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Comunicació Adolescents

Cambiar la forma de comunicarse con los adolescentes y aprender a escuchar profundamente son esenciales para fortalecer la relación familiar y superar conflictos. Los padres a menudo se sienten desbordados y torpes en su rol, lo que puede generar una desconexión con sus hijos, especialmente durante la adolescencia. La empatía, la validación y la comunicación efectiva son claves para mejorar la relación y ayudar a los adolescentes a enfrentar sus desafíos.

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Comunicació Adolescents

Cambiar la forma de comunicarse con los adolescentes y aprender a escuchar profundamente son esenciales para fortalecer la relación familiar y superar conflictos. Los padres a menudo se sienten desbordados y torpes en su rol, lo que puede generar una desconexión con sus hijos, especialmente durante la adolescencia. La empatía, la validación y la comunicación efectiva son claves para mejorar la relación y ayudar a los adolescentes a enfrentar sus desafíos.

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Cambiar la forma de dirigirnos a nuestros hijos o aprender a escuchar con profundidad

son pasos clave para fortalecer la relación y superar conflictos.

"Qué pesada eres","déjame en paz", "no me escuchas", "no me entiendes", "te lo he


repetido ya cien veces", "haces lo que te da la gana"...Si tiene un adolescente en casa
estas frases posiblemente hayan retumbado en las paredes (y en su cabeza) con más
frecuencia de la que le gustaría. Y cada una de ellas, junto a los silencios, las miradas
de reproche, los juicios y/o las exigencias, pueden ir levantando un muro entre padres
e hijos que a veces parece insalvable. No lo es. Cambiar la forma de comunicarnos es la
clave para comenzar a derribarlo.
"La adolescencia es una etapa en la que con frecuencia recogemos los frutos de lo que
hemos invertido en la relación . Hasta entonces tenemos una posición en la que la
autoridad mantiene determinas dinámicas, después se debilita porque el adolescente
encuentra su fuerza y que tiene poder para determinadas cosas".
Con frecuencia los menores nos cuestionan para reafirmarse, se refugian en silencios y
se aíslan en la habitación tratando de dibujar su propia realidad. Mientras, los padres
intentan mirar de puntillas por encima de esa pared para cerciorarse de que el niño
que vieron crecer sigue ahí.

"SOMOS COMPLETAMENTE IGNORANTES DE LA REALIDAD QUE VIVE NUESTRO HIJO


ADOLESCENTE"

Pilar de la Torre, experta en comunicación no violenta


La Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD) publicó en 2002 uno de los
estudios más detallados sobre cómo afrontaban los españoles su labor como
educadores y el sentir general se ajusta a la realidad actual 17 años después: en líneas
generales, padres e hijos consideran que la comunicación y las relaciones entre unos y
otros son "buenas" y la "familia va bien", pero los primeros se ven en ocasiones
"torpes" y "descolocados" ante una labor para la que sienten que no han sido
preparados y en la que recurren a la "intuición", "al instinto" y a la "buena voluntad".
Cuatro de cada diez reconocían que se sienten "desbordados" a veces por los
problemas.
Esa inseguridad aumenta cuando los adolescentes llegan a los 14 o 15 años y
comienzan a enfrentarse a situaciones de riesgo fuera de casa (droga, sexo, violencia,
desengaños sentimentales...) e incluso de puertas adentro con el uso casi constante de
redes sociales y el consumo de información (no siempre fiable) a través del teléfono
móvil u otros dispositivos. La reclusión en las habitaciones, la lista eterna de
ocupaciones y la interrupción digital continua tampoco facilitan la posibilidad de
mantener una conversación familiar plena. Justo en esa fase vital de los chavales en la
que las complicaciones aumentan, el canal de comunicación parece que se estrecha.
Del estudio de la FAD en el que intervinieron padres de jóvenes de entre 14 y 20 años
se desprende un sentimiento de insatisfacción por parte de los adultos: creen que
hacen un gran esfuerzo por comunicarse con sus hijos pero que, con frecuencia, no es
correspondido (sólo el 43% afirma que "mi hijo siempre sabe escuchar") y tienen la
convicción de estar cediendo continuamente ante ellos, hasta el punto de que, en
muchos casos, se sienten prácticamente "sometidos" .

TIPOS DE COMUNICACIÓN ENTRE PADRES E HIJOS

La adolescencia se convierte en una "etapa de martirio para la relación" cuando nos


aferramos a "patrones nocivos", asegura el psicólogo Fernando Pineda, cuyo canal de
YouTube se dirige a orientar a padres en su labor educativa, pero "si lo reemplazamos
por una comunicación positiva, puede ser una etapa tan enriquecedora como
cualquier otra". Sí, como lo lee, y pese a los conflictos. O, mejor dicho, gracias a ellos.

"MUCHAS VECES LOS PROBLEMAS QUE TENEMOS CON NUESTROS HIJOS SON COSAS
QUE DEBEMOS TRABAJAR EN NOSOTROS"

Fernando Pineda, psicólogo

COMUNICACIÓN PRESENTE QUE CONDICIONA SU FUTURO

En la radiografía familiar que mostraba la FAD los progenitores señalaban que los
motivos más frecuentes de discusión en casa son los relativos a cuestiones de
organización y relaciones domésticas (colaboración en las tareas de casa, relación con
los hermanos, hora de levantarse de la cama, dinero), mientras que los adolescentes
se referían a conflictos por sus relaciones y comportamientos externos (estudios,
amistades, consumos de alcohol u otras drogas, sexo, horarios de llegar a casa...). Sea
por el motivo que sea discrepancias no faltarán pero cómo las afrontemos será
determinante para fortalecer la relación con los hijos o hacer ese muro más alto.
Los mensajes que escucha en casa conforman las voces que luego se dirá a sí mismo en
soledad y ese 'autodiálogo' marcará su forma de ver (y de verse), de sentir y de
afrontar el mundo como adulto y sus relaciones.
"Lo que los adolescentes hacen y dicen depende en buena medida de lo que nosotros
hacemos y decimos, así que en consecuencia, tenemos cierta capacidad de influencia
sobre ellos", explican los psicólogos Ernesto López Méndez y Miguel Costa Cabanillas
en el 'Manual de promoción de resiliencia infantil y adolescente' (Pirámide) De ahí la
importancia de ser conscientes del alcance de nuestras palabras y gestos y de mejorar
nuestra comunicación.

1. ESCUCHAR SIN JUICIOS NI EXPECTATIVAS

¿Por dónde empezamos a hablar? La respuesta nos la dará otra pregunta: "¿Quién
tiene el problema? Si es nuestro hijo quien necesita escucha y comprensión, tratemos
de dárselas a él primero antes de expresar nuestro punto de vista. De esta forma
evitaremos que se ponga a la defensiva y habrá más posibilidades de que se muestre
receptivo.
Pilar de la Torre propone "concebir al ser humano como un iceberg", con una parte
manifiesta que vemos y otra sumergida que "cobija un universo que desconocemos".
"Tenemos que saber que somos completamente ignorantes de la realidad que vive
nuestro hijo adolescente, que solo él sabe lo que le pasa de su piel para dentro",
recuerda.
Cuando su hijo se dirija a usted porque tiene que contarle algo trate de no posponerlo,
aunque tenga otras mil tareas de las que ocuparse. Ese es un tiempo de oro que no
puede desaprovechar y merecerá la pena invertirlo en escuchar, con resultados a corto
y a largo plazo en su relación. Las conversaciones más importantes suelen ser aquellas
que consideramos superfluas. Si nos ven receptivos cuando nos cuentan anécdotas de
su día a día, detalles de su serie favorita, curiosidades de clase, se acercarán a nosotros
con mayor confianza para hablarnos de sus problemas o nos prestarán más atención
cuando les hablemos de un tema que nos preocupe.
Para conocer su mundo interior hay que dejar fuera juicios y expectativas y acercarse a
ellos con una "hoja en blanco" con el fin de tratar de comprender exactamente lo que
quieren decir y la importancia que tiene para ellos lo que nos están contando. Es
deciraprender a escuchar. Éstas son algunas de las pautas que proponen en este
sentido López Méndez y Costa:

 Mirar con calidez, no críticamente.


 Mantener una distancia que le sea confortable y una postura relajada,
inclinándose hacia adelante ligeramente.
 Mostrar una expresión facial en consonancia con lo que nos están
comunicando.
 No hacer otras cosas mientras escuchamos
 Observar su conducta no verbal porque nos puede dar indicaciones de lo que
está sintiendo
 Respetar sus pausas y silencios
 No interrumpir
 No ofrecer soluciones antes de haber escuchado
 No juzgar
 Evitar hacer diagnósticos ("qué exagerado eres") ni leer el pensamiento ("ya sé
lo que me vas a decir")
 Utilizar frases que muestren interés: "Sí, te estoy escuchando, continúa"
 Comentar brevemente algo que ha dicho: "Qué interesante"
 Mostrar comprensión: "Veo que es importante para ti lo que me estás
diciendo"
 Si el menor se muestra agresivo o nos falta al respeto podríamos dejar de
escuchar pero es más efectivo para calmar la hostilidad esperar hasta el final y
decirle ¿"quieres añadir algo más?. Si me dices esto en este tono es una señal
de lo que te importa decirlo y por eso vamos a seguir hablando, pero también
te quiero decir cómo me he sentido yo al escuchar esas expresiones".
 Elegir el momento y el lugar oportunos. Si estamos ocupados o tratando un
asunto importante y no podemos atenderle, expresar nuestro pesar por no
poder hacerlo.
 Una vez que hemos escuchado a nuestro hijo/a es importante comprobar que
realmente le hemos entendido. Podemos asegurarnos de ello, repitiendo con
nuestras palabras lo que ha dicho. Esto ayuda a organizar la información y
centrar la conversación en el asunto que más interese resolver.

2. EMPATIZAR

El alma de la escucha es la empatía porque nos permite ponernos en el lugar de la otra


persona y comprender profundamente sus sentimientos y preocupaciones. Para que
su hijo perciba esta conexión...

 No niegue sus emociones ni las juzgue ("no tienes motivos para sentirse así")
sino aceptarlas.
 No le quite importancia con expresiones similares a ésta aunque sean bien
intencionadas: "No te preocupes, todo irá bien"
 Transmítale que capta lo que siente: "Te veo triste", "tienes la voz cansada",
"sólo tú sabes por lo que estás pasando".
 Si su hijo está compartiendo con usted sentimientos, evite ser racional y darle
una respuesta analítica porque le podría desconcertar
 Y no se esfuerce tanto buscando reconfortar a su hijo con palabras, a veces una
mirada o un abrazo le basta.

"Si tengo una actitud abierta hacia el adolescente, el adolescente se abre. Se siente
visto, aceptado, comprendido y reacciona en consecuencia. Cuando cambiamos
nosotros, cambia el otro. Es una ley universal , asegura De la Torre tras más de 20 años
de experiencia orientando a familias en la resolución de conflictos.

3. PREGUNTE MÁS Y ACONSEJE MENOS

Cuando un adulto se dirige a un menor suele caer en errores que se repiten con
frecuencia: no escuchar ni comprender en profundidad, no valorar, aconsejar, buscar
siempre soluciones, creer que tiene la razón, que su forma de enfocar las cosas es la
buena y forzarles con la mejor de las intenciones para que sigan un camino
determinado sin dejarles un espacio real de elegir.
Cuando tenga a su hijo cerca y vaya a comenzar una conversación recuerde esta
palabra, "validar", que se conjuga como "respetar" y "aceptar". Y de eso se trata, de
transmitirle que él o ella son seres únicos y diferentes, que su opinión es importante,
que sus reacciones son comprensibles..."Me importa mucho tu opinión", "no es nada
fácil la situación que estás viviendo, me admira cómo lo estás llevando"; "para ti es
muy sensato lo que dices, aunque a los demás no les parezca así" frente a frases que
descalifican como "eso no tiene ni pies ni cabeza" o "pero cómo se te ha ocurrido algo
así".
Validamos cuando subrayamos sus fortalezas y capacidades, cuando mostramos
interés por sus objetivos, necesidades o puntos de vista, incorporamos sus sugerencias
y los involucrarmos en la búsqueda de soluciones. Para lograrlo, incorpore por norma
a sus charlas el hábito de preguntarles "¿cuál es tu opinión?" o ¿tú qué harías
"A menudo pensamos que la función educativa consiste en transmitir información útil,
dar pautas de conducta, hacer sugerencias o advertencias y seguramente no nos falte
razón, pero también es cierto que a menudo no sabemos cómo acertar. En esa
situación no dudemos en preguntar -sin someterles a un interrogatorio- ya sea para
clarificar algo que no alcanzamos a comprender o indagar si necesitan ayuda o saber
cómo se encuentran", subrayan.
El problema lo sufren ellos y de ahí que puedan definirlo mejor y ofrecer alternativas.
El encontrar una solución por sí mismo reforzará su confianza, no se lance antes de
tiempo a ofrecerles una salida. Empoderarles supone facilitarles experiencias de
poder y control sobre su propia vida, tener en consideración sus sugerencias,
proponerles tareas que son capaces de superar y no ahorrarles responsabilidades ni las
consecuencias de sus decisiones.

4. SI NO QUIERE HABLAR, NO INSISTA

Ese niño que se desvivía por contarnos sus proezas o descubrimientos buscando
nuestra atención y casi desgastaba la palabra papá o mamá de tanto llamarnos, ahora,
de adolescente, nos contesta con monosílabos que suenan a punto y final en la
conversación. Queremos saber de ellos, interesarnos por su día a día, pero a menudo
no obtenemos la respuesta que deseamos.
Ese silencio puede desconcertar o incluso resultar irritante cuando se da un portazo a
las buenas intenciones de los padres con un "a ti que te importa o déjame en paz". Si
un adolescente dice eso es porque piensa que se le va a prohibir algo o que no se le va
a entender. "Implícitamente les llega juicio por nuestra parte, temor que le vayamos a
dar la charla o a criticar. Quiere que le escuches de verdad", explica Pilar de la Torre.
"Queremos que nos cuenten cosas en un momento determinado pero ellos eligen el
momento", recuerda a los padres. En lugar de sentirnos agredidos podemos "
empatizar con su necesidad legítima de privacidad y respetarla". Cuanto menos les
exigimos que cuenten, más van a contar. Y a la inversa.

5. PIDA COSAS CONCRETAS

¿Usted es de los padres o madres que repiten a diario lo mismo hasta la saciedad? Si la
respuesta es afirmativa, su comunicación, no le revelo nada, es poco efectiva."Si no
nos funcionó las primeras dos mil veces...¿qué nos hace creer que las 2001 será
diferente?,
El psicólogo estadounidense Marshall Rosenberg advierte de que "con más de 40
palabras el otro empieza a desconectar, la palabra 41 ya sobra". En general, la palabra
número 41 es justificación y aunque vaya con buena intención interfiere en la
comunicación. Así que cuidado con hablar demasiado: el exceso de palabras nos aleja
del otro.
La petición de cambio que formule tiene que referirse a una acción "concreta,
realizable, evaluable, en positivo, aquí y ahora", recomienda Pilar de la Torre . Por
ejemplo: en lugar de asomarnos a su habitación y decirle (por enésima vez)..."¿podrías
ser más ordenado?", le diríamos "¿podrías meter tus zapatillas en el armario y la ropa
sucia en su cesta? " o si queremos que nos muestre algo de ternura sustituir ese
"puedes ser más cariñoso" (donde hay juicio por nuestra parte) por "sería posible para
ti darme un abrazo?" (que evitamos porque nos exponemos más y nos sentimos más
vulnerables). Eso sí, si no nos lo dan, sus razones tendrán para no darnos. "Con estas
dos condiciones, aceptar un no y estar abierto a negociar nos aseguramos de no estar
exigiendo", explica.
Si tienen discrepancias en algún asunto, trate de destacar primero los aspectos en los
que sí está de acuerdo (que los hay) y esto puede incluir, también, el reconocimiento
de sus propios errores.

6. ¿POR QUÉ ME SIENTO ATACADO?

Los desencuentros durante la convivencia no solo ponen sobre la mesa familiar las
discrepancias sobre un asunto o una conducta determinada del menor, también dejan
en evidencia los conflictos de los adultos. La pubertad es un espejo en el que se
reflejan los miedos, las inseguridades y los asuntos internos no resueltos de los
padres. Y de ahí que en esta etapa convulsa, el crecimiento personal se extienda a
toda la familia si se sabe aprovechar la oportunidad. "Muchas veces los problemas
que tenemos con ellos son cosas que debemos trabajar en nosotros. Si nos hace falta
ser menos rígidos, darnos a respetar más, ser más asertivos...", recuerda Fernando
Pineda.
Ante una discusión, el paso inicial para mejorar nuestras relaciones sería mirar hacia
dentro sin buscar culpables y preguntarse ¿qué es lo que me lleva a reaccionar mal
cuando me llevan la contraria? ¿por qué vivo como un ataque personal que se me
cuestione? , ¿que mi hijo se aísle en su habitación es realmente un desprecio hacia
mí?, cuando da un portazo, ¿de qué quiere alejarse realmente?...
"Cuidar de la relación requiere una condición imprescindible: pasar un tiempo con lo
que estamos viviendo en esa situación como padre o madre. Estar en contacto con
nuestros sentimientos y gestionar nuestra vida para cuidar de esas necesidades sin
cargárselas a nuestros hijos. Requiere tiempo, pararse y mirarse interiormente",
explica De la Torre, autora de Fundamentos y prácticas de Comunicación No Violenta
(Arpa, 2018).
El camino de la comunicación no violenta comienza por identificar (y eliminar) los
juicios ("me ha faltado al respeto") y/o exigencias ("me tienes que hacer caso"),
examinar los hechos concretos ("ha llegado a las seis de la mañana"), aceptar los
sentimientos que nos genera esa situación ("enfado, miedo, impotencia") y atender
nuestras propias necesidades (" tranquilidad, confianza") liberando al otro de la
obligación de cubrirlas. Si no nos damos a nosotros mismos reconocimiento,
valoración, respeto, agradecimiento se lo exigiremos a los demás.
Una vez que me haya hecho cargo de lo que ocurre en mi interior, puedo planear un
plan de acción ("llegar a un acuerdo flexible con los horarios") que tenga en cuenta en
cada situación mis necesidades y las de mi hijo. "Comprenderle y dialogar es la mejor
manera de considerarme yo a mí mismo y de favorecer que haya una mayor
cercanía", subraya.

7. NO ESPERAR A PONER LÍMITES CUANDO ESTAMOS HARTOS

Las 'batallas' en casa por la reafirmación personal y el egocentrismo que marcan la


adolescencia suelen poner a prueba la paciencia de los padres Comunicarse sin
violencia no supone decir a todo que 'sí' para evitar problemas sino decir que 'no' con
respeto, imponer límites firmes pero cálidos y no esperar a hacerlo cuando es
demasiado tarde, estamos hartos y es nuestro último recurso.
Solemos utilizar, erróneamente, lo que Pilar de la Torre califica la "pata de
elefante". Expresiones del tipo "porque lo digo yo", "esto es así", "porque sí",
"basta" o "no se discute" dejan sin espacio al otro, sin posibilidades de manifestar su
postura ni de recibir explicación alguna, lo que, en consecuencia, aumenta la sensación
de impotencia y la resistencia. Las exigencias, reproches o amenazas son obstáculos en
ese camino al acercamiento, aunque la intención, la de cuidar, sea buena.
Hay un juego de palabras en francés al que recurre Pilar de la Torre para saber cómo
reconocer la "comunicación violenta": "Le tu qui tue" (el tú que mata): "A ti lo que te
pasa es que, tú lo que tendrías que hacer, tú has dicho que...". Este 'tú' es recibido
como un ataque y hace que nuestro hijo se ponga a la defensiva y se cierre a
escucharnos.
"Queremos solucionar muchas cosas a base de límites, es la herramienta estrella en la
educación de los hijos y nos complica la vida enormemente", subraya Pilar de la Torre.
A su juicio, solo se debe "tirar" de los límites en dos ocasiones: cuando es claramente
necesario para nosotros sin dejarnos influir por condicionamientos sociales y cuando
estemos seguros de que por la vía del diálogo, de la negociación y del cuidado mutuo
no se ha podido reconducir la situación. Y si lo hacemos, es fundamental empatizar con
nuestro hijo y aceptar la frustración que aparezca.

8. A MAYOR ATAQUE, MAYOR HA DE SER LA EMPATÍA

Cuando hay dificultades graves en una relación de amistad o de pareja, el


distanciamiento o incluso la ruptura pueden ser inevitables. Con un hijo no. Esa lejanía
resulta insoportable. Tanto, sin embargo, como convivir sumidos en un conflicto
constante. Y hay familias que viven de portazo en portazo sin encontrar un lugar de
encuentro para el diálogo.
"Las conductas más extremas, que nuestros hijos nos hablen mal o dejen de
hablarnos, no pueden venir de otro lugar que del dolor", advierte Pilar de la Torre. Y
cuanto mayor es el sufrimiento, mayor es el ataque y mayor ha de ser la empatía hacia
ellos.
Si los gritos, insultos, faltas de respeto o la desobediencia son reprimidos con
prohibiciones, castigos o amenazas los adolescentes van a sentir una necesidad aún
mayor de comprensión y al no obtenerla se puede agravar la conducta que se
pretende modificar. La tarea, que requiere tiempo, supone un esfuerzo por dejar de
focalizar en ese mal comportamiento para ver al menor desde una perspectiva más
amplia, en todas sus facetas como ser humano, y descubrir qué herida tiene abierta y
por qué le hace rebelarse de esa manera. Y para ello hay que mirar el dolor de frente,
el de nuestro hijo y el nuestro, y estar dispuestos a escuchar sin paliativos para
entender qué necesita.
"No es fácil porque cuando vemos a nuestros hijos teniendo conductas dañinas nos da
miedo como padres pero ojo con cómo gestionamos ese miedo", subraya.
Ese 'te odio' que nos lanza nuestro hijo y que nos atraviesa el alma es un reclamo
trágico de cuidado, afecto, comprensión y apoyo. Y eso no lo ofrece "el castigo, el
límite ni las prohibiciones", argumenta Pilar de la Torre, y sí la es la escucha, diálogo, la
empatía y verles más allá de una conducta concreta.

9. NO RENEGAR DEL DOLOR

El dolor de los hijos es como una onda expansiva que golpea a los padres. Y para
levantarse con más fuerza hay que sentir de lleno esa sacudida y no tratar de escapar.
"Hay que pasar de decir "no" al sufrimiento porque molesta, a decirle sí porque me
proporciona información valiosísima sobre mí mismo para poder vivir con plenitud. Es
como la sensación de hambre, nos indica que estamos necesitando algo. Si no siento
hambre no me daré cuenta de que necesito comer", explica De la Torre.
Una de las mayores fuentes de angustia para un padre o una madre es tener una mala
relación con su hijo o hija y llegar a sentir incluso que son "enemigos". A la tensión de
la convivencia se suma el miedo a no saber encontrar soluciones, la sensación de
fracaso o el sentimiento de culpa .
En el informe de la FAD al que hacíamos anteriormente referencia, se pone de
manifiesto que "durante largos periodos del desarrollo adolescente, los padres sienten
que entregan afecto y cariño de forma unidireccional y que no obtienen
reconocimiento por parte de sus hijos" lo que provoca una enorme insatisfacción, más
aún en las familias en las que las que el clima familiar es malo.
Para salir de esa espiral de juicios, reproches y autorreproches, hay que tomar
distancia y analizar los hechos sin juicios, detectar los sentimientos y necesidades de
ambos y actuar en función de ellas liberándose del pensamiento de que "esto debería
ser de otra manera o esta persona debería comportarse de otra forma" que nos
mantienen anclados a una situación de conflicto.
La confianza, aunque esté mermada, se puede recuperar si los adolescentes se sienten
realmente escuchados, comprendidos, aceptados como personas hagan lo que hagan
aunque no estemos de acuerdo con sus actos.
Si no nos gusta la respuesta que le da su hijo, fíjese en cómo se ha comunicado usted
previamente y trate de ver el punto de vista del menor y no sólo la intención que tenía
al expresarse. Si nos dice "me sigue tratando como un niño" quizás es que previamente
lo que ha escuchado es a modo de reproche "cuando madures te darás cuenta".

10. QUE LE COMPENSE HABLAR CON SUS PADRES


Haga que le valga la pena a su hijo hablar con usted. Si obtiene una "recompensa" de
una conversación (siente que ha sido escuchados, ha influido, encuentra una solución
a sus problemas o alivio a su rabia o pena) seguirá contándole confidencias y
preocupaciones.
"Disfrute de sus hijos con sus fortalezas y debilidades, con las cosas que estemos de
acuerdo y con las que no. Ese es el verdadero amor, el que acepta, no el que
controla. No pierda el poco tiempo que tiene enfocándose en lo malo"...porque
mientras lo hace, crecen.

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