Estrés Infantil
Vero Alférez
De acuerdo al Centro de Desarrollo del Niño de la Universidad de Harvard, el cerebro está
biológicamente preparado para ser configurado por la experiencia, es decir, de acuerdo a
las interacciones que el niño/a tenga con los adultos cercanos dependerá cómo se
conforme su cerebro. De esta manera, la crianza es muy importante porque esculpe el
cerebro de nuestros hijos/as. En este sentido, cabe resaltar que los primeros años de vida
son un período particularmente sensible y muy vulnerable al estrés. Cuando un niño/a
está bajo un monto considerable de estrés, se produce una hormona llamada cortisol que
secretada de forma prologada, impacta de manera negativa en el cerebro en desarrollo.
De este modo, cuando los niños experimentan relaciones estables y afectuosas, éstas
promueven el desarrollo cerebral saludable pero cuando los niños/as experimentan
inestabilidad o incertidumbre, así como maltrato, negligencia o abuso, esto genera un
nivel de estrés tal que perturba el desarrollo y la arquitectura de su cerebro, sobretodo
cuando dichas experiencias son intensas y prologadas. Y mientras mayor sea el nivel de
estrés experimentado durante la primera infancia, mayor será el impacto tanto en la salud
física como mental del individuo posteriormente, por lo que resulta fundamental que como
padres aprendamos a identificar y regular el nivel de estrés de nuestros hijos/as.
Muchas veces se piensa que los niños/as al no tener la vida que tenemos nosotros como
adultos, no tienen de qué estresarse si para ellos todo es juego; sin embargo, ésa es una
idea errónea, ya que los niños/as enfrentan diferentes situaciones y retos durante su
desarrollo que provocan estrés. Así, un bebé puede sufrir de estrés intenso cuando por
ejemplo, se despierta por la noche y llora intensamente y no acudimos a su llamado; o
también cuando un niño/a hace un berrinche intenso por alguna situación y esperamos
que se calme por sí solo encerrado en su habitación o cuando le damos un par de
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nalgadas para sofocar su llanto. En todos estos casos, se libera una gran cantidad de
cortisol dando lugar al llamado estrés tóxico, que es la activación prologada de los
sistemas de respuesta del estrés en la ausencia de relaciones protectoras.
De igual modo, existen otro tipo de situaciones que provocan estrés en los niños/as como
por ejemplo: la enfermedad, la exigencia escolar, el enfrentarse a competencias
deportivas, ser sujeto de acoso escolar, etc. Dichas circunstancias pueden provocar cierto
estado interno de malestar o afectos negativos como por ejemplo: tristeza, rabia,
ansiedad, frustración, angustia, vergüenza, miedo, etc., siendo considerados todos estos
como conductas estresantes en los niños/as.
No obstante, no todo el estrés es negativo, pues también existe el estrés positivo que es
aquél que es posible para el niño/a regular por sí mismo, ya que es el monto justo y
necesario para enfrentar los retos cotidianos. El punto es que en ocasiones, dicho estrés
positivo se incrementa a tal grado que los niños/as necesitan de relaciones de apoyo para
amortiguarlo, ya que ha excedido los límites en que se hace posible la autorregulación. Es
entonces cuando nuestra presencia y manejo respetuoso, empático y sensible de las
conductas de estrés de nuestros hijos/as resulta fundamental para que dicho estrés no
evolucione al tan temido estrés tóxico al que nos hemos referido previamente.
Por lo tanto, es muy importante comprender que durante la primera infancia los adultos
que estamos a cargo de los niños/as somos los responsables de enseñarles a través de
nuestro ejemplo de autorregulación, calma y acompañamiento sensible y empático, la
forma en que ellos pueden manejar sus emociones de manera positiva, de tal suerte que
evitemos que nuestros hijos/as experimenten el estrés tóxico que tanto daño puede
provocar.
No se trata tampoco de sobreprotegerlos para que nunca experimenten estrés. Se trata
de estar presentes y de acompañarlos de manera emocionalmente inteligente cuando el
estrés mayor se apodere de ellos. Se trata de que entendamos que nuestros hijos/as nos
necesitan como figuras de apego para brindarles seguridad emocional en esos momentos
de estrés que ellos/as ya no pueden manejar por sí mismos, con objeto de alcanzar la
regulación emocional, lo que además de favorecer el óptimo desarrollo de su cerebro, les
brindará la oportunidad de ser más inteligentes emocionalmente.
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