XIV.
EL ESPAÑOL MODERNO
§ 100. E l s ig lo x v iii
■ Al terminar la Guerra de Sucesión, España se encontraba
exhausta y deprimida. Tras la serie de adversidades que
habían jalonado los reinados de Felipe IV y Carlos II, que-
daba sacrificada en la paz de Utrecht. Todas las actividades
parecían muertas. Se imponía una tarea de reconstrucción
vivificadora, y a ella tendieron los esfuerzos de las minorías
dirigentes; sus tentativas de reforma, obedientes al raciona-
lism o de la época o ajustadas al m odelo de otros países,
contradijeron muchas veces al espíritu de la herencia tradi-
cional. Del pasado, som etido a crítica, sacaron unos leccio-
nes confortadoras, mientras otros, más atraídos por las nue-
vas corrientes, llegaban a conclusiones negativas. En con-
secuencia, el siglo x v i i i marca una quiebra de la tradición
hispánica y un auge de la influencia extranjera.
Al im pulso creador de nuestra literatura clásica sucede
un período de extrema postración. En el último tercio del
1 Véanse Américo Castro, Algunos aspectos del siglo X V III, en
Lengua, enseñanza y literatura, Madrid, 1924; Fernando Lázaro Carreter,
Las ideas lingüisticas en España durante el siglo X V III, Madrid, 1949;
Jean Sarrailh, L'Espagne éclairée de la seconde moitié du X V IIIe
siècle, Paris, 1954 (trad. esp. de Antonio Alatorre, La España ilustrada
de la 2.° m itad del siglo X V III, México, 1957); Julián Marías, Los es-
pañoles, Madrid, 1962, y La España posible en tiempo de Carlos III,
Madrid, 1963.
siglo se inicia un resurgimiento que no alcanza a todos los
géneros y se encierra en estrechos módulos, contrastando
con la libertad artística de las centurias precedentes. En
cambio, es intensa la labor de erudición y crítica, hay salu-
dable renovación de ideas y se intenta aminorar el retraso
científico y técnico producido en España por su aislamiento
intelectual respecto de Europa desde fines del siglo xvi. Cón
verdad se dijo entonces que el reino de la fantasía había
cedido el puesto al de la reflexión.
§ 101. P r e o c u p a c ió n po r l a f ij e z a l in g ü ís t ic a . La Ac a d e -
m ia . T r a b a jo s d e e r u d ic ió n .
Durante el período áureo la fijación del idioma había
progresado mucho, pero los preceptos gramaticales habían
tenido escasa influencia reguladora. Desde el siglo x v m la
elección es menos libre; se siente el peso de la literatura
anterior. La actitud razonadora de los hombres cultos re-
clama la eliminación de casos dudosos. Sobre la estética
gravita la idea de corrección gramatical y se acelera el pro-
ceso de estabilización emprendido por la lengua literaria
desde Alfonso el Sabio. No es que se detuviera —cosa im-
posible— la evolución del idioma: el mismo lenguaje escrito,
con ser tan conservador, revela constante renovación, más
intensa aún en el hablado, a juzgar por lo que de él refleja
a veces la literatura. Pero novedades y vulgarismos tropiezan
desde el siglo xv in con la barrera de normas establecidas
que son muy lentas en sus concesiones.
Símbolo de esta postura es la fundación de la Real Aca-
demia Española (1713) y la protección oficial de que fue
objeto. En sus primeros tiempos, la Academia realizó una
eficacísima labor, que le ganó merecido crédito. Publicó en-
tonces el excelente Diccionario de Autoridades (1726-39),
llamado así porque cada acepción va respaldada con citas
de pasajes en que la utilizan buenos escritores2. Dio también
a luz la Orthographia (1741) y la Gramática (1771), editó el
Quijote, con magnífica impresión de Ibarra (1780), y el Fuero
Juzgo (1815). Su lema «limpia, fija y da esplendor» quedó
cumplido en cuanto a criba, regulación y estímulo.
La atención por el estudio y purificación del idioma se
revela asim ism o en la obra de otros eruditos. Mayans y
Sisear publicó en sus Orígenes de la lengua castellana (1737)
el Diálogo de la lengua, de Juan de Valdés; en su Retórica
estudió cuidadosamente la prosa española y reunió una útil
antología. Fray Martín Sarmiento, el compañero y discípulo
de Feijoo, no sólo acopió ingentes materiales lingüísticos,
sino que formuló interesantes teorías y se anticipó a los
comparatistas y neogramáticos del siglo x ix en su concepto
del latín vulgar y "de'la regularidad de las leyes fonéticas,
que formulaba como «teoremas» de unos Elem entos etimo-
lógicos según el método de E u c lid e s 2 bl*. Capmany seleccionó
modelos de buen estilo en su Teatro historicocrítico de la
elocuencia (1786-94) y abordó la historia lingüística en el tra-
tado Del origen y form ación de la lengua castellana (1786)
En la Colección de poesías anteriores at siglo XV, de Tomás
2 Samuel Gili Gaya, La lexicografía académica del sigto X V III,
Cu&d. de la Cátedra Feijoo, 14, Oviedo, 1963; Fernando Lázaro Carreter,
Crónica del Diccionario de Autoridades (Ι7Ϊ3Ί740), discurso de recep-
ción en la R. Acad. Esp., Madrid, 1972; J. Domínguez Caparrós, La
Gramática de la Academia del siglo X V III, Rev. de Filol. Esp., LVIII,
1976, 81-108; Ramón Sarmiento, La Gramática de la Academia. Historia
de una metodología, Bol. R. Acad. Esp., LVIII, 1978, 435446, y Filosofía
de ta «Gramático» de la R. Ac. Esp., Anuario de Letras, XVII, 1979,
97-112; F. Marcos Marín, Reforma y modernización del español, Ma-
drid, 1979, etc.
2 bis José Luis Pensado, Fray Martín Sarmiento: sus ideas lingüís-
ticas, Cuadernos de la Cátedra Feijoo, 8, Oviedo, 1960.
3 Mariano Baquero Goyanes, Prerromanticismo y retórica: Antonio
de Capmany, «Homen. a Dámaso Alonso», I, Madrid, 1960, 171-189.
Antonio Sánchez (1779), aparecieron impresos por vez pri-
mera el Cantar de Mió Cid, los poem as de Berceo, el Alexan-
dre y el Libro de Bu en Amor. Y en 1807, en vísperas de la
invasión francesa, la Real Academia de la Historia publicaba
las Partidas alfonsíes en edición ejem plar para entonces.
§ 102. Los GRUPOS CULTOS Y LAS REFORMAS ORTOGRAFICAS.
1. La preocupación por la regularidad idiomática permi-
tió resolver en el siglo x v m dos de los problemas en que más
habían durado las inseguridades. Quedaba por decidir si
los grupos de consonantes que presentaban las palabras cul-
tas habían de pronunciarse con fidelidad a su articulación
latina. o si, por el contrario, se adm itía definitivamente su
simplificación, según los hábitos de la fonética española. La
Academia impuso las formas latinas concepto, efecto, digno,
solem ne; excelente,-e te., rechazando las reducciones conceto,
efeto, dino, soléne, ecelente. Por concesión al uso prevalecie-
ron multitud de excepciones, como luto, fruto, respeto, afi-
ción, cetro, sino, que contrastan con los derivados latinizantes
de igual origen luctuoso, fructífero, respecto, afección, signo.
N ótese que en los casos de plática y práctica, respeto y respec-
to, afición y afección, sino y signo, la duplicidad de formas ha
servido a la lengua para establecer diversidad de empleos
o acepciones. Cuando en los cultism os había grupos de tres
consonantes duros para la articulación nuestra, como en
prompto, sumptuoso, fueron también preferidas las formas
sencillas, pronto, suntuoso. Después oscuro, sustancia, gene-
rales en la pronunciación, van desterrando de la escritura a
obscuro, substancia.
2. El segundo y muy grave problema era el de la orto-
grafía. El sistem a gráfico que había venido empleándose
durante los siglos xvi y x vn era esencialmente el m ism o de
Alfonso X, y por lo tanto mantenía oposiciones gráficas que
no se correspondían con la pronunciación real de 1700: así
distinguía b y v, c o ç y z, -ss- y -s-, x y g, /, cuando las res-
pectivas parejas de fonem as se habían reducido cada una
a un solo fonem a como consecuencia de la transformación
culminada entre 1450 y 1620. Aparte de tal desajuste, con-
servaba duplicidades que pedían m ejor distribución de usos:
la « y la v representaban unas veces fonema vocal (duro,
vno) y otras consonante ( cauallo o cavallo, amaua o amava,
vien to ); igual ocurría con la i y la y (im agen o ymagen, aire
o ayre, sois o soys, y maior o mayor, ia o ya). Las tendencias
eruditas^, habían hecho que se extendiera la costumbre de
restaurar en la escritura la h latina (honor, hombre, húmedo),
muda desde los tiem pos de Tiberio, sin llegar a imponerla
(abundaban ay, oy, onesto, etc.); mientras tanto, al dejar
de pronunciarse la [h ] procedente de /f-/ latina o de aspira1
das árabes, se habían producido inseguridades (hazera /
azera o acera, alhelí / alelí). Por últim o el cultismo latinizan-
te fomentaba transcripciones como philosophia, theatro,
christiano, monarchia, lyra, quanto, quando, qual, eloquente,
frequentë. La Academia, con un apoyo oficial que no habían
tenido los ortógrafos anteriores, emprendió la reforma, ja-
lonándola en una serie de etapas. La primera, formulada en
el prólogo al Diccionario de Autoridades (1726), tuvo dos
decisiones felices: a) destinó exclusivamente el signo « a la
vocal / u / y el signo v a representar consonante, desterrando
vno, último, lauar, saluado, etc.; b) suprimió la cedilla y dis-
tribuyó el uso de c ÿ z, reservando la c para preceder a e, i,
y la z para anteponerse a u, o, a, o ir en final de sílaba (ceder,
cielo, lucir, hacer, vecino, zahúrda, corazón, zumo, luz, torrez-
no), con lo que elim inó luzir, hazer, vezino, çahurda, coraçôn,
çumo, etc. En cuanto a la & y la v, reconociendo que «los
Españoles no hacemos distinción en la pronunciación de
estas dos letras», optó por atenerse a la etimología: b cuan-
do en latín hay b o p ; v cuando el latín tiene v; y en palabras
de origen dudoso, preferencia por b ; de este modo proscri-
bió cavallo, bever, cantava, boz, bivir, en beneficio de caballo,
beber, cantaba, voz, vivir. El respeto a la etimología hizo
que la Academia se inclinara en 1726 por las grafías ph, th,
ch, y (s ím b o lo , mártyr) en las voces de origen griego, re-
pusiera la h latina y preceptuase doble consonante en acce-
lerar, accento, annotar, annual y otros. Más tolerante con
el uso efectivo se mostró en la Orthographia de 1741 y sobre
todo en la Ortografía de 1763, que suprime la distinción entre
-ss~ y -5- generalizando la -s-: esse, grandissimo, tuviesse
simplificaron definitivamente su grafía (ese, grandísimo, tu-
viese). A lo largo del siglo se van restringiendo los latinismos
ph, th, ch en pro de f, t, c o qu (quimera y no chimera), así
como la y de sym bolo, lyra en favor de símbolo, lira, la z
helenizante de zelo, la s líquida de stoico, sciencia, y otros
resabios cultos. Y en la octava edición de la Ortografía (1815)
se consuma la modernización: la Academia preceptúa en-
tonces c y no q en cuatro, cuanto, cual, elocuente, frecuente,
cuestor; fija el uso de i o y para la semivocal de aire, peine,
ley, rey, muy; y reserva la x, como en latín, para el grupo
culto /k s / o [gs] (examen, exención), pero no como grafía
del fonema / χ / , función en que es sustituida por la / (caja,
queja, lejos, dejar, en vez de caxa, quexa, lexos, dexar). Así
desaparece el últim o resto gráfico de la distinción entre sibi-
lantes sordas y sonoras, extinguida en el habla dos siglos
antes: en lo sucesivo el fonema / χ / se representará con /
ante cualquier vocal, pero respetando la g ante e, i cuando
lo requiere la etimología (gente, género, tragedia, e tc .)3bis.
3 bis véase Angel Rosenblat, Las ideas ortográficas de Bello (cit.
en § 99, n. 97), lxii-lxxxi. La Orthographia académica de 1741 dispuso
que se marcara con circunflejo la vocal vecina a ch (cháridad, me-
chânico) y a λ (exâmen, exôrbitante ) para indicar que estas conso-
nantes habían de pronunciarse como /k / y /ks/ o [gs] respectivamente,
La perduración de M éxico, Oaxaca, Xalapa, etc. (pronuncia-
dos con / χ / ) en América frente a Méjico, Oajaca, Jalapa,
usuales en España, se debe a razones históricas tan respeta-
bles como com p lejas4.
En 1815 quedó ñjada la ortografía hoy vigente. Las re-
formas posteriores han sido m ínimas, limitadas a la acentua-
ción y a casos particulares. No llegaron a prevalecer las
modificaciones propuestas y practicadas por Andrés Bello
ni los usos personales de Gallardo y otros.
§ 103. L u c h a c o n t r a e l m a l g u s t o .
Nunca, en verdad, estuvo m ás justificada que en el si-
glo X V I I I la preocupación por el idioma. En los dos .primeros
tercios del setecientos se prolongaban, envilecidos, los gus-
tos^ barrocos’dé la extrema decadencia.- Rara- vez están com -
pensados por cualidades de algún valor, como en Torres
Villarroel. Una caterva de escritorzuelos bárbaros y predica-
dores ignaros emplebeyecía la herencia de nuestros grandes
autores del siglo xvii. El abuso de m etáforas e ingeniosidades
llegaba al grado de chabacanería que revelan obras com o el
Sol refulgente, Marte invencible , M ercurio veloz, San Pablo
Apóstol, sermón de Fray Félix Valles (1713), la Trom peta
evangélica, alfange apostólico y martillo de pecadores, de
Juan Blázquez del Barco (1724), o el Caxón de sastre literato,
o percha de maulero erudito , con m uchos retales buenos,
m ejores y medianos, útiles, graciosos y honestos, para evitar
no como la /C/ de muchacho ni la / χ / de xabótt, caxa. También pre-
ceptuó la diéresis tanto en agüero, argüir, donde hoy subsiste, como
en QÜÉstiótt, eloqüencicij donde cesó en 1815 al imponerse c en lugar
" de Q. No podemos detenem os aquí para tra ta r de los cambios en el
empleo de acentos gráficos, puntuación, etc.
4 Véase Alfonso Junco, La jota de Méjico y otras danzas, Méjico,
1967.
las funestas conseqüencias del ocio, de Francisco Mariano
Nipho (1760); el estilo correspondía a la grotesca hinchazón
de los títulos. Tales aberraciones despertaban la protesta
de quienes conservaban sin estragar el gusto o reaccionaban
en virtud de nuevos m óviles ideológicos. El padre Isla, con su
Fra y Gerundio (1757), asestó un golpe decisivo al degenerado
barroquismo que dominaba en el pulpito, Mayans, Cadalso,
Forner y Moratín, entre otros, com batieron también el ama-
neramiento avulgarado. Su últim o reducto fue el teatro,
donde hasta principios del siglo xix se representaron las
disparatadas obras de Cornelia.
§ 104. La l it e r a t u r a n e o c l á s ic a .
1. La Poética de Luzán (1737)3 prepara el camino a la
tendencia neoclásica, según la cual la literatura había de
ateñersé’ a 'u ñ a rfgÍda~Ímitación He los modelos griegos y
latinos, y debía guardar los preceptos de Aristóteles y Hora-
cio, como habían hecho los autores franceses del siglo x v i i .
Muchos espíritus, cegados por estos prejuicios, condenaban
la bizarría de nuestra literatura anterior; pero como el neo-
clasicism o estaba demasiado cohibido por las reglas para
originar un poderoso movimiento literario, tuvo que apoyarse
frecuentemente en nuestros escritores del siglo xvi, y aun en
los del x v i i , cuyo mérito, en últim o térm ino, se reconocía.
2. En la poesía, la ruptura con los procedim ientos esti-
lísticos del siglo anterior no fue tan com pleta como harían
creer las críticas contra el gongorismo. Eran ya de uso ge-
neral muchas palabras que cien años atrás chocaban por su
novedad, y se habían consolidado en el verso algunas trans-
posiciones en el orden de las palabras. Además, los poetas
3 Sobre las divergencias entre Luzán y los neoclásicos posteriores,
véase F. Lázaro Carreter, Ignacio Luzán y el neoclasicismo, Publ. de
la Fac. de Filosofía y Letras, Serie I, n.° 39, Zaragoza, 1960.
neoclásicos no buscaban la expresión llana, sino solemne, y
educados en el estudio de las humanidades, no sentían re-
pugnancia por la introducción o mantenimiento de latinis-,
m os, Así, aunque la Academia se había mostrado partidaria
de «desterrar las voces nuevas, inventadas sin prudente elec-
ción», Meléndez, Jovellanos o Quintana emplean candente,
estro, exhalar, flébil, fúlgido, inerte, letal, linfa, ominoso,
opimo, pin ífero , proceloso, refulgente, um brífero, etc. La
poesía neoclásica adm itió en calidad de licencias poéticas
los arcaísmos vía 'veía', felice, un hora y otros semejantes.
De esta manera prosiguió la diferencia, agudizada desde
Herrera, entre el lenguaje de la poesía y el norm al6.
; 3. Más radical fue la transformación de la prosa. Como
la novela y la historia artística tuvieron en el siglo x v m
escasísim o desarrollo, la prosa se lim itó casi exclusivamente
a obras didácticas que exigían un estilo severo y preciso.
En un esfuerzo de adaptación, la prosa española del si-
glo x v m sacrificó la pompa a la claridad; ya que no posee
grandes cualidades estéticas, adquirió una sencillez de tono
m oderno que constituye su mayor atractivo. Por reacción
contra culteranos y conceptistas, las miradas se sentían atraí-
das hacia los escritores de nuestro siglo xvi, en los que veía
Cadalso «las semillas que tan felizmente han cultivado los
franceses en la última mitad del siglo pasado [el x v ii], de
que tanto fruto han sacado los del actual». Observaba Feijoo
que los escritos del país vecino «son como jardines, donde
las flores espontáneamente nacen, no como lienzos donde
estudiosam ente se pintan. En los españoles, picados de cul-
tura, dio en reinar de algún tiem po a esta parte una afecta-
ción pueril». Sin embargo, Feijoo fue continuador de la prosa
* Nigel Glendinning, La fortuna de Góngora en el siglo X V III,
Rèv. de FiloJ. Esp., XLIV, 1961, 323-349; Luis López Molina, Torres
Villarroel, poeta gongorino, Ibid., LIV, 1971, 123-143. Excelente es el
libro de Joaquín Arce, La poesía del siglo ilustrado, Madrid, 1980.
conceptista del xvn por la frecuente acuñación de frases
simétricas, llenas de paralelismos y contraposiciones, y sin-
tió la atracción de las imágenes atrevidas, propias del ba-
rroco. No en balde sostenía que el «enthusiasmo», «el furor»
eran el alma de la poesía, anunciando el entonces futuro
Prerrom anticism o7.
4. Esta admiración por la prosa francesa explica la indul-^
gencia con que se admitía el galicismo. Cuando las orienta-
ciones ideales venían de más allá de las fronteras, la intro-
ducción de voces o construcciones extrañas resultaba más
cómoda que el aprovechamiento de los recursos propios del
idioma, y a veces inevitable. Acusado de usar expresiones
afrancesadas para conceptos nuevos, Feijoo respondía: «¿Pu-
reza de la lengua castellana? ¿Pureza? Antes se debería llamar
pobreza, desnudez, sequedad.» Las traducciones, tan apre-
suradas entonces como ahora, agravaban el mal.
§ 105. R e a c c ió n p u r is t a 8.
El alud de galicismos suscitó una actitud defensiva que
trató de acabar con la corrupción del idioma, tan lleno de
excelentes cualidades. «Poseéis —decía Forner— una lengua
7 Véanse Juan Marichal, Feijoo y su papel de desengañador de ias
Españas y Cadalso: el estilo de un «hombre de bien», en La voluntad
de estilo, Barcelona, 1957, 165-197; Elso Di Bernardo, Acerca de re-
cursos dialécticos, fuentes y procedimientos estilísticos del Padre
Feijoo, en el vol. colectivo «Fray B. J. Feijoo y Montenegro», Univ.
Nac. de La Plata, 1965; Angel Raimundo Fernández González, Persona-
lidad y estilo en Feijoo, Cuad. de la Cátedra Feijoo, 17, Oviedo, 1966;
y R. Lapesa, Sobre el estilo de Feijoo, «Mélanges à la mémoire de
Jean Sarrdílh», II, Paris, 1966, 21-28 (después en De la Edad Media a
nuestros días, Madrid, 1967, 290*299).
β Véanse Miguel Artigas, discurso de recepción en la Acad. Esp.,
1935, y A. Rubio, La critica del galicismo en España (1726-1832), México,
1937, además de los estudios de A. Castro y p. Lázaro citados en
nuestra n. 1.
de exquisita docilidad y aptitud para que, en sus m odos de
retratar los seres, no los desconozca la mism a naturaleza
que los produjo; y esta propiedad admirable, hija del estudio
de vuestros mayores, perecerá del todo si, ingratos al docto
afán de tantos y tan grandes varones, preferís la impura
barbaridad de vuestros ham brientos traductores y cento*
nistas.»
A fuerza de repetir imágenes y conceptos, la literatura
se había apartado del habla, y el léxico estaba empobrecido.
Los escritores más notables del siglo x v in pugnaron por
recobrar el dominio de la lengua y aumentar el vocabulario
disponible. Prejuicios aristocráticos y librescos —tanto más
explicables cuanto profundo había sido el mal del .avulgara-
miento— impidieron muchas veces que el arte dignificara
las aguas vivas de la expresión cotidiana. Los buenos mo-
delos— se creía— .estaban^en la producción, denlos autores
clásicos; de ellos había que sacar el tesoro de palabras em-
pleadas con espontánea facilidad en otros tiem pos y olvida-
das después. El am biente era propicio a esta restauración
laboriosa, y el resiiltado fue un tipo de lenguaje pulcro,
demasiado atento a los usos del Siglo de Oró. Discreto en
Jovellanos, Moratín o Quintana, el purismo se convirtió en
obsesión arcaizante en otros autores.
§ 106. V o c a b u la rio de la Ilu s tra c ió n , del P re rro m a n ti-
C ISM O Y DE LOS PR IM ER O S L IB E R A L E S 9.
1. Las nuevas orientaciones ideológicas, el interés por
las ciencias físicas y naturales, las transformaciones que se
9 Resumo a continuación mi artículo Ideas y palabras: del vocabula*
rio de la Ilustración al de tos primeros liberales, «Homcn. a Pedro
Lain Entralgo», Asclepio, XVIII-XIX, Madrid, 1966-1967, 189-218. Apor-
taciones de gran interés son las de Gregorio Salvador, Incorporado·
iban abriendo paso en la política y la economía, pusieron en
curso multitud de neologism os, prestaron a voces ya exis-
tentes acepciones que antes no tenían, o infundieron valor
de actualidad a términos que carecían de él. En la mayoría
de los casos, como consecuencia del inm ovilism o filosófico
y científico de nuestro siglo x v i i , y a causa también del vigor
expansivo de la Ilustración europea, la renovación del voca-
bulario cultural español se hizo por trasplante del que había
surgido o iba surgiendo más allá del Pirineo, aprovechando
el común vivero grecolatino.
2. El cultivo de las ciencias que ya entonces se llamaban
positivas introdujo mechánica, mechanismo, hidrostática, hi-
drometría, termómetro , barómetro, m ovim iento undulatorio,
máquina pneumática y aerostática, electrizar, electricidad,
vitrificación, microscopio, telescopio, etc., así como ram ifi *
carse^m ucosa^ n érv eo r papila, retin ar inoculación, vacuna l0,
y otros muchos. El intelectual modernizante recibe el nom-
bre de filósofo; lleno de fe en el adelanto o progreso, se
afana por combatir preocupaciones (esto es, 'prejuicios'),
instruir y educar para difundir las luces del conocim iento
racional desterrando las tinieblas de la ignorancia y el obs-
nes léxicas en el español del siglo X V III, Cuad. de la Cátedra Feijoo,
24, Oviedo, 1977, y Pedro Alvarez de M iranda, Aproximación al estudio
del vocabulario ideológico de Feijoo, Cuad, Hispanoam., n.° 347, mayo
de 1979, así como los estudios sobre determ inadas palabras y cues-
tiones que se citan en nuestras notas siguientes. Paralelos de otras
lenguas: Gianfranco Folena, Le origini e il significato del rinovamento
lingüístico nel settecento italiano, «Problem! di lingua e Iett. italiana
del Settecento. Atti del IV congr. deirAssoc. Intern, p er gli Studi
di lingua e lett. ital., Magonza e Colonia 1962», V/iesbaden, 1965; Werner
Krauss, La Néologie dans la littérature du X V III« siècle, Studies on
Voltaire and the eighteenth century, LVI, 1967, 777-782, aparte de la
clásica Histoire de ta langue française de Brunot.
10 Joaquín Arce, De Feijoo a Quintana. Testimonios lingüístico-
literarios sobre inoculación y vacuna, Cátedra Feijoo, Univ. de Oviedo,
1978.
curantism o : ilustrar e iluminar, civilización 11 y cultura, son
palabras clave. Es significativa de la nueva actitud mental
la entrada o vivificación de systema, phenómeno, criterio,
crítica, scéptico, scepticism o, ecléctico, al tiem po que la crisis
religiosa se manifiesta en la presencia de deísm o y deísta,
indiferentism o, materialismo y materialista, naturalismo y
naturalista, fanático, fanatismo, tolerancia, tolerante y sus
antónim os intolerancia e intolerante; junto a Dios es fre-
cuente el S e r Suprem o en la segunda mitad del siglo. La
quiebra de creencias no implica relajación ética —al menos
en^teoría— , y la importancia que se concede a la moralidad
origina la adopción de inmoral, inmoralidad, desmoralizar .
El hom ocentrism o se patentiza en abundante mención de
la Hum anidad o del género humano, y en la difusión de
filántropo, filantropía. Sus contrarios misántropo, misantro-
pía representan, como insociable, actitudes vituperadas por
oponerse al interés de la sociedad, concepto que adquiere
máxima importancia, junto con el de bien común, bien públi-
c o ,y el de el público como colectivid ad 12. En cambio los
egoístas no siempre se consideran dañinos, pues su egoísmo
puede contribuir a la creación de riqueza. Aunque el racio-
nalism o haga levantar la mirada por encima de las fronteras
e imaginar hombres cosmopolitas, el sentim iento de la pa-
tria 13 es muy fuerte, como se demuestra en el brote de los
11 Carlos Rincón, Sobre la noción de Ilustración en el siglo X V III
español, Rom. Forsch., LXXXIII, 1971, 528-584, y Soferc la Ilustración
española, Cuad. Hispanoam ., núm. 261, 1972, 553-576 (art. dedicado a /as
palabras filosofía y filósofo); Werner Krauss, Sobre el destino español
de la palabra francesa «civilisation» en el siglo X V III, Bull. Hisp.,
LXIX, 1967, 436-440; José Antonio Maravall, La palabra «civilización»
y su sentido en el siglo X V III, «Actas del V Congr. de Hispanistas
(1974)», Bordeaux, 1977, I, 79-104, etc.
12 Monroe Z. H after, La ambigüedad de la palabra «público» en
el siglo X V III, Nueva Rev. de Filol. Hisp., XXIV, 1975, 46-63.
13 Otilia López Fanego, Feijoo y su concepto de «patria», «El Ingc-
derivados patriota, patriótico y patriotismo; también crece
el uso de nación y nacional. La utilidad y el provecho son
estímulo de todas las actividades, que deben encaminarse a
conseguir la felicidad (esto es, el bienestar y prosperidad )
de los pueblos; procedimiento eficaz para ello será el fomento
de la producción agraria y de la industria —de la metalurgia,
por ejemplo— ; así se obtendrán prim eras materias y manw
facturas o fábricas (entonces sinónim os) M con que sostener
el tráfico y mejorar la balanza comercial. La economía se
eleva a disciplina científica ls. El lujo 16 será beneficioso como
promotor del intercambio de la riqueza; y los necesitados
podrán librarse de la usura gracias a la institución del Monte
de Piedad u otros montes píos.
3. Esta visión optimista de un mundo obediente a los
dictados de la razón se ve perturbada por dos rebeldías: la
de la afectividad y la político-social. En el último tercio del
siglo las gentes se entregan al desbordamiento em otivo y
gozan con la efusión de lágrimas, sean éstas de alegría, ter-
nura, compasión o dolor. En Cadalso, Jovellanos, Meléndez
y Cienfuegos hay emoción no reprimida, inquietud anímica,
desesperación o melancolía, exclamaciones, frases entrecorta-
das y abundante presencia de términos como sentimiento,
nioso Hidalgo», XVI, núms. 48-49, Instituto Nac. de Bachill. Cervantes,
Madrid, 1977, 33-37.
H José Antonio Maravall, La idea de felicidad en el programa de
la Ilustración, «Mélanges offerts à Charles V. Aubrun», I, Paris, 1975,
425462; Dos términos de la vida económica: la evolución de los voca-
blos «industria» y «fábrica», Cuad. Hispanoam. núms.· 280-282, 1973,
632-661, y Espíritu burgués y principio de interés personal en la Ilus-
tración española, Hisp. Rev., XLVII, 1979, 291-325.
•5 Osvaldo Chiareno, Jovellanos economista e la lingua del suo
«inform e sobre la Ley Agraria», Boll. dell'Istit. di Lingue Estere, 1952-
53, Genova, 1954, 46-60, se ocupa del estilo más que del vocabulario.
16 Albert Dérozier, La cuestión del lujo en las «Cartas marruecas »
de Cadalso, Studi Ispánici, Pisa, 1977, 95-112.
sensible, sen sib ilid a d 11, insensible, pasión, delirio, devaneo,
fantasía, espanto, espantoso, pavor, pavoroso, lúgubre, me-
lancolía, tedio, tedioso ; hasta hacen su aparición monstruos,
fantasmas y bultos m isteriosos. Empieza a atraer el mundo
medieval: Jovellanos lo evoca al describir el castillo de
Bellver, y la crítica sobre la poesía de la Edad Media se hace
cada vez más positiva. Se anuncia así el próximo Romanti-
cismo ,8.
4. Por otra parte la diferencia entre las clases privilegia-
das y las gentes laboriosas o industriosas —también llamadas
clases productoras — se sentía cada vez más injustificada.
Frente a vasallo y súbdito cunde el uso de ciudadano. Se
piensa en la licitud de regím enes aristocráticos y dem ocrá-
ticos al lado del monárquico, en la existencia de leyes fun-
damentales y constitución, donde se distingan las potesta-
des legislativa, executriz o executiva y - ju dicia l. - Llegan- los
vientos de la Revolución Francesa, y mientras unos con-
denan su anarquía y sus turbulencias anárquicas , otros
*7 José Antonio Maravall, La estimación de la sensibilidad en la
cultura de la Ilustración, Madrid, Instituto de España, 1979.
18 J. F. Montesinos, Cadalso o ta noche cerrada, Cruz y Raya, 1934,
43-67; Edith F. Helman, introd. a las Noches hígubres de Cadalso,
Santander, 1951; H. Bihler, Spanísche Versdichtung des Mittelalters
Lichte der spanische K ritik der Aufkldrung tind Vorromanttk,
"■Münster, 1957; Joaquin Arce, Rococó, neoclasicismo y prerromanti-
cismo en la poesía española del siglo X V III, Simposio «El P. Feijoo
y su siglo», Oviedo, 1966; Diversidad temática y lingüística en la lírica
dieciochesca, Cuad. de la Cátedra Feijoo, 22, Oviedo, 1970, 31-51, y La
poesía del siglo ilustrado, Madrid, 1980; José Caso González, Rococó,
prerromanticismo y neoclasicismo en el teatro español del siglo X V III,
Ibid., 7-29, y El castillo de Bellver y el prerrom anticism o de Jovellanos,
«Homcn. a la mem. de D. A. Rodríguez-Moruno», Madrid, 1975, 147*156;
José Luis Cano, Heterodoxos y prerrománticos, Madrid, 1974, 53-101
(sobre Cienfuegos); Isabel Vázquez de Castro, Estudios lexicológicos
en to m o a Cadalso, tesis doctoral inédita, Univ. Complutense, Madrid,
1977.
pueblan odas y tragedias políticas con invectivas contra el
despotismo, la tiranía, yugos, cadenas y servidum bre. Se
canta a la libertad, la igualdad y la fraternidad, se exalta la
concordia, y cuando, al sobrevenir la invasión francesa, el
poder queda en manos del pueblo, se discute si la soberanía
radica en él o en el monarca. Se habla sin ambages de los
derechos del hom bre y del convenio o pacto social. Reform a,
reformar, regenerar y regeneración adquieren marcado sen-
tido político, Y en las Cortes de Cádiz los partidarios de las
nuevas ideas toman el nombre de liberales w, m ientras que
los defensores de la monarquía absoluta o absolutistas re-
ciben el de serviles . El vocabulario político de 1808 a 1823
es fundamentalmente el mism o en España y en América ,9bis;
si aquí se llamó «guerra de la Indepen dencia » la sostenida
contra Napoleón, en América significó la emprendida por
El adjetivo liberat, originariam ente ‘generoso’, 'desprendido', ha-
bía tomado en el siglo x v m francés las acepciones de ‘filantrópico’ y
'progresivo'. Por otra parte las «artes liberales» se venían contra-
poniendo secularm ente a los oficios serviles, oposición que los liberales
aprovecharon para aludir al servilismo de los absolutistas. Véanse
Pedro Grases, «Liberal», voz hispánica, «El Nacional», Caracas, 1950
(artículo reim preso en Gremio de discretos, Caracas, 1958), y Algo más
sobre «liberal», Nueva Rev. de Filol. Hisp., XV, 1961, 539-541; Juan
Marichal, The French Revolution Background in the Spanish Sem antic
Change of «liberal», Year Book of the Amer. Philosoph. Soc., 1953,
291-293, y España y las raíces semánticas del liberalismo, Cuad. del
Congr. por la Libertad de la Cultura, ΙΓ, 1955, 53-60; Vicente Llorens,
Sobre la aparición de «liberal», Nueva Rev. de Filol. Hisp., XII, 1958,
53-58, etc.
19 bi* Véanse, para España, María Cruz Seoane, E l primer lenguaje
constitucional español (tas Cortes de Cádiz), Madrid, 1968, y María Do-
lores Ortiz González, El primer exitio liberal y el léxico español. Tesis
doct. (publicado resumen, Universidad de Salamanca, 1969); para
América, M artha Hildebrandt, La lengua de Bolívar, I. Léxico,
Caracas, 1961; Francisco Belda, Algunos aspectos del léxico de Fran-
cisco de Miranda, Nueva Rev. de Filol. Hisp., XVIII, 1965-1966, 65-86,
y Graciela G. M. de Gardella, Contribución al estudio del lenguaje de
los hombres de mayo, Thesaurus, Bol. Inst. Caro y Cuervo, XXIV, 1969.
Miranda, Bolívar y San Martín para emancipar las antiguas
colonias.
§ 107. L a o r a t o r ia d e l s ig l o x ix . L a pr o s a r o m á n t ic a y
c o s t u m b r is t a . L a r r a .
1. La violenta conm oción política del siglo x ix trajo
consigo el florecim iento de la oratoria. Nace ésta en las Cor-
tes de Cádiz bajo el fuego de los cañones napoleónicos y en
el primer choque ostensible de tradicionalistas y liberales.
En labios de Argüelles, Muñoz Torrero, Toreno y Martínez
dé la Rosa el discurso es arma para la contienda de ideas,
com o lo eran también por entonces la poesía de Quintana
y la tragedia alfieresca. Después, en el am bienté de luchas
enconadas y turbulencias que llenan la vida política española
hasta la Restauración, el verbo elocuente fue instrumento
im prescindible para la actividad parlamentaria o la capta-
ción de prosélitos. Los tribunos no buscaron estilo sobrio y
objetivo, sino períodos largos, sonoros, patéticos, abundantes
en . evocaciones históricas e imágenes deslumbradoras. Así
brotaron los discursos de Joaquín María López, Ríos Rosas,
Olózaga, Nocedal y Aparisi, el tono profético ¡de Donoso Cor-
tés y la pompa ornamental de Castelar. Con tesis contradic-
torias, más encaminados unos a la convicción y otros a la
sacudida emocional, con distinta proporción entre argumen-
tos y atención al ornato, sus procedim ientos oratorios, hijos
de una m ism a form ación retórica, varían poco. El influjo de
la oratoria es patente en la prosa doctrinal de buena parte
del siglo. El Ensayo de Donoso o los escritos de Castelar
reclaman la audición mejor que la lectura.
2. En la prosa, nuevas apetencias expresivas pugnaban
por romper el caparazón neoclásico. El ritmo de la vida, cada
vez más rápido, la agitación ideológica, el auge del periodis·
mo y la ampliación del campo literario con géneros desco-
nocidos antes pedían lenguaje variado y flexible; pero la
educación estética de los escritores mantenía resabios pu-
ristas. El conde de Toreno inspira su estilo en el de Mariana,
modernizándolo en lo más indispensable. La novela histórica,
a que tan aficionados fueron los románticos, requería el
empleo de arcaísmos para evocar ambientes del pasado:^
apenas abrimos E l señor de Bem bibre, de Enrique Gil, en-
contramos a tiro de ballesta como indicación de distancia,
harto por 'mucho', acá y acullá, a la sazón, verbo al final de
la frase («si por vuestro reposo mismo m iráis », «la fe y la
confianza que en vos pongo»), etc. La artificiosa imitación
del español áureo, acompañada por el uso de voces antiguas
o regionales, dio lugar a la tendencia casticista, que si en
ocasiones procuró notable caudal de palabras jugosas y co-
loridas, como en Gallardo19**Γ, resultó disfraz incómodo lleva-
da al extremo, como en las Escenas andaluzas de Estébanez
Calderón, Frente a esta restauración trabajosa decía Larra
que «las lenguas siguen la marcha de los progresos y las
ideas; pensar fijarlas en un punto dado a fuer de escribir
castizo, es intentar imposibles». Y, sin embargo, en su alegato
renovador se deslizaba el arcaísmo a fuer de; es que, en
mayor o menor grado, el purismo dejó sus huellas en casi
todos los autores de la pasada centuria. En el estilo de Larra
la formación recibida contiende con el deseo de modernidad;
el conflicto se supera gracias a lo penetrante e intencionado
de la idea, a un sentido de la caricatura como no había exis-
tido en España desde los días de Quevedo, y a una agilidad
expresiva, comparable también a la de los Sueños y el Bus~
cón , que pone en juego los más atrevidos recursos de la
l* ,er Ricardo Senabre, Notas sobre el estilo de Bartolomé José
Gallardo, Rev. de Est. Extremeños, XXXI, 1975.
creación verbalw. Sin la amarga profundidad ni la fuerza
sarcástica de Larra, Mesonéro Romanos y otros costumbris-
tas se contentan con el gracejo bonachón o se complacen en
el pintoresquismo: representativas de ello son publicaciones
como el Sem anario pintoresco, La Españ a pintoresca, Los
españoles pintados por sí mism os. Por superficiales que sean
sus descripciones de tipos, ambientes y escenas, hacen que
la literatura tome contacto con la vida cotidiana y preparan
el camino para que la novela realista encuentre nivel y len-
guaje 21.
§ 108. La p o e sía ro m á n tic a : E sp ro n c ed a . La líric a in ti-
m is ta : B é c q u e r y R o s a lía de C a s tro .
1. El Romanticismo llevó a la poesía espíritu y forma
nuevos; pero no sin conservar muchos-hábitos-del· siglo-xvm.
Las burlas contra el pastor Clasiquino harían esperar una
mudanza más radical. Es cierto que en los románticos hay
20 Véase José Luis Varela, Sobre el estilo de Larra, Arbor, XLVII,
1960, 376-397, y La palabra y la llama, Madrid, 1967, 101-119; Helen F.
G rant y Robert Johnson, prólogo a su selección de Artículos de crítica
literaria de Larra, Bibi. Anaya, Textos españoles, 30, Salamanca, 1964;
Pierre L. Ullman, Mariano de Larra a n d . Spanish Political Rhetoric,
The Univ. of Wisconsin Press, 1971; Antonio Risco, Las ideas lingüís-
ticas de Larra, Bol. R. Acad. Esp., LII, 1972, 467-501; José Luis L. Aran-
guren, Larra, en E studios literarios, Madrid, 1976, 151-176; Doris Ruiz
Otín,' Ideología y visión del m undo en el vocabulario de Larra, tesis
doctoral inédita, Univ. Complutense, Madrid, 1976; L. Lorcnzo-Rivero,
Larra: lengua y estilo, Madrid, 1977, etc.
W. S. Hendrix, Notes on Collection of Types, a Form of Costum-
brismo, Hisp. Rev., I, 1933, 208-221; Evaristo Correa Calderón, Cos-
tumbristas españoles. Estudio prelim, y selección, Madrid, 1950; Mar-
garita Ucelay da Cal, Los españoles pintados por sí mismos, México,
1951; José F. Montesinos, C ostumbrismo y novela. Ensayo sobre el
redescubrimiento de la realidad española, Valencia, 1961; José Luis
Varela, Prólogo al costumbrism o romántico, en La palabra y la llama,
Madrid, 1967, 81-99, etc.
alardes de crudeza realista, desenfreno imaginativo y sen-
timental, cambios bruscos de la altisonancia a la vulgaridad,
libertades expresivas inusitadas. Sin embargo, mantuvieron,
por lo general, el empaque solemne, y usaron elegancias
tan manidas como el hipérbaton («las de mayo serenas albo-
radas ») o la reiteración de copulaciones («y gloria, y paz,
y amor y venturanza»). Hasta la interrupción del verso por
exclamaciones y reticencias había aparecido ya en Meléndez
y Cienfuegos. Los románticos no desdeñan las licencias poé-
ticas, que les sirven de comodín para salvar dificultades de
metro o rima; así Espronceda acude a los arcaísmos rom -
pido , desparecer , alredor . Continuaron en boga palabras y
giros gratos a lá poesía neoclásica, como el profundo por
'el abismo, el infierno', los cultismos fúlgido, vivido, flébil,
los anticuados siquier, cuán, de contino, etc. La novedad es
que la^ voces, más; prestigiosas^no lo [Link],por su carácter
latino o antiguo, sino por el valor emocional: agonía , devaneo,
delirio, histérico, frenesí, ilusorio, mágico, lánguido, quimera
son términos predilectos por representar el desequilibrio y
la insatisfacción; y a la relamida expresión neoclásica suce-
de otra directa y enérgica: «fétido fango», «corazón hecho
pavesa », «roída de recuerdos», «ojos escaldados de llanto»,
«helar hasta los tuétanos ». No obstante, la eficacia se pierde
muchas veces, pues el afán de musicalidad conduce a los
poetas a abusar de adjetivos vacuos y hojarasca palabrera22.
22 Véanse G. B. Roberts, The Epithet in Spanish Poetry of the
Romantic Period, Univ. of Iowa Studies in Spanish Language and
Literature, n.® 5, 1936; M. Garcia Blanco, Espronceda o el énfasis,
Escorial, 1943; Joaquín Casalduero, Forma y visión de «El Diablo
Mundo», Madrid, 1951; A. J. Cullen, El lenguaje romántico de tos
periódicos madrileños... (1820-23), Hispania, XLI, 1958, 303*7; Domingo
Ynduráin, Análisis formal de la poesía de Espronceda, Madrid, 1971;
Olga Tu dórica Impey, Apuntes sobre el estilo romancístico del Duque
de Rivas, «Act. X III.e Congr. Intern, de Ling, et Philol. Rom.», II,
2. AI lado de la evasión hacia ideales inasibles y épocas
lejanas había en románticos como Espronceda giros humorís-
ticos hacia lo prosaico, vena protestataria y afán de testimo-
nio que se orientan hacia el más crudo realismo; para que
E l Diablo M undo pueda ser emblema de la sociedad contem-
poránea, el poeta da cabida en él a gentes plebeyas y carce-
larias, que emplean su lenguaje habitual; el padre de la
Salada alecciona al rejuvenecido e inocente Adán con tér-
minos jergales como berrearse 'hablar de más', chivato 'joven,
novel', m ojar 'apuñalar', viuda 'la horca’, mezclados con gita-
nismos que habían prendido ya o prenderían más tarde en
el habla popular: chaval, chungarse, endiñar, gaché, jam ar,
parné, terne, etc.
3. Bécquer sintió como los románticos la sed de lo infi-
nito, la batalla entre el corazón y la cabeza, las tentaciones
de una fantasía desbordante. Pero descubrió el secreto de
la lírica íntima y evocadora. Poemas breves, sin aparato,
sin , lastre; el mago poder de un rasgo desnudo y certero
basta para dejar hondas resonancias en el alma. En tensión
emocionada, las palabras son «a un tiempo suspiros y risas,
colores y notas». La música del verso se llena de eléctricas
vibraciones: «los invisibles átomos del aire / en derredor
palpitan y se inflaman», «oigo flotando en olas de armonía /
rumor de besos y batir de alas». Y el espíritu, «huésped de
las nieblas», se escapa al mundo de visiones «donde cambian
de forma los objetos». Contención suprema, vaguedad car-
gada de esencia poética, atalaya de misterio: tal es la lección
de las Rim as, intuida y sentida por los poetas desde muy
pronto, pero no comprendida en toda su hondura hasta los
de la generación de 1927. En las Leyendas y en las cartas
Desde m i celda Bécquer poda las blanduras de la prosa ro-
Québec, 1971; Esteban Pujáis, Espronceda y Lord Byron, M adrid, 1972;
Robert M arrast, José de Espronceda et son temps, Paris, 1974, etc.
mántica y la enriquece con imaginación fecunda y original,
sentido pictórico y adjetivación precisa u.
Hermano del lirismo de Bécquer es el de Rosalía de
Castro, que, tanto en el gallego de Follas novas como en el
castellano de En las oriítas del Sar, expresa la comunión
afectiva con la naturaleza, las sombras de su angustia per-
sonal y la inquietud ante los problemas fundamentales de la
existencia, con un lenguaje poético precursor del simbolista,
mientras en otros casos su actitud de protesta se anticipa
claramente a la poesía social de nuestros díasM.
23 Véanse Dámaso Alonso, Aquella arpa de Bécquer, Cruz y Raya,
1935; Originalidad de Bécquer, en Ensayos sobre vpoesía española,
Madrid, 1944, y en Poetas españoles contemporáneos, Madrid, 1952;
Jorge Guillén, La poética de Bécquer, Hisp, Institute, New York, 1943,
y The ineffable language of dreams, Bécquer, en Language and Poetry,
Cambridge, Mass., 1961 (texto ori g. esp., Lenguaje insuficiente. Béc-
quer o lo inefable soñado, en Lenguaje y poesía, Madrid, 1961); Arturo
Berenguer Carisomo, La prosa de Bécquer, Buenos Aires, 1947; Edmund
L. King, G. A. Bécquer. From Painter to Poet. Together w ith a Con-
cordance of the Rimas, México, 1953; J. Pedro Díaz, G. A. Bécquer.
Vida y Poesía, Montevideo, 1953, 3.* ed., Madrid, 1971; F. López Estrada,
Poética para tm poeta, Madrid, 1972; Rubén Benitez, Ensayo de biblio-
grafía razonada de G. A. Bécquer, Buenos Aires, 1961, y Bécquer, tradi-
cionalista, Madrid, 1970; Rica Brown, Bécquer, Barcelona, 1963; R. de
Balbín Lucas, Poética becqueriana, Madrid, 1969; Juan Antonio Ta-
mayo, Contribución al estudio de la estilística de G. A. B., Rev. de
Filol. Esp., LII, 1969 (impreso en 1971), 15-51; José Luis Varela, Mundo
onírico y transfiguración en la prosa de Bécquer, Ibid., 305-334; Juan
María Diez Taboada, Bibliografía sobre G. A. B. y su obra, Ibid.,
651-695 (el volumen, totalm ente dedicado a B., contiene otros artículos
que pueden interesar para el estudio del estiló y lenguaje); R. Pa-
geard, Sentim ent et forme dans les «Rimas», Bull, Hisp., LXXIII,
1971, 350*362; A. Roldán, Problemas textuales de las Rimas de G. A. B.,
Anales Univ. Murcia, XX, n.° 3-4, 47-90, y Las doctrinas gramaticales
y los textos becquerianos, «Homen. al Prof. Muñoz Cortés», II, Mur-
cia, 1976-77, 605-646.
24 E. Díez-Canedo, Una precursora, La Lectura, II, Madrid, 1909;
Azor/n, Clásicos y modernos, Madrid, 1913; R. Lapesa, Bécquer, Rosa-
lía y Machado, Insula, abril de 1954 (después en De la Edad Media a
nuestros días, Madrid, 1967, 300-306); José María de Cossío, Cincuenta
§ 109. E l REA LISM O .
1. Pasada la moda de la novela histórica, débil trasplan-,
te del romanticismo extranjero, la novela realista encontró
en España afortunados cultivadores. Su tarea no fue sencilla:
la brillante tradición que el género había tenido en nuestra
literatura se había interrumpido en el siglo xvm, y hubo
que^ crear el lenguaje adecuado, como si se tratara de una
forma narrativa sin precedentes españoles. Si se quería ha-
cer de la novela auténtico reflejo de la vida, era necesario
aguzar las posibilidades descriptivas de la lengua, acostum-
brarla al análisis psicológico, y caldear el diálogo con la ex-
presión palpitante del habla diaria. Para esto no valían ni
el tono oratorio ni la trivialidad de la gacetilla periodística.
Decía Galdós:
Una de las dificultades con que tropieza la novela en España
consiste en lo poco hecho y trabajado que está el lenguaje lite-
rario para reproducir los matices de la conversación corriente.
Oradores y poetas lo sostienen en sus antiguos moldes acadé-
micos, defendiéndolo de los esfuerzos que hace la conversación
para apoderarse de él; el terco régimen aduanero de los cultos
le priva de flexibilidad. Por otra parte, la Prensa, con raras ex-
cepciones, no se esm era en d ar at lenguaje corriente la acentua-
ción literaria, y de estas rancias antipatías entre la retórica y
la conversación, entre la Academia y el periódico, resultan in-
franqueables diferencias entre la manera de escribir y la m anera
de hablar, diferencias que son desesperación y escollo del no-
velista 25.
años de poesía española (1850-1900), II, Madrid, 1960, 1051*1065; R. Car-
ballo Calero, Machado desde Rosalía, Insula, julio-agosto de 1964;
Marina Mayoral, La poesía de Rosalía de Castro, M adrid, 1972, etc.
25 Prólogo de Galdós a E l sabor de la tierruca, de Pereda. Com-
párese esta confesión de Clarín: «La mucha costum bre de hdber sido
gacetillero dificulta en mí, cuando no imposibilita, el empleo del estilo
completamente noble; y las frases familiares, muy españolas y grá-
En un esfuerzo admirable, los novelistas del siglo pa-
sado consiguieron vencer las principales dificultades: logra-
ron exactitud y fuerza pictórica en las descripciones, son-
dearon con profundidad el corazón humano y a veces dieron
sencilla viveza al coloquio entre sus personajes. Es cierto
que, a excepción de Valera 25bls, prosista esmerado y fino, aten-
dieron al fondo más que al arte de la palabra; pero si, como
reacción contra el atildamiento hinchado, se abandonaron
con frecuencia al desaliño y a la frase hecha, dieron a la
novela el tono medio que necesitaba. Limadas ya por ellos
las más duras asperezas, ha podido surgir el cuidado estilís-
tico de los prosistas posteriores26.
ficas, pero al fin familiares, y ciertas formas alegres, de confianza,
antiacadémicas, por decirlo más claro, acuden a mi pluma sin que
pueda yo evitarlo.» (Mis plagios, Folletos, IV, 1888, 59).
25 bi* Y.4®s*±. R· E. Lott, Language and Psychology An «Pepita Jim é-
nez», Univ. of Illinois Press, 1970.
M Melchor Fernández Almagro, La prosa de los antepenúltimos,
Rev. de Occidente, XVIII, 1927, pone de relieve el descuido estilístico
de los novelistas del Realismo.—Sobre el lenguaje y estilo de Galdós,
véanse R. Olbrich, Syntaktisch-stM stische Studien ilber B. P. G., Ham-
burg, 1937; José de Onís, La lengua popular madrileña en la obra de
P. G., Rev. Hisp. Moderna, XV, 1949, 353-363; R. Gullón, G., novelista mo-
derno, est. prelim. & su ed. de Miau, M adrid, 1957 (después, como libro
independiente, Madrid, 1960 y 1973); A. Sánchez B arbudo, Vulgaridad y
genio de G., Archivum, VII, 1958, 48-75 (refundido con el título de El
estilo y la técnica de G., en Estudios sobre G., Uttamuno y Machado,
Madrid, 1968); Denah Lida, De Almudena y su lenguaje, Nueva Rev.
de Filol. Hisp., XV, 1961, 297-308; Stephen Gilman, La palabra hablada
y «Fortunata y Jacinta», Ibfd., 542-560; V. A. Chamberlin, «The Mule-
tilla»: An important jacet of Galdós' characterization, Hisp. Rev.,
XXIX, 1961, 296-309; Robert Ricard, Trois m ots du vocabulaire de
Gatdôs: «cebolla», maraña» et «barbero», Annali dell’Istit. Univ. Orien-
tale, Napoli, 1973, 173-175; Graciela Andrade Alfieri y J. J. Alfieri, El
lenguaje familiar de P. G., Hispanófila, 22, 1964, 27-73, y El lenguaje
familiar de G. y de sus contemporáneos, Ibid., 28, 1966, 17-25; Gonzalo
Sobejano, Galdós y el vocab. de los amantes, Anales Galdosianos, Univ.
of Pittsburg. I, 1966, 85-100; E. Roggers, Lenguaje y personaje en G.,
Cuad. Hispan., LXIX, 1967, 243-273; José Schraibm an, Los estilos de G.,
2. Las palabras de vieja solera conservadas en el habla
popular habían empezado a ser miradas con cariño por los
escritores casticistas. El gusto por el color local, tan carac-
terístico de la novela realista, dio entrada en la literatura
a muchas voces y giros regionales. Hay andalucismos en
Fernán Caballero y Valera, galleguismos en la Pardo Bazán,
rasgos asturianos en Clarín y Palacio Valdés, y en Galdós'
peculiaridades canarias y notable atención a ellas. Pereda re-
coge particularidades léxicas de la Montaña tan amorosamen-
te como retrata la aldea o el puerto santariderinos.
3. En la novela realista adquiere gran desarrollo el dis-
curso llamado viyencial o indirecto libre. Este procedimiento
estilístico vivifica el discurso indirecto introduciendo en él,
sin verbo declarativo ni conjunción subordinante, la fluida
«Actas II Congr. Intern, de Hisp.», Nijmegen, 1967, 573-584; Federico
Sopeña Ibáñez, Arte y sociedad en Galdós, Madrid, 1970, y La religión
«mundana» según G., Cabildo Insular de G. Canaria, 1978; Manuel C.
Lassaletta, Aportaciones al estudio del lenguaje coloquial gatdósiano,
M adrid, 1974; T. Navarro Tomás, La entonación en «Fortunata y
Jacinta», «Estudios filol. y ling. Homen. a A. Rosenblat», Caracas,
1974, 365-376; Isaías Lerner, A propósito del lenguaje coloquial galdo-
siano, Anuario de Letras, XV, 1977, 259-282; José Pérez Vidal, «Miau»,
negación burlesca, en una caricatura de G., Rev. de Dial, y Trad. Pop.,
XXXIV, 1978, 67-78, y Canarias en Galdós, Cabildo Ins. de Gran Cana-
ria, 1979, etc. Véanse tam bién las bibliografías galdosianas de Theo-
'dore A. Sacket, Albuquerque, The New Mex. Univ. Press, 1968;
H. C. Wodbridge, Hispania, L III, 1970, 899-971; L. E. García Lorenzo,
Cuad. Hispanoam., n.° 84, 1972, 758-797; y M. Hernández Suárez, Las
Palmas, 1972.—Sobre Pereda, K. Siebert, Die ¡Waturschielderung in Pe-
redas Romanen, Hamburg, 1932; G. Outzen, E l dinamismo en la obra
de Pereda, Santander, 1936, y A. H. Clarke, Manual de bibliografía
perediana, Santander, 1974.—Sobre «Clarín»: E duard J. Gramberg,
Fondo y form a del humorismo de Leopoldo Atas, *Clarín», Oviedo,
1958; Evan G. Bacas, E studio del estilo y lenguaje en las narraciones
de L, A, *Clarin», tesis doct. inédita, Univ. de Madrid, 1961.—Sobre
Emilia Pardo Bazán: M ariano Baquero Goyanes, La novela naturalista
española. Emiiia P. B., An. Univ. Murcia, 1955; M. E. Giles, Pardo
Bazán’s two styles, Hispania, XLVIII, 1965, 456-462.
expresión de un personaje, con las exclamaciones, preguntas
o frases inacabadas propias del discurso directo, pero en
tercera persona y con las consiguientes sustituciones de pro-
nombres, adverbios y formas verbales (él, ella, su, aquel,
allí, entonces, era, había hecho, haría en vez de yo o tú, mi,
tu, nuestro o vuestro, este o ese, aquí, ahora, es, he hecho,
haré o hará, etc.). No se trata de una novedad absoluta, pues
hay ejemplos desde el Cantar de Mió Cid y aún más desde
Cervantes; pero la novela realista francesa hizo del discurso
indirecto libre uno de sus recursos técnicos favoritos, adop-
tado rápidamente en todas las literaturas europeas. En la
española cunde a partir de Galdós y Clarín, sobre todo para
reproducir secuencias de pensamientos no exteriorizados;
véase un pasaje de Fortunata y Jacin ta :
Quiso la dama hablarle, y no pudo decir una palabra, pues
con todo su talento y práctica del m undo no acertaba con la
clave de las ideas que ante aquel hombre, dada la situación de
él, debía desarrollar. ¿Qué le diría? ¡Este sí que era problema!
¿Qué tono tomaría? ¿Era cuerdo el tal o no?... ¿Le Hablarla del
. niño?... Jesús, qué disparate. ¿Le diría que su m ujer era una
joya? ¡Qué barbaridad! ¿Acometería el estado real de las cosas?
Ni pensarlo...26™*.
4. La exposición didáctica, por lo general, venía adole-
ciendo de ampulosidad grandilocuente; poco a poco se im-
puso un gusto más severo. Así se llegó a la prosa magistral
26 bis Véanse F. Todemann, Die erlebte Rede im Spanischen, Rom.
Forschungen, XLIV, 1930, 103-184; Alicia Bleiberg Muñíz, E t estilo
indirecto libre en Pérez Galdós, memoria de Licenciatura inédita, Univ.
de Madrid, 1959-1960; Evan G. Bacas, véase n. 26; Marina López Blan-
quet, El estilo indirecto libre en español, Montevideo, 1968; Guillermo
Verdín Díaz, Introducción al estilo indirecto libre en español, Madrid,
1970; Petrona Domínguez de Rodríguez-Pasqués, El discurso indirecto
libre en la novela argentina, Pontificia Univ. Católica do Rio Grande
do Sul, 1975; H. Hatzfeld, La imitación estilística de «Madanie Bovary»
(1857) en «La Regenta» (1884), Inst. Caro y Cuervo, Bogotá, 1977, etc.
de Menéndez y Pelayo, que acierta a reunir la solidez del
razonamiento, el detalle erudito, el tono apasionado y el
sentido de la belleza. Clasicismo y vigor se encierran en
períodos amplios sin garrulería, armoniosos sin afectación.
§ 110. El m o d e r n is m o y l a g e n e r a c ió n d e 1898.
. 1. Las tendencias literarias que aparecen en los albores
de nuestro siglo coinciden en afán renovador y preocupación
por la forma. El modernismo engalana la poesía hispánica
con ritmos y estrofas nuevos u olvidados, e introduce en ella
motivos poéticos y procedimientos estilísticos nacidos poco
antes en otras literaturas, sobre todo en la francesa. La
potente vitalidad lírica de Rubén Darío, sensual y refinada,
gusta de la imagen sorprendente y el adjetivo insólito; ama
^la^antigüedad^ pagana, ^con ^afición- que-- s e . traduce en abun-
dantes helenismos (peplo, liróforo, propileo, evohé, canéfora,
nefelibata, etc.); busca el atractivo de lo exótico, echando
mano de voces extranjeras ( staccaíi, baccarat, sportwom an );
pero también percibe el sabor venerable y ritual de los giros
arcaicos («a me defender y a me alimentar», «por nós inter-
cede, suplica por ntís»); o fragua neologismos, como pirue-
tear, canallocracia, perlar . Se goza en correspondencias de
sensaciones, sobre todo visuales y auditivas («arpegios áu-
reos », «sol sonoro ») y . toma de los simbolistas la vaguedad
evocadora, las metáforas de sentido impreciso. Ansioso de
perfección formal, cincela primorosamente los versos; no
contento con el metro y la rima, acude a similicadencias in-
ternas y aliteraciones: «ruega generoso, piadoso, orgulloso»,
«mágico pá/aro regio», «bajo el ala a leve del leve abanico»;
y las mayúsculas ayudan a personificar abstracciones como
el Sueño, la Muerte, la Esperanza. Todos los recursos de la
palabra —grafía, significación, imagen, fonética y música—
son apurados en esta poesía exuberante y fascinada por la
novedad. Pero Darío es también el poeta atormentado que
encuentra para su angustia expresiones de insólito poder
(«Los que auscultasteis el corazón de la noche»; «versos que
abolida dirán mi juventud»; «¡Hermano, tú que tienes la
luz, dim e la míal ») y se replantea los enigmas del destino
humano. La espléndida exterioridad no riñe en él con la
hondura
2. El ejemplo de Rubén Darío atrajo a casi todos sus
contemporáneos americanos y a muchos españoles28. En Es-
17 De la inmensa bibliografía sobre Rubén Darío conciernen de
algún modo a su lenguaje y estilo los estudios de Tomás Navarro
Tomás, La cantidad silábica en tinos versos de R. D.t Rev. de Filol.
Esp., IX, 1922, 1-29, y La pronunciación de R . £)., Rev. Hisp. Moderna,
X, 1944, 1-8; E. K. Mapcs, L’influence française dans l'œuvre de R . D.,
Paris, 1925; A. Torres Rioseco, R . D. Casticismo y americanismo,
C am bridge,-Mass„---1931;—P c d ro -S a lin as^ ta 'p o e5 /íi^ d e^ =iRr;’D.” Buenos
Aires, 1948; Raimundo Lida, est. prelim, a los Cuentos completos de
R. D México-Bucnos Aires, 1950; Salvador Aguado-Andreut, Por el
m undo poético de R. D., Guatemala, 1966; Avelino H errero Mayor,
R. D. Gramática y m isterio en su poesía, Buenos Aires, 1967; Carmelo
M. Bonet, R . D. y el estilo generacional de su ¿poca. Bol. Acad. Argent,
de Letras, XXXII, 1967, 39-78; Francisco López E strada, R. D. y ta
Edad Media, Barcelona, 1971; Julio Ycaza Tigerino, Lo hispánico y lo
■nicaragüense en el lenguaje de Darío, Managua, 1972; Francisco Sánchez
Castañer, Estudios sobre R. D., Madrid, 1976; Ramón de Garciasol,
R. D. en sus versos, Madrid, 1978, etc.
2* R. D. Silva Uzcátegúi, Historia crítica del modernismo en la tit.
castellana, Barcelona, 1926; Emmy Nedderm ann, Die symbolistischen
Stilelemente im Werke von J. R. Jiménez, Ham burg, 1935; G. Lepiorz,
Themen und Ausdrucksformen des spanischen Symbolism us, Dussel-
dorf, 1938; Guillermo Díaz-Plaja, Modernismo frente a noventa y ocho,
Madrid, 1951 (2.* ed. 1966); Dámaso Alonso, Poetas españoles con-
temporáneos, Madrid, 1952, 7, 52-67, 90, 283; Ricardo Gullón, Direccio-
nes del modernismo, Madrid, 1963; Rafael Ferreres, Los lim ites del
modernismo y del 98, Madrid, 1964, y Verlaine y tos modernistas es-
pañoles, Madrid, 1975; F. Ynduráin, De la sinestesia en la poesía de
Juan Ramón, en Clásicos modernos, 1969, 185-191; Em ilia de Zuleta,
Hilda Gladys Frètes, E sther Barbara y Hebe Paulietlo de Chocholous,
Bibliografía anotada del modernismo, Univ. Nac. de Cuyo, Mendoza,
paña, sin embargo, aun en el momento de mayor boga mo-
dernista, la poesía se orientó hacia otros derroteros, pre-
firiendo menor lujo de atavíos y más raigambre nacional.
Los versos de Unamuno, duros a veces, palpitan de vida
emocionada e inquietud religiosa; Antonio Machado sueña
sus dolores con lirismo despojado y hondo, encuadrado en
los caserones de las viejas ciudades y en los austeros campos
de Castilla; y Enrique de Mesa remoza la tradición medieval
de inspiración pastoril y serrana29.
1970; Francisco López E strada, El m odernism o: una propuesta polémica
sobre los lím ites y aplicación de este concepto en una hist, de la lit.
española, Bol. de la As. Europea de Prof. de Español, XI, n.° 19,
octubre 1978, 81-97. Sobre la prosa m odernista, véanse Amado Alonso,
E l m odernism o en «La gloria de don Ramiro» (publicado con el En-
sayo sobre la novela histórica, Buenos Aires, 1942); los estudios suyos,
de Alonso Zam ora y de otros en torno a las Sonatas de Valle-Inclán
citados en nuestra n. 33, y el de Raimundo Lida sobre los Cuentos de
.Rubén Darío (v. n. 27), etc.
29 Sobre la poesía de Unamuno, véase n. 32.—Sobre la de Antonio
ÍMachado, las bibliografías reunidas por Oreste Macrí en su ed. de
,?ías Poesie di A. M. (con estudios prelim inares, texto crítico revisado,
„;trad. italiana, notas y com entario, 2.a ed.. Milano, 1962), y po r Aurora
de Albornoz en A. M.t Obras. Poesía y Prosa, Buenos Aires, 1964. Se
refieren en algún aspecto al estilo y lenguaje de Machado: Dámaso
Alonso, Poesías olvidadas de A. Ai., en Poetas españoles contemporá-
neos, M adrid, 1952; Fanales de A. Ai., en Cuatro poetas españoles,
Madrid, 1962, y Muerte y trasmuerte en la poesía de A. M., Rev. de
Occid., marzo-abril 1976, 11-24; Ramón de Zubirla, La poesía de A. Ai.,
Madrid, 1955; F. González Ollé, A. Ai.: versión en prosa de la elegía a
Giner, Nuestro Tiempo, XVII, 1962, 696-714; Ricardo Gullón, Las «So-
ledades» de A. M.t Sim bolismo y modernismo en A. M., Mágicos lagos
de A. M. y M. comentado por Mairena, en Direcciones del modernismo,
Madrid, 1963, y Una poética para A. Ai., Madrid, 1970; T. Navarro
Tomás, La versificación de A. M.t La Torre, 1964, 425-442 (luego en Los
poetas en sus versos: desde J. Manrique a G. Lorca, Barcelona, 1973);
Adela Rdgz. Forteza, La naturaleza y A. M., S. Juan de P. Rico, 1965;
Antonio Sánchez Barbudo, Los poemas de A. M. Los temas. E l senti-
m iento y . la expresión, Barcelona, 1967; Geoffrey Ríbbans, Niebla y
soledad. Aspectos de Unamuno y Machado, Madrid, 1971; J. M. Aguirre,
A. Ai,, poeta simbotista, Madrid, 1973; José María Valverde, A. M.,
3. Los prosistas de la generación del 98, dentro de una
gran disparidad, ofrecen entre sí coincidencias fundamenta-
les que los separan de la literatura anterior30. Cada escritor
pone [Link] lenguaje huellas personales inconfundibles, mu-
cho más señaladas que las apreciables en los novelistas del
realismo. Al estilo general de época o tendencia se sobrepo-
nen los rasgos privativos del autor. Por caminos muy divert
sos se crea un arte nuevo de la prosa. Baroja, el menos cui-
dadoso, imprime nervio y rapidez a su desaliño31; Maeztu,
rigor y densidad. Unamuno concentra su pensamiento ator-
México-Madrid, 1975; Domingo Ynduráin, Ideas recurrentes en A. Ai.,
Madrid, 1975; V. Lamíquiz y otros, La experiencia del tiempo en ta
poesía de A. M. Interpretación lingüística, Univ. de Sevilla, 1975; Fran-
cisco López Estrada y otros, A. M., verso a verso (Comentarios a la
poesía de A, M.), Univ. de Sevilla, 1975; P. de Carvalho-Neto, La in-
fluencia del folklore en A. M ., Cuad. Hispanoam., núms. 304-307, oct.-
dicbre. 1975-enero 1976,'302-357; Agnes Gullón, Símbolos de luz y som -
bra, Ibid., 450461; R. Lapesa, Sobre algunos símbolos en la poes, de
A. M., Ibfd., 386-431, y Las «Ultimas lamentaciones» y la «Muerte de
Abel M artín» de A. M,, «Hom. al Prof. Muñoz Cortés», Murcia, 1976-
77, I, 313-332 (los dos estudios, en Poetas y prosistas de ayer y de hoy,
Madrid, 1977); véase también antes, n. 24.—Sobre Enrique de Mesa,
Ensayo prelim inar de Ramón Pérez de Ayala al Cancionero Castellano
(2.» ed., Madrid, 1917).
30 Véase Melchor Fernández Almagro, art. cit. en nuestra π. 26;
Pedro Lain Entralgo, La generación del 98, Madrid, 1945; L. Sfánchez]
Granjel, Panorama de la generación del 98, Madrid, 1959, y La genera-
ción literaria del Noventa y Ocho, 3.* ed., Salamanca, 1973.
31 J. Ortega y Gasset, Ideas sobre Pío B., en El espectador, I,
Madrid, 1916; J. Alberích, Algunas observaciones sobre el estilo de
P. B., Bull, of Hisp. St., XLI, 1964, 169-185; J. Uríbe Echeverría, P. B.:
técnica, estilo, personajes, Santiago de Chile, 1969; Biruté Ciplijaus-
kaité, B., un estilo, Madrid,. 1972; Robert E. Lott, E l arte descriptivo
de P. B., Cuad. Hispanoam., LXXXIX, núms. 265-267, julio-septbre.
de 1972, 26-54; Louis Urrutia, La elaboración del estilo del primer B.,
Ibid., 92-117; Rafael Soto Vergés, B.: una estilística de la información,
Ibid., 135-142; María Z. Embeita, Tema y form a de expresión en B.,
Ibid., 143-151; Emilio Alarcos Llorach, Anatomía de «La lucha por la
vida», discurso de recepción en la R. Acad. Esp., Madrid, 1973, etc.
mentado y contradictorio en el retorcimiento conceptuoso de
la frase 32. Valle-Inclán, más ligado al modernismo, aprovecha
el adjetivo y la imagen para fundir notas de sensualidad,
nobleza legendaria y religiosidad ornamental en el barro-
quismo de las Sonatas; nadie como él ha conseguido dotar
de valor musical a la prosa, mediante inimitable juego de
pausas y melodías tonales. Más tarde, en las geniales carica-
turas de los esperpentos, Tirano Banderas y E l ruedo ibérico,
prodiga el trazo gráfico y definitivo, resurrección del sar-
52 B. W. W ardropper, U.’s struggle w ith words, Hisp. Rev., XII,
1944; Carlos Clavería, U. y Carlyle, Cuad. Hispanoam., 1949, n.° 10
(después en Temas de Unamuno, Madrid, 1953); E. Veres dO cón, El
estilo enumerativo en la poesía de 17., Cuad. de Liter., V, 1949, 115-143;
Manuel García Blanco, Don Miguel de U. y la lengua española, Sala-
manca, 1952; Don M. de V. y sus poesías, Salamanca, 1954, e introd.,
bibliografía y notas a los 9 tom os d e ja s Obras completas de U., Ma-
drid, 1966-1971 ; Carlos^É \añ cí^A gñ in a g a,U ^teó fico ^d M ten g uá jérN lé··
xico, 1954; Fernando H uarte M orton, E l ideario lingüístico de U.,
Cuad. de la Cátedra M. de U., V, Salamanca, 1954; R. L. Predmore,
Ftésh and Spirit in the Works of V., PMLA, LXX, 1955; Juan Marlchal,
La voluntad de estilo de U. y su interpretación de España y La origi-
nalidad de U. en la literatura de confesión, en La voluntad de estilo,
Barcelona, 1957; Milagro Lain, Aspectos estilísticos y semánticos del
vocabulario poético de U., Cuad. de la Cát. M. de U., IX, 1959, 77-
115, y La palabra en Unamuno, Caracas, 1964; C. Romero Muñoz,
Un cuento de U., Annali di Ca' Foscari, Venezia, 1962; Pilar Lago de
Lapesa, Una narración rítmica de U., Cuad. de la Cát. M. de U., XII,
19d2, 5-14; M. Alvar, Acercamientos a la poesía de U., Santa Cruz de
Tenerife, 1964; Gerardo Diego, U., poeta, Bol. R. Acad. Esp., XLV,
1965, 7-17; Josse De Kock, Introducción al «Cancionero» de U. Aná-
lisis de sus procedimientos métricos, lingüísticos y estilísticos, M adrid,
1968; Roberto Paoli, estudio crít.', texto, trad, italiana, com entario y
reseña bibliográfica de las Poesie de M. de U., Firenze, 1968; F. Yn«
duráin, U. en su poética y como poeta, en Clásicos modernos, 1969,
126-184; Roger Wright, La estructura semántica de la «razón» en «El
sentim iento trágico de la vida», Cuad. de la Cát. M. de U., XXIV, 1976,
69-103; Ileana Bucurenciu Birsan, Apuntes sobre el estilo de U. en
«Vida de don Quijote y Sancho», «Actas del V Congr, Intern, de Hisp.*,
I, Bordeaux, 1977, 235-243, etc.
cástico humorismo quevedesco33. Azorín sostiene: «lo que de-
bemos desear al escribir es ser claros, precisos y concisos»;
fiel a esta consigna emplea la frase breve y limpia, labrada
con meticulosidad^. El período extenso y retórico del si-
33 Julio Casares, Critica profana, 1916; Amado Alonso, E structura
de tas «Sonatas» de V.-f., Verbum, XXI, 1928, 7-42 (después en Ma-
teria y form a en poesía, Madrid, 1955, juntam ente con El ritmo de ta
prosa y La musicalidad de la prosa en V.-I.); J. L. Varela Iglesias,
Melodía gallega a través de la prosa rítmica de V .I., Cuad. de Lit,
Contemp., 18, 1946, 485-501, y E l m undo de to grotesco en V.-I., Cuad.
de E st. Gallegos, XXII, 1967, 36-65; Alonso Zamora Vicente, El m o-
dernismo en la «Sonata de Primavera», Bol. R. Acad. Esp., XXVI,
1947, 27-62; Las «Sonatas» de R. del V.-I., Buenos Aires, 1951; Asedio
a «Luces de Bohemia», primer esperpento de R. del V.-I., discurso de
recep. en la R. Acad. Esp., Madrid, 1967; La realidad esperpéntica.
(Aproximación a «Luces de Bohemia»), M adrid, 1969, y ed., pról. y
notas a Luces de Bohemia, Clás. Castell. 180, Madrid, 1973; Emma
Susana Speratti Pinero, La elaboración artística de «Tirano Banderas»,
México,A 957u G énests^y^evolución^de''^Sonata' de Otoño», Rev. Hisp.
Mod., XXXV, 1959, 57-80, y De «Sonata de Otoño» at esperpento, Lon-
dres, 1968; M. Ramírez, La musicalidad y la estructura rítmica en la
prosa de V.-I., Kentucky Foreign Lang. Quart., IX, 1962, 130-142; J. Ruiz
de Gálarreta, Ensayo sobre el humorism o en las «Sonatas» de V.-I.,
La Plata, 1962; J. Alberich, Ambigüedad y humorism o en tas «Sonatas»
de V.-I., Hisp. Rev., XXXIII, 1965, 360-382, y «Cara de Plata», fuera
de serie, Bull, of Hisp. Stud., XLV, 1968, 299-308; Ricardo Gullón,
Técnicas ,de V.-I., Pápeles de Son Armadans, XLIII, 1966, 21-86; Julián
Marías, V.-I. en «El ruedo ibérico», Buenos Aires, 1967; Gonzalo Sobe-
jano, «Luces de Bohem ia», elegía y sátira, en Forma literaria y sensi-
bilidad social, Madrid, 1967; M. E. March, Forma e idea de (os «Es-
perpentos» de V.-I,, Chapel Hill, 1969; A. Risco, La estética de V.-I.
en los esperpentos y en «E l ruedo ibérico», Madrid, 1969, y El demiurgo
y su m undo, Madrid, 1977; F. Ynduráin, V.-I. Tres estudios, Santander,
1969 (tam bién en Clásicos modernos, Madrid, 1969); G. Díaz-Plaja, Las
estéticas de V.-I., Madrid, 1972; R. Lima, An annotated bibliography
of R. del V.-I., The Pennsylvania State University Libraries, 1972;
José M. García de la Torre, «Lo gitano» y los «gitanismos» en la obra
de V.-I., «Actas del V Congr. Intern, de Hisp.», Bordeaux, I, 1977,
407-414.
34 Julio Casares, Critica profana, 1916; J. Ortega y Gasset, Azorín.
Primores de lo vulgar, en El espectador, II, 1917; Werner M ulertt,
Azorín, Halle, 1926 (trad. esp. por J. Carandell, 1929); H. Denner, Das
glo xix desaparece; con él abandonan la literatura los cali-
ficativos hueros y la frase hecha.
4. Al buscar las esencias hispánicas en el alma del pue-
blo, el uso de palabras tradicionales se convierte en necesidad
ideológica y estilística. Acusado de emplear algunas que no
figuraban en el Diccionario de la Academia, Unamuno res-
ponde: « ¡Ya las pondrán! Y las pondrán cuando los escri-
tores llevemos a la literatura las voces españolas —españo-
las, ¿eh?— que andan, y desde siglos, en boca del pueblo.»
Consecuentemente, dignifica en sus obras hondón , redaños,
sobrehaz, meollo , entresijo; acoge leonesismos como reme -
jer, brizar, cogüelmo 'colmo', perinchir 'llenar', oídos en sus
andanzas por tierras salmantinas; y según el patrón de los
derivados populares, forma adulciguar, sotorreírse, pederno-
so, hom bredad. La poesía de Enrique de Mesa está cuajada
de términos rurales, sabrosos y plásticos: herbal, canchos,
pegujal, atrochar, chozo, pastizal, invernizo, trashoguero. Azo-
rin no sólo se aficiona a las palabras populares del habla,
sino que vivifica las que yacen olvidadas en la literatura
antigua; de unas y otras se vale en descripciones y enumera-
ciones: «Entre las tenerías se ve una casita medio caída,
medio arruinada; vive en ese chamizo una buena vieja —lia-
Stilproblem bei A., Zürich, 1931; A. Cruz Rueda, A., prosista, Cuad. de
Liter. Contemp., 17, 1945, 331-356; M. Granell, Estética de A., Madrid,
1949; M. Baquero Goyanes, Elementos rítmicos en la prosa de A.,
Clavileño, 15, 1952, 25-32; J. A. Balseiro, Introducción al arte de A.;
en El vigía, S. Juan de P. Rico, 1956; Rafael Soto, A.: una estilística
de la visión, Cuad. Hispanoam., LXXVI, núms. 226-227, octubre-novbre.
de 1968, 78-84; R. E. Lott, Sobre el método narrativo y el estilo en tas
novelas de A., Ibid., 192-219; L. Livingstone, Tema y forma en las
novelas de A., Madrid, 1970; José M aría Valverde, Azorin, Barcelona,
1971; María Josefa Canellada, Sobre el ritmo en la prosa enunciativa
de A., Bol, R. Acad. Esp., LII, 1972, 45-77; Fernando Díaz de Bujanda,
Clausura de un centenario. Guía bibliográfica de A., Madrid, 1974;
Alfonso Sancho Sáez, La poesía de A., en el vol. colect. «Estudios sobre
Azorin», Bol. del Inst. de Est. Giennenses, 1975, 95-118, etc.
mada Celestina—... que luego va de casa en casa, en la ciudad,
llevando agujas, gorgüeras, garvines, ceñidores y otras bu je'
rías para las mozas. En el pueblo, los oficiales de mano se
agrupan en distintas callejuelas; aquí están los tundidores,
perchadores, cardadores , arcadores, perailes ...» «Donde había
un tupido boscaje, aquí en la llana vega, hay ahora trigales
de regadío, huertos, herreñales, cuadros y emparrados de
hortalizas; en las caceras, azarbes y landronas que cruzan
la llanada, brilla el agua, que se reparte por toda la vega
desde las represas del río...» De este modo, la carga de
abstracciones cultas, que amenazaba abrumar el léxico litera-
rio, se ve compensada con la enjundia de vocablos populares
y concretos.
§ 11. El v o c a b u l a r io c u l t o a p a r t ir d el R o m a n t ic is m o .
1. Los cambios radicales experimentados por las formas
de vida y pensamiento a lo largo del siglo xix y durante el
actual han influido en el vocabulario español igual que en el
de todos los idiomas europeos. Ciencias, filosofía, progresos
técnicos, cuestiones políticas y sociales exigen constante am-
pliación de nomenclatura. Balmes decía, a propósito de el
yo y el no yo: «Estas expresiones, aunque algo extrañas, son
ahora de uso bastante general; cada época tiene su gusto,
y la filosofía de nuestro siglo vuelve a la costumbre de em-
plear términos técnicos. Esto da precisión, pero expone a la
oscuridad». Del dominio filosófico pasaron al lenguaje culto
abstractos y derivados como espontaneidad, multiplicidad,
receptividad, sensualista, dualista , inmanencia, intelectuatis-
mo, racionalismo, no registrados en diccionarios de princi-
pios del siglo x i x ; otros, como causalidad, que la Academia
consideraba anticuado en 1817, revivieron después. Las locu-
ciones en sí, en absoluto, de que tanto abusamos hoy, proce-
den de lá filosofía, Al léxico literario trascendieron también
palabras oriundas del lenguaje científico. Leyendo E l caste
llano viejo de Larra encontramos, en usos metafóricos o
generalizadas, expresiones técnicas como posición perpen
dicular, sustituyendo cantidades iguales, cuerpos elásticos,
seres gloriosos e impasibles: son vestigios de la herencia
cultural del siglo xvm, durante el cual se había despertado
el interés por las ciencias exactas y físico-naturales sin que
desapareciera de la enseñanza la filosofía escolástica. Con-
forme se va renovando la medicina y se ponen de actualidad
la biología, mineralogía y demás ciencias de la naturaleza,
pasan del dominio especializado al uso general fisiología y
fisiológico, virus, inmunizar, higiene, amorfo,, cristalizar , ós-
mosis, etc., y se extienden esporádico y esquema, ya introdu-
cidos antes. Los progresos de la técnica se reflejan en la
entrada^de^estereotipia, litografía, fotografía, - locomotora,
telégrafo, fonógrafo, teléfono e infinitos más que van ja-
lonándose en el correr del siglo pasado. La vida intelec-
tual no se contenta con las tertulias de café —aunque las
haya tan célebres como la del Parnasillo— sino que pro-
mueve la fundación de ateneos y liceos; se abren museos y
exposiciones de pintura; y la filarm onía o afición a la música
introduce melómano y difunde acorde, unísono, sinfonía, co
rista. En el léxico de la política entran en uso ministerial,
gubernamental, progresista, centralizar, interpelación, in
demnidad, demagogia, terrorismo, etc.; adquieren acepción
política o social nueva oposición, clerical, retrógrado, masa
(también la toman, sin ser cultismos, derecha, izquierda,
conservador); policía, antes sinónimo de 'cortesía', 'aseo' o
' 'buen orden’, pasa a designar el cuerpo oficial destinado a
mantener el orden público y la vigilancia3S. El signo positivo
35 Sobre el vocabulario político español posterior a 1823 véan*
se Emilio Carilla, N ota sobre la lengua de los románticos, Revista
de los tiempos explica la extensión de proletario, capitalista,
socialismo, comunista.
2, Como puede verse, en muchos de los ejemplos citados
el incremento léxico se ha hecho mediante la formación de
derivados, ya sean éstos verbos, adjetivos o nombres abstrac-
tos. El periódico y la oratoria política fabrican a cada mo-
mento derivados como posesionar, confusionism o, interven-
cionismo, capacitación, juridicidad, partidista, obstruccionis-
ta. El léxico literario se resiente de la sequedad que traen
estas voces de acarreo, cómodas en- un momento, pero arti-
ficiales y de estructura complicada. Sin embargo, el prurito
de crear palabras es tan fuerte, que forjamos muchas de
empleo ocasional (lopesco, calderoniano, ibseniano) o acu-
mulamos sufijo tras sufijo (sentim entalismo, racionalizador).
La lengua se encuentra en una encrucijada: la exactitud de
la expresión incita-a^pecar>contra la eufonía.
3. La introducción de palabras tomadas del latín y del
griego hace que el vocabulario moderno carezca de íntima
coherencia. Las relaciones semánticas suelen no estar acom-
pañadas por la semejanza fonética (hijo-filial·, hermano-fra-
terno; igual-equidad; ojo-oculista-oftalmólogo; cabatto-equi-
no-hipico; plomchplúmbeo), y el léxico se hace cada vez más
abstracto e intelectual.
de Filol. Esp., LXIII, I960, 211-217; Pedro Peira Soberón, Léxico ro-
mántico. Aprox. al vocab. polit, y social... de la Regencia de M.a Cris-
tina (1833-40), tesis doct. inéd., Madrid, Univ. Complut., 1975, y Es-
tudio lexicológico de un campo nocional: «libertadd, «igualdad» y
«felicidad» en la España de la Regencia de María Cristina, Bol. R.
Acad. Esp., LVII, 1977, 259-280; Doris Ruiz Otfn (sobre L arra, véase
n. 20); María Paz Bat tañer Arias, Vocab. político-social en España (IH68-
1873), Madrid, 1977; y Marina Fernández Lagunilîa, Aportación al es-
tudio semántico del léxico político. El vocabulario de los republicanos
(1868-1931), tesis doctoral inédita, Univ. Autónoma de Madrid, 1977.
§ 11 2. E l g a l ic is m o a p a r t ir d el s ig l o x v iii.
1. Desde que la vida española empezó a transformarse
a remolque de la extranjera, han sido muchas las palabras
ultrapirenaicas que se han introducido en nuestra lengua.
Cuando toda Europa tenía a gala seguir las modas de la
corte de Versalles, era imposible frenar el auge del galicis-
mo, considerado como rasgo de buen tono; y otro tanto si-
guió^, ocurriendo luego, como consecuencia del influjo fran-
cés en los más diversos órdenes de la vida.
La infiltración de voces francesas aumenta ya en tiempo
de Carlos II; pero desde el siglo xvili se intensifica extra-
ordinariamente. Feijoo emplea galicismos tan crudos como
arribar 'llegar', com andar 'mandar', turbillones 'torbellinos';
Iriarte y Cadalso censuran detalle, favorito, galante, intere -
ν ’ ·
sante, intriga, modista, rango, resorte y otras muchas que
se han consolidado al fin. Son numerosas las que han pe-
netrado en el habla corriente, ya con vida efímera, ya más
arráigáda. La influencia francesa en la vida social se mani-
fiesta en petimetre, gran mundo, hombre de mundo, ambigú,
coqueta-, la moda, irradiada desde París, trajo miriñaque,
polisón, chaqueta, pantalón, satén, tisú, corsé, etc. Al aloja-
miento y vivienda se refieren hotel y chalet, y al mobiliario
y enseres, buró, secreter, sofá, neceser; al arte culinario,
croqueta , m erengue y muchas otras; a ingeniería y mecánica,
engranaje, útiles 'herramientas'; a actividades militares, bri-
gadier, retreta, batirse, pilla je , zigzag, etc. En el habla viven
además avalancha, revancha, control, hacerse ilusiones, hacer
el am or 'galantear'36, hacer las delicias y tantas más.
36 El sentido m eram ente fisiológico con que hoy suele emplearse
hacer el amor es calco muy reciente del inglés to make love.
2. En la sociedad española de los siglo s x v m y x ix em pie-
zan a intervenir factores que venían actuando desd e antes en
otros países. Al increm entarse las actividades com erciales y
bancarias y desarrollarse el sistem a capitalista, su term inolo-
gía se nutrió de galicism os o voces venidas a través de Fran-
cia: explotar, financiero, bolsa (calcado de bourse), cotiza r
efecto s públicos, letra de cambio, garantía, endosar, aval. La
vida p olítica introdujo parlam ento, d epa rta m en to m inisterial,
com ité, deba te y otras m uchas. Y com o el aparato adm inistra-
tivo se com plicó aquí según el m odelo francés, se copiaron
las expresiones burocracia, personal, to m a r acta, co nsultar
los p rec ed en tes, etc.
3. En cuanto a la form a, los galicism o s m odernos se dis-
tinguen de los antiguos por ciertos rasgos fon éticos. H asta
el siglo XVI las palatales españolas /S / y / 2 / (x y g, j en la
escritura) reproducían con bastan te exactitud respectivam ente
las francesas transcritas con ch y g, j: chef dio xefe, y jardin,
jardín. Pero desde que ocurrió el paso de /§ / y f ï f a la
/ χ / velar española, las dos palatales francesas carecen de
equivalente en nuestro idiom a, que las representa deform án-
dolas en ¡ t ¡ o / s /: ju p e > ch u pa ; bijo uterie > bisutería;
pigeon > pichón; becham el > besamela, cliché ([k liS é ]) >
cliché ([ k lic é ]) o clisé. Otras v eces la fuerza de la grafía
ha hecho que ch y g adopten la pronunciación española:
chauffeur > chófer, garage > garaje.
4. Aparte quedan las num erosas palabras francesas usa-
das con . plena conciencia de su carácter extranjero, com o
toilette, trousseau, soirée, buffet, bibelot, renard, petit-gris,
color beige. Igualm ente los caprichos intencion ados y los
d escu idos que aparecen en traducciones hechas a vuela plu-
ma. En el siglo x v m se llegó a decir go lp e de ojo 'mirada',
p ito ya b le 'lastim oso', chim ia 'quím ica', veritab le 'verdade-
ro', rem arcable 'notable'. En los p eriódicos actuales se re-
gistran d islates análogos: el m ism o rem arcable, colisión de
autom óviles, etc.; y el golpe d e teléfono de n uestro s días no
es m ás tolerable que el go lpe de o jo d ieciochesco . Caso re-
cien te de error debid o a tran sm isión escrita es el de élite,
que lo s sem icu ltos —y algunos cu ltísim o s— esp añ oles acen-
túan esdrújulo, dando valor de tonicidad a la tilde que en
francés m arca el tim bre de la / e / cerrada.
5. Más p ern iciosos son los galicism o s sintá cticos. La incu -
ria con que se redactan n o ticia rios y docu m entos oficiales
acoge sin reparos el u so del gerundio com o adjetivo, al
m odo del participio de p resente francés: «orden d ispo nie ndo
la con cesión de un crédito», «ha entrado en este p uerto un
barco con du ciend o a n um erosos pasajeros»; «se ha recibido
una caja conteniend o libros». Las construccio nes «táctica a
seguir», «m otores a aceite pesado», «tim bre a m etálico», hijas
de la ignorancia' gram atical “ habrían -d esap arecido si la en-
señanza de nuestra lengua fuera m ás eficaz. Ya está desecha-
do el em pleo de artículo con nom bres de países no con creta-
dos por un a djetivo o determ inación («inundan la España»,
«ha recorrido la Italia», tan frecuen tes en lo s siglo s ú ltim os).
Es de esperar que suceda lo m ism o con «un p eq u eñ o libro»,
«una peq u eñ a casa», en b eneficio de los d im inutivos,, tan
naturales y llenos de expresión , librito, casita
§ 113. E x t r a n j e r i s m o s d e o t r a s p r o c e d e n c ia s . E l a n g li-
c is m o .
1. E l núm ero de n eologism o s tom ados de otras lenguas
rom ances es m uch o m ás lim itado. En relación con el Siglo de
Oro, decae la im portación del italiano, reducida ca si a tér-
37 Véanse A. Castro, Los galicismos, en Lengua, Enseñanza y Lite-
ratura, Madrid, 1924, Baralt, Diccionario de galicismos, 1855, y E. Cari-
lla, art. cit. en n. nota 35.
m inos de arte y m úsica, com o terracota, esfum ar, lontananza,
dilettante, aria, pa rtitu ra, romanza, libreto, batuta, etc., aun-
que tam bién hay italianism os de otra índole: la introd ucción
de ch ichisbeo y las acepciones de 'galanteo' y 'galán' que
tom ó c o r te jo obedecen a form as de relación am orosa que
privaron en la España d ie c io c h e sc a 37 bis; en la sociedad de
en ton ces era figura im portante el abate, ya d esco lla se por
sus escritos o sus virtudes, ya fu ese rep resentación del clé-
rigo m undano. P osteriores son ferroviario, a nalfa betism o,
casino, fiasco. Del portugués proceden cachim b a, testaferro,
probáblem ente vitola ( < port, bitola). Los m o dernista s intro-
dujeron o trora 'antaño', hispanizando el v ocalism o del port,
ouf ro r a 38.
2. La lengua inglesa, que había perm anecido ignorada
en el contin ente durante los siglos x v i y x v ii, em pezó desp ués
a ejercer influencia, prim ero con su literatu ra y. pen sadores,
m ás tarde por p restigio social. Los rom ánticos querían des-
lum brar con elegan cias de dandy, paseaban en tilb ury, co n s-
piraban en el club, y com o Larra, gustaban del r o sb if y el
b iftec (luego b is tec o bis té). D irectam ente o a través del
francés han llegado vagón, tranvía, túnel, yate, bote, c o n fo r t,
m itin, líder, r e p ó r te r o reportero , revólver, confort, turista,
fútbol, tenis, golf y los m u chos otros que se em plean en el tec-
n icism o deportivo. La m ism a voz dep o r té , arrinconada desde
la Edad M edia, ha resurgido por influjo del inglés sp o rt. En
n uestro siglo el anglicism o ha ido acreciendo en inten sidad,
prim ero en los p aíses hispanoam ericanos m ás estrech a m ente
afectados por la expansión p olítica y económ ica de lo s E s-
37 bis Véase Carmen M artín Gai te, lisos amorosos del dieciocho en
España, Madrid, 1972.
3* Acaso influyera en los m odernistas españoles el ejem plo de los
hispanoamericanos, en especial de los rioplatenses. Corominas, Dicc.
crít. etim., s./v. «otro», cree que el punto de p artid a está en el port,
brasileño.
tados U nidos (A ntillas, M éjico, Am érica Central) y después
en tod o el m und o hispánico, sin exceptuar España. Anglicis-
m os referentes a la casa y vivienda son bloque, jo l ( < h a l l ) ,
living; al vestid o , s u é te r , jersey, overol, esm oquin; al trans-
p o rte auto m ov ilístico, claxon, cárter, jeep, stop; a la aviación,
je t, vu elo chárter; al cin e film e, trá iler, hablar en off; a la
vida social, coctel, esn obism o, snob, party, lunch; a bailes
y m ú sica de b aile, fox-trot, blue, rock, jazz, banjo; a la eco-
nom ía y com ercio, dum ping, m arketing, trust, stock; m aqui-
naria b élica o pacífica, tanque, bazuca, turmix; actividades
a n tisociales, gangster, etc. El grado de acom odación fonética
varía según el arraigo de cada préstam o, el nivel social de
los h ablantes y su m ayor o m enor con cien cia del extranje-
rism o. M uchos an glicism os son voces pasajeras que desapa-
recen en cu an to surge su stitu to adecuado: e l locutor de la
radio, el á r b itr o del fútbol, el apa rca m iento o estaciona m iento
de au tom óviles, la en tr evista p eriod ística y el co n tened o r del
transporte han desterrado o están en vías de arrinconar el
respectivo de speaker, referee, parking, in te rview o in-
J er v iú , con taine r. De tod os m o d os los anglicism os y galicis-
m os, en raizados ya o flotan tes, bastan para nutrir tipos fon é-
ticos de palabras d istin to s a lo s habituales en español, y para
originar la form ación de plurales con solo -s añadida a sin-
gulares que term inan en consonante (tics, j e t s , records). E s
de notar q ue en algun os ca sos la palabra trasplantada com o
unidad léxica in dep en dien te e s originariam ente parte de un
co m p u esto inglés, lo que acarrea distanciam ien to sem ántico:
el p aso de s m ok ing 'fumar', living 'vivir' y w a te r 'agua' al
esm o q u in que se viste, al living 'cuarto de estar' y al vá ter
o g u á te r (ya en trance de ser reem plazado por aseo o s e r -
vicio) es resultado de haberse om itid o el otro com pon ente
de s m o kin g ja c k e t o coat, living room, w a te r closet. H ay ade-
m ás el anglicism o sem ántico, que infund e significados nuevos
en vocablos españoles p reexistentes (asu m ir 'suponer', esti-
m ar y estim aciones ‘calcular’ y ’cálculos', escalada 'aum ento,
intensificación', agresivo 'activo, em prendedor, a m b icioso ’).
El latinism o anglicado vivifica térm inos de origen latino que
el español p oseyó y había olvidado ( discrim ina r, em ergencia,
co n te m pla r ‘considerar, exam inar'), o introduce o tro s nuevos
( reluctancia, enfatizar). Finalm ente abundan traducciones o
calcos com o aire acondicionado, discos de alta fidelidad,
conferencia de alto nivel o en la cum bre, desem pleo, p err o s
calientes, autoservicio, superm ercado, terce r programa, in-
deseable, telón de acero, guerra fría, etc.
3, La influencia principal del alem án con siste en haber
estim ulad o calcos sem ánticos com o voluntad de p o d er ( <
Wtlle zur Machí), visión del m un do o co sm o visió n ( < W elt-
anschauung), unidad de destino ( < Schicksa lsgem einschaft),
espacio vita l ( < L ebensraum ), vivencia ( < Erleb nis), talante
( < S tim m u n g ), y otros m uchos propios de la term inología
filosófica o científica. G erm anism os en cuanto a significante
39 Véase Ricardo J. Alfaro, El anglicismo en el español contem -
poráneo, Bol. del Instituto Caro y Cuervo, IV, 1948, y Diccionario de
anglicismos, Panamá, 1950 (2.a ed. aumentada, Madrid, 1969); Emilio
Lorenzo, El anglicismo en la España de hoy, Arbor, 1955, n.° 119 (des-
pués en E l español de hoy, lengua en ebullición, 2,* ed., Madrid, 1971);
H. Stone, Los anglicismos en España y su papel en la lengua oral,
Rev. de Filol. Esp., XLI, 1957, 141-160; R. Lapesa, La lengua desde hace
cuarenta años, Rev. de Occidente, novbre.-dicbre. 1963, 196-198, y Ten-
dencias y problemas actuales de la lengua española, en «Comunicación
y Lenguaje», Madrid, 1977, 216*220; Ernesto Juan Fonfrías, Anglicismos
en el idioma español Ac Madrid, San Juan B. de Puerto Rico, 1968;
Emilio Bernal Labrada, Influencias anglicanizantes en el español con-
temporáneo, Bol. Acad. Colombiana, n.° 106, marzo y abril de 1975;
José Rubio Sáez, Presencia del inglés en la lengua española (hacia una
sociosemántica), Valencia, 1977; John England y J. L. Caramés Lage,
El uso y abuso de anglicismos en la prensa española de hoy, Arbor,
n.® 390, junio 1978, 77-89; F. Marcos Marín, Reforma y modernización
del español, Madrid, 1979; Juan José Alzugaray, Voces extranjeras en
el lenguaje tecnológico, Madrid, 1979, etc.
y significado son, de adopción d irecta, blocao, sable, búnker,
feldespato, blenda, cuarzo, bism uto, potasa, zinc, níquel·, por
interm edio del francés han entrado vals, obús, blindar, etc.
§ 114. V o c e s e s p a ñ o l a s e n o t r o s id io m a s .
1. Durante el Siglo de Oro los extranjerism os adoptados
habían tenido por contrapartida la abundante exportación
de voces esp añ olas, rep resen tativas de n uestra profunda in -
fluencia en la vida esp iritu al y m aterial de Europa. No su ce-
de lo m ism o en lo s siglos x v m y xix , cuando la cultura h is-
pánica recibe m ás que da; aunque no escasean lo s présta-
m os a otras lenguas, no pueden com pararse, en núm ero ni
en calidad, con los de la ép oca a n ter io r40.
2. Durante el siglo x v m E uropa siguió tom ando del es-
pañol nom bres de la naturaleza y antropología indianas: en-
tonces se divulgó la existencia de un ^nuevo m etal p r e c io s o ,^
la platina, hoy pla tin o (fr. platine, ingl. platina, platin um ,
it. pla tin o ) y la etnografía adoptó el térm ino albino (it., ingl,
y al. albino, fr. albin). E l francés recibió pigne, m até, to m a te,
alpaca, lam a (e sto s ú ltim os habían penetrado antes en inglés).
3. La navegación ha propagado dem arcación (fr. d é m a r -
cation, ingl. dem arcation, al. Dem arkation ), ca b o ta je (fr., in-
glés cab ota ge), em b arcadero (fr. em barcadère, ingl. em ba r-
cadère, em ba rca dero ), so br esta día (fr. su r es tarte), arrecife
« Véase § 74 y bibliografía citada en sus notas 4 y 5. Además, para
el francés, Albert Doppagne, L'apport de l'espagnol au français littéraire,
de Barrés à nos jours, Communication au «Xe Congrès Intern, de Ling,
et Philol. Romanes», Strassbourg, 1962; Günther Haensch, Spanische
Elemente im franzosischen Argot und in der franzôsischen Volkssprache,
«Rodolfo Grossmann Festschrift», Frankfurt, '1977; p ara el inglés,
H arold E. Bentley, A Dictionary of Spanish Terms in English, w ith
Specta/ Reference to the American Southw est, New York, Columbia
Univ. Press, 1932; Mario Pei, Aportaciones del español al inglés, «Ha-
blemos», Suplem. de «El Mundo», San Juan de Puerto Rico, 5, 12 y
19 de junio, 1960, etc.
(fr. récif); y el com ercio, alcarraza (fr., ingl., it. alcarraza),
silo, ensilar, saladero (fr. silo, ensiler, satadéro; ingl. silo).
La fam a del ganado m erino, introd ucido en d istin to s países
europeos, se patentiza en el fr, m ér in o s, ingl., it. y al. m e ri-
no. Varia d ifu sión han logrado brasero (fr. braséro ), ciga-
rro (fr. cigare, it. sigaro, ingl. cigar), e s ta m p illa r (fr. es-
tam p iller), caram b ola (fr., ingl, cara m bo le, it. caram bo lo ),
rastracu eros (fr. rastacouère).
4. Las v icisitu d es h istóricas d e n u estro sig lo x ix halla-
ron eco en otros p aíses. La guerra de la Independ encia dio
celebridad a las guerrillas y guerrilleros espa ñ o les (in gl. gu e-
rrilla, guerrillero, fr. guérrtlla, guérrillero). Ya se ha tratado
(§ IO64) de la aplicación de liberal con sen tid o p o lítico que
hizo fortuna en toda Europa. Las intrigas y revueltas de los
reinados de Fernando V ll^e Isabel II dieron a co n ocer cam a-
rilla y pron un cia m ien to (fr. camarille, p ro nu nciam ien to, ingl.
camarilla, p ronunciam iento). Aplicada a las extrem as izquier-
das, y en 1873 a los republicanos, nació la calificación de
intransigente, que pasó al fr. intransigeant, ingl. intransigent.
Acuñada durante n uestra guerra civil, q uinta colum na logró
rápida d ifusión (fy*. cinq uièm e colonne, ingl. fifth co lum n, al.
die fiXnfte Kolonne, it. quinta colonna).
5. La España pintoresca ha sido tem a de gran atractivo
para los escritores extranjeros. Ya B eaum archais em plea
voces tan características com o séguédille y m a ja , y Bour-
going, picador. Con el R om an ticism o arreció la su g estión
ejercida por las «cosas de España». V íctor H ugo, M érimée,
Gautier, W ashington Irving y tan tos otros se ayudan con
h ispan ism os en su afán de buscar el color local: toréador,
picador, banderille, gitane, patio, boléro, cachucha, rondalla,
trabuco, saynète, están atestiguados en la literatura francesa
m oderna, m uch os de ellos en la inglesa y algunos en la ita-
liana.