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El Amante Liberal Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

El texto narra la conversación entre un cautivo cristiano, Ricardo, y un turco llamado Mahamut, quien intenta entender la tristeza de Ricardo, que proviene de su amor no correspondido por Leonisa. A medida que Ricardo comparte su historia, se revela su profundo sufrimiento por la pérdida de su libertad y el desdén de la mujer que ama, mientras reflexiona sobre las ruinas de Nicosia. La obra explora temas de amor, celos y la condición humana en medio de la adversidad.

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El Amante Liberal Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

El texto narra la conversación entre un cautivo cristiano, Ricardo, y un turco llamado Mahamut, quien intenta entender la tristeza de Ricardo, que proviene de su amor no correspondido por Leonisa. A medida que Ricardo comparte su historia, se revela su profundo sufrimiento por la pérdida de su libertad y el desdén de la mujer que ama, mientras reflexiona sobre las ruinas de Nicosia. La obra explora temas de amor, celos y la condición humana en medio de la adversidad.

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   

Novela del amante


liberal
Miguel de Cervantes Saavedra

-fol. 38r-
-¡OH LAMENTABLES ruinas de la desdichada
Nicosia, apenas enjutas de la sangre de vuestros
valerosos y mal afortunados defensores! Si como
carecéis de sentido, le tuviérades ahora, en esta
soledad donde estamos, pudiéramos lamentar
juntas nuestras desgracias, y quizá el haber hallado
compañía en ellas aliviara nuestro tormento. Esta
esperanza os puede haber quedado, mal derribados
torreones, que -fol. 38v- otra vez, aunque no
para tan justa defensa como la en que os
derribaron, os podéis ver levantados. Mas yo,
desdichado, ¿qué bien podré esperar en la
miserable estrecheza en que me hallo, aunque
vuelva al estado en que estaba antes deste en que
me veo? Tal es mi desdicha, que en la libertad fui
sin ventura, y en el cautiverio ni la tengo ni la
espero.

Estas razones decía un cautivo cristiano,


mirando desde un recuesto las murallas derribadas
de la ya perdida Nicosia; y así hablaba con ellas, y
hacía comparación de sus miserias a las suyas,
como si ellas fueran capaces de entenderle: propia
condición de afligidos, que, llevados de sus
imaginaciones, hacen y dicen cosas ajenas de toda
razón y buen discurso.

En esto, salió de un pabellón o tienda, de


cuatro que estaban en aquella campaña puestas, un
turco, mancebo de muy buena disposición y
gallardía, y, llegándose al cristiano, le dijo:

-Apostaría yo, Ricardo amigo, que te traen


por estos lugares tus continuos pensamientos.

-Sí traen -respondió Ricardo (que éste era el


nombre del cautivo)-; mas, ¿qué aprovecha, si en
ninguna parte a do voy hallo tregua ni descanso en
ellos, antes me los han acrecentado estas ruinas que
desde aquí se descubren?

-Por las de Nicosia dirás -dijo el turco.

-Pues ¿por cuáles quieres que diga -repitió


Ricardo-, si no hay otras que a los ojos por aquí se
ofrezcan?

-Bien tendrás que llorar -replicó el turco-, si


en esas contemplaciones entras, porque los que
vieron habrá dos años a esta nombrada y rica isla
de Chipre en su tranquilidad y sosiego, gozando
sus moradores en ella de todo aquello que la
felicidad humana puede conceder a los hombres, y
ahora los vee o contempla, o desterrados della o en
ella cautivos y miserables, ¿cómo podrá dejar de no
dolerse de su calamidad y desventura? Pero
dejemos estas cosas, pues no llevan remedio, y
vengamos a las tuyas, -fol. 39r- que quiero ver si
le tienen; y así, te ruego, por lo que debes a la
buena voluntad que te he mostrado, y por lo que te
obliga el ser entrambos de una misma patria y
habernos criado en nuestra niñez juntos, que me
digas qué es la causa que te trae tan
demasiadamente triste; que, puesto caso que sola la
del cautiverio es bastante para entristecer el
corazón más alegre del mundo, todavía imagino
que de más atrás traen la corriente tus desgracias.
Porque los generosos ánimos, como el tuyo, no
suelen rendirse a las comunes desdichas tanto que
den muestras de extraordinarios sentimientos; y
háceme creer esto el saber yo que no eres tan pobre
que te falte para dar cuanto pidieren por tu rescate,
ni estás en las torres del mar Negro, como cautivo
de consideración, que tarde o nunca alcanza la
deseada libertad. Así que, no habiéndote quitado la
mala suerte las esperanzas de verte libre, y, con
todo esto, verte rendido a dar miserables muestras
de tu desventura, no es mucho que imagine que tu
pena procede de otra causa que de la libertad que
perdiste; la cual causa te suplico me digas,
ofreciéndote cuanto puedo y valgo; quizá para que
yo te sirva ha traído la fortuna este rodeo de
haberme hecho vestir deste hábito que aborrezco.
Ya sabes, Ricardo, que es mi amo el cadí desta
ciudad (que es lo mismo que ser su obispo). Sabes
también lo mucho que vale y lo mucho que con él
puedo. Juntamente con esto, no ignoras el deseo
encendido que tengo de no morir en este estado que
parece que profeso, pues, cuando más no pueda,
tengo de confesar y publicar a voces la fe de
Jesucristo, de quien me apartó mi poca edad y
menos entendimiento, puesto que sé que tal
confesión me ha de costar la vida; que, a trueco de
no perder la del alma, daré por bien empleado
perder la del cuerpo. De todo lo dicho quiero que
infieras y que consideres que te puede ser de algún
provecho -fol. 39v- mi amistad, y que, para saber
qué remedios o alivios puede tener tu desdicha, es
menester que me la cuentes, como ha menester el
médico la relación del enfermo, asegurándote que
la depositaré en lo más escondido del silencio.

A todas estas razones estuvo callando


Ricardo; y, viéndose obligado dellas y de la
necesidad, le respondió con éstas:

-Si así como has acertado, ¡oh amigo


Mahamut! -que así se llamaba el turco-, en lo que
de mi desdicha imaginas, acertaras en su remedio,
tuviera por bien perdida mi libertad, y no trocara
mi desgracia con la mayor ventura que imaginarse
pudiera; mas yo sé que ella es tal, que todo el
mundo podrá saber bien la causa de donde procede,
mas no habrá en él persona que se atreva, no sólo a
hallarle remedio, pero ni aun alivio. Y, para que
quedes satisfecho desta verdad, te la contaré en las
menos razones que pudiere. Pero, antes que entre
en el confuso laberinto de mis males, quiero que
me digas qué es la causa que Hazán Bajá, mi amo,
ha hecho plantar en esta campaña estas tiendas y
pabellones antes de entrar en Nicosia, donde viene
proveído por virrey, o por bajá, como los turcos
llaman a los virreyes.

-Yo te satisfaré brevemente -respondió


Mahamut-; y así, has de saber que es costumbre
entre los turcos que los que van por virreyes de
alguna provincia no entran en la ciudad donde su
antecesor habita hasta que él salga della y deje
hacer libremente al que viene la residencia; y, en
tanto que el bajá nuevo la hace, el antiguo se está
en la campaña esperando lo que resulta de sus
cargos, los cuales se le hacen sin que él pueda
intervenir a valerse de sobornos ni amistades, si ya
primero no lo ha hecho. Hecha, pues, la residencia,
se la dan al que deja el cargo en un pergamino
cerrado y sellado, y con ella se presenta a la Puerta
del Gran Señor, que es como decir en la Corte, ante
el Gran Consejo del Turco; la cual vista -fol. 40r-
por el visirbajá, y por los otros cuatro bajaes
menores, como si dijésemos ante el presidente del
Real Consejo y oidores, o le premian o le castigan,
según la relación de la residencia; puesto que si
viene culpado, con dineros rescata y escusa el
castigo; si no viene culpado y no le premian, como
sucede de ordinario, con dádivas y presentes
alcanza el cargo que más se le antoja, porque no se
dan allí los cargos y oficios por merecimientos,
sino por dineros: todo se vende y todo se compra.
Los proveedores de los cargos roban los proveídos
en ellos y los desuellan; deste oficio comprado sale
la sustancia para comprar otro que más ganancia
promete. Todo va como digo, todo este imperio es
violento, señal que prometía no ser durable; pero, a
lo que yo creo, y así debe de ser verdad, le tienen
sobre sus hombros nuestros pecados; quiero decir
los de aquellos que descaradamente y a rienda
suelta ofenden a Dios, como yo hago: ¡Él se
acuerde de mí por quien Él es! Por la causa que he
dicho, pues, tu amo, Hazán Bajá, ha estado en esta
campaña cuatro días, y si el de Nicosia no ha
salido, como debía, ha sido por haber estado muy
malo; pero ya está mejor y saldrá hoy o mañana,
sin duda alguna, y se ha de alojar en unas tiendas
que están detrás deste recuesto, que tú no has visto,
y tu amo entrará luego en la ciudad. Y esto es lo
que hay que saber de lo que me preguntaste.

-Escucha, pues -dijo Ricardo-; mas no sé si


podré cumplir lo que antes dije, que en breves
razones te contaría mi desventura, por ser ella tan
larga y desmedida, que no se puede medir con
razón alguna; con todo esto, haré lo que pudiere y
lo que el tiempo diere lugar. Y así, te pregunto
primero si conoces en nuestro lugar de Trápana una
doncella a quien la fama daba nombre de la más
hermosa mujer que había en toda Sicilia. Una
doncella, digo, por quien decían todas las curiosas
lenguas, y afirmaban los más raros entendimientos,
-fol. 40v- que era la de más perfecta hermosura
que tuvo la edad pasada, tiene la presente y espera
tener la que está por venir; una por quien los poetas
cantaban que tenía los cabellos de oro, y que eran
sus ojos dos resplandecientes soles, y sus mejillas
purpúreas rosas, sus dientes perlas, sus labios
rubíes, su garganta alabastro; y que sus partes con
el todo, y el todo con sus partes, hacían una
maravillosa y concertada armonía, esparciendo
naturaleza sobre todo una suavidad de colores tan
natural y perfecta, que jamás pudo la envidia hallar
cosa en que ponerle tacha. Que ¿es posible,
Mahamut, que ya no me has dicho quién es y cómo
se llama? Sin duda creo, o que no me oyes, o que,
cuando en Trápana estabas, carecías de sentido.

-En verdad, Ricardo -respondió Mahamut-,


que si la que has pintado con tantos estremos de
hermosura no es Leonisa, la hija de Rodolfo
Florencio, no sé quién sea; que ésta sola tenía la
fama que dices.

-Ésa es, ¡oh Mahamut! -respondió Ricardo-;


ésa es, amigo, la causa principal de todo mi bien y
de toda mi desventura; ésa es, que no la perdida
libertad, por quien mis ojos han derramado,
derraman y derramarán lágrimas sin cuento, y la
por quien mis sospiros encienden el aire cerca y
lejos, y la por quien mis razones cansan al cielo
que las escucha y a los oídos que las oyen; ésa es
por quien tú me has juzgado por loco o, por lo
menos, por de poco valor y menos ánimo; esta
Leonisa, para mí leona y mansa cordera para otro,
es la que me tiene en este miserable estado.
«Porque has de saber que desde mis tiernos años, o
a lo menos desde que tuve uso de razón, no sólo la
amé, mas la adoré y serví con tanta solicitud como
si no tuviera en la tierra ni en el cielo otra deidad a
quien sirviese ni adorase. Sabían sus deudos y sus
padres mis deseos, y jamás dieron muestra de que
les pesase, considerando que iban encaminados a
fin honesto -fol. 41r- y virtuoso; y así, muchas
veces sé yo que se lo dijeron a Leonisa, para
disponerle la voluntad a que por su esposo me
recibiese. Mas ella, que tenía puestos los ojos en
Cornelio, el hijo de Ascanio Rótulo, que tú bien
conoces (mancebo galán, atildado, de blandas
manos y rizos cabellos, de voz meliflua y de
amorosas palabras, y, finalmente, todo hecho de
ámbar y de alfeñique, guarnecido de telas y
adornado de brocados), no quiso ponerlos en mi
rostro, no tan delicado como el de Cornelio, ni
quiso agradecer siquiera mis muchos y continuos
servicios, pagando mi voluntad con desdeñarme y
aborrecerme; y a tanto llegó el estremo de amarla,
que tomara por partido dichoso que me acabara a
pura fuerza de desdenes y desagradecimientos, con
que no diera descubiertos, aunque honestos,
favores a Cornelio. ¡Mira, pues, si llegándose a la
angustia del desdén y aborrecimiento, la mayor y
más cruel rabia de los celos, cuál estaría mi alma
de dos tan mortales pestes combatida! Disimulaban
los padres de Leonisa los favores que a Cornelio
hacía, creyendo, como estaba en razón que
creyesen, que atraído el mozo de su incomparable y
bellísima hermosura, la escogería por su esposa, y
en ello granjearían yerno más rico que conmigo; y
bien pudiera ser, si así fuera, pero no le alcanzaran,
sin arrogancia sea dicho, de mejor condición que la
mía, ni de más altos pensamientos, ni de más
conocido valor que el mío. Sucedió, pues, que, en
el discurso de mi pretensión, alcancé a saber que un
día del mes pasado de mayo, que éste de hoy hace
un año, tres días y cinco horas, Leonisa y sus
padres, y Cornelio y los suyos, se iban a solazar
con toda su parentela y criados al jardín de
Ascanio, que está cercano a la marina, en el camino
de las salinas.»

-Bien lo sé -dijo Mahamut-; pasa adelante,


Ricardo, que -fol. 41v- más de cuatro días tuve
en él, cuando Dios quiso, más de cuatro buenos
ratos.

-«Súpelo -replicó Ricardo-, y, al mismo


instante que lo supe, me ocupó el alma una furia,
una rabia y un infierno de celos, con tanta
vehemencia y rigor, que me sacó de mis sentidos,
como lo verás por lo que luego hice, que fue irme
al jardín donde me dijeron que estaban, y hallé a la
más de la gente solazándose, y debajo de un nogal
sentados a Cornelio y a Leonisa, aunque desviados
un poco. Cuál ellos quedaron de mi vista, no lo sé;
de mí sé decir que quedé tal con la suya, que perdí
la de mis ojos, y me quedé como estatua sin voz ni
movimiento alguno. Pero no tardó mucho en
despertar el enojo a la cólera, y la cólera a la sangre
del corazón, y la sangre a la ira, y la ira a las manos
y a la lengua. Puesto que las manos se ataron con el
respecto, a mi parecer, debido al hermoso rostro
que tenía delante, pero la lengua rompió el silencio
con estas razones: ''Contenta estarás, ¡oh enemiga
mortal de mi descanso!, en tener con tanto sosiego
delante de tus ojos la causa que hará que los míos
vivan en perpetuo y doloroso llanto. Llégate,
llégate, cruel, un poco más, y enrede tu yedra a ese
inútil tronco que te busca; peina o ensortija
aquellos cabellos de ese tu nuevo Ganimedes, que
tibiamente te solicita. Acaba ya de entregarte a los
banderizos años dese mozo en quien contemplas,
porque, perdiendo yo la esperanza de alcanzarte,
acabe con ella la vida que aborrezco. ¿Piensas, por
ventura, soberbia y mal considerada doncella, que
contigo sola se han de romper y faltar las leyes y
fueros que en semejantes casos en el mundo se
usan? ¿Piensas, quiero decir, que este mozo, altivo
por su riqueza, arrogante por su gallardía, inexperto
por su edad poca, confiado por su linaje, ha de
querer, ni poder, ni saber guardar firmeza en sus
amores, ni estimar lo inestimable, ni conocer lo que
conocen los maduros y experimentados años? No
lo pienses, si lo piensas, porque -fol. 42r- no
tiene otra cosa buena el mundo, sino hacer sus
acciones siempre de una misma manera, porque no
se engañe nadie sino por su propia ignorancia. En
los pocos años está la inconstancia mucha; en los
ricos, la soberbia; la vanidad, en los arrogantes, y
en los hermosos, el desdén; y en los que todo esto
tienen, la necedad, que es madre de todo mal
suceso. Y tú, ¡oh mozo!, que tan a tu salvo piensas
llevar el premio, más debido a mis buenos deseos
que a los ociosos tuyos, ¿por qué no te levantas de
ese estrado de flores donde yaces y vienes a
sacarme el alma, que tanto la tuya aborrece? Y no
porque me ofendas en lo que haces, sino porque no
sabes estimar el bien que la ventura te concede; y
véese claro que le tienes en poco, en que no quieres
moverte a defendelle por no ponerte a riesgo de
descomponer la afeitada compostura de tu galán
vestido. Si esa tu reposada condición tuviera
Aquiles, bien seguro estuviera Ulises de no salir
con su empresa, aunque más le mostrara
resplandecientes armas y acerados alfanjes. Vete,
vete, y recréate entre las doncellas de tu madre, y
allí ten cuidado de tus cabellos y de tus manos, más
despiertas a devanar blando sirgo que a empuñar la
dura espada''.

»A todas estas razones jamás se levantó


Cornelio del lugar donde le hallé sentado, antes se
estuvo quedo, mirándome como embelesado, sin
moverse; y a las levantadas voces con que le dije lo
que has oído, se fue llegando la gente que por la
huerta andaba, y se pusieron a escuchar otros más
impropios que a Cornelio dije; el cual, tomando
ánimo con la gente que acudió, porque todos o los
más eran sus parientes, criados o allegados, dio
muestras de levantarse; mas, antes que se pusiese
en pie, puse mano a mi espada y acometíle, no sólo
a él, sino a todos cuantos allí estaban. Pero, apenas
vio Leonisa relucir mi espada, cuando le tomó un
recio desmayo, cosa que me puso en mayor coraje
-fol. 42v- y mayor despecho. Y no te sabré decir
si los muchos que me acometieron atendían no más
de a defenderse, como quien se defiende de un loco
furioso, o si fue mi buena suerte y diligencia, o el
cielo, que para mayores males quería guardarme;
porque, en efeto, herí siete o ocho de los que hallé
más a mano. A Cornelio le valió su buena
diligencia, pues fue tanta la que puso en los pies
huyendo, que se escapó de mis manos.

»Estando en este tan manifiesto peligro,


cercado de mis enemigos, que ya como ofendidos
procuraban vengarse, me socorrió la ventura con un
remedio que fuera mejor haber dejado allí la vida,
que no, restaurándola por tan no pensado camino,
venir a perderla cada hora mil y mil veces. Y fue
que de improviso dieron en el jardín mucha
cantidad de turcos de dos galeotas de cosarios de
Biserta, que en una cala, que allí cerca estaba,
habían desembarcado, sin ser sentidos de las
centinelas de las torres de la marina, ni
descubiertos de los corredores o atajadores de la
costa. Cuando mis contrarios los vieron,
dejándome solo, con presta celeridad se pusieron
en cobro: de cuantos en el jardín estaban, no
pudieron los turcos cautivar más de a tres personas
y a Leonisa, que aún se estaba desmayada. A mí me
cogieron con cuatro disformes heridas, vengadas
antes por mi mano con cuatro turcos, que de otras
cuatro dejé sin vida tendidos en el suelo. Este
asalto hicieron los turcos con su acostumbrada
diligencia, y, no muy contentos del suceso, se
fueron a embarcar, y luego se hicieron a la mar, y a
vela y remo en breve espacio se pusieron en la
Fabiana. Hicieron reseña por ver qué gente les
faltaba; y, viendo que los muertos eran cuatro
soldados de aquellos que ellos llaman leventes, y
de los mejores y más estimados que traían,
quisieron tomar en mí la venganza; y así, mandó el
-fol. 43r- arráez de la capitana bajar la entena
para ahorcarme.

»Todo esto estaba mirando Leonisa, que ya


había vuelto en sí; y, viéndose en poder de los
cosarios, derramaba abundancia de hermosas
lágrimas, y, torciendo sus manos delicadas, sin
hablar palabra, estaba atenta a ver si entendía lo
que los turcos decían. Mas uno de los cristianos del
remo le dijo en italiano como el arraéz mandaba
ahorcar a aquel cristiano, señalándome a mí,
porque había muerto en su defensa cuatro de los
mejores soldados de las galeotas. Lo cual oído y
entendido por Leonisa (la vez primera que se
mostró para mí piadosa), dijo al cautivo que dijese
a los turcos que no me ahorcasen, porque perderían
un gran rescate, y que les rogaba volviesen a
Trápana, que luego me rescatarían. Ésta, digo, fue
la primera y aun será la última caridad que usó
conmigo Leonisa, y todo para mayor mal mío.
Oyendo, pues, los turcos lo que el cautivo les
decía, le creyeron, y mudóles el interés la cólera.
Otro día por la mañana, alzando bandera de paz,
volvieron a Trápana; aquella noche la pasé con el
dolor que imaginarse puede, no tanto por el que
mis heridas me causaban, cuanto por imaginar el
peligro en que la cruel enemiga mía entre aquellos
bárbaros estaba.

»Llegados, pues, como digo, a la ciudad,


entró en el puerto la una galeota y la otra se quedó
fuera; coronóse luego todo el puerto y la ribera
toda de cristianos, y el lindo de Cornelio desde
lejos estaba mirando lo que en la galeota pasaba.
Acudió luego un mayordomo mío a tratar de mi
rescate, al cual dije que en ninguna manera tratase
de mi libertad, sino de la de Leonisa, y que diese
por ella todo cuanto valía mi hacienda; y más, le
ordené que volviese a tierra y dijese a sus padres de
Leonisa que le dejasen a él tratar de la libertad de
su hija, y que no se pusiesen en trabajo por ella.
Hecho esto, el arráez principal, que era un
renegado griego llamado Yzuf, pidió -fol. 43v-
por Leonisa seis mil escudos, y por mí cuatro mil,
añadiendo que no daría el uno sin el otro. Pidió esta
gran suma, según después supe, porque estaba
enamorado de Leonisa, y no quisiera él rescatalla,
sino darle al arráez de la otra galeota, con quien
había de partir las presas que se hiciesen por mitad,
a mí, en precio de cuatro mil escudos y mil en
dinero, que hacían cinco mil, y quedarse con
Leonisa por otros cinco mil. Y ésta fue la causa por
que nos apreció a los dos en diez mil escudos. Los
padres de Leonisa no ofrecieron de su parte nada,
atenidos a la promesa que de mi parte mi
mayordomo les había hecho, ni Cornelio movió los
labios en su provecho; y así, después de muchas
demandas y respuestas, concluyó mi mayordomo
en dar por Leonisa cinco mil y por mí tres mil
escudos.

»Aceptó Yzuf este partido, forzado de las


persuasiones de su compañero y de lo que todos
sus soldados le decían; mas, como mi mayordomo
no tenía junta tanta cantidad de dineros, pidió tres
días de término para juntarlos, con intención de
malbaratar mi hacienda hasta cumplir el rescate.
Holgóse desto Yzuf, pensando hallar en este
tiempo ocasión para que el concierto no pasase
adelante; y, volviéndose a la isla de la Fabiana, dijo
que llegado el término de los tres días volvería por
el dinero. Pero la ingrata fortuna, no cansada de
maltratarme, ordenó que estando desde lo más alto
de la isla puesta a la guarda una centinela de los
turcos, bien dentro a la mar descubrió seis velas
latinas, y entendió, como fue verdad, que debían
ser, o la escuadra de Malta, o algunas de las de
Sicilia. Bajó corriendo a dar la nueva, y en un
pensamiento se embarcaron los turcos, que estaban
en tierra, cuál guisando de comer, cuál lavando su
ropa; y, zarpando con no vista presteza, dieron al
agua los remos y al viento las velas, y, puestas las
proas en Berbería, en menos de dos horas perdieron
de vista las galeras; y así, -fol. 44r- cubiertos con
la isla y con la noche, que venía cerca, se
aseguraron del miedo que habían cobrado.

»A tu buena consideración dejo, ¡oh Mahamut


amigo!, que consideres cuál iría mi ánimo en aquel
viaje, tan contrario del que yo esperaba; y más
cuando otro día, habiendo llegado las dos galeotas
a la isla de la Pantanalea, por la parte del mediodía,
los turcos saltaron en tierra a hacer leña y carne,
como ellos dicen; y más, cuando vi que los arráeces
saltaron en tierra y se pusieron a hacer las partes de
todas las presas que habían hecho. Cada acción
déstas fue para mí una dilatada muerte. Viniendo,
pues, a la partición mía y de Leonisa, Yzuf dio a
Fetala (que así se llamaba el arráez de la otra
galeota) seis cristianos, los cuatro para el remo, y
dos muchachos hermosísimos, de nación corsos, y
a mí con ellos, por quedarse con Leonisa, de lo cual
se contentó Fetala. Y, aunque estuve presente a
todo esto, nunca pude entender lo que decían,
aunque sabía lo que hacían, ni entendiera por
entonces el modo de la partición si Fetala no se
llegara a mí y me dijera en italiano: ''Cristiano, ya
eres mío; en dos mil escudos de oro te me han
dado; si quisieres libertad, has de dar cuatro mil, si
no, acá morir''. Preguntéle si era también suya la
cristiana; díjome que no, sino que Yzuf se quedaba
con ella, con intención de volverla mora y casarse
con ella. Y así era la verdad, porque me lo dijo uno
de los cautivos del remo, que entendía bien el
turquesco, y se lo había oído tratar a Yzuf y a
Fetala. Díjele a mi amo que hiciese de modo como
se quedase con la cristiana, y que le daría por su
rescate solo diez mil escudos de oro en oro.
Respondióme no ser posible, pero que haría que
Yzuf supiese la gran suma que él ofrecía por la
cristiana; quizá, llevado del interese, mudaría de
intención y la rescataría. Hízolo así, y mandó que
todos los de su galeota se embarcasen luego,
porque se quería ir -fol. 44v- a Trípol de
Berbería, de donde él era. Yzuf, asimismo,
determinó irse a Biserta; y así, se embarcaron con
la misma priesa que suelen cuando descubren o
galeras de quien temer, o bajeles a quien robar.
Movióles a darse priesa, por parecerles que el
tiempo mudaba con muestras de borrasca.

»Estaba Leonisa en tierra, pero no en parte


que yo la pudiese ver, si no fue que al tiempo del
embarcarnos llegamos juntos a la marina.
Llevábala de la mano su nuevo amo y su más
nuevo amante, y al entrar por la escala que estaba
puesta desde tierra a la galeota, volvió los ojos a
mirarme, y los míos, que no se quitaban della, la
miraron con tan tierno sentimiento y dolor que, sin
saber cómo, se me puso una nube ante ellos que me
quitó la vista, y sin ella y sin sentido alguno di
conmigo en el suelo. Lo mismo, me dijeron
después, que había sucedido a Leonisa, porque la
vieron caer de la escala a la mar, y que Yzuf se
había echado tras della y la sacó en brazos. Esto me
contaron dentro de la galeota de mi amo, donde me
habían puesto sin que yo lo sintiese; mas, cuando
volví de mi desmayo y me vi solo en la galeota, y
que la otra, tomando otra derrota, se apartaba de
nosotros, llevándose consigo la mitad de mi alma,
o, por mejor decir, toda ella, cubrióseme el corazón
de nuevo, y de nuevo maldije mi ventura y llamé a
la muerte a voces; y eran tales los sentimientos que
hacía, que mi amo, enfadado de oírme, con un
grueso palo me amenazó que, si no callaba, me
maltrataría. Reprimí las lágrimas, recogí los
suspiros, creyendo que con la fuerza que les hacía
reventarían por parte que abriesen puerta al alma,
que tanto deseaba desamparar este miserable
cuerpo; mas la suerte, aún no contenta de haberme
puesto en tan encogido estrecho, ordenó de acabar
con todo, quitándome las esperanzas -fol. 45r-
de todo mi remedio; y fue que en un instante se
declaró la borrasca que ya se temía, y el viento que
de la parte de mediodía soplaba y nos embestía por
la proa, comenzó a reforzar con tanto brío, que fue
forzoso volverle la popa y dejar correr el bajel por
donde el viento quería llevarle.

»Llevaba designio el arraéz de despuntar la


isla y tomar abrigo en ella por la banda del norte,
mas sucedióle al revés su pensamiento, porque el
viento cargó con tanta furia que, todo lo que
habíamos navegado en dos días, en poco más de
catorce horas nos vimos a seis millas o siete de la
propia isla de donde habíamos partido, y sin
remedio alguno íbamos a embestir en ella, y no en
alguna playa, sino en unas muy levantadas peñas
que a la vista se nos ofrecían, amenazando de
inevitable muerte a nuestras vidas. Vimos a nuestro
lado la galeota de nuestra conserva, donde estaba
Leonisa, y a todos sus turcos y cautivos remeros
haciendo fuerza con los remos para entretenerse y
no dar en las peñas. Lo mismo hicieron los de la
nuestra, con más ventaja y esfuerzo, a lo que
pareció, que los de la otra, los cuales, cansados del
trabajo y vencidos del tesón del viento y de la
tormenta, soltando los remos, se abandonaron y se
dejaron ir a vista de nuestros ojos a embestir en las
peñas, donde dio la galeota tan grande golpe que
toda se hizo pedazos. Comenzaba a cerrar la noche,
y fue tamaña la grita de los que se perdían y el
sobresalto de los que en nuestro bajel temían
perderse, que ninguna cosa de las que nuestro
arráez mandaba se entendía ni se hacía; sólo se
atendía a no dejar los remos de las manos, tomando
por remedio volver la proa al viento y echar las dos
áncoras a la mar, para entretener con esto algún
tiempo la muerte, que por cierta tenían. Y, aunque
el miedo de morir era general en todos, en mí era
muy al contrario, -fol. 45v- porque con la
esperanza engañosa de ver en el otro mundo a la
que había tan poco que déste se había partido, cada
punto que la galeota tardaba en anegarse o en
embestir en las peñas, era para mí un siglo de más
penosa muerte. Las levantadas olas, que por
encima del bajel y de mi cabeza pasaban, me
hacían estar atento a ver si en ellas venía el cuerpo
de la desdichada Leonisa.

»No quiero detenerme ahora, ¡oh Mahamut!,


en contarte por menudo los sobresaltos, los
temores, las ansias, los pensamientos que en
aquella luenga y amarga noche tuve y pasé, por no
ir contra lo que primero propuse de contarte
brevemente mi desventura. Basta decirte que
fueron tantos y tales que, si la muerte viniera en
aquel tiempo, tuviera bien poco que hacer en
quitarme la vida.

»Vino el día con muestras de mayor tormenta


que la pasada, y hallamos que el bajel había virado
un gran trecho, habiéndose desviado de las peñas
un buen trecho, y llegádose a una punta de la isla;
y, viéndose tan a pique de doblarla, turcos y
cristianos, con nueva esperanza y fuerzas nuevas,
al cabo de seis horas doblamos la punta, y hallamos
más blando el mar y más sosegado, de modo que
más fácilmente nos aprovechamos de los remos, y,
abrigados con la isla, tuvieron lugar los turcos de
saltar en tierra para ir a ver si había quedado alguna
reliquia de la galeota que la noche antes dio en las
peñas; mas aún no quiso el cielo concederme el
alivio que esperaba tener de ver en mis brazos el
cuerpo de Leonisa; que, aunque muerto y
despedazado, holgara de verle, por romper aquel
imposible que mi estrella me puso de juntarme con
él, como mis buenos deseos merecían; y así, rogué
a un renegado que quería desembarcarse que le
buscase y viese si la mar lo había arrojado a la
orilla. Pero, como ya he dicho, todo esto me negó
el cielo, pues al mismo instante tornó a
embravecerse -fol. 46r- el viento, de manera que
el amparo de la isla no fue de algún provecho.
Viendo esto Fetala, no quiso contrastar contra la
fortuna, que tanto le perseguía, y así, mandó poner
el trinquete al árbol y hacer un poco de vela; volvió
la proa a la mar y la popa al viento; y, tomando él
mismo el cargo del timón, se dejó correr por el
ancho mar, seguro que ningún impedimento le
estorbaría su camino. Iban los remos igualados en
la crujía y toda la gente sentada por los bancos y
ballesteras, sin que en toda la galeota se
descubriese otra persona que la del cómitre, que
por más seguridad suya se hizo atar fuertemente al
estanterol. Volaba el bajel con tanta ligereza que,
en tres días y tres noches, pasando a la vista de
Trápana, de Melazo y de Palermo, embocó por el
faro de Micina, con maravilloso espanto de los que
iban dentro y de aquellos que desde la tierra los
miraban.

»En fin, por no ser tan prolijo en contar la


tormenta como ella lo fue en su porfía, digo que
cansados, hambrientos y fatigados con tan largo
rodeo, como fue bajar casi toda la isla de Sicilia,
llegamos a Trípol de Berbería, adonde a mi amo
(antes de haber hecho con sus levantes la cuenta
del despojo, y dádoles lo que les tocaba, y su
quinto al rey, como es costumbre) le dio un dolor
de costado tal, que dentro de tres días dio con él en
el infierno. Púsose luego el rey de Trípol en toda su
hacienda, y el alcaide de los muertos que allí tiene
el Gran Turco (que, como sabes, es heredero de los
que no le dejan en su muerte); estos dos tomaron
toda la hacienda de Fetala, mi amo, y yo cupe a
éste, que entonces era virrey de Trípol; y de allí a
quince días le vino la patente de virrey de Chipre,
con el cual he venido hasta aquí sin intento de
rescatarme, porque él me ha dicho muchas veces
que me rescate, pues soy hombre principal, como
se lo dijeron los soldados de Fetala, jamás he
acudido -fol. 46v- a ello, antes le he dicho que le
engañaron los que le dijeron grandezas de mi
posibilidad. Y si quieres, Mahamut, que te diga
todo mi pensamiento, has de saber que no quiero
volver a parte donde por alguna vía pueda tener
cosa que me consuele, y quiero que, juntándose a la
vida del cautiverio, los pensamientos y memorias
que jamás me dejan de la muerte de Leonisa
vengan a ser parte para que yo no la tenga jamás de
gusto alguno. Y si es verdad que los continuos
dolores forzosamente se han de acabar o acabar a
quien los padece, los míos no podrán dejar de
hacello, porque pienso darles rienda de manera
que, a pocos días, den alcance a la miserable vida
que tan contra mi voluntad sostengo.

»Éste es, ¡oh Mahamut hermano!, el triste


suceso mío; ésta es la causa de mis suspiros y de
mis lágrimas; mira tú ahora y considera si es

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