CASO PRÁCTICO
Docente: Luis Felipe Geldres Gallardo
Curso: Psicoterapia cognitiva de Beck Y Ellis
Programa: Segunda especialidad en Psicología Clínica
Universidad Continental.
Escuela de Post Grado
En relación el presente caso clínico, realizar las siguientes consideraciones:
1. Siguiendo el modelo cognitivo de Beck, elaborar una lista de las
posibles distorsiones cognitivas, creencias intermedias y esquemas
nucleares que pueda advertirse en el caso propuesto. (escribe el
pensamiento que sustenta dichas variables).
2. Tomando en consideración la teoría de la TREC de Albert Ellis, realiza
un esquema general del ABC, (situación, cognición, consecuencia),
considerando la situación, pensamientos y consecuencias más
significativas, según su criterio clínico.
3. Advirtiendo las manifestaciones sintomáticas de la paciente-
consultante, determine el diagnóstico clínico. Sustente
argumentativamente el diagnóstico.
4. Realizar una exploración psicopatológica (examen mental) a la
usuaria, en la que se resalten áreas importantes tales como: Actitud,
orientación, atención, memoria, conciencia de enfermedad,
emoción, pensamiento (curso y contenido), lenguaje,
sensopercepción.
5. Mencione y explique cuáles podrían ser los detonantes o
disparadores del cuadro clínico.
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6. Desarrolle un programa de tratamiento psicoterapéutico, priorizando
las estrategias de tipo cognitivo conductual (técnicas cognitivas,
conductuales y emocionales), según el diagnóstico asignado. El
programa de tratamiento contendrá objetivos generales y
específicos, y un número de sesiones no menor a 10 encuentros.
7. La presentación del trabajo debe contar mínimamente con carátula,
la cual contendrá el nombre de los integrantes del grupo, así mismo
una presentación desarrollada por los autores.
María G. Es una joven de 29 años de clase socioeconómica media, trabaja
de administrativa en una multinacional, aunque actualmente, desde hace
cuatro meses, mantiene una interrupción laboral transitoria. Vive sola en un
departamento de alquiler desde que se separó de su pareja hace un año.
Orientada en el tiempo y en el espacio y con aspecto adecuado (aparente
buen cuidado de sí misma). Durante la entrevista, se sienta en una postura
decaída, distantes de la terapeuta, habla con voz apagada y muestra una
fuerte labilidad emocional, por la que constantemente pide disculpas (“lo
siento mucho, no puedo hablar de ello sin ponerme fatal, lo siento…” “Para
que vengo si soy débil”). Cuando se le pregunta por el motivo de su consulta,
refiere “estoy en un pozo del que no sé cómo salir, me siento muerta en
vida”, así mismo refiere “Mi vida esta arruinada”. Este sentimiento le
acompaña desde hace aproximadamente un año y medio, en relación con
conflictos en su pareja, de la que finalmente acabó separándose por
iniciativa de él. “durante seis meses estuve intentándolo todo para que
nuestra relación saliera adelante”. A partir de la ruptura se sintió “hundida”,
se encerró en su casa, no cogía el teléfono porque no sabía cómo
explicárselo a su familia y amigos, manteniendo, sin embargo, su actividad
laboral, aunque con dificultades, hasta hace aproximadamente cuatro
meses, cuando, con motivo de su aniversario, llamó a su expareja y percibió
“nada más que frialdad por su parte” “Soy una estúpida, no sé porque lo
llame”. Desde entonces, prácticamente no sale de casa, llora
constantemente, no siente ganas de nada – “sólo de morirme”-, no puede
evitar darle vueltas a los errores que cometió en su relación, a qué hizo mal
para que su relación fracasara; “algunas veces no entiendo por qué ocurrió,
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otras veces pienso que es normal: cómo me iba a querer” “Si no me acepto,
es porque soy una mujer poca cosa”.
Continuando con la exploración de síntomas, encontramos que el estado de
ánimo triste y la falta de motivación se acompañan de un estado de
irritabilidad manifiesto en sus relaciones interpersonales casi
constantemente: se siente molesta por cualquier comentario de los demás
cuando intentan animarla, pero también cuando siente que los otros “evitan
el tema y no quieren hablar de ello”. Reacciona con rabia hacia sus amigos,
todos con pareja, y se siente incomprendida por ellos cuando la invitan a
salir. Aunque se siente apoyada por ellos, también percibe un mayor
aislamiento progresivo. Explorando el deseo de morir que manifiesta,
refiere que a veces le encantaría dormirse y no volver a despertar. En
ocasiones incluso ha pensado en quitarse la vida, “pero me da demasiado
miedo el dolor y, además, creo que no está bien, no podría hacerlo”. Las
dificultades laborales se relacionaban con problemas de concentración, que
se mantienen, provocados, en parte, por pensamientos intrusivos sobre qué
hará él o dónde estará en ese momento. En cuanto a los síntomas
fisiológicos, presentó insomnio de iniciación (entre dos y tres horas) en el
período de conflictos con su pareja y en el mes posterior. Estos problemas
para dormir han reaparecido en los últimos meses. En este mismo período,
ha notado que come más de lo habitual, lo que le ha hecho ganar peso. Se
siente peor con ese aumento de peso, si bien no presenta distorsión alguna
de la imagen corporal, ni ningún otro síntoma propio de los trastornos
alimentarios. Siente una casi permanente sensación de inquietud, que en
ocasiones ha venido acompañada de vómitos espontáneos después de las
comidas. Su autoestima se encuentra claramente deteriorada: refiere que
con él se sentía segura y su vida tenía un sentido. Ahora sin él siente que no
es nadie. Siente que con esta ruptura ha decepcionado a su familia, ha sido
un golpe para todos, y piensa que, aunque no se lo digan, la ven como la
fracasada de la familia. En cuanto a la respuesta emocional, verbaliza
especialmente sentimientos de tristeza, fracaso, desesperanza, vacío, culpa
y un intenso autodesprecio. Con respecto a su expareja, encuentra
dificultades para describir lo que siente por él: “sólo ganas de llorar y que le
quiero”. En la tercera sesión, comienza a referir sentimientos de rabia por el
daño que le ha hecho, sintiéndose a la vez culpable por esa emoción.
Analizando parámetros asociados a la sintomatología, María describe cómo
sus peores momentos coinciden con las ocasiones en las que ha intentado
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comunicarse con él “sin ninguna respuesta por su parte” y aquellas
situaciones sociales en las que, forzándose a salir, se encuentra sola sin él y
no sabe cómo reaccionar “Me siento vacía, necesito de mi pareja”, “No sé
si vuelva a enamorarme, pues siempre voleará a pasarme esto”. Ha
comenzado a evitar estas situaciones especialmente durante los últimos
cuatro meses. María plantea como problema principal que no puede vivir
sin él, añadiendo, en segundo lugar, la incapacidad para concentrarse y
trabajar en este momento y, relacionado con ello, los problemas
económicos empeorados por la situación de ruptura. El estilo de
afrontamiento es pasivo, centrado en la emoción y rumiativo, dando vueltas
constantemente a las razones por las que su pareja no funcionó y fue un
“absoluto fracaso”. Su modo de relacionarse es sumiso, y manifiesta una
excesiva dependencia con respecto a sus más allegados. A este respecto, se
puede inferir, a partir del discurso de la paciente, la imposibilidad de
sentirse valioso sin el apoyo de personas importantes del entorno.
Sus problemas de concentración y la intensidad de su respuesta emocional
le dificultan enormemente resolver cualquier problema por pequeño que
sea, lo cual no hace sino favorecer su sensación de indefensión.
Revisando antecedentes personales y familiares de la paciente, no se
encuentran problemas psicológicos previos (“en mi casa todos somos muy
felices, bueno, lo éramos hasta esto”). María nunca se había sentido así,
tampoco ha presentado épocas de una especial activación o euforia que
hagan pensar en un trastorno bipolar.
Consultó previamente con un terapeuta cuando comenzó a tener
problemas en la relación, “pero no me sirvió para arreglar mi relación, que
era lo que yo quería”. Durante el período de conflictos con su pareja estuvo
tomando ansiolíticos pautados por su médico de atención primaria, que
introdujo un antidepresivo ante la ruptura. Percibió una leve mejoría en su
ánimo, sin cambios en la sintomatología a los seis meses del inicio del
tratamiento farmacológico, cuando le pidió a su médico que le retirara la
medicación, lo que se realizó de forma paulatina. No notó empeoramiento
posterior relacionado con el abandono de la medicación. Explorando la
demanda, ante la pregunta de por qué consulta en este momento, María
describe cómo en los últimos cuatro meses ha sentido que “se quedaba sin
vida” y no quiere seguir así
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