Fomento A La Lectura
Fomento A La Lectura
1
Enero, 2025
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El gigante
egoísta Oscar Wilde
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Entonces construyó un alto muro alrededor y puso este
cartel:
Prohibida la entrada.
Los transgresores serán
procesados judicialmente.
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al viento del Norte a pasar una temporada con ellos, y el
Viento aceptó.
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sobre su cabeza, el Viento del Norte dejó de rugir, y un
delicado perfume llegó hasta él, a través de la ventana
abierta.
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Estaba verdaderamente apenado por lo que había hecho.
7
-No sabemos contestaron los niños- se ha marchado.
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cerca del niño. Cuando estuvo junto a él, su cara
enrojeció de cólera y exclamó:
-No- replicó el niño, pues estas son las heridas del amor.
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Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: El gigante egoísta
Autor: Oscar Wilde
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Maravillas de la
voluntad
Octavio Paz
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Todos ignoraban el origen de aquel odio. Cuando se
quería ahondar en el asunto, don Pedro movía la
cabeza con desdén y callaba, modesto. Quizá era un
odio sin causa, un odio puro. Pero aquel sentimiento
lo alimentaba, daba seriedad a su vida, majestad a
sus años. Vestido de negro, parecía llevar luto de
antemano por su condenado.
Una tarde don Pedro llegó más grave que de
costumbre. Se sentó con lentitud y en el centro
mismo del silencio que se hizo ante su presencia,
dejó caer con simplicidad estas palabras:
-Ya lo maté.
¿A quién y cómo? Algunos sonrieron, queriendo
tomar la cosa en broma. La mirada de don Pedro los
detuvo. Todos nos sentimos incómodos. Era cierto,
allí se sentía el hueco de la muerte. Lentamente se
dispersó el grupo. Don Pedro se quedó solo, más
serio que nunca, un poco lacio, como un astro
quemado ya, pero tranquilo, sin remordimientos.
No volvió al día siguiente. Nunca volvió. ¿Murió?
Acaso le faltó ese odio vivificador. Tal vez vive aún
y ahora odia a otro. Reviso mis acciones. Y te
aconsejo que hagas lo mismo con las tuyas, no vaya
a ser que hayas incurrido en la cólera paciente,
obstinada, de esos pequeños ojos miopes. ¿Has
pensado alguna vez cuántos -acaso muy cercanos a
ti- te miran con los mismos ojos de don Pedro?
12
Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: Maravillas de la voluntad
Autor: Octavio Paz
13
Volver sin
nombre
Lewis Carroll
14
Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: Volver sin nombre
Autor: Lewis Carroll
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El gordo y el flaco
Antón Chejov
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éste es mi hijo, Nafanail, alumno de la tercera clase.
¡Nafania, este amigo mío es amigo de la infancia!
¡Estudiamos juntos en el gimnasio!
Nafanail reflexionó un poco y se quitó el gorro.
-¡Estudiamos juntos en el gimnasio! -prosiguió el
flaco-. ¿Recuerdas el apodo que te pusieron? Te
llamaban Eróstrato porque pegaste fuego a un libro
de la escuela con un pitillo; a mí me llamaban Efial,
porque me gustaba hacer de espía… Ja, ja… ¡Qué
niños éramos! ¡No temas, Nafania! Acércate más …
Y ésta es mi mujer, nacida Vanzenbach… luterana.
Nafanail lo pensó un poco y se escondió tras la
espalda de su padre.
-Bueno, bueno. ¿Y qué tal vives, amigazo? -
preguntó el gordo mirando entusiasmado a su
amigo-. Estarás metido en algún ministerio, ¿no?
¿En cuál? ¿Ya has hecho carrera?
-¡Soy funcionario, querido amigo! Soy asesor
colegiado hace ya más de un año y tengo la cruz de
San Estanislao. El sueldo es pequeño… pero ¡allá
penas! Mi mujer da lecciones de música, yo fabrico
por mi cuenta pitilleras de madera… ¡Son unas
pitilleras estupendas! Las vendo a rublo la pieza. Si
alquien me toma diez o más, le hago un descuento,
¿comprendes? Bien que mal, vamos tirando. He
servido en un ministerio, ¿sabes?, y ahora he sido
trasladado aquí como jefe de oficina por el mismo
departamento… Ahora prestaré mis servicios aquí.
Y tú ¿qué tal? A lo mejor ya eres consejero de
Estado, ¿no?
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-No, querido, sube un poco más alto -contestó el
gordo-. He llegado ya a consejero privado… Tanto
dos estrellas.
Súbitamente el flaco se puso pálido, se quedó de una
pieza; pero en seguida torció el rostro en todas
direcciones con la más amplia de las sonrisas;
parecía que de sus ojos y de su cara saltaban
chispas. Se contrajo, se encorvó, se empequeñeció…
Maletas, bultos y paquetes se le empequeñecieron,
se le arrugaron… El largo mentón de la esposa se
hizo aún más largo; Nafanail se estiró y se abrochó
todos los botones de la guerrera…
-Yo, Excelencia… ¡Estoy muy contento,
Excelencia! ¡Un amigo, por así decirlo, de la
infancia, y de pronto convertido en tan alto
dignatario!¡Ji, ji!
-¡Basta, hombre! -repuso el gordo, arrugando la
frente-. ¿A qué viene este tono? Tú y yo somos
amigos de la infancia. ¿A qué viene este tono? Tú y
yo somos amigos de la infancia, ¿a qué me vienes
ahora con zarandajos y ceremonias?
-¡Por favor!… ¡Cómo quiere usted…! -replicó el
flaco, encogiéndose todavía más, con risa de conejo-
. La benevolente atención de Su Excelencia, mi hijo
Nafanail… mi esposa Luisa, luterana, en cierto
modo…
El gordo quiso replicar, pero en el rostro del flaco
era tanta la expresión de deferencia, de dulzura y de
respetuosa acidez, que el consejero privado sintió
náuseas. Se apartó un poco del flaco y le tendió la
mano para despedirse.
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El flaco estrechó tres dedos, inclinó todo el espinazo
y se rió como un chino: “¡Ji, ji, ji!” La esposa se
sonrió.
Nafanail dio un taconazo y dejó caer la gorra. Los
tres estaban agradablemente estupefactos.
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El Otro Yo
Mario Benedetti
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Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo
golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó
que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese
pensamiento lo reconfortó.
Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la
calle con el propósito de lucir su nueva y completa
vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus
amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente
estalló en risotadas.
Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no
notaron su presencia. Para peor de males, el
muchacho alcanzó a escuchar que comentaban:
«Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y
saludable».
El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír
y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un
ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no
pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la
melancolía se la había llevado el Otro Yo.
21
Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: El otro yo
Autor: Mario Benedetti
¿Por qué?
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La noche de los feos
Mario Benedetti
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charláramos un rato en un café o una confitería. De
pronto aceptó.
La confitería estaba llena, pero en ese momento se
desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre
la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los
gestos de asombro. Mis antenas están
particularmente adiestradas para captar esa
curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de
los que tienen un rostro corriente, milagrosamente
simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi
adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban
para registrar murmullos, tosecitas, falsas
carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene
evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas
constituyen en sí mismas un espectáculos mayor,
poco menos que coordinado; algo que se debe mirar
en compañía, junto a uno (o una) de esos bien
parecidos con quienes merece compartirse el
mundo.
Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo
coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso
su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
“¿Qué está pensando?”, pregunté.
Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla
cambió de forma.
“Un lugar común”, dijo. “Tal para cual”.
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que
pedir dos cafés para justificar la prolongada
permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto
ella como yo estábamos hablando con una franqueza
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tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y
convertirse en un casi equivalente de la hipocresía.
Decidí tirarme a fondo.
“Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?”
“Sí”, dijo, todavía mirándome.
“Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted
quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa
muchachita que está a su derecha, a pesar de que
usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa,
irremisiblemente estúpida.”
“Sí.”
Por primera vez no pudo sostener mi mirada.
“Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad,
¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo.”
“¿Algo cómo qué?”
“Como querernos, caramba. O simplemente
congeniar. Llámele como quiera, pero hay una
posibilidad.”
Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.
“Prométame no tomarme como un chiflado.”
“Prometo.”
“La posibilidad es meternos en la noche. En la
noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?”
“No.”
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“¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde
usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es
lindo, ¿no lo sabía?”
Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió
súbitamente escarlata.
“Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca.”
Levantó la cabeza y ahora sí me miró
preguntándome, averiguando sobre mí, tratando
desesperadamente de llegar a un diagnóstico.
“Vamos”, dijo.
No sólo apagué la luz, sino que además corrí la
doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una
respiración afanosa. No quiso que la ayudara a
desvestirse.
Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme
cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera.
Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su
pecho. Mi tacto me transmitió una versión
estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo.
Sus manos también me vieron.
En ese instante comprendí que debía arrancarme (y
arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había
fabricado. O intentado fabricar. Fue como un
relámpago. No éramos eso. No éramos eso.
Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje,
pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su
rostro, encontró el surco de horror, y empezó una
lenta, convincente y convencida caricia. En realidad,
mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego
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progresivamente serenos) pasaron muchas veces
sobre sus lágrimas.
Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano
también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón
y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca
siniestra.
Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego
me levanté y descorrí la cortina doble.
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Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: La noche de los feos
Autor: Mario Benedetti
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El almohadón de plumas
Horacio Quiroga
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pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo
abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el
otoño. No obstante, había concluido por echar un
velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida
en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que
llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de
influenza que se arrastró insidiosamente días y días;
Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo
salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba
indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con
honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y
Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los
brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto
callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de
caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y
aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin
moverse ni decir una palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al
día siguiente amaneció desvanecida. El médico de
Jordán la examinó con suma atención, ordenándole
calma y descanso absolutos.
-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la
voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no
me explico, y sin vómitos, nada… Si mañana se
despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta.
Constatóse una anemia de marcha agudísima,
completamente inexplicable. Alicia no tuvo más
desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte.
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Todo el día el dormitorio estaba con las luces
prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin
oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía
casi en la sala, también con toda la luz encendida.
Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con
incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus
pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía
su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su
mujer cada vez que caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones,
confusas y flotantes al principio, y que descendieron
luego a ras del suelo. La joven, con los ojos
desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la
alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama.
Una noche se quedó de repente mirando fijamente.
Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y
labios se perlaron de sudor.
-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin
dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer
Alicia dio un alarido de horror.
-¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió
a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta
confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las
suyas la mano de su marido, acariciándola
temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un
antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos,
que tenía fijos en ella los ojos.
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Los médicos volvieron inútilmente. Había allí
delante de ellos una vida que se acababa,
desangrándose día a día, hora a hora, sin saber
absolutamente cómo. En la última consulta Alicia
yacía en estupor mientras ellos la pulsaban,
pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La
observaron largo rato en silencio y siguieron al
comedor.
-Pst… -se encogió de hombros desalentado su
médico-. Es un caso serio… poco hay que hacer…
-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó
bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia,
agravado de tarde, pero que remitía siempre en las
primeras horas. Durante el día no avanzaba su
enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en
síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le
fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía
siempre al despertar la sensación de estar
desplomada en la cama con un millón de kilos
encima. Desde el tercer día este hundimiento no la
abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No
quiso que le tocaran la cama, ni aún que le
arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares
avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban
hasta la cama y trepaban dificultosamente por la
colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales
deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban
fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala.
En el silencio agónico de la casa, no se oía más que
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el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor
ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró
después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato
extrañada el almohadón.
-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el
almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez.
Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del
hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían
manchitas oscuras.
-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de
un rato de inmóvil observación.
-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer,
y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin
saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le
erizaban.
-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.
-Pesa mucho -articuló la sirvienta, sin dejar de
temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente.
Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán
cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas
superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de
horror con toda la boca abierta, llevándose las
manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre
las plumas, moviendo lentamente las patas velludas,
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había un animal monstruoso, una bola viviente y
viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le
pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en
cama, había aplicado sigilosamente su boca -su
trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla,
chupándole la sangre. La picadura era casi
imperceptible. La remoción diaria del almohadón
había impedido sin duda su desarrollo, pero desde
que la joven no pudo moverse, la succión fue
vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había
vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio
habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones
proporciones enormes. La sangre humana parece
serles particularmente favorable, y no es raro
hallarlos en los almohadones de pluma.
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Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: El almohadón de plumas
Autor: Horacio Quiroga
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A imagen y semejanza
Mario Benedetti
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misma. Sólo pudo reincorporarse cuando llegó a la
madera del piso. A cinco centímetros estaba el
palito. La hormiga avanzó hasta él, esta vez con
parsimonia, como midiendo cada séxtuple paso. Así
y todo, llegó hasta su objetivo, pero cuando estiraba
las patas delanteras, de nuevo corrió el aire y el
palito rodó hasta detenerse diez centímetros más
allá, semicaído en una de las rendijas que separaban
los tablones del piso. Uno de los extremos, sin
embargo, emergía hacia arriba. Para la hormiga,
semejante posición representó en cierto modo una
facilidad, ya que pudo hacer un rodeo a fin de
intentar la operación desde un ángulo más favorable.
Al cabo de medio minuto, la faena estaba cumplida.
La carga, otra vez alzada, estaba ahora en una
posición más cercana a la estricta horizontalidad. La
hormiga reinició la marcha, sin desviarse jamás de
su ruta hacia el zócalo.
Las otras hormigas, con sus respectivos víveres,
habían desaparecido por algún invisible agujero.
Sobre la madera, la hormiga avanzaba más
lentamente que sobre el papel. Un nudo, bastante
rugoso de la tabla, significó una demora de más de
un minuto. El palito estuvo a punto de caer, pero un
particular vaivén del cuerpo de la hormiga aseguró
su estabilidad. Dos centímetros más y un golpe
resonó. Un golpe aparentemente dado sobre el piso.
Al igual que las otras, esa tabla vibró y la hormiga
dio un saltito involuntario, en el curso del cual,
perdió su carga. El palito quedó atravesado en el
tablón contiguo. El trabajo siguiente fue cruzar la
hendidura, que en ese punto era bastante profunda.
La hormiga se acercó al borde, hizo un leve avance
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erizado de alertas, pero aún así se precipitó en aquel
abismo de centímetro y medio. Le llevó varios
segundos rehacerse, escalar el lado opuesto de la
hendidura y reaparecer en la superficie del siguiente
tablón. Ahí estaba el palito. La hormiga estuvo un
rato junto a él, sin otro movimiento que un
intermitente temblor en las patas delanteras.
Después llevó a cabo su quinta operación de carga.
El palito quedó horizontal, aunque algo oblicuo con
respecto al cuerpo de la hormiga. Esta hizo un
movimiento brusco y entonces la carga quedó mejor
acomodada. A medio metro estaba el zócalo. La
hormiga avanzó en la antigua dirección, que en ese
espacio casualmente se correspondía con la veta.
Ahora el paso era rápido, y el palito no parecía
correr el menor riesgo de derrumbe. A dos
centímetros de su meta, la hormiga se detuvo, de
nuevo alertada. Entonces, de lo alto apareció un
pulgar, un ancho dedo humano y concienzudamente
aplastó carga y hormiga.
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Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: A imagen y semejanza
Autor: Mario Benedetti
Desarrollo de HSE
41
El cisne y su dueño
Esopo
42
Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: El cisne y su dueño
Autor: Esopo
HSE
43
Espantos de agosto
Gabriel García Márquez
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pusieron dichosos con la idea de conocer un
fantasma de cuerpo presente.
Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era
un anfitrión espléndido y un comedor refinado, nos
esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como
se nos había hecho tarde no tuvimos tiempo de
conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la
mesa, pero su aspecto desde fuera no tenía nada de
pavoroso, y cualquier inquietud se disipaba con la
visión completa de la ciudad desde la terraza florida
donde estábamos almorzando. Era difícil creer que
en aquella colina de casas encaramadas, donde
apenas cabían noventa mil personas, hubieran
nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin
embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su humor
caribe que ninguno de tantos era el más insigne de
Arezzo.
-El más grande -sentenció- fue Ludovico.
Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las
artes y de la guerra, que había construido aquel
castillo de su desgracia, y de quien Miguel nos habló
durante todo el almuerzo. Nos habló de su poder
inmenso, de su amor contrariado y de su muerte
espantosa. Nos contó cómo fue que en un instante de
locura del corazón había apuñalado a su dama en el
lecho donde acababan de amarse, y luego azuzó
contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que
lo despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en
serio, que a partir de la media noche el espectro de
Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas
tratando de conseguir el sosiego en su purgatorio de
amor.
45
El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero
a pleno día, con el estómago lleno y el corazón
contento, el relato de Miguel no podía parecer sino
una broma como tantas otras suyas para entretener a
sus invitados. Los ochenta y dos cuartos que
recorrimos sin asombro después de la siesta, habían
padecido toda clase de mudanzas de sus dueños
sucesivos. Miguel había restaurado por completo la
planta baja y se había hecho construir un dormitorio
moderno con suelos de mármol e instalaciones para
sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas
donde habíamos almorzado. La segunda planta, que
había sido la más usada en el curso de los siglos, era
una sucesión de cuartos sin ningún carácter, con
muebles de diferentes épocas abandonados a su
suerte. Pero en la última se conservaba una
habitación intacta por donde el tiempo se había
olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico.
Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de
cortinas bordadas con hilos de oro, y el sobrecama
de prodigios de pasamanería todavía acartonado por
la sangre seca de la amante sacrificada. Estaba la
chimenea con las cenizas heladas y el último leño
convertido en piedra, el armario con sus armas bien
cebadas, y el retrato al óleo del caballero pensativo
en un marco de oro, pintado por alguno de los
maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de
sobrevivir a su tiempo. Sin embargo, lo que más me
impresionó fue el olor de fresas recientes que
permanecía estancado sin explicación posible en el
ámbito del dormitorio.
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Los días del verano son largos y parsimoniosos en la
Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta
las nueve de la noche. Cuando terminamos de
conocer el castillo eran más de las cinco, pero
Miguel insistió en llevarnos a ver los frescos de
Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco,
luego nos tomamos un café bien conversado bajo las
pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para
recoger las maletas encontramos la cena servida. De
modo que nos quedamos a cenar.
Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una
sola estrella, los niños prendieron unas antorchas en
la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los
pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de
caballos cerreros por las escaleras, los lamentos de
las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico
en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se
les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir.
Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros
no tuvimos el valor civil de decirles que no.
Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy
bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta
baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos
habían sido modernizados y no tenían nada de
tenebrosos. Mientras trataba de conseguir el sueño
conté los doce toques insomnes del reloj de péndulo
de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa
de la pastora de gansos. Pero estábamos tan
cansados que nos dormimos muy pronto, en un
sueño denso y continuo, y desperté después de las
siete con un sol espléndido entre las enredaderas de
la ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el mar
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apacible de los inocentes. “Qué tontería -me dije-,
que alguien siga creyendo en fantasmas por estos
tiempos”. Sólo entonces me estremeció el olor de
fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las
cenizas frías y el último leño convertido en piedra, y
el retrato del caballero triste que nos miraba desde
tres siglos antes en el marco de oro. Pues no
estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos
habíamos acostado la noche anterior, sino en el
dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las
cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de
sangre todavía caliente de su cama maldita.
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Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: Espantos de agosto
Autor: Gabriel García Márquez
HSE
49
Algo muy grave va a suceder
en este pueblo
50
-Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de
una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre
algo grave que va a suceder a este pueblo.
Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso
regresa a su casa, donde está con su mamá o una
nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su peso,
dice:
-Le gané este peso a Dámaso en la forma más
sencilla porque es un tonto.
-¿Y por qué es un tonto?
-Hombre, porque no pudo hacer una carambola
sencillísima estorbado con la idea de que su mamá
amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va
a suceder en este pueblo.
Entonces le dice su madre:
-No te burles de los presentimientos de los viejos
porque a veces salen.
La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice
al carnicero:
-Véndame una libra de carne -y en el momento que
se la están cortando, agrega-: Mejor véndame dos,
porque andan diciendo que algo grave va a pasar y
lo mejor es estar preparado.
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra
señora a comprar una libra de carne, le dice:
-Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo
que algo muy grave va a pasar, y se están
preparando y comprando cosas.
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Entonces la vieja responde:
-Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras.
Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el
cuento, diré que el carnicero en media hora agota la
carne, mata otra vaca, se vende toda y se va
esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo
el mundo, en el pueblo, está esperando que pase
algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las
dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien
dice:
-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?
-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!
(Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían
instrumentos remendados con brea y tocaban
siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les
caían a pedazos.)
-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho
tanto calor.
-Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor.
-Sí, pero no tanto calor como ahora.
Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de
pronto un pajarito y se corre la voz:
-Hay un pajarito en la plaza.
Y viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito.
-Pero señores, siempre ha habido pajaritos que
bajan.
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-Sí, pero nunca a esta hora.
Llega un momento de tal tensión para los habitantes
del pueblo, que todos están desesperados por irse y
no tienen el valor de hacerlo.
-Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy.
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los
mete en una carreta y atraviesa la calle central donde
está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en
que dicen:
-Si este se atreve, pues nosotros también nos vamos.
Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se
llevan las cosas, los animales, todo.
Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:
-Que no venga la desgracia a caer sobre lo que
queda de nuestra casa -y entonces la incendia y otros
incendian también sus casas.
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en
un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora
que tuvo el presagio, clamando:
-Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me
dijeron que estaba loca.
53
Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: Algo muy grave va a suceder en este pueblo
Autor: Gabriel García Márquez
HSE
54
El amor y la muerte
Pär Lagerkvist
55
tratado de socorrerme. Mas como siguió, sin
detenerse, comprendí que no se había dado cuenta
de mi caída. Mi sangre corrió tras ella, durante un
rato, como un arroyuelo, hasta que se detuvo cuando
ya no pudo alcanzarla.
56
Dos amigos
Jean de La Fontaine
58
Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: Dos amigos
Autor: Jean de La Fontaine
4. Desarrollo de HSE
59
El maestro
Oscar Wilde
60
los hambrientos en el desierto, allí donde no hay
ningún alimento, y he hecho levantarse a los
muertos de sus lechos angostos, y por mandato mío
y delante de una gran multitud, una higuera seca ha
florecido de nuevo. Todo cuanto él hizo, lo he hecho
yo.
- ¿Y por qué lloras, entonces?
-Porque a mí no me han crucificado.
61
Rompecabezas
Gabriel García Márquez
62
Un científico, que vivía preocupado con los problemas
del mundo, estaba resuelto a encontrar los medios para
aminorarlos...
63
Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos
lugares.
64
Hay sitio para dos
Marqués de Sade
65
imaginación no se apagaba de esta forma -sostenía-,
nada tan agradable como pasar de un placer a otro,
no cabía el fastidio de tener que volver a empezar;
pues la señora Dolmène era una criatura encantadora
que calculaba al máximo todas las sensaciones del
amor, muy pocas mujeres las analizaban como ella y
gracias a su talento había comprendido que, bien
mirado, dos amantes valían mucho más que uno
solo; en cuanto a la reputación, daba casi lo mismo,
el uno tapaba al otro, la gente podía equivocarse,
podía tratarse siempre del mismo que iba y venía
varias veces al día, y en lo que atañe al placer, ¡qué
diferencia!
La señora Dolmène tenía un miedo cerval a los
embarazos y convencida de que su marido no
cometería nunca con ella la locura de estropearle el
tipo, había asimismo calculado que con dos amantes
existía mucho menos peligro de lo que tanto temía
que con uno solo, pues -decía ella como bastante
buena anatomista- los dos frutos se destruyen entre
sí.
Cierto día, el orden establecido en las citas se alteró
y nuestros dos amantes, que no se habían visto
nunca, se hicieron amigos de una manera bastante
divertida, como vamos a ver. Des-Roues era el
primero, pero había llegado demasiado tarde y,
como si fuese cosa del diablo, Dolbreuse, que era el
segundo, llegó un poco antes.
El lector inteligente se dará cuenta enseguida de que
la combinación de estos dos pequeños errores debía
abocarles a un encuentro inevitable; se produjo, por
supuesto. Pero mostremos cómo sucedió y si es
66
posible aprendamos de ello con todo el recato y el
comedimiento que exige semejante materia, ya de
por sí de lo más licenciosa.
A instancias de un capricho bastante singular -y los
hombres son propensos a tantos- nuestro joven
militar, cansado del papel de amante, quiso
interpretar por un momento el de amada; en lugar de
tenderse amorosamente abrazado por los brazos de
su divinidad, prefirió abrazarla a su vez; en una
palabra, lo que suele quedar debajo, él lo puso
encima, y tras este intercambio de papeles quien se
inclinaba sobre el altar en el que habitualmente tenía
lugar el sacrificio era la señora Dolmène, que
desnuda como la Venus Calipigia y tendida como
estaba sobre su amante, enseñaba, en línea recta con
la puerta de la habitación en la que se celebraba el
misterio, eso que los griegos adoraban con tanta
devoción en la estatua que acabamos de citar, esa
región tan hermosa, en una palabra que, sin que
tengamos que irnos demasiado lejos para poner un
ejemplo, cuenta en París con tantos adoradores.
Tal era su postura cuando Dolbreuse, que tenía la
costumbre de entrar sin más preámbulos, abre la
puerta tarareando una cancioncilla y por todo
panorama se le presenta aquello que, según se dice,
una mujer verdaderamente honesta no debe nunca
mostrar.
Lo que habría colmado de júbilo a tantísima gente,
hace retroceder a Dolbreuse.
-¡Qué veo! -exclamó-, ¡traidora…! ¿Esto es, pues, lo
que me reservas?
67
La señora Dolmène, que en ese preciso instante se
encontraba en una de esas crisis en las que la mujer
actúa mejor de lo que razona, se apresura a contestar
a semejante pretensión:
-Pero, ¿qué diablos te pasa? -pregunta al segundo
Adonis sin dejar de entregarse al primero-. No veo
por qué ha de decepcionarte nada de esto; no nos
molestes, amigo mío, y acomódate aquí, que puedes;
como bien puedes ver hay sitio para los dos.
Dolbreuse, que no puede contener su risa ante la
sangre fría de su amante, comprendió que lo mejor
era seguir su consejo, no se hizo de rogar y parece
ser que los tres ganaron con ello.
69
-Dios socorre a los pobres -la respondió su buena
hermana, que corrió a su lado.
La que había sido rica, hubo de mendigar a su vez;
pero nadie tuvo compasión de ella. Su hermana,
olvidando su crueldad, repartía con ella las limosnas
que recibía.
70
En el café
Kjell Askildsen
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levantarían a recogerla y me la darían, pues soy un
anciano, o al menos me gritarían, por ejemplo: «Se
le ha caído la cartera». Si uno dejara de albergar
esperanzas, se ahorraría un montón de
decepciones.
Estuve unos cuantos minutos mirando de reojo y
esperando, y al final hice como si de repente me
hubiera dado cuenta de que se me había caído. No
me atreví a esperar más, pues me entró miedo de
que alguno de aquellos mirones se abalanzara de
pronto sobre la cartera y desapareciera con ella.
Nadie podía estar completamente seguro de que no
contuviera un montón de dinero, pues a veces los
viejos no son pobres, incluso puede que sean ricos,
así es el mundo, el que roba en la juventud o en los
mejores años de su vida tendrá su recompensa en su
vejez.
Así se ha vuelto la gente en los cafés, eso sí que lo
aprendí, se aprende mientras se vive, aunque no sé
de qué sirve, así, justo antes de morir.
72
Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: En el café
Autor: Kjell Askildsen
HABILIDAD SOCIOEMOCIONAL
73
Aceite de perro
Ambrose Bierce
74
sus cubas, sino que con frecuencia era empleado por
mi madre para eliminar los restos de su trabajo en el
estudio. Para cumplir este deber necesitaba a veces
toda mi natural inteligencia, porque todos los
agentes de ley de los alrededores se oponían al
negocio de mi madre. No eran elegidos con el
mandato de oposición, ni el asunto había sido
debatido nunca políticamente: simplemente era así.
La ocupación de mi padre -hacer aceite de perro- era
naturalmente menos impopular, aunque los dueños
de perros desaparecidos lo miraban a veces con
sospechas que se reflejaban, hasta cierto punto, en
mí. Mi padre tenía, como socios silenciosos, a dos
de los médicos del pueblo, que rara vez escribían
una receta sin agregar lo que les gustaba
designar Lata de Óleo. Es realmente la medicina
más valiosa que se conoce; pero la mayoría de las
personas es reacia a realizar sacrificios personales
para los que sufren, y era evidente que muchos de
los perros más gordos del pueblo tenían prohibido
jugar conmigo, hecho que afligió mi joven
sensibilidad y en una ocasión estuvo a punto de
hacer de mí un pirata.
A veces, al evocar aquellos días, no puedo sino
lamentar que, al conducir indirectamente a mis
queridos padres a su muerte, fui el autor de
desgracias que afectaron profundamente mi futuro.
Una noche, al pasar por la fábrica de aceite de mi
padre con el cuerpo de un niño rumbo al estudio de
mi madre, vi a un policía que parecía vigilar
atentamente mis movimientos. Joven como era, yo
había aprendido que los actos de un policía,
75
cualquiera sea su carácter aparente, son provocados
por los motivos más reprensibles, y lo eludí
metiéndome en la aceitería por una puerta lateral
casualmente entreabierta. Cerré en seguida y quedé
a solas con mi muerto. Mi padre ya se había
retirado. La única luz del lugar venía de la hornalla,
que ardía con un rojo rico y profundo bajo uno de
los calderos, arrojando rubicundos reflejos sobre las
paredes. Dentro del caldero el aceite giraba todavía
en indolente ebullición y empujaba ocasionalmente
a la superficie un trozo de perro. Me senté a esperar
que el policía se fuera, el cuerpo desnudo del niño
en mis rodillas, y le acaricié tiernamente el pelo
corto y sedoso. ¡Ah, qué guapo era! Ya a esa
temprana edad me gustaban apasionadamente los
niños, y mientras miraba al querubín, casi deseaba
en mi corazón que la pequeña herida roja de su
pecho -la obra de mi querida madre- no hubiese sido
mortal.
Era mi costumbre arrojar los niños al río que la
naturaleza había provisto sabiamente para ese fin,
pero esa noche no me atreví a salir de la aceitería
por temor al agente. “Después de todo”, me dije, “no
puede importar mucho que lo ponga en el caldero.
Mi padre nunca distinguiría sus huesos de los de un
cachorro, y las pocas muertes que pudiera causar el
reemplazo de la incomparable Lata de Óleo por otra
especie de aceite no tendrán mayor incidencia en
una población que crece tan rápidamente”. En
resumen, di el primer paso en el crimen y atraje
sobre mí indecibles penurias arrojando el niño al
caldero.
76
Al día siguiente, un poco para mi sorpresa, mi padre,
frotándose las manos con satisfacción, nos informó a
mí y a mi madre que había obtenido un aceite de una
calidad nunca vista por los médicos a quienes había
llevado muestras. Agregó que no tenía conocimiento
de cómo se había logrado ese resultado: los perros
habían sido tratados en forma absolutamente usual,
y eran de razas ordinarias. Consideré mi obligación
explicarlo, y lo hice, aunque mi lengua se habría
paralizado si hubiera previsto las consecuencias.
Lamentando su antigua ignorancia sobre las ventaja
de una fusión de sus industrias, mis padres tomaron
de inmediato medidas para reparar el error. Mi
madre trasladó su estudio a un ala del edificio de la
fábrica y cesaron mis deberes en relación con sus
negocios: ya no me necesitaban para eliminar los
cuerpos de los pequeños superfluos, ni había por qué
conducir perros a su destino: mi padre los desechó
por completo, aunque conservaron un lugar
destacado en el nombre del aceite. Tan bruscamente
impulsado al ocio, se podría haber esperado
naturalmente que me volviera ocioso y disoluto,
pero no fue así. La sagrada influencia de mi querida
madre siempre me protegió de las tentaciones que
acechan a la juventud, y mi padre era diácono de la
iglesia. ¡Ay, que personas tan estimables llegaran
por mi culpa a tan desgraciado fin!
Al encontrar un doble provecho para su negocio, mi
madre se dedicó a él con renovada asiduidad. No se
limitó a suprimir a pedido niños inoportunos: salía a
las calles y a los caminos a recoger niños más
crecidos y hasta aquellos adultos que podía atraer a
la aceitería. Mi padre, enamorado también de la
77
calidad superior del producto, llenaba sus cubas con
celo y diligencia. En pocas palabras, la conversión
de sus vecinos en aceite de perro llegó a convertirse
en la única pasión de sus vidas. Una ambición
absorbente y arrolladora se apoderó de sus almas y
reemplazó en parte la esperanza en el Cielo que
también los inspiraba.
Tan emprendedores eran ahora, que se realizó una
asamblea pública en la que se aprobaron
resoluciones que los censuraban severamente. Su
presidente manifestó que todo nuevo ataque contra
la población sería enfrentado con espíritu hostil. Mis
pobres padres salieron de la reunión desanimados,
con el corazón destrozado y creo que no del todo
cuerdos. De cualquier manera, consideré prudente
no ir con ellos a la aceitería esa noche y me fui a
dormir al establo.
A eso de la medianoche, algún impulso misterioso
me hizo levantar y atisbar por una ventana de la
habitación del horno, donde sabía que mi padre
pasaba la noche. El fuego ardía tan vivamente como
si se esperara una abundante cosecha para mañana.
Uno de los enormes calderos burbujeaba lentamente,
con un misterioso aire contenido, como tomándose
su tiempo para dejar suelta toda su energía. Mi padre
no estaba acostado: se había levantado en ropas de
dormir y estaba haciendo un nudo en una fuerte
soga. Por las miradas que echaba a la puerta del
dormitorio de mi madre, deduje con sobrado acierto
sus propósitos. Inmóvil y sin habla por el terror,
nada pude hacer para evitar o advertir. De pronto se
abrió la puerta del cuarto de mi madre,
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silenciosamente, y los dos, aparentemente
sorprendidos, se enfrentaron. También ella estaba en
ropas de noche, y tenía en la mano derecha la
herramienta de su oficio, una aguja de hoja alargada.
Tampoco ella había sido capaz de negarse el último
lucro que le permitían la poca amistosa actitud de
los vecinos y mi ausencia. Por un instante se
miraron con furia a los ojos y luego saltaron juntos
con ira indescriptible. Luchaban alrededor de la
habitación, maldiciendo el hombre, la mujer
chillando, ambos peleando como demonios, ella
para herirlo con la aguja, él para ahorcarla con sus
grandes manos desnudas. No sé cuánto tiempo tuve
la desgracia de observar ese desagradable ejemplo
de infelicidad doméstica, pero por fin, después de un
forcejeo particularmente vigoroso, los combatientes
se separaron repentinamente.
El pecho de mi padre y el arma de mi madre
mostraban pruebas de contacto. Por un momento se
contemplaron con hostilidad, luego, mi pobre padre,
malherido, sintiendo la mano de la muerte, avanzó,
tomó a mi querida madre en los brazos desdeñando
su resistencia, la arrastró junto al caldero hirviente,
reunió todas sus últimas energías ¡y saltó adentro
con ella! En un instante ambos desaparecieron,
sumando su aceite al de la comisión de ciudadanos
que había traído el día anterior la invitación para la
asamblea pública.
Convencido de que estos infortunados
acontecimientos me cerraban todas las vías hacia
una carrera honorable en ese pueblo, me trasladé a la
famosa ciudad de Otumwee, donde se han escrito
79
estas memorias, con el corazón lleno de
remordimiento por el acto de insensatez que
provocó un desastre comercial tan terrible.
Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: Aceite de perro
Autor: Ambrose Bierce
HABILIDAD SOCIOEMOCIONAL
80
Una pequeña fábula
Franz Kafka
81
Retinoblastoma
Gabriel García Márquez
82
El león y la espina
Ambrose Bierce
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Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: El león y la espina
Autor: Ambrose Bierce
84