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ANÉCDOTAS

En la lluvia no se puede ver nadar y directo a ti en el paradero

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En la lluvia no se puede ver nadar y directo a ti en el paradero

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MÚLTIPLES ANÉCDOTAS PARA LA REFLEXIÓN

Actuar con buen criterio


El 14 de octubre de 1998, en un vuelo trasatlántico de la línea aérea British
Airways tuvo lugar el siguiente suceso. A una señora la sentaron en el avión al lado
de un hombre de raza negra. La mujer pidió a la azafata que la cambiara de sitio,
porque “no podía sentarse al lado de una persona tan desagradable”. La azafata
argumentó que el vuelo estaba muy lleno, pero que iría a ver si acaso podría encontrar
algún lugar libre en primera clase. Todos los pasajeros observaban la escena con
disgusto, no solo por el hecho en sí, sino por el hecho de que además se le ofreciera
un sitio a esa mujer en primera clase. Minutos más tarde regresó la azafata y le
informó a la señora: "Discúlpeme señora, efectivamente todo el vuelo está lleno, pero
afortunadamente encontré un lugar vacío en primera clase. Para hacer este cambio
tuve que pedir autorización al capitán, que me indicó que no se podía obligar a nadie
a viajar al lado de una persona tan desagradable." La señora, con cara de triunfo,
intentó salir de su asiento, pero la azafata en ese momento se volvió hacia el hombre
de raza negra y le dijo: "¿Señor, sería usted tan amable de acompañarme a su nuevo
asiento?". Todos los pasajeros aplaudieron la acción de la azafata. Ese año, la azafata
y el capitán fueron premiados por esa actuación.

¿A dónde voy?
Cuentan de Chesterton que era muy despistado. En una ocasión, viajando en
tren, el revisor le pidió el billete. Él empezó a buscarlo por todos los bolsillos y no lo
encontraba. Se iba poniendo cada vez más nervioso. Entonces el revisor le dijo:
"Tranquilo, no se inquiete, que no le haré pagar otro billete". "No es pagar lo que me
inquieta –repuso Chesterton– lo que me preocupa es que he olvidado a dónde voy".

Anillo de compromiso
Un muchacho entró con paso firme en una joyería y pidió que le mostraran el
mejor anillo de compromiso que tuvieran. El joyero le enseñó uno. El muchacho
contempló el anillo y con una sonrisa lo aprobó. Preguntó luego el precio y se dispuso
a pagarlo. "¿Se va usted a casar pronto?", preguntó el dueño. "No. Ni siquiera tengo
novia", contestó. La sorpresa del joyero divirtió al muchacho. "Es para mi madre.
Cuando yo iba a nacer estuvo sola. Alguien le aconsejó que me matara antes de que
naciera, pues así se evitaría problemas. Pero ella se negó y me dio el don de la vida.
Y tuvo muchos problemas, muchos. Fue padre y madre para mí, y fue amiga y
hermana, y fue maestra. Me hizo ser lo que soy. Ahora que puedo le compro este
anillo de compromiso. Ella nunca tuvo uno. Yo se lo doy como promesa de que si ella
hizo todo por mí, ahora yo haré todo por ella. Quizás después entregue yo otro anillo
de compromiso, pero será el segundo". El joyero no dijo nada. Solamente ordenó a su
cajera que le hiciera al muchacho el descuento aquel que se hacía solo a clientes
especiales.
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Aprender a usar las manos


Un marinero y un pirata se encuentran en un bar, y empiezan a contarse sus
aventuras en los mares. El marinero nota que el pirata tiene una pierna de palo, un
gancho en la mano y un parche en el ojo. El marinero le pregunta "¿Y cómo
terminaste con esa pierna de palo?". El pirata le responde "Estábamos en una
tormenta y una ola me tiró al mar, caí entre un montón de tiburones. Mientras mis
amigos me agarraban para subirme un tiburón me arrancó la pierna de un mordisco".
"!Guau! -replicó el marinero- ¿Y qué te pasó en la mano, por qué tienes ese
gancho?". "Bien... -respondió el pirata-; estábamos abordando un barco enemigo, y
mientras luchábamos con los otros marineros y las espadas, un enemigo me cortó la
mano". "¡Increíble! -dijo el marinero- ¿Y qué te paso en el ojo?". "Una paloma que
iba pasando y me cayó excremento en el ojo". "¿Perdiste el ojo por un excremento de
paloma?", replicó el marinero incrédulamente. "Bueno... -dijo el pirata- ... era mi
primer día con el gancho".

Arreglar al hombre
Un científico, que vivía preocupado con los problemas del mundo, estaba
resuelto a encontrar los medios para aminorarlos. Pasaba días en su laboratorio en
busca de respuestas para sus dudas. Cierto día, su hijo de siete años invadió su
santuario decidido a ayudarlo a trabajar. El científico, nervioso por la interrupción, le
pidió al niño que fuese a jugar a otro lugar. Viendo que era imposible que se fuera,
pensó en algo que pudiese darle para distraer su atención. Vio una revista en donde
venía el mapa del mundo, ¡justo lo que precisaba! Con unas tijeras recortó el mapa en
varios pedazos y junto con un rollo de cinta se lo entregó a su hijo diciendo: "Como
te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto, para que lo repares sin
ayuda de nadie". Calculó que al pequeño le llevaría días componer el mapa, pero no
fue así. Pasados unos minutos, escuchó la voz del niño: "Papá, papá, ya lo he
acabado". Al principio no dio crédito a las palabras del niño. Pensó que sería
imposible que, a su edad, hubiera conseguido recomponer un mapa que jamás había
visto antes. Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones con la
certeza de que vería el trabajo propio de un niño. Para su sorpresa, el mapa estaba
completo. Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares. ¿Cómo
era posible? ¿Cómo el niño había sido capaz? Le dijo: "Hijo mío, tú no sabías cómo
era el mundo, ¿cómo lograste recomponerlo?". "Papá, yo no sabía cómo era el
mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que del otro lado
estaba la figura de un hombre. Así que di vuelta a los recortes y comencé a
recomponer al hombre, que sí sabía como era. Cuando conseguí arreglar al hombre,
di vuelta la hoja y vi que había arreglado al mundo."

Ayuda desinteresada
Casi no la había visto. Era una señora anciana con el coche parado en el camino.
El día estaba frió, lluvioso y gris. Alberto se pudo dar cuenta que la anciana
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necesitaba ayuda. Estacionó su coche delante del de la anciana. Aún estaba tosiendo
cuando se le acercó. Aunque con una sonrisa nerviosa en el rostro, se dio cuenta de
que la anciana estaba preocupada. Nadie se había detenido desde hacía más de una
hora, cuando se detuvo en aquella transitada carretera. Realmente, para la anciana,
ese hombre que se aproximaba no tenía muy buen aspecto, podría tratarse de un
delincuente. Más no había nada por hacer, estaba a su merced. Se veía pobre y
hambriento. Alberto pudo percibir cómo se sentía. Su rostro reflejaba cierto temor.
Así que se adelantó a tomar la iniciativa en el diálogo: "Aquí vengo para ayudarla,
señora. Entre a su vehículo que estará protegida de la lluvia. Mi nombre es Alberto".
Gracias a Dios solo se trataba de un neumático pinchado, pero para la anciana se
trataba de una situación difícil. Alberto se metió bajo el coche buscando un lugar
donde poner el gato y en la maniobra se lastimó varias veces los nudillos. Estaba
apretando las últimas tuercas, cuando la señora bajó la ventana y comenzó a hablar
con él. Le contó de donde venía; que tan sólo estaba de paso por allí, y que no sabía
cómo agradecerle. Alberto sonreía mientras cerraba el coche guardando las
herramientas. Le preguntó cuanto le debía, pues cualquier suma sería correcta dadas
las circunstancias, pues pensaba las cosas terribles que le hubiese pasado de no haber
contado con la gentileza de Alberto. Él no había pensado en dinero. Esto no se trataba
de ningún trabajo para él. Ayudar a alguien en necesidad era la mejor forma de pagar
por las veces que a él, a su vez, lo habían ayudado cuando se encontraba en
situaciones similares. Alberto estaba acostumbrado a vivir así. Le dijo a la anciana
que si quería pagarle, la mejor forma de hacerlo sería que la próxima vez que viera a
alguien en necesidad, y estuviera a su alcance el poder asistirla, lo hiciera de manera
desinteresada, y que entonces... - "tan solo piense en mí"-, agregó despidiéndose.
Alberto esperó hasta que al auto se fuera. Había sido un día frió, gris y depresivo,
pero se sintió bien en terminarlo de esa forma, estas eran las cosas que más
satisfacción le traían. Entró en su coche y se fue. Unos kilómetros más adelante la
señora divisó una pequeña cafetería. Pensó que sería muy bueno quitarse el frió con
una taza de café caliente antes de continuar el último tramo de su viaje. Se trataba de
un pequeño lugar un poco desvencijado. Por fuera había dos bombas viejas de
gasolina que no se habían usado por años. Al entrar se fijó en la escena del interior.
La caja registradora se parecía a aquellas de cuerda que había usado en su juventud.
Una cortés camarera se le acercó y le extendió una toalla de papel para que se secara
el cabello, mojado por la lluvia. Tenía un rostro agradable con una hermosa sonrisa.
Aquel tipo de sonrisa que no se borra aunque estuviera muchas horas de pie. La
anciana notó que la camarera estaría de ocho meses de dulce espera. Y sin embargo
esto no le hacia cambiar su simpática actitud. Pensó en como gente que tiene tan poco
pueda ser tan generosa con los extraños. Entonces se acordó de Alberto... Después de
terminar su café caliente y su comida, le alcanzó a la camarera el precio de la cuenta
con un billete de cien dólares. Cuando la muchacha regresó con el cambio constató
que la señora se había ido. Pretendió alcanzarla. Al correr hacia la puerta vio en la
mesa algo escrito en una servilleta de papel al lado de 4 billetes de $100. Los ojos se
le llenaron de lágrimas cuando leyó la nota: "No me debes nada, yo estuve una vez
donde tú estás. Alguien me ayudo como hoy te estoy ayudando a ti. Si quieres
pagarme, esto es lo que puedes hacer: No dejes de ayudar a otros como hoy lo hago
contigo. Continúa dando tu alegría y tu sonrisa y no permitas que esta cadena se
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rompa. Aunque había mesas que limpiar y azucareras que llenar, aquél día se le pasó
volando. Esa noche, ya en su casa, mientras la camarera entraba sigilosamente en su
cama, para no despertar a su agotado esposo que debía levantarse muy temprano,
pensó en lo que la anciana había hecho con ella. ¿Cómo sabría ella las necesidades
que tenían con su esposo, los problemas económicos que estaban pasando, máxime
ahora con la llegada del bebé. Era consciente de cuan preocupado estaba su esposo
por todo esto. Acercándose suavemente hacia él, para no despertarlo, mientras lo
besaba tiernamente, le susurró al oído: "Todo va a salir bien, Alberto".

Cambiar el mundo
Cuando era joven y mi imaginación no tenía límites, soñaba con cambiar el
mundo. Según fui haciéndome mayor, pensé que no había modo de cambiar el
mundo, así que me propuse un objetivo más modesto e intenté cambiar solo mi país.
Pero con el tiempo me pareció también imposible. Cuando llegué a la vejez, me
conformé con intentar cambiar a mi familia, a los más cercanos a mí. Pero tampoco
conseguí casi nada. Ahora, en mi lecho de muerte, de repente he comprendido una
cosa: Si hubiera empezado por intentar cambiarme a mí mismo, tal vez mi familia
habría seguido mi ejemplo y habría cambiado, y con su inspiración y aliento quizá
habría sido capaz de cambiar mi país y -quien sabe- tal vez incluso hubiera podido
cambiar el mundo. (Encontrada en la lápida de un obispo anglicano en la Abadía de
Westminster).

Camino de ninguna parte


Un matrimonio americano había salido de viaje. El esposo conducía
enfebrecido. Había hecho ya trescientos kilómetros sin dejar de mirar de reojo al
salpicadero. De repente la esposa consultó la guía de carreteras y anunció: «Nos
hemos perdido». «¿Y qué?», replicó el marido. «¡Llevamos una media estupenda!».
Ese estupendo promedio, camino de ninguna parte, es el que llevan algunos en su
intento de llenar su día y su vida de sensación de diligencia y eficacia. Deberían
recordar que cuando uno no sabe adónde va, acaba en otra parte.

Compartir
En una ocasión, por la tarde, un hombre vino a nuestra casa, para contarnos el
caso de una familia hindú de ocho hijos. No habían comido desde hacía ya varios
días. Nos pedía que hiciéramos algo por ellos. De modo que tomé algo de arroz y me
fui a verlos. Vi cómo brillaban los ojos de los niños a causa del hambre. La madre
tomó el arroz de mis manos, lo dividió en dos partes y salió. Cuando regresó le
pregunté: qué había hecho con una de las dos raciones de arroz. Me respondió: "Ellos
también tienen hambre". Sabía que los vecinos de la puerta de al lado, musulmanes,
tenían hambre. Quedé más sorprendida de su preocupación por los demás que por la
acción en sí misma. En general, cuando sufrimos y cuando nos encontramos en una
grave necesidad no pensamos en los demás. Por el contrario, esta mujer maravillosa,
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débil, pues no había comido desde hacía varios días, había tenido el valor de amar y
de dar a los demás, tenía el valor de compartir. Frecuentemente me preguntan cuándo
terminará el hambre en el mundo. Yo respondo: Cuando aprendamos a compartir".
Cuanto más tenemos, menos damos. Cuanto menos tenemos, más podemos dar.
(Madre Teresa de Calcuta)

Constancia e inteligencia
Un día Matt y yo habíamos visto a una pequeña araña que intentaba sacar una
cachipolla tres veces más grande que ella de un hoyo que había en la arena. La arena
estaba seca, y cada vez que la araña remontaba la pendiente, los bordes del hoyo
cedían y la araña volvía a caer al fondo. Lo intentaba una y otra vez, sin cambiar
nunca de ruta ni aflojar el ritmo. Matt me dijo: "La pregunta es la siguiente, Kate: ¿es
muy tozuda o tiene tan poca memoria que olvida lo que ha pasado hace dos segundos
y siempre cree que lo está intentando por primera vez?". Estuvimos observándola casi
media hora y, al final, para gran alivio nuestro, lo consiguió, así que decidimos que
no sólo era muy tozuda, sino también muy lista (Tomado de Mary Lawson, "A orillas
del lago", Salamandra, Barcelona 2002, pág 65).
Construyendo una catedral
Un hombre golpeaba fuertemente una roca, con rostro duro, sudando. Alguien le
preguntó: - ¿Cuál es su trabajo? Y contestó con pesadumbre: - ¿No lo ve? Picar
piedra.
Un segundo hombre golpeaba fuertemente otra roca, con rostro duro, sudando.
Alguien le preguntó: - ¿Cuál es su trabajo? Y contestó con pesadumbre: - ¿No lo ve?
Tallar un peldaño.
Un tercer hombre golpeaba fuertemente una roca, transpirado, con rostro alegre,
distendido. Alguien le preguntó: - ¿Cuál es su trabajo?". Y contestó ilusionado:
-Estoy construyendo una catedral.
Contratiempo de un náufrago
El único sobreviviente de un naufragio llegó a la playa de una diminuta y
deshabitada isla. El oró fervientemente a Dios pidiéndole ser rescatado, y cada día
escudriñaba el horizonte buscando ayuda, pero no parecía llegar. Cansado, finalmente
optó por construirse una cabaña de madera para protegerse de los elementos y
almacenar sus pocas pertenencias. Un día, tras de merodear por la isla en busca de
alimento, regresó a casa para encontrar su cabañita envuelta en llamas, con el humo
ascendiendo hasta el cielo. Lo peor había ocurrido... lo había perdido todo. Quedó
anonadado con tristeza y rabia. "Dios: como me pudiste hacer esto a mi!" se lamentó.
Temprano al día siguiente, sin embargo, fue despertado por el sonido de un barco que
se acercaba a la isla. Había venido a rescatarlo. "Como supieron que estaba aquí?"
preguntó el cansado hombre a sus salvadores. "Vimos su señal de humo", contestaron
ellos.

De vuelta de la guerra
Un soldado que pudo regresar a casa después de haber peleado en la guerra de
Vietnam. Le habló a sus padres desde San Francisco. "Mamá, voy de regreso a casa,
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pero tengo que pediros un favor. Traigo a un amigo que me gustaría que se quedara
con nosotros." Le dijeron: "Claro, nos encantaría conocerlo." El hijo siguió diciendo:
"Hay algo que debéis saber. Fue herido en la guerra. Pisó en una mina de tierra y
perdió un brazo y una pierna. Él no tiene adónde ir, y quiero que se venga a vivir con
nosotros a casa." "Siento mucho el escuchar eso, hijo. A lo mejor podemos encontrar
un lugar en donde el se pueda quedar." "No, mamá y papá, yo quiero que él viva con
nosotros." "Hijo, tu no sabes lo que estás pidiendo. Alguien que esté tan limitado
físicamente puede ser un gran peso para nosotros. Nosotros tenemos nuestras propias
vidas que vivir, y no podemos dejar que algo como esto interfiera con nuestras vidas.
Yo pienso que tu deberías de regresar a casa y olvidarte de esta persona. Él encontrara
una manera en la que pueda vivir él solo." En ese momento el hijo colgó el teléfono.
Los padres ya no volvieron a saber de él. Unos días después, los padres
recibieron una llamada telefónica de la policía de San Francisco. Su hijo había muerto
después de que se había caído de un edificio, fue lo que les dijeron. La policía creía
que era un suicidio. Los padres, destrozados de la noticia, volaron a San Francisco y
fueron llevados a que identificaran a su hijo. Ellos lo reconocieron, pero, para su
horror, ellos descubrieron algo que no sabían: su hijo tan solo tenía un brazo y una
pierna. Los padres de esta historia son como muchos de nosotros. Encontramos muy
fácil amar a personas que son hermosas por fuera o que son simpáticas, pero no a la
gente que nos hace sentir alguna inconveniencia o que nos hace sentirnos incómodos.
Preferimos estar alejados de personas que no son hermosas, sanas o inteligentes como
suponemos serlo nosotros.

Dios y las manzanas


Encima de la mesa de un merendero infantil, una monja había dejado una fuente
grande, con manzanas de color rojo brillante, carnudas y jugosas. Al lado de la
fuente, puso la siguiente nota: "Toma solamente una. Recuerda que Dios está
mirando". En el otro extremo de la mesa, había otra fuente, llena de galletas de
chocolate recién sacadas del horno. Al lado de la fuente, había un papelito escrito por
un niño pequeño, que en letra cursiva decía: "Toma todas las que quieras. Dios está
mirando las manzanas".

Dispuestos a recibir un tiro


Cuentan que durante la guerra de los “cristeros”, cuando la Revolución
Mexicana persiguió a muerte a la Iglesia, las misas se hacían clandestinamente y los
vecinos se pasaban la voz cada vez que llegaba un sacerdote vestido de paisano al
pueblo. En un pueblo, en algún lugar rural de México, esperaban al sacerdote que
llegaría ese fin de semana de un pueblo vecino. Los catequistas clandestinos tenían
preparados bautizos y otros sacramentos y para tal ocasión consiguieron un viejo
granero, lo suficientemente amplio para albergar unos cientos de fieles. Aquel
domingo por la mañana el viejo granero estaba totalmente lleno con una cantidad de
fieles de alrededor. Las 600 personas que estaban reunidas esperando el inicio de la
celebración se sobrecogieron al ver dos hombres entrar vestidos con uniforme militar
y armados. Uno de los hombres dijo: "El que se atreva a recibir un tiro por Cristo,
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quédese donde está. Las puertas estarán abiertas sólo cinco minutos". Inmediatamente
el coro se levantó y se fue. Los diáconos también se fueron, y gran parte de la
feligresía. De las 600 personas solo quedaron 20. El militar que había hablado, miró
al sacerdote y le dijo: "OK, padre, yo también soy cristiano y ya me deshice de los
hipócritas. Continúe con su celebración".

Donando sangre
Hace unos años, cuando trabajaba como voluntario en un hospital de Stanford,
conocí a una niñita llamada Liz, que sufría de una extraña enfermedad. Su única
chance de recuperarse era aparentemente una transfusión de sangre de su hermano de
5 años, que había sobrevivido milagrosamente a la misma enfermedad y había
desarrollado los anticuerpos necesarios para combatirla. El doctor explicó la situación
al hermano de la niña, y le preguntó si estaba dispuesto a dar su sangre a su hermana.
Lo vi dudar por sólo un momento antes de tomar un gran suspiro y decir: -Sí, yo lo
haré, si eso salva a Liz.
Mientras la transfusión continuaba, él estaba acostado en una cama al lado de la
de su hermana, y sonriente mientras nosotros los asistíamos, viendo retornar el color
a las mejillas de la niña. Entonces la cara del niño se puso pálida y su sonrisa
desapareció. El niño miró al doctor y le preguntó con voz temblorosa: - Doctor...
¿cuándo voy a empezar a morirme?
El pequeño no había comprendido bien al doctor; pensaba que le daría toda su
sangre a su hermana. Y aún así estaba dispuesto a darla...

¿Dónde está el buen Dios?


"Los SS parecían más preocupados, más inquietos que de costumbre. Colgar a
un chaval delante de miles de espectadores no era un asunto sin importancia. El jefe
del campo leyó el veredicto. Todas las miradas estaban puestas sobre el niño. Estaba
lívido, casi tranquilo, mordisqueándose los labios. La sombra de la horca le recubría.
El jefe del campo se negó en esta ocasión a hacer de verdugo. Le sustituyeron
tres SS.
Los tres condenados subieron a la vez a sus sillas. Los tres cuellos fueron
introducidos al mismo tiempo en los nudos corredizos.
-¡Viva la libertad! -gritaron los dos adultos.
El pequeño se cayó.
-¿Dónde está el buen Dios, dónde? -preguntó alguien detrás de mí.
A una señal del jefe del campo, las tres sillas cayeron. Un silencio absoluto
descendió sobre todo el campo. El sol se ponía en el horizonte.
-¡Descubríos! -rugió el jefe del campo.
Su voz sonó ronca. Nosotros llorábamos.
-¡Cubríos!
Después comenzó el desfile. Los dos adultos habían dejado de vivir. Su lengua
pendía, hinchada, azulada. Pero la tercera cuerda no estaba inmóvil; de tan ligero que
era, el niño seguía vivo...
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Permaneció así más de media hora, luchando entre la vida y la muerte,


agonizando bajo nuestra mirada. Y tuvimos que mirarle a la cara. Cuando pasé frente
a él seguía todavía vivo. Su lengua seguía roja, y su mirada no se había extinguido.
Escuché al mismo hombre detrás de mí:
-¿Dónde está Dios?
Y en mi interior escuche una voz que respondía: "¿Dónde está? Pues aquí, aquí
colgado, en esta horca..."
(Élie Wiesel, La Nuit, pp.103-105).

El agricultor
"No, yo no puedo aceptar una recompensa por lo que hice", respondió un
agricultor a un noble inglés. En ese momento el propio hijo del agricultor salió a la
puerta de la casa de la familia. "¿Es ese su hijo?" preguntó el noble inglés. "Sí,"
respondió el agricultor lleno de orgullo. "Le voy a proponer un trato. Déjeme
llevarme a su hijo y ofrecerle una buena educación. Si él es parecido a su padre
crecerá hasta convertirse en un hombre del cual usted estará muy orgulloso." El
agricultor aceptó. Con el paso del tiempo, el hijo de Fleming el agricultor se graduó
de la Escuela de Medicina de St. Mary's Hospital en Londres, y se convirtió en un
personaje conocido a través del mundo, el famoso Sir Alexander Fleming, el
descubridor de la penicilina. Algunos años después, el hijo del noble inglés, cayó
enfermo de pulmonía. ¿Que le salvó? La penicilina. ¿El nombre del noble inglés?
Randolph Churchill. ¿El nombre de su hijo? Sir Winston Churchill. Alguien dijo una
vez: Siempre recibimos a cambio lo mismo que ofrecemos. Trabaja como si no
necesitaras el dinero. Ama como si nunca te hubieran herido. Baila como si nadie te
estuviera mirando.

El banco del tiempo


Imagínate que existe un banco que cada mañana acredita en tu cuenta la suma de
86.400 dólares. No arrastra tu saldo día a día: cada noche borra todo lo que no usaste
durante el día, cualquiera sea la cantidad. ¿Qué harías? ¡Retirar hasta el último
centavo, por supuesto!
Cada uno de nosotros tiene ese banco, su nombre es tiempo. Cada mañana, este
banco te acredita 86.400 segundos. Cada noche este banco borra y da como perdida
toda la cantidad de ese crédito que no hayas invertido en un buen propósito. Este
banco no arrastra saldos ni permite transferencias. Cada día te abre una nueva cuenta,
cada noche elimina los saldos del día. Si no usas tus depósitos del día, la pérdida es
tuya. No se puede dar marcha atrás ni existe el crédito a cuenta del depósito de
mañana. Debes vivir el presente con los depósitos de hoy. Invierte de tal manera de
conseguir lo mejor. El reloj sigue su marcha. Consigue lo máximo en el día.
Para entender el valor de un año, pregúntale a algún estudiante que perdió el año
de estudios. Para entender el valor de un mes, pregúntale a una madre que alumbró a
su bebé prematuro. Para entender el valor de una semana, pregúntale al editor de un
semanario. Para entender el valor de una hora, pregúntale a los enamorados que
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esperan a encontrarse. Para entender el valor de un minuto, pregúntale a una persona


que perdió el tren. Para entender el valor de un segundo, pregúntale a una persona
que con las justas evitó un accidente. Para entender el valor de una centésima de
segundo, pregúntale a la persona que ganó una medalla de oro en las olimpíadas.
Atesora cada momento que vivas, y atesóralo más si lo compartiste con alguien
especial, lo suficientemente especial como para dedicarle tu tiempo, y recuerda que el
tiempo no espera por nadie. Ayer es historia. Mañana es misterio. Hoy es un don. ¡Por
eso es que se le llama el presente!

El caballo en el pozo
Un campesino, que luchaba con muchas dificultades, poseía algunos caballos
para que lo ayudasen en los trabajos de su pequeña hacienda. Un día, su capataz le
trajo la noticia de que uno de los caballos había caído en un viejo pozo abandonado.
El pozo era muy profundo y sería extremadamente difícil sacar el caballo de allí. El
campesino fue rápidamente hasta el lugar del accidente, y evaluó la situación,
asegurándose que el animal no se había lastimado. Pero, por la dificultad y el alto
precio para sacarlo del fondo del pozo, creyó que no valía la pena invertir en la
operación de rescate. Tomó entonces la difícil decisión de decirle al capataz que
sacrificase el animal tirando tierra en el pozo hasta enterrarlo, allí mismo.
Y así se hizo. Comenzaron a lanzar tierra dentro del pozo de forma de cubrir al
caballo. Pero, a medida que la tierra caía en el animal este la sacudía y se iba
acumulando en el fondo, posibilitando al caballo para ir subiendo. Los hombres se
dieron cuenta que el caballo no se dejaba enterrar, sino al contrario, estaba subiendo
hasta que finalmente consiguió salir.
Si estás "allá abajo", sintiéndote poco valorado, y otros lanzan tierra sobre ti,
recuerda el caballo de esta historia. Sacude la tierra y sube sobre ella.

El elefante del circo


Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los
circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba
la atención el elefante. Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de peso,
tamaño y fuerza descomunal... pero después de su actuación y hasta un rato antes de
volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que
aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo. Sin embargo,
la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros
en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que ese
animal capaz de arrancar un árbol de tajo con su propia fuerza, podría, con facilidad,
arrancar la estaca y huir. El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces? ¿Por
qué no huye? Cuando tenía cinco o seis años, pregunté a algún maestro, a mi padre o
a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no
se escapaba porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia: Si está
amaestrado, ¿por qué lo encadenan? No recuerdo haber recibido ninguna respuesta
coherente. Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca... y sólo lo
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recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma
pregunta.
Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo
bastante sabio como para encontrar la respuesta: "El elefante del circo no escapa
porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy pequeño". Cerré los
ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que en
aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de
todo su esfuerzo no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que se
durmió agotado y que al día siguiente volvía a probar, y también al otro y al que
seguía... hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su
impotencia y se resignó a su destino. Este elefante enorme y poderoso no escapa
porque cree que no puede. Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquélla
impotencia que se siente poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a
cuestionar seriamente ese registro. Jamás... Jamás... intentó poner a prueba su fuerza
otra vez... Cada uno de nosotros somos un poco como ese elefante: vamos por el
mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad. Vivimos creyendo que un
montón de cosas "no podemos hacer" simplemente porque alguna vez probamos y no
pudimos. Grabamos en nuestro recuerdo "no puedo... no puedo y nunca podré",
perdiendo una de las mayores bendiciones con que puede contar un ser humano: la fe.

El equilibrista
En Nueva York se han construido dos rascacielos impresionantemente altos, a
treinta metros de distancia uno del otro. Un famoso equilibrista tendió una cuerda en
lo más alto de estos edificios gemelos con el fin de pasar caminando sobre ella. Antes
dijo a la multitud expectante: -"Me subiré y cruzaré sobre la cuerda, pero necesito que
ustedes crean en mí y tengan confianza en que lo voy a lograr"...
- "Claro que sí" - , respondieron todos al mismo tiempo. Subió por el elevador y
ayudándose de una vara de equilibrio comenzó a atravesar de un edificio a otro sobre
la cuerda floja. Habiendo logrado la hazaña bajó y dijo a la multitud que le aplaudía
emocionada: -"Ahora voy a pasar por segunda ocasión, pero sin la ayuda de la vara.
Por tanto, más que antes, necesito su confianza y su fe en mí". El equilibrista subió
por el elevador y luego comenzó a cruzar lentamente de un edificio hasta el otro. La
gente estaba muda de asombro y aplaudía. Entonces el equilibrista bajó y en medio de
las ovaciones por tercera vez dijo: - "Ahora pasaré por última vez, pero será llevando
una carretilla sobre la cuerda... Necesito, más que nunca, que crean y confíen en mí".
La multitud guardaba un tenso silencio. Nadie se atrevía a creer que esto fuera
posible... -"Basta que una sola persona confíe en mí y lo haré"-, afirmó el equilibrista.
Entonces uno de los que estaba atrás gritó: -"Sí, sí, yo creo en ti; tú puedes. Yo confío
en ti...".
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El equilibrista, para certificar su confianza, le retó: -"Si de veras confías en mí,


vente conmigo y súbete a la carretilla...".
El helado de vainilla
La historia comienza cuando en una división de coche de la Pontiac de GM de
los EUA recibió una curiosa reclamación de un cliente. Y esto es lo que él escribió:
"Esta es la segunda vez que les envío una carta y no los culpo por no responder.
Puedo parecerles un loco, mas el hecho es que tenemos una tradición en nuestra
familia que es el de tomar helado después de cenar. Repetimos este hábito todas las
noches, variando apenas el sabor del helado; y yo soy el encargado de ir a
comprarlos. Recientemente compre un nuevo Pontiac y desde entonces las idas a la
heladería se han transformado en un problema. Siempre que compro helado de
vainilla, cuando me dispongo a regresar a casa, el coche no funciona. Si compro
cualquier otro sabor, el coche funciona normalmente. Pensarán que estoy realmente
loco y no importa que tan tonta pueda parecer mi reclamación, el hecho es que estoy
muy molesto con mi Pontiac modelo 99".
La carta generó tanta gracia entre el personal de Pontiac que el presidente de la
compañía acabó recibiendo una copia de la reclamación. Él decidió tomarlo en serio y
mando a un ingeniero a entrevistarse con el autor de la carta. El empleado y el
"demandante" fueron juntos a la heladería en el infeliz Pontiac. El ingeniero sugirió
sabor vainilla para verificar la reclamación; y el coche efectivamente no funcionó. Un
empleado de GM volvió en los días siguientes, a la misma hora, he hizo el mismo
trayecto, y solo varió el sabor del helado. Nuevamente el auto solo funcionaba de
regreso cuando el sabor elegido no era vainilla. El problema acabó volviéndose una
obsesión para el ingeniero, que acabo haciendo experiencias diarias anotando todos
los detalles posibles, y después de dos semanas llegó al primer gran descubrimiento:
cuando escogía vainilla el comprador gastaba menos tiempo porque ese tipo de
helado estaba bien enfrente. Examinando el coche, el ingeniero hace un nuevo
descubrimiento: como el tiempo de compra era muy reducido en caso de la vainilla en
comparación con el tiempo de otros sabores, el motor no llegaba a enfriar. Con eso,
los vapores del combustible no se disipaban, impidiendo que un nuevo arranque del
motor fuese instantáneo. A partir de ese episodio, el Pontiac cambió el sistema de
alimentación de combustible e introdujo una alteración en todos los modelos a partir
de la línea 99. El autor de la reclamación obtuvo un coche nuevo, además del arreglo
del que no funcionaba con el helado de vainilla. La GM distribuyó un comunicado
interno, exigiendo que sus empleados lleven en serio hasta las reclamaciones mas
extrañas, "porque puede ser que una gran innovación, este por detrás de un helado de
vainilla", decía el comunicado de GM.
El humor de Juan Pablo II
Durante el Sínodo de obispos de Roma, el cardenal de Cracovia, después Juan
Pablo II, propuso a varios cardenales ir a esquiar al Terminillo.
—¿A esquiar?
—Sí, claro. En Italia, ¿no esquían los cardenales?
—Pues... francamente, no.
—En Polonia, en cambio, el 40% de los cardenales esquían.
—¿40%? Si en Polonia solo hay dos cardenales.
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—Claro, pero no me negarán que Wyszynski vale por lo menos el 60%.

El mendigo y el rey
¿Recuerdas ese conocido cuento de Tagore sobre un mendigo que iba pidiendo
de puerta en puerta? Un día vio aparecer a lo lejos del camino, acercándose, la
carroza de un Rey... Y yo me preguntaba, maravillado, quién sería aquel Rey de
reyes. Mis esperanzas volaron hasta el cielo, y pensé que mis días malos habían
acabado. (...). La carroza se paró a mi lado. Me miraste y bajaste sonriendo. Sentí que
la felicidad de la vida me había llegado al fin. Y de pronto tú me tendiste tu diestra
diciéndome: ¿Puedes darme alguna cosa? ¡Ah, qué ocurrencia la de tu realeza!
¡Pedirle a un mendigo! Yo estaba confuso y no sabía qué hacer. Luego saqué despacio
de mi saco un granito de trigo, y te lo di. Pero qué sorpresa la mía cuando, al vaciar
por la tarde mi saco en el suelo, encontré un granito de oro en la miseria del montón.
¡Qué amargamente lloré de no haber tenido corazón para darle todo! (Gitanjali, 50).
El paquete de galletas
Cuando aquella tarde llegó a la vieja estación le informaron que el tren en el que
ella viajaría se retrasaría aproximadamente una hora. La elegante señora, un poco
fastidiada, compró una revista, un paquete de galletas y una botella de agua para
pasar el tiempo. Buscó un banco en él anden central y se sentó preparada para la
espera. Mientras hojeaba su revista, un joven se sentó a su lado y comenzó a leer un
diario. Imprevistamente, la señora observó como aquel muchacho, sin decir una sola
palabra, estiraba la mano, agarraba el paquete de galletas, lo abría y comenzaba a
comerlas, una a una, despreocupadamente. La mujer se molestó por esto, no quería
ser grosera, pero tampoco dejar pasar aquella situación o hacer como si nada hubiera
pasado; así que, con un gesto exagerado, tomó el paquete y sacó una galleta, la
exhibió frente al joven y se la comió mirándolo fijamente a los ojos. Como respuesta,
el joven tomó otra galleta y mirándola la puso en su boca y sonrió. La señora ya
enojada, tomó una nueva galleta y, con ostensibles señales de fastidio, volvió a comer
otra, manteniendo de nuevo la mirada en el muchacho. El dialogo de miradas y
sonrisas continuó entre galleta y galleta. La señora cada vez más irritada, y el
muchacho cada vez más sonriente. Finalmente, la señora se dio cuenta de que en el
paquete sólo quedaba la última galleta. "No podrá ser tan descarado", pensó mientras
miraba alternativamente al joven y al paquete de galletas. Con calma el joven alargó
la mano, tomó la última galleta, y con mucha suavidad, la partió en dos y ofreció la
mitad de la última galleta a su compañera de banco. "¡Gracias!", dijo la mujer
tomando con rudeza aquella mitad. "De nada", contestó el joven sonriendo
suavemente mientras comía su mitad. Entonces el tren anunció su partida... La señora
se levantó furiosa del banco y subió a su vagón. Al arrancar, desde la ventanilla de su
asiento vio al muchacho todavía sentado en el anden y pensó: "¡Qué insolente, qué
mal educado, qué será de este mundo con esta juventud!". Sin dejar de mirar con
resentimiento al joven, sintió la boca reseca por el disgusto que aquella situación le
había provocado. Abrió su bolso para sacar la botella de agua y se quedó totalmente
sorprendida cuando encontró, dentro de su cartera, su paquete de galletas intacto.
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El portal de oro
En una ciudad nacieron dos hombres, el mismo día, a la misma hora en el
mismo lugar. Sus vidas se desarrollaron y cada uno vivió muchas experiencias
diferentes. Al final de sus vidas ambos murieron el mismo día, a la misma hora, en el
mismo lugar. De acuerdo a la leyenda se dice que al morir tenemos que pasar por un
gran portal de oro puro, donde allí un guardián, nos hace ciertas preguntas para
permitirnos pasar. El primer hombre llegó y el guardián le pregunta: Qué fue de tu
vida? El responde: "Conocí muchos lugares, tuve muchos amigos, hice negocios que
produjeron grandes riquezas, mi familia tuvo lo mejor y trabaje duro". El guardián le
pregunta: "¿Qué traes contigo?" Él responde: "Todo ha quedado allí, no traigo nada".
Ante esto, el guardián responde: "Lo siento, no puedes pasar debido a que no traes
nada contigo". Al escuchar estas palabras el hombre, llorando y con gran pena en su
corazón, se sienta a un lado a sufrir el dolor de no poder entrar. El segundo hombre
llegó y el guardián le pregunta: "¿Qué fue de tu vida?". Él responde: "Desde el
momento en que nací, fui un caminante, no tuve riquezas, sólo busqué el amor en los
corazones de todos los hombres, mi familia me abandonó y en realidad nunca tuve
nada." El guardián le pregunta: "¿Encontraste lo que buscabas?". Él le responde: "Sí,
ha sido mi único alimento desde que lo encontré". El guardián responde: "Muy bien,
puedes pasar". Pero ante esta respuesta, el hombre dice: "El Amor que he encontrado
es tan grande que lo quiero compartir con este hombre sentado al lado del portal,
sufriendo por su fortuna". Dice la leyenda que su amor era tan grande que fue
suficiente para que ambos pasaran por el portal. (Historia Sufí)

El portero del botiquín


No había en el pueblo peor oficio que el de portero del botiquín. Pero ¿qué otra
cosa podría hacer aquel hombre? De hecho, nunca había aprendido a leer ni a escribir,
no tenía ninguna otra actividad ni oficio. Un día se hizo cargo del botiquín un joven
con inquietudes, creativo y emprendedor. El joven decidió modernizar el negocio.
Hizo cambios y después cito al personal para darle nuevas instrucciones. Al portero,
le dijo: "A partir de hoy usted, además de estar en la puerta, me va a preparar un
informe semanal donde registrará la cantidad de personas que entran día por día y
anotará sus comentarios y recomendaciones sobre el servicio". El hombre tembló,
nunca le había faltado disposición al trabajo pero..... "Me encantaría satisfacerlo,
señor -balbuceo- pero yo... yo no sé leer ni escribir". "¡Ah! ¡Cuánto lo siento!". "Pero,
señor, usted no me puede despedir, yo trabajé en esto toda mi vida". No le dejó
terminar: "Mire, yo comprendo, pero no puedo hacer nada por usted. Le vamos a dar
una indemnización para que tenga hasta que encuentre otra cosa. Así que, lo siento.
Que tenga suerte".
El hombre sintió que el mundo se derrumbaba. Nunca había pensado que podría
llegar a encontrarse en esa situación. ¿Qué hacer? Recordó que en el botiquín, cuando
se rompía una silla o una mesa, él, con un martillo y clavos lograba hacer un arreglo
sencillo y provisorio. Pensó que ésta podría ser una ocupación transitoria hasta
conseguir un empleo. El problema es que sólo contaba con unos clavos oxidados y
una tenaza mellada. Usaría parte del dinero para comprar una caja de herramientas
completa. Como en el pueblo no había una ferretería, debía viajar dos días en mula
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para ir al pueblo más cercano a realizar la compra. ¿Qué más da?, pensó, y emprendió
la marcha. A su regreso, traía una hermosa y completa caja de herramientas. De
inmediato su vecino llamó a la puerta de su casa. Vengo a preguntarle si no tiene un
martillo para prestarme. Mire, sí, lo acabo de comprar pero lo necesito para trabajar...
como me quedé sin empleo... Bueno, pero yo se lo devolvería mañana bien temprano.
Está bien. A la mañana siguiente, como había prometido, el vecino tocó la puerta.
Mire, yo todavía necesito el martillo. ¿Por qué no me lo vende? No, yo lo necesito
para trabajar y además, la ferretería esta a dos días de mula. Hagamos un trato -dijo el
vecino- Yo le pagaré los dos días de ida y los dos de vuelta, más el precio del
martillo, total usted está sin trabajar. ¿Qué le parece? Realmente, esto le daba trabajo
por cuatro días... Aceptó. Volvió a montar su mula. Al regreso, otro vecino le
esperaba en la puerta de su casa. Hola, vecino. ¿Usted le vendió un martillo a nuestro
amigo? Sí. Yo necesito unas herramientas, estoy dispuesto a pagarle sus cuatros días
de viaje, más una pequeña ganancia. Yo no dispongo de tiempo para el viaje. El
ex-portero abrió su caja de herramientas y su vecino eligió una pinza, un
destornillador, un martillo y un cincel. Le pagó y se fue. "No dispongo de cuatro días
para compras", recordaba. Si esto era cierto, mucha gente podría necesitar que él
viajara a traer herramientas. En el siguiente viaje arriesgó un poco más del dinero
trayendo más herramientas que las que había vendido. De paso, podría ahorrar algún
tiempo de viajes. La voz empezó a correrse por el barrio y muchos quisieron evitarse
el viaje. Una vez por semana, el ahora corredor de herramientas viajaba y compraba
lo que necesitaban sus clientes. Alquiló un local para almacenar las herramientas y
algunas semanas después, con una vidriera, el local se transformó en la primera
ferretería del pueblo. Todos estaban contentos y compraban en su negocio. Ya no
viajaba, los fabricantes le enviaban sus pedidos. Él era un buen cliente. Con el
tiempo, las comunidades cercanas preferían comprar en su ferretería y ganar dos días
de marcha. Un día se le ocurrió que su amigo, el tornero, podría fabricar para él las
cabezas de los martillos. Y luego, ¿por qué no? Las tenazas... y las pinzas... y los
cinceles. Y luego fueron los clavos y los tornillos.... Para no hacer muy largo el
cuento, sucedió que en diez años aquel hombre se transformó con honestidad y
trabajo en un millonario fabricante de herramientas. Un día decidió donar a su pueblo
una escuela. Allí se enseñaría, además de leer y escribir, las artes y oficios más
prácticos de la época. En el acto de inauguración de la escuela, el alcalde le entregó
las llaves de la ciudad, le abrazó y le dijo: Es con gran orgullo y gratitud que le
pedimos que ponga su firma en la primera hoja del libro de honor de la nueva
escuela.. El honor sería enorme -dijo el hombre-, pero yo no sé leer ni escribir. Soy
analfabeto. ¿Usted?, dijo el Alcalde, que no alcanzaba a creerlo. ¿Usted construyó un
imperio industrial sin saber leer ni escribir? Estoy asombrado. Me pregunto..., ¿qué
hubiera sido de usted si hubiera sabido leer y escribir? Yo se lo puedo contestar
-respondió el hombre con calma-. Si yo hubiera sabido leer y escribir... sería portero
del botiquín! Las adversidades encierran bendiciones. Las crisis están llenas de
oportunidades. Cambiar y adaptarse al cambio siempre será la opción más segura.
Emilia Kaczorowska
Emilia Kaczorowska tiene casi cuarenta años. Vive en una modesta población de
un país europeo. Emilia tiene un hijo y me cuenta de las dificultades a las que ella y
su marido se enfrentan cada día para sacar adelante la familia. Sabe que yo tengo
15

cierta intuición y buen criterio para aconsejarla y por eso acude a mí con frecuencia.
Esta vez, hablando de los hijos, comentamos lo incierto que aparece el futuro para
una familia como la de ellos. Yo sé que Emilia morirá en no más de diez años, y no
sólo eso, sino que su marido morirá al poco de comenzar la guerra. Su hijo mayor
morirá también. ¿La planificación familiar es una necesidad para ellos? ¿Qué futuro
les puede esperar? Quizá sea mejor que no nazca... Además, Emilia tiene ya casi
cuarenta años. A esa edad, puedes tener un hijo deforme... Puedes recurrir a diversos
procedimientos para evitarlos. Serías insensata, inhumana, irresponsable... ¿Qué
herencia les vas a dejar? Piensa en el mundo tan desastroso que verán tus hijos,
contempla los días tan difíciles que viviremos después de la invasión de nuestro país.
Emilia me escuchó con paciencia y atención; me dio las gracias y se despidió de mi.
A los pocos meses Emilia me da la noticia de que está embarazada. Yo me indigno:
"¡Estas mujeres ignorantes y necias que no saben hacer otra cosa que tener hijos!".
Ella, callada, me escucha serena y continúa su pesado trabajo, y lleva con una amable
sonrisa las dificultades propias del embarazo. Finalmente, Emilia da a luz a un hijo
más. Mis predicciones fatalistas se cumplen una tras otra: Emilia muere dejando a su
pequeño hijo de apenas 10 años; luego muere su hijo mayor; finalmente muere su
esposo. Solo queda en el mundo el pequeño Karol. Hoy, más de sesenta años después,
millones de hombres y mujeres de todas las razas y todas las condiciones sociales
llaman a Karol de otra manera: le llaman Juan Pablo II.

Escoger entre diversas causas


Estaba charlando con mi capitán durante el servicio militar. Salieron diversos
recuerdos de épocas anteriores. Me contó que hace unos años tuvo que ir al médico
porque se encontraba fatal. El doctor le explicó enseguida las causas, que se referían a
la vida que llevaba: "Esto es lo propio del estilo de vida que usted está llevando: el
tabaco, el estrés, la responsabilidad..., en fin lo propio de la vida intelectual...". "En
fin -concluyó el capitán, al final de su relato-, que tuve que dejarlo". "¿El qué, el
tabaco?, pregunté. "No, lo intelectual".

Ese niño me enseñó a amar


En una ocasión, en Calcuta, no teníamos azúcar para nuestros niños. Sin saber
cómo, un niño de cuatro años había oído decir que la Madre Teresa se había quedado
sin azúcar. Se fue a su casa y les dijo a sus padres que no comería azúcar durante tres
días para dárselo a la Madre Teresa. Sus padres lo trajeron a nuestra casa: entre sus
manitas tenía una pequeña botella de azúcar, lo que no había comido. Aquel pequeño
me enseñó a amar. Lo más importante no es lo que damos sino el amor que ponemos
al dar. (Madre Teresa de Calcuta)

Estar al lado de un amigo


Lo más importante que he hecho en la vida tuvo lugar el 8 de octubre de 1990.
Mi madre cumplía 65 anos, y yo había viajado a casa de mis padres en
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Massachusetts, para celebrarlo con la familia. Comencé el día jugando con un antiguo
compañero de clase y amigo mío, al que no había visto en mucho tiempo. Entre
jugada y jugada conversamos acerca de lo que estaba pasando en la vida de cada cual.
Me contó que su esposa y el acababan de tener un bebé encantador. Mientras
jugábamos, un coche se acercó a toda velocidad, se bajó un hombre que, consternado,
le dijo que su bebé había dejado de respirar y lo habían llevado de urgencia al
hospital. En un instante mi amigo subió al auto y se marchó dejando tras de sí una
nube de polvo. Por un momento me quedé donde estaba, sin acertar a moverme, pero
luego traté de pensar qué debía hacer: ¿Seguir a mi amigo al hospital? Mi presencia
allí, me dije, no iba a servir de nada, pues la criatura seguramente estaría al cuidado
de médicos y enfermeras, y nada de lo que yo hiciera o dijera iba a cambiar las cosas.
¿Brindarle mi apoyo moral? Bueno, quizás. Pero tanto él como su esposa provenían
de familia numerosas y sin duda estarían rodeados de parientes que les ofrecerían
consuelo y el apoyo necesario pasara lo que pasara. Lo único que haría sería estorbar.
Además había planeado dedicar todo mi tiempo a mi familia, que estaba aguardando
mi regreso. Así que decidí reunirme con ellos e ir más tarde a ver a mi amigo. Al
poner en marcha el auto que había alquilado, me percaté que mi amigo había dejado
su furgoneta, con las llaves puestas, estacionada junto a las canchas. Me vi entonces
ante otro dilema: no podía dejar así el vehículo, pero si lo cerraba y me llevaba las
llaves, ¿qué iba a hacer con ellas? Decidí pues ir al hospital y entregarle las llaves.
Cuando llegué, me indicaron en qué sala estaban mi amigo y su esposa, como supuse,
el recinto estaba lleno de familiares que trataban de consolarlos. Entré sin hacer ruido
y me quedé junto a la puerta, tratando de decidir qué hacer. No tardó en presentarse
un médico, que se acercó a la pareja y, en voz baja les comunicó que su hijo había
fallecido, víctima del síndrome conocido como "muerte en la cuna". Durante lo que
pareció una eternidad estuvieron abrazados, llorando, mientras todos los demás los
rodeamos en medio del silencio y el dolor. Cuando se recuperaron un poco, el médico
les preguntó si deseaban estar un momento con su hijo. Mi amigo y su esposa se
pusieron de pie caminaron resignadamente hacia la puerta. Al verme allí, en un
rincón, los dos se acercaron, y mi amigo me dio un abrazo y comenzó a llorar.
"Gracias por estar aquí", me dijo. Durante el resto de la mañana, permanecí sentado
en la sala de urgencias del hospital, viendo a mi amigo y a su esposa sostener en
brazos a su hijo sin vida.
Aquella experiencia me dejo tres enseñanzas. La primera es que aquello ocurrió
cuando no había absolutamente nada que yo pudiera hacer. Nada de lo que aprendí en
la universidad, ni los seis años que llevaba ejerciendo mi profesión, me sirvió en tales
circunstancias. A dos personas a las que yo estimaba les sobrevino una desgracia, y
yo era impotente para remediarla. Lo único que pude hacer fue acompañarlos y
esperar el desenlace. Pero estar allí en esos momentos en que alguien me necesitaba
era lo principal. Lo que hice estuvo a punto de no ocurrir, debido a las cosas que
aprendí en la Universidad y en mi vida profesional. En la facultad de Derecho me
enseñaron a tomar los datos, analizarlos y organizarlos y después evaluar esta
información sin apasionamiento. Esa habilidad es vital en los abogados. Cuando la
gente acude a nosotros en busca de ayuda, suele estar angustiada y necesita que su
abogado piense con lógica. Pero al aprender a pensar, casi me olvide de sentir. Hoy,
no tengo duda alguna que debí haber subido al coche sin titubear y seguir a mi amigo
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al hospital. La tercera cosa que aprendí es que la vida puede cambiar en un instante.
Intelectualmente, todos sabemos esto, pero creemos que las desdichas les pasan a
otros. Así hacemos planes y concebimos nuestro futuro como algo tan real que
pareciera que ya ocurrió. Pero dejamos de advertir todos los presentes que pasan
junto a nosotros, y olvidamos que perder el empleo, sufrir una enfermedad grave,
toparse con un conductor ebrio y miles de cosas más pueden alterar ese futuro en un
abrir y cerrar de ojos. En ocasiones a uno le hace falta vivir una tragedia para volver a
poner las cosas en perspectiva.

Exceso de seguridad
En 1931, el novelista inglés Arnold Bennet (1867-1931), tratando de demostrar
a las incultas gentes de París que el agua que bebían no era la causa de la epidemia de
tifus que asolaba la ciudad, bebió públicamente un vaso de aquel agua. Murió de tifus
a los pocos días.

Explicaciones tontas y arriesgadas


Un día una niña estaba sentada observando a su mamá lavar los platos en la
cocina. De repente notó que su mamá tenía varios cabellos blancos que sobresalían
entre su cabellera oscura. Miró a su madre y le preguntó inquisitivamente, "Porqué
tienes algunos cabellos blancos, mamá?". Ella le contestó: "Bueno, cada vez que
haces algo malo y me haces llorar o me pones triste, uno de mis cabellos se pone
blanco." La niña se quedó pensativa unos instantes, y luego dijo: "Mamá, entonces…,
¿por qué TODOS los cabellos de la abuelita están blancos?

Hay un hoyo en mi acera


CAPÍTULO UNO. Bajo por una calle y hay un hoyo grande. Yo no lo veo y
caigo en él. Es profundo y oscuro. Tardo mucho tiempo en lograr salir. No es mi
defecto.
CAPÍTULO DOS. Bajo por la misma calle. Hay un hoyo grande y lo veo, pero
caigo de nuevo en él. Es profundo y oscuro. Tardo mucho tiempo en lograr salir.
Todavía no es mi defecto.
CAPÍTULO TRES. Bajo por una calle. Hay un hoyo grande, y lo veo, pero
todavía caigo de nuevo en él. Ha llegado a ser un hábito. Pero ya voy aprendiendo a
salir rápidamente del hoyo. Reconozco mi defecto.
CAPÍTULO CUATRO. Bajo por una calle. Hay un hoyo grande. Lo rodeo.
CAPÍTULO CINCO. Bajo por una calle diferente.

Imaginación en momento crítico


Cuenta una antigua leyenda que, en la Edad Media, un hombre muy virtuoso fue
injustamente acusado de haber asesinado a una mujer. En realidad, el verdadero autor
era una persona muy influyente en el reino y, por eso, desde el primer momento se
procuró un "chivo expiatorio", para encubrir al culpable.
El hombre fue llevado a juicio ya sabiendo que tendría escasas o nulas
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posibilidades de escapar a la horca. El juez, también implicado en la infamia, cuidó


no obstante de dar todo el aspecto de un juicio justo. Siguieno una práctica de
entonces, dijo al acusado: - "Conociendo tu fama de hombre justo y devoto de Dios,
vamos a dejar en manos de Él tu destino: vamos a escribir en dos papeles separados
las palabras "culpable" e "inocente". Tú escogerás y será la mano de Dios la que
decida tu destino".
Por supuesto, el mal funcionario había preparado dos papeles con la misma
leyenda: "CULPABLE". La pobre víctima se daba cuenta de que el sistema propuesto
era una trampa. No había escapatoria. El juez conminó al hombre a tomar uno de los
papeles doblados. Éste respiró profundamente, quedó en silencio unos cuantos
segundos con los ojos cerrados y, cuando la sala comenzaba ya a impacientarse, abrió
los ojos y, con una extraña sonrisa, tomó uno de los papeles y llevándolo a su boca lo
engulló rápidamente. Sorprendidos e indignados los presentes le reprocharon
airadamente... - "Pero ¡¿qué hizo...?! Y ¿ahora...? ¿Cómo vamos a saber el
veredicto...?!" - "Es muy sencillo, respondió el hombre: - "Es cuestión de leer el papel
que queda, y sabremos lo que decía el que me tragué." Y no les quedó más remedio
que liberar al acusado.

Jerry, el optimista
Jerry siempre estaba de buen humor, y siempre tenía algo positivo que decir.
Cuando alguien le preguntaba cómo le iba, el respondía: -Si pudiera estar mejor, sería
gemelos. Era gerente de un restaurante, y era un gerente único porque tenía varias
meseras que lo habían seguido de restaurante en restaurante. La razón por la que las
meseras seguían a Jerry era por su actitud: él era un motivador natural. Si un
empleado tenía un mal día, Jerry estaba ahí para decirle al empleado cómo ver el lado
positivo de la situación.
Este estilo realmente me causó curiosidad, así que un día fui a buscar a Jerry y le
pregunté: - No lo entiendo... no es posible ser una persona positiva todo el tiempo,
¿cómo lo haces? Jerry respondió: - Cada mañana me despierto y me digo a mí
mismo: "Jerry, tienes dos opciones hoy. Puedes escoger estar de buen humor o estar
de mal humor". Escojo estar de buen humor. Cada vez que sucede algo malo, puedo
escoger entre ser una víctima o aprender de ello. Escojo aprender de ello. Cada vez
que alguien viene a mí para quejarse, puedo aceptar su queja o puedo señalarle el lado
positivo de la vida. Escojo señalarle el lado positivo de la vida. - Sí, claro... pero no
es tan fácil - protesté. - Sí lo es - dijo Jerry -. Todo en la vida es acerca de elecciones.
Cuando quitas todo lo demás, cada situación es una elección. Tú eliges como
reaccionas ante cada situación. Tú eliges como la gente afectará tu estado de ánimo.
Tú eliges estar de buen humor o mal humor. En resumen: ¡tú eliges cómo vivir la
vida!
Reflexioné en lo que Jerry me dijo. Poco tiempo después, dejé la industria de
restaurantes para iniciar mi propio negocio. Perdimos contacto, pero con frecuencia
pensaba en Jerry cuando tenía que hacer una elección en la vida. Varios años más
tarde, me enteré que Jerry hizo algo que nunca debe hacerse en un restaurante. Dejó
la puerta de atrás abierta una mañana, y fue asaltado por tres ladrones armados.
19

Mientras trataba de abrir la caja fuerte, su mano, temblando por el nerviosismo,


resbaló de la combinación. Los asaltantes sintieron pánico y le dispararon. Con
mucha suerte, Jerry fue encontrado relativamente pronto y llevado de emergencia a
una clínica. Después de 18 horas de cirugía y varias semanas de terapia intensiva,
Jerry fue dado de alta aún con fragmentos de bala en su cuerpo.
Me encontré con Jerry seis meses después del accidente y, cuando le pregunté
cómo estaba, me respondió: - Si pudiera estar mejor, tendría un gemelo. Le pregunté
que pasó por su mente en el momento del asalto. Contestó: - Lo primero que vino a
mi mente fue que debí haber cerrado con llave la puerta de atrás. Cuando estaba
tirado en el piso, recordé que tenía dos opciones. Podía elegir vivir o podía elegir
morir. Y elegí vivir. - ¿No sentiste miedo? - le pregunté. Jerry continuó: - Los
médicos fueron geniales. No dejaban de decirme que iba a estar bien, pero cuando me
llevaron al quirófano y vi las expresiones en sus caras y en las de las enfermeras,
realmente me asusté... podía leer en sus ojos que era hombre muerto. Supe entonces
que debía tomar acción... - ¿Y qué hiciste? - pregunté. - Bueno... uno de los médicos
me preguntó si era alérgico a algo y, respirando profundo, grité: "¡Sí, a las balas!".
Mientras reían, les dije: "Estoy escogiendo vivir... opérenme como si estuviera vivo,
no muerto". Jerry vivió por la maestría de los médicos, pero sobre todo por su actitud.

La importancia de un elogio
Yo enseñaba en el tercer año de primaria de la escuela Saint Mary's, en Morris,
Minn. Mis 34 estudiantes eran queridos para mí, pero Mark Eklund era uno en un
millón. Tenía muy buena presencia, y esa actitud "feliz-de-estar-vivo" que hasta hacía
sus ocasionales mal comportamientos deliciosos. Mark hablaba incesantemente. Yo
tenía que recordarle una y otra vez que hablar sin permiso no era aceptable. Sin
embargo, lo que me impresionaba era su respuesta sincera cada vez que tenía que
corregirlo por no portarse bien.
Al principio no sabía como comportarme, pero después de poco tiempo me
acostumbré a escucharlo muchas veces al día. Una mañana en la que Mark hablaba
demasiado, empecé a impacientarme y cometí un error de maestra novata. Miré a
Mark y le dije: - Si dices una sola palabra más, te pondré cinta en la boca. No habrían
pasado diez segundos cuando Chuck dijo: - Mark está hablando de nuevo. Yo no le
había pedido a ningún alumno que me ayudara, pero como había anunciado el castigo
frente a toda la clase, tenía que aplicarlo. Recuerdo la escena como si hubiese
ocurrido esta mañana. Caminé hacia mi escritorio y abrí cada uno de los cajones hasta
encontrar la cinta adhesiva. Sin decir una palabra, me acerqué al escritorio de Mark,
corté dos piezas de cinta e hice una gran X sobre su boca. Despues regresé al frente
del salón. Apenas miré de reojo a Mark, él me guiñó un ojo. ¡Con eso tuve
suficiente...! Comencé a reír. La clase vitoreaba mientras yo caminaba hacia el
escritorio de Mark. Le saqué la cinta y me encogí de hombros. Sus primeras palabras
fueron: - ¡Gracias, hermana!
A fin de año me pidieron que enseñara matemáticas en tercer año de la
secundaria. Los años volaron y, antes de que me diera cuenta, Mark estaba en mi
clase de nuevo. Estaba más guapo que nunca e igual de educado. Pero debido a que
20

tenía que escuchar atentamente mis instrucciones sobre la "nueva matemática", no


habló tanto en 3° de secundaria como en 3° de primaria.
Un viernes, las cosas simplemente no se sentían bien. Habíamos estado
trabajando en un nuevo concepto toda la semana, y yo sentía que los estudiantes no lo
estaban entendiendo, frustrados consigo mismos y tensos uno con el otro. Tenía que
detener eso antes de que se me fuera de las manos, así que le pedí a cada uno que
hiciera una lista de los nombres de los otros estudiantes del salón en dos hojas de
papel, dejando un espacio en blanco entre cada nombre. Después les dije que
pensaran en la cosa más bonita que pudieran decir de cada uno de sus compañeros, y
que la escribieran en los espacios correspondientes. Les tomó el resto de la clase
cumplir con la consigna. Cuando se estaban yendo, me entregaron los papeles.
Charlie sonrió, y Mark dijo: - Gracias, hermana. Que tenga un buen fin de semana.
Ese sábado escribí el nombre de cada uno de los alumnos en distintas hojas de
papel, y listé lo que cada uno había dicho de ese individuo. El lunes le di a cada
alumno su lista. Muy pronto todos los alumnos estaban sonriendo. - ¿De verdad? -
escuché que susurraban. - No sabía que eso significaba algo para alguien. - No sabía
que le agradaba tanto a los demás... Nunca nadie mencionó esos papeles en clase otra
vez. Yo nunca supe si los discutieron después de clase o con sus padres, pero no
importaba. La actividad había cumplido su propósito. Los estudiantes estaban
contentos consigo mismos y con los demás de nuevo. Ese grupo de estudiantes siguió
adelante con sus estudios.
Varios años más tarde, después de regresar de mis vacaciones, mis padres me
encontraron en el aeropuerto. Mientras íbamos de regreso a casa, mamá me hizo las
preguntas usuales acerca de mi viaje: el clima, mi experiencia en general. Hubo una
pausa en la conversación. Mamá cruzó una mirada con papá y simplemente dijo: -
¿Papá? Mi padre se aclaró la garganta, como siempre lo hace antes de decir algo
importante. - Los Eklund llamaron ayer en la noche - empezó. - ¿De veras? - dije. -
¡No he sabido nada de ellos en años! Me pregunto como estará Mark.
Papá respondió calladamente. - Mark murió en Vietnam. El funeral es mañana, y
a sus padres les gustaría que fueras. Hasta este día aún puedo recordar exactamente el
letrero I-494, donde papá me dijo lo de Mark. Yo nunca antes había visto a un
soldado en un ataúd militar. Mark se veía tan guapo, tan maduro... todo lo que podía
pensar en ese momento era: - Mark... yo daría toda la cinta adhesiva del mundo si tan
sólo pudieras hablarme. La iglesia estaba llena, estaban todos los amigos de Mark. La
hermana de Chuck cantó el himno de batalla de la República. ¿Por qué tenía que
llover el día del funeral? Ya era suficientemente difícil con la grava. El pastor dijo las
oraciones habituales y se tocó música. Uno por uno, los que amaron a Mark se
acercaron al ataúd y lo rociaron con agua bendita. Yo fui la última en bendecir el
ataúd.
Mientras estaba parada ahí, uno de los soldados se me acercó. - ¿Era usted la
maestra de matemáticas de Mark? - me preguntó. Yo asentí, mientras continuaba
mirando fijamente el ataúd. - Mark hablaba mucho de usted - me dijo. Después del
funeral, la mayoría de los antiguos compañeros de clase de Mark fueron a la granja de
Chuck, para almorzar.
Los padres de Mark estaban ahí, obviamente esperándome. - Queremos
enseñarle algo - dijo su padre, sacando una billetera de su bolsillo. - Le encontraron
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esto a Mark cuando murió, pensamos que a lo mejor lo reconocería. Abriendo la


billetera, sacó cuidadosamente dos piezas de una libreta que obviamente había sido
sacada, pegada y doblada muchas veces. Yo sabía, sin mirar, que los papeles eran
aquellos en los que yo había listado todas las cosas buenas que cada uno de los
compañeros de Mark había dicho de él. - Muchas gracias por haber hecho eso - dijo
la mama de Mark. - Como puede ver, Mark lo valoraba.
Los compañeros de Mark se empezaban a reunir alrededor de nosotros. Charlie
sonrió, y dijo: - Yo todavía tengo mi lista. Está en el cajón de arriba, en el escritorio
de mi casa. La esposa de Chuck dijo: - Chuck me pidió que pusiera la suya en nuestro
álbum de bodas. - Yo también tengo la mía - dijo Marilyn. - Está en mi diario.
Entonces Vicki, otra compañera, sacó la billetera de su cartera y mostró su ya vieja
lista al grupo. - Siempre cargo con esto - dijo Vicki. - Creo que todos aún tenemos
nuestras listas. Ahí fue cuando yo finalmente me senté y lloré. Lloré por Mark y por
todos sus amigos, que nunca lo verían de nuevo. Algunas veces la cosa mas pequeña
puede significar mucho para otra persona.

La joya: Un monje andariego se encontró, en uno de sus viajes, una piedra


preciosa, y la guardó en su talega. Un día se encontró con un viajero y, al abrir su
talega para compartir con él sus provisiones, el viajero vio la joya y se la pidió. El
monje se la dio sin más. El viajero le dio las gracias y marchó lleno de gozo con
aquel regalo inesperado de la piedra preciosa que bastaría para darle riqueza y
seguridad todo el resto de sus días. Sin embargo, pocos días después volvió en busca
del monje mendicante, lo encontró, le devolvió la joya y le suplicó: "Ahora te ruego
que me des algo de mucho más valor que esta joya. Dame, por favor, lo que te
permitió dármela a mí".
La mirada de su padre
Un muchacho vivía solo con su padre, ambos tenían una relación extraordinaria
y muy especial. El joven pertenecía al equipo de fútbol americano de su colegio,
usualmente no tenía la oportunidad de jugar, bueno, casi nunca, sin embargo su padre
permanecía siempre en las gradas haciéndole compañía. El joven era el más bajo de
la clase cuando comenzó la secundaria e insistía en participar en el equipo de fútbol
del colegio; su padre siempre le daba orientación y le explicaba claramente que "él no
tenía que jugar fútbol si no lo deseaba en realidad"... pero el joven amaba el fútbol,
¡no faltaba a una práctica ni a un juego!, estaba decidido en dar lo mejor de sí, ¡se
sentía felizmente comprometido! Durante su vida en secundaria lo recordaron como
el "calentador del banquillo", debido a que siempre permanecía sentado... su padre
con su espíritu de luchador, siempre estaba en las gradas, dándole compañía, palabras
de aliento y el mejor apoyo que hijo alguno podría esperar. Cuando comenzó la
Universidad, intentó entrar al equipo de fútbol, todos estaban seguros que no lo
lograría, pero a todos venció, entrando al equipo. El entrenador le dio la noticia,
admitiendo que lo había aceptado además por como él demostraba entregar su
corazón y su alma en cada una de las prácticas y al mismo tiempo le daba a los demás
miembros del equipo un gran entusiasmo. La noticia llenó por completo su corazón,
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corrió al teléfono más cercano y llamó a su padre, quien compartió con él la emoción.
Le enviaba en todas las temporadas todas las entradas para que asistiera a los juegos
de la Universidad. El joven era muy persistente, nunca faltó a un entrenamiento ni a
un partido durante los cuatro años de la Universidad, y nunca tuvo la oportunidad de
jugar ningún partido. Era el final de la temporada y justo unos minutos antes que
comenzara el primer juego de las eliminatorias, el entrenador le entregó un telegrama.
El joven lo tomó y luego de leerlo se quedó en silencio. Temblando le dijo al
entrenador: "Mi padre murió esta mañana, ¿no hay problema de que falte al juego
hoy?". El entrenador lo abrazó y le dijo: "Toma el resto de la semana libre, hijo. Y no
se te ocurra venir el sábado". Llegó el sábado, y el partido no estaba muy bien, en el
tercer cuarto, cuando el equipo tenía 10 puntos de desventaja, el joven entró a los
vestuarios y se puso el uniforme y corrió hacia donde estaba el entrenador y su
equipo, que estaban impresionados de ver a su luchador compañero de regreso.
"Entrenador, por favor, permítame jugar... yo tengo que jugar hoy", imploró el joven.
El entrenador pretendió no escucharle, de ninguna manera podía permitir que su peor
jugador entrara en el cierre de las eliminatorias. Pero el joven insistió tanto, que
finalmente el entrenador sintió lástima y aceptó: "Bien, hijo, puedes entrar, el campo
es todo tuyo". Minutos después el entrenador, el equipo y el público, no podían creer
lo que estaban viendo. El pequeño desconocido, que nunca había participado en
ningún juego, estaba haciendo todo perfectamente brillante, nadie podía detenerlo en
el campo, corría fácilmente como toda una estrella. Su equipo comenzó a ganar, hasta
que empató el juego. En los segundos de cierre el muchacho interceptó un pase y
corrió todo el campo hasta ganar con un touchdown. La gente que estaba en las
gradas gritaba emocionada y su equipo lo llevó cargado por todo el campo.
Finalmente cuando todo terminó, el entrenador notó que el joven estaba sentado
calladamente y solo en una esquina, se acercó y le dijo: "Muchacho no puedo creerlo,
¡estuviste fantástico! Dime, ¿cómo lo lograste?". El joven miró al entrenador y le
dijo: "Usted sabe que mi padre murió... pero no sabía que mi padre era ciego". El
joven hizo una pausa y trató de sonreír. "Mi padre asistió a todos mis juegos, pero
hoy era la primera vez que podía verme jugar... y yo quise demostrarle que sí podía
hacerlo".

La muñeca y la rosa blanca


De prisa, entré a la tienda por departamentos a comprar unos regalos de Navidad
a última hora. Miré a mi alrededor toda la gente que allí había y me molesté un poco.
Estaré aquí una eternidad, con tanto que tengo que hacer, pensé. La Navidad se había
convertido ya casi en una molestia. Estaba deseando dormirme por todo el tiempo que
durara la Navidad. Pero me apresuré lo más que pude por entre la gente en la tienda.
Entré en el departamento de juguetes. Otra vez más me encontré murmurando para mí
misma, sobre los precios de aquellos juguetes. Me pregunté si mis nietos jugarían
realmente con ellos. De pronto, me encontré en la sección de muñecas. En una
esquina, me encontré un niñito, como de cinco años, sosteniendo una preciosa
muñeca. Estaba tocándole el cabello y la sostenía muy tiernamente. No me pude
aguantar, me quedé mirándolo fijamente y preguntándome para quién sería la
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muñeca, cuando de pronto se le acercó una mujer, a la cual llamó tía. El niño le
preguntó: "¿Estás segura que no tengo dinero suficiente?" Y la mujer le contestó, con
un tono impaciente: "Tú sabes que no tienes suficiente dinero para comprarla." La
mujer le dijo al niño que se quedara allí donde estaba mientras ella buscaba otras
cosas que le faltaban. El niño continuó sosteniendo la muñeca.
Después de un ratito, me le acerqué y le pregunté al niño para quién era la
muñeca. El me contestó: "Esta muñeca es la que mi hermanita quería tanto para
Navidad. Ella estaba segura que Santa Claus se la iba a traer." Yo le dije que lo más
seguro era que Santa Claus se la traería. Pero él me contestó: "No, no puede ir donde
mi hermanita está. Yo le tengo que dar la muñeca a mi mamá para que ella se la lleve
a mi hermanita." Yo le pregunté dónde estaba su hermana. El niño, con una cara muy
triste me contestó: "Ella se ha ido con Jesús. Mi papá dice que mamá se va a ir con
ella también." Mi corazón casi deja de latir. Volví a mirar al niño una y otra vez. El
continuó: "Le dije a papá que le dijera a mamá que no se fuera todavía. Le dije que le
dijera a ella que esperara un poco hasta que yo regresara de la tienda." El niño me
preguntó si quería ver su foto y le dije que me encantaría. Entonces, el sacó unas
fotografías que tenía en su bolsillo y que había tomado al frente de la tienda y me
dijo: "Le dije a papá que le llevara estas fotos a mi mamá para que ella nunca se
olvide de mí. Quiero mucho a mi mamá y no quisiera que ella se fuera. Pero papá
dice que ella se tiene que ir con mi hermanita." Me dí cuenta que el niño había bajado
la cabeza y se había quedado muy callado. Mientras él no miraba, metí la mano en mi
cartera y saqué unos billetes. Le dije al niño que contáramos el dinero una y otra vez.
El niño se entusiasmó mucho y comentó: "Yo sé que es suficiente." Y comenzó a
contar el dinero otra vez. El dinero ahora era suficiente para pagar la muñeca. El niño,
en una voz muy suave, comentó: "Gracias Jesús por darme suficiente dinero." El niño
entonces comentó: "Yo le acabo de pedir a Jesús que me diera suficiente dinero para
comprar esta muñeca, para que así mi mamá se la pueda llevar a mi hermanita. Y Él
oyó mi oración. Yo le quería pedir dinero suficiente para comprarle a mi mamá una
rosa blanca también, pero no lo hice. Pero Él me acaba de dar suficiente para comprar
la muñeca y la rosa para mi mamá. A ella le gustan mucho las rosas. Le gustan
mucho las rosas blancas." En unos minutos la tía regresó y yo desapercibidamente me
fuí. Mientras terminaba mis compras, con un espíritu muy diferente al que tenía al
comenzar, no podía dejar de pensar en el niño. Seguí pensando en una historia que
había leído en el periódico unos días antes, acerca de un accidente causado por un
conductor ebrio, el cual había causado un accidente donde había perecido una niñita y
su mamá estaba en estado de gravedad. La familia estaba deliberando en si mantener
o no a la mujer con vida artificial y máquinas. Me di cuenta de inmediato que este
niño pertenecía a esa familia. Dos días más tarde leí en el periódico que la mujer del
accidente había sido removida de la maquinaria que la mantenía viva y había muerto.
No me podía quitar de la mente al niño. Más tarde ese día, fui y compré un ramo de
rosas blancas y las llevé a la funeraria donde estaba el cuerpo de la mujer. Y allí
estaba, la mujer del periódico, con una rosa blanca en su mano, una hermosa muñeca,
y la foto del niño en la tienda. Me fui llorando ... mi vida había cambiado para
siempre. El amor de aquel niño por su madre y su hermanita era enorme. En un
segundo, un conductor ebrio le había destrozado la vida en pedazos a aquel niñito.
Ahora tú tienes la opción, tú puedes: 1) cambiar de actitud y ser más sensible ante la
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necesidad de los demás, pudiendo convertirte en instrumento de Dios para ayudar a


otros y reenviar esto a tus amigos; o 2) borrarlo y actuar como si no te hubiera tocado
el corazón.

La providencia
En un lugar perdido en las montañas se produjeron unas inundaciones que
fueron empantanando de agua todo el pueblo. La Cruz Roja y Protección Civil
enviaron lanchas de salvamento. Una de las lanchas se para a la puerta de uno de los
caseríos y el aldeano que allí se encuentra les dice: "No, no; id a por otros, que a mí
me salvará la Providencia". Pasa el tiempo, el agua le cubre por encima de la cintura,
llega otra lancha, y les dice lo mismo. Tuvo suerte, porque cuando el agua le llegaba
al cuello, otra lancha le ofreció su socorro, pero el aldeano insistió que la Providencia
le salvaría. No llegó ninguna otra lancha, y el aldeano murió ahogado. Entró en el
Cielo entre protestas: "Yo confiando en la Providencia divina... y la Providencia,
nada, dejó que me ahogara". Y escuchó la siguiente respuesta: "¡Cómo que nada!
¡Tres lanchas te hemos enviado!".

La silla
La hija de un hombre le pidió al sacerdote que fuera a su casa a hacer una
oración para su padre que estaba muy enfermo. Cuando el sacerdote llegó a la
habitación del enfermo, encontró a este hombre en su cama con la cabeza alzada por
un par de almohadas. Había una silla al lado de su cama, por lo que el sacerdote
asumió que el hombre sabía que vendría a verlo. - "Supongo que me estaba
esperando", le dijo. - "No, ¿quién es usted?", dijo el hombre. - "Soy el sacerdote que
su hija llamó para que orase con usted. Cuando vi la silla vacía al lado de su cama
supuse que usted sabía que yo iba a venir a verlo". - "Oh sí, la silla", dijo el hombre
enfermo. "¿Le importa cerrar la puerta?".
El sacerdote, sorprendido, la cerró. "Nunca le he dicho esto a nadie, pero ... toda
mi vida la he pasado sin saber cómo orar. Cuando he estado en la iglesia he
escuchado siempre al respecto de la oración, que se debe orar y los beneficios que
trae, etc., pero siempre esto de las oraciones me entró por un oído y salió por el otro,
pues no tengo idea de cómo hacerlo. Por ello hace mucho tiempo abandoné por
completo la oración. Esto ha sido así en mí hasta hace unos cuatro años, cuando
conversando con mi mejor amigo me dijo: "José, esto de la oración es simplemente
tener una conversación con Jesús. Así es como te sugiero que lo hagas ... Te sientas
en una silla y colocas otra silla vacía enfrente tuyo, luego con fe mira a Jesús sentado
delante tuyo. No es algo alocado el hacerlo, pues Él nos dijo 'Yo estaré siempre con
ustedes'. Por lo tanto, le hablas y lo escuchas, de la misma manera como lo estás
haciendo conmigo ahora mismo". José continuó hablando: "Es así que lo hice una vez
y me gustó tanto que lo he seguido haciendo unas dos horas diarias desde entonces.
Siempre tengo mucho cuidado que no me vaya a ver mi hija, pues diría que son
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tonterías". El sacerdote sintió una gran emoción al escuchar esto y le dijo a José que
era muy bueno lo que había estado haciendo y que no cesara de hacerlo, luego hizo
una oración con él, le extendió una bendición, los santos óleos y se fue a su
parroquia.
Dos días después, la hija de José llamó al sacerdote para decirle que su padre
había fallecido. El sacerdote le preguntó: "¿Falleció en paz?". "Sí", respondió la hija.
"Cuando salí de la casa a eso de las dos de la tarde me llamó y fui a verlo a su cama.
Me dijo lo mucho que me quería y me dio un beso. Cuando regresé de hacer compras
una hora más tarde ya lo encontré muerto. Pero hay algo extraño al respecto de su
muerte, pues aparentemente justo antes de morir se acercó a la silla que estaba al lado
de su cama y recostó su cabeza en ella, pues así lo encontré. ¿Qué cree usted que
pueda significar esto?". El sacerdote se secó las lágrimas de emoción, se lo explicó, y
concluyó: "Ojalá que todos nos pudiésemos ir de esa manera".

La última pregunta
Durante mi último curso en la escuela, nuestro profesor nos puso un examen.
Leí rapidamente todas las preguntas, hasta que llegué a la ultima, que decía así: ¿Cuál
es el nombre de la mujer que limpia la escuela? Seguramente era una broma. Yo
había visto muchas veces a la mujer que limpiaba la escuela. Era alta, cabello oscuro,
como de cincuenta anos, pero... ¿cómo iba yo a saber su nombre? Entregué mi
examen, dejando la última pregunta en blanco. Antes de que terminara la clase,
alguien le preguntó al profesor si la última pregunta contaría para la nota del examen.
Por supuesto, dijo el profesor. En sus vidas ustedes conoceran muchas personas.
Todas son importantes. Todas merecen su atención y cuidado, aunque solo les sonrían
y digan: !Hola! Yo nunca olvidé esa lección. Tambien aprendí que su nombre era
Dorothy.

Lealtad a un hermano
Uno de dos hermanos que combatían en la misma compañía, en Francia, cayó
abatido por una bala alemana. El que escapó pidió autorización a su oficial para
recobrar a su hermano. "Tal vez esté muerto -dijo el oficial-, y no tiene sentido que
arriesgues la vida para rescatar el cadáver". Pero ante sus súplicas el oficial accedió.
Cuando el soldado regresó a las líneas con su hermano sobre los hombros, el herido
falleció. "¿Ves? -dijo el oficial- Arriesgaste la vida por nada". "No -respondió Tom-;
hice lo que él esperaba de mí, y obtuve mi recompensa. Cuando me acerqué y lo alcé
en brazos, me dijo: 'Tom, sabía que vendrías, estaba seguro de que vendrías'."

Lo que vale un amigo


Un día, cuando era estudiante de secundaria, vi a un compañero de mi clase
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caminando de regreso a su casa. Se llamaba Kyle. Iba cargando todos sus libros y
pensé: "¿Por que se estará llevando a su casa todos los libros el viernes? Debe ser un
empollón". Yo ya tenía planes para todo el fin de semana: fiestas y un partido de
fútbol con mis amigos el sábado por la tarde, así que me encogí de hombros y seguí
mi camino.
Mientras caminaba, vi a un montón de chicos corriendo hacia él. Cuando lo
alcanzaron le tiraron todos sus libros y le hicieron una zancadilla que lo tiró al suelo.
Vi que sus gafas volaron y cayeron al suelo como a tres metros de él. Miró hacia
arriba y pude ver una tremenda tristeza en sus ojos. Mi corazón se estremeció, así que
corrí hacia él mientras gateaba buscando sus gafas. Vi lágrimas en sus ojos. Le
acerqué a sus manos sus gafas y le dije: "Esos chicos son unos tarados, no deberían
hacer esto". Me miró y me dijo: "Gracias". Había una gran sonrisa en su cara. Una de
esas sonrisas que mostraban verdadera gratitud. Le ayudé con sus libros.
Vivía cerca de mi casa. Le pregunté por qué no lo había visto antes y me contó
que se acababa de cambiar de una escuela privada. Yo nunca había conocido a
alguien que fuera a una escuela privada. Caminamos hasta casa. Le ayudé con sus
libros. Parecía un buen chico. Le pregunté si quería jugar al fútbol el sábado conmigo
y mis amigos, y aceptó. Estuvimos juntos todo el fin de semana. Mientras mas
conocía a Kyle, mejor nos caía, tanto a mi como a mis amigos. Llegó el lunes por la
mañana y ahí estaba Kyle con aquella enorme pila de libros de nuevo. Me paré y le
dije: "Oye, vas a sacar buenos músculos si cargas todos esos libros todos los días". Se
río y me dio la mitad para que le ayudara.
Durante los siguientes cuatro años nos convertimos en los mejores amigos.
Cuando ya estabamos por terminar la secundaria, Kyle decidió ir a la Universidad de
Georgetown y yo a la de Duke. Sabía que siempre seríamos amigos, que la distancia
no sería un problema. El estudiaría medicina y yo administración, con una beca de
fútbol.
Llegó el gran día de la Graduación. El preparó el discurso. Yo estaba feliz de no
ser el que tenía que hablar. Kyle se veía realmente bien. Era uno de esas personas que
se había encontrado a sí mismo durante la secundaria, había mejorado en todos los
aspectos, se veía bien con sus gafas. Tenía más citas con chicas que yo y todas lo
adoraban. ¡Caramba! algunas veces hasta me sentía celoso... Hoy era uno de esos
días. Pude ver que él estaba nervioso por el discurso, así que le di una palmadita en la
espalda y le dije: "Vas a estar genial, amigo". Me miró con una de esas miradas
(realmente de agradecimiento) y me sonrió: "Gracias", me dijo.
Limpió su garganta y comenzó su discurso: "La Graduación es un buen
momento para dar gracias a todos aquellos que nos han ayudado a través de estos
años difíciles: tus padres, tus maestros, tus hermanos, quizá algún entrenador... pero
principalmente a tus amigos. Yo estoy aquí para decirles que ser amigo de alguien es
el mejor regalo que podemos dar y recibir y, a este propósito, les voy a contar una
historia". Yo miraba a mi amigo incrédulo cuando comenzó a contar la historia del
primer día que nos conocimos.
Aquel fin de semana él tenia planeado suicidarse. Habló de cómo limpió su
armario y por qué llevaba todos sus libros con él: para que su madre no tuviera que ir
después a recogerlos a la escuela. Me miraba fijamente y me sonreía.
"Afortunadamente fui salvado. Mi amigo me salvó de hacer algo irremediable". Yo
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escuchaba con asombro como este apuesto y popular chico contaba a todos ese
momento de debilidad. Sus padres también me miraban y me sonreían con esa misma
sonrisa de gratitud.
En ese momento me di cuenta de lo profundo de sus palabras: "Nunca
subestimes el poder de tus acciones: con un pequeño gesto, puedes cambiar la vida de
otra persona, para bien o para mal. Dios nos pone a cada uno frente a la vida de otros
para impactarlos de alguna manera".

Mantener la mente abierta


Verdi, aquel famoso compositor italiano, creó su obra “Falestaff” con ochenta
años, después de ímprobos esfuerzos, siendo ya una celebridad. Ante la pregunta de
un curioso de por qué estando ya en el cénit de su carrera y ya tan anciano se había
sometido a esa exigencia tan grande, el maestro contestó: “Toda mi vida he sido
músico. He buscado la perfección y siempre me ha esquivado. Pero siempre he
pensado que debía hacer un nuevo intento.” Es preciso no dejar nunca de esforzarse,
no jubilar nuestra mente ni nuestro espíritu, mantener la inteligencia atenta y abierta a
nuevos saberes, y pensando siempre en lo que supone de aportación a la vida de los
demás.

No había quien se lo dijera


Había una vez dos niños que patinaban sobre una laguna helada. Era una tarde
nublada y fría, pero los niños jugaban sin preocupación. De pronto, el hielo se
reventó y uno de los niños cayó al agua. El otro niño, viendo que su amigo se
ahogaba bajo el hielo, tomó una piedra y empezó a golpear con todas sus fuerzas
hasta que logró romperlo y así salvar a su amigo. Cuando llegaron los bomberos y
vieron lo que había sucedido, se preguntaban cómo lo hizo, pues el hielo esta muy
grueso, es imposible que lo haya podido romper, con esa piedra y sus manos tan
pequeñas. En ese instante apareció un anciano y dijo: "Yo sé como lo hizo...".
"¿Cómo?". "No había nadie a su alrededor para decirle que no podía hacerlo".

No juzgar antes de tiempo


En los días en que un helado costaba mucho menos, un niño de diez años entró
en un establecimiento y se sentó en una mesa. La camarera puso un vaso de agua en
frente de él. ¿Cuánto cuesta un helado de chocolate con cacahuetes?, preguntó el
niño. Cincuenta centavos, respondió la camarera. El niño sacó la mano de su bolsillo
y examinó sus monedas. ¿Y cuánto cuesta un helado solo?, volvió a preguntar.
Algunas personas estaban esperando por una mesa y la camarera ya estaba un poco
impaciente. "Treinta y cinco centavos", dijo ella bruscamente. El niño volvió a contar
la monedas. "Quiero el helado solo", dijo el niño. La mesera le trajo el helado, puso la
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cuenta sobre la mesa y se fue. El niño terminó el helado, pagó en la caja y se fue.
Cuando la camarera volvió, empezó a limpiar la mesa y entonces le costó tragar
saliva con lo que vio. Allí, puesto ordenadamente junto al plato vacío, habían
veinticinco centavos. Su propina.

No todo es como parece


1) Si ustedes conocieran a una mujer sifilítica que esta embarazada, que ya tiene
ocho hijos, tres de los cuales son sordos, dos son ciegos y uno es retrasado mental, ¿le
recomendarían que abortara? Lean la próxima pregunta antes de contestar esta.
2) Es tiempo de elegir a un líder mundial y el voto de ustedes cuenta. Estos son
los hechos de los tres candidatos: Candidato A : se lo asocia con políticos corruptos y
suele consultar a oráculos y videntes. Ha tenido dos amantes. Fuma un cigarrillo
detrás de otro y bebe de 8 a 10 martinis por día. Candidato B: lo echaron del trabajo
dos veces, duerme hasta tarde, usaba opio en la universidad y toma un cuarto de
botella de whisky cada noche. Candidato C: Es un héroe condecorado de guerra. Es
vegetariano, no fuma, toma de vez en cuando alguna cerveza y no ha tenido
relaciones extra matrimoniales. ¿Cuál de estos candidatos elegirían?
El candidato A es Franklin D. Roosevelt. El candidato B es Winston Churchill.
El candidato C es Adolph Hitler. Y de paso..., la respuesta a la pregunta del aborto...
si contestaron que sí... acaban de matar a Beethoven.
No todo es lo que parece. Lo importante de las personas son ellas mismas y no
su pasado o su apariencia.

Nunca es tarde para recomenzar

Cuando Fred Astaire hizo su primera prueba cinematográfica, en 1933, el


informe del director de pruebas de la Metro decía: "Incapaz de actuar, calvo, sólo
sirve para un poco para bailar"; Astaire conservó aquel informe y lo tenía enmarcado
sobre la chimenea de su casa en Beverly Hills. Por su parte, Albert Einstein no habló
hasta los cuatro años y no aprendió a leer hasta los siete; su maestro lo describía
como "mentalmente lento y siempre abstraído en estúpidas ensoñaciones"; lo
expulsaron del colegio y le negaron el ingreso en la escuela Politécnica de Zurich.
Wiston Churchill no aprobó el sexto grado, no llegó a ser Primer Ministro hasta los
62 años, tras toda una vida de reveses, y sus mayores logros los consiguió cuando ya
había cumplido los 75. Richard Bach, antes de poder publicar su libro Juan Salvador
Gaviota, vio cómo el manuscrito era rechazado por dieciocho editoriales; tras ser
publicado, vendió en cinco años más de siete millones de ejemplares.

Pagado con un vaso de leche


Un día, un muchacho muy pobre que era vendedor de puerta a puerta para pagar
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sus estudios, se encontró con sólo diez centavos en su bolsillo y tenía mucha hambre.
Entonces decidió que en la próxima casa iba a pedir comida. No obstante, perdió su
coraje cuando una linda y joven muchacha abrió la puerta. En lugar de pedir comida
pidió un vaso con agua. Ella pensó que él se veía hambriento y le trajo un gran vaso
con leche. Él se lo tomó y le preguntó: - "¿Cuánto le debo?". - "No me debe nada. Mi
mamá nos enseñó a nunca aceptar pago por bondad." Él dijo: - "Entonces le
agradezco de corazón."
Cuando Howard Kelly -así se llamaba- se fue de esa casa, no sólo se sintió más
fuerte físicamente sino también en su fe en Dios y en la humanidad. Él estaba a punto
de rendirse y renunciar, pero se animó a seguir luchando con sus estudios.
Años más tarde esa jóven muchacha se enfermó gravemente. Los doctores
locales estaban muy preocupados. Finalmente la enviaron a la gran ciudad donde
llamaron a especialistas para que estudiaran su rara enfermedad. Uno de esos
especialistas era el Dr. Howard Kelly. Cuando el se dió cuenta del nombre del pueblo
de donde ella venía, una extraña luz brilló en sus ojos. Immediatamente él se levantó
y fué al cuarto donde ella estaba. Vestido en sus ropas de doctor fué a verla y la
reconoció inmediatamente. Luego volvió a su oficina determinado a hacer lo
imposible para salvar su vida. Desde ese día le dio atención especial al caso. Después
de una larga lucha, la batalla fue ganada. El Dr. Kelly pidió a la oficina de cobros que
le pasaran la cuenta final para darle su aprobación. La miró y luego escribió algo en
la esquina y la cuenta fue enviada al cuarto de la muchacha. Ella sintió temor de
abrirla porque estaba segura de que pasaría el resto de su vida tratando de pagar esa
cuenta. Finalmente ella miró, y algo llamó su atención en la esquina de la factura.
Ella leyó las siguientes palabras: "Pagado por completo con un vaso de leche."
Firmado, Dr. Howard Kelly.

Pensar en el vecino
El padre del pintor sevillano Javier de Winthuyssen, cuando tenía que pintar la
fachada de su casa, que en Andalucía es costumbre pintarla para la primavera,
mandaba al pintor a casa del vecino de enfrente a preguntarle de qué color quería que
la pintara. Decía el viejecito encantador: "El es quien ha de verla y disfrutarla; es
natural que yo la pinte a su gusto". (Juan Ramón Jiménez, en "El trabajo gustoso")

Pensar en los demás


Recibí una llamada telefónica de un muy buen amigo. Me alegró mucho su
llamada. Lo primero que me preguntó fue: ¿Cómo estás? Y sin saber por qué, le
contesté: "Muy solo". "-¿Quieres que hablemos?", me dijo. Le respondí que sí y me
dijo: "¿Quieres que vaya a tu casa?". Y respondí que sí. Colgó el teléfono y en menos
de quince minutos él ya estaba llamando a mi puerta. Yo hablé durante horas de todo,
de mi trabajo, de mi familia, de mi novia, de mis deudas, y él, atento siempre, me
escuchó. Se nos hizo de día, yo estaba totalmente cansado mentalmente, me había
hecho mucho bien su compañía y sobre todo que me escuchara, que me apoyara y me
hiciera ver mis errores. Me sentía muy a gusto y cuando él notó que yo ya me
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encontraba mejor, me dijo: "Bueno, me voy, tengo que ir a trabajar". Yo me sorprendí


y le dije: "¿Por qué no me habías dicho que tenias que ir a trabajar?. Mira la hora que
es, no has dormido nada, te quité tu tiempo toda la noche". Él sonrió y me dijo: "No
hay problema, para eso estamos los amigos". Yo me sentía cada vez más feliz y
orgulloso de tener un amigo así. Le acompañé a la puerta de mi casa... y cuando él iba
hacia su coche le pregunté: "Y a todo esto, ¿por qué llamaste anoche tan tarde?". Él
se volvió y me dijo en voz baja: "Es que te quería dar una noticia...". Y le pregunté:
"¿Cuál es?" Y me dijo: "Fui al médico ayer y me dijo que estoy muy enfermo. Tengo
cáncer." Yo me quedé mudo...; él me sonrió y me dijo: "Ya hablaremos de eso. Que
tengas un buen día." Se dio la vuelta y se fue. Pasó un buen rato hasta que asimilé la
situación y me pregunté una y otra vez por qué cuando él me preguntó cómo estaba
me olvidé de él y sólo hablé de mí. ¿Cómo tuvo fuerza para sonreírme, darme
ánimos, decirme todo lo que me dijo, estando él en esa situación...? Esto es increíble.
Desde entonces mi vida ha cambiado. Suelo ser menos dramático con mis problemas.
Ahora aprovecho más el tiempo con la gente que quiero. Les deseo que tengan un
buen día, y les digo: "El que no vive para servir..., no sirve para vivir...". La vida es
como una escalera, si miras hacia arriba siempre serás el último de la fila, pero si
miras hacia abajo verás que hay mucha gente que quisiera estar en tu lugar. Detente a
escuchar y a ayudar a tus amigos te necesitan.

Por 25 centavos
Hace años un sacerdote se mudó para Houston, Texas. Poco después, montó en
un autobús para ir al centro de la ciudad. Al sentarse, descubrió que el chofer le había
dado una moneda de 25 centavos de más en el cambio. Mientras consideraba que
hacer, pensó para sí mismo: "¡Ah!, olvídalo, son sólo 25 centavos. ¿Quién se va a
preocupar por tan poca cantidad? Acéptalo como un regalo de Dios". Pero cuando
llegó a su parada, se detuvo y, pensando de nuevo, decidió darle la moneda al
conductor diciéndole: "Tome, me dio usted 25 centavos de más". El conductor, con
una sonrisa, le respondió: "Sé que es el nuevo sacerdote del pueblo. Estaba pensando
regresar a la Iglesia y quería ver qué haría usted si yo le daba cambio de más". Se
bajó el sacerdote sacudido por dentro y pensó: "¡Oh Dios!, por poco te vendo por 25
centavos."

Por qué ir a la Iglesia


Un hombre escribió una carta al director del periódico de su localidad, y
comentaba el poco sentido que había tenido para él acudir a la iglesia cada domingo.
"He ido durante 30 años -escribía-, y desde entonces he escuchado algo así como
3000 homilía. Pero no puedo recordar uno solo de ellos. Pienso entonces que he
gastado mi tiempo, y los sacerdotes el suyo, dando sermones en balde."
A raíz de aquella carta comenzó una pequeña polémica en las Cartas al Director
de aquel periódico. Continuó durante semanas, hasta que alguien escribió unas breves
líneas que, sorprendentemente, zanjaron todas las controversias. "Llevo casado 30
años. Desde entonces he tomado aproximadamente 32000 comidas y cenas. Pero no
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puedo recordar el menú entero de ninguno de esos días. Sin embargo, no por eso debe
deducirse que hayan sido en balde. Me alimentaron y me dieron la fuerza para vivir, y
si no hubiera tomado aquellas comidas, hoy estaría muerto."

Prepárate tú
Un alumno interno se entera de sus desastrosas notas y manda un mensaje a su
madre: "Mamá, muchos suspensos; prepara a papá". A los dos días, justo antes de la
inminente partida del hijo para sus vacaciones, la madre contesta: "Papá preparado;
prepárate tú".

Primero lo importante
Un experto asesor en gestión del tiempo quiso sorprender a los asistentes a su
conferencia. Sacó un frasco grande de boca ancha. Lo colocó sobre la mesa, junto a
una bandeja con piedras del tamaño de un puño, y preguntó: "¿Cuantas piedras
piensan ustedes que caben en este frasco?". Después de que los asistentes hicieran sus
conjeturas, empezó a meter piedras hasta que lleno el frasco. Luego preguntó: "¿Está
lleno?". Todo el mundo le miró y asintió. Entonces sacó un cubo con gravilla. Metió
parte de la gravilla en el frasco y lo agitó. Las piedrecillas penetraron por los espacios
que dejaban las piedras grandes. El experto sonrío con ironía y repitió: "¿Está lleno?".
Esta vez los oyentes dudaron. La mayoría dijeron que no. Entonces puso sobre la
mesa un cubo con arena que comenzó a volcar en el frasco. La arena se filtraba en los
pequeños recovecos que dejaban las piedras y la grava. Preguntó de nuevo: "¿Está
lleno?". Ahora todos dijeron unánimemente que no. Por último, tomó una jarra con
un litro de agua y comenzó a verterla en el frasco. El frasco aún no rebosaba.
Entonces preguntó: "¿Qué conclusión podemos sacar?". Un alumno respondió: "Que
no importa lo llena que esté tu agenda; si sabes organizarte, siempre puedes hacer que
quepan más cosas". "¡No!, -repuso el experto-, lo que nos enseña es que si no colocas
las piedras grandes primero, nunca podrás colocarlas después. ¿Cuales son las
grandes piedras en tu vida? Recuerda, ponlas primero. El resto encontrará su lugar."

Otra versión:
Un maestro se propuso explicar un día a sus discípulos qué es importante en la
vida, y qué es prescindible. Tomó en sus manos una jarra de cristal, y metió en ella
varias piedras grandes, hasta que la llenó. "¿Está llena la jarra?", preguntó. "Sí",
contestaron todos, sin saber muy bien a dónde quería llegar el maestro. Entonces, el
maestro tomó unos perdigones y los metió en la jarra. Los perdigones se metieron
entre las piedras, llenando los espacios entre ellas. "¿Está llena la jarra?", volvió a
preguntar. "Claro", contestaron los alumnos. A continuación tomó un cajón de arena,
y con esta fue llenando la jarra hasta que no quedó ningún hueco. "¿Y ahora, está
llena?". Esta vez, todos estuvieron de acuerdo en que la jarra estaba definitivamente
llena. "¿Veis? -dijo el maestro-, las piedras son las cosas importantes de esta vida; la
familia, las propias convicciones, etc. Con las piedras basta para llenar una vida,
porque son ellas las que dan cuerpo al conjunto. Sin embargo, todavía hay sitio para
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los perdigones. Estos son otras cosas, también importantes pero prescindibles: un
trabajo que nos guste, seguridad económica, salud... Y todavía queda aún espacio
para añadir arena, que es la sal de la vida: una afición, las diversiones, el ocio... Llena
completamente la jarra, pero es lo más prescindible de todo." Entonces un alumno se
levantó entre todos los demás, y salió al estrado con una botella de cerveza. Tomó la
jarra, y vació en ella toda la cerveza. ¡Ahora sí que estaba llena la jarra! Cuando el
profesor le preguntó porqué había hecho eso, el discípulo contestó: "Para que todos
nos demos cuenta de algo importante: no importa lo llena que esté tu vida...¡siempre
hay sitio para una cervecita!".

Saciar la sed
Cuenta una leyenda oriental que un hombre buscaba en el desierto agua para
saciar su sed. Después de mucho caminar, ya muy fatigado, con la boca reseca, el
peregrino descubre por fin las aguas de un arroyo. Pero, al arrojarse sobre la
corriente, su boca encuentra sólo arena abrasadora. Vuelta a caminar, leguas y leguas;
su sed y su cansancio van en aumento. Por fin, ya oye el rumor del agua. Se divisa en
la lejanía un río caudaloso, ancho; ya toman sus manos el líquido tan ansiado, pero de
nuevo era sólo arena. Más andar aún, con la lengua fuera, como un perro sediento.
Hasta que de nuevo se oye rumor de aguas de una fuente. Su chorro cristalino forma
un gran charco. Pero sólo la decepción responde a la sed del caminante. Y con
renovado afán se lanza al desierto. Atraviesa montes, valles, y sólo halla soledad y
aridez. No hay agua, ni rastro... Un día le sorprende un viento de humedad; allá, a lo
lejos, parece que el mar inmenso brilla ante sus ojos. El agua es amarga, pero es agua.
Al hundir su cabeza ansiosa entre las olas, no hace sino sumergirse en un fango que
no está originado por el agua. El peregrino entonces se detiene; se acuerda de su
madre, que tanto sufrirá por él cuando sepa de su muerte. Las lágrimas vienen a sus
ojos, resbalan y caen en el cuenco de sus manos, y entonces le permiten saciar su sed.
Algo parecido nos sucede a todos a veces, después de haber tratado en vano de apagar
nuestra ansia en tantas fuentes engañosas, que descubrimos al fin que en las lágrimas
de contrición y el arrepentimiento por nuestras errores está el agua que puede
remediar nuestra sed.

Se está mal lejos de Dios


Un matrimonio asistía a una audiencia con Juan Pablo II en Roma. Cuando el
Papa pasó por delante de ellos, la mujer le dijo en voz alta: "Santo Padre, dígale algo
a mi marido, que hace diez años que está alejado de Dios". Juan Pablo II continuó
unos pasos más, pero se detuvo un momento, y se volvió atrás, puso la mano sobre el
hombro de aquel hombre y le dijo con voz baja pero profunda: "¡Qué mal se está
lejos de Dios!". Aquel hombre quedó muy impresionado y aquel mismo día se
confesó y volvió a la práctica cristiana.

Ser francos
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Einstein se encontró con Charlot en una fiesta y le dijo: -Lo que admiro en usted
es que su arte es universal, todo el mundo lo comprende. Charlot le respondió: -Lo
suyo es mucho más digno de elogio: todo el mundo lo admira y prácticamente nadie
lo comprende.

Si no hay viento...
Un turista ve a un chico recostado bajo un olivo y se acerca para charlar. "Oye,
aquí..., ¿cómo recogéis la aceituna?". "Pues extendemos una lona debajo, y luego
viene el viento y las tira, y yo las recojo y las vendo". "¿Y si no hay viento...?". "Pues
mal año".

Un sabihondo en el tren
Un joven universitario se sentó en el tren frente a un señor de edad, que
devotamente pasaba las cuentas del rosario. El muchacho, con la arrogancia de los
pocos años y la pedantería de la ignorancia, le dice: “Parece mentira que todavía cree
usted en esas antiguallas...”. “Así es. ¿Tú no?”, le respondió el anciano. “¡Yo! –dice
el estudiante lanzando una estrepitosa carcajada–. Créame: tire ese rosario por la
ventanilla y aprenda lo que dice la ciencia”. “¿La ciencia? –pregunta el anciano con
sorpresa–. No lo entiendo así. ¿Tal vez tú podrías explicármelo?”. “Deme su
dirección –replica el muchacho, haciéndose el importante y en tono protector–, que le
puedo mandar algunos libros que le podrán ilustrar”. El anciano saca de su cartera
una tarjeta de visita y se la alarga al estudiante, que lee asombrado: "Louis Pasteur.
Instituto de Investigaciones Científicas de París". El pobre estudiante se sonrojó y no
sabía dónde meterse. Se había ofrecido a instruir en la ciencia al que, descubriendo la
vacuna antirrábica, había prestado, precisamente con su ciencia, uno de los mayores
servicios a la humanidad. Pasteur, el gran sabio que tanto bien hizo a los hombres, no
ocultó nunca su fe ni su devoción a la Virgen. Y es que tenía, como sabio, una gran
personalidad y se consideraba consciente y responsable de sus convicciones
religiosas.

Una pierna deforme


Un niño pequeño entró en una tienda de mascotas con tres monedas en la mano
comprar un cachorro de esos que se anunciaban en venta en el escaparate de la tienda.
Lo recibió el tendero: "Buenos días. ¿Qué se te ofrece?". El niño le dijo: "En el
escaparate hay un letrero anunciando que venden cachorros y yo quiero comprar uno.
¿Cuánto cuestan?". "Mira, cuestan quinientos pesos". "¡Uy! Traigo sólo esto", y le
enseñó las tres monedas. "¿Puedo verlos?", le preguntó el niño. "Claro que sí",
contestó el tendero con una sonrisa. Entró a verlos y se encontró con una perrita con
cinco cachorros. El último cachorro cojeaba. "¿Qué le pasa a ese cachorro?",
preguntó el niño. "Nació con un defecto en las patas traseras. Ese perrito no puede
correr, ni saltar". "Ése es el que quiero", dijo el niño entusiasmado. "No querrás ese,
si no podrá correr contigo. Llévate mejor este otro que está muy bien", dijo el
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tendero. "No, yo quiero ése". "¿Por qué?", preguntó el tendero. El niño se levantó el
pantalón y le mostró su pierna derecha que estaba deforme y maltrecha, y le dijo: "Yo
tampoco puedo correr bien, ni saltar, y ese perrito necesita alguien que le
comprenda." El tendero se quedó conmovido y enseguida le dijo: Bueno, pues
entonces te lo vendo por las tres monedas que traes". "No, de ninguna manera. El
hecho de haber nacido así no lo hace menos valioso. Yo le pagaré el mismo precio
que pide por los demás, hasta el último centavo". El tendero, aún más conmovido, le
dijo: "Ojalá los demás cachorritos tengan un dueño como tú, que los quiera y los
comprenda así. Todos merecemos tener alguién que nos comprenda y nos quiera así
como somos".

Unos lo saben y otros no


Cuando el novelista Aenold Bennett acusó a Gilbert Chesterton de poseer una
escasa inteligencia debido a su pensamiento dogmático, éste respondió: “A decir
verdad sólo hay dos clases de personas: las que aceptan los dogmas y lo saben, y las
que aceptan los dogmas y no lo saben. La única ventaja que tengo sobre el dotado
novelista consiste en que yo pertenezco a la primera clase”.

Yo tampoco
Un día le dijo un señor a Teresa de Calcuta: "El trabajo que tú haces, yo no lo
haría ni por todo el oro del mundo". La Madre Teresa de Calcuta le respondió: "Pues
yo tampoco". Después añadió: "Si lo hacemos es porque tomamos fuerza de la
adoración a Jesús Sacramentado".

Aceptarnos como somos


Un cantero se lamentó:
—Ay, si tuviera tanto dinero como este rico.
El genio lo llenó de riquezas. Pero apretaba mucho el sol, era verano.
—Ay, si fuera sol.
El genio se lo concedió.
Una nube se interpuso entre el sol y la tierra.
—Ay, si fuera nube.
El genio se lo concedió. Pero comprobó como la roca resistía a sus embates.
—Ay, si fuera roca.
El genio se lo concedió. Pero cuando vio cómo el cantero la destrozaba
comentó:
—Ay, si fuera cantero.

Amigos como tú
Dos amigos atravesaban un bosque cuando apareció un oso. El más rápido de los
dos huyó sin preocuparse del otro que, para salvarse se tiró por tierra, como muerto.
El oso, creyéndolo muerto, lo chupó y se fue. Parecía como si le hubiese dicho
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algo.
—¿Qué te ha dicho? Le preguntó el huidizo.
—Sólo me ha dicho que no me fíe de los amigos como tú.
Leon Tolstoi

Basta una cebolla


¿Conocen ustedes la fábula rusa de la cebolla? Cuentan los viejos cronicones
ortodoxos que un día se murió una mujer que no había hecho en toda su vida otra
cosa que odiar a cuantos la rodeaban. Y que su pobre ángel de la guarda estaba
consternado porque los demonios, sin esperar siquiera al juicio final, la habían
arrojado a un lago de fuego en el que esperaban todas aquellas almas que estaban
como predestinadas al infierno. ¿Cómo salvar a su protegida? ¿Qué argumentos
presentar en el juicio que inclinasen la balanza hacia la salvación? El ángel buscaba y
rebuscaba en la vida de su protegida y no encontraba nada que llevar a su
argumentación. Hasta que, por fin, rebuscando y rebuscando se acordó de que un día
había dado una cebolla a un pobre. Y así se lo dijo a Dios, cuando empezaba el juicio.
Y Dios le dijo: "Muy bien, busca esa cebolla, dile que se agarre a ella y, si así sale del
lago, será salvada."
Voló precipitadamente el ángel, tendió a la mujer la vieja cebolla y ella se agarró
a la planta con todas sus fuerzas. Y comenzó a salir a flote. Tiraba el ángel con toda
delicadeza, no fuera su rabo a romperse. Y la mujer salía, salía. Pero fue entonces
cuando otras almas, que también yacían en el lago, lo vieron. Y se agarraron a la
mujer, a sus faldas, a sus piernas y brazos, y todas las almas salían, salían. Pero a esta
mujer, que nunca había sabido amar, comenzó a entrarle miedo, pensó que la cebolla
no resistiría tanto peso y comenzó a patalear para liberarse de aquella carga
inoportuna. Y, en sus esfuerzos, la cebolla se rompió. Y la mujer fue condenada. Sí,
basta una cebolla para salvar al mundo entero. Siempre que no la rompamos
pataleando para salvarnos nosotros solitos. (José Luis Martín Descalzo, "Razones
para vivir").

Compartir
Al entrar en Amiens, un mendigo medio desnudo y casi helado saludó a Martín,
soldado. Sin pensarlo dos veces, Martín tomó la capa, la dividió en dos con su espada
y le ofreció una de las dos mitades al menesteroso.
En el recodo siguiente estaba Cristo vestido con media capa. Le miraba
sonriente.
—Perdona, Señor, por no haberte dado la capa entera.
Con el tiempo Martín se ordenaría sacerdote y más tarde sería obispo de Tours.
Con el tiempo fue canonizado y se le venera con el nombre de San Martín de Tours.
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Convertido por una frase del Papa


París. Parque de los Príncipes. Un universitario logra acercarse al Papa y le
grita: “Santo Padre, soy ateo, ¡ayúdeme!”. El Papa se le acercó. Hablaron a solas unos
instantes. De regreso a Roma, Juan Pablo II recordó a ese chico y le dijo a don
Estanislao: “Pienso que quizá podía haberle ayudado mejor. Quizá todavía se puede
hacer algo por él”. Escribieron a París. La respuesta fue algo así como “lo
intentaremos pero va a ser más difícil que encontrar una aguja en un pajar”. Sin
embargo, al final se localizó al muchacho y le dijeron: “El Papa quiere que sepas que
reza diariamente por ti y está preocupado porque quizá no resolvió tu problema”.
Aquel muchacho explicó que al salir de allí fue a una librería y compró un Nuevo
Testamento, como el Papa le había dicho..., “y nada más abrirlo, encontré la respuesta
que buscaba. Díganselo al Papa. Ya me preparo para mi bautismo”.
Tomada de Miguel Angel Velasco, “Juan Pablo II, ese desconocido”, p.56.

Cuida a los que amas


Había una joven muy rica, que tenía de todo, un marido maravilloso, unos hijos
encantadores, un empleo que le daba muchísimo bien, una familia unida. Lo malo es
que ella no conseguía conciliar todo eso, el trabajo y los quehaceres le ocupaban todo
el tiempo, y ella lo quitaba de los hijos y su marido, y así las personas que ella amaba
eran siempre dejadas para después. Hasta que un día, su padre, un hombre muy sabio,
le dio un regalo: una flor carísima y rarísima, de la cual sólo había un ejemplar en
todo el mundo. Y le dijo: "Hija, esta flor te va a ayudar mucho, más de lo que te
imaginas. Tan sólo tendrás que regarla de vez en cuando, y a veces conversar un poco
con ella, y te dará a cambio ese perfume maravilloso y esas maravillosas flores". La
joven quedó muy emocionada, pues la flor era de una belleza sin igual. Pero el
tiempo fue pasando, los problemas surgieron de nuevo, el trabajo consumía todo su
tiempo, y su vida, que continuaba confusa, no le permitía cuidar de la flor. Llegaba a
casa, miraba la flor y todavía estaba allí. No mostraban señal de estropearse, estaba
linda y perfumada. Entonces ella pasaba de largo. Hasta que un día, de pronto, la flor
murió. Ella llegó a casa y se llevó un susto. La flor estaba completamente muerta,
caída, y su raíz estaba reseca. La joven lloró mucho, y contó a su padre lo que había
ocurrido. Su padre entonces respondió: "Yo ya me imaginaba que eso ocurriría, y no
te puedo dar otra flor, porque no existe otra igual a esa, pues era única, igual que tus
hijos, tu marido y tu familia. Todos son bendiciones que Dios te dio, pero tú tienes
que aprender a regarlos y prestarles atención, pues al igual que la flor, los
sentimientos también mueren. Te acostumbraste a ver la flor siempre allí, siempre
florida, siempre perfumada, y te olvidaste de cuidarla. ¡Cuida a las personas que
amas!".

Descubrir al que sufre


Edith Zirer es judía y en 1995, cuando contaba este relato, tenía 66 años. En
1945 fue liberada por los soldados rusos después de pasar tres años en campos de
concentración y haber perdido a su familia. Dos días después llegó a una pequeña
estación ferroviaria. “Me eché en un rincón de una gran sala donde había docenas de
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prófugos. Wojtyla me vio. Vino con una gran taza de te, la primera taza caliente que
probaba en unas semanas. Después me trajo un bocadillo de queso. No quería comer,
pero me forzó levemente a hacerlo. Luego me dijo que tenía que caminar para poder
subir al tren. Lo intenté, pero caí al suelo. Entonces me tomó en sus brazos y me llevó
durante mucho tiempo, kilómetros, a cuestas, mientras caía la nieve. Recuerdo su
chaqueta marrón y su voz tranquila que me contaba la muerte de sus padres, de su
hermano, y me decía que él también sufría, pero que era necesario no dejarse vencer
por el dolor y combatir para vivir con esperanza. Su nombre se me quedó grabado
para siempre”.
Tomado de Miguel Angel Velasco, “Juan Pablo II, ese desconocido”, p.20.

Dio su vida por sus amigos


Al final de la Primera Guerra Mundial, un destacamento de soldados ingleses
esperaba entrar en un pequeño pueblo cerca del Rhin, cuando repentinamente un
soldado salió corriendo de un edificio gritando: "¡Alerta!". Instantáneamente, una
descarga de rifles le dejaron muerto en el suelo. Pero la advertencia salvó a la
compañía de una emboscada. El destacamento luchó haciendo retirar al enemigo y
pronto se supo la historia del que les había salvado. Era un soldado de la guardia real
irlandesa, prisionero de los alemanes quien conociendo los planes del enemigo esperó
el momento oportuno y sacrificó su propia vida para salvar la de muchos
compatriotas. Reconocidos y conmovidos los ingleses le dieron una buena sepultura,
poniendo sobre ella una cruz con este texto: "A otros salvó, a sí mismo no se pudo
salvar".
Estas fueron precisamente las palabras que los judíos lanzaron contra Cristo
cuando estaba pendiente de la cruz. No pudo salvar a otros y a sí mismo a la vez, y
prefirió sacrificarse él en favor de otros, incluso de aquellos que le crucificaron.

Dos estrellas
Un ermitaño recogía diariamente un hato de ramas, lo cargaba en su borriquillo
y lo intercambiaba en el pueblo por lo que le ofrecieran: queso, verduras… A mitad
de camino de regreso, cuando el cansancio y el calor arreciaban, pasaba delante de
una fuente de agua fresca, y el ermitaño pasaba de largo ofreciéndoselo a Dios. Por la
noche Dios le obsequiaba ese sacrificio con una luminosa estrella en el firmamento.
Un día un muchacho se unió al ermitaño en su camino. Ese día el sol apretaba
especialmente y la cuesta se hacía pesada. Cuando se acercaban a la fuente, el viejo
ermitaño leyó en los ojos del joven que el chico no bebería si él no lo hacía. Decidió
beber aun a costa de quedarse sin estrella. Esa noche, brillaron dos estrellas.
El amor del Padre
Hubo hace años un hombre muy rico el cual compartía la pasión por el
coleccionismo de obras de arte con su fiel y joven hijo. Juntos viajaban alrededor del
mundo añadiendo a su colección tan solo los mejores tesoros artísticos. Obras
maestras de Picasso, Van Gogh, Monet y otros muchos, adornaban las paredes de la
hacienda familiar.
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El anciano, que se había quedado viudo, veía con satisfacción como su único
hijo se convertía en un experimentado coleccionista de arte. El ojo clínico y la aguda
mente para los negocios del hijo, hacían que su padre sonriera con orgullo mientras
trataban con coleccionistas de arte de todo el mundo.
Estando cercano el invierno, la nación se sumió en una guerra y el joven partió a
servir a su país. Tras solo unas pocas semanas, su padre recibió un telegrama. Su
adorado hijo había desaparecido en combate. El coleccionista de arte esperó con
ansiedad más noticias, temiéndose que nunca más volvería a ver a su hijo. Pocos días
más tarde sus temores se confirmaron: el joven había muerto mientras arrastraba a un
compañero hasta el puesto médico.
Trastornado y solo, el anciano se enfrentaba a las próximas fiestas navideñas con
angustia y tristeza. La alegría de la festividad, la festividad que él y su hijo siempre
había esperado con placer, no entraría más en su casa.
En la mañana del día de Navidad, una llamada a la puerta despertó al deprimido
anciano. Mientras se dirigía a la puerta, las obras maestras de arte en las paredes
únicamente le recordaban que su hijo no iba a volver a casa. Cuando abrió la puerta
fue saludado por un soldado con un abultado paquete en la mano. Se presentó a sí
mismo diciendo: "Yo era amigo de su hijo. Yo era al que estaba rescatando cuando
murió. ¿Puedo pasar un momento? Quiero mostrarle algo."
Al iniciar la conversación, el soldado relató como el hijo del anciano había
contado a todo el mundo el amor de su padre por el arte. "Yo soy un artista", dijo el
soldado, "y quiero darle ésto". Cuando el anciano desenvolvió el paquete, el
contenido resultó ser un retrato de su hijo. Aunque difícilmente podía ser considerada
la obra de un genio, la pintura representaba al joven con asombroso detalle.
Embargado por la emoción, el hombre dió las gracias al soldado, prometiéndole
colgar el cuadro sobre la chimenea.
Unas pocas horas más tarde, tras la marcha del soldado, el anciano se puso a la
tarea. Haciendo honor a su palabra, la pintura fue colocada sobre la chimenea,
desplazando cuadros de miles de dólares. Entonces el hombre se sentó en su silla y
pasó la Navidad observando el regalo que le habían hecho.
Durante los días y semanas que siguieron, el hombre comprendió que, aunque su
hijo ya no estaba con él, seguía vivo en aquellos a los que había rozado. Pronto se
enteró de que su hijo había rescatado docenas de soldados heridos antes de que una
bala atravesara su bondadoso corazón. Conforme le iban llegando noticias de la
nobleza de su hijo, el orgullo paterno y la satisfacción empezaron a aliviar su pena. El
cuadro de su hijo se convirtió en su posesión más preciada, eclipsando sobradamente
cualquier interés por piezas por las que clamaban los museos del mundo entero. Dijo
a sus vecinos que era el mejor regalo que jamás había recibido.
En la primavera siguiente, el anciano enfermó y falleció. El mundo del arte se
puso a la expectativa. Con el coleccionista muerto y su único hijo también fallecido,
todas aquellos cuadros tendrían que ser vendidos en una subasta. De acuerdo con el
testamento del anciano, todas las obras de arte serían subastadas el día de Navidad, el
día en que había recibido su mayor regalo.
Pronto llegó el día y coleccionistas de arte de todo el mundo se reunieron para
pujar por algunas de las más espectaculares pinturas a nivel mundial. Muchos sueños
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podían realizarse ese día; podía conseguirse la gloria y muchos podrían afirmar "Yo
tengo la mejor colección de todas".
La subasta empezó con una pintura que no estaba en la lista de ningún museo.
Era el cuadro de su hijo. El subastador pidió una puja inicial. La sala permanecía en
silencio. "¿Quién abrirá la puja con 100 dólares?, preguntó.
Los minutos pasaban. Nadie hablaba. Desde el fondo de la sala se escuchó: ¿A
quien le importa ese cuadro? Sólo es un retrato de su hijo. Olvidémoslo y pasemos a
lo bueno". Más voces se alzaron asintiendo. "No, primero tenemos que vender éste",
replicó el subastador. "Ahora, ¿quién se lse queda con el hijo?". Finalmente, un
amigo del anciano habló: "¿Cogería usted diez dólares por el cuadro? Es todo lo que
tengo. Conocía al muchacho, así que me gustaría tenerlo". "Tengo diez dólares.
¿Alguien da más?" anunció el subastador. Tras otro silencio, el subastador dijo: "Diez
a la una, diez a las dos. Vendido". El martillo descendió sobre la tarima. Los aplausos
llenaron la sala y alguien exclamó: "¡Ahora podemos empezar y pujar por estos
tesoros!" El subastador miró a la audiencia y anunció que la subasta había terminado.
Una aturdida incredulidad inmovilizó la sala. Alguien alzó la voz para preguntar:
"¿Qué significa que ha terminado? No hemos venido aquí por un retrato del hijo del
viejo. ¿Qué hay de estos cuadros? ¡Aquí hay obras de arte por valor de millones de
dólares! ¡Exijo una explicación de lo que está sucediendo!". El subastador replicó:
"Es muy sencillo. De acuerdo con el testamento del padre, el que se queda con el
hijo... se queda con todo". Viéndolo desde otra perspectiva, como aquellos
coleccionistas de arte descubrieron en el día de Navidad, el mensaje es aún el mismo:
El amor de un Padre, cuya mayor alegría vino de su Hijo que se le dejó para dar su
vida rescatando a otros. Y a causa de ese amor paterno, el que se queda con el Hijo lo
obtiene todo. (Autor desconocido, tomado de de www.andaluciaglobal.com/hadaluna)

El árbol de las manzanas


Hace mucho tiempo existía un enorme árbol de manzanas. Un pequeño niño lo
apreciaba mucho y todos los días jugaba a su alrededor. Trepaba por el árbol, y le
daba sombra. El niño amaba al árbol y el árbol amaba al niño. Pasó el tiempo y el
pequeño niño creció y el nunca más volvió a jugar alrededor del enorme árbol. Un día
el muchacho regresó al árbol y escuchó que el árbol le dijo triste: "¿Vienes a jugar
conmigo?". Pero el muchacho contestó: "Ya no soy el niño de antes que jugaba
alrededor de enormes árboles. Lo que ahora quiero son juguetes y necesito dinero
para comprarlos". "Lo siento, dijo el árbol, pero no tengo dinero... pero puedes tomar
todas mis manzanas y venderlas. Así obtendrás el dinero para tus juguetes". El
muchacho se sintió muy feliz. Tomó todas las manzanas y obtuvo el dinero y el árbol
volvió a ser feliz. Pero el muchacho nunca volvió después de obtener el dinero y el
árbol volvió a estar triste. Tiempo después, el muchacho regresó y el árbol se puso
feliz y le preguntó: "¿Vienes a jugar conmigo?". "No tengo tiempo para jugar. Debo
trabajar para mi familia. Necesito una casa para compartir con mi esposa e hijos.
¿Puedes ayudarme?". "Lo siento, no tengo una casa, pero... puedes cortar mis ramas y
construir tu casa". El joven cortó todas las ramas del árbol y esto hizo feliz
nuevamente al árbol, pero el joven nunca más volvió desde esa vez y el árbol volvió a
estar triste y solitario. Cierto día de un cálido verano, el hombre regresó y el árbol
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estaba encantado. "Vienes a jugar conmigo?", le preguntó el árbol. El hombre


contestó: "Estoy triste y volviéndome viejo. Quiero un bote para navegar y descansar.
¿Puedes darme uno?". El árbol contestó: "Usa mi tronco para que puedas construir
uno y así puedas navegar y ser feliz". El hombre cortó el tronco y construyó su bote.
Luego se fue a navegar por un largo tiempo. Finalmente regresó después de muchos
años y el árbol le dijo: "Lo siento mucho, pero ya no tenga nada que darte, ni siquiera
manzanas". El hombre replicó: "No tengo dientes para morder, ni fuerza para
escalar... ahora ya estoy viejo. Yo no necesito mucho ahora, solo un lugar para
descansar. Estoy tan cansado después de tantos años...". Entonces el árbol, con
lágrimas en sus ojos, le dijo: "Realmente no puedo darte nada... lo único que me
queda son mis raíces muertas, pero las viejas raíces de un árbol son el mejor lugar
para recostarse y descansar. Ven, siéntate conmigo y descansa". El hombre se sentó
junto al árbol y éste, feliz y contento, sonrió con lágrimas.
Esta puede ser la historia de cada uno de nosotros. El árbol son nuestros padres.
Cuando somos niños, los amamos y jugamos con papá y mamá... Cuando crecemos
los dejamos... Sólo regresamos a ellos cuando los necesitamos o estamos en
problemas... No importa lo que sea, ellos siempre están allí para darnos todo lo que
puedan y hacernos felices. Parece que el muchacho es cruel contra el árbol... pero es
así como nosotros tratamos a veces a nuestros padres. Valoremos a nuestros padres
mientras los tengamos a nuestro lado.

El día que Jesús guardó silencio


Aún no llego a comprender cómo ocurrió, si fue real o un sueño. Sólo recuerdo
que ya era tarde y estaba en mi sofá preferido con un buen libro en la mano. El
cansancio me fue venciendo y empecé a cabecear... En algún lugar entre la
semiinconsciencia y los sueños, me encontré en aquel inmenso salón, no tenía nada
en especial salvo una pared llena de tarjeteros, como los que tienen las grandes
bibliotecas. Los ficheros iban del suelo al techo y parecían interminables en ambas
direcciones. Tenían diferentes rótulos. Al acercarme, me llamó la atención un cajón
titulado: "Muchachas que me han gustado". Lo abrí descuidadamente y empecé a
pasar las fichas. Tuve que detenerme por la impresión, había reconocido el nombre de
cada una de ellas: ¡se trataba de las chicas que a mí me habían gustado! Sin que nadie
me lo dijera, empecé a sospechar dónde me encontraba. Este inmenso salón, con sus
interminables ficheros, era un crudo catálogo de toda mi existencia. Estaban escritas
las acciones de cada momento de mi vida, pequeños y grandes detalles, momentos
que mi memoria había ya olvidado. Un sentimiento de expectación y curiosidad,
acompañado de intriga, empezó a recorrerme mientras abría los ficheros al azar para
explorar su contenido. Algunos me trajeron alegría y momentos dulces; otros, por el
contrario, un sentimiento de vergüenza y culpa tan intensos que tuve que volverme
para ver si alguien me observaba. El archivo "Amigos" estaba al lado de "Amigos que
racioné" y "Amigos que abandoné cuando más me necesitaban". Los títulos iban de lo
mundano a lo ridículo. "Libros que he leído", "Mentiras que he dicho", "Consuelo
que he dado", "Chistes que conté", otros títulos eran: "Asuntos por los que he peleado
con mis hermanos", "Cosas hechas cuando estaba molesto", "Murmuraciones cuando
mamá me reprendía de niño", "Videos que he visto"... No dejaba de sorprenderme de
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los títulos. En algunos ficheros había muchas más tarjetas de las que esperaba y otras
veces menos de lo que yo pensaba. Estaba atónito del volumen de información de mi
vida que había acumulado. ¿Sería posible que hubiera tenido el tiempo de escribir
cada una de esas millones de tarjetas? Pero cada tarjeta confirmaba la verdad. Cada
una escrita con mi letra, cada una llevaba mi firma. Cuando vi el archivo "Canciones
que he escuchado" quedé atónito al descubrir que tenía más de tres cuadras de
profundidad y, ni aun así, vi su fin. Me sentí avergonzado, no por la calidad de la
música, sino por la gran cantidad de tiempo que demostraba haber perdido. Cuando
llegué al archivo: "Pensamientos lujuriosos" un escalofrío recorrió mi cuerpo. Solo
abrí el cajón unos centímetros.. Me avergonzaría conocer su tamaño. Saqué una ficha
al azar y me conmoví por su contenido. Me sentí asqueado al constatar que "ese"
momento, escondido en la oscuridad, había quedado registrado... No necesitaba ver
más... Un instinto animal afloró en mí. Un pensamiento dominaba mi mente: Nadie
debe de ver estas tarjetas jamás. Nadie debe entrar jamás a este salón... ¡Tengo que
destruirlo! En un frenesí insano arranqué un cajón, tenía que vaciar y quemar su
contenido. Pero descubrí que no podía siquiera desglosar una sola del cajón. Me
desesperé y trate de tirar con más fuerza, sólo para descubrir que eran más duras que
el acero cuando intentaba arrancarlas. Vencido y completamente indefenso, devolví el
cajón a su lugar. Apoyando mi cabeza al interminable archivo, testigo invencible de
mis miserias, y empecé a llorar. En eso, el título de un cajón pareció aliviar en algo
mi situación: "Personas a las que les he compartido el Evangelio". La manija brillaba,
al abrirlo encontré menos de 10 tarjetas. Las lágrimas volvieron a brotar de mis ojos.
Lloraba tan profundo que no podía respirar. Caí de rodillas al suelo llorando
amargamente de vergüenza. Un nuevo pensamiento cruzaba mi mente: nadie deberá
entrar a este salón, necesito encontrar la llave y cerrarlo para siempre. Y mientras me
limpiaba las lágrimas, lo vi. ¡Oh no!, ¡por favor no!, ¡Él no!, ¡cualquiera menos
Jesús!. Impotente vi como Jesús abría los cajones y leía cada una de mis fichas. No
soportaría ver su reacción. En ese momento no deseaba encontrarme con su mirada.
Intuitivamente Jesús se acercó a los peores archivos. ¿Por qué tiene que leerlos todos?
Con tristeza en sus ojos, buscó mi mirada y yo bajé la cabeza de vergüenza, me llevé
las manos al rostro y empecé a llorar de nuevo. Él se acercó, puso sus manos en mis
hombros. Pudo haber dicho muchas cosas. Pero Él no dijo ni una sola palabra. Allí
estaba junto a mí, en silencio. Era el día en que Jesús guardó silencio... y lloró
conmigo. Volvió a los archivadores y, desde un lado del salón, empezó a abrirlos, uno
por uno, y en cada tarjeta firmaba Su nombre sobre el mío. ¡No!, le grité corriendo
hacia Él. Lo único que atiné a decir fue sólo ¡no!, ¡no!, ¡no! cuando le arrebaté la
ficha de su mano. Su nombre no tenía por que estar en esas fichas. No eran sus
culpas, ¡eran las mías! Pero allí estaban, escritas en un rojo vivo. Su nombre cubrió el
mío, escrito con su propia sangre. Tomó la ficha de mi mano, me miró con una
sonrisa triste y siguió firmando las tarjetas. No entiendo cómo lo hizo tan rápido. Al
siguiente instante lo vi cerrar el último archivo y venir a mi lado. Me miró con
ternura a los ojos y me dijo: - Todo esta Consumado, está terminado, yo he cargado
con tu vergüenza y culpa. En eso salimos juntos del Salón... Salón que aún permanece
abierto.... Porque todavía faltan más tarjetas que escribir... Aún no sé si fue un sueño,
una visión, o una realidad... Pero, de lo que sí estoy convencido, es que la próxima
vez que Jesús vuelva a ese salón, encontrará más fichas de que alegrarse, menos
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tiempo perdido y menos fichas vanas y vergonzosas.

El diamante
Nació en Italia, pero se fue a los Estados Unidos de joven. Aprendió
malabarismo y se hizo famoso en el mundo entero. Finalmente, decidió retirarse.
Anhelaba regresar a su país, comprar una casa en el campo y establecerse allí. Tomó
todas sus posesiones, sacó un billete en un barco hacia Italia e invirtió todo el resto de
su dinero en un solo diamante, y lo escondió en su camarote.
Una vez en la travesía, le estaba enseñando a un niño cómo él podía hacer
malabarismo con muchas manzanas. Pronto se había reunido una multitud a su
alrededor. El orgullo del momento se le subió a la cabeza. Corrió a su camarote y
tomó el diamante, que entonces era su única posesión. Le explicó a la multitud que
ese diamante representaba todos los ahorros de su vida, para así generar mayor
dramatismo. Enseguida comenzó a hacer malabarismos con el diamante en la cubierta
del barco. Estaba arriesgando más y más. En cierto momento lanzó el diamante muy
alto en el aire y la muchedumbre se quedó sin aliento. Sabiendo lo que el diamante
significaba, todos le rogaron que no lo hiciera otra vez. Impulsado por la excitación
del momento, lanzó el diamante mucho más alto. La multitud de nuevo perdió el
aliento y después respiró con alivio cuando recuperó el diamante. Teniendo una total
confianza en sí mismo y en su habilidad, dijo a la multitud que lo lanzaría en el aire
una vez más. Que esta vez subiría tanto que se perdería de vista por un momento. De
nuevo le rogaron que no lo hiciera. Pero con la confianza de todos sus años de
experiencia, lanzó el diamante tan alto que de hecho desapareció por un momento de
la vista de todos. Entonces el diamante volvió a brillar al sol. En ese momento, el
barco cabeceó y el diamante cayó al mar y se perdió para siempre.
Nuestra alma es más valiosa que todas las posesiones del mundo. Igual que el
hombre del cuento, algunos de nosotros hicimos o seguimos haciendo malabarismos
con nuestras almas. Confiamos en nosotros mismos y en nuestra capacidad, y en el
hecho de que nos hemos salido con la nuestra todas la veces anteriores. Con
frecuencia hay personas alrededor que nos ruegan que dejemos de correr riesgos,
porque reconocen el valor de nuestra alma. Pero seguimos jugando con ella una vez
más... sin saber cuando el barco cabeceará y perderemos nuestra oportunidad para
siempre.

El dolor
Tanya era una niña conducida a su consultorio con un vendaje sobre un tobillo
dislocado. El medico lo movió en una y en otra dirección. Llegó a hacer ciertos
movimientos extremos, pero Tanya no notaba ningún dolor. Sacó entonces el vendaje
y descubrió que su pie estaba infectado con llagas en ambos pies. Nuevamente
examinó el pie, profundizó las heridas hasta llegar al hueso. El Doctor quería ver si
había alguna reacción en Tanya, pero ella se mostraba más bien aburrida. Su madre
entonces le contó al doctor algunos episodios de Tanya cuando tenía dos años: "Pocos
minutos después fui la habitación de Tanya y la encontré sentada en el suelo.
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Dibujaba remolinos rojos con sus dedos sobre un plástico. Al principio no me di


cuenta, pero cuando me acerqué grité espantada. Era algo horrible. Tanya se había
cortado la punta de su dedo y estaba sangrando y esa era la tinta que estaba utilizando
para hacer sus diseños. Grité horrorizada: "Tanya, ¿qué pasa?" Ella me sonrió y allí
comprendí todo al ver la sangre manchando sus dientecitos. Ella misma se había
mordido el dedo y estaba jugando con su sangre. Durante varios meses los padres de
Tanya trataron de que no se mordiera los dedos. Pero ella se los fue mordiendo todos,
uno por uno. El padre llegó a llamarle "El Monstruo". El Dr. Brand escribe: "Tanya
no es un monstruo, sino un ejemplo extremo -una metáfora humana- de lo que puede
ser la vida sin dolor. La vida sin dolor nos puede producir un daño enorme. El dolor
nos indica que estamos enfermos y que necesitamos ser curados". Si no existiera el
dolor, la salud sería imposible. Y algo semejante sucede en la vida del espíritu.

El heredero
Érase una vez, de acuerdo con la leyenda, que un reino europeo estaba regido
por un rey muy cristiano, y con fama de santidad, que no tenía hijos. El monarca
envió a sus heraldos a colocar un anuncio en todos los pueblos y aldeas de sus
dominios. Este decía que cualquier joven que reuniera los requisitos exigidos, para
aspirar a ser posible sucesor al trono, debería solicitar una entrevista con el Rey. A
todo candidato se le exigían dos características: 1º Amar a Dios. 2º Amar a su
prójimo. En una aldea muy lejana, un joven leyó el anuncio real y reflexionó que él
cumplía los requisitos, pues amaba a Dios y, así mismo, a sus vecinos. Una sola cosa
le impedía ir, pues era tan pobre que no contaba con vestimentas dignas para
presentarse ante el santo monarca. Carecía también de los fondos necesarios a fin de
adquirir las provisiones necesarias para tan largo viaje hasta el castillo real. Su
pobreza no sería un impedimento para, siquiera, conocer a tan afamado rey. Trabajó
de día y noche, ahorró al máximo sus gastos y cuando tuvo una cantidad suficiente
para el viaje, vendió sus escasas pertenencias, compró ropas finas, algunas joyas y
emprendió el viaje. Algunas semanas después, habiendo agotado casi todo su dinero y
estando a las puertas de la ciudad se acercó a un pobre limosnero a la vera del
camino. Aquél pobre hombre tiritaba de frío, cubierto sólo por harapos. Sus brazos
extendidos rogaban auxilio. Imploró con una débil y ronca voz: "Estoy hambriento y
tengo frío, por favor ayúdeme...". El joven quedó tan conmovido por las necesidades
del limosnero que de inmediato se deshizo de sus ropas nuevas y abrigadas y se puso
los harapos del limosnero. Sin pensarlo dos veces le dio también parte de las
provisiones que llevaba. Cruzando los umbrales de la ciudad, una mujer con dos
niños tan sucios como ella, le suplicó: "¡Mis niños tienen hambre y yo no tengo
trabajo!". Sin pensarlo dos veces, nuestro amigo se sacó el anillo del dedo y la cadena
de oro de cuello y junto con el resto de las provisiones se los entregó a la pobre
mujer. Entonces, en forma titubeante, continuó su viaje al castillo vestido con harapos
y carente de provisiones para regresar a su aldea. A su llegada al castillo, un asistente
del Rey le mostró el camino a un grande y lujoso salón. Después de una breve pausa,
por fin fue admitido a la sala del trono. El joven inclinó la mirada ante el monarca.
Cuál no sería su sorpresa cuando alzó los ojos y se encontró con los del Rey. Atónito
y con la boca abierta dijo: "¡Usted..., usted! ¡Usted es el limosnero que estaba a la
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vera del camino!". En ese instante entró una criada y dos niños trayéndole agua al
cansado viajero, para que se lavara y saciara su sed. Su sorpresa fue también
mayúscula: "¡Ustedes también! ¡Ustedes estaban en la puerta de la ciudad!". " Sí
-replicó el Soberano con un guiño- yo era ese limosnero, y mi criada y sus niños
también estuvieron allí". "Pero... pe... pero... ¡usted es el Rey! ¿Por qué me hizo
eso?". "Porque necesitaba descubrir si tus intenciones eran auténticas frente a tu amor
a Dios y a tu prójimo -dijo el monarca-. Sabía que si me acercaba a ti como Rey,
podrías fingir y actuar no siendo sincero en tus motivaciones. De ese modo me
hubiera resultado imposible descubrir lo que realmente hay en tu corazón. Como
limosnero, no sólo descubrí que de verdad amas a Dios y a tu prójimo, sino que eres
el único en haber pasado la prueba. ¡Tú serás mi heredero! ¡Tú heredaras mi reino!".
El hilo de la paciencia
En una humilde choza de madera, de las afueras de un pueblo, vivía una viuda
de un carpintero con su único hijo llamado Pedro. Era un chico soñador y más
aficionado a jugar y a corretear por los campos con Hilda que a estudiar encerrado en
casa o en la escuela. En la escuela pensaba: "Tengo ganas de salir, para ir a jugar con
Hilda". Jamás estaba conforme con nada y siempre estaba con sus ensoñaciones. En
invierno, mientras patinaba en el hielo, deseaba que llegara el verano para bañarse en
el río; pero en el verano, deseaba que llegara el otoño para ver como el viento elevaba
graciosamente su cometa. Una tarde de verano, después de pasear por largo rato bajo
el sol, Pedro se quedó profundamente dormido. En el sueño, se le apareció un mago
que llevaba en sus manos una cajita de plata, redonda como una pelota, de la que salía
un hilo de oro. El mago le dio la cajita diciéndole: "¿Ves el hilo, Pedro? Es el hilo de
tu vida. Si quieres que el tiempo pase de prisa, no tienes más que tirar de él.
Naturalmente, no podrás contar a nadie tu poder. Pero te advierto que el hilo, una vez
sacado, no puede volver a la cajita, y no olvides que el hilo es tu propia vida, así que
no lo derroches. Una vez dichas estas palabras, el mago desapareció, dejando a Pedro
muy contento con lo que creía ser el mejor de todos los tesoros. Cuando quedó solo,
contempló aquella cajita con su diminuto orificio, pero no se atrevió a tirar del hilo de
oro. Al día siguiente, en la escuela, estaba más distraído que nunca y el maestro le
dijo: "A ver, Pedro. Repite lo que acabo de explicar". Como es natural, Pedro no supo
qué decir. "Veo que no has prestado la menor atención, así que como castigo copiarás
veinte veces la lección de hoy. Entonces, Pedro sacó disimuladamente la cajita y, bajo
su pupitre, tiró un poquitín del hilo de oro. Y un momento después el maestro le dijo:
"Bien, ya has terminado el castigo, puedes irte". Pedro se sentía el más feliz de todos
los mortales y, a partir de entonces se divertía continuamente, porque solo tiraba del
hilo a la hora de estudiar. Nunca se le ocurría tirar del hilo cuando estaba de
vacaciones o cuando estaba con Hilda. Pasaron así semanas y meses hasta que un día
pensó: "Aunque esté siempre de vacaciones, ser niño es aburridísimo, así que
aprenderé un oficio en vez de ir a la escuela y pronto podré casarme con Hilda. Por la
noche, tiró mucho del hilo y a la mañana siguiente, se encontró como aprendiz en el
taller de carpintero. Durante un tiempo se sintió feliz y no tiraba del hilo más que en
determinadas ocasiones, cuando le parecía que tardaba demasiado el día en que
cobraba su jornal, y entonces tiraba un poquito del hilo y la semana pasaba volado.
Luego se sintió impaciente, porque quería visitar a Hilda, que se encontraba fuera de
la ciudad. Tras largos meses de separación sintió gran alegría al verla, y como no
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quería vivir ya separado de ella, le dijo: "¿Quieres casarte conmigo? Ya soy un buen
carpintero". "Sí, Pedro, acepto". Como estaba en sus posibilidades nuevamente, sin
que ella supiera, tiró del hilo, y se vieron marchando al templo para casarse. Pero no
duró mucho el contento de la feliz pareja. Pedro hubo de incorporarse al servicio
militar. Hilda lloraba desconsolada por la separación. "No te aflijas, verás que pronto
se pasarán los años". Durante las primeras semanas de cuartel, Pedro no tiró del hilo,
recordando las advertencias del mago. Además la vida de militar le resultaba
agradable, por la novedad y porque sus compañeros eran muchachos despreocupados
y bromistas. Le encantaba al comienzo, salir de campaña, cargar cañones con
granadas, y disparar al grito del capitán. También le gustaba recibir las cartas
cariñosas de Hilda. Según pasaba el tiempo, la vida en el cuartel empezó a parecerle
aburrida, así que tiró de nuevo del hilo y enseguida estuvo en casa. Hilda lo recibió
con gran alegría: "¡Estos dos años han pasado como un sueño!". "Ya no volveré a
tirar más del hilo –se decía a solas–, pues siento que va pasando la edad mas bella de
mi vida". Pero a veces olvidaba sus buenos propósitos, y en cuanto se sentía cansado
tiraba un poco del hilo, y sus problemas se pasaban enseguida. De pronto, un día se
dio cuenta de que su madre tenía el pelo blanco y la cara surcada de arrugas. Su
aspecto era de una mujer muy fatigada. Pedro sintió remordimiento de haber hecho
correr el tiempo con demasiada prisa. El tiempo pasaba rápido, y si tiraba del hilo
eliminaba una enfermedad, pero enseguida aparecían otras. Cada día le resultaba más
pesado el trabajo. Un día le dijo Hilda. "Ya has estado trabajando bastante. ¿Porque
no te jubilas?". "Tienes razón, pero siento que todavía no tenemos suficientes ahorros
y ya no tengo fuerzas". Un día que paseaba apesadumbrado por el campo, oyó
pronunciar su nombre: "¡Pedro!". Miró hacia arriba y vio al mago: "¿Has sido feliz?",
le preguntó. "No lo sé. La cajita que me diste era maravillosa, nunca he tenido que
esperar, y tampoco he sufrido por nada..., pero la vida se me ha pasado como un
soplo, y ahora me siento viejo, débil y pobre". "Cuanto lo siento, yo pensé que te
sentirías el más feliz de los hombres, al poder disponer de tu tiempo a tu capricho.
¿Puedo satisfacer todavía un deseo tuyo, ¡el que tú quieras!". "Pues me gustaría
volver a vivir toda mi vida, como la viven los demás. Aprender a sufrir me enseñaría
a fortalecer mi espíritu y también aprendería a esperar lo bueno y lo malo de la vida
con paciencia. Sin conocer el dolor, no podré ser humano y me privaré de
comprender a los que sufren". Pedro devolvió al mago la cajita de plata, y en aquel
mismo momento quedó profundamente dormido. Al despertar vio con asombro que
todo había sido un sueño. Al día siguiente fue a la escuela con muchas ganas de
estudiar.

El hilo rojo
Le fui a quitar el hilo rojo que tenía sobre el hombro, como una culebrita. Sonrió
y puso la mano para recogerlo de la mía. Muchas gracias, me dijo, muy amable, de
dónde es usted. Y comenzamos una conversación entretenida, llena de vericuetos y
anécdotas exóticas, porque los dos habíamos viajado y sufrido mucho. Me despedí al
rato, prometiendo saludarle la próxima vez que le viera, y si se terciaba tomarnos un
café mientras continuábamos charlando. No sé qué me movió a volver la cabeza, tan
sólo unos pasos más allá. Se estaba colocando de nuevo, cuidadosamente, el hilo rojo
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sobre el hombro, sin duda para intentar capturar otra víctima que llenara durante unos
minutos el amplio pozo de su soledad. Pensé que debía adentrarme en el misterio de
tantas personas que quizá no nos buscan como el señor del hilillo, pero nos necesitan.

El hombre triste
Había una vez un muchacho que vivía en una casa grande sobre una colina.
Amaba a los perros y a los caballos, los autos deportivos y la música. Trepaba a los
árboles e iba a nadar, jugaba al fútbol y admiraba a las chicas guapas. De no ser
porque debía limpiar y ordenar su habitación, su vida era agradable. Un día el joven
le dijo a Dios: "He estado pensando y ya sé que quiero para mí cuando sea mayor".
"¿Que es lo que deseas?", le pregunto Dios. "Quiero vivir en una mansión con un
gran porche y un jardín en la parte de atrás, y tener dos perros San Bernardo. Deseo
casarme con una mujer alta, muy hermosa y buena, que tenga una larga cabellera
negra y ojos azules, que toque la guitarra y cante con voz alta y clara. Quiero tres
hijos varones, fuertes, para jugar con ellos al fútbol. Cuando crezcan, uno será un
gran científico, otro será político y el menor será un atleta profesional. Quiero ser un
aventurero que surque los vastos océanos, que escale altas montañas y que rescate
personas. Y quiero conducir un Ferrari rojo, y nunca tener que limpiar y ordenar mi
casa." "Es un sueno agradable - dijo Dios-. Quiero que seas feliz." Un día, cuando
jugaba al fútbol, el chico se lastimó una rodilla. Después de eso ya no pudo escalar
altas montañas, grandes, y mucho menos surcar los vastos océanos. Así ni siquiera
pudo trepar árboles, por lo que estudió mercadotecnia y puso un negocio de artículos
médicos. Se casó con una muchacha que era muy hermosa y buena, y que tenía una
larga cabellera negra. Pero era de corta estatura, no alta, y tenía ojos castaños, no
azules. No sabía tocar la guitarra, ni cantar. Pero preparaba deliciosas comidas chinas,
y pintaba magníficos cuadros de aves, y cocinaba aves sazonadas con exóticas
especias. A causa de su negocio, el hombre vivía en la ciudad, en un apartamento
situado en lo alto de un elevado edificio, desde el que se dominaba el océano azul y
las luces de la urbe. No contaba espacio para dos perros San Bernardo, pero era
dueño de un gato esponjado. Tenía tres hijas, todas muy hermosas. La más joven, que
debía usar silla de ruedas, era la mas agraciada. Las tres querían mucho a su padre.
No jugaban al fútbol con él, pero a veces iban al parque y correteaban lanzando un
disco de plástico... Excepto la pequeña, que se sentaba bajo un árbol y rasgueaba su
guitarra, entonando canciones encantadoras e inolvidables. Nuestro personaje ganaba
suficiente dinero para vivir con comodidad, pero no conducía un Ferrari rojo. En
ocasiones tenía que recoger cosas, incluso cosas que no eran suyas, y ponerlas en su
lugar. Después de todo, tenía tres hijas. Y entonces el hombre se despertó una mañana
y recordó su viejo sueño. "Estoy muy triste", le confió a su mejor amigo. "¿Por qué?",
quiso saber éste. "Porque una vez soñé que me casaría con una mujer alta, de cabello
negro y ojos azules, que sabría tocar la guitarra y cantar. Mi esposa no toca ni canta,
tiene los ojos castaños y no es muy alta". "Tu esposa es muy guapa y muy buena
-respondió su amigo-, y pinta unos cuadros maravillosos y sabe cocinar muy bien".
Pero el hombre no le escuchaba. "Estoy muy triste", le confesó a su esposa un día.
"¿Por qué?", inquirió su mujer. "Porque una vez soñé que viviría en una mansión con
porche y un jardín en la parte de atrás, y que tendría dos perros San Bernardo. En
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lugar de eso, vivo en un apartamento en el piso 47". "Nuestro apartamento es cómodo


y podemos ver el océano desde el sillón de la sala de estar -repuso ella-, y nos
queremos, y tenemos pinturas de aves y un gato esponjado..., por no mencionar a
nuestras tres hermosas hijas. Pero su marido no la escuchaba. "Estoy muy triste", le
dijo en otra ocasión a su psicoterapeuta. "¿Por que razón?", pregunto el especialista.
"Porque una vez soñé que era un gran aventurero. En vez de ello, son un empresario
calvo, con la rodilla lesionada". "Los artículos médicos que usted vende han salvado
muchas vidas", le hizo notar el médico. Pero el hombre no le escuchaba. Así que el
terapeuta le cobro 100 dólares y lo mandó a casa. "Estoy muy triste", le dijo a su
asesor. "¿Por qué?", indagó éste. "Porque una vez soñé que conduciría un Ferrari rojo
y que nunca tendría que ordenar mis cosas. En vez de ello, utilizo el transporte
público, y a veces tengo que ocuparme de muchos quehaceres". "Usted viste trajes de
calidad, come en buenos restaurantes y ha viajado por toda Europa", señaló el asesor.
Pero el hombre no le escuchaba. El asesor le cobró 100 dólares de todos modos.
Soñaba con un Ferrari rojo para sí mismo. "Estoy muy triste", le dijo a su párroco.
"¿Por qué?", le preguntó el sacerdote. "Porque una vez soñé que tendría tres hijos
varones: un gran científico, un político y un atleta profesional. Ahora tengo tres hijas
y la menor ni siquiera puede caminar." "Pero todas son hermosas e inteligentes
-afirmó el párroco-, y te quieren mucho, y han sabido aprovechar bien su talento: una
es enfermera, otra es pintora, y la más joven da clases de música a los niños." Pero el
hombre no escuchaba. Se puso tan melancólico que enfermó de gravedad. Yacía
postrado en una blanca habitación del hospital, rodeado de enfermeras con blancos
uniformes. Varios cables y mangueras conectaban su cuerpo a maquinas parpadeantes
que alguna vez él mismo le había vendido al hospital. Estaba triste, muy triste. Su
familia, sus amigos y su párroco se reunían alrededor de su cama. Ellos también
estaban profundamente preocupados. Sólo su terapeuta y su asesor seguían felices. Y
sucedió que una noche, cuando todos se habían ido a casa, salvo las enfermeras, el
hombre le dijo a Dios: "¿Recuerdas cuando era joven y te hablé de las cosas que
deseaba?". "Sí. Fue un sueño maravilloso", asintió Dios. "¿Por qué no me otorgaste
todo eso?", preguntó el hombre. "Pude haberlo hecho -respondió Dios-, pero quise
sorprenderte con cosas que no habías soñado. Supongo que has reparado en lo que te
he concedido: una esposa hermosa y buena, un buen negocio, un lugar agradable para
vivir, tres adorables hijas. Es uno de los mejores paquetes que he preparado...". "Sí -le
interrumpió el hombre-, pero yo creí que me darías lo que realmente deseaba". "Y yo
pensé que tú me darías lo que yo quería", repuso Dios. "¿Y qué es lo que tu
deseabas?", quiso saber el hombre. Nunca se le había ocurrido que Dios necesitara
algo. "Quería que fueras feliz con lo que te había dado", explicó Dios. El hombre se
quedo despierto toda la noche, pensando. Por fin decidió soñar un sueño nuevo, un
sueño que deseaba haber tenido años atrás. Decidió soñar que lo que más anhelaba
era precisamente lo que ya tenía. Y el hombre se alivió y vivió feliz en el piso 47,
disfrutando de las hermosas voces de sus hijas, de los profundos ojos castaños de su
esposa y de sus bellísimas pinturas de aves. Y por las noches contemplaba el océano
y miraba con satisfacción las titilantes luces de la ciudad, una a una.

El montañero
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Cuentan que un alpinista, apasionado por conquistar una altísima montaña,


inició su travesía después de años de preparación, pero quería toda la gloria solo para
él, y por eso quiso subir sin ningún compañero. Empezó la ascensión, y se le fue
haciendo tarde, y más tarde, y no se preparó para acampar, sino que decidió seguir
subiendo, y oscureció. La noche cayó con gran pesadez en la altura de la montaña, ya
no se podía ver casi nada. Todo era negro, y las nubes no dejaban ver la luna y las
estrellas. Cuando estaba a solo unos pocos metros de la cima, resbaló y se deslizó a
una velocidad vertiginosa. El alpinista solo podía ver veloces manchas oscuras y la
terrible sensación de ser succionado por la gravedad. Seguía cayendo... y en esos
angustiantes momentos, le pasaron por su mente todos los episodios gratos y no tan
gratos de su vida. Pensaba en la cercanía de la muerte, y rogó a Dios que le salvara.
De repente, sintió un fuerte tirón de la larga soga que lo amarraba de la cintura a las
estacas clavadas en la roca de la montaña. En ese momento de quietud, suspendido en
el aire, gritó : "¡¡¡Ayúdame, Dios mío!!!" De pronto, una voz grave y profunda de los
cielos le contestó: "¿Y qué quieres que haga?" El montañero contestó: "Sálvame,
Dios mío". Y escuchó una nueva pregunta: "¿Realmente crees que yo te puedo salvar
de ésta?" Y el hombre contestó: "Por supuesto, Señor". Y oyó de nuevo a la voz que
le decía: "Pues entonces corta la cuerda que te sostiene...". Hubo un momento de
silencio. El hombre se aferró más aún a la cuerda. Cuenta el equipo de rescate, que al
día siguiente encontraron a un alpinista muerto, suspendido de un cuerta, con las
manos fuertemente agarradas a ella... y a tan sólo un metro del suelo...

El peso de la cruz
Esta era una vez un hombre que quería seguir a Jesús y alcanzar a través de este
servicio el Reino de los Cielos. En un sueño profundo, aquel hombre quiso
entrevistarse con Nuestro Señor, y le indicaron el camino del bosque. A poco andar
encontró a Jesús y le expuso sus intenciones. Nuestro Señor le miró con inmensa
ternura, luego desprendió del suelo un árbol jóven pero alto y le dijo: "Recorre el
camino de tu vida con esta cruz al hombro y así alcanzarás el Reino de los Cielos". El
hombre inició su camino con gran entusiasmo y lleno de buenas intenciones, pero
rápidamente cayó en cuenta que la carga era demasiado pesada y le obligaba a un
paso lento y en algunos momentos doloroso. En una de las oportunidades en que se
dispuso a descansar se le apareció el mismísimo demonio, que le regaló un hacha,
ofreciéndosela convincentemente sin condiciones. Él la aceptó, pensando que cargarla
no constituía un mayor esfuerzo y considerándola una herramienta de mucha utilidad
en su cada vez más difícil camino. Pasó el tiempo y el hombre mantenía su propósito,
aunque nublado por el cansancio y angustiado por la lentitud de su marcha. Entonces
se le volvió a aparecer el demonio bajo otra apariencia, y aparentando buena
disposición de ayuda le convenció para usar el hacha para recortar un poco las ramas.
¡Qué distinta se sentía la carga, qué sensación tan agradable experimentó el hombre al
reducirla! Al pasar algún tiempo, volvió a sufrir el peso agobiante de su cruz y pensó
que si recortara otro poco la carga no cambiaría en nada su gran misión y más aún,
con ello apresuraría su llegada al encuentro con Jesús; así que volvió a usar el hacha.
De allí en adelante continuaron los recortes, hasta que el árbol se transformó en una
hermosa cruz preciosamente tallada que colgaba de su cuello y causaba la admiración
de todos. La cruz no tardó en convertirse en una moda, luego vino la fama y el
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reconocimiento, y adicionalmente un caminar de gacela hasta el Reino de los Cielos.


Alcanzado el final del camino, el hombre muere. En medio del esplendor celestial,
distingue un hermoso castillo, desde una de cuyas torres Jesús en Gloria y Majestad
se dispone a recibirlo. El hombre dice: "Señor, he esperado mucho tiempo este
momento. Señalame la entrada." Jesús le responde: "Hijo, para entrar al Reino
deberás subir hasta donde estoy, usando el árbol que te entregué cuando iniciaste el
camino hacia mi." El hombre lleno de vergüenza reconoció haberlo destruido y lloró
amargamente su error. Despertó entonces de su profundo sueño, y agradecido con el
Señor, regresó al bosque aquel para tomar su cruz y llevarla entera al Reino de los
Cielos.
El pétalo de la rosa
Un chico joven estaba en Roma con ocasión de la Jornada Mundial de la
Juventud, el 20 de agosto de 2000. Se encontraba rezando ante la tumba de una
persona santa. A uno y otro lado había dos jarrones con unos ramos de rosas frescas,
de color rojo. El joven estudiante pensaba en el mensaje del Papa que había
escuchado el día anterior en Tor Vergata, sobre la vocación a una entrega total. Esas
palabras se le habían clavado en el corazón. Estaba casi decidido a dar ese paso. En
ese momento observó que de una de las rosas había caído un pétalo al suelo, y
enseguida pensó en tomarlo como recuerdo de aquel momento tan importante de su
vida. Pasaron unos segundos de duda sobre si incorporarse o no para tomar ese
pétalo. Mientras lo consideraba, llegó un hombre, se agachó, tomó el pétalo y lo
guardó en su bolsillo. Fue un detalle nimio, pero a aquel chico le vino entonces a la
cabeza una idea meridiana: en nuestra vida se nos plantearán oportunidades muy
bonitas e importantes, pero esas oportunidades no esperan siempre.

El príncipe y la estufa
Me acababa de levantar, cuando vi a través de los cristales empañados de mi
ventana. Yo a pesar de tanto abrigo, tiritaba de aburrimiento. El no estaba sólo. Venía
al frente de su pequeño ejército de amigos voluntarios. Nunca había contemplado a
un caudillo más joven y recio que él. Mis ojos cansados de soñar sin dormir, se
esforzaban para no dar crédito a esta visión heroica, tan opuesta a mi vida. Temblé de
rabia cobarde cuando noté que él me miraba. Con voz fuerte, mientras su mirada
amablemente se mantenía hacia mí, me preguntó: "¿Te vienes conmigo". Como si no
lo hubiera oído, casi disimulando, proferí algo así como: "¿Eehh.... Quéee...?". Su
recia voz se oyó de nuevo: "¿Qué si te vienes voluntario conmigo?". Tartamudeando,
débilmente respondí: "No, no puedo..., es que estoy aquí atado...; atado
voluntariamente, al suave y lindo calorcito de mi estufilla...". Mientras yo bostezaba,
su voz –la voz de él– resonó majestuosa, con la nobleza amplia de las cascadas
eternas: "¡En marcha!". Sus soldados decididos y voluntarios, caminaron tras él sobre
la blancura ideal de la nieve pura. Y sus huellas –las de él– y las de ellos, quedaron
impresas profundamente, marcando un camino recto y nuevo hacia el sol. Pero yo...,
yo no. He preferido quedarme aquí detrás de los cristales empañados, atado suave,
cómodamente, al calorcito cercano de mi estufilla privada. (Rabindranath Tagore)
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El silencio de Dios
Una antigua leyenda noruega nos habla de un hombre llamado Haakon, que
cuidaba una ermita. A ella acudía la gente a orar con mucha devoción. En esta ermita
había una cruz muy antigua. Muchos acudían ahí para pedirle a Cristo algún milagro.
Un día el ermitaño Haakon quiso pedirle un favor. Le impulsaba un sentimiento
generoso. Se arrodilló ante la cruz y dijo: "Señor, quiero padecer por Ti. Déjame
ocupar tu puesto. Quiero reemplazarte en la Cruz." Y se quedo fijo con la mirada
puesta en la imagen, como esperando la respuesta. El Señor abrió sus labios y habló.
Sus palabras cayeron de lo alto, susurrantes y amonestadoras: "Hermano mío, accedo
a tu deseo, pero ha de ser con una condición." "¿Cuál Señor? -preguntó con acento
suplicante Haakon-. Es una condición difícil? ¡Estoy dispuesto a cumplirla con tu
ayuda, Señor!". "Escucha. Suceda lo que suceda, y veas lo que veas, has de guardarte
en silencio siempre". Haakon contesto: "¡Te lo prometo, Señor!". Y se efectuó el
cambio.
Nadie advirtió el trueque. Nadie reconoció al ermitaño, colgado con los clavos
en la Cruz. El Señor ocupaba el puesto de Haakon. Y éste por largo tiempo cumplió
el compromiso. A nadie dijo nada, pero un día, llegó un rico, después de haber orado,
dejó allí olvidada su cartera. Haakon lo vio y calló. Tampoco dijo nada cuando un
pobre, que vino dos horas después y se apropió de la cartera del rico. Ni tampoco dijo
nada cuando un muchacho se postró ante él poco después para pedirle su gracia antes
de emprender un largo viaje. Pero en ese momento volvió a entrar el rico en busca de
la bolsa. Al no hallarla, pensó que el muchacho se la había apropiado. El rico se
volvió al joven y le dijo iracundo: "¡Dame la bolsa que me has robado!". El joven
sorprendido replicó: "¡No he robado ninguna bolsa!". "No mientas, devuélvemela
enseguida!". "¡Le repito que no he cogido ninguna bolsa!". El rico arremetió furioso
contra él. Sonó entonces una voz fuerte: "¡Detente!". El rico miró hacia arriba y vio
que la imagen le hablaba. Haakon, que no pudo permanecer en silencio, gritó,
defendió al joven, increpó al rico por la falsa acusación. Éste quedó anonadado y
salió de la ermita. El joven salió también porque teníia prisa para emprender su viaje.
Cuando la ermita quedó a solas, Cristo se dirigió al monje y le dijo: "Baja de la Cruz.
No sirves para ocupar mi puesto. No has sabido guardar silencio". "¿Señor, como iba
a permitir esa injusticia?". Jesús ocupó la Cruz de nuevo y el ermitaño se quedó ante
la cruz. El Señor siguió hablando: "Tu no sabías que al rico le convenía perder la
bolsa, pues llevaba en ella el precio de la virginidad de una joven mujer. El pobre, por
el contrario, tenía necesidad de ese dinero. En cuanto al muchacho que iba a ser
golpeado, sus heridas le hubiesen impedido realizar el viaje que para él resultaría
fatal. Ahora, hace unos minutos acaba de zozobrar el barco y él ha perdido la vida. Tu
no sabías nada. Yo sí sé. Por eso callo." Y el Señor nuevamente guardo silencio.
Muchas veces nos preguntamos por qué razón Dios no nos contesta, por qué
razón Dios se queda callado. Muchos de nosotros quisiéramos que Él nos respondiera
lo que deseamos oír, pero Dios no es así. Dios nos responde aún con el silencio. Él
sabe lo que está haciendo.

El valor de un Avemaría
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En el libro “La puerta de la esperanza” cuenta José L. Olaizola la conversación


entre J.A. Vallejo Nájera y Luis Miguel Dominguín, el primero de ellos con un
diagnóstico de cáncer.
En un paseo a caballo el doctor Vallejo Nájera se dirige así a su interlocutor:
—Luis Miguel, reza conmigo un Avemaría, aunque solo sea la segunda parte.
—Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores... que tú, Luis
Miguel, lo eres de narices... ahora...
Luego le pide que no deje de rezar todas las noches ese Avemaría, cosa que
promete hacer Dominguín.
Unas horas más tarde Dominguín telefoneaba a su amigo: “Juan Antonio, dile a
tu Dios que yo le ofrezco mi vida por la tuya, y que ese es el primer favor que le
pido”.

El violín desafinado
Se cuenta que con un viejo violín, un pobre hombre se ganaba la vida. Iba por
los pueblos, comenzaba a tocar y la gente se reunía a su alrededor. Tocaba y al final
pasaba entre la concurrencia una agujereada boina con la esperanza de que algún día
se llenara. Cierto día comenzó a tocar como solía, se reunió la gente, y salió lo de
costumbre: unos ruidos más o menos armoniosos. No daba para más ni el violín ni el
violinista. Y acertó a pasar por allí un famoso compositor y virtuoso del violín. Se
acercó también al grupo y al final le dejaron entre sus manos el instrumento. Con una
mirada valoró las posibilidades, lo afinó, lo preparó... y tocó una pieza
asombrosamente bella. El mismo dueño estaba perplejo y lleno de asombro. Iba de un
lado para otro diciendo: "Es mi violín...!, es mi violín...!, es mi violín...!". Nunca
pensó que aquellas viejas cuerdas encerraran tantas posibilidades. No es difícil que
cada uno, profundizando un poco en sí mismo, reconozca que no está rindiendo al
máximo de sus posibilidades. Somos en muchas ocasiones como un viejo violín
estropeado, y nos falta incluso alguna cuerda. Somos... un instrumento flojo, y
además con frecuencia desafinado. Si intentamos tocar algo serio en la vida, sale
eso... unos ruidos faltos de armonía. Y al final, cada vez que hacemos algo,
necesitamos también pasar nuestra agujereada boina; necesitamos aplausos,
consideración, alabanzas... Nos alimentamos de esas cosas; y si los que nos rodean no
nos echan mucho, nos sentimos defraudados; viene el pesimismo. En el mejor de los
casos se cumple el refrán: “Quien se alimenta de migajas anda siempre hambriento”:
no acaban de llenarnos profundamente las cosas. Qué diferencia cuando dejamos que
ese gran compositor, Dios, nos afine, nos arregle, ponga esa cuerda que falta, y
dejemos ¡que Él toque! Pero también en la vida terrena existen violinistas que nos
pueden afinar; un amigo, un compañero, un maestro, o cualquier persona de la que
podamos obtener conocimientos, un consejo, una buena idea, una corrección fraterna,
y quedaremos sorprendidos de las posibilidades que había encerradas en nuestra vida.
Comprobamos que nuestra vida es bella y grandiosa cuanto que somos instrumentos
perfectibles y, si nos proponemos ser mejores, lucharemos constante e
incansablemente por ser: un violín cada vez mejor afinado.
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El visitante
Ruth miró el sobre de nuevo. No llevaba sello, ni matasellos, sólo su nombre y
dirección. Leyó la carta una vez más...
Querida Ruth. Voy a estar en tu barrio el sábado por la tarde y me gustaría
pasarme a verte. Te quiere siempre, Jesús
Sus manos temblaban mientras dejaba la carta sobre la mesa. "¿Por qué querría
el Señor visitarme a mí? No soy nadie especial. No tengo nada que ofrecer". Con este
pensamiento, Ruth recordó los estantes vacíos de la cocina. "¡Oh, Dios Santo, no
tengo absolutamente nada que ofrecer. Tengo que ir corriendo a la tienda para
comprar algo para la cena". Cogió el monedero y contó su contenido. Cinco dólares y
cuarenta centavos. "Bueno, al menos puedo comprar algo de pan y fiambre". Se puso
la chaqueta y se precipitó hacia la puerta.
Una hogaza de pan francés, media libra de pavo en lonchas, y un cartón de
leche... dejaron a Ruth con un total de doce centavos para pasar hasta el lunes. A
pesar de ello, se sentía bien mientras volvía a casa, con sus escasas ofrendas envueltas
bajo su brazo... "Eh, señora. ¿Puede ayudarnos, señora?" Ruth había estado tan
absorta en sus planes sobre la cena que no había percibido las dos figuras acurrucadas
en el callejón.
Un hombre y una mujer, ambos vestidos con poco más que harapos. "Mire,
señora, yo no tengo trabajo, ¿sabe?, y mi mujer y yo hemos estado viviendo aquí
fuera en la calle, y, bien, ahora tenemos frío y estamos hambrientos y, bueno, si
pudiera ayudarnos, señora, realmente lo apreciaríamos". Ruth miró a ambos. Estaban
sucios, olían mal y, francamente, estaba segura de que hubieran podido trabajar en
algo si realmente lo necesitaran.
"Oiga, me gustaría ayudarles, pero yo misma soy también pobre. Todo lo que
tengo son unas pocas lonchas de fiambre y algo de pan, y voy a tener un invitado
importante a cenar esta noche y planeaba servirle eso a Él". "Ya, bueno, OK, señora,
lo entiendo. Gracias de todas formas". El hombre pasó su brazo por los hombros de la
mujer y volviéndose se adentraron en el callejón.
Mientras los contemplaba irse, Ruth sintió una punzada familiar en su corazón.
"¡Oiga, espere!" La pareja se paró y se dio la vuelta mientras ella corría por el
callejón tras de ellos. "Mire, ¿por qué no toma esta comida. Ya encontraré algo más
que servir a mi invitado". Tendió la cesta de la comida al hombre. "Gracias, señora.
¡Muchas gracias!". "¡Sí, gracias!" era la esposa del hombre y Ruth pudo ahora ver
que estaba tiritando. "¿Sabe?, tengo otra chaqueta en casa. Vamos, ¿por qué no coge
ésta?" Ruth se desabrochó la chaqueta y la deslizó sobre los hombros de la mujer.
Entonces, sonriendo, se giró y caminó de vuelta a la calle... sin chaqueta y sin nada
que servir a su invitado. "¡Gracias, señora! ¡Muchas gracias!"
Ruth estaba helada cuando llegó a la puerta principal de su casa. Y preocupada
también. El Señor venía de visita y ella no tenía nada que ofrecerle. Tanteó en su
bolso buscando la llave. Mientras lo hacía, descubrió otro sobre en su buzón. "Qué
extraño. El cartero no acostumbra a venir dos veces al día". Sacó el sobre del buzón y
lo abrió...
Querida Ruth.
Ha sido tan maravilloso verte de nuevo. Gracias por la estupenda comida. Y
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gracias también por la preciosa chaqueta.


Te quiere siempre, Jesús
El aire todavía era frío pero, incluso sin chaqueta, Ruth ya no lo notaba.
(Tomado de de www.andaluciaglobal.com/hadaluna)

El zapatero
Estaba Dios sentado en su trono y decidió bajar a la tierra en forma de mendigo
sucio y harapiento. Llegó entonces el Señor a la casa de un zapatero y tuvieron esta
conversacion: - "Mira que soy tan pobre que no tengo ni siquiera otras sandalias, y
como ves están rotas e inservibles. ¿Podrías tu reparármelas, por favor?, porque no
tengo dinero". El zapatero le contesto: -"¿Qué acaso no ves mi pobreza? Estoy lleno
de deudas y estoy en una situación muy pobre; y aun así quieres que te repare gratis
tus sandalias?" -" Te puedo dar lo que quieras si me las arreglas." El zapatero con
mucha desconfianza dijo: -"Me puedes dar tú el millón de monedas de oro que
necesito para ser feliz?" -"Te puedo dar 100 millones de monedas de oro. Pero a
cambio me debes dar tus piernas ..." - "Y de que me sirven los 100 millones si no
tengo piernas?" El Señor volvio a decir: -Te puedo dar 500 millones de monedas de
oro, si me das tus brazos." -"Y que puedo yo hacer con 500 millones si no podría ni
siquiera comer yo solo? "El Señor habló de nuevo y dijo: - "Te puedo dar 1000
millones si me das tus ojos." - "Y dime; ¿qué puedo hacer yo con tanto dinero si no
podría ver el mundo, ni podría ver a mis hijos y a mi esposa para compartir con
ellos?" Dios sonrió y le dijo: -"Ay, hijo mío; cómo dices que eres pobre si te he
ofrecido ya 1600 millones de monedas de oro y no los has cambiado por las partes
sanas de tu cuerpo? Eres tan rico y no te has dado cuenta! ...".

Empieza por ti mismo


De joven yo era un revolucionario y mi oración consistía en decir a Dios:
"Señor, dame fuerzas para cambiar el mundo". A medida que fui haciéndome adulto y
caí en la cuenta de que me había pasado media vida sin haber logrado cambiar a una
sola alma, transforme mi oración y comencé a decir: "Señor, dame la gracia de
transformar a cuantos entran en contacto conmigo. Aunque sólo sea a mi familia y a
mis amigos. Con eso me doy por satisfecho". Ahora, que soy un viejo y tengo los días
contados, he empezado a comprender lo estúpido que yo he sido. Mi oración es la
siguiente: "Señor, dame la gracia de cambiarme a mí mismo". Si yo hubiera orado de
este modo desde el principio, quizá no habría malgastado mi vida.

Escarmiento a la avaricia
Juan Gavaza casó a sus dos hijas con dos caballeros muy nobles. El padre quería
tanto a sus yernos que les repartió sus posesiones en oro y demás bienes. Ellos se
mostraban agradecidos. Pero cuando se acabó el tesoro y sus yernos se olvidaron del
suegro. Él, muy apenado, decidió darles una lección. Pidió unas monedas a un amigo
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y las guardó en un cofre. Hizo que sus hijas espiaran la operación. Cuando ya habían
caído en el engaño, devolvió el dinero a su amigo, esta vez, en total secreto. Los
últimos días del señor Gavaza discurrieron con todo tipo de atenciones por parte de
sus yernos e hijas. Cuando murió abrieron el cofre y encontraron una maza muy
grande con una escritura en el mango que decía así: “Yo, Juan Gavaza hago este
testamento: que quien menosprecie a alguien porque ya ha repartido todos sus bienes,
como se hizo con Juan Gavaza, que en la frente le den con esta maza”.

Escogiendo mi cruz
Cuentan que un hombre un día le dijo a Jesús: - "Señor: ya estoy cansado de
llevar la misma cruz en su hombro, es muy pesada muy grande para mi estatura".
Jesús amablemente le dijo: - "Si crees que es mucho para ti, entra en ese cuarto y
elige la cruz que más se adapte a ti". El hombre entró y vio una cruz pequeña, pero
muy pesada que se le encajaba en el hombro y le lastimaba; buscó otra pero era muy
grande y muy liviana y le hacía estorbo; tomó otra pero era de un material que
raspaba; buscó otra, y otra, y otra.... hasta que llegó a una que sintió que se adaptaba a
él. Salió muy contento y dijo: - "Señor, he encontrado la que más se adapta a mi,
muchas gracias por el cambio que me permitiste". Jesús le mira sonriendo y le dice: -
"No tienes nada que agradecer, has tomado exactamente la misma cruz que traías, tu
nombre está inscrito en ella. Mi Padre no permite más de lo que no puedas soportar
porque te ama y tiene un plan perfecto para tu vida". Muchas veces nos quejamos por
las dificultades que hay en nuestra vida y hasta cuestionamos la voluntad de Dios,
pero Él permite lo que nos suceda porque es para nuestro bien y algo nos enseña a
través de eso. Dios no nos da nada más grande de lo que no podamos soportar, y
recordemos que después de la tormenta viene la calma y un día esplendoroso en el
que vemos la Gloria de Dios.

Esperar y confiar
El muchacho contempló las ramas llenas de preciosas manzanas. Arrancó una y
se derrumbó la rama. Entonces salió el viejo y sin rencor le dijo: “Están verdes,
muchacho. Son hermosas, muy hermosas, pero están verdes”. El muchacho pensaba
que el viejo se enfadaría, que le gritaría, pero el viejo le habló con palabras cálidas.
“Hemos de recogerlas ahora que están verdes y sanas y ya madurarán durante el
invierno, pero ahora no se comen, están verdes”. Al día siguiente el muchacho y el
viejo colaboraron en la recogida de manzanas. “Es bueno saber que las cosas hay que
recogerlas a su tiempo, sin prisas. ¿Lo entiendes?, sin prisas”. El muchacho entendía.
Era un mundo nuevo, distinto. Los amigos de la escuela le decían que hay que robar,
que todos lo hacen. Sus padres, que la vida y los hombres nunca te dan nada. Pero el
muchacho comprendió que el viejo tenía razón, que hay que esperar y confiar. “Las
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cosas tienen su tiempo, su momento, no puedes crecer demasiado deprisa y disfrutar


de la libertad de los mayores. Adelantarse al tiempo es malo, no debes quemar etapas.
Debes estar maduro para distinguir el bien y actuar con responsabilidad. Por eso
debes seguir el consejo de los mayores. La experiencia supone sabiduría. Si te
empeñas en crecer demasiado deprisa no disfrutarás de este momento ni del venidero.
Ten paciencia, cuando tu corazón esté maduro disfrutarás de los frutos de la vida”.
Pasó el verano y el invierno y el viejo murió una mañana de primavera. Aquel día el
río bajaba ligero y transparente. El muchacho recordó unas palabras del viejo sobre el
regato: “Ahora no tiene profundidad, más adelante será ancho y grande y tendrá
fondo, como la vida”. El muchacho pensó que así había ocurrido con el viejo, con los
años estaba cargado de fondo, de sabiduría.
Tomado de José María Sanjuán, “Un puñado de manzanas”.

Generosidad y egoísmo
Dice una antigua leyenda china, que un discípulo preguntó al Maestro: "¿Cuál es
la diferencia entre el cielo y el infierno?". El Maestro le respondió: "Es muy pequeña,
sin embargo tiene grandes consecuencias. Ven, te mostraré una imagen de cómo es el
infierno". Entraron en una habitación donde un grupo de personas estaba sentado
alrededor de un gran recipiente con arroz, todos estaban hambrientos y desesperados,
cada uno tenía una cuchara tomada fijamente desde su extremo, que llegaba hasta la
olla. Pero cada cuchara tenía un mango tan largo que no podían llevársela a la boca.
La desesperación y el sufrimiento eran terribles. Ven, dijo el Maestro después de un
rato, ahora te mostraré una imagen de cómo es el cielo. Entraron en otra habitación,
también con una olla de arroz, otro grupo de gente, las mismas cucharas largas...
pero, allí, todos estaban felices y alimentados. "¿Por qué están tan felices aquí,
mientras son desgraciados en la otra habitación, si todo es lo mismo? Como las
cucharas tienen el mango muy largo, no pueden llevar la comida a su propia boca. En
una de las habitaciones están todos desesperados en su egoísmo, y en la otra han
aprendido a ayudarse unos a otros.

¿Existe Dios?
Un hombre fue a una barbería a cortarse el cabello y recortarse la barba, como es
costumbre. En estos casos entabló una amena conversación con la persona que le
atendía. Hablaban de tantas cosas y tocaron muchos temas. De pronto, tocaron el
tema de Dios. El barbero dijo: -Fíjese caballero que yo no creo que Dios exista, como
usted dice. -Pero, ¿por qué dice usted eso?- preguntó el cliente. -Pues es muy fácil,
basta con salir a la calle para darse cuenta de que Dios no existe. O... dígame, acaso si
Dios existiera, ¿Habría tantos enfermos? ¿Habría niños abandonados? Si Dios
existiera no habría sufrimiento ni tanto dolor para la humanidad. Yo no puedo pensar
que exista un Dios que permita todas estas cosas... El cliente se quedó pensando un
momento, pero no quiso responder para evitar una discusión. El barbero terminó su
trabajo y el cliente salió del negocio. Recién abandonada la barbería, vio en la calle a
un hombre con la barba y el cabello largo; al parecer hacía mucho tiempo que no se
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lo cortaba y se veía muy desarreglado. Entonces entró de nuevo en la barbería y le


dijo al barbero: -¿Sabe una cosa? Los barberos no existen. -¿Cómo que no existen...?
-preguntó el barbero- ...si aquí estoy yo y soy barbero. -¡No! -dijo el cliente- no
existen, porque si existieran no habría personas con el pelo y la barba tan larga como
la de este hombre que va por la calle. -Ah, los barberos sí existen, lo que pasa es que
esas personas no vienen aquí. -¡Exacto! -dijo el cliente- Ese es el punto. Dios sí
existe, lo que pasa es que las personas no van hacia Él y no le buscan, por eso hay
tanto dolor y miseria...

Haz como Jesucristo


Cuentan que, estando reciente la revolución francesa, Reveillère Lépaux, uno de
los jefes de la república, que había asistido al saqueo de iglesias y a la matanza de
sacerdotes, se dijo a sí mismo: "Ha llegado la hora de reemplazar a Cristo. Voy a
fundar una religión enteramente nueva y de acuerdo con el progreso". Pero no
funcionó. Al cabo de unos meses, el «inventor» acudió desconsolado a Bonaparte, ya
primer cónsul, y le dijo: –¿Lo creeréis, señor? Mi religión es preciosa, pero no arraiga
entre el pueblo. Respondió Bonaparte: –Ciudadano colega, ¿tenéis seriamente la
intención de hacer la competencia a Jesucristo? No hay más que un medio; haced lo
que Él: haceos crucificar un viernes, y tratad de resucitar el domingo. (Cfr. A.
Hillaire, "La religión demostrada").

He estado con Dios


Había una vez un pequeño niño que quería conocer a Dios. Él sabía que era un
largo viaje llegar hasta donde Dios vivía, así es que preparó su mochila con
sandwiches y botellas de leche chocolatada y comenzó su viaje. Cuando había andado
un tiempo, se encontró con un viejecita que estaba sentada en el parque observando a
unas palomas. El niño se sentó a su lado y abrió su mochila. Estaba a punto de tomar
un trago de su leche chocolatada cuando notó que la viejecita parecía hambrienta, así
es que le ofreció un sandwich. Ella, agradecida, lo aceptó y le sonrió. Su sonrisa era
tan hermosa que el niño quiso verla otra vez, así que le ofreció una leche chocolatada.
Una vez más, ella le sonrió. El niño estaba encantado. Permanecieron sentados allí
toda la tarde. Cuando oscurecía, el niño se levantó para marcharse. Antes de dar unos
pasos, se dio la vuelta, corrió hacia la viejecita y le dio un abrazo. Ella le ofreció su
sonrisa, aun más amplia. Cuando el niño abrió la puerta de su casa un rato más tarde,
a su madre le sorprendió la alegría en su rostro. Ella le preguntó: "¿Qué hiciste hoy
que estás tan contento?". Él respondió: "Almorcé con Dios". Pero antes de que su
madre pudiese decir nada, él añadió: "¿Y sabes qué? ¡Tiene la sonrisa más hermosa
que jamás he visto!". Mientras tanto la viejecita, también radiante de dicha, regresó a
su casa. Su vecina estaba impresionada con el reflejo de paz sobre su rostro, y le
preguntó: "¿Qué hiciste hoy que te puso tan contenta?". Ella respondió: "Comí unos
sandwiches con Dios en el parque". Y antes de que su vecina comentara nada, añadió:
"¿Sabes, es mucho más joven de lo que esperaba".
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Hércules y el carretero
Un carretero conducía a sus animales por un camino fangoso completamente
cargados, y las ruedas de la carreta se hundieron tanto en el lodo que los caballos no
podían moverla. El carretero miraba desesperado alrededor suyo, llamando a
Hércules a gritos para pedirle ayuda. Al fin el dios se presentó, y le dijo: "Apoya el
hombro en la rueda, hombre, y azuza tus caballos, y luego pide auxilio a Hércules.
Porque si no alzas un dedo para ayudarte a ti mismo, no esperes socorro de Hércules
ni de nadie". (Esopo)

Homenaje a un padre especial


Un día, acudí a mi padre con uno de mis muchos problemas de aquel entonces.
Me contestó como Cristo a sus discípulos, con una parábola: "Hijo(a), ya no eres más
una simple y endeble rama; has crecido y te has transformado, eres ahora un árbol en
cuyo tronco un tierno follaje empieza a florecer. Tienes que darle vida a esas ramas.
Tienes que ser fuerte, para que ni el agua, ni el día, ni los vientos te embatan. Debes
crecer como los de tu especie, hacia arriba. Algún día, vendrá alguien a arrancar parte
de ti, parte de tu follaje. Quizá sientes tu tronco desnudo, más piensa que esas podas
siempre serán benéficas, tal vez necesarias, para darte forma, para fortalecer tu tronco
y afirmar sus raíces. Jamás lamentes las adversidades, sigue creciendo, y cuando te
sientas más indefenso(a), cuando sientas que el invierno ha sido crudo, recuerda que
siempre llegará una primavera que te hará florecer... Trata de ser como el roble, no
como un bonsai." Ahora quisiera tener a mi padre conmigo, y darle las gracias por
haber nacido, por haber sido, por haber tenido, por haber triunfado, y por haber
fracasado. Si acaso tuviera mi padre a mi lado, podría agradecerle su preocupación
por mi, podría agradecerle sus tiernas caricias, que no por escasas, sinceras sentí. Si
acaso tuviera a mi padre conmigo, le daría las gracias por estar aquí, le agradecería
mis grandes tristezas, sus sabios regaños, sus muchos consejos, y los grandes valores
que sembró en mi. Si acaso mi padre estuviera conmigo, podríamos charlar como
antaño fue, de cuando me hablaba de aquello del árbol, que debe ser fuerte y saber
resistir, prodigar sus frutos, ofrecer su sombra, cubrir sus heridas, forjar sus firmezas
... y siempre seguir. Seguir luchando, seguir perdonando, seguir olvidando, y siempre
... seguir. Si acaso tuviera a mi padre a mi lado, le daría las gracias ... porque de él
nací.

Huellas en la arena
Una noche tuve un sueño. Soñé que estaba caminando por la playa con el Señor
y, a través del cielo, pasaban escenas de mi vida. Por cada escena que pasaba, percibí
que quedaban dos pares de pisadas en la arena: unas eran las mías y las otras del
Señor. Cuando la última escena pasó delante de nosotros, miré hacia atrás, hacia las
pisadas en la arena, y noté que muchas veces en el camino de mi vida quedaban sólo
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un par de pisadas en la arena. Noté también que eso sucedía en los momentos más
difíciles de mi vida. Eso realmente me perturbó y pregunté entonces al Señor: "Señor,
Tú me dijiste, cuando resolví seguirte, que andarías conmigo, a lo largo del camino,
pero durante los peores momentos de mi vida, había en la arena sólo un par de
pisadas. No comprendo porque Tú me dejaste en las horas en que yo más te
necesitaba". Entonces, Él, clavando en mi su mirada infinita me contestó: "Mi
querido hijo. Yo te he amado y jamás te abandonaría en los momentos más difíciles.
Cuando viste en la arena sólo un par de pisadas fue justamente allí donde te cargué en
mis brazos".

Huir del destino


Su padre era marino. Un día, cuando no era más que un niño, el padre le invita a
dar un paseo en barco. De repente descubre a lo lejos un enorme pez, de aspecto
terrible, que sigue al barco. Se lo comunica a su padre, pero su padre no ve nada; cree
que son figuraciones de su hijo. En un segundo viaje vuelve a ocurrir lo mismo; pero
esta vez el padre lo entiende todo, palidece de susto y le explica a su hijo: "Ahora
temo por ti. Eso que has visto es un Colombre. Es el pez que los marineros temen
más que a ningún otro en todos los mares del mundo, un animal terrible y misterioso,
más astuto que el hombre. Por motivos que nunca nadie sabrá escoge a su víctima y
le sigue años y años, la vida entera, hasta que consigue devorarla. Y lo más curioso es
esto: que nadie puede verlo si no es la propia víctima". "¿Y no es una leyenda?",
pregunta el hijo. "No -le dice su padre-. Yo nunca lo he visto, pero lo han descrito:
hocico fiero, dientes espantosos... No hay duda hijo mío: el Colombre te ha elegido, y
mientras andes por el mar no te dará tregua. Vamos a volver a tierra y nunca más te
harás a la mar por ningún motivo. Tienes que resignarte. Por otra parte en tierra
también puedes hacer fortuna". Pasan los años y el chico crece y consigue en la vida
todo lo que todo el mundo anhela. A los ojos de todos es un triunfador. Pero él sabe
que su vida ha sido un fracaso, que en el fondo de su alma sigue presente, como
herida abierta, la renuncia a la que debería haber sido su propia vida, la que le habría
hecho feliz. Un día, viejo y cansado, sintiendo cerca la muerte, decide enfrentarse con
aquel peligro, hacer por fin algo valioso, enfrentarse con aquel animal que había visto
muchas veces, cada vez que se acercaba al mar, a cierta distancia de la costa. Un día,
de noche, cogió un arpón, se montó en una pequeña barca y se internó en el mar. Al
poco tiempo aquel horrible hocico asomó al lado de la barca. "Aquí me tienes, ahora
es cosa de los dos", dijo el hombre mientras levantaba el arpón contra el horrible
animal. Entonces el pez empezó a hablar, quejándose con voz suplicante: "Ah, qué
largo camino para encontrarte. También yo estoy destrozado por la fatiga. Cuanto me
has hecho nadar. Y tú huías y huías... porque nunca has comprendido nada". "¿A qué
te refieres?". "A que no te he seguido para devorarte. El único encargo que me dio el
Rey del Mar fue entregarte esto". Y el gran pez sacó de la lengua, tendiendo al
anciano una esfera fosforescente. Él la cogió entre las manos y la miró. Era una perla
de enorme tamaño. Reconoció en ella la famosa perla del mar, que da a quien la
posee fortuna, poder, amor y paz de espíritu". En aquel instante el viejo lo entendió
todo. Y entendió también que ahora era demasiado tarde. "¡Ay de mí! ¡Qué horrible
malentendido! Lo único que he conseguido es desperdiciar mi existencia y además he
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arruinado la tuya. Adiós, hombre infeliz." Y se sumergió en las aguas para siempre.
(D. Buzzati, El Colombre, Alianza).

Invita al verdadero festejado


Como sabrás nos acercamos nuevamente a la fecha de mi cumpleaños, todos los
años se hace una gran fiesta en mi honor y creo que este año sucederá lo mismo. En
estos días la gente hace muchas compras, hay anuncios en el radio, en la televisión y
por todas partes no se habla de otra cosa, sino de lo poco que falta para que llegue el
día. La verdad, es agradable saber, que al menos, un día al año algunas personas
piensan un poco en mí. Como tu sabes hace muchos años que comenzaron a festejar
mi cumpleaños, al principio no parecían comprender y agradecer lo mucho que hice
por ellos, pero hoy en día nadie sabe para que lo celebran. La gente se reúne y se
divierte mucho pero no saben de que se trata. Recuerdo el año pasado al llegar el día
de mi cumpleaños, hicieron una gran fiesta en mi honor; pero sabes una cosa, ni
siquiera me invitaron. Yo era el invitado de honor y ni siquiera se acordaron de
invitarme, la fiesta era para mi y cuando llego el gran día me dejaron afuera, me
cerraron la puerta. ¡Y yo quería compartir la mesa con ellos! (Apoc. 3,20). La verdad
no me sorprendió, porque en los últimos años todos me cierran las puertas. Como no
me invitaron, se me ocurrió estar sin hacer ruido, entré y me quedé en un rincón.
Estaban todos bebiendo, había algunos borrachos, contando chistes, carcajeándose.
La estaban pasando en grande, para colmo llego un viejo gordo, vestido de rojo, de
barba blanca y gritando: "JO JO JO JO", parecía que había bebido de más, se dejó
caer pesadamente en un sillón y todos los niños corrieron hacia él, diciendo "Santa
Claus" "Santa Claus". ¡Cómo si la fiesta fuera en su honor! Llegaron las doce de la
noche y todos comenzaron a abrazarse, yo extendí mis brazos esperando que alguien
me abrazara. Y ¿sabes?, nadie me abrazó. Comprendí entonces que yo sobraba en esa
fiesta, salí sin hacer ruido, cerré la puerta y me retiré. Tal vez crean que yo nunca
lloro, pero esa noche lloré, como un ser abandonado, triste y olvidado. Me llegó tan
hondo que al pasar por tu casa, tú y tu familia me invitaron a pasar, además me
trataron como a un rey, tú y tu familia realizaron una verdadera fiesta en la cual yo
era el invitado de honor. Que Dios bendiga a todas las familias como la tuya, yo
jamás dejo de estar en ellas en ese día y todos los días. También me conmovió el
Belén que pusieron en un rincón de tu casa. Otra cosa que me asombra es que el día
de mi cumpleaños en lugar de hacerme regalos a mi, se regalan unos a otros. ¿Tú que
sentirías si el día de tu cumpleaños, se hicieran regalos unos a otros y a ti no te
regalaran nada? Una vez alguien me dijo: ¿Cóomo te voy a regalar algo si a ti nunca
te veo? Ya te imaginaras lo que le dije: Regala comida, ropa y ayuda a los pobres,
visita a los enfermos a los que están solos y yo los contaré como si me lo hubieran
hecho a mí (Mt. 25,34-40). A veces la gente solo piensa en las compras y los regalos
y de mí ni se acuerdan. (Probablemente así hablaría Jesucristo).

Jonás y la ballena
Una niña estaba hablando de las ballenas a su maestra. La profesora dijo que era
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físicamente imposible que una ballena se tragara a un ser humano porque aunque era
un mamífero muy grande su garganta era muy pequeña. La niña afirmó que Jonás
había sido tragado por una ballena. La profesora le repitió con ironía que una ballena
no podía tragarse a ningún humano, pues físicamente era imposible. La niña contestó:
"Cuando llegue al cielo le voy a preguntar a Jonás". La maestra le preguntó: "¿Y qué
pasa si Jonás se fue al infierno?". La niña contestó: "Entonces tendrá que preguntarle
usted".

La botella
Un hombre estaba perdido en el desierto, destinado a morir de sed. Por suerte,
llegó a una cabaña vieja, desmoronada sin ventanas, sin techo. El hombre anduvo por
ahí y se encontró con una pequeña sombra donde acomodarse para protegerse del
calor y el sol del desierto. Mirando a su alrededor, vio una vieja bomba de agua, toda
oxidada. Se arrastró hacia allí, tomó la manivela y comenzó a bombear, a bombear y
a bombear sin parar, pero nada sucedía. Desilusionado, cayó postrado hacia atrás, y
entonces notó que a su lado había una botella vieja. La miró, la limpió de todo el
polvo que la cubría, y pudo leer que decía: "Usted necesita primero preparar la bomba
con toda el agua que contiene esta botella mi amigo, después, por favor tenga la
gentileza de llenarla nuevamente antes de marchar".
El hombre desenroscó la tapa de la botella, y vio que estaba llena de agua...
¡llena de agua! De pronto, se vio en un dilema: si bebía aquella agua, él podría
sobrevivir, pero si la vertía en esa bomba vieja y oxidada, tal vez obtendría agua
fresca, bien fría, del fondo del pozo, y podría tomar toda el agua que quisiese, o tal
vez no, tal vez, la bomba no funcionaría y el agua de la botella sería desperdiciada.
¿Qué debiera hacer? ¿Derramar el agua en la bomba y esperar a que saliese agua
fresca... o beber el agua vieja de la botella e ignorar el mensaje? ¿Debía perder toda
aquella agua en la esperanza de aquellas instrucciones poco confiables escritas no se
cuánto tiempo atrás?
Al final, derramó toda el agua en la bomba, agarró la manivela y comenzó a
bombear, y la bomba comenzó a rechinar, pero ¡nada pasaba! La bomba continuaba
con sus ruidos y entonces de pronto surgió un hilo de agua, después un pequeño flujo
y finalmente, el agua corrió con abundancia... Agua fresca, cristalina. Llenó la botella
y bebió ansiosamente, la llenó otra vez y tomó aún más de su contenido refrescante.
Enseguida, la llenó de nuevo para el próximo viajante, la llenó hasta arriba, tomó la
pequeña nota y añadió otra frase: "Créame que funciona, usted tiene que dar toda el
agua, antes de obtenerla nuevamente".
Hay muchas lecciones que podemos extraer de esta historia. Muchas veces
tenemos miedo de iniciar un nuevo proyecto porque demandará una gran inversión de
tiempo, recursos, preparación y conocimiento. Muchos se quedan parados
satisfaciéndose con los resultados mediocres, cuando podrían lograr grandes
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victorias. Muchas veces tenemos grandes oportunidades que se nos presentan en la


vida y que pueden ayudarnos a ser mejores personas o pueden abrirnos puertas
nuevas que nos conducen a un mundo mejor... pero tememos... no confiamos. La vida
es un desafío, ¿por qué no nos arriesgamos?, ¿por qué no creemos? El tren pasa
algunas veces por nuestra vida cargado de cosas... podemos arriesgarnos y subir... o
dejarlo pasar... ¿Y si no vuelve? ¿Y si esa oportunidad que hoy dejamos pasar no se
repite?

La carreta vacía
Caminaba con mi padre cuando él se detuvo en una curva y después de un
pequeño silencio me preguntó: "Además del cantar de los pájaros, ¿escuchas alguna
cosa más?". Agudicé mis oídos y algunos segundos después le respondí: "Estoy
escuchando el ruido de una carreta". "Eso es -dijo mi padre-. Es una carreta vacía".
Pregunté a mi padre: "¿Cómo sabes que es una carreta vacía, si aún no la vemos?".
Entonces mi padre respondió: "Es muy fácil saber cuándo una carreta está vacía, por
causa del ruido. Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace". Me
convertí en adulto y hasta hoy cuando veo a una persona hablando demasiado,
interrumpiendo la conversación de todos, siendo inoportuna o violenta, presumiendo
de lo que tiene, sintiéndose prepotente y haciendo de menos a la gente, tengo la
impresión de oír la voz de mi padre diciendo: "Cuanto más vacía la carreta, mayor es
el ruido que hace". La humildad hace poco ruidosas nuestras virtudes y permitir a los
demás descubrirlas. Y nadie está mas vacío que aquel que está lleno de sí mismo.

La confidencia del ángel


Una persona joven fue a visitar a un hombre santo para hablarle de sus afanes,
ilusiones, la razón de su existencia y posible vocación. Recibió sus consejos y
quedaron para verse más adelante. Cuando volvió por segunda vez, aquel hombre
santo había tenido un sueño. Soñó que moría y al llegar al cielo le dicen que pida lo
que quiera, que se lo conceden. Sorprendido, dice que tiene una gran curiosidad por
conocer al ángel que confortó a Jesús en la agonía del Huerto de Getsemaní. Cuando
se lo presentaron, le dice: "¿Qué dijiste a Jesús cuando sudaba sangre al ver todo lo
que iba a sufrir por nosotros los hombres? ¿Cómo le consolaste?". Se interrumpió el
hombre y preguntó al joven: "¿De verdad quieres saber lo que me dijo el ángel?".
"¡Pues claro!". Y el hombre prosiguió: "El ángel le habló a Jesús de ti y de mi, de tu
generosidad y de la mía".

La estatua de barro
La estatua del Buda de barro alcanzaba casi tres metros de altura. Durante
generaciones había sido considerada sagrada por los habitantes del lugar. Un día,
debido al crecimiento de la ciudad, decidieron transladarla a un sitio más apropiado.
Esta delicada tarea le fue encomendada a un reconocido monje, quien, después de
planificarlo detenidamente, comenzó su misión. Pero fue tan mala su fortuna que, al
mover la estatua, ésta se deslizó y cayó, agrietándose en varias partes. Compungidos,
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el monje y su equipo decidieron pasar la noche meditando sobre las alternativas.


Fueron unas horas largas, oscuras y lluviosas. De repente, al observar la escultura
resquebrajada, cayó en cuenta que la luz de su vela se reflejaba a través de las grietas
de la estatua. Pensó que eran las gotas de lluvia. Se acercó a la grieta y observó que
detrás del barro había algo, pero no estaba seguro qué. Lo consultó con sus colegas y
decidió tomar un riesgo que parecía una locura: pidió un martillo y comenzó a romper
el barro, descubriendo que debajo se escondía un Buda de oro sólido de casi tres
metros de altura. Durante siglos este hermoso tesoro había sido cubierto por el barro.
Los historiadores hallaron pruebas que demostraban que, en una época, el pueblo iba
a ser atacado por bandidos. Los pobladores, para proteger su tesoro, lo cubrieron con
barro para que pareciera común y ordinario. El pueblo fue atacado y saqueado, pero
el Buda fue ignorado por los bandidos. Después, los supervivientes pensaron que era
mejor seguir ocultándolo detrás del barro. Con el tiempo, la gente comenzó a pensar
que el Buda de Oro era una leyenda o un invento de los viejos. Hasta que, finalmente,
todos olvidaron el verdadero tesoro porque pensaron que algo tan hermoso no podía
ser cierto.

La estrella verde
Había millones de estrellas en el cielo, estrellas de todo los colores: blancas,
plateadas, verdes, rojas, azules, doradas. Un día, inquietas, ellas se acercaron a Dios y
le propusieron: "Señor, nos gustaría vivir en la Tierra, convivir con las personas."
"Así será hecho", respondió el Señor. Se cuenta que en aquella noche hubo una
fantástica lluvia de estrellas. Algunas se acurrucaron en las torres de las iglesias, otras
fueron a jugar y correr junto con las luciérnagas por los campos, otras se mezclaron
con los juguetes de los niños. La Tierra quedó, entonces, maravillosamente
iluminada. Pero con el correr del tiempo, las estrellas decidieron abandonar a los
hombres y volver al cielo, dejando a la tierra oscura y triste. "¿Por qué habéis
vuelto?", preguntó Dios, a medida que ellas iban llegando al cielo. "Señor, nos fue
imposible permanecer en la Tierra, allí hay mucha miseria, mucha violencia,
demasiadas injusticias". El Señor les contestó: "La Tierra es el lugar de lo transitorio,
de aquello que cae, de aquel que yerra, de aquel que muere. Nada es perfecto. El
Cielo es el lugar de lo inmutable, de lo eterno, de la perfección." Después de que
había llegado gran cantidad de estrellas, Dios las recontó y dijo: "Nos está faltando
una estrella... ¿dónde estará?". Un ángel que estaba cerca replicó: "Hay una estrella
que quiso quedarse entre los hombres. Descubrió que su lugar es exactamente donde
existe la imperfección, donde hay límites, donde las cosas no van bien, donde hay
dolor." "¿Qué estrella es esa?", volvió a preguntar. "Es la Esperanza, Señor, la estrella
verde. La única estrella de ese color." Y cuando miraron para la tierra, la estrella no
estaba sola: la Tierra estaba nuevamente iluminada porque había una estrella verde en
el corazón de cada persona. Porque el único sentimiento que el hombre tiene y Dios
no necesita retener es la Esperanza. Dios ya conoce el futuro y la Esperanza es propio
de la persona humana, propia de aquel que yerra, de aquel que no es perfecto, de
aquel que no sabe cómo puede conocer el porvenir.
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La fuerza de la Eucaristía
En 1901 se cerraron todos los conventos de Francia y se expulsaron a los
religiosos de todas partes.
El hospital de Reims fue la excepción.
También allí se presentó la comisión inspectora e invitó a abrir todos los cuartos
y salas. La superiora obedeció. Los miembros de la comisión se sintieron casi
mareados de aquel ambiente.
—Usted, ¿desde cuándo está aquí?
—Cuarenta años, dijo la religiosa.
—Y, ¿de dónde saca fuerzas?
—He comulgado todos los días. Si no estuviese entre nosotras el Santísimo
Sacramento no podríamos resistir.
Tomado de Julio Eugui, “Anécdotas y virtudes”, n. 225

La lección de la mariposa
Un día, una pequeña abertura apareció en un capullo. Un hombre se sentó junto
a él y observó durante varias horas como la mariposa se esforzaba para que su cuerpo
pasase a través de aquel pequeño agujero. Entonces, pareció que ella sola ya no
lograba ningún progreso. Parecía que había hecho todo lo que podía, pero no
conseguía agrandarlo. Entonces el hombre decidió ayudar a la mariposa: tomó unas
tijeras y cortó el resto del capullo.
La mariposa entonces, salió fácilmente. Pero su cuerpo estaba atrofiado, era
pequeño y tenía las alas aplastadas. El hombre continuó observándola porque él
esperaba que, en cualquier momento, las alas se abrirían, y se agitarían, y serían
capaces de soportar el cuerpo, que a su vez se iría fortaleciendo.
Pero nada de eso ocurrió. La realidad es que la mariposa pasó el resto de su vida
arrastrándose con un cuerpo deforme y unas alas atrofiadas. Nunca fue capaz de
volar. Lo que aquel hombre no comprendió -a pesar de su gentileza y su voluntad de
ayudar-, era que ese capullo apretado que observaba aquel día, y el esfuerzo necesario
para que la mariposa pasara a través de esa pequeña abertura, era el modo por el cual
la naturaleza hacía que la salida de fluidos desde el cuerpo de la mariposa llegara a
las alas, de manera que sería capaz de volar una vez que estuviera libre del capullo.
En su afán de ayudar, de evitar un esfuerzo, o un sufrimiento, la había dejado
lisiada para toda la vida. Algo parecido sucede a veces en la educación de las
personas. Algunas veces, el esfuerzo es justamente lo que más precisamos en algunos
momentos de nuestra vida. Si pasamos a través de nuestra vida sin obstáculos, eso
probablemente nos dejaría lisiados. No seríamos tan fuertes como podríamos haber
sido, y nunca podríamos volar.
Esto puede aplicarse también a la oración. Pedí fuerzas... y Dios me dio
dificultades para hacerme fuerte. Pedí sabiduría... y Dios me dio problemas para
resolver. Pedí prosperidad... y Dios me dio un cerebro y músculos para trabajar. Pedí
coraje... y Dios me dio obstáculos que superar. Pedí amor... y Dios me dio personas
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para ayudar. Pedí favores... y Dios me dio oportunidades. Quizá incluso no recibí
nada de lo que pedí... pero recibí todo lo que precisaba.

La mano cicatrizada
Willian Dixon era un infiel. No creía en la existencia de Dios. Y aún si Dios
existiera, no le perdonaría por haberle quitado a su esposa a los dos años de casados.
Su niñito también había muerto. Esto le hacía sentirse miserable y desamparado. Diez
años después de la muerte de la esposa de Dixon, sucedió un incidente conmovedor
en la aldea de Brackenthwaite. La casa de la anciana Peggy Winslow se incendió
completamente. Sacaron a la pobre anciana con vida, aunque sofocada por el humo.
Los presentes se horrorizaron al oír el grito lastimoso de una criatura. Era el pequeño
Dickey Winslow, huérfano y nieto de la anciana Peggy. Las llamas le despertaron y se
asomó a la ventana del último piso. La gente estaba muy afligida, porque sabían lo
que podía pasarle a la criatura, ya que no había remedio, pues la escalera se había
derrumbado. De repente, William Dixon corrió a la casa, subió por un tubo de hierro
y tomó al niño tembloroso en sus brazos. Bajó con el con el brazo derecho,
sosteniéndose con el izquierdo y puso pie a tierra entre los aplausos de los presentes
exactamente al caerse la pared. Dickey no se lastimó, pero la mano de Dixon se
sostuvo al descender por el tubo candente y sufrió una quemadura espantosa. Al final
sanó pero le dejó una cicatriz que le acompañaría hasta la sepultura. La pobre anciana
Peggy nunca se recobró del susto y murió poco después. El problema era qué hacer
con Dickey. James Lovatt, persona muy respetable, pidió que le dejaran adoptarle,
pues él y su esposa ansiaban un niño, ya que habían perdido el suyo. Para sorpresa de
todos, William Dixon hizo una súplica similar. Era difícil decidir entre los dos. Se
llamó una junta compuesta por el ministro, el molinero y otros más. El molinero, Sr.
Haywood, dijo: "Es halagador que tanto Lovatt como Dixon se ofrezcan adoptar al
huerfanito, pero estoy perplejo sobre quién deberá tenerlo. Dixon, que le salvó la
vida, tiene más derecho, pero Lovatt tiene esposa y se necesita que a la criatura lo
cuide una mujer". El ministro, Sr. Lipton, dijo: "Un hombre de las ideas ateas de
Dixon no puede ser el llamado para cuidar al niño; mientras que Lovatt y su esposa
son ambos creyentes y lo educarán como debe ser. Dixon salvó el cuerpo del niño,
pero sería muy triste para su futuro bienestar, que el mismo individuo que lo salvó del
incendio fuese el que lo guiara a la perdición eterna." "Oiremos lo que los interesados
tienen a su favor -dijo el Sr. Haywood-, y después lo pondremos en votación. El Sr.
Lovatt dijo: "Pues, caballeros, hace poco que mi esposa y yo perdimos un pequeño, y
sentimos que este niño llenaría el hueco que ha quedado vacío. Haremos lo mejor
para criarlo en los caminos de Dios. Además, un niño así necesita el cuidado de una
mujer." "Bien, Sr. Lovatt. Ahora el Sr. Dixon." "Tengo sólo un argumento, señor, y es
éste", contestó Dixon con calma mientras quitaba la venda de su mano izquierda y
alzaba el brazo herido y cicatrizado. Reinó un silencio por algunos momentos en la
sala, nublándose los ojos de algunos. Había algo en aquella mano cicatrizada que
apelaba al sentido de justicia. Tenía el derecho sobre el muchacho porque había
sufrido por él. Cuando vino la votación, la mayoría voto a favor de William Dixon.
Así comenzó una nueva era para Dixon Dickey. No echó de menos el cuidado de una
madre, porque William era padre y madre para el huerfanito, derramando sobre la
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criatura que había salvado toda la ternura encerrada sobre su naturaleza. Dickey era
un muchacho diestro y pronto respondió a la preparación de su benefactor. Le
adoraba con todo el fervor de su corazoncito. Recordaba cómo "papaíto" lo había
rescatado del incendio y cómo lo reclamaba por causa de la mano tan terriblemente
quemada por su amor. Se conmovía hasta las lágrimas y besaba la mano cicatrizada
por su causa. Cierto verano hubo una exhibición de cuadros en el pueblo y Dixon
llevó a Dickey a verlos. El muchacho estaba muy interesado en los cuadros e historias
que el papaíto le contaba acerca de ellos. La pintura que más le impresionó fue una en
la que el Señor reprueba a Tomás, al pie de la cual se leían estas palabras: "Mete tu
dedo aquí, y ve mis manos." (Juan 20,27). Dickey, ya en la casa, recordó las palabras
de ese cuadro y dijo: "Por favor, papá, cuéntame la historia de ese cuadro". "¡No, esa
historia no!". "¿Porqué esa no papá?". "Porque es una historia que no creo". "Oh,
pero no es nada, urgió Dickey; tú no crees la historia de Jack el matagigantes y sin
embargo es una de mis favoritas. Cuéntame la historia del cuadro por favor, papá".
Así pues, Dixon le relató la historia, y a él le gustó mucho: "Es como tú y yo, papá,
dijo el muchacho. Cuando los Lovatt querían adoptarme tú les enseñaste la mano.
Quizás cuando Tomás vio las cicatrices en las manos del Buen Hombre sintió que le
pertenecía." "Probablemente", contestó Dixon. "El Buen Hombre se veía tan triste,
que creo que se entristeció porque Tomás no creía. Que malo fue, ¿verdad?, después
de que el Buen hombre había muerto por él." Dixon no contestó nada y Dickey
continuó: "Hubiera sido yo muy malo si hubiera actuado así, cuando me contaron de
ti y del fuego y dijera que no creía que lo hubieras hecho; ¿verdad papá?". "Basta, no
quiero pensar más de esa historia, hijo". "Pero Tomás amó al Buen Hombre después
así como te amo yo a ti. Cuando veo tu pobre mano, te quiero más que nada en este
mundo." Ya cansado, Dickey se durmió. Pero el descanso de su padre no fue bueno,
pues no podía dormir pensando en el cuadro que había visto y en aquel semblante
triste que le miraba desde la pared. Soñó con Lovatt y consigo mismo cuando
discutían por el niño. Cuando enseñó la mano cicatrizada el muchacho le huía. Un
sentido amargo de injusticia suavizaba su corazón. No se dejó llevar por esta
influencia enseguida, mas su amor por Dickey había suavizado su corazón y la
semilla había caído en buena tierra. Dixon era honrado y no dejaba de ver que el
argumento que había usado para ganar a Dickey se levantaba en su contra al negar el
derecho de aquellas manos cicatrizadas y heridas por él. Y cuando consideró la
gratitud ardiente que manifestaba aquella criatura por la salvación que su padre
adoptivo le había deparado, Dixon se sintió pequeño al lado del muchacho. Con el
tiempo el corazón de Dixon se tornó como el de un niño. Al leer la Biblia, encontró
que así como Dickey le pertenecía, él también era de Aquel Salvador, Jesucristo, que
había sido herido por sus trasgresiones, y le dio su espíritu, alma y cuerpo por
aquellas manos horadadas por él.

La niñita del parque


La niñita estaba sentada en el parque. Todo el mundo pasaba junto a ella y nadie
se paraba a ver por que parecía tan triste. Vestida con un raído vestido rosa, con los
pies descalzos y sucia, la niña simplemente estaba sentada mirando a la gente pasar.
Nunca trataba de hablar, nunca decía una sola palabra. Mucha gente pasaba pero
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nadie se paraba.
Al día siguiente decidí volver al parque con la curiosidad de ver si la niña
seguiría allí. Sí, lo estaba, justo en el mismo sitio que el día anterior, y todavía con la
triste mirada en sus ojos. Me obligué a moverme y caminar hacia la pequeña. Como
todos sabemos, un parque lleno de gente extraña no es lugar para que una niña
pequeña juegue sola.
Mientras me acercaba pude ver que la espalda del vestido de la niña estaba
terriblemente deformado. Me imaginé que esa era la razón por la cual la gente tan
solo pasaba junto a ella sin hacer ningún esfuerzo por ayudarla. Las deformidades son
una profunda desgracia para nuestra sociedad, y el cielo te asista si das un paso para
ayudar a alguien que es diferente.
Conforme me acercaba aún más, la niñita bajó ligeramente sus ojos para rehuir
mi mirada directa. Mientras me aproximaba, pude ver la deformidad de su espalda
con más claridad. Tenía una grotesca joroba. Le sonreí para hacerle saber que todo
estaba bien, que estaba allí para ayudar, para hablar. Me senté a su lado e inicié la
conversación con un simple Hola.
La pequeña pareció sorprendida, y balbuceó un "hola", después de mirarme
largamente a los ojos. Sonreí y ella sonrió a su vez tímidamente. Hablamos hasta que
cayó la oscuridad y el parque se quedó completamente vacío. Le pregunté por qué
estaba tan triste. La niñita me miró y con cara triste repuso: "Porque soy diferente".
Inmediatamente dije: "¡Así es como eres!", y sonreí. La niñita se entristeció aún
más y dijo: "Lo sé".
"Pequeña" dije, "me recuerdas a un ángel, dulce e inocente". Me miró y sonrió.
Se puso lentamente de pie y dijo: "¿De veras?" "Sí, pareces un pequeño Ángel de la
Guarda enviado para velar por toda esta gente que pasa por aquí".
Movió la cabeza en un gesto de asentimiento y sonrió, mientras extendía sus alas
y decía: "Lo soy. Soy tu Ángel de la Guarda", guiñando un ojo. Me quedé sin habla,
convencido de que estaba imaginando cosas. Dijo: "Por una sola vez has pensado en
alguien más que en ti mismo. Mi trabajo está hecho".
Me puse en pie y dije: "Espera. ¿Entonces por qué nadie se paró a ayudar a un
ángel?". Me miró y sonrió: "Tú eres el único que podía verme", y entonces
desapareció. Y con ello mi vida cambió totalmente.
Por eso, cuando pienses que no tienes a nadie mas que a ti mismo, recuerda, tu
ángel siempre está velando por ti.

La ostra marina
Era una ostra marina que, como todas las de su especie, habia buscado la roca
del fondo para agarrarse firmemente a ella. Una vez que lo consiguio, creyo haber
dado en el destino claro que le permitiria vivir sin contratiempos su ser de ostra. Un
dia, durante una tormenta en la profundidad del mar, de esas que casi no provocan
oleaje en la superficie, pero que remueven el fondo de los océanos, un pequeño grano
de arena entró dentro de ella. Aunque cerró rápidamente sus valvas -así lo hacia
siempre que algo entraba en ella, pues es la manera de alimentarse que tienen las
ostras-, ya había entrado, y la ostra no pudo hacer lo de siempre. Bien pronto constató
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que aquello era sumamente doloroso. El grano de arena le hería por dentro. En vez de
digerirlo, más bien la lastimaba a ella. Quiso entonces expulsar ese cuerpo extraño,
pero no pudo. Ahí comenzó su drama. Lo que Dios le había mandado pertenecía a
aquellas realidades que no se dejan integrar, y que tampoco se pueden suprimir. El
granito de arena era indigerible e inexpulsable. Y cuando trató de olvidarlo, tampoco
pudo. Porque las realidades dolorosas que Dios envía son imposibles de olvidar o de
ignorar. Frente a esta situación, no le quedaba más remedio que luchar contra su
dolor, rodeándolo con él, y entonces vio que tenía una hermosa cualidad desconocida
para ella. Era capaz de producir sustancias sólidas, que normalmente las ostras
dedican a su tarea de fabricarse un caparazon defensivo, rugoso por fuera y terso por
dentro, pero que también pueden dedicar a la construccion de una perla. Y eso fue lo
que sucedió. Poco a poco, con lo mejor de sí misma, fue rodeando el granito de arena
del dolor que Dios le había mandado, y a su alrededor comenzó a formar una hermosa
perla. Normalmente las ostras no tienen perlas, sino que son producidas solo por
aquellas que se deciden a rodear, con lo mejor de sí mismas el dolor de un cuerpo
extraño que las ha herido. Muchos años después de su muerte, unos buzos bajaron
hasta el fondo del mar. Cuando la sacaron a la superficie se encontró en ella una
hermosa perla. Cada uno debe preguntarse qué ha hecho con ese granito de arena que
Dios ha puesto en su vida y que tenemos la oportunidad de convertirlo en una perla.

La puerta del corazón


Un hombre había pintado un bonito cuadro. El día de la presentación al público,
asistieron las autoridades locales, fotógrafos, periodistas, y mucha gente, pues se
trataba de un famoso pintor, reconocido artista. Llegado el momento, se tiró el paño
que revelaba el cuadro. Hubo un caluroso aplauso. Era una impresionante figura de
Jesús tocando suavemente la puerta de una casa. Jesús parecía vivo. Con el oído junto
a la puerta, parecía querer oír si dentro de la casa alguien le respondía. Hubo
discursos y elogios. Todos admiraban aquella preciosa obra de arte. Un observador
muy curioso, encontró un fallo en el cuadro. La puerta no tenía cerradura. Y fue a
preguntar al artista: "Su puerta no tiene cerradura. ¿Cómo se hace para abrirla?". El
pintor respondió: "No tiene cerradura porque esa es la puerta del corazón del hombre.
Sólo se abre por el lado de adentro".

La roca
Un hombre dormía en su cabaña cuando de repente una luz iluminó la
habitación y apareció Dios. El Señor le dijo que tenía un trabajo para él y le enseñó
una gran roca frente a la cabaña. Le explicó que debía empujar la piedra con todas sus
fuerzas. El hombre hizo lo que el Señor le pidió, día tras día. Por muchos años, desde
que salía el sol hasta el ocaso, el hombre empujaba la fría piedra con todas sus
fuerzas...y esta no se movía. Todas las noches el hombre regresaba a su cabaña muy
cansado y sintiendo que todos sus esfuerzos eran en vano. Como el hombre empezó a
sentirse frustrado, Satanás decidió entrar en el juego trayendo pensamientos a su
mente: "Has estado empujando esa roca por mucho tiempo, y no se ha movido". Le
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dio al hombre la impresión que la tarea que le había sido encomendada era imposible
de realizar y que él era un fracaso. Estos pensamientos incrementaron su sentimiento
de frustración y desilusión. Satanás le dijo: "¿Por qué esforzarte todo el día en esta
tarea imposible? Sólo haz un mínimo esfuerzo y será suficiente". El hombre pensó en
poner en práctica esto pero antes decidió elevar una oración al Señor y confesarle sus
sentimientos: "Señor, he trabajado duro por mucho tiempo a tu servicio. He empleado
toda mi fuerza para conseguir lo que me pediste, pero aún así, no he podido mover la
roca ni un milímetro. ¿Qué pasa? ¿Por qué he fracasado? ". El Señor le respondió con
compasión:"Querido amigo, cuando te pedí que me sirvieras y tu aceptaste, te dije
que tu tarea era empujar contra la roca con todas tus fuerzas, y lo has hecho. Nunca
dije que esperaba que la movieras. Tu tarea era empujar. Ahora vienes a mi sin
fuerzas a decirme que has fracasado, pero ¿en realidad fracasaste? Mírate ahora, tus
brazos están fuertes y musculosos, tu espalda fuerte y bronceada, tus manos callosas
por la constante presión, tus piernas se han vuelto duras. A pesar de la adversidad has
crecido mucho y tus habilidades ahora son mayores que las que tuviste alguna vez.
Cierto, no has movido la roca, pero tu misión era ser obediente y empujar para
ejercitar tu fe en mi. Eso lo has conseguido. Ahora, querido amigo, yo moveré la
roca". Algunas veces, cuando escuchamos la palabra del Señor, tratamos inútilmente
de descifrar su voluntad, cuando Dios solo nos pedía obediencia y fe en Él. Debemos
ejercitar nuestra fe, que mueve montañas, pero conscientes que es Dios quien al final
logra moverlas. Cuando todo parezca ir mal... EMPUJA. Cuando estés agotado por el
trabajo... EMPUJA. Cuando la gente no se comporte de la manera que te parece que
debería... EMPUJA. Cuando no tienes más dinero para pagar tus cuentas... EMPUJA.
Cuando la gente no te comprende... EMPUJA. Cuando te sientas agotado y sin
fuerzas... EMPUJA. En los momentos difíciles pide ayuda al Señor y eleva una
oración a Jesús para que ilumine tu mente y guíe tus pasos.

La telaraña
Una vez un hombre era perseguido por varios malhechores que querían matarlo.
El hombre entró en una cueva. Los malhechores empezaron a buscarlo por las cuevas
anteriores de la que él se encontraba. Estaba desesperado y elevó una plegaria a Dios,
de la siguiente manera: "Dios todopoderoso, haz que dos ángeles bajen y tapen la
entrada, para que no entren a matarme". En ese momento escuchó a los hombres
acercándose a la cueva en la que el se encontraba, y vio que apareció una arañita. La
arañita empezó a tejer una telaraña en la entrada. El hombre volvió a elevar otra
plegaria, esta vez mas angustiado: "Señor te pedí ángeles, no una araña." Y continuó:
"Señor, por favor, con tu mano poderosa coloca un muro fuerte en la entrada para que
los hombres no puedan entrar a matarme". Abrió los ojos esperando ver el muro
tapando la entrada, y observó a la arañita que seguía tejiendo una telaraña. Estaban ya
los malhechores entrando en la cueva anterior de la que se encontraba el hombre y
este quedó esperando su muerte. Cuando los malhechores estuvieron frente a la cueva
que se encontraba el hombre, ya la arañita había tapado toda la entrada con su
telaraña, y se escuchó esta conversación: "Vamos, entremos a esta cueva." "No, ¿no
ves que hasta hay telarañas, que nadie ha entrado recientemente en esta cueva?
Sigamos buscando en las demás." Muchas veces pedimos cosas que desde nuestra
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perspectiva humana son lo que urgentemente necesitamos, pero Dios nos da otras con
las que nos muestra mejores soluciones.

La vanidad de un pobre gallo


Un gallo estaba convencido de que gracias a la potencia y belleza de su canto se
despertaba el sol cada mañana.
Un día, agotado, se quedó dormido y comprobó con horror que el sol salía como
todos los días.

Mantener el buen humor


Tomás Moro, al llegar al pie del cadalso, no perdió su habitual serenidad y
sentido del humor. Le dijo al alcalde: “Ayúdeme a subir, que ya me las arreglaré para
bajar solo.” Y al verdugo: “Anímate, hombre, y no temas en cumplir tu oficio. Corto
es mi cuello: procura no darme un tajo torcido. Aparta mi barba, sentiría que la
cortases. Ella no es culpable de alta traición”.
Erasmo decía sobre Tomás Moro: “El hombre que se adapta tanto a la seriedad
como a la broma y cuya compañía resulta siempre agradable, ése es el hombre que los
antiguos llamaban: “omnium horarum homo”, un hombre para todas las horas”.

No tengo un minuto
Dios me dijo un día: "Dame un poco de tu tiempo". Y yo le respondí: "Pero
Señor, si el tiempo que tengo no me basta ni para mí". Dios me repitió, más alto:
"Dame un poco de tu tiempo". Y yo le respondí: "Pero Señor, si no es por mala
voluntad: es de verdad, no me sobra ni un minuto". Dios volvió a hablarme: "Dame
un poco de tu tiempo". Y yo le respondí: "Señor, ya sé que debo reservar un poco de
tiempo para lo que me pides, pero sucede que ha veces no me sobra nada para poder
dar. ¡Es muy difícil vivir, y a mí me lleva todo el tiempo! ¡No puedo dar más de lo
que te estoy dando!". Entonces Dios ya no me dijo nada más. Y desde entonces
descubrí que cuando Dios pide algo, pide nuestra misma vida. Y si uno da sólo un
poco, Dios se calla. El paso siguiente ha de ser cosa nuestra, porque a Dios no le
gusta el monólogo. Qué tremendo debe ser el que Dios se calle.

Para alcanzar la felicidad


Cierto mercader envió a su hijo para aprender el secreto de la felicidad con el
mas sabio de todos los hombres. El joven anduvo durante cuarenta días por el
desierto hasta llegar a un hermoso castillo, en lo alto de una montaña. Ahí vivía el
sabio que buscaba. Entró en una sala y vio una actividad inmensa, mercaderes que
entraban y salían, personas conversando en los rincones, una pequeña orquesta que
tocaba melodías suaves y una mesa repleta de los mas deliciosos manjares. El sabio
conversaba con todos, y el joven tuvo que esperar dos horas hasta que le llegara el
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turno de ser atendido. El sabio escuchó atentamente el motivo de su visita, pero le


dijo que en aquel momento no tenía tiempo de explicarle el secreto de la felicidad. Le
pidió que diese un paseo por el palacio y regresara dos horas más tarde. "Pero quiero
pedirte un favor –le dijo el sabio, entregándole una cucharita de té, en la que dejo caer
dos gotas de aceite–, mientras estés caminando, llévate esta cucharita cuidando de
que el aceite no se derrame". El joven empezó a subir y bajar las escalinatas del
palacio, manteniendo siempre los ojos fijos en la cuchara. Pasadas dos horas retorno a
la presencia del sabio, que le preguntó: "¿Qué tal? ¿Viste los tapetes de Persia que
hay en mi comedor? ¿Viste el jardín que el maestro de los jardineros tardó diez años
en crear? ¿Reparaste en los bellos pergaminos de mi biblioteca?". El joven,
avergonzado, confesó que no había visto nada. Su única preocupación había sido no
derramar las gotas de aceite que el sabio le había confiado. "Pues entonces vuelve y
conoce las maravillas de mi mundo. No puedes confiar en un hombre si no conoces
su casa". Ya más tranquilo, el joven cogió nuevamente la cuchara y volvió a pasear
por el palacio, esta vez mirando con atención todas las obras de arte que adornaban el
techo y las paredes. Vio los jardines, las montañas a su alrededor, la delicadeza de las
flores, el esmero con que cada obra de arte estaba colocada en su lugar. De regreso a
la presencia del sabio le relató todo lo que había visto. "¿Pero dónde están las dos
gotas de aceite que te confié?", preguntó el sabio. El joven miró la cuchara y se dio
cuenta que las había derramado. "Pues es el único consejo que tengo para darte. El
secreto de la felicidad está en mirar todas las maravillas del mundo pero sin olvidarse
de las dos gotas de aceite en la cuchara".

Parece que no está


En un colegio estaban preparando las Primeras Comuniones. Había un niño que
sufría un pequeño retraso mental, y, aunque él y su familia estaban empeñados en que
el niño hiciera la Primera Comunión, el capellán del colegio no las tenía todas
consigo. Un día llamó al niño y lo llevó al oratorio. Sacó del bolsillo un crucifijo y
preguntó al niño: "Éste, ¿quién es?". "Jesús", contestó el niño. Entonces señaló el
Sagrario y volvió a preguntar: "Y, entonces, ése de ahí, ¿quién es?". "También Jesús",
contestó el niño sin dudar. "¿Jesús, ahí y aquí...? Pues explícame cómo puede ser que
Jesús esté a la vez aquí y ahí". "Es muy fácil –explicó el niño-: Aquí (en el crucifijo),
parece que está, pero en realidad no está. Ahí (en el Sagrario), parece que no está,
pero sí que está". Ni que decir tiene que aquel chaval hizo la Primera Comunión con
sus compañeros de curso.

Perdonar y agradecer
Dice una leyenda árabe que dos amigos viajaban por el desierto y en un
determinado punto del viaje discutieron, y uno le dio una bofetada al otro. El otro,
ofendido, sin nada que decir, escribió en la arena: "Hoy, mi mejor amigo me pegó una
bofetada en el rostro". Siguieron adelante y llegaron a un oasis donde resolvieron
bañarse. El que había sido abofeteado comenzó a ahogarse, y le salvó su amigo. Al
recuperarse tomó un estilete y escribió en una piedra: "Hoy, mi mejor amigo me salvó
la vida". Intrigado, el amigo preguntó: "¿Por qué después que te pegué escribiste en la
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arena y ahora en cambio escribes en una piedra?". Sonriendo, el otro amigo


respondió: "Cuando un amigo nos ofende, debemos escribir en la arena, donde el
viento del olvido y el perdón se encargarán de borrarlo y apagarlo. Pero cuando nos
ayuda, debemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón, donde ningún
viento podrá borrarlo".

Por qué permites esas cosas


Por la calle vi a una niña hambrienta, sucia y tiritando de frío dentro de sus
harapos. Me encolericé y le dije a Dios: "¿Por qué permites estas cosas? ¿Por
qué no haces nada para ayudar a esa pobre
niña?". Durante un rato, Dios guardó silencio. Pero aquella noche, cuando
menos lo esperaba, Dios respondió mis preguntas airadas: "Ciertamente que he hecho
algo. Te he hecho a ti."

Puntos fuertes y débiles


Cuentan que una vez en una pequeña carpintería hubo una extraña asamblea, fue
una reunión de herramientas para arreglar sus diferencias. El martillo ejerció la
presidencia, pero la asamblea le notificó que tenía que renunciar. ¿La causa? Hacía
demasiado ruido y además se pasaba todo el tiempo golpeando a los demás. El
martillo aceptó su culpa pero pidió que también fuera expulsado el tornillo, pues
había que darle muchas vueltas para que sirviera de algo. Ante el ataque, el tornillo
aceptó también, pero a su vez pidió la expulsión de la lija, pues era muy áspera en su
trato y siempre tenía fricciones con los demás. La lija estuvo de acuerdo, a condición
de que fuera expulsado también el metro, que siempre estaba midiendo a los demás
según su medida como si fuera el único perfecto. En eso entró el carpintero, se puso
el delantal e inició su trabajo, utilizó el martillo, el tornillo, la lija y el metro, y
finalmente la tosca madera inicial se convirtió en un hermoso juego de ajedrez.
Cuando la carpintería quedó nuevamente sola, se reanudó la deliberación, fue
entonces cuando tomo la palabra el serrucho y dijo: Señores ha quedado demostrado
que tenemos defectos, pero el carpintero trabaja con nuestras cualidades, y eso es lo
que nos hace valiosos. Así que no pensemos mas en nuestros puntos malos y
concentrémonos en nuestros puntos buenos. La asamblea encontró entonces que el
martillo era fuerte, el tornillo unía y daba fuerza, la lija servía para afinar y lijar
asperezas, y el metro era preciso y exacto. Se sintieron entonces un equipo capaz de
producir y hacer cosas de calidad se sintieron orgullosos de sus capacidades y de
trabajar juntos.
Algo parecido sucede con los seres humanos. Cuando en un grupo (ya sea
empresa, hogar, amigos, colegio, familia, etc.), las personas buscan a menudo
defectos en los demás, la situación se vuelve tensa y negativa. En cambio, al tratar
con sinceridad de percibir los puntos fuertes de los demás, florecen los mejores
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logros. Es muy fácil encontrar defectos, cualquier tonto puede hacerlo, pero encontrar
cualidades, eso es lo que vale.

¡Qué suerte tener una hija santa!


—No te dejaremos en paz hasta que no hagas lo que te mandamos.
Con esas palabras, el padre y la madre de Catalina trataban de obligarle a casarse
con un buen partido de la ciudad y evitar que entregase su vida a Dios.
A Catalina se le rompía el corazón, pero sabía que debía obedecer a Dios por
mucho que sus padres insistieran.
Su madre pensaba que Catalina manchaba la honra de la familia, pues eran
conocidas sus penitencias y su dedicación a los leprosos.
Cuando murió Catalina, a la edad de 30 años, la ciudad entera salió a la calle
para aclamarla. La gente, al ver el dolor de la madre comentaba:
—¡Qué suerte tener una hija santa!
Pero ella pedía perdón a Dios por no haber sabido entender y ayudar a su hija.
Le faltó visión sobrenatural y amor a la libertad.

Quo vadis, Domine!


Cuenta una antigua tradición que, durante la persecución de Nerón, Pedro, a
instancias de la comunidad cristiana, marchó de Roma en busca de un lugar seguro.
En el camino se le apareció Jesús. Pedro, al verlo, le preguntó:
—Quo vadis, Domine?
—Voy a Roma, a ser crucificado de nuevo por ti.
Inmediatamente, Pedro dio la vuelta y volvió a la Urbe, en donde moriría mártir.

¿Rezar cambia las cosas?


¿Dicen que rezar cambia las cosas, pero es REALMENTE cierto que cambia
algo?
¿Rezar cambia tu situación presente o tus circunstancias? No, no siempre, pero
cambia el modo en el que ves esos acontecimientos.
¿Rezar cambia tu futuro económico ? No, no siempre, pero cambia el modo en
que buscar atender tus necesidades diarias.
¿Rezar cambia corazones o el cuerpo dolorido? No, no siempre, pero cambia tu
energía interior.
¿Rezar cambia tu querer y tus deseos? No, no siempre, pero cambiará tu querer
por el querer de Dios.
¿Rezar cambia cómo el mundo? No, no siempre, pero cambiará los ojos con los
que ves el mundo.
¿Rezar cambia tus culpas del pasado? No, no siempre, pero cambiará tu
esperanza en el futuro.
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¿Rezar cambia a la gente a tu alrededor? No, no siempre, pero te cambiará a ti,


pues el problema no está siempre en otros.
¿Rezar cambia tu vida de un modo que no puedes explicar? Ah, sí, siempre. Y
esto te cambiará totalmente.
Entonces, ¿rezar REALMENTE cambia ALGO? Sí, REALMENTE cambia
TODO.
Teressa Vowell

Saber mirar a nuestro alrededor


El drama de un desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a
medida que caía iban viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las
pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad,
cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en le
instante de reventarse contra el pavimento había cambiado por completo su
concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que
abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena ser vivida.
Relato de Gabriel García Márquez

Sé feliz
Cuenta la leyenda que un hombre oyó decir que la felicidad era un tesoro. A
partir de aquel instante comenzó a buscarla. Primero se aventuró por el placer y por
todo lo sensual, luego por el poder y la riqueza, después por la fama y la gloria, y así
fue recorriendo el mundo del orgullo, del saber, de los viajes, del trabajo, del ocio y
de todo cuanto estaba al alcance de su mano. En un recodo del camino vio un letrero
que decía: "Le quedan dos meses de vida". Aquel hombre, cansado y desgastado por
los sinsabores de la vida se dijo: "Estos dos meses los dedicaré a compartir todo lo
que tengo de experiencia, de saber y de vida con las personas que me rodean." Y
aquel buscador infatigable de la felicidad, al final de sus días encontró que en su
interior, en lo que podía compartir, en el tiempo que le dedicaba a los demás, en la
renuncia que hacía de sí mismo por servir, estaba el tesoro que tanto había deseado.
Comprendió que para ser feliz se necesita amar, aceptar la vida como viene, disfrutar
de lo pequeño y de lo grande, conocerse a sí mismo y aceptarse como se es, sentirse
querido y valorado, querer y valorar a los demás, tener razones para vivir y esperar y
también razones para morir y descansar. Entendió que la felicidad brota en el
corazón, que está unida y ligada a la forma de ver a la gente y de relacionarse con
ella; que siempre está de salida y que para tenerla hay que gozar de paz interior. Y
recordó aquella sentencia que dice: "Cuánto gozamos con lo poco que tenemos, y
cuánto sufrimos por lo mucho que anhelamos equivocadamente."

Sembrar para cosechar


Una mujer soñó que estaba en una tienda recién inaugurada y para su sorpresa,
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descubrió que Dios se encontraba tras el mostrador. - ¿Qué vendes aquí?, le preguntó.
-Todo lo que tu corazón desee, respondió Dios. Sin atreverse a creer lo que estaba
oyendo, se decidió a pedir lo mejor que un ser humano podría desear. -Deseo paz,
amor, felicidad, sabiduría... Tras un instante de vacilación, añadió: -No sólo para mí,
sino para todo el mundo... Dios se sonrió y le dijo: -Creo que no me has
comprendido. -Aquí no vendemos frutos, únicamente vendemos semillas. -Para
sembrar una planta hay necesidad de romper primero la capa endurecida de tierra y
abrir los surcos; luego, desmenuzar y aflojar los trozos que aún permanecen
apelmazados, para que la semilla pueda penetrar, regando abundantemente para
conservar el suelo húmedo y entonces... -Esperar con paciencia hasta que germinen y
crezcan! En la misma forma en que procedemos con la naturaleza hay que trabajar
con el corazón humano, "roturando" la costra de la indiferencia que la rutina ha
formado, removiendo los trozos de un egoísmo mal entendido, desmenuzándolos en
pequeños trozos de gestos amables, palabras cálidas y generosas, hasta que con
soltura, permitan acoger las semillas que diariamente podemos solicitar "gratis" en el
almacén de Dios, porque EL mantiene su supermercado en promoción. Son semillas
que hay que cuidar con dedicación y esmero y regarlas con sudor, lágrimas y a veces
hasta con sangre, como regó Dios nuestra redención y como tantos han dado su vida y
su sangre por otros, en un trabajo de fe y esperanza, de perseverante esfuerzo,
mientras los frágiles retoños, se van transformando en plantas firmes capaces de dar
los frutos anhelados...

Ser un héroe o morir


Rubén González Gallego nació sin extremidades y fue abandonado por sus
padres. Le tocó vivir en un orfanato soviético. Casi nada. Cuando te compadezcas de
tu suerte piensa en que otros muchos, como él, no han tenido la suerte que tú has
tenido.
Soy apenas un pequeñín. Noche. Invierno. Necesito ir al baño. Es inútil llamar a
la cuidadora.
La única solución es arrastrarme hasta los lavabos. Lo primero es salir de la
cama. Es posible; a mi solito se me ha ocurrido el modo de hacerlo. Me arrastro hasta
el borde de la cama, me doy la vuelta hasta quedar apoyado sobre la espalda; me dejo
caer. El golpe contra el suelo. El dolor.
Me arrastro hasta la puerta del pasillo, la empujo con la cabeza y salgo de la
habitación, relativamente tibia, al frío, a la oscuridad.
Por la noche, dejan abiertas las ventanas del pasillo. Hace frío, mucho frío.
Estoy desnudo.
El trayecto es largo. Cuando paso por delante de la habitación donde duermen
las niñeras, en voz alta pido ayuda y con la cabeza doy golpes contra la puerta. Nadie
responde. Grito. Silencio. Acaso mis gritos no tienen fuerza suficiente para
despertarlas.
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Cuando llego al baño estoy totalmente helado.


En el baño las ventanas están abiertas. En el borde de la ventana hay nieve.
Llego hasta el orinal. Descanso. Necesito descansar antes de emprender el
camino de vuelta. Mientras lo hago, la orina empieza a helarse por los bordes.
Me arrastro de vuelta. Llego a mi habitación. Con los dientes, tiro sobre mí la
manta de la cama, me envuelvo en ella como puedo y trato de dormir.
Soy un héroe. Ser un héroe es fácil: si no tienes brazos ni piernas, eres un héroe
o estás muerto. Si no tienes padres, confía en tus brazos y en tus piernas. Y hazte un
héroe. Pero si no tienes extremidades y además te ha caído en suerte nacer huérfano,
¡no hay duda!: estás condenado a ser un héroe hasta el final de tus días. O a palmaría.
Yo soy un héroe. Simplemente no me queda otro remedio.
Tomado de “Nueva Revista”, marzo-abril 2002.

Todos los días


Un sacerdote estaba en su parroquia Iglesia al mediodía, y al pasar por junto al
altar decidió quedarse cerca para ver quién había venido a rezar. En ese momento se
abrió la puerta, y el sacerdote frunció el entrecejo al ver a un hombre acercándose por
el pasillo. El hombre estaba sin afeitarse desde hace varios días, vestía una camisa
rasgada, tenía el abrigo gastado cuyos bordes se habían comenzado a deshilachar. El
hombre se arrodilló, inclinó la cabeza, estuvo así un momento y luego se levantó y se
fue. Durante los siguientes días el mismo hombre, siempre al mediodía, entraba en la
Iglesia cargando con una maleta, se arrodillaba brevemente y luego volvía a salir. El
sacerdote, un poco temeroso, empezó a sospechar que se tratase de un ladrón, por lo
que un día se puso en la puerta de la iglesia y cuando el hombre se disponía a salir le
pregunto: "¿Que haces aquí?". El hombre dijo que trabajaba cerca y tenía media hora
libre para el almuerzo y aprovechaba ese momento para rezar. "Sólo me quedo unos
instantes, sabe, porque la fábrica queda un poco lejos, así que solo me arrodillo y
digo: Señor, sólo vengo para contarte lo feliz que me haces cuando me perdonas mis
pecados; no sé muy bien rezar, pero pienso en Tí todos los días, así que, Jesús, éste es
Jim a tu lado". El sacerdote se conmovió y dijo a Jim que le alegraba mucho eso y
que era bienvenido en la iglesia siempre que quisiera. El sacerdote se arrodilló ante el
altar, emocionado, y sintió que las lágrimas corrían por sus mejillas, y en su corazón
repetía la plegaria de Jim: Señor, sólo vengo para contarte lo feliz que me haces
cuando me perdonas mis pecados; no sé muy bien rezar, pero pienso en Tí todos los
días, así que, Jesús, éste soy yo a tu lado. Un tiempo después, el sacerdote notó que el
viejo Jim no había venido. Los días siguieron pasando sin que Jim volviese para
rezar, por lo que comenzó a preocuparse, hasta que un día fue a la fábrica a preguntar
por él. Allí le dijeron que el estaba enfermo, que pese a que los médicos estaban muy
preocupados por su estado de salud, todavía creían que podía sobrevivir. La semana
que Jim estuvo en el hospital sonreía todo el tiempo y su alegría era contagiosa. La
enfermera no podía entender por qué Jim estaba tan feliz, ya que nunca había recibido
visitas, ni flores, ni tarjetas. El sacerdote se acercó al lecho, y Jim le dijo: "La
enfermera piensa que nadie viene a visitarme, pero no sabe que todos los días, desde
que llegue aquí, a mediodía, un querido amigo mío viene, se sienta aquí en la cama,
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me agarra de las manos, se inclina sobre mí y me dice: Sólo vine para decirte, Jim, lo
feliz que soy con tu amistad y perdonando tus pecados. Siempre me gustó oír tus
plegarias, y pienso en ti cada día... Así que, Jim, éste es Jesús a tu lado".

Torpes y agonizantes
La ballena azul está desapareciendo por culpa del ser humano, pero el hecho de
verse sometida a su brutal depredación no impide que las formas naturales de
exterminio se sigan produciendo. Las orcas, unos cetáceos carnívoros, que cazan
como los lobos, en manada, atacan también a las ballenas y lo hacen con una crueldad
que convierte a cualquier arpón en un arma de la misericordia. Las orcas localizan
una ballena solitaria, la rodean y acompasan su nadar al suyo, incluso salen a tomar
aire a la vez que su majestuosa víctima. Navegan a ambos lados y van arrancando de
ella a dentelladas enormes trozos de carne. La ballena no puede hacer otra cosa sino
seguir nadando, incapaz de huir de la jauría asesina. El mar se va tiñendo de rojo,
mientras la manada de orcas sigue mordiendo con furor, en un terrible festín sobre un
ser vivo que aún respira. Las manadas de orcas –veinte, treinta– jamás podrán
devorar por completo a su presa: pueden saciarse cuando ya han arrancado de ésta
cuatro o cinco toneladas de carne. Y la enorme ballena azul sigue nadando, torpe y
agonizante. Muchas veces en nuestra vida, por nuestra culpa, por dejarnos cercar por
el peligro, acabamos como esas ballenas, pesadas y torpes, a merced de los mordiscos
de las tentaciones.

Tres árboles
Había una vez, sobre un colina en un bosque, tres árboles. Con el murmullo de
sus hojas, movidas por el viento, se contaban sus ilusiones y sus sueños. El primer
árbol dijo: "Algún día yo espero ser un cofre, guardián de tesoros. Se me llenará de
oro, plata y piedras preciosas. Estaré adornado con tallas complicadas y maravillosas,
y todos apreciarán mi belleza". El segundo árbol contestó: "Llegará un día en que yo
seré un navío poderoso. Llevaré a reyes y reinas a través de las aguas y navegaré
hasta los confines del mundo. Todos se sentirán seguros a bordo, confiados en la
resistencia de mi casco". Finalmente, el tercer árbol dijo: "Yo quiero crecer hasta ser
el árbol más alto y derecho del bosque. La gente me verá sobre la colina, admirando
la altura de mis ramas, y pensarán en el cielo y en Dios, y en lo cerca que estoy de El.
Seré el árbol más ilustre del mundo, y la gente siempre se acordará de mí".
Después de años de rezar para que sus sueños se realizasen, un grupo de
leñadores se acercó a los árboles. Cuando uno se fijó en el primer árbol, dijo: "Este
parece un árbol de buena madera. Estoy seguro de que puedo venderlo a un
carpintero". Y empezó a cortarlo. El árbol quedó contento, porque estaba seguro de
que el carpintero haría con él un cofre para un tesoro. Ante el segundo árbol, otro
leñador dijo: "Este es un árbol resistente y fuerte. Seguro que puedo venderlo a los
astilleros". El segundo árbol lo oyó satisfecho, porque estaba seguro de que así
empezaba su camino para convertirse en un navío poderoso. Cuando los leñadores se
acercaron al tercer árbol, él se asustó, porque sabía que, si lo cortaban, todos sus
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sueños se quedarían en nada. Un leñador dijo: "No necesito nada especial de mi


árbol. Me llevará éste". Y lo cortó. Cuando el primer árbol fue llevado al carpintero,
lo que hizo con él fue un comedero de animales. Lo pusieron en un establo, y lo
llenaron de heno. No era esto lo que él había soñado, y por lo que tanto había rezado.
Con el segundo árbol se construyó una pequeña barca de pescadores. Todas sus
ilusiones de ser un gran navío, portador de reyes, se acabaron. Al tercer árbol
simplemente lo cortaron en tablones, y lo dejaron contra una pared. Pasaron los años,
y los árboles se olvidaron de sus sueños. Pero un día un hombre y una mujer llegaron
al establo. Ella dio a luz, y colocaron al niño sobre el heno del pesebre que había sido
hecho con la madera del primer árbol. El hombre querría haber hecho una pequeña
cuna para el niño, pero tenía que contentarse con este pesebre. El árbol sintió que era
parte de algo maravilloso, y que se le había concedido tener el mayor tesoro de todos
los tiempos. Años más tarde, varios hombres se subieron a la barca hecha con la
madera del segundo árbol. Uno de ellos estaba cansado, y se durmió. Mientras
cruzaban un lago, se levantó una tormenta fortísima y el árbol pensaba que no iba a
resistir lo suficiente para salvar a aquellos hombres. Los otros despertaron al que
estaba dormido. El se levantó, y dijo: "¡Cállate!", y la tormenta se apaciguó. Entonces
el árbol se dio cuenta de que en la barca iba el Rey de reyes. Finalmente, tiempo
después, se acercó alguien a coger los tablones del tercer árbol. Unió dos en forma de
cruz, y se los pusieron encima a un hombre ensangrentado, que los llevó por las calles
mientras la gente lo insultaba. Cuando llegaron a una colina, el hombre fue clavado
en el madero, y levantado en el aire para que muriese en lo alto, a la vista de todos.
Pero cuando llegó el siguiente Domingo, el árbol comprendió que había sido lo
suficiente fuerte para estar sobre la cumbre y acercarse tanto a Dios como era posible,
porque Jesús había sido crucificado en él. Ningún árbol ha sido nunca tan conocido y
apreciado como el árbol de la Cruz.
La parábola nos enseña que aun cuando parece que todo nos sale al revés,
debemos estar seguros de que Dios tiene un plan para nosotros. Si confiamos en El,
nos dará los regalos más valiosos. Cada árbol obtuvo lo que deseaba y pedía, pero de
otra manera mejor. No nos es posible siempre saber qué prepara Dios para nosotros;
pero debemos saber que sus planes no son los nuestros: son siempre mucho más
sublimes. (Anónimo inglés. Traducido por E.M. Carreira).

Un día el demonio habló de la Virgen María


En la instrucción de la beatificación de San Francisco de Sales, declaró como
testigo una de las religiosas que le conoció en el primer monasterio de la Visitación
de Annecy. Refirió que en una ocasión llevaron ante el obispo de Ginebra (Monseñor
Carlos Augusto de Sales, sobrino y sucesor de San Francisco en la sede episcopal) a
un hombre joven que, desde hacía cinco años, estaba poseído por el demonio, con el
fin de practicarle un exorcismo. Los interrogatorios al poseso se hicieron junto a los
restos mortales de San Francisco. Durante una de las sesiones, el demonio exclamó
lleno de furia: «¿Por qué he de salir?». Estaba presente una religiosa de las Madres de
la Visitación, que al oírle, asustada quizá por el furor demoníaco de la exclamación,
invocó a la Virgen: «¡Santa Madre de Dios, rogad por nosotros...». Al oír esas
palabras –prosiguió la monja en su declaración– el demonio gritó más fuerte:
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«¡María, María! ¡Para mí no hay María! ¡No pronunciéis ese nombre, que me hace
estremecer! ¡Si hubiera una María para mí, como la que hay para vosotros, yo no
sería lo que soy! Pero para mí no hay María». Sobrecogidos por la escena, algunos de
los que estaban presentes rompieron a llorar. El demonio continuó: «¡Si yo tuviese un
instante de los muchos que vosotros perdéis…! ¡Un solo instante y una María, y yo
no sería un demonio!». (Tomado de Federico Suárez, “La pasión de Nuestro Señor
Jesucristo”, pág. 219-221).

Un pequeño gusano
Un pequeño gusano caminaba un día en dirección al sol. Muy cerca del camino
se encontraba un saltamontes. "¿Hacia dónde te diriges?", le preguntó. Sin dejar de
caminar, la oruga contestó: "Tuve un sueño anoche: soñé que desde la punta de la
gran montaña yo miraba todo el valle. Me gustó lo que vi en mi sueño y he decidido
realizarlo". Sorprendido, el saltamontes dijo mientras su amigo se alejaba: "¡Debes
estar loco! ¿Cómo podrás llegar hasta aquel lugar? ¡Tú, una simple oruga! Una piedra
será una montaña, un pequeño charco un mar y cualquier tronco una barrera
infranqueable". Pero el gusanito ya estaba lejos y no lo escuchó, y su diminuto cuerpo
no dejó de moverse. De pronto se oyó la voz de un escarabajo: "¿Hacia dónde te
diriges con tanto empeño?". Sudando ya el gusanito, le dijo jadeante: "Tuve un sueño
y deseo realizarlo; subir a esa montaña y desde ahí contemplar todo nuestro mundo".
El escarabajo soltó una carcajada y dijo: "Ni yo, con patas tan grandes, intentaría
realizar algo tan ambicioso". Y se quedó en el suelo tumbado mientras la oruga
continuó su camino, habiendo avanzado ya unos cuantos centímetros. Del mismo
modo, la araña, el topo, la rana y la flor le aconsejaron desistir: "¡No lo lograrás
jamás!". Pero en el interior del gusanito había un impulso que le obligaba a seguir. Ya
agotado, sin fuerzas y a punto de morir, decidió parar a descansar y construir con su
último esfuerzo un lugar donde pernoctar. "Estaré mejor", fue lo último que dijo, y
murió. Todos los animales del valle fueron a mirar sus restos. Ahí estaba el animal
más loco del pueblo, que había construido como su tumba un monumento a la
insensatez. Ahí estaba un duro refugio, digno de uno que murió por querer realizar un
sueño irrealizable. Una mañana en la que el sol brillaba de una manera especial, todos
los animales se congregaron en torno a aquello que se había convertido en una
advertencia para los atrevidos. De pronto quedaron atónitos, aquella concha dura
comenzó a quebrarse y con asombro vieron unos ojos y una antena que no podía ser
la de la oruga que creían muerta, poco a poco, como para darles tiempo de reponerse
del impacto, fueron saliendo las hermosas alas arco iris de aquel impresionante ser
que tenían frente a ellos. Una mariposa, no hubo nada que decir, todos sabían lo que
pasaría, se iría volando hasta la gran montaña y realizaría su sueño, el sueño por el
que había vivido, por el que había muerto y por el que había vuelto a vivir. Todos se
había equivocado. Dios nos ha creado para realizar un sueño; pongamos la vida en
intentar alcanzarlo, y si nos damos cuenta que no podemos, quizá necesitemos hacer
un alto en el camino y experimentar un cambio radical en nuestras vidas y entonces lo
lograremos. El éxito en la vida no se mide por lo que has logrado, sino por los
obstáculos que has tenido que superar en el camino.
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Una entrevista con Dios


-"Pasa" me dijo Dios, -"¿Así que quieres entrevistarme?" -"Bueno, si tiene
tiempo..." Se sonríe y me dice: "Mi tiempo se llama eternidad y alcanza para todo;
¿Qué preguntas quieres hacerme?" -"Ninguna nueva ni difícil para usted". "¿Qué es
lo que más te sorprende de los hombres?" Y dijo: "Que se aburren de ser niños,
apurados por crecer, y luego suspiran por regresar a ser niños. Que primero pierden la
salud para tener dinero y enseguida pierden el dinero para recuperar la salud. Que por
pensar ansiosamente en el futuro, descuidan su hora actual, con lo que ni viven el
presente ni el futuro. Que viven como si fueran a morirse, y se mueren como si no
hubieran vivido, y pensar que yo..." con los ojos llenos de lágrimas y la voz
entrecortada deja de hablar. Sus manos toman fuertemente las mías y seguimos en
silencio.
Después le dije: -"Como padre, ¿qué es lo que pedirías a tus hijos para este
nuevo año?" "Que aprendan que no pueden hacer que alguien los ame; lo que sí
pueden es amar y dejarse amar. Que aprendan que toma años construir la confianza, y
sólo segundos para destruirla. Que aprendan que lo más valioso no es lo que tienen en
sus vidas, sino a quien tienen en sus vidas. Que aprendan que no es bueno compararse
con los demás, pues siempre habrá alguien mejor o peor que ellos. Que aprendan que
rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita. Que aprendan que deben
controlar sus actitudes, o sus actitudes los controlarán. Que aprendan que bastan unos
pocos segundos para producir heridas profundas en las personas que amamos, y que
pueden tardar muchos años en ser sanadas. Que aprendan que a perdonar se aprende
perdonando. Que aprendan que hay gente que los quiere mucho, pero que
simplemente no sabe cómo demostrarlo. Que aprendan que el dinero lo compra todo,
menos la felicidad. Que aprendan que a veces cuando están molestos tienen derecho a
estarlo, pero eso no les da derecho a molestar a los que los rodean. Que aprendan que
los grandes sueños no requieren de grandes alas, sino de un tren de aterrizaje para
lograrlos. Que aprendan que amigos de verdad son escasos y, quien ha encontrado
uno, ha encontrado un verdadero tesoro. Que aprendan que no siempre es suficiente
ser perdonado por otros, algunas veces deben perdonarse a sí mismos. Que aprendan
que son dueños de lo que callan y esclavos de lo que dicen. Que aprendan que de lo
que siembran cosechan, si siembran chismes cosecharán intrigas, si siembran amor
cosecharán felicidad. Que aprendan que la verdadera felicidad no es obsesionarse con
tener más sino ser feliz con lo que pueden tener. Que aprendan que la felicidad no es
cuestión de suerte sino producto de sus decisiones. Ellos deciden ser feliz con lo que
son y tienen, o morir de envidia y celos por lo que les falta y carecen. Que aprendan
que dos personas pueden mirar una misma cosa y ver algo totalmente diferente. Que
aprendan que sin importar las consecuencias, aquellos que son honestos consigo
mismos llegan lejos en la vida. Que aprendan que a pesar de que piensen que no
tienen nada más que dar, cuando un amigo llora con ellos encuentren la fortaleza para
vencer sus dolores. Que aprendan que retener a la fuerza a las personas que aman, las
aleja más rápidamente de ellos y el dejarlas ir las deja para siempre al lado de ellos.
Que aprendan que a pesar de que la palabra amor pueda tener muchos significados
distintos, pierde valor cuando es usada en exceso. Que aprendan que la distancia más
lejos que pueden estar de Mí es la distancia de una simple oración...".
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Una fortuna sin saberlo


Un día bajó el Señor a la tierra en forma de mendigo y se acercó a casa de un
zapatero pobre y le dijo: "Hermano, hace tiempo que no como y me siento muy
cansado, aunque no tengo ni una sola moneda quisiera pedirte que me arreglaras mis
sandalias para poder seguir caminando". El zapatero le respondió: "¡Yo soy muy
pobre y ya estoy cansado que todo el mundo viene a pedir y nadie viene a dar!". El
Señor le contestó: "Yo puedo darte lo que tu quieras". El zapatero le pregunto:
"¿Dinero inclusive?". El Señor le respondió: "Yo puedo darte 10 millones de dólares,
pero a cambio de tus piernas". "¿Para qué quiero yo 10 millones de dólares si no voy
a poder caminar, bailar, moverme libremente?", dijo el zapatero. Entonces el Señor
replicó: "Está bien, te podría dar 100 millones de dólares, a cambio de tus brazos". El
zapatero le contestó: "¿Para qué quiero yo 100 millones de dólares si no voy a poder
comer solo, trabajar, jugar con mis hijos?". Entonces el Señor le dijo: "En ese caso,
yo te puedo dar 1000 millones de dólares a cambio de tus ojos". El zapatero
respondió asustado: "¿Para qué me sirven 1000 millones de dólares si no voy a poder
ver el amanecer, ni a mi familia y mis amigos, ni todas las cosas que me rodean?".
Entonces el Señor le dijo: "Ah hermano mío, ya ves qué fortuna tienes y no te das
cuenta".

Una vida en rescate por otras


Hace algunos años, un tren que atravesaba los vastos despoblados de los Estados
Unidos, fue el escenario, de un espectáculo terrible. El fogonero del tren había abierto
la puerta del horno para echar más carbón. En el mismo instante una columna de aire
que entró por la chimenea arrojó una llamarada de fuego en el rostro de aquel
hombre, quien loco de dolor abandonó su puesto, no cerrando la puerta como debía,
lo que llevó a las llamas a prender fuego en el depósito del carbón. La poderosa
máquina marchaba a gran velocidad, y nadie podía ocuparse del control de la misma.
Los viajeros que habían montado en aquel tren eran víctimas del miedo y el terror,
viendo su trágico fin. De repente José Sieg, el maquinista del tren avanzó entre las
llamas hasta llegar a la puerta del horno; con un supremo esfuerzo cerró la puerta que
estaba casi incandescente, parando el tren a continuación. Cuando volvió a salir de
aquel mar de fuego su cuerpo estaba envuelto en llamas, y sin dilación se precipitó en
el depósito del agua, para mitigar su dolor. Lo sacaron al momento, pero el cuerpo de
aquel héroe, dio su espíritu, víctima de tan terribles quemaduras. El tren ya había
parado, y aquellos setecientos viajeros se habían congregado ante el cadáver de su
salvador, mostrando en sus rostros el profundo agradecimiento que sentían hacia
aquel que les había salvado la vida. Cristo, puso su vida en rescate de muchos. Es
preciso expresarle también nuestro agradecimiento.

Una historia casi verdadera


Es la tarde de un viernes típico y estás conduciendo hacia tu casa. Sintonizas la
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radio. Las noticias cuentan una historia de poca importancia: en un pueblo lejano han
muerto tres personas de alguna gripe que nunca antes se había visto. No le pones
mucha atención a tal acontecimiento. El lunes cuando despiertas, escuchas que ya no
son 3, sino 30.000 personas las que han muerto en las colinas remotas de la India.
Personal del Control de Enfermedades de EEUU ha ido a investigar. El martes ya es
la noticia más importante en la primera página del periódico, porque no sólo es la
India, sino Pakistán, Irán y Afganistán y pronto la noticia sale en todos los telediarios.
Todos se preguntan cómo van a controlar la epidemia. A los pocos días, Europa cierra
sus fronteras: no habrá vuelos a desde la India, ni de ningún otro país en el cual se
haya visto la enfermedad. Al día siguiente, en Francia hay un hombre en el hospital
muriendo de esa enfermedad. Hay pánico en Europa. La información dice que cuando
tienes el virus, es por una semana y ni te das cuenta. Luego tienes cuatro días de
síntomas horribles y mueres. Inglaterra cierra también sus fronteras, pero es tarde,
pasa un día más y el presidente de los EEUU cierra las fronteras a Europa y Asia,
para evitar el contagio en el país, hasta que encuentren un modo de curar esa
enfermedad. Al día siguiente la gente se reúne en las iglesias a rezar. Pero en la radio
se oye la noticia: dos mujeres han muerto en Nueva York. En horas, parece que la
epidemia invade todo el mundo. Los científicos siguen trabajando para encontrar el
antídoto, pero nada funciona. Y de repente, viene la noticia esperada: se ha descifrado
el código de ADN del Virus. Se puede hacer el antídoto. Va a requerirse la sangre de
alguien que no haya sido infectado y de hecho en todo el país se corre la voz que
todos vayan al hospital más cercano para que se les practique un examen de sangre.
Vas de voluntario con tu familia, junto a unos vecinos, preguntándote ¿Qué pasará?
¿Será esto el fin del mundo? De repente el doctor sale gritando un nombre que ha
leído en su cuaderno. El más pequeño de tus hijos está a tu lado, te agarra la chaqueta
y dice: “¿Papá?, ¡Ese es mi nombre!”. Antes de que puedas reaccionar se están
llevando a tu hijo y gritas: “¡Esperen!”. Y ellos contestan: “Todo está bien, su sangre
está limpia, su sangre es pura. Creemos que tiene el tipo de sangre correcta”. Después
de cinco largos minutos salen los médicos con cara de satisfacción, emocionados. Es
la primera vez que has visto a alguien sonreír en una semana. El doctor de mayor
edad se te acerca y dice: “¡Gracias! La sangre de su hijo es perfecta, está limpia y
pura, se puede hacer el antídoto contra esta enfermedad”. La noticia corre por todas
partes, la gente esta pletórica de felicidad. Entonces el doctor se acerca a ti y a tu
esposa y dice: “¿Podemos hablar un momento? Es que no sabíamos que el donante
sería un niño y necesitamos que firmen este formato para darnos el permiso de usar
su sangre”. “¿Cuánta sangre?”. “No pensábamos que era un niño. ¡La necesitamos
toda!”. No lo puedes creer y tratas de contestar: “Pero, pero...”. El doctor te sigue
insistiendo: “Usted no entiende, estamos hablando de la cura para todo el mundo. Por
favor firme este documento, la necesitamos... toda”. Tu preguntas: “Pero no pueden
darle una transfusión?”. “Si tuviéramos sangre limpia, podríamos… ¿Firmará? Por
favor...”. En silencio y sin poder sentir los mismos dedos que tienen la pluma en la
mano lo firmas. Te preguntan: “¿Quiere ver a su hijo?”. Caminas hacia esa sala de
emergencia donde tu hijo esta sentado en la cama. Tomas su mano y le dices: “Hijo,
tu madre y yo te amamos y nunca dejaríamos que te pasara algo que no fuera
necesario, ¿comprendes eso?”. Y cuando el doctor regresa y te dice: “Lo siento,
necesitamos empezar, gente en todo el mundo está muriendo...”, ¿te puedes ir?,
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¿puedes darle la espalda a tu hijo y dejarlo allí?... mientras el te dice: “¿Papá?,


¿Mamá? ¿por qué me están abandonando?”. Y a la siguiente semana, cuando hacen
una ceremonia para honrar a tu hijo, algunas personas se quedan dormidas en casa,
otras no vienen porque prefieren ir de paseo o ver un partido de fútbol y otras vienen
a la ceremonia con una sonrisa falsa fingiendo que les importa. Quisieras pararte y
gritar: “¡Mi hijo murió por ustedes!, ¿es que no les importa?”. Tal vez eso es lo que
Dios nos quiere decir: “Mi hijo murió, ¿todavía no saben cuanto los amó?”.

Vosotros sois mis brazos


En una iglesia de una aldea alemana tenían un Cristo muy bonito y valioso.
Estaba crucificado y la gente le tenía mucha devoción. Durante la Segunda Guerra
Mundial cayó una bomba y, al explotar, le arrancó los dos brazos. Al final de la
contienda, los del pueblo se planteaban restaurarlo. Pero alguien sugirió dejarlo como
estaba, sin brazos. Se aceptó la propuesta e incluyeron una leyenda explicativa que
decía así: “Vosotros sois mis brazos”. Así recuerda a todos que Jesucristo tiene
necesidad de nosotros para seguir su misión en la tierra.

Relatos breves
Todos los relatos por orden alfabético

A lo mejor no es todo tan difícil


Christine se asombra de lo fácil que le resulta de pronto la conversación. Algo se
estremece bajo su piel. ¿Quién soy yo de hecho, que me está pasando? ¿Por qué
puedo hacer de pronto todo esto? ¿Con qué soltura me muevo, y eso que siempre me
decían que era rígida y patosa? Y con qué soltura hablo, y supongo que no digo
ninguna ingenuidad, porque este caballero tan importante me escucha con
benevolencia. ¿Me habrá cambiado el vestido, el mundo, o lo llevaba todo dentro y
sólo carecía de valor, sólo estaba siempre demasiado atemorizada? Mi madre me lo
decía. A lo mejor no es todo tan difícil, a lo mejor la vida es infinitamente más ligera
de lo que creía, sólo hay que tener arrojo, sentirse y percibirse a sí misma, y la fuerza
acude entonces de cielos insospechados. (Stefan Zweig, "La embriaguez de la
metamorfosis")

Admitir
Un anciano que tenía un grave problema de miopía se consideraba un experto en
evaluación de arte. Un día visitó un museo con algunos amigos. Se le olvidaron las
gafas en su casa y no podía ver los cuadros con claridad, pero eso no le frenó en
manifestar sus fuertes opiniones. Tan pronto entraron a la galería, comenzó a criticar
las diferentes pinturas. Al detenerse ante lo que pensaba era un retrato de cuerpo
entero, empezó a criticarlo. Con aire de superioridad dijo: "El marco es
completamente inadecuado para el cuadro. El hombre esta vestido en una forma muy
ordinaria y andrajosa. En realidad, el artista cometió un error imperdonable al
seleccionar un sujeto tan vulgar y sucio para su retrato. Es una falta de respeto". El
anciano siguió su parloteo sin parar hasta que su esposa logró llegar hasta él entre la
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multitud y lo apartó discretamente para decirle en voz baja: "Querido, estás mirando
un espejo". Moraleja: Tardamos en reconocer y admitir nuestras propias faltas, que
parecen muy grandes cuando las vemos en los demás.

Al principio no parecía un genio


George Harrinson, guitarrista solista de los Beatles.
Oyó tocar a un grupo, John Lennon y Paul McCartney y otro y le gustó. Quiso
entrar.
—¿Me dejáis entrar en vuestro grupo?
John Lennon, serio, le lleva a un concierto de guitarra clásica en un teatro de
Liverpool.
—Cuando hagas una cosa así, entrarás.
No sabía tocar la guitarra. Compró una. Día y noche tocaba y ensayaba sin parar.
“Le sangraban los dedos”.
Al cabo de un mes era uno más de los Beatles.

Amar a la vida
Un profesor fue invitado a dar una conferencia en una base militar, y en el
aeropuerto lo recibió un soldado llamado Ralph. Mientras se encaminaban a recoger
el equipaje, Ralph se detuvo unos instantes para ayudar a una anciana con su maleta,
y después para orientar a una persona. Cada vez, una sonrisa iluminaba su rostro.
"¿Dónde aprendió a comportarse así?", le preguntó el profesor. "En la guerra",
contestó Ralph. Entonces le contó su experiencia en Vietnam. Allá su misión había
sido limpiar campos minados. Durante ese tiempo había visto cómo varios amigos
suyos, uno tras otro, encontraban una muerte prematura. "Me acostumbré a vivir paso
a paso. Nunca sabía si el siguiente iba a ser el último; por eso tenía que sacar el
mayor provecho posible del momento que transcurría entre alzar un pie y volver a
apoyarlo en el suelo. Me parecía que cada paso era toda una vida". Nadie puede saber
lo que habrá de sucederle mañana. Qué triste sería el mundo si lo supiéramos. Toda la
emoción de vivir se perdería, nuestra vida sería como una película que ya vimos, sin
ninguna sorpresa ni emoción. La vida es una gran aventura, y al final no importará
quién ha acumulado más riqueza ni quién ha llegado más lejos, sino quién ha amado
más. Y ama más quien más ha servido, porque aprecia su vida y la de los demás.

Aprender a comunicarse
Un Sultán soñó que había perdido todos los dientes. Después de despertar,
mandó llamar a un sabio para que interpretase su sueño. "¡Qué desgracia, Mi Señor!
Cada diente caído representa la pérdida de un pariente de Vuestra Majestad", dijo el
sabio. "¡Qué insolencia! ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí!
¡Que le den cien latigazos!", gritó el Sultán enfurecido. Más tarde ordenó que le
trajesen a otro sabio y le contó lo que había soñado. Este, después de escuchar al
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Sultán con atención, le dijo: "¡Excelso Señor! Gran felicidad os ha sido reservada. El
sueño significa que sobrevivirás a todos vuestros parientes". Se iluminó el semblante
del Sultán con una gran sonrisa y ordenó que le dieran cien monedas de oro. Cuando
éste salía del Palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado: "¡No es posible! La
interpretación que habéis hecho de los sueños es la misma que el primer sabio. No
entiendo porque al primero le pagó con cien latigazos y a ti con cien monedas de oro.
El segundo sabio respondió: "Amigo mío, todo depende de la forma en que se dice.
Uno de los grandes desafíos de la humanidad es aprender a comunicarse. De la
comunicación depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la paz o la guerra.
La verdad puede compararse con una piedra preciosa. Si la lanzamos contra el rostro
de alguien, puede herir, pero si la envolvemos en un delicado embalaje y la
ofrecemos con ternura ciertamente será aceptada con agrado."

Aprender a pensar
Sir Ernest Rutherford, presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nobel
de Química en 1908, contaba la siguiente anécdota. Hace algún tiempo, recibí la
llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la
respuesta que había dado en un problema de física, pese a que este afirmaba con
rotundidad que su respuesta era absolutamente acertada. Profesores y estudiantes
acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo. Leí la pregunta del
examen y decía: Demuestre como es posible determinar la altura de un edificio con la
ayuda de un barómetro. El estudiante había respondido: lleva el barómetro a la azotea
del edificio y átale una cuerda muy larga. Descuélgalo hasta la base del edificio,
marca y mide. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio. Realmente,
el estudiante había planteado un serio problema con la resolución del ejercicio,
porque había respondido a la pregunta correcta y completamente. Por otro lado, si se
le concedía la máxima puntuación, podría alterar el promedio de su año de estudios,
obtener una nota más alta y así certificar su alto nivel en física; pero la respuesta no
confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel. Sugerí que se le diera al alumno otra
oportunidad. Le concedí seis minutos para que me respondiera la misma pregunta
pero esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus
conocimientos de física. Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito
nada. Le pregunté si deseaba marcharse, pero me contestó que tenía muchas
respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas. Me excusé por
interrumpirle y le rogué que continuara. En el minuto que le quedaba escribió la
siguiente respuesta: coge el barómetro y lánzalo al suelo desde la azotea del edificio,
calcula el tiempo de caída con un cronometro. Después se aplica la formula altura =
0,5 por A por T2. Y así obtenemos la altura del edificio. En este punto le pregunté a
mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota mas alta. Tras abandonar el
despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras
respuestas a la pregunta. Bueno, respondió, hay muchas maneras, por ejemplo, coges
el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro y la longitud de su
sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del edificio y aplicamos
una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio. Perfecto, le dije,
¿y de otra manera? Sí, contestó, este es un procedimiento muy básico para medir un
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edificio, pero también sirve. En este método, coges el barómetro y te sitúas en las
escaleras del edificio en la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando la
altura del barómetro y cuentas el numero de marcas hasta la azotea. Multiplicas al
final la altura del barómetro por el numero de marcas que has hecho y ya tienes la
altura. Este es un método muy directo. Por supuesto, si lo que quiere es un
procedimiento más sofisticado, puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como
si fuera un péndulo. Si calculamos que cuando el barómetro está a la altura de la
azotea la gravedad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la
gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la
perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla
formula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio. En este
mismo estilo de sistema, atas el barómetro a una cuerda y lo descuelgas desde la
azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedes calcular la altura midiendo su
periodo de precesión. En fin, concluyó, existen otras muchas maneras.
Probablemente, la mejor sea coger el barómetro y golpear con el la puerta de la casa
del conserje. Cuando abra, decirle: señor conserje, aquí tengo un bonito barómetro. Si
usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo. En este momento de la
conversación, le dije si no conocía la respuesta convencional al problema (la
diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos
proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares). Evidentemente, dijo que la
conocía, pero que durante sus estudios, sus profesores habían intentado enseñarle a
pensar. El estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, premio Nobel de Física en
1922, más conocido por ser el primero en proponer el modelo de átomo con protones
y neutrones y los electrones que lo rodeaban. Fue fundamentalmente un innovador de
la teoría cuántica. Al margen del personaje, lo divertido y curioso de la anécdota, lo
esencial de esta historia es que le habían enseñado a pensar. Por cierto, para los
escépticos, esta historia es absolutamente verídica.

Aún puedes ser Einstein


Albert Einstein (1879-1955) es indiscutiblemente el mayor genio científico del
siglo XX y uno de los más grandes de la Historia. Sin embargo su carrera de
estudiante deja perplejos a más de uno y sirve de consuelo para muchos. Parece que
ser que en su infancia algunos le consideraron algo retrasado. A la edad de cinco años
algunos informes escolares le consideraban lento y con errores de cálculo, aunque
con seguridad a la hora de encarar las matemáticas. Fue suspendido en el examen de
ingreso a la Escuela Técnica de Zurich. Cuando terminó su formación intentó
conseguir un puesto de ayudante y fue el único que suspendió de los cuatro
estudiantes que habían pasado los exámenes finales. En 1901 entregó una tesis de
física sobre la teoría cinética de los gases en la Universidad de Zurich,que fue
rechazada. En 1902, gracias a una recomendación, pudo empezar a trabajar en la
Oficina de Patente de Berna como "técnico experto de tercera clase"...

Atender al visitante inoportuno


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Era un hombre pequeño, de cara redonda y trabajaba como representante


comercial del ramo de los extintores. Yo no necesitaba ninguno y estaba a punto de
partir para un partido de golf. Le dije caballerosamente que no necesitaba nada, pero
él insistía en entrar: “será cosa de un minuto...”
—¿No le he dicho que no me interesa? No necesito nada, es inútil que perdamos
el tiempo, váyase.
Se volvió, dio un portazo y vi que bajaba las escaleras.
Entonces fue cuando reparé en el remiendo en la espalda de su abrigo, en sus
tacones comidos y en que necesitaba un buen corte de pelo. Me impresionó el
pequeño remiendo: éste, y la gracia de Dios, puesto que soy de natural poco dado a
generosos impulsos. Renuncié, por tanto, a la cita de golf (me pareció que iba a
llover), lo llamé y traté de mostrarme como un caballero, dándole mis excusas. Vio lo
que teníamos en casa y comprendió que estábamos bien abastecidos. Luego, mientras
fumábamos, charlamos un rato. Me dijo que vivía en un estado próximo, con su
mujer y cuatro hijos. Que su mujer era católica y que él estaba aprendiendo el
catecismo para ser pronto bautizado. (¡Qué vergüenza sentí!). Tímidamente le puse
un rosario en sus manos.
Desde entonces soporto mucho mejor a los representantes y a las llamadas
inoportunas. Cada vez que mi natural impaciencia se agitaba no tengo nada más que
invocar aquel remiendo.
Tomado de Leo J. Trese, “Vasija de barro”, p.60.
Autodominio
Cada vez que una persona, en contra de lo que debe hacer, cede a las
pretensiones de su pereza, de su estómago o de su mal carácter, debilita su voluntad,
pierde autodominio y reduce su autoestima. Unas viñetas de Mafalda dibujan
perfectamente esta situación. Felipe encuentra en su camino una lata vacía y siente el
deseo de pegarle una patada. Pero piensa interiormente: "¡El grandullón pateando
latitas!". Y pasa de largo, venciendo lo que él mismo juzga un impulso infantiloide.
El problema es que, a los pocos metros, da la vuelta y suelta la tentadora patada. Ésta
es su segunda reflexión: "¡Qué desastre! ¡Hasta mis debilidades son más fuertes que
yo!". (J.R. Ayllón, "Placeres y buena vida").

Bajo sus alas


La revista "National Geographic" publicó hace unos años un artículo sobre algo
sucedido después de un incendio en el Parque Nacional Yellowstone de EEUU.
Después de sofocado el fuego empezó la labor de evaluación de daños, y un
guardabosques encontró una ave calcinada al pie de un árbol, en una posición
bastante extraña, pues no parecía que hubiese muerto escapando o atrapada, sino que
simplemente estaba con sus alas cerradas alrededor de su cuerpo. Cuando el
asombrado guardabosques la golpeó suavemente con una vara, tres pequeños
polluelos vivos emergieron de debajo de las alas de su madre, que sabiendo que sus
hijos no podrían escapar del fuego, no los abandonó en ese momento crítico.
Tampoco se quedó con ellos en el nido sobre el árbol, donde el humo sube y el calor
se acumula, sino que los llevó, quizás uno a uno, a la base de aquel árbol, y ahí dio su
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vida por salvar la de ellos. ¿Pueden imaginar la escena? El fuego rodeándolos, los
polluelos asustados y la madre muy decidida, infundiendo paz a sus hijos, como
diciéndoles: "No tengáis miedo, bajo mis alas nada os pasará". Tan seguros estaban
ahí tocando sus plumas, aislados del fuego, que ni siquiera habían salido de ahí horas
después de apagado el incendio. Estaban totalmente confiados en la protección de su
madre, y solo al sentir el golpe del guardabosques pensaron que debían salir.

Cambio de rostro
A Leonardo Da Vinci le llevo siete años completar su famosa obra titulada "La
Última Cena". Las figuras que representan a los 12 apóstoles y a Jesús fueron
tomadas de personas reales. La persona que sería el modelo para ser Cristo fue la
primera en ser seleccionada. Cuando se supo que Da Vinci pintaría esa obra, cientos
de jóvenes se presentaron ante él para ser seleccionados. Da Vinci buscaba un rostro
que mostrara una personalidad inocente, pacífica y a la vez bella. Buscaba un rostro
libre de las cicatrices y rasgos duros que deja la vida intranquila del pecado.
Finalmente, después de unos meses de búsqueda seleccionó a un joven de 19 años de
edad como modelo para pintar la figura de Jesucristo. Durante seis meses trabajó para
lograr pintar al personaje principal de esa obra. Durante los seis siguientes años, Da
Vinci continuó su obra buscando las personas que representarían a 11 apóstoles, y
dejó para el final a aquel que representaría a Judas. Estuvo buscando durante semanas
un hombre con una expresión dura y fría. Un rostro marcado por cicatrices de
avaricia, decepción, traición, hipocresía y crimen. Un rostro que identificaría a una
persona que sin duda traicionaría a su mejor amigo. Después de muchos fallidos
intentos en la búsqueda de este modelo llegó a los oídos de Leonardo Da Vinci que
había un hombre con estas características en el calabozo de Roma. Este hombre
estaba sentenciado a muerte por haber llevado una vida de robos y asesinatos. Da
Vinci vio ante él a un hombre cuyo pelo caía sobre el rostro escondiendo dos ojos
llenos de rencor, odio y ruina. Al fin había encontrado a quien modelaría a Judas en
su obra. Gracias a un permiso del rey, este prisionero fue trasladado a Milán al
estudio del maestro. Durante varios meses este hombre se sentó silenciosamente
frente a Da Vinci mientras el artista continuaba con la ardua tarea de plasmar en su
obra al personaje que había traicionado a Jesús. Cuando Leonardo dio la última
pincelada se volvió a los guardias y dio la orden de que se llevaran al prisionero.
Cuando salía, se volvió hacia Leonardo Da Vinci y le dijo: "¡Da Vinci!!
!Obsérvame!! ¿No reconoces quién soy?". El artista lo observó cuidadosamente y
respondió: "Nunca te había visto hasta aquella tarde en el calabozo de Roma". El
prisionero levantó los ojos y dijo: "¡Mírame bien, soy aquel joven cuyo rostro
escogiste para representar a Cristo hace siete años...!".

Camino del instituto


Iba camino del instituto para un ensayo, cuando pasé ante la casa de Dave, que
había sido mi mejor amigo antes de rechazarme porque yo había dejado las drogas.
No sé cómo se me ocurrió entrar a despedirme de él, pues estaba a punto de terminar
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los estudios.
Dave bajaba por la escalera con su abrigo, pero me invitó a subir. Al principio la
situación resultó muy tensa, pero después empezamos a hablar y hablar y reír y a
contarnos todo tipo de anécdotas. Lo que iba a durar 15 minutos duró más de dos
horas. ¡Nunca llegué a mi ensayo!
—Pero Dave, tú ibas a salir, le dije al fin.
De repente cambió su expresión.
—¿Por qué has venido esta noche?, me preguntó.
—Sólo para despedirme.
—Pero, ¿por qué esta noche precisamente?
—Pues... no lo sé.
Me enseñó una soga de dos metros con un nudo corredizo.
—Iba a ahorcarme.
Rompió a llorar y me pidió que rezara por él. Nos abrazamos y empecé a rogar
por él en aquel mismo instante. De camino a casa le dije a Dios:
—Señor, yo no sabía lo que Dave iba a hacer, pero Tú sí lo sabías, ¿verdad? Si
puedes servirte de alguien como yo para ayudar a un pobre chico como Dave..., aquí
estoy, Señor, úsame.
Tomado de Scott y Kimberly Hahn, "Roma, dulce hogar", p.24. (Scott, que
después se convertiría al catolicismo, era entonces pastor presbiteriano).

Como para respirar


Cierta vez un hombre decidió consultar a un sabio sobre sus problemas. Luego
de un largo viaje hasta el paraje donde aquel Maestro vivía, el hombre finalmente
pudo dar con él: - "Maestro, vengo a usted porque estoy desesperado, todo me sale
mal y no se que más hacer para salir adelante". El sabio le dijo: - "Puedo ayudarte con
esto... ¿sabes remar ?" Un poco confundido, el hombre contestó que sí. Entonces el
maestro lo llevó hasta el borde de un lago, juntos subieron a un bote y el hombre
empezó a remar hacia el centro a pedido del maestro. -"¿Va a explicarme ahora cómo
mejorar mi vida?" -dijo el hombre advirtiendo que el anciano gozaba del viaje sin
más preocupaciones. -"Sigue, sigue -dijo éste- que debemos llegar al centro mismo
del lago". Al llegar al centro exacto del lago, el maestro le dijo: -"Arrima tu cara todo
lo que puedas al agua y dime qué ves...". El hombre, pasó casi todo su cuerpo por
encima de la borda del pequeño bote y tratando de no perder el equilibrio acercó su
rostro todo lo que pudo al agua, aunque sin entender mucho para qué estaba haciendo
esto. De repente, el anciano le empujó y el hombre cayó al agua. Al intentar salir, el
sabio le sujetó su cabeza con ambas manos e impidió que saliera a la superficie.
Desesperado, el hombre manoteó, pataleó, gritó inútilmente bajo el agua. Cuando
estaba a punto de morir ahogado, el sabio lo soltó y le permitió subir a la superficie y
luego al bote. Al llegar arriba el hombre, entre toses y ahogos, le gritó: -"¿Está usted
loco? ¿No se da cuenta que casi me ahoga?". Con el rostro tranquilo, el maestro le
preguntó: -"¿Cuándo estabas abajo del agua, en qué pensabas, qué era lo qué más
deseabas en ese momento?". -¡¡En respirar, por supuesto!! -"Bien, pues cuando
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pienses en triunfar con la misma vehemencia con la que pensabas en ese momento
respirar, entonces estarás preparado para triunfar...". Es así de fácil (o de difícil). A
veces es bueno llegar al punto del "ahogo" para descubrir el modo en que deben
enfocarse los esfuerzos para llegar a algo.

Contra viento y marea


Entre las situaciones más extremas que se dan en China, se encuentran las
limitaciones en los nacimientos de los niños. Rebasarl el máximo permitido de un
hijo por familia es un grave delito, perseguido con toda crueldad. Hace unos días,
gracias a los medios de comunicación chinos que comienzan a dar unas impagables y
nunca suficientemente reconocidas señales de independencia, han trascendido las
horribles vivencias de un matrimonio por salvar a su hija de una muerte cruel.
Cuando las autoridades chinas descubrieron que Zhang Chunhong, de 31 años, no
solamente había eludido anteriormente el férreo control estatal con el nacimiento de
un segundo hijo, sino que tenía muy avanzado un nuevo embarazo, se propusieron
por todos los medios que su nacimiento no tuviera lugar en ningún caso. Para
lograrlo, le inyectaron a la fuerza una solución salina que debió provocar el aborto,
pero la niña nació viva. La doctora que participó en semejante salvajada ordenó que
se dejase a la intemperie a la recién nacida en el balcón, sobre la nieve, pero una
enfermera, a costa de graves riesgos y con la connivencia de alguna de sus
compañeras, eludió la orden, asegurándole a la niña, en la más absoluta
clandestinidad, un mínimo de alimento. Las súplicas de la madre para que le
enseñaran a su hija fueron despreciadas, pero un periodista de la televisión local tuvo
la valentía de sacar a la luz pública la situación, lo que supuso la aparición del bebé al
que se le había negado la vida, aunque en condiciones lamentables, debido a la
precariedad en la que se había mantenido. Cuando apareció ante las cámaras de
televisión, pesaba solamente un kilo y tenía algunas lesiones y pese a que el día de su
nacimiento había alcanzado los dos kilos y medio. Su padre la enseña orgulloso y
declara: “Sin los periodistas, mi hija habría muerto”. (PUP, 3.X.01).

Cuando sea viejo


El día que este viejo y ya no sea el mismo, ten paciencia y compréndeme.
Cuando derrame comida sobre mi camisa y olvide como atarme mis zapatos, recuerda
las horas que pase enseñándote a hacer las mismas cosas.
Si cuando conversas conmigo, repito y repito las mismas palabras que sabes de
sobra como termina, no me interrumpas y escúchame. Cuando eras pequeño para que
te durmieras tuve que contarte miles de veces el mismo cuento hasta que cerrabas los
ojitos.
Cuando estemos reunidos y sin querer haga mis necesidades, no te avergüences
y compréndeme que no tengo la culpa de ello, pues ya no puedo controlarlas. Piensa
cuantas veces cuando niño te ayude y estuve paciente a tu lado esperando a que
terminaras lo que estabas haciendo.
No me reproches porque no quiera bañarme; no me regañes por ello. Recuerda
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los momentos que te perseguí y los mil pretextos que te inventaba para hacerte más
agradable tu aseo. Acéptame y perdóname. Ya que soy el niño ahora.
Cuando me veas inútil e ignorante frente a todas las cosas tecnológicas que ya
no podré entender, te suplico que me des todo el tiempo que sea necesario para no
lastimarme con tu sonrisa burlona. Acuérdate que yo fui quien te enseñó tantas cosas.
Comer, vestirte y tu educación para enfrentar la vida tan bien como lo haces, son
producto de mi esfuerzo y perseverancia por ti.
Cuando en algún momento mientras hablamos me llegue a olvidar de que
estamos hablando, dame todo el tiempo que sea necesario hasta que yo recuerde, y si
no puedo hacerlo no te burles de mi; tal vez no era importante lo que hablaba y me
conforme con que me escuches en ese momento.
Si alguna vez ya no quiero comer, no me insistas. Se cuanto puedo y cuanto no
debo. También comprende que con el tiempo ya no tengo dientes para morder ni
gusto para sentir. Cuando me fallen mis piernas por estar cansadas para andar, dame
tu mano tierna para apoyarme como lo hice yo cuando comenzaste a caminar con tus
débiles piernas.
Por último, cuando algún día me oigas decir que ya no quiero vivir y solo quiero
morir, no te enfades. Algún día entenderás que esto no tiene que ver con tu cariño o
cuanto te ame. Trata de comprender que ya no vivo sino que sobrevivo, y eso no es
vivir.
Siempre quise lo mejor para ti y he preparado los caminos que has debido
recorrer. Piensa entonces que con el paso que me adelanto a dar estaré construyendo
para ti otra ruta en otro tiempo, pero siempre contigo.
No te sientas triste o impotente por verme como me ves. Dame tu corazón,
compréndeme y apóyame como lo hice cuando empezaste a vivir. De la misma
manera como te he acompañado en tu sendero te ruego me acompañes a terminar el
mío. Dame amor y paciencia, que te devolveré gratitud y sonrisas con el inmenso
amor que tengo por ti.

Dar de lo que cuesta


Poca gente sabe que Gaudí tuvo que salir a la calle a pedir dinero para poder
proseguir las obras del templo de la Sagrada Familia. En una de esas visitas, exitosa,
ocurrió lo siguiente:
—Muchas gracias, dijo Gaudí.
—No, no me de las gracias. En realidad no me supone sacrificio.
—Entonces, añadió el arquitecto con gracia, no sirve. Mejor dicho, no le sirve a
usted. Vea de aumentarlo hasta sacrificarse... ¡Le será más agradable a Dios! Porque
la caridad que no tiene el sacrificio como base no es verdadera y tal vez no sea más
que vanidad.
El caballero se quedó boquiabierto. Reflexionó. Buen cristiano, comprendió y
entregó un donativo mucho mayor.
—Ahora soy yo quien le da a usted las gracias, señor Gaudí.
Tomado de Álvarez Izquierdo, “Gaudí”, p. 181.
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De uno en uno
Cierto día, caminando por la playa reparé en un hombre que se agachaba a cada
momento, recogía algo de la arena y lo lanzaba al mar. Hacía lo mismo una y otra
vez. Cuando me aproximé, observé que lo que agarraba eran estrellas de mar que las
olas depositaban en la arena, y una a una las arrojaba de nuevo al mar. Le pregunté
por qué lo hacía, y me respondió: "Estoy lanzando estas estrellas marinas nuevamente
al océano. Como ves, la marea está baja y estas estrellas han quedado en la orilla. Si
no las devuelvo morirán aquí por falta de oxígeno." "Entiendo -le dije-, pero debe
haber miles de estrellas de mar sobre la playa, no puedes lanzarlas todas. Son
demasiadas, quizás no te des cuenta que esto sucede probablemente en cientos de
playas a lo largo de la costa. ¿No estás haciendo algo que no tiene sentido?". El
hombre sonrió, se inclinó y tomó una estrella marina y mientras la lanzaba de vuelta
al mar me respondió: "¡Para ésta sí lo tuvo!".

Deformación de versiones
ORDEN INICIAL DEL CORONEL AL COMANDANTE: «Mañana a las
nueve y media habrá un eclipse de Sol, hecho que no ocurre todos los días, que
formen los soldados en el patio en traje de campaña para presenciar el fenómeno. Yo
les daré las explicaciones necesarias. En caso de que llueva, que formen en el
gimnasio».
EL COMANDANTE AL CAPITÁN: «Por orden del señor coronel, mañana a
las nueve y media habrá un eclipse de Sol, según el señor coronel, si llueve no se verá
nada al aire libre, entonces en traje de campaña el eclipse tendrá lugar en el gimnasio,
hecho que no ocurre todos los días. El dará las órdenes oportunas».
EL CAPITÁN AL TENIENTE: «Por orden del señor coronel, mañana a las
nueve y media en traje de campaña inauguración del eclipse de Sol en el gimnasio. El
señor coronel dará las órdenes oportunas de si debe llover, hecho que no ocurre todos
los días. Si hace buen tiempo y no llueve, el eclipse tendrá lugar en el patio».
EL TENIENTE AL SARGENTO: «Mañana a las nueve y media, por orden del
señor coronel lloverá en el patio del cuartel. El señor coronel en traje de campaña
dará las órdenes en el gimnasio para que el eclipse se celebre en el patio».
EL SARGENTO AL CABO: «Mañana a las nueve y media, tendrá lugar el
eclipse del señor coronel en traje de campaña por efecto del Sol. Si llueve en el
gimnasio, hecho que no ocurre todos los días, se saldrá al patio».
EL CABO A LOS SOLDADOS: «Mañana, a eso de las nueve y media, parece
ser que el Sol en traje de campaña eclipsará al señor coronel en el gimnasio, lástima
que esto no ocurra todos los días».

Dos ratones
Dos ratones caen en un cubo de leche. El primer ratón, desilusionado, perezoso,
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se dejó llevar. El segundo, no perdió el ánimo y, con su buen carácter, mientras


nadaba, reflexionaba. Y comprendió algo importante: a base de agitar, la leche se
coagula. Se animó, aceleró un poco, y al rato aquello fue nata, y después mantequilla,
y después dió un salto y salió. Estos dos ratones reflejan dos formas de afrontar los
problemas.

El abuelo
El abuelo se había hecho muy viejo. Sus piernas flaqueaban, veía y oía cada vez
menos, babeaba y tenía serias dificultades para tragar. En una ocasión -prosigue la
escena de aquella novela de Tolstoi- cuando su hijo y su nuera le servían la cena, al
abuelo se le cayó el plato y se hizo añicos en el suelo. La nuera comenzó a quejarse
de la torpeza de su suegro, diciendo que lo rompía todo, y que a partir de aquel día le
darían de comer en una palangana de plástico. El anciano suspiraba asustado, sin
atreverse a decir nada.
Un rato después, vieron al hijo pequeño manipulando en el armario. Movido por
la curiosidad, su padre le preguntó: "¿Qué haces, hijo?" El chico, sin levantar la
cabeza, repuso: "Estoy preparando una palangana para daros de comer a mamá y a ti
cuando seáis viejos." El marido y su esposa se miraron y se sintieron tan
avergonzados que empezaron a llorar. Pidieron perdón al abuelo y a su hijo, y las
cosas cambiaron radicalmente a partir de aquel día. Su hijo pequeño les había dado
una severa lección de sensibilidad y de buen corazón.

El águila
El águila es una de las aves de mayor longevidad. Llega a vivir 70 años. Pero
para llegar a esa edad, en su cuarta década tiene que tomar una seria y difícil decisión.
A los 40 años, ya sus uñas se volvieron tan largas y flexibles que no puede sujetar a
las presas de las cuales se alimenta. El pico alargado y en punta, se curva demasiado
y ya no le sirve. Apuntando contra el pecho están las alas, envejecidas y pesadas en
función del gran tamaño de sus plumas, y para entonces, volar se vuelve muy difícil.
Entonces, tiene sólo dos alternativas: dejarse estar y morir... o enfrentarse a un
doloroso proceso de renovación que le llevará aproximadamente 150 dias. Ese
proceso consiste en volar a lo alto de una montaña y recogerse en un nido, próximo a
un paredón donde no necesita volar y se siente más protegida. Entonces, una vez
encontrado el lugar adecuado, el águila comienza a golpear la roca con el pico... hasta
arrancarlo. Luego espera que le nazca un nuevo pico con el cual podrá arrancar sus
viejas uñas inservibles. Cuando las nuevas uñas comienzan a crecer, ella desprende
una a una sus viejas y sobrecrecidas plumas. Y después de todos esos largos y
dolorosos cinco meses de heridas, cicatrizaciones y crecimiento, logra realizar su
famoso vuelo de renovación, renacimiento y festejo para vivir otros 30 años más. En
nuestra vida también nos toca sufrir procesos de reconversión para no sucumbir.
Tenemos quizá que resguardarnos por algún tiempo, meditar, someternos a ciertos
sacrificios para llevar a cabo algunos cambios.
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El anillo del Papa


De visita por una de las chavolas de la Favela de Vidigal, en Brasil, Juan Pablo
II besó a un niño, se coló de repente en una de las barracas y, ante el asombro de los
que le rodeaban, se quitó el anillo pontificio y se lo dio a aquellas gentes para que lo
vendiesen. Por supuesto que el anillo no quisieron subastarlo y se guarda allí, en la
parroquia de San Antonio, como el tesoro más precioso de la humilde barriada.

El animal de las dilaciones


Se cuenta que Alejandro Magno, en una de sus campañas guerreras, se encontró
con Diógenes, que tomaba el sol tranquilo y medio desnudo a la orilla de un río.
Alejandro, que no en vano había tenido como tutor al mismo Aristóteles y respetaba y
secretamente envidiaba la sabiduría, había oído hablar de Diógenes, el filósofo que
vivía en un tonel, y aprovechó la ocasión para acercarse a él en persona y conversar
con él humildemente, volviendo a ser por un rato discípulo en medio de su gloria
militar. Con todo, no podía hacer esperar mucho tiempo a sus tropas, y al fin hubo de
despedirse del filósofo. Tal fue la impresión que aquella breve conversación le había
causado, que el conquistador de mundos dijo al sabio del tonel: «Me marcho, pues he
de continuar con mis hazañas para la historia. Pero desde ahora ruego a los cielos que
en la vida que me toque vivir en mi próxima encarnación no sea yo Alejandro, sino
Diógenes». Diógenes contestó: «¿Y a qué esperar para ello a tu próxima encarnación?
Puedes serlo desde ahora si así lo deseas. El río es amplio, y el sol no escatima sus
rayos. Hay sitio de sobra por aquí para otro tonel». Y volvió a tumbarse al sol,
mientras Alejandro montaba en su caballo. Muchas veces se ha dicho que el hombre
es el animal de las dilaciones. Difiere, aplaza, posterga. Los demás animales actúan al
momento, reaccionan al instante. Andan cuando quieren andar, y descansan cuando
quieren descansar. Viven al día, al momento. Los hombres, por el contrario, piensan
que deberían darse un merecido y necesitado descanso, pero deciden que lo harán
más adelante, y siguen trabajando; o, por el contrario, saben que deberían trabajar,
pero deciden que ya lo harán más adelante, y siguen descansando cuando, por su
propio bien, debieran ponerse a trabajar. Acertar en lo que se debe dilatar y lo que
debe hacerse de inmediato es un asunto importante. Que no resulte que queremos
cambiar, mejorar, liberarnos de los vicios que nos esclavizan..., pero para la próxima
reencarnación. Nos sucede entonces como a Alejandro, que con una plegaria a los
dioses lo arregla todo, acalla su conciencia y sigue con sus conquistas. En la práctica,
mucha gente parece creer en la reencarnación. Y no solamente en el Oriente.

El árbol de los problemas


El carpintero que había contratado para ayudarme a reparar una vieja granja,
acababa de finalizar un duro primer día de trabajo. Su cortadora eléctrica se dañó y lo
hizo perder una hora de trabajo y ahora su antiguo camión se negaba a arrancar.
Mientras le llevaba a su casa, se sentó en silencio. Cuando llegamos, me invitó a
conocer a su familia. Mientras nos dirigíamos a la puerta de su casa, se detuvo
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brevemente frente a un pequeño árbol, tocando las puntas de las ramas con ambas
manos. Cuando se abrió la puerta, el rostro de aquel hombre se transformó, sonrió,
abrazó a sus dos pequeños hijos y le dio un beso a su esposa. Luego me acompañó
hasta el coche. Cuando pasamos cerca del árbol, sentí curiosidad y le pregunte por lo
que lo había hecho un rato antes. "Oh, ese es mi árbol de problemas", contestó. "Sé
que no puedo evitar tener problemas en el trabajo, pero una cosa es segura: los
problemas no pertenecen a la casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos. Así que
simplemente los cuelgo en el árbol cada noche cuando llego a casa. Luego, a la
mañana siguiente, los recojo otra vez. Lo bueno es -concluyó sonriendo- que cuando
salgo por la mañana a recogerlos, no hay tantos como los que recuerdo haber colgado
la noche anterior".

El árbol muerto
Recuerdo que un invierno mi padre necesitaba leña, así que buscó un árbol
muerto y lo cortó. Pero luego, en la primavera, vio desolado que al tronco marchito
de ese árbol le brotaron renuevos. Mi padre dijo: "Estaba yo seguro de que ese árbol
estaba muerto. Había perdido todas las hojas en el invierno. Pero se ve que hacía
tanto frío que las ramas se quebraban y caían como si no le quedara al viejo tronco ni
una pizca de vida. Pero ahora advierto que aún alentaba la vida en aquel tronco". Y
volviéndose hacia mí, me aconsejó: "Nunca olvides esta lección. Jamás cortes un
árbol en invierno. Jamás tomes una decisión negativa en tiempo adverso. Nunca
decisiones importantes decisiones cuando estés en tu peor estado de ánimo. Espera.
Sé paciente. La tormenta pasará. Recuerda que la primavera volverá".

El barrendero
Momo tenía un amigo, Beppo Barrendero, que vivía en una casita que él mismo
se había construido con ladrillos, latas de desecho, y cartones. Cuando a Beppo
Barrendero le preguntaban algo se limitaba a sonreír amablemente, y no contestaba.
Simplemente pensaba. Y, cuando creía que una respuesta era innecesaria, se callaba.
Pero, cuando la creía necesaria, la pensaba mucho. A veces tardaba dos horas en
contestar, pero otras tardaba todo un día. Mientras tanto, la otro persona había
olvidado su propia pregunta, por lo que la respuesta de Beppo le sorprendía casi
siempre. Cuando Beppo barría las calles, lo hacía despaciosamente, pero con
constancia. Mientras iba barriendo, con la calle sucia ante sí y limpia detrás de sí, se
le iban ocurriendo multitud de pensamientos, que luego le explicaba a su amiga
Momo: "Ves, Momo, a veces tienes ante ti una calle que te parece terriblemente larga
que nunca podrás terminar de barrer. Entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más
prisa. Cada vez que levantas la vista, ves que la calle sigue igual de larga. Y te
esfuerzas más aún, empiezas a tener miedo, al final te has quedado sin aliento. Y la
calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer. Nunca se ha de pensar en toda
la calle de una vez, ¿entiendes? Hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración
siguiente, en la siguiente barrida. Entonces es divertido: eso es importante, porque
entonces se hace bien la tarea. Y así ha de ser. De repente se da uno cuenta de que,
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paso a paso, se ha barrido toda la calle. Uno no se da cuenta de cómo ha sido, y no se


queda sin aliento. Eso es importante." ¿Acaso no es lo hermoso de la paciencia el que
ella puede concedernos tiempo para conocernos a su través oblicuamente a nosotros
mismos? Porque, nos pongamos como nos pongamos, la paciencia con que no
sepamos mirarnos a nosotros mismos será la misma no-paciencia que nos impida
mirar a la realidad como ella debe ser mirada: con-paciencia, con-pasión,
con-com-pasión, com-padeciendo, com-padeciéndo-nos...

El bonsai
La paciencia son las estalactitas y estalagmitas de la vida: ellas se van formando
muy poco a poco en la oscuridad, se integran gota a gota y de manera irregular, no
geométrica, requieren de tiempo, y crecen por arriba y por abajo siendo al fin muy
hermosas. La paciencia es un bonsai: solo tiempo, fe, cuidados y mimos le hacen
crecer. No se puede jalar el arbolito de las ramas, sacarlo de su maceta, para ver si
está echando raíces. Necesita la humildad del humus para desarrollarse. Podemos
explicar esta parábola con otra. Es, en efecto, como aquella rana que al saltar cayó en
un cubo de crema, pero que chapoteando y chapoteando amaneció por la mañana
sobre una masa de mantequilla que ella misma había batido. Allí estaba con su cara
sonriente tragando las moscas que venían por docenas de todas partes.

El chino y el caballo
Había una vez un campesino chino, pobre pero sabio, que trabajaba la tierra
duramente con su hijo. Un día su hijo le dijo: "Padre, qué desgracia, se nos ha ido el
caballo". Su padre respondió: "Veremos lo que trae el tiempo...". A los pocos días el
caballo regresó, acompañado de otro caballo. Unos días después, el muchacho quiso
montar el caballo nuevo, y éste, no acostumbrado al jinete, se encabritó y lo arrojó al
suelo. El muchacho se quebró una pierna. "Padre, qué desgracia, me he roto la
pierna". Y el padre, retomando su experiencia y sabiduría, sentenció: "Veamos lo que
trae el tiempo...". El muchacho se lamentaba. Pocos días después pasaron por la aldea
los enviados del rey, buscando jóvenes para llevárselos a la guerra. Fueron a la casa
del anciano, pero como vieron al joven con su pierna entablillada, lo dejaron y
siguieron de largo. El joven comprendió entonces que nunca hay que dar ni la
desgracia ni la fortuna como absolutas, sino que hay que darle tiempo al tiempo, para
ver si algo es malo o bueno. La moraleja de este antiguo consejo chino es que la vida
da muchas vueltas, y su desarrollo es a veces tan paradójico su desarrollo, que
muchas veces lo que parece malo luego resulta bueno, y al revés. Hay que saber
esperar, y sobre confiar en Dios, porque todo es para bien. ¡Cuántas veces los juicios
apresurados, impacientes, impiden ver más alto y más lejos!

El espejo de los deseos


Harry Potter llega por tercer día consecutivo a la habitación del espejo y no se
da cuenta que en un rincón, sentado en un pupitre, está Dumbledore. "Es curioso lo
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miope que se puede volver uno al ser invisible", dijo Dumbledore. Harry se sintió
aliviado al ver que le sonreía. "Entonces -continuó Dumbledore, bajando del pupitre
para sentarse en el suelo con Harry-, tú, como cientos antes que tú, has descubierto
las delicias del espejo de Oesed". "No sabía que se llamaba así, señor". "Pero espero
que te habrás dado cuenta de lo que hace, ¿no?". "Bueno... me mostró a mi familia
y...". "Y a tu amigo Ron lo reflejó como capitán". "¿Cómo lo sabe...?". "No necesito
una capa para ser invisible -dijo amablemente Dumbledore-. Y ahora ¿puedes pensar
qué es lo que nos muestra el espejo de Oesed a todos nosotros?". Harry negó con la
cabeza. "Déjame explicarte. El hombre más feliz de la tierra puede utilizar el espejo
de Oesed como un espejo normal, es decir se mirará y se verá exactamente como es.
¿Eso te ayuda?". Harry pensó. Luego dijo lentamente: "Nos muestra lo que
queremos... lo que sea que queramos...". "Sí y no -dijo con calma Dumbledore-. Nos
muestra ni más ni menos que el más profundo y desesperado deseo de nuestro
corazón. Para ti, que nunca conociste a tu familia, verlos rodeándote. Ronald
Weasley, que siempre ha sido sobrepasado por sus hermanos, se ve solo y el mejor de
todos ellos. Sin embargo, este espejo no nos dará conocimiento o verdad. Hay
hombres que se han consumido ante esto, fascinados por lo que han visto. O han
enloquecido, al no saber si lo que muestra es real o siquiera posible". Continuó: "El
espejo será llevado a una nueva casa mañana, Harry, y te pido que no lo busques otra
vez. Y si alguna vez te cruzas con él, deberás estar preparado. No es bueno dejarse
arrastrar por los sueños y olvidarse de vivir, recuérdalo. Ahora ¿por qué no te pones
de nuevo esa magnífica capa y te vas a la cama?".
Para información: el espejo de OESED tiene una leyenda que rodea todo el
marco que lo envuelve y que dice así: OESED LENOZ AROCUT EDON ISARA
CUT SE ONOTSE Si lo lees todo al revés encontrarás el nombre y el significado del
espejo (Esto no es tu cara si no de tu corazón el deseo).

El hombre que plantaba árboles


En 1913 tuve la oportunidad de hacer un largo recorrido a pie por los parajes
montañosos de la antigua región donde los Alpes penetran en Provenza. Eran tierras
desérticas, toda la tierra aparecía estéril y opaca. Nada crecía allí salvo alguna pobre
vegetación silvestre. Sólo encontré sequedad y una aldea abandonada. Finalmente,
entre tanta soledad, vi a un pastor con treinta ovejas echadas cerca de él sobre la tierra
calcinada. Era un hombre de pocas palabras en medio de un paraje desolado. Vivían
también algunas familias bajo aquel riguroso clima, en medio de la pobreza y de los
conflictos provocados por el continuo deseo por escapar de allí.
Aquel pastor tenía 55 años y se llamaba Elzéard Bouffier. Usaba como bastón
una vara de hierro. Con su punta hacía un hoyo en el que plantaba una bellota y luego
lo rellenaba. Había plantado un roble. Plantó así hasta 100 bellotas con muchísimo
cuidado. Llevaba tres años plantando árboles en ese desierto. Había plantado ya
100.000. De éstos, unos 20.000 habían germinado. De los 20.000, esperaba perder la
mitad a causa de los roedores o el mal clima. Aún así, quedarían 10.000 robles donde
antes no había nada.
Vino la guerra de 1914, y a su término volví a aquel lugar. Aquel pastor seguía
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extremadamente ágil y activo. Los robles tenían diez años y eran más altos que un
hombre. Era un espectáculo impresionante. Formaban un bosque de once kilómetros
de largo y tres de ancho. Y todo aquello había brotado de las manos y del alma de ese
hombre solo. Había proseguido su plan, y así lo confirmaban las hayas, que llegaban
a la altura del hombro y que se encontraban esparcidas tan lejos como la vista podía
abarcar. También había plantado abedules en todos los valles donde había adivinado
acertadamente que había suficiente humedad.
La transformación había sido tan gradual, que había llegado a ser parte del
conjunto sin provocar mayor asombro. Algunos cazadores que subían hasta estas
tierras yermas en busca de liebres o jabalíes, habían notado, por supuesto, el
repentino crecimiento de arbolitos, pero lo habían atribuido a algún capricho de la
tierra. Esa fue la razón por la que nadie se entrometió en el trabajo de Elzéard
Bouffier.
En 1935, las lomas estaban cubiertas con árboles de más de siete metros de
altura. Recordando el desierto que era esa tierra en 1913 pude observar que el trabajo
intenso realizado en forma metódica y tranquila, el vigoroso aire de la montaña, una
vida frugal y, sobre todo, una gran serenidad de espíritu habían dotado a este viejo
con una salud asombrosa.
Vi por última vez a Elzéard Bouffier en junio de 1945. Tenía entonces 87 años.
Sólo el nombre familiar de una aldea me pudo convencer de que realmente estaba en
una región que anteriormente había sido un paraje desolado. El autobús me dejó en
Vergons. En 1913, este caserío de 10 ó 12 casas tenía tres habitantes que vivían de la
caza con trampas y que física y moralmente estaban muy cerca del hombre primitivo.
Ahora todo había cambiado, incluso el aire. En vez de los vientos secos y ásperos que
recordaba, soplaba una suave brisa cargada de aromas del bosque. Se habían
restaurado las casas, y ahora estaban rodeadas de jardines, donde crecían flores y
verduras. Había matrimonios jóvenes. Aquel lugar se había convertido en una aldea
donde era agradable vivir. Desde ahí me fui caminando. En las faldas de la montaña
vi pequeños campos de cebada y centeno. Al fondo del angosto valle, las praderas
comenzaban a reverdecer. En lugar de las ruinas que había visto en 1913, ahora se
levantaban campos prolijamente cuidados, dando testimonio de una vida feliz y
confortable. Los viejos arroyos, alimentados por las lluvias y nieves que conservan
los bosques, corren nuevamente gracias a que sus aguas han sido canalizadas. La
gente de las tierras bajas, donde el suelo es caro, se ha instalado aquí, trayendo
juventud, movimiento y espíritu de aventura. A lo largo de los caminos, se encuentran
hombres y mujeres vigorosos, niños que pueden reír y que han recuperado el gusto
por los paseos.
Si se cuenta la primitiva población –irreconocible ahora– que vive con decencia,
más de 10.000 personas deben a Elzéard Bouffier gran parte de su felicidad. Cuando
pienso que un hombre solo, armado únicamente con sus recursos físicos y
espirituales, fue capaz de hacer brotar esta tierra de Canáan en el desierto, me
convenzo de que, a pesar de todo, la humanidad es admirable; y cuando valoro la
inagotable grandeza de espíritu y la benevolente tenacidad que implicó obtener este
resultado, me lleno de inmenso respeto hacia ese campesino viejo e iletrado, que fue
capaz de realizar un trabajo digno de Dios.
Elzéard Bouffier murió pacíficamente en 1947.
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El huevo vacío
Jeremy nació con un cuerpo deforme y una mente lenta. A la edad de 12 años
estaba todavía en segundo de primaria, pareciendo ser incapaz de aprender. Su
maestra, Doris Miller, a menudo se exasperaba con él. Podía retorcerse en su asiento
y soltar gruñidos y otras veces hablaba de manera clara y precisa, como si un rayo de
luz penetrase en la oscuridad de su cerebro. La mayor parte del tiempo, sin embargo,
Jeremy simplemente irritaba a su maestra.
Un día llamó a sus padres y les pidió que fueran a verla para una tutoría. Cuando
los Forrester entraron en la clase vacía, Doris les dijo: "Lo que realmente necesita
Jeremy es una escuela especial. No es bueno para él estar con niños menores que no
tienen problemas de aprendizaje. Hay una diferencia de cinco años entre su edad y la
de los otros escolares." La Sra. Forrester sacó un pañuelo de papel y lloró
quedamente, mientras su marido hablaba: "Srta. Miller, no hay escuelas de ese tipo en
las cercanías. Sería un terrible shock para Jeremy si tuviésemos que sacarlo de esta
escuela. Sabemos que realmente le gusta estar aquí." Doris permaneció sentada un
largo rato después de que se hubiesen marchado, mirando fijamente la nieve a través
de la ventana. Su frialdad parecía filtrarse hasta su alma. Quería simpatizar con los
Forrester. Después de todo, su único hijo tenía una enfermedad terminal. Pero no era
justo mantenerlo en su clase. Ella tenía otros 18 niños a los que dar clase y Jeremy era
una distracción para ellos. Además, él nunca aprendería a leer y escribir, así que ¿para
qué perder más tiempo intentándolo? Mientras ponderaba la situación, un sentimiento
de culpabilidad se apoderó de ella. "Aquí estoy, protestando, cuando mis problemas
no son nada comparados con esa pobre familia", pensó. "Por favor, Señor, ayúdame a
ser más paciente con Jeremy."
Desde ese día, intentó duramente ignorar los ruidos de Jeremy y sus miradas
vacías. Un día, Jeremy se dirigió hasta su mesa, arrastrando tras de sí su pierna mala:
"Te quiero, Srta. Miller", exclamó lo bastante fuerte para que la clase entera lo
escuchase. Los otros estudiantes soltaron risitas ahogadas y Doris enrojeció.
Balbuceó: "¿Co-cómo? Eso es muy bonito Jeremy. A-ahora vuelve a tu sitio, por
favor".
Llegó la primavera, y los niños hablaban animadamente de la llegada de la
Pascua. Doris les contó la historia de Jesús, y para enfatizar la idea del nacimiento a
una nueva vida, dio a cada uno de los niños un gran huevo de plástico. "Ahora quiero
que os lo llevéis a casa y que lo traigáis de vuelta mañana con algo dentro que
signifique una nueva vida ¿Lo habéis entendido?". "Sí, Srta. Miller", respondieron
entusiásticamente los niños (todos excepto Jeremy). Él la escuchó dando muestras de
estar comprendiendo lo que decía. Sus ojos no dejaron de estar fijos en su cara.
Incluso ni hizo sus ruidos habituales. ¿Había entendido el chico lo que ella había
explicado sobre la muerte y resurrección de Jesús? ¿Había entendido la tarea
asignada? Tal vez debiera llamar a sus padres y explicarles a ellos el proyecto. Esa
tarde, el fregadero de la cocina de Doris se atascó. Llamó a su casero y esperó durante
una hora a que viniera y lo desatascara. Después tuvo que ir a la tienda a por la
compra diaria, planchar una blusa y preparar un examen de vocabulario para el día
siguiente. Olvidó por completo llamar a los padres de Jeremy. A la mañana siguiente,
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19 niños llegaron a la escuela, riendo y hablando mientras dejaban sus huevos en la


gran cesta de mimbre sobre la mesa de la Srta. Miller. Tras acabar su lección de
matemáticas, llegó el momento de abrir los huevos. En el primer huevo, Doris
encontró una flor. "Oh, sí. Una flor es ciertamente un signo de nueva vida. Cuando las
plantas asoman de la tierra, sabemos que ha llegado la primavera". Una niña pequeña
en la primera fila agitó su brazo. "Ese es mi huevo, Srta. Miller", dijo. El siguiente
huevo contenía una mariposa de plástico, que parecía muy real. Doris la mantuvo en
alto: "Todos sabemos que una oruga cambia y se transforma en una bonita mariposa.
Sí, también es nueva vida". La pequeña Judy sonrió orgullosa y dijo, "Srta. Miller,
ese es mío". En el siguiente, Doris encontró una roca con musgo. Explicó que ese
musgo también significaba vida. Billy alzó la voz desde el fondo de la clase: "Mi
papá me ayudó", dijo sonriente. Entonces Doris abrió el cuarto huevo. Sofocó un
grito. El huevo estaba vacío. Con toda seguridad debe ser de Jeremy, pensó, y
naturalmente, él no había entendido sus instrucciones. Si no hubiese olvidado
telefonear a sus padres... Para no hacerle pasar un mal rato, con cuidado puso el
huevo a un lado y alcanzó otro. De pronto Jeremy dijo: "Srta. Miller, ¿no va usted a
hablar de mi huevo?". Doris replicó confusa: "Pero Jeremy, tu huevo está vacío". Él
la miró fijamente a los ojos y dijo suavemente: "Sí, pero la tumba de Jesús también
estaba vacía". El tiempo se paró. Cuando pudo hablar de nuevo, Doris le preguntó:
"¿Sabes por qué estaba vacía la tumba?". "Oh, sí. A Jesús lo mataron y lo pusieron
dentro. Entonces su Padre lo elevó hacia Él." La campana del recreo sonó. Mientras
los niños corrían animadamente hacia el patio del colegio, Doris lloró. La frialdad de
su interior de desvaneció por completo. Tres meses más tarde, Jeremy murió.
Aquellos que fueron al tanatorio a expresar sus condolencias, se sorprendieron al ver
19 huevos sobre la tapa de su ataúd. Todos ellos vacíos.

El inventario de las cosas perdidas


A mi abuelo aquel día lo vi distinto. Tenía la mirada enfocada en lo distante.
Casi ausente. Pienso ahora que tal vez presentía que era el último día de su vida. Me
aproximé y le dije: "¡Buenos días, abuelo!". Y él extendió su mano en silencio. Me
senté junto a su sillón y después de unos instantes un tanto misteriosos, exclamó:
"¡Hoy es día de inventario, hijo!". "¿Inventario?", pregunté sorprendido. "Sí. ¡El
inventario de tantas cosas perdidas! Siempre tuve deseos de hacer muchas cosas que
luego nunca hice, por no tener la voluntad suficiente para sobreponerme a mi pereza.
Recuerdo también aquella chica que amé en silencio por cuatro años, hasta que un día
se marchó del pueblo sin yo saberlo. También estuve a punto de estudiar ingeniería,
pero no me atreví. Recuerdo tantos momentos en que he hecho daño a otros por no
tener el valor necesario para hablar, para decir lo que pensaba. Y otras veces en que
me faltó valentía para ser leal. Y las pocas veces que le he dicho a tu abuela que la
quiero, y la quiero con locura. ¡Tantas cosas no concluidas, tantos amores no
declarados, tantas oportunidades perdidas!". Luego, su mirada se hundió aun más en
el vacío y se le humedecieron sus ojos, y continuó: "Este es mi inventario de cosas
perdidas, la revisión de mi vida. A mi ya no me sirve. A ti sí. Te lo dejo como regalo
para que puedas hacer tu inventario a tiempo". Luego, con cierta alegría en el rostro,
continuó: "¿Sabes qué he descubierto en estos días? ¿Sabes cuál es el pecado mas
100

grave en la vida de un hombre?". La pregunta me sorprendió y solo atiné a decir, con


inseguridad: "No lo había pensado. Supongo que matar a otros seres humanos, odiar
al prójimo y desearle el mal...". Me miró con afecto y me dijo: "Pienso que el pecado
más grave en la vida de un ser humano es el pecado por omisión. Y lo más doloroso
es descubrir las cosas perdidas sin tener tiempo para encontrarlas y recuperarlas." Al
día siguiente, regresé temprano a casa, después del entierro del abuelo, para hacer con
calma mi propio "inventario" de las cosas perdidas, de las cosas no dichas, del afecto
no manifestado.

El ladrillazo
Un joven y exitoso ejecutivo paseaba a toda velocidad en su Jaguar último
modelo, con precaución de esquivar un chico que hacía señas en la calle. Sin mirarle,
y sin bajar la velocidad, pasó junto a él. Sintió un golpe en la puerta. Al bajarse, vio
que un ladrillo le había estropeado la pintura de la puerta de su lujoso auto. Salió
corriendo y agarró por los brazos al chiquillo, y le gritó: ¿Qué rayos es esto? ¿Por qué
haces esto con mi coche? Y enfurecido, continuó gritándole: ¡Es un coche nuevo, y
ese ladrillo que lanzaste te va a costar caro! ¿Por qué lo hiciste? "Por favor, Señor,
por favor, lo siento mucho. No sé qué hacer. Lancé el ladrillo porque nadie paraba...".
Las lágrimas bajaban por sus mejillas, mientras señalaba hacia un lado: "Es mi
hermano. Se descarriló su silla de ruedas y se cayó al suelo y no puedo levantarlo".
Sollozando, el chiquillo le preguntó: "¿Puede usted, por favor, ayudarme a sentarlo en
su silla? Se ha hecho daño. Y no puedo con él, pesa mucho para mí solo."
Visiblemente impactado por las palabras del chiquillo, el ejecutivo tragó saliva.
Emocionado por lo que acababa de pasarle, levantó al joven del suelo y lo sentó en su
silla nuevamente. Sacó su pañuelo para limpiar un poco las cortaduras y la suciedad
de las heridas del hermano de aquel chiquillo. Comprobó que que se encontraba bien,
y miró al chiquillo, que le dio las gracias con una sonrisa que nadie podría describir.
"Dios le bendiga, señor. Muchas gracias." El hombre vio como se alejaba el chiquillo
empujando trabajosamente la pesada silla de ruedas de su hermano, hasta llegar a su
humilde casita. El ejecutivo no ha reparado aún la puerta del auto, manteniendo la
rayadura que le hizo el ladrillazo. Le recuerda que no debe ir por la vida tan de prisa
que alguien tenga que lanzarle un ladrillo para que preste atención. A veces hay
muchas cosas que nos susurran en el alma y en el corazón. Hay veces que tiene que
caernos un ladrillo para prestar atención a lo que pasa.
El leopardo y el fuego
Según un cuento africano, antiguamente el leopardo y el fuego eran amigos. El
leopardo vivía, como ahora, en la selva, y el fuego en una caverna. A veces el
leopardo hacía largas caminatas para ir a ver a su amigo. Un día le dijo: "¿Por qué no
me devuelves mis visitas? ¿Y por qué te estás aquí metido siempre en la caverna en
compañía de estas piedras negras?". El fuego respondió: "Es mucho mejor que yo
esté aquí. Si salgo, puedo ser muy peligroso." Pero el leopardo insistió tanto, que al
fin su amigo dijo: "Bueno, pero primero limpia cuidadosamente la explanada que hay
delante de la caverna". El leopardo era algo perezoso, así que arrancó la hierba, pero
dejó alguna que otra hoja seca. Cuando el fuego salió de la caverna, se transformó en
seguida en un gran incendio que, impulsado por el viento, llegó hasta la copa de los
101

árboles. El leopardo, aterrorizado, se puso a correr de un lado para otro y se le quemó


la piel. Por eso todavía hoy el leopardo lleva las señales de las quemaduras y, cuando
ve a lo lejos a su amigo el fuego, huye como un loco. Moraleja: los perezosos y los
inconstantes pierden hasta los amigos.

El milagro de Lanciano
Lanciano es un pueblo del Abruzzo, al sur de Chietti y Pescara. En el siglo VII
un monje basiliano duda de la presencia del Señor en las Especies, mientras celebraba
la Misa. Y, ante él, la Hostia se transforma en un trozo de carne, redondo, de la misma
forma que la Hostia; y en el cáliz, el vino se transforma en Sangre que se coagula
enseguida: forma 5 coágulos. Así se conserva hoy en día. La Hostia en una custodia y
los coágulos en una ampolla. El 18-IX-70 se hizo una consulta a Roma para analizar
lo que hay dentro. Los profesores Lindi y Bertelli, el 4-III-71, publican los resultados:
carne y sangre humanas; grupo AB (el mismo de la Sábana Santa); de una persona
viva; diagrama de la sangre corresponde a la sangre extraída ese mismo día del
paciente; carne: fibras de miocardio.

El Príncipe pasó por aquí


"¡Cómo quiere madre que eche cuenta en nada esta mañana, si el Príncipe va a
pasar por aquí! Dime tú cómo me peino, madre. Qué vestido me voy a poner... Sí,
madre, no me mires así. Ya sé que él no alzará sus ojos a mí ventana; ya sé yo que lo
veré sólo un momento... Pero el príncipe va a pasar por aquí, madre, y yo quiero
ponerme ese instante lo mejor que tengo". (...) "Madre, ya el Príncipe pasó. Cómo
brillaba el sol de la mañana en su carroza. Yo abrí el velo de mi casa, me arranqué del
cuello la cadena de rubíes y la eché a su paso...". "Sí, madre, no me mires tú así; ya sé
que él no cogió mi cadena; ya sé que la aplastó una rueda de su carro; que sólo quedó
de ella una mancha grana en el polvo; que nadie sabe que el regalo era el mío; ni para
quien era... Pero el Príncipe pasó por aquí, madre, y yo le eché a su paso el mejor
tesoro". (Peekay, protagonista de "La potencia de uno", de Courtenay)

El rey y su halcón
Genghis Khan (1162-1227), cuyo imperio mongol se extendía desde el este de
Europa hasta el Mar de Japón, llegó un día con su ejército a China y a Persia, y
conquistó muchas tierras. En todos los países, los hombres referían sus hazañas, y
decían que desde Alejandro Magno no existía un rey como él. Una mañana, cuando
descansaba de sus guerras, salió a cabalgar por los bosques. Lo acompañaban muchos
de sus amigos. Cabalgaban jovialmente, llevando sus arcos y flechas. Sus criados los
seguían con los perros. Era una alegre partida de caza. Sus gritos y sus risas
resonaban en el bosque. Esperaban obtener muchas presas. En la muñeca, el rey
llevaba su halcón favorito, pues en esos tiempos se adiestraba a los halcones para
cazar. A una orden de sus amos, echaban a volar y buscaban las presas desde el aire.
Si veían un venado o un conejo, se lanzaban sobre él con la rapidez de una flecha.
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Todo el día Genghis Khan y sus cazadores atravesaron el bosque, pero no encontraron
tantos animales como esperaban. Al anochecer emprendieron de regreso. El rey
cabalgaba a menudo por los bosques, y conocía todos los senderos. Así que mientras
el resto de la partida tomaba el camino más corto, eligió un camino más largo por un
valle entre dos montañas. Había sido un día caluroso, y el rey tenía sed. Su halcón
favorito había echado a volar, y sin duda encontraría el camino de regreso. El rey
cabalgaba despacio. Una vez había visto un manantial de aguas claras cerca de ese
sendero. ¡Ojalá pudiera encontrarlo ahora! Pero los tórridos días de verano habían
secado todos los manantiales de montaña. Al fin, para su alegría, vio agua goteando
de una roca. Sabía que había un manantial más arriba. En la temporada de las lluvias,
siempre corría por allí un río muy caudaloso, pero ahora bajaba una gota por vez. El
rey se apeó del caballo. Tomó un tazón de plata de su morral, y lo sostuvo para
recoger las gotas que caían con lentitud. Tardaba mucho en llenarse, y el rey tenía
tanta sed que apenas podía esperar. En cuanto el tazón se llenó, se lo llevó a los labios
y se dispuso a beber. De pronto oyó un silbido en el aire, y le arrebataron el tazón de
las manos. El agua se derramó en el suelo. El rey alzó la vista para ver quien había
hecho esto. Era su halcón. El halcón voló de aquí para allá varias veces, y al fin se
posó en las rocas, a orillas del manantial. El rey recogió el tazón, y de nuevo se
dispuso a llenarlo. Esta vez no esperó tanto tiempo. Cuando el tazón estuvo medio
lleno, se lo acercó a la boca. Pero apenas lo intentó, el halcón se echó a volar y se lo
arrebató de las manos. El rey empezó a enfurecerse . Lo intentó de nuevo, y por
tercera vez el halcón le impidió beber. El rey montó en cólera. “¿Cómo te atreves a
actuar así? ¡Si te tuviera en mis manos te retorcería el cuello!”. Llenó el tazón de
nuevo. Pero antes de tratar de beber, desenvainó la espada: “Amigo halcón, esta es la
última vez”. No acababa de pronunciar estas palabras cuando el halcón bajó y le
arrebató el tazón de la mano. Pero el rey lo estaba esperando. Con una rápida
estocada abatió al ave. El pobre halcón cayó sangrando a los pies de su amo. “¡Ahora
tienes lo que mereces!”, dijo Genghis Khan. Pero cuando buscó su tazón, descubrió
que había caído entre dos piedras, y que no podía recobrarlo. “De un modo u otro,
beberé agua de esa fuente”, se dijo. Decidió trepar la empinada cuesta que conducía
al lugar de donde goteaba el agua. Era un ascenso agotador, y cuanto más subía, más
sed tenía. Al fin llegó al lugar. Allí había, en efecto un charco de agua ¿pero qué
había en el charco? Una enorme serpiente muerta, de la especie más venenosa. El rey
se detuvo. Olvidó la sed. Pensó sólo en el pobre pájaro muerto. “¡El halcón me salvó
la vida! ¿Y cómo le pagué? ¡Era mi mejor amigo y lo he matado!”. Bajó la cuesta.
Tomó suavemente al pájaro y lo puso en su morral. Luego montó a caballo y regresó
deprisa, diciéndose: “Hoy he aprendido una lección, y es que nunca se debe actuar
impulsado por la furia”.

El tapiz
El nuevo sacerdote, recién asignado a su primer ministerio pastoral para reabrir
una iglesia en los suburbios de Brooklyn, New York, llegó a comienzo de octubre
entusiasmado con sus primeras oportunidades. Cuando vio la iglesia se encontró
conque estaba en pésimas condiciones y requería de mucho trabajo de reparación. Se
fijó la meta de tener todo listo a tiempo para oficiar su primera Misa en la
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Nochebuena. Trabajó arduamente, reparando los bancos, empañetando las paredes,


pintando, etc., y para el 18 de diciembre ya habían casi concluido con los trabajos,
adelantándose a su propia meta. Pero el 19 de diciembre cayó una terrible tormenta
que azotó la zona durante dos días completos. El día 21 el sacerdote fue a ver la
iglesia. Su corazón dio un vuelco cuando vio que el agua se había filtrado a través del
techo, causando una gotera enorme en la pared frontal, exactamente detrás del altar,
dejando una mancha y un destrozo como a la altura de la cabeza. El sacerdote limpió
el suelo, y no sabiendo que más hacer, salió para su casa. En el camino vio que una
tienda local estaba llevando a cabo una venta de liquidación de cosas antiguas, y
decidió entrar. Uno de los artículos era un hermoso tapiz hecho a mano, color hueso,
con un trabajo exquisito de aplicaciones, bellos colores y una cruz bordada en el
centro. Era justamente el tamaño adecuado para cubrir el hueco en la pared frontal.
Lo compró y volvió a la iglesia. Ya para ese entonces había comenzado a nevar. Una
mujer mayor iba corriendo desde la dirección opuesta tratando de alcanzar el autobús,
pero finalmente lo perdió. El sacerdote la invito a esperar en la iglesia, donde había
calefacción, pues el siguiente autobús tardaría 45 minutos en llegar. La señora se
sentó en el banco sin prestar atención al sacerdote, mientras este buscaba una
escalera, ganchos, etc., para colocar el tapiz como tapiz en la pared. El sacerdote
estaba muy satisfecho de lo bien que quedaba, y de cómo cubría toda la superficie
estropeada. Entonces vio que la mujer venía hacia él, desde el pasillo del centro. Su
cara estaba blanca como una hoja de papel: "Padre, ¿dónde consiguió usted ese
tapiz?". El sacerdote le explicó. La mujer le pidió que le permitiera ver la esquina
inferior derecha para ver si las iniciales EBG aparecían bordadas allí. Sí, estaban.
Eran las iniciales de aquella mujer, y ella había hecho ese tapiz 35 anos atrás en
Austria. La mujer apenas podía creerlo cuando el sacerdote le contó cómo acababa
obtener el tapiz. La mujer le explicó que antes de la guerra ella y su esposo tenían una
posición económica holgada en Austria. Cuando los nazis llegaron, la forzaron a irse.
Su esposo debía seguirla la semana siguiente. Ella fue capturada, enviada a prisión y
nunca volvió a ver a su esposo ni su casa. El sacerdote ofreció regalarle el tapiz, pero
ella lo rechazó diciéndole que era lo menos que podía hacer. Se sentía muy
agradecida pues vivía al otro lado de Staten Island y solamente estaba en Brooklyn
por el día para un trabajo de limpieza de casa. El sacerdote le pidió sus señas, con
idea de hacerle llegar el tapiz unos días después. En la Misa de la Nochebuena la
iglesia estaba casi llena. La música y el espíritu que reinaban eran increíbles. Al final,
el sacerdote despidió a todos en la puerta y muchos expresaron que volverían. Un
hombre mayor, que el pastor reconoció del vecindario, seguía sentado en uno de los
bancos mirando hacia el frente, y el sacerdote se preguntaba por qué no se iba. El
hombre le preguntó dónde había obtenido ese tapiz que estaba en la pared del frente,
porque era idéntico al que su esposa había hecho años atrás en Austria antes de la
guerra, y no entendía cómo podía haber dos tapices tan idénticos. Le relató cómo
llegaron los nazis y cómo el forzó a su esposa a irse, para la seguridad de ella, y cómo
él no pudo seguirla, pues fue arrestado y enviado a prisión. Nunca volvió a ver a su
esposa ni su hogar en todos aquellos 35 años. El sacerdote le preguntó si le permitiría
llevarlo con él a dar una vuelta. Se dirigieron en el carro hacia Staten Island, hacia la
casa de aquella mujer que estuvo tres días atrás en la iglesia. Subieron los tres pisos
de escalera que conducían al apartamento de la mujer, llamaron a la puerta y
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presenció el más hermoso encuentro de Navidad que pudo haber imaginado.

El violinista
Ocurrió en París, en una calle céntrica aunque secundaria. Un hombre, sucio y
maloliente tocaba un viejo violín. Frente a él y sobre el suelo estaba su boina, con la
esperanza de que los transeúntes se apiadaran de su condición y le arrojaran algunas
monedas para llevar a casa. El pobre hombre trataba de sacar una melodía, pero era
imposible identificarla debido a lo desafinado del instrumento y a la forma displicente
y aburrida con que tocaba. Un famoso concertista, que junto con su esposa y unos
amigos salía de un teatro cercano, pasó frente al mendigo musical. Todos arrugaron la
cara al oír aquellos sonidos tan discordantes. Y no pudieron menos que reír de buena
gana. La esposa le pidió, al concertista, que tocara algo. El hombre echó una mirada a
las pocas monedas en el interior de la boina del mendigo, y decidió hacer algo. Le
pidió el violín, y el mendigo musical se lo prestó con cierto resquemor. Lo primero
que hizo el concertista fue afinar sus cuerdas. Y después, vigorosamente y con gran
maestría arrancó una melodía fascinante del viejo instrumento. Los amigos
comenzaron a aplaudir y los transeúntes comenzaron a arremolinarse para ver el
improvisado espectáculo. Al escuchar la música, la gente de la cercana calle principal
acudió también y pronto había una pequeña multitud escuchando arrobada el extraño
concierto. La boina se llenó no solamente de monedas, sino de muchos billetes de
todas las denominaciones. Mientras el maestro sacaba una melodía tras otra, con tanta
alegría. El mendigo musical estaba aún más feliz de ver lo que ocurría y no cesaba de
dar saltos de contento y repetir orgulloso a todos: " ¡¡Ese es mi violín!! ¡¡Ese es mi
violín!!". Lo cual, por supuesto, era rigurosamente cierto. La vida nos da a todos un
violín, que son nuestros conocimientos, habilidades y aptitudes. Y tenemos libertad
para tocar ese violín como nos plazca. Algunos, por pereza, ni siquiera afinan ese
violín. No perciben que hay que prepararse, aprender, desarrollar habilidades y
mejorar constantemente nuestras aptitudes si hemos de dar un buen concierto.
Pretenden una boina llena de dinero, y lo que entregan es una discordante melodía
que no gusta a nadie.

Elegiría el cactus
Caía el sol terrible de la tarde y el pueblo se asaba en el calor abajo. "Es un
crepúsculo magnífico. Este es siempre el mejor sitio". Miré detrás de mí y vi un
hombre alto y delgado, más alto, mucho más, y puede que hasta más delgado que mi
abuelo. Llevaba un sombrero de campo maltrecho y viejo y el cabello, níveo le
llegaba a los hombros. Así entró el profesor Von Vollensteen, Doc, en mi vida. Yo
tenía sólo seis años. Poco tiempo después, convenció a mi madre para que, a cambio
de dame clases de piano, me dejara acompañarle en busca de cactus para su jardín,
situado "en la cima más o menos llana de un pequeño cerro que dominaba el pueblo y
el valle. Para llegar a ella había que subir diez minutos de cuesta hacia la soledad, por
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una carreterita de piedras y tierra que no llevaba a ninguna otra parte. Aquel jardín de
cactus puede que fuese la mejor colección privada de cactus del planeta. Yo, que me
convertí en un especialista en cactus, no he visto nunca otro mejor". Lo cierto es que
mi madre, desconcertada y encantada a la vez, terminó accediendo a su petición
cuando Doc le explicó su teoría sobre los cactus: "Si Dios eligiese una planta para
representarle, yo creo que elegiría entre todas ellas el cactus. El cactus posee casi
todas las bendiciones que Él intentó otorgar al hombre, casi siempre en vano. El
cactus es humilde pero no sumiso. Crece donde no es capaz de crecer ninguna otra
planta. No se queja si el sol le quema en la espalda, ni si el viento lo arranca del
acantilado o lo sepulta en la arena seca del desierto, ni sí está sediento. Cuando llega
la lluvia almacena agua para futuros tiempos difíciles. Florece lo mismo en el buen
tiempo que en el malo. Se guarda del peligro pero no hace daño a ninguna otra planta.
Se adapta perfectamente casi a cualquier medio. En Méjico hay un cactus que sólo
florece una vez cada cien años y de noche. Eso es santidad de un grado
extraordinario, ¿no está usted de acuerdo? El cactus tiene propiedades que le
permiten curar las heridas de los hombres, y se extraen de él pociones que pueden
hacer que un hombre toque el rostro de Dios o se asome a la boca del infierno. Es la
planta de la paciencia y de la soledad, del amor y de la locura, de la belleza y de la
fealdad, de la dureza y de la suavidad. ¿No cree usted que de todas las plantas fue al
cactus la que Dios hizo a su propia imagen?". (Peekay, protagonista de "La potencia
de uno", de Courtenay)

Empuja la vaquita
Un maestro samurai paseaba por un bosque con su fiel discípulo, cuando vio a lo
lejos un sitio de apariencia pobre, y decidió hacer una breve visita al lugar. Durante la
caminata le comentó al aprendiz sobre la importancia de realizar visitas, conocer
personas y las oportunidades de aprendizaje que obtenemos de estas experiencias.
Llegando al lugar constató la pobreza del sitio, los habitantes: una pareja y tres hijos,
la casa de madera, vestidos con ropas sucias y rasgadas, sin calzado. Entonces se
aproximó al señor, aparentemente el padre de familia y le preguntó: "En este lugar no
existen posibilidades de trabajo ni puntos de comercio tampoco, ¿cómo hacen usted y
su familia para sobrevivir aquí?". El señor calmadamente respondió: "Amigo mío,
nosotros tenemos una vaquita que nos da varios litros de leche todos los días. Una
parte del producto la vendemos o lo cambiamos por otros géneros alimenticios en la
ciudad vecina y con la otra parte producimos queso, cuajada, etc., para nuestro
consumo y así es como vamos sobreviviendo. "El sabio agradeció la información,
contempló el lugar por un momento, luego se despidió y se fue. Siguieron su camino,
y un rato después se volvió hacia su fiel discípulo y le ordenó: "Busque la vaquita,
llévela al precipicio de allí enfrente y empújela al barranco." El joven, espantado,
cuestionó al maestro aquella orden, pues la vaquita era el medio de subsistencia de
aquella familia. Mas como percibió el silencio absoluto del maestro, fue a cumplir la
orden. Así que empujó la vaquita por el precipicio y la vio morir. Aquella escena
quedó grabada en la memoria de aquel joven durante años. Un buen día el joven
agobiado por la culpa resolvió abandonar todo lo que había aprendido y regresar a
aquel lugar y contarle todo a la familia, pedir perdón y ayudarlos. Así lo hizo, y a
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medida que se aproximaba al lugar veía todo muy bonito, con árboles floridos, todo
habitado, con carro en el garaje de tremenda casa y algunos niños jugando en el
jardín. El joven se sintió triste y desesperado imaginando que aquella humilde familia
tuviese que vender el terreno para sobrevivir, aceleró el paso y llegando allá, fue
recibido por un señor muy simpático. El joven preguntó por la familia que vivía allí
hacia unos cuatro años, el señor respondió que seguían viviendo allí. Espantado el
joven entró corriendo a la casa y confirmó que era la misma familia que visitó hacía
algunos años con el maestro. Elogió el lugar y preguntó al señor (el dueño de la
vaquita): "¿Cómo hizo para mejorar este lugar y cambiar de vida?". El señor
entusiasmado le respondió: "Nosotros teníamos una vaquita que cayó por el
precipicio y murió, de ahí en adelante nos vimos en la necesidad de hacer otras cosas
y desarrollar otras habilidades que no sabíamos que teníamos, así alcanzamos el éxito
que sus ojos vislumbran ahora." La moraleja samurai nos dice: "Todos nosotros
tenemos una vaquita que nos proporciona alguna cosa básica para nuestra
supervivencia, pero que nos lleva a la rutina y nos hace dependientes de ella, y
nuestro mundo se reduce a lo que la vaquita nos brinda. Tu sabes cual es tu vaquita.
No dudes un segundo en empujarla por el precipicio.

En la vida real
"He visto muchas películas de prisiones donde el teléfono suena en el momento
preciso en que está a punto de accionar el interruptor para cargarse a un pobre
inocente, pero en todos los años que pasé en el bloque E (de los condenados a
muerte), nuestro teléfono no sonó ni una sola vez. En las películas, la salvación
resulta barata, y la inocencia también. Uno paga veinticinco centavos y consigue algo
que vale exactamente eso. En la vida real, todo cuesta más, y las respuestas son
diferentes". (diálogo toma de La milla verde, de Stephen King).

Enfadarse
Érase una vez un joven con un carácter bastante violento. Su padre le dio una
bolsa de clavos y le dijo que clavara un clavo en la cerca del jardín cada vez que
perdiera la paciencia y se peleara con alguien. El primer día, llegó a clavar 37 clavos
en la cerca. Durante las semanas siguientes aprendió a controlarse, y el número de
clavos colocados en la cerca disminuyo día tras día: había descubierto que era más
fácil controlarse que clavar clavos.
Finalmente, llego un día en el cual el joven no clavó ningún clavo en la cerca.
Entonces fue a ver a su padre y le dijo que había conseguido no clavar ningún clavo
durante todo el día. Su padre le dijo entonces que quitara un clavo de la cerca del
jardín por cada día durante el cual no hubiera perdido la paciencia. Los días pasaron y
finalmente el joven pudo decirle a su padre que había quitado todos los clavos de la
cerca.
El padre condujo entonces a su hijo delante de la cerca del jardín y le dijo: "Hijo
mío, te has portado bien, pero mira cuantos agujeros hay en la cerca del jardín. Esta
cerca ya no será como antes. Cuando te peleas con alguien y le dices algo
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desagradable, le dejas una herida como esta. Puedes acuchillar a un hombre y después
sacarle el cuchillo, pero siempre le quedará una herida. Poco importa cuantas veces te
excuses, la herida verbal hace tanto daño como una herida física. Los amigos son
como joyas muy valiosas. No los maltrates. Siempre están dispuestos a escuchar
cuando lo necesitas, te sostienen y te abren su casa."

Eres importante para mí


Una profesora universitaria inició un experimento entre sus alumnos. A cada
uno les dio cuatro tarjetas de color azul, todos con la leyenda "Eres importante para
mi" y les pidió que se pusieran una. Cuando todos lo hicieron, les dijo que eso era lo
que ella pensaba de ellos. Luego les explicó de qué se trataba el experimento: tenían
que darle una de esas tarjetas a alguna persona que fuera importante para ellos,
explicándoles el motivo, y dándole el resto para que esa persona hiciera lo mismo. El
experimento era ver cuánto podía influir en las personas ese pequeño detalle. Todos
salieron de clase pensando y comentando a quién darían esas tarjetas. Algunos
mencionaban a sus padres, a sus hermanos o a sus novios. Pero entre aquellos
estudiantes había uno que vivía lejos de sus padres. Había conseguido una beca para
esa universidad y al estar lejos de su hogar, no podía darle esa tarjeta a sus padres o
hermanos. Pasó toda la noche pensando a quién se la daría. Al día siguiente, muy
temprano, pensó en un amigo suyo, joven profesional que le había orientado para
elegir carrera y que muchas veces le aconsejaba cuando las cosas no iban tan bien
como él esperaba. A la salida de clase se dirigió al edificio donde su amigo trabajaba.
En la recepción pidió verlo. A su amigo le extrañó, ya que el muchacho no solía ir a
esas horas, por lo que pensó que algo malo pasaba. El estudiante le explicó el
propósito de su visita, le entregó tres tarjetas y le dijo que al estar lejos de casa, él era
el mas indicado. El joven ejecutivo se sintió halagado, pues no recibía ese tipo de
reconocimientos muy a menudo y prometió a su amigo que seguiría con el
experimento y le informaría de los resultados. El joven ejecutivo regresó a su trabajo
y ya casi a la hora de la salida se le ocurrió una arriesgada idea: entregaría los dos
tarjetas restantes a su jefe. Su jefe era una persona huraña y siempre muy atareada,
por lo que tuvo que esperar que estuviera "desocupado". Cuando consiguió verlo,
estaba inmerso en la lectura de los nuevos proyectos de su departamento, con la
oficina estaba repleta de papeles. El jefe sólo gruñó: "¿Qué desea usted?". El joven
ejecutivo le explicó tímidamente el propósito de su visita y le mostró los dos tarjetas.
El jefe, asombrado, le preguntó: "¿Por qué cree usted que soy el mas indicado para
tener ese tarjeta?". El joven le respondió que él lo admiraba por su capacidad y
entusiasmo en los negocios, y porque de él había aprendido bastante y estaba
orgulloso de estar bajo su mando. El jefe titubeó, pero recibió con agrado los dos
tarjetas. No muy a menudo se escuchan esas palabras con sinceridad estando en el
puesto en el que él se encontraba. El joven ejecutivo se despidió cortésmente del jefe
y, como ya era la hora de salida, se fue a su casa. El jefe, acostumbrado a estar en la
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oficina hasta altas horas, esta vez se fue temprano a su casa. Se fue reflexionando
mientras conducía rumbo a su casa. Su esposa se extrañó de verlo tan temprano y
pensó que algo le había pasado. Cuando le preguntó si pasaba algo, el respondió que
no pasaba nada, que ese día quería estar con su familia. La esposa se extrañó, ya que
su esposo acostumbraba a llegar de mal humor. El jefe preguntó "¿Dónde esta nuestro
hijo?". La esposa sólo lo llamó, y el chico vino, y su padre sólo le dijo:
"Acompáñame, por favor". Ante la mirada extrañada de la esposa y del hijo, ambos
salieron de la casa. El jefe era un hombre que no acostumbraba gastar su "valioso
tiempo" en su familia muy a menudo. Tanto el padre como el hijo se sentaron en el
porche de la casa. El padre miró a su hijo, quien a su vez lo miraba extrañado. Le
empezó a decir que sabía que no era un buen padre, que muchas veces se ausentó en
aquellos momentos que sabía que eran importantes. Le mencionó que había decidido
cambiar, que quería pasar más tiempo con ellos, ya que su madre y él eran lo más
importante que tenía. Le mencionó lo de los tarjetas y cómo uno de sus jóvenes
ejecutivos se la había dado. Le dijo que lo había pensado mucho, pero quería darle la
última tarjeta a él, ya que era lo más importante, lo más sagrado para él, que el día
que nació fue el más feliz de su vida y que estaba orgulloso de él: eres importante
para mi. El chico, con lágrimas en los ojos, le dijo: "Papá, no sé qué decir, mañana
pensaba suicidarme porque pensé que yo no te importaba. Te quiero, papá,
perdóname." Ambos lloraron y se abrazaron. El experimento de la profesora dio
resultado, había logrado cambiar no una, sino varias vidas, con sólo expresar lo que
sentía.

Es como yo
Mi hijo hace poco llegó a este mundo, de manera normal... pero yo tenía que
trabajar, tenía tantos compromisos... Mi hijo aprendió a comer cuando menos lo
esperaba. Comenzó a hablar cuando yo no estaba. A medida que crecía, me decía:
"Papá, algún día seré como tú ¿Cuándo regresas a casa, papá?". "No lo sé, hijo mío,
pero cuando regrese jugaremos juntos..., ya lo verás". Mi hijo cumplió diez años y me
decía: "Gracias por la pelota, papá. ¿Quieres jugar conmigo?". "Hoy no, hijo mío, que
tengo mucho que hacer." "Está bien papá, otro día será", y se fue sonriendo, y
siempre en sus labios las palabras: "Yo quiero ser como tú. ¿Cuándo regresas a casa,
papá?". "No lo sé, hijo, pero cuando regrese jugaremos juntos..., ya lo verás." Mi hijo
regresó de la universidad, hecho todo un hombre. "Hijo, estoy muy orgulloso de ti.
Siéntate y hablemos un poco." "Hoy no, papá, tengo compromisos...; por favor,
préstame el coche para ir a visitar a unos amigos." Ahora me he jubilado y mi hijo
vive en un barrio cercano. Hoy le he llamado: "Hola, hijo mío, quiero verte." "Me
encantaría, papá, pero es que no tengo tiempo...; tú sabes, el trabajo, los niños...; pero
gracias por llamar, fue estupendo hablar contigo." Al colgar el teléfono me di cuenta
que mi hijo había cumplido su deseo, era exactamente como yo.

Hablar con los padres ancianos


Mi padre me llama mucho por teléfono -decía un hombre joven-. Voy poco a
verle. Ya sabes cómo son los viejos, cuentan siempre las mismas cosas una y otra vez.
109

Además nunca faltan cosas que hacer: el trabajo, mi mujer, mis amigos... En cambio
yo -le dijo su compañero- procuro hablar mucho con mi padre. Caray -se apenó el
otro-, eres mejor que yo. Soy igual que tú -respondió el amigo con tristeza-, mi padre
murió hace tiempo y ahora sigo hablando con él, pues pienso que me escucha desde
el Cielo. Pero mientras vivió, le visitaba poco y apenas hablaba con él. Ahora siento
su ausencia, y lo busco cuando ya se me fue. Te recomiendo que procures hablar con
él ahora que lo tienes, no esperes a visitarle en el cementerio, como tengo que hacer
yo.
Firmes en medio de la persecución religiosa
Cuando el Papa estuvo en La Habana, el cardenal le comentó que, a la vista de
las dificultades del momento, había decidido moderar su actividad y no hacer apenas
proselitismo, para no tener más conflictos aún con el gobierno. El Papa le miró con
afecto en silencio. Tenía tras de sí la experiencia de tantos años bajo la persecución
comunista en Polonia. Sabía que este tipo de soluciones acomodaticias, incluso si
eran de buena fe, terminaban aguando el cristianismo y haciendo perder el vigor de la
fe. Transcurrieron unos segundos, y después el Papa pronunció con firmeza con unas
palabras de la “Gaudium et Spes”: “La Iglesia no puede nunca dejar de ser
misionera”.
Historia de dos ciudades
Un viajero se aproximaba a una gran ciudad y preguntó a una mujer que se
encontraba a un lado del camino: "¿Cómo es la gente de esta ciudad?". "¿Cómo era la
gente del lugar de donde vienes?", le inquirió ella a su vez. "Terrible, mezquina, no
se puede confiar en ella... detestable en todo los sentidos", respondió el viajero. "¡Ah!
-exclamó la mujer-, encontrarás lo mismo en la ciudad a donde te diriges".
Apenas había partido el primer viajero cuando otro se detuvo y también
preguntó acerca de la gente que habitaba en la ciudad cercana. De nuevo la mujer le
preguntó al viajero por la gente de la ciudad de donde provenía. "Era gente
maravillosa; honesta, trabajadora y extremadamente generosa. Lamento haber tenído
que partir.", declaró el segundo viajero. La sabia mujer le respondió: "Lo mismo
hallarás en la ciudad adonde te diriges".
En ocasiones no vemos las cosas como son, las vemos como somos.

Incredulidad en Plutón
Anoche tuve en mi casa una increíble visita de un viajero. Un extraño personaje
que venía nada menos que de Plutón. Estaba muy nervioso. Me explicó como en su
planeta corrían terribles rumores sobre los terrícolas: "En mi planeta, dicen las malas
lenguas, que a millones de esos pequeños seres humanos, vosotros mismos, lo
humanos, los tenéis congelados en neveras a la espera de ser objeto de experimentos
o de ser destruidos." "¿Qué mas se comenta de nosotros en tu planeta?", le pregunté.
"Pues cosas peores, como que también a millones de seres humanos, igualmente
pequeños o un poco mas grandes, se les mata, se acaba con su vida, cuando aún no
han nacido, en el vientre de su madre". Sentí como la congoja apretaba mi pecho y
como las lágrimas asomaban en mis ojos. "Te estás poniendo rojo. No te enfades, si
quieres yo volveré a mi planeta y les diré que nunca cuenten mentiras tan horribles
110

sobre vosotros los humanos". "Amigo, no me enfado con los tuyos. Me avergüenzo
de los míos. Todo lo que has dicho es cierto, eso hacen algunos seres humanos
grandes, con sus pequeños seres humanos". "Entonces me voy. No era capaz de
creérmelo. Me vuelvo a casa, por que si eso hacéis con los vuestros, que no haréis
con los que no somos de vuestra especie". Jesús García Sánchez-Colomer

Información, por favor


Cuando yo era niño, mi padre tenía uno de los primeros teléfonos de nuestro
vecindario. Recuerdo bien la vieja caja pulida clavada a la pared y el brillante
auricular colgado en el lateral de la caja. Yo era demasiado pequeño para alcanzar el
teléfono, pero solía escuchar con fascinación cuando mi madre hablaba por él.
Entonces descubrí que en alguna parte dentro de ese maravilloso dispositivo,
vivía una extraña persona - su nombre era "Información Por Favor" y no había nada
que ella no supiese. "Información Por Favor" podía proporcionarte el nombre de
cualquiera y la hora exacta.
Mi primera experiencia personal con este "genio de la lámpara" llegó un día
mientras mi madre visitaba a un vecino. Divirtiéndome con el banco de herramientas
del sótano, me aplasté el dedo con un martillo. El dolor era terrible, pero allí no
parecía haber ninguna razón para llorar porque en casa no había nadie que me pudiese
consolar. Caminé de un lado a otro por la casa chupando mi dedo palpitante y
finalmente llegué a la escalera.
¡El teléfono! Rápidamente corrí a por el taburete en el recibidor y lo arrastré
hasta el rellano de la escalera. Subiéndome a él, descolgué el receptor y lo mantuve
junto a mi oreja. "Información Por Favor", dije al micrófono justo sobre mi cabeza.
Un clic o dos y una vocecita clara habló en mi oído.
"Información." "Me he lastimado el dedo. . ." gemí al teléfono. Las lágrimas
llegaron sin demasiado esfuerzo ahora que tenía audiencia.
"¿No está tu madre en casa?" preguntó. "Nadie más que yo está en casa."
sollocé. "¿Estás sangrando?" "No," repliqué. "Me he golpeado el dedo con el martillo
y me duele." "¿Puedes abrir la nevera?" preguntó. Dije que podía. "Entonces corta un
trocito de hielo y manténlo junto a tu dedo," dijo la voz.
Después de aquello, llamaba a "Información Por Favor" para cualquier cosa. La
llamé para que me ayudara con la geografía y me dijo donde estaba Filadelfia. Me
ayudo con las matemáticas. Me dijo que mi ardilla, que había cogido en el parque
justo el día de antes, comería frutas y nueces.
Por aquel entonces, Petey, nuestro canario, murió. Llamé a "Información Por
Favor" y le conté la triste historia. Ella escuchó y después dijo lo que usualmente los
adultos dicen para consolar a un niño. Pero yo estaba desconsolado. Le pregunté,
"¿Por qué los pájaros pueden cantar tan bellamente y llevar alegría a todas las
familias, solo para acabar como un montón de plumas en el fondo de la jaula?" Ella
debió sentir mi profunda inquietud, porque dijo sencillamente, "Paul, recuerda
siempre que hay otros mundos donde cantar."
De alguna forma me sentí mejor. Otro día estaba en el teléfono. "Información
Por Favor". "Información," dijo la, ahora familiar, voz. "¿Cómo se deletrea aprieto?"
111

pregunté.
Y todo ello tuvo lugar en un pequeño pueblo en el Noroeste de la costa del
Pacífico.
Cuando tenía 9 años me mudé a través del país a Boston. Eché mucho de menos
a mi amiga. "Información Por Favor" pertenecía a aquella vieja caja de madera allá en
casa, y de ningún modo pensé intentarlo con el increíble y brillante nuevo teléfono
situado en la mesa en el recibidor. Cuando llegué a la adolescencia, las memorias de
aquellas conversaciones infantiles, en realidad nunca me abandonaron. A menudo, en
momentos de duda y confusión, podía apelar a una serena seguridad y la tenía.
Apreciaba ahora cuan paciente, compresiva y amable era ella para haber gastado su
tiempo en un niño pequeño.
Unos pocos años más tarde, en mi ruta hacia el oeste hacia la universidad, mi
avión aterrizó en Seattle. Tenía algo así como media hora entre avión y avión. Pasé
alrededor de 15 minutos al teléfono con mi hermana que entonces vivía allí.
Entonces, sin pensar en lo que estaba haciendo, marqué la operadora de mi pueblo
natal y dije, "Información Por Favor".
Milagrosamente, oí la menuda y clara voz que conocía tan bien, "Información."
No lo había planeado, pero me oí a mí mismo diciendo, "¿Puede decirme cómo
se deletrea aprieto?" Hubo una larga pausa. Entonces vino la respuesta en voz baja,
"supongo que tu dedo ya debe estar curado." Reí. "Así que realmente eres tú aún,"
dije. "Me pregunto si tienes idea de cuánto significaste para mí en aquel tiempo." "Me
pregunto," dijo ella, "si sabes lo mucho que tus llamadas significaban para mí. Nunca
he tenido hijos y solía esperar tus llamadas." Le dije cuan a menudo había pensado en
ella a lo largo de los años y le pregunté si podía llamarla de nuevo cuando volviera a
visitar a mi hermana. "Por favor, hazlo," dijo. "Pregunta por Sally."
Tres meses después estaba de vuelta en Seattle. Una voz diferente contestó,
"Información." Pregunté por Sally. "¿Es usted un amigo?" dijo ella. "Sí, un muy
antiguo amigo," respondí. "Siento tener que decirle esto," dijo. "Sally había estado
trabajando a tiempo parcial los últimos años porque estaba enferma. Murió hace
cinco semanas." Antes de que pudiera colgar dijo, "Espere un momento. ¿Dijo que su
nombre era Paul?" "Sí." "Bien, Sally dejó un mensaje para usted. Lo anotó por si
usted llamaba. Déjeme leérselo."
La nota decía, "Dile que aún digo que hay otros mundos donde cantar. Él sabrá
lo que quiero decir."
Le di las gracias y colgué. Sabía lo que Sally quería decir. (Paul Villiard, tomado
de www.andaluciaglobal.com/hadaluna)

La caja dorada
A menudo aprendemos mucho de nuestros hijos. Hace algún tiempo, un amigo
mío regañó a su hija de tres años por gastar un rollo de papel de envolver dorado. No
andaba muy bien de dinero y se enfureció cuando la niña trató de decorar una caja
para ponerla bajo el árbol de Navidad. A pesar de ello, la pequeña llevó el regalo a su
padre a la mañana siguiente, y dijo: "Esto es para ti, papá".
Él estaba turbado por su excesiva reacción anterior, pero se molestó de nuevo
112

cuando vio que la caja estaba vacía. "¿No sabes que cuando le das a alguien un regalo
se supone que debe haber algo dentro?", le dijo.
La pequeña lo miró con lágrimas en los ojos y dijo: "Oh, papá. No está vacía. He
echado besos en la caja. Todos para ti, papá".
El padre estaba hecho polvo. Rodeó con sus brazos a su pequeña y le pidió que
le perdonara. Mi amigo me dijo que conservó esa caja dorada junto a su cama durante
años. Siempre que estaba descorazonado, sacaba un beso imaginario y recordaba el
amor de la niña que los había puesto allí.
Realmente, a todos nosotros, como padres, se nos ha dado una caja dorada llena
de amor incondicional y besos de nuestros hijos. No hay posesión más preciosa que
nadie pueda tener. (James Dobson, tomado de de
www.andaluciaglobal.com/hadaluna)

La calumnia
Había una vez un hombre que calumnió grandemente a un amigo suyo, todo por
la envidia que le tuvo al ver el éxito que este había alcanzado. Tiempo después se
arrepintió de la ruina que trajo con sus calumnias a ese amigo, y visitó a un hombre
muy sabio a quien le dijo: "Quiero arreglar todo el mal que hice a mi amigo. ¿Cómo
puedo hacerlo?", a lo que el hombre respondió: "Toma un saco lleno de plumas
ligeras y pequeñas y suelta una donde vayas". El hombre muy contento por aquello
tan fácil tomó el saco lleno de plumas y al cabo de un día las había soltado todas.
Volvió donde el sabio y le dijo: "Ya he terminado", a lo que el sabio contestó: "Esa es
la parte más fácil. Ahora debes volver a llenar el saco con las mismas plumas que
soltaste. Sal a la calle y búscalas". El hombre se sintió muy triste, pues sabía lo que
eso significaba y no pudo juntar casi ninguna. Al volver, el hombre sabio le dijo: "Así
como no pudiste juntar de nuevo las plumas que volaron con el viento, así mismo el
mal que hiciste voló de boca en boca y el daño ya está hecho. Lo único que puedes
hacer es pedirle perdón a tu amigo, pues no hay forma de revertir lo que hiciste".

La canasta vacía
Así como una imagen vale más que mil palabras, una historia adecuada ilustra
más que cien libros. La esposa del Faraón de Egipto había perdido muchos hijos en su
vientre. Este parto, seguramente, era su última oportunidad para darle un heredero al
Faraón. Rodeada de médicos y sirvientas el dolor de su vientre fue en aumento hasta
que explotó en un grito de dolor liberador y, simultáneamente a su muerte dio un
parto de cinco hijos, cuatro de ellos varones y una niña. El Faraón crió con amor y
dedicación a sus hijos, dándoles la educación de futuros gobernantes a los varones y
de princesa a la hija. Pasados los años y crecidos sus hijos, el Faraón se enfrentó al
dilema de escoger a su sucesor. Dado que todos habían nacido en el mismo parto, no
había un primogénito a quién el derecho le correspondiese naturalmente. Consultó
con el Consejo de Ancianos: "Qué debo hacer? ¿Cómo elegir a mi sucesor? Quizás
deba dividir el Imperio en cuatro reinos para ser justo con todos ellos." Los sabios
respondieron: "No, majestad, dividir el Imperio implica debilitarlo y ello acarreará su
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destrucción. Además, usted tuvo cinco hijos y sería injusto con su hija. Lo mejor es
hacer un concurso entre ellos y el que traiga el proyecto que más beneficie a Egipto,
ese sea el escogido". Satisfecho con la sabiduría del consejo recibido, el Faraón citó a
sus hijos -incluida la hija- y les dijo: "Tienen seis meses para plantear el Proyecto
más beneficioso para Egipto, quién así lo haga será elegido mi sucesor." Seis meses
después los cinco hijos se congregaron en el Salón del Faraón portando los varones
gran cantidad de maquetas y planos, y la hija una canasta vacía. El Faraón escuchó
por turno los proyectos. Cada cual superaba al anterior: un sistema de caminos para el
Reino, un sistema de canales de riego, un sistema de silos para las cosechas, un
sistema de puertos para el comercio... Era difícil pensar en uno que superase en
beneficios al otro. La discusión para analizar el valor de cada uno, sin duda sería
ardua, problemática y difícil. Sin embargo, al llegar el turno a la hija ésta mostró su
canasta vacía y dijo: "Padre, yo traigo una canasta vacía que hoy vale tanto como las
maquetas que has visto. Nadie puede decir qué obra es la mejor hasta no verla hecha
y, para ese entonces el contenido de mi canasta podría superar en valor a cualquiera
de ellos." Todos quedaron sorprendidos por el enunciado, pero el Faraón y el Consejo
de Sabios estuvieron de acuerdo en que discutir el valor de los proyectos no tenía más
sentido que discutir el valor del contenido de una canasta vacía. Entonces la solución
fue obvia: los recursos del reino se emplearían para el desarrollo de los proyectos
durante dos años y, al cabo de ese tiempo se analizaría el beneficio real de cada obra
para el Reino. Pasaron los dos años de febril actividad y llegó el momento de
presentarse al Salón del Trono. Cada uno de los hijos venía orgulloso con gran
cantidad de documentos y asesores para demostrar que su obra había sido la más
beneficiosa al Reino. Y la hija llegó con su canasta vacía. A su turno, cada hijo
expuso el valor de las obras hechas: cómo ahora el sistema de riego había aumentado
las cosechas, cómo el sistema de caminos permitía que esas cosechas llegasen hasta el
último rincón del Reino, cómo el sistema de silos permitía almacenarlas de modo
limpio y seguro, cómo los nuevos puertos eran fuente de comercio y prosperidad. Al
llegar el turno de la hija, esta señaló su canasta y dijo: "Padre, tal como lo anuncié, el
tiempo me permitiría dar valor al contenido de esta canasta. Ahora lo veis: gracias a
mi canasta vacía el Reino tiene canales, caminos, silos y puertos. Sin ella sólo
hubiésemos tenido proyectos y una larga discusión para ver cuál era el mejor sin que
nunca ocurriese nada." Los cuatro hermanos se dieron la vuelta, sorprendidos y
azorados, y tras un momento de vacilación se arrodillaron frente a su hermana. Y así
Egipto tuvo su primera Emperatriz. (Adaptación libre y resumida del cuento "La
Canasta Vacía", de Ana María Aguado, Buenos Aires, 1998).

La carreta vacía
Caminaba con mi padre cuando él se detuvo en una curva y después de un
pequeño silencio me preguntó: Además del cantar de los pájaros, ¿escuchas alguna
cosa más? Agudicé mis oídos y algunos segundos después le respondí: Estoy
escuchando el ruido de una carreta. Eso es -dijo mi padre-. Es una carreta vacía.
Pregunté a mi padre: ¿Cómo sabes que es una carreta vacía, si aún no la vemos?
Entonces mi padre respondió: Es muy fácil saber cuándo una carreta está vacía, por el
ruido. Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace. Me convertí en
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adulto, y ahora, cuando veo a una persona hablando demasiado, interrumpiendo la


conversación de todos, siendo inoportuna o violenta, presumiendo de lo que tiene,
sintiéndose prepotente y haciendo de menos a la gente, tengo la impresión de oír la
voz de mi padre diciendo: "Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace".
La humildad consiste en callar nuestras virtudes y permitirle a los demás descubrirlas.
Nadie está mas vacío que aquel que está lleno de sí mismo.

La maestra
Se contaba hace muchos años una historia sobre una profesora de Primaria. Su
nombre era Sra. Thompson. Cuando se ponía de pie frente a su clase de 5º grado en el
primer día de colegio, decía una mentira a los niños. Como muchos maestros, ella
miraba a sus estudiantes y decía que los quería a todos por igual.
Pero eso era imposible, porque ahí, en la primera fila, hundido en su asiento,
estaba un pequeño llamado Teddy Stoddard. La Sra. Thompson había vigilado a
Teddy el año anterior y se dio cuenta de que no jugaba con los otros niños, que sus
ropas estaban sucias y que constantemente necesitaba un baño. Y Teddy podía ser
desagradable. Llegó al punto que la Sra. Thompson de hecho se complacía en marcar
sus apuntes con una ancha pluma roja, haciendo bien delineadas X y poniendo un
gran "MD" en la parte superior de las hojas.
En la escuela donde enseñaba la Sra. Thompson, ella fue requerida para revisar
el expediente de cada niño y dejó el de Teddy para lo último. Sin embargo, cuando
revisó su expediente, se llevó una sorpresa.
La maestra de primero de Teddy escribió, "Teddy es un niño brillante, de pronta
risa. Hace su trabajo pulcramente y tiene buenos modales, da alegría tenerlo cerca."
Su maestra de segundo escribió, "Teddy es un excelente estudiante, apreciado
por sus compañeros de clase, pero está apenado porque su madre tiene una
enfermedad terminal y la vida en su hogar debe ser una pugna."
Su maestra de tercero escribió, "La muerte de su madre ha sido dura para él.
Intenta hacer lo mejor, pero su padre no muestra mucho interés y su vida familiar
pronto le afectará si no se toman medidas."
Su maestra de cuarto escribió, "Teddy está distraído y no muestra mucho interés
por la escuela. No tiene muchos amigos y a veces se duerme en clase."
Ahora la Sra. Thompson se dio cuenta del problema y se avergonzó de sí misma.
Se sintió peor incluso cuando sus estudiantes le llevaron sus regalos de Navidad,
envueltos en bellos lazos y brillante papel, excepto el de Teddy. Su regalo estaba
chapuceramente envuelto en el pesado papel marrón que obtuvo de una bolsa de
comestibles. A la Sra. Thompson le inquietó abrirlo en mitad de los otros regalos.
Algunos de los niños empezaron a reír cuando encontró un brazalete de circonitas al
que le faltaban algunas piedras, y una botella llena hasta la cuarta parte de perfume.
Pero acalló la risa de los niños cuando exclamó lo bonito que era el bracelete, a la vez
que se lo ponía, y se aplicó algo de perfume en la muñeca.
Teddy Stoddard se quedó ese día después de clase justo lo suficiente para decir,
"Sra. Thompson, hoy huele usted justo como mi mamá solía hacerlo."
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Después de que los niños se fueran, ella lloró durante casi una hora.
Desde ese preciso día, la Sra. Thompson puso especial atención con Teddy.
Mientras trabajaba con él, su mente parecía volver a la vida. Cuanto más lo animaba,
más rápido respondía él. Al final del año, Teddy había llegado a ser uno de los niños
más inteligentes de clase y, a pesar de su mentira de que ella querría a todos los niños
por igual, Teddy se convirtió en uno de los "favoritos de la maestra"
Un año más tarde, encontró una nota bajo su puerta, de Teddy, diciéndole que
todavía era la mejor maestra que había tenido en toda su vida. Pasaron seis años antes
de que le llegara otra nota de Teddy. Entonces le escribió que había acabado la
Secundaria, el tercero de su clase, y que ella todavía era la mejor maestra que había
tenido en toda su vida.
Cuatro años después, le llegó otra carta, diciendo que aunque las cosas habían
sido duras a veces, permaneció en el colegio, perseveró y pronto obtendría su
graduado con los mayores honores. Aseguraba a la Sra. Thompson que ella todavía
era la mejor maestra que había tenido en toda su vida y su favorita.
Pasaron cuatro años más y llegó otra carta. Esta vez explicaba que después de
haber obtenido su título de Bachiller, decidió ir un poco más allá. La carta explicaba
que ella era todavía la mejor y favorita maestra que había tenido nunca. Pero ahora su
nombre era un poco más largo: la carta estaba firmada, Doctor Theodore F. Stoddard.
La historia no acaba aquí. Todavía recibió otra carta esa primavera. Teddy decía
que había conocido a una chica y que iba a casarse. Explicaba que su padre había
muerto hacía un par de años y se preguntaba si la Sra. Thompson aceptaría sentarse
en la boda en el sitio que usualmente estaba reservado para la madre del novio. Por
supuesto, la Sra. Thompson lo hizo. ¿Y sabes qué? Lució el brazalete, aquel al que le
faltaban varias circonitas. Y se aseguró de ponerse el perfume que Teddy recordaba
que su madre llevaba en su última Navidad juntos. Se abrazaron y el Dr. Stoddard
susurró en el oído a la Sra. Thompson, "Gracias, Sra. Thompson por creer en mí.
Muchas gracias por hacerme sentir importante y mostrarme que yo podía hacer que
las cosas fueran diferentes." La Sra. Thompson, con lágrimas en los ojos, susurró a su
vez. Dijo, "Teddy, estás totalmente equivocado. Tu fuiste el que me enseñó a mí a
hacer las cosas diferentes. Yo no sabía cómo enseñar hasta que te conocí." (Elizabeth
Silance Ballard, tomado de de www.andaluciaglobal.com/hadaluna)

La oruga y la mariposa
Una pequeña oruga caminaba un día en dirección al sol. Muy cerca del camino
se encontraba un saltamontes. "¿Hacia donde te diriges?" - le preguntó -. Sin dejar de
caminar, la oruga contestó: "Tuve un sueño anoche: soñé que desde la punta de la
gran montaña yo miraba todo el valle. Me gustó lo que vi en mi sueño y he decidido
realizarlo". Sorprendido, el saltamontes dijo mientras su amigo se alejaba: "¡Debes
estar loca!, ¿cómo podrás llegar hasta aquel lugar?, ¿tú?, ¿una simple oruga? .... una
piedra será una montaña, un pequeño charco un mar y cualquier tronco una barrera
infranqueable...". Pero el gusanito ya estaba lejos y no lo escuchó, su diminuto cuerpo
no dejó de moverse. De pronto se oyó la voz de un escarabajo preguntando hacia
dónde se dirigía con tanto empeño. La oruga contó una vez más su sueño y el
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escarabajo no pudo soportar la risa, soltó la carcajada y dijo: "Ni yo, con patas tan
grandes, intentaría realizar algo tan ambicioso", y se quedó en el suelo tumbado de la
risa mientras la oruga continuó su camino, habiendo avanzado ya unos cuantos
centímetros. Del mismo modo la araña, el topo y la rana le aconsejaron a nuestro
amigo desistir: "¡No lo lograrás jamás!" le dijeron, pero en su interior había un
impulso que lo obligaba a seguir. Ya agotado, sin fuerzas y a punto de morir, decidió
parar a descansar y construir con su último esfuerzo un lugar donde pernoctar. "Estaré
mejor", fue lo último que dijo y murió. Todos los animales del valle fueron a mirar
sus restos, ahí estaba el animal más loco del campo, había construido como su tumba
un monumento a la insensatez, ahí estaba un duro refugio, digno de uno que murió
por querer realizar un sueño irrealizable. Esa mañana en la que el sol brillaba de una
manera especial, todos los animales se congregaron en torno a aquello que se había
convertido en una advertencia para los atrevidos. De pronto quedaron atónitos,
aquella costra dura comenzó a romperse y con asombro vieron unos ojos y unas
antenas que no podían ser las de la oruga que creían muerta, poco a poco, como para
darles tiempo de reponerse del impacto, fueron saliendo las hermosas alas de
mariposa de aquel impresionante ser que tenían en frente, el que realizaría su sueño,
el sueño por el que había vivido, por el que había muerto y por el que había vuelto a
vivir. Todos se habían equivocado. El éxito en la vida no se mide por lo que has
logrado, sino por los obstáculos que has tenido que enfrentar en el camino. Aunque el
camino sea largo y difícil, no te dejes vencer... si eres constante, tus sueños pueden
convertirse en realidad.

La silla de ruedas
05:30, oigo el despertador. Uf, ya es hora de levantarse, pero si acabo de
acostarme... ¿Por qué tiene que estallar ahora este cacharro? ¿Por qué no puedo esta
tan desvelado, como ayer cuando me acosté? Me quedaré cinco minutos mas, luego
en la autopista los podré recuperar. Cierro los ojos y me imagino que estoy en la
playa tumbado, tomando energía de mi planeta preferido.
Lo que pensé que serían 5 minutos se multiplicaron por 8. Miro al reloj, que me
responde con guasa que me he vuelto a quedar dormido. Como un cohete salgo de mi
cama hacia la cocina para hacerme un café con la esperanza de que me ayude a abrir
los ojos. La autopista no me permite gastar un poco de adrenalina para apaciguar mi
tensión, sino que la aumenta cuando me doy cuenta que estoy atascado en ella.
Cuando por fin llego a la estación de trenes veo como el tren traga a sus últimos
pasajeros cierra las puertas lentamente y desaparece en el horizonte. Como era de
esperar llegaré tarde al trabajo.
Después de la aventura que tuve para llegar al trabajo, la motivación se
derrumba por completo al pensar en la montaña de trabajo que me está esperando.
Después de 8 horas y media de duro trabajo estoy realmente por los suelos.
Mientras estoy esperando el tren para regresar a casa empiezo casi a deprimirme.
Pienso lo bien que pudiera estar si tuviera mi propia empresa, podría ganar mucho
dinero y ser mi propio jefe. Pienso de lo feliz que sería si conociera y compartiera mi
vida con mi alma gemela. Pienso el gozo que sentiría si fuese una gran personalidad
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que viajara mucho y fuese reconocida y respetada. Sigo pensando y soñando llegando
a la conclusión que debo ser la persona más infeliz del planeta.
Justo en este instante paso algo que almacenaré toda mi vida en el baúl de mis
recuerdos. No hablé con un ángel, pero un ángel tuvo que haber planeado este
encuentro. "Hola señor, me puede ayudar a subir al tren cuando venga", me dijo una
suave y alegre voz que procedía de una adolescente. A pesar de que estaba en una
silla de ruedas su rostro resplandecía como un sol al amanecer. "Cómo no, señorita,
¿qué línea de tren va a coger para llegar a su destino?", le respondí intentando sonreir.
Su tren tardó unos minutos en llegar. Me quedé con las ganas de preguntarle de
cómo le era posible estar tan alegre y feliz estando en esa situación. Cómo le iba a
preguntar yo, que estaba mil veces mejor que ella. Me puedo mover libremente,
puedo ir donde se me antoje sin depender de nadie, puedo practicar cualquier deporte,
subir cualquier montaña... Volví a meditar sobre lo infeliz que me sentía antes de
encontrar a la chica y empezó a darme vergüenza de haberme sentido así. Sólo estuve
preocupándome del mal día que tuve, estuve pensando en lo negativo de mi vida.
¡Que vergüenza!
"Ya llega mi tren, señor". Le ayudé a subir el tren y con una sonrisa (esta vez
sincera) le deseé un bonito día. Cuando perdí el tren de vista, empecé a repasar en las
cosas positivas que puedo gozar en mi vida. No tardé mucho y empecé a sentirme
bien y contento con ganas de disfrutar del presente a pesar de que tuve un mal día.
Hay un proverbio que dice que cuándo los vientos se levantan o cambian rumbo
hay gente que empieza a construir muros, pero otros construyen molinos. En la vida
encontramos muchos vientos, pero en vez de gastar nuestras energías en construir
muros podemos construir molinos y ganar energías de estos vientos. ¿Recordamos a
la chica en la silla de ruedas? Si hubiese construido muros para detener los vientos se
habría agotado y se hubiese deprimido por no poder controlar los vientos. Sin
embargo construyó molinos aceptando su situación y enseñando a los demás a ser
positivos. (Carlos Prieto, tomado de www.andaluciaglobal.com/hadaluna)

La trompeta
En una excursión todos nos hallábamos perdidos en el monte. Los niños hacía
tiempo dudaban de que los guías supiéramos el camino. El bosque, agreste, no dejaba
ver ni una luz que nos guiara. De pronto, se oyó el sonido de una trompeta lejana. Era
el cura del pueblo, que nos esperaba y, al ver que no llegábamos, había salido en
nuestra búsqueda. José Ramón, el clásico gordito de toda excursión, apretó el paso.
Al cabo de un rato la trompeta se fue perdiendo. José Ramón gritó disgustadísimo: si
esa trompeta deja de sonar, me siento y ahí me quedo. Esta es una forma de explicar
qué es la esperanza: la esperanza es como el sonido de esa trompeta.

La valentía premiada
Estaba caminando en una calle poco iluminada una noche ya tarde, cuando
escuché unos gritos que trataban de ser silenciados y que venían de atrás de un grupo
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de arbustos. Alarmado, aflojé el paso para escuchar y me aterroricé cuando me dí


cuenta de que lo que se escuchaba eran los inconfundibles signos de una lucha
desesperada en la que a unos pocos metros de mí una mujer estaba siendo atacada.
¿Me debería involucrar? Yo estaba asustado pensando en mi propia seguridad y me
maldije a mí mismo por el dilema ante el que estaba: ¿No debería tan solo correr al
teléfono más cercano y llamar a la policía? Los gritos aumentaban. Tenía que actuar
con rapidez. Finalmente me decidí. No podía darle la espalda a esa pobre mujer,
aunque eso significara arriesgar mi propia vida. No soy un hombre valiente, ni soy un
hombre fuerte ni atlético. No sé dónde encontré el coraje moral y la fuerza física,
pero una vez que había decidido finalmente ayudar a la chica, me volví extrañamente
transformado. Corrí detrás de los arbustos y salté sobre el asaltante. Forcejeando,
caímos al suelo y luchamos durante unos minutos, hasta que el atacante se puso en
pie de un salto y escapó. Jadeando fuertemente, me levanté con dificultad, y me
acerqué a la chica, que estaba en cuclillas detrás de un árbol, llorando. En la
oscuridad, apenas podía ver su silueta, temblando y en pleno shock nervioso. No
quería asustarla de nuevo, así que le hablé a cierta distancia. "No te preocupes, ya se
ha ido, estás a salvo", dije en tono tranquilizador. Hubo una prolongada pausa, y
entonces oí: "¿Papá, eres tú?". Y entonces desde detrás del árbol salió caminando mi
hija Katherine.

La vaquita
Un maestro samurai paseaba por un bosque con su fiel discípulo, cuando vio a lo
lejos un sitio de apariencia pobre, y decidió hacer una breve visita al lugar. Durante la
caminata le comentó al aprendiz sobre la importancia de realizar visitas, conocer
personas y las oportunidades de aprendizaje que obtenemos de estas experiencias.
Llegando al lugar constató la pobreza del sitio, los habitantes: una pareja y tres hijos,
la casa de madera, vestidos con ropas sucias y rasgadas, sin calzado. Entonces se
aproximó al señor, aparentemente el padre de familia y le preguntó: "En este lugar no
existen posibilidades de trabajo ni puntos de comercio tampoco, ¿cómo hacen usted y
su familia para sobrevivir aquí?". El señor calmadamente respondió: "Amigo mío,
nosotros tenemos una vaquita que nos da varios litros de leche todos los días. Una
parte del producto la vendemos o lo cambiamos por otros géneros alimenticios en la
ciudad vecina y con la otra parte producimos queso, cuajada, etc., para nuestro
consumo y así es como vamos sobreviviendo. "El sabio agradeció la información,
contempló el lugar por un momento, luego se despidió y se fue. En el medio del
camino, se volvió hacia su fiel discípulo y le ordenó: "Busque la vaquita, llévela al
precipicio de allí enfrente y empújela al barranco." El joven, espantado, repuso
maestro que la vaquita era el medio de subsistencia de aquella familia, pero el
maestro insistió y él fue a cumplir la órden, y empujó la vaquita por el precipicio y la
vio morir. Aquella escena quedó grabada en la memoria de aquel joven durante
algunos años. Un día, el joven, agobiado por la culpa, resolvió abandonar todo lo que
había aprendido y regresar a aquel lugar y contarle todo a la familia, pedir perdón y
ayudarlos. Así lo hizo, y a medida que se aproximaba al lugar veía todo muy bonito,
con árboles floridos, todo habitado, con un coche en el garaje de una gran casa y
algunos niños jugando en el jardín. El joven se sintió triste y desesperado imaginando
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que aquella humilde familia tuviese que haber vendido el terreno para sobrevivir.
Aceleró el paso, y al llegar fue recibido por un señor muy simpático. El joven
preguntó por la familia que vivía allí hacia unos cuatro años, y el señor respondió que
seguían viviendo allí. Entró a la casa y confirmó que era la misma familia que visitó
hacía algunos años con el maestro. Elogió el lugar y le preguntó al señor (al dueño de
la vaquita): "¿Cómo hizo para mejorar este lugar y cambiar de vida?". El señor
respondió: "Nosotros teníamos una vaquita que cayó por el precipicio y murió, de ahí
en adelante nos vimos en la necesidad de hacer otras cosas y desarrollar otras
habilidades que no sabíamos que teníamos, así alcanzamos el éxito que sus ojos
vislumbran ahora". La moraleja samurai dice: "Todos nosotros tenemos una vaquita
que nos proporciona alguna cosa básica para nuestra supervivencia, que nos lleva a la
rutina y nos hace dependientes de ella, y nuestro mundo se acaba reduciendo a lo que
la vaquita nos da. Tú sabes cuál es tu vaquita. No te importe empujarla por el
precipicio.

La vasija
Un cargador de agua tenía dos grandes vasijas que colgaban a los extremos de
un palo que él llevaba encima de los hombros. Una de las vasijas tenía varias grietas,
mientras que la otra era perfecta y conservaba toda el agua al final del largo camino a
pie desde el arroyo hasta la casa de su patrón. Cuando llegaba, la vasija rota sólo
contenía la mitad del agua. Durante dos años completos esto fue así diariamente. La
vasija perfecta estaba muy orgullosa de sus logros, pues se sabía perfecta para el fin
para el que fue creada. Pero la pobre vasija agrietada estaba muy avergonzada de su
propia imperfección, y se sentía miserable, porque sólo podía hacer la mitad de lo que
se suponía que era su obligación. Después de dos años, la tinaja quebrada le habló al
aguador diciéndole: "Estoy avergonzada y me quiero disculpar contigo. Porque
debido a mis grietas, sólo puedes entregar la mitad de mi carga y sólo obtienes la
mitad del valor que deberías recibir". El aguador le contestó: "Cuando regresemos a
casa quiero que te fijes en las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino". Así
lo hizo la tinaja. Y en efecto, vio muchísimas flores hermosas a todo lo largo del
camino. Pero de todos modos se sintió apenada porque, al final, sólo quedaba dentro
de sí la mitad del agua que debía llevar. El aguador le dijo entonces: "¿Te diste cuenta
de que las flores sólo crecen en tu lado del camino? Siempre he sabido de tus grietas
y quiero que veas el lado positivo que eso tiene. Sembré semillas de flores a todo lo
largo del camino por donde vas, y todos los días las has regado. Por dos años yo he
podido recoger estas flores. Si no fueras como eres, no hubiera sido posible crear esa
belleza".

La vida es bella
Un muchacho vivía sólo con su padre, ambos tenían una relación extraordinaria
y muy especial. El joven pertenecía al equipo de fútbol americano de su colegio.
Habitualmente no tenía oportunidad de jugar. En fin, casi nunca. Sin embargo, su
padre permanecía siempre en las gradas haciéndole compañía. El joven era el más
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bajo de la clase cuando comenzó la secundaria e insistía en participar en el equipo de


fútbol del colegio. Su padre siempre le daba orientación y le explicaba claramente
que "él no tenía que jugar fútbol si no lo deseaba en realidad". Pero el joven amaba el
fútbol, no faltaba a ningún entrenamiento ni a ningún partido, estaba decidido en dar
lo mejor de sí, se sentía felizmente comprometido. Durante su vida en secundaria, lo
recordaron como el "calentador de banquillo", debido a que siempre permanecía allí
sentado. Su padre, con su espíritu de luchador, siempre estaba en las gradas, dándole
compañía, palabras de aliento y el mejor apoyo que hijo alguno podría esperar.
Cuando comenzó la Universidad, intentó entrar al equipo de fútbol. Todos estaban
seguros que no lo lograría, pero acabó entrando en el equipo. El entrenador le dio la
noticia, admitiendo que lo había aceptado además por cómo él demostraba entregar
su corazón y su alma en cada una de los entrenamientos, y porque daba a los demás
miembros del equipo mucho entusiasmo. La noticia llenó por completo su corazón,
corrió al teléfono más cercano y llamó a su padre, que compartió con él la emoción.
Le enviaba en todas las temporadas todas las entradas para que asistiera a los partidos
de la Universidad. El joven deportista era muy constante, nunca faltó a un
entrenamiento ni a un partido durante los cuatro años de la Universidad, y nunca tuvo
oportunidad de participar en ningún partido. Era el final de la temporada y justo unos
minutos antes de que comenzará el primer partido de las eliminatorias, el entrenador
le entregó un telegrama. El chico lo tomó y después de leerlo quedó en silencio.
Tragó muy fuerte y temblando le dijo al entrenador: "Mi padre murió esta mañana.
¿No hay problema de que falte al partido hoy?". El entrenador le abrazó y le dijo:
"Toma el resto de la semana libre, hijo. Y no se te ocurra venir el sábado". Llegó el
sábado, y el juego no iba bien, se acercaba el final del partido e iban perdiendo. El
joven entró al vestuario y calladamente se colocó el uniforme y corrió hacia donde
estaba el entrenador y su equipo, quienes estaban impresionados de ver a su luchador
compañero de regreso. "Entrenador, por favor, permítame jugar... Yo tengo que jugar
hoy", imploró el joven. El entrenador pretendió no escucharle, de ninguna manera él
podía permitir que su peor jugador entrara en el cierre de las eliminatorias. Pero el
joven insistió tanto, que finalmente el entrenador sintiendo lastima lo aceptó: "De
acuerdo, hijo, puedes entrar, el campo es todo tuyo". Minutos después, el entrenador,
el equipo y él publico, no podían creer lo que estaban viendo. El pequeño
desconocido, que nunca había participado en un partido, estaba haciendo todo
perfectamente brillante, nadie podía detenerlo en el campo, corría fácilmente como
toda una estrella. Su equipo comenzó a ganar, hasta que empató el juego. En los
segundos de cierre el muchacho interceptó un pase y corrió todo el campo hasta ganar
con un touchdown. Las personas que estaba en las gradas gritaban emocionadas, y su
equipo lo llevó a hombros por todo el campo. Finalmente, cuando todo terminó, el
entrenador notó que el joven estaba sentado callado y solo en una esquina, se acercó y
le dijo: "¡Muchacho, no puedo creerlo, estuviste fantástico! ¿Cómo lo lograste?". El
joven miró al entrenador y le dijo: "Usted sabe que mi padre murió. Pero... ¿sabía que
mi padre era ciego?". El joven hizo una pausa y trató de sonreír. "Mi padre asistió a
todos mis partidos, pero hoy era la primera vez que él podía verme jugar... y yo quise
mostrarle que si podía hacerlo".
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La voluntad de un hombre
Guillaumet era piloto de una línea aérea en los tiempos gloriosos del comienzo
de la aviación comercial. Cuenta cómo salió adelante, perdido a seis mil metros de
altura en los Andes a consecuencia de un fallo en su avión, del que salió ileso
milagrosamente. Caminó y caminó durante muchos días, extenuado y sin alimentos ni
ropa de abrigo, subiendo y bajando por aquellos montes de hielo, hasta que -casi más
muerto que vivo- lo encontró un pastor, que lo puso a salvo. Al recordar más adelante
esa experiencia, reconoce: "Entre la nieve se pierde todo instinto de conservación.
Después de dos, de tres días de marcha, lo único que se desea es dormir. También yo
lo deseaba. Pero me decía: mi mujer cree que estoy vivo, que camino. Mis amigos
piensan igualmente que sigo andando. Todos ellos confían en mí. Seré un canalla si
no lo hago...". Y añade: "lo que yo hice, estoy seguro, ningún animal sería capaz de
hacerlo". (Saint-Exupéry, Terre des hommes)

Las formas son importantes


Un Sultán soñó que había perdido todos los dientes. Después de despertar,
mandó llamar a un sabio para que interpretase su sueño. "¡Qué desgracia, Mi Señor!
-exclamó el sabio-, cada diente caído representa la pérdida de un pariente de Vuestra
Majestad". "¡Qué insolencia! -gritó el Sultán enfurecido- ¿Cómo te atreves a decirme
semejante cosa? ¡Fuera de aquí!". Llamó a su guardia y ordenó que le dieran cien
latigazos. Más tarde ordenó que le trajesen a otro sabio y le contó lo que había
soñado. Este, después de escuchar al Sultán con atención, le dijo: "¡Excelso Señor!
Gran felicidad os ha sido reservada. El sueño significa que sobrevivirás a todos
vuestros parientes". Se iluminó el semblante del Sultán con una gran sonrisa y ordenó
que le dieran cien monedas de oro. Cuando éste salía del Palacio, uno de los
cortesanos le dijo admirado: "¡No es posible! La interpretación que habéis hecho de
los sueños es la misma que el primer sabio. No entiendo porque al primero le pagó
con cien latigazos y a ti con cien monedas de oro". "Recuerda bien amigo mío
-respondió el segundo sabio- que todo depende de la forma en el decir". Uno de los
grandes desafíos de la humanidad es aprender a comunicarse. De la comunicación
depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la paz o la guerra. Que la verdad
debe ser dicha en cualquier situación, de esto no cabe duda, mas la forma con que
debe ser comunicada es lo que provoca en algunos casos, grandes problemas. La
verdad puede compararse con una piedra preciosa: si la lanzamos contra el rostro de
alguien, puede herir, pero si la envolvemos en un delicado embalaje y la ofrecemos
con ternura ciertamente será aceptada con agrado.

Las ranas
Un grupo de ranas viajaba por el bosque y, de repente, dos de ellas cayeron en
un hoyo profundo. Todas las demás ranas se reunieron alrededor del hoyo. Cuando
vieron cuan hondo este era, le dijeron a las dos ranas en el fondo que para efectos
prácticos, se debían dar por muertas. Las dos ranas no hicieron caso a los comentarios
de sus amigas y siguieron tratando de saltar fuera del hoyo con todas sus fuerzas. Las
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otras seguían insistiendo que sus esfuerzos serian inútiles. Finalmente, una de las
ranas puso atención a lo que las demás decían y se rindió, se desplomó y murió. La
otra rana continuó saltando tan fuerte como le era posible. Una vez más, la multitud
de ranas le gritaba y le hacían señas para que dejara de sufrir y que simplemente se
dispusiera a morir, ya que no tenía sentido seguir luchando. Pero la rana saltó cada
vez con más fuerzas hasta que finalmente logró salir del hoyo. Cuando salió, las otras
ranas le dijeron: "Nos alegra que hayas logrado salir, a pesar de lo que te gritábamos".
La rana les explicó que era sorda, y que pensó que las demás gesticulaban tanto
porque le estaban animando a esforzarse más y salir del hoyo.
Moraleja 1) La palabra tiene poder de vida y muerte. Una palabra de aliento
compartida con alguien que se siente desanimado puede ayudar a levantarle al
finalizar el día. 2) Una palabra destructiva dicha a alguien que se encuentre
desanimado puede ser le que acabe por destruir. Tengamos cuidado con lo que
decimos. 3) Una persona especial es la que se da tiempo para animar a otros. En la
NASA, hay un póster muy simpático de una abeja, que dice así: "Aerodinámicamente
el cuerpo de una abeja no está hecho para volar, lo bueno es que la abeja no lo sabe".

Las tres rejas


El joven discípulo de un sabio filósofo llega a casa de éste y le dice: -Oye,
maestro, un amigo tuyo estuvo hablando de ti con malevolencia... -¡Espera! -le
interrumpe el filósofo-. ¿Ya has hecho pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?
-¿Las tres rejas? -Sí. La primera es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres
decirme es absolutamente cierto? -No. Lo oí comentar a unos vecinos. -Al menos lo
habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Eso que deseas decirme, ¿es
bueno para alguien? -No, en realidad no. Al contrario... -¡Ah, vaya! La última reja es
la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta? -A decir verdad,
no. -Entonces -dijo el sabio sonriendo-, si no es verdadero, ni bueno, ni necesario,
enterrémoslo en el olvido.

Lecho de Procusto
Procusto era el apodo del mítico posadero de Eleusis. Se llamaba Damastes,
pero le apodaban Procusto que significa "el estirador", por su sistema de hacer
amable la estancia a sus huéspedes. Deseosos de que los más altos estuvieran
cómodos en sus lechos, serraba los pies de quien le sobresalieran de la cama. Y a los
bajitos les ataba grandes pesos hasta que alcanzaban la estatura justa del lecho.
Menos mal que Teseo, el forzudo atleta, puso fin a las locuras del posadero
devolviéndole con creces el trato que dispensaba a sus ingenuos clientes.

Lo mismo encontrarás aquí


Una historieta popular del cercano oriente cuenta que un joven llegó al borde de
un oasis contiguo a un pueblo y acercándose a un anciano le preguntó: "¿Qué clase de
persona vive en este lugar?". "¿Qué clase de persona vive en el lugar de donde tú
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vienes?", preguntó a su vez el anciano. "Oh, un grupo de egoístas y malvados


–replicó el joven–; estoy encantado de haberme ido de allí". A lo cual el anciano
contestó: "Lo mismo vas a encontrar aquí". Ese mismo día, otro joven se acercó a
beber agua al oasis y viendo al anciano, preguntó: "¿Qué clase de personas viven en
este lugar?". El viejo respondió con la misma pregunta: "¿Qué clase de personas
viven en el lugar de donde tú vienes?". "Gente magnífica, honesta, amigable,
hospitalaria, me duele mucho haberlos dejado". "Lo mismo encontrarás aquí",
respondió el anciano. Un hombre que había oído ambas conversaciones preguntó al
viejo: "¿Cómo es posible dar dos respuestas diferentes a la misma pregunta?". A lo
cual el viejo respondió: "Cada cual lleva en su corazón el medio ambiente donde
vive. Aquel que no encontró nada nuevo en los lugares donde estuvo, no podrá
encontrar otra cosa aquí. Aquel que encontró amigos allá, podrá encontrar también
amigos aquí, porque la actitud mental es lo único en tu vida sobre lo cual puedes
mantener control absoluto". Si tienes una actitud positiva hallarás la verdadera
riqueza de la vida.

Los artesanos de Chiapas


Entre los indígenas de Chiapas, cuando el maestro, derrotado por los años,
decide retirarse, le entrega al alfarero joven su mejor vasija, la obra de arte más
perfecta. El joven recibe la vasija y no la lleva a casa para admirarla, ni la pone sobre
la mesa en el centro del taller para que, en adelante, le sirva de inspiración y presida
su trabajo. Tampoco la entrega a un museo. La estrella contra el piso, la rompe en mil
pedazos y los integra a su arcilla para que el genio del maestro continúe en su obra.
La obra de arte, acabamos de verlo, es tradición, es decir, entrega (traditio) de un arte
que sólo puede ser reproducido por la mano de otro artista, el cual sólo puede recrear
lo creado por su maestro deshaciéndolo de forma creativa e incorporadora, no
destruyéndolo. Si lo destruyera no podría incorporarlo, pero si no lo retomase desde
sí mismo, desde su libertad creadora, tampoco. En el primer caso sólo habría
vandalismo, en el segundo plagio. Lo que evita el vandalismo y el plagio es la
paciencia: en ella hemos de buscar las grandes tradiciones creadoras.

Los dos halcones


Un rey recibió como obsequio dos pichones de halcón y los entregó al maestro
de cetrería para que los entrenara. Pasando unos meses, el instructor comunicó al rey
que uno de los halcones estaba perfectamente educado, pero que al otro no sabía que
le sucedía, no se había movido de la rama desde el día de su llegada al palacio, a tal
punto que había que llevarle el alimento hasta allí. El rey mandó llamar a curanderos
y sanadores de todo tipo, pero nadie pudo hacer volar el ave. Encargó entonces la
misión a miembros de la corte, pero nada sucedió. Por la ventana de sus habitaciones,
el monarca podía ver que el pájaro continuaba inmóvil. Publicó por fin un bando
entre sus súbditos y, a la mañana siguiente, vio al halcón volando ágilmente en los
jardines. "Traedme al autor de ese milagro", dijo. Enseguida le presentaron a un
campesino. "¿Tú hiciste volar al halcón? ¿Cómo lo lograste? ¿Eres mago, acaso?"
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Aquel hombre contestó: "Alteza, lo único que tuve que hacer es cortar la rama. El
pájaro se dio cuenta que tenía alas y tuvo que empezar a volar."

Los siete magníficos


En la película "Los siete magníficos" (Director: John Sturges, 1960), Ixcatlan,
pueblecito mejinano dominado por la banda de Calvera, decide buscar protección
reclutando pistoleros para que los defienda. El primero que reclutan es Chris Adams,
quien accede a ayudarles si se le encomienda la selección y el mando de los otros
hombres. Ya había participado en muchos trabajos, y cobraba unos honorarios muy
elevados. Cuando le proponen proteger a Ixcatlan, se sorprende al ver que lo que le
van a pagar no es mucho, pero es todo lo que aquellos hombres tenían: "Muchas
personas me han dado grandes sumas, pero hasta ahora nunca nadie me había dado
todo".

Mártires del siglo XX


La revelación del "tercer secreto" de Fátima ha vuelto a poner en primer plano el
retrato del siglo XX como un siglo de mártires. La centuria que estamos dejando a las
espaldas ha sido, en números absolutos, la más sangrienta de la historia del
cristianismo. Dos libros publicados en Italia ayudan a entrever las dimensiones de ese
martirio y a comprender cuál fue la actividad de la Santa Sede durante los años más
difíciles de la persecución.
En 1917 no se habían vivido todavía los momentos más dramáticos del acoso a
la Iglesia. Los regímenes nazi y comunista, junto con otros odios ideológicos y
étnicos, iban a causar más víctimas cristianas que los diecinueve siglos anteriores. La
visión descrita por sor Lucia del "Obispo vestido de blanco" que, apesadumbrado,
atraviesa una ciudad en ruinas, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba
a su paso, se diría que se ha cumplido al pie de la letra.
Es muy probable que esa conexión entre el martirio y el mensaje de Fátima haya
sido una de las razones que movieron al Papa, pocos días antes de emprender su
último viaje al santuario portugués, a rendir homenaje a los "testigos de la fe", en el
acto celebrado el pasado mes de mayo en el Coliseo, lugar que simboliza el martirio
de los primeros cristianos.
Desde hace ya años, Juan Pablo II viene haciendo hincapié en que no se puede
perder la memoria de cuantos han dado su vida por la fe en "los coliseos" que se han
sucedido a lo largo del siglo XX.
Para promover la recogida de esos datos se instituyó, en el ámbito del Gran
Jubileo, una comisión específica. Su objetivo no ha sido acelerar o sustituir los
procesos de beatificación y canonización, sino recabar toda la documentación
disponible sobre esos mártires, en la inmensa mayoría de los casos, desconocidos.
Una labor tanto más urgente cuanto que, sobre muchos de ellos, no existe solo el
peligro del olvido sino el peso de la calumnia y de la sospecha, lanzado a veces por
los mismos que los asesinaron y torturaron.
En pocos meses habían llegado a Roma datos sobre 12.692 personas de los cinco
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continentes que habían dado su vida por la fe: 2.351 laicos, 5.343 sacerdotes y
seminaristas, 4.872 religiosos y 126 obispos. El historiador Andrea Riccardi ha tenido
acceso a las cartas, testimonios y relaciones enviadas por obispos, congregaciones
religiosas y conferencias episcopales. Con ese material, y con otros documentos
históricos, ha preparado el libro “El siglo del martirio”, que se presenta como un
primer estudio, pues "se intuye que estamos al inicio de la investigación y que queda
mucho por descubrir". Nos encontramos, por tanto, ante un libro casi telegráfico que
pretende ofrecer una visión panorámica. Riccardi (muy conocido también por ser el
fundador de la Comunidad de San Egidio) llega a la conclusión de que no relata "la
historia de algunos cristianos valientes, sino la de un martirio masivo".
¿Cuáles han sido las causas de esta persecución? Las motivaciones varían según
el país e incluso los diversos momentos históricos. Detrás de muchas persecuciones
hay ideologías ateas o formas de idolatría del Estado. Tales son los casos de la Unión
Soviética, y de los regímenes comunistas de Hungría, Yugoslavia, Polonia,
Checoslovaquia, Rumania, Bulgaria, Albania, China, Vietnam, Camboya, Laos,
Corea del Norte. O del nazismo, con sus estragos contra los cristianos en Alemania,
Polonia, Francia e Italia (de Holanda y Bélgica, entre otros países, no habían llegado
aún datos a la comisión). Fue el caso también de las guerras civiles de México y
España.
En otras ocasiones, razones políticas se unen a impulsos anticristianos, como los
que llevaron a cabo soldados japoneses en varios puntos de Asia, como China y
Filipinas. Si a veces se ha combatido el cristianismo por considerarlo una religión
extranjera, en otras circunstancias las persecuciones no podían tener esa excusa,
como ocurrió en algunas zonas de mayoría musulmana, donde la presencia del
cristianismo –aunque minoritario– era anterior a la llegada del islam.
Un capítulo particularmente doloroso lo constituye el testimonio de las mujeres,
laicas y religiosas, que en diversas circunstancias geográficas e históricas dieron su
vida por no ceder a la violencia. "Con frecuencia, el martirio cristiano del siglo XX es
una página de resistencia femenina en nombre de la fe y de la propia dignidad". El
siglo XX ha visto también a numerosos cristianos que fueron víctimas porque se
opusieron a la injusticia. En todo caso, es un martirio que en muchos aspectos no
pertenece a la historia pasada, como nos recuerdan a diario las páginas de los
periódicos.
La persecución produjo también resultados inesperados. Por numerosos relatos
de los supervivientes, se sabe que uno de los objetivos del trato inhumano que se
infligía a los detenidos era el aniquilamiento de su dignidad humana. Por esa razón,
resultan aún más sorprendentes los testimonios de fraternidad y de caridad que
surgieron en aquellas circunstancias en las que católicos, ortodoxos y protestantes
tuvieron que compartir los mismos lugares de reclusión y de muerte. Nació así el
"ecumenismo de los mártires", que Juan Pablo II ha presentado en muchas ocasiones
como ejemplo de lo que supone ir a lo esencial y dejar de lado las disputas fosilizadas
por los prejuicios.
Uno de esos escenarios fue el lager de Dachau, que llegó a reunir a 2.720
sacerdotes y ministros, de los que 2.579 eran católicos (en su mayoría, polacos), 109
evangélicos, 22 ortodoxos y 8 veterocatólicos, además de dos musulmanes. Uno de
los internados, por ejemplo, y se trata de una historia entre mil, recuerda la figura del
126

arzobispo de Praga, Josef Beran: "Con frecuencia, durante el rancho, veía una mano
alargarse y dejar un pedazo de pan junto a mi escudilla... Beran se alejaba con su paso
rápido, saludando con su sonrisa invencible. Hacía esto, por turno, con todos aquellos
que le parecían en peores condiciones. Y cuando no tenía nada, trataba de
consolarnos con una palabra pronunciada a media voz".
Algo parecido ocurrió en el campo de concentración que los soviéticos
instalaron en las islas Solovki, precisamente en lo que había sido uno de los
monasterios más representativos de la ortodoxia rusa. El espectáculo debió de ser tal
–teniendo presente los antecedentes de disputas y conflictos– que un testigo anota:
"Aquel de nosotros que tenga la dicha un día de volver al mundo deberá dar
testimonio de lo que estamos viendo. Y lo que vemos es el renacer de la fe pura y
auténtica de los primeros cristianos, la unión de las Iglesias en la persona de los
obispos católicos y ortodoxos".
En 1949, el mariscal Tito preguntó a un grupo de "curas populares": "Ahora que
nosotros [el gobierno yugoslavo] nos hemos separado de Moscú, ¿por qué no os
separáis vosotros de Roma?". La pregunta muestra dos de las estrategias usadas por
los regímenes comunistas en su lucha por eliminar la Iglesia: la creación de un clero
adepto al régimen, que por lo general fue minoritario, y el interés por formar "Iglesias
nacionales", separadas de Roma y fácilmente manejables.
En muchos casos, de todas formas, la línea prioritaria fue la eliminación física.
Albania fue un caso emblemático, con su profesión de ateísmo recogida en la
constitución, que tanto enorgullecía a los jefes del partido. De los seis obispos y
ciento cincuenta y seis sacerdotes que había en el país antes de que los comunistas
tomaran el poder, solo sobrevivieron un obispo y treinta sacerdotes, y todos después
de haber soportado largos años de detención. Sin embargo, la pequeña Iglesia de
Albania permaneció fiel, como recordaba con emoción Frano Ilia, nombrado en 1992
arzobispo de Shkodër: "Ningún sacerdote, a pesar de las torturas de todo tipo, ha
renegado de la fe. Y esto ha sido realmente una gracia de Dios porque los ultrajes
eran tales que resultaba realmente difícil permanecer fieles".
Aunque menos prolongado en el tiempo, también el régimen nazi se ensañó con
la Iglesia. El clero católico alemán fue uno de los grupos más perseguidos: sufrieron
la muerte, directamente o en los campos de concentración, 164 sacerdotes diocesanos,
60 religiosos, 4 religiosas, 2 miembros de institutos de vida consagrada y 118 laicos
(perseguidos en cuanto que, como católicos, se opusieron a las injusticias del Reich).
Según los elencos nominales que se han elaborado, los nazis asesinaron además a 171
sacerdotes y religiosos italianos, a los que hay que sumar otros 49 que murieron en
los campos de concentración. Más tremenda todavía fue la suerte de los polacos: los
nazis acabaron con 6 obispos, 1.923 sacerdotes diocesanos, 640 religiosos, 289
religiosas, más un número ingente de laicos.
De los relatos referidos a la Europa Central y Oriental emerge con frecuencia la
estatura de pastores que, además de padecer ellos mismos, tuvieron que orientar a los
fieles en medio de grandes turbulencias. Junto a los ya mencionados Stepinac y
Beran, aparecen los nombres del húngaro Mindszenty, del polaco Wyszynski, del
ucraniano Slipj, del rumano Hossun, del moravo Tomasek, etc.
Algunos de ellos sufrieron el martirio sin derramar sangre. El ejemplo más
representativo es el del cardenal Jozsef Mindszenty, "víctima de la Ostpolitik". El
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cardenal no estaba de acuerdo con la acción de la diplomacia vaticana en Hungría,


pues consideraba que el único modo de ayudar a la Iglesia y al pueblo era
favoreciendo la caída del comunismo. En 1971, por invitación del Papa, aceptó dejar
la embajada de Estados Unidos, donde se había refugiado tras la invasión soviética de
1956, y exiliarse a Roma, de donde marchó luego a Viena. Pablo VI le nombró un
sucesor, también contra la opinión de Mindszenty. Más de veinticinco años después
de aquellos episodios, escribe Casaroli, personificación del modo diplomático
criticado por el cardenal húngaro: "Mindszenty es una figura grande de la historia.
Pienso que pocos conservarán de él un recuerdo más admirativo y, puedo afirmarlo,
más afectuoso que el mío".
Posiblemente, lo que ninguno de los dos podía imaginar entonces es que el libro
donde se narran algunas de estas impresiones sería presentado años después en el
mismo Vaticano por el que fuera último presidente de la Unión Soviética. El pasado
27 de junio, en efecto, Gorbachov elogió la actividad diplomática desarrollada por la
Santa Sede, subrayó la admiración que –según su experiencia personal– producen en
todo el mundo las palabras del Papa y recordó con alivio que su país había
"abandonado ese sistema que ha costado tanto, tanto a la humanidad".
Tomado de Diego Contreras, Aceprensa.

Más de lo que me sentía capaz


Este verano he hecho mucho más de lo que me sentía capaz: amar de verdad.
Los que me conocen creen que soy una persona muy positiva, que a todo le saco su
lado bueno, que no me caigo fácilmente. Puede que sea cierto y que lo que hago no es
más que guiñarle a la vida un ojo y esperar a ver cómo van las cosas. Pero este verano
he hecho más de lo que yo me sentía capaz y he dejado a un lado creencias y sobre
todo he dejado atrás eso que muchas veces todos hemos sentido alguna vez: no somos
el centro del mundo y por supuesto que la tierra no gira a nuestro alrededor.
He estado de voluntaria en un centro de enfermos de sida, drogadictos
rehabilitándose y reclusos. Para sorpresa mía he sido feliz, he ayudado a ser feliz y he
comprendido que jamás se puede dejar de apostar por la gente, sea cual sea su pasado
ni su presente y ni siquiera si su futuro es dudoso.
He convivido con personas que han pasado muchos de sus días en las peores
cárceles de España y créanme si les digo que me han ofrecido mucho más de lo que la
gente de mi clase o colegio o ciudad o familia lo ha hecho nunca. Créanme si les digo
que la mayoría de ellos tienen los días contados pero se levantan cada mañana con un
entusiasmo y una sonrisa que yo admiro, respeto y envidio, y no es fácil vivir
sabiendo que tu vida se consume y que te quedan pocos capítulos que pasar.
Es duro ver cómo sufren por una vida mejor todos aquellos que se están
"quitando" y saber que cuando lo hagan no existe una sociedad capaz de aceptarles de
nuevo, ni capaz ni preparada y que cuando salgan de ahí no tendrán dónde ir ni nadie
que les estreche en sus brazos. Es duro verles así y más duro es saber que ellos lo
saben. He cambiado pañales, he duchado, limpiado, cocinado,... pero sobre todo he
disfrutado, he dado lo mejor de mí misma y lo he hecho con la certeza de que todas
mis sonrisas han sido agradecidas y devueltas, que mis abrazos y mi cariño han sido
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respetados y han fomentado más cariño aún. He encontrado a bellísimas personas que
la vida les ha llevado por el camino equivocado y que en muchas ocasiones ellos no
han sabido esquivarlo.
He convivido con PERSONAS, algo que normalmente escasea. Si ustedes
quieren juzgar a todos aquéllos que han salido de la cárcel, o que son gays,
prostitutas, transexuales, drogadictos o enfermos de sida, que sepan que dentro de
cada una de ellos existe una persona que merece las mismas oportunidades, el mismo
respeto y dignidad que cualquiera de nosotros pero sobre todo entiendan que no es el
malo el que está entre barrotes sino el que empuja, favorece y mueve los hilos para
que alguien cumpla condena en su lugar. (F. Saso, PUP, 28.IX.01).

Momentos de crisis
Todo empezó por una llamada de la hermana directora para decirme que los
Karnicks iban a sacar a su niña de la escuela porque habíamos admitido a una negrita
en séptimo. Y justamente cuando la pena estaba sobre la mesa vino la señora
Knowies, hecha un mar de lágrimas, con una carta anónima en sus manos en la que le
decían cosas repugnantes. Traté de consolarla. ¿Pero será posible que en mi rebaño
haya gente con tanto veneno?
Sí, todo esto, unido al natural cansancio del día, puede ser la causa del mal
humor que tengo. Es una sensación de hombres hundidos, una tentación de
preguntarme si todo lo mío vale la pena y de si voy realmente a alguna parte; si no
hubiese estado mejor casado, con un trabajo sencillo y sin responsabilidad, como
bombero, por ejemplo. Naturalmente, la cosa no llega siempre a ser tan sombría.
Suelo empezar pensando con anhelo en claustros y monasterios, descubriendo
súbitamente en mí una insospechada vocación religiosa, y que otro cargara con
responsabilidades mientras yo respondo a las llamadas de la campana conventual.
Desde luego, en momentos más lúcidos reconozco que no son más que estúpidos
sueños. De sobra sé que no hay claustro donde refugiarse ni agujero donde escurrirse
sin que tenga que llevarme a mí mismo conmigo.
Tomado de Leo J. Trese, “Vasija de barro”, p.138.

Nadie triunfa solo


Durante el siglo XV, en una pequeña aldea cercana a Nuremberg, vivía una
familia con 18 niños. Para poder poner pan en la mesa para tal prole, el padre, y jefe
de la familia, trabajaba casi 18 horas diarias en las minas de oro, y en cualquier otra
cosa que se presentara. A pesar de las condiciones tan pobres en que vivían, dos de
los hijos de Albrecht Durer tenían un sueño. Ambos querían desarrollar su talento
para el arte, pero bien sabían que su padre jamas podría enviar a ninguno de ellos a
estudiar a la Academia. Después de muchas noches de conversaciones calladas entre
los dos, llegaron a un acuerdo. Lanzarían al aire una moneda. El perdedor trabajaría
en las minas para pagar los estudios al que ganara. Al terminar sus estudios, el
ganador pagaría entonces los estudios al que quedara en casa, con las ventas de sus
obras, o como fuera necesario. Lanzaron al aire la moneda un domingo al salir de la
129

Iglesia. Albretch Durer gano y se fue a estudiar a Nuremberg. Albert comenzó


entonces el peligroso trabajo en las minas, donde permaneció por los próximos cuatro
años, para sufragar los estudios de su hermano, que desde el primer momento fue
toda una sensación en la Academia. Los grabados de Albretch, sus tallados y sus
óleos llegaron a ser mucho mejores que los de muchos de sus profesores, y para el
momento de su graduación, ya había comenzado a ganar considerables sumas con las
ventas de su arte. Cuando el joven artista regresó a su aldea, la familia Durer se
reunió para una cena festiva en su honor. Al finalizar la memorable velada, Albretch
se puso de pie en su lugar de honor en la mesa, y propuso un brindis por su hermano
querido, que tanto se había sacrificado para hacer sus estudios una realidad. Sus
palabras finales fueron: "Y ahora, Albert, hermano mío, es tu turno. Ahora puedes ir
tú a Nuremberg a perseguir tus sueños, que yo me haré cargo de ti." Todos los ojos se
volvieron llenos de expectativa hacia el rincón de la mesa que ocupaba Albert, quien
tenia el rostro empapado en lagrimas, y movía de lado a lado la cabeza mientras
murmuraba una y otra vez "no... no... no...". Finalmente, Albert se puso de pie y secó
sus lágrimas. Miró por un momento a cada uno de aquellos seres queridos y se dirigió
luego a su hermano, y poniendo su mano en la mejilla de aquel le dijo suavemente,
"No, hermano, no puedo ir a Nuremberg. Es muy tarde para mí. Mira. Mira lo que
cuatro años de trabajo en las minas han hecho a mis manos. Cada hueso de mis
manos se ha roto al menos una vez, y últimamente la artritis en mi mano derecha ha
avanzado tanto que hasta me costó trabajo levantar la copa durante tu brindis...
Mucho menos podría trabajar con delicadas líneas el compás o el pergamino y no
podría manejar la pluma ni el pincel. No, hermano, para mí ya es tarde". Más de 450
años han pasado desde ese día. Hoy en día los grabados, óleos, acuarelas, tallas y
demás obras de Albretch Durer pueden ser vistos en museos alrededor de todo el
mundo. Pero seguramente usted, como la mayoría de las personas, solo recuerde uno.
Un día, para rendir homenaje al sacrificio de su hermano Albert, Albretch Durer
dibujó las manos maltratadas de su hermano, con las palmas unidas y los dedos
apuntando al cielo. Llamo a esta poderosa obra simplemente "manos", pero el mundo
entero abrió de inmediato su corazón a su obra de arte y se le cambió el nombre a la
obra por el de "Manos que oran". La próxima vez que vea una copia de esa creación,
mírela bien. Permita que le sirva de recordatorio, si es que lo necesita, de que nunca
nadie triunfa solo.

No os asustéis
Queridos papá y mama: Desde que me fui al colegio he descuidado el escribiros
y lamento mi desconsideración por no haberlo hecho antes. Ahora os pondré al
corriente, pero antes sentaos. No leáis nada mas, a menos que estéis sentados. ¿De
acuerdo? Bueno, pues me encuentro bien ahora. La fractura de cráneo y la conmoción
que me produjo la caída al saltar desde la ventana de mi dormitorio, cuando se
incendió, a poco de llegar aquí, se han curado perfectamente. Pasé solo quince días en
el hospital y ahora veo casi con normalidad y solo me afecta el dolor de cabeza una
vez al día. Por fortuna, el incendio en el dormitorio y mi salto por la ventana fueron
presenciados por un empleado de la gasolinera cercana, que aviso a los bomberos y a
la ambulancia. Después me vino a visitar al hospital y como yo no tenía sitio donde
130

vivir, a causa del incendio, él fue tan amable que me invitó a compartir su vivienda.
Realmente se trata de un sótano, pero es muy bonito. Él es un muchacho excelente y
nos enamoramos como locos, por lo que pensamos casarnos. Aún no sabemos la
fecha exacta, pero podrá ser antes de que se note mi embarazo. Sí, papás, estoy
embarazada. Me consta lo mucho que os complacerá ser abuelos y estoy segura que
recibiréis bien al bebé, dándole el mismo cariño, afecto y cuidados que tuvisteis
conmigo cuando era pequeña. La causa del retraso en nuestra boda se debe a una
ligera infección que padece mi novio y nos ha impedido pasar las pruebas
hematológicas prematrimoniales, y que yo, descuidadamente, me he contagiado de él.
Estoy segura de que lo recibiréis en nuestra familia con los brazos abiertos. Él es
cariñoso, y aunque no muy educado, tiene ambición. Su raza y religión son distintas
de la nuestra, pero sé que vuestra tolerancia, frecuentemente expresada, no os
permitirá enfadaros por esto. Ahora que ya estáis al corriente de todo, quiero deciros
que no se incendió mi dormitorio, no tuve fractura ni conmoción de cráneo, ni fui al
hospital, no estoy embarazada, no tengo novio, no sufro ninguna infección y no hay
ningún muchacho en mi vida. Sin embargo, he sacado un suspenso en Historia y un
aprobado en Ciencias, y quiero que veáis estas notas en su perspectiva adecuada.
Vuestra hija que os quiere... Sufricia.

No juzgues antes de tiempo


Un niño de 10 años entró en un establecimiento y se sentó en una mesa. La
camarera se acercó. "¿Cuánto cuesta un helado de chocolate con cacahuetes?",
preguntó el niño. "Cincuenta centavos", respondió la camarera. El niño sacó su mano
del bolsillo y examinó unas monedas. "¿Y cuánto cuesta un helado solo?", volvió a
preguntar el niño. Algunas personas estaban esperando por una mesa y la camarera ya
estaba un poco impaciente. "Treinta y cinco centavos", dijo ella bruscamente. El niño
volvió a contar la monedas. "Entonces quiero el helado solo", dijo el niño. La
camarera trajo el helado, puso la cuenta en la mesa y se fue. El niño terminó el
helado, pagó en la caja y se fue. Cuando la camarera volvió, empezó a limpiar la
mesa y entonces le costó tragar saliva con lo que vio. Allí, puesto ordenadamente
junto al plato vacío, habían veinticinco centavos... su propina. Moraleja: jamás
juzgues a alguien antes de tiempo.

No cree en Dios
Rascólnikov, el joven protagonista de "Crimen y castigo", tras varios días sin
apenas comer ni dormir, entra en una taberna y pide un vaso de aguardiente y una
empanada. Al salir, pasea por unos jardines de la ciudad. El calor del día de verano,
junto al efecto del alcohol, hacen que sienta sueño. Se tumba en la hierba y queda
profundamente dormido. Tiene entonces un sueño en el que recuerda como siendo
niño acompañaba a su padre de la mano, y al pasar por una ruidosa calle observó una
escena que se le quedó hondamente grabada. Un hombre bebido, junto a otros
compañeros, maltrataba a un pequeño caballo viejo y flaco que apenas podía mover el
gran carromato al que estaba uncido, pues llevaba una carga desproporcionada para
131

sus fuerzas. El hombre, de grueso cuello y rostro carnoso color zanahoria, invitaba a
sus amigos a que se subieran al carromato, con lo que hacía aún más difícil moverlo.
Mientras, insistía a gritos en que haría galopar a ese caballo, mientras lo golpeaba una
y otra vez, primero con un látigo, después con un palo y por último con una barra
metálica. El pobre animal, que hacía angustiosos intentos para mover el carro, acabó
lleno de heridas y totalmente rendido. Fue entonces, ante el espectáculo de tanta
crueldad, cuando un anciano que contemplaba la escena comentó: "En verdad, este
hombre no cree en Dios".

No olvides lo principal
Cuenta la leyenda que una mujer pobre con un niño en los brazos, pasando
delante de una caverna escuchó una voz misteriosa que allá adentro le decía: "Entra y
toma todo lo que desees, pero no te olvides de lo principal. Y recuerda que después
que salgas, la puerta se cerrará para siempre. Por lo tanto, aprovecha la oportunidad,
pero no te olvides de lo principal." La mujer entró en la caverna y encontró muchas
riquezas. Fascinada por el oro y por las joyas, puso al niño en el suelo y empezó a
juntar, ansiosamente, todo lo que podía en su delantal. La voz misteriosa habló
nuevamente. "Te quedan sólo ocho minutos." Agotados los ocho minutos, la mujer
cargada de oro y piedras preciosas, corrió hacía afuera de la caverna y la puerta se
cerró. Recordó, entonces, que el niño había quedado dentro y la puerta estaba cerrada
para siempre. La riqueza duró poco y la desesperación, siempre. Lo mismo ocurre, a
veces, con nosotros mismos. Tenemos muchos años para vivir en este mundo, y una
voz siempre nos advierte: "No te olvides de lo principal." Y lo principal son los
valores espirituales, la familia, los amigos, la vida. Pero la ganancia, la riqueza, los
placeres materiales, nos fascinan tanto que a veces lo principal se queda a un lado.

Nos falta algo


Cuentan la historia de una rueda a la que le faltaba un pedazo, pues habían
cortado de ella un trozo triangular. La rueda quería estar completa, sin que le faltara
nada, así que se fue a buscar la pieza que había perdido. Pero como estaba incompleta
y solo podía rodar muy despacio, reparó en las bellas flores que había en el camino;
charló con los gusanos y disfrutó de los rayos del sol. Encontró montones de piezas,
pero ninguna era la que le faltaba, así que las hizo a un lado y un día halló una pieza
que le venía perfectamente. Entonces se puso muy contenta, pues ya estaba completa,
sin que nada le faltara. Se colocó el fragmento y empezó a rodar. Volvió a ser una
rueda perfecta que podía rodar con mucha rapidez. Tan rápidamente, que no veía las
flores ni charlaba con los gusanos. Cuando se dio cuenta de lo diferente que parecía el
mundo cuando rodaba tan aprisa, se detuvo, dejó en la orilla del camino el pedazo
que había encontrado y se alejó rodando lentamente. La moraleja de este cuento, es
que, por alguna misteriosa razón, nos sentimos más completos cuando nos falta algo.
El hombre que lo tiene todo es un hombre pobre en cierto sentido: nunca sabrá qué se
siente al anhelar, tener esperanzas, nutrir el alma con el sueño de algo mejor; ni
tampoco conocerá la experiencia de recibir de alguien que ama lo que había deseado
y no tenía. Cuando aceptemos que la imperfección es parte de la condición humana y
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sigamos rodando por la vida sin renunciar a disfrutarla, habremos alcanzado una
integridad a la que otros solo aspiran.
Nosotras tampoco
Rita Hayworth visitó en una ocasión uno de los hogares para leprosos que la
Madre Teresa de Calcuta había construido para atenderlos. Mientras paseaban por las
distintas salas donde se encontraban aquellos pobres enfermos devorados por la lepra,
la famosa actriz no pudo reprimir un gesto de horror hacia tanta miseria. Y
dirigiéndose a la Madre Teresa, comentó: "Esta labor que hacen usted y las hermanas
no tiene precio. Yo no lo haría ni por un millón de dólares". A lo que la Madre Teresa
se limitó a responder: "Nosotras, tampoco".

Nuestra pobreza
Una vez, un padre de una familia acaudalada llevo a su hijo a un viaje por el
campo con el firme propósito de que su hijo viera cuan pobres eran las gentes del
campo. Estuvieron por espacio de un día y una noche completos en una granja de una
familia campesina muy humilde. Al concluir el viaje y de regreso a casa el padre le
pregunta a su hijo: "¿Qué te pareció el viaje?". "Muy bonito, papá". "¿Viste que pobre
puede ser la gente? ¿Que aprendiste?". "Vi que nosotros tenemos un perro en casa,
ellos tienen cuatro. Nosotros tenemos una alberca que llega de una barda a la mitad
del jardín, ellos tienen un arroyo que no tiene fin. Nosotros tenemos unas lámparas
importadas en el patio, ellos tienen las estrellas. El patio llega hasta la barda de la
casa, ellos tienen todo un horizonte de patio". Al terminar el relato, el padre se quedo
callado... y su hijo añadió: "Gracias, papá, por enseñarme lo pobres que somos".

Palabras de aliento
Un grupo de ranas viajaba por el bosque y, de repente, dos de ellas cayeron en
un hoyo profundo. Todas las demás ranas se reunieron alrededor del hoyo. Cuando
vieron lo hondo que era el agujero, empezaron a lamentarse y a decir a las dos pobres
ranas que debían darse por muertas. Las dos ranas no hicieron caso a los comentarios
de sus amigas y siguieron tratando de salir fuera del hoyo con todas sus fuerzas. Las
ranas que estaban arriba seguían insistiendo que sus esfuerzos serían inútiles.
Finalmente, una de las ranas se rindió después de oír tantas veces que no había
solución. Pasó el tiempo, y se desplomó y murió. Sin embargo, la otra rana continuó
saltando tan fuerte como le era posible, sin desanimarse. Una vez más, la multitud de
ranas le gritaba desde arriba y le hacía señas para que dejara de sufrir y que
simplemente se dispusiera a morir, ya que no tenía ningún sentido seguir luchando.
Pero aquella rana saltaba cada vez con más ímpetu, hasta que finalmente dio un salto
enorme y logró salir del hoyo, ante la sorpresa de todas. Cuando estuvo arriba, las
otras ranas se sintieron muy avergonzadas e intentaron disculparse: "Lo sentimos
mucho, de verdad. ¿Cómo has conseguido salir, a pesar de lo que te gritábamos?". La
rana les explicó que estaba un poco sorda, y que en todo momento pensó que aquellos
gritos eran de ánimo para esforzarse más y salir del hoyo. Como se ve, muchas veces
la palabra tiene poder de vida y de muerte.
133

Parte del regalo


Una niña en África le dio a su maestra un regalo de cumpleaños. Era un hermoso
caracol. "¿Dónde lo encontraste?", preguntó la maestra. La niña le dijo que esos
caracoles se hallan solamente en cierta playa lejana. La maestra se conmovió
profundamente porque sabía que la niña había caminado muchos kilómetros para
buscar el caracol. "No debiste haber ido tan lejos sólo para buscarme un regalo",
comentó. La niña sonrió y contestó: "Maestra, la larga caminata es parte del regalo".

Por los pelos, pero... victoria


Quiero relatar hoy una pincelada de mi vida. Sólo busco una cosa: llegar al
corazón de alguien que, como yo un día, se sienta ahora angustiada ante esta
tremenda disyuntiva: El desordenado afán de quedar bien, el miedo a perder la fama,
la afición a decir mentiras. En definitiva, el cinismo y la hipocresía, frente a
conciencia, sencillez, humildad, responsabilidad, respeto a la vida y respeto a la
verdad.
Cuando alguien se decide a escribir —al menos así lo pienso yo— es porque
algo bueno tiene que contar. Porque al hacerlo piensa que ese retazo de su vida, ese
algo tan suyo, puede ayudar a los demás. Lo que yo voy a escribir no es algo
fantástico, no, no lo es. Es una parte de mi vida que fue vulgar, pero que pudo ser
algo peor de no haber intervenido la gracia que Dios, infinitamente bueno, derramó
sobre mí, sin yo nunca pensar en merecerlo.Quiero también así poder agradecer al
Señor, de alguna manera, lo que hizo por mí y continúa haciendo... Deseo reparar el
daño que hice y darle las gracias por haberme frenado a tiempo.
Tengo 31 años, recién cumplidos, trabajo en una empresa de construcción como
delineante, soy soltera y tengo una hija de seis meses. Nací en una familia católica, de
las de verdad. Desde pequeña aprendí, porque me lo enseñaron, todo el profundo
sentido de la religión llevada a la vida cotidiana: el estudio, el trabajo, las amistades,
la familia... Me enseñaron a valorar el tiempo, a rezar...
Desde que conocí el sentido de la palabra lucha, para un católico consciente,
conocí paralelamente la palabra derrota. Aunque mi afán de quedar bien, mi ansia de
ser valorada, me impedía aceptar la derrota. Así que, enseguida emprendí el
vertiginoso camino de la trampa y de la mentira. Y me aficioné a escapar en el último
minuto, y siempre "por los pelos", de las situaciones comprometidas, en las que yo
solita me metía.
Era muy perezosa —para lo que me aburría—, con una imaginación y unos
sentidos sueltos y con una sensibilidad muy acusada. Buscaba una sensación de
plenitud que no encontraba donde la buscaba. El resultado era deprimente: sensación
de continuo fracaso, de ridículo, de derrota. Sensación que se acentuaba en la medida
que ponía más pasión en conseguir lo que más me apetecía: mi propia estima.En el
colegio conseguí una aceptable reputación, pues al final si te haces la simpática, y no
armas demasiados líos, lo único que queda son las notas. Y yo las tenía bastante
buenas. No pienso que sea dueña de unas dotes deslumbrantes, pero sí que tengo la
cualidad de saber sacarle partido a lo que tengo. Estudiaba mucho, pero sin orden ni
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constancia. Lo mío era el último momento, el "por los pelos", y el haber comprendido
a tiempo que en muchas ocasiones puedes vivir de las rentas de haber sido bien
etiquetada.
Soñaba con ser la mejor arquitecto del mundo pero, cuando empecé la carrera,
no dedicaba ni dos horas diarias al estudio. Gastaba el tiempo en dar rienda suelta a
mi gran imaginación, que me exigía dibujar casas exóticas para famosos. Así que,
después de aburrirme yo y luego mis padres con mis cosechas de calabazas, me
conformé con hacer un curso por correspondencia de delineante. Estos cursos tenían
la ventaja para mí de funcionar a mi aire, lo que me encantaba; pues me hacía
sentirme más libre. Aunque había que entregar trabajos, poco a poco, y casi siempre
"por los pelos", fui superando las pruebas. Con lo que me convertí en una flamante
profesional.
Con estos detalles queda bien dibujado mi carácter blando, blando, blando. Me
disculpaba a mí misma diciendo: «A mí lo que me va es la práctica, pero eso de la
teoría... », y así me fue. Porque ahora comprendo, ahora veo muy claro lo difícil que
resulta lograr una buena práctica sin el fundamento de una excelente teoría.
Pues bien, yo no era mala. Ni robé, ni maté, pero era algo peor, era tibia. Ni sí,
ni no. Ni frío ni caliente. Si algún domingo estaba con los amigos y me lo estaba
pasando muy bien con los piropos de fulanito, y ya eran las ocho... y era la última
Misa..., al principio sin previo aviso, salía corriendo y llegaba "por los pelos", pero
había cumplido..., luego —como eso no era vida—, la satisfacción del deber
cumplido empezó a cansarme... y comencé a pensar de otro modo: la verdad, ¡por un
domingo sin Misa!... Y aquella otra vez con otro amigo... sólo fue un beso... total...Mi
vida era siempre una huida hacia delante. Todo se resolvía en que no me pillen, en
tener siempre preparada una buena coartada. Si un día tenía un buen motivo, otro día
era otra razón; siempre las había.
La cochina soberbia me llevó a la ceguera. Necesitaba ser estimada, llamar la
atención. No estaba hecha para ser una chica buena, de las del montón. Me espantaba
convertirme en una marujona cargada de niños y siempre sumisa a su maridito, con el
único consuelo de ir diciendo por ahí que "en mi casa mando yo". Lo de pasar oculta,
seguro que no se había escrito por mí. Si no podía ser una gran mujer, terminaría
siendo... Sí, sentía orgullo de ser apetecida y poder acostarme con quien me diera la
gana, como si por eso fuera más mujer, con más puntos que las demás y fuera más
cotizada, más admirada.
Aunque creí que dominaba mis sentimientos y que estas aventuras no dejaban
huella en mi corazón, un día me enamoré... Yo sabía que aquel hombre no me
convenía. Y como ya tenía «motu proprio» mis malas inclinaciones, aquello fue como
atarme una gran bola de hierro a la muñeca y tirarme al mar. Mi acompañante de
aventuras, la soberbia, se encargó de poner un decorado adecuado. Y, por arte de
magia, mi nueva situación dejó de parecerme algo horroroso. Pensaba que más valía
estar mal acompañada que quedarme sola. La venda del orgullo me tapó los ojos y
quedé ciega.
Estaba convencida de que en mi familia nadie me podría comprender; eran de
otra época. Lo que son las cosas: la imaginación me convirtió en la persona valiente y
coherente, y atribuyó a mis conocidos el papel de hipócritas y cobardes. ¡Qué sabían
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ellos de mi vida!, ni remotamente se lo imaginaban.


Nada contaba para mí. Cuando se empieza a rodar cuesta abajo, es dificilísimo
parar. Ya, ni se ve, ni se oye, ni se entiende absolutamente nada que no sea otra cosa
que el yo: lo que yo quiero, lo que yo no quiero, mi vida es sólo mía...
En mi familia no faltaban los problemas (y por cierto que los había, y los hay),
pero ¡a mi qué me importaban! Yo hacía lo que me daba la gana, ¿por qué esos
problemas tenían que estropear mis planes, mis diversiones? Siempre les contestaba:
¿por qué no me dejáis en paz? Ya es hora de que disfrute de la vida, y no pienso
amargarme la vida porque en casa haya problemas, ¡faltaría más!
Como tenía independencia económica estaba plenamente convencida de que no
debía nada a nadie; a ver, ¿a quién?
A pesar de ser experta en todo tipo de trampas, la pasión y la curiosidad me
hicieron cometer un gravísimo error. Yo, que era tan crítica con mi familia, me había
convertido en una crédula. A pesar de que tanta gente empezó a rasgarse las
vestiduras con la comercialización de "la píldora del día después", a mí el invento me
cautivó. Lo vi super seguro. Como mis pasiones me habían convertido en una
miedosa, pensé que era mi solución...
Una cita con él me cogió sin recursos. Me tranquilicé al recordar que, si había
lío, siempre me quedaba la opción de la nueva píldora, que podría adquirir sin
dificultad en una farmacia, pues tenía contactos y me había conseguido varias recetas,
que siempre llevaba conmigo... Cuando desperté, él se había marchado al trabajo.
Con horror descubrí que había cambiado de bolso y que no tenía allí las recetas. Me
arreglé, desayuné y pedí un taxi. Ya en casa, con los nervios a flor de piel, empecé a
buscar las recetas, pero no di con ellas. Pensé en las horas que me quedaban. Decidí
serenarme. Me fui al trabajo y "por los pelos", aunque tarde, llegué antes que mi jefe.
El ahorrarme una nueva bronca me animó. Pensé que tenía encarrilada la situación.
Me inventé una excusa para salir a la calle y fui a buscarle a su trabajo. Cuando
por fin le tuve delante, el miedo y los nervios me atragantaban las palabras... Él le
quitó importancia a todo. Me dijo que le esperase un momento, que tenía a mano un
amigo que podría ayudarnos. A los veinte minutos apareció con una nueva receta.
Miré el reloj. ¡Las nueve de la noche! Sin despedirme, salí corriendo en busca de una
farmacia. Al mostrar la receta y al ver mis nervios me atendieron sin hacer preguntas.
Aunque me fastidió interpretar en el gesto del mancebo un cierto rictus de lástima
hacia mí. Mientras salía de nuevo corriendo hacia casa se me escapó un ¡Malditos!
Mientras pensaba: siempre aprovechándose de las pobres e indefensas mujeres.
Tomé la píldora... Y leí el prospecto tantas veces que me lo aprendí de memoria.
No quería cometer ningún error fatal y quedar a los ojos de los demás, sobre todo de
las demás, como una tonta.
Aunque lo hice todo bien, el caso es que me tocó la excepción y quedé
embarazada, ¡¡yo!!, a los 29 años y sin ninguna posibilidad de rehacer mi vida con él.
Él me aconsejó abortar. Sí, eso era lo más fácil, eso era lo que debía hacer. Pero no
sólo él; también otras personas, que entonces consideraba amigas, me animaron a dar
ese paso. Para convencerme, para que no «sufriera», me hablaban de la perfección de
la técnica.
«Tu familia es muy conocida, muy considerada aquí; no puedes darles ese
136

disgusto», me decían. Y continuaban: «Debes evitar el escándalo porque se te tiene


por una "buena niña". ¿Te das cuenta de que la vas a montar?». Cuando todo acabe, te
alegrarás, total, nadie se entera, es cosa de poco y se acabó.
Intuí que alguien debía seguir rezando por mí, no sé con qué fundamento ni
esperanza de lograr mi conversión. Al pensarlo, primero me sentí ofendida; luego,
avergonzada de mi desnudez. Era como si alguien me conociese mejor que yo a mí
misma y, que, sin haberme pedido permiso, se hubiera metido en mi vida. El caso es
que, gracias a esa persona, el Señor me agarró fuerte de la mano. Aquella criatura,
que ya estaba en mí, empezó a hacerme feliz desde sus primeros días de vida.
Repuesta del susto, por fin, me decidí a contactar con una amiga, una verdadera
amiga que me aconsejó bien. No, yo no podía, no quería matar, no mataría, no.
Decidí hablar con el sacerdote que conocí durante el curso de acceso a la
Universidad. Aunque era demasiado duro a veces, el recuerdo de su claridad me
atraían. Además al recordar, no sé por qué, cómo tantas veces nos había sorprendido
con su inocencia y su ternura, resolví que era el único hombre que conocía distinto a
los demás. El único que me podía ayudar. Pregunté por él a mi amiga. Me dijo que le
habían trasladado... Pero como, entre mis talentos está la tozudez... Y una vez
decidida a una cosa, no había quien me venciese fácilmente... El caso es que di con
él.
La verdad es que la cosa empezó mal. Al buen hombre no se le ocurrió otra cosa
que recibirme preguntándome por qué había tardado tanto en volver... Después de lo
que me costó encontrarlo, no tenía fuerzas para pelearme; además había decidido
cambiar de táctica e intentar abandonar mi orgullo. Tras un minuto de silencio, que a
mí se me hizo eterno y que mi sacerdote sufrió sin más, le respondí que había tardado
tanto porque el orgullo es muy mal compañero de viaje. Una vez superado el primer
momento, todo fue más fácil. También gracias a él, lo reconozco. Puse mi alma en
paz y le pedí a Dios la fortaleza que a mí me faltaba para hablar con mis padres y
contarles la verdad.
Así lo hice. Sufrí, sufrí mucho. Mentiría si dijese que todo fue un milagroso
valle de rosas. Lloré, lloré muchos días y muchas noches, pero puedo asegurar que
mis lágrimas no eran amargas porque eran lágrimas de arrepentimiento. ¡Perdón!,
¡perdón, Dios mío! Por cada minuto, por cada segundo de mi vida pasada; de todo
corazón, ¡perdón, Señor!
Y nació mi hija, y al bautizarla le llamé VICTORIA. Hoy Mariví es lo mejor del
mundo que puede haberme dado Dios. Mis padres están «dichosos» con la nieta. Mis
tres hermanos varones, más si cabe; y mi hermana monja, que la conoce por foto,
¡cómo la quiere! Quizá más que nadie, por ser la de la familia que está más cerca de
Dios. Y yo... no sé cómo expresar lo que ahora siento. ¡Dios mío si llego a matarla!
Mariví se salvó "por los pelos", y "por los pelos" mi aparente gran fracaso se
convirtió en mi mayor VICTORIA.
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Presumir a destiempo
Una rana se preguntaba cómo podía alejarse del clima frío del invierno. Unos
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gansos le sugirieron que emigrara con ellos. Pero el problema era que la rana no sabía
volar. "Déjenmelo a mí –dijo la rana–, tengo un cerebro espléndido". Luego pidió a
dos gansos que la ayudaran a recoger una caña fuerte, cada uno sosteniéndola por un
extremo. La rana pensaba agarrarse a la caña por la boca. A su debido tiempo, los
gansos y la rana comenzaron su travesía. Al poco rato pasaron por una pequeña
ciudad, y los habitantes de allí salieron para ver el inusitado espectáculo. Alguien
preguntó: "¿A quién se le ocurrió tan brillante idea?" Esto hizo que la rana se sintiera
tan orgullosa y con tal sentido de importancia, que exclamó: "¡A mí!" Su orgullo fue
su ruina, porque al momento en que abrió la boca, se soltó de la caña, cayó al vacío.

Provocaciones
Cerca de Tokio vivía un gran samurai ya anciano, que se dedicaba a enseñar a
los jóvenes. A pesar de su edad, corría la leyenda de que todavía era capaz de derrotar
a cualquier adversario. Cierta tarde, un guerrero conocido por su total falta de
escrúpulos, apareció por allí. Era famoso por utilizar la técnica de la provocación.
Esperaba a que su adversario hiciera el primer movimiento y, dotado de una
inteligencia privilegiada para reparar en los errores cometidos, contraatacaba con
velocidad fulminante. El joven e impaciente guerrero jamás había perdido una lucha.
Con la reputación del samurai, se fue hasta allí para derrotarlo y aumentar su fama.
Todos los estudiantes se manifestaron en contra de la idea, pero el viejo acepto el
desafío. Juntos, todos se dirigieron a la plaza de la ciudad y el joven comenzaba a
insultar al anciano maestro. Arrojó algunas piedras en su dirección, le escupió en la
cara, le gritó todos los insultos conocidos, ofendiendo incluso a sus antepasados.
Durante horas hizo todo por provocarle, pero el viejo permaneció impasible. Al final
de la tarde, sintiéndose ya exhausto y humillado, el impetuoso guerrero se retiró.
Desilusionados por el hecho de que el maestro aceptara tantos insultos y
provocaciones, los alumnos le preguntaron: "¿Cómo pudiste, maestro, soportar tanta
indignidad? ¿Por qué no usaste tu espada, aún sabiendo que podías perder la lucha, en
vez de mostrarte cobarde delante de todos nosotros?". El maestro les preguntó: "Si
alguien llega hasta ustedes con un regalo y ustedes no lo aceptan, ¿a quién pertenece
el obsequio?". "A quien intentó entregarlo", respondió uno de los alumnos. "Lo
mismo vale para la envidia, la rabia y los insultos -dijo el maestro-. Cuando no se
aceptan, continúan perteneciendo a quien los llevaba consigo".

Querer entenderse
Lo que no esperaban los protestantes alemanes era que el Papa, en su primer
viaje a Alemania, citase varias veces a Lutero y lo definiese como “alguien que
buscaba respuestas a sus interrogantes”. El presidente del Consejo de la Iglesia
Evangélica alemana había sido implacable contra los católicos y sus dificultades
ecuménicas. Estaba ante el Papa sin pestañear, hasta que rompió en aplausos. Un
periodista comentaba que: “vale más mirarse a los ojos y estrecharse las manos tras
hablar con franqueza, que diez mil documentos pensados hasta la última sílaba”.
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Tomado de Miguel Angel Velasco, “Juan Pablo II, ese desconocido”, p. 92.

¿Quién pliega tu paracaídas?


Charles Plumb era piloto de un bombardero en la guerra de Vietnam. Después de
muchas misiones de combate, su avión fue derribado por un misil. Plumb se lanzó en
paracaídas, fue capturado y pasó seis años en una prisión vietnamita. A su regreso a
los Estados Unidos, daba conferencias contado su odisea y lo que aprendió en su
tiempo en prisión. Un día estaba en un restaurante y un hombre lo saludó: "Hola...,
¿usted es Charles Plumb, era piloto en Vietnam y lo derribaron, verdad...? ¿Y usted,
cómo sabe eso?, le preguntó Plumb. "Porque yo plegaba su paracaídas. ¿Parece que le
funcionó bien, verdad?" . Plumb casi se ahogó de sorpresa y gratitud. "Claro que
funcionó. Si no hubiera funcionado, hoy yo no estaría aquí." Plumb no pudo dormir
esa noche, preguntándose: "Cuántas veces lo vi en el portaaviones, y no le dije ni los
buenos días, porque yo era un arrogante piloto y él era un humilde marinero..." Pensó
también en las horas que ese marinero pasaba en las bodegas del barco enrollando los
hilos de seda de cada paracaídas, teniendo en sus manos la vida de alguien a quien no
conocía. Ahora, Plumb comienza sus conferencias preguntándole a su audiencia,
"¿Quién plegó hoy tu paracaídas? Todos tenemos a alguien cuyo trabajo es
importante para que nosotros podamos salir adelante. A veces perdemos de vista lo
que es importante, y dejamos de saludar, de dar las gracias, de felicitar a alguien, de
decir algo amable.

Rana de pozo
En un pozo profundo vivía una colonia de ranas. Llevaban su vida, tenían sus
costumbres, encontraban su alimento y croaban a gusto haciendo resonar las paredes
del pozo en toda su profundidad. Protegidas por su mismo aislamiento, vivían en paz,
y sólo tenían que guardarse del pozal que, de vez en cuando, alguien echaba desde
arriba para sacar agua del pozo. Daban la alarma en cuanto oían el ruido de la polea,
se sumergían bajo el agua o se apretaban contra la pared, y allí esperaban,
conteniendo la respiración, hasta que el pozal lleno de agua era izado otra vez y
pasaba el peligro. Fue a una rana joven a quien se le ocurrió pensar que el pozal podía
ser una oportunidad en vez de un peligro. Allá arriba se veía algo así como una
claraboya abierta, que cambiaba de aspecto según fuera de día o de noche, y en la que
aparecían sombras y luces y formas y colores que hacían presentir que allí había algo
nuevo digno de conocerse. Y, sobre todo, estaba el rostro con trenzas de aquella
figura bella y fugaz que aparecía por un momento sobre el brocal del pozo al arrojar
el cubo y recobrarlo todos los días en su cita sagrada y temida. Había que conocer
todo aquello. La rana joven habló, y todas las demás se le echaron encima: «Eso
nunca se ha hecho. Sería la destrucción de nuestra raza. El cielo nos castigará. Te
perderás para siempre. Nosotras hemos sido hechas para estar aquí, y aquí es donde
nos va bien y podemos ser felices. Fuera del pozo no hay más que destrucción
absoluta. Que nadie se atreva a violar las sabias leyes de nuestros antepasados. ¿Es
que una rana jovenzuela de hoy puede saber más que ellos?». La rana jovenzuela
esperó pacientemente la próxima bajada del pozal. Se colocó estratégicamente, dio un
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salto en el momento en que el pozal comenzaba a ser izado y subió en él ante el


asombro y el horror de la comunidad batracia. El consejo de ancianos excomulgó a la
rana prófuga y prohibió que se hablara de ella. Había que salvaguardar la seguridad
del pozo. Pasaron los meses sin que nadie hablara de ella y nadie se olvidara de ella,
cuando un buen día se oyó un croar familiar sobre el brocal del pozo, se agruparon
abajo las curiosas y vieron recortada contra el cielo la silueta conocida de la rana
aventurera. A su lado apareció la silueta de otra rana, y a su alrededor se agruparon
siete pequeños renacuajos. Todas miraban sin atreverse a decir nada, cuando la rana
habló: «Aquí arriba se está maravillosamente. Hay agua que se mueve, no como allá
abajo, y unas fibras verdes y suaves que salen del suelo y entre las que da gusto
moverse, y donde hay muchos bichos pequeños muy sabrosos y variados, y cada día
se puede comer algo diferente. Y luego hay muchas ranas de muchos tipos distintos, y
son muy buenas, y yo me he casado con ésta que está aquí a mi lado, y tenemos siete
hijos y somos muy felices. Y aquí hay sitio para todas, porque esto es muy grande y
nunca se acaba de ver lo que hay allá lejos.» De abajo, las fuerzas del orden
advirtieron a la rana que, si bajaba, sería ejecutada por alta traición; y ella dijo que no
pensaba bajar, y que les deseaba a todas que lo pasaran bien, y se marchó con su
compañera y los siete renacuajos. Abajo en el pozo hubo mucho revuelo, y hubo
algunas ranas que quisieron comentar la propuesta, pero las autoridades las acallaron
enseguida, y la vida volvió a la normalidad de siempre en el fondo del pozo. Al día
siguiente, por la mañana, la niña de las trenzas rubias se quedó asombrada cuando, al
sacar el cubo con agua del pozo, vio que estaba lleno de ranas. En sánscrito hay una
palabra compuesta para designar a una persona estrecha de miras que se conforma
con oír lo que siempre ha oído y hacer lo que siempre ha hecho, lo que hace todo el
mundo y lo que, según parece, han de hacer todos los que quieran seguir una vida
tranquila y segura. La palabra es «rana-de-pozo», (kup-manduk), y ha pasado del
sánscrito a las lenguas indias modernas, en las que se usa con el mismo sentido. A
nadie le gusta que se la digan. Aun así, el mundo está lleno de pozos, y los pozos
llenos de ranas. Y niñas con trenzas rubias siguen llevándose sustos de vez en cuando
por la mañana.

Reconocer la tentación
Un rabino judío decidió poner a prueba sus discípulos. ¿Qué es lo que haríais,
hijos míos, si os encontraseis un saco de dinero en el camino? El primero meditó un
momento y contestó: Lo devolvería a su dueño, maestro. "Ha hablado muy
prontamente -pensó para sí el rabino-, me pregunto si será sincero." El segundo
discípulo dijo: "Si no me viera nadie, me lo quedaría." "Ha hablado con sinceridad
-pensó el rabino-, pero no es digno de confianza." Finalmente, el tercero dijo:
"Probablemente tendría tentación de quedarme el dinero, por eso rogaría a Dios que
me diera fuerzas para resistir este impulso y actuar correctamente." "He aquí un
hombre sincero en quien puedo confiar", concluyó el rabino.
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Redimir a un hombre
En "Los miserables", esa gran novela de Víctor Hugo, Jean Valjean acaba de
cumplir una condena injusta. Es acogido por el obispo de Digne. En pago de tanta
hospitalidad, el hosco Valjean hurta a su anfitrión una cubertería de plata y se da a la
fuga. La policía no tardará en prenderlo. Aherrojado y mohíno, Valjean tendrá que
soportar un careo con el hombre cuya confianza ha defraudado. Entonces el obispo de
Digne, en lugar de ratificar las sospechas de la policía, encubre el delito de Valjean,
asegurando que la cubertería de plata es un regalo que él mismo hizo a su huésped; e
incluso lo reprende por no haber querido llevarse también unos candelabros, que de
inmediato introducirá en su faltriquera. Quizá encubrir a un delincuente merezca la
reprobación de la justicia; pero, al obrar ilícitamente, el obispo de Digne redime a un
hombre. Enaltecido por ese gesto, Jean Valjean convertirá a partir de ese momento su
vida en una incesante epopeya de abnegación. El obispo de Digne entendía que Dios
anida en el rostro de sus criaturas más afligidas.

Reflexión y tradición
Cuenta una leyenda popular que supo haber una vez un cuartel militar junto a un
pueblecillo cuyo nombre no recuerdo, y en medio del patio de ese cuartel había un
banco de madera. Era un banco sencillo, humilde y blanco. Y junto a ese banco un
soldado hacía guardia. Hacia guardia noche y día. Nadie sabía por qué se hacía la
guardia junto al banco, pero se hacía. Se hacía noche y día, todas las noches, todos los
días, y de generación en generación todos los oficiales transmitían la orden y los
soldados la obedecían. Nadie nunca dudó, nadie nunca preguntó: la tradición es algo
sagrado que no se cuestiona ni se ataca: se acata. Si así se hacía y siempre se había
hecho, por algo sería. Así se hacía, siempre se había hecho y así se haría. Y así siguió
siendo hasta que alguien, no se sabe bien qué general o coronel curioso, quiso ver la
orden original. Hubo que revolver a fondo los archivos. Y después de mucho hurgar
se supo. Hacía 31 años, 2 meses y cuatro días un oficial había mandado montar
guardia junto al banco, que estaba recién pintado, para que a nadie se le ocurriera
sentarse sobre la pintura fresca.

Rescatada
Una niña pequeña cuyos padres habían muerto, vivía con su abuela y dormía en
una habitación del piso superior.
Una noche se produjo un incendio en la casa y la abuela pereció tratando de
rescatar a la niña. El fuego se propagó rápidamente y el primer piso fue pasto de las
llamas.
Los vecinos llamaron a los bomberos y se mantuvieron a la espera de ayuda ya
que era imposible entrar en la casa pues las llamas bloqueaban todas las entradas. La
pequeña apareció en una de las ventanas superiores, pidiendo a gritos ayuda, justo en
el momento en que corría la voz entre la muchedumbre de que los bomberos tardarían
unos minutos pues estaban todos en otro fuego.
De pronto, apareció un hombre con una escalera, la apoyó contra la fachada de
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la casa y desapareció en el interior. Cuando reapareció, llevaba en sus brazos a la


pequeña. Dejó la niña en brazos de los que esperaban fuera y desapareció en la noche.
Una investigación reveló que la niña no tenía parientes. Semanas después se
celebró una asamblea en el ayuntamiento para determinar quién se llevaría la niña a
su casa para criarla.
Una maestra dijo que ella podría criar a la niña. Les hizo notar que podría
asegurarle una buena educación. Un granjero se ofreció a criarla en su granja. Les
hizo notar que vivir en una granja era saludable y satisfactorio. Otros hablaron, dando
sus razones por las que sería ventajoso para la niña vivir con ellos.
Finalmente, el habitante más rico del municipio se levantó y dijo: "Yo puedo
darle a esta niña todas las ventajas que habeis mencionado aquí, y además, dinero y
todo lo que el dinero puede comprar".
Durante todo el tiempo, la niña permaneció con la mirada baja y en silencio.
"¿Quiere hablar alguien más?", preguntó el presidente de la asamblea.
Un hombre se adelantó desde el fondo de la sala. Andaba despacio y parecía
dolorido. Cuando llegó al frente de la habitación, se paró directamente en frente de la
pequeña y extendió sus brazos. La muchedumbre sofocó un grito. Sus manos y brazos
tenían cicatrices terribles.
La niña gritó: "¡Éste es el hombre que me rescató!". De un salto, rodeó con sus
brazos el cuello del hombre, asiéndose desesperadamente a él, como había hecho
aquella fatídica noche. Apoyó la cara en su hombro y sollozó durante unos
momentos. Entonces levantó los ojos y le sonrió. "Se levanta la asamblea" dijo el
presidente. (Tomado de de www.andaluciaglobal.com/hadaluna)

Ricos y pobres
Una vez, un padre de una familia bastante acaudalado llevó a su hijo a un viaje
con el firme propósito de que su hijo viera cuán pobres eran las gentes del campo.
Estuvieron por espacio de un día y una noche completa en una granja de una familia
campesina muy humilde. Al concluir el viaje y de regreso a casa el padre le pregunta
a su hijo: - ¿Qué te pareció el viaje? - ¡Muy bonito papá! - ¿Viste cuán pobre puede
ser la gente? - ¡Sí! ¿Y qué aprendiste? - Vi que nosotros tenemos una piscina que
llega de una pared a la mitad del jardín, ellos tienen un riachuelo que no tiene fin.
Nosotros tenemos unas lámparas importadas en el patio, ellos tienen estrellas. El
patio llega hasta la pared de la casa del vecino, ellos tienen un horizonte de patio.
Ellos tienen tiempo para conversar y estar en familia. Tú y mamá tenéis que trabajar
todo el tiempo y casi nunca os veo. Al terminar el relato, el padre se quedó callado, y
su hijo añadió: - ¡Gracias, papá, por enseñarme lo ricos que podemos llegar a ser...!

Sacar una enseñanza de los malos ejemplos


Edit Stein de pequeña era muy sensible, pero también un poco irascible y
presumida (era la pequeña de la casa). Así se lo hacían ver sus hermanas. Un día
observó una pelea de borrachos en plena calle. La gente que estaba alrededor se reía y
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casi les incitaban. Sacaron los cuchillos y al final corrió la sangre. Le impresionó tan
vivamente que decidió cambiar de carácter, controlar su ira y no probar nunca el
alcohol.

Sé tú mismo
Había una vez, en un lugar y en un tiempo que podría ser cualquiera, un
hermoso jardín, con manzanos, naranjos, perales y bellísimos rosales, todos ellos
felices y satisfechos. Todo era alegría en el jardín, excepto un árbol, que estaba
profundamente triste. El pobre tenía un problema: no sabía quién era. El manzano le
decía: "Lo que te falta es concentración, si realmente lo intentas, podrás tener
sabrosas manzanas, es muy fácil". El rosal le decía: "No le escuches. Es más sencillo
tener rosas, y son más bonitas". El pobre árbol, desesperado, intentaba todo lo que le
sugerían, pero como no lograba ser como los demás se sentía cada vez más frustrado.
Un día llegó hasta el jardín el búho, la más sabia de las aves, y al ver la desesperación
del árbol, exclamó: "No te preocupes, tu problema no es tan grave, es el mismo de
muchísimos seres sobre la tierra. No dediques tu vida a ser como los demás quieran
que seas. Sé tu mismo, conócete, y para lograrlo, escucha tu voz interior." Y dicho
esto, el búho desapareció. ¿Mi voz interior...? ¿Ser yo mismo...? ¿Conocerme...? Se
preguntaba el árbol desesperado. Entonces, de pronto, comprendió. Y cerrando los
ojos y los oídos, abrió el corazón, y por fin pudo escuchar su voz interior diciéndole:
"Tú jamás darás manzanas porque no eres un manzano, ni florecerás cada primavera
porque no eres un rosal. Eres un roble, y tu destino es crecer grande y majestuoso, dar
cobijo a las aves, sombra a los viajeros, belleza al paisaje. Tienes una misión,
cúmplela. Y el árbol se sintió fuerte y seguro de sí mismo y se dispuso a ser todo
aquello para lo cual estaba destinado. Así, pronto fue admirado y respetado por todos.
Y sólo entonces el jardín fue completamente feliz.

Sigo gritando para cambiar el mundo


Llegó una vez un profeta a una ciudad y comenzó a gritar, en su plaza mayor,
que era necesario un cambio de la marcha del país. El profeta gritaba y gritaba y una
multitud considerable acudió a escuchar sus voces, aunque más por curiosidad que
por interés. Y el profeta ponía toda su alma en sus voces, exigiendo el cambio de las
costumbres. Pero, según pasaban los días, eran menos cada vez los curiosos que
rodeaban al profeta y ni una sola persona parecía dispuesta a cambiar de vida. Pero el
profeta no se desalentaba y seguía gritando. Hasta que un día ya nadie se detuvo a
escuchar sus voces. Mas el profeta seguía gritando en la soledad de la gran plaza. Y
pasaban los días. Y el profeta seguía gritando. Y nadie le escuchaba. Al fin, alguien
se acercó y le preguntó: "¿Por qué sigues gritando? ¿No ves que nadie está dispuesto
a cambiar?" "Sigo gritando" –dijo el profeta– "porque se me callara, ellos me habrían
cambiado a mí." José Luis Martín Descalzo

Simples y complicadas
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Un chico llamado Luis se siente atraído por una chica llamada Ana. Él la
propone ir juntos al cine, ella acepta, se lo pasan bien. Unas pocas noches después el
la invita a ir a cenar, y de nuevo están a gusto. Siguen viéndose regularmente, y un
tiempo después ninguno de ellos ve a ninguna otra persona. Entonces, una noche,
cuando van hacia casa, un pensamiento se le ocurre a Ana y, sin pensarlo mucho, ella
dice: "¿Te das cuenta de que justo hoy hace seis meses que nos vemos?". Y entonces
se hace el silencio en el coche. A Ana le parece un silencio estruendoso. Ella piensa:
"Vaya, me pregunto si le habrá molestado que yo haya dicho eso. Quizás se siente
restringido por nuestra relación. Quizás crea que yo estoy tratando de forzarle a
alguna clase de obligación que él no desea, o sobre la que no está muy seguro". Y
Luis esta pensando: "Vaya. Seis meses." Y Ana piensa: "Pero yo tampoco estoy
segura de querer esta clase de relación. A veces me gustaría tener un poco más de
libertad, para tener tiempo de pensar sobre lo que yo realmente quiero que nos
mantenga en la dirección a la que nos estamos dirigiendo lentamente..., quiero decir,
¿hacia dónde vamos? ¿Vamos simplemente a seguir viéndonos en este nivel de
intimidad? ¿Nos dirigimos hacia el matrimonio? ¿Hijos? ¿Una vida juntos? ¿Estoy
preparada para este nivel de compromiso? ¿Es que conozco realmente a esta
persona?". Y Luis piensa: "...así que eso significa que fue... veamos... fue febrero
cuando comenzamos a salir, que fue justo después de dejar el coche en el taller, o sea,
que... veamos el cuentakilómetros... Vaya, tengo que cambiarle el aceite al coche." Y
Ana piensa: "Está disgustado. Puedo verlo en su cara. Quizás estoy interpretando esto
completamente mal. Quizás quiere más de nuestra relación, más intimidad, más
compromiso. Quizás él ha notado -antes que yo- que yo estaba sintiendo algunas
reservas. Sí, seguro que es eso. Por eso es tan reservado a la hora de hablar sobre sus
propios sentimientos. Tiene miedo de ser rechazado". Y Luis piensa: "Y voy a tener
que decirles que me miren la transmisión otra vez. No me importa lo que esos
imbéciles digan, todavía no cambia bien. Y esta vez será mejor que no intenten
echarle la culpa al frío. ¿Qué frío? Hay 30 grados fuera, y esta cosa cambia como un
camión de basura, y yo les pago a esos ladrones incompetentes mucho dinero cada
vez." Y Ana está pensando: "Está enfadado. Y no puedo culparle. Yo estaría
enfadada, también. Dios mío, me siento tan culpable, haciéndole pasar por esto, pero
no puedo evitar sentirme como me siento. Simple y llanamente, no estoy segura". Y
Luis piensa: "Probablemente me dirán que sólo tiene tres meses de garantía. Sí, eso es
justo lo que van a decirme, los capullos". Y Ana está pensando: "Quizás soy
demasiado idealista, esperando que venga un caballero en su caballo blanco, cuando
estoy sentada al lado de una persona perfectamente buena, una persona con la que me
gusta estar, una persona que realmente me importa, una persona a la que parezco
importarle realmente. Una persona que sufre por causa de mis egocéntricas fantasías
románticas de colegiala". Y Luis piensa: "¿Garantía? ¿Quieren una garantía? Les daré
una garantía. Cogeré su garantía y la...". Dice Ana en voz alta: "Luis". "¿Qué?, dice
Luis, sorprendido. "Por favor, no te tortures así -dice ella, con un inicio de lágrimas
en sus ojos.- Quizás nunca debí haber dicho... Oh, Dios, me siento tan..." y se
interrumpe, sollozando. "¿Qué?, dice Luis. "Soy tan tonta -solloza Ana-. Quiero
decir, ya sé que no hay tal caballero. Realmente lo sé. Es estúpido. No hay caballero,
ni caballo". "¿ No hay caballo?, dice Luis. "¿Piensas que soy tonta, verdad?", dice
Ana. "No", dice Luis, contento por fin de conocer la respuesta adecuada. "Es sólo
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que... sólo que... necesito algo de tiempo", dice Ana. Hay una pausa de 15 segundos
mientras Luis, pensando todo lo rápido que puede, trata de decir una respuesta segura.
Finalmente se le ocurre una que cree que puede funcionar: "Sí". Ana, fuertemente
emocionada, toca su mano: "Oh, Luis, ¿realmente piensas eso?, dice ella. "¿El que?,
dice Luis. "Eso sobre el tiempo", dice Ana. "Ah, sí", dice Luis. Ana se vuelve para
mirarle y fija profundamente su mirada en sus ojos, haciendo que él se ponga muy
nervioso sobre lo que ella pueda decir luego, sobre todo si tiene que ver con un
caballo. Al final, ella dice: "Gracias, Luis". "Gracias", dice Luis. Entonces él la lleva
a casa, y ella se tumba en su cama, como un alma torturada y en conflicto, y llora
hasta el amanecer. Mientras, Luis, vuelve a su casa, abre una bolsa de patatas,
enciende la tele, e inmediatamente se encuentra inmerso en una retransmisión de un
partido de tenis entre dos checos de los que nunca ha oído hablar. Una débil voz en
los mas recónditos rincones de su mente le dice que algo importante pasaba en el
coche, pero está bien seguro de que no hay forma de que pudiese entenderlo, así que
opina que es mejor no pensar en ello. Al día siguiente Ana llamara a su mejor amiga,
o quizás a dos de ellas, y hablarán sobre la situación seis horas seguidas. Con
doloroso detalle, analizarán todo lo que ella dijo y todo lo que él dijo, pasando sobre
cada punto una y otra vez, examinando cada palabra, y gesto por nimios significados,
considerando cada posible ramificación. Continuarán discutiendo el tema, una y otra
vez, por semanas, quizás meses, nunca llegando a conclusiones definitivas, pero
nunca aburriéndose de él, tampoco. Mientras, Luis, un día mientras ve un partido de
fútbol con un amigo común suyo y de Ana, durante los anuncios, fruncirá el ceño y
dirá: "Raúl, ¿sabes si Ana tuvo alguna vez un caballo?".

¿Te puedo comprar una hora?


El hombre llegó del trabajo a casa otra vez tarde, cansado e irritado, y encontró a
su hijo de cinco años esperándolo en la puerta. "Papá, puedo preguntarte algo?"
"Claro, hijo, el qué? respondió el hombre.
"Papá, ¿cuánto dinero ganas por hora?" "¿Por qué lo preguntas?, dijo un tanto
molesto. "Sólo quiero saberlo. Por favor dime cuánto ganas por hora", suplicó el
pequeño. "Si quieres saberlo, gano 20 dólares por hora".
"Oh", repuso el pequeño inclinando la cabeza. Luego dijo: "Papá, ¿me puedes
prestar 10 dólares, por favor?". El padre estaba furioso. "Si la razón por la que querías
saber cuánto gano es sólo para pedirme que te compre un juguete o cualquier otra
tontería, entonces vete ahora mismo a tu habitación y acuéstate. Piensa por qué estás
siendo tan egoísta. Trabajo mucho, muchas horas cada día y no tengo tiempo para
estos juegos infantiles".
El pequeño se fue en silencio a su habitación y cerró la puerta. El hombre se
sentó y empezó a darle vueltas al interrogatorio del niño. "¡Cómo puede preguntar
eso sólo para conseguir algo de dinero!". Después de un rato, el hombre se calmó y
empezó a pensar que había sido un poco duro con su hijo. Quizás había algo que
realmente necesitaba comprar con esos 10 dólares y, de hecho, no le pedía dinero a
menudo. Fue a la puerta de la habitación del niño y la abrió.
"¿Estás dormido, hijo?", preguntó. "No, papá. Estoy despierto" respondió el
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niño. "He estado pensando, y quizá he sido demasiado duro contigo antes. Ha sido un
día muy largo y lo he pagado contigo. Aquí tienes los 10 dólares que me has pedido".
El niño se sentó sonriente: "¡Oh, gracias, papá!", exclamó. Entonces, rebuscando
bajo su almohada, sacó algunos billetes arrugados más. El pequeño contó despacio su
dinero y entonces miró al hombre, el cual, viendo que el niño ya tenía dinero,
empezaba a enfadarse de nuevo. "¿Por qué necesitabas dinero y ya tenías?",
refunfuñó el padre.
"Porque todavía no tenía bastante, pero ahora sí tengo. Papá, ahora tengo 20
dólares..., ¿puedo comprar una hora de tu tiempo?".

Tender puentes
Se cuenta que, cierta vez, dos hermanos que vivían en granjas vecinas, separadas
por un pequeño río, entraron en conflicto. Fue la primera gran desavenencia en toda
una vida de trabajo uno al lado del otro, compartiendo las herramientas y cuidando
uno del otro. Durante años ellos trabajaron en sus granjas y al final de cada día,
podían atravesar el río y disfrutar uno de la compañía del otro. A pesar del cansancio,
hacían la caminata con gusto, pues se tenían un gran aprecio. Pero ahora todo había
cambiado. Lo que comenzara con un pequeño malentendido finalmente explotó en un
cambio de ásperas palabras, seguidas por semanas de total silencio. Una mañana, el
hermano más mayor sintió que llamaban a su puerta. Cuando abrió vio un hombre
con una caja de herramientas de carpintero en la mano y que buscaba trabajo: "Quizás
usted tenga un pequeño servicio que yo pueda hacer". "Sí, claro que tengo trabajo
para usted. Ve aquella granja al otro lado del río. Es de mi vecino. No, en realidad es
de mi hermano más joven. Nos peleamos y no puedo soportar verle. ¿Ve aquella pila
de madera cerca del granero? Quiero que usted construya una cerca bien alta a lo
largo del río para que yo no tenga que verlo mas." El carpintero contestó: "Creo que
entiendo la situación. Dígame dónde están el resto del material, que ciertamente haré
un trabajo que le gustará." Como tenía que irse a la ciudad, el hermano más mayor
ayudó al carpintero a encontrar el material y partió. El hombre trabajó durante todo
aquel día. Ya anochecía cuando termino su obra. El granjero regresó de su viaje y sus
ojos no podían creer lo que veían. En vez de una cerca había un puente que unía las
dos márgenes del río. Era realmente un buen trabajo, pero el granjero estaba furioso y
le dijo: "Usted ha sido muy atrevido al construir ese puente después de lo que
quedamos". Sin embargo, al mirar hacia el puente, vio a su hermano que se acercaba
del otro margen, corriendo con los brazos abiertos. Por un instante permaneció
inmóvil de su lado del río. Pero de repente, en un impulso, corrió en dirección del
otro y se abrazaron en medio del puente.

Tener imaginación
Un cazador va a África y lleva su perrito Foxterrier para no sentirse solo. Un
día, ya en África, el perrito, persiguiendo mariposas, se aleja y se extravía,
comenzando a vagar solo por la selva. En eso ve a lo lejos que viene una pantera
enorme a todo correr, y al ver que la pantera lo quiere devorar, piensa rápidamente
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qué puede hacer. Ve un montón de huesos de un animal muerto y se pone a


mordisquearlos. Cuando la pantera está a punto de atacarlo, el perrito dice: "¡Uah...,
qué rica estaba esta pantera que me acabo de comer!". La pantera lo escucha y frena
en seco, gira y huye despavorida pensando: "¡Este animal casi me come a mi
también!". Un mono que andaba trepando en un árbol cercano y que había visto y
oído toda la escena, sale corriendo tras la pantera para contarle cómo había sido
engañada por el perrito. Pero el perrito oye al mono chivato. El mono contó todo a la
pantera, y esta, muy enojada, le dice al mono: "¡Súbete a mi espalda y busquemos a
ese perro maldito, a ver quién se come a quién!". Y salen corriendo a toda velocidad a
buscar al Foxterrier. El perrito ve a lo lejos que vuelve la pantera, ahora con el mono
chivato encima. "¿Y ahora qué hago...?", se pregunta. En vez de salir corriendo, que
habría sido su perdición, se queda sentado dándoles la espalda como si no los hubiera
visto. Cuando la pantera está a punto de atacarle, el perrito dice: "¡Pero qué mono
más sinvergüenza...! Hace media hora que lo mandé a traerme otra pantera y todavía
no había aparecido...!". Como decía Albert Einstein, en los momentos de crisis, sólo
la imaginación es más importante que el conocimiento.

Todo pasa
Hubo una vez un rey que dijo a los sabios de la corte: - Me estoy fabricando un
precioso anillo. He conseguido uno de los mejores diamantes posibles. Quiero
guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de
desesperación total, y que ayude a mis herederos, y a los herederos de mis herederos,
para siempre. Tiene que ser un mensaje pequeño, de manera que quepa debajo del
diamante del anillo.
Todos quienes escucharon eran sabios, grandes eruditos; podrían haber escrito
grandes tratados, pero darle un mensaje de no más de dos o tres palabras que le
pudieran ayudar en momentos de desesperación total. Pensaron, buscaron en sus
libros, pero no podían encontrar nada. El rey tenía un anciano sirviente que también
había sido sirviente de su padre. La madre del rey murió pronto y este sirviente cuidó
de él, por tanto, lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentía un inmenso
respeto por el anciano, de modo que también lo consultó. Y éste le dijo: -No soy un
sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje. Durante mi larga vida
en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una ocasión me encontré
con un místico. Era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio. Cuando se iba,
como gesto de agradecimiento, me dio este mensaje -el anciano lo escribió en un
diminuto papel, lo dobló y se lo dio al rey-. Pero no lo leas -le dijo- mantenlo
escondido en el anillo. Ábrelo sólo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no
encuentres salida a la situación.
Ese momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió el reino.
Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos lo perseguían.
Estaba solo y los perseguidores eran numerosos. Llegó a un lugar donde el camino se
acababa, no había salida: enfrente había un precipicio y un profundo valle; caer por él
sería el fin. Y no podía volver porque el enemigo le cerraba el camino. Ya podía
escuchar el trotar de los caballos. No podía seguir hacia delante y no había ningún
otro camino. De repente, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí encontró
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un pequeño mensaje tremendamente valioso. Simplemente decía: “ESTO TAMBIÉN


PASARÁ”. Mientras leía “esto también pasará” sintió que se cernía sobre él un gran
silencio. Los enemigos que le perseguían debían haberse perdido en el bosque, o
debían haberse equivocado de camino, pero lo cierto es que poco a poco dejó de
escuchar el trote de los caballos. El rey se sentía profundamente agradecido al
sirviente y al místico desconocido. Aquellas palabras habían resultado milagrosas.
Dobló el papel, volvió a ponerlo en el anillo, reunió a sus ejércitos y reconquistó el
reino. Y el día que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran
celebración con música, bailes... y él se sentía muy orgulloso de sí mismo. El anciano
estaba a su lado en el carro y le dijo: -Este momento también es adecuado: vuelve a
mirar el mensaje. -¿Qué quieres decir? -preguntó el rey-. Ahora estoy victorioso, la
gente celebra mi vuelta, no estoy desesperado, no me encuentro en una situación sin
salida. -Escucha -dijo el anciano-: este mensaje no es sólo para situaciones
desesperadas; también es para situaciones placenteras. No es sólo para cuando estás
derrotado; también es para cuando te sientes victorioso. No es sólo para cuando eres
el último; también es para cuando eres el primero. El rey abrió el anillo y leyó el
mensaje: “Esto también pasará”, y nuevamente sintió la misma paz, el mismo
silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba, pero el orgullo, la
egolatría, había desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje.
Entonces el anciano le dijo: -Recuerda que todo pasa. Ninguna cosa ni ninguna
emoción son permanentes. Como el día y la noche, hay momentos de alegría y
momentos de tristeza. Acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza porque
son la naturaleza misma de las cosas.

Tres pipas para calmar el enfado


Una vez un miembro de la tribu se presentó furioso ante su jefe para informarle
que estaba decidido a tomar venganza de un enemigo que lo había ofendido
gravemente. Quería ir inmediatamente y matarlo sin piedad. El jefe le escuchó
atentamente y luego le propuso que fuera a hacer lo que tenía pensado, pero antes de
hacerlo llenara su pipa de tabaco y la fumara con calma al pie del árbol sagrado del
pueblo. El hombre cargó su pipa y fue a sentarse bajo la copa del gran árbol. Tardó
una hora en terminar la pipa. Luego sacudió las cenizas y decidió volver a hablar con
el jefe para decirle que lo había pensado mejor, que era excesivo matar a su enemigo
pero que si le daría una paliza memorable para que nunca se olvidara de la ofensa.
Nuevamente el anciano lo escuchó y aprobó su decisión, pero le ordenó que ya que
había cambiado de parecer, llenara otra vez la pipa y fuera a fumarla al mismo lugar.
También esta vez el hombre cumplió su encargo y gastó media hora meditando.
Después regresó a donde estaba el cacique y le dijo que consideraba excesivo castigar
físicamente a su enemigo, pero que iría a echarle en cara su mala acción y le haría
pasar vergüenza delante de todos. Como siempre, fue escuchado con bondad pero el
anciano volvió a ordenarle que repitiera su meditación como lo había hecho las veces
anteriores. El hombre, medio molesto, pero ya mucho más sereno, se dirigió al árbol
centenario y allí sentado fue convirtiendo en humo, su tabaco y su bronca. Cuando
terminó, volvió al jefe y le dijo: "Pensándolo mejor veo que la cosa no es para tanto.
Iré donde me espera mi agresor para darle un abrazo. Así recuperaré un amigo que
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seguramente se arrepentirá de lo que ha hecho". El jefe le regaló dos cargas de tabaco


para que fueran a fumar juntos al pie del árbol, diciéndole: "Eso es precisamente lo
que tenía que pedirte, pero no podía decírtelo yo; era necesario darte tiempo para que
lo descubrieras tu mismo".

Tu daño me hizo más fuerte


Ben Sarok, un hombre cruel, no podía ver nada sano ni bello sin destrozarlo. Al
borde de un oasis se encontró con una joven palmera. Esto le irritó, así que cogió una
pesada piedra y la colocó justo encima de la palmera. Entonces, con una mueca
malvada, pasó por encima. La joven palmera intentó eliminar la carga, pero fue en
vano. Después, el joven árbol probó una táctica diferente. Cabó hacia el interior para
soportar su peso, hasta que sus raíces encontraron una fuente escondida de agua.
Entonces el árbol creció más alto que todos los otros, logró culminar todas las
sombras. Con el agua de las profundidades de la tierra y el sol de los cielos se
convirtió en un árbol majestuoso. Años más tarde, Ben Sarok volvió para disfrutar de
la imagen del pequeño árbol que había destrozado. Pero no pudo encontrarlo en
ningún lugar. Por último el árbol se inclinó, le mostró la piedra sobre su copa y dijo:
"Ben Sarok, tengo que agradecerte, tu daño me hizo más fuerte".

Tu rostro habla por ti


Hace tiempo, en un pequeño y lejano pueblo, había una casa abandonada. Cierto
día, un perrito buscando refugio del sol, logró meterse por un agujero de una de las
puertas de dicha casa. El perrito subió lentamente las viejas escaleras de madera. Al
terminar de subirlas se encontró con una puerta se encontró con una puerta
semiabierta, y lentamente se adentró al cuarto. Para su sorpresa se dio cuenta que
dentro de ese cuarto había mil perritos más, observándolo tan fijamente como él los
observaba a ellos. El perrito comenzó a mover la cola y a levantar sus orejas poco a
poco. Los mil perritos hicieron lo mismo. Posteriormente sonrió y ladró alegremente
a uno de ellos. El perrito se quedó sorprendido al ver que los mil perritos también le
sonreían y ladraban alegremente con él. Cuando el perrito salió del cuarto se quedó
pensando para sí mismo: "¡Qué lugar tan agradable, tengo que venir más a visitarlo!".
Tiempo después otro perrito callejero entró al mismo sitio y al mismo cuarto, pero
este perrito al ver a los otros mil perritos del cuarto, se sintió amenazado, ya que lo
estaban mirando de una manera agresiva. Empezó a gruñir, y vio como los mil
perritos le gruñían a él. Comenzó a ladrarles ferozmente y los otros mil perritos le
ladraron ferozmente también a él. Cuando este perrito salió de aquel cuarto pensó:
"¡Qué lugar tan horrible, nunca más volveré a entrar aquí!". En el frontal de aquella
casa había un viejo letrero que decía: "La casa de los mil espejos". Los rostros del
mundo son como espejos. Según seamos, así vemos.
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Un bombero de 6 años
La madre de 26 años se quedó absorta mirando a su hijo que moría de leucemia
terminal. Aunque su corazón estaba agobiado por la tristeza, también tenía un fuerte
sentimiento de determinación. Como cualquier madre deseaba que su hijo creciera y
realizara todos sus sueños. Pero ahora eso ya no iba a ser posible. La leucemia no se
lo permitiría. Pero aún así, ella todavía quería que los sueños de su hijo se realizaran.
Tomó la mano de su hijo y le preguntó: “Billy, ¿alguna vez pensaste en lo que querías
ser cuando crecieras? ¿Soñaste alguna vez y pensaste en lo que harías con tu vida?”.
“Mamá, de mayor siempre quise ser bombero”. La madre se sonrió, y un poco más
tarde, ese mismo día, se dirigió al Parque de Bomberos de Phoenix, Arizona, donde
conoció al bombero Bob, un hombre con un corazón tan grande como la misma
Phoenix. Ella le explicó el último deseo de su hijo de seis años y le preguntó si era
posible darle un paseo alrededor de la manzana en un camión de bomberos. El
bombero Bob dijo: “Mire, podemos hacer algo mejor que eso. Tenga a su hijo listo el
miércoles a las 9 en punto de la mañana y lo haremos Bombero honorario durante
todo el día. Puede venir con nosotros aquí al Parque de Bomberos, comer con
nosotros y salir con nosotros cuando recibamos llamadas de incendios en todo nuestro
radio de acción. Y si usted nos dice su talla, le conseguiremos un verdadero uniforme
de bombero, con un sombrero verdadero y no uno de juguete, que lleve el emblema
del Parque de Bomberos de Phoenix, un traje amarillo como el que nosotros llevamos
y botas de goma. Todo se confecciona en Phoenix, así que nos es fácil conseguirlo
bastante rápido”. Tres días mas tarde el bombero Bob recogió a Billy, le puso su
uniforme de bombero y lo condujo desde la cama del hospital hasta el camión de
bomberos. Billy se sentó en la parte de atrás del camión y ayudó a conducirlo de
regreso al Parque. Se sentía como en el cielo. Hubo tres avisos de incendio en
Phoenix ese día y Billy pudo salir en los tres servicios. Se montó en tres camiones
diferentes, en el microbús médico y también en el coche del Jefe de Bomberos. Le
tomaron vídeos para las noticias locales de televisión. El haber hecho realidad su
sueño, con todo aquel amor y atención con que le trataron, emocionó tan
profundamente a Billy que logró vivir tres meses más de lo que cualquier médico
pensó que viviría. Una noche todas sus constantes vitales comenzaron a decaer
dramáticamente y la Jefa de Enfermeras comenzó a llamar a los miembros de la
familia para que vinieran al hospital. Luego, recordó el día que Billy había pasado
como si fuera un bombero, así que llamó al Jefe del Parque y le preguntó si era
posible que enviara a un bombero uniformado al hospital para que estuviera con Billy
mientras entregaba su alma. El Jefe replicó: “Haremos algo mejor. Estaremos allí en
cinco minutos. ¿Me hará un favor? Cuando oiga las sirenas sonando y vea el
centelleo de las luces, ¿podría anunciar por los altavoces que no hay ningún incendio,
sino que es el Departamento de Bomberos que va a ver a uno de sus miembros más
destacados una vez más? Y por favor, ¿podría abrir la ventana de su cuarto? Gracias”.
Cinco minutos más tarde, el camión de escalera de los bomberos llegó al hospital y
extendió la escalera hasta la ventana abierta del cuarto de Billy en el tercer piso.
Dieciséis bomberos subieron por ella y entraron al cuarto. Con el permiso de su
mamá, cada uno de ellos lo abrazó diciéndole cuánto lo amaban. Con su último
aliento, Billy miró al Jefe de Bomberos y dijo: “Jefe, ¿soy verdaderamente un
bombero ahora?”. “Sí, Billy, lo eres”. Con esas palabras, Billy sonrió y cerró sus ojos
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por última vez.

Un burro en un pozo
Un día, el burro de un campesino se cayó en un pozo. El pobre animal lloró
amargamente durante horas, mientras el campesino trataba de buscar alguna solución.
Finalmente, como no encontraba otra solución, pensó que el burro ya estaba muy
viejo y que el pozo ya estaba seco y necesitaba ser tapado de todas formas, así que
realmente no valía la pena sacar al burro del pozo sino que era mejor enterrarlo allí.
Pidió a unos vecinos que vinieran a ayudarle. Cada uno agarró una pala y empezaron
a echar tierra al pozo. El burro se dio cuenta de lo que estaba pasando y lloró y
rebuznó de nuevo con más amargura. Luego, para sorpresa de todos, se tranquilizó
después de caerle encima unas cuantas paladas de tierra. Al cabo de un buen rato de
trabajo, el campesino se asomó al pozo y vio con sorpresa que con cada palada de
tierra el burro estaba haciendo algo muy inteligente: se sacudía cada palada de tierra y
pisaba sobre ella. Había subido ya varios metros. Siguieron así, y al final el burro
llegó hasta la boca del pozo, pasó por encima del borde y salió trotando
pacíficamente. Algo parecido puede sucedernos en nuestra vida. La vida nos tira a
veces tierra, todo tipo de tierra; lo mejor es saber sacudirse esa tierra y usarla para dar
un paso hacia arriba. Así, cada uno de nuestros problemas es un escalón hacia arriba.

Un ciego con luz


Había una vez, hace cientos de años, en una ciudad de Oriente, un hombre que
una noche caminaba por las oscuras calles llevando una lámpara de aceite encendida.
La ciudad era muy oscura en las noches sin luna como aquella. En determinado
momento, se encuentra con un amigo. El amigo lo mira y de pronto lo reconoce. Se
da cuenta de que es Guno, el ciego del pueblo. Entonces, le dice: “¿Qué haces, Guno,
tú que eres ciego, con una lámpara en la mano? ¡Si tú no ves!”. Entonces el ciego le
responde: “Yo no llevo la lámpara para ver mi camino. Conozco las calles de
memoria. Llevo la luz para que otros encuentren su camino cuando me vean a mí. No
solo es importante la luz que me sirve a mí, sino también la que yo uso para que otros
puedan también servirse de ella”. Cada uno de nosotros puede alumbrar el camino
para uno mismo y para que sea visto por otros, aunque uno aparentemente no lo
necesite.

Un donante muy especial


Robyn Bowen es una mujer de Washington que en 1980 acudió a una Clínica en
Rochester para ser atendida de una enfermedad al riñón mientras estaba embarazada.
Recuerda cómo los doctores le dijeron llevar el embarazo hasta el final podría
perjudicarle e incluso ponerse en peligro de muerte. Pero ella no quiso abortar, no
dudó: "Supe desde el primer día que Dios me había bendecido al permitirme tener a
Brandon", que así llamó a su hijo. Robyn dio a luz y continuó con su vida de diálisis
y medicamentos, y salvó su vida por no abortar, pues cuando estaba enferma de
muerte si no recibía un riñón compatible, le salió un donante muy especial. Veinte
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años después de su alumbramiento, su hijo se ofreció para donarle un riñón. "Mi


cuerpo no es realmente mi cuerpo -afirma Brandon, el hijo-, a lo que me refiero, es
que este no es mi riñón realmente. Es como el deseo de Dios y algo que necesitaba
hacer". Su madre afirma: "él estaba muy seguro de que eso era lo que Dios quería que
hiciera, por lo que fue el único motivo por el que le permití hacerlo". Orgulloso de
salvar a su madre, seguía diciendo Brandon: "Tu no sabes lo que la vida de un niño
pueda lograr en el futuro... Él podría ser el presidente, o tal vez podría encontrar la
cura para el cáncer o algo así. Uno nunca sabe. Yo sólo pienso que todo niño debería
tener una oportunidad". Defender el derecho a la vida desde la concepción, dice Juan
Pablo II, es un "servicio precioso a la vida, valor fundamental en el que se reflejan la
sabiduría y el amor de Dios... El respeto de la vida, desde su concepción al ocaso
natural es un criterio decisivo para valorar la civilización de un pueblo". (Llucià Pou).

Un elefante atado
Un día un niño vio como un elefante del circo, después de la función, era
amarrado con una cadena a una pequeña estaca clavada en el suelo. Se asombró de
que tan corpulento animal no fuera capaz de liberarse de aquella pequeña estaca, y
que de hecho no hiciera el mas mínimo esfuerzo por conseguirlo. Decidió preguntarle
al hombre del circo, que le respondió: "Es muy sencillo, desde pequeño ha estado
amarrado a una estaca como esa, y como entonces no era capaz de liberarse, ahora no
sabe que esa estaca es muy poca cosa para él. Lo único que recuerda es que no podía
escaparse y por eso ni siquiera lo intenta". Esto nos sucede a todos en algunos temas,
en los que tenemos topes o barreras con las que chocamos porque siempre las hemos
visto como insuperables, aunque ya hayamos crecido lo suficiente para vencerlas, y
no lo hacemos solo por un porque en algún momento nos detuvieron.

Un embarazo arriesgado
La historia de Emilia es uno de esos casos difíciles de discernir. Su último
embarazo presentó tan difícil que hoy en día lo transformarían en opción segura por
el aborto. Aquí está su historia. ¿Qué habría hecho usted en su situación? Emilia
pertenecía a una familia de clase media en un país europeo que sufría estragos y
carestías después de una prolongada guerra nacional. Hambre y epidemias
amenazaban a toda la población. Emilia desde pequeña había tenido una salud
delicada, que no había podido mejorar por las condiciones en las que vivía. Siendo
muy joven, se casó con un modesto empleado y se establecieron en una población
nueva lejos de familiares y conocidos. Poco tiempo después nació su primer hijo,
Edmund, un chico atractivo, buen estudiante, atleta y con gran personalidad. Unos
años más tarde, Emilia dio a luz a una niña, que sólo sobrevivió pocas semanas por
las malas condiciones de vida a la que la familia estaba sometida. Catorce años
después del nacimiento de Edmund y casi diez de la muerte de su segunda hija,
Emilia se encontraba en una situación particularmente difícil. Tenía cerca de cuarenta
años y su salud no había mejorado: sufría severos problemas renales y su sistema
cardiaco se debilitaba poco a poco debido a una afección congénita. Por otro lado, la
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situación política de su país era cada vez más crítica, pues había sido muy afectado
por la recién terminada primera guerra mundial. Vivían con lo indispensable y con la
incertidumbre y el miedo de que estallase una nueva guerra. Y justamente en esas
terribles circunstancias, Emilia se dio cuenta de que nuevamente estaba embarazada.
A pesar de que el acceso al aborto no era sencillo en esa época y en ese país tan
pobre, existía la opción y no faltó quien se ofreciera para practicárselo. Su edad y su
salud hacían del embarazo un alto riesgo para su vida. Además su difícil condición de
vida le hacía preguntarse: ¿qué mundo puedo ofrecer a este pequeño? ¿Un hogar
miserable? ¿Un pueblo en guerra? ¿Vale la pena que le dé la vida? A esta situación
tan difícil que enfrentaba Emilia, se sumaría otra problemática que ella aún no
conocía, pero de saberla, le haría cuestionar aún más la conveniencia de que este hijo
naciera. Emilia morirá tan sólo diez años después a causa de su precaria salud.
Trágicamente, también Edmund, el único hermano del bebé que esperaba, vivirá sólo
unos pocos años más. Algunos años más tarde, estallaría la segunda guerra mundial,
en la que el padre de la criatura que estaba por nacer también perderá la vida, con lo
que ese niño iba a quedar absolutamente solo en la vida y en un ambiente adverso. Si
a ested le tocara juzgar la conveniencia del nacimiento del hijo de Emilia, tendría que
tomar en cuenta que, además de una situación sumamente crítica, a este niño le
esperaba una vida en la completa orfandad: ni su padre, ni su madre, ni su único
hermano podrían acompañarle en medio de las condiciones espantosas de la segunda
guerra mundial que estaba por venir. ¿Para qué traer al mundo a un niño que desde el
momento de nacer conocerá el sufrimiento? ¿Qué futuro puedo ofrecerle? ¿Será una
insensatez llevar adelante mi embarazo? Son preguntas que cualquier mujer se haría
en la situación de Emilia. Afortunadamente, ella optó por la vida de su hijo, a quien
puso el nombre de Karol. Hoy quizá ese niño sería seguramente una víctima del
aborto. Pero, gracias al valor de una mujer llamada Emilia, se encuentra vivo y se
llama Karol Wojtyla, a quien todo el mundo conoce como Juan Pablo II.

Un gitano mártir
Ceferino Jiménez Malla es el primer gitano que ha subido a los altares. Tendrá
un sitio entre los grandes del espíritu, pues la santidad no tiene nada que ver con la
cuna, ni con la cultura, ni con la raza. La santidad tiene que ver con el corazón. Aquí
van dos muestras de su espíritu generoso.
Un día, el ex alcalde del pueblo oscense, Rafael Jordán, sufrió un vómito de
sangre mientras iba por la calle, como consecuencia de la tuberculosis que padecía.
Esa enfermedad inspiraba entonces un gran temor y la gente no se acercó. Ceferino lo
limpió y lo llevó a su propia casa. Aquel acto de generosidad cambió su vida, pues la
familia del ex alcalde le pidió que adquiriera una cuantas mulas en Francia y cuando
Ceferino fue a entregarlas le dijeron que se las quedara. Era rico. Sin embargo
muchos gitanos le pidieron favores y así, tío Ceferino, volvió a arruinarse: no podía
dejar de socorrer a los suyos.
Ceferino presenció la detención de un joven sacerdote, que forcejeaba con los
milicianos. ¡Válgame la Virgen!, exclamó, tantos hombres contra uno y además
inocente. Varios milicianos se lanzaron contra él, lo cachearon y le encontraron una
navajilla y un modesto rosario. Bastó para conducirlo, maniatado, a la cárcel popular.
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Un amigo influyente intentó salvar su vida y le aconsejó que pusiera una excusa para
justificar la presencia del rosario. Ceferino se negó. No era su estilo de tratante de
ganado decir hoy una cosa y mañana otra; la gente le conocía y sabía que su palabra
era ley en la que se podía fiar. Se negó a mentir, se negó a excusarse, por más que
sabía lo que le ocurriría por ello. Como así ocurrió, pues Ceferino fue ajusticiado
pocos días después, junto al cementerio.
Ceferino rezaba cuando iba por la calle. El “Bomba”, otro gitano, recuerda a
Ceferino rosario en mano en dirección a la iglesia: “Nos saludaba y después seguía
rezando. Lo digo porque yo veía cómo movía los labios. Reunía a los niños y las
familias para rezar juntos el rosario”. Araceli Dual recuerda haber sido convocada
varias veces a casa del Pelé con otros niños para rezar juntos. El anciano era muy
alto, y para estar a la altura de los chiquillos se ponía de rodillas.

Un tipo con suerte


Recuerdo que conocí a Javi el verano pasado en un campo de trabajo con
toxicómanos en rehabilitación. Cuando me preguntó que por qué empleaba mis
vacaciones de verano en una cosa así, hinché el pecho y me enorgullecí de mi mismo
y de lo bueno que era. Pero no me duró mas de 10 segundos, el tiempo que tardé en
devolverle la pregunta y me contestó que le reventaba ver a gente sola, que la soledad
hay que "mamarla".
Pensé que Javi había sufrido mucho, más todavía cuando me dijo que a él lo
abandonaron en un contenedor a los pocos días de nacer. La congoja que me entró no
fue nada comparado con el océano que se abrió a continuación ante mi conciencia. Le
dije que lo sentía, que vaya faena, y me respondió que si estaba tonto, que se sentía
un afortunado... Debí poner la misma cara que un pingüino en un garaje, pues
rápidamente me dio la mejor lección que han dado en la vida. "Soy un tío con suerte
-me espetó-, pues está claro que fui un embarazo no deseado, si llega a ser ahora, por
50.000 pesetas me cortan el cuello." Y siguió recogiendo patatas del suelo, como si
nada. Siguió con su vida, ayudando a los demás. El valor de la vida humana y la
dignidad del ser humano como tal, desde su comienzo hasta su fin natural, está por
encima de cualquier situación adversa que se presente en el transcurso de la misma. Y
si no, que se lo digan a Javi, un tipo con suerte. (Jesús García Sánchez-Colomer.
Publicado en ABC, 19.VI.01).

Una hora diaria


Contaba la Madre Teresa de Calcuta en su orden, inicialmente, que tenían media
hora de adoración ante Jesús Sacramentado una vez al mes. En un congreso
decidieron pasar a una hora diaria. Recibieron permiso para que una de ellas pudiera
colocar a Jesús en la custodia durante esa hora de adoración. Desde entonces, cuenta,
mejoró la alegría, la atención de los enfermos, se llegaba a más y se doblaron el
número de aspirantes.
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Una noche tormentosa


Una noche tormentosa hace los muchos años, un hombre mayor y su esposa
entraron a la antecámara de un pequeño hotel en Filadelfia. Intentando conseguir
resguardo de la copiosa lluvia la pareja se aproxima al mostrador y pregunta: "¿Puede
darnos una habitación?". El empleado, un hombre atento con una cálida sonrisa les
dijo: "Hay tres convenciones simultáneas en Filadelfia... Todas las habitación, de
nuestro hotel y de los otros están tomadas. El matrimonio se angustió pues era difícil
que a esa hora y con ese tiempo horroroso fuesen a conseguir dónde pasar las noche.
Pero el empleado les dijo: "Miren..., no puedo enviarlos afuera con esta lluvia. Si
ustedes aceptan la incomodidad, puedo ofrecerles mi propia habitación. Yo me
arreglaré en un sillón de la oficina. El matrimonio lo rechazó, pero el empleado
insistió de buena gana y finalmente terminaron ocupando su habitación. A la mañana
siguiente, al pagar la factura el hombre pidió hablar con él y le dijo: "Usted es el tipo
de Gerente que yo tendría en mi propio hotel. Quizás algún día construya un hotel
para devolverle el favor que nos ha hecho". El concerje tomó la frase como un
cumplido y se despidieron amistosamente. Pasaron dos años y el concerje recibe una
carta de aquel hombre, donde le recordaba la anécdota y le enviaba un pasaje ida y
vuelta a New York con la petición expresa de que los visitase. Con cierta curiosidad
el conserje no desaprovechó esta oportunidad de visitar gratis New York y concurrió
a la cita. En esta ocasión el hombre mayor le llevó a la esquina de la Quinta Avenida
y la calle 34 y señaló con el dedo un imponente edificio de piedra rojiza y le dijo:
"Este es el Hotel que he contruido para usted". El conserje miró anonadado y dijo:
"¿Es una broma, verdad?". "Puedo asegurarle que no", le contestó con una sonrisa
cómplice el hombre mayor. Y así fue como William Waldorf Astor construyó el
Waldorf Astoria original y contrató a su primer gerente de nombre George C. Boldt
(el conserje en la noche lluviosa). Obviamente George C. Boldt no imaginó que su
vida estaba cambiando para siempre cuando hizo aquel favor para atender al viejo
Waldorf Astor en aquella noche tormentosa. No tenemos muchos "Waldorf Astor" en
el mundo, pero un jefe satisfecho o un cliente sorprendido pueden equivaler a nuestro
Waldorf-Astoria personal.

Una ocasión especial


Mi cuñado abrió el cajón inferior del tocador de mi hermana y sacó un paquete
envuelto en papel de seda. Llevaba todavía colgada la etiqueta del precio, con una
cifra astronómica en ella. "Joan compró esto la primera vez que fuimos a Nueva
York, hace al menos 8 ó 9 años. Nunca se lo puso. Estaba guardándolo para una
ocasión especial. Bien; creo que ésta es la ocasión".
Sus manos se demoraron por un momento en el suave tejido, luego cerró
bruscamente el cajón y se volvió hacia mí. "Nunca guardes nada para una ocasión
especial. Cada día que estás viva es una ocasión especial".
Recordé esas palabras durante el funeral y los días que le siguieron, cuando le
ayudé a él y a mi sobrina a atender todos los tristes quehaceres que siguen a una
muerte inesperada. Pensé en ello en el avión, de vuelta a California desde el Medio
Oeste donde vive la familia de mi hermana. Pensé en todas las cosas que ella no había
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visto, oído o hecho. Pensé en todas las cosas que ella había hecho sin darse cuenta de
que eran especiales. Todavía pienso en sus palabras y han cambiado mi vida. Leo
más. Me siento en el porche y admiro el paisaje. Paso más tiempo con mi familia y
amigos. Trato de reconocer los mejores momentos y disfrutarlos. No "guardo" nada;
uso nuestra porcelana china y la cristalería para cualquier evento especial, tal como
perder medio kilo, desatascar el fregadero o el primer capullo de camelia. "Algún
día" y "Un día de éstos" están perdiendo su hegemonía en mi vocabulario. Si vale la
pena ver u oír o hacer algo, es mejor que sea cuanto antes.
No estoy segura de lo que hubiese hecho mi hermana si hubiese sabido que no
estaría aquí para ese mañana que todos damos por seguro. Creo que habría llamado a
los miembros de la familia y a algunos amigos cercanos. Habría llamado a algunos
antiguos amigos para disculparse y arreglar antiguas desavenencias. Son esas
pequeñas cosas que se dejan sin hacer las que me enfurecerían si supiese que mis
horas estaban contadas. Furiosa porque no poder ver a buenos amigos con los que iba
a ponerme en contacto algún día. Furiosa por no haber escrito ciertas cartas que
pretendía escribir un día de éstos. Furiosa y apenada por no haberles dicho lo bastante
a menudo a mi esposo y mis hijas cuánto los quiero.
Estoy tratando seriamente de no aplazar, refrenar o guardar algo que pueda
alegrar o hacer más luminosas nuestras vidas. Y cada mañana, cuando abro los ojos,
me digo a mí misma que es un día especial. Cada día, cada minuto, cada vez que
respiro, verdaderamente es... un regalo de Dios. (Tomado de de
www.andaluciaglobal.com/hadaluna)

Volar sobre el pantano


Un pájaro que vivía resignado en un árbol podrido en medio del pantano, se
había acostumbrado a estar ahí. Comía gusanos del fango y se hallaba siempre sucio
por el pestilente lodo. Sus alas estaban inutilizadas por el peso de la mugre, hasta que
cierto día un gran ventarrón destruyó su guarida. El árbol podrido fue tragado por el
cieno y el pájaro se dio cuenta de que iba a morir. En un deseo repentino de salvarse,
comenzó a aletear con fuerza para emprender el vuelo. Le costó mucho trabajo,
porque había olvidado como volar, pero se enfrentó al dolor del entumecimiento hasta
que logró levantarse y cruzar el ancho cielo, llegando finalmente a un bosque fértil y
hermoso.
Los problemas que tenemos son muchas veces como el ventarrón que ha
destruido tu guarida y te está obligando a elevar el vuelo o morir. Nunca es tarde. No
importa lo que se haya vivido, ni los errores que se hayan cometido, ni las
oportunidades que se hayan dejado pasar, ni la edad. Siempre estamos a tiempo para
decir "basta", para sacudirnos el cieno y volar alto y lejos.

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