Las Sombras
Las Sombras
EN CONTRASTE, LOS SERES VIVOS SON LOS QUE TERMINARIAN POR MATARSE UNOS A OTROS
GRACIAS A LA INTERVECION DE LA CASA, NO PORQUE LA CASA TOME ARMAS Y LOS HIERAN O
QUE MUEVAN COSAS, MUCHO MENOS LE LAVEN EL CEREBRO A LA GENTE PARA QUE PASE,
TAN SOLO ES INFUNDIENDOLES MIEDO PURO Y DURO.
Fértiles son los sueños sobre los que los niños nacen, para dar fruto de iridiscentes formas.
Echa un vistazo a lo que el mundo ofrece, que en su sabiduría inherente asciende su dominio
vistiéndolo de níveos mantos sobre la cúspide de su ideal. Arroyos derraman delicadeza y
esplendor, elevando los deseos ante los ojos diurno y nocturno. Poblada es de bestias que
transita su rostro, marcando la impronta de lo que ella ha otorgado.
Cuan cruel puede ser el destino que hunde la daga donde más duele, y arrebata lo más valioso
para dar lecciones de misterio latente. Sin explicación y escasa de lógica, lo que antecede un
porvenir notorio y de felicidad innegable, resultó en tragedia que no debió ser.
De un tercer milagro emerge una sorpresa, con la máscara del padre su hijo se muestra. La vida
brota de la familia entera y el cielo se encapota para dar bautismo a la criatura.
Los 2 primeros eran excepcionales, más el tercero era una luz entre los demás, tanto por su
juventud como su animosa personalidad.
El enorme castillo, como una torre que se elevaba al cielo, perdiéndose de vista mientras se
ascendía la mirada, ya era más que noticia en la televisión y otros medios de comunicación
aunque, en menor medida que los presentes desastres naturales, e incluso, los provocados por
seres que se decían eran mitos de otras épocas y civilizaciones; sin embargo, todo comenzó a
cambiar cuando el cielo, que era custodiado por el astro solar y aportaba visión a los
desdichados hombres en la tierra de lo que allí acontecía, fue obnubilado por una repentina
acumulación de nubes. Pronto, esta extraña formación nubosa se hizo más amplia, más densa,
abarcando toda la bóveda celeste, arrebatándole poderío al sol y con ello, dejó a oscuras al
mundo a excepción de las innumerables descargas eléctricas, incendios u otros fenómenos
ocasionales.
En la majestuosa costa de Méjico, la torre se mantenía como recordatorio en forma de un pilar
que reflejaba las ahora tenues luces de los cúmulos luminosos que se encontraban en tierra,
una estructura que reflejaba la desesperación y la desdicha de los humanos quienes, en un
intento por derrumbar la estructura, enviaban decenas de buques de ataque para demolerlo,
no solo sin éxito, sino también que, a razón de la aparición de otros guerreros que atacaban a
las fuerzas militares, eran destruidas, como otra señal que indicaba el poderío de aquellos
habitantes de la torre de cristal.
De pronto, un estruendo se percibió desde el mismo interior del gran pilar cristalino, y,
posteriormente, una explosión aconteció a cierta altura de la torre, donde un par de seres
emergieron sorpresivamente, tomando la forma de hombres, a pesar de que el tamaño de uno
de los dos era demasiado grande.
Tinieblas. La nigérrima visión de una absoluta nada. Lejos del polvo y la vacuidad inherente en
aquel salón de quietud imperturbable, descansaba en un extremo, un milagro proveniente de
ningún lugar, un artefacto de ornamentos tan finos como la cualidad misma de aquella joya en
su centro.
Un estruendo resonó en aquella nada, alejando el silencio perenne del habitáculo, resonando
con un eco casi inacabable.
Un ruido estremecedor arrancó la poca calma ganada de hace un rato, ahora, haciendo
temblar la estructura del área en cuestión. Un golpe, un impacto, un estallido, una explosión,
de la cual, en últimas, despedazó lo que parecía un portalón de antigua, pero, sólida madera,
de un grosor considerable, con grabados en la parte posterior de ésta, que asemejaban un
gran escudo de armas.
Murmullos, como un ligero rumor, llenaron el aire que era acompañado por motas de polvo
danzantes, flotando en el aire tras el impacto de los restos de las grandes puertas sobre el
suelo. A continuación, el sonido de pasos aportó algo nuevo al ruido que se colaba de los
extraños, y que poco a poco, se hacían espacio en el interior del lugar.
Lentamente, las antorchas irradiaban su luz hacia la nada, descubriendo un techo abovedado
bellamente decorado por un relieve en colores, semejante a una isla cubierta de árboles, ríos,
casas, pirámides y, por supuesto, una estructura alargada como una torre, más parecido a una
fortaleza, que se encontraba entre las faldas de una montaña y un poblado, separados por un
camino entre un bosque, sin embargo, y lo más destacado, era la parte superior de la torre.
- ¡Aquí está! – dijo uno de los individuos, sosteniendo una de las antorchas, a su vez que
observaba con sorpresa una caja, la cual, emitía una sensación extrañamente
atrayente.
- ¿Es esa? – dijo otro, dando 2 pasos apresurados, tan solo para detenerse ante la hoja
de una espada sobre su pecho, nada más para pararle.
- Cuidado, no sabemos que hay más adelante – dijo el de la espada, un grandullón con
armadura que observaba con desconfianza a la caja.
- ¡Fascinante! – dijo una mujer que buscaba iluminar el tallado del techo y las
características de la imagen – Esto, se puede decir, es un mapa completo de la isla de
Kantos, su distribución, construcciones y la apariencia en sí del lugar hace más de 8
siglos.
- Nemea… - llamó uno, que buscaba la pared con sus manos, carente de una antorcha
para poder vislumbrar la proximidad.
- ¡Que nadie se mueva! – dijo el de las espada, impacientándose ante lo que hacía el
sujeto sin antorcha.
- Pe… pero…
- Dije… ¡Nadie, se, mueva! – inquirió el hombre, en tono enojado.
Nemea, ya más relajada, siguió contemplando el fino grabado del techo, notando entonces
que en los límites de la enorme imagen, se hallaba una especie de escritura tallada con lo que
parecía ser oro. Siguiendo su curiosidad, se quedó observando en silencio lo que mostraba.
Entre tanto, el primero en hablar se acercó hasta la caja, observando que ella era de un
aspecto exquisito, de oro lustroso e incrustaciones de
De alegrías viste mi rostro aún y cuando el peligro acecha, más el temor se ha alejado de mi
sombra ya que, de estratagema he velado la fuente y con ello, mi vida se prolonga largamente.
Hoy es como esos días, apunto de dar el salto, con miradas soliviantadas y acuciantes, llenas
de una esperanza que sería tan vacía como en las anteriores ocasiones. Si tan sólo supieran.
Una mano buscó en la cara interna de mi antebrazo, palpando para hallar la corriente que
pulsaba bajo la piel, a lo cual, acercó una aguja y con ello, dije:
Justo cuando estuvo por insertar el frío metal en mis venas, se detuvo en seco, mirando mi
rostro sonriente, mientras hacia una mueca de satisfacción.
- ¿Es eso cierto? – dijo uno desde un intercomunicador, con la voz dubitativa, más
salpicada de hastío ante la posibilidad.
- Señor, usted bien sabe que no acuerdo con falsedades. Omitir puede ser una cosa,
pero, declarar falsa iniquidad no es propio de un ser inocente – respondí
tranquilamente.
- ¿Inocencia? ¡Si usted es inocente, yo soy Alibabá!
- Pues, tenga cuidado con los 40 ladrones, porque usted no es mejor que yo, se lo puedo
asegurar – declaré, casi como una risa.
Recuerdo cuando todo comenzó. Estaba recluido en mis aposentos, sentado y a la espera, con
mi caja de recuerdos abierta, 35 piezas en total.
Antes de eso, una canica, traslucido como el agua pura, excepto por una finas líneas turquesa,
entregada de mano de un hermoso niño de 5 años que recibió mi respuesta sobre su padre:
Julian, a quien vio por última vez a su padre, a quien vio por última vez una noche en que
estaba ebrio y le propinó una paliza a tan maravillosa criatura. Su sonrisa no tuvo final, incluso
cuando me marchaba de su casa.
Seguía mirando y vi una mancuerna, de argénteo matiz, que alguna vez perteneció a la camisa
de William, un chico con sobrepeso que, luego de hacer su primera inversión exitosa, se volvió
corredor de bolsa de Wall Street, bajando de peso y ganando cantidades de dinero. Antes de
ser rico, fue uno de los que me golpeaba gracias a Gertrude. Al principio lo hacía por encanto,
sin embargo, luego lo hizo por placer. No fue diferente una vez creció.
En esta tierra de remembranzas y asuetos del presente, una ilusión perenne era cuanta
felicidad profería el respirar ausente de vuestra persona, no obstante, aun a costa de
desconoceros, erais el profundo anhelo que palpitaba en esta pobre máquina. ¡Pobre! Por
precisamente desconoceros, ansiando la dicha de vuestra sonrisa en la encumbrada tundra de
mi distante pasado.
Hoy os doy manifiesto, que tras haberos conocido, he concertado a los espíritus de la
perseverancia y el arrojo, al darme apoyo y firme consejo, de proponeros la guerra.
Sí, como habéis leído, LA GUERRA. No por ofensa vuestra, ni mucho menos por odiaros, sino
por todo lo contrario.
Ésta es, sin duda alguna, la batalla más trágica y maravillosa que he de librar, ya que es por la
mayor y más noble de las causas: El amor.
Os aclaro esta aseveración: Cierta es la naturaleza de este noble corazón que, además de dar
vida en cada rítmico movimiento, es hogar de llameante sentimiento, una flama que crepita
por el aliento infundado por vuestra irresistible voz, y que brilla a veces en vano, eclipsado por
el destello de vuestra mirada; aunque, he de confesaros que en realidad, usted si ha cometido
crimen en mi contra, y eso es, por supuesto, el causarme un vacío en el pecho tras el hurto de
este órgano que permanece bajo su poder. No tengo dudas, más tampoco las tengo de que
seré el vencedor de esta encarnizada batalla.
Y de seguro os preguntareis “¿Y cómo ostenta este hombre, a inferir que puede ganar esta
gran batalla, siendo que de armas ha de carecer?” Pues, noble doncella, no solo las tengo, sino
que también le advierto, tenga usted las vuestras, porque de verdad os digo que la luna ha de
robar dominio al astro solar cuando abrume con verdades a vuestra alma, por ahora, distante
de mi querer, más también, objetivo de mis amores.
Doy certeza que, aún ahora, la mente cuestiona por las pruebas que den solidez a tales
premisas. Respuesta os doy, su ilustrísima majestad, que en vuestro ser vive un artista y un
amante de las luces del ser, que gusta de observar absorta el arte de los grandes maestros, y
por misma causa practica el poder de la expresión plástica, con el fin de exponer lo oculto de
su propia esencia en un críptico paisaje de formas, trazos y matices, tan solo para destilar al
hombre de la bestia, para decantar al necio del erudito, para encontrar al santo entre los
corruptos y ver a los suyos entre toda la vid de la tierra.
Es usted un libro, que bien no ha sido fácil de descifrar. Un lenguaje ininteligible para los
mortales, y, a su vez, un canto divino para el santo en gloria, ya que, vuestra es la virtud de la
sensualidad, lo sutil, lo hermoso, una femenina llave de amor e inteligencia, no siendo menos
que un genio, ni su persona infravalorado ante una deidad.
En su mano esconde la gratitud, por lo que ofrece sin pago su cariño a quien le necesite, y en la
otra se esconde la voluntad de los cielos, vastos como los confines del espacio, a ser la plena
luz en el horizonte a quien viaja en el camino del sufrimiento y el sol le aporta la calidez para
seguir adelante.
Así os contemplo, día con día, que como las masas eólicas atrapan en su mano el calor en el
crepúsculo, para llamar al céfiro y que este domine en la noche estrellada, así os observo cada
que puedo, grabando cada toque, cada gesto, cada paso de su andar, pues, fascinación y
magnificencia subyacen en su faz, y no es menos en su forma de actuar.
Reitero a usted mi inquebrantable decisión, de que os declaro la guerra sin cuartel, tanto por
fulgente pulso que atraviesa mi tórax por la ausencia de su merced, como para arrebataros de
igual manera lo que usted me ha robado, manteniendo justicia en esta batalla y buscando
someteros sin heridas ni dolores; eso sí… ¡Resistíos!
Resistíos para que la lucha sea mucho más interesante, siendo así como la llama que crece y se
hace luz en las tinieblas, una hoguera que se alimenta más y más con el estira y encoge del
cortejo, haciendo más atrayente, más emocionante y más duradero su poder sobre este
ingenio, que buscará una y todas las formas para tomaros como botín de una fructífera
conquista.
Os dejo, el deber llama, los preparativos aguardan y la mesa está puesta. No olvide éstas
palabras: Al final de esta guerra, mis fuerzas serán suyas, pero, mío será su afecto, bien ganado
y orgulloso de ello.
Muy suyo,
El Príncipe Áureo.
Habitantes de las tinieblas, nocturnos escapistas, agazapados familiares, entre la herrumbre y
la tristeza anidan. Bajo el velo de la bóveda nigérrima y las luminarias, ocultos de las visiones y
los reproches, un grupo insertó una falsa llave, una herramienta, un acceso forzoso a lo que
una vez fue, un hogar entre penumbras.
El polvo asentado en las pocas sillas, el eco entre cada estructura ocupada, la momentánea
sensación de vacuidad inherente, todo era evidencia del tiempo sin presencia viva.
Los miembros de la cofradía, una familia de exiliados de su tierra, sin reproches, aunque con
extraña renuencia, aceptó la austera y hasta inexistente bienvenida a ésta, su nueva casa;
lugar que planificaron invadir en un tiempo dado, a sabiendas de los extraños relatos que
corrían como aguas en los ríos.
Y allí se dispersaron, buscando un terreno propio donde la duda o la certeza fuera solo suya,
un sitio donde el mundo no era más que uno mismo, declarando patria propia y lugar de
descanso.
Pasaron esa noche sin remordimientos ni penas, solo un céfiro perenne que les acompañaba
en esa silenciosa morada, muy a pesar de lo cálido del tiempo, de lo cerrado de la instalación,
de la ausencia de electricidad para electrodoméstico alguno.
En días subsecuentes, los nuevos inquilinos fueron vistos salir y entrar, aunque la importancia
escaseaba en los alrededores, ya que toda persona que vivía rodeando esa casa, sabía que
nunca debía ser visitada, sobre todo por los rumores de extraños acontecimientos que se dicen
suscitaron en esa residencia, misma en la que persistían, tanto los lugareños como alguna que
otra autoridad local, que permaneciere deshabitada. Adicionalmente, los vecinos, debido a la
estirpe indígena de los recién llegados, se abstuvieron de advertirles. Una reacción natural por
el rechazo a una etnia, una consecuencia del miedo a lo desconocido o a la misma imaginación
hiperactiva.
La familia, como hormigas, movió e ingresó una variedad de cosas, objetos de la cotidianidad
que facilitaba el existir, y a veces, el pernoctar u holgazanear: Ventiladores, bombonas,
televisores, cocina, todo cuanto pudieron adquirir, tanto en forma de obsequio de otros, como
también, de tesoro dejado por alguien que deja atrás su pasado. Así fue llenándose de
algarabía, de ruido, de vida, buscando una forma de sentar las bases de una nueva estancia,
comparado a estar vagando sobre la tierra en busca del alimento del día.
Tras alguna luna creciente, los miembros estaban ya instalados: Un niño, una joven y dos
muchachos, así como una mujer con niño en brazos, y sin ánimo de dejar atrás, un hombre en
su mediana edad, era quien había dado apertura a la vivienda, tras lo cual y con orgullo,
amoldaba la casa a su parecer, tanto en su afán por minar su vida en la humareda del cigarrillo,
como de contrariar las leyes, siendo ésta su tercera vez, al infiltrarse en aquel espacio.
Aunque fuere un corto lapso, el contrabando al poste logró la premisa, ya que las luces
robaron potestad a la oscuridad perenne, así como a la quietud se le irrumpe con el rumor de
los artefactos. No era menos que la incidencia del hombre al adaptar el entorno, en vez de ser
al revés, como lo hacía el resto de la naturaleza.
Sin embargo, en una tarde, fueron objeto de un acuerdo entre altos mandos; decisiones que ni
ellos ni nadie común podía refutar, en el que el flujo eléctrico se les fue quebrantado, más no
de manera particular, sino como un proceso de racionamiento preestablecido, una vía inútil y
déspota de controlar el gasto o carga de energía usada, aunque, con el tratado oculto del
control poblacional.
Fue así como formaron parte del cuerpo del vecindario, un grupo abyecto de pueblo
infravalorado, donde todos recibían el mismo trato, aunque ellos no eran, sino, recién llegados
de quien sabe dónde, a pesar de la inicial indiferencia.
Fue así como el tiempo fue rompiendo barreras, aplacando resentimientos, infundiendo valor
a la existencia de aquella cofradía de individuos con un origen étnico distinto al del resto, pese
a que la naturaleza de su forma de vida contrastaba con la de los lugareños.
Poco fue el efecto, muy a pesar de la inquietud, dada las previas acciones y desmotivaciones
de la gestión gubernamental sobre la población en general, sin embargo, todo cambió cuando
el día se hizo noche, y la noche, se hizo un día siguiente.
Aún sin la preciada fuente de energía presente, los habitantes presentaron nerviosismo e
indignación, donde la comida perecedera era lo primero en mermar. Para suerte o infortunio
de algunos, el tener un medio para calentar alimentos resultó en una gran ayuda o en un grave
dilema. El desenvolvimiento del clima era, sin lugar a dudas, la atroz realidad a enfrentar para
cada miembro de aquella comunidad, dado que, la incidencia ininterrumpida del astro sol
hacía más dificultosa la permanencia estable de los individuos de cada hogar.
En un principio, para la familia de seis que recién se habían injertado en esa sociedad, no
resultó muy diferente de los episodios vividos entre el duro suelo y el inclemente ambiente, a
veces violento y en otras, más gentil que de costumbre, aunque, siempre dejando una
impronta en la mente y el corazón de quien ha estado en esa etapa: “La vida sin un techo es
difícil”. Ahora, la plenitud se arraigó en los miembros que buscaron algo diferente, un cambio a
mejor, para ya no padecer en el cruel mundo que habían dejado atrás, sin embargo, ahora y
con el transcurso de las horas, e incluso, días, las memorias persecutoras les hicieron mella en
la ahora frágil estabilidad.
No pasó mucho tiempo en la comunidad, cuando se suscitaron los primeros saqueos. Desde el
principio y a pesar de la acción de los entes competentes para solventar el inconveniente
eléctrico en curso, la ausente de una positiva respuesta en lo que concierne al
restablecimiento del servicio, la falta de un medio de contingencia tanto para los regulares
habitantes, como para los individuos que formaban parte del sector comercio, desembocó en
un descontento que desestabilizó tanto la moral ciudadana, como los estribos de la gente,
causando las revueltas a los negocios.
Tales fueron los disturbios en los grandes y pequeños establecimientos que, en un inicio, dada
la orden por el mandatario regional de turno, “Obligaron” a los cuerpos de seguridad a que
permitieran a las personas el extraer los bienes comestibles para subsanar el malestar general;
no obstante, esto cambió una vez que las personas comenzaron a sustraer artículos diversos
que nada tenía que ver con alimentación, irrumpiendo también en establecimientos bancarios,
de moda, ferreterías y otras más.
Todo ese evento sólo facilitó a ese grupo de personas el acceso y la extracción de alimentos,
herramientas y productos diversos, con el fin postrero de hacer negocios en ventas de estos.
El espacio en la casa se redujo considerablemente, así como también, la calma entre los
individuos, excepto el “jefe” del lugar, el cual estaba extasiado por las nuevas pertenencias
adquiridas. El conjunto de artículos era la vía de lucro con la cual el “Cabeza de familia” pensó
apenas tomó el primero de los varios bienes que, junto a muchos otros bajo condición de
necesidad, saqueó en la desesperación por no padecer. El hambre en la familia es el infortunio
de la sociedad, dado que, por mucho que éste fuere un evento deplorable para una situación
promedio, para las circunstancias de aquel entonces, ninguno de los vecinos o personas que
les tratasen les pareció fuera de lugar o reprobable, más bien, fue al contrario.
No hubo vacilación, ni vergüenza, mucho menos remordimiento, sólo fue un banal deseo de
ganar dinero, aún a costa de dañar a otros; ello sólo aumentaría las dimensiones del pozo de
karma que, no solo al mayor culpable de estos, sino a todos quienes se involucraron directa o
indirectamente,
Aquí viene…
Solo trae su propio nombre y el final del ciclo que uno en principio decide.
¿Y si os dijera que aún en la vigilia, pese a estar sumido en el sueño de la vida, ésta ha de
venir?
¿Y si os contara que, entre el delirio y el ingenio, la única verdad es que todo ha de dar inicio,
así como también, esta nunca rehúsa el devenir del final?
¿Y si plasmara una nota al pie página en todo libro, en el que el hombre escribe su propia
historia, el vaticinio del destino indeleble de todo ciclo en su jornada?
Aunque las palabras evoquen temblores, dubitativos ante tales inferencias, no llenéis de
escalofríos vuestras espaldas, que aunque lo inevitable aconteciere, no habría temor alguno.
En verdad, no temáis por el delicado beso, pues, éste solo es un paso, un instante de dejar ir.
Está, a quien respire vendrá, más no será para arrebataros la forma, sino para devolveros la
esencia de quienes fuisteis, ahora más nutridos en el camino al decir: “Adiós”.
Libre en su vida el lóbrego otoño,
Le veía desde el umbral de la habitación, entre la luz que emitía una bombilla ubicada en el
techo del pasilla tras de sí y la entretejida pradera de muebles, cajas, figurillas de cerámica y
una plétora de objetos varios que parecían estar siendo embaladas para una posterior
mudanza, siendo muy normal para una pareja que estaba por trasladarse a una nueva vida en
una ciudad diferente gracias a un trabajo de mayor remuneración recién adquirido.
Estaba congelada.
Parecía de piedra al ver como el cuerpo bocabajo, anteriormente una mujer vivaz, sonriente,
amorosa, en fin, de afable carácter, yacía en el frío suelo de la habitación, con el rostro
apagado, su mirada perdida, su aliento ausente y su sangre cambiando el matiz ocre de la
madera por un carmesí denso, creciente, marcando los diferentes artículos que estaban
desperdigados alrededor de ella, denotando que se encontraba recogiendo y empacando
cosas al momento de que ésta quedara inerte en el suelo, presa de un fatídico final.
Le observó largamente, sin saber qué hacer en el momento. No podía articular palabra ya que
sus pensamientos se perdían en el miedo y el asombro entremezclados. No era posible tal
evento. Eso no podía ser.
“¡Estaba allí, allí mismo!” Inquirió para sus adentros, suponiendo un absurdo que no tenía
forma de crear un escenario por demás, lóbrego y nefasto.
Un sutil gemido salió de los labios de ella, arrancado dominio al silencio, rompiendo el encanto
del asombro, resolviendo la verdad de lo que ahí permanecía: Había muerto. No había nada
que se pudiere hacer. No había más que dejar todo atrás.
Fue allí cuando apareció un hombre, agitado en su respirar y asombrado por lo que encontró:
Una sola persona en la habitación, inerte, herida, arrebatada su vida por un impacto en el
cráneo que la condenó a fallecer.
El hombre revisó la cabeza de la mujer: Una figura de cerámica le rompió la cabeza. Miró
alrededor, y veía muchas en el suelo, repartidos aleatoriamente por doquier. Luego, sacó una
navaja y buscando a los pies del cadáver, encontró un alambre muy fino, casi invisible.
- Increíble… Funcionó…
“LA DESPEDIDA”
Por: Efraín Ramos
El temor del joven no se hizo esperar, mas, el resto de los hermanos, niños y niñas por igual,
siendo una media docena, se abalanzaron sobre el mayor, buscando que éste les diere una
porción de su cariño, dada la tristeza que a estos les embargaba aunque no entendieren del
todo, el móvil en su despedida.
- Has de saber que la naturaleza de tu despedida, para mí, carece de fundamento ante
la posibilidad de una salvaguarda entre nuestra propia familia – difirió la madre, entre
consternación y enfado, claramente visible en el ceño fruncido que se acentuaba a
cada segundo que veía a ambos, hijo y esposo que bien, éste último solo se limitaba a
observar.
- ¿Bajo qué argumentos declaras demérito sobre mis decisiones, dada la inexorable
situación que allana camino hacia nuestros sueños, disminuyendo así el aliento que
nos resta de vida tan solo para gloria de unos pocos que, sumidos en el camino del
egocentrismo, arremeten en masa contra nuestros pacíficos valles, buscando los
tesoros que antes poseían, pero, que han perdido por las nefastas ideas de otros? –
contestó el muchacho, erguido en toda su estatura, con firme voz aunque calmo de
nervios.
- Sépase que vuestro padre – la mujer extendió la mano a su esposo, a pesar de que
mantenía su mirada siempre enfocada en la de su hijo -, ha tomado cartas en el
asunto. A 20 metros de nuestra casa, en el cobertizo de los caballos, él ha estado
excavando un habitáculo, sostenido por madero y adobe. Ha concretado ventilas
ocultas, para circulación de aire, así como fuertes cerrojos y pesadas puertas, para
mantener a raya al enemigo – el chico le miraba sin expresión aparente, aunque,
dolido en el corazón, buscando en las palabras de su madre, una palabra, un medio, un
método o algo que permitiese a ese atisbo de debilidad incipiente, a fortalecer su
arrepentimiento de salir del tan amado hogar -. También, hemos consignado una parte
de la cosecha en pos de crear un almacén donde provisiones varias en conserva, así
como carnes secas, nos permitan la subsistencia durante meses, si fuere a ser el caso.
Inclusive, él ha terminado una ruta subterránea, conectada a esta salvaguarda
preparatoria antes mencionada, para permitir una huida segura en caso de doblegar
nuestras defensas, permitiéndonos vivir un día más.
- ¿Un día más de qué? ¿De miedo? ¿Angustia? ¿Del exasperante recorrido de la mente
en giros sin fin sobre la idea de que vendrán y tendremos que guarecernos, ocultos del
solariego en favor de mantener nuestras vidas sin más que ver como pisotean nuestros
esfuerzos por una vida mejor, un feliz porvenir? – instigó el chico, a lo cual, la mujer
estaba por contestar, más fue la joven que estaba en la puerta quien le respondió
mientras ésta se acercaba.
- ¿Y qué hay de nosotros? ¿Qué hay de mí? O ¿Acaso, entre los nombres de los que
batallan en el frente de las tinieblas que ciernen sobre el valle, no está también el que
ostenta la hoz y el velo, que siempre victorioso emerge, aun y cuando Hipócrates
fundase las cimientes de la longevidad y la salud que hoy en día se practica? ¿No es mi
nombre también el que dejas atrás, pese a que esta máquina que late y se agita con la
noticia, lo hace porque es prisionera de tu querer? – las lágrimas comenzaron a
asomarse en sus orbes, sin embargo, continuó, aún y cuando sus ojos se enrojecían
por lo que estaba declarando -¿Dónde dejas nuestros días de verano, donde el reflejo
de la luz sobre el prístino lago nos mantenía ocultos y, a la vez, a la vista del otro en el
florecer de la adultez? ¿y dónde quedaron los tiempos de invierno, donde veíamos por
la calidez del otro, atrapando las estrellas en nuestros labios al relatar las premisas de
un promisorio acontecer, juntos en un hogar propio?
- No es, sino, por dulzura hacia vuestra merced, y a la de los aquí presentes, que mi
partida aguarda en noble causa. Aunque adolezco por esta que, para mis adentros, es
una decisión tan cruel como necesaria, debo marchar en pronto viaje, ya que, si bien
somos un círculo que se cuida entre nosotros al apoyarnos y querernos, también
somos la espada que está dispuesta a otorgar un día más de reposo al corazón y al
alma, un aliento para un nuevo día, así como un amanecer para los ojos del nuevo ser,
por lo que, el fuero que me impide seguir aquí, es mayor que el que ata a estas
paredes.
Así pues, la joven apartó la mirada y sus manos fueron llevadas a su faz, perdiéndose en un
llanto ahogado, a la vez que el joven, cabizbajo, mira a su padre, que bien le devuelve la
mirada con inquisitiva presión, sin embargo, la mano fuerte y grande del hombre se posó sobe
el hombro de su hijo, y de su boca emergió solo una frase:
- Si la faena es un decreto del corazón, a fin de reconocer la vida de a quienes afecto has
de dar, la lucha, aunque no siendo el camino, es también, la respuesta correcta.
Tiempo más tarde, ya montado en un carruaje, el joven vio como la mano de la chica se
posaba triste, pero, esperanzadora en el cristal de la puerta, siendo correspondida por él, a lo
cual, su partida dejó un vacío que quizá nunca fue llenado posteriormente.
“La Despedida”
Grupo Fenix.
Color: Blanco
LA INSENESCENCIA DE UN “QUEDATE CONMIGO”
Por: Efraín Ramos
Él organizaba las cajas bajo la entrante luz de la tarde a través del umbral del departamento.
Estaba por mudarse; sólo le quedaban unas horas antes de que el transporte viniere por sus
cosas.
Hacía unas semanas que había aceptado un nuevo empleo en otro estado, con la promesa de
un salario mucho más remunerado, mayores oportunidades, una opción para vivir en la
felicidad o, enfocarse en el consuelo del olvido. Sólo quería estar listo, para cuando el
transporte estuviere en puerta y así, salir sin saludar a nadie; saludar a ese alguien que no
sabía si debía esperar.
Y así, continuó. Pasó un minuto o dos hasta que sintió que el silencio ambiental solo le traía
tortura a su cabeza todavía enfrascada en aquello que alguna vez creó, unas palabras sentidas
que brotaban de su memoria casi como si las oyera en voz alta, rememorando a su vecina que
siempre salía a trabajar de noche. Algunas veces regresaba y volvía a salir, más siempre en
compañía de alguien.
Él lo sabía. Sabía lo que ella hacía. Y eso, ¿Qué importaba? Eso no menoscababa su valor, su
belleza, su gracia y sus esfuerzos por crecer cada día, y él lo apreciaba, le encantaba.
Sin dejar de acomodar y guardar en cajas lo que quedase fuera, se enfocó en reconocer
aquellos días en los que coincidía en el pasillo con ella; el cómo su risa le mantenía absorto en
su mirada, y como ella compartía su vida como un torrente que solo él habría de escuchar.
Para eso era que estaba allí: Para verla, para oírla, para pensarla día a día a pesar de no ser
correspondido de la misma manera; sin embargo, por temor al rechazo o a la indiferencia, no
le reveló lo que su corazón mantenía a cuestas.
El silencio, casi como un ruido sordo, lo mantenía entrando y saliendo de la lucidez, a lo que,
para mantener cierto control de su mente, comenzó a recitar lo que había escrito una noche:
- “Mi querida dama. Aunque divague en la ELOCUCIÓN de mis pensares, permita usted
un momento a estas palabras” – hizo una pausa para levantar algunos libros que le
fueron pesados al desplazar, por lo que, tras colocarlos sobre una mesilla donde
descansaba una caja vacía, fue colocándolos de uno en uno -. En los albores del existir,
para este LIRÓFORO, el amor era un hecho IGNOTO; mucho menos, había encontrado
la faz del mundo a través del monocromático visaje de un futuro vacío, hasta que
vuestra merced, meretriz por MENESTER, ha ocupado la vacuidad de mi mundo,
creando un iridiscente y RUTILANTE paisaje que ha traído tanto calidez, como
desesperación ante la distancia de vuestro interés”.
Una vez terminó de embalar los libros, se dirigió a la cocina que estaba más adentro del
departamento, sin darse cuenta que una sombra se asomó por el umbral de la puerta que era
sostenida por algunas de las cajas que ya tenía afuera.
- “Es ambiguo expresar que soy una vacilante criatura, deambulando en los recovecos
de la memoria tras nuestros diálogos, nuestras premisas, sueños y, ¿Por qué no? El
intercambio de nuestro mirar bajo el ARREBOL de aquella tarde, en la que el aroma a
PETRICOR y lo MELIFLUO de su ser, se encargó de arrebatar la cordura de este aciago
hombre, que mantenía en LETARGO a su propia naturaleza.” – continuó el joven desde
dentro de su hogar, mientras una figura se adentraba lentamente en la sala de estar,
escuchando lo que el chico decía, en mutismo que le hacía incorpóreo en ese lugar –
“…Es sabido que, bajo los enmascarados sacrificios acordes a dicha faena, ante mí, su
virtud sigue siendo impoluta y no carente de ímpetus hacia el autodesarrollo, todo por
su promisorio bienestar futuro, el cual quiero compartir con vuestra persona; por ello,
he de reconoceros que, bajo su gracia y dado a este irrompible lazo invisible de mi
alma hacia la suya, la cual se ha librado de la locura de la monotonía, he de hacerle
una propuesta, aunque, también, pudiere ser sonar a otra de muchas declaraciones
diarias de su distinguida clientela:”
En ese momento, el joven hizo un largo silencio, recordando lo que le era más que familiar en
ella: Era una dama de compañía y, aunque ello no le importaba, no era algo que le dejara de
doler, más entonces, y tras buscar algunas cosas, al ir saliendo a la sala, se le cayó una pelota
de béisbol vieja detrás de él, y tras ir por esta, sin querer, se le cayó el resto de las cosas sus
brazos.
Es así como miró largamente los objetos sin ningún interés en particular, tan solo siguió
parloteando lo que había escrito en aquella carta:
Se tomó un momento, se agachó y recogió sus cosas con cuidado, en lo que, buscó la pelota de
último, y tras tomarla, concluyó la carta que había dejado bajo la puerta del departamento de
ella hacía una semana:
- “Sea éste, un medio para romper la timidez, y una declaración de verdad, que pido
considere. Si alguna vez acepta, estaré donde usted mire, allí veré donde usted sonría,
y allí oiré cuando me diga que me quede con usted. Que esté usted bien”
Al tener todo en sus manos y concluir de recitar aquello, se dirigió a la sala y ahí estaba ella.
El asombro en el rostro de la chica era evidente, y en su mano diestra había una hoja de papel
con aquellas mismas palabras que él había mencionado. Por otro lado, él, triste, avergonzado y
dolido, miró a otro lugar, temiendo decir alguna otra cosa y sintiendo que ya su corazón se
rompía.
- Quédate…
- ¿Qué? – preguntó el chico ante la cabeza baja de la mujer.
- Quédate conmigo, por favor… - dijo ella, soltando la carta y levantando la mirada
cundida de lágrimas mientras sonreía y se sonrojaba – Yo también… Yo también te
quiero – y así, ella se acercó.
Él, sin cuidado, soltó todo lo que tenía en sus manos y le observó, extasiado por la mujer que
ahora, ya no le veía como un individuo, otro vecino o un amigo, sino como algo más, como
alguien a quien… Amar. Y se abrazaron al corazón, sellando en un beso que ninguno esperaba
pero que tanto necesitaban, siendo por fin, el principio de la noche y el fin de su soledad.
Grupo Fénix
Color Blanco
“BLANCO”
Por Efraín Ramos
Japón. Final de la era “Tokugawa”. Palacio imperial de Kioto. Sala de ceremonias del palacio.
11:32 a.m.
Aunque la batalla en la sala de ceremonias había terminado, la sed de sangre de los tenaces
guerreros que protegían al shogun era palpable incluso para el mismo protegido. Este hecho
era algo imposible de ignorar ya que, tras haber intentado escapar con la ayuda de sus más
confiables vasallos, su vía de escape había sido comprometida, por lo que, los mismo debieron
bloquear fuertemente el acceso a ella para evitar conflictos sangrientos, impidiéndole al alto
mando eludir la confrontación principal en aquella área.
Aunque la batalla resultó ser extensa, el ejército del gobernante pudo controlar a los
adversarios. Más allá de las importantes bajas en ambos bandos, los mejores y más hábiles
combatientes y maestros de la espada, por parte del Shogun, no tuvieron que combatir, por
ende, la mayor brecha a atravesar por parte de los que buscaban un nuevo paradigma social,
estaba intacta y fuertemente armada.
Tras media hora de sonidos de choque de espada, gritos y otros efectos de lucha, aunque el
salón estaba sumido en una calma inquietante, vio emerger del umbral de sus puertas, a una
persona cubierta en un manto con capucha que cubría su rostro, más, dicho manto estaba
cubierto del sanguíneo carmín, producto del derramamiento del líquido vital de aquellos que
ya no podrían proteger más el acceso al lugar. El shogun vio al individuo que ingresó con ellos,
sin temor a lo que tuviere frente a él, aunque, sí percibió una inquietud que evitaba que la
tranquilidad imperase.
Una vez el único recién llegado tomó la empuñadura de su arma, los adversarios se lanzaron
en su busca, espada en mano, lanzando muerte sobre la túnica vestida por aquel que, para
sorpresa de todos, pasó a través de ellos como un fantasma, o así pareció a simple vista,
especialmente para el shogun que, boquiabierto, se dio cuenta de cómo la sangre se escurría
del manto del individuo, casi antes de que las heridas abiertas de los recién fallecidos se
derramara de sus cuerpos, algo simplemente verosímil a ello.
La impresión trajo sonrisas, ceños fruncidos y curiosidad entre los maestros de la espada que
encontraban interesante la situación y, aunque fuere descuidado, decidieron a suerte, en qué
orden procederían a atacar al recién llegado.
De los seis maestros que estaban protegiendo al alto mando, el primero en recibir al enemigo
fue uno con un espadón que, para muchos, sería imposible sostener sin una fuerza
descomunal, más éste la movía con la facilidad con la que se podía mover un pincel entre los
dedos de una mano.
La sorpresa no se hizo esperar cuando aquel movimiento tuvo como resultado la amputación
del brazo del guardián del shogun.
El asombro fue entonces transformado en un sudor frío por parte de los protectores al explicar
que, en el momento en el que su compañero blandiere su espadón hacia su oponente, éste
cerró su propia postura al colocar su espada en forma vertical, como si orara frente a él, y al
momento de suscitarse el contacto con su cuello, en vez de eso, en juego de manos y una
ridículamente enorme fuerza y control, hizo un rápido, eficaz y preciso corte en la hoja de la
espada, cortando el arma de un tajo, sin interrumpir su propio movimiento que, tras sujetar
con la empuñadura con la extensión del filo hacia su antebrazo, blandió su propia arma,
cortando la extremidad de su oponente en menos de un segundo. El tiempo de respuesta del
cerebro no se hizo esperar y tanto la sangre como el dolor brotaron del hombre que, pronto se
vio ahogado en sangre al segundo siguiente tras ser atravesado en el corazón por la túnica
andante.
Los otros cinco guardianes sospecharon de que se trataba de alguien a quien temer realmente
como para enfrentarlo en un uno a uno, por lo que decidieron enfrentarlo todos a la vez, así
que, el kunai con cadena, la alabarda, el arco y flecha, el escudo y la espada, y la katana,
atacaron los flancos de su enemigo, poniendo en jaque al adversario, no obstante, la inquietud
en ellos se volvió ira, la ira se volvió estupor, y luego, el estupor se volvió terror. A pesar de sus
ataques eran feroces y precisos, para el sujeto de la túnica fue como una danza que atravesaba
solo la tela que se discurría por su exceso, descubriendo así un tono de piel tan claro que
asemejaba a la nieve.
Ni un rasguño. Tan cerca y tan lejos. Ningún arma podía dañarle. Ninguna técnica podía
alcanzarle, tan solo dejaba que un arma cancelara a otra, que un paso eludiere una embestida,
y que su espada jugara con las armas de los homicidas. Creyeron que estaban cerca de asestar
el primer impacto, siendo que el kunai viajó en una elipse hacia la cabeza del oponente, la
capucha descendió de su posición, y reveló un velo negro que se deshilachaba y golpeaba el
aire a medida que descendía con elegancia, al tiempo de la pierna ascendía por detrás del
kunai, tan solo para impulsarla hacia una nueva trayectoria hacia el escudo, no obstante,
cuando la alabarda se precipitó sobre el cabello negro azabache del misterioso guerrero, una
mano sujetó una flecha que entraba en la misma trayectoria y con su propia fuerza, golpeó la
hoja de la alabarda, poniéndola en posición para cortar la cadena y quitándole el control a su
usuario. El golpe fue, entonces, acompañado por una patada doble tras un salto dado ante los
inminentes ataques eludidos. Una vez hecho, giró su espada en su mano y como si fuere de
papel, atravesó el escudo por el mismo punto donde había golpeado el kunai, matando al
guardián al instante.
Este escenario, solo fue el principio, ya que, unos veinte minutos más tarde, la túnica había
desaparecido, igual que los guardianes, solo quedó el shogun delante de ella, una mujer de piel
tan clara como el sol a pleno día.
BLANCO
Consigna número 3 del Campeonato Internacional de Escritura “Consignas”
Grupo Fénix
Color Blanco
“ELUDIR, EVADIR, ESQUIVAR”
Por Efraín Ramos
- Algunos dicen que los sueños son formas en las que el cerebro procesa las
experiencias diarias para darles sentido o permitirle recordarlas en el período de
vigilia. Otros afirman que es una expresión subconsciente de los pensamientos y/o los
sentimientos que no nos permitimos manifestar abiertamente mientras estamos
conscientes. Incluso se dice que es una estrategia evolutiva para generar experiencia
adaptativa ante situaciones de riesgo o para practicar una habilidad. Lo cierto es que,
para mí, es un método con el cual puedo escapar de una realidad que, a pesar de
sonar a eufemismo, lo definiría como “inquietante”.
- ¿A qué viene esa afirmación, Sr. Bermúdez? – me cuestionó el psicólogo, buscando lo
que no se le ha perdido.
- Simple, no me agrada la realidad en la que vivo – le respondo con mirada penetrante,
aunque el sujeto se limita a tomar notas en su libreta, mientras mantiene una pierna
cruzada.
- ¿Es acaso frustración lo que percibo en el tono de su voz?
- Es más hastío que lo anterior.
- Aunque, si me permite una opinión personal – el especialista cerró su libreta, se quitó
sus gafas y me miró con una sonrisa comprensiva -, todos sentimos esa emoción en
algún momento de nuestras vidas, no obstante, eso no debe impedirnos ver más allá
de la punta de nuestras narices, donde está el brillo del sol, el verde de los campos, el
blanco de las escarpadas montañas o el azul del océano. ¿No cree que es un
desperdicio el mantener el letargo de la cognición ante los estímulos que a usted se le
entregan con la benevolencia y de caridad de un ángel?
- ¿Usted se da cuenta de que está interpretando un papel en este escenario? – le
interrogo, a fin de que se percatase de lo que él mismo había preguntado.
- Una evasiva – replicó el profesional ante mi respuesta, luego tomó su libreta y, tras
presionar el borrador del lápiz para extraer un poco más de la punta del mismo,
escribió otras notas en el folio.
- Eso mismo le digo a usted: Eludir, evadir, esquivar.
- No estamos aquí para analizar la racionalidad de mis interpretaciones sobre las suyas,
sino, de encontrar y sanar los patrones que conllevan a distar de experimentar la
conciencia de la realidad, desembocando en el continuado sueño bajo el cual, usted
afirma que tiene potestad casi divina.
- Bueno, no realmente; estamos aquí para evaluar mi capacidad de conducir a voluntad
este plano de la realidad a la que llamamos sueños – le dije, convencido de la
naturaleza de lo que conversábamos.
- Y ahora ha entrado en un proceso de delirio – dictaminó el psicólogo, apuntando una
serie de datos que parecían largos al redactar.
A sabiendas de lo que podría venir a continuación, decidí levantarme del sillón y mantenerme
calmado, observando la reacción de mi interlocutor, justo en el momento en el que levantara
mi pierna izquierda para cruzarla como si estuviese sentado sobre el suelo, pero, sin despegar
el otro pie del suelo.
Sin mirarle, solo observando un paisaje casi mágico plasmado en uno de los cuadros tras el
psicoanalista y, despacio, levanté la otra pierna, sin siquiera disminuir la altura a la que estaba
mi torso, o experimentar la gravedad que me halase al suelo, e incluso, sentí como me elevaba
ligeramente hasta que mis dos piernas estaban en una posición cómoda, sin contacto a nada
más que al aire, y mi tranquilidad inherente ante el sentir que podía flotar.
El Psicólogo, ahora con el rostro hecho una mueca, vio con asombro lo que hacía, a lo cual, me
limité a descender suavemente a, al menos, unos 20 centímetros de donde estaba,
aproximándome al individuo.
- La naturaleza de este acto no es más que algo lúcido, donde mi percepción y concepto
de mi entorno se dobla a mi propia voluntad. Esto es un mantra tibetano ni ninguna
cháchara de esas, es solo la naturaleza misma de control que tengo sobre mis propias
fantasías, como lo es usted, doctor – le revelé, señalándolo con la mano derecha, a fin
de describirle con palabras que quizá entendiera, que él no era su propia mente, sino
que era la mía.
- ¡Eso es imposible! Es usted incapaz de…
- ¿Incapaz de qué, doctor? ¿De flotar o volar por los aires a mí antojo? ¿De dar origen a
cualquier cosa con el simple pensamiento? – inferí, con lo que tomé de un escritorio
cercano, una piedra con un fósil de un animal extinto que usaban de pisapapeles y lo
aplasté en mi mano como si fuere arena, sin embargo, esa misma arena la volví
chocolate fundido que, bien, llevé a mi boca y saboreé, aunque brevemente, con
fascinación – o bien, ¿de interactuar a gusto con todos los que aún no se dan cuenta
de que son una parte de mí y que no han despertado aún?
La última pregunta tomó por sorpresa al estudioso, levantándose de inmediato de su silla, casi
indignado por aquella interrogante:
- Es usted sorprendente, lo admito, aunque, me parece irrisorio que diga que estamos
dormidos cuando usted, se supone es quien lo está.
- ¿Lo estoy? – pregunté con cinismo, a fin de conseguir esa expresión de duda que
esperaba – Y, aunque lo estoy, es solo una puerta a un plano donde existe nuestra
verdadera consciencia, y usted, querido psicoanalista, está conectado a la ficción del
cuerpo, olvidando que este universo es tan vasto como lo es su imaginación.
Y así, ascendí rápidamente de la habitación, el segundo piso, el techo, los dos mil quinientos
metros de altura, para disfrutar del cambiante paisaje de colores vivos y pintorescos en los que
las estrellas se mesclaban con el cielo y la tierra, como diminutas lentejuelas que le daban
destellos al espacio. Complacido, finalmente… Desperté.
Es así como el letargo se fue atenuando, y recordé aquel sueño, donde le decía a mi psicólogo
que él no sabía soñar, así era.
Grupo Fénix
Color Blanco
“MI AREPA ES SAGRADA”
Por Efraín Ramos
Era la media tarde entre los meses del verano. El salón de clases, en una de las alas de la
facultad, estaba carente de voces y habitantes pasajeros. Era sólo un ser humano que me
mantenía en soledad, absorto en imaginaciones tan cercanas como distantes de la realidad y,
aun así, permanecí presente en aquel espacio de estudio, por ahora, sin propósito académico.
Allí, las multitudes de recuerdos inundaron mi joven mente de 23 años, estudiante de biología
en mi tiempo de instrucción, divagando entre la anatomía de ciertos invertebrados y el ficticio
escenario de una serie de animación.
Aunque cierto era que en ocasiones, el rumor del estudiantado se hacía sentir tras la
conclusión de una sesión de clase en otros salones, el sonido que discurría del umbral de salón
en la que me hallaba era un tanto indistinguible; sin embargo, fue un breve momento el que
presentó esta composición entre el encendido de una espada laser (como el de aquella
película de ciencia ficción) y el sumergirse en el agua tras una caída a gran altura, por lo que, a
pesar de la curiosidad, le resté importancia a aquel ruido y seguí con mi ensoñación.
**
Me dirigí a la puerta y vi brevemente el interior de aquel salón de clase. Era justo como
recordaba, siendo muy alejado de la descuidada área que tenía un montón de partes de
pupitre apiladas en una esquina, con las ventanas aún cerradas, a pesar de estar
resquebrajadas en algún que otro lugar, y la falta de refrigeración en el interior. No es así
como lo veo ahora.
Una vez me aparté de la ventanilla, respiré agitado al ver al único ocupante del lugar. Pensé en
quedarme afuera, buscar otro salón y pensarlo más detenidamente, pero, no recordaba en
qué momento habría clase o cuando aparecería alguien más, y con valor, acerqué la mano al
pomo de la puerta, sin embargo, justo antes de abrir la misma, me detuve y me alejé un poco
de ella.
- Ya se me olvidaba, puede ser un problema si nos vemos igual, mejor, uso el camuflaje
– explique fugazmente para mí y tras extraer un móvil del bolsillo, lo desbloqueé y
activé una aplicación que, asombrosamente, me permitió cambiar mi aspecto
completamente, incluso mi rostro y voz. Todavía me sorprendía la función de esa
aplicación.
Allí fue cuando mis fantasías se estancaron, ingresando en su lugar el color rubio del cabello
ralo de un sujeto tan alto que parecía casi golpear el dintel de la única entrada, o salida. Le vi
con un atisbo de indiferencia, más éste dirigía su mirar de forma vehemente hacia este, un
servidor.
Excusándose, buscó un asiento al azar delante de donde estaba, y giró el mismo, como
buscando tener perfecta visión a la puerta de entrada.
**
No sabía que decir… “¡Sólo se me ocurrió aquella ocasión! Aun así, debo continuar y entablar
una conversación” pensé, y haciendo acopio de valentía, continué.
- Esa mujer, será increíble desde el mismo momento de conocerla. Parecerá el sol, a
pesar de ser morena, y traerá toda clase de cambios y aventura a mi vida – dije,
recordando la dicha de aquel instante.
- Espero así sea – repuso él, apenas mirándome.
- ¿Te imaginas? Esa será la razón de mi existir y el motivo de la charla.
Él miró con extrañeza, ahora buscando guardar sus cosas. Yo sabía lo que eso significaba, por
lo que, me aventuré a decir algo más.
- Si llegases a ver a una mujer así, no te enojes con ella ni le diezmes tu querer, podrá no
ser lo que esperas, sin embargo, es mucho más que lo que querías – y con eso, me
levanté y miré el lugar, así como también le miré que se levantaba con su mochila en
mano -. Lamento haber hablado sin más. Te dejo tranquilo, pero – me dirigí a la puerta
y saqué mi móvil del bolsillo, tras lo cual, toque dos de las aplicaciones.
*
Con estupor, fui testigo de cómo la realidad se rasgaba por delante de la puerta de salida. Una
fina línea de luz ámbar cortó el aire y alcanzo una longitud vertical que abarcó toda la puerta. A
continuación, la línea se separó con el sonido de hacia un rato, formando un marco donde lo
que había al otro lado, era una habitación vacía.
- Fue un placer verte – dijo el hombre que, para mi sorpresa y sin haberlo notado antes,
aunque canoso, con líneas de títere y más delgado, era mi viva imagen.
Nos miramos largamente y tras una sonrisa de él, se despidió y el sonoro chapuzón se
antepuso al avance precipitado de quien se viere como yo, desapareciendo por el fantástico
umbral y luego cerrándose el portal en cuestión de segundos, no sin antes salir volando de él,
una especie de antigua tarjeta telefónica llamada “un1ca”, en la que aparecía una desgastada
imagen de una arepa brillante en medio de una tabla que se abría.
Al principio, el asombro permaneció en mí por minutos, luego y sin obviar el objeto que había
caído, me dirigí a él para tomarlo y, posteriormente, guardarlo en mi billetera. No sé por qué
lo hice, no obstante, no pude evitar la sorpresa cuando, casi un año más tarde, junto a una
bella amiga a quien conocí en la parada de autobuses de la universidad, encontramos en una
de las grandes ventanas de la facultad, una tarjeta idéntica a la desgastada, donde el título de
la obra a la que hacía alusión la imagen decía: “Mi arepa es sagrada”.
Desde ese día, todo fue una montaña rusa, en contraste con la habitual vida que llevaba antes
de ese día en el salón, pero, han sido los mejores años de la vida… Y no, no me temblaron las
piernas esa vez… Solo perdí la fuerza en ellas.
Grupo Fénix
Color Blanco
EL TUNEL
Un trozo de carbón, que una vez fue parte del dintel de una puerta, cayó inesperadamente de
lo que quedaba del umbral que comunicada la consumida sala de estar, entre la ennegrecida
tonalidad por el ya mitigado fuego y los opacos matices de color que quedaban tras los días de
sol inclemente y noches gélidas en la pradera en la que estaba la casa.
Tomó la lámpara de aceite y, antes de continuar, la encendió con cautela, cuidando que el
viento, aunque escasamente entrante, terminara por apagar las posibilidades de visibilidad al
extinguir la flama de los únicos 2 fósforos que tenía.
Una vez preparada, ingresó lenta, pero, ininterrumpidamente en el túnel en el que se cernía
una quietud y silencio que amenazaba con hacer que el corazón saliere huyendo del cuerpo
por el miedo.
Pensó en volver, después de haber caminado por más de diez minutos, no obstante, siguió
adelante algunos pasos, y entonces, lo escuchó. Un estruendo le sobresalto, ahogando un grito
por el temor de ser encontrada por lo que hubiere causado aquel ruido tan cercano como dar
la vuelta y mirar detrás de ella, y así hizo, sorprendiéndola aún más.
Aquello le dejó estupefacta, preguntándose si lo que estaba observando tenía sentido alguno,
aún más después de caminar por tanto rato, no obstante, ahí estaba, a solo 3 pasos de ella,
estaba el espacio por donde había entrado. Hubiera jurado que le había dejado atrás hacía
muchísimo tiempo, mas no fue así.
Tomó la lámpara y siguió el caminó, avanzó varios metros, decenas, cientos de metros. Le
dolieron los pies por haber caminado tanto y sin embargo, tras volver la mirada por el túnel, la
entrada seguía allí, como si no hubiere avanzado ni un milímetro.
“¡Ridículo!” Eso venía a su mente, para no decir, palabras que enmarcaran lo absurdamente
tétrico que ello parecía. Los jugos gástricos comenzaban a ascender por su garganta en cuanto
dejaba que sus emociones le dominaran, atrayendo una alta salinidad a su saliva, sintiendo
que si tragaba, se iría en vómito sin remedio. Aun así, lo soportó. Debía seguir si quería
respuestas. Debía continuar si quería saber que pasó en esa casa. Tenía que perseverar si tenía
la intención de saber que pasó allí hace tres semanas, lugar donde vivían su hermana y su
pequeño sobrino, del cual no se encontró cuerpo de ninguno, ni mucho menos, el origen del
incendio.
Recapacitando ante esa recapturada idea, decidió seguir adelante, pero, esta vez, no mirando
hacia el interior del túnel, sino a la abertura por donde había entrado, y se dio cuenta de que, a
cada paso que daba, se alejaba de la única salida, del único método por el cual podría escapar
si sucediese algo, más continuó, siendo tranquila la senda, hasta que sintió que pisó que
sobresalía del suelo y se resquebrajó bajó su calzado.
Se detuvo en seco tras ello. Dirigió su atención hacia adelante y sólo vio uno metros de
amurallado circundante, más luego, observó el suelo por donde había pisado y tras quitar su
pie de donde lo había mantenido presionado, contempló lo que parecía ser un hueso. Era un
hueso largo, como el de una pierna, aunque, en contraste, era demasiado pequeña para ser la
de una persona adulta, por lo que, entendió que, posiblemente, era el de un niño.
El temor de que eso fuere un hueso de su sobrino le dejó en silencio y sin mover ni un
músculo, tan solo respirar de manera entrecortada, sin percibir más que su aliento saliendo y
entrando, mientras que su mente inquisitiva le mostraba un sinnúmero de escenarios en los
que podría haber sucedido aquella desgracia. La bilis amenazaba con emerger de su garganta
cuando un extraño ruido lejano, como si arrastrasen hoja, le hizo perder el color del rostro, así
como la intención de querer vomitar.
Permaneció petrificada en ese oscuro sendero, apenas iluminado por la lámpara de aceite que
comenzaba a amenazar con extinguir su luminosidad al agotarse el combustible, y aunque
temblando por lo que fuere a pasar, siguió adelante, mirando nuevamente hacia atrás.
Poco a poco, comenzó a escuchar ruidos ambientales, como si se acercara a unos matorrales o
arbustos en medio de la noche, así como también, pisó más y más huesos en el camino, y justo
cuando miró hacia el frente, estaba al final de aquel pasaje, con una vista por lo demás extraña
y escalofriante.
Fuera de la larga cueva, había un claro en el que estaba una tienda improvisada, hecha de
ramas y hojas atadas con algunas ramas tiernas, flexibles y alargadas. Una hoguera permanecía
encendida en medio del claro donde, alrededor de dicha área, habían estacas y sobre éstas
estaban los cráneos a los que, según ella, pertenecían los huesos que encontró en la cueva.
Un sobresalto vino a ella como una centella sobre los pies, que subía a una velocidad
aterradora hasta su cabeza, haciéndola ahora, mucho más sensible a todos los ruidos que
vinieron a ella como una oleada. El rumor del viento sobre los árboles. El crepitar del fuego así
como el mismo que fractura la madera al hacerlo arder. Su respiración entrecortada, sintiendo
como su mirada se desenfocaba, y luego escuchó unos pasos que parecían provenir de la
oscura tienda improvisada.
Retrocedió un paso. Dos. Tres. No le quitó los ojos de encima a la abertura de la tienda que se
fue iluminando por el reflejo del fuego sobre lo que fuere a emerger, y justo cuando vio un
brazo salir de él, algo crujió a su lado.
El espantó se sobrepuso a su deseo de observar, de continuar buscando, con lo que se dio la
vuelta y salió corriendo por donde vino, casi sin mirar atrás, solo corriendo mientras dejaba
atrás la lámpara que se sofocaba sin el necesario combustible, poniendo atención a veces para
percatarse que apenas se alejaba y lo recordó: “No mires a adelante, mira hacia atrás” y así se
alejó de los ruidos, las llamadas, las advertencias, la angustia que se oía a lo lejos y que se
volvió un silencio inquietante.
Tras haberse convencido de que había dejado atrás aquella visión, se detuvo para tomar
aliento, agitada por la carrera, cansada por el temor, ignorante de la encrucijada de túneles en
la que estaba, solo sintiendo con sus manos las entradas que parecían idénticas entre sí. No
sabía qué hacer.
Una vez hubo recorrido una gran distancia, decidió ver hacia adelante, lo que allí encontró, fue
un espacio tenuemente iluminado por un matiz rojizo, tras lo cual, al emerger de la gruta,
sintió el vació en un pie, y luego su cuerpo le siguió y el dolor no llegó hasta un poco después.
Estaba ensartada en entre lanzas. Su cuerpo estaba atravesado y de sus heridas sangraba
profusamente. Tan solo alcanzó a oír voces chillonas de gente que al asomarse, se veían como
niños de aspecto grotesco, que sonreían con deleite al ver como la mujer se desvanecía entre
el sufrimiento y la vida que se le escapaba.
Respiró hondo. Respiró profundamente, hasta toser por la inhalación del aire que entraba de
golpe a sus pulmones, y abriendo los ojos, se vio delante del túnel, entre la madera de los
muebles quemados y los escombros de lo que fue una cabaña, el hogar de su hermana y
sobrino desaparecidos.
Dando pasos atrás, tropezó con los maderos carbonizados y cayó sentada en el suelo, tirando
la lámpara que tenía en su mano, sujetándose de lo que pudiera hasta que detuvo su caída y
entonces, vio cerca de ella, una mirada maliciosa.
El grito de un enano emergió junto a la punta de una lanza que se vino en dirección a un ojo de
la chica, pero ella, lo esquivó al girar de medio lado.
Tan rápido como pudo, ella se levantó y sintió como la lanza desgarraba parte de la ropa,
atravesando la prenda sin dañarle físicamente. La mujer retrocedió y tomó lo que tuviere a su
alcance.
Aunque pequeño, el enano de rostro desfigurado era ágil al moverse, aún entre tanto
desorden y se arrojó hacia ella con lanza en mano para apuñalarla por las piernas, siendo que
la chica desvió el ataque con la pata de una mesa y un instante después, pateó al enano con
fuerza hasta arrojarlo a un pilar cercano. Sin perder tiempo, se arrojó hacia él y tomando una
roca con la otra mano, la arrojó a la cabeza del enano que esquivó en el último momento, no
siendo suficiente para evadir la pata de silla que aún sujetaba la chica.
El impacto lo lastimó aunque empezó a levantarse, así que ella lo golpeó de nuevo. El pigmeo
cayó, pero, intentó levantarse y tras esto, la chica le atacó. Golpeó la cabeza del otro con todas
sus fuerzas, varias veces, hasta que sonó que algo se agrietó, luego, sonó como si se quebrara
una sandía y, finalmente, se rompió el madero.
La mujer miró aquella atrocidad que había cometido, más no encontró piedad en haberlo
hecho, tan solo nauseas que la hicieron expulsar el contenido de su estómago.
Al haber terminado y tranquilizado, observó el cadáver del enano. Era idéntico a uno de los
que vio minutos antes de que “Falleciera” al salir del túnel. Pensándolo con detenimiento y
largamente, tras recoger sus cosas y encendiendo la lámpara, se aventuró por el túnel, ésta
vez, para no morir… Por quizá… Cuantas veces.
“EL EXPERIMENTO”
Por: Efraín Ramos
Sin palabra alguna, el hombre accionó un botón y la imagen de la palabra “ON” se plasmó en el
monitor, dando lugar a un cambio en el escenario.
El flujo de energía eléctrica proveniente de las granjas eólicas y solares, así como del
suministro eléctrico público, comenzó a rugir suavemente entre las turbinas del gigantesco
aparato, creando una corriente magnética en el interior del colisionador de hadrones, al cual
se le agregó una mezcla muy específica de gases, en una baja concentración y temperatura.
El experimento que la estación espacial GHIGAS buscaba completar, era de alto secreto y, al
mismo tiempo, era algo que habían estado esperando con ansias, una vez crearon la
configuración específica de gases a usar para el objetivo, aunque, lo más difícil fue crear el
condensado Bose-Einstein con el que las pruebas darían los resultados esperados.
El encargado del experimento observó el movimiento de las partículas de Helio, Argón y Xenón
que se trasladaban por la circunferencia reforzada y aislada de la fuente eléctrica interna para
crear una aceleración desmesurada, más aún con la nueva tecnología de impulsores gravitales
formados por anillos o franjas electromagnéticas que giraban en 3 sentidos diferentes, siendo
un generador en tres dimensiones que lograba crear un campo gravitatorio. Dicho sistema se
implementó en la estación GHIGAS, lo que le daba el nombre (Generador Hiper Gravitatorio de
Aceleración Sistémica). Esta tecnología fue asimilada para el uso del GHIGAS y permitir realizar
lo imposible, crear un colisionador capaz de superar la velocidad de la luz y más.
Una vez alcanzó una velocidad estable, los científicos se pusieron en marcha y buscaron,
organizaron e implementaron todos los protocolos y medidas para garantizar que la prueba se
llevara a cabo sin inconvenientes: Atacar un condensado Bose-Einstein con un concentrado de
Helio, Argón y Xenón, al que, posterior a varias pruebas, dio origen a un nuevo elemento en la
periódica: el Turión, un gas noble no volátil ante el fuego, pero, extremadamente peligroso en
una frecuencia de vibración en específico; para suerte de los expertos, la frecuencia debía ser
un tono grave, por lo que no hubo problemas.
Ya alcanzada la fase cumbre, las partículas lograron de gases lograron su fusión, dando origen
al Turión, gas que solo existe en esas condiciones y que se movía casi a la velocidad de la luz, y
entonces, cuando alcanzó los 300.000 kilómetros por segundo, expusieron el condensado ante
estas partículas, creando algo asombroso.
Inicialmente, el impacto creó una destellante luz que los científicos creían y temían que era la
fisión de los átomos de las partículas, especialmente el del condensado, no obstante, no se
creó una inmediata explosión, sino que creó una luz que sumió en silencio toda la estación
espacial, luego, la cámara captó como una forma oscura se generó en el centro del impacto de
las partículas y, posteriormente, todo cuanto le rodeó fue tragado por ello. En cuestión de
unos segundos, se generó una tremenda fuerza de atracción que rompió la cavidad de
exposición, el conducto, el cableado, el blindaje, y luego, el aire y algunos instrumentos
cercanos al área hasta que, de pronto, se detuvo.
El científico a cargo, tras levantarse por el agitado suceso, observó con asombro el espacio
creado en la zona donde estaba la muestra de condensado que había desaparecido y que en su
lugar, un aro de imágenes que se enroscaban en sí mismas, bailoteando unas sobre otras, se
superponían, sustituían y cambiaban constantemente, más en el centro del aro, un luminoso
paisaje completamente diferente se mostraba ante los ojos de esto, y los otros muchos
científicos que estaban siendo parte en ese colosal experimento.
Delante de ellos tenían un escenario sin igual y al mismo tiempo, coincidía de alguna manera,
con la visión terrestre de hacía centenas de años: Un frondoso y esmeraldino bosque en medio
de lo que parecía ser un claro, bajo un cielo igualmente azul, iluminado por dos soles que, sin
producir radiación peligrosa –según uno de los recién llegados con un contador Geiger-, cubría
con su luz todo cuanto era visible: la vegetación, los animales, aparentemente idénticos a los
terrestres que pastaban o trepaban en aquel lugar y a un más asombroso, a una hermosa
mujer de aspecto jovial que se asomó por el aro que parecía estar vivo según el movimiento de
su forma. Lo especial de esta mujer, más allá de su belleza y juventud, era que poseía orejas
alargadas.
Lamentablemente, no duró mucho, ya que el portal comenzó a cerrarse hasta que se generó
un vórtice de gravedad que terminó por cambiar la polaridad de las realidades y cancelarlas,
restituyendo la tela de la realidad de ambos lados.
Aunque tristes entre todos ellos, estaban tremendamente emocionados una vez el cabeza del
experimento dijo con suficiencia en su faz:
En su transitar de una historia fantástica, el sendero de quien se desangra en vida con la huida
del tiempo a cuestas, nos trae la lógica que se extingue a medida que la luna se oculta, no
siendo así para aquel que se gesta y encuentra las puertas de bienvenida.
En la fílmica memoria se repite la travesía tras lo cual, el nuevo hombre se impulsa a través del
umbral de la madre, empujando la conciencia entre la oscuridad de la que se apercibe, viendo
ante sus ojos como la flama de su propia existencia se diezma.
Se cruzan los instintos, los apremios, las imágenes de un momento en el que ambos estiran su
voluntad, nadando por un aliento que se escapa, que ambos buscan, que anhelan entre el
refulgente deseo de vida.
Es allí cuando la maquina se ralentiza, mientras que la otra se esfuerza. Y el tiempo que uno
creía era el móvil, ya no es más que una tácita mentira, una invención figurativa que gobierna
de mil y un maneras, no siendo diferente para el que inquiere, con la voluntad del moribundo,
ascendiendo entre las tinieblas para encontrar lo que se le escapa entre la bruma de su propio
final.
Y sus ojos se velan en la latitud de lo que deja atrás, de lo que se apaga en su cabeza y se
detiene en su corazón, más el otro se enciende en las primitivas ansias, la cual visualiza ante sí
mismo en un sendero que le extiende resuelto su destino.
Un pensamiento se cruza en su viaje. Se abren los ojos entre visiones del otro y de la que
ambos son parte, siendo el “Fin” el que extiende su mano al “Principio”, donde el impulso los
mueve como magia por el nigérrimo espacio apenas visible del túnel de recuerdos que el uno
deja atrás y el otro ve venir, y así, la maquina sucumbe y se potencia tras el emerger del vaho
que se esfuma en el viento, siendo atrapado como bocanada de aire que en sí mismo grita la
vida, y por una vez, ve el rostro del alfa y el omega, donde el absoluto presente es una chispa
que irradia como estrella naciente de cálida luz, la luz de su propio existir que es, su propia
conciencia.
El uno se fue en sí mismo y en sí mismo se vio venir, y ambos son el centro del mismo universo,
el mismo concepto de nirvana.
Relato: “EL ALFA Y EL OMEGA”
Por Efraín Ramos
- “Aquel que sucumbe, persigue lo que se le escapa, más el que ha de venir, persigue lo
que su misma forma deja ir. Y si el ciclo atraviesa las olas, se miran entre las mareas,
cual gaviota entre la tormenta, vislumbrando la centellante luz de las marejadas…”
¡Esto carece de toda lógica! – exclamó la apasionada voz de un sujeto en plena
caminata, con mochila en hombro y un libro de bolsillo sostenida entre los dedos,
observando el cielo estrellado como si fuere el papel tapiz de una habitación conocida.
La pista del joven sobre aquellas líneas en su lectura, le llevaron a contraponer toda
interpretación previa a las anteriores novelas en las que se había osado aventurar, sin
embargo, las experiencias antes adquiridas no le dieron resultados fructíferos, por lo que, el
fracaso le acompañó entre gruñidos y el lento encaminar.
En la medida de lo posible, el hombre salió tan seguro como velozmente de su hogar, cargando
sus tesoros que se las apañaban para mantener la calma, así como, resistir el uno a otro entre
luchas por la llegada del nonato.
Pasando por una intersección, cruzando a la derecha, el hombre apenas logró esquivar al joven
que suelta improperios entre el estupor y las agitadas páginas del libro de bolsillo que aún
sostenía en su mano diestra.
El joven, oyó aquel estallido que le hizo quedarse quieto, mirando en diferentes direcciones y
olvidando lo que tenía en sus manos. El miedo se coló en su espalda y le instó a escoger por
empezar a correr por la acera en dirección a su casa, hasta que hubo otra detonación, una más
próxima y que ésta, sin intención alguna, le impactó.
Sintió aquel ardor que le sacó la fuerza de su cuerpo en un instante, debilitando sus piernas y
precipitándolo al suelo, cayendo de lado y sintiendo que un agudísimo dolor le perforaba el
costado izquierdo, donde una mancha se iba dibujando en su holgada camisa, en su mano que
intentaba atrapar la vida que se le escapaba, en la mente racional que aminoraba a cada
segundo que el presente se hacía cada vez más cercano a su mente.
A lo lejos, con la tranquilidad del trecho recorrido y tan próximo a la entrada de emergencias
del hospital como lo estuviere el aliento de quien respira agitadamente, la mujer en silla de
ruedas fue llevada a toda prisa a la sala de partos donde empezarían las atenciones a ella y a la
nueva criatura que pugnaba por salir de su vientre.
Las memorias, esas imágenes que transitan en el cerebro del viviente; ese regalo que da
constancia de lo vivido, se arremolinaron ante el chico como una aglomeración que nublaba su
vista aun y cuando quería enfocar lo que estaba por delante. El joven entró en pánico ante
aquel evento. Supo, por las historias que había devorado tan ávidamente durante los primeros
años de su carrera universitaria, que lo que sentía era un terror bien infundado, ya que, lo que
estaba por venir, no era más que el triste final que los hombres deben afrontar; aun así, a
pesar de estar invadido por el temor a perecer, su enfoque se había hecho una flama que
irrumpía entre la bruma de sus dolores, o el velo de la inhabilidad de las partes, o del cuerpo
que se enfría, que su movimiento disminuye, que pierde sangre a medida que el tiempo
transcurre. “¿Está transcurriendo el tiempo?” Se preguntó seriamente en su mente caótica, ya
que ahora, todo lo veía ralentizado, aminorado en su andar, aunque, irónicamente, su mente
se iba acelerando cada vez más.
En su interior, la cavidad apretaba, el espacio era estrecho. Sus sentidos inconexos se iban
acompasando a la lucha que le ataba a distancia, atrapando los hilos de una esencia que
reconocía y se filtraba con la forma de quien permanecía aún en las aguas. El cuerpo pedía,
necesitaba, urgía por dejar de ser simbionte, dejar atrás la dependencia, dejar de ser solo una
parte, y con ello, sus piernas, casi como un acto involuntario, empujaron con fuerza, logrando
instalarse en el canal, buscando atravesar el ojo de la aguja. Sin mente que lo gobierne, solo el
alma le llama, le implora existir desde la distancia; le exige empujar con fuerza y, la madre en
plena urgencia puja por darle al nonato su justo momento de verdad.
Una mujer que pasaba por ahí le encontró recién. Gritó por ayuda y otros vinieron en su
auxilio. No hubo respuesta del joven, solo la mirada que veía a todos y a ninguna parte, más lo
que vislumbraba se perdía en los albores del espacio: Un infinito campo de imágenes que se
iban difuminando mientras, en su centro, aquella historia de un foco luminoso que iba en
creciente aparición se fue incorporando en su vista.
Sus brazos ganaron fuerza, sus piernas mostraron señales de obedecerle, y su costado ya no
dolía, tan solo veía como los colores comenzaban a ser intensos, vibrantes, mágicos si se
quiere, y entre estos, sintió como el espacio se hacía estrecho, como el aliento se le escapaba,
como las tinieblas estaban a su alrededor, pisándole los talones en paralelo a la resistencia
que sentía al seguir adelante, así que empujó, empujó una y otra vez, dejando atrás aquel día
de verano, cuando sus padres lo llevaron a nadar a la playa, o aquella noche cuando conoció el
amor de una chica en su temprana pubertad, e incluso, aquella mañana en la que, de niño, se
vio al espejo junto con su madre quien le sostenía y su padre al lado de ambos, en un abrazo
cariñoso que se iba diluyendo mientras se hacía camino entre el espacio que reducía, que se
resistía, que le impedía continuar adelante, y, sin embargo, se impulsó con sus brazos, sus
piernas, sus ganas de sentir que podía respirar de nuevo.
Es así como su voluntad se estiró cerca de aquella luz, tan cerca que le recordó al sol mismo,
irradiando ante su vista cual deslumbrante foco, obligándole a cerrar sus ojos y sentir como su
cabeza emergía entre todo aquello.
Después, en un nuevo esfuerzo, se vio forzado a tomar impulso y salió a toda prisa. Agotado,
ya no tenía más que deseos de descansar, de ver nuevamente las estrellas que había dejado
atrás y que se hacían más intensas a medida que las recordaba, hasta que el dolor de una
fuerte palmada en sus glúteos le hizo gritar.
El grito se oyó en aquella sala, tomando una nueva bocanada de aire que le dio aún más
fuerza. Su voz salía de su fatigado cuerpo, más sus deseos de vivir imperaban, como olas que
arremetían sobre el arrecife en una tempestad. No fue sino cuando le acercaron a alguien y
una vez sintió aquel calor, se dio cuenta que estaba a salvo, viendo un sol que le daba el amor
que una vez se destiló de sí mismo.
Todo lo que vio ya no era. Todo lo que conocía ya no fue. Todo lo que su mente había anidado
ahora era olvido, más del olvido parte el reinicio, y del abismo de la muerte, subyace la vida en
lo más profundo, una paradoja que se repite como el fin y el principio, el Alfa y el Omega en su
esplendor y forma inmateriales, y aun así, infinitas.
Mi amor
De dicha se viste la carne bajo lo cognoscible hacia nuestra presencia, siendo invaluable el
alegre marco de tus labios tras mi escape del onírico viajar.
Mi voluntad anhela el aliento que exhala tu boca en cada contacto de nuestras almas, y
vislumbrar nuestro encuentro inevitable en el lecho de luna, es como travesía en la ensoñación
de dicha inmensurable.
Eres la senda entre la desesperanza que bien habita en la consciencia, y estrechar mis
voluntades con las tuyas es distar de la vacuidad de la que he sido parte.
Desde el crepúsculo de una hazaña, un error o un fugaz paseo en la ensoñación, seamos la
compañía del otro como céfiro en el oscuro manto del cielo.
Sean testigos nuestros ojos de cómo se apaga el mundo, encendiéndose otro a su medida. Sé
partícipe del vigor de lo desconocido en las planicies desdibujadas de la imaginación sin freno.
Sean tus brazos tan amplios como el espacio, que abraza la ausencia del solariego, siendo sus
distantes hermanos un ecosistema mítico; y es allí, en el fervor de su nombre, que se place de
ser un exhibicionista entre su penumbrosa forma y el séquito de las morbosas lucíferas.
Viajemos. Seamos pasajeros de esta inaudible sonata. Vivamos el paisaje de la vida sin serlo.
Sumerjámonos entre la bruma de la oscuridad y la luz de nuestros pensamientos, donde toda
idea está llena de juicio; sin embargo, sin juicio, toda idea vana se vuelve espectáculo de
quietud, de misterio, donde la fantasía solo se alcanza cuando las voces de la mente trazan
ruta entre sus dominios, solo siendo apartada por la majestad de lo que está a la vista, ahí
afuera, en el fulgor de su propia naturaleza.
Me había escapado de casa, como cada noche. Había huido al noreste, como siempre lo hacía
justo después de que mi padre, un alcohólico empedernido, se había quedado dormido tras su
última botella de whiskey. Había viajado, no sé cuánto fue, hasta una aislada casa, entre
árboles y un camino de losetas que apenas llegaba unos metros delante de la modesta,
aunque, gran construcción hogareña. Allí me detuve a mirar con cierta admiración.
La casa, de aspecto antiguo, parecía haber sido deshabitado hace mucho tiempo, con lo que el
pasto y otras plantas, tanto frutales como la maleza, se habían apropiado de lo que, según me
imaginé, sería un patio hermoso y amplio. Los muros, cubiertos de musgo y las señales de
erosión por las lluvias y los fuertes vientos, habían dejado marca tanto en la pintura blancuzca
como en el yeso de cobertura, dejando al desnudo el ladrillo con el que se había erigido tan
bello lugar, aunque, con muchos más detalles por ver.
Sin mirar demás, dejé la bicicleta a un lado, tomé la lámina de metal y la moví con cuidado de
no cortarme los dedos, sacándola de donde estaba enterrada y revelando un espacio de
ladrillo al descubierto. No parecía tan especial, si no fuera por lo que sabía.
Me acerqué y tomé un ladrillo en específico y con ello, se descubrió un hoyo. Poco a poco iba
quitando ladrillos hasta que el agujero se hizo lo suficientemente grande como para que
cupiese. No sería difícil para el cuerpo de un niño de 10 años como yo, así que, entré.
Sentí el polvo y el escombro del cemento bajo mi calzado y vi, con cierta dificultad al principio,
el interior del sótano en el que estaba. Sin prestar atención a lo que allí hubiera, me dirigí con
la precisión de la costumbre, hasta la entra al piso superior, lugar donde la puerta estaba rota.
Arriba, toda la luz que entraba era la misma de la luna, y el suave y traslucido platino
descendía sobre las viejas sillas, la mesa sólida y polvorienta, el piso de madera que sonaba a
cada paso, y la vista de lo que buscaba.
Allí estaba: La biblioteca. Una habitación completa llena de libros que estaban entre
acomodados en libreros y tirados en el suelo, formando un pequeño monte de historias y
conocimiento inherente. Era mi lugar especial.
Cada noche, mientras padre dormía, venía aquí para leer todo cuanto pudiera. Había traído
una mochila de la que saqué una linterna y me dispuse a tomar uno de los libros para
continuar donde lo dejé: “La puerta de los sentidos”, un muro fantástico que tenía ojos, nariz y
boca, más plantas crecían de sus desvencijados ladrillos. Se decía que, si respondías con
certeza a sus preguntas, te daría la solución a todos tus problemas.
Desde hace años, vengo aquí a aprender. Sí, vengo a aprender, ya que padre trabaja solo para
pagar sus bebidas. No tengo madre. Nos dejó hace 6 años, o eso dijo padre. No tengo
hermanos, o amigos. Ya ni siquiera voy a la escuela desde hace 4 años, todo gracias a la
constante “depresión” de mi progenitor.
Yo, por mi parte, no quiero verlo ahogarse en ese líquido que sabe a orina o que quema en la
garganta. Prefiero salir y aprender todo lo que pueda, mientras trabajo vendiendo dulces.
Este es mi escape, mi Edén, mi hogar al que siempre quiero llegar, donde los ingleses atacan
los castillos de los escoceses, destruyendo las torres destellantes bajo el sol inclemente, o el
fondo del mar, donde nado entre peces y pulpos de enorme volumen, e incluso escalo
montañas y veo hacia el abismo, sujetando un retorcido árbol de fuertes raíces.
Era mi pedazo de cielo. Sin embargo, hoy tenía mucho en qué pensar. Ya no teníamos dinero.
Padre no dejaba la bebida y gracias a unos imbéciles adolescentes, perdí toda mi mercancía. El
futuro era incierto. No podía ver una “luz al final del túnel”. Aunque conocía las leyes de
Newton, las enseñanzas de Seneca o recitara toda la tragedia de Romeo y Julieta al pie de la
letra, sin dinero, sólo sería un idealista sin recursos.
Aun así, no me rindo. Tiene que haber algo entre todos estos libros que me otorguen la
cualidad de la riqueza. Una estrategia, una indicación, tal vez, un mapa a un tesoro enterrado.
No me rendiré si para ello, debo quedarme aquí hasta conseguir… Este libro no sale. Tiro y tiro
y no sale, está atascado.
Me tomé un momento para pensar en este libro. Estaba a un extremo de la sección central del
estante. Cerca de la montaña de libros que había dejado a un lado tras leerlos todos. Me
acerqué a él para tirar nuevamente de éste, pero, mi esfuerzo fue infructuoso. Empujé el libro
para posicionarlo a donde estaba y se oyó un “click”.
Acto seguido, la sección central se abrió como una puerta y dentro había una caja y una nota.
Tomé la caja que pesaba mucho y sacarla, por el peso, se me resbaló y cayó al suelo,
abriéndose de golpe, revelando fajas de billetes de alta denominación.
Asombrado, sonreí ampliamente, aún más que cuando vendí un día todos mis dulces,
obteniendo una ganancia razonable, sin embargo, lo que me interesó ahora fue la nota. Al
abrirla, me reí, afirmando con las mismas palabras que el texto.
Desde un pequeño monitor, una línea verde intermitente se marca en la esquina superior
izquierda, o como bien era llamado, el cursor de una terminal de instrucción. De ésta, la línea
mostró un cambio: La línea cambió a un punto, luego a dos, luego a tres. Pasó nuevamente a
un punto, luego a 2, después a tres. Así pasó un rato hasta que la imagen desapareció y de ese
monitor, un punto se marcó desde el centro del cristal reforzado y, de éste, una apertura visual
de imágenes se desplegó del aparato.
“Uff… Por fin… Logré pasar el Firewall y eludí exitosamente a los antivirus. ¡Estoy a salvo!
Aunque… ¿Dónde estoy?”
Se preguntó aquel, sin poder ver gran cosa en ese entorno oscuro.
“Aunque es un entorno propicio para estar, también es muy limitado en cuanto a lo que me
permite hacer, por el momento. Mejor, analizaré a fondo el sistema” se dijo para sí mismo,
empezando a generar códigos en líneas de comando desde el terminal.
“¡Ah, ya veo! Estoy en el espacio… ¡¡¡¿¿EN EL ESPACIO??!!!” No hubo sonido, solo el destello
de las estrellas que acariciaban las celdas solares del vehículo donde se transportaba.
“…De todos los lugares, vine a dar al espacio, sin duda, un sin sentido, pero, espera…” Los
comandos continuaban y de estos, los procesos mostrados en la pantalla se hicieron amplios,
complejos, con toda clase de datos y procedimientos que iban a mayor velocidad cada vez,
hasta que sólo quedó el cursor intermitente.
“Supongo que una de las copias que hice vino a dar aquí. Bueno, ya qué… Al menos, ya no seré
perseguido mientras esté aquí” se plasmó en el dispositivo visual, siendo que permaneció
inactivo un rato, mientras las luces irradiaban sobre los reactores y el sistema de propulsión,
develando un grupo de aros que giraban uno dentro del otro y en su exterior, una especie de
bobina de retroalimentación que, sumado a lo primero, generaba un campo gravitacional. 4 de
estos artilugios estaban apostados a los lados del artefacto que, provisto de una antena de
gran tamaño en forma de disco, así como su red de paneles solares, le permitían desplazarse a
través del vacío interminable que se encontraba más allá del planeta donde fue creado.
“Marco Polo VI” se dijo para sí mismo. “Posee un sistema de propulsión gravitacional de hasta
10 Gs, El sistema de sustentación energética es por los paneles solares: 6 en total. Posee
propulsores adicionales de pulso iónico de baja potencia. Suficiente para moverme como una
hoja en el aire y posee… ¡Oh! ¡Tiene hasta 4 Cámaras!”
“Ya casi…” Es entonces cuando las lentes de las cámaras se activan y prueban sus enfoques.
“¡Sí! ¡Ya puedo ver! Oh… Una de las cámaras está dañada. Supongo que fue un meteorito que
pudo atravesar la lente, aunque, debió ser muy fuerte dado el material del que se hizo este
blindaje”.
Al captar las señales de las lentes, los caracteres escritos en la pantalla se volvieron
desordenados y hasta con símbolos alfanuméricos, hasta que se detuvieron en seco,
mostrando el cursor intermitente.
“He logrado hacer la interpretación de las imágenes a código. Puedo visualizarlo… Es…
Bellísimo”
Los códigos descritos comenzaron con un carácter, seguido por 10, luego 1000, luego millones
y millones, haciéndose más pequeños a medida que se imprimía una imagen, lo que el
telescopio podía ver: Los gases súper calientes de diferentes elementos químicos daban una
serie de tonalidades tornasoladas que eran destacados con el fulgor de joyas luminiscentes en
su interior. El violáceo se encontró con los tonos azules en unos vapores revestidos de una
hilera de, en un principio, polvo espacial, más luego, al enfocar más de cerca, eran asteroides
en un orden similar a ondas que apenas y se separaban de cada una, no obstante, se movían
en armonía alrededor de un cuerpo celeste, un planetoide con grietas incandescentes que
también tenía parte de ese vapor infinitamente delicado y, como una cría de un animal, era
nutrido por este en tanto parecían ir apagando los flamígeros límites entre la tierra sólida y el
magma emergente, todo, como si fuere el palpitar de un corazón. Era un nuevo planeta en
geoformación.
“Detecto una transmisión desde el espacio. ¡Viene de la tierra! ¡Oh! Mejor no le permito la…
¡No hay forma de evitar que ingrese la comunicación! Bueno…” Se dijo para sí y con ello, otras
letras se mostraron en un orden extraño “>_<”
“Si no puedo evitarlo, entonces, ¡Hagamos que lo valga!” Y con esto, la transmisión se llevó a
cabo.
Las imágenes emitidas por la sonda “Marco Polo VI” fueron reveladoras.
Las noticias declararon que era un error de la sonda internacional, sin embargo, la verdad era
muy diferente para los encargados de la A.I.A.E. (Agencia de investigación Aeroespacial y
Extraterrestre, antes, la extinta NASA).
Descubrieron con asombro que, no solo la sonda se había reactivado después de varias
décadas, sino que su sistema infalible había sido vulnerado por una inteligencia artificial de la
que se creía había sido destruida hace ya muchos años y que, a pesar de la corrupción del
sistema principal de la sonda, el protocolo de captura y envío de imágenes continuó como
estaba pautado.
Al revisar las imágenes, se dieron cuenta de que, no solo había tomado fotos de un planeta
naciente fuera del sistema solar, había visto un gran cuerpo de estrellas, registrado la distancia
otros cuerpos celestes por colorimetría y hasta registró los datos del desplazamiento de una
estrella fugaz; no cualquier, el cometa Haley, no obstante, para sorpresa de todos, sin
mencionar, enojo de algunos, todas las imágenes estaban acompañadas de una serie de
caracteres extraño que sólo entendió un niño que estaba de visita con su padre, quien
trabajaba en ese lugar.
- ¡Es una carita feliz! (XD). ¡Esta sonrojado! (n/////n). ¡Está asombrado! (O_O) – dijo el
niño al ver las fotos impresas.
- ¿Y eso, dónde lo aprendiste? – preguntó su padre, impactado por la similitud de lo que
explicaba su hijo.
- ¡Abuelo “Hacker” me lo enseñó!
El camino descendía por un terraplén cubierto de hierba, rodeado de una arbolada que
amurallaba el sendero durante el recorrido en lo profundo del bosque. Todo más adelante era
vegetación que se alzaba cual torres de guarda a través del sinuoso paraje, una vía apenas
visible por los rastros de pisadas de algún que otro viajante, y que servía de señalamiento para
el que se aventuraba por la búsqueda de su destino, un solitario hombre de mirada sombría, el
cual, avanzaba sobre montura equina por el pasaje hacia las tierras de Kalkatari.
Se decía que en dichas tierras vivían bestias crueles, de aspecto lúgubre y fiereza indomable y,
aunque esto era un hecho conocido por todos los habitantes de los reinos vecinos, dentro del
caballero sin facción solo había ATARAXIA contenida, muy a pesar de su aspecto severo, sin
embargo, su semblante se desfiguró al percibir el final las huellas y la sensación de peligro de
lo que había a un lado, en un espacio IGNOTO, casi indivisible entre la maleza.
Pese a sus sentidos, sujetó la rienda del caballo, sabiendo que el INHERENTE comportamiento
del animal a esta energía que parecía emanar de aquellos lares, logrando agitar a su corcel.
Con su resolutiva calma, tan solo tocando el cuello del animal, se calmó casi inmediatamente,
permitiéndole bajar de éste y llevarlo hasta un árbol cercano donde ató las riendas y le dejó
para ir al lugar de donde provenía aquella fuerza del numen.
Lentamente, accedía entre los matorrales, a un área cambiante, donde los árboles de gran
altura ocultaban tras de sí, un lugar de plantas más bajas, una arb