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Eutanasia

El documento defiende la legalización de la eutanasia como un derecho a una vida digna y a la autonomía personal, argumentando que prolongar el sufrimiento sin esperanza de mejora no es compatible con la dignidad humana. Se expone que el derecho debe evaluar la eutanasia desde una perspectiva legal, donde no sería considerada un delito si se regula adecuadamente. Además, se enfatiza que la prohibición de la eutanasia puede vulnerar el derecho a la autodeterminación y que el Estado debe garantizar el ejercicio de este derecho en condiciones de decisión consciente y libre.

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Eutanasia

El documento defiende la legalización de la eutanasia como un derecho a una vida digna y a la autonomía personal, argumentando que prolongar el sufrimiento sin esperanza de mejora no es compatible con la dignidad humana. Se expone que el derecho debe evaluar la eutanasia desde una perspectiva legal, donde no sería considerada un delito si se regula adecuadamente. Además, se enfatiza que la prohibición de la eutanasia puede vulnerar el derecho a la autodeterminación y que el Estado debe garantizar el ejercicio de este derecho en condiciones de decisión consciente y libre.

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Honorable panel, miembros de la oposición, estimados compañeros y público

presente:

Hoy venimos a defender la legalización de la eutanasia, una medida que no solo


respeta el derecho a una vida digna, sino que también refuerza la autonomía
individual, pilar fundamental del derecho moderno. Nuestra sociedad debe
reconocer que prolongar una vida de sufrimiento sin esperanza de mejora no es
vida digna. El derecho a decidir sobre cómo vivimos también incluye el derecho a
decidir cómo morimos.

Permítanme profundizar en este concepto desde una perspectiva legal. A través


de la teoría pura del derecho de Kelsen, podemos entender cómo los hechos,
aunque sean perceptibles para cualquier ciudadano, son evaluados de manera
distinta desde el derecho. Desde las bases del derecho podemos diferenciar entre
lo fáctico, lo que es percibido por la sociedad a través de los sentidos, y lo que el
derecho interpreta de esos hechos. Un médico, un ingeniero o cualquier
ciudadano sin formación jurídica pueden observar un hecho, pero el derecho lo
analiza de manera distinta. Permítanme poner un ejemplo básico: A golpea a B en
la cabeza, provocándole la muerte. Cualquier ciudadano, desde fuera del ámbito
legal, verá esto como un hecho verificable: A mató a B. Sin embargo, solo el
derecho puede determinar si A es penalmente responsable de la muerte de B.
Esto se debe a que, desde la perspectiva legal, la conducta de A puede calificarse
como homicidio punible o legítima defensa. Por lo tanto, el hecho físico importa
como tal, pero debe ser evaluado desde el derecho. En el derecho penal, solo
existen dos tipos de conductas: las que se adecuan a la ley y las que la
contravienen. Solo estas últimas pueden ser penalmente relevantes. Ahora,
cambiemos el ejemplo: Por ejemplo, si A inyecta un químico a B, provocándole la
muerte, los sentidos dirán que A ha matado a B. Sin embargo, el derecho evaluará
si A es penalmente responsable de esta muerte. ¿Es un homicidio? ¿Es legítima
defensa? O, como discutimos hoy, ¿es un caso de muerte asistida? El derecho
penal, como bien sabemos, no juzga los hechos de manera aislada; los
contextualiza y los evalúa según los principios y leyes vigentes. De este modo, la
eutanasia, cuando regulada, no sería punible, porque no alcanzaría el último
peldaño de la categoría dogmática del delito: la punibilidad."

En el marco de las categorías dogmáticas del delito, tenemos una conducta


típica, antijurídica, culpable y punible. Si falta alguno de estos elementos, no
existe delito. La conducta desaparece si no hay acción, por ejemplo, en casos de
fuerza mayor o caso fortuito. La tipicidad desaparece si no se cumplen los
elementos del tipo penal. La antijuridicidad puede desaparecer con causas de
justificación, y la culpabilidad, con causas de exculpación. La punibilidad puede
eliminarse mediante excusas legales absolutorias. La punibilidad se refiere a la
necesidad y merecimiento de una pena por la realización de una conducta típica,
antijurídica y culpable. Es el punto más alto de esta pirámide. Existen excusas
legales absolutorias en nuestro ordenamiento jurídico, como por ejemplo: La no
punibilidad de los delitos cometidos por la víctima en casos de trata de personas
(art. 93). Las lesiones ocasionadas por profesionales de la salud para salvar una
vida (art. 152, último inciso). Las calumnias ante una autoridad en razón de la
defensa, o en casos de microtráfico cuando la persona es adicta a las drogas. El
aborto terapéutico. El aborto eugenésico por violación (art. 150, numeral 2),
reconocido por la Corte Constitucional. La punibilidad expresa las características
de una acción penalmente relevante, basada en criterios de política criminal. Esto
implica sumar la necesidad de la pena, el merecimiento y la idoneidad, lo que
resulta en la punibilidad. Es importante no confundir punibilidad con penalidad.
La punibilidad afecta la configuración del delito, mientras que la penalidad se
refiere a la consecuencia jurídica de la acción. El homicidio, de acuerdo con el
artículo 144, sanciona a quien cause la muerte de otra persona. Aquí volvemos a
Kelsen: el derecho positivo convierte esta conducta exterior en homicidio, pero si
la eutanasia o la muerte asistida no son punibles, jamás se podrán calificar como
homicidio, ya que no alcanzan el último peldaño de esta categoría dogmática.

Como Gobierno, reconocemos el derecho a la vida, pero es fundamental que no lo


entendamos solo como la mera existencia física. El artículo 45 de la Constitución
de Ecuador establece que toda persona tiene derecho a una vida digna. Esto
implica no solo la protección de la vida en su sentido biológico, sino la garantía de
condiciones que aseguren una existencia decorosa. Una persona que se
encuentra en una situación de sufrimiento extremo, sin esperanza de
recuperación, no está disfrutando de una vida digna. Mantenerla en esa
condición es una violación de su derecho a vivir con dignidad.

La Corte Interamericana de Derechos Humanos, al referirse al derecho a la vida


digna, ha señalado que no basta con mantener signos vitales; es necesario que
las personas puedan desarrollarse plenamente. En el contexto de la eutanasia,
esto significa reconocer que prolongar artificialmente una vida llena de
sufrimiento no es garantizar una vida digna. Negarle a una persona la opción de
una muerte digna es obligarla a vivir una existencia contraria a los valores de
la dignidad humana que nuestra Constitución y tratados internacionales
protegen.

artículo 66 de la Constitución protege el derecho al libre desarrollo de la


personalidad, lo que significa que cada persona tiene el derecho de estructurar su
vida según sus propias decisiones, valores y creencias. Este derecho también
incluye el poder de tomar decisiones sobre el propio cuerpo y espíritu.
¿Quién mejor que la propia persona puede determinar cuándo su vida ha dejado
de ser digna? ¿Quién mejor que ella puede decidir si el sufrimiento es intolerable?
Al permitir la eutanasia, el Estado no está actuando en contra de la vida, sino
respetando la soberanía personal y el derecho de cada individuo a decidir sobre su
propio destino.

La legalización de la eutanasia no es una decisión arbitraria ni impulsiva; es


una extensión del respeto por la autonomía personal. Impedirle a alguien poner
fin a su sufrimiento cuando no afecta a los derechos de los demás es imponer un
concepto de vida y dignidad que puede no corresponder a sus propios valores.

En este sentido, el principio de dignidad humana, consagrado


constitucionalmente, otorga a los individuos el derecho a decidir sobre su propio
cuerpo y vida. El derecho a la autodeterminación se manifiesta en la posibilidad
de elegir no prolongar una existencia caracterizada únicamente por el dolor y la
pérdida de calidad de vida.

Diversas cortes internacionales han señalado que la prohibición absoluta de la


eutanasia puede llegar a vulnerar el derecho a la autonomía personal, lo que
implica un menoscabo a la libertad del individuo de tomar decisiones sobre su
vida en situaciones extremas. No se trata de imponer una obligación, sino de
respetar una opción que, en consonancia con los principios de humanidad y
compasión, permite evitar el ensañamiento terapéutico.

El Estado debe garantizar que las personas puedan ejercer este derecho, siempre
que estén en condiciones de tomar una decisión consciente y libre. La eutanasia,
lejos de atentar contra la vida, representa un reconocimiento a la voluntad
individual y al respeto por una vida digna, donde la libertad de elección es
primordial. Es necesario, entonces, armonizar el derecho a la vida con el derecho
a una muerte digna, en favor del bienestar y el respeto a la persona humana en sus
momentos más críticos.

La legislación ecuatoriana no penaliza la eutanasia; el vacío normativo actual


debe llenarse con una regulación que respete el derecho de las personas a decidir
sobre su propia vida y muerte. La compasión y la dignidad deben prevalecer sobre
el miedo al castigo.

Con la eutanasia, no estamos promoviendo la muerte, sino el derecho a una vida


verdaderamente digna hasta su último momento. Negar esta posibilidad es
imponer una visión única de lo que significa vivir. Como sociedad, debemos
avanzar hacia una legislación que respete la autonomía individual, siempre bajo
criterios de justicia y respeto a los derechos humanos.

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