Alexander Fleming (Darvel, Escocia; 6 de agosto de 1881-Londres, Inglaterra;
11 de marzo de 1955) fue un médico y científico británico famoso por ser el
descubridor de la penicilina, al observar de forma casual sus efectos antibióticos sobre
un cultivo bacteriano, fue obtenida a partir del hongo Penicillium notatum. Fleming se
formó en la Universidad de Londres, donde más tarde sería profesor e investigador en
bacteriología.2 En 1945 se le concedió el Premio Nobel de Medicina. También descubrió
la enzima antimicrobiana lisozima.3
Fleming descubrió la lisozima en 1922, cuando puso de manifiesto que la secreción
nasal poseía la facultad de disolver determinados tipos de bacterias. Probó después
que dicha facultad dependía de una enzima activa, la lisozima, presente en muchos
de los tejidos corporales, aunque de actividad restringida por lo que se refleja a los
organismos patógenos causantes de las enfermedades. Pese a esta limitación, el
hallazgo se reveló altamente interesante, puesto que demostraba la posibilidad de
que existieran sustancias que, siendo inofensivas para las células del organismo,
resultasen letales para las bacterias. A raíz de las investigaciones emprendidas
por Paul Ehrlich treinta años antes, la medicina andaba ya tras un resultado de este tipo, aunque los éxitos
obtenidos habían sido muy limitados.
Alexander Fleming
El descubrimiento de la penicilina, una de las más importantes adquisiciones de la terapéutica moderna, tuvo su
origen en una observación fortuita. En septiembre de 1928, Fleming, durante un estudio sobre las mutaciones de
determinadas colonias de estafilococos, comprobó que uno de los cultivos había sido accidentalmente
contaminado por un microorganismo procedente del aire exterior, un hongo posteriormente identificado como
el Penicillium notatum. Su meticulosidad le llevó a observar el comportamiento del cultivo, comprobando que
alrededor de la zona inicial de contaminación, los estafilococos se habían hecho transparentes, fenómeno que
Fleming interpretó correctamente como efecto de una substancia antibacteriana segregada por el hongo.
Una vez aislado éste, Fleming supo sacar partido de los limitados recursos a su disposición para poner de
manifiesto las propiedades de dicha substancia. Así, comprobó que un caldo de cultivo puro del hongo adquiría, en
pocos días, un considerable nivel de actividad antibacteriana. Realizó diversas experiencias destinadas a establecer
el grado de susceptibilidad al caldo de una amplia gama de bacterias patógenas, observando que muchas de ellas
resultaban rápidamente destruidas; inyectando el cultivo en conejos y ratones, demostró que era inocuo para los
leucocitos, lo que constituía un índice fiable de que debía resultar inofensivo para las células animales.
Ocho meses después de sus primeras observaciones, Fleming publicó los resultados obtenidos en una memoria que
hoy se considera un clásico en la materia, pero que por entonces no tuvo demasiada resonancia. Pese a que
Fleming comprendió desde un principio la importancia del fenómeno de antibiosis que había descubierto (incluso
muy diluida, la substancia poseía un poder antibacteriano muy superior al de antisépticos tan potentes como el
ácido fénico), la penicilina tardó todavía unos quince años en convertirse en el agente terapéutico de uso universal
que había de llegar a ser.
Las razones para este aplazamiento son diversas, pero uno de los factores más importantes que lo determinaron
fue la inestabilidad de la penicilina, que convertía su purificación en un proceso excesivamente difícil para las
técnicas químicas disponibles. La solución del problema llegó con las investigaciones desarrolladas en Oxford por el
equipo que dirigieron el patólogo australiano Howard Florey y el químico alemán Ernst B. Chain, refugiado en
Inglaterra, quienes, en 1939, obtuvieron una importante subvención para el estudio sistemático de las substancias
antimicrobianas segregadas por los microorganismos. En 1941 se obtuvieron los primeros resultados satisfactorios
con pacientes humanos. El desarrollo de la Segunda Guerra Mundial determinó que se destinaran a las
investigaciones recursos lo suficientemente importantes como para que, ya en 1944, todos los heridos graves de la
batalla de Normandía pudiesen ser tratados con penicilina.
Con un cierto retraso, la fama alcanzó por fin a Fleming, quien fue elegido miembro de la Royal Society en 1942,
recibió el título de sir dos años más tarde y, por fin, en 1945, compartió con Florey y Chain el premio Nobel. Falleció
en Londres el 11 de marzo de 1955.