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Conversión de San Pablo

El documento aborda la conversión de San Pablo, quien, tras quedar ciego, se transforma de perseguidor a predicador, iluminando al mundo con su fe. Se enfatiza que su ceguera fue un medio para recibir la verdadera luz de Cristo y que su disposición a obedecer la voluntad de Dios es un modelo de conversión. Además, se menciona que la vocación de Pablo como apóstol es un llamado divino, no un logro personal.

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Conversión de San Pablo

El documento aborda la conversión de San Pablo, quien, tras quedar ciego, se transforma de perseguidor a predicador, iluminando al mundo con su fe. Se enfatiza que su ceguera fue un medio para recibir la verdadera luz de Cristo y que su disposición a obedecer la voluntad de Dios es un modelo de conversión. Además, se menciona que la vocación de Pablo como apóstol es un llamado divino, no un logro personal.

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La Conversión de San Pablo

El bienaventurado Pablo que nos reúne hoy ha iluminado al


mundo entero. Cuando fue llamado se quedó ciego. Pero esta
ceguera hizo de él una antorcha para el mundo. Veía para hacer
el mal. En su sabiduría, Dios le volvió ciego para iluminarle
para el bien. No solamente le manifestó su poder, sino que le
reveló las entrañas de la fe que iba a predicar. Había que alejar
de él todos los prejuicios, cerrar los ojos y perder las luces
falsas de la razón para percibir la buena doctrina, «hacerse loco
para llegar a ser sabio» como él mismo dirá más tarde (cf. 1
Cor 3,18). No hay que pensar que esta vocación le ha sido
impuesta. Pablo era libre para escoger.
Impetuoso, vehemente, Pablo tenía necesidad de un freno
enérgico para no dejarse llevar por la fuga y despreciar la
llamada de Dios. Dios, pues, de antemano reprimió este ímpetu,
cubriéndolo con la ceguera, apaciguando su cólera. Luego, le
habló. Le dio a conocer su sabiduría inefable para que
reconociera a aquel que perseguía y comprendiera que no
podría resistirse a su gracia. No es la privación de la luz lo que
le hizo quedar ciego sino el exceso de ella.
Y San Fulgencio de Ruspe: “Por eso oyó una voz que le decía:
desvía tus pasos del camino de Saulo, para encontrar la fe de
Pablo. «Quítate la túnica de tu ceguera y revístete del
Salvador» (Ga 3,27). Quise manifestar en tu carne la ceguera
de tu corazón, con el fin de que puedas ver lo que no veías, y
que no seas semejante a «los que tienen ojos y no ven, orejas y
no oyen» (Sal 113,5-6). Que Saulo se vuelva con sus cartas
inútiles (Hch 22,5), para que Pablo escriba sus epístolas tan
necesarias. Que Saulo, el ciego, desaparezca para que Pablo
llegue a ser la luz de los creyentes...”
Y San Agustín:” Y Pablo, que ponía todo su furor en
perseguir, se dispone a obedecer: «¿Qué quieres que haga?» El
perseguidor es transformado en predicador, el lobo se cambia
en cordero, el enemigo en defensor. Pablo aprende qué es lo
que debe hacer: si se quedó ciego, si le fue quitada la luz del
mundo por un tiempo, fue para hacer brillar en su corazón la
luz interior. Al perseguidor se le quitó la luz para devolvérsela
al predicador; en el mismo momento en que no veía nada de
este mundo, vio a Jesús. Es un símbolo para los creyentes: los
que creen en Cristo deben fijar sobre él la mirada de su alma
sin entretenerse en las cosas exteriores.”
San Bernardo: He aquí, hermanos, un modelo perfecto de
conversión: «mi corazón está listo, Señor, mi corazón está
listo... ¿Qué quieres que haga?» (Sal 56,8; Hch 9,6). Palabra
breve, pero plena, viva, eficaz y digna de ser escuchada. Se
encuentra poca gente en esta disposición de obediencia
perfecta, que haya renunciado a su voluntad hasta tal punto
que su mismo corazón no les pertenezca más. Se encuentra
poca gente que a cada instante busque lo que Dios quiere y no
lo que ellos quieren y que le dicen sin cesar: «Señor, ¿qué
quieres que haga?».
Benedicto XVI, al advertir precisamente en la fuerza que movía
a san Pablo, señalaba que, «en definitiva, es el Señor el que
constituye a uno en apóstol, no la propia presunción. El apóstol
no se hace a sí mismo; es el Señor quien lo hace; por tanto,
necesita referirse constantemente al Señor. San Pablo dice
claramente que es apóstol por vocación»

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