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UNIDAD 5. Régimen de Separación de Bienes

El régimen de separación de bienes permite a los cónyuges administrar y disponer libremente de sus bienes personales, sin que exista una comunidad de ganancias. Este régimen puede ser convencional o judicial y establece que cada cónyuge es responsable de sus deudas, salvo en casos de solidaridad por necesidades del hogar. Además, se requiere el asentimiento del cónyuge no titular para la disposición de la vivienda familiar y ciertos bienes indispensables, garantizando así la protección del núcleo familiar.

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Temas abordados

  • obligaciones familiares,
  • bienes indispensables,
  • actos de administración,
  • modificación del régimen,
  • deudas ordinarias,
  • requisitos de validez,
  • sostenimiento familiar,
  • actos jurídicos,
  • necesidades ordinarias,
  • cesación del régimen
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UNIDAD 5. Régimen de Separación de Bienes

El régimen de separación de bienes permite a los cónyuges administrar y disponer libremente de sus bienes personales, sin que exista una comunidad de ganancias. Este régimen puede ser convencional o judicial y establece que cada cónyuge es responsable de sus deudas, salvo en casos de solidaridad por necesidades del hogar. Además, se requiere el asentimiento del cónyuge no titular para la disposición de la vivienda familiar y ciertos bienes indispensables, garantizando así la protección del núcleo familiar.

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  • modificación del régimen,
  • deudas ordinarias,
  • requisitos de validez,
  • sostenimiento familiar,
  • actos jurídicos,
  • necesidades ordinarias,
  • cesación del régimen

UNIDAD 5.

Régimen de Separación de
Bienes
CONCEPTO. (Buscar)

Art. 505: Administración de los bienes


1. Introducción Una de las grandes modificaciones introducidas por el Código al régimen
patrimonial del matrimonio gira en torno a la posibilidad de optar por el régimen de
separación de bienes, al que, en el CC, solo se podía acceder mediante decisión judicial frente
a supuestos en los que se demostrara la ineptitud en la gestión de los bienes —concurso, mala
administración—, o bien frente al abandono voluntario de la convivencia marital o la
declaración de incapacidad del cónyuge. Actualmente, la adscripción a tal régimen puede ser
convencional —acordada por los cónyuges al celebrar el matrimonio o por modificación
posterior del régimen de comunidad—, o judicial —decidida por sentencia en los supuestos
autorizados en el art. 477 CCyC—. En este sistema no hay distinción alguna entre bienes
propios y gananciales. Solo se puede hablar de bienes personales o privativos. Ninguna
comunidad surge con el matrimonio, de modo que ningún cónyuge tiene derecho actual o
eventual sobre las ganancias del otro. Cada consorte ostenta la titularidad de los bienes que
tenía antes del matrimonio; de los que le fueron asignados en la liquidación de la comunidad
cuando la separación de bienes se decide judicialmente; de los adjudicados extinguida la
comunidad por opción consensuada de adscribir a la separación de bienes; y de los que
adquiera con posterioridad a la celebración del matrimonio —o a la liquidación de la
comunidad en el caso de separación judicial de bienes—. Cada cónyuge conserva la
independencia de su patrimonio y, por ende, retiene la propiedad y el exclusivo uso, goce y
disposición de sus bienes y de los frutos de los mismos, tanto de los que sea titular a la fecha
de comenzar el régimen de separación como respecto de los que adquiera, por cualquier
modo legítimo, durante su vigencia. Pero, pese a la autonomía imperante en este régimen, el
Código instituye un conjunto de disposiciones indisponibles que se imponen a los cónyuges,
cualquiera fuere el régimen al que adscriban (comunidad o separación). Estas disposiciones,
contenidas en el denominado “Régimen primario” (arts. 454 a 462 CCyC) se justifican en la
necesidad de dotar de efectividad los derechos de los integrantes de la familia, y se
materializan a través de una serie de obligaciones y restricciones a la autonomía personal. En
primer término, se impone la realización de un conjunto de contribuciones de parte de los
cónyuges, consistente en los aportes necesarios para alcanzar su propio sostenimiento, el del
hogar y el de la descendencia común. Luego, en materia de gestión, se decide una única
restricción consistente en contar con el asentimiento del cónyuge no titular del bien cuando se
trate de la disposición de los derechos sobre la vivienda familiar y de los muebles
indispensables de esta, así como para transportarlos fuera de ella. La ausencia de tal recaudo
hace nacer el derecho a demandar la nulidad del acto o a requerir la venia judicial supletoria
para autorizar su concreción. Se reputan válidos los actos de administración y disposición a
título oneroso celebrados por uno de los consortes con terceros de buena fe, sobre cosas
muebles no registrables cuya tenencia ejerce en forma individual, salvo para aquellos casos en
que recaigan sobre los muebles indispensables del hogar, así como también sobre los objetos
empleados para el ejercicio del trabajo o profesión, o de uso personal de uno de los cónyuges.
También se consagra el principio general de la inejecutabilidad del inmueble que constituyera
la vivienda familiar por las deudas contraídas tras la celebración de las nupcias, exceptuándose
a aquellas adquiridas por los cónyuges en forma conjunta, o por uno de ellos contando con la
debida aprobación del restante.

En materia contractual, importa señalar que los cónyuges bajo régimen de separación de
bienes no se encuentran alcanzados por la inhabilidad especial consagrada en el art. 1002
CCyC, de modo que pueden celebrar todo tipo de contratos. Si concluyeren mandato, se
dispone, como principio general, el relevamiento de rendir cuentas de los frutos y rentas
percibidos durante su gestión por parte del apoderado, salvo convenio particular en contrario.
Mientras que en el caso en que uno de los cónyuges actúe representando al otro sin habérsele
otorgado un mandato expreso o prescindiendo de autorización judicial, resultarán de
aplicación las disposiciones que rigen la figura del mandato tácito o la gestión de negocios, de
conformidad con la realidad que el caso particular exhibiera. Por último, se establece el
principio genérico de responsabilidad separada por deudas, regla que se complementa con
supuestos de solidaridad legal pasiva frente a las deudas destinadas a satisfacer las
necesidades ordinarias del hogar, o aplicadas para lograr el sostenimiento y la educación de los
hijos comunes. El régimen de separación de bienes, como su propia denominación lo expresa,
consiste en que cada uno de los cónyuges tiene la libre administración y disposición de sus
bienes personales, y se hace responsable por las deudas que contrae con excepción de la
responsabilidad solidaria prevista en el art. 461 CCyC. 2. Interpretación Sea la separación de
bienes convencional —acordada por los cónyuges al celebrar el matrimonio o por modificación
posterior del régimen de comunidad—, o decidida judicialmente —en los supuestos
autorizados en el art. 477 CCyC—, rigen las normas de esta Sección, que establecen que cada
consorte ostenta la titularidad de los bienes que tenía antes del matrimonio, o que le fueron
asignados en la liquidación de la comunidad cuando la separación de bienes se decide
judicialmente, o bien de los adjudicados por extinción de la comunidad en el caso de
convención voluntaria de adscribir a la separación de bienes, y de los que adquiera con
posterioridad a la celebración del matrimonio —o a la liquidación de la comunidad, en el caso
de separación judicial de bienes—. En el régimen de separación de bienes, cada cónyuge
conserva la independencia de su patrimonio y, por ende, retiene la propiedad y el exclusivo
uso, goce y disposición de sus bienes y de los frutos de los mismos, tanto de los que sea titular
a la fecha de comenzar el régimen como de los que adquiera, por cualquier modo legítimo,
durante su vigencia. No hay distinción alguna entre bienes propios y gananciales. Solo se
puede hablar de bienes personales o privativos. La norma anotada ha de complementarse con
la restricción impuesta en el “régimen primario” respecto de la disposición de los derechos
sobre la vivienda familiar y de los muebles indispensables de esta, así como transportarlos
fuera de ella, actos para los que requiere el asentimiento del cónyuge no titular del bien (art.
456 CCyC). En la segunda parte de la disposición anotada se instituye el principio de separación
de responsabilidad por deudas, regla que se complementa con la solidaridad pasiva prevista en
el “régimen primario” respecto de las deudas contraídas para solventar las necesidades
ordinarias del hogar, el sostenimiento, y la educación de los hijos comunes (arts. 455 y 461
CCyC). Los gastos para el sostenimiento de los hijos de uno de los cónyuges que conviven con
el matrimonio en el régimen de separación de bienes no se encuentra expresamente previsto
como deber de contribución (art. 456 CCyC), mas entendemos que tales erogaciones deberían
ser computables como necesidades ordinarias del hogar y también, como no, como obligación
alimentaria del padre afín (art. 676 CCyC). El recorte a la autonomía personal de los cónyuges
separados de bienes encuentra justificación, al igual que en el régimen de comunidad, en la
solidaridad familiar. El valor de la recepción del régimen de separación de bienes, con fuente
convencional, ha sido desarrollado extensa y satisfactoriamente al comentar el art. 446 CCyC,
al cual remitimos, al tiempo que representa un importante aporte, reclamado por un amplio
sector de la sociedad, que tiene un profundo fundamento igualitario y respetuoso de la
autonomía personal de los consortes. Como bien apunta Mizrahi,(35) la iniciativa de
desplazamiento de la familia a la “persona” se encuentra en marcha y se orienta en dos
proyecciones. Por una parte, el cambio del lugar de la familia, puesta al servicio del sujeto y de
su dignidad, que se apoya en el concepto de que es la persona lo único sustantivo, y que la
familia solo tiene sentido si coadyuva a su plenitud y su desarrollo. Desde otro ángulo, el
desplazamiento se encauza a juzgar a la autonomía personal, en el ámbito familiar, como un
aspecto básico de la organización social y política, es decir una suerte de reafirmación privada
e intimista de la familia, que importe un enérgico rechazo a las propuestas heterónomas que
se dirijan a la imposición de un modelo de vida familiar, pues, en el terreno de los ideales
autorreferenciales, el principio de la autonomía personal debe adquirir un valor irrestricto. Se
plantea, entonces, la ejecución de un drástico recorte a los campos dominados por el orden
público, los que, en un aspecto, no pueden ir más allá de asegurar claridad, certidumbre y
publicidad a los actos jurídicos familiares y, en el otro, se deben limitar a propender al amparo
de la buena fe, brindando una efectiva protección a terceros, menores e incapaces, en un
contorno de solidaridad familiar.

Art. 456: Excepciones. Asentimiento.


1. Introducción La exigencia de la conformidad que debe prestar el cónyuge no enajenante a
los efectos de la validez de los actos que pretende llevar adelante su consorte supone una
restricción a la libre disposición que cada uno de los integrantes de la pareja tiene de su
patrimonio, que encuentra plena justificación en la eficiente protección de bienes
absolutamente necesarios para lograr la realización personal de los integrantes del núcleo
familiar. De esta forma, la norma glosada se integra al catálogo de dispositivos de tutela del
derecho humano a la vivienda familiar (reconocido en el art. 244 CCyC y ss., que establece los
mecanismos para la “afectación legal de la vivienda”; 443 CCyC, que consagra las reglas para la
atribución de la vivienda frente a la disolución del matrimonio; 522 CCyC, para las uniones
convivenciales; 528 CCyC, que regula el derecho de atribución de la vivienda en caso de
muerte del conviviente; y 2383, que consagra el derecho real de habitación del cónyuge) al
establecer, como principio general, su inejecutabilidad por deudas contraídas después de la
celebración del matrimonio. Nuevamente, la injerencia estatal que limita la autonomía del
cónyuge titular del bien encuentra justificación indiscutible en el principio de solidaridad,
colocando a la vivienda familiar —y a los enseres que la componen— en un lugar central por su
implicancia para las personas que integran la familia. La protección jurídica de la vivienda
comprende el derecho “a la vivienda”, que es un derecho fundamental de la persona, nacido
de la vital necesidad de poder disfrutar de un espacio habitable suficiente para desarrollar su
personalidad, y el derecho “sobre la vivienda”, que es el ámbito donde se materializa el
primero. Existe, entre ambos, una intrínseca relación, aunque la importancia social que tiene la
familia impone a veces hacer prevalecer el primero por encima del segundo, haciendo primar
el principio de solidaridad por sobre ciertos aspectos e intereses individuales. El CC contenía
una figura tuitiva del hogar familiar que perseguía evitar que una actitud arbitraria del cónyuge
titular deje sin techo al resto del grupo familiar (art. 1277 CC). El conflicto entre el interés del
cónyuge titular que ostentaba un derecho “sobre” la cosa y la necesidad del no titular que
invocaba un derecho “a” la vivienda del grupo se resolvía a favor del segundo, priorizando la
circunstancia fáctica de habitación del hogar a la facultad jurídica de libre disponibilidad
correspondiente al titular del derecho patrimonial. El CCyC consagra la protección de la
vivienda familiar dentro del denominado “régimen primario”, aplicable a cualquier régimen
patrimonial del matrimonio, de tal modo tutela la vivienda que reconoce carácter “ganancial”,
la que es “propia” (hasta aquí, igual que el CC), al tiempo que ahora también extiende la
protección a la vivienda personal de cualquiera de los cónyuges bajo régimen de separación de
bienes, y a la vivienda —aun cuando fuere alquilada—. Sin embargo, la inejecutabilidad de la
vivienda por deudas contraídas con posterioridad al matrimonio admite dos excepciones, de
carácter restrictivo: las deudas asumidas conjuntamente por ambos cónyuges, o por uno de
ellos contando con el asentimiento del otro. De esta forma, se completa el sistema tuitivo toda
vez que, existiendo el sistema de responsabilidad separada por las deudas en cabeza de cada
cónyuge —tanto en la comunidad (art. 467 CCyC), cuanto en el régimen de separación (art.
505 CCyC)—, los acreedores del cónyuge titular de la vivienda podrían agredirla para el cobro
de sus créditos, salvo que existiera afectación (conf. el art. 244 CCyC y ss.). Así, luce de toda
lógica que la agresión patrimonial sobre la vivienda familiar solo pueda efectuarse si el
consorte no titular también hubiere contraído la deuda y/o en el caso en que hubiere tenido
conocimiento de la misma y hubiese prestado su anuencia. Con la consagración de esta regla,
el CCyC ha blindado el sistema de protección de la vivienda familiar, ampliándolo, en cuanto a
su objeto y sujetos beneficiarios, y perfeccionándolo, al utilizar la fórmula gramatical
“asentimiento”, incluyendo cualquier acto de disposición de derechos, dotando de eficacia el
mandato constitucional. 2. Interpretación Como en el CC, el CCyC mantiene la exigencia de la
conformidad del cónyuge no titular del bien, a efectos de dotar de validez a los actos que
impliquen disponer de los derechos sobre la vivienda familiar. Tal exigencia representa una
restricción a la libre disposición que cada uno de los integrantes de la pareja tiene de su
patrimonio, que encuentra justificación en la protección de la vivienda familiar y de los enseres
indispensables que la componen. Pero el CCyC trae una gran innovación al abandonar el
criterio diferenciador entre actos de disposición y de administración, y considera necesario el
asentimiento para los actos que impliquen “la disposición de derechos”, término comprensivo
de todos los derechos reales y personales: venta, permuta, donación, constitución de derechos
reales de garantía o actos que impliquen desmembramiento del dominio, y la locación. Incluye
la protección legal a ciertos bienes considerados absolutamente necesarios para lograr la
realización personal de la familia —muebles o enseres indispensables—, exigiendo también el
asentimiento para trasladarlos de la morada familiar. La cualidad de “indispensable” del
mueble que se pretende trasladar estará representada por el carácter necesario y accesorio a
la vivienda familiar que aquel constituya para los integrantes de la familia, circunstancia que
deberá evaluar el juez en cada caso. Por otra parte, amplía los beneficiarios de la protección
consagrada, al omitir (a diferencia del régimen anterior) la exigencia de que la vivienda familiar
se encuentre habitaba por hijos menores o incapaces. La norma comprende el asentimiento
del cónyuge no titular también para las promesas de los actos de disposición (boleto de
compraventa, conf. art. 470 CCyC). Aun cuando tal previsión legal se encuentre contenida en el
Capítulo relativo al régimen de comunidad, resulta razonable que sea aplicada también para
los actos de disposición de la vivienda familiar, cualquiera fuere el régimen patrimonial vigente
en ese matrimonio. La ausencia del asentimiento requerido trae aparejada la nulidad relativa
del negocio concluido sin aquel —vicio que podrá ser saneado por la confirmación del acto o
por convalidación judicial (autorizando la disposición del derecho)—. De esta forma se zanja el
debate existente en el CC en torno a las consecuencias que se derivan del acto ejecutado sin
contar con la conformidad del no disponente. El artículo vigente elimina cualquier tipo de
incertidumbre que de ella pudiera surgir disponiendo, en ese supuesto, la nulidad del acto y la
restitución de los muebles. Ello, sin dudas, redunda en una mayor seguridad hacia la
comunidad jurídica toda, al evitar decisiones encontradas por parte de la doctrina
jurisprudencial. La nulidad podrá ser demandada por el cónyuge no disponente dentro del
plazo de seis meses de haber tomado conocimiento del acto cuestionado, pero nunca más allá
de los seis meses de concluido el régimen matrimonial. Con el establecimiento de un plazo
relativamente corto, se dota de certeza los derechos de los terceros contratantes, sin
descuidar el derecho del cónyuge no disponente de plantear su oposición al negocio
concretado por su consorte.

Art. 507: Cese del Régimen Patrimonial


[Link]ón
El Código regula con claridad las dos formas por las que puede cesar el régimen de separación
de bienes: en forma convencional, por modificación consensuada por los cónyuges
adscribiendo al régimen de comunidad; y por disolución del matrimonio —divorcio, muerte
comprobada o presunta de uno o ambos cónyuges (art. 435 CCyC)—, y por nulidad de
matrimonio putativo en el que se hubiere acordado régimen de separación (art. 429 CCyC).
Recuérdese que, para resultar oponible a los terceros, la cesación de cualquier régimen
patrimonial del matrimonio ha de ser inscripta en el Registro del Estado Civil y Capacidad de
las Personas (art. 449 CCyC). La estructura del Código tiene un orden preciso y claro; la
regulación bajo examen es muestra cabal de ello, pues condensa las causales de extinción del
régimen de separación en una sola norma.

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