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Fomento A La Lectura

El documento presenta una compilación literaria que incluye tres cuentos: 'El gigante egoísta' de Oscar Wilde, 'Maravillas de la voluntad' de Octavio Paz y 'Volver sin nombre' de Lewis Carroll. Cada cuento se acompaña de un cuestionario de comprensión lectora y preguntas sobre habilidades socioemocionales, fomentando la reflexión sobre temas como el egoísmo, la voluntad y la identidad. La recopilación busca desarrollar la lectura y la comprensión escrita y oral en los lectores.

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Fomento A La Lectura

El documento presenta una compilación literaria que incluye tres cuentos: 'El gigante egoísta' de Oscar Wilde, 'Maravillas de la voluntad' de Octavio Paz y 'Volver sin nombre' de Lewis Carroll. Cada cuento se acompaña de un cuestionario de comprensión lectora y preguntas sobre habilidades socioemocionales, fomentando la reflexión sobre temas como el egoísmo, la voluntad y la identidad. La recopilación busca desarrollar la lectura y la comprensión escrita y oral en los lectores.

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Compilación literaria

Lectura, Comprensión Oral y


Escrita

1
Enero, 2025

2
El gigante
egoísta Oscar Wilde

Todas las tardes, a la salida de la escuela, los niños se


habían acostumbrado a ir a jugar al jardín del gigante.
Era un jardín grande y hermoso, cubierto de verde y
suave césped. Dispersas sobre la hierba brillaban bellas
flores como estrellas, y había una docena de melocotones
que, en primavera, se cubrían de delicados capullos
rosados, y en otoño daban sabroso fruto.

Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban tan


deliciosamente que los niños interrumpían sus juegos
para escucharlos.

- ¡Qué felices somos aquí! - se gritaban unos a otros.

Un día el gigante regresó. Había ido a visitar a su amigo,


el ogro de Cornualles, y permaneció con él durante siete
años. Transcurridos los siete años, había dicho todo lo
que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y
decidió volver a su castillo. Al llegar vio a los niños
jugando en el jardín.

- ¿Qué estáis haciendo aquí? - les gritó con voz agria. Y


los niños salieron corriendo.

-Mi jardín es mi jardín- dijo el gigante. -Ya es hora de


que lo entendáis, y no voy a permitir que nadie más que
yo juegue en él.

3
Entonces construyó un alto muro alrededor y puso este
cartel:
Prohibida la entrada.
Los transgresores serán
procesados judicialmente.

Era un gigante muy egoísta.

Los pobres niños no tenían ahora donde jugar.

Trataron de hacerlo en la carretera, pero la carretera


estaba llena de polvo y agudas piedras, y no les gustó.

Se acostumbraron a vagar, una vez terminadas sus


lecciones, alrededor del alto muro, para hablar del
hermoso jardín que había al otro lado.

-¡Que felices éramos allí!- se decían unos a otros.

Entonces llegó la primavera y todo el país se llenó de


capullos y pajaritos. Solo en el jardín del gigante egoísta
continuaba el invierno.

Los pájaros no se preocupaban de cantar en él desde que


no había niños, y los árboles se olvidaban de florecer.
Solo una bonita flor levantó su cabeza entre el césped,
pero cuando vio el cartel se entristeció tanto, pensando en
los niños, que se dejó caer otra vez en tierra y se echó a
dormir.

Los únicos complacidos eran la Nieve y el Hielo.

-La primavera se ha olvidado de este jardín- gritaban. -


Podremos vivir aquí durante todo el año

La Nieve cubrió todo el césped con su manto blanco y el


Hielo pintó de plata todos los árboles. Entonces invitaron

4
al viento del Norte a pasar una temporada con ellos, y el
Viento aceptó.

Llegó envuelto en pieles y aullaba todo el día por el


jardín, derribando los capuchones de la chimenea.

-Este es un sitio delicioso- decía. -Tendremos que invitar


al Granizo a visitarnos.

Y llegó el Granizo. Cada día durante tres horas tocaba el


tambor sobre el tejado del castillo, hasta que rompió la
mayoría de las pizarras, y entonces se puso a dar vueltas
alrededor del jardín corriendo lo más veloz que pudo.
Vestía de gris y su aliento era como el hielo.

-No puedo comprender como la primavera tarda tanto en


llegar- decía el gigante egoísta, al asomarse a la ventana
y ver su jardín blanco y frío. -¡Espero que este tiempo
cambiará!

Pero la primavera no llegó, y el verano tampoco. El


otoño dio dorados frutos a todos los jardines, pero al
jardín del gigante no le dio ninguno.

-Es demasiado egoísta- se dijo.

Así pues, siempre era invierno en casa del gigante, y el


Viento del Norte, el Hielo, el Granizo y la Nieve
danzaban entre los árboles.

Una mañana el gigante yacía despierto en su cama,


cuando oyó una música deliciosa. Sonaba tan dulcemente
en sus oídos que creyó sería el rey de los músicos que
pasaba por allí. En realidad, solo era un jilguerillo que
cantaba ante su ventana, pero hacía tanto tiempo que no
oía cantar un pájaro en su jardín, que le pareció la música
más bella del mundo. Entonces el Granizo dejó de bailar

5
sobre su cabeza, el Viento del Norte dejó de rugir, y un
delicado perfume llegó hasta él, a través de la ventana
abierta.

-Creo que, por fin, ha llegado la primavera- dijo el


gigante; y saltando de la cama miró el exterior. ¿Qué es
lo que vio?

Vio un espectáculo maravilloso. Por una brecha abierta


en el muro los niños habían penetrado en el jardín,
habían subido a los árboles y estaban sentados en sus
ramas. En todos los árboles que estaban al alcance de su
vista, había un niño. Y los árboles se sentían tan dichosos
de volver a tener consigo a los niños, que se habían
cubierto de capullos y agitaban suavemente sus brazos
sobre las cabezas de los pequeños.

Los pájaros revoloteaban y parloteaban con deleite, y las


flores reían irguiendo sus cabezas sobre el césped. Era
una escena encantadora. Sólo en un rincón continuaba
siendo invierno. Era el rincón más apartado del jardín, y
allí se encontraba un niño muy pequeño. Tan pequeño
era, no podía alcanzar las ramas del árbol, y daba vueltas
a su alrededor llorando amargamente. El pobre árbol
seguía aún cubierto de hielo y nieve, y el Viento del
Norte soplaba y rugía en torno a él.

-¡Sube, pequeño!- decía el árbol, y le tendía sus ramas


tan bajo como podía; pero el niño era demasiado
pequeño. El corazón del gigante se enterneció al
contemplar ese espectáculo.

-¡Qué egoísta he sido- se dijo. -Ahora comprendo por qué


la primavera no ha venido hasta aquí. Voy a colocar al
pobre pequeño sobre la copa del árbol, derribaré el muro
y mi jardín será el parque de recreo de los niños para
siempre.

6
Estaba verdaderamente apenado por lo que había hecho.

Se precipitó escaleras abajo, abrió la puerta principal con


toda suavidad y salió al jardín.

Pero los niños quedaron tan asustados cuando lo vieron,


que huyeron corriendo, y en el jardín volvió a ser
invierno.

Sólo el niño pequeño no corrió, pues sus ojos estaban tan


llenos de lágrimas, que no vio acercarse al gigante. Y el
gigante se deslizó por su espalda, lo cogió cariñosamente
en su mano y lo colocó sobre el árbol. El árbol floreció
inmediatamente, los pájaros fueron a cantar en él, y el
niño extendió sus bracitos, rodeó con ellos el cuello del
gigante y le besó.

Cuando los otros niños vieron que el gigante ya no era


malo, volvieron corriendo y la primavera volvió con
ellos.

-Desde ahora, este es vuestro jardín, queridos niños- dijo


el gigante, y cogiendo una gran hacha derribó el muro. Y
cuando al mediodía pasó la gente, yendo al mercado,
encontraron al gigante jugando con los niños en el más
hermoso de los jardines que jamás habían visto.

Durante todo el día estuvieron jugando y al atardecer


fueron a despedirse del gigante.

-Pero, ¿dónde está vuestro pequeño compañero, el niño


que subí al árbol?- preguntó.

El gigante era a este al que más quería, porque lo había


besado.

7
-No sabemos contestaron los niños- se ha marchado.

-Debéis decirle que venga mañana sin falta- dijo el


gigante.
Pero los niños dijeron que no sabían dónde vivía y nunca
antes lo habían visto. El gigante se quedó muy triste.

Todas las tardes, cuando terminaba la escuela, los niños


iban y jugaban con el gigante. Pero al niño pequeño, que
tanto quería el gigante, no se le volvió a ver. El gigante
era muy bondadoso con todos los niños pero echaba de
menos a su primer amiguito y a menudo hablaba de él.

-¡Cuánto me gustaría verlo!- solía decir.

Los años transcurrieron y el gigante envejeció mucho y


cada vez estaba más débil. Ya no podía tomar parte en
los juegos; sentado en un gran sillón veía jugar a los
niños y admiraba su jardín.

-Tengo muchas flores hermosas- decía, pero los niños


son las flores más bellas.

Una mañana invernal miró por la ventana, mientras se


estaba vistiendo. Ya no detestaba el invierno, pues sabía
que no es sino la primavera adormecida y el reposo de las
flores.

De pronto se frotó los ojos, atónito miró y remiró.


Verdaderamente era una visión maravillosa. En el más
alejado rincón del jardín había un árbol completamente
cubierto de hermosos capullos blancos. Sus ramas eran
doradas, frutos de plata colgaban de ellas y debajo, de
pie, estaba el pequeño al que tanto quiso.

El gigante corrió escaleras abajo con gran alegría y salió


al jardín. Corrió precipitadamente por el césped y llegó

8
cerca del niño. Cuando estuvo junto a él, su cara
enrojeció de cólera y exclamó:

- ¿Quién se atrevió a herirte? - Pues en las palmas de sus


manos se veían las señales de dos clavos, y las mismas
señales se veían en los piececitos.

-¿Quién se ha atrevido a herirte?- gritó el gigante. -


Dímelo para que pueda coger mi espada y matarle.

-No- replicó el niño, pues estas son las heridas del amor.

-¿Quién eres?- dijo el gigante; y un extraño temor lo


invadió, haciéndole caer de rodillas ante el pequeño.

Y el niño sonrió al gigante y le dijo:

-Una vez me dejaste jugar en tu jardín, hoy vendrás


conmigo a mi jardín, que es el Paraíso.

Y cuando llegaron los niños aquella tarde, encontraron al


gigante tendido, muerto, bajo el árbol, todo cubierto de
capullos blancos.

9
Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: El gigante egoísta
Autor: Oscar Wilde

1. ¿Qué simboliza el gigante en el cuento?


2. Para usted, ¿Qué es el egoísmo? (elabore una
definición acorde a su observación empírica).
3. En la última escena a la manera de parábola entre
el niño y el gigante ¿Qué le enseña? Interprétese.
4. ¿Qué personaje era el niño en realidad?
5. Relata la enseñanza que te deja el cuento.
6. Dibuja la escena más significativa del cuento.

Habilidad Socio Emocional:

7. Después de analizar el simbolismo del cuento, ¿En


algún área de tu vida te has enfrentado al egoísmo como
repercusiones negativas?

10
Maravillas de la
voluntad
Octavio Paz

A las tres en punto don Pedro llegaba a nuestra


mesa, saludaba a cada uno de los concurrentes,
pronunciaba para sí unas frases indescifrables y
silenciosamente tomaba asiento. Pedía una taza de
café, encendía un cigarrillo, escuchaba la plática,
bebía a sorbos su tacita, pagaba a la mesera, tomaba
su sombrero, recogía su portafolio, nos daba las
buenas tardes y se marchaba. Y así todos los días.
¿Qué decía don Pedro al sentarse y al levantarse con
cara seria y ojos duros? Decía:
-Ojalá te mueras.
Don Pedro repetía muchas veces al día esa frase. Al
levantarse, al terminar su tocado matinal, al entrar o
salir de casa -a las ocho, a la una, a las dos y media,
a las siete y cuarto-, en el café, en la oficina, antes y
después de cada comida, al acostarse cada noche. La
repetía entre dientes o en voz alta, a solas o en
compañía. A veces solo con los ojos. Siempre con
toda el alma.
Nadie sabía contra quién dirigía aquellas palabras.

11
Todos ignoraban el origen de aquel odio. Cuando se
quería ahondar en el asunto, don Pedro movía la
cabeza con desdén y callaba, modesto. Quizá era un
odio sin causa, un odio puro. Pero aquel sentimiento
lo alimentaba, daba seriedad a su vida, majestad a
sus años. Vestido de negro, parecía llevar luto de
antemano por su condenado.
Una tarde don Pedro llegó más grave que de
costumbre. Se sentó con lentitud y en el centro
mismo del silencio que se hizo ante su presencia,
dejó caer con simplicidad estas palabras:
-Ya lo maté.
¿A quién y cómo? Algunos sonrieron, queriendo
tomar la cosa en broma. La mirada de don Pedro los
detuvo. Todos nos sentimos incómodos. Era cierto,
allí se sentía el hueco de la muerte. Lentamente se
dispersó el grupo. Don Pedro se quedó solo, más
serio que nunca, un poco lacio, como un astro
quemado ya, pero tranquilo, sin remordimientos.
No volvió al día siguiente. Nunca volvió. ¿Murió?
Acaso le faltó ese odio vivificador. Tal vez vive aún
y ahora odia a otro. Reviso mis acciones. Y te
aconsejo que hagas lo mismo con las tuyas, no vaya
a ser que hayas incurrido en la cólera paciente,
obstinada, de esos pequeños ojos miopes. ¿Has
pensado alguna vez cuántos -acaso muy cercanos a
ti- te miran con los mismos ojos de don Pedro?

12
Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: Maravillas de la voluntad
Autor: Octavio Paz

1. Descríbase la personalidad de Don Pedro


2. ¿Qué fue lo que en realidad pasó con Don Pedro
al final?
3. ¿Cuál era el destinatario con la expresión “ya lo
maté”?
4. Según el cuento ¿Cuál es el significado del título
“maravillas de la voluntad”?

Habilidad Socio Emocional:

1. ¿Cómo defines la emoción del enojo?


2. ¿Cuándo la sientes de qué manera la
manejas?
3. ¿Consideras que es necesario controlarla?
¿Por qué?

13
Volver sin
nombre
Lewis Carroll

Sería conveniente volver a casa sin nombre: si, por


ejemplo, tu niñera te quisiese llamar para que
estudiaras la lección, no podría decir más que “¡Ven
aquí…!”, y ahí se quedaría cortada, porque no
tendría ningún nombre con que llamarte y, entonces,
claro está, no tendrías que hacerle ningún caso.

14
Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: Volver sin nombre
Autor: Lewis Carroll

1. ¿Por qué crees que el autor intitula de esa manera


el relato? Explicalo con tus propias palabras.
2. ¿Qué implicaciones tiene la expresión “sin
nombre”?
3. Argumenta a quién va dirigido ese relato.
4. Reflexiona el significante de tener un nombre y
piensa por qué te llamas de esa manera.
5. ¿Por qué se atribuye un nombre a los seres
humanos? Argumenta tu respuesta con base a tus
valores personales.

Habilidad Socio Emocional:

1- Explica cómo tu nombre te representa y


porqué.

15
El gordo y el flaco
Antón Chejov

En una estación de ferrocarril de la línea Nikoláiev


se encontraron dos amigos: uno, gordo; el otro,
flaco.
El gordo, que acababa de comer en la estación, tenía
los labios untados de mantequilla y le lucían como
guindas maduras. Olía a Jere y a Fleure d’orange. El
flaco acababa de bajar del tren e iba cargado de
maletas, bultos y cajitas de cartón. Olía a jamón y a
posos de café. Tras él asomaba una mujer
delgaducha, de mentón alargado -su esposa-, y un
colegial espigado que guiñaba un ojo -su hijo.
-¡Porfiri! -exclamó el gordo, al ver al flaco-. ¿Eres
tú? ¡Mi querido amigo! ¡Cuánto tiempo sin verte!
-¡Madre mía! -soltó el flaco, asombrado-. ¡Misha!
¡Mi amigo de la infancia! ¿De dónde sales?
Los amigos se besaron tres veces y se quedaron
mirándose el uno al otro con los ojos llenos de
lágrimas. Los dos estaban agradablemente
asombrados.
-¡Amigo mío! -comenzó a decir el flaco después de
haberse besado-. ¡Esto no me lo esperaba! ¡Vaya
sorpresa! ¡A ver, deja que te mire bien! ¡Siempre tan
buen mozo! ¡Siempre tan perfumado y elegante!
¡Ah, Señor! ¿Y qué ha sido de ti? ¿Eres rico?
¿Casado? Yo ya estoy casado, como ves… Ésta es
mi mujer, Luisa, nacida Vanzenbach… luterana… Y

16
éste es mi hijo, Nafanail, alumno de la tercera clase.
¡Nafania, este amigo mío es amigo de la infancia!
¡Estudiamos juntos en el gimnasio!
Nafanail reflexionó un poco y se quitó el gorro.
-¡Estudiamos juntos en el gimnasio! -prosiguió el
flaco-. ¿Recuerdas el apodo que te pusieron? Te
llamaban Eróstrato porque pegaste fuego a un libro
de la escuela con un pitillo; a mí me llamaban Efial,
porque me gustaba hacer de espía… Ja, ja… ¡Qué
niños éramos! ¡No temas, Nafania! Acércate más …
Y ésta es mi mujer, nacida Vanzenbach… luterana.
Nafanail lo pensó un poco y se escondió tras la
espalda de su padre.
-Bueno, bueno. ¿Y qué tal vives, amigazo? -
preguntó el gordo mirando entusiasmado a su
amigo-. Estarás metido en algún ministerio, ¿no?
¿En cuál? ¿Ya has hecho carrera?
-¡Soy funcionario, querido amigo! Soy asesor
colegiado hace ya más de un año y tengo la cruz de
San Estanislao. El sueldo es pequeño… pero ¡allá
penas! Mi mujer da lecciones de música, yo fabrico
por mi cuenta pitilleras de madera… ¡Son unas
pitilleras estupendas! Las vendo a rublo la pieza. Si
alquien me toma diez o más, le hago un descuento,
¿comprendes? Bien que mal, vamos tirando. He
servido en un ministerio, ¿sabes?, y ahora he sido
trasladado aquí como jefe de oficina por el mismo
departamento… Ahora prestaré mis servicios aquí.
Y tú ¿qué tal? A lo mejor ya eres consejero de
Estado, ¿no?

17
-No, querido, sube un poco más alto -contestó el
gordo-. He llegado ya a consejero privado… Tanto
dos estrellas.
Súbitamente el flaco se puso pálido, se quedó de una
pieza; pero en seguida torció el rostro en todas
direcciones con la más amplia de las sonrisas;
parecía que de sus ojos y de su cara saltaban
chispas. Se contrajo, se encorvó, se empequeñeció…
Maletas, bultos y paquetes se le empequeñecieron,
se le arrugaron… El largo mentón de la esposa se
hizo aún más largo; Nafanail se estiró y se abrochó
todos los botones de la guerrera…
-Yo, Excelencia… ¡Estoy muy contento,
Excelencia! ¡Un amigo, por así decirlo, de la
infancia, y de pronto convertido en tan alto
dignatario!¡Ji, ji!
-¡Basta, hombre! -repuso el gordo, arrugando la
frente-. ¿A qué viene este tono? Tú y yo somos
amigos de la infancia. ¿A qué viene este tono? Tú y
yo somos amigos de la infancia, ¿a qué me vienes
ahora con zarandajos y ceremonias?
-¡Por favor!… ¡Cómo quiere usted…! -replicó el
flaco, encogiéndose todavía más, con risa de conejo-
. La benevolente atención de Su Excelencia, mi hijo
Nafanail… mi esposa Luisa, luterana, en cierto
modo…
El gordo quiso replicar, pero en el rostro del flaco
era tanta la expresión de deferencia, de dulzura y de
respetuosa acidez, que el consejero privado sintió
náuseas. Se apartó un poco del flaco y le tendió la
mano para despedirse.
18
El flaco estrechó tres dedos, inclinó todo el espinazo
y se rió como un chino: “¡Ji, ji, ji!” La esposa se
sonrió.
Nafanail dio un taconazo y dejó caer la gorra. Los
tres estaban agradablemente estupefactos.

Cuestionario de comprensión lectora


Cuento: El gordo y el flaco
Autor: Antón Chejov

1.- ¿Cuál era el apodo de el gordo en la infancia?

2.-¿Que sintió el flaco al enterarse que su amigo de la


infancia es consejero privado ?

3.-¿Que quiso expresar el flaco con la acción donde


estrechó tres dedos, inclinó todo el espinazo y se rió
como un chino: “¡Ji, ji, ji!”?

HABILIDAD SOCIO EMOCIONAL

1.- En algún momento de tu vida has sentido envidia?


Descríbelo.

2.-como podrías sobrellevar ese sentimiento?

19
El Otro Yo
Mario Benedetti

Se trataba de un muchacho corriente: en los


pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas,
hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la
nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando
Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.
El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se
enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente,
se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le
preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse
incómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro
Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no
podía ser tan vulgar como era su deseo.
Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se
quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los
pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart,
pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el
Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer
momento, el muchacho no supo qué hacer, pero
después se rehizo e insultó concienzudamente al
Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañana
siguiente se había suicidado.

20
Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo
golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó
que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese
pensamiento lo reconfortó.
Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la
calle con el propósito de lucir su nueva y completa
vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus
amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente
estalló en risotadas.
Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no
notaron su presencia. Para peor de males, el
muchacho alcanzó a escuchar que comentaban:
«Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y
saludable».
El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír
y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un
ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no
pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la
melancolía se la había llevado el Otro Yo.

21
Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: El otro yo
Autor: Mario Benedetti

1.- Describe cada las dos personalidades que tenía


Armando.

2.- ¿Por qué Armando eligió matar a su otro yo ?

3.-¿Por qué sus amigos no notaron su presencia ?

4.- ¿puedes ser capaz de mostrar dos personalidades a


la vez?

HABILIDAD SOCIO EMOCIONAL

1.- ¿Lo que un ser humano lleva guardado en su alma se


sincroniza con lo que cotidianamente expresa?

¿Por qué?

22
La noche de los feos
Mario Benedetti

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos.


Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años,
cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca
junto a la boca viene de una quemadura feroz,
ocurrida a comienzos de mi adolescencia.
Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos,
esa suerte de faros de justificación por los que a
veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza.
No, de ningún modo. Tanto los de ella como los
míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la
poca o ninguna resignación con que enfrentamos
nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal
vez unido no sea la palabra más apropiada. Me
refiero al odio implacable que cada uno de nosotros
siente por su propio rostro.
Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola
para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera.
Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin
simpatía, pero con oscura solidaridad; allí fue donde
registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras
respectivas soledades. En la cola todos estaban de a
dos, pero además eran auténticas parejas: esposos,
novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos
23
-de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y
yo teníamos las manos sueltas y crispadas.
Nos miramos las respectivas fealdades con
detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí
la hendidura de su pómulo con la garantía de
desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida.
Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que
devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa
a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja
quemadura.
Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas,
pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun
en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos
rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de
su lado normal.
Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las
respectivas bellezas del rudo héroe y la suave
heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de
admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para
mi rostro y a veces para Dios. También para el
rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá
debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es
que son algo así como espejos. A veces me pregunto
qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera
tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera
quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o
tuviera una costura en la frente.
La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a
ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró,
tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que

24
charláramos un rato en un café o una confitería. De
pronto aceptó.
La confitería estaba llena, pero en ese momento se
desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre
la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los
gestos de asombro. Mis antenas están
particularmente adiestradas para captar esa
curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de
los que tienen un rostro corriente, milagrosamente
simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi
adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban
para registrar murmullos, tosecitas, falsas
carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene
evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas
constituyen en sí mismas un espectáculos mayor,
poco menos que coordinado; algo que se debe mirar
en compañía, junto a uno (o una) de esos bien
parecidos con quienes merece compartirse el
mundo.
Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo
coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso
su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
“¿Qué está pensando?”, pregunté.
Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla
cambió de forma.
“Un lugar común”, dijo. “Tal para cual”.
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que
pedir dos cafés para justificar la prolongada
permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto
ella como yo estábamos hablando con una franqueza

25
tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y
convertirse en un casi equivalente de la hipocresía.
Decidí tirarme a fondo.
“Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?”
“Sí”, dijo, todavía mirándome.
“Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted
quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa
muchachita que está a su derecha, a pesar de que
usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa,
irremisiblemente estúpida.”
“Sí.”
Por primera vez no pudo sostener mi mirada.
“Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad,
¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo.”
“¿Algo cómo qué?”
“Como querernos, caramba. O simplemente
congeniar. Llámele como quiera, pero hay una
posibilidad.”
Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.
“Prométame no tomarme como un chiflado.”
“Prometo.”
“La posibilidad es meternos en la noche. En la
noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?”
“No.”

26
“¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde
usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es
lindo, ¿no lo sabía?”
Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió
súbitamente escarlata.
“Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca.”
Levantó la cabeza y ahora sí me miró
preguntándome, averiguando sobre mí, tratando
desesperadamente de llegar a un diagnóstico.
“Vamos”, dijo.
No sólo apagué la luz, sino que además corrí la
doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una
respiración afanosa. No quiso que la ayudara a
desvestirse.
Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme
cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera.
Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su
pecho. Mi tacto me transmitió una versión
estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo.
Sus manos también me vieron.
En ese instante comprendí que debía arrancarme (y
arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había
fabricado. O intentado fabricar. Fue como un
relámpago. No éramos eso. No éramos eso.
Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje,
pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su
rostro, encontró el surco de horror, y empezó una
lenta, convincente y convencida caricia. En realidad,
mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego

27
progresivamente serenos) pasaron muchas veces
sobre sus lágrimas.
Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano
también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón
y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca
siniestra.
Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego
me levanté y descorrí la cortina doble.

28
Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: La noche de los feos
Autor: Mario Benedetti

1. Lo feo es contrario a lo bello según el cuento.


Argumente y reflexione su respuesta.
2. ¿Los feos tienen cabida en el mundo en esta
historia? Argumente su respuesta con base a su
opinión empírica.
3. En el fin de la historia los amantes encuentran
regocijo y felicidad ¿Por qué razón?
4. Describa a los personajes a manera de etopeya y
prosopografía.
5. Consulte las siguientes palabras que se
encuentran en el cuento.
● Infortunio
● Espantajos
● Confitería
● Sadismo
● Irremisiblemente

29
El almohadón de plumas
Horacio Quiroga

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia,


angelical y tímida, el carácter duro de su marido
heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería
mucho, sin embargo, a veces con un ligero
estremecimiento cuando volviendo de noche juntos
por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta
estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él,
por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a
conocer.

Durante tres meses -se habían casado en abril-


vivieron una dicha especial.
Sin duda hubiera ella deseada menos severidad en
ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta
ternura; pero el impasible semblante de su marido la
contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus
estremecimientos. La blancura del patio silencioso -
frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una
otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el
brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en
las altas paredes, afirmaba aquella sensación de
desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los

30
pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo
abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el
otoño. No obstante, había concluido por echar un
velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida
en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que
llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de
influenza que se arrastró insidiosamente días y días;
Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo
salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba
indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con
honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y
Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los
brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto
callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de
caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y
aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin
moverse ni decir una palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al
día siguiente amaneció desvanecida. El médico de
Jordán la examinó con suma atención, ordenándole
calma y descanso absolutos.
-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la
voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no
me explico, y sin vómitos, nada… Si mañana se
despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta.
Constatóse una anemia de marcha agudísima,
completamente inexplicable. Alicia no tuvo más
desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte.
31
Todo el día el dormitorio estaba con las luces
prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin
oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía
casi en la sala, también con toda la luz encendida.
Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con
incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus
pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía
su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su
mujer cada vez que caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones,
confusas y flotantes al principio, y que descendieron
luego a ras del suelo. La joven, con los ojos
desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la
alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama.
Una noche se quedó de repente mirando fijamente.
Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y
labios se perlaron de sudor.
-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin
dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer
Alicia dio un alarido de horror.
-¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió
a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta
confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las
suyas la mano de su marido, acariciándola
temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un
antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos,
que tenía fijos en ella los ojos.

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Los médicos volvieron inútilmente. Había allí
delante de ellos una vida que se acababa,
desangrándose día a día, hora a hora, sin saber
absolutamente cómo. En la última consulta Alicia
yacía en estupor mientras ellos la pulsaban,
pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La
observaron largo rato en silencio y siguieron al
comedor.
-Pst… -se encogió de hombros desalentado su
médico-. Es un caso serio… poco hay que hacer…
-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó
bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia,
agravado de tarde, pero que remitía siempre en las
primeras horas. Durante el día no avanzaba su
enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en
síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le
fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía
siempre al despertar la sensación de estar
desplomada en la cama con un millón de kilos
encima. Desde el tercer día este hundimiento no la
abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No
quiso que le tocaran la cama, ni aún que le
arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares
avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban
hasta la cama y trepaban dificultosamente por la
colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales
deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban
fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala.
En el silencio agónico de la casa, no se oía más que

33
el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor
ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró
después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato
extrañada el almohadón.
-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el
almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez.
Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del
hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían
manchitas oscuras.
-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de
un rato de inmóvil observación.
-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer,
y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin
saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le
erizaban.
-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.
-Pesa mucho -articuló la sirvienta, sin dejar de
temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente.
Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán
cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas
superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de
horror con toda la boca abierta, llevándose las
manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre
las plumas, moviendo lentamente las patas velludas,

34
había un animal monstruoso, una bola viviente y
viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le
pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en
cama, había aplicado sigilosamente su boca -su
trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla,
chupándole la sangre. La picadura era casi
imperceptible. La remoción diaria del almohadón
había impedido sin duda su desarrollo, pero desde
que la joven no pudo moverse, la succión fue
vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había
vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio
habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones
proporciones enormes. La sangre humana parece
serles particularmente favorable, y no es raro
hallarlos en los almohadones de pluma.

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Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: El almohadón de plumas
Autor: Horacio Quiroga

1.-¿Por qué la enfermedad de Alicia no avanzaba


durante el dia?

2.-¿Qué descubrió la sirvienta en el almohadón


después de que Alicia murió?

3.-¿Según el cuento, que es particularmente


favorable a los parasitos y los ayuda a crecer?

4.-¿Cómo se sentía el almohadón, después de que


Alicia murió y la sirvienta lo levanto?

5.-¿Amaba Jordán a su esposa?

HABILIDAD SOCIO EMOCIONAL

1.-¿Para ti, que significa la escena de Jordan y


Alicia en el jardín?

2.- ¿Cómo era Alicia?

3.- ¿Con cual personaje te identificas?

36
A imagen y semejanza
Mario Benedetti

Era la última hormiga de la caravana, y no pudo


seguir la ruta de sus compañeras. Un terrón de
azúcar había resbalado desde lo alto, quebrándose en
varios terroncitos. Uno de éstos le interceptaba el
paso. Por un instante la hormiga quedó inmóvil
sobre el papel color crema. Luego, sus patitas
delanteras tantearon el terrón. Retrocedió, después
se detuvo. Tomando sus patas traseras como casi
punto fijo de apoyo, dio una vuelta alrededor de sí
misma en el sentido de las agujas de un reloj. Sólo
entonces se acercó de nuevo. Las patas delanteras se
estiraron, en un primer intento de alzar el azúcar,
pero fracasaron. Sin embargo, el rápido movimiento
hizo que el terrón quedara mejor situado para la
operación de carga.
Esta vez la hormiga acometió lateralmente su
objetivo, alzó el terrón y lo sostuvo sobre su cabeza.
Por un instante pareció vacilar, luego reinició el
viaje, con un andar bastante más lento que el que
traía. Sus compañeras ya estaban lejos, fuera del
papel, cerca del zócalo. La hormiga se detuvo,
exactamente en el punto en que la superficie por la
que marchaba, cambiaba de color. Las seis patas
37
hollaron una N mayúscula y oscura. Después de una
momentánea detención, terminó por atravesarla.
Ahora la superficie era otra vez clara. De pronto el
terrón resbaló sobre el papel, partiéndose en dos. La
hormiga hizo entonces un recorrido que incluyó una
detenida inspección de ambas porciones, y eligió la
mayor. Cargó con ella, y avanzó. En la ruta, hasta
ese instante libre, apareció una colilla aplastada. La
bordeó lentamente, y cuando reapareció al otro lado
del pucho, la superficie se había vuelto nuevamente
oscura porque en ese instante el tránsito de la
hormiga tenía lugar sobre una A. Hubo una leve
corriente de aire, como si alguien hubiera soplado.
Hormiga y carga rodaron. Ahora el terrón se
desarmó por completo. La hormiga cayó sobre sus
patas y emprendió una enloquecida carrerita en
círculo. Luego pareció tranquilizarse. Fue hacia uno
de los granos de azúcar que antes había formado
parte del medio terrón, pero no lo cargó. Cuando
reinició su marcha no había perdido la ruta. Pasó
rápidamente sobre una D oscura, y al reingresar en
la zona clara, otro obstáculo la detuvo. Era un
trocito de algo, un palito acaso tres veces más
grande que ella misma. Retrocedió, avanzó, tanteó el
palito, se quedó inmóvil durante unos segundos.
Luego empezó la tarea de carga. Dos veces se
resbaló el palito, pero al final quedó bien afirmado,
como una suerte de mástil inclinado. Al pasar sobre
el área de la segunda A oscura, el andar de la
hormiga era casi triunfal. Sin embargo, no había
avanzado dos centímetros por la superficie clara del
papel, cuando algo o alguien movió aquella hoja y la
hormiga rodó, más o menos replegada sobre sí

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misma. Sólo pudo reincorporarse cuando llegó a la
madera del piso. A cinco centímetros estaba el
palito. La hormiga avanzó hasta él, esta vez con
parsimonia, como midiendo cada séxtuple paso. Así
y todo, llegó hasta su objetivo, pero cuando estiraba
las patas delanteras, de nuevo corrió el aire y el
palito rodó hasta detenerse diez centímetros más
allá, semicaído en una de las rendijas que separaban
los tablones del piso. Uno de los extremos, sin
embargo, emergía hacia arriba. Para la hormiga,
semejante posición representó en cierto modo una
facilidad, ya que pudo hacer un rodeo a fin de
intentar la operación desde un ángulo más favorable.
Al cabo de medio minuto, la faena estaba cumplida.
La carga, otra vez alzada, estaba ahora en una
posición más cercana a la estricta horizontalidad. La
hormiga reinició la marcha, sin desviarse jamás de
su ruta hacia el zócalo.
Las otras hormigas, con sus respectivos víveres,
habían desaparecido por algún invisible agujero.
Sobre la madera, la hormiga avanzaba más
lentamente que sobre el papel. Un nudo, bastante
rugoso de la tabla, significó una demora de más de
un minuto. El palito estuvo a punto de caer, pero un
particular vaivén del cuerpo de la hormiga aseguró
su estabilidad. Dos centímetros más y un golpe
resonó. Un golpe aparentemente dado sobre el piso.
Al igual que las otras, esa tabla vibró y la hormiga
dio un saltito involuntario, en el curso del cual,
perdió su carga. El palito quedó atravesado en el
tablón contiguo. El trabajo siguiente fue cruzar la
hendidura, que en ese punto era bastante profunda.
La hormiga se acercó al borde, hizo un leve avance

39
erizado de alertas, pero aún así se precipitó en aquel
abismo de centímetro y medio. Le llevó varios
segundos rehacerse, escalar el lado opuesto de la
hendidura y reaparecer en la superficie del siguiente
tablón. Ahí estaba el palito. La hormiga estuvo un
rato junto a él, sin otro movimiento que un
intermitente temblor en las patas delanteras.
Después llevó a cabo su quinta operación de carga.
El palito quedó horizontal, aunque algo oblicuo con
respecto al cuerpo de la hormiga. Esta hizo un
movimiento brusco y entonces la carga quedó mejor
acomodada. A medio metro estaba el zócalo. La
hormiga avanzó en la antigua dirección, que en ese
espacio casualmente se correspondía con la veta.
Ahora el paso era rápido, y el palito no parecía
correr el menor riesgo de derrumbe. A dos
centímetros de su meta, la hormiga se detuvo, de
nuevo alertada. Entonces, de lo alto apareció un
pulgar, un ancho dedo humano y concienzudamente
aplastó carga y hormiga.

40
Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: A imagen y semejanza
Autor: Mario Benedetti

1. ¿Por qué consideras que el autor le dio el título de “a


imagen y semejanza al cuento”?

2. ¿De acuerdo al autor que decisiones tuvo que tomar la


hormiga?

3. ¿Qué objetos o productos aparecen de uso cotidiano


aparecen en el cuento?

4. ¿ Qué consecuencias tuvo que enfrentar al hormiga al


quedarse atrás del grupo?

5. ¿Qué hubieras hecho tú, si fueras la persona que


aparece al final del cuento?

6. ¿Has matado a una hormiga u otro ser vivo del reino


animal?, justifica tu respuesta

7. ¿En que se asemeja la hormiga al ser humano?

Desarrollo de HSE

a) ¿Qué habilidades tienes desarrollada las


hormigas?

b) ¿Por qué la hormiga no se dio por vencida?

41
El cisne y su dueño
Esopo

Se dice que los cisnes cantan justo antes de morir.


Un hombre vio en venta a un cisne, y habiendo oído
que era un animal muy melodioso, lo compró.
Un día que el hombre daba una cena, trajo al cisne y
le rogó que cantara durante el festín. Mas el cisne
mantuvo el silencio.
Pero un día, pensando el cisne que ya iba a morir,
forzosamente lloró de antemano su melodía. Al
oírle, el dueño dijo:
-Si sólo cantas cuando vas a morir, fui un tonto
rogándote que cantaras en lugar de inmolarte.
A veces hacemos a la fuerza lo que no quisimos
hacer a la buena

42
Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: El cisne y su dueño
Autor: Esopo

1. ¿Porque se arrepiento el dueño de pedirle que


cantará, cuando por esa razón lo había
comprado?
2. ¿Qué enseñanza tiene el cuento?

HSE

3. ¿Qué cambiarías si supieras cuanto tiempo te


queda de vida.
4. ¿Cómo serían tus relaciones e interacciones
sociales con las personas que te rodean y con tus
seres queridos?

43
Espantos de agosto
Gabriel García Márquez

Llegamos a Arezzo un poco antes del mediodía, y


perdimos más de dos horas buscando el castillo
renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero
Silva había comprado en aquel recodo idílico de la
campiña toscana. Era un domingo de principios de
agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil encontrar
a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas
de turistas. Al cabo de muchas tentativas inútiles
volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por
un sendero de cipreses sin indicaciones viales, y una
vieja pastora de gansos nos indicó con precisión
dónde estaba el castillo. Antes de despedirse nos
preguntó si pensábamos dormir allí, y le
contestamos, como lo teníamos previsto, que sólo
íbamos a almorzar.
-Menos mal -dijo ella- porque en esa casa espantan.
Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos del
medio día, nos burlamos de su credulidad. Pero
nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se

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pusieron dichosos con la idea de conocer un
fantasma de cuerpo presente.
Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era
un anfitrión espléndido y un comedor refinado, nos
esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como
se nos había hecho tarde no tuvimos tiempo de
conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la
mesa, pero su aspecto desde fuera no tenía nada de
pavoroso, y cualquier inquietud se disipaba con la
visión completa de la ciudad desde la terraza florida
donde estábamos almorzando. Era difícil creer que
en aquella colina de casas encaramadas, donde
apenas cabían noventa mil personas, hubieran
nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin
embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su humor
caribe que ninguno de tantos era el más insigne de
Arezzo.
-El más grande -sentenció- fue Ludovico.
Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las
artes y de la guerra, que había construido aquel
castillo de su desgracia, y de quien Miguel nos habló
durante todo el almuerzo. Nos habló de su poder
inmenso, de su amor contrariado y de su muerte
espantosa. Nos contó cómo fue que en un instante de
locura del corazón había apuñalado a su dama en el
lecho donde acababan de amarse, y luego azuzó
contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que
lo despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en
serio, que a partir de la media noche el espectro de
Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas
tratando de conseguir el sosiego en su purgatorio de
amor.

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El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero
a pleno día, con el estómago lleno y el corazón
contento, el relato de Miguel no podía parecer sino
una broma como tantas otras suyas para entretener a
sus invitados. Los ochenta y dos cuartos que
recorrimos sin asombro después de la siesta, habían
padecido toda clase de mudanzas de sus dueños
sucesivos. Miguel había restaurado por completo la
planta baja y se había hecho construir un dormitorio
moderno con suelos de mármol e instalaciones para
sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas
donde habíamos almorzado. La segunda planta, que
había sido la más usada en el curso de los siglos, era
una sucesión de cuartos sin ningún carácter, con
muebles de diferentes épocas abandonados a su
suerte. Pero en la última se conservaba una
habitación intacta por donde el tiempo se había
olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico.
Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de
cortinas bordadas con hilos de oro, y el sobrecama
de prodigios de pasamanería todavía acartonado por
la sangre seca de la amante sacrificada. Estaba la
chimenea con las cenizas heladas y el último leño
convertido en piedra, el armario con sus armas bien
cebadas, y el retrato al óleo del caballero pensativo
en un marco de oro, pintado por alguno de los
maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de
sobrevivir a su tiempo. Sin embargo, lo que más me
impresionó fue el olor de fresas recientes que
permanecía estancado sin explicación posible en el
ámbito del dormitorio.

46
Los días del verano son largos y parsimoniosos en la
Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta
las nueve de la noche. Cuando terminamos de
conocer el castillo eran más de las cinco, pero
Miguel insistió en llevarnos a ver los frescos de
Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco,
luego nos tomamos un café bien conversado bajo las
pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para
recoger las maletas encontramos la cena servida. De
modo que nos quedamos a cenar.
Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una
sola estrella, los niños prendieron unas antorchas en
la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los
pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de
caballos cerreros por las escaleras, los lamentos de
las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico
en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se
les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir.
Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros
no tuvimos el valor civil de decirles que no.
Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy
bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta
baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos
habían sido modernizados y no tenían nada de
tenebrosos. Mientras trataba de conseguir el sueño
conté los doce toques insomnes del reloj de péndulo
de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa
de la pastora de gansos. Pero estábamos tan
cansados que nos dormimos muy pronto, en un
sueño denso y continuo, y desperté después de las
siete con un sol espléndido entre las enredaderas de
la ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el mar

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apacible de los inocentes. “Qué tontería -me dije-,
que alguien siga creyendo en fantasmas por estos
tiempos”. Sólo entonces me estremeció el olor de
fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las
cenizas frías y el último leño convertido en piedra, y
el retrato del caballero triste que nos miraba desde
tres siglos antes en el marco de oro. Pues no
estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos
habíamos acostado la noche anterior, sino en el
dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las
cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de
sangre todavía caliente de su cama maldita.

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Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: Espantos de agosto
Autor: Gabriel García Márquez

1. Los personajes del texto leído ¿son personas


especiales y extraordinarias o comunes y corrientes?
Explica el porqué de tu respuesta.

2. Algo extraño ocurre en el cuento con el tiempo


¿qué es ? Cita fragmentos para justificar su
respuesta.

3. ¿Te parece que el lugar influye en el desarrollo


de la historia? ¿Por qué?

HSE

¿Qué emociones sentiste al leer el cuento?

¿Cómo puedes autorregular?

49
Algo muy grave va a suceder
en este pueblo

Gabriel García Márquez

Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay


una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una
hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una
expresión de preocupación. Los hijos le preguntan
qué le pasa y ella les responde:
-No sé, pero he amanecido con el presentimiento de
que algo muy grave va a sucederle a este pueblo.
Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son
presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se
va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar
una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:
-Te apuesto un peso a que no la haces.
Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la
hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si
era una carambola sencilla. Contesta:

50
-Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de
una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre
algo grave que va a suceder a este pueblo.
Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso
regresa a su casa, donde está con su mamá o una
nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su peso,
dice:
-Le gané este peso a Dámaso en la forma más
sencilla porque es un tonto.
-¿Y por qué es un tonto?
-Hombre, porque no pudo hacer una carambola
sencillísima estorbado con la idea de que su mamá
amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va
a suceder en este pueblo.
Entonces le dice su madre:
-No te burles de los presentimientos de los viejos
porque a veces salen.
La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice
al carnicero:
-Véndame una libra de carne -y en el momento que
se la están cortando, agrega-: Mejor véndame dos,
porque andan diciendo que algo grave va a pasar y
lo mejor es estar preparado.
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra
señora a comprar una libra de carne, le dice:
-Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo
que algo muy grave va a pasar, y se están
preparando y comprando cosas.
51
Entonces la vieja responde:
-Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras.
Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el
cuento, diré que el carnicero en media hora agota la
carne, mata otra vaca, se vende toda y se va
esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo
el mundo, en el pueblo, está esperando que pase
algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las
dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien
dice:
-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?
-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!
(Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían
instrumentos remendados con brea y tocaban
siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les
caían a pedazos.)
-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho
tanto calor.
-Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor.
-Sí, pero no tanto calor como ahora.
Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de
pronto un pajarito y se corre la voz:
-Hay un pajarito en la plaza.
Y viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito.
-Pero señores, siempre ha habido pajaritos que
bajan.

52
-Sí, pero nunca a esta hora.
Llega un momento de tal tensión para los habitantes
del pueblo, que todos están desesperados por irse y
no tienen el valor de hacerlo.
-Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy.
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los
mete en una carreta y atraviesa la calle central donde
está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en
que dicen:
-Si este se atreve, pues nosotros también nos vamos.
Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se
llevan las cosas, los animales, todo.
Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:
-Que no venga la desgracia a caer sobre lo que
queda de nuestra casa -y entonces la incendia y otros
incendian también sus casas.
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en
un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora
que tuvo el presagio, clamando:
-Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me
dijeron que estaba loca.

53
Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: Algo muy grave va a suceder en este pueblo
Autor: Gabriel García Márquez

1. ¿Por qué tuvo un impacto tan negativo en la vida de


los habitantes el comentario de “algo muy grave va
a suceder en este pueblo?

2. ¿Por qué sucesos tan cotidianos , de repente les


empezaron a llamar la atención a los habitantes del
pueblo.

3. ¿Qué hubieras hecho tú, si hubieras sido uno de los


habitantes del pueblo?

4. ¿Cómo afecta la toma de decisiones los pensamientos


negativos?

HSE

5. ¿Qué emociones se vieron afectadas en los


habitantes del pueblo?

6. ¿Qué sentimientos o emociones reflejan el hecho de


quemar sus casas?

54
El amor y la muerte
Pär Lagerkvist

Una noche paseaba las calles con mi amada, cuando


al pasar ante una casa de lúgubre aspecto, abriose
repentinamente la puerta y un amorcillo dio un paso
fuera de las sombras. Más no era un amorcillo
común -frágil, delicado y artístico-, sino un
hombrazo pesado y fornido, con todo el cuerpo
cubierto de pelos, que más parecía un guerrero
bárbaro apuntándome con su rústico arco. Me
disparó una flecha que me alcanzó en el pecho.
Retiró después la pierna y cerró tras de sí la puerta
de aquella casa semejante a un castillo hosco y
sombrío. Yo caí, pero mi amada continuó su paseo.
Pienso que no advirtió mi caída, pues de lo contrario
se hubiera inclinado sobre mi cuerpo y habría

55
tratado de socorrerme. Mas como siguió, sin
detenerse, comprendí que no se había dado cuenta
de mi caída. Mi sangre corrió tras ella, durante un
rato, como un arroyuelo, hasta que se detuvo cuando
ya no pudo alcanzarla.

Cuestionario de comprensión lectora


Cuento: El amor y la muerte
Autor: Pär Lagerkvist

1.- ¿Qué te dice el título del cuento?


2.- ¿Qué es un amorcillo?
3.- ¿Con que le apuntaba el amorcillo al hombre?
4.-¿Por qué crees que su amada continuo su paseo
sin darse cuenta de la caída ?
5.- escribe las palabras que desconozcas e investiga
su significado.
HABILIDAD SOCIO EMOCIONAL
1.- Redacta un breve análisis de como interpretas
este cuento.

56
Dos amigos
Jean de La Fontaine

En el mundo en que vivimos la verdadera amistad


no es frecuente. Muchas personas egoístas olvidan
que la felicidad está en el amor desinteresado que
brindamos a los demás. Esta historia se refiere a dos
amigos verdaderos. Todo lo que era de uno era
también del otro; se apreciaban, se respetaban y
vivían en perfecta armonía.
Una noche, uno de los amigos despertó
sobresaltado. Saltó de la cama, se vistió
apresuradamente y se dirigió a la casa del otro. Al
llegar, golpeó ruidosamente y todos se despertaron.
Los criados le abrieron la puerta, asustados, y él
entró en la residencia. El dueño de la casa, que lo
esperaba con una bolsa de dinero en una mano y su
espada en la otra, le dijo:
-Amigo mío: sé que no eres hombre de salir
corriendo en plena noche sin ningún motivo. Si
viniste a mi casa es porque algo grave te sucede. Si
perdiste dinero en el juego, aquí tienes, tómalo… y
si tuviste un altercado y necesitas ayuda para
enfrentar a los que te persiguen, juntos pelearemos.
Ya sabes que puedes contar conmigo para todo.
El visitante respondió:
57
-Mucho agradezco tus generosos ofrecimientos, pero
no estoy aquí por ninguno de esos motivos. Estaba
durmiendo tranquilamente cuando soñé que estabas
intranquilo y triste, que la angustia te dominaba y
que me necesitabas a tu lado. La pesadilla me
preocupó y por eso vine a tu casa a estas horas. No
podía estar seguro de que te encontrabas bien y tuve
que comprobarlo por mí mismo.
Así actúa un verdadero amigo. No espera que su
compañero acuda a él sino que, cuando supone que
algo le sucede, corre a ofrecerle su ayuda.
La amistad es eso: estar atento a las necesidades
del otro y tratar de ayudar a solucionarlas, ser leal
y generoso y compartir no solo las alegrías sino
también los pesares.

58
Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: Dos amigos
Autor: Jean de La Fontaine

1. En el enunciado”El dueño de la casa, que lo


esperaba con una bolsa de dinero en una
mano y su espada en la otra”, ¿ Que
comprendes de esta acción ?

2. ¿Cuáles eran las pasiones del amigo que se


despertó sobresaltado?

3. Describe las características de la casa y su forma


de vivir de cada uno de los dos amigos y
justifica?

4. Desarrollo de HSE

1. ¿Qué emociones lograste sentir al leer el cuento


de los dos amigos?, justifica tu respuesta.

2. Considerar que al existir una verdadera amistad?,


la otra persona debería saber lo que te pasa sin
necesidad de preguntarte o de pedir su ayuda?

59
El maestro
Oscar Wilde

Y cuando las tinieblas cayeron sobre la tierra, José


de Arimatea, después de haber encendido una
antorcha de madera resinosa, descendió desde la
colina al valle.
Porque tenía que hacer en su casa. Y arrodillándose
sobre los pedernales del Valle de la Desolación, vio
a un joven desnudo que lloraba.
Sus cabellos eran color de miel y su cuerpo como
una flor blanca; pero las espinas habían desgarrado
su cuerpo, y a guisa de corona, llevaba ceniza sobre
sus cabellos.
Y José, que tenía grandes riquezas, dijo al joven
desnudo que lloraba.
-Comprendo que sea grande tu dolor porque
verdaderamente Él era justo.
Mas el joven le respondió:
-No lloro por él sino por mí mismo. Yo también he
convertido el agua en vino y he curado al leproso y
he devuelto la vista al ciego. Me he paseado sobre la
superficie de las aguas y he arrojado a los demonios
que habitan en los sepulcros. He dado de comer a

60
los hambrientos en el desierto, allí donde no hay
ningún alimento, y he hecho levantarse a los
muertos de sus lechos angostos, y por mandato mío
y delante de una gran multitud, una higuera seca ha
florecido de nuevo. Todo cuanto él hizo, lo he hecho
yo.
- ¿Y por qué lloras, entonces?
-Porque a mí no me han crucificado.

Cuestionario de comprensión lectora


Cuento: El maestro
Autor: Oscar Wilde

1. ¿Quién era el joven que lloraba?


2. ¿Que harías tu si te encuentras al joven llorando
como lo cuenta la lectura?
3. ¿A qué se refiere la frase ¨Porque a mí no me
han crucificado¨?
4. ¿Por qué es que el joven no lloraba por sí
mismo?
5. si fueras tu el joven que lloraba ¿Que final
quisieras para ti? siguiendo con el desarrollo
de la lectura.

61
Rompecabezas
Gabriel García Márquez

62
Un científico, que vivía preocupado con los problemas
del mundo, estaba resuelto a encontrar los medios para
aminorarlos...

Pasaba días en su laboratorio en busca de respuestas para


sus dudas.

Cierto día, su hijo de 7 años invadió su santuario


decidido a ayudarlo a trabajar. El científico, nervioso por
la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro
lado. Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en
algo que pudiese darle con el objetivo de distraer su
atención.

De repente se encontró con una revista, en donde había


un mapa con el mundo, justo lo que precisaba. Con unas
tijeras recortó el mapa en varios pedazos y junto con un
rollo de cinta se lo entregó a su hijo diciendo:

—Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el


mundo todo roto para que lo repares sin ayuda de nadie.

Entonces calculó que al pequeño le llevaría 10 días


componer el mapa, pero no fue así.

Pasadas algunas horas, escuchó la voz del niño que lo


llamaba calmadamente:

—Papá, papá, ya hice todo, conseguí terminarlo.

Al principio el padre no creyó en el niño. Pensó que sería


imposible que, a su edad, hubiera conseguido
recomponer un mapa que jamás había visto antes.
Desconfiado, el científico levantó la vista de sus
anotaciones con la certeza de que vería el trabajo digno
de un niño. Para su sorpresa, el mapa estaba completo.

63
Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos
lugares.

¿Cómo era posible? ¿Cómo el niño había sido capaz?

De esta manera, el padre preguntó con asombro a su hijo:

—Hijito, tú no sabías cómo era el mundo, ¿cómo lo


lograste?

—Papá —respondió el niño—, yo no sabía cómo era el


mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para
recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura de un
hombre. Así que di vuelta los recortes y comencé a
recomponer al hombre, que sí sabía cómo era. Cuando
conseguí arreglar al hombre, di vuelta la hoja y vi que
había arreglado al mundo.

Cuestionario de comprensión lectora


Cuento: Rompecabezas
Autor: Gabriel García Márquez

1. ¿Luego de ver la historia del niño que harias tu si


fueras el papá?
2. Individualmente te crees capaz de haber hecho lo
que hizo el niño.
3. Poniéndote en el lugar del papá que actividad le
habrías puesto al hijo para sacarlo del
laboratorio?
4. Si tu fueras el papá ¿que hubieras pensado
cuando viste el rompecabezas armado?
5. ¿Porque el papá pensó que el niño armaría el
rompecabezas en 10 días?

64
Hay sitio para dos
Marqués de Sade

Una hermosísima burguesa de la calle Saint-Honoré,


de unos veinte años de edad, rolliza, regordeta, con
las carnes más frescas y apetecibles, de formas bien
torneadas aunque algo abundantes, y que unía a
tantos atractivos presencia de ánimo, vitalidad y la
más intensa afición a todos los placeres que le
vedaban las rigurosas leyes del himeneo, se había
decidido desde hacía un año aproximadamente a
proporcionar dos ayudas a su marido que, viejo y
feo, no solo le asqueaba profundamente, sino que,
para colmo, tan mal y tan rara vez cumplía con sus
deberes que, tal vez, un poco mejor desempeñados
habrían podido calmar a la exigente Dolmène, que
así se llamaba nuestra burguesa. Nada mejor
organizado que las citas concertadas con estos dos
amantes: a Des-Roues, joven militar, le tocaba de
cuatro a cinco de la tarde, y de cinco y media a siete
era el turno de Dolbreuse, joven comerciante con la
más hermosa figura que se pudiera contemplar.
Resultaba imposible fijar otras horas, eran las únicas
en que la señora Dolmène estaba tranquila: por la
mañana tenía que estar en la tienda, por la tarde a
veces tenía que ir allí igualmente o bien su marido
regresaba y había que hablar de sus negocios.
Además, la señora Dolmène había confesado a una
amiga que ella prefería que los momentos de placer
se sucedieran así de seguidos; el fuego de la

65
imaginación no se apagaba de esta forma -sostenía-,
nada tan agradable como pasar de un placer a otro,
no cabía el fastidio de tener que volver a empezar;
pues la señora Dolmène era una criatura encantadora
que calculaba al máximo todas las sensaciones del
amor, muy pocas mujeres las analizaban como ella y
gracias a su talento había comprendido que, bien
mirado, dos amantes valían mucho más que uno
solo; en cuanto a la reputación, daba casi lo mismo,
el uno tapaba al otro, la gente podía equivocarse,
podía tratarse siempre del mismo que iba y venía
varias veces al día, y en lo que atañe al placer, ¡qué
diferencia!
La señora Dolmène tenía un miedo cerval a los
embarazos y convencida de que su marido no
cometería nunca con ella la locura de estropearle el
tipo, había asimismo calculado que con dos amantes
existía mucho menos peligro de lo que tanto temía
que con uno solo, pues -decía ella como bastante
buena anatomista- los dos frutos se destruyen entre
sí.
Cierto día, el orden establecido en las citas se alteró
y nuestros dos amantes, que no se habían visto
nunca, se hicieron amigos de una manera bastante
divertida, como vamos a ver. Des-Roues era el
primero, pero había llegado demasiado tarde y,
como si fuese cosa del diablo, Dolbreuse, que era el
segundo, llegó un poco antes.
El lector inteligente se dará cuenta enseguida de que
la combinación de estos dos pequeños errores debía
abocarles a un encuentro inevitable; se produjo, por
supuesto. Pero mostremos cómo sucedió y si es

66
posible aprendamos de ello con todo el recato y el
comedimiento que exige semejante materia, ya de
por sí de lo más licenciosa.
A instancias de un capricho bastante singular -y los
hombres son propensos a tantos- nuestro joven
militar, cansado del papel de amante, quiso
interpretar por un momento el de amada; en lugar de
tenderse amorosamente abrazado por los brazos de
su divinidad, prefirió abrazarla a su vez; en una
palabra, lo que suele quedar debajo, él lo puso
encima, y tras este intercambio de papeles quien se
inclinaba sobre el altar en el que habitualmente tenía
lugar el sacrificio era la señora Dolmène, que
desnuda como la Venus Calipigia y tendida como
estaba sobre su amante, enseñaba, en línea recta con
la puerta de la habitación en la que se celebraba el
misterio, eso que los griegos adoraban con tanta
devoción en la estatua que acabamos de citar, esa
región tan hermosa, en una palabra que, sin que
tengamos que irnos demasiado lejos para poner un
ejemplo, cuenta en París con tantos adoradores.
Tal era su postura cuando Dolbreuse, que tenía la
costumbre de entrar sin más preámbulos, abre la
puerta tarareando una cancioncilla y por todo
panorama se le presenta aquello que, según se dice,
una mujer verdaderamente honesta no debe nunca
mostrar.
Lo que habría colmado de júbilo a tantísima gente,
hace retroceder a Dolbreuse.
-¡Qué veo! -exclamó-, ¡traidora…! ¿Esto es, pues, lo
que me reservas?

67
La señora Dolmène, que en ese preciso instante se
encontraba en una de esas crisis en las que la mujer
actúa mejor de lo que razona, se apresura a contestar
a semejante pretensión:
-Pero, ¿qué diablos te pasa? -pregunta al segundo
Adonis sin dejar de entregarse al primero-. No veo
por qué ha de decepcionarte nada de esto; no nos
molestes, amigo mío, y acomódate aquí, que puedes;
como bien puedes ver hay sitio para los dos.
Dolbreuse, que no puede contener su risa ante la
sangre fría de su amante, comprendió que lo mejor
era seguir su consejo, no se hizo de rogar y parece
ser que los tres ganaron con ello.

Cuestionario de comprensión lectora


Cuento: Hay sitio para dos

Autor: Marqués de Sade

1. ¿Qué harías tú si fueras La señora Dolmène?


2. ¿Qué hubieras hecho tú si fueras el segundo
Adonis?
3. ¿Por qué la señora Dolmène escogió esos
horarios para sus amantes?
4. Si estuvieras en el lugar de la señora
Dolmene y tuvieras un marido feo ¿qué
harías?
5. ¿A qué se dedicaba la señora Dolmene?
68
Dios te socorra
Hermanos Grimm

Había una vez dos hermanas, una de las cuales era


rica y sin hijos y la otra viuda con cinco niños y tan
pobre que carecía de pan para ella y su familia.
Obligada por la necesidad fue a buscar a su hermana
y le dijo:
-Mis hijos se mueren de hambre, tú eres rica, dame
un pedazo de pan.
Pero la rica, que tenía un corazón de piedra, le
contestó:
-No hay pan en casa -y la despidió con dureza.
Algunas horas después volvió a su casa el marido de
la hermana rica, y cuando comenzaba a partir el pan
para comer, se admiró de ver que iban saliendo
gotas de sangre conforme lo iba partiendo. Su mujer,
asustada, le refirió todo lo que había pasado. Se
apresuró a ir a socorrer a la pobre viuda y le llevó
toda la comida que tenía preparada.
Cuando salió para volver a su casa, oyó un ruido
muy grande y vio una nube de humo y fuego que
subía hacia el cielo. Era que ardía su casa. Perdió
todas sus riquezas en el incendio. Su cruel mujer,
lanzando gritos de rabia, decía:
-Nos moriremos de hambre.

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-Dios socorre a los pobres -la respondió su buena
hermana, que corrió a su lado.
La que había sido rica, hubo de mendigar a su vez;
pero nadie tuvo compasión de ella. Su hermana,
olvidando su crueldad, repartía con ella las limosnas
que recibía.

Cuestionario de comprensión lectora


Cuento: Dios te socorra
Autor: Hermanos Grimm

1. ¿Por qué la hermana con riquezas se portó de esa


manera con su otra hermana?
2. ¿Porque la hermana que no tenía comida
compartió con ella sus limosnas?
3. ¿Porque le salía sangre al pedazo de pan?¿Que
harías si un familiar tuyo pasa por la situación de
la hermana pobre?
4. Si tu tuvieras dinero y te pidieron apoyo
económicamente lo ayudarías? ¿Por qué?
5. ¿Porque debemos ayudar a los que más
necesitan?
6. ¿Qué valores se practican en la lectura?
7. ¿Qué harías si tú fueras la hermana adinerada?
8. Porque ese título a la lectura?

70
En el café
Kjell Askildsen

Una de las últimas veces que estuve en un café fue


un domingo de verano, lo recuerdo bien,
porque casi todo el mundo iba en mangas de
camisa y sin corbata, y pensé: tal vez no sea
domingo, como yo creía, y el hecho de que pensara
exactamente eso hace que me acuerde. Me senté a
una mesa en medio del local, a mi alrededor había
mucha gente tomando canapés y bollos, pero casi
todas las mesas estaban ocupadas por una sola
persona. Daba una gran impresión de soledad, y
como llevaba mucho tiempo sin hablar con nadie, no
me habría importado intercambiar unas cuantas
palabras con alguien.
Estuve meditando un buen rato sobre cómo hacerlo,
pero cuanto más estudiaba las caras a mi alrededor,
más difícil me parecía, era como si nadie tuviera
mirada, desde luego el mundo se ha vuelto muy
deprimente. Pero ya había tenido la idea de que sería
agradable que alguien me dirigiera un par de
palabras, de modo que seguí pensando, pues es lo
único que sirve. Al cabo de un rato supe lo que
haría. Dejé caer mi cartera al suelo fingiendo que no
me daba cuenta. Quedó tirada junto a mi silla,
completamente visible a la gente que estaba sentada
cerca, y vi que muchos la miraban de reojo. Yo
había pensado que tal vez una o dos personas se

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levantarían a recogerla y me la darían, pues soy un
anciano, o al menos me gritarían, por ejemplo: «Se
le ha caído la cartera». Si uno dejara de albergar
esperanzas, se ahorraría un montón de
decepciones.
Estuve unos cuantos minutos mirando de reojo y
esperando, y al final hice como si de repente me
hubiera dado cuenta de que se me había caído. No
me atreví a esperar más, pues me entró miedo de
que alguno de aquellos mirones se abalanzara de
pronto sobre la cartera y desapareciera con ella.
Nadie podía estar completamente seguro de que no
contuviera un montón de dinero, pues a veces los
viejos no son pobres, incluso puede que sean ricos,
así es el mundo, el que roba en la juventud o en los
mejores años de su vida tendrá su recompensa en su
vejez.
Así se ha vuelto la gente en los cafés, eso sí que lo
aprendí, se aprende mientras se vive, aunque no sé
de qué sirve, así, justo antes de morir.

72
Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: En el café
Autor: Kjell Askildsen

1.-¿A dónde fue la persona del cuento y que día?

2.-¿En qué lugar se sentó?

3.-¿Qué impresión le daban las mesas ocupadas con una


sola persona ?

4.-¿Cómo perdió su cartera?

5.- ¿Qué esperaba de la gente el hombre estando en el


café?

HABILIDAD SOCIOEMOCIONAL

1.-¿Qué harías si vez que a una persona se le cae su


cartera?

2.-¿Consideras que puedes abrir una conversación con


otra persona sin conocerla?

3.-¿Qué valores se practican en esta lectura?

73
Aceite de perro
Ambrose Bierce

Me llamo Boffer Bings. Nací de padres honestos en


uno de los más humildes caminos de la vida: mi
padre era fabricante de aceite de perro y mí madre
poseía un pequeño estudio, a la sombra de la iglesia
del pueblo, donde se ocupaba de los no deseados. En
la infancia me inculcaron hábitos industriosos; no
solamente ayudaba a mi padre a procurar perros para

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sus cubas, sino que con frecuencia era empleado por
mi madre para eliminar los restos de su trabajo en el
estudio. Para cumplir este deber necesitaba a veces
toda mi natural inteligencia, porque todos los
agentes de ley de los alrededores se oponían al
negocio de mi madre. No eran elegidos con el
mandato de oposición, ni el asunto había sido
debatido nunca políticamente: simplemente era así.
La ocupación de mi padre -hacer aceite de perro- era
naturalmente menos impopular, aunque los dueños
de perros desaparecidos lo miraban a veces con
sospechas que se reflejaban, hasta cierto punto, en
mí. Mi padre tenía, como socios silenciosos, a dos
de los médicos del pueblo, que rara vez escribían
una receta sin agregar lo que les gustaba
designar Lata de Óleo. Es realmente la medicina
más valiosa que se conoce; pero la mayoría de las
personas es reacia a realizar sacrificios personales
para los que sufren, y era evidente que muchos de
los perros más gordos del pueblo tenían prohibido
jugar conmigo, hecho que afligió mi joven
sensibilidad y en una ocasión estuvo a punto de
hacer de mí un pirata.
A veces, al evocar aquellos días, no puedo sino
lamentar que, al conducir indirectamente a mis
queridos padres a su muerte, fui el autor de
desgracias que afectaron profundamente mi futuro.
Una noche, al pasar por la fábrica de aceite de mi
padre con el cuerpo de un niño rumbo al estudio de
mi madre, vi a un policía que parecía vigilar
atentamente mis movimientos. Joven como era, yo
había aprendido que los actos de un policía,

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cualquiera sea su carácter aparente, son provocados
por los motivos más reprensibles, y lo eludí
metiéndome en la aceitería por una puerta lateral
casualmente entreabierta. Cerré en seguida y quedé
a solas con mi muerto. Mi padre ya se había
retirado. La única luz del lugar venía de la hornalla,
que ardía con un rojo rico y profundo bajo uno de
los calderos, arrojando rubicundos reflejos sobre las
paredes. Dentro del caldero el aceite giraba todavía
en indolente ebullición y empujaba ocasionalmente
a la superficie un trozo de perro. Me senté a esperar
que el policía se fuera, el cuerpo desnudo del niño
en mis rodillas, y le acaricié tiernamente el pelo
corto y sedoso. ¡Ah, qué guapo era! Ya a esa
temprana edad me gustaban apasionadamente los
niños, y mientras miraba al querubín, casi deseaba
en mi corazón que la pequeña herida roja de su
pecho -la obra de mi querida madre- no hubiese sido
mortal.
Era mi costumbre arrojar los niños al río que la
naturaleza había provisto sabiamente para ese fin,
pero esa noche no me atreví a salir de la aceitería
por temor al agente. “Después de todo”, me dije, “no
puede importar mucho que lo ponga en el caldero.
Mi padre nunca distinguiría sus huesos de los de un
cachorro, y las pocas muertes que pudiera causar el
reemplazo de la incomparable Lata de Óleo por otra
especie de aceite no tendrán mayor incidencia en
una población que crece tan rápidamente”. En
resumen, di el primer paso en el crimen y atraje
sobre mí indecibles penurias arrojando el niño al
caldero.

76
Al día siguiente, un poco para mi sorpresa, mi padre,
frotándose las manos con satisfacción, nos informó a
mí y a mi madre que había obtenido un aceite de una
calidad nunca vista por los médicos a quienes había
llevado muestras. Agregó que no tenía conocimiento
de cómo se había logrado ese resultado: los perros
habían sido tratados en forma absolutamente usual,
y eran de razas ordinarias. Consideré mi obligación
explicarlo, y lo hice, aunque mi lengua se habría
paralizado si hubiera previsto las consecuencias.
Lamentando su antigua ignorancia sobre las ventaja
de una fusión de sus industrias, mis padres tomaron
de inmediato medidas para reparar el error. Mi
madre trasladó su estudio a un ala del edificio de la
fábrica y cesaron mis deberes en relación con sus
negocios: ya no me necesitaban para eliminar los
cuerpos de los pequeños superfluos, ni había por qué
conducir perros a su destino: mi padre los desechó
por completo, aunque conservaron un lugar
destacado en el nombre del aceite. Tan bruscamente
impulsado al ocio, se podría haber esperado
naturalmente que me volviera ocioso y disoluto,
pero no fue así. La sagrada influencia de mi querida
madre siempre me protegió de las tentaciones que
acechan a la juventud, y mi padre era diácono de la
iglesia. ¡Ay, que personas tan estimables llegaran
por mi culpa a tan desgraciado fin!
Al encontrar un doble provecho para su negocio, mi
madre se dedicó a él con renovada asiduidad. No se
limitó a suprimir a pedido niños inoportunos: salía a
las calles y a los caminos a recoger niños más
crecidos y hasta aquellos adultos que podía atraer a
la aceitería. Mi padre, enamorado también de la

77
calidad superior del producto, llenaba sus cubas con
celo y diligencia. En pocas palabras, la conversión
de sus vecinos en aceite de perro llegó a convertirse
en la única pasión de sus vidas. Una ambición
absorbente y arrolladora se apoderó de sus almas y
reemplazó en parte la esperanza en el Cielo que
también los inspiraba.
Tan emprendedores eran ahora, que se realizó una
asamblea pública en la que se aprobaron
resoluciones que los censuraban severamente. Su
presidente manifestó que todo nuevo ataque contra
la población sería enfrentado con espíritu hostil. Mis
pobres padres salieron de la reunión desanimados,
con el corazón destrozado y creo que no del todo
cuerdos. De cualquier manera, consideré prudente
no ir con ellos a la aceitería esa noche y me fui a
dormir al establo.
A eso de la medianoche, algún impulso misterioso
me hizo levantar y atisbar por una ventana de la
habitación del horno, donde sabía que mi padre
pasaba la noche. El fuego ardía tan vivamente como
si se esperara una abundante cosecha para mañana.
Uno de los enormes calderos burbujeaba lentamente,
con un misterioso aire contenido, como tomándose
su tiempo para dejar suelta toda su energía. Mi padre
no estaba acostado: se había levantado en ropas de
dormir y estaba haciendo un nudo en una fuerte
soga. Por las miradas que echaba a la puerta del
dormitorio de mi madre, deduje con sobrado acierto
sus propósitos. Inmóvil y sin habla por el terror,
nada pude hacer para evitar o advertir. De pronto se
abrió la puerta del cuarto de mi madre,

78
silenciosamente, y los dos, aparentemente
sorprendidos, se enfrentaron. También ella estaba en
ropas de noche, y tenía en la mano derecha la
herramienta de su oficio, una aguja de hoja alargada.
Tampoco ella había sido capaz de negarse el último
lucro que le permitían la poca amistosa actitud de
los vecinos y mi ausencia. Por un instante se
miraron con furia a los ojos y luego saltaron juntos
con ira indescriptible. Luchaban alrededor de la
habitación, maldiciendo el hombre, la mujer
chillando, ambos peleando como demonios, ella
para herirlo con la aguja, él para ahorcarla con sus
grandes manos desnudas. No sé cuánto tiempo tuve
la desgracia de observar ese desagradable ejemplo
de infelicidad doméstica, pero por fin, después de un
forcejeo particularmente vigoroso, los combatientes
se separaron repentinamente.
El pecho de mi padre y el arma de mi madre
mostraban pruebas de contacto. Por un momento se
contemplaron con hostilidad, luego, mi pobre padre,
malherido, sintiendo la mano de la muerte, avanzó,
tomó a mi querida madre en los brazos desdeñando
su resistencia, la arrastró junto al caldero hirviente,
reunió todas sus últimas energías ¡y saltó adentro
con ella! En un instante ambos desaparecieron,
sumando su aceite al de la comisión de ciudadanos
que había traído el día anterior la invitación para la
asamblea pública.
Convencido de que estos infortunados
acontecimientos me cerraban todas las vías hacia
una carrera honorable en ese pueblo, me trasladé a la
famosa ciudad de Otumwee, donde se han escrito

79
estas memorias, con el corazón lleno de
remordimiento por el acto de insensatez que
provocó un desastre comercial tan terrible.
Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: Aceite de perro
Autor: Ambrose Bierce

1.-¿A qué se dedicaba el padre de Boffer Bings?

2.- ¿ A que se dedicaba la madre de Boffer Bings?

3.- ¿Por qué se oponían al negocio de l amadre?

4.- ¿Cuál era la medicina más valiosa que se conoce?

5.-¿Qué hizo Boffer al ver al oficial rondando el taller ?

6.- ¿Qué sucede durante la pelea de los padres de


Boffer?

7.- ¿Qué valores y antivalores nos enseña esta lectura?

HABILIDAD SOCIOEMOCIONAL

1.- Redacta un breve análisis de la lectura según tu


perspectiva.

80
Una pequeña fábula
Franz Kafka

¡Ay! -dijo el ratón-. El mundo se hace cada día más


pequeño. Al principio era tan grande que le tenía
miedo. Corría y corría y por cierto que me alegraba
ver esos muros, a diestra y siniestra, en la distancia.
Pero esas paredes se estrechan tan rápido que me
encuentro en el último cuarto y ahí en el rincón está
la trampa sobre la cual debo pasar.
-Todo lo que debes hacer es cambiar de rumbo -dijo
el gato…y se lo comió.

Cuestionario de comprensión lectora


Cuento: Una pequeña fábula
Autor: Franz Kafka

1.- ¿A que le tenía miedo el ratón?


2.- ¿Consideras que el consejo que le dio el gato al ratón
es bueno?

HABILIDAD SOCIO EMOCIONAL

1.- ¿Que moraleja te deja esta fábula?

2.- El consejo que le dio el gato lo puedes aplicar en tu


vida cotidiana?

81
Retinoblastoma
Gabriel García Márquez

Mary Jo, de dos años de edad, está aprendiendo a


jugar en tinieblas, después de que sus padres, el
señor y la señora May, se vieron obligados a escoger
entre la vida de la pequeña o que quedara ciega para
el resto de su vida. A la pequeña Mary Jo le sacaron
ambos ojos en la Clínica Mayo, después de que seis
eminentes especialistas dieron su diagnóstico:
retinoblastoma. A los cuatro días después de
operada, la pequeña dijo: “Mamá, no puedo
despertarme… No puedo despertarme”.

Cuestionario de comprensión lectora


Cuento: Retinoblastoma
Autor: Gabriel García Márquez

1.- ¿Cómo se llama la pequña?

2.- ¿Cuántos años tiene la pequeña niña?

3.- ¿A que se refiere el cuento cuando dice que


juega en tinieblas?
4.- ¿Qué diagnostico le dieron los especialistas?
5.- ¿Qué es Retinoblastoma?
HABILIDAD SOCIEMOCIONAL
1.- ¿Has sentido que no puedes despertar?

82
El león y la espina
Ambrose Bierce

Un León que vagaba por el bosque se clavó una


espina en la pata, y al encontrar un Pastor, le pidió
que se la extrajera. El Pastor lo hizo, y el León, que
estaba saciado porque acababa de devorar a otro
pastor, siguió su camino sin hacerle daño. Algún
tiempo después, el Pastor fue condenado, a causa de
una falsa acusación, a ser arrojado a los leones en el
anfiteatro. Cuando las fieras estaban por devorarlo,
una de ellas dijo:
—Este es el hombre que me sacó la espina de la
pata.
Al oír esto, los otros leones honorablemente se
abstuvieron, y el que habló se comió él solo al
Pastor.

83
Cuestionario de comprensión lectora
Cuento: El león y la espina
Autor: Ambrose Bierce

1.- Cambia el título del cuento


2.-¿Si fueras el Pastor , hubieras actuado igual?
3.- ¿Por qué fue condenado el Pastor?
4.- Explica el cuento con tus propias palabras.
5.- cambia el final del cuento
HBS
1.- ¿en algún momento de tu vida has defraudado a
alguien?
¿Cómo te sentiste?
¿Cómo lo corregirías?

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