Saussure.
La lingüística estructural
Pablo Leona
Entre 1906 y 1911, Ferdinand de Saussure (1857-1913) dictó en la
Facultad de Letras y Ciencias Sociales de Ginebra –donde ocupaba,
además, las cátedras de Gramática comparada y Sánscrito– tres semi-
narios sobre “lingüística general”. En 1916, a partir de los numerosos
apuntes de clase que pudieron compendiar entre sus asistentes, dos
alumnos suyos (Charles Bally y Albert Sechehaye) publicaron en París el
Curso de Lingüística General. Por el modo como cuestiona y supera el
estado de los estudios lingüísticos anteriores y por las consecuencias que
tendrá en la organización de las ciencias sociales durante el siglo XX, el
Curso es considerado un texto fundamental de la lingüística y la episte-
mología modernas.
Para Saussure, ningún otro campo (o dominio) de las incipientes cien-
cias sociales estaba tan sumido en “nociones absurdas, prejuicios, espejis-
mos y ficciones” como el de los estudios lingüísticos de la época: ni la gra-
mática normativa (abismada en la demarcación entre lo correcto y lo
incorrecto) ni la venerable filología clásica (abocada al estudio compara-
tivo de textos clásicos), ni –sobre todo–, la filología comparativa en boga
(dedicada al análisis de las filiaciones entre las lenguas naturales y la
reconstrucción regresiva de su origen común, en el sánscrito o en el indo-
europeo) podían aspirar al status scientae, a un lugar entre las ciencias de
la sociedad, porque ninguna había logrado (como sí lo habían hecho la
sociología, la economía, la etnografía y la psicología, entre otras) definir
un objeto “autónomo y completo” ni un método “coherente y riguroso”.
Lengua como objeto de la lingüística
Varias ciencias –además de la gramática y las filologías– se ocupan,
cada una parcialmente, de los hechos lingüísticos: la etnografía y la his-
toria (que trabajan sobre documentos lingüísticos o sobre registros lingüís-
ticos documentados), la fisiología del sonido (que describe –entre otras
cosas– las condiciones físicas de la realización acústica del lenguaje), la
antropología biológica (que describe el lenguaje como un hecho huma-
no, es decir: como un atributo de la especie, y no como un hecho social),
la psicología social (que se ocupa de él como función de la mente), la
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sociología (que lo considera una institución social entre otras). Esto es
razonable: el lenguaje es un elemento central para la cultura general y
los cometidos prácticos de cualquier sociedad, y el Curso insiste en ello
abundantemente (por el contrario, la filología comparativa soslaya ese
dato y se aplica a defender –mediante argumentos etimológicos– la tesis
de una diáspora de las lenguas como escisiones en sucesiva decaden-
cia). Que muchas disciplinas se ocupen de cuestiones relacionadas con
el lenguaje obliga, en primer lugar, a precisar la incumbencia específica
de la lingüística. Si esa precisión, se incurre en decisiones confusas, en
inconsistencias categoriales y en solapamientos viciosos con las ciencias
conexas. La primera tarea es, pues, de delimitación.
El objeto de la lingüística deberá ser definido consistentemente con
su demarcación respecto de los objetos de las demás ciencias sociales,
y a partir de una reconstrucción radical del aparato terminológico (y, por
ende, conceptual) heredado. Esa operación concluirá en la definición
misma de la lingüística como ciencia autónoma.
El objeto no puede ser el lenguaje (i.e.: la facultad humana interesa-
da en el conjunto de todos los hechos que, en sentido general, puedan
ser considerados como “lingüísticos”).
Existe una objeción epistemológica para ello: en cualquier hecho
de lenguaje conviven dos caras, que no pueden ser resueltas consisten-
temente desde un mismo punto de vista (o a partir de unos supuestos y
de unas herramientas teórico-metodológicas constantes). En toda frase
proferida, en efecto, hay: el aspecto articulatorio bucal (la producción
fisiológica de sonidos) y el aspecto acústico (el registro fisiológico de
sonidos); el sonido (realidad fisiológica acústico-bucal) y la idea (reali-
dad mental) relacionada; un componente social y uno individual; unos
elementos actuales que, a su vez, son el resultado de una evolución;
etcétera. Ahora bien: para intentar la descripción del lenguaje en su
cabal heterogeneidad, habría que convocar a las demás ciencias
conexas, cada una de las cuales podría reclamar a justo título su sobe-
ranía sobre una u otra de las diversas dimensiones que lo conforman.
Pero una opción tal es inaceptable, en tanto viciaría toda justificación
epistemológica de la lingüística, cuya razón de ser está supeditada a la
delimitación, dentro de esa heterogeneidad, de un componente esen-
cial y autónomo. Saussure resuelve esto señalando que puede separar-
se, dentro del caos heterogéneo del lenguaje, un principio de clasifica-
ción, la “norma de todos las demás manifestaciones del lenguaje”: la
lengua, el instrumento creado y provisto por la sociedad para que las
personas se comuniquen.
Para precisar la ubicación de la lengua dentro del lenguaje, Saussure
plantea la primera tesis propia, que consiste en distinguirla del habla,
para lo cual realiza una operación que inaugura un método central en el
resto del Curso: la definición a partir de oposiciones binarias. La primera
gran dicotomía del Curso, pues, permite definir la lengua no por sus pro-
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piedades intrínsecas, sino por aquello respecto de lo cual guarda diferen-
cias: el habla.
Insistiendo en el supuesto de la lengua como instrumento de la
comunicación, Saussure parte de la consideración de un acto individual
de lenguaje, ya bastante esquematizado:
dados A y B, participantes de un diálogo,
• el punto de partida es un hecho psíquico: en el cerebro de uno de
ellos –digamos, de A–, los hechos de conciencia –los significados– se
encuentran organizadamente asociados a unas instancias expresi-
vas –los significantes– y un significado (el deseo de {saludar a B})
desencadena un significante (la secuencia /óla/); esto tiene como
consecuencia
• un hecho fisiológico: el cerebro de A transmite un impulso correspon-
diente al significante /óla/ a los órganos fonatorios; esto tiene como
consecuencia
• un hecho físico: las ondas sonoras, que se propagan desde la boca
de A hasta el oído de B; esto conlleva
• un segundo hecho fisiológico: la transmisión desde el oído hasta el
cerebro de B de la señal asociada al significante /óla/; lo cual, a su
vez, provoca
• un segundo hecho psíquico: la asociación –recíproca a la ocurrida
en el origen del diálogo– entre el significante /óla/ y el significado
{saludar a B} (por intervención de la facultad receptiva).
Considerados múltiples casos en los que diferentes individuos ocu-
pen las funciones A y B, separar lo que es propio de cada experiencia
particular (lo que es idiosincrático) de lo que es idéntico para todas
ellas (lo que es categórico) permitirá avanzar en la discriminación entre
lo accesorio (aquello cuyas propiedades dependen de variables cir-
cunstanciales, que atañen al individuo) y lo esencial (aquello que sea
constitutivo del tipo comunicacional analizado, propio del hecho
social).
Lo físico puede descartarse de entrada: si oímos una conversación
en una lengua que desconocemos (es decir: el conjunto de relaciones
entre las partes significantes y significadas), quedamos fuera del hecho
social; además, nunca hay identidad exacta entre el sonido producido
por dos individuos al realizar un mismo significante (pero esas diferencias
no conciernen al hecho social: no son datos sobre la institución que cons-
triñe las posibilidades de la intercomunicación sino sobre el individuo); por
otro lado, el sonido no es un elemento esencial: puede reemplazarse por
señales visuales (la escritura, señas con las manos) o táctiles (el Braille). Y
los mismos argumentos pueden esgrimirse para descartar los hechos per-
tenecientes al dominio fisiológico. Más aún: otras ciencias (la física acús-
tica, la fonoaudiología) se ocupan ya de estudiarlos. Se trata, pues, de
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cuestiones que, además de corresponderles a otras disciplinas, son acce-
sorias a la comunicación.
¿Será, entonces, objeto de la lingüística todo cuanto ocurre en el
dominio psíquico? No todo, pues el primer instante, el momento ejecutivo,
corresponde a los actos de voluntad individual, es decir, al habla. La len-
gua puede ubicarse en el segundo momento psíquico: en el funciona-
miento de las facultades receptiva (la recepción es siempre pasiva: el indi-
viduo no interpone ninguna voluntad, ni en la adquisición del código…) y
coordinativa (…ni en el registro –no se trata de la interpretación posterior–
de una secuencia de signos). La primera oposición es entre la lengua
como institución social que el individuo registra pasivamente (y que está
dispersa “como un tesoro depositado por la práctica del habla” en el pro-
medio de las conciencias lingüísticas de una comunidad lingüística dada,
como si se hubiera repartido entre sus miembros ejemplares de un mismo
diccionario y una misma gramática) y el habla como acto individual de
voluntad e inteligencia (incluidas “las combinaciones mediante las cuales
el sujeto hablante utiliza el código de la lengua –sobre el que no ejerce nin-
gún poder– en vistas de expresar su pensamiento personal” tanto como “el
mecanismo psico-físico que le permite exteriorizar esas combinaciones”).
La lengua es esencial a la comunicación: la asociación ordenada
entre las unidades significantes y significadas es insustituible. El habla, en
cambio, es accesoria (o bien: comprende aspectos facultativos, que
pueden ser reemplazados por otros).
La lengua es homogénea (está completa en el dominio psíquico); el
habla es heterogénea (a caballo de los dominios psíquico, fisiológico y
físico). Esa homogeneidad es la que permite que la lengua sea pasible
de una descripción consistente desde un único punto de vista.
Lengua y habla son ambas de naturaleza concreta, pero –a diferen-
cia de ésta– la lengua puede describirse sistemáticamente: nada se sabe
con certeza sobre los modos de articulación (ni sobre las demás propie-
dades del lenguaje) del latín clásico o del griego demótico, pero un dic-
cionario y una gramática bastan para representarlas.
Saussure propone (pero no intenta) dos ciencias complementa-
rias de la lingüística:
Una “lingüística externa”, paralela a la lingüística (interna o “a
secas”), que asuma el análisis de los elementos “externos” de la len-
gua (sus relaciones con la etnología, con la historia política, con las
instituciones, con el fragmentarismo dialectal), pero niega que la des-
cripción del “organismo interno” de la lengua exija considerar las cir-
cunstancias del medio en el cual ésta se desarrolla.
Una “lingüística del habla”, que se ocupe de buscar las constan-
tes (psicológicas, fisiológicas y físicas) de las ejecuciones individuales.
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La distinción entre lengua/ habla tiene un carácter eminentemente
dialéctico: ninguna existe como hecho independientemente de la otra,
y ambas se presuponen mutuamente. Su separación es el resultado de
una operación teórica de la que Saussure era bien consciente: mientras
otras ciencias operan con objetos dados de antemano, en el caso de la
lingüística, lejos de preceder el objeto al punto de vista, es el punto de
vista el que crea el objeto.
El objeto de la lingüística (aquello que ésta debe proponerse apre-
hender y conocer), la lengua, es un sistema de expresiones (o de signifi-
cantes) relacionadas con ideas (o con significados), y en tal sentido es
comparable a otros sistemas, como la escritura, el alfabeto gestual de los
sordo-mudos, los ritos simbólicos, las reglas de cortesía, las insignias milita-
res, las costumbres, el juego del ajedrez, etcétera. Saussure enuncia la
necesidad de una ciencia que los asuma a todos como objeto propio: la
semiología (que formaría parte de la psicología social y, consecuente-
mente, de la psicología general). La relación inmediata entre lingüística y
semiología es de inclusión: las leyes que postule (que “descubra”) ésta
deberán serle aplicables a aquélla.
Lengua como sistema de signos
Saussure reacciona contra la concepción, que venía desde Aristóteles,
de la lengua como una nomenclatura (como un catálogo de nombres –sin
decidir si un nombre es una entidad mental o física– relacionados con ideas
preexistentes y, por lo tanto, externas a la lengua). El rechazo de esa posi-
ción teórica resulta en la consideración de la unidad y del sistema.
La unidad del sistema: el signo lingüístico
En signo lingüístico es la relación arbitraria (en tanto que no la explica
ninguna motivación externa a la lengua) entre un significante (una cate-
goría formal: la cadena de elementos irreductibles correspondientes a los
sonidos o fonemas, es decir: la huella mental que dejan los sonidos, hechos
del habla) y un significado (un concepto mental claro y diferente de los
otros conceptos). Ambos componentes forman una articulación, y ningu-
no existe sino como contraparte del otro. Esa articulación está, a la vez,
preservada de cualquier modificación (si se la considera en un momento
dado del tiempo) y expuesta a ella (si se la considera en la evolución entre
dos momentos dados en el tiempo). El signo lingüístico perro es igual a la
relación –arbitraria e (in)mutable– entre el significante /perro/ (que es ana-
lizable en un número finito de constituyentes alineados: p|e|rr|o) y el sig-
nificado {perro} (canino doméstico). Existen, pues, tres principios del signo:
a) la relación entre el significante y el significado es arbitraria o
inmotivada. Es decir: no hay ninguna razón o causa natural, lógi-
ca o de cualquier otro tipo que determine la articulación entre la
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parte significada y la parte significante de un signo. Saussure invoca
como prueba que en distintas lenguas se dispone de significantes
totalmente distintos para significados muy próximos: {perro} se articu-
la con /perro/ en castellano, con /dog/ en inglés y con /chien/ en
francés.
La relación arbitraria se opone a la relación motivada, o natural, que
es propia de otras estructuras de significación, como los gestos, las pan-
tomimas o los signos de cortesía. Será tarea de la semiología clasificar
todos esos otros sistemas significativos, según los grados de motivación
que presenten. Sin acometerla, Saussure introduce un principio en esa
clasificación: el de que los signos “totalmente arbitrarios realizan mejor
que los demás el ideal del proceso semiológico”. De esto extrae una con-
secuencia de número: por ser la lengua el más complejo y el más exten-
dido de esos sistemas de expresión, también es el más característico, y es
en tal sentido que la lingüística –en la medida en que sea capaz de lle-
var a cabo su descripción eficiente– deberá tomarse “como el patrón
general de toda semiología.” En este sentido, no inmediato, la lingüística
le sirve de modelo a la semiología.
Las unidades significativas fundadas en una articulación no total-
mente arbitraria son los símbolos. En ellos hay siempre un rudimento de
vínculo natural (o razonable) entre significado y significante. El símbolo de
{justicia}, por ejemplo, es la balanza (y la espada, y la venda sobre los
ojos), y es razonable que así sea, pues cada uno de esos significantes
expresan propiedades del significado (la ponderación del “peso” de las
posiciones encontradas, la implacabilidad, la equidad). Por eso, no sería
razonable que el símbolo de {justicia} fuese una carreta, por ejemplo. En
cambio, que el significado {perro} se relaciones con el significante /perro/
en lugar de /*tlala/ o /gato/ o /dog/ es totalmente arbitrario. No existe
razón fuera de la organización intrínseca de cada lengua que explique
esa relación por motivos extraños a la misma.
Luego de enunciar el principio de la arbitrariedad como central para
la lingüística (y para la semiología), Saussure señala que dentro de toda
lengua hay elementos fundamentalmente arbitrarios y elementos motiva-
dos en mayor o menor grado:
En cuanto a las onomatopeyas (en las cuales subyace una motiva-
ción fonética entre el significado y significante), no constituyen una obje-
ción importante al principio de la arbitrariedad por tres motivos: en primer
lugar, se trata de un subconjunto muy reducido dentro del conjunto de los
elementos lingüísticos; en segundo lugar, en tanto imitación aproximada
de determinado ruido (de ahí su motivación) son siempre relativamente
arbitrarias (de ahí la diferencia entre las onomatopeyas de diferentes len-
guas; cf: “arf-arf”, “guaguau”, “ouaoua”); y en tercer lugar, una vez ins-
criptas como elementos lingüísticos, la evolución (vid. infra, mutabilidad)
termina por desplazar la relación entre significado y significante, hasta el
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punto de desdibujar aquella motivación inicial: el signo bárbaro deriva del
griego {el que tiene dificultad de dicción, el que balbucea la
lengua griega}, claramente fundado en la onomatopeya bar-bar (equi-
valente a bla-bla), que en el s. V a.C. significa ya {extranjero} o {persa}
(antónimo de heleno), y más tarde, entre los romanos, {inculto, grosero}
(antónimo de cultivado). El ejemplo muestra la arbitrariedad como una
consecuencia (a la vez que como una condición) de la mutabilidad (vid.
infra) del vínculo significado-significante desde una perspectiva histórica.
Por otro lado, existen signos en los que hay una motivación semánti-
ca del significante por el significado. El signo veinte, por ejemplo, es inmo-
tivado, pero diecinueve no lo es (ahora bien: por separado, diez y nueve
son, ambos, inmotivados); metegol es motivado, pero sus constituyentes
mete y gol son arbitrarios. La motivación semántica es muy evidente en
aquellos signos compuestos (sintagmas), cuyas unidades analizables,
también ellas, como artículos (arbitrarios) de significado-significante per-
tenecientes al mismo código. Esto es evidente en parejas de términos de
significado muy próximo, como: gafas/ anteojos, mendigo/ pordiosero,
abecedario/ alfabeto.
La motivación semántica del significante por el significado nunca es
absoluta o –lo que es lo mismo– siempre es parcialmente arbitraria (si no,
se estaría ante un indicio natural, como el par humo-fuego, ante cuya
relación la sociedad no interviene más que reconociéndola y que, por lo
tanto, no es considerado signo por Saussure): compárense botellero y
ropavejero o noventa y nueve (cuyo significante se funda en una base
decimal) y quatre-vingt-dix-neuf (de base duodecimal).
Finalmente, la enorme mayoría de los signos se conforman a partir de
patrones regulares del sistema al que pertenecen. Si una forma nueva se
produce por aplicación de la fórmula del cuarto proporcional (a:b = c:d)
se trata de una motivación gramatical, o generación regular por imitación
analógica de un modelo. El signo fruta es totalmente arbitrario, mientras
que frutería es relativamente motivado (porque se funda en la analogía
con otras series del sistema: flor-florería, libro-librería, licor-licorería, etc.) El
signo [in/explic/able/mente] se crea sobre la preexistencia (en el mismo
sistema) de formaciones equivalentes: [in/útil], [explic/ación], [am/able],
[cobarde/mente]. Otro tanto sucede con los plurales, o los diminutivos.
Asimismo, dado un verbo inexistente (*nupar), puede derivarse el paradig-
ma completo de conjugación (*nupo, *nupaba, *hubiere nupado,…)
Cuando los niños producen formas como *vayáramos (por fuéramos),
*sabo (por sé) o *cabo (por quepo) están improvisando (como cuando
producen las formas correctas regulares) hechos de habla por compara-
ción con otras formas disponibles en el sistema, es decir: fundados en una
regla de la lengua.
b) El significante del signo lingüístico es lineal. Las unidades mínimas
constitutivas del significante lingüístico (que “se hacen tangibles”
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en las letras de la escritura, o en los sonidos vocales, o en las señas
de los sordomudos, o en las protuberancias de la escritura Braille)
son discretas y se disponen linealmente, es decir: representan una
extensión y guardan una orientación (ídem). El significante /sol/ es
analizable en tres unidades irreductibles (s, o, l) que guardan un
orden necesario (que lo distingue de, /*slo/, /*ols/ etc.) y una
orientación necesaria (que lo distingue de /los/) y que, además,
vuelven a aparecer en otros significantes del mismo sistema con el
mismo valor contrastivo (s en: /se/, /me/, /te/, /le/…; o en: /lo/,
/le/, /la/…; l en: /el/, /en/, /es/…)
Este es un principio que permite oponer al signo lingüístico a los
demás signos. Los signos visuales, por ejemplo, ofrecen complicaciones
simultáneas en varias dimensiones. Mientras la facultad receptiva registra
un significante lingüístico como la coordinación de un número limitado
de elementos recurrentes dispuestos en un orden y orientación necesa-
rios, la comprensión de un dibujo (de un significante plástico o icónico) no
puede tiene tales características: una imagen no puede segmentarse en
constituyentes mínimos (puntos, líneas rectas o curvas, continuas o seg-
mentadas, etc.) pertenecientes a un repertorio finito y que reaparezcan
en otras imágenes con el mismo valor contrastivo cada vez.
Los anteriores dos son los “principios fundamentales” del signo. El pri-
mero es general al signo semiológico y el segundo, específico del signo
lingüístico. Su entrecruzamiento permite la siguiente taxonomía:
1er Principio: Arbitrariedad
del vínculo significante/ significado
+ –
2do. Principio: + Signo lingüístico Símbolo lingüístico
Linealidad del A B
significante – Signo no lingüístico Símbolo no lingüístico
C D
Los signos de la lengua la elección de cuyo significante no obedez-
ca a ninguna motivación (fonética, semántica o morfológica) correspon-
den al campo A; los demás, corresponden al campo B.
Cualquier estructura significante no lingüística que se relacione con
un significado arbitrariamente corresponde al campo C (la señal de prohi-
bido estacionar, las luces del semáforo); en el caso de que la relación esté
motivada, corresponde al campo D (una imagen figurativa, las fórmulas
estructurales de la química, los emblemas heráldicos o nacionales)
El tercer principio –que es, también, un principio de la semiología
general– se relaciona con la cuestión de si la lengua –o cualquier siste-
ma– debe ser descripta desde una perspectiva estática o histórica:
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c) Mutabilidad e inmutabilidad del vínculo entre significado y signifi-
cante.
Considerado estática o sincrónicamente (en un momento dado de la
evolución histórica del sistema al que pertenece), la relación arbitraria
entre el significante y significado es inmutable. La lengua se distancia así
del resto de las instituciones sociales (como el Derecho, los cultos religiosos,
la señalética urbana, la moda), en las que hay siempre un balance entre
lo que impone la tradición y la acción libre de la sociedad; en cambio,
todos se someten a la institución lingüística y nadie se plantea la necesidad
(ni aun la posibilidad) de revisar, criticar o cuestionar sus leyes. Varias razo-
nes coadyuvan a resguardar el signo de su mutación (la lengua es siempre
heredada de la generación precedente, su aprendizaje supone un esfuer-
zo enorme, los sujetos –en gran medida– no conocen conscientemente sus
leyes), pero las más importantes son: la arbitrariedad del vínculo entre sus
constituyentes (si así no fuera, habría lugar para una crítica sobre la racio-
nalidad del vínculo: un sistema de símbolos, por ejemplo, puede discutirse);
la multitud de signos que constituyen cualquier lengua (un sistema de sig-
nos acotado –por ejemplo: la clave Morse– podría criticarse); la compleji-
dad del sistema (si todos los usuarios de una lengua conocieran la estruc-
tura del sistema, como sucede con la comunidad de los programadores
científicos de los lenguajes artificiales de la informática, podría modificarse
el código); la masa tiende a resistirse a toda innovación lingüística (es con-
servadora, como no lo es respecto de ninguna de las otras instituciones).
Considerado desde una perspectiva evolutiva o diacrónica (que
abarque diferentes momentos históricos), el lazo entre significado y signifi-
cante es mutable. La alteración de la que se trata no es de orden fonéti-
co (no afecta sólo la parte significante del signo) o semántico (no afecta
sólo la parte significada) sino sígnica, y reviste la forma de un desplaza-
miento entre una y otra caras de la articulación, que lleva a una configu-
ración diferente del sistema. Un ejemplo ya comentado: /bárbaro/ signifi-
ca actualmente {descomunal}, luego de haber significado, sucesivamen-
te, {gangoso}, {extranjero} e {incivilizado}. Este caso no es una rareza: en
todas las palabras en las que conviven una acepción literal y una figura-
da, la segunda es posterior a (y se deriva semánticamente de) la primera;
en los casos en los que la acepción literal se vuelve arcaica, la otra se
estabiliza como primera acepción: ha ocurrido, entonces, un desplaza-
miento entre el significante y el significado (así, el significante castellano
/grado/ ya no significa {escalón}, como en latín, aunque siga presente en
grada). Por último, el significante /enervar/, que en el castellano del siglo
XVI significaba {sosegar}, pasa a articularse con el significado opuesto, {irri-
tar}, a mediados del s. XIX. La primera razón que hace posibles (y fatales)
esos desplazamientos es la arbitrariedad del signo (que explica ambas
propiedades: el signo es inmutable porque el individuo no puede cambiar
la relación entre un significado y un significante sino a riesgo de quedar al
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margen del hecho social; y –por otro lado– la arbitrariedad del vínculo lo
expone a modificaciones, que son el resultado de la repetición y estanda-
rización de usos individuales que difieren del uso anterior). Las otras son:
que la lengua es social (que toda la sociedad toma parte en su constitu-
ción constantemente: si se pudiera aislar un conjunto mínimo de indivi-
duos, su lengua ser rezagaría respecto de los cambios de la lengua social)
y el paso del tiempo (aislado del tiempo, un sistema es inmutable, como
ya se dijo en el párrafo anterior), “que todo lo cambia”.
Para dar cuenta de la “dualidad interna de las lenguas” (en las cuales
hay dos ejes: el de las simultaneidades, que concierne a las relaciones
entre cosas coexistentes y exige la omisión del tiempo, y el de las sucesivi-
dades, que analiza la evolución temporal de cada elemento en particu-
lar) Saussure enuncia la necesidad de dos lingüísticas: una sincrónica (o
estática), que se ocupe en la descripción de una lengua en un estado
momentáneo (de las leyes que explican, en el castellano rioplatense
actual, la relación entre enervar y tranquilizar, o entre bárbaro y descomu-
nal) y una diacrónica (o evolutiva) que se ocupe de la descripción de los
cambios de los signos entre dos fases históricas (de las leyes que explican
las relaciones entre enervar1 = {apaciguar} y enervar2 = {irritar}). Ambas lin-
güísticas son complementarias: aunque se presten mutuo auxilio, disponen
de objetos diferentes, y deberán encontrar sus propios métodos.
La lengua como sistema de valores puros
En el momento del dictado del Curso, la comunidad científica consi-
deraba casi unánimemente la lengua como una representación del pen-
samiento, como un decalco de la idea significada. Ahora bien: una defi-
nición tal relega la lengua al papel de rotulación de una entidad que la
trasciende –algún tipo de materia lógica o psicológica– y cuya existencia
se da por sentada: se consideraba, por ejemplo, que el orden lineal de
las palabra en la frase imitaba la sucesión natural de las ideas en el espí-
ritu: si el sujeto se ubica al principio de la frase es porque la cosa juzgada
tiene que ser considerada antes de la afirmación del juicio. El hecho de
que en diferentes lenguas (y también dentro de una misma lengua) sean
habituales ordenamientos diferentes era contestado mediante la hipóte-
sis de que en tales casos se produciría un ordenamiento transpositivo que
transformaría el orden “natural” subyacente al enunciado “desviado”. El
orden (relativo) de las lenguas se debería estimar, entonces, en relación
al orden natural de las cosas.
Para Saussure, en cambio, la lengua no es una nomenclatura (un
catálogo de nombres que se le adjudican a ideas preexistentes) sino un
sistema valores puros, o sea: determinados todos ellos solamente por el
estado momentáneo de las relaciones entre sus términos.
Fuera de su organización por parte de la lengua, pues, no es posible
distinguir unidades ni en el plano material de los conceptos (porque el
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pensamiento pre-lingüístico –el caos de las idealizaciones, de las percep-
ciones, etc., es lingüísticamente amorfo), ni en el plano material de los
sonidos (porque la masa de los sonidos es igualmente indeterminada
fuera de la lengua). Entre ambas masas amorfas (que son, respectiva-
mente, objeto de estudio de la psicología pura y de la fonética) la len-
gua opera una serie de deslindamientos recíprocos de significados
(correspondientes a porciones del pensamiento) que se articulan con sig-
nificantes (correspondientes a porciones de materia fónica). Saussure
compara esa operación con los cortes que se hacen sobre una hoja de
papel: así como no es posible recortar una cara sin la otra, la masa con-
ceptual no puede ordenarse sino en correspondencia con la organiza-
ción de la masa fonética, y ninguna de las organizaciones resultantes de
ambas caras precede a la otra. “La lingüística trabaja sobre el terreno
limítrofe donde los elementos de ambos órdenes se combinan; esta com-
binación produce una forma, no una sustancia.” Se trata, claro, de la
forma del sistema. El signo lingüístico, que había sido definido abstrayén-
dolo de su pertenencia al sistema, debe ser definido ahora como un ele-
mento (resultante) del sistema.
Valor del significado
Al interior del signo, como contraparte del significante, el significado
es concebido como una significación; según su posición en el sistema,
como contraparte de los demás significados de la lengua, el significado
(y también el significante) adquiere un valor. Ese valor es el resultado de
las relaciones opositivo-diferenciales que un elemento del sistema con-
trae con otros términos del mismo sistema.
Por ejemplo: fish será traducido al castellano ya como pez, ya como
pescado. La diferencia entre el signo del inglés y los signos del castellano
no es de significación, sino de valor: mientras que en castellano los térmi-
nos se limitan entre sí (sobre la precisión de si el animal está vivo/ muerto o
libre/ en cautiverio), en la lengua inglesa no existe tal oposición, por lo cual
fish cubre ambas significaciones. Otro tanto sucede con to be y ser/estar,
o con you y vos/ usted/ ustedes (o bien: tú/ usted/ vosotros/ ustedes).
Otro ejemplo:
malayo castellano húngaro
hermano atya {hermano mayor}
sudará öccs {hermano menor}
hermana néne {hermana mayor}
bug {hermana menor}
Los valores definen también las entidades gramaticales de la lengua:
en el castellano, el valor del presente de indicativo (que se limita con el sub-
juntivo) no es el mismo que el del presente inglés, ni el género masculino
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(que sólo se opone al femenino) es el mismo que el del masculino alemán
(donde se limita por oposición con el femenino y el neutro), ni el plural (que
sólo se opone al singular) es el mismo que el del griego (donde se opone al
singular y al dual). El significado del futuro del subjuntivo (ocurriere), de uso
rarísimo en el castellano rioplatense actual, ha sido absorbido por el imper-
fecto (ocurriera, –ese), cuyo valor –por lo tanto– ha mutado.
Al interior de una misma lengua, todos los signos con significados
vecinos se limitan recíprocamente: sinónimos como melancolía, abulia,
desgano, indolencia, indiferencia no tienen valor propio sino como resul-
tado de su oposición: también aquí, si cualquiera de ellos desapareciera,
su contenido sería asumido por alguno de los demás. Por este mismo
motivo, Saussure niega la existencia de sinónimos absolutos.
“En todos esos casos, pues, sorprendemos, en lugar de ideas dadas
de antemano, valores que emanan del sistema. Cuando se dice que los
valores corresponden a conceptos, se sobreentiende que son puramen-
te diferenciales, definidos no positivamente por su contenido, sino nega-
tivamente por sus relaciones con otros términos del sistema. Su más exac-
ta característica es ser lo que los otros no son”.
Valor del significante
Al igual que con el plano significado, lo que importa en el análisis del
significante de un signo no es la secuencia de las unidades irreductibles
que lo constituyen (/muerto/ = m| u|e|r|t|o), sino las diferencias que
guarda esa cadena con las demás del sistema (/muerto/ ≠ /puerto/, ≠
/huerto/, ≠ /tuerto/, ≠ /muerdo/, ≠ /muerta/, ≠ /*luerto/…). Como la rela-
ción con el significado es arbitraria, la constitución del significante sólo
puede fundarse en esa no-coincidencia. Arbitrario y diferencial son, pues,
características correlativas.
Las unidades irreductibles en las que puede descomponerse un sig-
nificante (que se pueden realizar, sin confundirse con ellos, en los sonidos
vocales) son definidas por cada sistema. En castellano, por ejemplo, la
diferencia entre la articulación sorda “ ó” y sonora “d ó” del significan-
te /yo/ se registra como un hecho de habla (es decir, como accesorio),
porque la diferencia no está codificada como tal en la lengua; en cam-
bio, en inglés “ óu” (/show/) “d óu” (Joe) la oposición sordo/sonoro está
codificada en la lengua. El valor de d (y el de ), entonces, difiere en
castellano y en inglés.
Valor del signo
Si cada uno de los planos del signo es una entidad negativo-diferen-
cial, el signo (la relación entre ambos) es, en cambio, un hecho positivo,
una entidad concreta. Por lo tanto, dos signos no pueden ser ya diferen-
tes sino distintos: “los caracteres de la unidad [del signo] se confunden
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con la unidad misma. En la lengua, como en todo sistema semiológico, lo
que distingue a un signo es todo lo que lo constituye. La diferencia es lo
que hace la característica, como hace el valor y la unidad.”
Las relaciones entre los signos
Los valores de una lengua son engendrados por las relaciones opo-
sitivo-diferenciales entre las entidades significadas y significantes. Esas
relaciones son de dos órdenes.
Por un lado, en el discurso los signos constituyen –en virtud del carác-
ter lineal del significante– combinaciones sintagmáticas, compuestas de
dos o más unidades consecutivas (como en contra-atacar, a capa y
espada, si está lindo, vamos, etc.) Son sintagmas las palabras compues-
tas (motivadas semántica o gramaticalmente), los giros idiomáticos (pro-
vistos por la tradición) y las frases (en la medida en que se forman sobre
tipos sintagmáticos lingüísticos y no son, en tal sentido, el resultado de un
acto individual). En un sintagma, un término adquiere su valor por las opo-
siciones con los términos que lo preceden, con los que lo suceden o con
ambos. Todos los términos de este tipo de relaciones se hallan presentes
en el discurso (o bien: la relación es in praesentia), su número es finito y su
orden, necesario.
Por otro lado, en la memoria (es decir: fuera del discurso), todos los
signos que tienen algo en común conforman grupos asociativos en cuyo
seno reinan relaciones diversas (enseñanza se relaciona, por el plano del
significado, con aprendizaje, educación, etc.; por el plano del significan-
te, con lanza, balanza, etc.; por ambos, con aprendizaje, educación,
etc.; gramaticalmente, con templanza, esperanza, etc.). Los términos de
una asociación constituyen una serie mnemónica virtual (o bien: la rela-
ción es in absentia), su número es indefinido (salvo para los paradigmas
asociativos gramaticales) y no se organizan en ningún orden.
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