puede ser egoísta en absoluto, como en los métodos anteriores.
Tanto esposo
como esposa deben darse a sí mismos con el fin de proclamar la gloria
de Cristo.
Normalmente nos esforzamos por ser eficientes en nuestros matrimonios,
sacrificando lo menos posible para obtener la mayor ganancia. Pero en el
matrimonio cristiano, el sacrificio por el bien del otro nunca se echa a perder.
La proclamación del evangelio sacrificial de Cristo es mucho más fuerte cuando
entregamos nuestras vidas por el bien de la otra persona. El conflicto, por
tanto, se convierte en una oportunidad para sacrificarse por la gloria de
Cristo y el bien de su cónyuge.
Pero el amor no es justo
Si los cónyuges ven el amor como algo que principalmente reciben, entonces
es fácil creer que el amor siempre debería ser justo. Pero si ven el amor como
algo que ante todo dan a otros, entonces el amor no es justo. Cristo tuvo que
morir para demostrar el amor de Dios a los pecadores. Jesús era inocente. No
había hecho nada malo, pero murió en lugar de hombres y mujeres que tenían
una relación rota con Dios. La gente no merecía el amor de Jesús, pero su
sacrificio demostró el amor de Dios aun cuando no era justo. Este es el tipo
de amor al que hemos sido llamados en nuestras relaciones rotas. Uno podría
creer que su cónyuge no merece su amor y fidelidad, y muchas veces es así.
Pero ¿acaso nosotros merecíamos el amor y la fidelidad de Cristo? No, en
absoluto.
¿Por qué el amor se siente como una guerra?
Podría ser porque, para nosotros, el amor puede ser una guerra. El problema es
que dirigimos erróneamente nuestras energías en la guerra. No hay duda de
que, cuando dos pecadores viven en tal cercanía, el conflicto es inevitable. Por
tanto, cuando surge un conflicto, nuestra inclinación natural es atacar a la otra
persona. Creemos que, si podemos lograr que nuestro cónyuge cambie,
nuestros problemas desaparecerán. De hecho, cuando una relación se
deteriora, la primera persona a la que examinamos normalmente no somos
nosotros mismos. Lamentablemente, nuestros intentos por eliminar el conflicto
no tienen éxito porque estamos en guerra con el enemigo equivocado.
Santiago 4:1-3 identifica la raíz del conflicto. La fuente de las peleas y
desacuerdos está en nuestros propios deseos egoístas. La primera persona a la
que deberíamos examinar en un conflicto es a nosotros mismos.
En verdad, la guerra que deberíamos pelear por amor no es en contra de otra
persona, sino que cada cónyuge debería librar una guerra con sus propios
deseos egoístas. La felicidad en el matrimonio está basada principalmente en
nuestra obediencia a Dios, antes que en la capacidad de nuestro cónyuge para
amar bien. Nuestras actitudes y acciones, reveladas por el conflicto, son las
que incrementan las divisiones en la relación.
Las armas de este conflicto no son carne y sangre
Efesios 6:12). La verdadera guerra no es entre el esposo y la esposa.
¿Cuáles son las armas de la guerra?
El arma que deberíamos usar para vencer al enemigo de nuestra propia carne
es la espada del Espíritu. La Escritura nos enseña a morir diariamente a esos
deseos internos que causan estragos en nuestras relaciones (2 Corintios 10:3-
6; Efesios 6:10-20). Las Escrituras nos ofrecen sabiduría para que sepamos
cómo manejar el conflicto de una mejor manera, de forma tal que nos lleve a la
reconciliación y al crecimiento espiritual.
Es curioso cómo rara vez pensamos que Dios tiene algo que decir sobre
nuestros conflictos.
Sabemos que el conflicto es algo malo, pero con frecuencia huimos de Dios
tiene algo que decir sobre nuestros conflictos.
Sabemos que el conflicto es algo malo, pero con frecuencia huimos de Dios
cuando este ocurre.
Heredamos esa disposición natural; como Adán y Eva, tratamos de cubrir
nuestra vergüenza con hojas de higuera, que no son otra cosa que soluciones
temporales. Sin embargo, el único lugar al que podemos correr para
ser restaurados es hacia Aquel que tiene palabras de vida y nos ha ofrecido
cubrir nuestra vergüenza con su propia sangre (Hebreos 9:24-28).
Un desfile de nuestros temores no representa con precisión el carácter de Dios.
En su bondad, Él nos ha hablado en este mundo roto, lleno de conflictos y
enfrentamientos. El Señor quiere ayudarnos a abrir un camino en todos esos
momentos llenos de conflictos que experimentamos. Dios quiere que nos
acerquemos a Él cuando nuestras relaciones son un desastre. Nuestra
naturaleza nos empuja a huir y escondernos del único que en verdad puede
ayudarnos, el que ha hablado palabras de vida y de cambio. Jesús dijo: "Vengan
a mí, todos los que están cansados y cargados, y Yo los haré descansar" (Mateo
11:28). El Señor trata con todas nuestras áreas de conflicto humano, no con
palabras de condenación, sino de corrección y es-peranza. La esperanza que
tenemos es que Dios ha hablado. Él no solo ha dicho cuál es el remedio, sino
que nos provee entendimiento para que sepamos por qué somos tan
susceptibles al conflicto, en primer lugar. El Señor sopló vida en Adán y, de
manera similar, la Palabra inspirada de Dios trae vida en nuestro mundo roto e
inerte.
¿Puede el conflicto ser en realidad gracia?
Es fácil identificar los defectos en el cónyuge cuando surgen los
conflictos. Fallamos al momento de reconocer nuestros propios defectos porque
estamos cegados por nuestros dese
Dios nos dice que nuestros corazones son ene gañosos y no podemos
conocerlos en nuestras fuerzas o con nuestros ojos naturales (Jeremian
17:9). Nuestras respuestas ante las pruebas en forma de acciones, actitudes y
palabras revelan-lo que realmente hay en nuestro interior. Ignoramos o
justificamos nuestras malas acciones porque no nos gusta lo que vemos. Las
pruebas con frecuencia son el medio a través del cual Dios revela lo que en
verdad hay dentro de nuestros corazones. Si el Señor no revelara esos pensa-
mientos, actitudes y acciones pecaminosos, seguiríamos viviendo en patrones
destructivos.
Pero Dios, que es rico en misericordia, nos ayuda a notar lo que no podríamos
ver por nuestra cuenta. En su gracia, El nos permite ver lo que ha sido y
seguirá siendo destructivo para nosotros y para las personas con las que nos
relacionamos.
Jesús explica en Mateo 7:1-5 cómo manejar estos conflictos dentro de las
relaciones. En lugar de creer que nuestros problemas interpersonales son
simplemente entre dos personas, primero tenemos que darnos cuenta de que,
en primer lu-gar, son conflictos entre nosotros y Dios. Jesús nos instruye que
nos enfoquemos en la viga que tenemos en nuestro propio ojo. El nos dice que
la forma en que vemos a los demás con frecuencia está distorsionada por
nuestras propias insufi-ciencias. Nuestras respuestas revelan un corazón que
no agrada a Dios. Basados en los dos grandes mandamientos, debemos
aprender a amar a Dios para poder amar correctamente a los demás. La única
manera en que podemos ver eficazmente es si hacemos una pequeña
autoevaluación. Jesús asegura que todos los conflictos requieren primero un
autoexamen para procurar la resolución y reconciliación de una manera
apropiada. El peligro se da cuando examinamos nuestra propia vida en
comparación con la percepción que tenemos de las demás personas.
Normalmente no nos importa compararnos con otros, porque siempre podemos
encontrar a alguien que tenga más defectos que nosotros. Sin embargo, el usar
a otro ser humano como el estándar de nuestro autoexamen no nos lleva a las
profundidades de nuestra lucha personal con el pecado. Más bien, esto hace
que enfoquemos con un microscopio los pecados del otro cónyuge.
La única manera en que podemos quitar la viga de nuestro ojo apropiadamente
es al mirar la ley perfecta de la libertad, es decir, la Palabra de Dios (Santiago
1:25). Sus palabras son como un espejo que revela y discierne las
profundidades de nuestros pensamientos e intenciones (Hebreos 4:12).
Debemos recordar que Dios nos juzgará por esta ley (Santiago 2:12).
¿Cómo debería verse el perdón en la práctiea?
Cuando uno toma en consideración sus propias faltas delante de Dios, se ve
forzado a repasar la abundancia de la gracia perdonadora del Señor a nuestro
favor. Por tanto, es crucial que recordemos esta verdad a cada uno de los
cónyuges y los ayudemos a que se vean a sí mismos delante del rostro de Dios,
como el primero en importancia.
La Biblia nos manda a perdonar y a reconciliarnos del mismo modo que Dios
nos ha perdonado y reconciliado en Cristo (Mateo 6:14-15; Mateo 18:21-35;
Efesios 4:32). En gratitud por su gra-cia, nuestra respuesta ante las faltas de
nuestro cónyuge debería ser un ofrecimiento de la misma gracia y perdón que
hemos experimentado.
Todo conflicto es una oportunidad para reconsiderar la gracia de Dios. Una vez
que aplicamos las profundidades de la redención de Cristo a los defectos
pasados y presentes, la seguridad de su perdón y su misericordia tiene el
poder de transformar corazones y mentes. Las verdades de la Palabra de Dios
confrontan las vigas en nuestros ojos y empoderan la
transformación de la mente
A través del arrepentimiento y la obediencia, En retribución somos llamados a
ser de un mismo sentir, a "no hacer nada por egoísmo o por va-nagloria", sino
"con actitud humilde" considerar al otro como mas importante que a nosotros
mismos, sin buscar solamente nuestros intereses personales, "sino más bien
los intereses de los demás" (Filipenses 2:3-4).
A menudo las parejas se utilizan el uno al otro como el estándar del perdón. En
otras palabras, el esposo perdonará a su esposa si ella lo perdonó por alguna
ofensa previa. Pero la otra persona no es el estándar correcto; el perdón de
Dios en Cristo es la vara de medida apropiada para nuestro perdón a otros
(Efesios 4:32). De hecho, este método aborda frontalmente el conflicto con el
remedio de Dios, que es el perdón y el autosacri-ficio en la relación. Esto es
amor real, porque no podemos amar de verdad hasta que hayamos
experimentado personalmente el profundo amor de Dios, que se encuentra en
su perdón de nuestras ofensas contra Él.
Dígale adiós a su egoísmo, no a su cónyuge
A veces el pasto parece más verde del otro lado.
El consejero debe ofrecer una perspectiva arraigada en las Escrituras, que
evite que la pareja
caiga en ese engano. Si una persona se enfoca en su conyuge como el
problema, entonces la respuesta es deshacerse de ese conyuge. Pero si vemos
el conflicto como una revelación de nuestras propias luchas, entonces nuestro
mayor problema no será el cónyuge, y la respuesta no es desecharlo. Esto no
significa que su cónyuge no tenga pecado. Pero si una persona ignora su propio
corazón y las acciones, pensamientos y palabras que fluyen de él, entonces
nunca podrá estar satisfecha con la compañía íntima de otra persona. Jamás
estará contento con los intentos de cambio de su cónyuge.
La relación matrimonial íntima provee oportunidades a diario para que nuestros
cónyuges se digan adiós a sí mismos. Tenemos el desafío de vivir como Cristo
preocupándonos por los intereses de nuestro conyuge más que por los nues-
tros. Nuestros deseos son corregidos cuando no hacemos nada por egoísmo o
vanagloria, sino que empezamos a tratar a nuestros cónyuges con gentileza y
amabilidad. Somos capaces de hacer esto debido al amor de Dios por nosotros,
mas no porque nuestro cónyuge sea digno. Esta es la respuesta que
encontramos cuando aplicamos consistentemente el llamado que Dios nos
hace a morir a nosotros mismos. La relación humana más desafiante para
cumplir con esta tarea es el pacto del matrimonio, debido a que el nivel de
vulnerabilidad de la unión en una sola carne sobrepasa el de cualquier otra
relación humana.
Centrados en Cristo
La clave más importante para cambiar cualquier relación de matrimonio es
ayudar individualmente a cada cónyuge a crecer en madurez y conformidad a
Cristo. Tener una relación centrada en Cristo no significa que será perfecta.
Cristo, como el Señor de nuestras relaciones, exige varias co-
一
10ikg
sas, pero la perfección no es una de ellas. Jesús nos manda a amar, porque el
amor sacrificial es un reflejo de su amor por nosotros. Cristo nos llama
veen
a perdonar a otros porque Él nos ha perdonado.
Jesús nos llama a poner a un lado nuestra comodidad porque El se despojó a sí
mismo por nosotros.
La clave más importante para cambiar cualquier rl relación de matrimonio es
ayudar individualmente a cada cónyuge a crecer en conformidad a Cris-to. La
madurez en el Señor es el terreno en el que crece la humildad, la gracia, la
bondad, la reconciliación y el amor a otros.
Nos esforzamos por alcanzar estas cosas porque Cristo es nuestro Amo y
Señor. Como seres humanos, sabemos que fallaremos. Una relación centrada
en Cristo exige que, en nuestros errores, nos humillemos y corramos hacia Él.
Al igual que Adán y Eva en el huerto del Edén, tenemos la tentación de
escondernos del Señor cuando sabemos
que hemos fallado o cuando sentimos que nuestras relaciones han fracasado.
Pero la cruz nos llama a acercarnos a El en nuestro fracaso.
Una relación centrada en Cristo comienza con una vida Cristocéntrica. Por
ejemplo, muchas parejas están dispuestas a ser amables bajo la condición de
que su cónyuge sea amable tam-bién. Pero debemos saber que somos
llamados a obedecer a Cristo en nuestras relaciones, no porque nuestro
cónyuge sea digno de un trato como el de Cristo; somos llamados a tratar a
nuestro cónyuge con el amor de Cristo porque Cristo siempre es digno de
nuestra obediencia. Jesús fue obediente al Padre hasta el punto de morir en la
cruz.
Enfocados en la redención
Estar centrado en Cristo no significa que tanto el esposo como la esposa estén
de acuerdo en todo durante el matrimonio. Toda relación fragmentada necesita
algún tipo de redentor. En nuestro caso, delante de Dios, Cristo fue el redentor
del ser hu-mano, que vino para entregarse y así reconciliar al hombre con Dios.
Como seguidor de Jesús, todo creyente es un ministro de la reconciliación.
Todos somos redentores de relaciones y vivimos para ser vaciados de modo
que otras personas puedan primero reconciliarse con Dios a través de Jesús,
nuestro mediador, y después con los demás. Nuestra obediencia al Señor no
depende de la obediencia de nuestro cónyuge (1 Pedro 3:1-7, Efesios
5:23-30).
La forma en que tratamos a nuestro cónyuge tiene implicaciones directas para
nuestra relación con Dios. En el caso del esposo, él debe vivir con su esposa de
una manera comprensiva y tratarla como un vaso invaluable de honor, para
que sus oraciones no sean estorbadas. La relación del esposo con Dios puede
verse obstaculizada como resultado directo de la forma en que trata a su
esposa. No se da ninguna advertencia por las acciones del esposo con base en
la desobediencia de su esposa; simplemente es llamado a tratarla de este
modo como un hijo de Dios obediente, a pesar de las ofensas de parte de ella,
sin importar lo grandes que sean (1 Pedro 3:7). Del mismo modo, la Biblia
ordena a la mujer a honrar a su esposo para que la Palabra de Dios no sea
blasfemada (Tito 2:5).
No vamos a fingir que estas no son tareas di-fíciles. El conflicto matrimonial es
complicado y rara vez se resuelve sin un esfuerzo concentrado para lidiar con
el pecado, el dolor y el sufrimiento.
Jesús soportó el menosprecio, la vergüenza y el quebranto de nuestro mundo
por el gozo puesto delante de Él. Así también, esposos y esposas son llamados
a soportar las luchas de las relaciones por el gozo puesto delante de ellos, el
gozo de ver que algún día su matrimonio podría ser diferente de lo que es
ahora. Llegara el día en que su matrimonio podrá demostrar el hermoso amor
de Cristo por su iglesia. Su aconsejado podría pen-Sar: "Ese día se ve tan
lejano". Y eso puede que sea cierto. Por tanto, los animamos para que vivan
ahora dedicados al Señor, orando para que su reino venga a nosotros.
Confiamos en que, día a día, la obra de Dios destruya los deseos egoístas para
que podamos ser libres de la tiranía del conflicto en nuestros matrimonios. La
verdadera esperanza se encuentra solamente en Jesús.
La prioridad de cada cónyuge es perseguir la obediencia a Cristo, mientras
esperan su bendita aparición cuando Él regrese para arreglar todo lo que está
roto y bajo maldición en nuestro mundo presente (Apocalipsis 21:5). Esa
obediencia incluye que nos amemos y sirvamos unos a otros con un cariño
desinteresado, preocupación, respeto y honor.
1. Confrontación de pecado y búsqueda de restauración
Se debe mantener una consejería continua tanto con Timoteo como con Emily.
Sin embargo, con respecto a Timoteo se debe comenzar a evaluar su corazón y a
confrontar su pecado para su arrepentimiento genuino (Mateo 18:15-17; Gálatas 6:1)
pues si bien la ira descontrolada puede estar relacionada con algunos factores médicos o
psiquiátricos, su raíz sigue siendo el pecado del corazón. Y por lo mismo él puede tener
una segura esperanza en Cristo.