BREVE DESCRIPCION
Rezuma todo el texto un programa de vida, alimentado por la lozanía de otras Iglesias, de otras
experiencias, de otras latitudes. Es el color de la esperanza y de la alegría. Leyendo el texto, se
recuerda aquel otro de Aparecida, un mensaje de esperanza a las Iglesias de América Latina y El
Caribe.
Como sucedió en el Vaticano II, no hay cambios doctrinales. Todo empieza por una sencilla
invitación a dejarse encontrar por Jesús. Y, muy pronto, aparece con nitidez la misericordia, esa
que anima a levantarse después de tropezar porque hace saber que seguimos siendo queridos y
acogidos en el regazo de Dios.
Y brilla con un lenguaje que es fácilmente accesible a todos, con imágenes llenas de fuerza que no
se pierden en laberínticas digresiones, capaces de impactar e interpelar también a los jóvenes. La
fe como seguimiento, más que como ideología.
Buena parte de esta hoja de ruta ya se lo habíamos oído de viva voz desde mediados del pasado
mes de marzo. Ahora la sistematiza, ordena y ofrece como síntesis conclusiva de un Año de la fe
que ha sido “providencial”, como ha reconocido él mismo, pues hace doce meses nadie hubiese
imaginado que tendría un colofón como el que nos está brindando, no solo el texto pontificio,
sino el dinamismo misionero que transmite este Papa, que está consiguiendo recolocar a la Iglesia
en la esfera mundial, recuperando la credibilidad y el respeto moral que nunca debió dejarse
erosionar por sus propios pecados, por la “mundanidad espiritual” que con tanta claridad vuelve a
denunciar aquí Francisco.
Una sacudida, sí, pero de alegría contagiosa
en la que se llama a todos los bautizados a compartirla,
sin proselitismos, saliendo del ensimismamiento en el que nos constriñe el mundo actual
y sacudiéndonos la “tristeza individualista” que nos acompaña.
Atronadora resulta en este contexto su denuncia de un sistema económico que mata porque
excluye a los más indefensos; que solo atiende al logro del beneficio en lugar de servir a las
personas. Son palabras con una fuerza impresionante, corroboradas con los gestos de la agenda
papal.
Una sacudida, sí, pero de alegría contagiosa en la que se llama a todos los bautizados a
compartirla, sin proselitismos, saliendo del ensimismamiento en el que nos constriñe el mundo
actual y sacudiéndonos la “tristeza individualista” que nos acompaña. Para ello, invita a “recuperar
la frescura original del Evangelio” y a “una conversión pastoral y misionera”.
Pero junto con la “conversión pastoral”, aboga también el Papa en este texto por una “pastoral en
conversión”, que habrá de dar lugar a “una impostergable renovación eclesial”. Sigue en la onda
de reformas estructurales para hacer más misionera a la Iglesia, sin tener miedo a revisar aquellas
costumbres “no directamente ligadas al núcleo del Evangelio, algunas muy arraigadas a lo largo de
la historia”. Un paso más. Un lenguaje nuevo para un mundo nuevo.
Y vuelve a señalar la necesidad de abordar el papel de la mujer, el de los laicos, los jóvenes, las
vocaciones… incluso las homilías. En definitiva, un texto ilusionante.
En este documento, Francisco ofrece una visión motivadora e interpelante acerca del espíritu
misionero y evangelizador de la Iglesia, a partir de una transformación misionera en la que no
rehúye un análisis de la sociedad actual y ofrece claves para el anuncio evangélico en el mundo
actual.
En este anuncio se hace especial hincapié en dos cuestiones sociales, como son “la inclusión social
de los pobres” y “la paz y el diálogo social”, para incluir como colofón la influencia del Espíritu
Santo en el anuncio misionero y el ejemplo de la Virgen María como “Madre de la Iglesia
evangelizadora”.
La exhortación está estructurada en una introducción y cinco capítulos: “La transformación
misionera de la Iglesia”, “En la crisis del compromiso comunitario”, “El anuncio del Evangelio”, “La
dimensión social de la evangelización” y “Evangelizadores con espíritu”. A continuación, ofrecemos
algunos extractos de los puntos principales de cada capítulo.
“Un evangelizador no debería tener
permanentemente cara de funeral.
Recobremos y acrecentemos el fervor”.
Introducción: La alegría del Evangelio
“El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza
individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres
superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses,
ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no
se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes
también corren ese riesgo, cierto y permanente” (n. 2).
“El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca
por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación adquiere mayor
sensibilidad ante las necesidades de los demás. Comunicándolo, el bien se arraiga y se desarrolla”
(n. 9).
“Por consiguiente, un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral.
Recobremos y acrecentemos el fervor, ‘la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso
cuando hay que sembrar entre lágrimas (…) Y ojalá el mundo actual —que busca a veces con
angustia, a veces con esperanza— pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de
evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del
Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de
Cristo’” (n. 10)
“Todos tienen el derecho de recibir el Evangelio. Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin
excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una
alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por
proselitismo sino «por atracción»” (n. 14).
“Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los
estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado
para la evangelización del mundo actual
más que para la autopreservación”.
Capítulo I: La transformación misionera de la Iglesia
“La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran,
que acompañan, que fructifican y festejan. ‘Primerear’: sepan disculpar este neologismo. La
comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el
amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al
encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive
un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia
del Padre y su fuerza difusiva. ¡Atrevámonos un poco más a primerear!” (n. 24)
“Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los
estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para
la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación” (n. 27)
“En su constante discernimiento, la Iglesia también puede llegar a reconocer costumbres propias
no directamente ligadas al núcleo del Evangelio, algunas muy arraigadas a lo largo de la historia,
que hoy ya no son interpretadas de la misma manera y cuyo mensaje no suele ser percibido
adecuadamente. Pueden ser bellas, pero ahora no prestan el mismo servicio en orden a la
transmisión del Evangelio. No tengamos miedo de revisarlas. Del mismo modo, hay normas o
preceptos eclesiales que pueden haber sido muy eficaces en otras épocas pero que ya no tienen la
misma fuerza educativa como cauces de vida” (n. 43).
“Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo. Repito aquí para toda la Iglesia lo que
muchas veces he dicho a los sacerdotes y laicos de Buenos Aires: prefiero una Iglesia accidentada,
herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la
comodidad de aferrarse a las propias seguridades” (n. 49).
“Hoy tenemos que decir
no a una economía de la exclusión y la inequidad.
Esa economía mata”.
Capítulo II: En la crisis del compromiso comunitario
“Así como el mandamiento de ‘no matar’ pone un límite claro para asegurar el valor de la vida
humana, hoy tenemos que decir ‘no a una economía de la exclusión y la inequidad’. Esa economía
mata. (…) Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el
poderoso se come al más débil. (…) En este contexto, algunos todavía defienden las teorías del
‘derrame’, que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado,
logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que
jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de
quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico
imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando” (nn. 53 y 54).
“El proceso de secularización tiende a reducir la fe y la Iglesia al ámbito de lo privado y de lo
íntimo. Además, al negar toda trascendencia, ha producido una creciente deformación ética, un
debilitamiento del sentido del pecado personal y social y un progresivo aumento del relativismo,
que ocasionan una desorientación generalizada, especialmente en la etapa de la adolescencia y la
juventud, tan vulnerable a los cambios. (…) El individualismo posmoderno y globalizado favorece
un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas, y que
desnaturaliza los vínculos familiares” (nn. 64 y 67).
“Nuestro dolor y nuestra vergüenza por los pecados de algunos miembros de la Iglesia, y por los
propios, no deben hacer olvidar cuántos cristianos dan la vida por amor: ayudan a tanta gente a
curarse o a morir en paz en precarios hospitales, o acompañan personas esclavizadas por diversas
adicciones en los lugares más pobres de la tierra, o se desgastan en la educación de niños y
jóvenes, o cuidan ancianos abandonados por todos, o tratan de comunicar valores en ambientes
hostiles, o se entregan de muchas otras maneras que muestran ese inmenso amor a la humanidad
que nos ha inspirado el Dios hecho hombre” (n. 76).
“Cuando más necesitamos un dinamismo misionero que lleve sal y luz al mundo, muchos laicos
sienten el temor de que alguien les invite a realizar alguna tarea apostólica, y tratan de escapar de
cualquier compromiso que les pueda quitar su tiempo libre. Hoy se ha vuelto muy difícil, por
ejemplo, conseguir catequistas capacitados para las parroquias y que perseveren en la tarea
durante varios años. Pero algo semejante sucede con los sacerdotes, que cuidan con obsesión su
tiempo personal” (n. 81).
“La mundanidad espiritual, que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor
a la Iglesia, es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal” (n.
91).
“Las reivindicaciones de los legítimos derechos de las mujeres, a partir de la firme convicción de
que varón y mujer tienen la misma dignidad, plantean a la Iglesia profundas preguntas que la
desafían y que no se pueden eludir superficialmente. El sacerdocio reservado a los varones, como
signo de Cristo Esposo que se entrega en la Eucaristía, es una cuestión que no se pone en
discusión, pero puede volverse particularmente conflictiva si se identifica demasiado la potestad
sacramental con el poder. No hay que olvidar que cuando hablamos de la potestad sacerdotal ‘nos
encontramos en el ámbito de la función, no de la dignidad ni de la santidad’. El sacerdocio
ministerial es uno de los medios que Jesús utiliza al servicio de su pueblo, pero la gran dignidad
viene del Bautismo, que es accesible a todos” (n. 194).
“La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita,
donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado
y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” .
Capítulo III: El anuncio del Evangelio
“Ser Iglesia es ser Pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de amor del Padre. Esto implica
ser el fermento de Dios en medio de la humanidad. Quiere decir anunciar y llevar la salvación de
Dios en este mundo nuestro, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas que
alienten, que den esperanza, que den nuevo vigor en el camino. La Iglesia tiene que ser el lugar de
la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y
alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (n. 114).
“En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo
misionero (cf. Mt 28,19). Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y
el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un
esquema de evangelización llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel
sea sólo receptivo de sus acciones. La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo
de cada uno de los bautizados” (n. 120)
“La homilía no puede ser un espectáculo entretenido, no responde a la lógica de los recursos
mediáticos, pero debe darle el fervor y el sentido a la celebración. Es un género peculiar, ya que se
trata de una predicación dentro del marco de una celebración litúrgica; por consiguiente, debe ser
breve y evitar parecerse a una charla o una clase” (pto. 138).
“Otra característica es el lenguaje positivo. No dice tanto lo que no hay que hacer, sino que
propone lo que podemos hacer mejor. En todo caso, si indica algo negativo, siempre intenta
mostrar también un valor positivo que atraiga, para no quedarse en la queja, el lamento, la crítica
o el remordimiento” (n. 159).
“Hemos redescubierto que también en la catequesis tiene un rol fundamental el primer anuncio o
‘kerygma’, que debe ocupar el centro de la actividad evangelizadora y de todo intento de
renovación eclesial. El kerygma es trinitario. Es el fuego del Espíritu que se dona en forma de
lenguas y nos hace creer en Jesucristo, que con su muerte y resurrección nos revela y nos
comunica la misericordia infinita del Padre. En la boca del catequista vuelve a resonar siempre el
primer anuncio: ‘Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día,
para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte’” (n. 164).
“Nadie puede exigirnos que releguemos la religión
a la intimidad secreta de las personas,
sin influencia alguna en la vida social y nacional.
Una auténtica fe siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo”.
Capítulo IV: La dimensión social de la evangelización
“Nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin
influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de
la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos. ¿Quién
pretendería encerrar en un templo y acallar el mensaje de san Francisco de Asís y de la beata
Teresa de Calcuta? Ellos no podrían aceptarlo. Una auténtica fe —que nunca es cómoda e
individualista— siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de
dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra” (n. 183).
“La necesidad de resolver las causas estructurales de la pobreza no puede esperar, no solo por una
exigencia pragmática de obtener resultados y de ordenar la sociedad, sino para sanarla de una
enfermedad que la vuelve frágil e indigna y que solo podrá llevarla a nuevas crisis. Los planes
asistenciales, que atienden ciertas urgencias, solo deberían pensarse como respuestas
pasajeras. Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la
autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas
estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún
problema. La inequidad es raíz de los males sociales” (n. 202).
“¡Pido a Dios que crezca el número de políticos capaces de entrar en un auténtico diálogo que se
oriente eficazmente a sanar las raíces profundas y no la apariencia de los males de nuestro
mundo! La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de
la caridad, porque busca el bien común (…) ¡Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes
les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres!” (pto. 205)
“Entre esos débiles, que la Iglesia quiere cuidar con predilección, están también los niños por
nacer, que son los más indefensos e inocentes de todos, a quienes hoy se les quiere negar su
dignidad humana en orden a hacer con ellos lo que se quiera, quitándoles la vida y promoviendo
legislaciones para que nadie pueda impedirlo. Frecuentemente, para ridiculizar alegremente la
defensa que la Iglesia hace de sus vidas, se procura presentar su postura como algo ideológico,
oscurantista y conservador. Sin embargo, esta defensa de la vida por nacer está íntimamente
ligada a la defensa de cualquier derecho humano. Supone la convicción de que un ser humano es
siempre sagrado e inviolable, en cualquier situación y en cada etapa de su desarrollo. Es un fin en
sí mismo y nunca un medio para resolver otras dificultades. Si esta convicción cae, no quedan
fundamentos sólidos y permanentes para defender los derechos humanos, que siempre estarían
sometidos a conveniencias circunstanciales de los poderosos de turno. La sola razón es suficiente
para reconocer el valor inviolable de cualquier vida humana, pero si además la miramos desde la
fe, ‘toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios y se
configura como ofensa al Creador del hombre’” (n. 213).
“Precisamente porque es una cuestión que hace a la coherencia interna de nuestro mensaje sobre
el valor de la persona humana, no debe esperarse que la Iglesia cambie su postura sobre esta
cuestión. Quiero ser completamente honesto al respecto. Este no es un asunto sujeto a supuestas
reformas o ‘modernizaciones’. No es progresista pretender resolver los problemas eliminando una
vida humana. Pero también es verdad que hemos hecho poco para acompañar adecuadamente a
las mujeres que se encuentran en situaciones muy duras, donde el aborto se les presenta como
una rápida solución a sus profundas angustias, particularmente cuando la vida que crece en ellas
ha surgido como producto de una violación o en un contexto de extrema pobreza. ¿Quién puede
dejar de comprender esas situaciones de tanto dolor?” (n. 214)
“La Iglesia no pretende detener el admirable progreso de las ciencias. Al contrario, se alegra e
incluso disfruta reconociendo el enorme potencial que Dios ha dado a la mente humana. Cuando
el desarrollo de las ciencias, manteniéndose con rigor académico en el campo de su objeto
específico, vuelve evidente una determinada conclusión que la razón no puede negar, la fe no la
contradice. Los creyentes tampoco pueden pretender que una opinión científica que les agrada, y
que ni siquiera ha sido suficientemente comprobada, adquiera el peso de un dogma de fe. Pero,
en ocasiones, algunos científicos van más allá del objeto formal de su disciplina y se extralimitan
con afirmaciones o conclusiones que exceden el campo de la propia ciencia. En ese caso, no es la
razón lo que se propone, sino una determinada ideología que cierra el camino a un diálogo
auténtico, pacífico y fructífero” (n. 243).
“Un sano pluralismo, que de verdad respete a los diferentes y los valore como tales, no implica
una privatización de las religiones, con la pretensión de reducirlas al silencio y la oscuridad de la
conciencia de cada uno, o a la marginalidad del recinto cerrado de los templos, sinagogas o
mezquitas. Se trataría, en definitiva, de una nueva forma de discriminación y de autoritarismo.
El debido respeto a las minorías de agnósticos o no creyentes no debe imponerse de un modo
arbitrario que silencie las convicciones de mayorías creyentes o ignore la riqueza de las tradiciones
religiosas. Eso a la larga fomentaría más el resentimiento que la tolerancia y la paz” (n. 255).
“La misión en el corazón del pueblo
no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar.
Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme.
Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo”.
Capítulo V: Evangelizadores con espíritu
“Una evangelización con espíritu es muy diferente de un conjunto de tareas vividas como una
obligación pesada que simplemente se tolera, o se sobrelleva como algo que contradice las
propias inclinaciones y deseos. ¡Cómo quisiera encontrar las palabras para alentar una etapa
evangelizadora más fervorosa, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin y de vida
contagiosa! Pero sé que ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego
del Espíritu” (n. 261).
“La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar;
no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser
si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que
reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar,
levantar, sanar, liberar. Allí aparece la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma,
esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás. Pero si uno separa la tarea por
una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y estará permanentemente buscando
reconocimientos o defendiendo sus propias necesidades. Dejará de ser pueblo” (n. 273).
“Con el Espíritu Santo, en medio del pueblo siempre está María. Ella reunía a los discípulos para
invocarlo (Hch 1,14), y así hizo posible la explosión misionera que se produjo en Pentecostés. Ella
es la Madre de la Iglesia evangelizadora y sin ella no terminamos de comprender el espíritu de la
nueva evangelización. (…) Hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia.
Porque cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del
cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los
fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes” (nn. 284 y 288).