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Módulo Medio Ambiente

El documento aborda el problema del crecimiento desmesurado de residuos y su relación con el modelo de consumo capitalista, destacando la necesidad de un cambio hacia un modelo de decrecimiento y sostenibilidad. Se enfatiza la importancia de la educación ambiental y la participación social como herramientas clave para transformar hábitos y valores en la búsqueda de una comunidad más responsable y comprometida con el medio ambiente. Además, se critica la educación ambiental tradicional y se propone una visión más crítica y participativa que fomente la transformación social y ecológica.

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Módulo Medio Ambiente

El documento aborda el problema del crecimiento desmesurado de residuos y su relación con el modelo de consumo capitalista, destacando la necesidad de un cambio hacia un modelo de decrecimiento y sostenibilidad. Se enfatiza la importancia de la educación ambiental y la participación social como herramientas clave para transformar hábitos y valores en la búsqueda de una comunidad más responsable y comprometida con el medio ambiente. Además, se critica la educación ambiental tradicional y se propone una visión más crítica y participativa que fomente la transformación social y ecológica.

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Máster de Participación y Desarrollo Comunitario

Trabajo de módulo Medio Ambiente y Participación

Alumna: Ángela Rivera González


El desmesurado crecimiento de residuos es uno de los grandes problemas ambientales
a los que se enfrenta la sociedad moderna. Toda la cantidad de desperdicios que hay que
gestionar para minimizar su impacto en el medio natural requiere de la implicación y
responsabilidad ciudadana. Aunque muchos residuos son generados a través de la industria, al
final están relacionados con el modelo de consumo de las personas.

El modelo capitalista y globalizado, basado en la explotación de recursos, espacios y


personas de los países del Sur en beneficio de los países del Norte, está implantado en
nuestros patrones culturales y modos de vida, reforzando los esquemas de dominación que
conducen al colapso socioambiental (Barba, Morán y Meira, 2007).

La Huella Ecológica (HE) es un indicador de sostenibilidad que integra el conjunto de
impactos que ejerce una comunidad, y por lo tanto su modo de vida, sobre su entorno en
términos de apropiación de los ecosistemas. Tiene su origen a principios de los años noventa
mediante los estudios realizados por dos profesores, Matis Wackernagel y William Rees, que
definieron este concepto como “el área de territorio productivo (cultivos, pastos, bosques o
ecosistemas acuáticos) necesaria para producir los recursos empleados y para asimilar los
residuos producidos por una población determinada con un nivel de vida específico de forma
indefinida, donde quiera que se encuentra esa área” (2006).

Todas las decisiones que las personas como consumidores tomamos en nuestra vida
cotidiana, tienen un impacto sobre la naturaleza. En la actualidad la magnitud del consumo
humano excede a la capacidad de recuperación de la biosfera, pues los recursos naturales son
finitos, y los ecosistemas tienen ciclos de recuperación de los daños y de las depredaciones
más lentos que los tiempos en los que se rige el modo de vida de muchas sociedades. Es
evidente que la economía de los países del Norte consume más recursos de los que su
territorio suministra, por lo que estos, en base a la obsesión por el crecimiento, expropian las
biocapacidades de los países del Sur generando un impacto negativo en sus comunidades.

Este hecho pone en manifiesto la necesidad de mudar la visión hegemónica y


occidental del modelo de consumo y producción neoliberal, abogando por estrategias
ecologistas. Caride y Meira (2001) hacen referencia a esta alternativa ante la problemática
ambiental, actual ya que señalan la necesidad de transformar radicalmente lo económico,
político y social, el planeta es finito y no puede soportar el crecimiento económico y
poblacional al que está sometido. Esta transformación también hace referencia a la necesidad
de cambiar la perspectiva antropocéntrica de mercantilización y posesión de la naturaleza
cara una visión mucho más ecocéntrica y, además, a la necesidad de mudar el consumismo
cultural arraigado a las sociedades y a nuestro modo de vida.

Tal y como se señala en el libro Los límites del crecimiento “si se mantienen las
tendencias actuales de crecimiento de la población, de la industria, de la contaminación
ambiental, de la producción de alimentos y del agotamiento de recursos naturales, este
planeta alcanzará los límites de su crecimiento en el curso de los próximos 100 años”
(Bauman, Z. 2007).

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La escasa concienciación sobre el impacto que tienen las actividades humanas y la
creación de residuos en la naturaleza -donde tienen una gran importancia los residuos
plásticos- es el resultado del consumismo. Bajo este contexto de crisis ambiental global,
nacida de los comportamientos generales de la sociedad mundial, de las políticas y del
sistema económico global, es necesaria una reflexión sobre nuestros hábitos para
posteriormente reorientar nuestros estilos de vida.

La gran parte de lo que estamos comentando hasta este punto conduce de manera
clara a un cambio en nuestros modelos de vida, el cual debe partir de una reducción. De una
reducción de la sobreproducción, de la producción descontrolada de residuos, la reducción
del nivel de vida de los países enriquecidos así como cambios estructurales a nivel económico
y social.

Este tipo de reducciones responden además de a la explotación, la desigualdad y la


pobreza resultado de la globalización del capitalismo que esquilma la biodiversidad y acaba
con las formas de vida de las personas de los países empobrecidos –que no pobres-, a las
cuestiones medioambientales de importancia vital para la supervivencia de la especie humana
y del resto de especies que habitan este planeta y que están siendo maltratadas y exterminadas
por la presencia humana.

En palabras del conocido profesor y partidario del decrecimiento Carlos Taibo (2009, p.73):

“Si se trata de enunciar el argumento de manera rápida afirmaremos que hay que
reducir la producción y el consumo porque vivimos por encima de nuestras
posibilidades, porque es urgente cortar las emisiones que dañan peligrosamente el
medio y porque empiezan a faltar materias primas vitales.”

Pero como el mismo autor indica en el mismo artículo. Cuando nos referimos a
decrecimiento no nos referimos a un crecimiento negativo, ni toda la concepción cuantitativa
que puede acarrear este concepto desde perspectivas más desarrollistas o economicistas. Pues
contemplar los problemas en exclusiva desde el prisma de la economía, esquivan un
necesario –y revolucionario- cambio en la cultura.

Por lo tanto, lo que quiere decir este autor, es que lo que trata de conseguir esta
alternativa no es establecer ni un contrasistema ni una contraideología, va más allá de eso:
trata de fomentar en la sociedad el espíritu crítico frente al dogmático y propagandístico. No
se trata de una filosofía que atente contra los placeres de la vida, sino que reivindica la
recuperación de los mismos. Así como diría Manfred Linz, el bienestar es “un compuesto de
tres elementos: riqueza en bienes, en tiempo y riqueza relacional”. Estas dos últimas perdidas
por el ansia de la primera.

Hace falta añadir, que la comunidad científica coincide en que ya rebasamos los
límites de la biosfera, por lo que, si no decrecemos voluntaria y racionalmente, tendremos

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que hacerlo obligados por las circunstancias de reducción energética y cambio climático
producidos por el voraz capitalismo.

Por lo tanto, decrecer pero... ¿Cómo? Una forma pedagógica y sencilla de entender
esta alternativa ha sido ya proporcionada por Latouche y sus “ocho R para el decrecimiento”,
las cuales son las siguientes:

-​ Revaluar: revisar los valores que rigen nuestra propia vida


-​ Reconceptualizar: repensar cómo entendemos las cosas, cambiar conceptos como
riqueza-pobreza, escasez-abundancia, felicidad-infelicidad …
-​ Reestructurar: adaptar producción y relaciones sociales al cambio de valores
-​ Relocalizar: anteponer lo local a lo global en la producción y uso de los bienes
esenciales, autosuficiencia local.
-​ Redistribuir: repartir la riqueza y el acceso al patrimonio natural.
-​ Reducir: reducir el impacto de la producción y el consumo sobre la biosfera.
-​ Reutilizar: conservar, cuidar y reparar, en vez de deshacerse.
-​ Reciclar: alargar el tiempo de vida de los bienes

Teniendo en cuenta la necesidad inminente de la sociedad en cambiar sus modelos de


vida y consumo y partiendo del decrecimiento como una de los modelos para ello, pasaremos
a hablar de la educación, en concreto de la educación ambiental y de la universidad como
fuente de conocimiento y transformación. “La universidad, como cualquier otra institución
social, debería plantearse si su objetivo principal es la reproducción del orden social existente
o la transformación social. Una de las preguntas fundamentales que subyace en todo proceso
educativo es, precisamente, ¿Para qué educar?” (Luxán, M., Imaz, J.I., Bereziartua, G. y
Lauzurika, La., 2014, p.679)

Las universidades son un espacio de generación y difusión de conocimiento, de


investigación y de docencia y, por lo tanto, contextos potenciales de cambio a través de la
producción de formación y de saber. Uno de sus propósitos es investigar e indagar para
producir nuevos conocimientos orientados a resolver las complejas problemáticas que alcanza
a una comunidad en particular, o a la humanidad en general (Molano, La.C y Herrera, J.F.,
2014). Cabe esperar entonces, que ante una crisis tan urgente y grave como es la crisis
socioambiental, este espacio proponga proyectos encaminados hacia investigación e
intervención.

Sin embargo, las transformaciones que surgieron durante el siglo XX de globalización


y de expansión de los mercados no fueron ajenas a las universidades, convirtiéndose en
muchas ocasiones y en muchos ámbitos, en un espacio de competitividad, elitismo y dirigido
al mercado, sin olvidarnos de la precarización y explotación sufrida por muchos de sus
trabajadores de la información, comunicación y conocimiento (Luxán, M., Imaz, J.I.,
Bereziartua, G. y Lauzurika, La., 2014). Ante esta situación, surgieron agentes de resistencia,
protagonizados generalmente por los diferentes movimientos estudiantiles, que apostaron por

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otro modelo de universidad, por una educación para todas y todos y de calidad, por el
conocimiento extendido cómo uno bien común, dirigido a fomentar la transformación social.

En la Conferencia de Tbilisi (UNESCO, 1977) se hacía mención a la importancia de


que la universidad se mantenga en contacto con la comunidad y que tenga en cuenta sus
preocupaciones y necesidades. Debe, entonces, ser un espacio comprometido con la búsqueda
de soluciones para los problemas ambientales y sociales de los tiempos presentes y futuros,
pues no cabe duda de que la sobreexplotación de los recursos y el cambio climático, que está
acabando con los ecosistemas mundiales y con muchas formas de vida, incluida la humana,
es un hecho producido por las maneras de consumir de los países enriquecidos.

De esta forma, la universidad no puede limitarse únicamente a la investigación, debe


ser capaz de poner en práctica acciones de gestión sostenible y educativas. Debe ser un punto
de referencia, de conductas sostenibles ecológicamente, partiendo desde una perspectiva
educativa, y comprometida con la difusión de información, sensibilización y concienciación,
así como de su dinámica cultural, con el fin de promover un proceso de transformación y
generación de nuevos paradigmas, logrando así un cambio en toda la comunidad universitaria
(Barrón, Navarrete y Ferrer-Balas, 2010).

Para todo esto, debemos reconceptualizar nuestros sistemas educativos, nuestro


concepto de educación, y sobre todo, el de educación ambiental.

Desde los años 70 hasta el presente, se han vivido una serie de cambios y evolución
en el concepto de educación ambiental, sus prácticas y finalidades, ya que , siendo esta una
respuesta educativa a la crisis ambiental, está fuertemente vinculada por el contexto histórico,
los avances tecnológicos, los cambios sociales, políticos y económicos y por el papel de la
sociedad civil (Almeida, 2017). Caride y Meira (2001) que hacen referencia al creciente
protagonismo pedagógico que el medio ambiente ha ido adquiriendo, visibilizando la
necesidad de pensar y actuar.

Este ámbito se caracteriza por una gran diversidad de teorías y prácticas desde los
diferentes puntos de vista del medio ambiente, del desarrollo social y de la educación.
Describen diferentes autores diversas fases evolutivas, o corrientes, del concepto de
educación ambiental marcadas por las diferentes formas de entender el medio ambiente, el
desarrollo social y la práctica educativa -así como de la misma educación ambiental-. Desde
una primera fase orientada a concienciar a la población en la conservación del entorno,
marcada por una visión naturalista y disciplinar -casi romántica y utópica- enfocada en
conocer y comprender la naturaleza, se llega a entender la crisis ambiental como una crisis
que integra componentes socio-económicos y biofísicos, donde se determinan estrategias
educativas ambientales como herramienta para el cambio, como una acción basada en el
diálogo y la confrontación de saberes científicos, formales, cotidianos, de experiencias… en
la reflexión colectiva crítica, en la participación de los individuos y del desarrollo local, desde
una perspectiva comunitaria (Almeida, 2017 y Suavé, 2005).

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En la evolución de la educación ambiental, esta pasa a ser más política y crítica, pues
no es fácil de ignorar que el modelo capitalista de mercado desigual, basado en la explotación
de las personas y las naturaleza, se implantó en nuestros patrones culturales y modos de vida,
colonizando identidades individuales y colectivas, reforzando los esquemas de dominación
que conducen al colapso socioambiental (Barba, Morán y Meira, 2007). La crisis ambiental
es un fenómeno muy complejo, por lo que es necesario el trabajo cooperativo, comunitario y
de aprendizaje colectivo, orientado hacia la búsqueda de nuevas soluciones, cuestionando los
fundamentos de crecimiento y de progreso que sustenta el modelo capitalista, únicamente
económicos. Es preciso incrementar y fomentar espacios de encuentro y de movilización de
la ciudadanía para impulsar las transformaciones que promueve la educación ambiental, es
decir, transformando el modelo androcéntrico de desarrollo, conquista y explotación
destructivo de la naturaleza.

Si nuestro fin es mudar los comportamientos de la humanidad, se requiere hablar del


concepto de participación social como eje vertebrador del cambio, pues un cambio social
requiere en un primero momento un cambio de las propias personas y comunidades, de
nuevos valores, actitudes y formas de relacionarse (Rebollo, 2002). La participación se
concibe como un proceso educativo continuo, de aprendizaje, donde las personas y los grupos
son protagonistas en la construcción de la comunidad, tomando decisiones en la resolución de
problemas, acerca de su futuro, de cara a consecución de objetivos comunes y compartiendo
la responsabilidad (Marchioni, 2002).

De Castro citado por Heras (2002), define la participación ambiental como “el
proceso de implicación directa de las personas en el conocimiento, la valoración, la
prevención y la corrección de los problemas ambientales”. Se considera la participación
social de las comunidades como una práctica pedagógica, en el que forman parte acciones
educativas y ambientales, un canal necesario hacia la responsabilidad en las cuestiones medio
ambientales para afrontar las problemáticas, desde la infancia hasta la vejez, desde una
perspectiva local e internacional orientada hacia una cultura ambiental y de la sostenibilidad.

La participación presenta una serie de beneficios y potencialidades muy útiles para


hacer frente a cuestión que estamos tratando, ya que permite desarrollar competencias
orientadas a la reflexión y diagnóstico de problemas y necesidades, toma y gestión de
decisiones y competencias orientadas en el diálogo y consenso de alternativas de acción,
construidas a través de conocimientos compartidos (EGEA, 2002). Caride y Meira (2001)
reivindican esta necesidad de que las comunidades formen parte y ejerzan la capacidad de
tomar decisiones en los procesos de transformación entre la sociedad y la naturaleza, desde
estructuras participativas y desde la gestión endógena de los procesos. Por lo tanto, tal y
como estos dos autores citan, estamos hablando de educación ambiental y de educación
comunitaria, involucrada y comprometida para “avanzar comunitaria y ecológicamente cara
una sociedad sostenible” (p.243).

Por todo esto debemos acabar con la educación ambiental tradicional, la cual
llevamos escuchando todos estos años y que sigue apostando por la gran mentira del

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desarrollo, el crecimiento, detrás de los términos sostenible o verde para maquillar su
apariencia de buenas intenciones hacia la naturaleza. Son ideologías y posicionamientos
basados en los intereses de las élites económicas, que entienden la necesidad de un cambio de
ciclo pero no quieren perder el privilegio y el poder, quieren seguir teniendo el control y el
expolio de los recursos.

Según posicionamientos como el de Bauman, es muy complicado que lleguemos a


vivir realmente un cambio en el posicionamiento de la sociedad de consumo, ya que esta se
encuentra en un espacio muy cómodo, nos hablan de desarrollo, una palabra mucho más
agradable y asumible que decrecimiento, ya que en nuestro ideario común no cabe la
posibilidad de decrecer para poder vivir mejor, o simplemente, vivir. Que si decrecemos no
tendremos recursos para satisfacer todas nuestras necesidades (creadas, impuestas y ficticias)
del capitalismo que asumimos cómo nuestras.

Si seguimos por la vía del desarrollo sostenible, solo conseguiremos paliar ciertas
catástrofes naturales derivadas de la explotación histórica de los recursos naturales, pero
seguiremos teniendo un gran problema medioambiental delante de nosotras. Por ello, la
educación ambiental debe enseñar en los postulados del decrecimiento, echando por tierra los
dogmas del estado de bienestar capitalista, destapando las mentiras del
desarrollo/acumulación de capital, desligando las relaciones felicidad/bien materiales,
borrando la unión consumo/vida digna. La educación ambiental debe advertir del peligro real
de la situación del colapso ecosocial que estamos viviendo, debe mostrar los primeros efectos
ya tangibles en el marco geopolítico, debe visibilizar que traspasamos hace tiempo los límites
físicos de la biocapacidad del planeta.

La educación ambiental debe ser la mayor herramienta para visibilizar todos los
errores invisibilizados del sistema por el capital para seguir manteniendo su poder mediante
la sociedad de consumo. Debe hacer consciente a la población de que aunque no los veamos,
los problemas están ahí, cada vez más cerca.

6
BIBLIOGRAFÍA:

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Recuperado de: [Link] [Link]

Barrón, A., Navarrete, A. & Ferrer-Balas, D. (2010). Sostenibilización curricular en


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7
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