Desigualdad y Despidos en Tiempos de Crisis
Jesús dijo: "No harás injusticia…"
La situación económica y social bajo el gobierno de Javier Milei ha generado intensos debates en
la sociedad argentina. La administración ha prometido una reducción de la inflación, pero los
métodos utilizados han planteado serias preocupaciones sobre el bienestar de la población,
especialmente la clase trabajadora y los sectores más vulnerables. El gobierno ha implementado
un ajuste que apela a métodos coercitivos y de intervención del mercado, impactando
directamente los derechos de los trabajadores. La intención de controlar los es una señal clara de
que el sacrificio se carga sobre quienes menos tienen.
El sistema económico actual, caracterizado por una economía que parece estar estancada,
amenaza con reproducir ciclos de crisis que afectan a las clases populares. Las experiencias
pasadas de caídas abruptas en la matrícula escolar y la movilización entre instituciones
educativas nos indican que, sin una intervención activa y solidaria del Estado, muchos jóvenes se
verán excluidos del sistema educativo. Es imperativo que el gobierno reevalúe sus políticas
económicas. Proponemos restablecer y fortalecer las paritarias como mecanismo de negociación,
asegurando aumentos salariales que estén a la altura del costo de vida. Asimismo, es fundamental
aumentar la inversión en educación, garantizando que todas las instituciones, especialmente las
más vulnerables, puedan ofrecer educación de calidad.
La alarmante situación de los trabajadores en Argentina agrava aún más este problema. Desde
diciembre de 2023 hasta octubre de 2024, los sueldos formales han crecido por debajo de la
inflación, perpetuando la pobreza y la desigualdad. Las paritarias, históricamente un mecanismo
de defensa para los trabajadores, están siendo debilitadas. La mayoría de las negociaciones
salariales actuales ni siquiera logran compensar el aumento del costo de vida. Este panorama de
precariedad e injusticia no solo afecta a los educadores, sino que también compromete el acceso
a una educación de calidad para los sectores más vulnerables, evidenciando la necesidad de una
gestión educativa que sea transparente y responsable, sin que la financiación estatal perpetúe un
sistema desigual que no rinde cuentas a la comunidad.
La precarización del sistema educativo es una preocupación urgente, especialmente ante la crisis
que atraviesan las instituciones educativas privadas, que enfrentan descensos en la matrícula por
falta de recursos y el aumento de costos operativos que no pueden trasladar a las cuotas. En este
contexto, es fundamental cuestionar la financiación estatal a escuelas privadas, como las
instituciones católicas, incluyendo aquellas de la Fundación Armstrong en González Catán. A
pesar de recibir fondos públicos, muchas de estas escuelas carecen de un control adecuado por
parte del Estado, generando interrogantes sobre el uso eficiente de esos recursos y su
cumplimiento de obligaciones educativas y sociales.
No obstante, al financiar a las escuelas católicas que no cumplen con sus obligaciones, el Estado
está desviando recursos que podrían ser utilizados para fortalecer el sistema educativo público y
garantizar una educación inclusiva y accesible para todos. Este desvío es especialmente crítico
cuando hay evidencias de mala gestión y falta de transparencia en las instituciones que se
benefician de los fondos públicos. También es necesario implementar políticas socioeconómicas
que prioricen a los sectores trabajadores y a las familias en situación de vulnerabilidad,
asegurando el acceso a servicios básicos y a una educación inclusiva.
Un destacado representante de una institución educativa en González Catán describió con pasión
su compromiso hacia la educación popular y su cercanía con los más pobres. Sin embargo, sus
declaraciones resuenan en un contexto contradictorio, donde la misma institución que aboga por
la inclusión y el acceso a la educación se enfrenta a la realidad de despidos en su cuerpo docente
y de apoyo. En la desacreditación a un secundario estatal asociado a un sindicato del no hizo mas
que menospreciarlo. Así mismo con un programa juvenil al cual no apoyo en tanto materiales y
funcionamiento.
Este representante destaca la importancia de ofrecer alternativas a los estudiantes que se ven
excluidos del sistema educativo tradicional, promoviendo un régimen de promoción especial que
busca mantener a los jóvenes dentro de la escuela. Esta actitud de compromiso con la educación
y la dignidad de los alumnos es encomiable, pero se vuelve problemática cuando la institución,
que se presenta como un bastión de derechos y dignidad, actúa en contra de esos mismos
principios al despedir trabajadores que son parte esencial de esta misión educativa. Trabajadores
ue viven, sienten y hacen del barrio un lugar donde vivir mejor, vender hacia el afuera pero
azotar hacia al adentro.
El discurso de solidaridad y compromiso con la comunidad que se escucha en sus palabras
contrasta con las decisiones de la institución en momentos de crisis, donde se opta por eliminar
puestos de trabajo en lugar de buscar alternativas que prioricen la estabilidad del personal y la
continuidad educativa de los estudiantes. La retórica de la educación popular y el
acompañamiento al pueblo se desdibuja cuando las acciones de la propia escuela atentan contra
su personal, quienes son los encargados de llevar a cabo esa misión de inclusión y formación
integral.
La crítica a la lógica de mercado, que se menciona en el diálogo sobre la importancia de educar
desde y para la comunidad, se vuelve incierta si, al mismo tiempo, se despliega una estrategia de
despidos que responde a la búsqueda de reducción de costos, empobreciendo a los trabajadores al
dejarlos sin empleo, en lugar de realizar una inversión en el bienestar y desarrollo de la
comunidad educativa. Esta dualidad plantea serios cuestionamientos sobre la verdadera voluntad
de la institución de mantenerse al servicio de los más necesitados, o si simplemente se adapta a
un discurso que ya no refleja una acción coherente con sus principios.
La educación popular se basa en la idea de que el proceso educativo debe surgir de las
realidades, experiencias y necesidades de las comunidades, empoderando a sus miembros. Sin
embargo, esta concepción se contradice flagrantemente cuando los mismos preceptores que
promueven la inclusión y la dignidad son despedidos, contribuyendo a la precarización de
quienes trabajan para ofrecer esas alternativas educativas. Esto no solo afecta a los trabajadores
despedidos, quienes ven vulnerados sus derechos laborales y su sustento, sino que también
impacta negativamente en los alumnos, que pierden a sus educadores y el apoyo necesario para
su desarrollo.
En un momento donde la cooperación y la solidaridad son más importantes que nunca, es vital
que todas las instituciones, incluidas las educativas, actúen con responsabilidad y vislumbren un
camino hacia la inclusión y el apoyo comunitario. La verdadera coherencia entre discurso y
acción es fundamental para que la escuela pueda cumplir su promesa de ser un faro de esperanza
y dignidad en tiempos de crisis. Estos despidos no son mas que una muestra de que todo intento
de organización y de libertad de acción que atente contra la predica de los religiosos será tomado
como rebeldía y síntoma de que hay que eliminar a los que piensan diferente, la diferencia de
defender a los empobrecidos por la crisis, a quienes realizan del trabajo una forma de dignidad
humana y de organización comunitaria.
El rol del Estado en la educación y la forma en que ciertas instituciones religiosas utilizan este
respaldo para su propio beneficio en detrimento de los derechos de los trabajadores es
inaceptable. Al recibir recursos públicos, estas escuelas no solo deben rendir cuentas sobre cómo
gestionan esos fondos, sino que tienen la obligación de garantizar el bienestar y la dignidad de su
personal. Sin embargo, muchas de estas instituciones optan por despedir a sus educadores para
reducir costos, despojándolos de su sustento y deteriorando la calidad educativa que prometen a
sus alumnos. Este tipo de decisiones son una traición a sus propios principios, que deberían
priorizar la inclusión y el compromiso con los más necesitados.
La hipocresía de las instituciones religiosas es evidente cuando, bajo el discurso de la educación
popular y la solidaridad, actúan en función de intereses económicos que vulneran a su propio
personal. Este uso ilegítimo del apoyo estatal convierte la educación en una mercancía y expone
a los educadores a la precarización laboral. La sociedad civil y el Estado deben exigir que estas
entidades cumplan con su responsabilidad social y que los recursos públicos se utilicen para
promover una educación digna, en lugar de perpetuar el ciclo de despidos y vulneraciones que
solo benefician a unos pocos en detrimento de la mayoría.