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CAP 02 - Azotea Resto Bar

La protagonista, tras mudarse a la casa heredada de su madre frente al mar, se prepara para comenzar un nuevo trabajo en un bar llamado 'Azotea Resto Bar'. Durante su encuentro con Estela y Jennie, su socia, se siente atraída por la belleza y la presencia de Jennie, lo que la deja nerviosa y reflexiva. A medida que se adapta a su nueva vida, la protagonista se da cuenta de que el amor puede surgir de manera inesperada.

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CAP 02 - Azotea Resto Bar

La protagonista, tras mudarse a la casa heredada de su madre frente al mar, se prepara para comenzar un nuevo trabajo en un bar llamado 'Azotea Resto Bar'. Durante su encuentro con Estela y Jennie, su socia, se siente atraída por la belleza y la presencia de Jennie, lo que la deja nerviosa y reflexiva. A medida que se adapta a su nueva vida, la protagonista se da cuenta de que el amor puede surgir de manera inesperada.

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CAPÍTULO 2

Habían pasado alrededor de tres semanas. Mamá y yo fuimos en coche hasta la playa, según ella para
arreglar la casa y comprar algunos víveres para que yo no tuviera que preocuparme de hacerlo. Pero lo
cierto era que aún a veces me trataba como a una niña, no conseguí convencerla de que me dejara tomar
el autobús e insistió en llevarme personalmente y asegurarse así de que quedaba perfectamente
instalada. Mamá heredó la casa de sus padres al morir. No era muy grande, pero estaba muy bien
conservada y lo mejor de todo… estaba frente al mar, las vistas desde la pequeña terraza eran
impresionantes. A mi madre nunca le gustó el mar, yo, sin embargo, adoraba dar paseos por la playa,
nadar y tomar sol.
Llegamos cargadas de compra y productos de limpieza, y pasamos gran parte del día recogiendo la casa.
― ¿Quieres comer algo? ―preguntó después de acomodar la compra en la nevera.
―No, gracias mamá, no tengo hambre. He quedado para juntarme con Estela esta tarde, quiere que
nos veamos en persona para enseñarme el local y tratar los detalles, los turnos, los precios y esas cosas,
supongo… ya tomaré algo después, si no te parece mal.
Se limitó a mirarme. ―Bueno, iré a la cocina a exprimir unas cuantas naranjas para hacerte un jugo. ―Dio
media vuelta y salió de la habitación.
Suspiré para mis adentros y sonreí, mi madre era terca como una mula, así que era mejor no llevarle
mucho la contraria.
Me quedé un rato mirando el mar a través de la ventana, estaba precioso, totalmente en calma, no
soplaba ni una brisa de viento que hiciera que se levantaran las olas, parecía un lago. No recordaba
haberlo visto nunca tan tranquilo. Absorta en mis pensamientos, salí a la terraza y aspiré profundamente
el aroma a mar y a sal. Me sentí feliz de estar allí, contemplar la playa era una de mis actividades favoritas,
encontraba placer en cosas simples, como por ejemplo el observar el vuelo de las gaviotas, podía pasar
horas y horas simplemente así…
Me sobresalté cuando mi madre me sorprendió por detrás y, tras darme un beso en la mejilla, me acercó
el enorme vaso repleto de jugo de naranja.
― Me voy, ¡tómate el jugo! ―dijo en voz baja―. Lamento mucho tener que marcharme, no quiero
tener que preocuparme por ti ―dijo con firmeza―, así que por favor sé responsable.
― ¡Mamá…! Tengo casi dieciocho años, soy más responsable que la mayoría de las chicas de mi edad,
no te preocupes, estaré perfectamente y prometo que te llamaré, ¿de acuerdo? ―dije dedicándole una
sonrisa, al tiempo que jugueteaba con un mechón de pelo que caía sobre su hombro.
Puse mis brazos alrededor de su cuello y le di un sonoro beso.
Sonrió comprensiva ―tengo que irme, cariño, cuídate y llámame para cualquier cosa que necesites. ¿De
acuerdo?, te quiero.
―Y yo a ti, mamá, ¡vete ya! No quiero que conduzcas de noche tú sola.
Me quedé en la puerta, mirando el coche alejarse hasta que lo vi desaparecer al doblar la esquina de la
calle.
Volví dentro, eran casi las cinco de la tarde y había quedado con Estela a las seis. Deshice la maleta,
coloqué la ropa en el armario y me di una ducha caliente mientras escuchaba algo de música de mi grupo
favorito. Me cambié de ropa y salí disparada hacia el bar.

6
Cuando llegué, lo primero que me llamó la atención fue un gran letrero luminoso sobre la puerta del local,
y en él brillaban las palabras «Azotea Resto Bar». No lo recordaba así, estaba claro que lo habían
reformado hacía poco tiempo.
El local me pareció bastante grande, tenía dos zonas bien delimitadas. A la izquierda, una barra enorme
con copas de Cristal que colgaban boca abajo, suspendidas en estantes de acero atornillados al techo,
expositores y demás cosas formaban la zona de restaurante, con mesas no demasiado grandes pero
decoradas con gusto. Al pasar, me fijé en una estantería, llegaba prácticamente hasta el techo y estaba
repleta de botellas de vino de todas clases. Un poco más adelante, el espacio parecía abrirse. Había otra
pequeña barra, con más de media docena de asientos dispuestos a su alrededor, supuse que, para copas y
cócteles de todo tipo, al fondo una pequeña tarima de madera y sobre ella, una cabina de DJ, altavoces y
luces indirectas.
― ¿Desea una mesa, señorita? ―Se acerco un camarero a preguntarme en cuanto entré por la puerta.
― No, gracias, tengo una cita con la señora Derderian, soy…
― Lalisa Manobal ―dijo el camarero antes de que pudiera terminar la frase―. Soy Brad, es un placer
conocerte ―dijo estrechándome la mano―, acompáñame por favor, Estela te está esperando.
Le seguí por la sala hasta llegar a unas escaleras que daban a un pequeño despacho. La puerta estaba
prácticamente oculta pintada con el mismo tono oscuro del color de la pared. El camarero caminaba con
aire elegante. Era alto, de tez clara y con unos bonitos ojos castaños. Aunque yo era bastante mala
calculando la edad, pensé que debía tener unos veinticinco o veintiséis años, y por su forma de mirar a su
alrededor mientras caminaba me pareció que tenía un poco de lo que llamamos «delicado».
La zona de copas resultaba bastante oscura para ser las seis de la tarde, así que supuse que esa parte del
local abría más tarde.
El camarero tocó a la puerta y una voz contestó desde dentro:
― ¡Adelante!
― ¡Lisa! ―dijo una mujer con un vestido muy ceñido de color negro que le sentaba francamente bien.
Debía tener unos cuarenta años y era algo menuda, aquel vestido dejaba entrever perfectamente las
curvas de su cuerpo, tenía el pelo castaño claro recogido en una especie de moño improvisado sujeto con
un bolígrafo.
― ¿Estela?
― ¡Pero bueno! ¡Qué guapa estás! Has crecido muchísimo desde la última vez que te vi ―aseguró―,
¡estás hecha toda una mujer! ―Se levantó para abrazarme.
― Gracias ―respondí algo nerviosa, no estaba acostumbrada a los halagos. Yo me consideraba una
chica bastante normal, tenía el pelo largo y lacio de color castaño oscuro, casi siempre lo llevaba suelto,
tenía los ojos algo rasgados, de un profundo color oscuro, igual que mi padre, era un poco morena de piel,
más o menos metro sesenta y siete, no era demasiado alta, pero sí resultaba bastante atractiva. Algunas
personas, entre ellas mi madre, pensaban que era una chica muy guapa e incluso me describían como algo
«exótica», en cualquier caso, yo no me consideraba excesivamente guapa comparada con otras chicas de
mi edad. De no haber sido por la falta de luz, estoy segura de que tanto ella como la mujer que la
acompañaba en la mesa del escritorio se hubieran dado cuenta de que me había sonrojado.
― ¡Ven! Siéntate por favor, ¿quieres tomar algo? ¿Un refresco? ¿Una copa de vino? ¿Un café?
―Un café con leche estaría bien, gracias ―dije mientras tomaba asiento frente a ella.

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―Permíteme que te presente; ella es Jennie Kim, mi socia, tu persona de referencia para cualquier
duda y mi mano derecha en este negocio. Suele hacer las veces de encargada cuando yo no estoy, tengo
una niña pequeña y no paso demasiado tiempo aquí.
Aquella mujer se recostó un poco contra el respaldo de su asiento y me miró directamente a los ojos de
un modo que un escalofrío recorrió mi espalda y me llegó hasta la nuca, dejándome paralizada. Tenía unos
profundos ojos cafés. Parecía que no era bastante alta a pesar de estar sentada, llevaba unos jeans
blancos y una chaquetilla de terno, de esas que no tienen mangas y al abotonarlas marcan la silueta, bajo
la chaquetilla tenía un top del mismo color del pantalón, blanco, lo que resaltaban aún más la intensidad
de sus ojos y su mirada, un colgante largo descansaba sobre la parte superior de su abdomen, tenía los
músculos de los brazos muy bien definidos y los hombros de 90° perfectamente simétricos, perfectos.
Tragué saliva cuando se levantó para saludarme y pude observarla con más detenimiento.
―Es un placer, Lalisa Manobal ―dijo―. Me tienes a tu disposición para cualquier cosa que necesites―.
Y con una sonrisa extendió su mano para tomar la mía.
― Mucho gusto, por favor, llámeme solo Lisa.
― Lisa es un nombre precioso, ¿no te parece?
― ¡Sí, claro!, como prefiera ―repuse bastante nerviosa.
― Tutéame, por favor, aquí somos todos amigos, casi como una familia.
― Como quieras ―dije con una sonrisa―. Gracias Jennie. ―Mi voz sonó más ronca que de costumbre
y me di cuenta al instante de que me había puesto tremendamente nerviosa, no sé si por su presencia,
por su forma de mirarme o por el contacto con su mano.
La belleza de aquella mujer estaba en su plenitud, me pareció una especie de absorción de todo lo
perfecto, lo sublime trasladado a su cuerpo. Nunca había conocido a una mujer como ella.
― Aquí tienes el café, compañera ―dijo el camarero sonriendo.
― Gracias, muy amable. ―Abrí el azúcar, lo vertí en la taza aún humeante y comencé a dar vueltas a la
cucharilla.
― ¡Lo estás moviendo al revés! ―dijo Jennie, más afirmando que preguntando.
― ¿Perdona? ―No entendí a qué se refería.
― ¡La cucharilla! La mayoría de la gente remueve el café en sentido horario, pero tú lo estás haciendo
al revés. No me digas que nunca te habías dado cuenta.
La observación me pilló desprevenida, ya que nunca había pensado en cómo se debe mover el café,
siempre lo hacía del mismo modo y me sorprendió cómo un acto tan cotidiano pudiera resultar una
característica especial para alguien.
Reflexioné un segundo sobre tan trascendental dilema, se me ocurrieron algunas justificaciones sobre el
motivo de mi movimiento cafeteril. Si la mayoría, de las personas remueve cualquier cosa en el sentido en
el que se mueven las agujas del reloj, es decir, hacia la derecha, quería decir que aquellos que lo hacemos
en sentido antihorario ¿éramos una especie de inadaptados sociales? Aquella duda me dejó unos
segundos pensativa. Aquel dilema me pareció interesante, y sin duda merecía ser estudiado a fondo por
sesudos sociólogos o antropólogos, no me quedaba nada claro el campo de aplicación concreto en el que
debería recaer el estudio del movimiento de la cucharita en la taza de café.
Después de todo, el reloj y sus agujas son algo impuesto, no es algo natural. El mundo gira y lo hace
casualmente en sentido contrario de las dichosas agujas del susodicho reloj, o sea, hacia la izquierda.

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En conclusión, el movimiento natural es girando hacia la izquierda, lo que demostraba que mi tendencia
resultaba, por tanto, genéticamente correcta, y sin duda, la genética es la genética. Sonreí para mí misma
con mi propia reflexión.
― Casi el 95 % de la gente remueve cualquier cosa en sentido horario, es evidente que te encuentras
en ese 5 % restante, así que ¡sí!, sin duda eres diferente al resto ―añadió con una leve sonrisa en los
labios.
Me sonrojé al instante, en ese momento no supe reaccionar, me quedé sin palabras, pero traté por todos
los medios de mantenerle la mirada, la observé durante unos pocos segundos, sus ojos eran de un intenso
color café, tenía las cejas perfectamente perfiladas y una melena lisa de cabellos castaños que le caían por
encima de sus hombros.
Durante los casi treinta minutos siguientes en que Estela no dejaba de hablar de precios, turnos, platos,
cócteles, tipos de infusiones y cafés que se servían, en mi mente se instalaba la imagen de Jennie y su
forma de mirarme.
― Tú te encargaras de servir a los camareros desde la barra principal, Alex será tu compañero de barra,
él te enseñará el resto del bar y te ayudará con cualquier cosa que necesites saber. Cerramos los lunes y
martes, de modo que empezarás mañana sábado, ayudarás a Alex durante el servicio de comidas, ¿alguna
duda o pregunta? ―negué con la cabeza―. Bien, entonces te espero mañana a las doce para que te
pongas al día.
Se levantó, y tras cerrar su notebook, salió del despacho dejándome sola con aquella mujer que me
perturbaba y me ponía más nerviosa de lo que nunca nadie me había hecho sentir.
Acabé el último sorbo de mi taza de café y me dispuse a salir de allí.
― Bueno, … ha sido un placer Jennie, nos vemos mañana.
― El placer ha sido mío, chica guapa ―añadió para mi sorpresa.
Me sonrió y finalmente tuve la oportunidad de volver a mirarla y confirmar lo que ya había advertido a
primera vista. Jennie era increíblemente hermosa.
Aquella tarde, al volver a casa, no me imaginaba que aquel día cambiaría mi mundo
irremediablemente.
Me puse los auriculares, busqué la canción Attention, de Charlie Puth, y tomé la avenida hasta la playa casi
sin ser consciente del camino que había recorrido. Al llegar a casa, me preparé un sándwich de queso que
devoré por completo en un minuto. Ocupé el cuarto de mi madre, tenía cuarto de baño propio y un
enorme ventanal con vistas a la playa. Tendría la cama de matrimonio para mí sola, aunque como siempre
que solía dormir en ella, no ocupaba más de un tercio. Situada en una esquina, me encogí abrazando mis
rodillas, como si tuviera frío, como si esperara que alguien se acurrucara a mi lado.
No podría describir con exactitud todo lo que hablamos aquella tarde. El recuerdo se diluyó en mil detalles
que carecían de importancia, pero que reducían las sensaciones a una sola: la presencia de aquella
extraña mujer. Era como si todo estuviera girando para ella, con ella y por ella. Las palabras eran simples
adornos, consecuencias sin valor de un valiosísimo hecho real: su cuerpo, su voz, sus ojos, su sonrisa.
Traté de dormir, pero solo podía pensar en una cosa…
… Lo irresistiblemente atractiva que me había parecido aquella mujer. Las olas rompían contra las rocas
con fuerza, pero en mi cabeza retumbaba una y otra vez su nombre, Jennie.

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El amor es inexplicable. No sabes cuándo va a llegar, cómo va a suceder o quién se va a cruzar en tu
camino. Aparece de repente, sin avisar, te deja sin argumentos, sin aliento. De manera que lo único que
podemos hacer es dejarnos arrastrar por él.

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