, uniéndose a la más antigua tradición de los Santos Padres, amplió el
horizonte en el que deben ser pensados y comprendidos los sacramentos. Pretende haber
encontrado las verdaderas razones que le permiten reafirmar la autoría de Jesucristo respecto
a los sacramentos. Veámoslo rápidamente.
Los sacramentos no deben ser considerados, en sí mismos, como átomos aislados. El
sacramento individual, como, por ejemplo, el Bautismo, es la condensación y corporeidad del
«sacramento de la voluntad del Padre» (Ef 1,9), es decir, de la economía de la salvación, del
plan salvífico de Dios, del único misterio-sacramento, como decían los Santos Padres: San León
Magno, San Cipriano y San Agustín. El plan salvífico de Dios, denominado sacramento o
misterio se mediatiza en gestos ritos o acciones que encarnan, visibilizan y comunican la
salvación. Estas acciones, ritos o gestos son denominados también sacramentos. En la medida
en que el plan salvífico tiene por autor al Verbo eterno y preexistente, podemos decir que
todos los sacramentos, en su referencia última, provienen del Verbo eterno. Las expresiones
sacramentales son históricas y culturales. El hombre se expresa por medio de ellas, pero la
fuerza salvífica que ellas contienen proviene del Verbo eterno. En este sentido todos los
sacramentos, como descubrió agudamente San Agustín, son sacramentos cristianos. También
los realizados por los paganos en las religiones del mundo. Ellos también historifican la gracia
salvadora de Dios y el plan de amor del Padre que lo lleva a cabo por medio de Jesucristo en
quien todo existe y por quien todo fue hecho (Col 1,15-20; Jn 1,3). El Verbo eterno estaba
siempre actuando a lo largo de toda la historia y ésta está grávida de Jesucristo.
Los sacramentos paganos, en su última realidad, no son paganos. Pagano es un concepto
sociológico y no teológico. Sociológicamente, pagano es el que no fue bautizado y por tanto,
estadísticamente, no se le computa entre los cristianos. Teológicamente no hay paganos,
porque no hay nadie que se pueda sustraer al influjo del Verbo eterno ya que él es la luz
verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1,9). Los sacramentos
cristianos articulados en las religiones del mundo apuntaban verticalmente hacia el Verbo
eterno. Eran sacramentos de Dios. Comer era participar sacramental mente de la divinidad.
Bautizarse significaba sumergirse en la vida divina. Generalizando, podemos decir que los
sacramentos que hoy poseemos en la Iglesia, ya preexistían a la Iglesia. El hombre de todos los
tiempos se relacionaba sacramenta mente con la divinidad (Verbo eterno). Las formas diversas,
la salvación comunicada era idéntica a la que se desborda de forma plena e infalible en los
sacramentos de la Iglesia.
2. De los sacramentos de Dios a los sacramentos de Cristo
Cuando los sacramentos de Dios (Verbo eterno), que apuntan verticalmente hacia arriba, se
relacionan se insertan en la historia de Jesucristo, que se inscribe horizontalmente como
cualquier otra historia, se vuelven sacramentos específicamente cristianos. Los sacramentos
poseen una dimensión religioso-cultural, preexisten a la explicitación típicamente cristiana,
fueron elaborados históricamente. Antes de la Iglesia existía bautismo, mediante el cual los
hombres manifestaban un renacer exigido por la divinidad. Existía el matrimonio, mediante el
cual expresaban la presencia del Amor divino en el amor humano. Existían, como ya
consideramos anteriormente, los ejes existenciales con su densidad sacramental, reveladora
del Misterio presente. Eran sacramentos divinos y latentemente cristianos.
La fe cristiana, gracias a Jesucristo, descubrió su relación con el Dios encarnado, los religó al
misterio del Verbo hecho hombre, los injertó en la historia que viene desde Jesucristo. La
dimensión vertical se entrecruzó con la dimensión horizontal. El sacramento cristiano es ese
encuentro. Por un lado supone y asume el sacramento divino que preexiste en las religiones;
por otro descubre una realidad presente en esos sacramentos divinos pero escondida para las
religiones, y ahora manifiesta a través de la luz del misterio de Cristo: la presencia del Verbo
eterno actuando a través de los sacramentos divinos. Pero no sólo esto. También inserta estos
sacramentos en la historia de Jesucristo de tal forma que Cristo asume una autoría específica.
Bautizarse ya no significará participar de la Divinidad, sino sumergirse en la vida de Jesucristo.
Comer el banquete sagrado ya no será comulgar con la Divinidad, sino comer el Cuerpo del
Señor y participar en su existencia resucitada. Casarse ya no significa simbolizar la unión de
Dios con los hombres, sino simbolizar la unión de Cristo con la humanidad fiel. De los
sacramentos divinos se pasa a los sacramentos explícitamente cristianos.
3. Sentido en el que Jesucristo es autor de los sacramentos
Por lo expuesto queda claro en qué sentido debe ser considerado Cristo autor de los
sacramentos. En primer lugar: en cuanto Verbo eterno, era siempre él quien se comunicaba
como amor y salvación en los ritos que expresaban las relaciones de los hombres con el
Sublime. En segundo lugar: en cuanto Verbo encarnado y eterno, dentro de la historia
concreta, quedó de manifiesto que todo está vinculado a su misterio. Por eso todo posee una
profundidad crítica. En tercer lugar: Por lo menos respecto a tres sacramentos (Bautismo,
Eucaristía y Penitencia) el mismo Cristo estableció una referencia explícita a sí mismo. Estos
tres sacramentos pertenecen a los ejes fundamentales de la vida humana, mediante los que el
hombre se siente de modo especial referido al Transcendente y a Jesucristo. Considerándolos
con detención, los tres se sitúan en la raíz misma de la vida: el Bautismo representa el nacer
nuevo en Jesucristo; la Eucaristía, el alimento de la nueva vida en Jesucristo; la Penitencia, el
renacer de la vida que se vio amenazada por una muerte fatal. Insertos en Jesucristo, los
sacramentos comunican la vida de Jesucristo. No es otro el sentido intentado por el concilio de
Trento cuando se refería a la institución de los sacramentos por parte del Señor. No intentó
emitir un juicio histórico, ni sustituir el esfuerzo de los exegetas, sino que, como queda patente
en los protocolos y actas del Concilio, entendió el término instituir en el sentido siguiente: es
Jesucristo quien confiere eficacia al rito celebrado. No quiso definir la institución del rito, sino
la fuerza salvífica del rito, que no procede de la fe del fiel o de la comunidad, sino de Jesucristo
presente.
Al querer la existencia de la Iglesia, sacramento universal de salvación, Cristo quiso también la
existencia de los sacramentos que particularizan, en lo concreto de la vida, el sacramento
universal. En este sentido, no deseó únicamente los siete sacramentos, sino la misma
estructura sacramental de la Iglesia. Esto significa que deseó la visibilización de la gracia en
términos de ritos, actividad de servicio, de testimonio, e santificación entre los hombres. En
este cuarto sentido podemos hablar de Cristo como autor de los sacramentos en cuanto es
autor del Sacramento Universal de la Iglesia. Los ejemplos arriba aducidos; del Papa Juan, de
Pablo VI y de Vargas, tal vez nos iluminen el horizonte dentro del que hemos también de
comprender la autoría de Jesucristo respecto a los sacramentos.
Todo es de Cristo. El no sólo introdujo lo nuevo: El mismo y su resurrección, sino que vino a
revelar la santidad de todas les cosas. Todo está lleno de él, ayer, hoy y siempre. Poder captar
su actuación y eficacia en todas las articulaciones de la historia de los hombres, especialmente
allí donde el hombre más se revela a sí mismo en cuanto hombre, constituye lo
específicamente cristiano. Saber relacionar los sacramentos «naturales» con el misterio de
Cristo: en eso reside la especificidad del sacramentalismo cristiano. Todo cuanto es verdadero,
santo y bueno, ya es cristiano, aun cuando no use el nombre cristiano. Nada es rechazado;
todo es asumido; todo es leído a la luz de la historia del misterio de Cristo. Esa es la
transfiguración: todo se convierte, manteniendo su diferencia propia, en sacramento cristiano:
algo que viene de Cristo y conduce hacia Cristo.