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Capitulo 21

El protagonista lucha con su deseo de venganza contra Garavito, pero se siente en paz al confesar sus sentimientos. Durante una entrevista, Garavito revela su relación con Patricia Zabala y su hijo Adolfo, mostrando una faceta de su vida personal, mientras justifica sus crímenes y expresa su arrepentimiento. La conversación se torna tensa cuando se discuten las implicaciones morales de sus acciones y la naturaleza de su adicción al dolor y el miedo que inflige a sus víctimas.

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Capitulo 21

El protagonista lucha con su deseo de venganza contra Garavito, pero se siente en paz al confesar sus sentimientos. Durante una entrevista, Garavito revela su relación con Patricia Zabala y su hijo Adolfo, mostrando una faceta de su vida personal, mientras justifica sus crímenes y expresa su arrepentimiento. La conversación se torna tensa cuando se discuten las implicaciones morales de sus acciones y la naturaleza de su adicción al dolor y el miedo que inflige a sus víctimas.

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zos, desfilaban ante mis ojos las razones que me obligaban a seguir adelan-

te. Pero como el corazón no razona, decidí contarle todo y consideré


abandonar mi propósito de vengarme de Garavito.
A punto de confesarle mis planes, se cortó la comunicación. ¿Era acaso
CAPÍTULO 21
una señal? Así lo creí. Además, ¿de qué serviría? Había llegado demasiado
lejos para echarme atrás. Y estaba seguro de que, si renunciaba ahora,
jamás encontraría paz. CUANDO ME DIRIGÍA A LA TRAMACÚA, me di cuenta de que el viaje de Ernesto
Cuando retomé la llamada, estaba sereno. Hablamos mucho tiempo y
había jugado a mi favor. Su ausencia me ahorraba muchas complicaciones.
le reiteré mi amor eterno. Después me quedé vacío. Ahora, frente a frente con Garavito, me sentía en paz. En la mañana
En la mañana pensé en llamar a mi abuela, pero desistí. No quería más tenía que finalizar la entrevista. Y en la tarde, ya que esta sería mi última
distracciones. Era la única persona que conocía todo. Días atrás la había entrevista, quería asegurarme de que también fuera la mejor. La siguiente
visitado y le había contado mis planes. Me había mirado angustiada, pero
entrega de Entre rejas sería memorable y, con seguridad, Ernesto estaría
no me hizo preguntas ni reproches. Me dio las gracias por confiar en ella y, complacido.
mirándome largamente, me pidió que me cuidara. Pareció querer decirme —Hábleme de Patricia Zabala y Adolfo Barrios.
algo importante, pero se arrepintió. Después me abrazó y me dio su bendi- Las pupilas de Garavito se dilataron de inmediato.
ción. —A Pato la conocí en el año 96 —dijo, y su rostro se iluminó ante el
recuerdo. Su expresión me hizo reconocer que, después de todo, hasta un
asesino es capaz de amar—. Era una mujer elegante. Vivíamos en el mismo
hotel. Su hijo Adolfo tenía trece años. Fuimos simpatizando. Ella bebía a la
par conmigo. Un día me dijo: «¿Usted por qué no saca un apartamentico y
vivimos todos y yo le colaboro?». Le dije llorando, en medio de tragos: «Us-
ted es una mujer hermosa, pero no la puedo hacer feliz». «Pues ensaye-
mos», dijo ella. Pero no pude complacerla, porque yo de las mujeres era
muy admirador, pero nada funcionaba cuando me nombraban el área
sexual. Yo quería tener esa experiencia, y la mejor forma era con Pato, pero
me sentí el hombre más infeliz. Le dije: «Le sigo colaborando con el arrien-
do, con el niño, y cada vez que venga salimos por ahí a rumbear, pero no le
puedo cumplir». Entonces yo bebía más y, borracho, cantaba 'Cinco centa-
vitos'. Yo también quería robarle a la vida cinco centavitos de felicidad.
Siempre me sentí una persona a la que le faltaba algo. —Guardó silencio,
miró al piso y continuó su relato—: Adolfo fue para mí como un hijo. Lo
quería porque yo siempre anhelé engendrar un hijo, pero no pude. Con él
vi la oportunidad, porque él me decía «papá». Adolfo tenía actitudes que
me recordaban cuando yo era niño. Nunca lo maltraté, pero sí maltraté a
Patricia. Y ella también me pegaba a mí —dijo con una risa—. Una vez que
me demoré unos dos meses para volver. Adolfo me abrazó y se puso a llo- tado diseñar. Pero no estaba. ¿La habían decomisado los guardias?
rar. «Usted nos va a abandonar», me dijo. Pensé en entregarme a la Fisca- Imposible. Nos habrian expulsado del penal.
lía, pero no pude. Me hundía más y más, y por eso bebía a diario. Desde La angustia me invadió. Gruesas gotas de sudor descendían por mi cue-
que estoy aquí, nunca he sabido más de ellos. llo. Revisé por enésima vez, en vano. ¿Quién más conocía mi secreto?
Incapaz de creerle, cambié abruptamente de tema: ¿Acaso Garavito? ¿Ernesto? ¿Quizá los técnicos? Por muy amigos que fue-
—¿Villavicencio fue su último viaje? ran, ninguno de ellos sería mi cómplice. Solo mi abuela sabía. Ahora sí
—El último viaje, sí. El 30 de marzo del 99 llegué de Pereira. Desde la estaba de verdad enfermo.
orden de captura del 96, usaba el nombre de Lucio Moreno y una cédula Mis amigos entraron haciendo bromas. Aproveché que aún no llegaba
que me conseguí en el Huila, pero esa se me quemó en un incendio en Pal- Garavito para darles las gracias por su excelente trabajo y les aseguré que
mira. Yo, borracho, agredí sexualmente a un niño. Me quedé dormido y, tal este era el trabajo más grande de su vida, y de la mía, pensé con amargura.
vez con una vela, se prendió ese monte. Me desperté en medio de las lla- Les comenté que en la tarde realizaría una dinámica diferente, por lo que
mas, todo quemado. Ahí maté al niño y salí corriendo. Se me quemó la les pedí que colocaran tarjetas nuevas en los equipos. Después le di a cada
cédula, una cantidad grande de plata y hasta mi ropa. Y perdí mis gafas. uno un inusual abrazo. Una mirada llena de comprensión y como de dis-
Mire las quemaduras que me hice —dijo despreocupadamente mientras culpa de Charly, el chico de la cámara y mi mejor amigo en la empresa, me
mostraba sus brazos con cicatrices—. Por poco y no estaría aqui para con- mostró sin lugar a duda quién había retirado el arma. Pero ¿cómo había
tarlo. —Miró al techo, tomó aire y prosiguió—: Ese día en Villavicencio me sabido? Iba a preguntarle, pero la llegada de Garavito, sonriendo, ahogó mi
puse a beber y terminé en el parque Los Centauros. Estaba en la rocola pregunta. Sin otra opción, retomé la entrevista.
cuando entró un menor de unos trece años ofreciendo la lotería. Desgra- —Luis Alfredo, si usted estuviera frente a un familiar de cualquiera de
ciadamente el niño se arrima a esa pianola cuando yo iba a hundir un dis- los niños, ¿qué le diría?
co. «Esto cómo se maneja», me dijo, y siguió ahí, hablándome. Ya yo no fui Antes de responder, Garavito me miró tan fijamente que tuve que esfor-
capaz. «Niño, acompáñeme a hacer un mandado, yo le pago», le dije. zarme para no bajar los ojos.
Entonces nos fuimos con el menor al monte, lo amarré, lo desvestí y —No quisiera verme obligado a hacerlo. Porque, primero, yo no tengo
empecé a acariciarlo cuando algo se movió, alguien apareció. ¡Yo ese día cara, me da vergiienza; sentiría pena y dolor al estar frente a un familiar.
sentí miedo, una voz que me decía que era el día! Ahí fue cuando se me ¿Qué le puedo decir? No veo fácil ir a recibirlos porque no sé cuál pueda ser
perdió una cápsula de cianuro que cargaba para no dejarme agarrar vivo. su reacción.
Pero mejor así, porque Dios me dio la oportunidad de pagar mis culpas y Tratando de que mi cara no me delatara, cambié de tema.
arrepentirme de esas atrocidades que yo cometía. —¿Qué enfermedad tiene usted? —pregunté.
Su desfachatez me enfermaba. No quería seguir escuchando cómo eva- —Tengo una leucemia linfática crónica, diagnosticada hace diez meses.
día sus acciones, mientras se justificaba, y se divertía, juzgando a las auto- Un cáncer de la médula ósea que fui adquiriendo a través de los años. Y
ridades y criticando la investigación. esto que tengo aquí —dijo señalando bajo su ojo izquierdo—, que es otro
—Si me hubieran capturado en Tunja, se habrían evitado más de cien tipo de cáncer.
homicidios —dijo convencido—. Porque yo sufría después de cada uno. —Un cáncer que fue adquiriendo a través de los años —repetí lenta-
Llegó la tarde. Excusándome por un malestar estomacal, me quedé mente—. Dice la biblia que «de lo que abunda en el corazón habla la boca».
solo en la locación durante la hora de almuerzo. Enseguida busqué el trí- ¿Un justo castigo de Dios por sus actos, tal vez?
pode en el que había escondido el arma que tanto trabajo me había cos-

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—¿Por qué habla de castigos? Ya le dije que yo me arrepentí de corazón —Pues yo lo que quiero es dar un testimonio —dijo Garavito, como
y sé que Dios me perdonó —dijo furioso. intentando ser condescendiente—. Decirles a las personas que cuiden a
—Fácil, ¿no? ¿Y cómo lo sabe? ¿Por qué cree que Dios perdonaría seme- sus hijos. Hay muchos Garavitos al acecho. El maltrato no puede permitir-
jantes pecados? ¿Acaso la vida de doscientos niños vale menos que la suya? se, debe haber un vínculo familiar y diálogo. El maltrato y el machismo se
¿Como si se tratara simplemente de haber robado una bicicleta? deben acabar.
—iPues yo estoy seguro de que ya me perdonó! —gritó Luis Alfredo —¿Eso lo dice por lo que a usted le sucedió de niño?
enfurecido—. El humano no me va a perdonar, eso lo sé, es imposible; pero —No. Yo nunca hice nada por venganza. Ya dije que no sé por qué lo
¡Dios sí! ¡Y mi familia también! hice.
—¿Y quién se lo dijo? ¿Su pastor? ¿O acaso le habló Dios al oído? ¿Quién —¿Usted de verdad cree que tiene autoridad moral para dar consejos?
se cree que es? ¿Su hijo predilecto? ¿Qué puede decir ahora que ya no haya dicho? Usted tuvo su oportunidad
—Yo no acepto cuestionamientos referentes a eso —gritaba Garavito—. de hablar. Tuvo su derecho a expresarse a pesar de que usted mismo no les
Yo he dicho la verdad. Confesé más de doscientos homicidios, y más de reconoció a los niños su derecho a la vida y la honra. Usted ya no tiene
doscientos delitos sexuales. Pero ¡me arrepentí y Dios me perdonó! Y por derechos.
eso la justicia me condenó. —iPues sí los tengo! Y lo que quiero, y gracias por darme esta oportuni-
—¿Le parece suficiente? dad —respondió Garavito, con una aparente tranquilidad que contradecía
—Pues yo sé que así yo salga a hacer milagros, para la mayoría seré su mirada—, es manifestar un perdón a las familias que ofendí, de Colom-
siempre el villano, un personaje oscuro y que estoy a nivel mundial pintado bia y del Ecuador. Sí, yo sé que lo que hice fue imperdonable. Tienen todo
como una figura negra. Yo lo sé. Yo sé que soy un terror para la sociedad y el derecho de odiarme. Es más, si pudiera devolverme —empezó a llorar,
que muchos desean mi muerte. con un llanto que solo él sabía si era real— para poder resarcir el daño, y
—¿Acaso esperaba otra cosa? Una confesión no lava sus pecados. No para morir en paz, haría eso, pero es imposible. Y yo también cargo mi
lava su culpa. dolor a cuestas.
—¿Con qué derecho me habla así? Usted no parece un periodista. Usted —pPues yo no le creo. Sé que quiere salir libre para seguir violando y
es un torturador. asesinando niños. O dígame, ¿estaría dispuesto a someterse a una castra-
—¿De verdad? Aclaremos esto: ¿quién es aquí el torturador? ¿Yo, por ción química para eliminar el riesgo de reincidencia?
hacerle esa pregunta, o alguien capaz de violar y decapitar a un niño, o de La espontánea y cruel carcajada de Garavito me sorprendió. Sentí que
cercenarle los órganos? O, peor aún, a doscientos niños. la sangre se me helaba en las venas.
—Claro, ¡yo soy una hiena! Eso soy, sáquelo así en su entrevista. A mí ya —Los científicos no entienden que el problema no es una erección, que
me habían dicho que ustedes vinieron a desencajarme. A eso vino usted, los que cometemos ese delito no necesitamos de un pene —dijo—. Para
¢no? A atormentarme. eso tenemos los dedos, o un palo, o un arma, porque se trata de una satis-
Garavito se levantó del asiento y me miró colérico. Sus ojos brillaban y facción que se obtiene cuando se ejerce la fuerza, cuando se causa dolor y
entendí perfectamente por qué lo habían bautizado como «la Bestia». Pero miedo. Ustedes no han entendido que se trata de una adicción, como
le hice frente sin amilanarme. quien consume coca o cigarrillo. Una adicción que crece, como el alcoho-
—Ni más ni menos —le repliqué sin rodeos—. Eso es usted, una hiena. lismo. La persona así sabe que es un pederasta y que tiene una adicción,
Está mostrando su verdadera naturaleza. Y como eso es usted, yo sí lo voy una condición mental que le produce placer a través de estos hechos. Un
a sacar al aire para que todo el mundo lo conozca. deseo que lo consume, pero no puede o no quiere evitarlo.

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Después de su declaración, Garavito se mostró radiante, extasiado al Me tomó menos de un minuto entender lo que ocurría. Garavito, sin
hablar de lo que representaba la violación y cómo podía hacerla. Ahora su duda, estaba mostrando sus viejos ardides, aquellos que le aseguraron la
mirada no tenía nada de apacible. docilidad de más de doscientos niños indefensos. Sacudí la cabeza, acu-
Empecé a entender la estrategia de Luis Alfredo Garavito. Se esforzaba diendo a todos los santos patronos de mi abuela para contrarrestar el efec-
por mantener una imagen de persona vulnerable, para despistar y hacer to. Mirando fijamente a Garavito, musité lenta y claramente:
creer que ya no era peligroso, pero solo era una fachada. El monstruo solo —«Sefior, yo soy tu instrumento. Hágase tu voluntad». —El sortilegio se
dormitaba. Lo miré asombrado. Hablando en tercera persona, el pederasta rompió.
acababa de reconocer su verdad. En sus propias palabras, se trataba de una Con un suspiro y una sonrisa de aceptación no exenta de admiración,
adicción personal para obtener placer al causar dolor y miedo ejerciendo Garavito tomó de nuevo la palabra. Su burla era casi palpable.
la fuerza. Y los niños eran su droga, el objeto de su deseo adictivo. —Un domingo de enero salí de Bogotá para Pereira. En la terminal me
No pude evitar mirarlo con desprecio. El hombre se sentía un vicioso. había tomado varias cervezas. Mientras el bus avanzaba, empecé a escu-
Un maldito vicioso. Había cumplido mi compromiso con Ernesto. Ese char esa voz, a sentir esa fuerza. Me bajé en la primera población que
material jamás lo había tenido ni lo tendría otra vez nadie. encontré, busqué un hotel para dejar mi maleta y salí a buscar la plaza de
Y ahora, debía cumplir mi compromiso personal. Aunque tenía que mercado. Ahí mismo había un bar y entré. Estaba colocando música en la
cambiar de estrategia. Sin mi arma, el plan A había fallado. Había llegado rocola cuando vi en la calle a dos niños de unos doce y seis años, llevando
la hora de implementar el plan B. mercados en un carrito esferado. Uno de esos niños se llamaba Antonio,
De pronto me tomé el estómago con un gesto de dolor. Avergonzado, Antonio Ariza, y el otro... Alberto Ariza. Eran su hermano y usted. ¿Verdad,
pedí que detuvieran un momento la grabación y me dirigí al baño. Sabía señor Jesús Alberto Ariza Lopera? —terminó Garavito elevando la voz, con
que era un momento muy incómodo para los técnicos, incluso peligroso, una sonrisa que no tenía nada de amistosa.
pero no tenía opción. No podía dar crédito a lo que escuchaba. Me levanté de un salto. Mi
Cinco minutos más tarde, ya más tranquilo, retomé mi puesto. Vi que corazón latía violentamente. Miré a Luis Alfredo con un odio visceral que
los técnicos se aprestaban a cerrar la sesión, pero yo, como entrevistador, iba más allá de la sorpresa que me produjeron sus palabras. Capté también
debía hacer un cierre periodístico. Entonces, sin previo aviso, Garavito vol- detrás de mí la reacción de mis compañeros que, aunque no entendían del
vió a hablar. Su tranquilidad llamó mi atención. Yo habría imaginado que todo lo sucedido, escucharon que yo, el periodista, a quien conocían como
aún estaba energúmeno por mi anterior actuación. Jesús Lopera, al parecer era otra persona. Al presentarme ante mis compa-
—¿Sabe, muchacho? Antes de despedirnos, me gustaría hablar de otro fieros en la empresa, habia omitido mi segundo nombre y mi primer ape-
caso. Uno del que no se ha hablado mucho, pero estoy seguro de que le va llido y hasta ahora nunca había tenido que justificarlo. Ya estaba hecho.
a interesar. Aún impactado, me levanté rápidamente, arrastrando conmigo la silla, el
Lo miré curioso y desconfiado. La voz de Garavito había cambiado micrófono y los papeles con mis notas.
imperceptiblemente. Había una indiscutible y solapada burla en su tono. A pesar de la sorpresa, vi que los técnicos ajustaban los equipos para
Arrastraba las palabras aparentando una suavidad que contradecían sus no perder ningún detalle de lo que estaba ocurriendo. Después de todo,
ojos. Me miraba fijamente. Su intensa mirada era muy quieta, impregnada era su oficio.
de una gran dosis de maldad. Movía su cabeza con lentitud, produciendo —¿Acaso pensó que no iba a investigarlo? ¿Que yo dejo que cualquiera
una suerte de embelesamiento. Había más ternura en una cobra. se acerque a mí sin conocer sus intenciones? ¡Jamás! Definitivamente,
usted no me conoce. Aquí nadie sobrevive si es débil o confiado. Aunque

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tengo que reconocer que usted las tiene bien puestas —dijo mirándome de —No. Ustedes se van. Ya tienen el material necesario y no tienen nada
arriba abajo con una sonrisa lujuriosa, mientras se detenía intencional- que ver con esto.
mente en mi entrepierna. —Oiga, Ariza, o Lopera, o comoquiera que se llame —me interrumpió
Lo miré asqueado. La insinuación implícita en la mirada del asesino de Garavito con su peculiar acento burlón, a pesar de seguir bajo la presión de
mi hermano no podía ser más ofensiva. A duras penas me contuve para no mi arma—. ¿Usted cree que está en un parque de recreo? ¿O en el patio de
golpearlo. su casa? ¿Cómo piensa salir de aquí?
—Bien. Ahora que tenemos las cartas sobre la mesa, ¿qué sigue? —pre- —¿Quién habló de salir? Vine a acabar con usted, ¡y eso haré! No me
guntó Garavito con burla y suficiencia—. No creo que haya venido por importa lo que pase después. Garavito, aquí termina su historia —grité
información. Que yo sepa, a ese niño lo encontraron en... pausadamente en su oído.
—¿Conque así están las cosas? Y qué hay con eso de que frente a un —iUsted no es capaz! —refutó—. ¿Sabe por qué? Porque usted es una
familiar «no tengo cara, me da vergiienza, sentiría pena y dolor». Si sabía persona buena. El malo soy yo. ¡Soy malo, nací malo o me hicieron malo, y
quién era yo, ¿todo eso era mentira? así me tocó vivir! Y lo he disfrutado. Pero usted tiene un futuro.
—Bueno, usted vino aquí como periodista, ocultando su verdad. Es su —¡Futuro! ¿Sabe acaso lo que es el futuro? ¡Los niños son el futuro! Esos
responsabilidad. Pero el caso es que está aquí solo por mí. Y aunque no niños tenían un futuro, y usted se lo robó y los masacró. Y ahora, este país
quiera, ¡volverá a hacerme famoso! ¡Volverá a ponerme en primera plana! de mierda le permitirá salir para continuar sus infamias. ¡Para seguir
—dijo, y soltó una carcajada. robándose el futuro! Dígame, ¿se ha preguntado cómo murió su adorado
—Tiene razón. Volveré a hacerlo famoso, ¡pero no de la forma en que Adolfo?
usted se imagina! —le grité sin piedad. —e¿Muerto? ¿Adolfo está muerto?
Y esgrimiendo una puntiaguda barra que saqué de mi bolsillo, me —Lo mataron, adivine por qué. Tampoco él tuvo un futuro. Y, por si no
planté de un salto detrás de él, presionándolo con firmeza en su cuello. lo sabe, también su Patico se fue, maldiciéndolo.
Garavito tuvo un sobresalto. Pude sentir su miedo. Entre tanto, Charly Sentí cómo se estremecía bajo mi mano. De alguna manera, su cuerpo
me miraba asombrado, como preguntándose de dónde había sacado yo se aflojó. De pronto, dejó de oponer resistencia y empezó a llorar. Se des-
esta nueva herramienta. madejó en su asiento. Volvió a tensar su cuerpo y me ofreció su cuello,
—¿¡Qué!? ¿¡Cómo!? —gritó Garavito, que se veía genuinamente asus- mirándome ahora sin odio.
tado—. ¡A ustedes los requisaron! —Usted gana, Jesús. ¡Máteme! Máteme y termine con este tormento. Y
—Yo también tengo amigos —le dije—. Y usted, muchos enemigos. qué mejor que sea usted quien lo haga. ¡Usted se ha ganado ese derecho!
Los técnicos trataron de convencerme de soltar el arma, pero los ¿Para qué quiero salir de aquí? Nadie me espera. Nadie va a mirarme con
detuve con un gesto. amor. Afuera solo me esperan el odio y rencor que yo provoqué. ¡Me lo
—Compañeros —les dije mirándolos con aprecio—, tomen el material merezco! Máteme, Jesús, y termine con esta asquerosa vida mía —dijo, y
y retírense de este penal. Lamento haberlos engañado, pero yo vine aquí a seguía exponiendo su cuello, ante la mirada aterrorizada de los técnicos. Y
matar a este hijueputa que acabó con mi familia. Discúlpenme, y por favor tal parecía que, de repente, había envejecido veinte años.
cuéntenle a Ernesto. Él no sabe nada. No me sorprendía su reacción. Podía ser todo lo cruel y asesino que
—Pues qué pena, compañero —dijo Charly—, pero de aquí no nos quisiera con los niños, pero no era más que un cobarde. Solo su codicia por
movemos. O todos en la cama o todos en el suelo. la frescura y la vitalidad de un niño lo llevaba a atacarlo y tomar sus atribu-
tos por la fuerza. Pero frente a los adultos era un pusilánime; lo había

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demostrado al contratar a otros asesinos para eliminar a sus enemigos.
Largos años de encierro podían haberlo cambiado, pero no aprovechó esa
oportunidad, oportunidad que a veces solo se presenta una vez en la vida.
CAPÍTULO 22

RECUPERÉ EL EQUILIBRIO QUE CASI HABÍA PERDIDO CUANDO GARAVITO se derrumbó


en la silla. Con una mirada feroz y al límite de mis sentidos, me acerqué de
nuevo, buscando la yugular que de forma tan explícita se me ofrecía.
Charly y los demás hicieron un movimiento como para detenerme, mirán-
dome espantados.
Me detuve. La imagen de mi abuela, dándome su bendición para lo que
tenía que hacer, volvió ante mis ojos. Pero, así, de pronto, con la venia del
asesino, ya no era tan fácil decidirme a agredirlo. En todo caso, en algo
tenía razón Garavito: yo no sabía qué tan bueno era, pero definitivamente
yo no era un asesino. De alguna manera mi furia empezó a disiparse.
Durante unos segundos, mantuve la afilada barra junto a su cuello. Mi
mente era un torbellino.
—Le tengo una mejor idea —le dije de pronto ofreciéndole el arma,
agotado—. Tome. Sea valiente y decente por una vez en su vida, y acabe
usted mismo con su miserable existencia. ¡Sea justo por una vez y mátese!
—¿Qué? ¡No! Yo no... No puedo —titubeó y se quedó mirando horrori-
zado el arma que le ofrecía. Después volteó la cabeza, negando desespe-
rado—. ¡No! ¿Por qué me hace esto?
—¿No es capaz? ¿Solo es valiente con los niños? ¿Necesita un matón a
sueldo? Aquí hay muchos que gustosos le ayudarían. Y gratis. Por ejemplo,
el dueño de esta arma dijo que yo no iba a ser capaz y va a estar esperán-
dolo, ahora que ya sabe que fue usted quien mató a su hijo. Ayer lo confesó
usted en nuestra entrevista.
A cada palabra, Luis Alfredo Garavito, el hombre que no tuvo piedad
con los más de cuatrocientos niños que victimizó, se iba encogiendo. Final-
mente cayó al piso. Aún tuvo fuerzas para implorar:
—Jesús, por Dios, jmateme! No me deje aquí. Ya no puedo salir porque
van a masacrarme. ¡Máteme! ¡Por piedad, máteme!

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