4.3. El reinado de Fernando VII.
La cuestión sucesoria
El sexenio absolutista (1814-1820)
Napoleón devolvió el trono de España a Fernando VII (1813-1833), en virtud del Tratado de Valençay
(diciembre de 1813). El rey rechazaba el nuevo sistema político constitucional (monarquía parlamentaria)
definido en las Cortes de Cádiz, por lo que tanteó a su regreso los apoyos con los que contaba. Apoyaban el
proyecto absolutista de Fernando VII buena parte del Ejército, las clases populares, el alto clero y sesenta y
nueve diputados serviles, apoyo que se concretó en el Manifiesto de los Persas (12-IV-1814) que animaba al
rey a anular la Constitución de 1812, así como toda la labor legislativa de las Cortes de Cádiz y a restablecer
el absolutismo y las Cortes tradicionales del Antiguo Régimen.
Con la promulgación del Decreto de Valencia (mayo 1814), Fernando VII anuló la Constitución y los decretos
de las Cortes de Cádiz. El rey restituyó la estructura del Antiguo Régimen e inició una campaña de represión
contra afrancesados y liberales, exiliándose en gran número (Francia y Reino Unido). En la clandestinidad, los
liberales formaron sociedades secretas y recurrieron a pronunciamientos, encabezados por militares, que
fracasaron y fueron duramente reprimidos: Mina (1814), Díaz Porlier (1815), Lacy (1817).
Esta primera etapa del reinado estuvo marcada por graves problemas: inexistencia de un proyecto político,
inestabilidad gubernamental por las activas camarillas cortesanas, la crónica crisis hacendística, las secuelas
de la guerra, las revueltas por la emancipación americana y la permanente amenaza de la oposición liberal.
El Trienio liberal o Constitucional (1820-1823)
El 1 de enero de 1820 tuvo lugar el pronunciamiento en Cabezas de San Juan (Sevilla) del comandante Rafael
del Riego (al mando del cuerpo expedicionario con destino a América para sofocar las rebeliones),
generalizándose la insurrección posteriormente al resto de España. Riego proclamó la Constitución de 1812
y en marzo de 1820, Fernando VII se vio obligado a jurar la misma, convocando Cortes (“Marchemos
francamente y yo el primero por la senda constitucional”).
Las nuevas Cortes desarrollaron un proceso de reformas que se centraron en la cuestión religiosa, economía
y administración, tomando las siguientes medidas:
▪ Económicas: liberalización, con fin de aduanas y gremios.
▪ Administrativas: Código Penal; creación de la Milicia Nacional (para la defensa del régimen liberal);
Reglamento Instrucción Pública, abolición del régimen señorial...
▪ Religiosas: reducción del diezmo, desamortización de bienes eclesiásticos, abolición de la Inquisición...
El Trienio Liberal (1820-1823) fue un periodo inestable, debido a varias circunstancias:
a) División de los propios liberales:
▪ Moderados o doceañistas (Martínez de la Rosa, Argüelles) partidarios de un activo papel político de la
Corona y de medidas moderadas (sufragio censitario, cortes bicamerales).
▪ Exaltados o veinteañistas, (Mendizábal, Alcalá Galiano) partidarios de un menor papel del Rey y de
mayores libertades (soberanía nacional, cortes unicamerales).
b) La oposición absolutista. El propio Fernando VII utilizó el veto suspensivo para boicotear la labor de las
Cortes y conspiró desde el comienzo, con el apoyo de los absolutistas o realistas (parte del ejército, clero,
campesinado). Estos encabezaron desde 1822 varios intentos fallidos de restaurar el absolutismo:
▪ Creación de sociedades secretas (Juntas Apostólicas)
▪ Sublevación de la Guardia Real y actividad guerrillera proabsolutista en Navarra y Cataluña.
▪ Regencia de Urgel, que asumió la legitimidad, al considerar cautivo a Fernando VII.
El propio rey conspiró y buscó la ayuda de las grandes potencias absolutistas europeas (Santa Alianza). En
abril de 1823 entraron en España el ejército francés de los Cien Mil Hijos de San Luis (Duque de Angulema).
Los liberales ofrecieron escasa resistencia y marcharon con Fernando VII como rehén a Andalucía, pero en
Cádiz fue liberado, siendo restaurado por segunda vez el absolutismo.
La Década Ominosa (1823-1833)
Fernando VII declaró nulos todos los actos del Trienio Liberal, excepto la abolición de la Inquisición, volviendo
al absolutismo. Para asegurar su poder, suprimió la Milicia Nacional y organizó a los Voluntarios Realistas
(milicia fiel al absolutismo), al desconfiar del ejército. A la vez, los liberales fueron ferozmente represaliados:
ejecuciones (incluida la de Riego), miles de encarcelamientos y hasta 20.000 personas se exiliaron en Francia
y Reino Unido.
Sin embargo, desde 1825, tras la pérdida de los territorios americanos, Fernando VII experimentó cierta
moderación: sin renunciar al absolutismo, impulsó una política de reformas técnicas en la administración y la
economía, con el fin de solucionar el atraso económico y los graves problemas hacendísticos del estado. Las
medidas más destacadas fueron la creación del Consejo de ministros, la Bolsa de Madrid (1831), el Banco de
San Carlos, el Tribunal de Cuentas y los primeros Presupuestos Generales del Estado. El resultado de las
medidas fue muy limitado.
Este reformismo encontró el rechazo de los liberales, al considerado insuficiente, y fue interpretado por los
absolutistas más extremos como signo de debilidad del rey (cesión ante los liberales), que comenzaron a
organizarse en torno al hermano del monarca, Carlos María Isidro (carlistas), que aspiraba al trono y
conspiraba contra Fernando, provocando una división entre los absolutistas:
▪ Reformistas: Absolutistas partidarios de reformas técnicas para la supervivencia del estado.
▪ Apostólicos: Absolutistas radicales (ultrarrealistas), que defendían el absolutismo pleno sin reformas,
y en oposición a la nueva política del rey. Organizados en Juntas Apostólicas iniciaron campañas de
desprestigio contra el rey y a favor de don Carlos. El suceso más grave por ellos protagonizado fue la
Revuelta de los Agraviados (1827), siendo Cataluña su principal escenario.
Además, la activa oposición liberal en el interior (ejecución de María Pineda, 1831) y desde el exterior se
tradujo en conspiraciones y pronunciamientos fallidos, destacando el desembarco del general Torrijos
(Málaga, 1831).
Al final del reinado tuvo lugar un grave problema sucesorio. Tras la muerte de su esposa María Antonia de
Borbón en 1814, Fernando VII quedó viudo sin descendencia directa, volviéndose crucial la cuestión sucesoria,
ya que no tenía heredero que pudiera garantizar la continuidad de la dinastía, siendo su hermano Carlos
María Isidro el primero en la línea de sucesión.
En 1829 el monarca contrajo matrimonio con su sobrina María Cristina de Borbón, naciendo una niña, Isabel
en 1830. Con el fin de que su hija Isabel pudiese reinar, en 1830 Fernando VII abolió la Ley Sálica, que impedía
reinar a las mujeres, mediante la firma de la Pragmática Sanción, autorizando así la sucesión femenina al
trono. Carlos María Isidro y los apostólicos se opusieron a esta decisión y defendieron la interpretación
tradicional de la Ley Sálica, que excluía a las mujeres de la sucesión, surgiendo así el carlismo, en defensa de
los derechos dinásticos de D. Carlos. En este contexto, Fernando VII optó por un acercamiento a los liberales,
desterrando a su hermano a Portugal en 1833.
Tras la muerte de Fernando VII, Carlos María Isidro se proclamó a sí mismo como Carlos V, desencadenando
así la Primera Guerra Carlista (1833-1839), un conflicto no solo sucesorio, sino también ideológico, pues el
carlismo defendía el mantenimiento del Antiguo Régimen, frente al liberalismo que defendía una profunda
transformación del estado.