Historia de la Filosofía – César Redondo Martínez
KARL MARX (1818-1883)
1. Alienación e ideología
Marx entiende al ser humano como productor y, al mismo tiempo, como producto de la
sociedad. En consecuencia, aquello que lo explica como individuo y socialmente es la acción
o praxis. En concreto, la acción que más define al hombre es la del trabajo, puesto que por el
trabajo transforma la naturaleza y organiza la sociedad. Cualquier conocimiento tiene que estar
subordinado a la acción, ya que la finalidad de la filosofía no consiste en conocer el mundo
sino en transformarlo. De modo que el hombre no es un ser social por naturaleza, sino que se
hace humano a través de su acción en sociedad, siendo el trabajo lo que transforma el mundo y
la naturaleza. El trabajo representa entonces la «síntesis o reconciliación» entre el hombre
(«tesis») y la materia («antítesis»). Por ejemplo, el trabajo que hace posible una cuchara de
madera representa la naturaleza en cuanto que es de madera, y al hombre en cuanto que él deja
su impronta humana en la madera al hacer de ella un instrumento para comer. De modo que esta
impronta humana que posee el trabajo posibilita la humanización del trabajador y las
relaciones verdaderamente humanas de los trabajadores entre sí. Visto así, piensa Marx, el
intercambio del trabajo no aliena a los hombres ni los explota hasta someterlos a
condiciones infrahumanas.
Sin embargo, según Marx, la sociedad capitalista ha pervertido este verdadero sentido del
trabajo y su auténtica relación con el mundo y la sociedad. Esto se debe a que, históricamente, el
hombre ha sufrido un cúmulo de ALIENACIONES causadas por diversas FORMAS IDEOLÓGICAS.
Hombre «alienado» (= «enajenado, fuera de sí, no realizado») significa −concretamente aquí−
el hombre reducido a mercancía porque se le explota trabajando, de modo que queda
«enajenado» y deshumanizado, «fuera de su propio ser». Marx enumera las cuatro formas
ideológicas que desencadenan la injusticia personal y social del trabajador:
La primera gira en torno a la aspiración humana a la religión (porque, según él, crea una
conciencia de sometimiento y resignación en espera de una salvación ultraterrenal. Es el
«opio del pueblo» que ampara la división de clases sociales. Este es el motivo de que para
Marx la crítica del cielo se convierta en la crítica de la tierra; la crítica de la religión, en la
crítica del Derecho; y la crítica de la Teología, en la crítica de la Política. En consecuencia,
el ateísmo humaniza (= humanismo ateo) y des-aliena al hombre.
La segunda se refiere a la concepción optimista de la historia en Hegel (= la historia está
conducida por un Espíritu ideal absoluto que justifica en su marcha incluso el mal y las
injusticias).
En la tercera se observa que el Estado moderno concilia falsamente lo público y lo
privado, haciendo que la política y las leyes se pongan del lado del capital privado para
dominar sobre lo público. Así, el capital se convierte en el dominio del más fuerte, y la
sociedad queda dividida en dos clases sociales antagónicas: proletario-trabajador. En
apariencia, el Derecho vela por ambas clases bajo una supuesta «igualdad de derechos ante la
ley», pero esto es tan falso como engañoso el «Estado de Derecho».
Y la última es la sospecha de la filosofía misma −con sus explicaciones abstractas e
ideales−, puesto que falsea las ideas para ocultar la realidad que está desgarrada y sujeta a
injusticias (de ahí que «filosofía» es, sobre todo, «ideo-logía», puro estudio de ideas sin
repercusión real en los problemas del mundo). Por tanto, según él, la ideología dominante
en cada momento histórico corresponde a la ideología de la clase social dominante.
Estas ideologías provocan una serie de alienaciones: la religiosa; la socio-política; pero la
que más le preocupa es la ECONÓMICA, ya que el origen de la enajenación (alienación) del
trabajador se da en el seno del sistema capitalista. Veamos brevemente en qué consiste.
La alienación ECONÓMICA se basa en el capitalismo, el cual defiende la libertad económica
y la propiedad privada. Marca la división entre patrones y trabajadores, pero, sobre todo, la
explotación del trabajador. Esta es la temática principal del fragmento de los Manuscritos de
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París de 1844. Marx critica en ella la política económica inglesa. De ella se puede extraer lo
siguiente:
a) En las condiciones de trabajo asalariado el hombre se ve alienado, es decir, no se realiza
como hombre.
b) El producto de su trabajo (que es la objetivación del trabajo) se convierte en «capital» de
otros, y cuantos más objetos produce más queda dominado por ellos. Lo que más lo pone de
manifiesto es la plusvalía (= diferencia entre el valor del trabajo y el valor de la mercancía).
c) El trabajo es, entonces, forzado. Únicamente se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo,
fuera de sí. No es la satisfacción de una necesidad, sino solamente un medio para satisfacer
las necesidades fuera del trabajo. De esto resulta que el hombre sólo se siente libre en sus
funciones animales (comer, beber, engendrar, etc.). En cambio, en sus funciones humanas se
siente como animal.
d) El trabajo alienado corta así la relación con la naturaleza y con los demás hombres, ya que
cada uno trabaja sólo para sí mismo.
e) La actividad del trabajador en estas condiciones se asemeja así a la religión, porque al igual
que en esta el hombre se deja conducir por un espíritu que no es él, en el trabajo alienado
ocurre lo mismo: la actividad del trabajador no es su propia actividad, sino que está sometida
y dirigida por los intereses económicos del patrón, del capital.
2. Materialismo histórico y comunismo
Para el marxismo, son las circunstancias materiales (cómo se lleva a cabo el trabajo
sobre la materia), y no las ideas o la voluntad de los hombres, las que determinan los hechos
históricos. La descripción de esta historia, es decir, de cómo se ha entendido el trabajo en cada
época, es lo que hace del materialismo un materialismo científico. Así lo define F. Engels: «La
concepción de la historia universal que ve la causa final y la fuerza propulsora decisiva de los
acontecimientos históricos importantes en el desarrollo económico de las sociedades, en las
transformaciones del modo de producción y de cambio, en la consiguiente división de la
sociedad en distintas clases, y en las luchas de estas clases entre sí» (Del socialismo utópico al
socialismo científico, Introd.). Para entender mejor esta relación entre materia e historia, Marx
se sirve a su vez de la interacción de infraestructura (= la economía) y superestructura (= la
organización del Estado, los aspectos políticos, jurídicos, ideológicos, el pensamiento filosófico,
las creencias religiosas, la producción artística, las costumbres, etc). La superestructura
depende de la infraestructura, es decir, el modo de producción o modelo económico
determina las relaciones sociales y sus formas culturales o hábitos-costumbres.
Teniendo en cuenta esto último, lo que define a una época no es lo que produce, sino el
modo de producirlo. Es decir, si el modo de producción aliena o no. Además, hay que analizar
cómo se cumple en cada época aquel principio ya enunciado: la ideología dominante en cada
momento histórico corresponde a la ideología de la clase social dominante. La historia nos
ofrece cómo se han realizado las relaciones de producción entre el que trabaja y para quién
trabaja: Ed. Antigua, amo-esclavo; Ed. Media, señor-vasallo; Ed. Moderna, maestro-oficial;
Ed. Contemporánea, capitalista-proletario. Por lo tanto, la historia evidencia una lucha de
clases, la cual es el motor de la historia. La Revolución francesa quiso invertir este proceso
derrocando a la aristocracia, pero fue insuficiente: en su lugar ascendió la burguesía, lo cual
supuso una nueva fuente de explotaciones.
Por eso es necesario un nuevo comienzo, una revolución que se inicia cuando el
trabajador toma conciencia de su explotación o precariedad, o de estar a merced del
capitalista («¡proletarios del mundo, uníos!»). De este modo se entra dentro de una fase de
revolución social del proletariado que tiene que tener la intención radical de transformar
también la superestructura ideológica. Pero para ello hay que ir al problema de fondo: la
propiedad privada, puesto que ella causa el comercio y se alimenta de la sociedad de clases.
Hay que eliminarla, porque así, según Marx, se eliminarán todas las alineaciones y se logrará
la humanización del hombre al reconciliarse de nuevo con la naturaleza y consigo mismo
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gracias a un modelo de trabajo huamnizador. Sólo así el hombre deja de ser un medio para
satisfacer la codicia de otros hombres. El comunismo permitirá la eliminación de las
injusticias. Dialécticamente considerado, esto sigue un proceso: tras los que los que dominan
(tesis) y los que son dominados (antítesis), hay un tercer momento o movimiento decisivo
provocado por la lucha de clases: la sociedad sin clases resultado de la revolución. El
Comunismo es, en efecto, la síntesis que ha logrado suprimir totalmente la propiedad
privada –yendo con esto más allá del Socialismo utópico o del Anarquismo.
La comunidad de bienes, el Comunismo, implica poner en marcha la siguiente sentencia:
«de cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades». Refleja la
desaparición de toda alienación. En consecuencia el hombre volverá a «amar las cosas» (se
relacionará con ellas por amor), y no se relacionará con ellas simplemente para tenerlas
(propiedad privada). En el sistema capitalista todo se cambia por dinero. Sin embargo, en el
sistema comunista (suponiendo ya al «hombre como hombre») sólo se puede cambiar amor por
amor, confianza por confianza. En esta nueva sociedad sin clases se niega la conciencia misma
de clase: ya no hay proletarios sino hombres. Marx piensa que el Comunismo alcanza
plenamente los ideales de la libertad y de la igualdad. Para garantizarlos, defiende la supresión
misma del Estado, puesto que su presencia es ya un modo de entender las relaciones de poder y
las contradicciones de clase.