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El documento explora las grandes figuras de la mística cristiana a lo largo de la historia, desde el cristianismo antiguo hasta la época moderna y contemporánea. Se destacan místicos como Orígenes, Agustín, Bernardo de Claraval y Francisco de Asís, quienes vivieron experiencias místicas profundas que influyeron en su pensamiento y en la espiritualidad cristiana. Además, se menciona la importancia de la mística oriental y el impacto de movimientos como la Devotio Moderna en la reforma de la Iglesia.

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El documento explora las grandes figuras de la mística cristiana a lo largo de la historia, desde el cristianismo antiguo hasta la época moderna y contemporánea. Se destacan místicos como Orígenes, Agustín, Bernardo de Claraval y Francisco de Asís, quienes vivieron experiencias místicas profundas que influyeron en su pensamiento y en la espiritualidad cristiana. Además, se menciona la importancia de la mística oriental y el impacto de movimientos como la Devotio Moderna en la reforma de la Iglesia.

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Grandes figuras de la mística cristiana

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Índice

1 Figuras de la mística en el cristianismo antíguo

2 Figuras de la mística en la Edad Media

3 Figuras de la mística en la época moderna

4 Figuras de la mística en la época contemporanea

5 Referencias Bibliográficas

La historia del Cristianismo, que ya lleva más de veinte siglos, presenta una inmensa riqueza de figuras
protagónicas que experimentaron la experiencia mística en sus vidas. Desde los primeros tiempos del
Cristianismo, podemos encontrar hombres y mujeres cuyas vidas fueron configuradas por la experiencia de la
unión amorosa con el Dios de Jesús Cristo, al cual no dudaron en dar como testimonio –inclusive- sus vidas.

1 Figuras de la mística en el cristianismo antíguo

La palabra mística no se encuentra ni en NT ni en los Padres Apostólicos, sino que aparece por primera vez en el
siglo III. Por otra parte, la figura de Jesús presente en los evangelios, sobre todo en los Sinópticos, coincide más
con la de un profeta del Reino de Dios que con la de un visionario. Los sinópticos parecen acentuar las
condiciones morales y las virtudes que preparan la venida del Reino. La misma “visión de Dios” será atribuída
en el Sermón de la Montaña a los “Puros de Corazón”.

Por eso, no son raros los autores que excluyen las experiencias místicas de las fuentes cristianas y explican el
surgimiento de la mística a partir del influjo externo, sobre todo la gnosis y el neoplatonismo, tal como sucedió
con el judaísmo. En la misma dirección se orientan algunas visiones de la historia de la mística cristiana que
oponen una mística psicológica, introspectiva, que se habría desarrollado principalmente a partir de los místicos
españoles del siglo XVI. La mística “objetiva”, escriturística, eucarística de los tiempos anteriores. [1]

A diferencia de las otras religiones, el Cristianismo nunca equiparó su ideal de santidad con el alcance de los
estados místicos. Ni tampoco estimuló la búsqueda de tales estados por sí mismos. Sin embargo, si vamos a
buscar en los orígenes, encontramos allí una experiencia religiosa fuerte, una experiencia mística en definitiva.
Fue el impulso místico que innegablemente puso en la picota aquello que inicialmente era visto como un
movimiento más adentro de la globalidad sinagogal y que fue ganando dimensiones universales. Ciertamente la
profundidad mística del nuevo camino propuesto por Jesús de Nazaret, iluminado por su muerte y resurrección,
determinó bastante su desarrollo posterior. [2]

La calidad mística de la vida de Jesús está claramente afirmada en los evangelios, pero – según L. Dupré – es
sobre todo en el Cuarto evangelio, escrito tardíamente al final del siglo I que encuentra su plena expresión. [3]
… En este Evangelio, las dos principales corrientes del misticismo cristiano tienen su fuente: 1) en la teología de
la imagen divina, que llama el cristiano a la conformación (con Cristo, adorado como Dios y a través de él, con
Dios) y 2) en la teología que presenta la intimidad con Dios como relación con el amor en términos universales.
[4]

Las cartas de Pablo de Tarso – anteriores inclusive al evangelio que testimonia el surgimiento de las primeras
comunidades cristianas – desarrollan la idea de la vida en el Espíritu (2 Cor 3,18). El principal don del Espíritu,
en el entendimiento de Pablo, consiste en la “gnosis”, aquel “insight” que hace penetrar en el interior del
misterio de Cristo y capacita al creyente a entender las escrituras en un sentido más profundo, “revelado”. Este
“insight” que se sumerge en el interior del sentido escondido de las escrituras lleva a la interpretación alejandrina
del término místico discutido más adelante. [5]

En la Antigüedad clásica, cuando el Cristianismo ya había roto con la sinagoga y hecho sus primeras síntesis con
el mundo griego, hubo algunas figuras que se destacaron no solamente por la profundidad de su experiencia
mística, sino por la reflexión más cuidada y clara que sobre ella hicieron. Así, también con aquellos que abrieron
nuevos continentes de la experiencia espiritual cristiana.

Orígenes es uno de ellos. La figura de la primera grandeza en los primeros siglos de la vida de la Iglesia,
compara la vida espiritual al éxodo de los judíos a través del desierto de Egipto. Habiendo dejado atrás los ídolos
paganos del vicio, el alma cruza el Mar Rojo en un nuevo bautismo de conversión. Pasa cerca de las aguas
amargas de la tentación y las visiones distorsionadas de la utopía hasta que, totalmente limpia e iluminada,
alcanza Terán (Terah), el lugar de unión con Dios. Su comentario también presenta la primera teología de la
imagen que fue desarrollada: el alma. Es una imagen de Dios porque refugia la imagen primal de Dios que es la
Palabra divina. De esta forma, por medio de la cual esta palabra es una imagen del Padre a través de su presencia
frente a él, el alma es la imagen a través de la presencia de la palabra que en ella habita, es decir, a través de su
(al menos parcial) identidad con ella. Todo este proceso místico consiste en una conversión de la imagen, es
decir, en una conversión que Orígenes da al amor y que será el elemento que distinguirá la teología de Orígenes
de la filosofía neoplatónica.

Gregorio de Niza (Nissa) y evangelio Póntico tienen una trayectoria derivada de Orígenes. El primero describe la
vida mística como un proceso de gnosis iniciado por un Eros divino, que resulta en la planificación del deseo
natural del alma para con Dios, de quien ella carga la imagen. Aun cuando familiarizada con Dios desde el
inicio, la ascensión mística del alma es un lento y doloroso proceso que termina en un año de conocimiento
oscuro – la noche mística del amor. Esa teología de la oscuridad, o “teología negativa” sería desarrollada hasta
sus límites extremos por un misterioso sirio que escribió en griego en el siglo sexto y que se presentó a sí mismo
como el Dionisio, a quien Pablo convirtió en el Areópago de Atenas. Neoplatónico como ningún otro teólogo
cristiano osó ser, él identificó a Dios como el Uno innombrable … A través de la constante negación, el alma
ultrapasa el mundo creado, que previene la mente de alcanzar su último destino. La Teología Mística de Dionisio
es más estática de lo que introspectiva en su concepto: el alma pide poder alcanzar su vocación de unión con
Dios solamente perdiéndose a sí misma en los recesos de la divina super-esencia. Con respecto a eso, él difiere
del misticismo occidental, al cual influenció tan profundamente.

El segundo – Evagrio – busca la vida monástica y como tal, su aproximación al desierto se da en etapas.
Progresa hasta quedar en completa soledad, dedicado apenas a la contemplación. Para Evagrio, la ascensión
espiritual consiste en contemplar a Dios en sí mismo, de modo que se ve a Dios como en un espejo. El camino
consiste en desapegarse de los pensamientos apasionados, luego, de los pensamientos simples, hasta llegar al
completo nudismo de imágenes y conceptos

De la misma forma, no se puede olvidar la importancia de la mística cristiana oriental. El oriente cristiano fue
prodigio en las prácticas importantes que tuvieron su impacto inclusive en Occidente. Como por ejemplo la
oración del corazón, la oración de Jesús, el hesicasmo, que tiene su origen en Santo Antão, monje del desierto y
padre del monarquismo oriental.

Antão, Dionisio, Máximo el Confesor, Pacomio, Serafín de Sarov, entre otros, son grandes figuras místicas que
marcaron la historia del Cristianismo y que mostraron una forma de vivirlo que es mucho más centrada en la
espiritualidad de lo que en la reflexión espiritual y en la acción, como algunas veces lo fue la mística occidental.

En el siglo IV, Agustín abre una nueva y decisiva etapa en la mística cristiana. Describió la divina imagen
primero en términos psicológicos, usando los términos de las tres potencias del alma – memoria, inteligencia y
voluntad – para explicar su percepción de la experiencia de Dios. Dios permanece presente en el alma como
origen y como meta suprema. La presencia de Dios en este reino interior invita al alma a volverse hacia adentro
y convertir la semejanza estática en una unión estática … El alma irá siendo entonces gradualmente unida a
Dios. Hasta hoy, Agustín es considerado el padre de la mística contemplativa que se eleva hacia abismarse en la
verdad de Dios y que al mismo tiempo se da en el corazón. Fue alguien que unió genialidad intelectual con las
profundidad de una mística intensa.

2 Figuras de la mística en la Edad Media

La Edad Media fue de una riqueza impresionante en término de mística. En el siglo XII, Bernardo de Claraval,
siendo muy joven, decide ser monje de la Orden de los Cistercienses –un nuevo ramo de la Antigua Orden de
San Benito (los benedictinos). Contemporáneo de Pedro Abelardo (1079-1142). Nutre su formación en la Biblia
y en los Padres de la Iglesia. Para Bernardo, la adquisición de los elementos de la doctrina cristiana no debía
suceder racionalmente, por medio del método dialéctico, sino a través de una experiencia inmediata con Dios, es
decir, por medio del método dialéctico, pero a través de una experiencia inmediata con Dios por medio de una
experiencia mística. La experiencia de Bernardo no fue desarrollada en los tratados, ella se desplaza por los
sermones. Se trata de un misticismo de amor, que tiene en el Cantar de los Cantares la fuente inagotable que
irriga su teología y que está combinada con el lenguaje poético en el cual formula su pensamiento. La
experiencia mística para Bernardo de Claraval es, por lo tanto, la unión amorosa entre el alma y Dios.

Master Eckhart – místico osado, colocado como sospechoso por la jerarquía eclesiástica – experimenta y afirma
que Dios es ser y ser en el sentido estricto apenas Dios lo es. Para Eckhart, la criatura qua no existe … Así, Dios
es totalmente inmanente en la criatura como su propia esencia, aunque totalmente trascendiéndola como el único
ser … Apenas la auto-expresión ilimitada de Dios en su eterna Palabra (el Hijo) es su perfecta imagen … La
mente … actualiza plenamente esta inmanencia … Antes que presencia, Eckhart habla de identidad … El ser del
alma es generado en un eterno ahora con (en la verdad, dentro) de la divina Palabra … en verdad el alma
espiritual no prepara más un “lugar” para Dios, pues “Dios es él mismo el lugar donde Él trabaja”[6]. Tuvo
muchos seguidores, uno de los más ilustres fue Johannes Tauler. Durante su juventud como monje dominicano,
Tauler mantuvo estrecho contacto con el Maestro Eckhart cuya actividad fue intensa en Estrasburgo entre los
años 1313 y 1326. La teología mística de Tauler tiene como sostén la mística Eckhartiana centrada en la noción
de grunt, la fusión del humano en Dios. Mientras tanto, difiere de él -en menor medida- las exploraciones
filosófico-teológicas de las temáticas como la divina naturaleza. Y mantiene cierta originalidad en relación a la
mística Eckhartiana por enraizarla en la vida de la Iglesia, sobre todo en su dinámica sacramental. Entendió el
seguimiento de Cristo como el proceso que abarca una experiencia mística de abandono por Dios que, aunque
extraña a Eckhart, puede ser encontrada en otros místicos medievales, sobre todo, mujeres.

Marguerite Porete fue otra mística a quien Eckhart influenció. Vivió entre la segunda mitad del siglo XIII e
inicio del siglo XIV. Perteneció al Movimiento Beguinal, que se desarrolló como alternativa de la vida religiosa
laica en Renania y los Países Bajos. La única obra de su autoría que conocemos – El Espejo de las almas simples
– es una alegoría mística sobre el camino que condice el alma a la unión perfecta con su Creador y Señor y se
estructura como un diálogo en el que los principales interlocutores son el Amor, la Razón y el Alma aniquilada
personificada. Su gran tema es el aniquilamiento, descripto como el estado en el que las almas simples adquieren
la más plena libertad y el saber más alto … De Dios se recibe más saber del que está contenido en las escrituras,
más comprensión de la que está al alcance de la capacidad o del trabajo humano de cualquier criatura. El alma al
ser nada, posee todo y no posee nada, ve todo y no ve nada, sabe todo y no sabe nada. Marguerite Porete fue
condenada a la hoguera por herejía.

Hildegard de Bingen inaugura otro tipo de mística, que tiene una frontera muy próxima con la ciencia. Su
mística combinaba percepciones sensoriales de diferente especie con un contenido alegórico-teológico intenso y
profundo. Sus visiones surgían en plena conciencia despierta, viéndolas a través de sus sentidos espirituales
mientras permanecía en posesión de sus sentidos corporales, que también le causaban sufrimiento o agotamiento
físico muy profundos cuando ella se negaba o demoraba en colocarlas por escrito. La obra mística de Hildegard
se construye a partir de sus visiones: primero, son descriptas y, después, interpretadas. Se trata de visiones
cosmológicas en las que se asiste a la Creación y al fin de los tiempos. La ambivalencia propia del símbolo y la
polivalencia significativa se estrechan en la interpretación, siempre según la teología cristiana pero, en las
descripciones, su intensidad y riqueza permanecen patentes.

El principal nombre de la mística medieval es, sin lugar a dudas, Francisco de Asís. Él fue el primero en explicar
el vínculo entre mística y conducta moral. Su mística tiene como centro la pobreza – que él llama de Dama y con
quien dice estar casado- está al servicio de los pobres. Abandona también el estilo de la Iglesia fuertemente
organizada por medio de una jerarquía piramidal para transformarse en frater, hermano de todos, sin ningún
vínculo jerárquico. Francisco construirá toda la hermandad con los pobres, viviendo con ellos y como ellos.
Establecerá con ellos una comunión que no se refiere solamente a la ayuda material, sino también a los sentidos”
… tocarlos, besarlos, comer con ellos de la misma olla, sentir su piel …”[7]. Y su camino auténticamente
pascual, ya que pasa por una acceso crucificante, de todo se despoja llegando a la desnudez más radical en
comunión con el Crucificado, de quien recibe como gracia una ampliación interior que le permite comulgar en
mayor profundidad con la belleza del mundo hasta sentirse en comunión con todo el universo. De esto dan
testimonio algunos de sus textos, como el Cántico del Hermano Sol.

Alrededor del siglo XIV, el mundo occidental se sumergió en un período de crisis económica, demográfica y de
valores. El clero católico había enriquecido y mostraba costumbres disolutas. En los Países Bajos surgieron
grupos de hombres y mujeres que vivían en recogimiento y practicaban la pobreza, la humildad, la obediencia y
la abnegación. Tenían el objetivo de reformar la Iglesia Oficial con su vida y su enseñanza.

Estas actitudes dieron inicio al movimiento llamado Devotio Moderna que se diseminó por toda Europa
Occidental y cuya obra de referencia es un pequeño libro llamado “La Imitación de Cristo”. La obra estaba
destinada a todos, sin excepción, pero principalmente a aquellos que deseaban transformar y santificar su
cotidiano.

3 Figuras de la mística en la época moderna

La edad Moderna, con su movimiento de secularización y autonomía del ser humano en relación al mundo
teocéntrico de la Edad Media, produjo grandes místicos. En primer lugar estarían los del Siglo de Oro español:
Juan de la Cruz y Teresa de Ávila.

Juan de La Cruz nació Juan de Yepes Álvarez en 1542 en Fontiveros, España. Oriundo de una familia de
aristócratas empobrecidos, ingresa a la Orden Carmelita a los 21 años motivado por los ideales de soledad y
contemplación absoluta de los primeros eremitas fundadores de la orden.

Una de las categorías centrales de su mística es la noche oscura, la cual en clara contraposición a la metáfora de
la luz, tantas veces relacionadas al insight cognitivo que emancipa al humano de las tinieblas de la ignorancia,
habla de la negación de las posibilidades del conocimiento que es asumida como método para una experiencia
que no es ni sensible ni inteligible, no pudiendo ser clasificable por nuestro sistema cognitivo. Apóstol absoluto
del desprendimiento y del amor absoluto, Juan de la Cruz conjuga estas dos características en una mística que se
encuentra en la esfera de la pasividad, donde la dicción mística se asume femenina, discurso apasionado de
aquellos que experimentan el pathos de la Presencia divina.

Teresa de Ávila fue la primer mujer que recibió el título de doctora de la iglesia, por decreto de Pablo VI. Al lado
de Juan de la Cruz, fue la reformadora de la Orden de Carmo, fundando las Carmelitas Descalzas que están más
cercanas del ideal místico contemplativo que originalmente orientaba la Orden. Existe en Teresa una profunda
conciencia de que el cuerpo es esencial no apenas para la experiencia mística, sino para la propia espiritualidad
cristiana. En su autobiografía, Teresa defiende firmemente la valorización del cuerpo contra las teorías
platonizantes que profesaban una espiritualidad “etérea”, nos dice la Santa: “(…) nosotros no somos ángeles, al
contrario, somos cuerpo. El querer hacernos ángeles estando en la tierra […] es un desatino. Al contrario, es
preciso tener apoyo, el pensamiento de la vida normal. […] en tiempo de sequedad, Cristo es un muy buen
amigo, porque lo vemos Hombre, y lo vemos con sus debilidades y tormentos, y nos hace compañía (p. 203-4).
Esta conciencia del cuerpo como locus donde la experiencia mística se da aparece de forma notable tanto en su
prosa, su autobiografía Vida, como en su lírica, que se destaca por el pathos que la atraviesa. Esos son los versos
que impresionan por su erotismo místico, pues son, como la propia Teresa lo confiesa en uno de sus poemas,
“nacidos del fuego del amor de Dios que tenía en sí”.

Iñigo López, contemporáneo de dos de los místicos ya citados y posterior a Ignacio de Loyola, inauguró una
mística más sincronizada con la modernidad y su nuevo estilo de vida. Como cortesano, llevó hasta sus 26 años
una vida mundana y de vanidades. Fue en una batalla contra los franceses en Pamplona en el año 1521 que una
bala de cañón lo alcanzó hiriéndole gravemente una de sus piernas, por lo que fue obligado a permanecer en el
castillo Loyola donde vivían su hermano y su cuñada, una persona muy religiosa. Durante su larga
convalecencia, como no había libros de caballería que los entretuvieran, comenzó a leer la “Vita Christi” del
cartujo Ludolfo de Sajonia y la Leyenda Áurea sobre la vida de los santos.

Una vez curado, depuso sus armas de caballero y vistió el hábito de peregrino, comenzando a andar por los
caminos de España en penitencia y oración, analizando y reflexionando sobre las experiencias que Dios le hacía
vivir. En una de sus andanzas tuvo una experiencia luminosa y también pasó largos períodos en las tinieblas y la
aflicción. Esto le proveyó un gran conocimiento sobre la vida en el Espíritu y pasó a anotar sus experiencias y a
sistematizarlas con el objetivo de que le sirvan a otros. Así nacieron las primeras meditaciones del famoso su
libro titulado Ejercicios Espirituales, uno de los libros más importantes de la espiritualidad del occidente
cristiano, que fue un instrumento de formación para muchos de los que desearon crecer en la vida espiritual.
Fundó la Compañía de Jesús, orden misionera que presta una obediencia especial al Papa para una mejor
servicio de Dios y sus almas.

Ângelus Silesius nació en 1624 dentro de una familia tradicional luterana. Su nombre de bautismo era Johannes
Scheffer. El seudónimo vino después, con la conversión al catolicismo (en 1653, a los 28 años) y hace referencia
a Silesia, su tierra natal. En 1653, en circunstancias no muy claras, Schffer se convierte al catolicismo
comenzando a escribir su gran y única obra mística “El Peregrino Querubínico”. Pertenecía a la misma tradición
apofática de Eckhart, las imágenes desérticas aparecen en los poemas de Silesius como figuras de una necesaria
aporía: la necesidad de ir más allá de Dios, ultrapasando toda forma de relación objetal entre un yo humano y un
Tú divino.

A partir de ese momento no aparecen grandes figuras místicas individuales, sino corrientes espirituales
destinadas a ayudar a las personas a crecer en su relación con Dios, como la “Introducción a la vida devota” de
San Francisco de Sales, entre otras.

En Francia, los siglos XVII y XVIII conocieron algunas figuras místicas un tanto atípicas, pero cuya
contribución a la historia del cristianismo no puede ser ignorada.

Blaise Pascal nació en 1623 en Clermont-Ferrand, Francia. Su talento precoz para las ciencias físicas llevó la
familia a Paris donde él se consagra al estudio de las matemáticas, siendo notable su contribución en esta
ciencia. Convertido al janseísmo, desarrolla un enorme fervor religioso. En la secuencia a su experiencia mística,
a finales de 1654, realiza su “segunda conversión” y abandona las ciencias para dedicarse exclusivamente a la
filosofía y a la teología, en un período marcado por el conflicto entre los jansenistas y los jesuitas.
Posteriormente se recoge en la abadía de Port-Royal-des-Champs, centro del jansenismo. Es un gran crítico de
Descartes. Pascal desarrolla una mística del corazón, siendo su frase más celebre “El corazón tiene razones que
la propia razón desconoce”. Su visión jansenista hace con que su mística esté muy impregnada de un rigor moral
marcado por una obsesión por la culpa y la condenación. Moderno, Pascal es heredero de Agustín en lo referente
a la mística y también al rigor moral, más allá de hacer de la ciencia un elemento integrante de su mística.

Jean Joseph Surin nació en 1600 y murió en 1665. Era jesuita y un gran director espiritual. De temperamento
obsesivo, la vida espiritual lo consumía. Su misión de ser exorcista en el convento de las ursulinas de Ludun,
atormentadas por el demonio, lo afectó tanto que hizo que él mismo se ofreciera para ser poseído por el demonio
para expiar los terribles crímenes que allí se cometieron por su maléfica acción. Se sintió atormentado hasta el
final de su vida, sumergido en las profundas desolaciones y viviendo en una tenue frontera entre la mística y la
locura. Sin embargo, cuando profesaba, Dios hablaba a través de su boca. En los últimos años de su vida vivió
una verdadera santidad, viviendo absorbido en la abundancia de las divinas comunicaciones.

Además de esto, aun en el siglo XVII, surgió en Francia una particular devoción que tuvo su origen en las
experiencias de una mística: Margarita María Alacocque, una religiosa de la Orden de la Visitación. Ella recibió
grandes revelaciones por parte de Jesús Cristo quien le reveló los secretos de su corazón y la instigó (inspiró) a
propagar esta devoción al Corazón de Jesús por todo el mundo. Esta devoción se propagó rápidamente,
recibiendo el apoyo de los papas, obispos y también de la Compañía de Jesús, quienes ayudaron en su
divulgación y práctica.
4 Figuras de la mística en la época contemporanea

El así llamado siglo sin Dios – el siglo XX- no está exento de la presencia y de la experiencia de Dios en las
personas. Pero esta presencia y esta experiencia suceden y se hacen visibles de una manera diferente. Los
místicos no son más encontrados dentro de los claustros o de las órdenes religiosas. Pueden ser vistos en las
fábricas, en medio del ritmo ruidoso y estresante de las máquinas e industrias. O en las calles con los más pobres
y desheredados del llamado “progreso”. O en la prisión, debido a su actividad y compromiso, considerados
peligroso por las autoridades establecidas. O en el infierno de los “lagers” y “gupags” de todos los orígenes y
formas. O sea, en situaciones muy seculares.

Thomas Merton nació en 1915, en el Sur de Francia. Era hijo de artistas, Owen y Ruth: él era neozelandés y ella
norteamericana. A mediados de 1930, Merton comenzó a interesarse por los asuntos religiosos – en la infancia
tuvo una aproximación al protestantismo, sin haber creado vínculos. Después de manifestar curiosidad por las
religiones orientales, se volcó a los clásicos de las espiritualidad cristiana. En 1938, se convirtió al catolicismo
romano.

Al final de 1941 optó por una vida monástica, habiendo sido admitido entre los trapistas de la Abadía de
Gethsemani, en Kentucky. En el claustro, Merton fue autorizado a escribir, pasando a ser un autor de éxito. Más
allá de la teología y de su profunda espiritualidad que puede ser encontrada en sus textos, trató de diversas
cuestiones candentes de la cada vez más plural sociedad contemporánea: derechos civiles y segregación racial,
no violencia, pacifismo y el riesgo de una hecatombe nuclear, el despertar de la conciencia ecológica del planeta,
diálogo ecuménico y las relaciones entre culturas occidentales y orientales. Su preocupación era unir la
contemplación y la acción y hacer dialogar la tradición cristiana con otras tradiciones. Con este espíritu viajó a
Oriente para visitar Asia en 1968. Falleció electrocutado en Bangkok, cuando formaba parte de un encuentro
interreligioso entre cristianos y budistas.

Charles de Foucauld nació en 1858 en Estrasburgo, Francia. Del medio aristocrático, quedó huérfano temprano
y se convirtió en militar. Perdió la fe y llevó una vida disipada, hasta llegar al Ejército e ir a Marruecos. Allí, el
testimonio de la fe musulmana lo llevó a hacerse la pregunta: ¿Dios existe? A los 28 años se convirtió y comenzó
una vida de una mayor búsqueda de Dios en un proceso de descenso kenótica al lugar más pobre y más difícil.
Entró en Trapa y salió. Se volvió eremita y vivió en Nazaret trabajando como carpintero para seguir a Jesús en su
vida oculta.

Su mística está centrada en el amor a Jesús, en su devoción eucarística y en el aniquilamiento de la pobreza y de


la oscuridad para seguir a Jesús más radicalmente. Se instala en Argelia y lleva una vida alejada del mundo en
una zona de Tuaregues, en un diálogo testimonial con la población musulmana. No buscaba convertir a nadie,
sino apenas amar, “gritar el evangelio” con su vida. Tenía la intención de crear una nueva orden religiosa, lo que
sucede apenas después de su muerte: Los Hermanitos de Jesús. Muere asesinado por asaltantes de paso el 1ro de
diciembre de 1916. Fue beatificado por el Papa Benedicto XVI el 13 de noviembre de 2005.

Edith Stein nació en Breslau, Alemania el 12 de octubre de 1891. Era la hija menor de una familia de 13
hermanos. Sus padres eran judíos practicantes y Edith mamó esa fe israelita en el seno de su familia. Tenía una
gran capacidad intelectual, estudió psicología y después filosofía, convirtiéndose en la discípula favorita del
filósofo alemán Edmund Husserl.

En 1921, se convirtió al catolicismo a partir de la lectura del Libro de la Vida de Santa Teresa de Ávila.
Afirmaba: “la Verdad que buscaba estaba precisamente en aquel Dios de quien y para quien la santa había
vivido”. Se convierte en una católica y religiosa carmelita, el cristianismo reaviva su fe judaica y su amor por el
Pueblo judío. Jesús Cristo es aquel que vino a concretar las promesas salvíficas del Dios de Israel, el verdadero y
único Dios, como lo dicen las Escrituras judaicas.

La conjunción del judaísmo y el cristianismo en Edith Stein la conducen al encuentro del lugar teológico por
excelencia: la cruz de Cristo. Esta cruz retrata la imagen no apenas de todo el sufrimiento del pueblo judío, sino
también el sacrificio del propio Cristo y de su Iglesia. Cuando la persecución nazista se recrudeció, ella sintió
que su destino estaba vinculado al pueblo en el seno del cual nació y que nunca dejó de amar a pesar de su
conversión. Escribió: “ No es la actividad humana la que nos salva, sino solamente la Pasión de Cristo.
Participar de ella es mi única aspiración” . Pide a la superiora permiso para ofrecer su vida a la redención de su
pueblo y así lo hace.

Es retirada de su convento por la SS y llevada al campo de concentración. Después es deportada con otros judíos
en tren en dirección al campo de exterminio de Auschwitz. Edith Stein murió como todos los judíos que la
acompañaban, en la cámara de gas.

Dietrich Bonhoeffer nació el 4 de febrero de 1906, en Brealua, Alemania. Estudió Teología en Italia, en Berlín y
en Tübingen, donde finalizó su bachillerato a los 21 años. Trabajó como pastor en varias iglesias de la lengua
alemana y en otros lugares de Europa, como Barcelona y Londres. A partir de 1939, después de rechazar la
oportunidad de permanecer en Estados Unidos, algo que le fue ofrecido cuando fue a dar un curso, se
compromete firmemente con la resistencia al nazismo y participa de una conspiración contra la vida de Hitler.

La operación en la que participaba fue descubierta y en 1943 fue preso en Berlín. Aun en prisión consigue
comunicarse con sus parientes y amigos a través de cartas, donde elabora su teología, ganando un acento
testimonial. Esas cartas de la prisión fueron publicadas después de su muerte con el título Resistencia y sumisión.
Murió a los 39 años en 1945, ya casi al final de la guerra. Fue conducido a juicio sumario y condenado a la
horca, escribió: “Esto es el fin. ¡Pero para mí es el inicio de la vida!”

Pastor, teólogo y místico, Bonhoeffer dejó un precioso legado. En su vida, integró la experiencia de Dios y
testimonió acción, y concentración hasta las últimas consecuencias, como queda evidente en las instrucciones
dadas en el seminario clandestino a los alumnos que no aceptaban la instrucción de la Iglesia evangélica oficial
alemana. Consideraba la experiencia de Dios el criterio fundamental y determinante para la toma de decisión del
sujeto dentro de un contexto específico que llama de responsabilidad.

No se puede dejar de mencionar entre los místicos cristianos del siglo XX a una mujer que es una mística de
frontera: Simone Weil. Nació en Paris el 3 de febrero de 1909 en un familia con recursos de origen judía.
Hermana de André Weil, uno de los grandes matemáticos del siglo, Simone intentó estudiar filosofía. Pero a
pesar de sus dotes intelectuales, su proceso interior comenzó a entrelazarse indiscutiblemente con la realidad de
opresión e injusticia del mundo y de la violencia de la cual son víctimas millares de seres humanos

Después de participar algún tiempo en las luchas políticas partidarias de la izquierda, toma la decisión de
trabajar en una fábrica durante un año para vivenciar desde dentro la vida de las operarios. Al salir de la fábrica,
le suceden tres experiencias que la llevaron al encuentro del Cristianismo (en Póvoa do Varzim, Portugal, en Asís
y en Solsmes, Francia). Después de esto, un poema llamado “Love” (Amor) del inglés George Herbert la
conduce a la experiencia mística definitiva: sentirse tomada para sí por Cristo. La guerra recrudece y ella debe
dejar Paris con los padres. En Marsella conoce al padre dominicano Joseph Marie Perrin, con quien conversa.
Éste le propone el Bautismo, pero ella lo rechaza, por dificultades que tiene con la Iglesia y por no querer
separarse de lo que hay de verdad en otras religiones. Va a New York con los padres y vuelve a Inglaterra,
esperando poder entrar en Francia para trabajar para la resistencia. Esto no le es permitido y muere sola en
Londres a los 34 anos. Una amiga la bautiza en sus últimos días de vida con agua de la canilla.

Su mística, profunda y verdadera, incluye un gran amor por Jesús Cristo crucificado, viendo en él la revelación
perfecta de Dios. Tiene una gran identificación con los pobres y los desaventurados, a quienes su compasión se
dirige de una manera muy especial. La mística de Simone Weil, como ella misma lo dice, es cristiana, pero
permanece en el umbral de la institución y de la pertenencia oficial.

Desde los tiempos de las colonias portuguesa y española y también en el siglo XX, se encontraron en América
Latina figuras de gran importancia. Una de ella fue Santa Rosa de Lima, nacida en 1586, de familia rica pero que
renunció a todo para convertirse en Tercera Dominicana, viviendo en una gran pobreza. Recibió inmensas
gracias místicas y tenía el don de los milagros, muchas personas la visitaban para verla hacer eso. De ella dijo el
Cardenal Ratzinger: De cierta forma, esta mujer es una personificación de la Iglesia en América Latina. Inmersa
en el sufrimiento, despojada de los medios materiales y de un poder significativo, aunque tomada por el íntimo
ardor causado por la cercanía a Jesús Cristo. [8]
En tiempos más recientes, en el continente latinoamericano, otras grandes figuras místicas aparecieron en el
contexto de una Iglesia que se volcó hacia los pobres, y unió indisolublemente el Evangelio y la Justicia Social.
Ente ellos podemos destacar a Ernesto Cardenal (1925 -) quien siempre fue más identificado como un poeta y
activista revolucionario con fuertes vínculos con la teología de la liberación. Sin embargo, lo que más llama hoy
la atención sobre él y su obra es su perfil espiritual y místico, detectado precozmente por Thomas Merton, su
maestro cuando era novicio en Trapa, entre los años 1957 y 1959.

En 1956 le ocurrió algo profundamente significativo que es considerado por sí mismo una conversión. Fue un
profundo éxtasis místico lo que transformó su vida. Esto significó una experiencia inaugural contemplativa, que
se conjuga con un proyecto solidario al servicio del pueblo. A partir de allí decidió entrar en Trapa, donde bajo la
guía de Merton desarrolló una sintonía entre la vida contemplativa y la vida activa.

Por razones de salud tuvo que abandonar Trapa y después de varias mudanzas de lugar, se estableció en el
archipiélago de Solentiname, en Nicaragua, donde creó una comunidad monástica que buscaba una presencia
espiritual distinta, con la inclusión viva de la comunidad de los pobres. Su mística es una “mística cósmica”, de
apertura al mundo y de sensibilidad a lo real. Tiene una perspectiva que envuelve una mirada profundamente
abierta a la realidad, al cosmos y a su tiempo. Es también una mística centrada en la experiencia de Dios en la
vida, núcleo de su trayectoria espiritual.

En la misma línea del Cardenal, se puede citar a otros místicos que no optaron por una vida contemplativa, pero
que se destacaron por su profetismo ardiente a favor de los pobres y de las víctimas de toda injusticia oriunda de
su vivencia mística. Ellos son: Don Oscar Romero, arzobispo de San Salvador, que con su homilías movilizaba
el país entero y contrariaba los intereses de los poderosos tanto a nivel nacional como internacional. Fue muerto
cuando celebraba misa, en el momento de la consagración, por un tirador de elite contratado por alguien que
estaba interesado en callarlo. Sus diarios y homilías son un ejemplo precioso de un hombre totalmente dócil a la
voluntad de Dios y cuya única preocupación era ayudar a construir su Reino

En Brasil hay otros místicos totalmente comprometidos con los pobres. Se destaca la figura de Dom Helder
Camara, obispo de Olinda y Recife, quien dejó una vasta obra de textos místicos, poético y proféticos.
Silenciado por la dictadura militar, recorrió el mundo defendiendo la causa de los pobres y de la paz. También
Dom Luciano Mendes de Almeida, arzobispo de Mariana, reconocido por su santidad, quien unía una enorme
inteligencia con una profunda mística y dedicación personal y amorosa a los más pobres. Eligió como lema de su
episcopado: “En nombre de Jesús”. De la misma forma Dom Pedro Casaldáliga , obispo de São Feliz de
Araguaia, que además de místico, poeta y de ser un eximio escritor, compuso misas, una sobre la mística de los
pueblos indígenas (Misa de la tierra sin males) y otra sobre la mística de los pueblos afro-descendientes (Misa de
los Quilombos). Sus poemas fueron gestados desde una mística profunda y ardiente, que también es profética y
comprometida.

5 Referencias Bibliográficas

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Lisboa, Assírio & Alvim, 2005

[1] [Link], El fénomeno místico, op. cit., p 211, n. 79

[2] Hoy, los teólogos discuten si sería apropiado llamar al Cristianismo de religión. Se argumenta que Jesús era
judío y no habría pretendido fundar una religión diferente de la suya. En este sentido, sus enseñanzas, su vida y
práctica serían vistos como un camino, una propuesta de vida y no una religión. Sobre eso se puede ver la
interesante reflexión que hace J. Moingt, L’ homme qui venait de Dieu, Paris, Cerf, 1997, y también, del mismo
autor, Dieu qui vient a l’ homme, Paris, Cerf, 2002, vol. I.

[3] Cf. L. Dupré, verb Mysticism, in M. Eliade, (ed) Encyclopedia of Religion, New York, Macmillan, 1987, p
251

[4] ibid

[5] ibid

[6] Cf. L. DUPRÉ, op. cit., p 253

[7] Cf. sobre la proximidad sensorial de Francisco de los pobres 2Celano 85. V. tb el comentario de L. Boff, op.
cit., p 142

[8]Homilia no Santuário de Santa Rosa de Lima, Peru, em 19 de julho de 1986.


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