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Las Primeras Veces

María Torres comienza su primer día como interina en cirugía con nervios y expectativas, pero se enfrenta a un dilema ético al tratar a Carlos, un paciente en espera de un trasplante de corazón. Tras inyectarle una dosis de morfina para hacerlo más grave y así obtener el trasplante, Carlos no sobrevive a la intervención, dejando a María con una pesada carga de culpa. Ahora, se enfrenta a la situación de cuidar a Carmen, la otra candidata al trasplante, sintiéndose atrapada entre su vocación y las consecuencias de sus acciones.

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Las Primeras Veces

María Torres comienza su primer día como interina en cirugía con nervios y expectativas, pero se enfrenta a un dilema ético al tratar a Carlos, un paciente en espera de un trasplante de corazón. Tras inyectarle una dosis de morfina para hacerlo más grave y así obtener el trasplante, Carlos no sobrevive a la intervención, dejando a María con una pesada carga de culpa. Ahora, se enfrenta a la situación de cuidar a Carmen, la otra candidata al trasplante, sintiéndose atrapada entre su vocación y las consecuencias de sus acciones.

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Mi primer día como interina

Me levanté a las seis de la mañana, dos horas antes de la hora a la que tenía que estar en el hospital. Había
planeado levantarme solo una hora y media antes, pero llevaba ya mucho tiempo despierta por los nervios y pensé que
sería mejor repasar lo básico. Era mi primer día como interina en cirugía. Había estado toda la noche preguntándome
si mi primer caso sería interesante, que gente conocería y si todo saldría como yo esperaba. Me vestí y salí de casa.

Este había sido mi sueño desde que tenía 7 años. Mi madre era ama de casa y mi padre era cajero así que
desde pequeña me decían la importancia de dedicarme a algo que me gustara. Yo no tenía la menor duda de que era
mi vocación Ni la tengo ahora.

Eran las siete y media y yo estaba sentada en unas escaleras frente al hospital tomándome un café. Entraba en
media hora, pero no había nadie todavía. Me pasé esa media hora repasando mentalmente todas las preguntas más
comunes.

Estaba tan metida en mi repaso mental que no me di cuenta de que se me pasaba la hora. Cuando mire el reloj
eran las ocho y dos minutos. Maldecí en mi mente y empecé a correr hacia la puerta del hospital. Como iba corriendo,
me tiré todo el café encima. “Genial, ahora además de impuntual voy manchada” pensé. Entré a las taquillas
sigilosamente, donde todos estaban reunidos, rezando para que el médico adjunto que fuera nuestro jefe no se diera
cuenta de que llegaba tarde ni de mis pintas. Desgraciadamente, no fue así.

- Tú debes ser la señorita Torres. - me giré al oír mi apellido temiendo que fuera mi nuevo jefe el que me estaba
llamando. Efectivamente, era él.

- Si, soy María Torres. Un gusto conocerle. Siento llegar tarde, hubo un atasco. - mentí, ya que no sabía que
excusa ponerle.

- Me puedes llamar doctor Gómez. Ya le he asignado a cada uno de tus compañeros un caso. Este te toca a ti. - me
entregó una carpeta. - No la leas ahora. Id a poneros los pijamas. - nos ordenó y se fue. “Bueno por ahora todo va mal”
pensé. Una chica se acercó a mí. Era una rubia alta de pelo muy rizado, con los ojos azules verdosos y muchas pecas.
Todo lo contrario a mí que soy de estatura normal, de piel muy pálida, pelo negro liso y ojos marrón oscuro.

- Hola, soy Lelya Kozlova ¿Tú eras María verdad? - me preguntó. Lo primero que pensé es que no era de aquí,
pero en cuanto hablo supe que era española. Sus padres debían ser de otro país por su nombre y su apariencia física. -
Si, yo soy María, encantada. - la contesté intentando causar una buena impresión.

- ¿Has leído ya tu caso? ¡Yo tengo uno muy aburrido! ¡Un hombre de cuarenta y tantos con apendicitis! - exclamó
indignada.

- No, la verdad es que aún no he tenido tiempo de leerlo. Míralo por el lado positivo, todos los casos de apendicitis
requieren operar y como es una operación fácil puede que te dejen ayudar. - intenté animarla.

- Espero, porque de lo contrario mi día va a ser de lo más aburrido ¿Y cómo qué todavía no sabes cuál es tu caso?
- dijo.

- Vale, vale, vamos a ver. - abrí el expediente y lo inspeccioné un poco. Era un chico de 25 años con insuficiencia
cardiaca que necesitaba un trasplante de corazón. Era el primero de la lista, después de haber estado 4 años esperando.
Me lo imaginé por unos segundos y esos cuatro años tuvieron que ser horribles. De repente Lelya me quita el
expediente de las manos para revisarlo. - Tu caso me gusta. Parece interesante. Ahora te tengo envidia. - dijo. Justo
cuando la iba a contestar, apareció el doctor Gómez y me interrumpió.

- ¿Qué hacéis todavía aquí? Venga, fuera. - nos ordenó mientras nos fulminaba con la mirada. No pude decirle
nada más a Lelya porque cada una iba para una dirección.

Tras diez minutos de vagar por el hospital buscando la habitación del paciente, la encontré. Antes de entrar tomé
aire y me preparé para cualquier cosa.

- Buenos días, señor González. Soy la doctora Torres. - lo dije con toda la amabilidad posible, pero él apenas se
inmutó.

- Puedes llamarme Carlos. - dijo casi susurrando. Le mire las constantes. Estaba estable pero no muy bien. - ¿Qué
tal te encuentras hoy? - le pregunté para saber si le dolía algo.
- Si preguntas por los dolores, bien, si preguntas por mí, mal: otro día más sin trasplante. - contestó desanimado. -
Si lo miras por el lado positivo estás un día más cerca del trasplante. Además, queda mucho día, quien sabe lo que
puede pasar. - Si llevaras años esperando para un trasplante de corazón, no serías tan positiva. - me sentí muy mal por
él pero no podía hacer nada más así que me marché a la cafetería ya que era la hora del almuerzo.

Al entrar en la cafetería, vi a Lelya saludándome e indicando que me sentara con ella y con un par de interinos
más. Lo siguiente que vi fue a mi jefe en mi camino.

- Doctora Torres, necesito que le hagas al señor González unas pruebas sobre su estado. Puede que hoy sea su día
de suerte. - al oír eso me alegré mucho. - ¡¿En serio?! - exclamé. -Es probable pero no podemos estar seguros hasta
que le hagas las pruebas. Hay otra candidata en otro hospital que también necesita un corazón urgentemente, así que el
que esté mas grave se queda el corazón ¿A qué esperas? Venga, a hacer las pruebas. - corrí hacía su habitación.

- ¡Carlos, adivina qué! Puede que te concedan el corazón. - le expliqué todo y e hice las pruebas. Parecía mucho
más animado que hace unas horas. Después de media hora mordiéndome las uñas esperando las pruebas, por fin
estabas listas. Al mirarlas se me quitó toda la ilusión. Estaba bastante bien para su condición. Era muy difícil que la
otra candidata estuviera todavía mejor así que sabía que si no hacía nada, el corazón no iría para Carlos.

- Doctora Torres, la otra candidata tiene taquicardia y no está muy estable ¿Te han dado ya los resultados? - me
preguntó. - No, doctor Gómez. -mentí, tenía que hacer algo. Al segundo me arrepentí pero ya no había vuelta atrás. -
Vale, avísame cuando te den los resultados o si pasa algo. - yo sabía exactamente que hacer aunque claramente no era
lo correcto. Cogí una jeringuilla y una dosis de morfina lo suficientemente alta como para matar a alguien y me dirigí
a la habitación de Carlos.

- No te van a dar el trasplante. A menos que me hagas caso ¿Confías en mí? - le pregunté esperándome de todo
menos un sí

-Sí. Haría lo que fuera por el trasplante. Pero solo por saber, ¿Qué quieres hacer? - me armé de valor para
contarle mi idea. Se la explique brevemente. - Solo estarás muerto por unos minutos. Después te reanimaré y estarás
más grave que la otra candidata por lo que te darán el corazón. - intenté descifrar en su cara algún signo de
desaprobación, pero él mantenía su cara de póker habitual.

- Vale. No quiero morir, pero tampoco vivir así, y como te dije antes, haría lo que fuera. - contestó indiferente,
como si todos los días una interina le dijera esto. Después de asegurarme de que sabía lo que iba a hacerle, le inyecté
la morfina. Me deshice de la jeringuilla en una papelera ajena a la de la habitación, esperé unos diez segundos y pedí
un carro de reanimación. Procedí a reanimarle, pero después de dos intentos, seguía sin recuperar el pulso. Le pedí a
los enfermeros que llamaran a mi jefe. Al cuarto intento, recuperó el pulso, pero se quedó inconsciente. Me seque el
sudor que me caía de la frente y llegó mi jefe.

- ¿Qué ha pasado? - me preguntó y le expliqué que había tenido un paro cardiaco y me confirmó que al ver lo
grave que estaba sería operado esa misma noche. - ¿Podría estar en la operación? - le pregunté. - Se han acabado tus
horas. Vete a casa y mañana le podrás ver. - intenté convencerle pero no pude. Me fui a mi casa y no pude dormir en
toda la noche pensando que mientras yo estaba tumbada en la cama a él le estarían cortando el pecho. A las seis, me
vestí y fui al hospital, aunque entrara a las ocho. No podía más. Necesitaba saber que tal había ido todo. Le pregunté a
una enfermera donde podía encontrar a mi jefe. Me llevó hasta él. Parecía cansado.

- ¿Qué tal todo? - le pregunté. - Lo siento, doctora Torres, pero no ha sobrevivido. Hubo muchas
complicaciones. Vete a descansar, todavía te quedan dos horas. - eso hice. Lloré esas dos horas y seguí trabajando.
Pasaron meses y nadie se enteró de lo que yo había hecho, aunque mi conciencia me estaba volviendo loca. Si el
trasplante hubiera sido para la otra mujer quizás a ella si le hubiera servido el corazón y Carlos seguiría vivo,
aunque enfermo.

Ahora mismo estoy mirando la puerta de la habitación de Carmen del Pozo. La otra candidata. Fue
transferida a este hospital hace un día y me han asignado su caso. La conocí por primera vez hace unas horas y
es la mujer más encantadora que he conocido en mi vida. Tiene cuatro hijos y un marido que la quiere. Nunca
me he sentido peor en mi vida. Nunca pensé que mi mayor pasión, la medicina, me llevaría a sentirme así.

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