UNIDAD 5.
5) Uniones Convivenciales
Art. 509
1. Introducción
Una de las principales novedades del CCyC en materia de relaciones de familia se refiere a la
regulación integral de otra forma de organización familiar, alternativa y diferencial a la figura
matrimonial, a la que el legislador nomina “unión convivencial”. “Unión”, en tanto refleja la
idea de proyecto de vida compartido en el marco de una relación de pareja signada por el
afecto; “convivencial” como denotación de uno de los rasgos distintivos y estructurales de este
tipo familiar no formal o “sin papeles”: la convivencia.
De este modo, la legislación civil y comercial se distancia de la postura abstencionista
originaria del CC, ya que reconoce ciertos efectos jurídicos a las relaciones afectivas de pareja,
pero los diferencia de la regulación prevista para el matrimonio, con respecto al derecho de las
personas a casarse y a no casarse (art. 19 CN). Se trata de un reconocimiento que se produce
siempre que se cumplan las características enunciadas, a modo de definición, en el artículo en
comentario —”singular, pública, notoria, estable y permanente”— más los requisitos
constitutivos establecidos en el artículo siguiente, art. 510 CCyC, con especial atención al
mínimo temporal impuesto de dos años de convivencia como modo de evitar la
indeterminación e inseguridad jurídica que genera no saber desde cuándo se tienen o se
pueden reclamar los deberes-derechos que se prevén en este Título III. Por último, el CCyC, a
tono con el avance legislativo que significó la ley 26.618 en materia de igualdad y no
discriminación, reconoce las uniones convivenciales del mismo o diferente sexo. 2.
Interpretación El CC regulaba un solo tipo de familia, la surgida en el marco de un matrimonio,
caracterizado por su heternormatividad —e, incluso, en un comienzo, por su religiosidad o no
laicidad—. Recuérdese que fue recién en 1888, casi 20 años después de sancionado el Código
de Vélez (1869), que la Argentina incorporó a su ordenamiento jurídico el matrimonio civil a
través de la sanción de la ley 2293. En esta línea unívoca de decir “familia”, Vélez Sarsfield
replicó la línea abstencionista seguida por el modelo del Código napoleónico, negándole
reconocimiento de efectos jurídicos a las relaciones afectivas de parejas sin base matrimonial,
posicionamiento sintetizado comúnmente con el adagio “como los concubinos ignoran la ley,
la ley debe ignorarlos”. Sin embargo, esta posición abstencionista originaria fue virando con el
tiempo por fuerza de la realidad. De esta forma, sucesivas reformas parciales al CC (leyes
17.711, 23.264, 20.798 y 23.515) y la sanción de distintas leyes especiales de claro cariz
asistencial (leyes 20.744, 23.091, 24.193, 24.417, entre otras) abrieron paso a un modelo
regulatorio caracterizado por un proteccionismo mínimo y parcial basado, fundamentalmente,
en el reconocimiento de derechos de los convivientes frente a terceros (el empleador, la
aseguradora de trabajo, el Estado a través de su organismo de Seguridad Social, el locador de
la vivienda, etc.). En este contexto se inserta la regulación integral de otra forma de vivir en
familia del CCyC, la que suma las uniones convivenciales al abanico de opciones de vida
familiar protegidas por el derecho infra constitucional-convencional (art. 14 bis CN). Las
razones de esta incorporación son varias y responden a los bastiones axiológicos en los que se
asienta el CCyC: a) principio de realidad; b) derecho privado constitucionalizado —
principalmente, el principio de igualdad y no discriminación, en el marco de una sociedad
plural o multicultural—; c) seguridad jurídica en protección de los más vulnerables. Así, en los
“Fundamentos del Anteproyecto...”, que dieron lugar al CCyC se expresa: “El progresivo
incremento del número de personas que optan por organizar su vida familiar a partir de una
unión convivencial constituye una constante en todos los sectores sociales y ámbitos
geográficos”, agregándose: “Desde la obligada perspectiva de Derechos Humanos,
encontrándose involucrados el derecho a la vida familiar, la dignidad de la persona, la
igualdad, la libertad, la intimidad y la solidaridad familiar, la regulación, aunque sea mínima, de
las convivencias de pareja, constituye una manda que el anteproyecto debe cumplir”. (36) Con
otro plus que hace al tópico de la seguridad jurídica: si bien el CC partía de una postura
abstencionista frente al entonces llamado, peyorativamente, “concubinato”, el tiempo y la
fuerza de la realidad hicieron que este fenómeno sea reconocido no solo, como adelantamos,
en diversas leyes especiales sino también en la jurisprudencia, otorgándosele algunos efectos
jurídicos a las relaciones afectivas que cumplían determinados requisitos —los mismos que
hoy se sintetizan en el artículo en comentario: estabilidad, permanencia, singularidad y
publicidad—. Ahora bien, huelga decirlo, el reconocimiento jurisprudencial fue dispar,
quedando los derechos de las personas a la zaga del juez llamado a intervenir en cada caso. ¿El
modo de evitar esta indeterminación y su pasible consecuencia, la arbitrariedad? Definir qué
se entiende por unión convivencial. Justamente, teniendo en cuenta estas mandas, el CCyC
abre el Título III del Libro Segundo, reconociendo la unión estable, pública, notoria y
permanente de dos personas de igual o distinto sexo que conviven y comparten un proyecto
de vida en común basado en el afecto, en tanto forma de vivir en familia, alternativa al
matrimonio. La convivencia y el proyecto de vida en común son los primeros elementos
tipificantes de estas uniones. Se trata de elementos que diferencian a este tipo de organización
familiar de otras relaciones afectivas, por ejemplo, relaciones de pareja pasajeras o efímeras
(noviazgos) que no cumplen con el requisito de la convivencia, o relaciones de amistad o
parentesco (amigos que comparten vivienda mientras se van a estudiar a otra provincia,
hermanos que conviven siendo adultos, etc.) que, si bien pueden cumplir con el requisito de
convivencia, no traslucen un proyecto de vida en común —en otras palabras, no son pareja—.
Otro de los caracteres con que el CCyC define y delimita el reconocimiento de efectos jurídicos
a las convivencias de pareja, es la singularidad o exclusividad en el vínculo. Como en el caso del
matrimonio, esta exigencia responde al modelo monogámico socialmente aceptado. Ya la
jurisprudencia de época anterior a la sanción de la nueva legislación destacaba la importancia
de este requisito: “La relación concubinaria es aquella prolongada en el tiempo, con vocación
de permanencia, calificada por un especial vínculo afectivo, excluyente de toda otra relación
simultánea con caracteres similares destinada a pervivir”. (37) Asimismo, los rasgos de
notoriedad y publicidad que se mencionan en el artículo en comentario responden a la
necesidad de prueba de esta relación no formal. Es que, a diferencia del matrimonio que se
instituye a partir del hecho formal de su celebración (es decir, que tiene fecha cierta), la unión
convivencial no exige formalidad alguna; por tanto, siendo un hecho fáctico, requiere de
elementos objetivos para su constitución, como ser la notoriedad y la relación pública. En la
misma línea se inscriben las notas distintivas de permanencia y estabilidad, en consonancia
con el requisito de dos años de convivencia que se incluye en el artículo siguiente (art. 510
CCyC). Sucede que términos como “permanencia” y/o “estabilidad” pueden no significar lo
mismo a los ojos de diversos intérpretes (para algunos un año puede alcanzar para tener por
configurado estos caracteres; para otros, cinco años y así existen infinidad de posibilidades).
Precisamente para evitar esta discrecionalidad y divergencia judicial a la hora de reconocer o
no reconocer los efectos de este Título III a las convivencias de pareja, el CCyC prevé un plazo
mínimo de convivencia. Por último, a tono con el avance legislativo en materia de igualdad y
no discriminación instaurado con la sanción de la ley 26.618, y en consonancia con el principio
de no regresividad en materia de derechos humanos, el CCyC no incluye como requisito de la
unión convivencial a la diversidad sexual de sus miembros. Es decir, recepta las uniones
convivenciales del mismo o diferente sexo, cerrando con ello los caracteres delimitantes del
ámbito de aplicación subjetivo de las normas previstas en el Título III, del Libro II.
Art. 510: Requisitos
1. Introducción Una vez definido los caracteres de la unión convivencial —unión estable,
pública, notoria y permanente de dos personas de igual o distinto sexo que conviven y
comparten un proyecto de vida en común basado en el afecto (art. 509)—, el CCyC introduce
cinco requisitos constitutivos de esta forma de organización familiar alternativa al matrimonio.
Se trata de requisitos que deben ser cumplidos para que proceda el reconocimiento de ciertos
efectos jurídicos previstos en los Capítulos III y IV del Título III, y que pueden sintetizarse en:
ser mayor de edad; no estar unidos por vínculos de parentesco; no estar casados o en otra
unión convivencial; y mantener la convivencia por un mínimo de dos años. Cobra especial
interés el último de los requisitos mencionados, sobre todo teniendo en cuenta que que, en
pos de no dejar nuevamente fuera del derecho a un grupo amplio de personas —
fundamentalmente, a aquellas más vulnerables—, no exige la registración de la unión como
modo de constitución. Es decir, la registración es posible y se prevé, pero solo a los fines de
facilitar la prueba de la unión, como veremos con más detalle en los comentarios de los arts.
511 y 512. 2. Interpretación El CCyC, a diferencia de otras legislaciones que observa el derecho
comparado, no exige la registración como elemento constitutivo de las uniones convivenciales.
Por este motivo, datos fácticos y objetivos como los enumerados en el artículo en comentario
—en línea con los rasgos tipificantes previstos en el artículo anterior— son introducidos para
poder determinar qué parejas no casadas son alcanzadas o no alcanzadas por las normas
previstas en el Título III.
2.1. Análisis de los incisos a) los dos integrantes sean mayores de edad; El primero de estos
requisitos es la mayoría de edad de los miembros de una unión convivencial, 18 años según la
legislación vigente —ley 26.579—. En tal sentido, se diferencia del matrimonio, donde si bien
la edad núbil se alcanza también a los 18 años —art. 403, inc. f, CCyC—, la persona menor de
edad que no haya cumplido los 16 años puede contraer matrimonio, previa dispensa judicial; y
la persona mayor de 16 y menor de 18 años puede contraer matrimonio con autorización de
sus representantes legales —art. 404 CCyC— y, si ella le es negada, puede requerir al juez la
dispensa judicial. En las uniones convivenciales, en cambio, no se prevén excepciones a este
requisito de edad mínima. Sucede que las uniones convivenciales, a diferencia del matrimonio,
se constituyen sin formalidad alguna y, por tanto, están ajenas al control estatal; en resguardo
y protección de las personas menores de edad, se impone como requisito ineludible la mayoría
de edad de sus miembros. b) no estén unidos por vínculos de parentesco en línea recta en
todos los grados, ni colateral hasta el segundo grado; En segundo término, a los fines de evitar
relaciones incestuosas —y porque el CCyC incluye únicamente las relaciones de pareja en su
definición de unión convivencial y no así a las llamadas “uniones asistenciales” (que pueden
darse entre amigos que conviven, hermanos, etc.)—, se establecen limitaciones respecto del
parentesco entre los miembros de la pareja. Al referirse a la noción de parentesco sin
distinción, cabe recordar que, conforme lo establece el art. 529 CCyC, este comprende al
parentesco surgido de la filiación por naturaleza, por técnicas de reproducción humana
asistida o por adopción. La prohibición alcanza, en línea recta ascendente y descendente, a
todos los grados y, en línea colateral, hasta el segundo grado. Es decir, no podrán constituir
una unión convivencial hermanos —unilaterales o bilaterales—. c) no estén unidos por
vínculos de parentesco por afinidad en línea recta; El artículo en comentario impone también
como limitante la relación de parentesco por afinidad en línea recta en todos los grados entre
los miembros de una unión convivencial. Así, por ejemplo, si un matrimonio se disuelve por
divorcio, el/la excónyuge no podrá constituir una unión convivencial con los ascendientes de
su exmarido/mujer (suegros), ni con los hijos de su expareja provenientes de una relación
anterior (hijos afines), ni con los hijos de estos (nietos afines), etc. En este punto, cabe aclarar
que la unión convivencial, a diferencia del matrimonio, no genera estado civil alguno y, por
tanto, al no producirse parentesco por afinidad entre el/la conviviente y los parientes de su
pareja, es posible que una vez cesada la unión convivencial, alguno de sus miembros
constituya una nueva unión con uno de los parientes de su expareja. d) no tengan
impedimento de ligamen ni esté registrada otra convivencia de manera simultánea; Por otra
parte, el CCyC también establece como requisito constitutivo la inexistencia de impedimento
de ligamen, con un plus diferencial respecto de la regulación del matrimonio: aquí el
impedimento de ligamen se hace extensivo no solo al matrimonio anterior de uno o ambos
miembros de la pareja mientras subsista, sino también a la unión convivencial registrada de
manera simultánea de uno o ambos miembros. Es importante aclarar que, si bien en el artículo
en comentario, el CCyC prevé impedimentos de fácil acreditación porque encierran una
formalidad —matrimonio y unión convivencial registrada—, los conflictos que puedan
suscitarse por la existencia simultánea de dos uniones convivenciales no registradas, deberán
ser dirimidos en la justicia y resueltos teniendo en consideración las pruebas que se acrediten
en torno a los requisitos y elementos tipificantes previstos en los arts. 509 y 510 CCyC, más las
causales de cese de la convivencia reguladas en el art. 523 CCyC. e) mantengan la convivencia
durante un periodo no inferior a dos años. Por último, como adelantamos al comentar el
artículo anterior, la nueva legislación civil y comercial estatuye al factor tiempo como
determinante para la configuración de este tipo de organización familiar pues, a diferencia del
matrimonio que se constituye a partir de un hecho formal de celebración, la unión convivencial
carece de formalidad y precisa de la delimitación de su configuración a partir de datos
objetivos como la cuestión de la permanencia y estabilidad temporal. El tiempo exigido, dos
años, es una cuestión de política legislativa —los criterios en el derecho comparado son
variados (solo a modo de ejemplo, Paraguay exige 4 años de convivencia; Uruguay, 5 años,
etc.)— y, en este punto, existen en nuestro medio leyes locales antecesoras, como la ley 1004
de la Ciudad de Buenos Aires, que establecen también dos años como piso mínimo para el
reconocimiento de ciertos efectos jurídicos. La finalidad de establecer un plazo de convivencia
estable, pública y notoria está expresada con elocuencia en los Fundamentos: “La
determinación de un plazo busca resguardar la seguridad jurídica y evitar la arbitrariedad que
puede derivarse de la indeterminación”. (38) A modo de cierre, una consideración general de
suma relevancia: el cumplimiento de los rasgos estructurales definidos en el art. 509 CCyC,
más los requisitos constitutivos previstos en el artículo en comentario, son exigidos a los fines
de reconocer los efectos jurídicos previstos en el Título III del Libro II; por tanto, no puede
inferirse de este razonamiento que las convivencias de pareja que no cumplan con alguno o
varios de estos requisitos no tengan efecto jurídico alguno dentro de la nueva legislación civil y
comercial. Por el contario, y solo a título ilustrativo, podemos mencionar el reconocimiento de
legitimación activa para reclamar daño extra patrimonial al conviviente en tanto demuestre
“trato familiar ostensible” —art. 1741 CCyC—; la posibilidad de constituir en beneficiario de la
afectación de la protección a la vivienda única al conviviente —art. 246, inc. a, CCyC—; la
adopción de integración del hijo del conviviente que, a diferencia de la adopción conjunta, no
requiere la configuración de una unión convivencial entre el progenitor y su pareja —art. 620
CCyC—. Misma tesitura debe seguirse en torno a la aplicación de la legislación especial
anterior a la sanción del CCyC en materia de derechos a las convivencias de pareja
(indemnización por muerte del trabajador; derecho a pensión; locaciones urbanas; protección
contra la violencia familiar; trasplante de órganos; acceso a las técnicas de reproducción
humana asistida; entre otras), debiéndose aplicar lo que se establece en estas normativas y no
los requisitos exigidos a los efectos de reconocer los derechos-deberes del Título III del Libro II.
Art. 511: Registraciones
1. Introducción El CCyC, a diferencia de normativas locales anteriores como la ley 1004 de la
CABA, no exige la registración como requisito de configuración de la unión convivencial. La
registración de la existencia, el cese y los pactos que la pareja haya celebrado, se instituye
únicamente a los fines de facilitar su prueba. 2. Interpretación El CCyC prevé la registración de
las uniones convivenciales solo con fines probatorios, mas no como requisito para su
configuración, es decir, como elemento indispensable para reconocer los efectos jurídicos
previstos en el Título III. La razón de esta política legislativa es clara: no dejar nuevamente
fuera del derecho a un grupo amplio de personas, sobre todo a aquellas más vulnerables que,
por diversos motivos socioculturales, no quieren o no pueden acceder a la registración de sus
convivencias. De este modo, se evita crear nuevas categorías o tipos de familias por fuera del
derecho. Cabe recordar las elocuentes palabras de la Corte IDH en el caso “Atala Riffo”, “el
Tribunal reitera que el concepto de vida familiar no está reducido únicamente al matrimonio y
debe abarcar otros lazos familiares de hecho donde las partes tienen vida en común por fuera
del matrimonio”. (39) En resguardo de estos lazos familiares de hecho, y en consonancia con la
solidaridad familiar que surge de haber asumido un proyecto de vida en común y la atención
particular que la nueva legislación brinda a los sectores de la población más vulnerables, el
reconocimiento de efectos jurídicos a las uniones convivenciales se otorga con prescindencia
de formalidad alguna, es decir, estén las parejas registradas o no. No obstante, si bien la
registración se prevé solo a los fines de facilitar la prueba de la unión, su cese o la existencia de
pactos entre sus integrantes, como veremos con mayor detalle al comentar el art. 522 CCyC,
las uniones registradas tienen un plus de derechos respecto de la protección de la vivienda
familiar y los muebles indispensables de ella —plus ineludible por pacto en contrario en tanto
conforma el piso mínimo inderogable para las partes—. Protección en un doble sentido: a)
necesidad de asentimiento del otro conviviente en caso de disposición; y b) inejecutabilidad
por deudas contraídas con posterioridad a la registración, excepto que hayan sido contraídos
por ambos convivientes o por uno con el asentimiento del otro. La respuesta al por qué de la
necesidad de registración para que esta protección sea operativa surge clara: la protección de
derechos de terceros, que la legislación no puede desatender. Respecto de los requisitos
necesarios para la registración de la unión, sus pactos y su cese, y siendo la cuestión registral
competencia no delegada a la nación, habrá que atender a las formalidades que dispongan las
normativas de cada jurisdicción —las provincias y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires—. En
consonancia con el carácter de singularidad y el requisito de impedimento de ligamen
extendido a la existencia de una unión convivencial anterior mientras subsista, el artículo en
comentario dispone la prohibición de inscribir una nueva unión convivencial hasta tanto no se
proceda a registrar el cese de una unión convivencial anteriormente inscripta. Cese que podrá
ser registrado a solicitud de uno de los miembros de la pareja, tal como se desprende,
contrario sensu, del último párrafo de la norma en comentario, “La registración de la
existencia de la unión convivencial debe ser solicitada por ambos integrantes”. En síntesis, solo
la registración de la unión convivencial requiere de la voluntad expresa de ambos miembros;
lpor el contrario, los pactos que ellos hayan celebrado —como la existencia de alguno de los
supuestos de cese de la convivencia— pueden ser inscriptos en el Registro a solicitud de uno
de sus miembros.
Art. 512: Prueba de la Unión
1. Introducción
El CCyC establece el principio de amplitud probatoria en materia de acreditación de existencia
de la unión convivencial. Se destaca la facilidad probatoria que favorece a las uniones
registradas, pues su sola registración es prueba suficiente de su constitución.
2. Interpretación
Definidos los caracteres de la unión convivencial —unión estable, pública, notoria y
permanente de dos personas de igual o distinto sexo que conviven y comparten un proyecto
de vida en común basado en el afecto (art. 509 CCyC)— y los requisitos constitutivos para su
configuración —ser mayor de edad, no estar unidos por vínculos de parentesco, no estar
casados o en otra unión convivencial y mantener la convivencia por un mínimo de dos años
(art. 510 CCyC)—, el Código dispone el principio de libertad probatoria a los fines de tener por
acreditada la existencia de la unión. De este modo se habilita la posibilidad de exigir los efectos
jurídicos reconocidos en el Título III a este tipo de organización familiar. Asimismo, en
consonancia con el principio establecido en el art. 511 CCyC, en tanto la registración no es un
elemento ad solemnitatem sino solo ad probationem, la sola registración de la unión es prueba
suficiente de su existencia y no requiere de otros medios probatorios para su acreditación.
EFECTOS DURANTE LA CONVIVENCIA
Art. 518: Relaciones Patrimoniales
[Link]ón
En consonancia con el principio de supremacía de la autonomía personal establecido en el art.
513 CCyC, las relaciones patrimoniales entre convivientes durante la vigencia de la unión
convivencial se rigen por lo dispuesto en el pacto de convivencia. En caso de no haber
celebrado pacto, el CCyC establece —como régimen supletorio— la facultad de libre
administración y disposición de los bienes bajo la titularidad de los integrantes de la unión. Se
agrega una restricción a esta libertad, aplicable solo a las uniones registradas: la necesidad de
contar con el asentimiento del conviviente no titular para disponer de la vivienda familiar y/o
de los muebles indispensables que se encuentren en ella (piso mínimo inderogable mediante
pacto, arts. 513 y 522 CCyC). 2. Interpretación 2.1. Las relaciones patrimoniales en presencia
de pacto El artículo en comentario abre el Capítulo III (del Título III, del Libro II), destinado a
reglar los efectos de las uniones convivenciales durante su vigencia —es decir, los efectos
durante la convivencia—. En sintonía con lo normado en el art. 513 CCyC, estatuye como
mecanismo rector de las relaciones patrimoniales durante la convivencia a la autonomía de la
voluntad. De este modo, son las partes las que, por un común acuerdo celebrado por escrito,
determinan los efectos patrimoniales que quieren que rijan su relación hasta tanto mantengan
la convivencia y el proyecto de vida en común. A diferencia de lo que sucede en el matrimonio,
donde existen dos regímenes patrimoniales legales dispuestos —pudiendo los cónyuges solo
optar por alguno de ellos (art. 446, inc. d, CCyC)—, en las uniones convivenciales, las relaciones
patrimoniales se desarrollan, en principio, conforme lo reglado por las partes en el acuerdo
celebrado por escrito. Es dable recordar que, respecto de los efectos en materia de relaciones
patrimoniales durante la convivencia, estos acuerdos no pueden afectar el piso mínimo
inderogable (art. 513 CCyC), teniendo por no escritas las cláusulas que lo contradigan. En ese
sentido, el artículo en análisis tiene en miras, especialmente, a la protección de la vivienda
familiar y de los muebles indispensables que se encuentren en ella —protección prevista en el
art. 522 CCyC, al que remitimos—. 2.2. Las relaciones patrimoniales en ausencia de regla
establecida por pacto Ahora bien, puede ocurrir que los integrantes de la unión no celebren
pacto o que, incluso celebrándolo, no incluyan una cláusula que resuelva cómo desarrollar las
relaciones patrimoniales en el proyecto de vida compartido durante la unión. Recuérdese que
la primera parte del art. 513 CCyC dispone, “Las disposiciones de este Título son aplicables
excepto pacto en contrario de los convivientes”. Por esta razón, aun habiendo pacto, si este
nada dice respecto a las relaciones patrimoniales durante la convivencia, estamos en la misma
situación que en el caso de no haberse celebrado pacto alguno. En estos dos escenarios —que,
en definitiva, reflejan la ausencia de autocomposiciones libremente elegidas respecto de las
relaciones patrimoniales durante la convivencia—, el CCyC otorga nuevamente
preponderancia a la autonomía, facultando a cada integrante de la unión, como régimen legal
supletorio, a administrar y disponer libremente de los bienes de su titularidad. Se trata de una
administración libre de disposición que, sin embargo, en protección de la vivienda familiar y los
muebles indispensables que se encuentran en ella, encuentra una limitación aplicable (con
pacto o sin pacto celebrado) a las uniones convivenciales que se hallen registradas (arts. 511 y
522 CCyC). Si la unión se registró, ninguno de los convivientes puede, sin el asentimiento del
otro, disponer de la vivienda familiar ni de los muebles indispensables de esta; una restricción
que responde al principio de solidaridad familiar presente en toda forma de organización que
sustente un proyecto de vida en común.
Art. 519: Asistencia
1. Introducción Los integrantes de una unión convivencial se deben asistencia recíproca, tanto
en su faceta espiritual como material —alimentos—, solo durante la convivencia. Este deber
conforma el piso mínimo inderogable que las partes no pueden desatender por acuerdo de
voluntades, tornándose obligatorio su cumplimiento en ausencia de pacto o, incluso, contra
pacto. 2. Interpretación A diferencia de lo que ocurre en la regulación de la figura matrimonial,
donde la asistencia se regula diferenciando sus dos facetas —la asistencia moral o espiritual
(art. 431 CCyC) y la asistencia material o alimentaria (art. 432 CCyC)—, en las uniones
convivenciales no existe tal diferenciación, regulándose en un solo artículo ambas vertientes.
Las razones de esta técnica legislativa surgen claras de un análisis sistémico. La faceta
espiritual, cualquiera sea el tipo de organización familiar elegido, se torna un deber solo ante
la existencia de un proyecto de vida compartido, sea una familia matrimonial o una unión
convivencial. Por su parte, la asistencia material o alimentaria, en el caso de la figura
matrimonial, se regula como un efecto personal-patrimonial no solo exigible durante la
convivencia, sino extensible a supuestos post cese de la convivencia (separación de hecho) o,
incluso, excepcionalmente, post divorcio. En cambio, en el caso de las uniones convivenciales,
el cumplimiento de la faz material de la obligación asistencial solo se torna exigible durante la
convivencia. De esta forma, post cese de la unión, no existe deber asistencial entre
convivientes. Los alimentos, a falta de pacto en contrario que supere el piso mínimo
inderogable, solo se deben durante su vigencia. En otras palabras, mediante pacto, los
convivientes pueden elevar la protección de este piso mínimo asistencial y, en caso de ruptura,
fijar de común acuerdo, por ejemplo, un derecho alimentario a favor de la parte menos
favorecida económicamente. Lo que los integrantes de la unión no pueden, pese al amplio
libre juego de sus autonomías, es pactar la exclusión del deber de asistencia previsto en el
artículo en análisis, en tanto piso mínimo inderogable producto de ese proyecto de vida
compartido. En caso de incluir esta excepción dentro de las cláusulas del pacto, esta se tendrá
por no escrita, aplicándose supletoriamente lo establecido en el art. 518 CCyC.
Art. 520: Contribuciones a los gastos del hogar
1. Introducción Otro de los efectos que rigen durante la convivencia es el de contribución con
los gastos del hogar. Los integrantes de la unión deben contribuir, en forma proporcional a sus
recursos, con los gastos domésticos. Estos gastos incluyen el sostenimiento de los integrantes
de la unión; el de los hijos comunes; el de los hijos no comunes, siempre que convivan con
ellos, sean menores de edad, tengan capacidad restringida o discapacidad; y los necesarios
para el mantenimiento del hogar. 2. Interpretación El segundo elemento que conforma el
llamado piso mínimo de las uniones convivenciales es el del deber de contribución con los
gastos del hogar. Como vimos al analizar el art. 513 CCyC, este deber es indisponible para las
partes. Los convivientes pueden acordar mediante pacto el modo en que cada uno contribuirá,
pero nunca podrán eximirse de cumplir con esta obligación. Para conocer el alcance y
contenido de esta obligación de contribución a los gastos domésticos, el artículo en análisis
hace una remisión directa a la regulación en el ámbito de la figura matrimonial. Cabe recordar
que el art. 455 CCyC forma parte de las disposiciones comunes aplicables a todos los
regímenes patrimoniales del matrimonio —el de comunidad de ganancias o el de separación
de bienes— y, al igual que el artículo en comentario, forma parte del piso mínimo aplicable
cualquiera sea la organización familiar en reaseguro de la solidaridad familiar. Respecto del
alcance de la obligación, el CCyC establece su vigencia únicamente durante la convivencia,
pudiendo las partes celebrar un acuerdo mediante pacto escrito para elevar, otra vez, este piso
mínimo y extender la contribución incluso para después del cese de la unión. Asimismo, en
cuanto al modo de contribución, el CCyC dispone que cada integrante deba colaborar en
proporción a sus recursos, no siendo necesariamente iguales las contribuciones que cada uno
realice. Téngase presente que las tareas personales que realiza uno de los convivientes, el
cuidado de los hijos, las tareas domésticas de la casa, etc., tienen un valor económico, no solo
espiritual, y son consideradas como aporte al cumplimento de esta obligación: “el trabajo en el
hogar es computable como contribución a las cargas” (art. 455 CCyC). En cuanto al contenido
de estos gastos domésticos, comprenden los siguientes cuatro rubros: a) el sostenimiento de
los convivientes; b) el sostenimiento del hogar; c) el sostenimiento de los hijos comunes; y d) la
atención a las necesidades de los hijos menores de edad, con capacidad restringida, o con
discapacidad de uno de los convivientes —hijos no comunes—, siempre que convivan con los
integrantes de la unión. En caso de que alguno de los integrantes de la unión no cumpla con su
obligación, el otro conviviente podrá demandar su cumplimiento judicialmente. En este caso,
el juez competente, conforme lo establece el art. 718 CCyC, será el juez del último domicilio
convivencial o el del demandado a elección del actor. Como el deber de contribución es solo
exigible durante la vigencia de la unión, no hay una opción real, pues el domicilio convivencial
y el domicilio del demandado serán el mismo.
Art. 521: Responsabilidad por las deudas frente a terceros
1. Introducción El CCyC establece, dentro del piso mínimo inderogable, la obligación de los
convivientes de responder solidariamente frente a terceros por las deudas que uno de ellos
hubiera contraído con el fin de solventar los gastos ordinarios del hogar o el sostenimiento y
educación de los hijos comunes, y las necesidades de los hijos no comunes, siempre que vivan
con la pareja. Fuera de estos supuestos, y salvo pacto en contrario, ninguno de los convivientes
responde por las obligaciones del otro. 2. Interpretación 2.1. Consideraciones generales Para
determinar el alcance de la responsabilidad del conviviente no deudor por las deudas que el
otro contrae con terceros, el CCyC nuevamente remite expresamente a lo estipulado en el
régimen patrimonial del matrimonio. De esta forma, tanto en materia de contribución a los
gastos domésticos durante la convivencia —relación interna— como respecto de la
responsabilidad por las deudas frente a terceros —relación externa—, la unión convivencial y
el matrimonio no difieren. En el caso de la responsabilidad por las deudas frente a terceros la
remisión a la regulación del matrimonio es doble. Hay un reenvío directo al art. 461 CCyC y un
reenvío indirecto a lo establecido en el art. 455 CCyC. Veamos qué sucedía antes de la reforma
civil y comercial. La ley 11.357, hoy derogada, se ocupaba de regular la temática de la
responsabilidad frente a terceros, pero solo en el marco de una familia matrimonial y con un
alcance muy distinto al hoy previsto en la nueva legislación. Conforme el derogado art. 6º de la
ley 11.357, frente al reclamo del acreedor, el cónyuge que no había contraído la deuda
respondía con los frutos de sus bienes propios y gananciales solo ante tres supuestos de
excepción: necesidades del hogar; educación de los hijos; y conservación de los bienes
comunes —gananciales—. El CCyC introduce importantes cambios en la materia. En primer
lugar, la regulación de la obligación de responder por las deudas frente a terceros se extiende
no solo a las familias matrimoniales sino también a las familias surgidas de una unión
convivencial. Asimismo, con respecto a los supuestos de extensión de la responsabilidad al
cónyuge o conviviente que no contrajo la deuda, la nueva legislación establece los siguientes
supuestos: a) las necesidades del hogar; b) la educación y sostenimiento de los hijos comunes;
y c) las necesidades de los hijos no comunes menores de edad, con capacidad restringida o
discapacidad, siempre que convivan con los integrantes de la unión convivencial. Cabe
destacar que, tanto para el caso del mantenimiento y educación de los hijos comunes como
para el caso de la atención a las necesidades de los hijos no comunes que convivan con ellos,
su extensión tendrá que considerar y coordinarse con lo estipulado en el Título VII del Libro II
—Responsabilidad Parental—, en especial con los arts. 646, 658, 659, 660, 672, 673 y 675
CCyC, a los que remitimos para un análisis en profundidad de su contenido.
Por último, respecto de los supuestos de extensión de responsabilidad en la nueva legislación
civil y comercial, la conservación de los bienes comunes o gananciales (que se incluía en el art.
6º de la ley 11.357) solo queda vigente para el caso de matrimonios que estén en el marco del
régimen de comunidad de ganancias (en este caso, la responsabilidad del otro cónyuge solo se
extiende hasta la concurrencia de los bienes gananciales de su titularidad —art. 467 CCyC—);
no existiendo en las uniones convivenciales régimen patrimonial legal alguno, este supuesto no
se aplica. 2.2. Responsabilidad solidaria Otra de las modificaciones que introduce el CCyC, en
contraposición a lo mentado en la antigua ley 11.357, se refiere al tipo de responsabilidad
frente al tercero que contrae el cónyuge, ahora también el conviviente, que no asumió la
deuda personalmente. Antiguamente, el cónyuge que no había contraído la deuda solo
respondía con los frutos de sus bienes propios y con los frutos de los bienes gananciales que
eran de su administración, siempre que el origen de la obligación fuese con el fin de atender
las necesidades del hogar, o para la educación de los hijos, o para la conservación de los bienes
comunes. En el CCyC, en cambio, la responsabilidad es solidaria, surgiendo inequívocamente
de la letra de la ley (arts. 521 y 828 CCyC). Conforme lo establece el art. 827 del mismo cuerpo
normativo, “Hay solidaridad en las obligaciones con pluralidad de sujetos y originadas en una
causa única cuando, en razón del título constitutivo o de la ley, su cumplimiento total puede
exigirse a cualquiera de los deudores, por cualquiera de los acreedores”. Los acreedores
podrán exigir el cumplimiento total de las deudas a uno o ambos convivientes —ya sea
simultánea o sucesivamente—, siempre que estas hayan sido contraídas con el fin de afrontar
gastos del hogar, o la educación y sostenimiento de los hijos comunes y no comunes que
convivan. Le competerá al acreedor la carga de probar que se está ante uno de los supuestos
de responsabilidad solidaria que prevé el artículo en comentario. A modo de síntesis, en el
siguiente cuadro se observan las principales diferencias existentes entre el CCyC y el CC en
materia de responsabilidad por las deudas frente a terceros.
2.3. Responsabilidad separada Fuera de los casos previstos en la norma en comentario, con
remisión a los arts. 461 y 455 CCyC del régimen patrimonial del matrimonio, y excepto pacto
en contrario de los convivientes, ninguno de los integrantes de la unión responde por las
obligaciones del otro. En síntesis, en forma coherente con el principio de administración y
disposición separada de los convivientes regulado en el art. 518 CCyC —de aplicación directa a
todas las uniones excepto que haya pacto en contrario—, la responsabilidad por las deudas
contraídas por uno de los integrantes no se extiende, salvo los supuestos de excepción ya
analizados, al conviviente no deudor.
Art. 522: Protección a la vivienda familiar
1. Introducción
Las uniones convivenciales que han sido inscriptas en los registros previstos en el art. 511 de
este mismo cuerpo normativo, tienen un plus respecto al piso mínimo aplicable a todas las
uniones, registradas o no registradas: la protección de su vivienda familiar; una protección que
se aplica en una doble dirección: interna —entre convivientes— y externa —frente a terceros
—. Respecto a la protección interna, se establece la necesidad de contar con el asentimiento
del otro integrante de la unión para todo acto de disposición que afecte la vivienda familiar o
al mobiliario indispensable de ella. En caso de no contar con el asentimiento del otro, el
conviviente puede pedir supletoriamente la autorización judicial, que será otorgada siempre
que no exista un interés familiar que la contradiga. En cuanto a la protección externa, se
prohíbe, en principio, la ejecución de la vivienda familiar por deudas contraídas luego de
registrada la unión, excepto que hayan sido contraídas por ambos o por uno de los integrantes
con el asentimiento del otro.
2. Interpretación
2.1. La vivienda como un derecho humano, marco general de protección El derecho de acceso
a la vivienda es un derecho humano reconocido en la Constitución Nacional y en numerosos
tratados internacionales de derechos humanos. Conforme su sistema de fuentes, el CCyC toma
en cuenta esta directriz e introduce distintas normativas tendientes a proteger este derecho
humano básico, sostén de la persona y de la familia El Título III del Libro I destina un capítulo
específico, el Capítulo Tercero, a regular la protección de la vivienda. Dentro de las novedades
o modificaciones que se introducen respecto de la derogada ley 14.394, se destacan, conforme
lo expresan los Fundamentos que acompañaron al Anteproyecto de Modificación y Unificación
del CCyC, las siguientes: a) se autoriza la constitución del bien de familia a favor del titular del
dominio sin familia, atendiendo a la situación, cada vez más frecuente, de la persona que vive
sola; b) se permite que el bien de familia sea constituido por todos los condóminos, aunque no
sean parientes ni cónyuges; ergo, se incluye a los convivientes, conformen o no una unión
convivencial —es decir, cumplan o no con los caracteres y requisitos de los arts. 509 y 510
CCyC—; c) se amplía la lista de los beneficiarios al conviviente, entre los avances más
destacados que hacen a la materia que nos convoca, la unión convivencial. 2.2. Ámbito de
aplicación de la protección de la vivienda en las uniones convivenciales La protección prevista
en el artículo en comentario se aplica solo a las uniones convivenciales (arts. 509 y 510 CCyC)
registradas. Es decir, aquellas que hayan cumplido con los requisitos estipulados en el art. 511
CCyC de este mismo Título III y con las normas concordantes que cada jurisdicción disponga al
efecto. Si bien la registración de las uniones convivenciales solo tiene un fin probatorio,
aquellas que se registren verán ensanchado su piso mínimo inderogable en atención a la
protección que se le brinda a la vivienda familiar y a los muebles indispensables que se
encuentren en ella; una protección que se aplica en una doble dirección: interna —entre
convivientes— y externa —frente a terceros—. 2.3. La protección de la vivienda entre
convivientes El art. 1277, párr. 2, CC —aplicable al entonces único modelo de familia regulado,
el matrimonial— establecía la obligación de contar con el asentimiento del otro cónyuge para
disponer del inmueble sede del hogar conyugal de titularidad de uno de los miembros de la
pareja, siempre que existiesen hijos menores de edad o incapaces. En protección de los hijos
de las personas no casadas, y por aplicación del principio de igualdad entre hijos matrimoniales
y no matrimoniales, la jurisprudencia anterior a la sanción del CCyC había aplicado, por
analogía, la protección del art. 1277 CC a las parejas no casadas, siempre que hubiera hijos.
Ahora bien, la nueva legislación civil y comercial, si bien amplía la protección de la vivienda, en
su faceta interna —es decir, en la necesidad de contar con el asentimiento del conviviente no
dueño para disponer de ella y de sus muebles indispensables—, a las uniones convivenciales,
no restringe o ata su operatividad al supuesto de existencia de hijos ni en el caso del
matrimonio (art. 456 CCyC) ni en el caso de las uniones. Por otra parte, la protección se
engrosa también en su contenido porque se incluye no solo al hogar familiar sino al mobiliario
o ajuar indispensable que se encuentre en él. De esta forma, si la unión fue registrada, ninguno
de los integrantes puede, sin el asentimiento del otro, disponer de la vivienda familiar ni de los
muebles que se encuentran en ella. Esta disposición conforma el núcleo duro de derechos o
piso mínimo inderogable; por tanto, en caso de existencia de cláusula acordada por las partes
que lo contradiga, se tendrá por no escrita, tornándose imperativa la aplicación de la norma en
comentario Asimismo, en caso de conflicto entre convivientes, es decir, ante el supuesto de la
negativa de prestar el asentimiento, se le otorga al juez la facultad de autorizar la disposición
del bien, siempre que no sea imprescindible y el interés familiar no esté comprometido. Por
último, en caso de que la disposición sobre el hogar familiar, o sobre el mobiliario
indispensable que se encuentra en él, se haya efectuado sin el correspondiente asentimiento o
sin la autorización supletoria del magistrado, el integrante de la unión que no prestó su
asentimiento podrá demandar la nulidad del acto, con un doble condicionamiento: a) que la
acción de nulidad no haya caducado, es decir, que no hayan pasado los seis meses de conocido
el acto de disposición; y b) que la convivencia continúe. No cumplida alguna de estas
condiciones, el acto de disposición queda firme. 2.4. La protección de la vivienda familiar
frente a terceros Respecto de la protección frente a terceros, el CCyC establece, como
principio general aplicable solo a las uniones registradas, que la vivienda familiar no puede ser
ejecutada por deudas contraídas con posterioridad a la inscripción de la unión. No obstante,
esta regla genérica observa dos excepciones: que la deuda haya sido contraída por ambos
convivientes; o que haya sido contraída por uno de los integrantes con el asentimiento del
otro.
ART. 523: Cese de la convivencia
1. Introducción El CCyC prevé de forma taxativa los distintos supuestos que dan lugar al cese
de la unión convivencial. Estos pueden diferenciarse atendiendo al origen de su configuración
en: a) hechos ajenos a la voluntad de uno o ambos integrantes de la unión —la muerte, la
ausencia con presunción de fallecimiento—;o b) hechos que hacen al libre juego de la
autonomía de los integrantes —matrimonio o nueva unión de uno de sus miembros,
matrimonio entre los miembros, acuerdo de ambos, por decisión de uno de ellos notificada
fehacientemente al otro, o por el cese ininterrumpido de la convivencia—. Una vez cesada la
unión convivencial, los distintos artículos del Capítulo 4 se destinan a regular los efectos post
cese de la unión, debiendo dejar en claro que estos efectos solo se aplican en caso de
inexistencia de pacto en contrario, en tanto no conforman el piso mínimo de derechos. 2.
Interpretación 2.1. Palabras preliminares La norma en comentario abre el último de los
capítulos del Título III destinado a reglar los efectos post cese de la unión convivencial, los que
se aplicarán siempre que no exista pacto en contrario pues, a diferencia de lo que sucede en
materia de efectos durante la convivencia, una vez cesada la unión, no existe un núcleo duro o
piso mínimo que se le imponga a sus integrantes. Ahora bien, antes de atender a los efectos
previstos como régimen supletorio aplicable solo en ausencia de pacto en contrario, el Código
se encarga de establecer en forma taxativa cuándo una unión convivencial se encuentra
fenecida. 2.2. Cese por hechos ajenos a la voluntad de las partes Tanto la muerte de uno o
ambos integrantes de la unión como la sentencia firme que declara la ausencia con presunción
de fallecimiento de uno o ambos integrantes —“Pasados los seis meses, recibida la prueba y
oído el defensor, el juez debe declarar el fallecimiento presunto si están acreditados los
extremos legales, fijar el día presuntivo del fallecimiento y disponer la inscripción de la
sentencia” (art. 89 CCyC)— son hechos ajenos a la voluntad de las partes que constituyen
supuestos de extinción de esta organización familiar, ya que, al igual que el resto de los
supuestos previstos por la norma en análisis, su acaecimiento implica la falta de uno de los
requisitos constitutivos y uno de los rasgos estructurales, la falta de convivencia y de proyecto
en común. En este sentido, tanto la muerte como la ausencia con presunción de fallecimiento
extinguen todos los efectos previstos para la vigencia de la unión, siendo aplicables, a falta de
pacto en contrario, los efectos post cese que analizaremos con detalle en los artículos
subsiguientes. 2.3. Cese por matrimonio o nueva unión En consonancia con la exigencia de
singularidad, tanto en materia matrimonial como en materia de uniones convivenciales, el
matrimonio que celebre uno de sus miembros con un tercero ajeno a la pareja dará por cesada
automáticamente la unión convivencial. Por su parte, una nueva unión convivencial, en tanto
cumpla con los requisitos constitutivos y estructurales que se fijan en los arts. 509 y 510 CCyC,
es muestra de que la unión anterior se halla extinguida. Por último, puede suceder que los
efectos de una unión convivencial cesen por optar sus integrantes por un modelo familiar
alternativo, el matrimonial; por tanto, en caso de matrimonio entre los miembros de una
unión, se dejan de aplicar las normativas previstas en el Título III del Libro II. 2.4. Cese por
aplicación del principio de autonomía También puede ocurrir que las partes, sin la existencia
de hechos ajenos a su voluntad, o sin la presencia de terceros o de proyectos familiares
alternativos, decidan no continuar con el proyecto de vida familiar originariamente
compartido.
En este marco de autonomía, la norma en análisis prevé tres supuestos de extinción: a) el
mutuo acuerdo de las partes para dar por terminada su unión; b) la voluntad unilateral de uno
de los integrantes de dar por terminada la unión, siempre que sea notificada fehacientemente
al otro; y c) por dejar las partes de convivir. Cabe destacar que en el último supuesto
referenciado ut supra, la interrupción temporaria de la convivencia por razones de salud, de
estudio, laborales o semejantes no es causal de cese de la unión, en tanto se mantenga la
voluntad de las partes de llevar adelante el proyecto de vida en común. Por último, vale
recordar que los efectos extintivos del cese de la unión en materia de pactos son operativos de
pleno derecho para las partes desde el momento de la ruptura; y, frente a terceros, desde el
momento de la inscripción de algún instrumento que acredite la ruptura en los registros
respectivos (arts. 516 y 517 CCyC).