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Manifestaciones de La Perversión en La Clínica

El documento aborda la complejidad de la perversión en el contexto de la psicología clínica, destacando la relación entre perversión, saber y goce. Se discute cómo la perversión no es necesariamente excluyente del análisis psicoanalítico y cómo se manifiesta en diversas formas, incluyendo el fetichismo y el sadismo. Además, se explora la importancia de las fantasías infantiles en la formación de la perversión y la relación con el complejo de Edipo.

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Manifestaciones de La Perversión en La Clínica

El documento aborda la complejidad de la perversión en el contexto de la psicología clínica, destacando la relación entre perversión, saber y goce. Se discute cómo la perversión no es necesariamente excluyente del análisis psicoanalítico y cómo se manifiesta en diversas formas, incluyendo el fetichismo y el sadismo. Además, se explora la importancia de las fantasías infantiles en la formación de la perversión y la relación con el complejo de Edipo.

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3382 16 2021

MANIFESTACIONES DE LA PERVERSIÓN EN LA CLÍNICA


Mg. Laura Rangone
Ficha de cátedra. Psicología Clínica. Facultad de Psicología UNMdP

Besamos el pie que nos somete. Y la mujer a la que


amo me insufla un miedo terrible.
Tiemblo cuando ella, de golpe, empieza a pasearse por
la habitación y crujen sus vestidos. Todos sus
movimientos sorpresivos tendrán, al mismo tiempo, la
virtud de arrojarme en el pánico.
(Sacher-Masoch, Don Juan de Kolomea, p. 52)

Introducción. La perversión al diván


Sobre el asunto de la perversión la bibliografía psicoanalítica es vasta, sin embargo no siempre
parece un tema princeps y/o de gran difusión, en parte ello puede asentarse en el malentendido de
que los perversos no se analizan, como argumento se menciona que algo en el plano de la
transferencia no anda. Si recordamos, este también era el argumento con el que Freud se detenía
frente a la psicosis, la imposibilidad transferencial.
En Finales de análisis (1988), Colette Soler comienza pensando el inicio del análisis y en ese punto
coloca la neurosis, porque “la perversión se fabrica de un modo tal que no se correlaciona con el
sujeto supuesto al saber.” (p.10).

La pregunta supone un reparto a nivel del saber. Supone, por un lado, un


sujeto que no sabe, pero por el otro, otro que sabe. El neurótico se propone
como no sabiendo, no sabiendo lo que quiere, lo que ama, lo qué es, lo que
tiene, qué hacer, etc. Toda esta clínica de la indecisión fundamental hace
que lo que le falte a un neurótico sea un analista, le viene como anillo al
dedo, porque su posición natural es tratar su división por medio de otro
supuesto al saber. (…)
1
El sujeto perverso, que no está menos dividido que el sujeto neurótico dado
que habla, el sujeto en la perversión, no presenta para nada una
enfermedad de la pregunta, el sujeto perverso sabe que hace gozar al Otro,
lo sabe en acto. (Soler, 1988, p. 31)

Es menester tratar más a fondo el tema de la articulación entre perversión – saber y goce. Según el
caso, la división del sujeto perverso, implica también estos conceptos, porque “(…) el perverso no
sabe al servicio de qué goce ejerce su actividad.” (Lacan, 1963, p. 164). Dejar el “no saber” o,
propiamente, la represión, del lado de la neurosis redunda en una limitación clínica y suele
descansar en una falsa premisa que liga estrictamente una estructura a un “mecanismo”, elevándolo
a la categoría de la causa (por ejemplo: represión, ergo neurosis, o desmentida ergo perversión.).
Que el desconocimiento es un elemento presente en la perversión, es una de las cuestiones que
ampliamente ha destacado Hans Sachs, tomando los textos freudianos. Ahora bien, el contenido de
lo que cae bajo represión puede ser muy diverso en una estructura neurótica y en una estructura
perversa, consecuentemente el plano discursivo es diverso; “(…) el perverso avanza en el decir:
buscando que el goce sea dicho.” (Lutereau, 2015, p. 112) Es en este afán, que su discurso no se
detiene en aquellos lugares donde el neurótico sí (el asco o la vergüenza), presentándose como un
gran cumplidor de la regla fundamental, dice todo cuanto se le viene a la mente. En este contexto el
interlocutor suele preguntarse “¿por qué estoy escuchando esto?” Así, por ejemplo, un paciente
destinaba la sesión a hablar de sus proezas sexuales, con una atención tan extrema por los detalles,
que pretendía ubicarme como voyeur de tal “exhibicionismo verbal”.
En La significación del falo (1959), Lacan afirma que el complejo de castración tiene una función de
nudo “en la estructuración dinámica de los síntomas en el sentido analítico del término, queremos
decir de lo que es analizable en las neurosis, las perversiones y las psicosis.” (p. 653). Como puede
verse, no hace de “perversión” y de “análisis” términos mutuamente excluyentes, situando una
dimensión analizable en “las perversiones”. El plural nos convoca a las múltiples formas de la
estructura perversa (sadismo, masoquismo, fetichismo, voyerismo, etc), pero también a considerar
que la pregunta por la perversión en la clínica no debe limitarnos a la cuestión de la estructura.
En otro lado sostuve que el fantasma es una forma que adquiere la perversión, es ya Freud quien
nos advierte de esto, su emblemático Pegan a un niño (1919), lleva por subtítulo Contribución al

2
conocimiento de la génesis de las perversiones. Allí también menciona la idea de rasgo. Tal vez
tratamos con la perversión más de lo que creemos o estamos en condición de admitir.
El panorama de la manifestación clínica es complejo y versátil, como vimos, en él, la perversión
puede presentarse como estructura, como fantasma, como rasgo, pero también de otras formas,
suplencia en una psicosis, condición (al modo, por ejemplo, de la condición fetiche), y bajo las
llamadas perversiones transitorias, tan ligadas al análisis que adquieren la forma del acting- out.
Abordaremos, claro que sin decirlo todo – incluso bastante escuetamente – estas diversas
manifestaciones, con particular énfasis en algunas de ellas.

El rasgo perverso y el fantasma en la neurosis.


Pegan a un niño, texto de 1919, constituye un hito al interior de la obra freudiana, su importancia
para el tema de la perversión, es análoga a lo que ocurre con Más allá del principio de placer (1920)
en el campo de la pulsión.
El nombre del material, Freud lo toma directamente de su clínica, “pegan a un niño” era la expresión
de varios pacientes suyos, neuróticos (histeria o neurosis obsesiva), que pretendían comunicar en
sesión el contenido de una fantasía a la que recurrían para obtener una satisfacción onanista.
Entonces, fantasma perverso (sado-masoquista) en la neurosis. Lograr que sus pacientes precisaran
quién pegaba y a qué niño, (es decir identificar los componentes imaginarios de ese fantasma) fue
una tarea trabajosa para Freud, por esta vía, consigue diferenciar tres fases en la fantasía de paliza
y reconocer que las primeras fantasías sádico- masoquistas, aparecieron muy temprano,
aproximadamente en el quinto año de vida (lo que desde su conceptualización coincide con el
despliegue de la conflictiva edípica.)
La referencia a lo infantil cobra su importancia, el carácter perverso del fantasma en la neurosis
(como recién lo mencionamos o también como participe en la formación del síntoma) guarda relación
con ese origen infantil, sexual, profundamente olvidado. Sexualidad infantil, perversa, anárquica y
polimorfa. Si el fantasma es un forma que adquieren las perversiones, lo es porque entre sus
múltiples vertientes o incluso funciones se halla la de constituir una modalidad del retorno de la
sexualidad infantil sepultada, por eso Freud ubicaba a la fantasía como retoño, uno muy particular.
Siguiendo los términos freudianos, esa particularidad se justifica en que a pesar de ser una
formación del Icc, cuenta con todas las ventajas de la organización del proceso secundario (de la

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Cc), es una escena o una secuencia de ellas, con lo que esto implica: la presencia de personajes, un
atisbo de cronología y una acción.
Lacan menciona que el fantasma es una gramática, razón por la cual puede resumirse en una frase
(“Pegan a un niño”, por ejemplo.). De una manera muy resumida, es posible afirmar que la pulsión
es verbo. La articulación entre fantasma y pulsión es inquebrantable, lo pulsional es el verbo en esa
gramática.
Las modalidades verbales son siempre triples: Pegar/pegarse/hacerse pegar, por ejemplo. Viraje
que va del sadismo al masoquismo. Destinos de la pulsión que ya Freud desarrolló.
Antes de retomar la vía del fantasma de fustigación del ´19, haré una breve referencia a esa
modalidad perversa del fantasma en la neurosis, que participa en la producción de la sintomatología
y que pueden hallar en los historiales freudianos.
Sobre el final de la Conferencia 23 Los caminos de formación del síntoma, encontrarán de forma
expresa y suscita la alusión a tres fantasías, entendidas como primordiales. Fantasías ligadas a lo
radicalmente olvidado, a lo caído bajo esa fase de la represión llamada precisamente primordial o
primaria, contenido no recordado perse, pero que puede construirse sobre la base de otros indicios.
Una de tales fantasías es la escena primaria, su despliegue sitúa, en este caso, una tríada: “el niño/a
observa el coito entre sus padres.” Es el “observar” el ejercicio de la pulsión parcial, escópica. Placer
de ver. Voyerismo infantil, que por una serie de rodeos o caminos, guarda su función en la
producción del síntoma.
En el hombre de lobos, el sueño de los lobos se entrama con la escena primordial. “Lo que esa
noche se activó del caos de las huellas de impresiones inconscientes fue la imagen de un coito entre
los padres bajo circunstancias no del todo habituales y particularmente favorables a la observación.”
(Freud, 1918, p. 36)
“(…) continuaremos el estudio de los vínculos de esta escena primordial, con el sueño, con los
síntomas, y con la biografía del paciente.” (Freud, 1918, p. 38)
Volvamos al texto del ´19, y a ese uso de la fantasía que la articula, en este caso no con el síntoma,
sino con la satisfacción onanista, que requería para producirse justamente de la escena donde un
niño era pegado.
En un análisis de las tres fases de este fantasma, Freud reconoce que la primera y la tercera de
estas fases eran conscientes, mientras que la segunda tenía un carácter inconsciente, y solo podía
admitirse como una construcción del análisis. Además, mientras el primer tiempo fantasmático no
4
estaba revestido de un carácter erótico que llevara al paciente a la masturbación, el tercer tiempo, sí.
Algo debía acontecer, entonces, en la fase intermedia (icc) para que la fantasía adquiera su tinte
voluptuoso. Segunda fase que Freud reconoce como la más importante y grávida en consecuencias,
teniendo que ver, al tiempo, con la esencia misma del masoquismo.
Esta escena segunda versaba: “El padre me pega”. Tenemos aquí un vínculo dual, intersubjetivo,
son dos personajes: la imagen del propio fantaseador/a y su padre, entre ambos, la acción de pegar.
Recordemos que esta fantasía puede empezar a producirse solo después de la instalación del
Complejo de Edipo, no antes; es decir, los parámetros pulsionales pre-edipicos (oral-anal), no eran
suficientes para dar lugar a la formación de este fantasma.
¿Qué ha ocurrido entonces?
La represión que cae sobre la organización fálica, traerá aparejado no solo el destierro y la
persistencia en el inconsciente de las mociones pulsionales incestuosas, sino también un
rebajamiento regresivo, facilitado por la existencia de un componente sádico devenido autónomo
(rasgo primario de perversión).
“El padre me pega” constituye el equivalente regresivo a la organización sádico-anal, de “el padre
me ama”, contenido edípico caído bajo represión.
Esta fantasía apela entonces al Edipo, pero lo hace en clave sádica/masoquista. “Me pega” es “me
ama.” Es una lectura de lo incestuoso en el idioma del sado-masoquismo.
He aquí la revelación freudiana, su Contribución al conocimiento de la génesis de las perversiones.
No hay masoquismo o sadismo o perversión sin referencia al Edipo.
Antes de Pegan a un niño (1919), lo perverso era asociado a lo cristalizado, a la detención de la
pulsión en una fase anterior a la fálica, y a destinos pulsionales no vinculados a la represión (vuelta
sobre la propia persona, por ej); desde este texto, la perversión se reconducirá al interior de la trama
del Complejo de Edipo, surgiendo en su terreno y permaneciendo como su secuela.
Las esquemáticas equivalencias: perversión = preedípico y neurosis = Edipo y sus consecuencias,
se rompen y las líneas se flexibilizan. Hay rasgos de perversión en la neurosis (la fantasía de “pegan
a un niño” no hace más que atestiguar esto) y los perversos pueden mostrar tanto esbozos de
actividad sexual normal, como represión en relación a la sexualidad infantil (cuestión que de tan
buena gana se remitía antaño al patrimonio exclusivo de la neurosis).

5
Si se consideran las anamnesis obtenidas de las perversiones de adultos,
se observa que la impresión decisiva, la “primera vivencia” de todos estos
perversos, fetichistas, etc., casi nunca se remonta a una fecha anterior al
sexto año. Ahora bien, por esa época el imperio del complejo de Edipo ya
ha caducado; la vivencia recordada, de tan enigmática eficacia, muy bien
pudo subrogar la herencia de aquel. (Freud, 1919, p.189)

Como vemos, en la cita Freud hace referencia no solo al fantasma perverso en la neurosis, sino
también a los perversos en sí.
Según Lombardi: “El psicótico rechaza el Edipo, el perverso permanece en él, el neurótico sale del
Edipo defectuosamente.” (2011, p. 10)
La permanencia del perverso en la trama de complejo no hay que pensarla propiamente como un
estancamiento, que condiciona nuestro entendimiento a una perspectiva lineal-evolutiva de fases
libidinales, sino que hay que situar esa “permanencia” como un modo de eternizar, de no responder
sobre asunto de la castración, lo que paradójicamente es un modo de respuesta, uno que permite
conservar un Otro sin barrar.

La estructura perversa
Freud (1927) inicia su trabajo sobre el fetichismo con una referencia clínica; que rara vez los sujetos
varones cuya elección de objeto giraba en torno a un fetiche, consultaban por este asunto, de modo
que ello apareció de manera suplementaria en la cura. De aquí se deprenden algunas cuestiones: un
fetiche no es un síntoma del que el sujeto padece, podemos decir que no es egodistónico, sino
egosintónico. El perverso no busca des-hacerse de su perversión, la perversión no se cura1,
simplemente porque no es una patología, como sí consideraba la psiquiatría de antaño, que en vano
gasto sus esfuerzos en tornar “normales” a los perversos.
Nos interesará, muy contrariamente a los empeños psiquiátricos (o incluso subvirtiéndolos)
acercarnos a qué es “normal” en esa estructura llamada perversión.
Introducimos ya en los planteos del apartado anterior que la perversión es una respuesta a la
castración. Uno de los movimientos freudianos centrales que encontrarán en el texto del ´27 es que
no se trata de la castración de cualquier ser, sino de la madre. Lo que pretende desmentir el

1
Lo que no implica que se pueda pensar en una dirección de la cura en la perversión, lo que es muy diferente.
6
fetichista es la realidad de los genitales femeninos, erigiendo el fetiche como un sustituto del falo
materno faltante. Sustitución en apariencia lograda, pero que guarda un aspecto fallido el “horror a la
castración” condujo al sujeto a levantar un “monumento recordatorio” y el objeto fetiche resulta hijo o
desciende de que aquello que procura desconocer.
Siguiendo la lógica freudiana, Lacan retrabaja la perversión fetichista en el Seminario 4, con la
introducción de marcas propias, que de alguna manera apuntan a no dejarse engañar por los
componentes imaginarios y por qué estatuto dale, por tanto, al falo. El acento no recae en el falo
imaginario, lo central no es el pene real faltante en la madre. Además “el falo del niño no es mucho
más valeroso que el de la niña.”(p. 195). La falta no es un tema de género, hace a la estructura
humana.
Por otra parte, recordemos que ya Freud hace entrar en la lógica de lo que llama ecuación simbólica,
la equivalencia falo-niño. Lacan reafirma el carácter significante del falo (como elemento que hace
de organizador en el sujeto), y es precisamente porque su interés teórico pasa por esa cuestión, que
el fetichismo, es la “perversión de las perversiones”, en ese momento de su obra. Más tarde, con la
introducción de la categoría de objeto a, la “perversión de las perversiones” será el masoquismo.
Existen en Lacan múltiples coordenadas sobre el asunto de la estructura perversa, por ahora
clarificaré dos: 1) una retraducción del componente imaginario y biográfico (la propia madre) a la
categoría simbólica del Otro y 2) bajo la premisa del carácter siempre parcial de la pulsión (aun en la
neurosis), la disolución del enlace: perversión – acto sexual (“anormal”) y la consecuente ubicación
del asunto en un plano que trasciende el dormitorio.

Si se quisiera reservar el diagnóstico de perversión sólo a las perversiones


sexuales, no solamente esto no desembocará en nada, pues un diagnóstico
puramente sintomático nunca ha querido decir nada, sino que todavía
estaríamos obligados a reconocer que hay muy pocos neuróticos entonces
que escapan a ella. Y no es tampoco a nivel de una culpabilidad de la que
el perverso estaría exento que hallarán ustedes la solución: no hay, por lo
menos en mi conocimiento, un ser humano lo bastante dichoso como para
ignorar lo que es la culpabilidad. La única manera de aproximar la
perversión, es tratar de definirla ahí donde ella está, o sea: a nivel de un
comportamiento relacional. (Lacan, 1962, p.206)
7
La estructura perversa tiene que ver con un modo de relación al Otro, que puede situarse más allá
de las “aberraciones sexuales” (sin necesariamente excluirlas) y que implica una serie de maniobras
a fin de salvaguardar la entereza del Otro, de conservarlo “intacto”.
Antes de continuar por esta vía, una breve bifurcación. En la cita leemos aún algo más. Es común
escuchar que la culpa falta en los perversos, lo que aparecería como subsidiario al hecho de que no
armaron un superyó; definitivamente no lo hicieron al modo neurótico, pero no por ello está ausente.
Mitos de este calibre circulan, dada la dificultad de “entender” la perversión desde la neurosis. Como
neuróticos solo podemos “soñar con la perversión”.
Otro tanto ocurre con la idea de que los perversos logran una satisfacción sin freno, lo cual no es
más que una fantasía neurótica que asume que «el perverso sí que sabe de sexualidad libre, de
deseo y de goce»; cuando “en verdad los perversos son más bien unos pobres diablos que tienen
que pagar un precio altísimo por esa satisfacción que tan trabajosamente se conquistan.” (Freud,
1916, p. 293)
Lejos de la idea de libertad o de libertinaje, los perversos toman sobre sí una trabajosa tarea, titánica
(y de alguna manera imposible), eclipsar la falta del Otro, su incompletitud. El sujeto perverso “se
dedica a tapar el agujero en el Otro.” (Lacan, 1969, p 230).
La estrategia para esto es identificase con eso que “encastra” en la falta o digamos aquello que es
su correlato, el resto, el objeto a, cosa a la que el masoquista se aproxima de una forma impecable,
él es el residuo, vertiente del a en tanto que “desecho”, “lo echado a los perros.”
Exhibicionismo, voyeurismo, masoquismo, sadismo, implicarán diferentes estrategias por las que el
sujeto perverso se ofrecerá como a del Otro; empedernido “defensor de la fe”, “auxiliar de Dios”, que
se sostiene en la lógica del sacrificio del acto que ofrece a un goce que no le es propio.
Este comprimido intento de escritura es cuanto menos fragmentario, pero aún en un recorrido tan
simplificado, hay un asunto que no podemos obviar y que está atado al objeto a, en tanto es su
única manifestación subjetiva: la angustia.
Desde Kraff-Ebing, sadismo y masoquismo, remitidos a la categoría de perturbaciones sexuales, se
han ligado mayormente al infligir o recibir dolor corporal; sin embargo es el propio médico quien
destaca que lo esencial en estas perversiones, no es el dolor, sino la sumisión. Lacan no se quedará
en este plano, no se contentará con ninguno de estos términos; ni dolor (por lo común ligado al
sufrimiento corporal), ni sumisión (corrientemente asociada a un sufrimiento moral), serán suficientes
8
para situar las coordenadas del deseo sádico y del deseo masoquista. “No es tanto el sufrimiento del
otro lo que se busca en la intención sádica como su angustia.” (Lacan, 1963, p. 117). A lo que
apunta el sádico es a poner en primer plano, ese carácter subjetivo particular que es la angustia, lo
cual sólo podrá sostenerse, articularse en una escena. Otro tanto podrá decirse del masoquista y la
angustia, de allí que sea habitual que quien se tope con un perverso la experimente, tal vez algo de
ello le ocurrió a Michel de M’ Uzan, quien en la década el ´70 publica Un caso de masoquismo
perverso. Esbozo de una teoría. (1972). En este material podemos notar una suerte de fascinación
horrorizada del analista por el relato de M, un sujeto que lo perturba y angustia al introducir un sinfín
de prácticas masoquistas. De M’ Uzan no duda en ubicar allí a la perversión como estructura. No
necesariamente la perversión es la espectacularidad del caso M, pero lo introduciremos porque nos
permite pensar el diagnostico diferencial, ya que en torno al mismo caso, otro autor, Jean-Claude
Maleval, plateará un diagnóstico diferente, que en este texto también nos interesa destacar.2

De M’ Uzan entrevista a M, cuando este tenía 65 años, no es alguien que recurre al análisis, sino
que acepta que lo vea el analista por sugerencia de una radióloga, y confiesa que tiene la esperanza
de “comprender mejor su extraño estatuto” (de M’ Uzan, 1972, p.14), reconoce al tiempo que su
caso pude ser útil a personas que tuvieran la misma perversión que él. Su actitud frente al
interlocutor, si bien parecía amena, era en verdad artera y provocante, afirmaba que habiendo leído
todo sobre el masoquismo, había quedado particularmente decepcionado. Vemos entonces que se
presentaba, fundamentalmente como alguien que deja el saber de su lado, ¿quién podría saber del
goce más que él?
Como contrapartida el analista reconoce, ya en la primera carilla del artículo, que las prácticas de M
eran tal llamativamente espectaculares, crueles, extremas, que él se sentía de entrada incapacitado.
Sus encuentros con M se limitaron a dos largas entrevistas, existiendo la posibilidad de continuar
viéndolo, el analista decidió no hacerlo. Hay que destacar también que le toma 10 años, empezar a
escribir el caso.

2
El valor que tiene la diferencia diagnóstica, para el caso puntual de M está perdido, es decir, se trata más de
una polémica entre autores que del verdadero uso del diagnóstico, que como saben es un proceso indisociable
de la dirección de la cura. Sin embargo tal cuestión nos sirve a nosotros para plantear las complejidades del
diagnóstico diferencial, su importancia clínica, y algunos parámetros en torno a la psicosis y a la perversión.

9
M estaba ya retirado de su trabajo, había sido un obrero calificado con participación sindical; tenía la
apariencia de un señor muy tranquilo, vivía con su hija adoptiva y el marido de esta en un hotel
pequeño. Su familia nada sabía de su perversión y él prefería que así permanezca. Su cuerpo, que
ocultaba a los ojos de sus familiares, era la imagen misma de las consecuencias de su perversión.
Tatuajes con leyendas obscenas cubrían todo su cuerpo, a excepción del rostro, entre ellos
encontramos: “No soy ni hombre, ni mujer, sino un puta carne de placer.” “Soy un inodoro viviente”.
“Me hago mear y cagar en la boca…”. Completaban el cuadro cicatrices, laceraciones, amputaciones
con elementos cortantes, quemaduras con hierro, introducción de elementos o materiales en el
cuerpo (agujas o plomo fundido), un dedo de sus pies faltaba, se lo había cortado el mismo con una
sierra por orden de su pareja, en la espalda había sido cortadas lonjas para pasar por ahí ganchos a
fin de que M pudiera ser suspendido mientras un hombre lo penetraba. El recto fue ensanchado por
medio de una operación para que parezca una vagina, numerosas púas fueron fijadas al interior de
los testículos, durante años ingirió de forma cotidiana orina y excrementos, el pene también
mostraba importantes sevicias, era azul por haber recibido inyecciones de tinta china, tenía clavada
una aguja imantada capaz de desviarse como una brújula, etc.
Lo excesivo de las prácticas de M, lleva a De M’ Uzan a dudar de ellas o creer que exageraba, sin
embargo eran, en su mayoría comprobables, por las secuelas en el cuerpo, que habían sido
largamente examinadas por diferentes profesionales. La incredulidad del analista se liga tal vez al
rechazo y angustia que experimentó en sus entrevistas con el sujeto.
Otros puntos del relato de M que levantaban las sospechas del analista son un pasaje al acto que
describe y el hecho de que en sus vacaciones recorría distancias de cientos de kilómetros
caminando. Respecto del pasaje al acto consiste en un supuesto asesinato, no corroborado. Cierta
vez fue víctima de una agresión nocturna, al parecer en la calle por un transeúnte, M reaccionó
ahorcando al agresor y creyó que lo había matado ya que al día siguiente vió la noticia de la muerte
de un hombre en circunstancias análogas, por lo que supuso que era el sujeto que había intentado
atacarlo.
M era hijo único de padres de edad avanzada, madre tierna, padre un poco rígido. Sus prácticas
masoquistas comenzaron tempranamente a la edad de 10 años, precocidad que según De M’ Uzan
coincide con lo planteado por diversos autores en relación al tema del masoquismo. En el colegio
buscaba castigos corporales y mostraba ya atracción por la orina. Fue sodomizado por un supervisor
y objeto de sevicias sexuales por parte de varios compañeros, que sin embargo retrocedían, no
10
osaban pasar directamente al acto, por ejemplo para atravesarle el brazo con agujas. En los juegos
sexuales adoptaba exclusivamente una posición femenina, era la “joven pública” y eso lo satisfacía.
Se casa a la edad de 25 años, con una prima 10 años menor, que también era masoquista, lo que
de alguna manera parece asombrar al autor que afirma que no se trataba de la clásica mujer cruel y
autoritaria compañera del masoquista.
Se infligen mutuamente algunas sevicias por “afecto mutuo”, durante los primeros tres años de
casados muestran una actividad sexual normal en paralelo a las prácticas masoquistas. Este
matrimonio dura 8 años, tiempo tras el cual M enviuda, su esposa muere de tuberculosis, empero no
se descarta que en su muerte hayan participado otros factores directamente relacionados a la
severidad de su vida sexual, por ejemplo, gustaba de ser crucificada.
De su matrimonio M tiene una hija. La muerte de su esposa lo afecta terriblemente y cae en un
estado depresivo, también contraer tuberculosis, pero se cura luego de una internación de dos años.
Las prácticas masoquistas disminuyeron en ese tiempo, siendo retomadas con hombres. M se casa
nuevamente, ahora con una prostituta, este matrimonio termina en divorcio, ya que las actividades
ilegales de esta esposa lo podrían exponer a procesos judiciales, cosa que M pretendía evitar. Dice
además el analista “Deja entender por otra parte, que le había chocado la falta de moral de su nueva
compañera.” (de M’ Uzan, 1972, p. 17). Antes del divorcio, adoptan a una joven de 14 años que era
empleada en su casa. M tenía entonces 47 años y sus prácticas perversas cesan por completo; se
vuelca a la vida familiar, con su hija biológica mantiene vínculo por medio de cartas; dirá de ella que
no cree que sea masoquista, salvo que tuvo 10 hijos.

Los fenomenales actos masoquistas son remitidos por el autor a la estructura perversa, para de M’
Uzan solo un perverso es capaz de las sevicias y actos de M. Sitúa tres elementos en el análisis del
caso: la evolución del masoquismo, el papel del dolor y las relaciones con los otros. En relación al
primer punto (el de la evolución) ya hemos indicado que la apoyatura en cierta bibliografía le permitió
afirmar que al igual que el resto de los masoquistas existía en M, una aparición temprana de su
perversión, en los tiempos infantiles. Respecto del dolor dirá que es un elemento central ya que se
encuentra ligado a la excitación sexual y es un medio para el placer en este sujeto y dice: “De ahí la
actitud característica del masoquista que exige sin cesar a su acompañante un incremento de las
torturas. (…) en ese momento no teme nada más y es el sádico quien retrocede ante el carácter
extremo de la demanda: “en el último momento el sádico se desinfla siempre.””(p. 19).
11
Respecto de las relaciones con los otros, se destaca en el texto como M y su mujer “eran realmente
esclavos” (p. 21) de los amantes ocasionales. Lo que denota alguna articulación con la tradicional
idea que liga masoquismo con pasividad, sin embargo bien señala el autor, en relación a lo que
plantea como la renuncia de la voluntad en M, que éste no resultaba mero objeto pasivo de las
sevicias ejercidas por otros, pasaba a la acción de forma discreta, silenciosa diríamos, haciendo de
su radical o excesivo renunciamiento algo que en verdad (y secretamente) le permitía la iniciativa.
De M’ Uzan no se detiene demasiado en este hecho, que es empero, fundamental en el
masoquismo.
En función de distintos pasajes del texto podemos afirmar que allí donde de M’ Uzan sitúa los
elementos que lo llevan a pensar en esta estructura, allí es donde la perversión no está, (como por
ejemplo el peso que le atribuye a lo constitucional) mientras que aquellas cosas que le parecen una
excepción o algo inexplicable, que no cuadra, allí si se nota la perversión masoquista (por ejemplo
un partenaire no sádico o lo que recién mencionamos de la iniciativa del masoquista). Es de
subrayar la no compatibilidad entre sádico y masoquista, no hay pareja sadomasoquista, no hay
relación sado-masoquista, asumir tal ensamble perfecto es un fantasma neurótico que responde a
negar una negativa fundamental, que no hay relación sexual.

Suplencia perversa en una estructura psicótica.


Tardíamente en las producciones lacanianas (mediados de la década del 70) encontraremos el
concepto de “para-psicosis” (protección contra la psicosis). Es una noción que se liga a ciertas
modalidades de suplencia fabricadas por los psicóticos para “enmendar” la forclusión del significante
del NdP.
Parte del trabajo de Lacan por esa época se centró en mostrar cómo la escritura de James Joyce
cumplía esa función protectora de suplencia3, destacó además del artista irlandés cierta tendencia a
la perversión, “no se excluye en absoluto el masoquismo entre las posibilidades de estimulación
sexual de Joyce (…)” (1976, p. 147); subrayando, empero, que no se trataba de un perverso. “Si
Joyce se interesó tanto en la perversión, fue quizá por otra cosa. (…). Quizá no era un verdadero
perverso.” (1976, p. 149)
A estas dos “características” de Joyce (la escritura y la perversión), se suma otra, la presencia de
trastornos psicosomáticos. Según Jean-Claude Maleval (1995), la ligazón entre estructura psicótica

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“Por este artificio de escritura, se restituye, diré yo, el nudo borromeo.” (Lacan, 1976, 149)
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y prácticas perversas es un hecho contrastable frecuentemente en la clínica, y “cuando un sujeto
psicótico se dirige a un analista y no hay alucinaciones ni delirio, es raro que no presente alguna de
estas tres características. Lo mismo ocurre con Joyce que combina las tres.” (Maleval, 1995, s/n)
Escritura, perversión y psicosomática, en combinación o de forma independiente, pueden oficiar de
suplencia en estructuras psicóticas.
Una de las cuestiones centrales que destaca Lacan y que retoma Maleval respecto de Joyce (pero
también de Schreber o de las estructuras psicóticas), es una muy particular relación con el cuerpo,
entendida como “puesta a distancia” asociada a una falla imaginaria, o propiamente a una falla del
anudamiento de los registros. Así, Joyce describe como, en cierta ocasión, luego de haber recibido
una paliza de compañeros, no siente ningún rencor y constata respecto de su cuerpo que “se suelta
como una cáscara” (Lacan, 1976, p. 146). Vivencia de desecho, versión del a en tanto resto.
Según Maleval, formas extremas de masoquismo perverso, como el caso M, atestiguarían tal puesta
a distancia en relación al cuerpo y, en función de este y otros argumentos que desarrolla
ampliamente en su artículo, concluye que el paradigmático caso debería ser entendido bajo el
diagnóstico de psicosis, con suplencia perversa (un masoquismo que reposa sobre un
funcionamiento psicótico). Exploraremos algunos de sus argumentos.
El Sr M pone en evidencia que en los casos en que la imagen narcisista constituye una casulla
precaria en el cuerpo, éste se reduce a un objeto caído. Esta lógica iluminaria las extremas sevicias
soportadas por el entrevistado de de M´Uzan como, por ejemplo, portar de manera permanente
agujas de fonógrafo en los testículos y en el pene o la ingestión diaria de orina y heces durante
años.

La extrañeza de su relación con el cuerpo, al igual que su carencia


imaginativa, constituyen un indicio de que en este sujeto el elemento
imaginario se desprende, pero todo indica que la puesta en juego de un
fantasma perverso parece ser apta para remediar la falla del anudamiento
borromeo. Resulta que la humillación de su ser se encuentra velada para él
por una imagen narcisista de omnipotencia. (…) Es “insumergible”, según el
calificativo empleado por Lacan para designar la posición de un psicótico.
(Maleval, 1995, s/n)

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Al tema de la relación con el cuerpo, la labilidad imaginativa y el carácter omnipotente, Maleval
agrega otras cuestiones, se pregunta así por la feminización de M, a su vez reflejada en particulares
tatuajes degradantes (“Soy una puta: sírvanse de mí como de una hembra, gozarán bien”. “Soy una
puerca: culéenme”. “No soy ni varón ni mujer, sino una puerca, una puta, una carne de placer”, etc.)
o el hecho de alargar su recto para que parezca una vagina, y menciona que si bien la sumisión
masoquista tiende a feminizar al sujeto, en el caso del Sr. M, es posible considerar que se trate del
fenómeno de “empuje a la mujer”, propio de la psicosis.
Subyace a la fenomenología presentada por M que su economía libidinal está a merced del goce del
Otro, la función paterna no intervino imponiendo el límite fálico. M rechaza la castración simbólica.
En esta misma línea es posible pensar aun otros observables como cierta confusión en las
identificaciones, que constituyen fenómenos reduplicativos (y no adquieren el sentido diferenciado
propio de las neurosis, por ejemplo), los vínculos son confusos: él es como su mujer y su mujer es
como él; ella es su pariente y él es como sus padres. Son identificaciones imaginarias, no
simbólicas. Esto apunta a sopesar que el Sr. M se haya estructurado de forma marginal a la
problemática edípica; falta en él la estabilidad de un fantasma fundamental (que la castración
simbólica habría permitido instaurar).

Perversiones transitorias
Se trata de ciertos raptos de perversidad en sujetos no necesariamente perversos desde el punto de
vista de su estructura, y que pueden producirse en el marco de un tratamiento, de allí que
anticipamos se asocia a la noción de acting out. En este caso, tales raptos, son referidos
específicamente al tema de la sexualidad, en el sentido de actos sexuales y pueden disolverse o
interrumpirse de manera repentina.
En el Seminario 4, Lacan hace referencia a esta modalidad de la perversión, como reacciones
perversas (1956, p.91) de pacientes, advenidas a partir una particular interpretación del analista (de
allí su referencia al término reacción). Menciona, por ejemplo, el caso de un adolescente que exhibía
sus genitales en una estación de trenes. Se trataba de un muchacho que en su tratamiento había
manifestado serias dificultades para mantener relaciones sexuales, la intervención del analista
apuntaba a promover o inducir, en el plano de la realidad, digamos, que el paciente en cuestión
busque partenaires con quienes concretar el coito.

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Otra casuística rica en este sentido, se halla en un artículo de Ruth Lebovici, denominado Perversión
sexual transitoria durante un tratamiento psicoanalítico (1956), al que Lacan se refiere en más de
una ocasión.
El paciente de Lebovici, es un sujeto fóbico que presentaba como síntoma inicial el temor a ser
demasiado grande, lo que hacía que tome una postura muy encorvada. Llevaba una vida con serias
limitaciones, resguardándose en el ámbito familiar. Tenía una amante, quince años mayor que él,
que “le fue proporcionada por su madre.” (Lacan, 1956, p. 90). Más avanzado el tratamiento, y a
partir de un sueño repetitivo, se sitúa como objeto fóbico la imagen de un hombre con armadura, con
un tubo de fly-tox (un tipo de insecticida que se esparcía bombeando un artefacto con forma de
tubo), específicamente el paciente temía ser abordado en la oscuridad y asfixiado por ese hombre.
La interpretación de Lebovici giró en torno al tema de la madre fálica. Interpretación que la propia
analista llegó a cuestionarse luego.
El efecto de esta intervención fue una reacción perversa (que al parecer duró tres años) y, lo que en
un inicio fueron fantasmas, donde era observado en el acto de la micción por una mujer que se
excitaba, o era él quien observaba; pasaron luego a la acción, consistente en masturbarse mientras
espiaba a mujeres orinar en el baño de un local.
La reflexión de la autora la lleva a considerar que ella misma había tomado un tono de interdicción
mucho más potente incluso que el de la propia madre el paciente. “Todo indica que la entidad de la
madre fálica surge por lo que la autora llama sus propias posiciones contratransferenciales.” (Lacan,
1956, p. 92).

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