Seminario Mayor
La Anunciación
Diócesis de Ciudad Altamirano
Asignatura: Ética social.
Alumno: Felipe de Jesús Mendoza Higuera
Trabajo: Investigación sobre el Contrato social de Rousseau
Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) no inventó la teoría del contrato social, pero si
la popularizó en su conocida obra El contrato social: o los principios del derecho político.
El libro fue publicado en 1762, cuando la ideología de la Revolución Francesa y el
liberalismo político y económico estaban madurando. El libro llegó en el lugar y momento
oportuno para incidir en los acontecimientos inminentes. Con éste y otros tratados sobre
problemas sociales, Rousseau se convirtió en uno de los intelectuales de vanguardia en
proceso de moldear el pensamiento de la revolución en ciernes. Tuvo amistad con Voltaire,
Hume, Adam Smith, Diderot, etc. La lista de sus contactos en los medios intelectuales y
políticos del siglo XVIII se lee como un “quién es quién” de la Ilustración europea. Sucede
lo mismo con la lista de sus enemigos, entre los que después habría que agregar a Hume y
Voltaire.
Y sin embargo, El contrato social desilusiona un tanto, a la distancia de más de 250
años. La obra proclama la libertad e igualdad originaria de los hombres, sólo para terminar
abogando por una sociedad aristocrática y monárquica, que mejor representa la idealizada
“voluntad general”, ya que la democracia sólo sería posible con hombres que fueran tan
perfectos “como los dioses”. El “rebaño”, la “manada”, no puede gobernar tan bien como
un monarca Estados muy extensos. Y a pesar de que Rousseau habla de la “voluntad
general” y de la república de leyes como forma ideal de gobierno, su visión es más bien la
de una república paternalista.
La teoría del contrato social parte de una ficción: la humanidad ha atravesado por
dos fases, el “estado natural” y el estado social actual. En el estado natural cada uno se
apropia de todo lo que puede abarcar y las familias son la base del cuerpo social. La familia
es el modelo primigenio de la sociedad: “el dirigente es el padre y el pueblo, los niños”.
Pero eventualmente la sociedad crece hasta el punto de que rebasa su “estado natural” y
debe asociarse, de manera que la “fuerza común” pueda salvaguardar a las personas y sus
bienes, pero manteniéndolos “tan libres como antes”. Ese es el problema “que resuelve el
contrato social”.
El pacto social del que Rousseau habla implica que cada uno “se entrega a la
comunidad”. Si todos lo hacen, no es un sacrificio individual sino colectivo. Cada quien
gana tanto como pierde, y sin embargo, es más fuerte, porque preserva su propiedad. Lo
que surge es un “cuerpo moral” que podemos llamar “el Estado”. O el “soberano”, si lo
concebimos como un sujeto activo. Las personas que aceptan este pacto pueden ser
obligadas después a aceptar la voluntad general, es decir, se les “puede forzar a ser libres”.
De esta manera la sociedad transita de su estado natural “al estado civil”, en donde las
personas ya no proceden por instinto sino siguiendo su “sentido de justicia” y guiadas por
“la voz del deber”. Mientras que la libertad natural es ilimitada, la libertad civil está
restringida por la “voluntad general”, pero el individuo gana el derecho de la propiedad
titulada, es decir, reconocida por todos. Obedecer la ley, en este nuevo estado, es la
libertad. Las desigualdades físicas y de poderío son anuladas y los hombres “se convierten
en iguales por tener los mismos derechos”.
En el segundo libro del Contrato Social, Rousseau discute los límites de la voluntad
general. Curiosamente, la voluntad general nunca es “incorrecta”. Si todos se comunican y
deliberan, sin formar grupos de intereses particulares, lo que emerge es lo que todos (o la
gran mayoría) quiere. Por eso el contrato social le confiere al Estado “poder absoluto sobre
todos sus miembros”. Ese es el poder que se denomina “soberanía”. Para Rousseau el
“soberano” es una entidad abstracta que encarna la voluntad general y que se puede
materializar en diferentes formas de gobierno. Por eso todos los actos del soberano
benefician “igualmente a todos los ciudadanos”. Eso vale incluso en caso de guerra. El
soberano puede decidir quién debe arriesgar la vida como soldado y puede condenar a los
criminales al cadalso.
El contrato social, entonces, crea al Estado, pero es la ley la que le proporciona su
“movimiento y voluntad”. Las leyes son decretos generales, válidos para todos. La ley
puede incluso tolerar privilegios y clases, pero no puede escoger a las personas que
pertenecen a una clase, o a quien se le otorgan privilegios. Puede incluso establecer una
monarquía hereditaria pero no puede seleccionar a la familia real. Por eso, para Rousseau,
una “república es cualquier Estado gobernado por leyes”. Pero, y aquí́ hay un gran
problema, el “populacho debe ser enseñado a saber lo que quiere”. Es decir, la plebe
normalmente no sabe cuáles son sus intereses. La “voluntad popular” siempre es correcta,
pero como la masa no la puede articular, se necesita alguien que pueda legislar.
Ya el lector, a estas alturas del libro, se debe preguntar como es que las monarquías
pueden ser repúblicas, pero la explicación que da Rousseau del “creador de leyes” ilumina
un poco el asunto. Según Rousseau, para crear leyes se necesitan “hombres
extraordinarios”. Al “rebaño” no se le puede hablar en un lenguaje que comprenda. El
objetivo es precisamente transformar a los hombres “a través de las leyes”. Por eso no las
pueden conocer, ni comprender, antes de que sean formuladas. De ahí que a través de los
siglos los legisladores visionarios han atribuido las leyes a los dioses o a la intervención
divina, para que así́ todos acepten “el yugo de la felicidad pública”. Los legisladores ponen
en la boca de los dioses “argumentos elevados” que están “más allá de la comprensión del
rebaño”. Pero esos trucos solo crean una cohesión temporal que la “sabiduría” de las leyes
puede hacer permanente. Las leyes dependen además del tamaño del Estado y mientras más
joven un pueblo, más fácil es crear la legislación. Pero al final de cuentas, la ley más
importante es la que está inscrita en “el corazón de los ciudadanos”, que son los usos y
costumbres que solidifican al cuerpo social y reafirman el poder de las leyes escritas.
Con lo que llegamos al libro tres del Contrato Social, sobre las formas de gobierno.
Según Rousseau, el gobierno es un órgano que se ubica entre la “voluntad general” y el
pueblo, es decir, es un mediador entre ambos. Al gobierno Rousseau lo llama “el príncipe”.
Hay tres formas de gobierno: la democracia, en donde la administración está en manos de
todos. Si el gobierno está restringido a un número pequeño de ciudadanos, tenemos una
aristocracia. Y si el gobierno está en manos de un solo “magistrado”, tenemos una
monarquía.
Para Rousseau nunca ha habido una verdadera democracia y nunca la habrá. Algo
así sólo puede funcionar si el Estado es muy pequeño y los ciudadanos pueden estar en
asamblea permanente. Los gobiernos democráticos solo producen revueltas por las
querellas entre sus miembros y por eso “solo un pueblo de dioses podría tener un gobierno
democrático”.
Con respecto a los gobiernos aristocráticos, los mejores son aquellos donde la
aristocracia no es hereditaria, sino electiva. El mejor arreglo es cuando “los más sabios
gobiernan a la multitud”. La forma de gobierno aristocrática es adecuada para Estados de
tamaño medio (posiblemente aquí́ Rousseau estaba pensando en las ciudades-estado de
Suiza e Italia). Curiosamente, en el estado autoritario propuesto por Platón también
deberían gobernar “los filósofos”.
Pero la mejor forma de gobierno, aquella con la mejor “tasa de efectividad” es la
monarquía. En ese caso el soberano, “la persona moral”, se convierte en persona de carne y
hueso. No “hay gobierno más vigoroso” por su efectividad: un individuo puede poner en
movimiento todo el Estado, como con una gran palanca arquimediana, activando de
inmediato la voluntad del pueblo”, la del príncipe y “la fuerza del gobierno”. Si el Estado es
demasiado grande, para cohesionarlo posiblemente sería necesario tener también ordenes
intermedias, como duques, condes, nobles, etc.
Hasta aquí ya Rousseau se metió en problemas al hacer la apología de las
monarquías, porque tiene que conceder que aquellas hereditarias muchas veces producen
malos gobernantes, tanto, que a veces un buen rey resulta ser toda una sorpresa. A los
príncipes no se les enseña a gobernar antes de ponerlos al frente del Estado y terminan
rodeándose de aduladores. Por eso una alternativa podrían ser los “gobiernos mixtos”, con
una especie de distribución del poder ejecutivo de arriba hacia abajo. Y, sin embargo, no
hay una sola forma de gobierno apropiada para todos los países porque “la libertad no es
una fruta para cualquier clima”. Rousseau agrega, en pasajes que hoy no serían
políticamente correctos, que “el despotismo es adecuado para los países calientes, la
barbarie para los fríos y buena política para las regiones templadas”. Es más, países muy
fértiles producen un “excedente excesivo” que puede ser “consumido por el lujo del
príncipe”, porque es mejor que se gaste en el gobierno a que se distribuya.
Pero el Estado puede degenerar, si el príncipe usurpa la función del soberano (es
decir, cuando no se ciñe a la voluntad general). Se debe tener leyes, reunidas en una
Constitución, pero debe haber asambleas periódicas de los “magistrados”. El príncipe debe
entonces reconocer a un superior, la asamblea que encarna “la voluntad popular”. Pero
muchas veces el príncipe ve a los ciudadanos reunidos como una amenaza y trata de
impedir que se congreguen. Rousseau por eso recorre la historia del imperio romano para
entender como pudieron surgir sus diferentes formas de gobierno. La dictadura, por
ejemplo, podría ser necesaria si el Estado está amenazado, como ocurrió en la antigua
Roma.
El Contrato Social termina con una propuesta completamente sui generis.
Analizando el papel de la religión para darle cohesión a la sociedad, Rousseau no piensa
que el cristianismo sea la opción adecuada. Lo mejor sería tener una especie de “profesión
civil de fe”, una especie de “religión civil”, la que no trata de explicar nada, pero está
basada en el reconocimiento de una Divinidad que de alguna manera castiga a los malos y
hace felices a los buenos en la “vida futura.” En esa nueva religión, el contrato social y las
leyes serían sagradas. El lector moderno recordará que, durante la Revolución Francesa,
Maximilian Robespierre estableció́ una religión de Estado, el “Culto del Ser Supremo”,
basado en la creencia en la eternidad del alma y en la virtud pública. ¿Habrá leído
Robespierre a Rousseau?
Como se puede ver, el Contrato Social representa algo así como los planos de
construcción de una nueva sociedad, pero anclada aún en el pasado. El “estado natural” en
el que todos los hombres eran buenos nunca se dio en realidad. Si acaso la “guerra de todos
contra todos”, como proponía Hobbes. Las diferentes monarquías europeas fueron forjadas
a sangre y fuego y de ninguna manera pasaron por un proceso de selección. La “voluntad
general” nunca se expresó en ninguno de esas naciones donde el único freno a los excesos
monárquicos fueron los parlamentos regionales y nacionales que fueron surgiendo en países
como Inglaterra y Francia. Lo que fue un proceso histórico se desvanece completamente en
el relato de Rousseau, en donde toda la sociedad se diseña desde cero, sin realmente poner
atención a los lastres históricos. Rousseau se queda mentalmente en la antesala de la
Revolución de 1789 y de la instauración de una verdadera república.
No es el único tema en el que Rousseau se quedó corto. Sobre las mujeres opinaba
que “fueron creadas para obedecer a sus maridos y soportar sus injusticias”. Escribió todo
un libro sobre la educación de los niños, lo que lo convirtió en una especie de experto en
pedagogía, pero a sus cuatro hijos los entregó al orfanatorio. La madre era una costurera
que Rousseau empleaba como sirvienta, junto con su madre.
Los hombres son buenos por naturaleza, creía Rousseau, es la sociedad la que los
pervierte. Que los hombres, y mujeres, son producto de un proceso evolutivo y de su época
es algo que queda más allá del horizonte teórico del Contrato Social. El mismo Rousseau,
un manojo de contradicciones, fue un producto de su tiempo.
Tema 2: Las comunidades de amistad.
Objetivo general:
Reflexionar sobre la importancia de la amistad como base de la vida en comunidad,
destacando su papel en la familia y en la construcción de responsabilidades y roles.
2.1 La Familia
Objetivo específico:
Comprender la familia como la primera comunidad de amistad, donde se aprenden
valores, relaciones y se experimenta el amor y la solidaridad.
La familia es un elemento muy importante en la formación de toda persona, es por eso
mismo que conviene definirla sin prejuicios ni errores.
La familia es la primera comunidad de pertenencia del ser humano, donde se establecen
lazos de amor, cuidado y formación. En el contexto de la ética social, la familia es la base
de la sociedad, ya que en ella se aprenden los valores esenciales para la convivencia
humana, como el respeto, la responsabilidad y la solidaridad.
Cabe resaltar que a lo largo de la historia el término familia se ha ido distorsionando en
cuanto a su significado tanto nominal como en la práctica, esto ha ocasionado el
surgimiento de distintos tipos de familia:
Familia nuclear: Compuesta por los padres y los hijos. Es el modelo más común en
muchas sociedades y representa la unidad básica en la crianza y educación.
Familia extendida: Incluye a otros parientes, como abuelos, tíos y primos, que conviven y
participan activamente en la vida familiar. Es común en muchas culturas y fortalece el
sentido de comunidad.
Familia monoparental: Formada por un solo progenitor (madre o padre) que asume la
crianza y educación de los hijos. Puede ser resultado de divorcio, viudez o decisión
personal.
Familia adoptiva: Aquella en la que los hijos han sido acogidos legalmente por los padres,
quienes asumen su crianza y formación.
Familia ensamblada o reconstruida: Se forma cuando una pareja, en la que al menos uno
tiene hijos de una relación anterior, decide unirse y crear un nuevo hogar.
Familia de acogida: Se da cuando una familia cuida temporalmente de un niño sin adoptar
legalmente.
Cada uno de estos tipos de familia se enfrenta a muchos retos y desafíos pero
deben de tener en cuenta siempre que en cada una de ellas deben estar presentes los
valores esenciales para la formación de sus miembros.
Algunos de los valores que se deben cultivar en la familia para el pleno desarrollo
de sus integrantes son:
Responsabilidad: En la familia, cada miembro tiene deberes que cumplir. Los
padres enseñan a los hijos a asumir compromisos, a responder por sus actos y a
ser personas confiables.
Respeto: Se aprende a aceptar y valorar las diferencias entre los miembros de la
familia, reconociendo la dignidad de cada persona.
Perdón y reconciliación: La fe enseña la importancia de perdonar y buscar la paz
en las relaciones familiares.
Compromiso con la justicia y la verdad: La familia cristiana educa en el respeto por
la dignidad de cada persona y la defensa de los más necesitados.
Las familias de hoy enfrentan diversos desafíos que afectan su estabilidad y función
educativa. Entre los más relevantes están:
Individualismo: La cultura actual promueve la autonomía extrema y la
autosuficiencia, lo que puede debilitar los lazos familiares. Muchas veces, los
miembros de la familia priorizan sus intereses personales sobre el bienestar
común.
Crisis de comunicación: Con el auge de la tecnología y las redes sociales, la
comunicación familiar se ha visto afectada. Muchas familias enfrentan dificultades
para dialogar y compartir tiempo de calidad.
Secularización: La pérdida de valores religiosos y la disminución de la práctica de
la fe han generado un vacío en la transmisión de principios éticos y espirituales
dentro del hogar.
Inestabilidad emocional y económica: Factores como el estrés, la presión laboral y
la incertidumbre económica pueden generar tensiones dentro de la familia,
afectando la armonía y el bienestar de sus miembros.
Influencia de modelos externos: La sobreexposición a medios de comunicación y
redes sociales ha cambiado la percepción de la familia y los valores, promoviendo
en algunos casos estilos de vida contrarios a la ética cristiana.
2.2 Responsabilidades y roles
Objetivo específico:
Identificar los roles y responsabilidades dentro de la comunidad y la familia,
comprendiendo su impacto en la vida ética y social.
Definición de Rol: Es el conjunto de comportamientos, funciones y expectativas
asignadas a una persona en un grupo social o comunidad. En la familia, los roles pueden ser
naturales (como ser hijo, hermano, padre) o adquiridos (como ser el cuidador de un
familiar).
Definición de responsabilidad: Es el deber o compromiso que una persona asume en
función de su rol. Implica cumplir con obligaciones y actuar de manera ética.
Roles dentro de la familia: Padres, hijos, hermanos, abuelos, etc.
Cada miembro de la familia tiene un rol fundamental para la armonía y el bienestar
del hogar.
1. Padres
Son los principales guías y modelos de vida para los hijos. Deben proporcionar
afecto, educación y valores. Su responsabilidad incluye el cuidado, la formación y la
provisión de recursos.
2. Hijos
Tienen el rol de aprender, respetar y colaborar en el hogar.
Son responsables de obedecer y formarse en valores.
A medida que crecen, deben asumir mayor independencia sin perder el respeto por
sus padres.
3. Hermanos
Pueden ser modelos y apoyo mutuo dentro del hogar.
Su responsabilidad incluye fomentar el respeto y la solidaridad entre ellos.
4. Abuelos
Representan la sabiduría y la continuidad de la familia.
Su rol incluye la transmisión de tradiciones y valores.
También pueden brindar apoyo emocional y, en algunos casos, material.
Desafíos en el ejercicio de roles:
1. Confusión de responsabilidades
Ocurre cuando no está claro quién debe asumir ciertas tareas en la familia o
comunidad.
Ejemplo: Cuando los hijos asumen responsabilidades que corresponden a los padres
debido a la ausencia de estos.
2. Roles impuestos: Son aquellos que una persona recibe sin haberlos elegido,
muchas veces por presión social o familiar.
Ejemplo: Un hijo mayor obligado a asumir el rol de padre en ausencia del verdadero
padre.
3. Roles asumidos: Roles asumidos: Son aquellos que una persona toma de manera
consciente y voluntaria.
Ejemplo: Un hermano mayor que decide apoyar en la educación de sus hermanos
por amor y compromiso.