Querida Amelia
Querida Amelia
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Kristi Ann Hunter
Querida Amelia
Hawthorne House - 0.5
ePub r1.1
Titivillus 09.03.2021
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Título original: A Lady of Esteem
Kristi Ann Hunter, 2015
Traducción: Nieves Cumbreras
Diseño de cubierta: Mario Arturo
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Índice de contenido
Cubierta
Querida Amelia
Dedicatoria
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Agradecimientos
Sobre la autora
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Notas
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Al Padre de los huérfanos.
SALMO 68,5
Y a Jacob,
por leer este relato quince veces y estar dispuesto a leérselo una vez
más con las mismas ganas.
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Prólogo
A melia Stalwood hizo un gesto de dolor cuando vio que la torre de bloques
de madera forrados de tela que había montado se estrellaba contra el
suelo. Miró al ama de llaves con sus jóvenes ojos llorosos.
—Lo lamento, señora Bummel.
—No te preocupes, querida. —La mujer dejó la pluma sobre su escritorio antes de
inclinarse a besar la cabecita de Amelia—. Para eso he puesto aquí la alfombra.
—¡Amelia! —El sonido de una voz masculina llegó desde la planta de abajo hasta
la habitación que el ama de llaves y Amelia habían convertido en una combinación de
despacho y cuarto de juegos.
Cuando Amelia se había ido a vivir con lord Stanford un año antes por ser
parientes muy lejanos, ya que la sobrina de la tía abuela de Amelia había estado
casada con el difunto hermano del vizconde, él se la había endosado al ama de llaves
y desde ese momento apenas se había relacionado con ella. Cada vez que quería que
se callara se lo comunicaba por medio del mayordomo.
Así que el hecho de que ahora quisiera hablar con ella hasta cierto punto le
parecía emocionante.
Amelia se levantó de un salto, sonriente, y corrió hacia las escaleras todo lo
rápido que sus larguiruchas piernas de niña de once años le permitían. Él estaba
dando vueltas en el recibidor, al pie de las escaleras, despistado al no tener claro por
dónde iba a aparecer ella.
Bajó las escaleras a toda prisa. La señora Bummel la siguió a un paso más
tranquilo.
—¿Sí, milord? —Le costaba trabajo respirar. El vizconde tenía exactamente el
mismo aspecto que cuando lo conoció un año antes: llevaba un abrigo demasiado
grande, iba despeinado y unos enormes lentes le tapaban la mitad de la cara.
—¡Ah, sí, aquí estás, Amelia! Tengo buenas noticias para ti. He contratado una
institutriz.
—¿Una institutriz? —La señora Bummel puso una mano en el hombro de Amelia
—. La verdad es que ya era hora, milord.
—Desde luego que sí, desde luego que sí. Se está encargando de preparar el
equipaje y todo eso. Ya debería estar en Londres cuando lleguéis. ¿Cuánto tiempo
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necesitáis para hacer las maletas?, ¿dos días? —Los brillantes ojos de lord Stanford
miraban al infinito—. Me pregunto cuánto se tardará en llegar a Londres. No voy
desde que era niño. ¿Dónde habré dejado mi mapa?
Se dio la vuelta para dirigirse a su estudio y la señora Bummel se aclaró la
garganta.
—¿Londres, milord? —Amelia se cobijó en las faldas de la señora Bummel, que
la asió fuertemente por los hombros.
—Sí, sí, Londres. Un lugar perfecto para una niña, ¿no cree? Ya sabe que tengo
una casa vacía allí. Un montón de ruido, un montón de gente y mucho ruido. Nada
que ver con esto. Sería casi bárbaro que la niña siguiera aquí. —Volvió a perderse en
sus pensamientos. Era la primera vez que su descuidado aspecto la asustaba en vez de
resultarle divertido—. ¿Qué hacían los bárbaros con los niños? A ver, a fin de cuentas
eran bárbaros. ¿Tengo algún libro sobre los bárbaros?
Se alejó murmurando quién tendría la ocurrencia de escribir un libro sobre los
bárbaros.
Esta vez la señora Bummel lo dejó irse, apretó con más fuerza a Amelia y susurró
una oración con la boca pegada al cabello de la niña.
Amelia se puso a jugar con los lazos del delantal de la señora Bummel, apenada
porque las intenciones que tenían de ir a dar un paseo por el bosque ese fin de semana
a recoger bayas silvestres se habían esfumado.
Mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas, arañándola al rozar la áspera
tela de la falda de la señora Bummel, juró no volver a hacer planes nunca más.
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Capítulo 1
Londres, 1812
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Ni siquiera era capaz de hacer una buena obra sin que acabara convirtiéndose en
una catástrofe. Esa mañana le había parecido una excelente idea ir a visitar a su
amiga Emma. También se lo pareció ofrecerse como voluntaria para ayudar con sus
tareas a la doncella, que estaba enferma, a pesar de que ella no tenía ni la más remota
idea de lo que significaba ser una criada.
—No es que me importe —continuó el caballero.
Se agarró al borde de la escalera y, con ayuda de él, se echó hacia atrás y
consiguió volver a incorporarse sobre el escalón. Tras recuperar el equilibrio y
alisarse la falda, desafió otra vez con la mirada a su inesperado acompañante.
Era alto. Desde donde estaba, si quisiera podría acariciarle sus espesos rizos de
color castaño sin tener que estirarse siquiera. No es que fuera a hacerlo, solamente se
le pasó la idea por la cabeza.
Llevaba un abrigo oscuro y unos pantalones de color tostado y calzaba unas botas
de montar que estaban gastadas, pero eran caras. Le llamó la atención la tela blanca
que tenía sobre uno de los hombros. «¿Acaso no era el trapo de limpieza?». Le entró
pánico cuando vio que tenía el hombro gris, lleno de polvo: el que había estado
quitando de los innumerables estantes repletos de libros.
—¿Puedo ayudarla a bajar?
—No, creo que puedo apañármelas sola. Gracias. —A pesar de que tenía el
estómago como si una bandada de urracas se estuviera haciendo allí el nido,
pronunció aquellas palabras de una forma sorprendentemente natural.
Comenzó a descender de la escalera y de un tirón le quitó el trapo al caballero del
hombro. Una bocanada de polvo flotó por el aire. Continuó andando hacia atrás,
mirándolo, hasta cruzar la habitación y apoyar la espalda en la estantería que acababa
de limpiar. Ahora se interponían entre ellos dos sillones de capitoné tapizados en
cuero y una mesita de té.
Y el hombre había quedado entre ella y la puerta. La verdad es que su maniobra
no había sido muy inteligente.
Él rebosaba confianza y despreocupación: había apoyado un hombro en la
estantería y puesto un pie encima del primer escalón de la ahora vacía escalera.
«¿Cómo habría entrado?». Había un enjambre de sirvientes repartido por la casa
preparándolo todo para el regreso del propietario de la finca, dentro de tres días,
después de dos años sabáticos fuera de Londres. Era necesario tener mucha habilidad
para esquivarlos a todos.
O conocer muy bien la casa.
El pánico comenzó a subirle desde los tobillos y le llegó a la garganta al darse
cuenta de quién era aquel hombre.
Se encontraba a solas en una habitación con el tristemente célebre Raeoburne
Rake. Mucha gente había arruinado su reputación por cosas más triviales. Amelia
necesitaba la suya, o más bien su completa falta de reputación. El hecho de que su
nombre jamás hubiera estado implicado en un escándalo era la única tarjeta de visita
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que podía presentar si pensaba empezar a buscar trabajo en cuanto celebrara su
próximo cumpleaños.
Retorció el trapo del polvo con los dedos, tanto que el áspero tejido acabó
haciéndole un corte en la piel.
—Lord Raeoburne, supongo.
Él inclinó la cabeza haciendo un saludo burlón.
—Creo que me lleva usted ventaja.
Sus buenos modales la obligaron a abrir la boca para responder a la pregunta que
lord Raeoburne no había formulado. Pero el sentido común le hizo volver a cerrarla
bruscamente. No hacía falta que él supiera quién era ella.
Se apartó de la estantería y pasó un dedo por una de las baldas, todavía sin
limpiar.
—Gracias por desempolvar mi biblioteca. Lamento haber interrumpido sus
labores.
—Si necesita utilizar esta sala, puedo terminarla en otro momento más apropiado.
—La mentira le quemaba la garganta, pero ¿qué otra cosa podía hacer?
Además, solo estaba engañando a medias, pues alguien vendría a terminar de
adecentar la biblioteca. Algún empleado de verdad.
—¿De veras? ¡Qué interesante! —Avanzó hasta los sillones de capitoné—.
¿Cuándo cree que llegará ese momento?
«Nunca».
—Cuando le parezca a usted conveniente, milord. Después de todo, esta es su
casa.
Asintió con la cabeza.
—¿Y pasa usted mucho tiempo en mi casa?
—Suelo estar en la cocina, señor. —Amelia contuvo una mueca de dolor tras
contar aquella otra mentirijilla. A pesar de que visitaba con frecuencia la casa, esta
era la primera vez que se aventuraba a traspasar el umbral de la cocina. Dudaba
mucho de que a él le interesara que la verdadera razón para hacerlo había sido ayudar
a su amiga, que estaba enferma. El ama de llaves era una espantosa víbora que había
amenazado a Emma con despedirla si no se hacía cargo de sus tareas sin importarle
un rábano que la sirvienta fuera ahora mismo incapaz de alejarse metro y medio del
orinal.
—Qué curioso —dijo él inspeccionando de nuevo las estanterías—. Soy
consciente de que me he ausentado de esta casa durante bastante tiempo, pero lo
cierto es que no recuerdo que las sirvientas llevaran vestidos de muselina tan bien
confeccionados.
Amelia agarró con la mano que le quedaba libre la parte delantera de su vestido y
estrujó la fina muselina. Era de corte sencillo y de un aburrido color marrón, pero
tenía razón respecto a su confección.
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—A usted se le conoce por su generosidad como patrón. —Amelia se pellizcó. Se
le conocía por ser un canalla. Un canalla que había abandonado la ciudad dos años
antes para evitar batirse en duelo con el enojado hermano de una joven dama.
Él levantó las dos cejas al tiempo que bajaba la boca. Por un instante, su jocosa
expresión de curiosidad sucumbió a una oscura nube de resignación.
—Creo que ambos sabemos que mi reputación más bien apunta en otro sentido.
Amelia parpadeó. El sofisticado caballero chismoso regresó e hizo uso de su
posición social como si tuviera una fusta de montar. Relajó la expresión hasta
convertirla prácticamente en una sonrisa engreída.
—¿Por qué no empieza contándome quién es usted, puesto que no creo ni por
asomo que trabaje para mí?
¿Por qué demonios el primer lord con el que se encontraba en diez años tenía que
ser el devastador, apuesto y guapo marqués de Raeoburne? La vida habría sido
mucho menos complicada si hubiese empezado por un buen baronet.
Aunque un sencillo vizconde tampoco habría estado mal. Sobre todo si se trataba
de alguien que se distrajera tan fácilmente como el despistado de su tutor. Se paseaba
por su finca de Sussex con el cabello hecho un desastre, con un abrigo que le quedaba
grande y con tres pares de lentes escondidos en distintas partes del cuerpo porque
siempre se le olvidaba dónde los guardaba. Todo ello atestiguaba que era de verdad
muy distraído, aunque entrañable y completamente inocuo.
El marqués no le pareció ni despistado ni mucho menos inofensivo. Rodeó los
muebles y se acercó a ella.
—Creo que, dadas las circunstancias, podemos presentarnos. Tal como ha
supuesto, soy Anthony Pendleton, marqués de Raeoburne. —Se inclinó y la miró
expectante—. ¿Y usted es…?
—Alguien que no debería estar aquí —pronunció las palabras antes de que
pudiera interceptarlas.
Las cejas oscuras del caballero treparon hasta la línea del cabello. Sus labios se
retorcían intentando sonreír, pero no se lo permitió a sí mismo.
—Hable de una vez.
Tenía que decirle algo, y tenía que ser verdad. Era una pésima mentirosa. La
mayor parte del tiempo se vanagloriaba de tener ese defecto.
—No, es cierto que no trabajo para usted. Estaba… de visita. Y la señora Banks
ordenó que se limpiara hoy esta habitación. —«Dios santo, por favor, no permitas que
la señora Banks se entere de que he estado encargándome de las tareas de Emma». Si
el ama de llaves lo descubriera…—. Por favor, no le diga que yo estaba aquí.
Sus miradas se cruzaron. Ella no fue capaz de sostenérsela y la desvió hacia el
suelo, aturdida al darse cuenta de que se había acercado más a él durante su
confesión.
—No lo haré.
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Amelia bajó los hombros, aliviada. Mientras la señora Banks no se enterara de
que ella estaba allí, el puesto de trabajo de Emma no correría peligro.
—No puedo hacerlo —continuó el marqués—. Todavía no me ha dicho quién es
usted.
Su intención era no contárselo. «Señor, ayúdame», susurró.
Por el pasillo sonaron unos pasos apresurados que sacaron a Amelia de su trance.
Ambos se volvieron hacia la puerta. «No, ¡así no!». No podía lograr escapar a costa
de otra persona. Corrió al otro lado de la habitación, casi rozando la estantería llena
de libros. Se topó con una sirvienta alta, sin aliento, que entró a toda prisa en la
estancia.
Jane la agarró por los hombros para evitar tropezar con ella.
—La cocinera me ha contado lo de Emma. Va a verse en un aprieto si la señora
Banks se entera de que usted ha abandonado la cocina para limpiar lo que le
corresponde a su amiga. —Todos sus esfuerzos por sacar a empujones a la mujer por
la puerta fracasaron. La mujer no paraba de despotricar—. ¡Usted no debería estar
trabajando! ¡Usted es de alcurnia, señorita Amelia!
Amelia le lanzó una mirada al marqués, que no estaba perdiendo detalle. Jane se
volvió y se quedó boquiabierta.
A Amelia le entraron unos escalofríos por la espalda que le llegaron retorcidos al
estómago, como si la cocinera estuviera amasando el pan dentro. ¿Y si el marqués
culpaba a Jane de la intrusión de Amelia?
Tenía que sacar a Jane de allí. Tenía que sacarla o el marqués las detendría antes
de que alcanzaran las escaleras de servicio.
Más asustada que inspirada, agarró el trapo que había estado usando para limpiar
el polvo y se lo lanzó al marqués a la cabeza.
Lord Raeoburne le pegó un tirón al paño al rozarle la nariz y el pelo se le llenó de
polvo cuando una punta le dio en la frente. Lo último que vio Amelia antes de sacar a
empujones a Jane al pasillo fue su mirada de estupefacción.
Las dos mujeres se resbalaron y salieron corriendo escaleras abajo. Sus pisadas en
los escalones de madera sonaban huecas, exactamente igual que los latidos del
corazón de Amelia. Echó una mirada rápida por encima del hombro y comprobó que
nadie las seguía. La verdad es que eso supuso un alivio, pero no tanto como para
detener su frenética huida.
Entraron dando tropezones en la cocina y agarrándose la una a la otra para evitar
caerse. El impulso que traían tras su loca carrera por la escalera hizo que al terminar
de bajarla les costara mantener el equilibrio, por no hablar de la compostura. La
cocinera gritó y dejó caer el tazón de harina que tenía entre las manos.
—¡Oh, lo siento muchísimo! —Amelia buscó un trapo para ayudar a limpiar
aquel desastre.
—¡Señorita Amelia! —Jane tiró del brazo de su compañera—. ¡Es posible que
«él» esté bajando!
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—Pero es que yo…
Se detuvo en seco en cuanto oyó unas pisadas de alguien bajando por la escalera
de servicio. Parecían demasiado ligeras para ser las del marqués, pero no estaba
dispuesta a quedarse para averiguarlo.
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Capítulo 2
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A pesar de ello, jamás había visto a alguien tan feliz de estar donde estaba. Su
regocijo en pleno degradante acto de limpieza no se parecía a nada que hubiera visto
antes.
Sentirse atraído por la bondad y la alegría eran señales de que estaba cambiando
para mejor, ¿no? A nadie hacía daño que el envoltorio de la bondad y de la alegría
fuera el cuerpo de un hada del bosque.
El carruaje se detuvo delante de la casa de Londres de su buen amigo Griffith, el
duque de Riverton.
Otra señal de que ya no era el mismo.
Hasta hacía dos años, Griffith había sido solo un vecino perteneciente a la
aristocracia. Jamás había puesto un pie en la casa de aquel hombre más que para
asistir a reuniones en las que había como mínimo cien personas, a pesar de que sus
fincas estaban a apenas ocho kilómetros de distancia. Ahora, Griffith y sus hermanos
eran lo más parecido a una familia que tenía Anthony.
El mayordomo lo guio hasta el salón y Anthony sonrió al ver a Miranda, la mayor
de las hermanas pequeñas de Griffith.
—Conviertes la vuelta a Londres en un acontecimiento espléndido.
Miranda le devolvió la sonrisa a Anthony mientras cruzaba el salón con sus ojos
verdes rebosantes de humor.
—Aceptaré el cumplido, a pesar de la ausencia de rivales. Vuelve a decírmelo
cuando todas hayan tenido la oportunidad de saludarte. Les doy dos días como
máximo para que pasen a visitarte por una u otra razón.
—No he dicho oficialmente a nadie que he vuelto a Londres. —Anthony hubiera
jurado que sería imposible resoplar como una dama, pero Miranda se las apañó para
conseguirlo.
—No importa.
No pudo evitar soltar un gemido de malestar, aunque le faltó el refinamiento de
Miranda. Se acercó a la licorera del brandi y se sirvió una limonada.
—Lo único que quiero es tener la oportunidad de sentar cabeza sin que me
importunen. Suena insoportablemente egoísta, pero creo de verdad que mi vuelta a la
ciudad me convertirá en presa en lugar de cazador.
El simple hecho de pensar en ello fue suficiente para que le entraran ganas de
volver a su finca campestre otra vez. Mientras se servía la limonada vio a Trent, el
hermano pequeño de Griffith, que estaba sentado junto a la chimenea.
—¿Van a venir Griffith y Georgina esta noche?
—Griffith partió esta mañana, temprano. Quiere solucionar unos asuntos
relacionados con su ducado en algunas de sus fincas antes de que comience la
temporada. —Miranda le lanzó una mirada cortante a su hermano—. Trent está
enfadado. Griffith le prometió que sería mi acompañante este año y Trent dice que el
hermano mayor está eludiendo sus responsabilidades. Me encanta ser una carga.
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Anthony se sintió aliviado de no ser él el objetivo de la mirada que lanzó
Miranda.
Trent, de pie, tosió y se tiró de la corbata.
—Sí, bueno, Georgina llegará en cualquier momento. A su lado se me ve positivo
y contento. Está molesta con nosotros por no permitirle participar todavía en los
acontecimientos sociales.
—Se sintió muy sosegada cuando le informé de que podría venir con nosotros a
cenar esta noche. —Miranda dejó de mirar a su hermano y ahora miró a su invitado
—. Creo que siente algo por ti, Anthony.
—Como todas las mujeres inteligentes. —Anthony logró el favor de Miranda
poniendo su sonrisa más encantadora—. He estado esperando que llegara el momento
de que vuelvas a tus cabales y caigas rendida también a mis pies. —Levantó la copa
en dirección a ella.
—Eso sería como casarse con mi hermano —dijo Miranda haciendo una mueca
de disgusto.
—Dudo de que quede un hueco para ella una vez que hagas tu primera aparición
social. —Trent trató de ocultar su enorme sonrisa.
Miranda miró de reojo a su hermano.
—Lo cierto, Trent, es que lleva dos años sin poner un pie en la ciudad. Deberías
tener en cuenta que muchos de sus conocidos podrían haberse olvidado de él.
Anthony tosió para recordar a los hermanos que él estaba allí presente.
Trent agarró a Miranda por un hombro, miró al suelo y sacudió despacio la
cabeza.
—Querida, queridísima hermana, estamos hablando de toda una leyenda. —
Levantó la cabeza y apuntó a Anthony con el vaso haciendo una mueca con la boca
—. Él mismo me lo ha dicho. —A Anthony se le puso el cuello rojo. Si iba a
ruborizarse por primera vez en muchos años, ¿no debería ser por algo mucho más
subido de tono que aquel comentario distendido?
—Sí, sí. —Miranda gesticuló con las manos en el aire—. El soltero enormemente
popular que posee título, fortuna y mala reputación por apostar en las carreras, por
codearse con mujeres y por varias actividades placenteras más. Aunque raros, los
hombres de esa índole no son imposibles de encontrar.
—¿Qué sabes tú de sus «actividades placenteras»? —Trent le dirigió una grave
mirada, más de hermano mayor que de amable caballero. Ambos clavaron los ojos,
verdes y de la misma forma, en el otro. Él encogió los suyos cuando vio que su
hermana esbozaba una sonrisa pícara.
Anthony se cambió de sitio intentando no ponerse más colorado. Tampoco le
gustaba que Miranda estuviera informada de sus anteriores «actividades placenteras».
—Solo de oídas, te lo aseguro. A las damas les encanta cotillear cuando van de
visita, pero ninguna cuenta detalle a las solteras. Solo comparten lo suficiente para
asustar a todas las jovencitas decentes.
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A la vez que el espantoso calor se extendía por el cuello de Anthony y le llegaba a
las orejas, las carcajadas de Trent resonaron en toda la habitación. Se rio tan fuerte
que tuvo que agacharse y tomar enormes bocanadas de aire para recuperar el aliento.
—Miranda, Tony es marqués, y encima es rico. Podría haber una sarta de vírgenes
depravadas…
—¡Trent!
—Y otra de hijos ilegítimos persiguiéndolo y aun así podría elegir a cualquier
mujer soltera de la ciudad.
—Ya lo supongo. —Miranda escondió su sonrisa tras el vaso—. Imagínate si
todos ellos supieran que es capaz de subirse a un manzano cuando lo acorralan.
—Por no mencionar su habilidad para seguir en el árbol aun después de
desmayarse. —Trent brindó por él una vez más.
Anthony hubiera preferido que no le recordaran el estupor de su última
borrachera, a pesar de que concluyera de un modo fascinante e incómodo en un
huerto lleno de manzanos. Sin embargo, gracias a ese acontecimiento Griffith había
entrado en su vida y la había cambiado para siempre, así que no podía abominar por
completo de la experiencia. Al menos el recuerdo fue suficientemente solemne como
para refrescarle el rubor de las mejillas.
Miranda miró a Anthony directamente a los ojos.
—Mientras no te metas en ningún escándalo podremos seguir buscándote esa joya
rara a la que no le importe tu pasado y conozca al hombre nuevo en que te has
convertido.
¿Qué se suponía que debía responder a eso? ¿«Ah, sí, gracias»?
—No te olvides de dar con una joya para ti, querida hermana. No me entusiasma
la idea de volver a pasearte por ahí la próxima temporada.
Trent se libró de convertirse en víctima de un fratricidio gracias a que hizo su
entrada una excitante joven con la cabeza llena de rizos rubios y unos sonrientes ojos
verdes. Georgina apareció bailando en el salón con una atractiva sonrisa decorando su
rostro.
—Ya estoy aquí. Qué bien que me hayáis esperado.
Anthony se puso de pie mientras la animada fémina hacía una reverencia para
saludar, se daba la vuelta y se acercaba a él.
—Si aceptarais esperarme, milord. Mi autoritaria familia me dejará salir de la
escuela la próxima temporada. Entonces podremos bailar al son de nuestra dicha
conyugal.
Anthony soltó una carcajada y besó su mano extendida, agradecido de poder tener
una conversación más ligera.
—Ay, bella doncella, me temo que no soy digno de tus zapatillas de baile. Tendré
que consolarme con alguien que esté al alcance de estos humildes brazos.
—¡Tonterías! —Georgina le dio un pequeño cachete a Anthony en el hombro—.
Serás la sensación de la temporada. Ojalá pudiera ver a todo Londres rendirse a tus
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pies cuando se enteren de que estás buscando esposa. —Exhaló tal suspiro que casi
apagó las velas que había en la sala.
Imaginarse a las bellezas londinenses a sus pies le recordó el percance de aquella
misma mañana.
—Miranda, ¿conoces a una morena bastante bajita llamada Amelia?
Un sirviente entró para anunciar la cena.
—Me temo que tendrás que ser un poco más específico, Anthony —murmuró
Miranda con indiferencia mientras se levantaba para tomarlo del brazo.
—Me encontré con una joven limpiando el polvo de mi biblioteca cuando llegué
hoy a casa. Iba vestida considerablemente mejor que una sirvienta normal.
—¿Se trataba de una dama dispuesta a contraer matrimonio intentando atraer tu
atención? —dijo Trent riéndose.
—De ser así, hizo un trabajo terrible. —Georgina puso una mano sobre el brazo
de Trent—. No podrá visitarla si desconoce su nombre completo.
—Lo siento, no se me ocurre qué mujer podría estar limpiando el polvo de tu
biblioteca, Anthony —dijo Miranda al pasar por delante de un lacayo que tenía los
ojos muy abiertos.
Anthony suspiró.
—Compórtate como un diamante y mantén los oídos abiertos para mí, ¿de
acuerdo? Quiero enterarme de quién es.
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Capítulo 3
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Si al menos tuviera derecho a reclamar otras obligaciones propias de la señora de
la casa, como asistir a veladas o a reuniones sociales por la tarde… Pero cuando lo
único que se conoce de la élite londinense es a los sirvientes, no a los señores, es
difícil lograr tener presencia social.
—¿Me estás ocultando algo? —La señora Harris apoyó el puño en una de sus
flacas caderas y observó a Amelia con la misma mirada asesina con la que le había
obligado a confesar que había sido ella quien se había comido todas las galletas de
jengibre en su primera Navidad en Londres. El ama de llaves encogió los ojos—.
Tienes cara de culpable. Como aquella vez que estuviste escondiendo a la señorita
Celia Scott en el taller de la modista todas las noches durante dos semanas, como si
ella fuera el duende de los zapateros.
—Consiguió el trabajo, ¿recuerda?
—A costa de todas las velas de esta casa. Creí que me iba a volver loca cuando vi
que no encontraba ni una. —La señora Harris se cruzó de brazos, pero no relajó la
mirada acusatoria—. ¿En qué lío te has metido ahora?
Si las opciones que tenía Amelia eran llevarle el tónico a Emma o contarle al ama
de llaves la historia del marqués, no hacía falta entrar en discusiones. Agarró la
botella y se la pegó al pecho.
—En ninguno. Probablemente el ajetreo de la temporada me está afectando. Tanto
ruido y tanto tráfico. —Amelia se levantó del taburete—. Lo llevaré ahora. Como
bien ha dicho usted, Emma no puede permitirse no trabajar ni un solo día más.
Pero cuando se estaba abrochando los botones del jubón y poniéndose el
sombrero seguía buscando una excusa para no ir. Caminando por la calle su cerebro
parecía un torbellino, dando vueltas a la cantidad de razones por las que volver al
escenario de su humillación no le parecía buena idea.
Tomó un atajo por un callejón y vio la parte superior de la casa del marqués por
encima de los tejados de las caballerizas. El extraño olor a caballos y cuero le hacía
cosquillas en la nariz y le recordó cuán diferente era la vida del marqués a la suya. Le
pareció sorprendentemente estimulante.
Era probable que siguiera acostado. Si se había levantado temprano estaría en el
club o en uno de esos otros lugares en los que los caballeros ociosos solían pasar el
tiempo. No se encontraría en casa, y desde luego no en la cocina. Amelia podría
entrar y salir sin necesidad de pasar por otra situación incómoda.
Cuando estaba cruzando despacito los enormes setos para dirigirse a la entrada de
la cocina de la casa del marqués, sita en la calle Grosvenor, su confianza mental había
convencido prácticamente a su corazón para que latiera a ritmo normal.
Una risita masculina hizo que se le detuviera por completo.
Se paró en seco. No podía ser él.
Se agachó para asomarse por debajo del seto. Estaba tendido sobre una manta y
había una bandeja con una jarra de limonada medio llena a cierta distancia y una
enorme pila de tarjetas en el suelo junto a él. Tomó una. El leve gemido que dio llegó
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a los oídos de Amelia antes de que él la lanzara por encima de su propia cabeza hacia
la hierba del jardín.
¿Qué estaría haciendo?
—Así que lady Charles está organizando una velada, ¿eh? —Suspiró y tiró la
blanca tarjeta por detrás de él—. Me pregunto si ya habrá dejado de servir carne
cruda a sus invitados. —Se encogió de hombros y continuó con la siguiente—. Un
baile organizado por la condesa de Brigston. Asistirá muchísima gente, eso me
permitiría saludarlos a todos de una vez —dijo, y colocó la tarjeta sobre otra pila que
tenía a la altura de la cintura—. Aunque tal vez sea mejor ir poco a poco. Me gustaba
Harry Wittcomb en la escuela. Una cena en su casa podría ser agradable. —Esta
tarjeta la puso en otro montón que tenía al lado de la rodilla.
Debería irse de allí. Estaba en el jardín privado de aquel hombre, que tenía
derecho a creer que sus pensamientos verbalizados no los estaba oyendo nadie más
que él, pero ¿qué clase de hombre organizaba una merienda en su propio jardín y
tiraba invitaciones a diestro y siniestro a su alrededor?
«Por el amor de Dios, Amelia. Qué más da si el hombre no es un dechado de
virtudes: se merece tener intimidad».
Pero aquel comportamiento era demasiado intrigante como para marcharse.
Anthony tomó la siguiente tarjeta de la pila, que parecía interminable. ¿Todos esos
acontecimientos iban a tener lugar en los próximos días? Suspiró y abrió otra
invitación.
—Una fiesta en el jardín. Suelen ser un aburrimiento, a menos que conozcas bien
a los demás invitados. ¿Quién es lady Galvine? Supongo que estará desposada con
lord Galvine, pero tampoco he oído hablar de él jamás.
Riéndose de su propio ingenio, Anthony arrojó el pedazo de papel por encima de
su cabeza y tomó el siguiente.
—¡¿Qué está haciendo?! —La iracunda voz de su ayudante de cámara, Harper,
sonó a su derecha.
Un vistazo rápido por el claro confirmó que él no había sido el blanco de aquel
ataque verbal. Lo cual le hizo preguntarse quién lo sería. Anthony se incorporó y
echó a correr por la zona de la vegetación.
¿Estaría Harper herido?, ¿estaría atacándole alguien? Era un tipo pequeño y
delgado, extraña elección para un ayudante de cámara, pero aquel hombre sabía atar
la corbata de una forma impecable.
—¡Harper! —gritó Anthony al rodear los setos. Se resbaló de un pie, pero
enseguida volvió a recuperar el equilibrio.
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Lo último que esperaba era encontrarse con que su ayudante de cámara había
cazado a una mujer.
Y encima, no cualquier mujer.
Aquel familiar vestido marrón, los ojos color chocolate asustados, ese moño tan
sobrio. Su mujer misteriosa había regresado.
Amelia chilló cuando se dio cuenta de que la había reconocido. Se tapó
inmediatamente la cara con las manos y dejó solo sus enormes ojos marrones al
descubierto. Sus miradas se cruzaron y abrió los ojos aún más hasta mostrar
completamente el globo ocular.
Harper estaba agarrándola por un brazo. Amelia lo miró y se arremolinó con tal
fuerza que le dio un golpe de costado y el sirviente necesitó dar varios pasos para
recuperar el equilibrio.
Entonces Amelia salió corriendo.
—¡Espere! —Anthony se precipitó tras ella.
La muchacha miró por encima del hombro. Que la llamara funcionó como una
espuela, pues la hizo correr más rápido. Pero Anthony, que tenía las piernas mucho
más largas y no le estorbaban las faldas, era más veloz. Derrapó y se detuvo, la agarró
por un hombro y le hizo darse la vuelta.
Ambos se miraron. A Anthony el aliento se le acumuló en los pulmones cuando
vio que en la cara de Amelia había una mezcla de tristeza y miedo. En el tiempo que
tardó su corazón en latir varias veces miró intensamente aquellos grandes ojos
marrones y percibió una emoción a la que no fue capaz de dar nombre.
—Vaya a la fiesta de lady Galvine —susurró Amelia con prisas—. Trata muy bien
a sus criados y lleva todo el año planificándola. Su única hija está enamorada del hijo
mayor del conde de Lyndley y él de ella, pero no creen que el conde les permita
casarse. Lord Galvine no es más que un barón. Si usted anunciara allí su llegada a
Londres, la fiesta adquiriría la importancia suficiente como para que a la señorita
Kaitlyn la dejaran casarse con el hijo del conde.
Se alejó y corrió por la zona trasera de las caballerizas.
Él la persiguió, pero cuando alcanzó el callejón Amelia había desaparecido. Su
mujer misteriosa había vuelto a escapar.
—¿Para qué hemos venido? —Amelia frunció el ceño ante la fila de relucientes
escaparates que había en la calle Bond. Tras su encuentro con el marqués y su
ayudante de cámara lo único que quería era esconderse en su habitación y regodearse
en sus inútiles quejas fantaseando en vano.
Fantasías en las que su encuentro con el marqués transcurría en un lugar
respetable, ella sabía exactamente qué decir y su vestido no era de un práctico color
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marrón.
—Llevas más de una semana deambulando por la casa con la cara mustia,
refunfuñando sobre setos y trapos para limpiar el polvo. Necesitabas salir. Además, te
hace falta un vestido nuevo. —La señorita Ryan, su institutriz convertida en amiga,
reafirmó su declaración moviendo la cabeza, lo que hizo que sus bucles negros se
balancearan a ambos lados de su sombrero.
Amelia salió de su ensueño parpadeando y se miró la falda.
—Este vestido no tiene nada de malo.
No si no lo comparabas con todos los demás que se veían por la calle.
—Aparte de las dos tiras de adornos que le hemos cosido en el bajo para ocultar
los jirones, del desgarro que tiene por detrás, justo donde hubo que coserle un agujero
por debajo del brazo y de que la cinturilla lleva tres años pasada de moda, no, la
verdad es que no tiene nada de malo —coincidió la señorita Ryan.
Amelia no quería acostumbrarse a las galas de la clase alta para que dentro de
pocos meses, cuando cumpliera veintiún años, se las quitaran. ¿Cómo saber si el
vizconde la seguiría manteniendo? ¿Se acordaría siquiera de que ella existía?
—Mi vestido es adecuado para lo que hago. A ninguna de mis amistades le
importa que haya tenido que remendar un dobladillo harapiento alguna vez. —A lo
largo de los años había hecho muchas amigas e incluso la habían invitado a tomar el
té en alguna ocasión. Pero no eran la clase de amigas que ayudarían socialmente a
una chica.
La señorita Ryan sacudió la cabeza.
—No te casarás si limitas tu vida social a estar con los criados. Eres la hija de un
caballero.
—Me gustan los criados —masculló Amelia. Fueron los únicos que le dirigieron
la palabra cuando la dejaron en Londres a los once años.
—Los criados no se casan, querida. —La señorita Ryan acarició el brazo de
Amelia reconfortándola.
—Tampoco se casan los pupilos anónimos de los vizcondes olvidados —se
atrevió a contradecirla Amelia cruzándose de brazos.
—Esto es Londres. Los caminos del Señor son inescrutables. Tal vez los
conozcamos si llevamos el vestido adecuado. —La señorita Ryan sonrió, pero no
miró a Amelia—. A Cenicienta le cambió la vida, ¿no crees?
Antes de que Amelia pudiera preguntarle a la señorita Ryan que dónde escondía
un hada madrina, se dio cuenta de que la había agarrado por un codo y la había
metido en una tienda.
Había dos elegantes señoras tomando el té sentadas junto al escaparate. Otras tres
estaban mirando un libro lleno de ilustraciones de moda mientras otras dos
examinaban una selección de telas.
—¡Pero si esta es la tienda de la señora Bellieme! Aquí seguro que cuesta dinero
hasta respirar el mismo aire que ella —balbució Amelia.
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—Llevamos diez años ahorrando. —La señorita Ryan se encogió de hombros—.
Y de todas formas no hemos venido a verla a ella.
—Ah, ¿no? —Amelia se agarró el sombrero para evitar que saliera volando
cuando la señorita Ryan la empujó tras una cortina de seda dorada.
La luz natural que entraba por las ventanas traseras de la tienda era
considerablemente más fuerte que la de la zona delantera, en penumbra. Amelia tuvo
que guiñar los ojos para acostumbrarse al sol.
—¡Señorita Amelia!
Amelia sacudió la cabeza para fijarse en la persona que le había hablado, una
señora de mediana edad que llevaba un ligero vestido azul y el escaso cabello castaño
recogido en un moño bajo. Tardó un poco en reconocer a la noble venida a menos que
había conocido en los bancos de la iglesia de St. George unos cinco años antes.
—¡Buenos días, Sally! Hace años que no te veo.
—Desde que me ayudaste a conseguir aquel trabajo en Hampstead Heath. Jamás
podré agradecerte lo suficiente que le hablaras bien de mí al ama de llaves. Tuve el
privilegio de trabajar como acompañante de lady Margaret hasta que falleció. Ahora
soy dama de compañía. —Sally se asomó por un biombo plegable que separaba gran
parte de la zona trasera del resto del área de trabajo.
Amelia también miró el biombo. La señora a la que Sally acompañaba debía de
estar allí detrás probándose un vestido.
—¿No te necesita ahí dentro? Yo pensaba que una dama de compañía opinaba
sobre las pruebas de los vestidos.
—Suelo esperar aquí fuera. A veces visito a Celia. Su hermano, Finch, es lacayo
de la familia para la que trabajo ahora.
La señorita Ryan seguía mirando el biombo desde que habían pasado a aquella
zona, tras las cortinas.
—Celia se emocionó cuando supo que hoy vendríamos. Dijo que todavía se pasa
por aquí de noche a veces para trabajar a la luz de una vela y recordar las ganas que
tenía de conseguir el puesto.
Una joven alta y rubia se asomó de repente por el biombo alisándose la falda a la
altura de las caderas.
—Que los lleven a casa cuando estén terminados, señora Bellieme. No necesitaré
el otro vestido de gala hasta la semana que viene.
—Por supuesto, milady. —La modista era mayor de lo que Amelia recordaba,
aunque hacía por lo menos tres años que no la veía.
—Sally, nos vamos.
Amelia no fue capaz de adivinar qué debió pensar la dama cuando con sus
brillantes ojos verdes los miró a ella y a los dos sirvientes, pues ninguno de los tres
formaba parte del círculo íntimo de la mejor modista de Londres, pero al menos la
mujer comprendió por qué estaba Sally allí.
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—Claro. —Sally terminó el breve encuentro haciendo un ligero saludo. Un
retículo verde, probablemente de su señora, le colgaba de la cintura—. Que pase buen
día, señorita Amelia.
Amelia asintió con la cabeza sin decir nada a Sally para no meterla en problemas.
La dama continuó mirando a una y otra.
Cuando ambas desaparecieron tras la cortina, Celia salió de detrás del biombo.
—¡Señorita Amelia! —Se acercó de un salto y rodeó a Amelia con sus delgados
brazos.
La señora Bellieme le dedicó a Amelia una sonrisa y le dio un toque en el hombro
antes de volver a la zona principal de la tienda.
Amelia se separó de Celia, que seguía sonriendo tras abrazarla.
—¡Me alegro de verte! —La joven volvió a darle un apretón con tanto entusiasmo
que le arrancó una sonrisa a Amelia.
—¿Cómo te va, Celia?
—Mejor de lo que jamás soñé. Ven, ven, tu vestido está listo. —Celia la llevó a
tirones hacia el probador. La señorita Ryan la empujaba por detrás.
Amelia pesaba tan poco que entre las dos pudieron arrastrarla sin esfuerzo a pesar
de que se había quedado petrificada. ¿Ya le habían hecho un vestido? ¿Cómo?
¿Cuándo?
—La señora Bellieme ya no puede coser tan bien como antes, así que me he
convertido en su aprendiz secreta. Dice que tengo muy buen ojo para la moda y una
mano con la aguja casi tan buena como la suya. —Celia estaba tan emocionada que el
moño oscuro en que llevaba recogido el pelo se le movía de arriba abajo.
Sacó un precioso vestido de muselina verde estampada de ramitas.
—Lleva un redingote a juego. Vamos, vamos, pruébatelo.
La muchacha tiró del vestido de Amelia para quitárselo, deseando verla con el
nuevo. Amelia empezó a emocionarse cuando sintió el tacto de aquella tela sobre su
piel.
Celia había utilizado un viejo vestido de Amelia para sacar la talla, así que no
iban a hacer falta muchos arreglos para que le quedara perfecto. Solo requería unas
cuantas puntadas rápidas y Amelia estaría lista para lucir el conjunto de tarde más
bonito que jamás hubiera visto.
Tras doblar el vestido viejo de Amelia y meterlo en una caja, Celia la abrazó de
nuevo y le dijo a la señorita Ryan que la avisara cuando quisieran que le
confeccionaran más.
—Este es demasiado bonito. —Amelia danzaba de un sitio a otro disfrutando del
frufrú de su nueva falda—. Puede que nunca vuelva a parecerme aceptable ningún
otro vestido.
Todas se rieron al salir de la zona de los probadores.
—Oh, Dios. —La voz de la señorita Ryan sonó forzada, casi inexpresiva.
—Oh, vaya por Dios —añadió Celia.
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Amelia miró a su alrededor, pero no entendía qué les causaba aquella extrañeza.
—¿Qué ocurre?
Celia se agachó para recoger un retículo verde del suelo.
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Capítulo 4
Página 29
La señora Ryan señaló hacia Grosvenor Square, que quedaba a la vista pero en
sentido contrario a su casa.
—Podré llegar a casa. Ve tú primero sin mí.
—Usted… pero… ¡No puedo ir sola!
—Estoy segura de que Finch o Gibson se encargarán de que llegues a salvo a
casa. —La señora Ryan cuadró los hombros y echó a andar cojeando por la calle que
la conduciría hasta la calle Mount—. Recuerda que Sally depende de ti.
Amelia miró a la institutriz y a continuación la calle que quedaba a lo lejos.
«¿Había perdido la cabeza la señorita Ryan?». Sintió que el retículo le pesaba en las
manos. No podría llevárselo a casa. Las opciones eran continuar hasta la casa de los
Hawthorne o llevar otra vez el bolso a la calle Bond.
Puesto que caminar sola por la calle Bond le pareció peor idea que hacerlo por
Grosvenor Square, continuó andando.
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—Insistirá en agradecérselo en persona. Espere aquí, señorita Amelia, si es tan
amable. —Gibson salió a toda prisa de la habitación.
Dejar el retículo en una silla y marcharse le pareció buena idea, pero Gibson sabía
dónde vivía. Lo único que faltaba sería que lady Miranda apareciera en su propia
casa.
La dama rubia que había conocido en la modista entró en el salón con una cálida
sonrisa en los labios y una evidente curiosidad en la mirada.
—Gibson me ha dicho que tiene usted mi retículo, ¿es cierto?
—Mmm… sí, milady. —Amelia levantó el brazo como si fuera a darle una
puñalada a alguien y mostró el retículo colgando otra vez.
Lady Miranda lo tomó.
—Lo vimos justo cuando nos íbamos. Está todo. Celia sabía que era de usted, así
que no ha hecho falta abrirlo.
Se le formaron unas arruguitas en los rabillos de sus brillantes ojos verdes y en las
comisuras de los labios, que había curvado ligeramente. ¿Le divertía lo que Amelia le
acababa de contar? Tal vez le parecía graciosa su falta de compostura. Empezó a
enredar los dedos en el cordón de su propio retículo.
—Gracias. —La dama dejó el bolso sobre una mesa cercana—. Soy lady Miranda
Hawthorne.
—Lo sé. Quiero decir que Celia me dijo quién es usted. —Amelia cerró la boca.
No empezaría a hablar como una cotorra ni demostraría lo incómoda que se sentía.
Pensaba limitarse a emitir frases de dos palabras, lo que apenas le permitiría decir
más que «Sí, milady», «No, milady».
Lady Miranda bajó la cabeza y levantó las cejas.
—¡Oh! —gritó Amelia—. Soy Amelia Stalwood. —Aquello sumaban tres
palabras, aunque tal vez su nombre y apellido contaran como solo una—. Un placer
conocerla. —De acuerdo, podría pronunciar frases de tres palabras siempre que
fueran frases inteligentes.
Lady Miranda sonrió como si todas las visitas hubieran perdido la cordura. Tal
vez así era. Después de todo, se trataba de la casa de un duque.
—Lleva un vestido precioso. ¿Estaba usted recogiéndolo?
Gibson apareció por la puerta antes de que Amelia respondiera.
—¿Le apetece un té, milady?
—Oh, no, Gibson, yo no… —Amelia se detuvo en seco. Estaba respondiendo al
mayordomo. Notó calor subiéndole por las mejillas y las orejas. La nariz, en cambio,
la tenía helada. Miró a lady Miranda y vio que se había quedado inmóvil y con la
boca ligeramente abierta como si también fuera a responder al mayordomo.
—Señorita Stalwood. Amelia Stalwood, ¿verdad? —Lady Miranda fue la primera
en recuperar la compostura—. Por favor, quédese. Gibson, un té sería estupendo.
El mayordomo se inclinó y se dio la vuelta para abandonar la habitación.
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Lady Miranda señaló una silla de brocado blanca. Amelia se sentó en el borde,
dispuesta a salir corriendo si se le presentaba la oportunidad.
El hermano de Celia, Finch, entró con un servicio de té antes de que lady Miranda
pudiera terminar de arreglarse la falda en el sofá que había al lado. A Amelia le
pareció que debía de estar con la bandeja ya preparada en el pasillo cuando Gibson
había entrado a ofrecerles el té.
Parpadeó sorprendida. Lady Miranda dudó antes de ordenar a Finch que dejara la
bandeja sobre una mesita baja.
—Gracias, Finch. —Amelia cerró los ojos. Había vuelto a hablar ella. Conocía al
criado de otra persona nada menos que por su nombre. Estaba segura de que lady
Miranda la echaría a patadas por la cocina por este exceso de familiaridad.
La habitación quedó en silencio. Ni siquiera se oía el tictac de un reloj. Amelia no
se había sentido tan vulnerable desde que tenía diez años, de pie ante la puerta de la
casa del vizconde con solo un baúl, una maleta y una carta de su abuela reivindicando
los lazos familiares más distantes que pudieran imaginarse.
¿Qué estaría buscando la mujer que tenía sentada enfrente? ¿Lo habría
descubierto? Por fin, lady Miranda concluyó su inspección. Movió la cabeza y
comenzó a servir el té.
—¿Conoce a mis sirvientes?
—Mmm… sí, milady. —Amelia intentó comportarse exactamente igual que la
mujer ante la que estaba. Lady Miranda se quedó callada, extrañada, tras servirse su
taza de té. Tenía la mano revoloteando por encima de la jarra de la leche.
—Sin leche, solo azúcar, por favor. —Una sensación de confianza recorrió la
columna dorsal de Amelia. Aquello había sonado casi culto y sofisticado. De
acuerdo, solo se trataba de un comentario sobre cómo quería el té, pero…
—¿Se lleva usted bien con muchos sirvientes? —Volvió la incómoda curiosidad.
—Supongo que sí. —La cosa no estaba saliendo en absoluto como Amelia había
previsto. No se avergonzaba de su relación con el bajo Londres, pero jamás imaginó
que una dama de alta alcurnia le preguntaría al respecto.
—Yo misma he intentado siempre llevarme bien con las personas a las que
contrato, pero jamás he tenido la capacidad de referirme a los sirvientes de otras
personas por su nombre. —Lady Miranda le ofreció una taza de té.
Deseando que no le temblaran las manos, Amelia aceptó la taza. Su idea de
«llevarse bien» era posiblemente distinta a la de lady Miranda.
—¿Conoce también a mi criada? —Sirvió otra taza de té. Le añadió un chorrito
de leche y una pizca de azúcar. Amelia se tragó apresuradamente su sorbo de té.
—Sí, milady.
La dama puso algunas galletas en un platito y se lo ofreció a Amelia.
—No todo el mundo hace el esfuerzo de devolver a alguien lo que le pertenece.
—No ha supuesto ningún problema. —¿Qué otra cosa podía decir? Amelia
mordisqueó una galleta para ganar tiempo.
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Otra dama joven entró en la habitación. Su impresionante belleza hizo pestañear a
Amelia. Tenía la cabeza llena de rizos rubios, con unos tirabuzones marcándole unos
rasgos ante los que un fabricante de muñecas de porcelana se desvanecería.
—Gibson mencionó el té. —Evaluó a Amelia con sus ojos verdes—. Buenas
tardes.
Lady Miranda sirvió otra taza de té.
—Te presento a mi nueva amiga, la señorita Amelia Stalwood. Señorita
Stalwood, esta es mi hermana, lady Georgina.
Amelia posó su taza sobre la mesita. ¿Debía levantarse y hacer una reverencia?
Era nada menos que la hermana de un duque. Debía de haber una forma correcta de
comportarse en una situación así. Al final hizo una ligera inclinación de cabeza que
arrancó una sonrisa burlona de la joven.
Amelia volvió a mirar al suelo deseando que las duelas de madera se la tragaran y
la transportaran a las habitaciones de los criados. Allí se sentiría mucho más cómoda.
Las hermanas charlaban y sorbían su té. A veces formulaban alguna pregunta a
Amelia. Tras varios intentos, Amelia dejó de vacilar al responder y se las arregló para
que aquello pareciera una conversación normal.
—Ha sido tan amable al traerme el bolso que odio preguntarle esto. —Lady
Miranda se sirvió un poco más de té—. ¿Me haría usted otro favor?
Amelia tragó saliva. ¿Podría responder algo que no fuera un «sí»?
—¿Le apetece venir a cenar esta noche?
Amelia sacudió su taza de té. Lady Miranda intentó ocultar su sonrisa bebiéndose
un sorbo.
—Será muy distendido. Solo la familia y uno o dos amigos íntimos —añadió lady
Miranda al ver que Amelia no le contestaba.
Sintió que los ojos verdes de la dama la atravesaban como uno de los animales de
los que había leído en los libros de los científicos que estudiaba.
—Sería de gran ayuda. Georgina no puede acompañarnos esta noche, así que, sin
usted, no nos cuadraría el número de comensales.
Lady Georgina le lanzó una mirada asesina a su hermana.
—Lo cierto es que yo… —Lady Miranda le dio una delicada patada en la
espinilla. Amelia abrió los ojos de par en par. «¿Cuánto tiempo se tardaría en
aprender a hacer algo tan grosero con la gracia de una dama? ¿Quién dedicaba su
tiempo a desarrollar un talento tan extraordinario?».
—La comprendo. Yo también he tenido dieciséis años. —Lady Miranda acarició
la mano de su hermana.
—Tengo diecisiete.
—Señorita Stalwood, por favor, diga que sí.
Amelia se agarró a la falda. Era imposible. ¿Cómo iba a ir?
—La necesito —dijo lady Miranda con las manos sobre el regazo y la mirada
suplicante.
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Amelia aceptó antes de pararse a pensar en ello. El nerviosismo le hacía
cosquillas en los dedos, obligándola a esconderlos en la falda para que no se notara
que estaba temblando. Ya no había vuelta atrás. Lo único que podía hacer era rezar
para que no se arrepintiera antes de que acabara la noche.
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Capítulo 5
— E n guardia.
La luz del sol se reflejaba sobre el delgado metal cuando Anthony
cortó su espada en dirección a Trent. El sudor le corría por la espalda y
hacía que su camisa blanca de batista se le adhiriera a la piel. Encontrar a un
compañero de esgrima tan compatible había sido una de las inesperadas ventajas de
hacerse amigo de la familia Hawthorne. Pasar el tiempo con aquel joven era
sorprendentemente agradable.
—¿Cómo va la caza de novias? —refunfuñó Trent.
Aunque fuera un imberbe insolente.
Anthony bloqueó la espada de Trent. No estaba dispuesto a permitir que su
oponente lo distrajera con meras palabras, a pesar de que la «caza» hasta ese
momento hubiese sido un auténtico fracaso.
—Deprimente.
Trent se rio mientras avanzaba como si estuviera bailando y clavaba su espada en
el vientre de Anthony.
—¿Nadie que te parezca atractiva? ¿Qué tal la joven de los Laramy? Todavía no
la conozco, pero todos dicen que su belleza es incomparable.
—Lo es. —Anthony levantó de un golpe la espada de Trent para forzarlo a
retroceder un paso—. La belleza no es problema, pero empiezo a plantearme que el
intelecto sí lo es.
Anthony resbaló de un pie, cayó hacia un lado y notó la punta roma de la espada
de su contrincante rozándole las costillas. Admitiendo la derrota, se quitó la máscara.
—Si la falta de ingenio de la aristocracia es equiparable a la cantidad de
aspirantes que hay este año para contraer matrimonio, este país está perdido.
—Lady Miranda y lady Georgina —anunció el mayordomo desde la puerta de la
terraza.
—Mejorando lo presente, por supuesto —murmuró Trent sonriendo.
Miranda arrugó la nariz al dirigirse a la terraza y señaló vagamente el cabello de
ambos.
—Tenéis un aspecto… repugnante.
Anthony se pasó una mano por los rizos desaliñados, incómodo por estar solo en
mangas de camisa. ¿Se había traído a la terraza el abrigo? La cara de Georgina era
más de admiración que de repugnancia.
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—Han estado haciendo un esfuerzo físico, Miranda. Una ocupación de lo más
caballerosa. ¿Sabías que Trent iba a estar aquí?
—¿Ves? —dijo Trent—. Inteligente.
—Por supuesto que lo sabía. —Miranda miró a su hermana de una manera que
hizo poner en duda la inteligencia de la joven—. No creo que yo hubiera venido si
Anthony hubiera estado solo en casa.
Anthony se volvió para guardar su equipo de esgrima. Sería mejor que las damas
no se dieran cuenta de que su discusión le provocaba risa. Tras recomponerse se
volvió de nuevo y les hizo una pequeña reverencia.
—Damas, discúlpenme si no las saludo como es debido. Voy, como bien han
observado, un poco desaliñado.
Trent hizo un gesto de desdén.
—No te preocupes por eso, solo son Miranda y Georgina. —Se dirigió a sus
hermanas—. ¿Qué hacéis aquí?
Miranda le dio la espalda a Trent mientras Georgina lo miraba como si le
estuviera lanzando puñales. Anthony se enervó al ver el rostro inexpresivo de
Miranda, que habitualmente era una mujer muy segura de sí misma. Ahora no lo
parecía.
—No sé qué tenías planeado para esta noche, pero me temo que tendrás que pedir
disculpas. Te necesito en la cena.
«¿Cena? ¿Quería que fuera a la cena?». Había creído que sería algo mucho más
doloroso y complicado. La verdad era que tomarse un respiro de tanto torbellino
social sería más que bienvenido. Hacía dos semanas había imaginado otra cosa, pero
había tenido que soportar presentaciones de lo más tediosas, conversaciones
aburridísimas y parejas de baile mediocres, por lo que sentía la tentación de volver a
desaparecer otros dos años, con o sin la esposa que estaba buscando. Una tranquila
cena con amigos inteligentes parecía más bien un favor que le hacía Miranda.
—¿Lo estás invitando a cenar? —La desesperación de Georgina se sumó a la
confusión de Anthony. ¿Desde cuándo no quería ella que se quedara a cenar?
—A no ser que Griffith regrese esta mañana, es necesaria la presencia de
Anthony. —Miranda dejó de mirar a su hermana para volverse hacia Anthony—. Es
de suma importancia.
Era evidente que se trataba de algo más que una mera comida, pero fuera lo que
fuese sabría gestionarlo. Miranda era lo más parecido a una hermana que tenía. Si
para ella era importante, podría soportarlo.
—Estoy a tu disposición, por supuesto, milady.
—Ojalá pudiera ir yo —suspiró Georgina.
Trent dejó su espada colgada, balanceándose, para unirse a la conversación.
—¿Puedo faltar yo también?
Miranda lo fulminó con la mirada.
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Anthony rio, agradecido de que Dios hubiera traído a esta familia tan unida a su
vida. De repente le entraron muchas ganas de que llegara ya la hora de la cena.
Amelia estaba frente a la misma casa, con el mismo vestido, por segunda vez ese día.
¿Volvería a meter la pata? Una cena era una situación mucho más complicada que un
té.
La brisa hizo crujir las hojas del parque que había detrás de ella, tentándola a
darse la vuelta y salir corriendo. No tardaría más de quince minutos en llegar a casa.
No era una opción viable. Si quería comer esa noche tendría que atravesar aquella
puerta y cenar con lady Miranda. La señora Harris se negaría a darle nada.
Vio el rostro de Gibson mirando por detrás de una cortina, así que ya no había
escapatoria. Si salía corriendo ahora todos los sirvientes de Londres lo sabrían por la
mañana. Caminó resolutiva hasta la puerta y llamó con los nudillos.
Gibson abrió con una amplia sonrisa que le ocupaba toda la cara delgada.
—Buenas noches, señorita. ¿Me da su abrigo?
Estaba tan contento que Amelia se animó y le devolvió la sonrisa. Le dio su
redingote y su sombrero, pero fue incapaz de decirles a sus pies que lo siguieran hasta
el salón.
Estaba aterrorizada.
—Hola —saludó alguien desde las escaleras. Amelia pegó un salto y se puso una
mano sobre el corazón, que se le iba a salir del pecho. Un hombre estaba cruzando el
recibidor. ¿Sería el duque? Sabía que era joven y guapo, pero ¿no era este hombre
demasiado joven?
El cabello rubio le quedaba como si llevara un pulcro sombrero, por encima de las
orejas y el cuello y casi rozándole las cejas. Había amabilidad en sus ojos verdes,
aunque parecía sentir curiosidad por Amelia, allí, de pie, a un metro de la puerta de
entrada. No cabía duda de que era un pariente de lady Miranda.
—¿Puedo ser increíblemente audaz y presentarme? Soy lord Trent Hawthorne. A
su servicio. —Tomó sus dedos lacios, y besó el aire justo por encima de sus nudillos.
Amelia se miró las manos como si no fueran suyas. Tenía que decir algo. Su
cerebro estaba intentando buscar las palabras adecuadas para presentarse también,
pero lo tenía más desconectado todavía que las manos. Era incapaz de mover los
labios. Los pulmones se le habían quedado sin aire.
Esta manía de no poder expresarse ante estas personas se estaba volviendo
extenuante. Si no conseguía que su cerebro y su lengua se comunicaran en los
próximos diez segundos, se marcharía.
Diez… Nueve…
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—No se preocupe. —Lord Trent puso la mano de ella sobre su brazo—. A
menudo provoco el efecto de hacer que se quede sin habla gente de lo más
encantadora. Las madres, por supuesto, viven en silencio con el miedo de que yo
acuda a un encuentro social y deje mudas a sus hijas. Los hombres, en cambio, me
ruegan que asista para poder disfrutar de una conversación sensata.
Ocho… Siete…
Amelia soltó una risilla tonta.
Seis… Cinco…
Finch estaba de pie en la puerta del salón, con los ojos abiertos como platos.
Cuando Trent y Amelia se aproximaron, miró hacia el interior de la habitación y
luego de nuevo a Amelia. ¿Estaba intentando comunicarse con ella?
Cuatro… Tres…
—Por desgracia, el otro invitado a la cena ha llegado ya, así que tendré que
compartir sus encantos esta noche. Mi hermana no tardará en bajar. Tenía un pequeño
problema con su vestido. Estoy seguro de que sabe de qué hablo.
Dos…
Las mejillas de Amelia se pusieron de un intenso color rosa. El hombre que tenía
al lado sabía perfectamente que su vestido no era apropiado para la ocasión. Su
flagrante ignorancia de ese hecho era vergonzosa y entrañable al mismo tiempo.
Uno…
Se le había agotado el tiempo. Inhaló profundamente al cruzar el umbral de la
puerta del salón, pero no ocurrió nada cuando sus ojos se detuvieron ante algo que le
resultaba demasiado familiar.
Los primeros en comprender lo que había visto fueron sus pies, que se detuvieron
en seco, haciendo que lord Trent tropezara. La siguiente en comprender fue su sangre,
que se le fue de la cara y la dejó helada y seguro que pálida como si estuviera muerta.
La sangre debió de decirle algo al corazón, porque se le empezó a acelerar hasta que
un rugido sordo le llegó a los oídos. Por fin, le salió la voz.
—Oh, santo Dios —susurró—. Usted.
Aquella no era la espectacular táctica conversacional que había pretendido
utilizar.
—Opino exactamente lo mismo —dijo el marqués.
Lord Trent miró a uno y otro invitado.
—¿Ya se conocen?
—No formalmente. Sin embargo, creo que a ella le gusta invadir mi propiedad.
—Sonrió lord Raeoburne.
—Ah. —Lord Trent evaluó visualmente a la mujer que llevaba del brazo—. Tu
retorcido plumero.
—Eso parece. —Lord Raeoburne relevó a lord Trent y tomó del brazo a Amelia
—. Por favor, tome asiento, querida. Está usted un poco pálida. Creo que me presenté
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la primera vez que nos encontramos, pero entiendo que lo haya podido olvidar. Soy
Anthony Pendleton, marqués de Raeoburne.
La sangre que había desaparecido del rostro de Amelia volvió de repente. Notaba
el calor en el cuello y en las mejillas y rezó para que no estuviera tan colorada como
creía.
—Señ… amelood.
Lord Trent y lord Raeoburne se inclinaron hacia delante.
—¿Disculpe? —preguntó lord Trent.
Amelia se aclaró la garganta y se puso derecha. Se concentró en un delicado
jarrón verde que había sobre la mesa, detrás de los hombres.
—Señorita Amelia Stalwood.
—Encantadísimo de conocerla, señorita Stalwood. —Tal afirmación vino
acompañada de una sonrisa que hizo que la cara de lord Raeoburne pareciera
interesante y atractiva.
—Lo mismo le digo, milord. —Amelia pensaba que sería imposible ponerse más
colorada, pero cuando lord Raeoburne le besó la mano, igual que un momento antes
había hecho lord Trent, notó que tenía la cara ardiendo.
—Lo pasé de maravilla en la fiesta de lady Galvine. Su hija es una auténtica joya.
Estoy seguro de que ella y lord Owen van a hacer una excelente pareja. —Anthony
subió las comisuras de la boca.
Los ojos de Amelia se iban abriendo más a medida que él hablaba. ¿Cabría la
posibilidad de que se le salieran?
—Yo… —Amelia luchaba por encontrarse la lengua.
Lady Miranda irrumpió en el salón respirando con dificultad. ¿Habría bajado las
escaleras corriendo?
—¡Señorita Stalwood ha llegado!
Los dos hombres que estaban en la habitación la miraron con extrañeza. Lord
Trent parecía estar divirtiéndose mucho, pero lord Raeoburne tenía más bien cara de
acusador.
Que lady Miranda apareciera hizo que Amelia se sintiera mejor. Aún consternada
por la inesperada coincidencia, pero mejor. Respiró hondo, se puso de pie y decidió
dejar una mejor impresión en aquellas personas.
—Lady Miranda, ha de disculparme. —Tragó saliva—. Lamento tener que
despedirme de ustedes. Verá, yo estaba… Es decir, ya he tratado a su otro invitado,
por así decirlo, y me temo que mi comportamiento en aquel momento no favoreció
precisamente que alguien quiera conocerme.
Amelia dejó de observar a lady Miranda, que estaba con los ojos muy abiertos,
atónita, y miró al marqués.
—Milord, por favor, no le guarde rencor a lady Miranda. Le he hecho un pequeño
favor y ha intentado devolvérmelo. Si le sirve de algo, le pido disculpas por haberme
entrometido en su vida privada. No volverá a ocurrir.
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Contempló a todos los que estaban en la habitación: tenían aspecto de haber
comido algo desagradable. Estaba pasando por delante de lord Trent para escaparse
cuando los tres aristócratas estallaron en carcajadas.
—Lo sé, señorita Stalwood. —Lady Miranda tomó una bocanada de aire—. O tal
vez debería decir que lo sospechaba. Por favor, quédese a cenar. Nadie está enfadado
con usted por que haya limpiado el polvo de una biblioteca con tal de ayudar a una
criada enferma. Tal vez nos sintamos confundidos, pero no enfadados, en absoluto.
Amelia parpadeó y miró a uno y después a otro. Estaban sonriendo. No eran
sonrisas disimuladas, groseras, sino sonrisas sinceras, de auténtica diversión. La de
lord Raeoburne iba acompañada de un brillo maquiavélico en los ojos. ¿Estaría
acordándose de su segundo encuentro?
Parecía ser que tenía que humillarse del todo. Suspiró.
—No es del polvo de lo que me avergüenzo, milady. —Ni siquiera ella oía bien
su propia voz—. Regresé al día siguiente y (no hay forma de decirlo educadamente)
espié a su excelencia en un momento de intimidad y su ayudante de cámara me cazó.
Todo es terriblemente vergonzoso y…
Amelia tuvo que volver a callarse al ver que lord Trent y lady Miranda miraban a
lord Raeoburne y volvían a estallar en carcajadas.
El marqués siguió examinando perplejo a Amelia.
—No es exactamente lo que parece. Estaba en el jardín leyendo todas las
invitaciones.
¿Eso no era lo mismo que había dicho ella? Tal vez no con tanto detalle, pero…
Amelia cerró los ojos, mortificada al darse cuenta de que sus palabras habían
dado a entender que lo había espiado en una situación mucho más íntima. Tenía que
irse.
Con la cabeza agachada, se dirigió a la puerta sin dejar de mirar las vetas del
suelo de mármol. Unos zapatos perfectamente abrillantados aparecieron ante sus ojos,
lo que la obligó a detenerse o a chocar contra el pecho de lord Raeoburne.
Otra vez.
Se detuvo.
—Por favor —dijo él suavemente—, no se marche.
Con un dedo le levantó la barbilla y la obligó a mirarlo.
—Quédese y cene con nosotros esta noche. Tendremos la oportunidad de empezar
de cero.
Amelia indagó en sus hermosos ojos azules y solo encontró amabilidad y
sinceridad.
—Muy bien. —Aquella absolución tácita la alivió y le permitió curvar los labios
ligeramente hacia arriba—. Me quedaré.
El marqués le ofreció el brazo. Ella vaciló un poco y le otorgó una mano con la
esperanza de que no existiera una forma correcta o incorrecta de hacerlo. El abrigo de
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él emanaba calor y sintió una especie de emocionante espiral subiéndole por el brazo
hasta los pulmones.
Al pasar ambos por el pasillo principal para entrar en el comedor, Amelia vio a
Finch, a Gibson, a dos criadas y a la sirvienta de Miranda acurrucados detrás de una
enorme planta en un rincón del recibidor, con enormes sonrisas en sus rostros. Una de
las doncellas la saludó.
Se tranquilizó al ver que sus amigos la apoyaban. Estaba segura de que al final de
la cena la poca dignidad que le quedaba permanecería intacta.
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Capítulo 6
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convencido por completo de que tenía que casarse este año. Londres lo tentaba
mucho más a regresar a su antigua vida.
¿Era eso lo que le atraía de Amelia? Ella encarnaba la sencillez que añoraba, la de
la vida en el campo. Allí había aprendido a ser otra persona, no solo el jugador de
naipes, el que bebía, el que iba con mujeres. Tal vez ella no fuera la elegida para
pasar el resto de sus vidas juntos, pero no se le ocurría que pudiera haber ninguna otra
mujer que le apeteciera conocer.
Esbozó una sonrisa cuando vio a Amelia haciendo girar la cuchara en su sopa de
tortuga. Era obvio que no le gustaba, pero seguía intentando tragársela poquito a
poco. El lacayo retiró los cuencos sin que hubiera podido comerse ni la mitad.
—¿Anthony? —Miranda no se molestó en ocultar lo bien que se lo estaba
pasando cuando trató de captar su atención. El marqués se limpió las comisuras de la
boca con la servilleta y levantó las cejas a modo de respuesta—. La señorita Stalwood
ha hablado de ir a la iglesia de St. George en Hanover Square. Te preguntaba si tenías
intención de tomar asiento allí.
¿Amelia había hablado? ¿Y se lo había perdido?
Se aclaró la garganta.
—Griffith me ha invitado a compartir el banco de su familia en la capilla de
Grosvenor. No veo por qué razón habría de alquilar un asiento si no tengo con quién
compartirlo.
Miranda miró rápidamente a Amelia y a Trent, a quien le temblaba la garganta
porque estaba intentando ahogar una carcajada. Anthony volvió a mirar a Amelia, su
panorama favorito aquella noche. «¿Estaría Miranda insinuando que Amelia debería
compartir su asiento o…?». Anthony también ahogó una risita.
La pobre mujer estaba intentando meter trocitos del pudin de pan picante en su
servilleta. Detrás de ella el lacayo tenía ya preparada otra limpia, esperando el
momento oportuno para cambiarlas. Anthony se pellizcó a sí mismo para evitar soltar
una sonora carcajada.
Se obligó a prestar más atención a la conversación que estaba teniendo lugar.
Pasarse la noche mirando a Amelia no la ayudaría a ella a relajarse ni a él le
permitiría conocerla mejor.
—Trent, ¿qué planes tienes ahora que has terminado los estudios? —Tal vez
mencionar el futuro del joven haría que acabaran hablando del de Amelia. Anthony
no se atrevía a hacerle preguntas personales directamente a ella viendo que estaba tan
incómoda.
La respuesta de Trent fue vaga, no comprometedora. A continuación demostró
que no compartía la aversión de Anthony por preguntar a la nueva amiga de Miranda.
—¿Creció usted en Londres?
—No. Viví en Suffolk hasta los once años. —Amelia se calló un momento
enrollándose la servilleta limpia en los dedos.
Miranda encogió los ojos.
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—¿Cómo no nos hemos visto antes? ¿No dijiste que tu tutor es un vizconde?
Seguramente no hayas asistido a ninguna temporada antes de la primera mía. Debías
de ser una niña.
Las mejillas de Amelia se cubrieron de un color rosa brillante que fue tornando a
rojo a medida que iba mirando a los comensales.
—No estoy segura de que el vizconde recuerde haberme enviado a Londres. Fue
hace casi diez años.
Anthony se atragantó solo de pensarlo. «¿Cómo podía un hombre adulto, con un
título y una responsabilidad, prácticamente echar a una niña pequeña?».
Se clavó las uñas en las palmas de las manos y miró hacia abajo, sorprendido al
ver que las tenía debajo de la mesa, cerradas como puños. Llevaba dos años sin
desear darle un puñetazo a alguien. Aquella desagradable sensación no le gustaba.
Casi no conocía a esta mujer y ya quería vengarse por las penalidades de su infancia.
Todos se quedaron callados. Miranda cambió de lado la cuchara, que estaba sobre
su cuenco vacío. Trent se aclaró la garganta y vio que tenía unas uñas absolutamente
fascinantes.
La mirada de Amelia pasaba de un comensal a otro. La pobre debía de estar
entrando en pánico creyendo que podría haber dicho algo completamente fuera de
lugar otra vez. Él no podía hacer retroceder el tiempo y cambiar que cuando era niña
la abandonaran, pero sí podía rescatarla de su inoportuna incomodidad en ese
momento.
—Trent, ¿has oído hablar del nuevo sastre que ha abierto un taller justo detrás del
de White? Es un excelente profesional. Ha conseguido que Struthers parezca estar en
forma.
La pequeña sonrisa de alivio que vio en la cara de Amelia era la única respuesta
que necesitaba.
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—¡Oh! —Un paseo con Anthony sería considerablemente mejor que tener que ir
caminando a casa. Miró encantada a Gibson al ver que él asentía levemente, de forma
casi imperceptible—. Me encantaría, gracias.
—Excelente. —Anthony la condujo al carruaje, que estaba esperando, con una
pequeña sonrisa adornando sus bellos rasgos.
El tipo de sonrisa que la gente luce sin ser consciente.
Las señoras de alcurnia con las que alternaba probablemente no le daban ninguna
importancia a que un caballero encantador y guapo las ayudara a subir a un carruaje.
Para la huérfana de un terrateniente era un poco abrumador.
Amelia se puso todavía más nerviosa cuando Anthony tomó asiento enfrente. Ella
iba jugueteando con la correa de su retículo mientras viajaban.
—Gracias. —No había tenido intención de pronunciar aquellas palabras de
gratitud, pero eran lo único en lo que podía pensar y salieron de su boca sin que
pudiera controlarlas.
Pasaron unos momentos hasta que Anthony habló.
—No hay por qué darlas, por supuesto, pero normalmente me gusta saber por qué
una dama me da las gracias.
Amelia ahogó un gemido. Parecía tonta de remate. Siguió agarrando la correa del
retículo y retorciéndola.
—Estoy segura de que soy la última persona con la que usted esperaba cenar esta
noche. Podría haber sido una experiencia humillante, pero se ha comportado de una
forma muy amable. Gracias.
Anthony miró los dedos de ella. No sabía si, bajo la débil luz de una farola, podría
apreciar su hábito nervioso. Al bajar la mirada la luz de la luna le permitió ver que
tenía la sangre comprimida en los dedos por culpa de la correa, que agarraba con
fuerza.
Amelia se había olvidado de ponerse los guantes después de cenar. Su último
intento de parecer un poco sofisticada se había desvanecido como un suspiro. Él se
aclaró la garganta, se incorporó y se sentó junto a ella quitándose los guantes. El
corazón de Amelia se aceleró. «¿En qué estaría pensando aquel hombre?».
—Tenga cuidado. —Anthony tomó las manos de ella de forma delicada—. Va a
hacerse daño.
Ambas pieles se tocaron. La de él era cálida y áspera. Con sumo tacto, le fue
desenredando la correa, teniendo especial cuidado cuando iban apareciendo las
profundas marcas rojas. Le masajeó las manos para que recuperaran la sensibilidad.
—Los encuentros inesperados pueden acabar convirtiéndose en una gran amistad.
No es mi intención incomodarla, pero he de confesar que siento curiosidad por
conocer qué relación tiene con mis criados.
La sonrisa que él le dedicó le recordó a la de un niño pequeño que intentara
convencer a la cocinera para que le diera otra galleta. Y al mismo tiempo el hecho de
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que estuviera sujetando sus manos le parecía un sorprendente gesto íntimo que jamás
había experimentado en su vida. Tenía la cabeza hecha un lío.
Las cejas del marqués se alzaron inquisitivas. Seguía queriendo saber qué
relación tenía con su servidumbre.
—Una de sus criadas es sobrina del cocinero que vive al lado. Jugábamos juntas
de pequeñas. Gracias a ella conocí a otros miembros de su servicio, y desde entonces
hemos sido amigos, aunque es raro que podamos vernos todos. —Se sintió
mortificada—. No quiero decir que usted no les esté dejando suficiente tiempo libre.
Anthony tosió y se frotó la barbilla con la mano. Amelia deslizó su mano libre
por los pliegues de su falda. Él seguramente desaprobaba que ella tuviera relación
con sus criados. ¿Tal vez temía que alterara su hogar?
—Jamás le pediría que adaptara los horarios de su vivienda a mi conveniencia. —
Él tosió y casi escupió—. Sería una grosería. —Se desplomó en el asiento, con la voz
convertida más bien en un murmullo.
Él soltó una repentina carcajada que hizo retumbar todo el carruaje.
—Señorita Stalwood, sin duda es usted una de las mujeres más extrañas de
Londres.
¿Eso sería bueno o malo?
Las carcajadas fueron sosegándose hasta convertirse en una gran sonrisa. ¿En qué
estaría él pensando? Amelia empezó a agarrar otra vez la correa de su retículo.
Anthony la tomó de las manos una vez más.
—Algo tenemos que hacer con respecto a esta tendencia nerviosa suya de hacerse
torniquetes en los dedos. —Acarició los nudillos de Amelia con el pulgar mientras
ella bajaba la cabeza. Tenía las manos grandes y cálidas, y envolvía las suyas de una
manera que la hacía sentirse cuidada. Con gusto se pasaría la noche entera en este
carruaje si él seguía tomándola de las manos.
Él se agachó y ella, con gesto abatido, pudo verle la cara.
—Nunca he conocido a los amigos de mis sirvientes. Posiblemente porque la
mayor parte de las veces también son sirvientes. Nunca he conocido a nadie, noble o
aristócrata, que se sepa los nombres de los criados de otra persona.
—No soy más que la hija de un caballero —susurró Amelia.
—Su hogar está en Londres. Debe de tener relación con alguien importante.
Ambos se miraron durante un momento.
¿Por qué él se comportaba como si estuviera fascinado con lo que veía? Amelia
miró sus manos entrelazadas.
Todo el mundo sabía que la nobleza aprovechaba los carruajes cerrados para
robar uno o dos besos a alguien a quien se deseara cortejar. Esto no tenía nada de
cortejo, pero se sentía tan expectante, casi sin aliento, y tan emocionada como
seguramente esas otras mujeres. El balanceo del carruaje y la calidez de sus manos la
arrullaron y fantaseó con que él le pedía que le diera un beso susurrándoselo al oído,
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como en Mucho ruido y pocas nueces, la única obra de teatro de Shakespeare que la
señorita Ryan había logrado que leyera.
—Hubo un tiempo, no hace mucho, en el que habría aprovechado este momento
para besarla.
Amelia se dio de bruces con la realidad al oír aquello. Siempre procuraba que sus
cavilaciones se quedaran solo en eso, pero ¿habría dicho algo en voz alta esta vez?
—Créame —continuó Anthony—, se encuentra a salvo. Ahora soy otro hombre.
—Le dio un último apretón en las manos y se las soltó para volver a sentarse enfrente
de ella.
Sintió escozor en los ojos. No podía llorar, no ahora. Sobre todo si no había razón
para hacerlo. Este hombre no le había prometido nada, ni siquiera le había insinuado
nada. Había sido muy amable con ella toda la noche. Sí, a ella se le había pasado por
la imaginación durante la cena la posibilidad de que él la considerara como su
probable esposa, pero no pensando que se convirtiera en realidad.
Tal vez la idea de que él la viera como una agradable aventura antes de decidirse
a buscar esposa había sido la razón de que le entraran ganas de llorar. En realidad era
otra señal de que ella no encajaba en ninguna parte.
El carruaje se detuvo. Cuando el lacayo saltó al suelo para abrir la puerta se oyó
un leve rasguño que a ella le pareció un disparo dentro de los silenciosos confines del
carruaje de caballos.
Anthony se reclinó en su asiento y frunció ligeramente el ceño.
—No le he preguntado dónde vive.
Amelia se abalanzó hacia la puerta tan pronto como se abrió. Saltó a tierra antes
de volverse para mirarlo.
—También soy amiga de su cochero. Y de su cocinera. Hace unas galletas de
jengibre deliciosas. —Sonrió—. Buenas noches, milord. —Miró al cochero, lo saludó
con la mano y se dirigió a las escaleras—. Buenas noches, James.
—Buenas noches, señorita Amelia.
El sendero que conducía a la puerta de su casa jamás le había parecido tan
empinado. Quería volverse y dedicarle una última mirada al marqués para guardarse
otro recuerdo con el que fantasear, pero las lágrimas le recorrieron las mejillas
durante todo el camino.
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Capítulo 7
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—Por supuesto. —El mayordomo entregó a Amelia su capa y retículo y ella alzó
la mano en dirección al salón, donde había tres sonrientes sirvientes saludándola.
Iban algo apretados en el carruaje, tres damas a un lado y los hombres al otro,
pero todos estuvieron de acuerdo en que mejor eso que tener que utilizar un segundo
carruaje. El poco tiempo que tardaron en llegar a la ópera lo dedicaron a presentar a
Amelia a la tía de Trent y Miranda, lady Elizabeth Breckton.
Anthony se quedó maravillado al ver la cara de asombro de Amelia. Todavía no
había empezado la ópera —de hecho, estaban todavía tomando asiento— y ella ya
parecía estar eufórica.
Miranda tomó el brazo de Amelia al entrar en el palco privado.
—Señorita Stalwood tome asiento en la primera fila. No debería perderse ni un
momento de su primera ópera.
Mientras Amelia se acomodaba en su asiento delante de la barandilla, Trent pasó
por delante de Anthony con la intención de sentarse al lado de ella. Alguien,
educadamente, le puso una pesada mano sobre el hombro. Anthony se quedó
sorprendido al darse cuenta de que había sido él, a pesar de no recordar haber movido
la mano.
Trent se volvió hacia él con una enorme sonrisa.
—¿Sí, Anthony? —Era la viva imagen de la inocencia. Pero Anthony era un zorro
viejo.
Trent, el repulsivo imberbe, se estaba burlando de él. Anthony intentó recuperar
la dignidad.
—Creo, teniendo en cuenta que el palco es mío, que tengo prerrogativa para
ocupar el otro asiento delantero.
—Puestos a hacer las cosas correctamente, es Miranda la que debe ocupar ese
asiento —dijo lady Elizabeth dando golpecitos con el abanico a Anthony en el
hombro antes de sentarse en la fila posterior con una sonrisa indulgente en la cara—.
Yo ya he visto el espectáculo, así que estaré muy contenta de sentarme aquí, desde
donde me aseguraré de que todos ustedes se comportan como es debido.
Anthony suspiró, dejó de mirar el asiento vacante y vio la cara sonriente de
Miranda. A veces era un fastidio ser un caballero. Se inclinó y señaló la zona
delantera del palco.
—Por favor, milady, su sillón le espera.
—Gracias, milord. —Miranda se sentó junto a Amelia, que estaba sonriendo
como una boba.
Amelia empezó a hablar de los vestidos tan elegantes que llevaban las damas de
los demás palcos y del extravagante decorado que había sobre el escenario.
Anthony se sentó en la fila de detrás de las dos jóvenes. Hizo un gancho con el
pie en una de las patas de la silla para colocarla en ángulo, pues sabía que le resultaría
mucho más placentero ver a Amelia mirando la ópera que disfrutar de la
representación en sí.
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La ópera comenzó y todo el palco permaneció en silencio mientras transcurría la
historia. La titilante luz de las velas era suficiente para que Anthony viera las
emociones que Amelia reflejaba en su rostro. Aquel era el mejor espectáculo de la
ciudad.
En el intermedio Miranda dijo que estaba completamente sedienta y llevó a
rastras a Trent y a lady Breckton a buscar un refrigerio. Anthony se pasó al asiento
vacío de Miranda.
—Qué maravilla —susurró Amelia—. ¿Qué idioma emplean?
Anthony subió las cejas.
—Francés.
A veces era difícil recordar que Amelia no había recibido una educación
convencional. Todas las mujeres que conocía tenían como mínimo una aceptable
noción del francés.
—No sé francés, pero no creo que importe. La historia es muy triste.
Pensó en el perfil de Amelia y sopesó cómo proceder. Contarle que la historia
mejoraba podría aguarle la fiesta. Ella se volvió y él notó que se sumergía en sus
brillantes ojos marrones. ¿Tenía Amelia ganas de llorar?
—Ella no muere, ¿verdad?
¿Cuándo había sido la última vez que una conocida se había emocionado tanto
con algo, por no decir con un simple espectáculo?
—Tiene un final feliz. —No pudo resistir la tentación de colocarle detrás de la
oreja un rizo que se le había escapado.
Amelia abrió mucho los ojos. Él notó cómo le latía el corazón y se le expandía el
pecho al inhalar. ¿En qué estaría pensando? Buscó en sus ojos cualquier atisbo de
interés. Algo en su expresión que delatara que tal vez, solo tal vez, ella quería saber
de él igual que él quería saber de ella.
—Señorita Stalwood, yo…
—Ya estamos aquí. Olvidé preguntarte si también tenías sed, Amelia, así que te
he traído un vaso de limonada. —Por su forma de hablar y sus modales al regresar al
palco, Miranda parecía estar muy contenta.
Anthony suspiró y miró el teatro de la ópera. ¿Qué había estado a punto de
pronunciar? Las palabras se habían ido formando en su boca, pero no en su cabeza.
Quizá debería estar agradecido por que Miranda lo interrumpiera, pero lamentó tener
que volver a cederle el asiento.
Amelia jamás había contemplado algo parecido a la multitud que se había agolpado a
la puerta del teatro al terminar el espectáculo. Era impresionante ver a todos de aquí
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para allá, hablando entre ellos como si estuvieran en una fiesta, llamándose y
formando estrépito, ajenos a los carruajes que hacían cola para llevárselos.
Al subirse al coche de caballos, Amelia oyó que varias personas reclamaban a
Anthony. Una dama agarró a lady Miranda por un brazo.
Lord Trent se subió a continuación y se puso a esperar como si fuera la cosa más
natural del mundo. Ella trató de imitar su despreocupación.
—El aire de esta noche es un poco fresco. ¿Su capa abriga lo suficiente? —
preguntó lord Trent.
—Oh, sí. —Amelia estaba tan aturdida con los acontecimientos de aquella noche
que si los dedos de los pies se le hubieran puesto azules de frío ni se habría percatado
—. Espero que por culpa de eso no se le complique el catarro. ¿Está ya recuperado
del todo?
—Sí, bastante, yo… —Lord Trent frunció el ceño—. ¿Cómo sabe que he estado
enfermo? Lo estuve hace semanas, cuando llegué a Londres.
—Oh, pues, creo que Fi… alguien debió mencionárselo a mi criada, Lydia. Ni
siquiera he pensado en ello hasta ahora mismo. —Amelia agarró los bordes de su
capa e intentó sonreír. El esfuerzo le pareció poco natural en el mejor de los casos.
¿Cómo se le puede decir a alguien que ha sido motivo de cotilleo sin que parezca una
terrible violación de su intimidad?
Lord Trent parecía pensativo.
—Ese «alguien» sería un criado, supongo.
—Sí, milord. —Amelia tragó saliva.
Él soltó una carcajada.
—¿Ocurren estas cosas a menudo? ¿Que los sirvientes hablen de nuestra salud y
cosas por el estilo?
—Los sirvientes chismorrean más que cualquier miembro de la nobleza. —
Amelia hizo una mueca de dolor al darse cuenta de lo mal que sonaba aquello, pero
era la pura verdad.
Lord Trent parecía escéptico.
—¡Es cierto! —Amelia se defendió—. Los chismes de la alta alcurnia son pura
especulación, por lo que entiendo. Alguien puede ver u oír algo y ellos conjeturan y
presuponen. ¿Alguna vez saben algo con certeza?
—Rara vez —admitió lord Trent.
—Los sirvientes «saben», milord. Lo ven y oyen todo y les gusta hablar de ello.
Él volvió a ponerse pensativo cuando los demás por fin subieron al carruaje e
hicieron el camino de vuelta cruzando Londres.
—Ha sido espléndido, lady Miranda. Gracias por invitarme —dijo Amelia.
—No recuerdo cuándo fue la última vez que me divertí tanto. Es de lo más
agradable ver las cosas con la mirada de una persona nueva. —Lady Miranda se
acercó y tomó a Amelia de las manos—. Tienes que llamarme Miranda. Creo que
vamos a ser grandes amigas.
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—Entonces yo seré Amelia. —Bajo su capa, Amelia se pellizcó.
—Tengo intención de que vengas con nosotros al baile de los Hofferham la
próxima semana, Amelia. ¿Estás disponible el jueves?
Amelia se mordió el labio. La cuestión era si sería capaz de conseguir un vestido
apropiado de aquí a entonces. El vestido que Miranda le había enviado era
encantador, pero no resultaba adecuado para un baile.
—No tengo otros compromisos. —Amelia se lastimó los dos dedos y los mantuvo
apretados para no gritar de felicidad por la ventana. Sin duda, la señorita Ryan la
obligaría a estar en la puerta de la modista a primera hora de la mañana.
—¿Significa esto que tengo que ir al baile de los Hofferham el próximo jueves?
—refunfuñó lord Trent.
—Desde luego. —Miranda resopló y se cruzó de brazos—. ¿Quién si no va a
acompañarme?
—Anthony irá. ¿Puede acompañarte él?
Miranda frunció el ceño.
—Anthony no es pariente, so bobo. Además, ¿cómo sabes que Anthony va a
asistir?
Lord Trent sonrió abiertamente.
—Si no pensaba hacerlo, ahora seguro que sí.
Anthony abrió la boca, pero volvió a cerrarla enseguida y se encogió tímidamente
de hombros.
—No obstante, Trent, nos acompañarás a Amelia y a mí —dijo Miranda haciendo
un guiño decisivo—. Así que resígnate.
Amelia, que iba contemplando Londres por la ventana, sonrió.
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Capítulo 8
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vendría aquí. Iría a… ¡Señorita Stalwood!
Amelia estaba saliendo de una tienda de sombreros con una sombrerera rosa entre
las manos. Una mujer alta con un moño subido muy estirado iba detrás de su
cautivador ángel moreno. Qué asombrosa casualidad.
Miró por encima del hombro a James y vio que el hombre seguía ensimismado en
el tráfico. Aquello de casualidad no tenía nada. Parecía que su cochero se merecía
una pequeña gratificación.
—Milord, no esperaba encontrarlo aquí. —Amelia se dirigió a él con cara de
sorpresa. Tenía las cuerdas de la sombrerera entrelazadas en los dedos.
—He de reconocer que no esperaba venir. —Se inclinó para saludarla y miró a la
otra mujer.
Amelia sacudió un brazo como intentando indicarle algo con un gesto a la mujer
que iba con ella, pero no pudo porque tenía las manos liadas en las cuerdas. Si
continuaba haciendo eso se le iban a acabar cayendo los dedos.
—Lord Raeoburne, esta es la señorita Ryan, mi doncella de compañía.
La mujer sonrió a Anthony. Él jamás había tenido la desgracia de presenciar un
resoplido tan falso como el que aquella mujer emitió a continuación.
—Oh, vaya, creo que… he olvidado algo en la tienda.
Le gustó aquella mujer, incluso con sus falsos resoplidos. Volvió a prestarle
atención a Amelia y al enrevesado lío que tenía formado con las cuerdas. Un paso le
bastó para acercarse a ella y liberarle los dedos. Sus desgastados guantes se habían
arrugado.
—El placer es mío, señorita Stalwood. ¿Sombrero nuevo?
—Pues… sí. Me he comprado algunos vestidos últimamente y ninguno de mis
sombreros quedaban bien con la pelliza nueva…, pero no creo que esto le interese,
¿no es cierto?
«Pues la verdad es que no».
—Por supuesto. Me parece de lo más interesante. ¿Tiene que comprar algo más?
—Pues no. Pero también me gusta dar una vuelta y mirar aunque no vaya a
adquirir nada en particular. —Lo miró a los ojos. Esta mujer estaba empezando a
conseguir la suficiente confianza como para observarlo directamente y no
ruborizarse. No pensaba permitir que volviera a encerrarse en sí misma.
—¿Conoce Gunter? —El famoso salón de té sería perfecto. La tarde era calurosa
y a nadie le parecería raro que tomaran un helado en uno de los sitios más populares
sin llevar carabina.
—¡Me encanta Gunter! Me gusta sobre todo el helado de chocolate. Ya sé que no
soy muy original, pero es lo que siempre acabo pidiéndome. —Sonrió más.
—Insisto en invitarla a uno, entonces. Les diré a mis sirvientes que quiten la
capota de…
La risita contenida de Amelia impidió que pudiera terminar de pronunciar la
frase. Una simple mirada por encima del hombro bastó para comprobar que los
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criados ya se habían encargado de transformar el carruaje en un descapotable. Sí,
definitivamente se merecían una gratificación.
—¿Vamos a Gunter, entonces?
—Oh, sí. —Amelia miró primero su sombrerera y luego la tienda que tenía
detrás. La señorita Ryan salió sin nada en las manos, lo cual no sorprendió a Anthony
en absoluto.
—Yo te llevaré esto a casa —dijo quitándole la sombrerera a Amelia con
habilidad—. ¿Iréis a Gunter?
Anthony intentó aparentar que estaba serio cuando captó la atención de su
cochero, pero lo cierto era que aquel ceño fruncido era más bien señal de que estaba
sonriendo. Lo estaban manipulando, pero no podía hacer nada al respecto. Lo mismo
debería contratar a este grupo de sirvientes tan creativo para que lo ayudaran más. Si
eran capaces de conseguir todo esto ellos solos, con su cooperación podrían mejorar
bastante.
—Sí. —Amelia se quedó estupefacta al ver a la señorita Ryan hacer un pequeño
saludo y salir trotando con la sombrerera bien agarrada hacia un hombre alto, con la
peluca torcida. Puso cara de asombro—. ¿Fenton?
Anthony le ofreció una mano para ayudarla a subir al carruaje.
—¿Milady?
Amelia dejó de mirar a la sirvienta, que se retiraba, y le dedicó una sonrisa
irónica.
—No soy una lady.
«No. Pero podría serlo». Anthony sonrió.
—Lo sé.
Le dio una palmadita en la espalda al cochero al subirse al asiento de enfrente de
Amelia.
—A Gunter, James. A no ser que tengas preparada otra sorpresa para mí.
—Tengo entendido que han traído un nuevo sabor, milord. Una fruta del bosque
que le encanta a la señorita Amelia. —El cochero continuó conduciendo entre el
tráfico.
Anthony no podía parar de sonreír. Definitivamente, aquel hombre se merecía un
aumento de sueldo.
Anthony miró la Biblia que había abierta sobre su escritorio. Desde que regresara a
Londres le había sido difícil seguir con su costumbre de leerla por las mañanas. Los
horarios distintos y las distracciones, que cada vez eran más, le recordaban cómo era
su vida de antes. Aquello le hacía pensar que no era merecedor de las Sagradas
Escrituras.
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Se sentía tan lleno de energía que le resultaba imposible permanecer sentado. Se
levantó con prisas y buscó los dardos que utilizaba cuando necesitaba pensar.
Tocó con el pulgar la punta de uno de los dardos. ¿Qué significaba Londres para
él? Le dio la vuelta al dardo y lo lanzó a la diana.
—Bebida. —¡Clac!
—Jolgorio. —¡Clac!
—Mujeres. —Boing. Clonch. ¡Paf!
Anthony se quedó mirando el tercer dardo, que seguía girando en el suelo. Ese era
el quid de la cuestión.
Dejar la bebida había sido más fácil de lo que había pensado, aunque se estaba
dando cuenta de que muchos de sus antiguos amigos eran bastante menos divertidos
de lo que antes había creído.
El jolgorio londinense seguía vivo y le gustaba. Una buena partida de naipes o
una conversación en el club, tanta gente en los encuentros sociales… Todas eran
cosas de las que había disfrutado antes y en las que había vuelto a encontrar placer.
El problema eran las mujeres. O más bien una sola mujer. Su encaprichamiento
por una dama tan dulce y pura como Amelia no tenía nada que ver con sus anteriores
pecados veniales. Pero por mucho que rezara o leyera la Biblia su pasado no iba a
cambiar. Incluso si Dios no lo hacía responsable ya de ello, Anthony no veía cómo
ella no podría.
Amelia era un rayo de sol cada vez que la veía. Lo distraía de sus preocupaciones
y le alegraba el día.
Mientras disfrutaban de sus helados en Gunter ella le había confesado que no
había leído mucho, pero que se deleitaba con relatos sobre otras tierras y sobre viajes
históricos, porque le hacían volar la imaginación, pensar que estaba en alguna otra
parte, lejos de Inglaterra. Anthony sonrió al recordar que se ruborizó y agachó la
cabeza hasta que casi se tocó el hombro con la nariz.
Las doradas letras del lomo de un ejemplar de Los viajes de Gulliver le llamaron
la atención. De niño le había gustado aquel libro. Después de que su institutriz se lo
leyera se pasó todo un año imaginándose que los liliputienses vivían debajo de su
cama. Se acercó y sacó el libro de la estantería. Era un pretexto tan bueno como
cualquier otro.
Con la mano que le quedaba libre se agachó y recogió el dardo rebelde. Se
incorporó y sopesó el libro que tenía en la mano. Sin apenas mirar, lanzó el dardo. La
cola tembló al hacer diana.
Giró los hombros con una sonrisa de satisfacción en la cara. No era fácil meter a
la fuerza una nueva vida en el mismo lugar en el que había prosperado la antigua.
Estaba deseando encontrar esposa y volver al campo, donde todo era mucho más
sencillo. Si prestar un libro lo iba a acercar un poco más a ese objetivo, de buena gana
se llevaría toda la biblioteca.
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Amelia y la señorita Ryan dieron un traspié. Otro. Amelia soltó una risita nerviosa y
la señorita Ryan frunció el ceño. Habían retirado la mayoría de los muebles del salón
y estaban intentando bailar. Los esfuerzos de la señorita Ryan por recordar los pasos
de baile que su amiga le había enseñado eran admirables, pero Amelia sabía que
jamás adquiriría suficiente seguridad como para danzar en un salón de baile
londinense.
A pesar de eso, le encantaba que la señorita Ryan lo intentara.
—Creo que ahora el caballero y tú colocáis las manos en uno en los hombros del
otro. —Amelia y su institutriz intentaron hacerlo, pero no tuvieron éxito.
—Esto no va a salir bien —murmuró la señorita Ryan.
Amelia soltó una carcajada.
—No creo que importe si sé o no cómo se baila un vals. Dudo de que vaya a
bailar. Tener la experiencia de ir a un salón de baile londinense será más que
suficiente.
—¡Tonterías! —gritó la institutriz—. Escúchame, jovencita. Te he visto con el
vestido nuevo y sé que algún caballero va a pedirte que bailes con él. Esos dos
jóvenes lores que han estado acompañándote por la ciudad te lo van a solicitar
seguro. Volvamos a intentarlo.
Como eso hacía feliz a la señorita Ryan, Amelia volvió a ponerse en el centro de
la «pista».
—Tal vez yo pueda servir de ayuda —tanteó una profunda voz masculina desde la
puerta.
Amelia se dio la vuelta y se encontró con Anthony, sonriente, que estaba
entregándole su sombrero a Fenton. Llevaba un libro debajo del brazo.
Notó que el cuello se le ponía rojo y rezó para que no se le subiera a las mejillas.
Siempre se ruborizaba delante de este caballero.
—Estamos aprendiendo a bailar el vals —dijo tan bajito que no estaba segura de
que la hubiera oído.
—Parece bastante complicado cuando ninguna de las dos sabe exactamente cómo
es —dijo la señorita Ryan, que le cedió su sitio en el improvisado salón de baile.
—Qué suerte que yo haya llegado, entonces. —Anthony no dejaba de mirar a
Amelia. La expectación de verse en sus brazos hizo que se le pusiera la carne de
gallina. Incluso cuando soñaba con que él la sacaba a bailar, jamás bailaban un vals.
Le tendió el libro.
—¿Has leído Los viajes de Gulliver?
Amelia sacudió la cabeza y extendió una mano para aceptar el volumen.
—Estoy segura de que será un libro delicioso.
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La señorita Ryan se acercó, recogió el libro y se dirigió al sofá que había junto a
la chimenea. Fenton, que seguía en la puerta, le guiñó un ojo.
Anthony tomó las manos de Amelia.
—Usted coloca una mano sobre mi hombro —lo dijo bajito, lo que hizo que
Amelia tuviera que acercarse para oírlo—. Yo coloco la mía sobre su espalda y
sostengo su mano derecha.
Amelia miró sus manos juntas. ¿Cuánto hacía que no estaba en brazos de un
hombre? Fenton jamás había sido muy dado a ello, pero había dejado de abrazarla
cuando ella cumplió quince años. Se le había olvidado la sensación de protección y
cuidado que los brazos de un hombre eran capaces de proyectar.
—Ahora damos vueltas por la habitación. —Anthony empezó a tararear una
melodía.
Iba guiando a Amelia con los pasos del vals y de vez en cuando le corregía la
posición de los pies.
—No, cuando yo dé un paso en esta dirección, tú lo das en la otra y nuestros
brazos se reencuentran aquí, sobre nuestras cabezas.
Amelia intentó seguirlo y acabó tropezando. Mientras luchaba por no caerse, un
dedo del pie se le enganchó e hizo que se le saliera la zapatilla por el talón. El
siguiente paso hizo que la zapatilla saliera disparada y acabara chocando contra la
pared.
Se quedó paralizada mirando la maldita zapatilla sin saber qué etiqueta era la que
había que seguir para colocarse un zapato en presencia de un caballero.
—Creo, milord, que estoy destinada a pasar vergüenza cada vez que nos vemos.
Dio un suspiro, se acercó como pudo al rincón y, sosteniéndose las faldas para
mantener el recato, se volvió a colocar la zapatilla moviendo el pie. Cuando se volvió
hacia él, Anthony estaba sonriendo.
Y solo.
«¿Cuándo se habían ido la señorita Ryan y Fenton?».
—Quizá deberíamos probar con una cuadrilla. Como bien ha dicho, es
improbable que intente un vals en su primer baile.
Durante una hora Anthony le estuvo enseñando a Amelia los pasos básicos de los
bailes más populares de Londres. Si bien era cierto que no iba a destacar por ser la
mujer con más gracia de la sala, si la sacaban el jueves a bailar al menos sería capaz
de ejecutar los pasos básicos sin que tropezara demasiado.
—Gracias por esta tarde tan deliciosa. —Anthony aceptó su sombrero y abrigo,
que le ofrecía Fenton. Su inmediata aparición daba fe de que los sirvientes de Amelia
no la habían dejado tan sola como ella había creído.
—Soy yo quien le da las gracias —dijo ella—. De no haber aparecido usted,
cualquiera que me hubiera visto bailando el jueves me habría etiquetado
inmediatamente de provinciana.
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—Cualquiera que te vea bailando el jueves estará demasiado ocupado sintiéndose
celoso del caballero que te acompañe como para preocuparse por si te equivocas una
o dos veces. —Anthony levantó una mano de Amelia con la suya y le besó
rápidamente los dedos.
Amelia volvió a ruborizarse, extrañada de que no hubiera ardido en la última hora
y media con tantos cumplidos como el marqués le había dedicado. Seguramente él
pensaría que era normal en ella estar siempre así de colorada.
Anthony la miró a los ojos por última vez, se puso el sombrero y bajó la escalera
dando ligeros saltitos hasta llegar a la acera.
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Capítulo 9
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Amelia sacó una manta del cofre que había a los pies de la cama antes de bajar
corriendo las escaleras. Un abogado. ¿Lo habría enviado el vizconde? ¿Habría venido
a darle instrucciones para que desalojara la propiedad después de su cumpleaños?
Entró agitada en el salón mientras seguía pensando en la señorita Ryan. El
malestar de su doncella de compañía era un problema cercano, pero sin duda menos
importante que el que su tutor dejara de mantenerla.
En el salón un hombre muy bajo y regordete, con gafas redondas, estaba
esperándola. De su sombrero caían despacio gotas de lluvia sobre la gastada alfombra
que tenía bajo los pies. Amelia le ofreció la manta. Él no la aceptó.
—Soy el señor Alexander Bates, de Chandler, Bates y Holmes. Necesito hablar
con la persona que está a cargo de esta casa sobre un asunto legal de suma
importancia. —El hombre se estiró todo lo que pudo, de forma que se colocó a la
altura de la nariz de Amelia, e intentó por todos los medios parecer muy importante.
—Yo soy esa persona. —Amelia se apoyó la manta sobre el pecho. Dios santo,
ayúdalos. Este hombre los iba a despedir a todos de inmediato.
—Ah, la institutriz.
—¿Disculpe? —Se había planteado trabajar como institutriz, pero de momento ni
siquiera había solicitado el puesto. ¿Se habría encargado alguno de sus amigos de
buscarle trabajo?
—La institutriz —repitió el hombre.
—¿La institutriz?
—De la niña —dijo indignado.
«¿De la niña?». ¿De qué estaba hablando aquel hombre?
El señor Bates arrugó el entrecejo. Amelia pensó en ofrecerle de nuevo la manta,
pero él parecía no darse cuenta de que estaba mojado. Quizá se había equivocado de
casa.
—No es de mi incumbencia que alguien contrate a gente carente de juicio, pero le
puedo asegurar que haré llegar este documento al heredero. —Sacó un fajo de
papeles del enorme bolsillo de su abrigo y lo colocó ante sus ojos.
«¿Heredero? Dios mío». Amelia sintió desasosiego en el estómago. Si hablaba de
un heredero, eso significaba que…
—En nombre de Chandler, Bates y Holmes me gustaría expresar mi más sentido
pésame por su reciente pérdida. —El hombrecito leía los documentos sin expresar
emoción. Amelia notó que se le aflojaba la mandíbula. ¿Acababa de decirle que no
tenía juicio y ahora le transmitía aquel mensaje sin explicación alguna, sin una
disculpa?
Comenzó a asimilar la realidad ante su cambio de circunstancias. Se desplomó en
la silla que tenía más cerca. Los oídos le zumbaron levemente cuando la manta cayó
al suelo. ¿Qué iba a ser de todos ellos ahora?
—Como estoy seguro de que sabe, no había un heredero directo. Tras un
exhaustivo rastreo del árbol genealógico se ha localizado al siguiente pariente
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masculino y se le ha notificado la herencia. Ha decidido aceptar la tutela de una tal
señorita Amelia Stalwood, de once años de edad… —El señor Bates se detuvo y la
miró—. Aunque supongo que ya debe de haber cumplido los doce. —Volvió a mirar
los papeles—. De todas formas, la persona que ostenta actualmente el título asume el
cuidado de la señorita Amelia Stalwood.
»El heredero ha hecho las gestiones oportunas para que la niña viva con su madre
y su padrastro en su finca de Essex hasta nueva disposición. Desea que la niña acuda
allí lo antes posible, a estar con la familia, para ayudarla a soportar su dolor. Usted y
la niña saldrán a las nueve en punto mañana por la mañana.
Amelia sintió frío y se notó pálida. Jamás hubiera pensado que alguien pudiera
notarse palidecer. No podía irse al día siguiente. El baile era al día siguiente. No
quería en absoluto marcharse de Londres. Debía de haber una forma de retrasar la
salida.
—Mañana tengo un compromiso…
—Lo que a usted le venga bien no es procedente. —El hombrecito frunció el
ceño. Era la primera emoción que mostraba desde que había llegado—. Él desea que
la niña se estabilice lo antes posible. Usted debe asegurarse de que esté preparada.
Si Amelia fuera realmente una niña, seguramente agradecería sus buenas
intenciones.
Pero no lo era.
—No tengo once años.
—Espero que no —dijo él frunciendo el ceño de nuevo.
—Amelia Stalwood no tiene once años. Ni doce. Me temo que la información de
que dispone no está actualizada.
El hombre miró los papeles como si no pudiera entender que estaba equivocado.
—Ella sigue viviendo aquí, ¿no es cierto? Los documentos especifican que debe
permanecer bajo la tutela de lord Stanford hasta que cumpla veintiún años.
Podría mentir. Añadir unos meses a su edad y ser libre. Pero la sinceridad era una
virtud que Dios alababa, ¿no? La señora Bummel siempre había creído eso.
¿Reconocería él su honestidad?
—Sí, sigo viviendo aquí, y…
El señor Bates continuó tan pronto oyó una respuesta afirmativa.
—El subsidio trimestral se ajustará en función de la partida del tutelaje y la
institutriz. Las demás disposiciones sobre la casa se efectuarán en fecha posterior.
El señor Bates inclinó el sombrero ante Amelia, volvió a guardarse el montón de
papeles en el bolsillo del abrigo y salió de la habitación tras tropezar con la manta
que se le había caído a Amelia de las manos. Ni siquiera se había sentado.
Amelia salió corriendo detrás de él.
—Pero yo…
—Mañana a las nueve en punto. Que tenga un buen día.
Y se marchó sin que a Amelia le diera tiempo siquiera a respirar.
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—Caballero, he de insistir, deténgase. —Lo siguió hasta el recibidor—. Hay un
malentendido que debemos aclarar.
Él se detuvo con la mano ya en el pomo de la puerta. Cada arruga de su cara
redonda mostraba condescendencia y exasperación.
—Hemos quedado en que Amelia Stalwood todavía no es mayor de edad. Por lo
tanto está obligada a obedecer los deseos de su tutor. He cumplido con mi misión de
transmitir el mensaje a pesar de este horrible tiempo. Si tiene usted algún otro
problema, le sugiero que lo hable con su nuevo tutor. Que tenga un buen día.
Abrió la puerta, salió y pegó un portazo como si temiera que lo fuera a seguir
también por la calle.
La lluvia continuaba cayendo y parecía hacerse eco de las palabras del abogado:
«Amelia Stalwood, de once años…».
Era consciente de que el vizconde jamás la quiso ni pensó mucho en ella. ¿Pero
había significado tan poco para él como para que, tras haber dejado de verla, ni él ni
sus abogados recordaran que ella iba a seguir cumpliendo años?
Las lágrimas serían inevitables. Cuando desapareciera la conmoción, el dolor y el
miedo saldrían a la luz. Se acurrucaría haciéndose una bola y se dejaría arrastrar por
la pena. Pero acogió con beneplácito su actual falta de sensibilidad. Más de lo que
nunca hubiera imaginado.
Colocó un pie delante del otro y subió con dificultad las escaleras. Entró en la
habitación de la señorita Ryan, donde se encontró con toda su pequeña familia de
sirvientes. Lydia, la doncella, estaba cambiando las sábanas empapadas en sudor. La
señora Harris estaba intentando convencer a la señorita Ryan de que se tomara uno de
sus remedios caseros. Fenton estaba reemplazando el orinal. La señorita Ryan
seguramente había vomitado la sopa que Amelia le había convencido que tomara.
Todos se detuvieron cuando Amelia entró por la puerta. ¿Tan mal aspecto tenía?
Se sintió pequeña, frágil, como un trocito de papel a merced del viento. Los tres
sirvientes que estaban en buena condición física corrieron hacia ella hasta que Amelia
levantó una mano.
Los miró a todos a la cara antes de hablar.
—Lord Stanford ha fallecido. Por la mañana un carruaje vendrá a recogerme y me
llevará con mi nuevo tutor. La señorita Ryan también puede venir cuando se recupere.
—Si era necesario. Quizá Amelia pudiera asegurar un puesto y la señorita Ryan
consiguiera buscar trabajo en Londres, donde sus contactos podrían favorecerla—.
Ahora, si me disculpáis, tengo que hacer las maletas.
Amelia no miró a los ojos a ninguno antes de volverse y bajar al pasillo que la
conducía a su habitación. No le llevaría mucho tiempo guardar todo lo que
consideraba suyo. Sus padres le habían dejado poco y no había razón por la que
adquirir muchos objetos personales que le hicieran acordarse de su vida londinense.
El nuevo vestido rosa de baile estaba colgado en el armario, recordándole lo cerca
que había estado de empezar una nueva vida. No le quedaba otra que meterlo en la
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maleta y dejar que le sirviera de recordatorio de tantos momentos de alegría.
Por encima de todo, Amelia deseaba tener suficiente coraje para quedarse, pero
no cabía duda de que pronto podría mantenerse a sí misma. En cuanto le dijera su
verdadera edad al nuevo vizconde buscaría trabajo.
Sería mejor buscarlo en Essex. Londres le recordaba demasiado lo que había
estado a punto de ser. Cuando se librara de esos recuerdos, podría ser feliz. Se
obligaría a serlo.
Inspiró profundamente y llenó los pulmones de aire. Cuando volvió a expulsarlo
con un silbido se limpió con energía las manos en la parte delantera de la falda. Las
maletas no iban a hacerse solas. Había mucha faena antes de que el carruaje la
recogiera por la mañana, y todavía tenía que colaborar en los cuidados de la señorita
Ryan.
Lydia apareció y empezó a doblar y a colocar los pocos vestidos que tenía Amelia
en un baúl.
—¿Por qué tiene que irse? —susurró la doncella.
—No tengo forma de mantenerme si no me voy. He de confesar que creía que
faltaban varios meses para que llegara el día en que me quedaría sola. Nadie nos
hacía caso aquí, lejos de lord Stanford, de sus libros y sus estudios, así que creí que
podría recorrer mi propio camino en la vida. Me temo que estoy a merced del nuevo
vizconde.
Lydia sonrió temblando, pero de forma descarada.
—Tal vez sea joven y soltero. Parece que usted le gustaba mucho al marqués. Un
vizconde no es lo mismo, pero podría mantenerla debidamente.
Amelia le arrojó una almohada a su amiga. Comenzó a sonreír, sacudió la cabeza
y continuó con el equipaje. Terminaron de preparar las maletas en silencio, pero el
ambiente no parecía estar cargado.
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Capítulo 10
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El conductor ayudó a Gordon a amarrar el baúl. Empezó a bostezar y se agachó
tras el carruaje, quedando fuera de la vista. Amelia fue tras él.
—¿Se encuentra bien?
El hombre se sonrojó.
—Le ruego me disculpe, señorita. No llegamos de Essex hasta anoche, bien tarde.
Y ahora aquel hombre tenía que hacer el camino de vuelta conduciendo. Amelia
no pudo evitar pensar que debían haberse tomado un día de descanso, así ella podría
haber acudido al baile de esa noche. Se sintió un poco culpable al respecto. El
conductor y el criado creían que debían ayudar a toda prisa a una niña desconsolada.
Les mostró la cesta.
—¿Les apetece un bizcocho de frambuesa?
Los dos hombres intercambiaron una mirada, pero a continuación aceptaron
cortésmente la oferta. Gordon la ayudó a subir al carruaje e hizo un brindis con el
último bocado de su bizcocho.
—Están muy buenos, milady.
—Mi… es decir, la señora Harris es una cocinera extraordinaria. —Amelia tuvo
que aguantar las lágrimas al darse cuenta de que la señora Harris ya no seguiría
siendo su cocinera. Ya no podría pedirle nada—. Por favor, llámeme señorita Amelia.
Todo el mundo me llama así.
—Muy bien, señorita Amelia. —Su sonrisa pareció un poco más auténtica cuando
cerró la puerta y subió al carruaje—. Póngase cómoda, no deberíamos tardar mucho.
Esta mañana las carreteras estaban bastante vacías.
El constante sonido de las pezuñas de los caballos supuso para Amelia algo a lo
que aferrarse. Lo único que debía hacer era mantener la compostura hasta que sonara
el siguiente casco. Si lo lograba, cuando llegaran a Essex estaría en completo control
de sus facultades.
Iba mirando los edificios al pasar, pendiente de salir de Londres por la misma
carretera por la que había llegado hacía muchos años. De repente hicieron un giro que
la tomó por sorpresa: esta calle les conduciría al mismo corazón de Mayfair[2]. ¿Se
habrían perdido? Quizá estuvieran dando la vuelta, poco familiarizados a moverse
por las estrechas calles londinenses.
Le costó trabajo abrir la ventana, pero lo consiguió y se asomó. Una enorme gota
de lluvia le cayó en la frente antes de preguntarles si necesitaban ayuda. Enseguida
cayó otra y en apenas unos momentos empezó a descargar un chaparrón.
Metió de nuevo la cabeza. Seguramente iban a pasar la noche en Londres, en
alguna parte, en lugar de arriesgarse a andar por las carreteras con tanta lluvia.
Había un rayo de esperanza, aunque intentó desechar la idea. Si se quedaban en
Londres a pasar la noche, ¿podría ir al baile?
Dieron unas vueltas más y llegaron al otro lado de Mayfair. Amelia nunca había
visitado esa zona, así que lo más seguro era que no encontrara a nadie que estuviera
dispuesto a ayudarla a acudir al baile. El rayo de esperanza se desvaneció.
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Se detuvieron delante de una sencilla pero majestuosa casa con jardín, con al
menos seis ventanas de ancho de fachada.
Gordon abrió la puerta y bajó el escalón. El agua le caía por la nariz.
—¿Vamos a detenernos aquí? —Amelia odiaba ser la causa de que aquel hombre
se siguiera mojando, pero no podía meterse en casa de alguien sin más, sin saber
quiénes eran o qué esperaban.
—Por supuesto, señorita Amelia. Lady Blackstone la está esperando. —Gordon le
ofreció una mano para ayudarla a salir—. Creyó que un viaje a Essex sería demasiado
para una pequeña afligida, así que ha venido a Londres a conocerla. —Se oyó un
arañazo y vio que el conductor estaba transportando su baúl a la entrada de servicio.
Gordon se frotó la nuca—. Desde luego, usted de niña no tiene nada.
—Me temo que tendré que explicar eso. —Amelia inspiró profundamente y se
bajó del carruaje. Lo hizo con tanta determinación que se resbaló en el escalón y casi
dio con el trasero en un charco.
Gordon la ayudó a enderezarse y recuperó su postura formal.
—Gracias. —Miró las escaleras de la entrada principal. Su determinación se
había transformado en miedo.
—Se está mojando, señorita.
—Sí. Tiene razón. Debería pasar, pues. —Voló escaleras arriba como si otro
momento de duda pudiera hacer desaparecer todo. La puerta principal se abrió al
acercarse y entró con tanto ímpetu en el recibidor que sus zapatillas se deslizaron por
el mármol resbaladizo. Logró evitar su casi segunda caída en pocos minutos. No
estaría bien conocer a su anfitriona arrastrando el trasero por el suelo.
El mayordomo cerró despacio la puerta. No estaba sonriendo, pero tenía los
rabillos de los ojos algo arrugados.
—¿Quiere una toalla? —Amelia aceptó agradecida el lienzo de lino que le
extendió.
—La chimenea del salón está encendida. Haré que llamen a lady Blackstone. Ha
llegado usted un poco antes de lo previsto.
El mayordomo se llevó la capa mojada, pero el vestido que llevaba debajo seguía
húmedo. Amelia se fue a la habitación que le había indicado, pero se negó a que su
ropa empapada rozara alguno de los hermosos muebles tapizados. Se colocó junto al
fuego, de pie, disfrutando del calor en la piel mientras una fría inquietud se le filtraba
por la sangre. «¿Quién era lady Blackstone? ¿Qué le habrían contado?». Tenía un
leve recuerdo de una tal lady Cressida Blackstone, que había contraído matrimonio el
año anterior. ¿Se llamaría así antes o después de casarse?
Otro carruaje se detuvo frente a la casa. ¿Sería lady Blackstone?
La curiosidad le hizo asomarse por la ventana, pero no pudo distinguir a las
personas que se estaban bajando del carruaje. Vio a dos mujeres que llevaban una
capa con una enorme capucha y a un hombre con un gabán con los cuellos subidos
hasta las orejas y sombrero de copa. Todos se apresuraron a subir las escaleras.
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Oyó pisadas en el recibidor mientras se alejaba de las ventanas y se iba al otro
lado del salón. Reconoció los andares sigilosos del mayordomo de antes, pero no el
sonido pesado de unas botas ni el frufrú de unas zapatillas de dama.
Deseosa de conocer la situación antes de darse de bruces con ella, se asomó por la
puerta del salón, que estaba entreabierta. No pudo ver a los recién llegados, pero sí a
una elegante mujer que estaba bajando las escaleras y a un hombre enorme que se
estaba acercando desde la zona posterior de la casa.
La mujer tenía algunas canas en el cabello, de color rubio oscuro. Le ofreció una
mano al gigante caballero rubio, que iba con ropa de montar.
—Me alegro de que hayas podido venir esta mañana. Debo de haberlo entendido
mal, pues me han dicho que la recién llegada es una mujer.
El hombre hizo un gesto señalando la puerta principal, donde supuestamente el
grupo que acababa de llegar se había despojado de sus abrigos y capas.
—¡Madre! —dijo una voz femenina joven que le sonó ligeramente familiar.
Amelia intentó ver todo el recibidor sin tener que abrir más la puerta del salón,
pero resultó imposible.
—Te ruego que convenzas a Miranda para que abandone el proyecto —continuó
la joven.
Amelia se apartó de la puerta. «¿Miranda? No podía ser la misma Miranda. Era
imposible».
—No se trata de un proyecto. Además, me envió una nota esta mañana
cancelando nuestros planes para esta noche y luego le pidió a su mayordomo que me
dijera que no se encontraba en casa cuando fui. Creo que está asustada y que intenta
alejarse de mí por completo. Madre, tienes que ayudarme a hacerla entrar en razón…
Era la misma Miranda. Amelia había tenido la intención de despedirse de ella, ya
que no pensaba volver de Essex, pero pospuso la escritura de la carta hasta que lo
único de lo que tuvo tiempo fue de garabatear una nota en la que le decía que no
podría acudir al baile. «Pero ¿cómo podía…? ¿Por qué razón iba a…? ¿Había
llamado “madre” a aquella mujer?».
—¿De quién estamos hablando? —La sonrisa de la mayor de las mujeres era
indulgente. Decididamente, la de una madre.
—De una pobre chica a la que Miranda se ha empeñado en meter a la fuerza en
sociedad como si fuera un cordero sacrificado —murmuró Georgina.
Amelia se detuvo justo cuando iba a alcanzar el pestillo de la puerta. ¿Estaban
hablando de ella?
—Eso no es cierto —se quejó Miranda.
—Trent ha decidido cortejarla —continuó Georgina.
—No es cierto. —Trent entró en su campo de visión—. Buenos días, Griffith.
¿Qué te trae por la ciudad? Por cierto, creo que mentía en la nota que envió esta
mañana. Era bastante confusa.
—¿Por qué razón iba a mentir? —dijo Miranda resoplando.
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Amelia se cruzó de brazos y frunció el ceño. No había mentido. Haber escrito
«unas circunstancias imprevistas» le había parecido una explicación plausible de por
qué razón no acudiría al baile.
—Disculpen —dijo una voz que asumió que era la de Griffith—, pero ¿de qué
estamos hablando? ¿No hemos venido todos para conocer a mi nueva protegida?
—He conocido a una joven «desamparada» y me he hecho amiga de ella. —
Miranda hizo una pausa—. Parece ser que Trent ha decidido cortejarla. ¿Qué quieres
decir con que tienes una nueva protegida? ¿Quién se ha muerto? Nadie cercano o me
habría enterado.
A Amelia la cabeza le daba vueltas. Miró a ver si el salón tenía otra puerta.
Posiblemente no podría mirarlos a la cara ahora, no tras haber oído aquella
conversación. ¿Cómo podría dirigirse ahora a Trent, si su corazón ya pertenecía a
Anthony?
—Tonterías, Miranda. Solo me he hecho amigo de ella también. Valoro mi
cabeza, ya sabes. Anthony me mataría si la cortejara habiéndosela adjudicado ya para
él.
No había ninguna otra puerta. Iba a tener que encontrarse con ellos. Con la toalla
alrededor de los hombros, abrió por completo la puerta del salón, pero nadie se dio
cuenta.
El hombre que asumía que era Griffith estaba observando a unos y otros
miembros de la familia. Su madre parecía encantada.
—¿Anthony la está cortejando?
—Por supuesto que no —dijo Georgina—. Tiene que hacerse cargo de su
marquesado.
—De verdad que me encanta que estés equivocada —dijo Trent con aires de
suficiencia—. Ya ha ido a visitarla. Incluso han estado tomando un helado en Gunter.
—¿Ah, era ella? —dijo Georgina haciendo un puchero.
Miranda aplaudió entusiasmada.
—Todo el mundo está hablando de eso. Nadie pudo ver a la dama porque la
tapaba un árbol. Rebecca Laramy dijo que había sido ella, pero yo sabía que no podía
ser verdad.
—Fascinante todo —dijo Griffith—, pero una jovencita va a llegar pronto.
—¿Cómo de jovencita? —Georgina encogió los ojos.
—No nos has dicho quién ha fallecido —dijo Miranda.
La relevante declaración de Griffith caló en la confusa mente de Amelia. Él era su
nuevo tutor.
¿Pero cómo podía ser posible? ¿Cómo podía Dios hacer algo así? La única
amistad que había trabado en la que la otra persona no se jugaba nada excepto su
compañía estaba a punto de echarse a perder por culpa de las obligaciones.
—Santo Dios. —Cinco cabezas se volvieron a mirarla.
—¡Amelia! —Miranda cruzó el vestíbulo como si estuviera bailando y la abrazó.
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—¿Quién es usted? —La madre de Miranda se dirigió a ella con el ceño fruncido
—. ¿Es usted la institutriz? ¿Qué ha hecho con la pequeña?
—¿Es una criada? —Georgina tosió.
Miranda arrugó el entrecejo.
—Creí que eras la protegida del vizconde de Stanford.
—Lo soy, pero… —Amelia tragó saliva.
—No —dijo Griffith—, la protegida del vizconde es una pequeña de once años.
Llegará en cualquier momento.
—Pero la doncella me dijo que la niña ya había llegado. —La madre de Griffith,
que se suponía que era la tal lady Blackstone que vivía allí, parecía muy confundida
—. Así que usted debe de ser la señorita Ryan.
—La señorita Ryan está enferma. No pudo acompañarme. Yo…
—Prefiero a Amelia a una niña de once años. ¿Podemos quedárnosla, mejor? —
Trent sonrió.
—Ten cuidado con lo que dices. —Lady Blackstone le dio un golpe en el pecho a
Trent—. Nos hacemos cargo de los menos afortunados de esta familia, y una
jovencita que ha pasado dos veces por un abandono es alguien muy desdichado.
—No se apellida Ryan. Es Stalwood —dijo Griffith—. Amelia Stalwood.
Todos se callaron y miraron a Amelia. Aquel repentino silencio se hizo denso.
Amelia realizó un pequeño gesto con la mano a modo de saludo.
—Hola.
—Usted —dijo por fin lady Blackstone—, no tiene once años.
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Capítulo 11
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Nadie tuvo nada que objetar, así que tanto Amelia como su baúl volvieron al
carruaje. Ya no sentía la misma opresión en el pecho que aquella mañana.
Como un relámpago, como solo en un hogar competente se podía hacer, se
dispuso una habitación para Amelia, se deshizo el equipaje y se planchó la ropa para
el baile. Amelia apenas había tenido tiempo de respirar cuando se encontró en el
recibidor de Hawthorne House con Gibson, sonriendo como un padre orgulloso.
—Ahora, querida, no te preocupes por nada. Esta noche estarás maravillosa.
—Lady Blackstone, que había insistido en que la llamara Caroline por considerar que
entre los miembros de la familia no eran necesarias las formalidades, le echó a
Amelia un mechón de pelo hacia atrás—. ¿No está preciosa Amelia esta noche,
William?
Lord Blackstone, que se había casado con Caroline el año anterior, sonrió a
Amelia y luego a su esposa. Amelia había oído hablar del matrimonio de la hija de él.
—Así es, querida, pero creo que tu ánimo, más que prestar apoyo, está causando
revuelo.
Amelia abrió el abanico y se echó aire en la cara intentando mantener a raya el
inminente rubor.
Trent, Miranda, Amelia y Griffith fueron en el mismo carruaje, mientras que lord
Blackstone, y Caroline en otro, directamente detrás de ellos.
Miranda no paraba de hablar de lo divertido que sería tener a Amelia en casa.
Amelia no decía nada. Lo único que era capaz de hacer era respirar. Después de
tantos altibajos, de tanto albergar esperanzas y perderlas, por fin iba camino del baile.
Los caballos aminoraron la marcha hasta detenerse y la sacudieron contra
Miranda. El lacayo, Gordon, abrió la puerta y permaneció de pie, estirado, esperando
para ayudar. Rompió el protocolo un momento para mirar de reojo el carruaje y
guiñar un ojo a Amelia, lo cual la reconfortó mucho más que cualquier cosa que le
hubiera podido decir Miranda, Caroline o incluso Griffith.
Amelia levantó la vista y vio la casa, incapaz de creer que estaba allí. Recordó los
años que había pasado contemplando el resplandor de las velas en las casas, con
tantas luces encendidas que se veían desde las calles adyacentes. Ahora sabría con
sus propios ojos qué ocurría dentro de ellas. Se sentía pletórica. Dios era bondadoso,
a pesar de haber trazado una extraña ruta para hacerla llegar adonde estaba ahora.
Trent le ofreció el brazo a Miranda y sonrió como un chiquillo travieso.
—Estoy deseando ver la cara de Anthony.
Los hermanos se marcharon y dejaron que Amelia pudiera deleitarse en su mundo
de fantasía mientras esperaba con Griffith a lord y a lady Blackstone. A su alrededor
iba apareciendo gente vestida con hermosas sedas y satenes de todos los colores del
arcoíris. La repentina necesidad de saber si el interior era tan inspirador como el
exterior liberó sus pies de su prisión invisible. Echó un vistazo a su alrededor
buscando a sus acompañantes y los descubrió a unos pasos, con una breve sonrisa y
los ojos húmedos.
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—¿Cuánto tiempo llevo aquí de pie? —Odiaba percibir que le temblaba la voz,
pero no podía evitarlo.
—Todo el que has necesitado. —Griffith le ofreció un brazo y la acompañó al
interior del edificio.
Lo primero que le llegó fue el ruido del salón de baile, una confusa mezcla de
voces y música. El corazón de Amelia se aceleró y le comenzaron a sudar las palmas
de las manos. Agradecida de llevar guantes, se asió al brazo de Griffith con más
fuerza.
El salón de baile parecía un cuadro que hubiera cobrado vida: había gente
maravillosa, sonaba una música hermosa y la decoración era exquisita. Todo se
juntaba y conformaba una espléndida estampa llena de color.
Un pequeño tramo de escaleras conducía al salón. Eso permitía a Amelia estar por
encima de los demás, a suficiente altura como para ver dos cabezas rubias abriéndose
camino entre la gente. Miranda y Trent seguían intentando acercarse a Anthony.
Siguió con la mirada el camino que iban abriendo y lo vio. Estaba bailando. Su
imaginación hiperactiva le hizo creer que desde allí veía el brillo de sus ojos azules.
De nuevo lo miraba, cuando ella había decidido que jamás volvería a sentirse
incómoda por dentro. El corazón, que le latía rápidamente, se le subió del estómago a
la garganta. Ya no podía respirar, pero al menos tampoco tenía náuseas.
Cuando la había visitado, ella había empezado a albergar la esperanza de que su
aparente interés fuera auténtico. Eso seguramente solo sería posible ahora que sus
circunstancias habían cambiado.
¿Lo sería?
Anthony no estaba seguro de por qué absurda razón había llegado tan temprano al
baile de lady Hofferham. Aquella vaga nota de Griffith en la que le garantizaba que
asistiría lo había dejado intrigado, pero dudaba de que tal misterio lo distrajera lo
suficiente tras la decepción que había sentido al enterarse, por otra nota que a primera
hora de la mañana Miranda le había dejado, de que Amelia no acudiría a la fiesta.
Murmuró los cumplidos de rigor a su pareja de baile mientras se la entregaba a su
madre.
Era bastante agradable, pero también lo eran las otras docenas de mujeres con las
que había bailado en los últimos tiempos.
Tal vez debería regresar a la finca campestre y volver a intentarlo al año siguiente.
Su obsesión por la ausente Amelia le impedía fijarse en otras candidatas. Era
insoportable. Había estado con ella muy pocas veces. Seguramente no tantas como
para que fuera lógica la incesante comparación que establecía entre ellas y todas las
demás mujeres.
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Miranda y Trent lo abordaron mientras se alejaba de la joven de la que ya había
olvidado el nombre. La hermosa y enorme sonrisa de Miranda lo tomó por sorpresa.
¿No se suponía que ella debería estar casi tan desilusionada como él?
Lady Helena Bell estaba abriéndose camino en el salón dirigiéndose a él. Otro
problema que preferiría no tener. Lo había estado persiguiendo desde su primera
aparición pública en Londres. Miranda le había contado que sobornaba a ciertas
personas para que le contaran adónde iba él cada noche para así poder hacer ella
también su aparición. Sus intenciones eran vergonzosamente obvias, pero él ni quería
oír hablar de ello. ¿Por qué no desaparecía esta dama, sin más?
—¡Hola! —lo saludó, alegre, Miranda, que lo enganchó por un brazo y lo obligó
a darse la vuelta para ponerse frente a ella.
Trent estaba detrás cambiando el peso de un pie a otro y sonriendo como un
idiota.
—Buenas noches —dijo Anthony con cautela—. ¿Dónde está Griff? Dijo que
vendría.
—Sí, está aquí —dijo Miranda con una sonrisa nerviosa.
Trent carraspeó.
—Lo hemos convencido para que no entre hasta que no te encontremos.
Anthony empezó a sentirse preocupado.
La sonrisa de Trent se hizo más grande.
—Él tiene la solución para tu decaimiento, cuya causa es el imposible
enamoramiento que sientes por Amelia —gorjeó Miranda.
—¡El excelentísimo señor duque de Riverton, lord y lady Blackstone y la señorita
Amelia Stalwood! —gritó el alguacil desde la puerta.
«¿Había oído bien? ¿Estaba Amelia allí de verdad?».
Al lado de Griffith había una imagen rosa pálido. Era ella. Incluso a esa distancia
notaba el cúmulo de emociones que se reflejaban en su rostro. Casi percibía el pulso
de Amelia en sus dedos y veía el rubor detrás de sus orejas amenazando con
extenderse de forma encantadora por sus mejillas si ella se convertía en el centro de
atención.
Empujó a un lado a lady Helena al pasar por su lado cuando se dirigía a la entrada
e hizo caso omiso al resoplido de indignación que ella soltó.
Miranda y Trent se encargarían de gestionar el corazón herido de su acosadora.
La boca se le secó al fijarse en cada detalle. El atuendo de Amelia era elegante,
un vestido de baile que cualquier mujer presente en aquel salón estaría encantada de
lucir a pesar de ser la quintaesencia de la sencillez, como Amelia. Llevaba el cabello,
castaño, recogido en un moño y un solo tirabuzón, enorme, le caía sobre el hombro
derecho. Sintió que los dedos le ardían, deseando enredarse en aquel tirabuzón. Era
tan grande que si quisiera se lo podría liar alrededor de la cintura. ¿Cómo habría
conseguido peinarse así?
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Amelia no lo estaba mirando, tan cautivada estaba con todo lo que le rodeaba,
moviendo la cabeza de un lado a otro e intentando asimilarlo todo mientras bajaba las
escaleras. Cuando por fin lo vio, los ojos se le iluminaron y las mejillas se le tiñeron
de rosa. Anthony jamás había visto a un ser tan encantador en toda su vida.
—Señorita Stalwood. —Se inclinó y le besó los nudillos. Nunca un guante le
había parecido tan molesto—. Es un placer volver a verla.
Dos personas se acercaron por detrás de él. El frufrú del vestido mientras daba
saltos de emoción delató a Miranda.
Anthony les dedicó, a ella y a Trent, una mirada cáustica antes de volver a prestar
toda su atención a Amelia.
—Creía que no vendrías.
—Yo también lo creía. Han ocurrido muchas cosas desde ayer, tantas que ni
siquiera las entiendo todas —dijo Amelia.
Él le ofreció el brazo. Ella esbozó una pequeña y dulce sonrisa al apoyar una
mano sobre el codo de él. Anthony pudo ver, por encima de la cabeza de Amelia, a
lady Helena, que echaba chispas por los ojos. Él se encogió de hombros. Jamás le
había dado motivos para que creyera que él tenía algún interés en ella. No tardaría en
buscarse a otro incauto noble.
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siendo una experiencia maravillosa.
Las directrices del baile requerían que se separaran un momento, pero cuando
volvieron a acercarse el uno al otro, Anthony preguntó:
—Me ha parecido oír antes a sir Hollis recitando un poema, ¿no es así?
Amelia trató de no reírse al recordarlo. La oda dedicada a su vestido rosa que el
hombre había improvisado había sido agradable, pero un verdadero horror.
—Sí, parecía muy entusiasmado.
Volvieron a separarse. Ella no paraba de sonreírle mientras bailaban. Por fin se
quedaron otra vez en el centro.
—Nunca he entendido por qué razón todos los jovencitos escupen terribles versos
floreados por la boca. —Anthony la tomó de la mano y la condujo haciendo círculos
por la fila de bailarines hasta el final—. Creo que ahora sí lo entiendo.
Amelia no pudo contener una sonrisa.
El baile llegó a su fin. Cuando regresaron, Griffith estaba esperando junto a
Caroline y Miranda.
—Mañana por la tarde el salón parecerá un invernadero.
—Gibson va a tener que hacer guardia junto a tu puerta —añadió Anthony.
Miranda se agarró a un brazo de Amelia.
—No me cabe la menor duda de que el hombre está deseando hacerlo. ¿No os
disteis cuenta de que las criadas estaban retirando los arreglos florales de las mesas
del recibidor cuando nos estábamos marchando? Creo que los criados están tan
deseosos de que triunfes como yo.
Caroline ladeó la cabeza.
—Gibson estaba mucho más entusiasmado esta noche. ¿Eso por qué?
—Porque todos adoran a nuestra querida Amelia.
Miranda no podría haber dicho nada que agradara más a Amelia. Mientras sus
viejos amigos fueran conscientes de que ella no los había olvidado, podría disfrutar
de todo lo que esta nueva vida le ofrecía.
Una joven alta con el cabello rubio perfectamente colocado pasó por allí y
encogió los ojos al ver a Amelia y a Anthony.
Tal vez no todos estuvieran tan contentos con la nueva fortuna de Amelia como
Miranda parecía creer.
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Capítulo 12
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lo escuchara.
—Ah, de modo que hemos decidido que yo forme parte de la conversación ahora,
¿no? —Trent se tiró de los puños—. Olvidaste mencionar que vivías en la casa más
extraña de Londres.
Amelia frunció el ceño, confundida.
Miranda soltó una carcajada.
—Yo he estado en esa casa, hermano. No tiene nada de extraño.
—Cenaron conmigo —gruñó él.
Amelia soltó una risita.
—¿Quiénes cenaron contigo? —Miranda bajó las cejas.
La risita de Amelia se convirtió en una carcajada. Sabía perfectamente de qué
hablaba Trent.
—¿Quién crees que cenó conmigo? —Trent se detuvo y se cruzó de brazos.
—No puedes haber tenido invitados. La mitad de tus cosas siguen en Hawthorne
House.
Amelia se rindió. Imaginarse a la señora Harris y a Fenton sentados en la misma
mesa para cenar y comportándose con Trent como con ella le parecía demasiado
divertido para resistirse. Los bucles castaños que Iris le había peinado con tanto
cuidado aquella mañana se balanceaban felices. Lo cierto era que no parecía muy
adecuado reírse tan fuerte ni tanto tiempo, pero a Amelia le daba exactamente igual.
Las carcajadas comenzaron a remitir gracias a que su cerebro se había distraído
con esas disquisiciones. No le importaba. Desde el mismo momento en que Amelia
había conocido a Miranda, había estado siempre pendiente de su vestido, de sus
modales y de su forma de hablar. El deseo de impresionar podía con ella, incluso
después de haberse asegurado un puesto en la familia.
Su mirada revoloteó en círculo posándose sobre los ya familiares rostros. Miranda
sonrió, aunque por su mirada se notaba que estaba confusa. Trent estaba frunciendo
de manera exagerada el ceño, como disgustado, para hacerla reír más fuerte. Amaba a
estas personas y ellos también la amaban a ella.
Su corazón se hinchó al sentir la maravillosa libertad que sin darse cuenta había
extrañado en los últimos meses. Tenía mayor confianza en sí misma, y aunque
probablemente temblaría justo antes de entrar en el siguiente baile, de momento no
era más que ella. Se sentía en la gloria.
—¿No lo prefieres a comer solo, Trent? —La risita de Amelia pasó a ser una
amplia sonrisa.
—Pues no lo sé. No he tenido la oportunidad de averiguarlo.
—¿Averiguar qué? Si es tan agradable como parece indicar la sonrisa de Amelia,
quiero que me cuentes el secreto.
Amelia se volvió sonriendo todavía y vio a Anthony desmontándose del caballo.
Le dio las riendas a su mozo de cuadra y se acercó al grupo. Amelia notó que su
pacífica confianza se estaba evaporando. Se aferró a ella con determinación.
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—¿De qué estábamos hablando? —Anthony miró una y otra vez a Amelia y a
Trent.
—Trent ha adquirido mi casa —dijo Amelia.
—¿Qué? —Anthony casi gritó y lanzó una mirada acusatoria a Trent.
—Ella ya no vive allí. Y a decir verdad, la casa no era suya, sino de Griffith. —
Miranda se cruzó de brazos y resopló.
—¿Podría, por favor, decirme alguien qué pasó anoche que parece tan divertido?
Trent, ¿pudiste o no pudiste cenar tranquilamente en casa?
—Oh, estuve en casa. No tuve invitados.
—¿Entonces qué ha ocurrido?
Trent hizo un gesto a Amelia.
—¿Por qué no les cuentas lo que te has olvidado de advertirme?
Amelia se ruborizó mientras sonreía.
—Apostaría que la señora Harris y Fenton cenaron contigo.
—¡No! —Miranda sacudió la cabeza sorprendida.
Trent asintió.
—Y Lydia. Después, Fenton y yo incluso nos sentamos a tomarnos un oporto.
Las risitas de Amelia comenzaron de nuevo.
—¿No es ese el mayordomo? —preguntó Anthony.
—Sí, sí, así es. —La voz de Trent carecía de toda emoción. Cerró los ojos y dejó
caer la cabeza.
Miranda y Anthony se rieron a la vez que Amelia.
—¿Quieres que hable con ellos? —Se ofreció ella.
—No, no necesito que hables con mis sirvientes. Sería terrible que cada vez que
quisiera solucionar algo tuviera que cruzar toda la ciudad para preguntarle a la
protegida de mi hermano.
A Amelia se le ocurrió una idea terrible.
—No irás a despedirlos, ¿verdad?
Trent le sonrió.
—No; creo que, con el tiempo, me gustará tener la casa menos convencional del
barrio. A decir verdad, me estaba preguntando cómo me irían las cosas viviendo solo.
Iba a suponer un cambio importante el hecho de no tener a nadie que cuestionara mis
entradas y salidas, de no tener a nadie con quien hablar por las noches. Estoy seguro
de que será difícil encontrar a las personas adecuadas para completar la plantilla de
criados, pero creo que puede funcionar.
—Me alegro. Me encantaría ayudarte a encontrar a las personas idóneas. Conozco
a gente que podría encajar.
—Me las arreglaré. —Trent sacudió la cabeza, pero estaba sonriendo—. Y bien,
Anthony, ¿quieres ayudarme a llevar a estas señoras a casa? Creo que luego iré a
pasar un rato en el club. Así obligaré a la señora Harris a preguntarse si me habrá
ocurrido algo.
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Anthony le ofreció un brazo a Amelia.
—Encantado, Trent.
La caminata de regreso a Hawthorne House fue tranquila, charlando todo el rato
tontamente sobre el tiempo y las fiestas venideras. Cuando Amelia subió las escaleras
se dio cuenta de que había conseguido tener una conversación entera con dos
atractivos nobles y no se había enroscado los lazos ni una sola vez en los dedos.
Sonrió y el resto del trayecto hasta su habitación lo hizo bailando. La vida era
bonita, claro que sí.
Anthony iba dándose con los guantes en la palma de la mano al subir las escaleras de
Hawthorne House. El librillo de apuestas del club lo había convencido de que su
comportamiento actual era casi tan reprobable como el de dos años antes. Si permitía
que eso continuara así, alguien iba a salir mal parado.
En el librillo alguien había apostado que en verano se casaría con Amelia.
Debajo de esa apuesta había otra a que lady Helena se las arreglaría para llevarlo
a rastras al altar.
Dos páginas más adelante lord Howard había escrito que apostaba veinticinco
libras a que Griffith retaría a Anthony por sus tejemanejes con Amelia.
Al parecer lo de menos era que Anthony no se hubiera declarado, al menos no
explícitamente.
Todo Londres se daba cuenta de que estaba enamorado.
Pero también conocían su reputación.
No podía permitir que Amelia quedara atrapada en los tentáculos de su pasado, no
ahora que ella tenía tantas oportunidades. Ser la protegida de Griffith significaba que
los hombres hacían cola para bailar con ella. En el salón hubo un interminable ir y
venir de caballeros incluso los días que las damas se quedaban en casa.
¿Cómo iba a pedirle que lo eligiera a él entre tantos hombres respetables?
La puerta se abrió antes de que pudiera levantar la aldaba de latón.
—Me temo que hoy no se reciben visitas, milord —dijo Gibson.
Anthony pensó en todas las razones posibles por las que se le debería permitir
entrar cuando era obvio que ninguna otra persona en todo Londres estaba pasando por
delante del portal.
Antes de que emitiera una sola palabra, Gibson continuó.
—Sería una pena desaprovechar la caminata que se ha dado hasta aquí, milord.
¿Tal vez le apetecería tomar prestado un libro de la biblioteca de su excelencia antes
de regresar a casa?
¿Un libro?, ¿el mayordomo le estaba ofreciendo un libro? Anthony encogió los
ojos al ver el brillo de los del por lo demás estoico sirviente.
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—¿Un libro, dice?
—Sí, milord. Me siento obligado a darle, como amigo de la familia, acceso a la
biblioteca. —Elevó una ceja.
—Es justo la razón por la que he venido, Gibson. Qué astuto es usted.
Anthony pensó que Gibson seguramente habría puesto los ojos en blanco al
hacerle un gesto para que pasara, pero el artero mayordomo volvió la cabeza para que
Anthony no lo tuviera claro.
Después de quitarse el abrigo y el sombrero, Anthony subió corriendo las
escaleras hacia la biblioteca con la esperanza de haber interpretado correctamente el
mensaje oculto. Conociendo la estrecha relación de Amelia con los sirvientes no tenía
claro con qué se iba a encontrar, si con Amelia, ansiosa por verlo, o con Griffith,
exigiéndole que se declarara.
El corazón se le aceleró al acercarse a la biblioteca, imaginando que vería a
Amelia acurrucada con un libro o tal vez ojeando de forma perezosa los estantes. El
hecho de haber venido con el propósito de romper su «noviazgo» extraoficial voló
por su mente y en la cara le apareció una sonrisa. Tal vez Amelia estuviera subida a
una escalera, limpiando. Si ahora volviera a caer sobre sus brazos las consecuencias
serían bien distintas.
Mentalmente cerró de un portazo el sendero que su cerebro intentaba tomar.
El objeto de sus cavilaciones no estaba descansando, sino buscando algo
furtivamente en la biblioteca.
—¿Buscas algo en particular?
Ella se dio la vuelta con los ojos muy abiertos.
—¡Anthony! —Se dio una palmada en la boca—. Mmm… quiero decir, lord
Raeoburne.
—Creo que me gusta Anthony. —«Sabía» que le gustaba Anthony. Oír su nombre
salir de sus labios le hizo tiritar del corazón a los pies. Tal vez fuera un egoísta, pero
no disponía de voluntad para alejarse de aquella mujer.
—Entiendo que se refiere de esa forma, es decir, aquí, en la casa. No tenía
intención de asumir…
—Basta. —Anthony cruzó la habitación y la agarró por los hombros, saboreando
la preciosa y frágil sensación de notar sus pequeños huesos bajo sus manos.
Las mejillas de Amelia se ruborizaron y miró directamente al suelo. Anthony, que
sintió dolor al dejar de ver aquellos ojos marrones tan profundos, le puso un dedo en
la barbilla y la obligó a que le prestara atención de nuevo.
—Me gusta que me llames Anthony. Me gusta mucho. —Su voz sonó ronca y
tranquila.
La sonrisa de Amelia fue ligera y tímida, pero también sonrió con los ojos.
—¿De verdad?
El placer de ver aquella sonrisa ahogó el sentimiento de culpa de Anthony. Tal
vez él podría ser válido para ella. Estaba dispuesto a pasarse el resto de la vida
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intentándolo.
—De verdad. —Anthony deslizó las manos por los brazos de Amelia y tomó las
de ella—. ¿Puedo llamarte Amelia?
Ella asintió con la cabeza.
Quería besarla. Tomarla en sus brazos y hacerla suya. Pero acababa de prometerse
a sí mismo darle lo mejor que pudiera ofrecerle. Reticente, le soltó las manos y se
obligó a dar unos pasos hacia las estanterías para marcar un poco de distancia entre
ellos.
—¿Qué estabas buscando?
—Oh, nada. Bueno, en realidad no. Sería una tontería no buscar nada. He pensado
que entre tantos libros debería de haber una Biblia familiar[3], pero supongo que debe
de estar en la casa de campo.
De todas las respuestas que Anthony esperaba, la Biblia familiar no estaba entre
ellas.
—¿Quieres investigar los nacimientos y las muertes de los Hawthorne?
—Me interesaba más la parte de la Biblia que la de la familia. —Amelia enredó
los dedos en los lazos de su vestido.
Se había autoimpuesto no volver a tocarla, pero no confiaba en sí mismo. Aunque
no soportaba ver que se anudaba los lazos en los dedos.
—Por muy adorable que me parezca esta pequeña costumbre tuya, preferiría que
no te pusieras nerviosa conmigo.
—No puedo evitarlo, milord.
—Anthony. —Le apretó las manos, libres ya de los lazos, y le acarició las
muñecas, sintiéndose como el canalla que todo el mundo asumía que aún era.
—Anthony —susurró ella.
—Yo puedo resolver tu dilema, sin ir más lejos. Lo que buscas está en el estudio
de Griffith. Acompáñame. —Anthony se dio permiso para tomarla de la mano. Le
ayudó a superar la obvia reticencia de Amelia a invadir el espacio privado de Griffith.
La puerta estaba entreabierta. Anthony asomó la cabeza para comprobar si
podrían molestar a Griffith. No había nadie en la habitación, así que la llevó tras él y
la condujo hasta un par de sillones orejeros colocados en ángulo delante de la
chimenea, con una mesita en medio.
—La guarda aquí. Tiene por costumbre leerla nada más despertarse por la
mañana.
Amelia tomó el libro, encuadernado en cuero negro. Se sentó en uno de los
sillones orejeros y se puso el ejemplar sobre el regazo. Abrió el pesado tomo y lo
hojeó con cariño.
—Nunca he tenido una en mis manos —susurró. Anthony notó un puñetazo en el
estómago que lo obligó a sentarse en el otro sillón al ver su sonrisa de veneración, de
expectación. El rostro de Amelia era pura alegría.
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—Es maravilloso oír las partes que el sacerdote lee en la iglesia, pero a menudo
me he preguntado qué dice el resto. —Pasó la mano por el lomo, estampado en oro
—. El ama de llaves de la casa de lord Stanford solía relatarme historias de la Biblia.
—Sonrió al recordarlo—. Siempre me decía que me acordara de que había alguien
más poderoso que el rey Jorge que me amaba.
Anthony sacó a relucir habilidades que había dejado latentes desde sus días de
apuestas a las cartas y se obligó a sí mismo a relajarse y no decir nada. Amelia nunca
había hablado de su infancia, por lo que no quería arriesgarse a que no quisiera
revelar este atisbo de su joven vida.
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Amelia fijó la mirada en los dedos de los pies. Qué difícil resultaba admitir que
nadie te quería, sobre todo estando sentada junto al hombre que deseabas que te
quisiera por encima de cualquier otra cosa en el mundo.
—El vizconde me acogió, pero me dejó a cargo de su ama de llaves.
Recordar a la señorita Bummel siempre había hecho sonreír a Amelia, y esta vez
no fue una excepción. La mujer le había echado un vistazo a la niñita perdida y la
había hecho sentarse a la mesa de la cocina con un plato repleto de galletas y una
gran taza de chocolate caliente por delante.
—La señorita Bummel lo hizo lo mejor que pudo, pero tenía mucho trabajo y yo
solo diez años —continuó Amelia—. La seguía por todas partes. Era una mujer
agradable. Incluso cuando las criadas quemaban la comida o rompían algo.
»Los demás criados hablaban mucho del vizconde y del daño que le hacía al
título. Ella jamás lo hizo. Yo creía que era sencillamente por tratarse de una criada
más importante, pero solía decir que Jesús le dictaba que tratara con respeto al
vizconde, y así lo hacía.
La única vez que se quejó del vizconde fue cuando decidió enviar a Amelia a
Londres.
—Cuando me marché a Londres, ella dijo que no estaría sola. Que Jesús me
acompañaría a todas partes si dedicaba mi vida a Él. —Se encogió de hombros—. Ha
estado bien saber que no estaba completamente sola, pero intuyo que hay algo más.
—Deslizó de nuevo la mano por encima de la desgastada cubierta—. Nunca he tenido
la oportunidad de cuidar de mí misma.
El libro le cubría todo el regazo, pero no le resultaba incómodo manejarlo. A
medida que lo fue hojeando, las palabras comenzaron a bailar ante sus ojos y se dio
cuenta de que los tenía húmedos.
—¿Por dónde empiezo?
—Griffith me dijo que empezara por el Evangelio según san Juan —susurró
Anthony antes de levantarse y besarle la coronilla.
Y a continuación se fue. Amelia lo sintió marcharse. Había abierto su corazón
para él y le había contado cosas que jamás había dicho a nadie. Y se alejaba. No
podía culparlo. ¿Quién querría a alguien con semejante historia?
—Tiene razón. El Evangelio según san Juan es excelente para comenzar.
Amelia se volvió hacia Griffith.
Él cruzó la habitación y se arrodilló delante de ella.
—Quédate con este ejemplar. Puedo comprarme otro.
Amelia miró el libro. Durante años había sabido que Jesús estaba con ella y que
Él le había prometido cuidarla, pero jamás había esperado recibir un regalo como
este. Puede que hubiera perdido a Anthony, pero haber ganado una familia que la
protegiera significaba mucho más.
—Gracias.
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—No hay de qué. —Griffith sonrió—. Y si la señorita Bummel sigue trabajando
en Harmony Hall, va a recibir un gran regalo.
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Capítulo 13
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Anthony se quedó petrificado con el vaso a un palmo de los labios. Esa
posibilidad nunca se le había pasado por la cabeza.
—Ningún ser inteligente creería que tu padre tuvo una aventura, y mucho menos
un hijo ilegítimo de ella. Todo el mundo sabía que tus padres se adoraban. Hasta yo
lo he oído.
—En cualquier caso… —dijo Griffith, pero parecía no saber qué expresar a
continuación. No tuvo oportunidad de descubrirlo antes de que lord Geoffrey Chester
apareciera dando un tropezón con el que casi arranca la cortina que había atada a la
pared.
Lord Geoffrey había bebido a base de bien, como parecían indicar los vapores
que emanaban de su boca sonriente. Anthony volvió la cabeza para inhalar aire
fresco.
—Te aplaudo, amigo mío. —Lord Geoffrey levantó un dedo y señaló a Anthony
—. Pensaba que te habías ablandado en el campo, pero esto es magistral. ¡Una
amante en los salones de baile londinenses!
Anthony notó que Griffith le clavó los ojos como si fueran dardos. No se atrevió a
cruzar la mirada con él. Si percibía reprobación o convicción en la mirada de su
amigo… No, lo mejor sería seguir dirigiéndose al pomposo charlatán que amenazaba
con arruinar su intento de reconstruir su reputación.
Había tenido mucho cuidado. ¿Cómo podía alguien pensar que estaba dando asilo
a una amante?
Anthony pensó en la posibilidad de darle un puñetazo a lord Geoffrey, pero eso
probablemente lo dejaría inconsciente en el suelo y no podría sacarle más
información. En vez de eso levantó su vaso y tomó otro pequeño sorbo de limonada.
—¿De qué estás hablando?
Lord Geoffrey se volvió hacia Griffith y se rio.
—He de decir, no obstante, que jamás imaginé que tú formarías parte de alguno
de sus libertinos ardides.
Anthony casi pudo saborear el whisky que emanaba el aliento de lord Geoffrey
cuando se acercó un poco más a él.
—Dime, muchacho, ¿de veras lloró en la ópera? ¿Te has buscado a una blandita?
—Lord Geoffrey agarró la limonada de Anthony y bebió un trago. Tosió fuerte y
frunció el ceño antes de volver a poner el vaso en las manos de Anthony con un gesto
brusco—. Eres un cabeza de chorlito, Raeoburne. ¿Acaso no sabes que el brandi
bueno está en la sala de naipes?
Anthony colocó su vaso en una repisa cercana tratando de encontrar las palabras
adecuadas. Había estado en la ópera solo una vez desde que volviera a Londres. Sí,
Amelia había llorado, pero eso había ocurrido hacía semanas, antes de que nadie en la
sala supiera de su existencia.
Lord Geoffrey dio una palmadita en el hombro a Anthony antes de tropezar y
hablarle por encima.
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—No estoy seguro de qué pretendes, pero para el resto de nosotros es muy
entretenido.
Anthony le dio la espalda al atestado salón.
«¿Quién habría empezado semejante rumor?». Daba por sentado que no podía
proceder de un hombre que no era capaz de distinguir entre el brandi y la limonada.
—Tenemos que salir de este rincón. —Griffith se arregló las mangas del abrigo y
pasó un dedo por debajo de su corbata—. Escondidos detrás de las plantas no vamos
a enterarnos de nada.
Amelia bailaba de forma mecánica con la mente ocupada, como solía sucederle, en
Anthony. Esta noche parecía estar desanimado. Su compañero de baile mencionó algo
sobre el tiempo. ¿Por qué siempre hablaban del tiempo?, ¿acaso a otras damas les
parecía fascinante hablar de la temperatura y de la cantidad de nubes? A ella desde
luego que no.
La noche entera había sido extraña. La mayoría de la gente o la había acogido
calurosamente o había sido indiferente a su presencia hacía pocas semanas, pero esta
noche la pluralidad de los saludos eran fríos. Las damas solteras le habían hecho el
vacío directamente.
Incluso su anfitriona, lady Mulberry, parecía insegura cuando Amelia llegó. De
no haber sido porque iba del brazo de Griffith, Amelia se habría visto saliendo de la
casa.
Tras la reverencia final del baile, aseguró que le estaba empezando a doler la
cabeza y se dirigió al baño con la esperanza de encontrarse con Miranda por el
camino. Tardó una hora en atravesar el salón debido a la enorme cantidad de gente
que se negaba a abrirle paso o que fruncía el ceño hasta que ella decidía cambiar de
dirección.
Qué voluble era el mundo que había anhelado. En una sola noche Amelia había
sido condenada al ostracismo. Consideró la posibilidad de pasar el resto del baile en
las cocinas. Al menos seguía gustando a los criados.
Amelia mantuvo alta la cabeza incluso mientras temblaba. Comportarse como si
nadie estuviera arrastrando su nombre por el lodo era más difícil de lo que jamás
hubiera imaginado.
Los susurros le llegaban de todas partes. Incluso procedentes de personas que ni
siquiera conocía. Algunos estaban sorprendidos de que se hubiera dignado a hacer su
aparición. Otros cuestionaban el gusto de su anfitriona por dejarla entrar.
Justo cuando encontró a Miranda, un grupo que pasaba soltó entre dientes una
audaz calumnia sobre el honor de Amelia.
Miranda cerró los puños.
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—La próxima persona que se atreva a abrir la boca para difamarte sabrá lo que es
mi ira.
Amelia agradeció sus ganas de defenderla, pero ¿qué podía hacer ella?
—¿Pretendes enfrentarte a alguien?
Miranda se encogió de hombros.
—Podría arrancarle el pelo. Eso serviría de mensaje.
Cuando oyeron el siguiente comentario despectivo, Amelia sacó a Miranda a
empujones del salón para no comprobar que lo que había dicho era cierto.
—¿Adónde vamos? Esa despreciable se merece una buena reprimenda. Tu tutor
es un duque. No se calumnia a la protegida de un duque. —Miranda tropezó con
Amelia cuando caminaban por el pasillo.
—Necesito un sitio en el que poder respirar. —Amelia obligó a Miranda a entrar
en el baño de señoras, donde dos jóvenes estaban intentando limpiar una zapatilla
rosa pálido.
—¡Champán sobre mis zapatos! ¡Están completamente destrozados!
La otra joven dejó de mirar el zapato sucio y dijo:
—¿Cómo ha podido ocurrir? Está empapado.
—Estaba tomando un vaso de la bandeja y de repente se inclinó. El sirviente
agarró todos los vasos, pero media bandeja de champán se derramó justo delante de
mí —dijo la muchacha haciendo pucheros mientras se subía un poco la falda.
—Es una suerte que no te hayas manchado el vestido. Habrías tenido que
marcharte a casa.
Las dos miraron a Amelia y a Miranda, de pie en la entrada. La de rosa, que le
había dicho antes a Amelia que la había calado a pesar de su disfraz de mujer
inocente desde el principio, agarró el zapato mojado y salió de la habitación. La otra
la siguió apresuradamente.
Solas en el baño, Amelia y Miranda se tomaron un tiempo para rezar y respirar. El
Señor las ayudó haciendo que no viniera nadie durante veinte minutos y calmándoles
los ánimos.
—Podríamos irnos —dijo Miranda.
Amelia sacudió la cabeza.
—No. No los he necesitado antes ni los necesito ahora, pero me niego a
esconderme. Por fin siento que sé quién soy y no permitiré que ellos me quiten eso.
Miranda asintió con la cabeza y ambas volvieron al salón de baile tomadas del
brazo.
La pista de baile estaba mucho menos concurrida de lo normal. Todo el mundo
había formado grupos alrededor masticando el exquisito chisme. Amelia no sabía qué
hacer, así que se mantuvo cerca de la puerta, aferrada a la idea de que no les
permitiría que la ahuyentaran. Una solterona amargada que había dicho que Amelia
era una prostituta pasó por su lado gimoteando por culpa de unos goterones de cera
de vela derretida que le habían caído sobre el pelo. Nadie de su grupo entendía cómo
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había podido pasar. Amelia miró a su alrededor. ¿A alguien se le había ocurrido
preguntarle a la pequeña doncella que sonreía en un rincón mientras colocaba velas
nuevas en los candelabros? Seguramente ella debía saberlo.
—Todavía podemos irnos —susurró Miranda.
—Tal vez sería lo mejor —dijo Amelia tragando saliva con fuerza.
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—Nadie lo va a admitir, pero un desmesurado número de personas se ha enterado
de cosas por lady Helena.
—No es ella —dijo Trent con seguridad—. Al menos, no la primera fuente de
información. De haber sabido qué día había regresado Anthony a la ciudad, ella
habría buscado alguna excusa para verlo.
Griffith asintió con la cabeza.
—No ha ocultado su deseo de contraer matrimonio contigo. Por eso rechazó a
lord Henry el año pasado. Ella puede haberse enterado de lo de la ópera, pero no
estaba vigilando tu casa cuando llegaste.
Los tres hombres continuaron apoyados en la pared del salón de baile, mirando
con diferente intensidad a cualquiera que se les acercara. Aquel puesto tras la mesa de
los refrescos les permitía ver sin obstáculos a un gran número de personas, entre ellas
a lady Helena.
Había un criado cerca con una bandeja llena de copas de champaña. Al pasar lady
Helena por su lado, el criado le pisó el dobladillo del vestido de gala y la hizo
tropezar. Se intentó agarrar al brazo de un admirador cercano, pero él se dio la vuelta
para aceptar un pastel de hojaldre que le estaba ofreciendo otro criado. Al no tener
ningún obstáculo que la detuviera, lady Helena cayó de bruces sobre la ponchera.
Trent dejó de apoyarse en la pared.
—Parece ser que estaba equivocado.
—¿Sobre qué? —preguntaron simultáneamente Anthony y Griffith.
Trent sacudió la cabeza como si quisiera salir de un trance.
—Amelia me dijo una vez que los chismes entre sirvientes son peores que entre
los miembros de la alta sociedad porque ellos sí saben. Lo saben todo.
—Y los sirvientes adoran a nuestra Amelia —dijo tranquilamente Anthony. Vio
como lady Helena aceptaba disculpas entre un buen puñado de risas mal disimuladas.
Soltó un exabrupto.
Griffith pestañeó.
Anthony hizo un mohín.
—Pido disculpas. Son las viejas costumbres, ya sabéis.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Trent.
Anthony se frotó la cara con la mano enguantada. Se le ocurrían múltiples formas
de vengarse, pero ninguna que estuviera dispuesto a admitir ante Dios. ¿Qué hacer
ahora? Buena pregunta.
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Capítulo 14
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—Como ya se ha destapado el engaño, pronto van a tener que dejarla marchar.
Poseo una casa muy cerca de Piccadilly, muy discreta.
Las parejas que estaban alrededor aguantaron la respiración.
Amelia miró en torno a ellos y se quedó atónita al ver a Anthony al filo de la pista
con los puños cerrados a ambos lados. ¿Qué estaría haciendo? Llevaba toda la noche
evitándola.
—Caballero —Amelia intentó mostrarse tranquila a pesar de que tenía el corazón
que parecía que iba a romperle las costillas—, creo que estamos entorpeciendo el
baile. —Odiaba parecer estúpida, aunque lo hiciera de forma deliberada, pero la única
alternativa que le quedaba era escupirle a este hombre a la cara. No quería dejar de
gustarse a sí misma al día siguiente.
Pero el hombre continuó.
—Ha alardeado demasiado de usted en público como para mantenerla si desea
casarse.
Las parejas que estaban bailando a su lado se detuvieron y los miraron
boquiabiertos. Ella odiaba la hipocresía. Seguramente aquellas personas habían
estado destrozando su reputación esa misma noche. Como se habían parado, todo el
grupo se detuvo, lo cual provocó que Amelia no tuviera adónde ir.
—Vaya —dijo mirándolos a todos—, parece que el baile se ha acabado. Adiós.
Desesperada por salir de allí, comenzó a caminar, pero no tenía ni idea de adónde
dirigirse. Anthony apareció y la tomó por el brazo para escoltarla hasta la terraza.
Una vez fuera, Amelia se soltó del brazo y se apoyó sobre la balaustrada.
—Qué hombre tan insoportable.
—Lo siento, Amelia —susurró Anthony.
Parecía torturado. ¿Aquellos chismes lo habían angustiado tanto, entonces?
¿Cómo podía ser? Aquel hombre había alimentado durante años la fábrica de
murmuraciones sin ayuda de nadie.
—Debería llevarte dentro de nuevo. Solo quería sacarte de ahí, pero aquí fuera…
Amelia lo interrumpió sacudiendo la cabeza.
—Dentro de un rato. Creo que necesito aire. Y espacio.
Él se acercó y apoyó las manos sobre los hombros de ella.
Amelia miró hacia abajo, con las mejillas levemente sonrosadas de placer.
Anthony, con un nudillo, la obligó educadamente a levantar la cabeza.
—Eres una mujer maravillosa. Pura, inocente, amable, educada. Ahora mismo,
ahí dentro, hay personas diciendo cosas horribles de ti y aun así sonríes. Ese
hombre… —Anthony se detuvo un momento para recuperar la compostura—.
Estabas en todo tu derecho de haberlo dejado plantado en medio del baile, pero lo
terminaste. No lo entiendo. Quiero acabar con él y con cualquier otra persona que
piense mal de ti. En cambio tú… Jamás he visto mayor demostración del amor de
Dios. Te admiro más de lo que soy capaz de expresar y te mereces el mejor hombre
del mundo.
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Amelia contuvo la respiración. Jamás había esperado formar parte de la sociedad
londinense ni tener una familia. Si por ella fuera, la sociedad podía saltar al Támesis
ahora que había encontrado una. Sería perfecto que el hombre que tenía delante
sintiera lo mismo por ella.
El apasionado discurso de Anthony le infundió esperanzas. Sí, eso era. Anthony
iba a asegurarle que la amaba a pesar de los duros tiempos que se avecinaban.
—Yo no soy el mejor hombre del mundo.
Amelia jadeó y los ojos se le llenaron de lágrimas. Se suponía que él quería
protegerla, casarse con ella y llevársela consigo a su casa de campo, alejados de los
rumores.
—Si yo fuera un hombre como Griffith, conocido por su rectitud y moralidad y
todo lo que caracteriza a un caballero, esos chismes no tendrían credibilidad. Esto me
ha hecho comprender que no soy el tipo de hombre que mereces.
A Amelia le subía y bajaba el pecho, agitada, y el aire que respiraba le quemaba
la garganta. Sacudió la cabeza. Anthony le apretó más fuertemente los hombros y por
fin lo miró a la cara. El dolor que vio en los ojos de él le llegó al alma.
—Te dejaré tranquila —le dijo él susurrando—. Los chismes terminarán
desvaneciéndose. Griffith seguirá manteniéndote y acabarás encontrando a un
hombre que te merezca.
La primera lágrima se deslizó por la cara de Amelia, que no pudo hacer nada para
detenerla. Él la siguió con la mirada hasta que cayó sobre una piedra. Ella luchaba
por encontrar las palabras adecuadas, por mantener la compostura.
—No me enorgullezco de haber sido quien he sido, Amelia. No puedo permitir
que mi pasado afecte a una vida a tu lado. Lo lamento.
—¡Tu pasado no significa nada para mí! —Las palabras salieron de su pecho
como si alguien se las hubiera arrancado mientras él se volvía para marcharse.
Anthony, despacio, se puso frente a ella.
—¡Ellos saben quién era yo antes —sacudió el brazo señalando el salón de baile
— por eso se han inventado esta historia! Es culpa mía que te hayan insultado de una
forma tan atroz.
—No eres más responsable que yo de lo que ese hombre haya dicho. No puedes
culparte de los actos de los demás.
Anthony la miró fijamente, inmóvil.
Tras su brillante mirada herida Amelia sentía que tenía todo el amor que ella
necesitaba. Debía hacerlo entrar en razón. Anthony dejó de contemplarla y de
prestarle atención.
Ella lo tomó de las manos, desesperada por hacerle comprender.
—Has entregado tu vida a Jesús. Todos tus pecados están perdonados. Lo leí en la
Epístola a los romanos. ¡Eres tan puro como yo! —Lo agarró por los brazos con todas
sus fuerzas—. No me importa lo que hayas hecho antes. ¿No sabes que ya lo he oído
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todo sobre ti? No solo se trata de que estén difamándome ahí dentro. El hombre del
que están hablando no es el que está delante de mí.
Anthony le tomó la cara con las manos y le acarició las mejillas con los pulgares.
Su mirada perdida comenzó a desaparecer. ¿Estaría viendo la luz? ¿Estaría ella
haciéndole entender? Sin avisarla, deslizó una mano por su cuello y se inclinó para
besarla. El beso fue fugaz, pero ella se aferró a la cálida conexión que sintieron.
Saboreó sus propias lágrimas en los labios de él.
Anthony se obligó a separarse. La angustia volvió a aparecer en su rostro.
—No tenía ningún derecho a hacer eso, Amelia. Lo siento. —Dio un paso atrás
—. Puede que no distingas a ese hombre, Amelia, pero ese hombre sigue al acecho en
alguna parte, dentro de mí. Lo veré en el espejo cada vez que recuerde este momento.
Se volvió y salió volando escaleras abajo hasta llegar al jardín.
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pasando los criados con todo este lío.
No hicieron alarde de esconderse al regresar al salón de baile. Cuanta más gente
viera juntas a Miranda y a Amelia, mejor. Pero ninguna de las dos tuvo en cuenta que
una de esas personas sería lady Helena.
—¿Aceptando su soltería, lady Miranda?
Miranda se puso tensa y pellizcó los huesos de la mano de Amelia.
—¿Disculpe?
Lady Helena dirigió una fría mirada a Amelia.
—Considérelo una amistosa sugerencia de alguien que pasa un poco más de
tiempo en la pista de baile que usted. Es importante saber con quién se anda.
—Entonces debería marcharme antes de que alguien se dé cuenta de con quién
estoy hablando.
El aire salió silbando entre los dientes de lady Helena mientras sostenía la mirada
a Miranda.
—Con cuidado, lady Miranda. Tengo los oídos de muchas reputadas jovencitas
bien informados. ¿Sus hermanos aún no se han casado? He avisado a todas de lo que
significaría relacionarse con esta…, quiero decir, con ella. —Arrugó la nariz—. Tal
vez debería prevenirlas del carácter que tiene toda la familia.
Amelia no pudo soportarlo más. Había perdido a Anthony, pero no pensaba
perder también a su familia. Recordar las caras circunspectas de Griffith y de Trent
cuando se había cruzado con ellos unos momentos antes le dio fuerzas. Se adelantó y
le dio un último apretón a Miranda en la mano antes de soltarla.
—Creo que no hemos sido debidamente presentadas. Permítame arreglar eso. Soy
la señorita Amelia Stalwood, la protegida del duque de Riverton.
—Sé quién es usted —se mofó lady Helena.
Amelia levantó las cejas.
—Le pido disculpas. He asumido que usted creía que yo era una mujer de baja
moral y carácter malvado.
—Como le he dicho, sé quién es usted.
Llegados a ese punto alguien había visto el enfrentamiento y varias personas
empezaron a congregarse a su alrededor. La oportunidad de sacar a relucir la verdad
no se le volvería a presentar jamás. «Señor, ayúdame a proteger a mi familia».
Se sentía muy tranquila. Rogó a Dios que le diera las palabras adecuadas.
—La compadezco. —Amelia parpadeó, sorprendida de sí misma al darse cuenta
de que había dicho la verdad. Compadecía a lady Helena, que debía de estar
desesperada para tener que comportarse de aquella manera.
Lady Helena entrecerró los ojos.
—No soy yo quien jamás podrá volver a hacer su aparición en Londres. Tengo el
suficiente sentido común como para no andar revoloteando por ahí con un hombre
como ese.
—Y a pesar de ello quería desposarlo.
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La multitud, silenciosa hasta entonces, comenzó a reírse y a murmurar.
—Quería ser marquesa.
Los que estaban más cerca de ellas se quedaron sin respiración.
—Lady Helena —la voz de Amelia sonó muy baja, lo cual hizo que todos los
espectadores que tenían alrededor se inclinaran hacia delante—, me da lástima de
usted.
Cualquiera habría creído que Amelia acababa de escupirle en la cara por cómo
todos se echaron hacia atrás, conmocionados.
—¿Qué acaba de decir? —Lady Helena ladeó la cabeza ligeramente mientras
miraba a su oponente.
—Si esto es todo lo que tiene, me da usted pena. Sus estratagemas pueden haber
herido al hombre al que amo, pero yo tengo algo más. Aunque usted consiguiera que
yo no pudiera volver a entrar en un salón de baile, jamás me arruinaría la vida. Yo no
le otorgo ese poder.
Amelia no estaba segura de qué pretendía enfrentándose así, ni siquiera había
querido entrar en una batalla de voluntades en toda regla. Pero ahora que había
disparado un cañón tan volátil, no podía hacer otra cosa que esperar a ver si había
dado en el blanco o si la contraatacarían.
Y no le importaba. Había terminado con lady Helena y ya estaba bien de
doblegarse ante las opiniones de la aristocracia.
Dándole la espalda a lady Helena, se dirigió a los ávidos oyentes.
—Diré esto una sola vez por el bien de todos ustedes. Jamás me he comportado
con nadie, sea hombre, mujer, niño, aristócrata, noble o sirviente, de ninguna manera
que pudiera hacer daño a mi nueva familia.
Dio un paso hacia lady Helena y bajó la voz, pero tenía pocas esperanzas de que
lo que iba a decirle quedara entre ellas. Los oyentes que les rodeaban estaban
demasiado atentos a la conversación.
—Lady Helena, usted está tan soltera como yo. A pesar de todos sus planes y sus
mentiras, todavía no ha logrado su objetivo. Tal vez vaya siendo hora de que cambie
de estrategia. —Se dio la vuelta—. Buenas noches a todos.
Con la cabeza alta, se acercó a la multitud y esperó a que le abrieran paso.
Lo hicieron. Le despejaron el camino hasta la salida.
Cuando se fue de la habitación, estalló un ruido casi ensordecedor que llegó
incluso a los pasillos. ¿Cómo podían entenderse unos a otros? De nuevo parecía no
importarles. Tal vez solo les interesaba hablar sin ser escuchados.
Al dejar el salón detrás, parecía que Amelia también hubiera dejado atrás su
coraje. Cuando llegó a la puerta principal estaba temblando.
Y allí se encontraban todos ellos. Miranda, Griffith y Trent, e incluso Caroline y
lord Blackstone. Todos la abrazaron susurrándole palabras de aliento, aceptación e
incluso amor.
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Se apiñaron en el carruaje. A pesar de la oscuridad que suponía haber perdido a
Anthony, Amelia vio un leve rayo de luz y esperanza sobre su futuro.
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Capítulo 15
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cuarto de estar.
—Anthony no vendrá hoy de visita, te lo aseguro —susurró Amelia. Las lágrimas
asomaron a sus ojos y le nublaron la vista—. Yo no quería esto.
Caroline y Miranda se volvieron hacia ella con mirada inquisitiva.
—No pretendía herirla. Solo quería… solo quería arreglar las cosas. Esto no está
bien.
Caroline tomó una mano de Amelia y la frotó con las suyas.
—Querida mía, si la aristocracia está implicada en una situación, la figura del
villano aparece siempre. En todas las historias tiene que haber un libertino. Si tú eres
inocente, entonces ella debe ser culpable.
—Y lo es. —Miranda se encogió de hombros ante la exasperada mirada de su
madre—. Anoche te ganaste la admiración de todos. Eso obliga a lady Helena a ser la
canalla por haberse atrevido a hacerte daño.
—¿Cómo puedo acabar con esto? —Amelia desenredó los lazos del vestido sobre
su regazo.
—Tal vez si Anthony quisiera volver… —suspiró Caroline.
—Amelia ha declarado su amor por él delante de medio Londres. —Miranda le
dio un puñetazo a un cojín bordado—. Si no regresa es que es tonto.
Griffith volvió a entrar en la sala de estar y se dejó caer en un sillón orejero
frotándose la frente y las sienes. Amelia sabía cómo se sentía. Ella también estaba
intentando mantener a raya el dolor de cabeza que comenzaba a aparecer.
—Deseo marcharme —anunció Amelia.
Griffith dejó caer las manos y abrió los ojos, pero no hizo ningún otro gesto.
—Si no existe la posibilidad de que me vaya de verdad de Londres, ¿podemos
decirle a todo el mundo que lo he hecho? Me quedaré en casa y nadie más lo sabrá.
Caroline empezó a protestar, pero Griffith la sostuvo por las manos para
contenerla.
—Tengo una casa a las afueras de Londres. Todos saben que solemos retirarnos
allí para tomar un respiro en plena temporada. Con un poco de suerte, lady Helena
también se esconderá. Si ninguna está en la ciudad, la aristocracia acabará hablando
de otra cosa.
Anthony estaba mirando al techo sin fuerzas aún para levantarse de la cama. Los
criados estarían probablemente revueltos todavía tras su llegada sorpresa a la finca en
el campo la noche anterior. No lo esperaban hasta bien acabada la temporada.
Se dio la vuelta y le dio un puñetazo a una almohada.
—¿Por qué, Dios? —gimió. ¿Por qué Dios lo había hecho llegar tan lejos y se
mofaba de él sobre algo tan importante? ¿Cómo podía un Dios bondadoso ponerle la
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miel en los labios y a continuación quitársela?
La respuesta se materializó como si el mismísimo Dios le hubiera hablado a
Anthony al oído: «Yo no te la he quitado. Lo has hecho tú».
Se incorporó e instintivamente se cubrió el pecho desnudo con las sábanas. Saber
que Dios estaba siempre presente era bien distinto a percibir que estaba a los pies de
su cama. Entonces entendió la trascendencia de aquellas palabras. Dios no le había
arrebatado a Amelia. Su propio egoísmo y sentimiento de culpabilidad la habían
obligado a apartarse. ¿Cómo podía ser tan estúpido?
—Buenos días, milord. —El mayordomo entró con agua fresca, dispuesto a hacer
las veces de ayuda de cámara. Harper estaría probablemente muy enfadado con él por
haberlo dejado en Londres.
—¿Has hecho alguna vez algo tan absurdo que has acabado convencido de que,
en lugar de cerebro, tienes un borrego metido en la cabeza?
El mayordomo se quedó helado y miró a su alrededor para ver si había alguien
más en la habitación. Anthony se rio al darse cuenta de cuánto le había influido
Amelia.
No se había pensado dos veces comenzar una conversación con el mayordomo,
que al parecer tenía muy serias dudas sobre qué responder.
—Le ruego me disculpe, milord.
Anthony balanceó las piernas sobre un lado de la cama y se frotó la cara con las
manos.
—He cometido una estupidez. ¿De veras creía que iba a salvarla abandonándola?
Chalmers se aclaró la garganta.
—¿«La», milord?
Anthony asintió con la cabeza.
—La dejé allí, en la terraza, como un cobarde. Plantarle cara a Bentley estuvo
bien hasta cierto punto, pero debería haberlo hecho en el baile en lugar de en el
exterior de su casa.
—Mmm… por supuesto, milord.
—¿Cómo puedo haberme comportado como un alcornoque?
Anthony metió los brazos en la bata como si fueran dos estoques y comenzó a
caminar mientras se ataba el lazo a la cintura.
Pasaron unos momentos. Chalmers tenía aspecto de querer salir corriendo, y la
verdad era que Anthony no podía culparlo. El mayordomo debía de estar pensando
que su amo se había vuelto loco.
—Si me permite el atrevimiento, señor, creo que usted podría estar enfrentándose
a esto de una manera equivocada.
Anthony le hizo un gesto para que continuara. Chalmers se aclaró la garganta.
—No es una cuestión mental. No existe una razón lógica. No sé qué ha hecho,
señor, pero no parece tratarse de algo cerebral, sino de un asunto del corazón.
Anthony asintió con la cabeza.
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—Entonces concéntrese en la verdad, no en la lógica. Deje de intentar averiguar
el porqué y busque el qué.
Anthony se quedó en silencio, atónito. Tenía un mayordomo muy profundo.
Cuando las cosas se calmaran iba a tener que convertir en costumbre hablar con este
hombre.
—Lógicamente —empezó Anthony paseando de nuevo por la habitación—,
volvería a caer en mis viejos hábitos y costumbres y sería la persona que ellos creen
que soy. Lo cierto es que he cambiado.
Chalmers tiró de la campana y comenzó a elegir la ropa del vestidor asintiendo
para dar a entender a Anthony que seguía atento a sus divagaciones.
—No tiene sentido, porque fue obra de Dios, no mía. —Anthony se asomó por la
ventana y miró sus tierras. Chalmers añadió una camisa a la ropa que estaba
seleccionando mientras hablaba bajito con el criado que había acudido a la llamada
—. Si Dios es capaz de aceptarme, ¿por qué ella no?
La voz volvió a sonar como un martillo en su oído: «Ella sí te acepta».
—Ella sí me acepta. —La voz de Anthony se apagó cuando comprendió la
realidad. En el baile estaba demasiado consternado y cuando ella lo expresó no la
oyó, pero su cerebro lo había almacenado para cuando estuviera preparado.
«Todos tus pecados están perdonados».
—Estoy perdonado —susurró.
Cruzó la habitación y agarró a Chalmers por los hombros.
—Tengo la oportunidad de empezar una vida nueva y ella está dispuesta a
compartirla conmigo. Solo un estúpido dejaría marchar a una mujer como ella,
Chalmers.
—Completamente de acuerdo, milord.
—Necesitaré un caballo fresco. Hoy no podría regresar a Londres con el mismo
que traje. Y ropa. También necesitaré… —Se detuvo al darse cuenta de que Chalmers
había preparado toda la ropa de montar.
—Están preparando el caballo en este instante, milord. —Chalmers sacó la navaja
de afeitar—. ¿Podría sugerirle un buen desayuno antes de que se marche?
—Sí, desayuno. —Anthony estaba estupefacto. Nunca había comprendido cuánta
razón tenía Amelia.
Las personas eran personas, independientemente de la clase a la que
pertenecieran. Unas eran amables, otras inteligentes, y otras malas y mezquinas. Se
vistió rápidamente y cuando salió del vestidor se encontró una bandeja con el
desayuno preparado en su habitación.
Chalmers recogió las sábanas sucias y se dispuso a salir.
—Chalmers —lo llamó Anthony—, quiero encargarle algo para que lo haga
durante mi ausencia.
—¿Cuál es el color favorito de ella, milord?
—¿Su color?
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—Sí, milord. ¿Cuál es su color favorito? Si lo que desea es que me ocupe de
disponer las habitaciones para la señora, vendrá bien saber cuál es su color favorito.
Impresionante. ¿Cómo se las había arreglado para contratar al mayordomo más
listo del país?
—Rosa —dijo recordando lo encantada que estaba Amelia con su primer vestido
de baile—. Le gusta el rosa.
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Él se apartó y apoyó su frente en la de ella.
—Te he echado de menos.
Amelia sonrió luchando por no llorar ella también.
—Yo también te he echado de menos.
Las carcajadas de él sonaron en todo el recibidor mientras la tomaba en brazos y
le daba vueltas por la habitación.
—Qué estúpido he sido creyendo que podría alejarme de ti. —La volvió a dejar
en el suelo, pero no se separó de ella—. Vengo de Hertfordshire. Cabalgué hasta allí
la mañana después de dejarte en la terraza y todavía no llevaba un día cuando me di
cuenta de que me había comportado como un alcornoque. Regresé a Londres y
Gibson me dijo dónde estabas. Amelia, te quiero. Y cuando Dios bendice a un
hombre haciéndole conocer a una buena mujer a la que amar, hay que hacerle caso.
Supongo que lo correcto sería preguntarle a Griffith, pero te lo voy a preguntar
primero a ti. ¿Quieres casarte conmigo?
—¡No!
Amelia se volvió al oír aquel grito y se quedó estupefacta al ver a Georgina en la
puerta del salón temblando.
—¡No puedes casarte con ella! ¡Se supone que tienes que casarte conmigo!
¡Conmigo!
—¿Georgina? —preguntó Amelia con suavidad. Miró alternativamente a uno y
otro. Los pocos pensamientos que la confesión de Anthony pudiera haber dejado
intactos estaban ahora confundidos.
Él permanecía de pie, con la boca ligeramente abierta, tan sorprendido que no
podía articular palabra.
Georgina retorció la cara de ira.
—Durante dos años has estado viniendo a Riverside Manor, y siempre he hecho
cuanto estuviera en mi mano por demostrarte que podría convertirme en una
magnífica marquesa. Todo iba perfecto hasta que le dijiste a Griffith que estabas
buscando esposa. Le supliqué a mamá que me dejara salir. Se lo rogué porque sabía
que si eras capaz de verme como mujer me elegirías.
—Georgina, yo… —Anthony se alejó de Amelia, pero sin soltarla de la mano.
Con la mano libre intentó alcanzar a Georgina antes de retroceder.
—Pero no me dejaron salir. Así que intenté detenerte. Le conté todo a lady
Helena. Ella tenía derecho a saber el error que estabas cometiendo al elegir a esta
mujer. ¿No te das cuenta de que no reúne las condiciones para ser una marquesa? —
Señaló a Amelia acusándola. Su mirada parecía un puñal y Amelia se estremeció—.
Sabía que nunca te casarías con lady Helena. Pero se suponía que desecharías la idea
de casarte con la protegida de Griffith y que esperarías un año más y entonces yo
estaría allí y me elegirías.
—Georgina —dijo él en voz baja—. Amo a Amelia. —La soltó de la mano y se
acercó un poco más a Georgina.
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Pero la joven debió de darse cuenta de lo que había hecho, los secretos que había
revelado, y empezó a temblar. Amelia sintió compasión por ella.
—¡Alejaos de mí! ¡Todos!
Amelia se dio la vuelta y vio que Miranda, Caroline, Trent y Griffith, incluso lord
Blackstone estaban en el recibidor atraídos por el estrépito. Todos parecían
incómodos ante tal confesión. Georgina se volvió y huyó por el salón hacia los
jardines.
Anthony hizo ademán de seguirla, pero Caroline lo detuvo.
—Déjala marcharse. Tiene el orgullo herido, y el orgullo de una jovencita puede
ser enorme. Podréis hablar cuando se tranquilice.
Se retiraron al salón a la espera de que Georgina volviera. Sin estar oficialmente
comprometidos (después de todo, Amelia no había tenido oportunidad de responder a
la proposición de matrimonio), Anthony se sentó junto a Amelia en el sofá
sosteniéndole la mano.
Él sacudió la cabeza.
—No tenía ni idea. Siempre pensé que era la diablilla, la hermana pequeña. Jamás
vi…
—Nosotros tampoco —dijo Griffith.
Anthony le dedicó una sonrisa irónica.
—Desgraciadamente, tengo un poco más de experiencia que tú. Si miro atrás me
doy cuenta de que hubo algunas señales a las que no hice caso. Lo siento de veras.
Amelia se inclinó y tomó la cara de Anthony con las manos.
—Eres muy bueno echándote la culpa, creyéndote que tu pasado te da derecho a
culparte de cualquier situación. Mira, yo le he hecho la cama turca[4] a mi institutriz,
he metido escarabajos en el pudin de pasas y he mentido todo lo que he podido si he
creído que así conseguiría captar la atención de mis padres. Eso, milord, es tan
pecaminoso como lo que quiera que hayas hecho. Estoy aquí sentada, perdonada. Ya
va siendo hora de que te aceptes que tú también estás perdonado.
Anthony la miró a los ojos. Amelia no supo qué vio allí, pero fue suficiente para
que el rostro de Anthony se iluminara.
—Tienes razón, amor mío. Ya es hora de que me perdone a mí mismo.
Alargó una mano y le apartó el cabello de la cara, se inclinó y rozó suavemente
sus labios con los de ella.
Miranda suspiró.
Griffith se aclaró la garganta.
Caroline escupió al tragarse una carcajada.
Trent vitoreó.
Amelia se echó hacia atrás abanicándose sin éxito las mejillas, que tenía
encendidas.
Anthony la besó en la frente y sonrió entusiasmado.
—Bueno, supongo que ahora tendrás que casarte con ella —murmuró Griffith.
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Finalmente, Caroline fue a buscar a Georgina. Parecía una niña cuando apareció
en el salón. La oferta de Amelia de hacerla dama de honor le hizo abrir los ojos
atónita.
—¿Por qué razón harías algo así?
—Todo el mundo se merece una segunda oportunidad.
Amelia no podía culpar a Georgina de intentar forjarse el mejor futuro posible, a
pesar de que sus métodos fueran más que cuestionables. Haberse pasado toda la vida
viendo que la gente tenía cosas que ella creía desear le hicieron compadecerse de la
joven. Tal vez fuera el comienzo de una nueva relación entre ellas.
Sin embargo, al menor atisbo de sabotaje la sacaría de su vida.
Anthony acarició los nudillos de Amelia con el pulgar.
—Estoy deseando llamarte «esposa».
—Tendrás que esperar a que regresemos a Londres —dijo Georgina—. A pesar de
mi falta de juicio, sé cómo funciona la alta sociedad. Si no queréis que los chismes os
persigan toda la vida, la gente tiene que ver un noviazgo feliz.
Anthony gimió al ver que Caroline y Miranda estaban de acuerdo con la
afirmación de Georgina.
—Pronto te olvidarás del aplazamiento. Esto será para siempre, después de todo.
Amelia le retiró el pelo de la cara a Anthony, encantada cuando se dio cuenta de
que ahora tenía derecho de hacer eso.
—Para siempre. Si como me siento ahora es un indicio a tener en cuenta,
viviremos felices toda la vida.
—Como mínimo, seremos bendecidos para siempre —añadió Amelia—. Porque
si Dios no me concede nada más en esta vida, me habrá ofrecido a ti, y eso es mucho
más de lo que jamás soñé.
Anthony la besó cuidadosamente, sin prestar atención a los gemidos que se oían
en la habitación.
—«Bendecidos para siempre» suena muy bien.
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Agradecimientos
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Todos deberíamos agradecerle a Gayle que tuviera agallas para decirme que en la
primera versión Anthony era un cobarde. Tras un implante de médula está bien.
He de agradecer a mi padre que me haya servido de fuente de inspiración
indirectamente para este relato. No voy a contarle cómo lo ha hecho. Me guardo la
información hasta que nos diga qué quiere para Navidad.
Alana, no sé cómo expresarte mi agradecimiento. Has sido mucho más que una
cuñada, has sido una amiga. Gracias por tu tiempo y por tu comprensión. Y por estar
dispuesta a leer mi novela cuando mi propio hermano me decía que mejor se esperaba
a la película.
Gracias, Patty Smith Hall, por acogerme en vuestro seno. Hubo días en los que
quise dejarlo, pero vuestros ánimos me hicieron continuar. Gracias por la botellita
mágica de arena de Seekerville. Verla cada mañana es un estímulo.
Para el resto de mi familia de escritores, mis hermanas de Regency Reflections, el
grupo de ACFW North Georgia y los siempre solidarios Georgia Romance Writers:
esto no habría sido posible sin vosotros. Estoy deseando dar a otros lo que vosotros
me habéis dado a mí. Para los autores en cuyas obras me he inspirado mi
agradecimiento no tiene límites, a pesar de que hayáis sido, además, los culpables de
muchas noches de insomnio.
Quiero dar las gracias a mis editores y a todo el equipo de Bethany House. La
historia de Anthony y Amelia ha pasado por muchos altibajos, y estuve a punto de
dejarla olvidada en un cajón. Muchas gracias a Raela y a Karen, que me ayudaron a
perfeccionar la narración hasta convertirla en lo que es ahora.
Y por último, quiero darte las gracias a ti, quienquiera que seas, por haberte leído
no solo el relato, sino hasta la sección de agradecimientos. Quiero dar las gracias en
especial a quienes la leen para algo más que para encontrar su nombre. Hay muchas
personas a las que no he dado las gracias y han estado ahí, para mí, durante todo el
proceso. Pero como en los discursos de los Óscar, siempre se olvida a alguien. Espero
habéroslo agradecido en persona y con un poquito de suerte recordaros la próxima
vez.
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KRISTI ANN HUNTER, es la autora de las novelas románticas de la Regencia,
ganadora del premio RITA, desde una visión cristiana del mundo. Sus libros incluyen
la galardonada serie de la Hawthorne House, así como las recién publicadas primeras
historias de la serie de la Haven Manor. Además de escribir, también es oradora,
dando clases de escritura y temas bíblicos y espirituales. Ha hablado a grupos de
escritores, escuelas y grupos de mujeres jóvenes en iglesias.
Cuando no está escribiendo o interactuando con sus lectores, Kristi pasa tiempo con
su familia y su iglesia. Graduada de Georgia Tech con un título en informática,
también se la puede encontrar jugando con su computadora en su tiempo libre.
Amante nata de las historias, también es una ávida lectora. Desde muy joven soñó
con compartir sus propias historias con los demás y alaba a Dios diariamente por
haber logrado vivir ese sueño hoy.
Para saber más sobre ella, visite su página web: www.kristiannhunter.com
Página 110
Notas
Página 111
[1]N. de la Trad.: George Bryan Brummell, conocido como Beau Brummell («el
Bello Brummell»), fue el embajador de la moda británica en la época de la Regencia.
<<
Página 112
[2]
N. de la Trad.: Mayfair es un barrio del oeste de Londres, caro y prestigioso, en el
que está, entre otras, la famosa calle Bond, conocida por sus lujosas tiendas. <<
Página 113
[3]N. de la Trad.: La Biblia familiar era una costumbre en la Inglaterra victoriana que
consistía en tener una Biblia grande y de calidad a la que se agregaban páginas en
blanco para que el primogénito varón de cada generación fuera registrando los
nacimientos, matrimonios, fallecimientos y acontecimientos notables de la vida
familiar. <<
Página 114
[4] N. de la Trad.: Broma que consiste en hacer la cama con las sábanas dobladas de
tal forma que, al meterse en ella, no caben las piernas. <<
Página 115
Página 116