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01 Subrayado (Ejercicios)

En 'La honradez de Israel', el padre Brown llega al castillo de Glengyle, donde se investiga la misteriosa desaparición del último conde, un personaje con una herencia de locura y ambición. En 'La cruz azul', se presenta a Valentín, el jefe de la Policía parisiense, quien llega a Londres para capturar a un delincuente que se ha disfrazado para evadir la justicia durante un evento importante en la ciudad.

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En 'La honradez de Israel', el padre Brown llega al castillo de Glengyle, donde se investiga la misteriosa desaparición del último conde, un personaje con una herencia de locura y ambición. En 'La cruz azul', se presenta a Valentín, el jefe de la Policía parisiense, quien llega a Londres para capturar a un delincuente que se ha disfrazado para evadir la justicia durante un evento importante en la ciudad.

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1.

Lee los siguientes párrafos del cuento policial La honradez de


Israel, y subraya lo más importante.

2. Lee los siguientes párrafos del cuento policial La cruz azul, y


subraya lo más importante.

Texto 1
“Caía la tarde —una tempestuosa tarde color de aceituna de plata—
cuando el padre Brown, envuelto en una manta escocesa, llegó al
término de cierto valle escocés y pudo contemplar el singular castillo
de Glengyle. El castillo cerraba el paso de un barranco o cañada, y
parecía el límite del mundo. Aquella cascada de techos inclinados y
cúspides de pizarra verde mar, al estilo de los viejos ‘chateaux’
francoescoceses, hacía pensar a un inglés en los sombreros en forma
de campanarios que usan las brujas de los cuentos de hadas. Y el
bosque de pinos que se balanceaba en torno a sus verdes torreones
parecía, por comparación, tan oscuro como una bandada de
innumerables cuervos. Esta nota de diabolismo soñador y casi
soñoliento no era una simple casualidad del paisaje. Porque en aquel
paraje flotaba, en efecto, una de esas nubes de orgullo y locura y
misteriosa aflicción que caen con mayor pesadumbre sobre las casas
escocesas que sobre ninguna otra morada de los hijos del hombre.
Porque Escocia padece una dosis doble del veneno llamado
‘herencia’: la tradición aristocrática de la sangre, y la tradición
calvinista del destino.”

“El sacerdote había robado un día a sus trabajos en Glasgow, para ir a


ver a su amigo Flambeau, el detective aficionado, que estaba a la
sazón en el castillo de Glengyle, acompañado de un empleado oficial,
haciendo averiguaciones sobre la vida y la muerte del difunto conde
de Glengyle. Este misterioso personaje era el último representante de
una raza cuyo valor, locura y cruel astucia la habían hecho terrible
aun entre la más siniestra nobleza de la nación allá por el siglo XVI.
Ninguna familia estuvo más en aquel laberinto de ambiciones, en los
secretos de los secretos de aquel palacio de mentiras que se edificó
en torno a María, reina de los escoceses.”

“Una tonadilla local daba testimonio de las causas y resultados de sus


maquinaciones, en estas cándidas palabras: ‘Como savia nueva para
los árboles pujantes, tal es el oro rubio para los Ogilvie.’”

“Durante muchos siglos, el castillo de Glengyle no había tenido un


amo digno, y era de creer que ya para la época de la reina Victoria,
agotadas las excentricidades, sería de otro modo. Sin embargo, el
último Glengyle cumplió la tradición de su tribu, haciendo la única
cosa original que le quedaba por hacer: desapareció. No quiero decir
que se fue a otro país; al contrario: si aún estaba en alguna parte,
todos los indicios hacían creer que permanecía en el castillo. Pero,
aunque su nombre constaba en el registro de la iglesia, así como en
el voluminoso libro de los Pares, nadie lo había visto bajo el sol.”

Texto 2:

“Bajo la cinta de plata de la mañana, y sobre el reflejo azul del mar, el


bote llegó a la costa de Harwich y soltó, como enjambre de moscas,
un montón de gente, entre la cual ni se distinguía ni deseaba hacerse
notable el hombre cuyos pasos vamos a seguir.”

“No; nada en él era extraordinario, salvo el ligero contraste entre su


alegre y festivo traje y la seriedad oficial que había en su rostro.
Vestía un chaqué gris pálido, un chaleco, y llevaba sombrero de paja
con una cinta casi azul. Su rostro, delgado, resultaba trigueño, y se
prolongaba en una barba negra y corta que le daba un aire español y
hacía echar de menos la gorguera isabelina. Fumaba un cigarrillo con
parsimonia de hombre desocupado. Nada hacía presumir que aquel
chaqué claro ocultaba una pistola cargada, que en aquel chaleco
blanco iba una tarjeta de policía, que aquel sombrero de paja
encubría una de las cabezas más potentes de Europa. Porque aquel
hombre era nada menos que Valentín, jefe de la Policía parisiense, y
el más famoso investigador del mundo. Venía de Bruselas a Londres
para hacer la captura más comentada del siglo.”

“Flambeau estaba en Inglaterra. La policía de tres países había


seguido la pista al delincuente de Gante a Bruselas, y de Bruselas al
Hoek van Holland. Y se sospechaba que trataría de disimularse en
Londres, aprovechando el trastorno que por entonces causaba en
aquella ciudad la celebración del Congreso Eucarístico. No sería difícil
que adoptara, para viajar, el disfraz de eclesiástico menor, o persona
relacionada con el Congreso. Pero Valentín no sabía nada a punto fijo.
Sobre Flambeau nadie sabía nada a punto fijo.”

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